marzo 22, 2010

Discurso de Alfonsín en la Primera Reunión del Grupo de Ocho Presidentes Latinoamericanos

DISCURSO EN LA PRIMERA REUNIÓN DEL GRUPO DE OCHO PRESIDENTES LATINOAMERICANOS, CELEBRADA EN ACAPULCO-MÉXICO
“…aspira[mos] a un futuro de unidad con todos los países democráticos de América Latina”
Raúl Alfonsín
[27 de Noviembre de 1987]

Señores Presidentes, señores ministros, señores delegados, señoras y señores.
Con profunda emoción hemos escuchado, en esta sala, las palabras del presidente De la Madrid. Y con nosotros millones de americanos, en los puntos más remotos de nuestra inmensa geografía, se habrán detenido por un momento para seguir, con la misma emoción, su mensaje de esperanza y, sobre todo, de convocatoria hacia un futuro de unidad entre todos los pueblos hermanos de América Latina.
Decimos con emoción, porque sentimos que éste no es simplemente un día más. Es el momento en que se inicia una marcha, cuyo rumbo futuro marcará profundamente la vida de nuestros hijos. Una marcha que un siglo y medio atrás fue el apasionado sueño político de quienes fundaron nuestras nacionalidades, y que hoy retornamos con modestia, con realismo y con inequívoca determinación.
Estamos aquí para iniciar juntos y desde ya una tarea que tenemos clara y decidida. No vinimos para llevar de regreso a nuestra gente un mensaje retórico. Por el contrario, como legítimos representantes de nuestros pueblos, traemos el mandato de actuar.

Ocho Presidentes latinoamericanos, por primera vez en nuestra historia, nos reunimos por iniciativa propia para definir un proyecto político que sirva eficazmente al objetivo de unidad que nos convoca.
Un proyecto político para nuestras naciones, que asegure para siempre la democracia que hemos recuperado, que nos permita consolidar la paz y que sirva para hacer posible el crecimiento de nuestras sociedades en su conjunto, en libertad, con justicia, con independencia.
Nuestros pueblos nos piden imaginación, esfuerzo y resultados. Reclaman también, que sus propios sacrificios puedan traducirse en bienestar y seguridad, en lugar de desvanecerse en la impotencia y la frustración.
Creo interpretar el sentimiento de las mujeres y los hombres de mi patria, al decir que ellos aguardan de nosotros, simples mandatarios de su voluntad, pocas palabras y mucho trabajo. Esta reunión de ocho presidentes, para los argentinos, encierra en sí misma, por el solo hecho de hacerse, un mensaje político de fundamental importancia: revela que los pueblos de América Latina han tomado conciencia de su identidad, de sus potenciales y, también, de su inaceptable marginamiento de las grandes decisiones mundiales.
Señores Presidentes:
América Latina se sabe parte de Occidente, pero sabe, también que pertenece al Sur subdesarrollado económica y políticamente. Y desde aquí, vemos que en el mundo actual está vigente una distribución desigual e inequitativa de las riquezas, el desarrollo industrial y los conocimientos científicos y tecnológicos.
Por ello es necesario que aquellas naciones que constituyen, el centro de Occidente reconozcan y comprendan hasta qué punto las actuales condiciones económicas impiden nuestro desarrollo, y nos condenan al atraso.
Así, la cuestión de la deuda externa y la caída de los precios de la mayoría de nuestros productos son dos claras manifestaciones de esta situación.
No podemos aceptar que el Sur pague los desequilibrios del Norte. La Libertad recuperada no tiene margen para ello. Y si bien reiteramos nuestra voluntad de acción responsable y negociadora debe quedar absolutamente claro que nuestra primera e indeclinable responsabilidad es con el bienestar y la libertad de nuestros pueblos.
Ya hicimos todo lo que podíamos y debíamos hacer. La responsabilidad con el sistema internacional no debe ser más una cuestión exclusiva del Sur.
Señores Presidentes:
Todos nosotros nos hemos preguntado una y otra vez, cómo será nuestra América Latina el próximo siglo, y nos inquietamos al intuir que es posible que la región continue como hoy se encuentra. Esto es, una tierra propicia para el progreso y la libertad, pero sumida en la angustia del subdesarrollo y la inestabilidad.
Me niego a aceptar que éste sea siempre nuestro destino. Estoy convencido de que hay otra forma de ser, y que los instrumentos, las políticas, las decisiones para producir la gran transformación de la región están a nuestro alcance.
Pero para alcanzar este objetivo nada será convencional. Ninguna política que nos permita una modificación cualitativa de la región, será clásica, no está escrita y sin duda alguna requiere audacia. No tiene historia, excepto en una cosa: la unidad como condición.
En la eficiencia y seriedad para alcanzar la integración, estoy convencido, se juega el futuro independiente del continente.
Así como para alcanzar la democracia en el seno de nuestras sociedades fue necesario deponer un debate ideológico sofisticado para luchar unidos contra el autoritarismo, aquí también se impone el mismo método: la unión a través de lo esencial.
Haremos el camino de nuestra unidad en forma tan gradual y realista como sea necesario, pero lo haremos. Lo estamos haciendo hoy mismo, aquí.
Otras regiones, en especial en el mundo desarrollado, gozan hoy del impulso que significó para cada país la integración regional. Por nuestra parte, nosotros estamos dispuestos a generar las condiciones que hagan posible el establecimiento de un gran espacio regional integrado. Precisamos crear un gran mercado regional que aproveche y potencie nuestras respectivas capacidades nacionales. Creemos que es posible hacerlo porque hay voluntad política, hay procesos subregionales ya en marcha, contamos con la población y los recursos naturales que requiere semejante empresa y tenemos, también, un respetable desarrollo industrial y una apreciable capacidad científica y tecnológica disponible.
La integración servirá, también, para reforzar nuestra capacidad de decisión autónoma. No aislándonos del mundo sino incorporándonos a él como un nuevo conjunto de países con algunas políticas concertadas.
Creemos, firmemente, que ése es el camino hacia una vida distinta para nuestras próximas generaciones. La sociedad universal evoluciona en esa dirección y no podemos ignorarlo por más tiempo.
Nosotros estamos iniciando hoy una nueva marcha. Pero permítanme señalar que para esta marcha, precisamos de algo más que la fundamental decisión política que estamos expresando aquí. Será necesario, será esencial, que preservemos juntos, actuando en consulta y concertación permanentes, determinados valores y principios de cuya vigencia dependerá en gran medida el progreso de nuestra empresa histórica. Precisamos la consolidación y expansión de la democracia, con lo que ella supone de justicia social; necesitamos mantener y asegurar la paz en la región; y deberemos fortalecer nuestro espíritu de solidaridad frente a los desafíos externos.
Defenderemos juntos nuestras democracias. Pero es bueno tener bien en claro que la defensa del supremo valor de la libertad no colmará la esperanza de nuestros pueblos y debe ir acompañada de un progresivo bienestar para cada uno de ellos.
Defenderemos la paz y la seguridad en América Latina. Pero es necesario que no se produzcan interferencias en problemas que son de la región, y que no se busque hacer de América Latina el escenario de conflictos extraños a ella. Estamos convencidos que nosotros, los latinoamericanos, tenemos la voluntad, los instrumentos, y el potencial político necesario —actuando en forma concertada— como para preservar la paz en la región.
Señores Presidentes:
La República Argentina aspira a un futuro de unidad con todos los países democráticos de América Latina. Conocemos la profunda identidad que nos hermana a los demás pueblos de la región. Queremos trabajar juntos por los mismos ideales por los que luchamos un siglo y medio atrás.
Necesitamos, todos, ganarnos en el mundo el espacio y la presencia que la región reclama. Y estoy persuadido de que esa tarea histórica depende principalmente de nuestra determinación.
RAÚL RICARDO ALFONSÍN

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