febrero 27, 2010

"No hay salvación posible para la India" Mahatma Gandhi

DISCURSO PRONUNCIADO EN BENARÉS CON MOTIVO DE LA INAUGURACIÓN DE LA UNIVERSIDAD HINDÚ
No hay salvación posible para la India
Mahatma Gandhi

[4 de Febrero de 1916]

Quisiera ofreceros mis más humildes disculpas por la tardanza en llegar hasta este lugar. Y sin duda accede­réis a aceptar estas disculpas cuando os diga que no soy responsable de la tardanza ni tampoco lo es nin­guna acción humana. De hecho, soy como un animal que se exhibe y mis cuidadores, con su desbordante amabilidad, siempre acaban por descuidar un capítu­lo necesario en esta vida, a saber, la pura casualidad. En este caso no previeron la serie de contratiempos que nos sucedieron a mí, a mis cuidadores y a los que me transportaban. De ahí esta tardanza.
Amigos míos, bajo la influencia de la inigualable elo­cuencia de la señora Besant, que acaba de sentarse, os ruego que no creáis que nuestra universidad es ya algo acabado y que todos los jóvenes que acudirán a la uni­versidad, que aún se ha de construir y nacer, ya han ido y han regresado de ella formados como ciudadanos hechos y derechos de un gran Imperio. No os marchéis con semejante impresión, y si vosotros, que formáis el mundo de los estudiantes al que esta tarde se supone que dirijo mis consideraciones, estimáis por un momen­to que la vida espiritual, por la que este país es conocido y en la que este país no tiene parangón, se puede transmitirá través de la palabra, por favor, creedme, estáis en un error. Nunca podréis transmitir sólo de pala­bra el mensaje que la India, espero, un día dará al mun­do. Yo me he alimentado de discursos y conferencias. En esta categoría no incluyo las conferencias que aquí se han pronunciado durante los últimos dos días, porque las considero necesarias. Pero me atrevo a sugeriros que ahora hemos apurado casi todos nuestros recursos en cuanto a oratoria y discursos se refiere; y que no basta ya con regalarnos los oídos, con regalarnos la vista, sino que es preciso que lleguen a tocar nuestros corazones, hacer que manos y pies se muevan.
Se nos ha dicho, a lo largo de los dos últimos días, lo necesario que es -si queremos retener la sencillez del carácter indio-que nuestras manos y pies se muevan al unísono con nuestros corazones. Pero lo digo sólo a modo de preámbulo. Quisiera decir que es motivo de profun­da humillación y vergüenza para todos nosotros que esta tarde, bajo la sombra de esta gran escuela, en esta sagra­da ciudad, esté obligado a dirigirme a mis compatriotas en una lengua que me es ajena. Sé que si me nombra­ran examinador y me pidieran que examinara a todos los que durante estos dos días han asistido a esta serie de conferencias, la mayoría de los interrogados sobre lo que en ellas se ha dicho suspenderían. ¿Y por qué? Porque las palabras no les han llegado al corazón.
Estuve presente en las sesiones del gran Congreso del mes de diciembre. Allí se reunió un público mucho más amplio, y ¿me creeréis si os digo que los únicos discursos que llegaron al corazón de aquel inmenso público reunido en Bombay fueron los pronunciados en indostánico? En Bombay, tenedlo presente, no en Benarés, donde todo el mundo habla hindi. Pero entre las lenguas vernáculas de la presidencia en Bombay, por un lado, y el hindi por el otro, no hay una línea de separación tan grande como la que existe entre el inglés y la lengua hermana de la India. Y el público que acudió al Congreso podía seguir mejor a los oradores que hablaban en hindi. Albergo la esperanza de que esta universidad vele para que los jóvenes que acudan a ella reciban su enseñanza en sus lenguas vernácu­las. Nuestras lenguas son el reflejo de nosotros mismos, y si me decís que nuestras lenguas son demasia­do pobres para expresar los pensamientos más brillantes y elevados, entonces digamos que cuanto antes sea borrada nuestra existencia mejor será para nosotros. ¿Hay aquí alguien que sueñe con que el inglés llegue a ser la lengua nacional de la India? ¿Alguien que no vea que esto es una clara desventaja para la nación? Imaginaos sólo por un momento si va ser equi­tativa la carrera que nuestros muchachos van correr al lado de un muchacho inglés.
Tuve el honor de conversar a fondo con algunos pro­fesores de Poona. Ellos me aseguraron que cada joven indio, por el hecho de alcanzar su conocimiento y saber a través de la lengua inglesa, pierde por lo menos seis preciosos años de su vida. Multipliquemos esa cifra por el número de estudiantes que salen de las escue­las, institutos y universidades y hallaréis por vosotros mismos los millares de años que la nación ya ha per­dido. La acusación que se nos hace es que no tenemos iniciativa. Pero, ¿cómo vamos a tenerla si tenemos que dedicar años preciosos de nuestra vida a dominar una lengua extranjera? También en este intento fallamos. ¿A alguno de los oradores de ayer o de hoy le fue posi­ble impresionar a su público como le fue posible hacer­lo al señor Higginbotham? No fue culpa de los orado­res anteriores que no atrajeran el interés del público. En sus parlamentos había fundamentos de sobra para atraernos. Pero las palabras que pronunciaron no po­dían causarnos impresión. He oído decir que, a pesar de todo, la India que se ha educado en inglés es la más destacada y la que lo está haciendo todo por esta nación. Sería una monstruosidad si fuera de otro modo. La única enseñanza que recibimos es la inglesa. Sin lugar a dudas, por el hecho de recibir tenemos que dar algunos frutos. Pero supongamos que hubiéramos reci­bido durante los pasados 50 años la enseñanza en nuestras lenguas vernáculas, ¿qué tendríamos hoy? Hoy tendríamos una India libre, tendríamos a nues­tros hombres formados y cultos, no como si fuesen extranjeros en su propia tierra, sino hombres capaces de hablar al corazón de la nación trabajarían entre los más pobres de los pobres. y todo cuanto hubieran podi­do alcanzar durante esos 50 años sería un legado para la nación. Hoy ni siquiera nuestras esposas compar­ten nuestros pensamientos más lúcidos. Mirad al pro­fesor Bose y al profesor Ray y sus brillantes investiga­ciones. ¿No es una lástima que sus investigaciones no sean acervo común de las masas?
Pasemos ahora a otro tema.
El Partido del Congreso ha aprobado una resolución sobre el autogobierno y no me cabe duda de que el Comi­té del Partido del Congreso Indio y la Liga Musulmana cumplirán con su deber y propondrán algunas sugeren­cias concretas. Pero, por lo pronto, debo confesar con toda franqueza que no estoy tan interesado en lo que puedan aportar como en lo que el mundo de los estudiantes apor­tará o en aquello que las masas aportarán. Ninguna inter­vención escrita sobre papel nos dará nunca el autogo­bierno. Por mucho que hagamos, los discursos no nos harán aptos para el autogobierno. Sólo nuestra conduc­ta nos hará capaces de autogobernamos. ¿Y cómo trata­mos de gobernarnos a nosotros mismos?
Esta tarde me gustaría pensar en voz alta. No quiero hacer un discurso, y si esta tarde encontráis que os hablo sin reservas, por favor, considerad sólo que estáis com­partiendo los pensamientos de un hombre que hoy se permite pensar en voz alta, y si consideráis que doy la impresión de transgredir los límites que la cortesía me impone, disculpadme por las libertades que me pue­da estar tomando.
La pasada noche visité el templo de Vishwanath, y mientras anduve por aquellas sendas me entretuve pensando que si un extranjero cayera del cielo en este magnífico templo y tuviera que hacerse una idea de qué éramos nosotros en tanto que hindúes, ¿no ten­dría motivos para condenarnos? ¿No es acaso este magnífico templo un reflejo de nuestro propio carác­ter? Hablo con profunda emoción, como un hindú. ¿Está bien acaso que los senderos de nuestro templo sagra­do esté tan sucios como están? ¿Que las casas a su alrededor hayan sido construidas de cualquier modo? Las sendas son tortuosas y angostas. Si ni tan siquie­ra nuestros templos son modelos de amplitud, gran­diosidad o de limpieza, ¿qué será de nuestro autogo­bierno? ¿Serán acaso nuestros templos moradas de santidad, limpieza y paz tan pronto como los ingleses se hayan retirado de la India, ya sea por propio gusto o por obligación, con todos sus pertrechos?
Coincido por completo con el presidente del Parti­do del Congreso en que antes de pensar en el autogo­bierno es preciso recorrer un lento y duro camino. En toda ciudad hay dos divisiones, el acantonamiento y la ciudad propiamente dicha. La ciudad, en su mayor parte, es un lugar hediondo. Nosotros somos un pue­blo que no está acostumbrado a la vida urbana. Pero si queremos llevar una vida urbana, no podemos seguir reproduciendo la vida sin complicaciones de la aldea rural. No conforta pensar que la gente que anda por las calles de la Bombay india lo haga con el miedo per­manente de que quienes viven en los edificios de pisos les escupan encima.
Viajo bastante en ferrocarril. He visto los apuros que pasan los viajeros de tercera clase. Pero la administra­ción del ferrocarril no tiene en absoluto la culpa de todas esas penurias. Desconocemos las normas ele­mentales de limpieza. Escupimos en cualquier parte del suelo de los vagones, sin parar mientes para nada en que a menudo se utiliza como espacio para dormir. No nos preocupamos para nada en cómo lo usamos; el resultado es un compartimiento lleno de una inmun­dicia indescriptible. Los pasajeros de la llamada clase preferente intimidan a sus hermanos menos afortu­nados. Entre esta clase, he visto también a los estu­diantes, que, a veces, no se comportan mejor. Hablan inglés y llevan chaquetas de Norfolk y, en consecuen­cia, reclaman el derecho a subirse primero y a acomo­darse en asientos.
He girado las luces de los proyectores ,y como me habéis concedido el honor de poder hablaros, os he des­nudado mi corazón. Sin duda debemos corregir estas cosas en nuestro progreso hacia el autogobierno.
Ahora quisiera mostraros otra escena. Su alteza, el marajá, que presidió el día de ayer nuestras delibera­ciones, habló de la pobreza de la India. Otros oradores hicieron gran hincapié en ella. Pero ¿de qué fuimos tes­tigos bajo la gran carpa en la que el virrey celebró la ceremonia de fundación? Sin duda de un espectáculo magnífico, de una exhibición de joyas que fue un espléndido espectáculo capaz de regalar la vista del más grande de los joyeros que decidiera venir desde París. Al comparar los millones de pobres con estos nobles tan ricamente engalanados, me siento con ganas de decirles a estos nobles: «No hay salvación para la India, si no os quitáis estas joyas y las dejáis en fideicomiso a vuestros compatriotas de la India». Estoy seguro de que no es el deseo del rey-emperador ni de lord Hardinge que, para mostrar la lealtad más autén­tica a nuestro rey-emperador, haya que sacar todas las joyas de los joyeros y aparecer engalanados de pies a cabeza. Me atrevería a prometeros que, por mi cuen­ta y riesgo, os traeré un mensaje del propio rey Jorge en el que diga que no espera nada de eso.
Señor, siempre que oigo hablar de un gran palacio que se alza en una gran ciudad de la India, sea en la India británica o en la India que gobiernan nuestros grandes príncipes, me siento de repente celoso y excla­mo: «¡pero si es el dinero que proviene de los agricul­tores!». Más del 75 % de la población es campesina y el señor Hígginbotham, ayer noche, nos dijo en su pro­pia y precisa lengua que son hombres que cultivan dos briznas de hierba y no sólo una. Pero no debe haber mucho espíritu de autogobierno en nosotros, si les qui­tamos o dejamos que otros les quiten casi todo lo que les proporciona su trabajo. Nuestra salvación sólo pue­de venir del agricultor. Ni los abogados, ni los médicos, ni los ricos terratenientes van a proporcionárnosla.
Ahora, en último lugar, pero no por ello menos impor­tante, tengo el deber ineludible de referirme a lo que durante estos dos o tres días ha inquietado nuestro espí­ritu. Todos nosotros hemos pasado por momentos de preocupación y de inquietud mientras el virrey recorría las calles de Benarés. En muchos lugares había agentes de policía. Nos sentimos horrorizados. Nos pregunta­mos: «¿a qué viene ese recelo, por qué esa desconfian­za? ¿No es acaso mejor, aun para lord Hardinge, morir que vivir como un muerto viviente? Pero las cosas no son así para el representante de un poderoso soberano. ¿Será tal vez necesario para él imponernos esos agen­tes de policía? Tal vez echemos espuma por la boca, pue­de que estemos enojados, puede que estemos resenti­dos, pero no debemos olvidar tampoco que la India de hoyen su impaciencia ha producido un ejército de anar­quistas. Yo mismo soy un anarquista, pero de otro tipo. Pero entre nosotros hay una clase de anarquistas a los que querría poderme dirigir para decirles que, si la India ha de salir triunfante, en la India no hay espacio para su anarquismo. Es un signo de temor. Si confiamos y teme­mos a Dios, no debemos temer a nadie más, ni a los marajás, ni a los virreyes ni a los agentes de policía ni al propio rey Jorge.
Honro al anarquista por el amor que profesa a este país. Le honro por su valentía y coraje que le hace estar dispuesto a morir por su país, pero le pregunto, ¿es honroso matar? ¿Es la daga de un asesino un prece­dente adecuado para una muerte honrosa? Para mí no. En ninguno de los escritos sagrados encontraréis justificación para tales métodos. Si encontrara nece­sario para la salvación de la India que los ingleses se retirasen, que fueran expulsados, no dudaría en decla­rar que deberían irse y espero entonces estar dispues­to a morir para defender esa convicción. Esa sería, a mi juicio, una muerte honrosa. El que tira bombas, crea conspiraciones secretas, tiene miedo a salir a plena luz del día y, cuando le cogen, paga las consecuencias de un fervor mal encauzado.
Se me ha dicho: «Si no hubiéramos hecho esto, si algunos de nosotros no hubieran tirado bombas, nun­ca hubiéramos conseguido lo que hemos logrado res­pecto al movimiento de independencia» (Señora Besant: haga el favor de callar). Eso fue lo que dije en Bengala cuando el señor Lyon presidía la reunión. Creo que es necesario decir lo que digo. Si me dicen que calle, obedeceré (se vuelve hacia el presidente del acto). Aguardo sus órdenes. Si considera que hablan­do como lo hago, no sirvo al país y al Imperio, no lo dude: me callaré (se oyen Gritos: «que siga, que siga». «Por favor, exponga su propósito», dice el presidente del acto). Yo sólo... (una nueva interrupción). Amigos míos, no os molestéis por esta interrupción. Si esta tarde la señora Besant sugiere que haría bien en callarme, lo hace porque quiere bien a la India y con­sidera que me equivoco al pensar en voz alta ante vosotros, jóvenes. Pero aun así, sólo diré esto, que hemos de purgar a la India de este ambiente de sus­picacias en ambos sentidos si queremos alcanzar nuestra meta; debemos tener un imperio que se base en el aprecio mutuo y en la confianza mutua. ¿Aca­so no es mejor que hablemos a la sombra de esta uni­versidad que no de modo irresponsable en nuestras casas? Estimo que es mucho mejor que hablemos abiertamente de estas cosas. Ya lo hice y con exce­lentes resultados en el pasado. Sé que nada hay que los estudiantes no sepan ya. Por eso dirijo las luces de los reflectores hacia nosotros. Tengo en tanta esti­ma el nombre de mi país que comparto con vosotros estos pensamientos y os digo que en la India no hay lugar para el anarquismo. Digamos con franqueza y abiertamente a nuestros gobernantes lo que quere­mos decirles, y hagamos frente a las consecuencias que puedan derivarse si lo que hemos de decirles no les complace. Pero no les insultemos.
El otro día hablaba con un miembro de la tan vili­pendiada Administración Pública. No tengo muchas cosas en común con los miembros de la Administración, pero no pude evitar admirar el modo en que me hablaba.
—Señor Gandhi,—me dijo—, ¿se imagina por un momento que todos nosotros, los funcionarios de la Administración, fuéramos malas personas, que quisié­ramos oprimir el pueblo al que hemos venido a admi­nistrar?
—No...—le respondí.
—Entonces si encuentra la ocasión diga unas pala­bras a favor de la tan maltratada Administración Pública.
Y aquí estoy para decir esas palabras. Sí, es cierto que muchos de los que hoy forman parte de la Admi­nistración Pública de la India son decididamente auto­ritarios, son tiránicos, a veces desconsiderados. Se pue­den emplear otros muchos adjetivos. Reconozco todas estas cosas, así como también que después de haber vivido en la India durante un determinado número de años, algunos de ellos llegan a sentirse rebajados, degradados. ¿Pero qué significa eso? Antes de venir aquí eran caballeros, y si aquí han perdido algo de su fibra o carácter moral, eso no dice precisamente mucho en nuestro favor.
Pensadlo por vuestra cuenta, si un hombre que ayer era bueno se ha convertido en malo después de ha­berse relacionado conmigo, ¿es él el responsable de haberse deteriorado o el responsable soy yo? El ambien­te de adulación y falsedad que los rodea y envuelve a su llegada a la India los desmoraliza, al igual que nos sucedería a muchos de nosotros. A veces está bien asu­mir la responsabilidad. Si hemos de recibir el autogo­bierno, más vale que nos preparemos para asumirlo. El autogobierno nunca se nos va otorgar. Examinad la historia del Imperio británico y de la nación británica; tan amante de la libertad como es, nunca concede la libertad a un pueblo que antes no la haya tomado por sí mismo. Aprended esta lección, si así lo deseáis, de la guerra de los bóers. Aquellos que fueron enemigos del Imperio británico hace sólo unos años, ahora son sus amigos...
MAHATMA GANDHI

No hay comentarios:

Publicar un comentario