julio 15, 2012

Discurso de Fidel Castro en el acto de coronación de la estrella de la Universidad de Oriente (1962)

DISCURSO EN EL ACTO DE CORONACION DE LA ESTRELLA DE LA UNIVERSIDAD DE ORIENTE, CELEBRADO EN LA PROPIA UNIVERSIDAD
Fidel Castro
[24 de Julio de 1962]

― Departamento de versiones taquigráficas del Gobierno revolucionario ―

Bueno, compañeros, yo no sé por qué han hecho esa fogata con el calor que hace aquí en Santiago de Cuba.
De verdad, ha dispersado la mitad del público. Bueno, tanto que hablé y que hablé y ahora no dejan hablar a uno aquí (RISAS).
En primer lugar, quiero pedirles una excusa a todos, pero en primer lugar a los delegados invitados nuestros para el 26 de Julio y también a los compañeros que estaban trabajando aquí en el escenario, que los interrumpí, nunca había interrumpido una comedia (RISAS) y es que primero una mala información — yo creía que era a las 9:00 el acto—, estábamos nosotros reunidos con los estudiantes de las escuelas tecnológicas y creía que era a las 9:00.
Así que llegué tarde, interrumpí la comedia, y me dio mucha pena haber llegado tarde porque estaba muy buena la comedia esa (RISAS).
De todas formas yo les prometí en el día de hoy, a los compañeros, hacer lo posible por venir a la coronación. Coronaron la reina también y llegué tarde.
Pero bien, les prometí asistir a este acto. Tenía interés en reunirme con los estudiantes universitarios y también, naturalmente, aunque no faltarán oportunidades para volver a ver a los compañeros delegados, saludarlos a ellos también.
Nosotros tenemos un extraordinario interés — voy a hablar para los estudiantes, voy a hablar también para los visitantes— en todo lo que se refiere a las actividades de la educación; todo lo que tiene que ver con la vida de nuestros jóvenes. Nosotros cada día comprendemos más y mejor que la tarea más importante que tiene la Revolución es educar, la propia experiencia de la lucha nos enseña esa verdad.
Por eso la Revolución cada día le presta — y no ha sido poco el interés que le ha prestado hasta hoy— más atención al frente de la educación. Es, además, uno de los aspectos donde la Revolución ha avanzado más. A esa conclusión llegamos, además, porque hemos visto todo lo fructífero que es el esfuerzo que se hace con la juventud; hemos tenido oportunidad de comprobar, además, todo lo que es capaz de hacer la juventud; y porque vemos cada día mejor las realidades de la Revolución, como comprendemos cada día más que la Revolución es una lucha contra hábitos, costumbres, vicios y mentalidad del pasado.
Como vemos que la Revolución es una lucha de clases dura, y que se hace más dura cuando una revolución se desarrolla en las condiciones que se desarrolla la nuestra, bajo el incesante hostigamiento de una fuerza poderosa, infatigablemente hostil a nuestra lucha; circunstancias que hacen que los elementos que no se resignan al cambio profundo que significa una revolución, se sientan incesantemente alentados por esa fuerza extranjera.
Como cada una de esas cosas para nosotros se hace más evidente; como sabemos que esta es una lucha larga; porque sabemos que es una lucha larga, porque cada día la Revolución nos enseña esas verdades; verdades que presentíamos más que conocíamos cuando comenzábamos esta lucha, es por lo que tenemos conciencia de que para esa lucha larga debemos prepararnos y que la Revolución tiene que formar una generación nueva.
Porque además, la Revolución no es una lucha por el presente, la Revolución es una lucha por el futuro; la Revolución tiene siempre su vista puesta en el porvenir y la patria en que pensamos, la sociedad que concebimos como sociedad justa y digna de los hombres, es la patria del mañana; la sociedad que empezamos a construir hoy y que edificaremos piedra a piedra. Como vemos así las cosas es que pensamos que nuestra tarea más importante está en la educación.
Hay que educar a la juventud para muchas cosas; hay que educarla para una vida nueva y hay que educarla para un modo de producción distinto y capaz de satisfacer todas las aspiraciones de nuestro país. Pero también lo que una revolución significa en el campo de la educación, es una prueba de cuán distinta es la vida que se organiza para nuestro pueblo de lo que era la vida del pasado.
Nosotros podíamos hacer muchas comparaciones, muchas. No quiere decir que nosotros podamos sentirnos satisfechos de lo que hayamos alcanzado; pero, si comparamos lo que hoy se hace por nuestro país, lo que hoy se hace por nuestro pueblo en el campo de la educación, y lo que se hacía en el pasado, bastaría para que el juicio de la historia estuviera del lado de la Revolución.
En nuestro país, la herencia que recibió la Revolución fue la herencia de más de un millón de personas adultas que no sabían leer ni escribir. Pero además, cientos de miles de niños no tenían escuelas; en infinidad de lugares de nuestros campos no había maestros; el número de analfabetos estaba llamado a aumentar año por año.
En cambio, unos 10 000 maestros graduados se encontraban sin empleo. Nuestras universidades qué eran, en primer lugar nuestros institutos eran una especie de kindergarten para adolescentes y nuestras universidades, nuestras universidades llevaban en su seno muchos de los vicios de aquella sociedad; desde profesores que no asistían nunca a clases hasta los métodos de enseñanza, dogmáticos, memoristas, con facultades repletas de estudiantes para oficios donde sobraban; es decir, para oficios improductivos.
En un país que vivía de la agricultura, en su universidad ingresaban apenas unas decenas de alumnos para estudiar ingeniería agronómica, mientras en la facultad de derecho ingresaban miles de alumnos. Por lo menos en el primer año pasaban de 1000 los que se matriculaban. De ninguna manera estaba organizada la universidad para servir los intereses del pueblo. De ninguna manera estaba organizada la universidad para llenar las funciones sociales que requería nuestro país. Ahora bien, no había contradicción, puesto que aquella era una sociedad caótica, sin planes, sin perspectivas, sin futuro. Era lógico que la universidad fuera tal cual era aquella sociedad, donde el egoísmo individualista, donde el afán de lucro, donde el oro se convertía en la suprema aspiración de los individuos, la aspiración de vivir del trabajo de los demás; era lógico que faltara la preocupación por la producción; era lógico que muy pocos quisiesen ser ingenieros agrónomos y muchos quisiesen ser abogados —entre ellos yo.
Era la educación para el parasitismo, era la educación para la explotación, era la educación para vivir lo mejor posible produciendo lo menos posible.
Y además, si de la universidad salía un buen médico, ya no hablemos de un buen abogado; un buen abogado tenía empleo asegurado en cualquier monopolio yanqui, en las grandes compañías, en los grandes negocios; su oficio era desahuciar, cobrar, ayudar a aplastar al humilde, al pobre. Si era un buen médico, tenía inmediatamente una demanda creciente, cada vez cobraba más, y se iba convirtiendo poco a poco en el médico de los ricos.
Si la sociedad daba una inteligencia privilegiada para la medicina, aquella inteligencia no se iba a poner al servicio de la sociedad ni al servicio del pueblo. Aquella inteligencia, por imperio mismo de las leyes de aquella sociedad, tenía que ponerse al servicio de las minorías privilegiadas, y tener la posibilidad de salvar la vida se convertía también en un privilegio. Para los hombres y las mujeres del pueblo, hospitales mal servidos, enfermos amontonados, convalecientes en el suelo que no tenían siquiera un colchón.
Y, así, el buen arquitecto, el buen ingeniero, todas aquellas profesiones se desarrollaban y se formaban de acuerdo con la imagen de aquella sociedad.
No crea ningún revolucionario, no crean los pueblos que cuando les llega su hora, cuando les llega su hora de creación y de trabajo para su porvenir, van a encontrar entre los técnicos, que con esa concepción de la vida se forman, los mejores amigos ni los mejores aliados. Entre esos técnicos encontrarán, sí, muchos desertores, muchos tránsfugas. Desde luego que no es una regla sin excepción, ni siquiera es una regla, porque también una parte de esos técnicos, por la cultura que han adquirido, una parte se vuelve sensible a las necesidades de su pueblo, a las necesidades del país, y permanece fiel a su patria.
Pero como aquella sociedad formaba muy pocos técnicos, técnicos de producción, ya que formaba muchos técnicos parasitarios y técnicos no para la producción, es decir, profesionales incapaces de producir; los técnicos para la producción los producía en el número que determinaba la escasa demanda de un país subdesarrollado. Cuando deserta una parte de ese número exiguo de técnicos para la producción, cuando más lo necesita el país, es incuestionable que sitúan a los pueblos revolucionarios ante la necesidad de afrontar la tarea de formar una nueva generación de técnicos. Y eso nos ocurrió a nosotros. Y muchas fábricas fueron abandonadas por los técnicos.
Nosotros hemos visitado en el día de hoy una fábrica que debe ser orgullo de la Revolución, cuyos trabajadores son modelos de trabajadores verdaderamente revolucionarios; una fábrica situada en la capital de Oriente, en esta ciudad, de molinar trigo.
En esa fábrica trabajaban 106 personas, producían 1300 sacos diarios. Hoy trabajan 16 personas menos, no hay técnicos universitarios, los ingenieros se fueron, los laboratoristas se fueron, y los propios obreros los reemplazaron; no se desalentaron, ocuparon su sitio. Uno se encargó de la maquinaria, otro se encargó del laboratorio, afrontaron la tarea y el resultado es que con 86 obreros producen hoy 2 000 sacos diarios.
Es decir que con menos personal producen un 50% más, fabrican muchas de las piezas de repuesto de aquella industria y tienen un entusiasmo admirable, sienten un orgullo impresionante; han llegado a captar con verdadera pasión la tarea del trabajador en una revolución.
Y como algo que me llamó la atención, el hecho de que me presentaran a un joven, y nos dijeran: “este compañero pronto será ingeniero, trabaja con nosotros aquí y este sí que no se nos va” . Con qué orgullo, con qué seguridad hablaban ellos de un técnico, y decían: “este sí que no se nos va”.
Y era un técnico, un futuro ingeniero; en el laboratorio un joven que es estudiante de bachillerato, obrero modelo y quiere seguir estudiando. Y estaban proyectando buscar otro joven estudiante para que ocupara su sitio y que él siguiera estudiando.
Pero cómo comprendían aquellos obreros que cuando se iban, se les iban a ellos, es decir, a la clase obrera, a los trabajadores. Los que resolvieron el problema fueron ellos, los trabajadores, los que afrontaron firmemente la situación, los que siguieron adelante con la fábrica, los que han vencido todas las dificultades. Y ya estaban hablando de la tercera línea de molinos que tienen en los planes futuros.
Nosotros veíamos con toda claridad, al pensar, por ejemplo, la producción de aquellas máquinas, la productividad del trabajo en aquellas fábricas, cómo la máquina es el medio a través del cual las sociedades, la sociedad humana está llamada a librarse del hambre, de la pobreza, de la miseria.
Nosotros que sabemos que el consumo de pan ha aumentado del año pasado a este un 50%, un 50%... Ya quisiéramos ver por ahí dónde el consumo de pan ha aumentado tanto, me refiero a esos países donde tanta campaña hace el imperialismo contra nosotros, basándose en dificultades pasajeras originadas por su bloqueo; nosotros, que sabemos este aumento de consumo de pan... Y pensábamos cómo se habría podido satisfacer esa demanda y ese consumo sin estas máquinas, sin estas fabricas; si hubiera que molinar todavía como en los tiempos pasados, utilizando tracción animal.
Y es donde se ve claro cómo el aumento de la productividad del trabajo que traen las máquinas es el único medio de multiplicar de tal manera las riquezas de las naciones que les permitan satisfacer un día todas sus necesidades. Pero aquellas máquinas necesitan proyectistas, necesitan constructores, necesitan ingenieros. No es un molino de piedra, es toda una planta industrial, y, cada día mas, las máquinas son más complicadas, requieren más conocimiento, requieren mas técnica, y esa es la importancia que tiene para una revolución que aspira a llegar muy lejos: la formación de los técnicos.
Claro, claro; nosotros también, en medio de la tensión de la lucha, en medio de las emociones de la lucha — por qué no decirlo también—, en medio de las amarguras de la lucha, tenemos también los instantes en que, pensando en el porvenir, nos sonreímos, porque nosotros podemos decir que pensando en el porvenir nos sonreímos, y de los males presentes nos reímos.
Y junto con aquella admiración infinita hacia esos trabajadores que han realizado tal proeza, que han demostrado con su ejemplo cuando desaparece la contradicción de explotadores y explotados, y los bienes se convierten en riquezas de todo el pueblo , en medio de nuestra admiración hacia ellos, cuando los oíamos referir cómo resolvieron todos y cada uno de los problemas ante la deserción de los técnicos, el orgullo con que hablaban del ingeniero que sí no los abandonaría, pensábamos también en que no pasarán muchos años sin que podamos enviarle no uno, sino diez y hasta veinte ingenieros a aquella fábrica .
¿Qué son los miserables y cobardes desertores al lado de esos trabajadores? Ellos son privilegiados, formados por una sociedad de explotadores, era lógico que se marcharan tras los faldones de sus amos imperialistas hacia el extranjero o hacia donde siga subsistiendo la explotación y el privilegio. Era lógico que se marcharan porque eran seres demasiado domesticados para que pudieran resignarse a vivir sin la mano lisonjera y generosa para ellos, de los explotadores, sin el halago de los explotadores. Pero aquellos obreros que trabajaban largas horas resistiendo la tensión de las máquinas, obreros explotados, era lógico que ellos defendieran la fábrica, defendieran su centro de producción y afrontaran la situación.
¿Qué son aquellos al lado de estos como seres humanos, como hombres? ¿Cómo se podrán comparar los que han ido a hacer ese papel, precisamente, que los compañeros del grupo teatral tan simpáticamente escenificaron hoy? Y, ¿cómo podrán esos miserables vencer el espíritu indomable de nuestros trabajadores y de nuestro pueblo humilde?
¿Cómo los cobardes y los desertores podrán algún día contra los leales y los heroicos trabajadores de nuestro pueblo? Porque el aserrín que tienen en la cabeza, el cúmulo de veneno, de ignorancia y de idiotez que la sociedad capitalista tiene es tal que hay, como el mercenario representado aquí, quienes de verdad creen que el regreso del imperialismo y que el regreso del pasado está a la vuelta de la esquina.
Ellos creen que todos los días va a ser el día del retorno al pasado. No comprenden ni pueden comprender; la pupila ciega del odio de clase, su desprecio hacia el pueblo, hacia los trabajadores, los hace incapaces de comprender las realidades, los hace incapaces de ver que la historia de un país como el nuestro, que ha llegado adonde ha llegado el nuestro, es irreversible y no tiene marcha atrás posible.
Inoculados con el veneno imperialista, contagiados por la epidemia que entre su propia clase se trasmiten unos a otros, son incapaces de comprender el vigor, el espíritu y la fuerza que yace, que se acrecienta en el seno del pueblo, en la base de esa sociedad donde ellos no eran más que la cúspide parasitaria, olvidándose de que una pirámide es una figura geométrica que empieza por una superficie determinada y termina por un punto, punto que con respecto a la base es infinitamente más pequeño . Los de la cúspide o los del cono son incapaces de comprender siquiera esta verdad social, tan evidente como la verdad geométrica o matemática de que esos privilegios se construían sobre las espaldas de la masa, y si no, ¿de qué vivían esos parásitos? ¿Cómo construyeron tantos palacios? ¿Cómo despilfarraban tantas riquezas?
Partiendo de la teoría reaccionaria de que los pueblos como rebaños necesitan de elite superdotada, superinteligente, al servicio de las cuales tienen que trabajar los pueblos. Esa concepción pasa y qué trabajo les cuesta. ¡Qué trabajo les ha costado, en todas las épocas de la historia, comprender esas verdades! Qué trabajo, adaptarse a estas realidades, y la historia
brinda muchas lecciones y ejemplos de que no se resignan, de que tratan de hacer todo el daño posible.
Claro, por eso funcionó la guillotina en la Revolución Francesa, y, ¡por eso tienen que funcionar los pelotones de fusilamiento en la revolución socialista!
Compañeros y compañeras de Latinoamérica: para ustedes un pequeño paréntesis; ya que estamos hablando para ustedes y para los estudiantes, nosotros comprendemos cuánta campaña y cuánta propaganda se hace en la América Latina contra nuestra Revolución y respecto al tema de los fusilamientos; cuánta alarma, cuánta preocupación a veces aún en nuestros propios amigos... Y el poquito de trabajo que les cuesta comprender. Y es claro, porque en América hemos estado acostumbrados —como estábamos en nuestro país— al odio de los explotadores contra los revolucionarios, a los asesinatos, a los fusilamientos de revolucionarios. Y aquí también, aquí ni se fusilaba, se asesinaban a los hombres en cualquier esquina; aquí no asesinaban ni siquiera individuos, aquí había matanzas en masas, torturas, todo género de depravaciones.
¿Con qué los seculares privilegios han tratado de defender su status quo? Claro que en ustedes todavía hay un velo de idealismo que les impide ver con toda claridad las realidades de las revoluciones; velo que también tuvimos nosotros; velo que un día se evidenció cuando nosotros suspendimos la pena de muerte. ¡Qué inexpertos éramos! ¡Qué iluso era! Una vez sancionados los criminales de guerra, los que mataron a 20 000 cubanos, dijimos: “¡AIto, pena de muerte no! ¡Cesen los Tribunales Revolucionarios, venga la justicia ordinaria!”
¿En qué mundo estábamos viviendo? De las realidades nos habíamos olvidado. Actuábamos en eso como si el imperialismo ni siquiera existiera; comenzaron a explotar las primeras bombas de los terroristas agentes del imperialismo; un barco cargado de armas y de explosivos, producto de nuestros primeros esfuerzos para prepararnos contra una invasión que ya se venía organizando según lo han demostrado los hechos, explotó con saldo estremecedor de muertos, de obreros y de soldados mutilados; espectáculo dantesco de personas destruidas y deshechas; humildes trabajadores, valerosos soldados criminalmente asesinados por un acto de sabotaje a todas luces preparado ya por la Agencia Central de Inteligencia y así empezaron a tratar de destruir sistemáticamente nuestras riquezas; quemar nuestras fábricas, fábricas cuyos sabotajes no organizaban cuando eran fábricas yanquis, pero que ahora que eran cubanas querían destruir antes de que nuestro pueblo pudiera utilizarlas.
Tiendas incendiadas, obreros ejemplares abrasados entre las llamas, bombas en escuelas, asesinatos de jóvenes adolescentes, maestros voluntarios ahorcados, alfabetizadores juveniles ahorcados también después de atroces torturas, ancianos, jóvenes, hombres y mujeres humildes del pueblo, criminalmente ultimados, con la misma falta de escrúpulos, con la misma cobardía con que a través de años cuando ostentaban el poder se ensañaban contra nuestro pueblo.
Era el crimen de antes, repetido por los mismos de antes; las torturas de antes repetidas por los mismos de antes. Los ataques más cobardes y más alevosos contra nuestro pueblo, contra nuestra riqueza. ¿En qué estábamos pensando el día que habíamos suprimido los Tribunales Revolucionarios y la pena capital?
Estábamos actuando idealistamente, soñábamos —como sueña todavía algún que otro revolucionario, no enteramente formado—, porque hay dos revolucionarios, el revolucionario de antes de la Revolución y el revolucionario de después de la Revolución.
Y el de antes es como una novia, virgen, incapaz de imaginarse siquiera los dolores del parto; y así son algunos revolucionarios fuera, porque son revolucionarios virginales de antes. Ya los veremos, ya los veremos qué hacen cuando tengan que enfrentarse a las realidades que tuvimos que enfrentarnos nosotros. Y entonces se acordarán de nosotros.
La Revolución, además, limpia al revolucionario de sentimentalismos y endurece al revolucionario, lo endurece en la dura batalla, en las duras pruebas, porque cuando se lucha con convicción por una causa, cuando se quiere a una causa, cuando el revolucionario se identifica por entero con la causa de los suyos, con la causa de los trabajadores, con la causa de los humildes, llega a dolerle en lo más profundo de su alma cada agresión, cada golpe contra su pueblo por los miserables explotadores, por los parásitos ruines, por los explotadores del mundo.
Cuando se llega a sentir hondo el amor a la patria, a la causa y al pueblo y el revolucionario, el revolucionario verdadero cada día que pasa la siente más y más hondo; los sentimentalismos pequeñoburgueses van quedando atrás.
No nos volvemos injustos, no; nos volvemos más justos; no nos volvemos crueles, pero nos volvemos duros, porque hay que ser justos y defender esa justicia con la pasión que las circunstancias exijan.
Y como les decía a los jóvenes estudiantes de las Escuelas Tecnológicas: “No luchamos por la muerte, luchamos por la vida; no luchamos por la destrucción, luchamos por la creación.” La mayor prueba de amor que el revolucionario pueda dar a la vida y a la creación, es la disposición de sacrificar su vida individual, por la vida de su pueblo; es la disposición a arriesgarse a que se destruya todo antes que renunciar al derecho a crear.
Y que es lógico que defendamos con pasión nuestro derecho a la vida y nuestro derecho a crear, es justo y es correcto, que aniquilemos si es necesario, a todos quienes traten de violar ese derecho a la vida y a la creación.
Por lo demás, compañeros latinoamericanos, el resto lo dejamos a la historia; a la nuestra y a la de ustedes.
Volvamos a decirles a todos, que nuestra Revolución está formando legiones de técnicos; que nuestra Revolución lleva un ritmo de formación de jóvenes que no tiene precedentes y que nosotros entendemos que la riqueza más preciada de cualquier nación es el pueblo. ¿Les hablábamos de las máquinas? Las máquinas son el instrumento. Las máquinas y las fábricas no funcionan solas, y hay algo que supera en importancia las máquinas y es el hombre que maneja esas máquinas.
Y en la formación del hombre la Revolución está trabajando con infinita energía. Las fábricas llevan tiempo; cualquier proyecto de una siderúrgica lleva muchos meses y más que meses años de elaboración, y claro, económicamente, en estos primeros años iremos a un ritmo más lento de desarrollo, mientras creamos condiciones; pero en el factor que es más importante todavía que la máquina, en el factor hombre, llevamos un ritmo de desarrollo impresionante.
La reforma universitaria, el desarrollo de nuestras tres universidades, los trabajos de orden académico y de orden material que se están realizando en esas tres universidades, y estos edificios que aquí se levantan detrás de nosotros, delante de nosotros, con capacidad para 1 000 estudiantes, es una prueba de cómo avanzamos en este campo, cómo se desarrollan nuestras universidades, cómo se convierten en ciudades universitarias, cómo se crean nuevas facultades.
Y lo que hoy hay — y ya hay un magnífico contingente de jóvenes revolucionarios estudiantes— no es nada. La masa, la gran masa, el aluvión viene detrás, en los jóvenes que realizaron la proeza de liquidar en un año el analfabetismo.
Estos compañeros no son más que las avanzadas; el gran ejército viene detrás, en decenas y decenas de miles, que son cifras que dicen mucho para un país pequeño como el nuestro, en los 70 000 jóvenes becados por la Revolución, que están estudiando en escuelas tecnológicas, institutos tecnológicos, preuniversitarios, secundarias básicas, y que van a arrastrar hacia la universidad tal contingente, que todas las cifras anteriores van a lucir insignificantes. Porque, entonces, abogados. ¿Abogados para qué en el socialismo?
Ya nosotros no llamamos a los estudiantes de cuestiones jurídicas abogados, los llamamos estudiantes... O no, ¿cómo los llamamos nosotros? (RISAS.) Porque a veces nos hemos encontrado alguno que otro, y nos han preguntado: “¿Y nosotros qué estamos estudiando?” No, ustedes no son abogados, ustedes van a ser técnicos en cuestiones jurídicas.
Es decir que la sociedad necesita quienes se especialicen en cuestiones de leyes, cuestiones jurídicas en general, para que aporten su esfuerzo al ordenamiento que la sociedad necesita; pero ya en un concepto muy distinto que en el de antes, y en el número limitado a nuestras necesidades reales.
En las escuelas de medicina, en las facultades tecnológicas, ingresarán masas de jóvenes. En medicina, por ejemplo, 6 000 médicos teníamos, y casi todos amontonados en la capital. Y una parte de ellos, naturalmente, se fue con su clientela (RISAS).
Ahora son grandes las ambiciones de la Revolución en ese campo. Mil doscientos comenzarán a estudiar en septiembre; otro curso de nivelación, debido a la escasez de bachilleres, permitirá otros 1200 para el próximo año 1963. Y ya en el año 1964, producto de los nuevos contingentes de jóvenes y del hecho de que de un curso especial de 5 000 estudiantes graduados de secundaria básica, que van a hacer la preuniversitaria en dos años, estudiantes becados, ya el contingente que ingresará en nuestras universidades para el año 1964 será de 2 500 a 3000, que es prácticamente la mitad de todos los médicos que había. Y de ahí en adelante, los estudiantes que ingresarán en la Escuela de Medicina no se contarán por cientos, se contarán por miles. Y como nunca sobrarán, nunca, porque cuando tengamos 15 por 10 000 sería bueno aspirar a tener 20 por 10 000, y cuando tengamos 20 aspirar a tener 30 ó 40; nunca sobrarán.
Porque en una sociedad justa, bien organizada, una sociedad erigida para servir al pueblo, nunca sobrarán médicos, como nunca sobrarán maestros. Les decía que aquí sobraban 10 000, y ahora faltan miles. Y nunca sobrarán, porque también estamos desarrollando las escuelas de formación de maestros sobre principios verdaderamente revolucionarios y ambiciosos.
Y así, nuestros estudiantes todos de magisterio hoy son de procedencia humilde, becados. ¿Y saben dónde empiezan? No en las ciudades, empiezan estudiando en las montañas. Y de allí van para una escuela de Primer Ciclo, de allí para otra de Segundo Ciclo; y ya de esos planes tenemos un contingente de 1 800 que terminan el Primer Ciclo, 2 100 que terminan la vocacional y pasarán a estudiar el primer año del Primer Ciclo, y en septiembre ingresan ya 4 500 a esa escuela vocacional. De manera que para el año 1963 o para el año 1962, fines de 1962,
comenzarán a estudiar unos 1 600 la escuela de Segundo Ciclo; unos 1 800 en el año 1963; en el año 1964 se graduarán ya los primeros e ingresarán 3 000, en 1964. Y en el año 1966 ingresarán en esa escuela de Segundo Ciclo otros 3 000.
De manera que, a partir de esa fecha, en nuestra Escuela Superior de Maestros tendremos 6 000 estudiantes, pero que ya no serán simples estudiantes, sino una fuerza educacional que podremos movilizarla en la capital, y tendremos, no solamente allá esa escuela de 6 000, sino 6 000 jóvenes que habrán pasado por la escuela vocacional, escuela de Primer Ciclo, y que tendrán ya preparación para enseñar también mientras terminan la última etapa. Y no solamente podremos contar con ellos una vez graduados, sino que en los últimos años de sus estudios.
Y toda esta masa de fuerza educacional podremos movilizarla, y, una vez graduada, dos años por lo menos en las montañas. Pero cuando estemos sacando 3 000 por año, profesores, maestros formados enteramente por la Revolución, entonces, comprenderán ustedes, con esas fuerzas educando donde hoy hemos tenido que formar maestros apresuradamente, con esa fuerza en nuestras montañas, en nuestros campos, no es posible que pueda escaparse una sola inteligencia, que corra la patria el riesgo de perder un solo talento. Porque los talentos que ayer iban a las universidades, eran los de la cúspide de la pirámide de aquella clase estéril ya, incapaces de dar inteligencias, porque el parasitismo mata la inteligencia.
Ya no se nos perderá, no perderá nuestra patria un solo talento, una sola inteligencia, porque maestros formados con el más extraordinario cuidado y forjados con el temple que necesita nuestro pueblo... Porque la tarea más importante, en nuestro criterio la más importante tarea de una revolución es educar, y fa función más importante de una sociedad es la función del maestro, sin la cual todo lo demás sería inútil.
Y, por eso, la Revolución le presta primerísima importancia al maestro, lleva adelante sistemática y tenazmente sus planes de formación de maestros y forma contingentes de nuevos maestros, forma toda una generación de nuevos maestros. Y, además, cuando ya tengamos la enseñanza hasta el 6to grado en todas las zonas rurales, aún en las zonas montañosas donde vive disperso el campesino y donde resulta imposible situar un instituto, ya tendremos allí a los maestros que seleccionen a los muchachos que demuestren mayor vocación para el estudio, mayor inteligencia, e irán entonces a las ciudades escolares, que no es una utopía, porque a cualquiera le hubiera podido parecer tal, hasta que viera ya, cómo mientras echan sus cimientos, cómo mientras se construye esa ciudad escolar, ya hay allí alumnos, porque cada edificio que se termina se llena, y ya hay 500, y para el otro mes ya terminadas, unidades habrá 1 000 , y para el año próximo habrá 2 000, y así hasta el proyecto de 20 000 jóvenes estudiando en estas becas primeras.
Pero que, sin duda de ninguna clase, constituye uno de los ensayos más completos de educación, y donde irán los niños más destacados en la escuela primaria del campo, es decir, donde se recogerán las mejores inteligencias.
Desde la escuela primaria a la universidad se desarrolla un esfuerzo gigantesco, venciendo todos los obstáculos, formando maestros sobre la marcha, formando profesores, llenando los huecos de los desertores, los desertores que creyeron que la desmoralización cundiría, que cuando sus cerebros autopanegirizados nos faltaran, nos derrumbarían; sin embargo, qué lección la del pueblo, sobre la marcha cómo llena las bajas, cómo sigue adelante. ¡Qué lección y qué derrota para ellos y qué amargura les espera!
Quienes se solazaron un día pensando que nos dejaban huérfanos de inteligencia, huérfanos de técnicos, y la Revolución, prolífera en todo, ¡los multiplicará en cantidades inimaginables y en calidad también inimaginable para ellos! Y esa obra, obra invisible porque no toma la forma de visible — y ustedes verán aquí muchas obras visibles— pero hay obras también, para nosotros, de más mérito todavía, que no se ven con la pupila óptica, sino con la pupila esa de la sensibilidad humana, y los que tengan esa pupila la verán en nuestro pueblo en mil manifestaciones de su avance, de su progreso, de su conciencia.
La obra que la Revolución lleva adelante con el pueblo y en el pueblo, y, sobre todo, con sus jóvenes, porque las revoluciones no trabajan para hoy, trabajan para mañana, y los jóvenes son el mañana, y la vida de ellos es el mañana. Si se camina por nuestros pueblos, aldeas y calles, verán algo más: verán legiones de niños que corren, que juegan, y, cuando nosotros las vemos,
¡más esperanza ponemos todavía en ellos, más satisfacción sentimos cuando pensamos que para ellos la escuela, el instituto y la universidad ya no son un cuento de hadas, ya no son una quimera, son una realidad al alcance de todos ellos!
Y así, estos ahora, los otros después, irán creciendo, irán formándose, irán creando. Y algún día sus nombres, los nombres de muchos de ellos, como científicos eminentes, serán conocidos en nuestra patria y fuera de nuestra patria. Porque los hombres que en estos tiempos abrieron la nueva era, abrieron el mundo del cosmos, abrieron la era de los viajes espaciales, no fueron los técnicos burgueses ni zaristas, ¡fueron los hijos de los obreros y de los campesinos de la Unión Soviética!
Que ellos, como nosotros, tuvieron desertores, y la deserción en masa; que se enfrentaron a ella y formaron a esos hombres que han abierto a la ciencia caminos infinitos, que desentrañan y resuelven problemas insolubles hasta hoy, que abren a la humanidad las perspectivas de nuevos mundos, de insospechadas posibilidades, fueron jóvenes como estos. Y hoy el porcentaje más alto de médicos por habitante en el mundo es el de ellos, y el porcentaje más alto de técnicos e ingenieros.
Por eso la historia nos enseña estas cosas, pero las comprendemos, no porque nos lo enseñe la historia — y fue el ejemplo de otros pueblos—, sino porque ya lo estamos viendo aquí. Y frente al odio de los imperialistas, a la rabia impotente de los imperialistas, a sus calumnias y a sus infamias, seguiremos adelante por este camino, seguiremos adelante con este pueblo magnífico que es nuestro pueblo, al cual la Revolución le ha permitido el florecer de sus mejores cualidades. Seguiremos adelante con nuestra juventud; seguiremos abriéndonos paso y seguiremos creando un mundo nuevo; seguiremos avanzando en este frente de la cultura y de la educación, que es el frente principal.
Y así hoy, entre estos edificios imponentes que se levantan, donde residirán nuestros estudiantes, los hijos humildes de nuestro pueblo que ya no tendrán que ir a una casa de huéspedes a pasar todas las calamidades, que tendrán estas magníficas cabañas, esta vista, nuestras montañas por panorama, campos deportivos, alimentación fundamental, ropa, instrumentos de estudios, todo lo que necesite. Hoy, a dos días de cumplirse el noveno aniversario de la Revolución, al poder expresarles a ustedes, compañeros de América Latina y a ustedes, estudiantes, estas cosas; estos, que no son sueños, sino realidades, constituye para nosotros un motivo de honda esperanza y de infinita satisfacción.
¡Patria o Muerte!
¡Venceremos!
FIDEL CASTRO RUZ

Fuente: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada