junio 08, 2012

Polémica entre H. Yrigoyen y el Dr. Pedro C. Molina: Tercera carta (1909)

POLEMICA CON EL Dr. PEDRO C. MOLINA
Tercera carta
Hipólito Yrigoyen
[Diciembre de 1909]

Buenos Aires, diciembre de 1909. 
Distinguido doctor:
Enterado de su segunda réplica, mi primera impresión fue la de conformarme en dar por definitivamente terminada la controversia, tanto más cuanto que no puedo seguirle en sus intemperancias, porque no las siento ni para usted, ni para nadie, y de hacerlo me desconocería a mí mismo. 
Pero no he podido conformarme con guardar silencio, cuando por primera vez en mi vida, se tachan de falsas algunas de mis afirmaciones; y aunque eso no tiene importancia, acerca del pensamiento que me induce a dirigirme a usted y a las opiniones que he vertido, he creído, no obstante, que en cuidado de mi respeto, debía comprobarlas.
Ahí tiene entonces todos los testimonios correspondientes a cada caso, expedidos por los señores que han sido actores y que usted ha invocado, inclusive también los suyos mismos.
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Diciembre 10 de 1909. — Distinguido doctor: en contestación a la que usted nos dirige, respecto a nuestra misión al interior de la República, en lo que se refiere al doctor Molina, debemos manifestarle:Que una vez en Córdoba nos apersonamos a aquel señor en su casa y le invitamos en nombre de usted a incorporarse al movimiento que la Unión Cívica Radical iniciaba nuevamente. El doctor Molina nos observó que él no "tenía mayor- ánimo para esas luchas y que, quien lo levantaba y era verdaderamente radical, era su hermano, que se encontraba también allí. Pero ante las consideraciones que le hicimos, nos declaró que aceptaba su invitación y quedando otra vez incorporado a la Unión Cívica Radical, convino en seguir la línea de conducta que las circunstancias obligaban y que nosotros le indicamos.Dejando así contestada la suya, saludamos a usted con nuestra más distinguida consideración. Francisco Crotto. — Delfor del Valle.
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Diciembre 12 de 1909. — Distinguido doctor: No recuerdo con precisión el día pero corría ya el segundo semestre de 1904, cuando fui invitado por usted a concurrir al Hotel Frascati, donde se encontraba el doctor Pedro C. Molina, que había llegado de Córdoba.Ya los tres reunidos, nos hizo usted una circunstanciada relación de todos los trabajos que se habían verificado, en cumplimiento del mandato que nos había dado la última Convención Nacional.Hecho el balance de elementos con que se contaba, opiné sin vacilar que los juzgaba más que suficientes para llevar a cabo la revolución.El doctor Molina dijo que convenía esperar que terminara el período del general Roca y subiera a la presidencia de la República el doctor Quintana; lo que a su entender aumentaría esos elementos.Peno habiendo recordado usted que la revolución no era contra persona, sino contra un sistema y que en consecuencia debiere, hacerse cuando se creyera que estaba pronta, quedó resuelto que la lanzara en la primera contingencia favorable.A pesar de esto la revolución no estalló de inmediato, por causas que usted conoce, y día a día fuese postergando. En ese ínterin terminó su presidencia el general Roca y ascendió el doctor Quintana.Poco tiempo después de este hecho, el doctor Pedro C. Molina me envió su renuncia del puesto de Presidente del Comité Nacional, declarando en ella que habiendo cambiado la situación política del país, juzgaba que debía orientarse la oposición radical hacia otros rumbos, y que era obra patriótica acompañar al gobierno del doctor Quintana.Quedé perplejo: durante el gobierno de Roca debía postergarse la revolución hasta que subiera Quintana. Trepado Quintana había que desarmarse y acompañarlo!De lo que pues, dada la persona de quien venía„ los términos de la nota y el cargo que ocupaba su autor, juzgara yo que el doctor Molina no era el presidente del Comité Nacional el 4 de febrero de 1905.Era un presidente renunciante o no era el presidente, como él mismo lo declara en su última carta. Y es por esto que en el manifiesto que desde Montevideo dirigí a mis conciudadanos el 8 de marzo de 1905, dijera intencionalmente lo que hoy repito, explicando la razón de que la revolución del 4 de Febrero de 1905, se verificó estando yo en ejercicio de la presidencia del Comité Nacional.Me es grato saludar a usted con mi más distinguida consideración. José Camilo Crotto.
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Diciembre 12 de 1909. — Mi distinguido doctor: Contestando su carta de ayer, me es grato decirle que es completamente exacto que en los dos viajes que hice a la ciudad de Córdoba, con motivo de la revolución que estalló el 4 de febrero de 1905 dejó bien establecido «que ella se hacía allí como en toda la Nación, con la absoluta integridad de los principios de la Unión Cívica Radical bajo la dirección de sus autoridades constituidas y sin ninguna otra intervención».Saludo a usted con mi consideración más distinguida. Fernando Saguier
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Buenos Aires, diciembre 11 de 1909. — Distinguido doctor: Cúmplenos manifestarle en contestación a su carta de la fecha, que es rigurosamente exacto lo que pregunta en ella.Al acudir a encontrarnos en la estación del Retiro con el doctor Pedro C. Molina, éste nos manifestó que venía exclusivamente a entrevistarse con usted, para pedirle su intervención ante los correligionarios de Rosario, a fin de que lo relevaran del compromiso que había contraído de dar una conferencia antiarmamentista; porque reflexionando después de haberse comprometido comprendía que no debía darla y que con tal motivo, tenía urgencia de conversar con usted lo que nos pidió se lo comunicáramos.Saludan a usted muy atentamente. Ricardo A. Núñez. — Horacio A. Varela.
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Rosario, diciembre 10 de 1909. — Distinguido doctor: Contestando su carta de ayer, manifestamos a usted:Que en la conversación tenida con el doctor Pedro C. Molina, sobre la conferencia proyectada en septiembre de 1908, no se produjo ninguna discusión. Todos los amigos que acudimos a la estación del Central Argentino, éramos partidarios de la conferencia, con la sola excepción del doctor Avelino G. Ferreyra, que concurrió a saludar al doctor Molina.Mal pudo entonces argumentarse por ningún adversario a la conferencia, que la tesis antiarmamentista pudiera «producir mal efecto en los elementos militares comprometidos en una futura acción revolucionaria», puesto que ni con el doctor Molina ni con correligionario alguno se discutió el punto. Es inexacto entonces, que el argumento fuera recogido por alguno de nosotros.En la conversación sostenida con el doctor Molina, no se tocó el supuesto argumento.Que el doctor Molina nos prometió contestar desde Buenos Aires, si daría o no la conferencia, previa consulta del punto con usted, como lo hizo telegráficamente en sentido negativo.Que usted celebró con nosotros una larga conferencia telefónica, en la cual nos explicó la inconveniencia de producir el acto proyectado, invocando únicamente la naturaleza de la misión del Partido Radical.Nos es grato saludarle atentamente. Ricardo Caballero. — Antonio Herrera. José Chioza. — E. A. Larrazábal. — J. Arribillaga.
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Córdoba, diciembre 10 de 1909. — Distinguido doctor: No tenemos inconveniente alguno en contestar ampliamente a las preguntas que se ha servido formularnos. Los hechos nos constan en la forma que sigue, advirtiendo que los justificativos han sido verificados en sus fuentes originales:1° Es perfectamente exacto. Se incorporan nuevos y valiosos elementos en Villa María y Cruz del Eje.Respecto de Villa María, disuelto el comité de ese punto durante la presidencia del doctor Molina, se reorganizó después, adhiriéndose entonces los ciudadanos Francisco Seco, Nabor Pedraza, Alfredo Vitulo, Emilio- Seco, Felipe Rodríguez, Carlos Luccini, Francisco Zeballos, Bernardo Seco, Ricardo D Anquín, Pascual Caparelli, José Gastor, Pedro Padín, Santiago H. Casan, Miguel G. Prado, Ramón Vicenti, Adán S. Castro, A. S. Pereyra, Oscar J. Aguilera, Secundino Heredia, Urbano Chazzi, Urbano Echavarría, Cesáreo Cires, Luis Ferreyra, Arturo Monacorda. Respecto de Cruz del Eje se organizó el Comité de ese punto. que antes no existía, el 29 de agosto de 1909 (como el de Villa María se reorganizará el 1.0 del mismo mes), incorporándose los ciudadanos, don Vicente Olmos y don Ramón López Sánchez, que fueron sus prestigiosos fundadores.2° También es rigurosamente cierto. El doctor Molina se retiró de la presidencia del Comité Central, el 30 de abril de 1909, por conclusión de período. Reelecto el 2 de mayo, renunció el día 7, siéndole aceptada su dimisión, que se hizo pública en La Libertad, con todos los documentos del caso. Tres días más tarde, el 10 de mayo se efectuaba el «meeting» más importante y- significativo de todos los celebrados después de 16 años (fue memorable la recepción del Dr. Leandro N. Alem, en 1892), y el diario del doctor Molina, así como otras hojas de la prensa local, apreciaron el número de manifestantes en «seis mil» personas. Posteriormente, el 20 de junio, hubo otro «meeting» imponente, hablando en él los doctores Abraham Molina y Ricardo Caballero. El 15 de agosto se llevó a cabo una gran conferencia cívica al cerrar las sesiones de la Convención Provincial, instalada el día anterior, y de su éxito dio fe toda la prensa independiente.3° Hubo dos convenciones. La primera, reunida el día 16 de agosto de 1908, eligió delegados al Comité Nacional y sancionó, a propuesta del doctor Molina —consta en las actas del documento— la abstención absoluta del Partido de toda elección provincial y municipal. La segunda convención se realizó el 15 de agosto de 1909 (durante la presidencia del Dr. Eleodoro Fierro (como la primera, se hizo en el período del doctor Molina), y tuvo por objeto elegir delegados a la Convención Nacional y reemplazar al doctor Molina que era uno de los delegados de 1908 para delegados del Comité Nacional.4° Todos los Comités departamentales, con excepción del de Calamuchita, instalado el 20 de junio de 1908 (período del doctor Molina), estaban ya constituidos al dejar la presidencia, el doctor Eleodoro Fierro, que dirigió la reorganización general, siendo vicepresidente en ese período de su actuación fecunda, el doctor Abraham Molina, que lo secundó con todo patriotismo.Debe hacerse constar que al retirarse el doctor Pedro C. Molina, quedaron disueltos los Comités de Villa María y Totoral„ reconstituidos después en la forma relacionada.5° En cuanto a la última pregunta que se refieren a si la revolución se hizo con la integridad de los principios de la Unión. Cívica Radical y por sus autoridades constituidas, ello es del dominio público, siendo una de las declaraciones fundamentales del manifiesto revolucionario y no podría ser de otra manera, ante el carácter del movimiento y los antecedentes del Partido.Con tal motivo, plácenos saludar a usted y reiterarle el testimonio de nuestra mayor estima: W. C. Carranza.— E. Calvete.— N. M. Montenegro.— J. Medina Allende.—P. C. López.— N. Salas Ororio.— A. Córdoba Basuaido.— Félix Torres Altamira.— M. Torres Cabrera (h).— Silvano Gallegos.— Linclor Argüelio.— Alejandro Chacón.— Eftelio Endreke.— Elpidio González.— J. M. Ferreyra Reinafé.—. Gallardo.— José María Salazar.— J. Liberani.— A. S. Sarmiento.— F. D. Alday.P. D. — El doctor Eleodoro Fierro no suscribe esta carta por encontrarse ausente en el campo.
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Córdoba, febrero 4 de 1906. — Doctor Hipólito Yrigoyen: Pienso que en este aniversario grande y triste para nosotros, debemos estar todos reunidos en espíritu al recordar a usted, que fue el esforzado paladín de la idea redentora. Por eso me complazco en reiterarle hoy las expresiones, de mi adhesión y simpatía. Pedro C. Molina.
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Córdoba, febrero 4 de 1909. — Doctor Hipólito Yrigoyen: Vencidos corno, fuimos debemos recordar siempre con orgullo el gran esfuerzo del 4 de febrero, porque tuvo la virtud de poner de relieve en una época de profunda depresión moral, los atributos de honor y de altivez de nuestra raza.Lo saluda afectuosamente. Pedro C. Molina.
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Córdoba, febrero 6 de 1909. — Saludemos este glorioso aniversario de la idea generosa de la revolución del 4 de febrero. Renovemos la promesa de consagrarle cuando sea necesario, nuestro esfuerzo decidido y entusiasta.Y ahora, señores, os pido un aplauso efusivo y cariñoso para el doctor Yrigoyen, que prestó todas sus energías a esta cruzada. Pedro C. Molina
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Córdoba, febrero 12 de 1909. — Señor doctor Hipólito Yrigoyen: Convicciones comunes relativas a la situación política derpaís y a la probable orientación que el Comité Nacional fijará en marzo al Partido, hannos inspirado casi idénticos juicios, que hemos vertido simultáneamente, usted en su telegrama y yo en mi discurso del domingo, sin ningún acuerdo previo. Esto demuestra que todas las almas que se abren únicamente a la verdad, reciben la misma comunión.Salúdalo afectuosamente. Pedro C. Molina.Córdoba, febrero 26 de 1909. — Y ahora como un voto de toda la asamblea en consagración de tal ofrenda, os pido que os pongáis de pie y me autoricéis para dirigir al doctor Yrigoyen el siguiente telegrama. Pedro C. Molina.
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Buenos Aires, diciembre 11 de 1909. — Distinguido doctor: Contestando su atenta de la fecha me es grato manifestarle lo siguiente:Cuando fui a Córdoba en febrero de 1908 como delegado a una asamblea que se verificaba- en ésa, en conversación tenida con el doctor Pedro C. Molina, me pidió entre otras cosas, que dijera a usted que si le había llegado el eco o rumor acerca del contenido de una carta que él había escrito, no le diera importancia alguna, pues la había hecho por mera fórmula y por no dejar sin contestar una que se le había dirigido.Dejando así cumplido su pedido, saludo a usted con mi consideración más distinguida. Horacio A. Varela
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Reportaje a Pedro C. Molina, de noviembre de 1908
— ¿Qué piensa usted, doctor, de las elecciones últimas en la Capital?—Pienso que ahora muchos de los que han criticado la abstención de nuestro Partido en las elecciones, nos darán la razón.Y así se explicaría usted la tendencia de cierto grupo del Partido Radical de decidir a éste a cambiar su actitud de expectación revolucionaria por el de la lucha franca en el comicio: lo único que nos divide es que ellos creen en la existencia de esta institución mientras que nosotros la miramos como un mito.Ahora creo que no habrá dos ciudadanos de buena fe, que no justifiquen nuestra actitud reservada y nuestro credo.Y cuando en frente de esta masa hállase un gobernante que ha alcanzado desde que nació, todos sus éxitos en la escuela de la corrupción... ¿quién quiere usted que levante la institución del lodazal en que se encuentra?
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Pensamiento para él periódico: ALEMBuenos Aires, enero 22 de 1909. — Se dice que el Partido Radical tiene la obsesión revolucionaria... Y cuál otra ha de tener un grupo de hombres libres, despojados sistemáticamente de sus derechos políticos y sometidos a la denigrante «corve» del fiscalismo. ¿La obsesión sumisionaria? Opten por ésta los apocados y los cobardes: a los denlas, ya que no el hecho triunfante, déjesenos celebrar en paz la tentativa redentora del 4 de febrero, en la que, si no reivindicamos nuestra condición de hombres libres, revelamos a lo menos que no estamos todavía envilecidos por el hábito brutal de la obediencia.Obsesión por obsesión, nos quedamos con la nuestra. Pedro C. Molina.
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Córdoba, marzo 13 de 1909. — Señor doctor José N. Lencinas: Pero me observará usted, ¿qué inconvenientes tiene en dar el nombre de la provincia a que el discurso se refiere? Téngolos y muy serios: no hay conveniencia política en decirlo. Y si usted quiere más le agregaré: lo he dicho por todas las provincias, porque en ninguna de ellas se han hecho los registros radicales.Dejo así contestada su carta y quedo su A. S. S. Pedro C. Molina
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Dejando así establecido que cuanto he dicho es absolutamente exacto y puesto que con este motivo he vuelto a escribirle, me ocuparé también de todo lo nuevo que me atribuye, desde que aquello de caudillo, unicato y jefatura, que, reproduce usted, ya lo he contestado en mi anterior.
Aclararé antes, ya que de eso hace usted cuestión previa, que yo noche querido ni he soñado siquiera discutirle superioridad de saber, ni he pretendido título alguno al respecto; y por consiguiente que eso sea como a usted mejor le plazca y le cause mejor satisfacción.
Dice usted ahora que yo «descuento desde mi casa, social y políticamente la dirección del Partido, sin las incomodidades inherentes a la vida de comité y al roce directo con el pueblo, y que vivo de rentas y de empleos...».
Es esto tan absurdo ante la notoria evidencia, que me permitiré recordar aquella frase de Sarmiento: «Cargó usted tanto y tan mal el trabuco, que se le reventó en las manos!».
Al formar parte de la Unión Cívica Radical, era yo el mismo que soy ahora, en todas las esferas, y los veinte años que han transcurrido los he vivido casi para ella, en la irradiación de mi persona y sin retraimiento alguno.
He pasado también cerca de una decena de años consecutivos en el Comité, desde las ocho de la mañana hasta las doce de la noche, y hoy mismo me ocupo de todo a la par de mis correligionarios, y me he rozado siempre con los más encumbrados como con los más modestos.
El trabajo ha sido la ley de toda mi vida, y la labor sobre la naturaleza, el sendero de mi existencia!
¡En cuanto a empleos...! salvo que aluda usted al hecho de haber sido Presidente del Consejo Escolar de Balvanera y Profesor de la Escuela de Profesores, en cuyos únicos casos —bueno es que sepa si lo ignora— que fui designado para ésos cargos por Sarmiento, quien así me lo pidió, cuando fue Presidente del Consejo de Educación y esta institución era autónoma. Acepté el primero en su carácter honorario y el segundo destinando al hospital de niños la compensación que tenía asignada, retirándome de aquél cuando Sarmiento lo hizo de la Dirección General y continuando en éste hasta que el doctor Quintana me distribuyó, en seguida de la Revolución de 1905.
No he utilizado la sociedad, ni siquiera la he frecuentado, porque casi desde mis primeros albores yo no he vivido sino para el deber.
No he consentido tampoco demostraciones públicas en mi favor, ni aun he asistido hasta hoy, a ninguna revista de opinión de mi partido.
Agrega usted que he hecho profesión de político y que soy conspirador y revolucionario.
Si por no poder mirar con indiferencia las desgracias de la Patria, los peligros que la rodean y los inmensos males que se le han hecho soportar en una de sus mejores etapas, tanto como pueden apreciar los que tengan suficiente pensamiento y preparación para comprenderlo; si por haberle consagrado todo cuanto soy, y de ella llevo en la frente, es que merezco esos calificativos, los acepto con todas las fuerzas de mi convencimiento y con todo el fervor de mi alma!
A nadie he dañado con ello sino a mí mismo, convirtiendo una vida que surgió sonriente y dulcísima, en amarga y penosa.
Concluye usted insinuando una nebulosa sobre mi actitud en la revolución del 4 de febrero, y aunque podría mirarla con el mayor desdén, también la tomaré en cuenta.
La Unión Cívica Radical, bajo el peso de duros contrastes, de desengaños de todo orden y de las más sensibles desapariciones, había sufrido las mayores decepciones y agotado todas sus fuerzas.
Después de tres o cuatro años de recogimiento, pero siempre en protesta y con la misma integridad,- se volvió a convocar, robustecida por la nueva generación —y llenadas todas las formalidades constitutivas— sancionó a la luz del día y a faz de la República, lo que creyó de su deber.
El gobierno quiso detener su acción con persecuciones constantes y pertinaces, por los medios más deplorables y desdorosos, hasta que al fin, y venciendo dificultades que nunca podrán referirse tanto como fueron, llegó el momento de realizarla.
Había pasado el día sin ninguna novedad en la República, y estábamos listos y preponderantes en todas partes.
Aunque la cita era a las tres de la mañana, hora en que debía estallar el movimiento en toda la República, resolví anticipar mi presencia en distintos puntos, después de haberme substraído a la policía, que me vigilaba y seguía con todos los recursos imaginables como lo hacían con cuantos venían a mi casa
A las once de la noche acudí al Arsenal, en el deseo de afianzar esa posición ante todo; pero desgraciadamente las infames delaciones, que fueron nuestra mayor preocupación, habían producido sus efectos y estando ya tomado por el Gobierno, no hubo forma de conseguir reacción.
Supe también por el doctor José C. Crotto, que se encontraba a una cuadra de allí, atendiendo los últimos pormenores de la preparación civil, que de los grupos que debían atacar las comisarías habían sido sorprendidos unos y perturbados otros, lo que evidenciaba que el gobierno había ya tomado medidas generales.
Siendo absolutamente imposible suspender la revolución por falta de tiempo, para comunicarlo a toda la República, el doctor Crotto quedó en ese lugar hasta las doce del día siguiente, tratando de que se pronunciaran todas las fuerzas que les fuera dado hacerlo; y yo me corrí a otros sitios militares tratando de hallar uno importante que pudiera servir de pie a la resistencia pública; pero ya en todos ellos dominaba el gobierno.
La mayor parte de nuestros correligionarios, militares y civiles, estaban tan poseídos del éxito, que no se explicaban debidamente mis insistentes precauciones, y por exceso de confianza y seguridad no guardaron todos los cuidados .necesarios, por más que se los encomendé hasta el último instante.
Pedí entonces a un amigo que, salvando todos los inconvenientes, fuera al Rosario a decir a los correligionarios que se mantuvieran en la acción, que allá íbamos, y cuando llegó ya se habían disuelto.
Tuve todavía la esperanza de que consiguieran reconcentrarse y unirse algunas fuerzas, con lo que habríamos reconquistado el triunfo, porque todo, el país se hubiera levantado y los poderosos elementos con que contaba la causa, habrían tenido oportunidad para operar.
Más todas las fatalidades se cruzaron en nuestro camino.
Cuando todo había terminado, me recogí con tal pena en el alma al ver que otra vez se malograba la suerte de la República; y con tal desgarramiento en el pecho por el inicuo asesinato de Pirovano y la caída de los demás compatriotas que sólo Dios habrá aquilatado toda la inmensidad de nuestro infortunio!
No me presenté, ni me dejé tomar preso, porque tenía deberes por delante que no hubiera podido atender en ese caso. Había fallado la prueba y surgían sus consecuencias a las cuales me entregué de la misma manera y en todo, cuanto podía y valía.
Esa fue mi actitud en la revolución, la misma que observé en las anteriores. Pude resguardarme a la espera de que se tomara alguna decisión, para resistir a ella con los demás correligionarios, que no tenían de antemano misión armada, como sucedió el 90, entrando al Parque, la junta, estando éste en nuestro poder, lo que es lógico a toda dirección; pero me sentí impulsado a concurrir a los sucesos desde el primer momento y no aguardar el desenlace de ninguno de ellos. Así procedí el 90 cuando fui designado por la misma junta para tomar la Policía de la Capital, creyendo de mí deber fijarme el puesto, al frente de esa misión. Así también lo hicimos con el doctor Del Valle, cuando habiéndose cambiado el primer plan, fuimos en delegación a las fuerzas de Palermo, y no esperamos a que éstas se pronunciaran estando nosotros fuera de los cuarteles sino dentro de ellos. Y así también lo hice el 93, en la revolución de la provincia de Buenos Aires, no dirigiéndola desde aquí, ni de ningún punto inmediato, sino internándome y yendo directamente allí donde estaba una de las principales fuerzas regulares del gobierno, diciendo a los correligionarios en las instrucciones que les di, que cada uno cumpliera en su Puesto.- y que yo estaría en el que las circunstancias requiriesen.
No se si usted ha preparado o dirigido algún movimiento armado, y si cree haberse conducido con más acierto, ni le discuto como antes su ,mayor competencia, porque yo no realizo estos actos sino por imperioso deber.
Pero tenemos tanta conciencia de la supremacía de ese esfuerzo, bajo todas sus fases, que si el pueblo argentino no lo hubiera valorado Cofa lo demostró tan imponentemente y lo sigue patentizando, al pueblo argentino mismo lo hubiéramos declarado incapaz de juzgar tan magna obra, e inmerecedor de haberla hecho en su holocausto!
Fue y será por siempre grandioso ese movimiento, por su altísimo concepto, su formidable condensación de fuerzas, y por la dignísima composición de ellas. Reveló en la preparación y. confirmó en la prueba y en la adversidad, ejemplos de altivas enseñanzas de toda forma y en todo orden, salvó el honor nacional en una hora en que como la actual se renovara una crisis de descomposición galopante y de furia de acomodamientos.
Agitó más que otras veces a todos los mercaderes de la República que sintieron como nunca la trepidación de su derrumbe en los momentos en que se creían más seguros y se prometían todo género de beneficios. Esa es precisamente la más alta honra y gloria del movimiento, que tuvo tanto patriotismo y enterezar, como eran necesarios para levantarse y producirse, sobre la enorme pesantez de una nueva y mayor perspectiva de orgía nacional!
El día que haya un gobierno libre y que por ello desaparezcan las persecuciones, se escribirá toda la brillante página de esa protesta, la más grandiosa sin duda que haya realizado la Nación desde su independencia.
La Unión Cívica Radical, a la inversa de lo que ha ocurrido a la generalidad de los movimientos regeneradores, que se han ido descomponiendo, a medida de las contingencias del medio en que se desenvolvían y de las dificultades que encontraran en el camino, ha seguido acentuándose ya en la orientación de sus fines como en la aplicación de sus principios y en la homogeneidad de sus elementos.
Cuando más hondas se han hecho la causas a extinguir y más grandes los obstáculos a vencer, ha revelado mayor superiorisación de aptitudes, de integridades y de energías!
Fue así que si bien la revolución del 90 no se propuso en el primer momento, más finalidad práctica que la de destruir un hecho con otro hecho, —valiéndome de la frase del distinguido. doctor Beiró—, y a ese objeto llegó -hasta buscar el concursó del gobierno de la provincia de Buenos Aires, fue así, decía, que al día siguiente de ese primer, contraste y sobre el contraste mismo planteó el problema más levantado de que haya memoria en las reparaciones humanas!
Contra todos los gobiernos de la República y cuantas resistencias se le opusieron, aun en su propio seno, y sobre todas las ventajas que se le ofrecieron y le hubieran dado dominio absoluto,  sancionó el cambio fundamental de la situación por medio del restablecimiento de las instituciones que es el único y verdadero imperio que tienen las sociedades en su marcha progresiva y en la visión permanente de sus destinos.
Así ha seguido su trayectoria, en sucesivos y constantes perfeccionamientos, renovando siempre sus votos de solidaridad y de convicciones inmutables.
A la vez sustenta un altísimo pensamiento reivindicatorio un ideal fijo y un adoctrinamiento sistematizado, ha formado y seguirá formando el carácter de las generaciones venideras, abriendo amplios senderos a su acción, de incalculables proyecciones, repercute en el espíritu público, en las clarinadas más sublimes del patriotismo, tocando llamada de redención a los pueblos; y sus vibraciones serán tanto más sonoras en el alma argentina, cuando mas intensa se hagan las causales que las inspiraron!
Ha alcanzado tal culminación y tal representación ante el sentimiento nacional, que no hay ataque que la sombree, ni defensa que la deslumbre; porque invulnerable a todos los prejuicios, son también superados los juicios!
Sólo ella podrá desautorizarse, y el día que pudiera llegar a suceder, su derrumbe de entonces servirá para apreciar toda la magnitud de su encumbramiento presente!
En la anormal situación que conmueve a la República, insumiendo y esterilizando fuerzas y factores de todo género, porque dondequiera que las instituciones no presidan la marcha de las sociedades será su desenvolvimiento tanto mas perturbado cuanto más intensas sean las causas ocasionales: han nacido dos tendencias bien caracterizadas y definidas.
Comprende la una todas las transgresiones la sucesión múltiple y variada de las funciones públicas, y sus irradiaciones en las demás esferas de la actividad. Detentadora de la soberanía nacional y apoderada de todas sus fuerzas hace pesar su férreo yugo, y hollando la libertad, y vejando el derecho  y la justicia, y arrasando todo el organismo moral, político y administrativo. Inepta y pervertida por su misma depresión y degeneración, cada paso que da, cada medida, que toma y cada obra que realiza, es una demostración de incapacidad, una descalificación de probidad de concepto o una acusación de venalidad. El aprovechamiento de todo es el signo característico de su psicología general, que corrompe cuanto está a su alcance o subyuga con sus halagos. Siendo el delito su origen, la delincuencia es lo que enseña, y el crimen común en todas las formas, una de sus lógicas derivaciones. Cualquiera que sea la pletoridad aparente de su vida, es necesariamente enfermiza, porque contraría las leyes naturales de la existencia, y mientras subsista seguirá devorando y devastando la savia nacional, hasta que al fin se hunda en el ineludible abismo de su destino, después de haber colmado sus desaciertos en algún cataclismo, y de haberle inferido a la República lesiones sin reparo; porque ni la naturaleza misma restaura todo lo perdido!
Representante la otra del poder público en ruda contienda de deber supremo contra la fatalidad de aquel atentado, que por la impunidad y la complicidad, pretende ya hacerse régimen de vida nacional, fácilmente se concibe cuál es el carácter bien marcado de su tendencia. Se distinguen no en el terreno de la política militante, porque dentro de ella no hay más mira que la posesión de los gobiernos, sino en el de la esencia misma de los más caros atributos de la Nación, que profundamente afectados podrán llegar a desnaturalizarla para siempre!
Tal es el estado actual de la República, y extraviados viven los que piden programas de gobierno a la causa, reivindicadora. Como exigencia legal y como sanción de justicia, me hace el efecto del mandatario pidiendo rendición de cuentas al mandante o el reo interrogando y juzgando al juez.
Sería lo mismo que pretender el ejercicio de instituciones que no se han fundado o la aplicación de una constitución que no se ha hecho.
Cada misión en la vida tiene sus leyes propias como su adecuado funcionamiento y el poder público congregado en acción reivindicadora del ejercicio de su soberanía, perdería su legítima autoridad, si se identificara con los que se la han usurpado, y ése sería entonces el nivel de su condición moral y de su capacidad efectiva.
Eso es lo que quieren los que piden programas a la Unión Cívica Radical, buscando contaminarla para .encubrirse ellos, porque no sería sino usufructuar de los males de la República, pretextando reparaciones que no son más que variantes de una misma ignominia!
Ningún arquitecto humano que no fuera un traficante ante la moral, las ciencias y las artes, levantó muros sobre asientos de lodos; y ningún hombre de principios que no fuera un profanador de ellos, pregonó la caída de gobiernos, de funcionarios o de políticos, para hacer subir a otros por los mismos medios, cada vez más agravantes, aunque no sea más que por el hecho de reproducirlos!
Si los gobiernos son los agresores del bien público, si las propensiones particulares no tienen otro ideal que los beneficios propios, si la prensa en general en vez de ser centinela de las aspiraciones comunes, es también utilitaria y prevaricadora, ¿cómo es posible que la evolución se produzca o la reforma se alcance por el camino de las absorciones y la confusión de todos, en juicios propósitos y procedimientos?
La Unión Cívica Radical en plena rebelión, contra todos esos medios, y vinculada por las grandes devociones del alma que despiertan las convicciones supremas, pudiendo triunfar con ellos y utilizar para sí tan caudales sensaciones de poder, prefirió siempre a las conveniencias de todas las funciones públicas, la absoluta unidad de su acción e integridad de su credo.
El error más grave y fatal para la República, que pudiera cometer, sería el de embanderarse en la política militante, doblando con sacrílegas manos las páginas de la historia que contiene el sagrado fundamento de su convocatoria y de su existencia.
Las sociedades humanas, cuando en casos extraordinarios se alistan para realizar deberes comunes y desvían su acción después, se acusan y descubren a sí mismas, dando pruebas de haber merecido las conculcaciones de que son víctimas.
Por eso, el sentimiento público ha corporizado en ella, desde el primer momento, toda la potestad de la lucha, que absorbe tantas y tan intensas palpitaciones, en una abstracción tan noble de patriotismo y en una imagen tan serena de deberes, que admiran en el presente y asombrarán en el futuro.
Se despliega con actividades tan superiores, derrama con prodigalidades tan amplias toda su vida entera, en los horizontes precarios de los cálculos, de los egoísmos y de las indiferencias, que con la sola robustez de sus energías respalda todos los desplomes y rescata todas las nobilidades de la tradición argentina.
No habrá móvil alguno que consiga deponer las aspiraciones de los que saben ser aliento virtual y poderoso, idealizando la contienda contra tantas seducciones y afrontándola en magnas explosiones, que impulsan a la redención de todas las angustias de la Patria.
La grandeza de los apostolados simboliza los altos y mejores atributos del espíritu nacional, condensando sus fervores dentro de rígidos moldes y de inflexibles austeridades.
Ellos han llenado de luz todos los ámbitos de la República, han sido el único baluarte de sus vindicaciones, y los verdaderos conductores de sus altivas protestas.
Han fijado ante la razón y la conciencia públicas, la distancia que hay entre la decadencia de los que flamean sus perversiones triunfantes, y los que, poseídos de visiones redentoras, abren brechas por las cuales las virtudes morales y políticas difundirán todos los bienes en consonancia con las apoteosis de los grandes anhelos libertarios.
¿Qué valdrían sino la suma ingente de los sacrificios consumados ante los severos interrogantes de la Patria? ¿Qué significaría entonces haberse tallado al cincel de todos los holocaustos, alcanzando tan alta ejecutoria cívica, si el veredicto público no supiera sintetizar sobre ellos todos los esplendores de la justicia?
Por más que el ara parezca desierta, por más que una densidad asfixiante de vida muerta para todos los ideales morales, haya como esparcido la hegemonía de la incredulidad hacia todo lo enhiesto, la confederación que funde en una sola todas las notas de la opinión, renueva siempre sus votos por aquellas consagraciones!
Se afana usted por último en querer demostrar que me he propuesto lastimarlo, herirlo, provocarlo, deprimirlo y desconceptuarlo ante la opinión, y termina exclamando que le tengo celos y emulaciones.
Nada más incierto, ni más desprovisto de toda suposición de verdad, que semejante intento de mi parte y nada tampoco más distante de mi espíritu, que tenerle celos o emulaciones a usted, cuando jamás las he tenido por hombre alguno.
¿Cuáles serían los móviles de aquellos propósitos, y cuáles las causas de aquellas preocupaciones?
Al contrario, hice una única excepción con usted, como ya se lo he manifestado, para rebatirle sus ulteriores juicios sobre la Unión Cívica Radical, y le di explicaciones previas, diciéndole que por mi enfermedad había ignorado publicaciones anteriores cuando ellas se produjeron.
Si me he referido a su persona ha sido por la lógica misma del examen y esclarecimiento de los temas a dilucidar, pero guardando estilo, con toda altura y en la forma más apropiada.
Así terminé las dos cartas dándole francas seguridades de toda ausencia de prevenciones u otros designios, retirando cuanto pudiera usted considerar molesto y expresándole mis deseos, porque no le quedase ninguna mala impresión,.
En cambio usted, no reconociendo gentilmente todas esas salvedades, procedió en su réplica en términos tan inopinados como imprevistos.
Que yo he podido partir de sus juicios, en una controversia de intereses generales y enseñanzas públicas, sin pensar que usted llegara a darle ese sesgo, era indudable desde que hasta dos o tres meses antes, me había guardado las más afectuosas consideraciones a las cuales yo respondí siempre con toda deferencia; me había tributado aplausos y elogios públicos y privados y había departido en intimidad de mesa, a invitación suya, en total armonía y unidad de miras, sobre todos los puntos relacionados con la marcha del Partido.
No he podido ser yo quien haya incurrido en provocaciones personales, cuando no lo he hecho nunca, con nadie y así lo abonan todos los antecedentes de mi vida.
He sostenido en los comicios electorales como en las Legislaturas, las discusiones más ardorosas en épocas de grandes agitaciones. Los sucesos posteriores me colocaron también en la vanguardia, en todas las luchas que ha sostenido la Unión Cívica Radical, la más opuesta y antagónica, sin duda, que se conozca en la historia política de nuestro país.
No obstante, en aquella época, como en ésta, no tuve jamás cuestión personal alguna con mis adversarios y todos me han guardado siempre las mayores distinciones, así como conservo la misma amistad con muchos de ellos, que en los primeros años. Los mismos ofrecieron varias veces sus posiciones de gobierno y sus decisiones personales, a la causa que representamos con nuestra dirección. Hasta el general Mitre, que fue a quien menos conocimos y tratamos.
El general Roca ha sido uno de los contados hombres públicos con quien no hemos tenido relación, y sin duda alguna, el que ha demostrado mayores prejuicios contra la Unión Cívica Radical y contra mí personalmente. En su segundo gobierno se encontraba no sólo divorciado de la opinión, sino de gran parte de sus correligionarios, lo que hubiera contribuido a autorizarnos para cualquier molestia a su respecto.
Y bien: el 10 de setiembre, en cuya fecha debió estallar la revolución última, era nuestro completo prisionero, y habiéndole encomendado al doctor Fernando Saguier la misión de tomarlo, le dijimos que fuese con ocho jóvenes bien representativos y no llegara hasta él, sino con todos juntos, para que comprendiera que no podía hacer resistencia y evitar de esa manera que fuese dañado o dañara él mismo a alguno de ellos. Le agregamos además que en seguida se corriese a tranquilizar a la familia, haciéndole saber que no le había ocurrido nada, ni sufriría en su detención la menor incomodidad.
Creo que es el caso más típico —entre tantísimos otros— que pueda patentizar la paz y la magnanimidad del alma radical.
Me he permitido invocar estos recuerdos, en comprobación de que he sido y soy siempre extraño a todo sentimiento de animosidad y prevención personal, lo que me parecería una profanación a las reglas de conducta que informan toda mi vida.
Salúdalo atentamente.
H. YRIGOYEN

Fuente: “Ley 12839. Documentos de Hipólito Yrigoyen. Apostolado Cívico – Obra de Gobierno – Defensa ante la Corte”, Talleres Gráficos de la Dirección General de Institutos Penales, Bs. As 1949.-

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