agosto 06, 2011

"La cultura de las Humanidades" Pedro Henriquez Ureña (1914)

DISCURSO PRONUNCIADO EN LA INAUGURACIÓN DE LAS CLASES EN LA ESCUELA DE ALTOS ESTUDIOS DE LA UNIVERSIDAD NACIONAL DE MÉXICO
La cultura de las Humanidades
Pedro Henriquez Ureña
[1914]

Celebramos hoy, señores, esta reapertura de clases de la Escuela de Altos Estudios, cuya significación es mucho mayor de la que alcanzan, por lo común, esta especie de fiestas inaugurales. Va a entrar la Escuela en su quinto año de existencia, pero apenas inicia su segundo año de labores coordinadas.
Malos vientos soplaron para este plantel, apenas hubo nacido. Tras el generoso empeño que presidió a su creación —uno de los incompletos beneficios que debemos a don Justo Sierra—, no vino la organización previsora que fijase claramente los derroteros por seguir, los fines y los resultados próximos, argumentos necesarios en sociedades que, como las nuestras, no poseen reservas de energía intelectual para concederlas a la alta cultura desinteresada. Las sociedades de la América española, agitadas por inmensas necesidades que no logra satisfacer nuestra impericia, miran con nativo recelo toda orientación esquiva a las aplicaciones fructuosas. Toleran, sí, que se estudien filosofías, literaturas, historia; que en estudios tales se vaya lejos y hondo; siempre que esas dedicaciones sirvan para enseñar, para ilustrar, para dirigir socialmente. El diletantismo, no es, no puede ser, planta floreciente en estas sociedades urgidas por ansias de organización. Eso lo comprendió y lo expresó admirablemente don Justo Sierra en su discurso inaugural de la Universidad: “No quisiéramos ver nunca en ellas torres de marfil, ni vida contemplativa, ni arrobamiento en busca del mediador plástico; eso puede existir y quizás es bueno que exista en otra parte; no allí, allí no”.
Y sin embargo, la Escuela de Altos Estudios no reveló al público, desde el principio, los fines que iba a llenar. No presentó planes de enseñanza; no organizó carreras. Sólo actuaron en ella tres profesores extranjeros, dos de ellos (Baldwin y Boas) ilustres en la ciencia contemporánea, benemérito el otro (Reiche) en los anales de la botánica americana; se habló de la próxima llegada de otros no menos famosos. . Sobrevino a poco la caída del antiguo régimen, y la Escuela, desdeñada por los gobiernos, huérfana de programa definido, comenzó a vivir vida azarosa y a ser la víctima escogida para los ataques del que no comprende. En torno de ella se formaron leyendas: las enseñanzas eran abstrusas; la concurrencia, mínima; las retribuciones, fabulosas; no se hablaba en castellano, sino en inglés, en latín, en hebreo... Todo ello ¿para qué?
Solitario en medio a este torbellino de absurdo, el primer director, don Porfirio Parra, no lograba, aun contando con el cariño y el respeto de la juventud, reunir en torno suyo esfuerzos ni entusiasmos. Representante de la tradición comtista, heredero principal de Barreda, le tocó morir aislado entre la bulliciosa actividad de la nueva generación enemiga del positivismo.
Días antes de su muerte, hubo de presidir la apertura del primer curso libre de la Escuela, el de Filosofía, emprendido por don Antonio Caso con suceso ruidoso. La libre investigación filosófica, la discusión de los problemas metafísicos, hizo entrada de victoria en la Universidad. Y al mismo tiempo quedaba inaugurada la institución del profesorado libre, gratuito para el Estado, que en la ley constitutiva de la Escuela se adoptó, a ejemplo de las fecundas Universidades alemanas.
Durante la breve administración de don Alfonso Pruneda, cuyas gestiones en pro del plantel fueron magnas, sobre todo porque luchaban contra la momentánea pero tiránica imposición de la más dura tendencia antiuniversitaria, se desarrolló el profesorado libre, y obtuvo la Escuela entonces la colaboración (entre otras) de don Sótero Prieto, con su curso magistral sobre la Teoría de las Funciones Analíticas.
Vino después a la dirección, hace apenas un año, el principal compañero de don Justo Sierra en las labores de instrucción pública, y trajo consigo su honda experiencia de la acción y la cultura, y su devoción incomparable por la educación nacional. Nadie mejor que él, que tantos esfuerzos tenía hechos en favor de la organización formal de los estudios superiores, comprendía que ya no era posible, sin riesgo de muerte para el plantel, retardarla más. Pero la Escuela se veía pobre de recursos, y sin esperanza de riqueza próxima. Afortunadamente, ahí estaba el ejemplo de lo realizado meses antes. Se podía contar con hombres de buena voluntad que sacrificaran unas cuantas horas semanales (acaso muchas) a la enseñanza gratuita... No se equivocó don Ezequiel A. Chávez, y logró organizar, con profesores sin retribución, pero no ya libres, sino titulares, pues así convenía para la futura estabilidad de la empresa, la Subsección de Estudios Literarios, que funcionó durante todo el año académico, y la de Ciencias Matemáticas y Físicas, que inició sus trabajos ya tarde. Una y otra, además de ofrecer campo al estudio desinteresado, aspiran a formar profesores especialistas; y su utilidad para este fin ha podido comprobarse en los meses últimos: de entre sus alumnos han salido catedráticos para la Escuela Preparatoria. El curso de Ciencia y Arte de la Educación (que tomó a su cargo el doctor Chávez) sirve, al igual que en la Sorbona, como centro de unificación, como núcleo sintético de la enseñanza. Una y otra subsecciones se abren hoy de nuevo. A la dirección actual corresponderá organizar otras, cuando las presentes hayan entrado en su vida normal [1].
Ni se pretendió, ni se pudo, encontrar en nosotros, jóvenes la gran mayoría, maestros indiscutibles, dueños ya de todos los secretos que se adquieren en la experiencia científica y pedagógica de largos años. Debo exceptuar, sin duda, como frutos de madurez definitiva, la vasta erudición filológica de don Jesús Díaz de León y la profunda doctrina matemática y física de don Valentín Gama. Pero todos somos trabajadores constantes, fidelísimos devotos de la alta cultura, más o menos afortunados en aproximarnos al secreto de la perfección en el saber, y seguros, cuando menos, de que la sinceridad y la perseverancia de nuestra dedicación nos permitirán guiar por nuestros caminos a otros, de quienes no nos desplacería ver que con el tiempo se nos adelantasen.
La Sección de Estudios Literarios, única que ha completado su primer año, y única, además, de que personalmente puedo hablar con certidumbre, tiene para mi una significación que no dejaré de explicar. Yo la enlazo con el movimiento, de aspiraciones filosóficas y humanísticas, en que me tocó participar, a poco de mi llegada desde tierras extrañas.
Corría el año de 1906; numeroso grupo de estudiantes y escritores jóvenes se congregaba en torno a novísima publicación [2], la cual, desorganizada y llena de errores, representaba, sin embargo, la tendencia de la generación nueva a diferenciarse francamente de su antecesora, a pesar del gran poder y del gran prestigio intelectual de ésta. Inconscientemente, se iba en busca de otros ideales; se abandonaban las normas anteriores: el siglo XIX francés en letras; el positivismo en filosofía. La literatura griega, los Siglos de Oro españoles, Dante, Shakespeare, Goethe, las modernas orientaciones artísticas de Inglaterra, comenzaban a reemplazar al espíritu de 1830 y 1867. Con apoyo en Schopenhauer y en Nietzsche, se atacaban ya las ideas de Comte y de Spencer. Poco después comenzó a hablarse de pragmatismo...
En 1907, la juventud se presentó organizada en las sesiones públicas de la Sociedad de Conferencias. Ya había disciplina, crítica, método. El año fue decisivo: durante él acabó de desaparecer todo resto de positivismo en el grupo central de la juventud. De entonces data ese movimiento que, creciendo poco a poco, infiltrándose aquí y allá, en las cátedras, en los discursos, en los periódicos, en los libros, se hizo claro y pleno en 1910 con las Conferencias del Ateneo (sobre todo en la final) [3] y con el discurso universitario de don Justo Sierra, quien ya desde 1908, en su magistral oración sobre Barreda, se había revelado sabedor de todas las inquietudes metafísicas de la hora. Es, en suma, el movimiento cuya representación ha asumido ante el público Antonio Caso: la restauración de la filosofía, de su libertad y de sus derechos. La consumación acaba de alcanzarse con la entrada de la enseñanza filosófica en el curriculum de la Escuela Preparatoria.
Mas el año de 1907, que vio el cambio decisivo de orientación filosófica, vio también la aparición, en el mismo grupo juvenil, de las grandes aspiraciones humanísticas. Acababa de cerrarse la serie inicial de conferencias (con las cuales se dio el primer paso en el género, que esa juventud fue la primera en popularizar aquí), y se pensó en organizar una nueva, cuyos temas fuesen exclusivamente griegos. Y bien, nos dijimos: para cumplir el alto propósito es necesario estudio largo y profundo. Cada quien estudiará su asunto propio; pero todos unidos leeremos o releeremos lo central de las letras y el pensamiento helénicos y de los comentadores... Así se hizo; y nunca hemos recibido mejor disciplina espiritual.
Una vez nos citamos para releer en común el Banquete de Platón. Éramos cinco o seis esa noche; nos turnábamos en la lectura, cambiándose el lector para el discurso de cada convidado diferente; y cada quien la seguía ansioso, no con el deseo de apresurar la llegada de Alcibíades, como los estudiantes de que habla Aulo Gelio, sino con la esperanza de que le tocaran en suerte las milagrosas palabras de Diótima de Mantinea ... La lectura acaso duró tres horas; nunca hubo mayor olvido del mundo de la calle, por más que esto ocurría en un taller de arquitecto, inmediato a la más populosa avenida de la ciudad.
No llegaron a darse las conferencias sobre Grecia; pero con esas lecturas renació el espíritu de las humanidades clásicas en México. Allí empiezan los estudios merced a los cuales hemos podido prestar nuestra ayuda cuando don Ezequiel A. Chávez nos llamó a colaborar en esta audaz empresa suya. De les siete amigos de entonces, cuatro trabajamos aquí, en esta Escuela [4] y si los tres restantes no nos acompañan, les sustituyen otros amigos, inspirados en las mismas ideas.
Cultura fundada en la tradición clásica no puede amar la estrechez. Al amor de Grecia y Roma hubo de sumarse el de las antiguas letras castellanas: su culto, poco después reanimado, es hoy el más fecundo entre nuestros estudios de erudición; y sin perder el lazo tradicional con la cultura francesa, ha comenzado lentamente a difundirse la afición a otras literaturas, sobre todo la de Inglaterra y la de Italia. Nos falta todavía estimular el acercamiento —privilegio por ahora de unos pocos—, a la inagotable fuente de la cultura alemana, gran maestra de la síntesis histórica y de la investigación, cuando nos enseña, con ejemplo vivo, como en Lessing o en Goethe (profundamente amado por esta juventud), el perfecto equilibrio de todas las corrientes intelectuales.
Las humanidades, viejo timbre de honor en México, han de ejercer sutil influjo espiritual en la reconstrucción que nos espera. Porque ellas son más, mucho más, que el esqueleto de las formas intelectuales del mundo antiguo: son la musa portadora de dones y de ventura interior, jors olavigera para los secretos de la perfección humana.
Para los que no aceptamos la hipótesis del progreso indefinido, universal y necesario, es justa la creencia en el milagro helénico. Las grandes civilizaciones orientales (arias, semíticas, mongólicas u otras cualesquiera) fueron sin duda admirables y profundas: se les iguala a menudo en sus resultados pero no siempre se les supera. No es posible construir con majestad mayor que la egipcia, ni con elegancia mayor que la pérsica; no es posible alcanzar legislación más hábil que la de Babilonia, ni moral más sana que la de la China arcaica, ni pensamiento filosófico más hondo y sutil que el de la radia, ni fervor religioso más intenso que el de la nación hebrea. Y nadie supondrá que son esas las únicas virtudes del antiguo mundo oriental. Así, la patria de la metafísica budista es también patria de la fábula, del thier epos, malicioso resumen de experiencias mundanas.
Todas estas civilizaciones tuvieron como propósito final la estabilidad, no el progreso; la quietud perpetua de la organización social, no la perpetua inquietud de la innovación y la reforma. Cuando alimentaron esperanzas, como la mesiánica de los hebreos, corno la victoria de Ahura-Mazda para los persas, las pusieron fuera del alcance del esfuerzo humano: su realización sería obra de las leyes o las voluntades más altas.
El pueblo griego introduce en el mundo la inquietud del progreso. Cuando descubre que el hombre puede individualmente ser mejor de lo que es y socialmente vivir mejor de como vive, no descansa para averiguar el secreto de toda mejora, de toda perfección. Juzga y compara; busca y experimenta sin tregua; no le arredra la necesidad de tocar a la religión y a la leyenda, a la fábrica social y a los sistemas políticos. Mira hacia atrás, y crea la historia; mira al futuro, y crea las utopías, las cuales, no lo olvidemos, pedían su realización al esfuerzo humano. Es el pueblo que inventa la discusión; que inventa la crítica. Funda el pensamiento libre y la investigación sistemática. Como no tiene la aquiescencia fácil de los orientales, no sustituye el dogma de ayer con el dogma predicado hoy: todas las doctrinas se someten a examen, y de su perpetua sucesión brota, no la filosofía ni la ciencia, que ciertamente existieron antes, pero sí la evolución filosófica y científica, no suspendida desde entonces en la civilización europea.
El conocimiento del antiguo espíritu griego es para el nuestro moderna fuente de fortaleza, porque le nutre con el vigor puro de su esencia prístina y aviva en él la luz flamígera de la inquietud intelectual. No hay ambiente más lleno de estimulo: todas las ideas que nos agitan provienen, sustancialmente, de Greda, y en su historia las vemos afrontarse y luchar desligadas de los intereses y prejuicios que hoy las nublan a nuestros ojos.
Pero Grecia no es sólo mantenedora de la inquietud del espíritu, del ansia de perfección, maestra de la discusión y de la utopía, sino también ejemplo de toda disciplina. De su aptitud crítica nace el dominio del método, de la técnica científica y filosófica; pero otra virtud más alta todavía la erige en modelo de disciplina moral. El griego deseó la perfección, y su ideal no fue limitado, como afirmaba la absurda crítica histórica que le negó sentido místico y concepción del infinito, a pesar de los cultos de Dionisos y Deméter, a pesar de Pitágoras y de Melisa, a pesar de Platón y Eurípides. Pero creyó en la perfección del hombre como idea/ humano, por humano esfuerzo asequible, y preconizó como conducta encaminada al perfeccionamiento, como prefiguración de la perfecta, la que es dirigida por la templanza, guiada por la razón y el amor. El griego no negó la importancia de la intuición mística, del delirio —recordad a Sócrates— pero a sus ojos la vida superior no debía ser el perpetuo éxtasis  la locura profética, sino que había de alcanzarse por la sofrosine. Dionisos inspiraría verdades supremas en ocasiones, pero Apolo debía gobernar los actos cotidianos.
Ya lo veis: las humanidades, cuyo fundamento necesario es el estudio de la cultura griega, no solamente son enseñanza intelectual y placer estético, sino también, como pensó Matthew Arnold, fuente de disciplina moral. Acercar a los espíritus a la cultura humanística es empresa que augura salud y paz.
Pero si es fácil atraerlos a la amable senda de las letras clásicas, no lo es adquirir Ios dones que nos permiten constituirnos en guías. En la civilización europea, en medio de los movimientos portadores de nuevas fuerzas que lucharon o se sumaron con la corriente helénica, nunca desapareció del todo el esfuerzo por renovar el secreto de la cultura griega, extinto, al parecer, con la ruina del mundo antiguo, llenan ha dicho: “La Edad Media, tan profunda, tan original, tan poética en el vuelo de su entusiasmo religioso, no es, en punto de cultura intelectual, sino largo tanteo para volver a la gran escuela del pensamiento noble, es decir, a la antigüedad. El Renacimiento no es sino el retorno a la verdadera tradición de la humanidad civilizada”.
Pero el Renacimiento, que es el retorno a las ilimitadas perspectivas de empresa intelectual de los griegos, no pudo darnos la reconstitución crítica del espíritu antiguo. Fue época de creación y de invención, y hubo de utilizar los restos del mundo clásico, que acababa de descubrir, como materiales constructivos, sin cuidarse de si la destinación que les daba correspondía a la significación que antes tuvieran. La antigüedad fue, pues, estímulo incalculablemente fértil para la cultura europea que arranca de la Italia del siglo XV; pero se la interpretó siempre desde el punto de vista moderno: rara vez se buscó o alcanzó el punto de vista antiguo.
Cuando esta manera de interpretación, fecunda para los modernos sobre todo en recursos de forma, dio sus frutos finales —como las tragedias de Racine y el Lycidas de Milton— la rectificación se imponía. Y llegó al cabo, con el segundo gran movimiento de renovación intelectual de los tiempos modernos, el dirigido por Alemania a fines del siglo XVIII y comienzos del XIX. De ese período, que abre una era nueva en filosofía y en arte, y que funda el criterio histórico de nuestros días, data la interpretación crítica de la antigüedad. La designación de humanidades, que en el Renacimiento tuvo carácter limitativo, adquiere ahora sentido amplísimo. El nuevo humanismo exalta la cultura clásica, no como adorno artístico, sino como base de formación intelectual y moral. Anunciada por laboriosos como Gesner y Reiske, la moderna concepción de las humanidades, la definitiva interpretación crítica de la antigüedad aparece con Winckelmann y Lessing, dos hombres comparables con los antiguos y con los del Renacimiento por la fertilidad de su espíritu, por !a universalidad de sus ideas, por la viveza juvenil de sus entusiasmos, en suma, por el sentido de humanidad de su acción intelectual. Pero si Winckelmann, por su orientación más puramente estética, es, en el sentir de Walter Pater, el último renacentista, Lessing es el primer contemporáneo.
Es uno de los pocos hombres que apenas tienen precursores en su obra. A él, y sólo a él, se debe la creación de la moderna crítica de las letras clásicas: de donde parte además la renovación completa de la crítica literaria en general.
Después de Laocoonte, en cuya atmósfera intelectual vivimos todavía, la legión de pensadores e investigadores procede a construir el edificio cuyo plano ofreció el maravilloso opúsculo. Herder, hombre de mirada sintética, esboza el papel histórico de Grecia, escuela de la humanidad; Christian Gottlieb Heyne funda la arqueología literaria; Friedrich August Wolf avanza aún más, y establece sobre bases definitivas, creando mimerosísima escuela, la erudición clásica de nuestros días, que comienza en el paciente análisis de los textos y llega a su coronamiento con la total interpretación histórica de la obra artística o filosófica, situándola en la sociedad de donde surgió. Goethe suele intervenir en las discusiones críticas, proponiendo problemas o sugiriendo soluciones; y en su obra de creador recurre a menuda a los motivos clásicos, reanimándolos a nueva vida inmortal en las Elegías romanas, en la Ifigenia, en el Prometeo, en la Pandora, en la Aquileida, en la Helena del Fausto, y aun en el vago esbozo sobre la historia de la dulce Nausicaa. El nuevo humanismo triunfaba, y, como dice su historiador Sandys, Hornero fue el héroe vencedor.
La división del trabajo comienza en seguida. Creuzer, con sus construcciones audaces, infunde inusitado interés al estudio de la mitología, y las encarnizadas controversias que engendra su Simbólica son prolíficas, sobre todo porque suscitan la aparición del Aglaophamus de Lobeck. Niebuhr, con sus trabajos sobre Roma, da el modelo de la posterior literatura histórica. Franz Bopp y Jacob Grimm organizan la ciencia filológica.
En torno a Gottfried Hermann y a August Boeckh se forman dos escuelas de erudición: una atiende a la lengua y al estilo de las obras, otra a la reconstrucción histórica y social. Una y otra, desligadas ya de sus primitivos jefes, crecen y se multiplican hasta nuestros días. La primera, en que sobresale con enérgico relieve la figura magistral de Lachmann, se entrega a la heroica labor de depuración de los textos, nunca conocida del vulgo, enclaustrada y silenciosa, pero a la cual todos, a la postre, somos deudores. La segunda, que se enlaza con la investigación arqueológica, cuyos maravillosos triunfos culminan en las excavaciones de Schliemann, acomete empresas más brillantes, de utilidad más inmediata y de difusión mucho mayor: así las de Otfried Müller, acaso la más exquisita flor del humanismo germánico; héroe juvenil consagrado por la muerte prematura, y a cuya obra literaria concedieron los dioses el vigor primaveral y el candor helénico.
Otfried Müller es el mejor ejemplo de los dones que ha de poseer el humanista: la acendrada erudición no se encoge en la nota escueta y el árido comentario, sino que, iluminada por sus mismos temas luminosos, se enriquece de ideas sintéticas y de opiniones críticas, y se vuelve útil y amable para todos expresándose en estilo elocuente. El tipo se realiza hoy a maravilla en Ulric von Wilamowitz-Moellendorff, el primero de los helenistas contemporáneos, pensador ingenioso y profundo, escritor ameno y brillante.
Pero este movimiento crítico no se limitó a las literaturas antiguas. Los métodos se aplicaron después a la Edad Media y a la edad moderna y así, en cierto modo, nuevas literaturas se han sumado al vasto cuerpo de las humanidades clásicas.
Lejos de mí negar el alto papel que en la reconstrucción de las humanidades vienen desempeñando, como discípulas y colaboradoras de Alemania, las demás naciones europeas (incluso la Grecia actual) y los Estados Unidos. El devoto de las letras antiguas no olvidará la obra precursora de Holanda y de Inglaterra en el siglo XVIII; recordará siempre los nombres de Angelo Mai y de Boissonade, de Cobet y de Madvig, de Grote y de Jebb; fuera del mundo de la erudición, recibirá singular deleite con la deslumbradora serie de obras en que dieron nueva vida al tema helénico muchos de los más insignes poetas y prosadores del siglo XIX, sobre todo los ingleses; hoy mismo consultará siempre a Weil y a Fgger, a Ios Croiset y a Brea, a Cilbert Murray y a Miss Harrison, a Mahaffy y a Butcher; pero reconocerá siempre que de Alemania partió el movimiento y en ella se conserva su foco principal. Y todavía a Alemania acudimos, bien que no exclusivamente, en toda materia histórica: si para mitología, a Erwin Rohde; si para la historia de Grecia, a Curtis y Droysen ayer, a Busolt y Belloch hoy; si para la de Roma, a Mommsen y Herzog; si para literatura latina, a Teuffel; si para filosofía antigua, a Zeller y a Windelband; si para literatura medioeval, a Ebert; si para la civilización del Renacimiento, a Burckhardt y a Geiger; si para letras inglesas arcaicas, a Ten Brink; si para literatura italiana, a Gaspary; si para literatura española, a Ferdinand Wolf,
Las letras españolas no fueron las menos favorecidas por este renacimiento alemán; y de Alemania salieron los métodos que renovaron la erudición española, después de dos centurias de labor difícil e incoherente, cuando los introdujo el venerable don Manuel Milá y Fontanals, para que luego los propagaran don Marcelino Menéndez Pelayo y su brillante escuela.
Hecho interesante: si el dominio magistral de la erudición en asuntos españoles corresponde hoy a la misma España, y, muerto el gran maestro, la primacía toca a su mayor discípulo, don Ramón Menéndez Pidal, en cambio, entre las naciones extranjeras, la principal cultivadora de los estudios hispanísticos no es hoy Alemania, sino los Estados Unidos, la enemiga de ayer, hoy la devota admiradora que funda la opulenta Sociedad Hispánica y multiplica las labores de erudición en las Universidades.
De toda esta inmensa labor humanística, que no cede en heroísmo intelectual a ninguna de los tiempos modernos; que tiene sus conquistadores y sus misioneros, sus santos y sus mártires hemos querido ser propagadores aquí. De ella no puede venir para los espíritus sino salud y paz, educación humana, estímulo de perfección.
Y la Escuela de Altos Estudios podrá decir más tarde que, en estos tiempos agitados, supo dar ejemplo de concordia y de reposo, porque el esfuerzo que aquí se realiza es todo de desinterés y devoción por la cultura. Y podrá decir también que fue símbolo de este momento singular en la historia de la educación mexicana, en el que, después de largas vacilaciones y discordias, y entre otras y graves intranquilidades, unos cuantos hombres de buena voluntad se han puesto de acuerdo, sacrificando cada cual egoísmos, escrúpulos y recelos, personales o de grupo, para colaborar sinceramente en la necesaria renovación de la cultura nacional, convencidos de que la educación —entendida en el amplio sentido humano que le atribuyó el griego— es la única salvadora de los pueblos.

[1] El actual director es don Antonio Caso, que sucedi6 al doctor Chávez, al encomendarse a éste la Rectoría de la Universidad de México.
[2] La revista Savia Moderna.
[3] La de José Vasconcelos sobre “Don Cabina Barreda y las ideas contemporáneas”.
[4] Los cuatro catedráticos a que aludo son Antonio Caso, Alfonso Reyes, Jesús T. Acevedo y el que suscribe. Los otros tres amigos, Rubén Valenti, Alfonso Cravioto y Ricardo Gómez Robelo.

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