abril 15, 2010

"Espero la muerte con calma y hasta con entusiasmo" Carta de Louis Lingg a Dyer D. Lum

MARTIRES DE CHICAGO
Carta Louis Lingg a Dyer D. Lum
“No pudiendo escapar de la muerte sin faltar a mis principios,… espero la muerte con calma y hasta con entusiasmo, pues considero cuán provechosa será a la causa de la anarquía”
[6 de Noviembre de 1887]

Cárcel de Coocar Country, 6 de noviembre 1887.
Querido Lum.
Me pediste ayer una carta para publicarla en The Alarm. Me parece que podrá interesarte la descripción de lo que he pasado y las consecuencias que deduzco.
Hoy es sábado, día en que los criminales no nos vemos interrumpidos en nuestras celdas, buena razón para acortar el día levantándonos tarde. De modo que a las nueve de la mañana me hallaba aún en brazos de Morfeo, cuando de repente se abrió mi celda. Mientras me frotaba los ojos y desperazaba, me ví fuertemente sujetado por dos hombres de ley que creyeron esta medida prudente a pesar de mi proverbial cobardía (según dijo Grinnell). En menos tiempo del que tardo en decirlo, me encontré fuera de mí celda, donde por fortuna no había señoras que pudieran fijarse en mi desnudez. Se me permitió por fin vestirme y calzarme. Cerca de mí contemplaba a mi bravo amigo Engel, a quien consideraban menos peligroso debido a su reciente indisposición (Se refiere al reciente envenenamiento de Engel, quien tomó una fuerte dosis de láudano para escapar a sus verdugos) y a quíen preguntaban benévolamente si quería dar un paseo por la cárcel.
En aquel momento tuve ocasión de ver que nuestras celdas eran registradas bajo la dirección de un inspector. Nada encontraron, y a eso de las once nos trasladaron a otras celdas. Después le tocó el turno a Parsons y Fischer, y por fin a Spies, Schwab y Fielden.
Mi celda esta situada en un recodo, con puertas de hierro, y vigilada por unos carceleros que reciben los encargos que los amigos y parientes mandan a los presos.
Los compañeros Fischer, Engel y Parsons, tienen sus celdas en el mismo piso que yo. Spies y Fielden ocupan las que tenían antes. Ya ves, querido amigo, como todo está en disconformidad con lo que cuentan tus apreciables colegas de la prensa diaria.
Gracias a la media luz de mi nueva celda, he podido leer un artículo del Sunday Chattering en que demuestra perfectamente que al ahorcarnos nada ganará la clase dominante. Deduce el articulista que una acción combinada de los condenados podría librarlos de la horca. Si se refiere a una petición de indulto o a otra humillación cualquiera, crea el Chattering que ni yo ni mis compañeros estamos dispuestos a pasar por ello.
El juez Mc-Allister ya ha declarado, y en eso está conforme con el Chattering, que a pesar de nuestra condena, la sociedad capitalista tendrá que luchar contra el incendio dentro de pocos años. ¿Y quién es ese buen juez? Un burgués de pura raza. ¿Necesito repetir que para lograr nuestras aspiraciones revolucionarias necesitamos, además de hablar y escribir, obrar con energía? Esto significaría desconfianza en mis radicales ideas; ya sabéis de sobra que no podría obrar de otro modo, aunque quisiese.
El desprecio que siento por el actual sistema de explotación y mi amor desinteresado por la verdadera libertad, me obligan a no pedir ni permitir que pidan por mí ninguna clase de clemencia. Por eso no he querido acceder a la petición de nuestro defensor, que me aconsejaba firmase una petición de indulto, junto con Parsons, Engel y Fischer.
No pudiendo escapar de la muerte sin faltar a mis principios, ya comprenderás, querido amigo, que espero la muerte con calma y hasta con entusiasmo, pues considero cuán provechosa será a la causa de la anarquía. Comprendo, y conmigo lo comprende todo verdadero anarquista, que nuestra causa es de aquellas que necesitan que haya quien sacrifique su libertad y hasta su vida si es preciso.
Si he propagado la violencia es porque estoy cansado de que mis hermanos, los trabajadores, sean los únicos explotados, encarcelados y asesinados: la violencia ha de ser la señal de la próxima revolución. La persistente acumulación de capital bajo el actual sistema de producir no permíte la elevacíón intelectual y económica del pueblo trabajador y tiende desgraciadamente a su degeneración. En realidad, el éxito de las persecuciones de los capitalistas contra los obreros ha deslindado los intereses de clase, como lo prueban los acontecimientos de los dos últimos años. De todo ello deduzco que nuestros gobernantes tienen la intención de aniquilarnos. Si he protestado contra la sentencia, es porque mucha gente, bajo el hipócrita pretexto de compadecernos, nos han hecho responsables de las desgracias ocasionadas por la bomba explosiva, desgracias que no estaba en nuestra mano evitar. Dejad ahora que se ejecute la sentencia, que a cambio de este asesinato de los rehenes, vendrá al final el aniquilamiento de todos los tiranos.
Ahora, querido compañero Lum, voy a cerrar esta carta, escrita con gran dificultad. Por el aspecto del manuscrito puedes juzgar de las comodidades de que dispongo. Si quieres publicarla, para que quede definida mi posición, es el último favor que te podré agradecer.
Por fin, te ruego hagas extensivo a mis amigos y compañeros mis cariñosos recuerdos y mi último adiós. En la imposibilidad de volverte a ver, amado amigo, te mando con el corazón un apretado abrazo. Con un viva la anarquía, se despide tu compañero.
LOUIS LINGG

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