julio 14, 2012

Discurso de Fidel Castro en el homenaje de los martires del asalto al Palacio Presidencial (1962)

DISCURSO EN EL ACTO HOMENAJE A LOS MARTIRES DEL ASALTO AL PALACIO PRESIDENCIAL, EN LA ESCALINATA DE LA UNIVERSIDAD DE LA HABANA
Fidel Castro
[13 de Marzo de 1962]

― Departamento de versiones taquigráficas del Gobierno revolucionario ―

Compañeros estudiantes; Pueblo de Cuba:
Esta es una ocasión doblemente importante para nosotros, primero, porque recordamos una fecha histórica singularmente importante en el proceso revolucionario; y, segundo, porque nos reunimos con los jóvenes, nos reunimos con los estudiantes.
Ya este quinto aniversario y cuarta conmemoración... No me sale bien la cuenta. Fue en 1957. Es que el hecho de que aquel acontecimiento ocurrió en el año 1957 y la Revolución triunfa en 1959 me tenía un poco confundido. Pero, en fin, lo que quiero decir es lo siguiente: que hay algo nuevo, hay un cambio, un verdadero cambio de calidad en la composición de este acto.
Este acto, la cuarta conmemoración, refleja ya un cambio sustancial en la vida del país, y refleja ya un cambio profundo en la vida del estudiante, en la composición del estudiantado y en la propia universidad.
Se puede decir, en realidad, que nosotros en el día de hoy podemos asistir aquí a este acto, todos, con verdadera satisfacción, con la verdadera y con la única satisfacción con que se puede venir a recordar a los caídos. Y esta universidad de hoy, este estudiantado, estas filas nutridas de jóvenes aquí presentes, nos están diciendo que tenemos derecho a sentirnos satisfechos un día como hoy, y que estamos honrando de manera digna, de la única manera digna con que se puede honrar a los muertos, así estamos honrando a José Antonio Echeverría y a todos los que cayeron aquel 13 de marzo : con la presencia de 3 000 becarios universitarios, y con la presencia de miles y miles de jóvenes de las escuelas de becarios preuniversitarios y de institutos tecnológicos ; estamos conmemorando este aniversario con una juventud que surge y se desarrolla en medio de la Revolución, con una juventud cada vez más homogénea, cada vez más revolucionaria; estamos conmemorando este aniversario del 13 de marzo con la presencia nutridísima de los hijos y las hijas de los obreros y de los humildes de la patria.
Y en esta juventud están puestas las esperanzas de la Revolución, en esta juventud están puestas las más legítimas esperanzas de nuestro pueblo, y en esta juventud están puestas también las más legítimas y las más humanas esperanzas de nosotros, los revolucionarios, de todos los revolucionarios. Y a esta juventud hay que hablarle, a esta juventud hay que exhortarla, a esta juventud hay que educarla, hay que orientarla, hay que forjarla; hay que hacer de esta juventud lo que todos soñamos para el porvenir, hay que hacer de esta juventud lo que todos soñamos que habrá de ser el pueblo del mañana, las generaciones nuevas de la patria; hay que hacer de esta juventud lo que todos nosotros habríamos querido ser, lo que todos nosotros habríamos querido vivir con ustedes; hay que hacer de esta juventud, sencillamente, el porvenir. ¿Y qué juventud queremos? ¿Queremos, acaso, una juventud que simplemente se concrete a oír y a repetir? ¡No! Queremos una juventud que piense. ¿Una juventud, acaso, que sea revolucionaria por imitarnos a nosotros? ¡No!, sino una juventud que aprenda por sí misma a ser revolucionaria, una juventud que se convenza a sí misma, una juventud que desarrolle plenamente su pensamiento.
¿Y por qué creemos que se desarrollará esta juventud revolucionariamente? Sencillamente, porque tiene todas las condiciones para lograrlo, tiene todas las condiciones que le permitirán desarrollarse revolucionariamente, pensar y actuar revolucionariamente. No decimos que el ejemplo no valga; el ejemplo influye, el ejemplo vale, pero aun más que la influencia del ejemplo, vale la propia convicción, vale el pensamiento propio. Y nosotros sabemos que esta juventud será revolucionaria, sencillamente porque creemos en la Revolución, porque tenemos fe en las ideas revolucionarias, y porque sabemos que esas ideas se ganarán el pensamiento y se ganarán el corazón de esta juventud.
¿Y a qué viene este preámbulo? ¿De qué vamos a hablar nosotros hoy? Nosotros queremos sencillamente hablar de los jóvenes a los jóvenes. Y este preámbulo tiene algo que ver con lo que voy a exponer aquí esta noche y que los jóvenes deben analizar. Yo voy a hacer una crítica aquí esta noche a un hecho que parece incidental y, sin embargo, debemos criticarlo y analizarlo, y lo vamos a analizar públicamente.
He aquí que en esta noche se presenta un caso, un ejemplo que nos ha de servir de lección y nos ha de servir para hacer un análisis revolucionario. El compañero que actuó como maestro de ceremonias fue leyendo al principio de este acto una serie de documentos, algunas palabras, algunos escritos y, entre ellos, estaba leyendo el Testamento del compañero José Antonio Echeverría. Y nosotros, mientras él leía, íbamos leyendo también el Testamento en la última página de un folleto que nos habían entregado, íbamos leyendo mecánicamente el Testamento Político de José Antonio Echeverría al pueblo de Cuba. Y comenzó a leerlo. Leyó el primer párrafo, leyó el segundo párrafo, comenzó a leer el tercer párrafo y, cuando estaba al final del tercer párrafo, notamos que saltó al cuanto párrafo, dejando de leer tres líneas. Escuchen, compañeros, no se apresuren a hacer un juicio, ni siquiera a echarle la culpa al compañero. Y nos pareció que se había saltado, y por curiosidad fuimos a leer la parte, ya que él se la había saltado, y leemos que dice — voy a leer el tercer párrafo—: “Nuestro compromiso con el pueblo de Cuba quedó fijado en la Carta de México, que unió a la juventud en una conducta y una actuación; pero las circunstancias necesarias para que la parte estudiantil realizara el papel a ella asignado no se dieron oportunamente, obligándonos a aplazar el cumplimiento de nuestro compromiso...” De ahí salta: “...Si caemos, que nuestra sangre...”, y leo las tres líneas. ¿Y qué decían? “Creemos que ha llegado el momento de cumplir. Confiamos en que la pureza de nuestras intenciones nos traiga el favor de Dios para lograr el imperio de la justicia en nuestra patria.”
Presten atención, que esto es muy interesante; no aplaudan. Yo pienso: “¡Caramba, qué casualidad! ¿Pero se habrán omitido de manera intencional estas tres líneas?” Y me quedo con esa duda, y le pregunto a él cuando termina de leer quién le dio los papeles, quién preparó esto. Dice:”No, a la entrada me dieron instrucciones. Yo dije que iba a leer esto, y me dijeron que quitara estas tres líneas.”
¡¿Será posible, compañeros?! Vamos a hacer un análisis. ¿Seremos nosotros, compañeros, tan cobardes, y seremos tan mancos mentales, que vengamos aquí a leer el Testamento de José Antonio Echeverría y tengamos la cobardía, la miseria moral, de suprimir tres líneas, sencillamente porque esas líneas hayan sido expresión, bien formal de un modismo, o bien de una convicción que a nosotros no nos toca analizar, del compañero José Antonio Echeverría? ¿Vamos a truncar lo que escribió? ¿Vamos a truncar lo que creyó? ¿Y vamos a sentirnos aplastados, sencillamente por lo que haya pensado, o lo que haya creído en cuanto a religión? ¿Qué clase de confianza es esa en las ideas propias? ¿Qué clase de concepto es ese de la historia? ¿Y cómo concebir la historia de manera tan miserable? ¿Cómo concebir la historia como una cosa muerta, como una cosa putrefacta, como una piedra inmóvil? ¿Podrá llamarse “concepción dialéctica de la historia” semejante cobardía? ¿Podrá llamarse marxismo semejante manera de pensar? ¿Podrá llamarse socialismo semejante fraude? ¿Podrá llamarse comunismo semejante engaño? ¡No! Quien conciba la historia como deba concebirla, quien conciba el marxismo como deba concebirlo, y lo comprenda y lo interprete y lo aplique a la historia, no comete semejante estupidez; porque, con ese criterio, con ese criterio, habría que comenzar por suprimir todos los escritos de Carlos Manuel de Céspedes, que expresó el pensamiento de su tiempo, que expresó el pensamiento de su clase, que expresó el pensamiento revolucionario que correspondía a un momento en que los criollos, los representantes de la riqueza nacional se rebelaron contra el yugo y la explotación de España. ¿Y que ideas influían a aquellos hombres? ¡Las ideas de la Revolución Francesa, es decir, de la revolución burguesa! ¿Y que ideas influyeron a los próceres de América, que ideas influyeron en Bolívar? ¡Aquellas mismas ideas! ¿Qué ideas influyeron en Martí, que ideas influyeron en Maceo, que ideas influyeron en Máximo Gómez y los demás hombres de aquella gloriosa estirpe? ¿Qué ideas influyeron en nuestros poetas de aquel tiempo, representantes de la cultura cubana, raíz de nuestra historia, sino las ideas de aquel tiempo? ¿Y entonces tendremos que suprimir los libros de Martí porque Martí no fuera marxista-leninista, porque Martí respondiera al pensamiento revolucionario que cabía en nuestra patria en aquella era?
Si el marxismo-leninismo es la ideología de la clase obrera cuando esa clase surge y toma conciencia de sí misma y se lanza a la lucha por su redención, ¿cómo podíamos pedir que ese fuera el pensamiento cuando la tarea que se presentaba en un país, la tarea que se presentaba en la América Latina en la época de su independencia, y la tarea que se presentaba en nuestra patria eran tareas nacionales, tareas de otra índole, tareas de otros tipo, que correspondían al desarrollo de nuestra patria en aquel momento dado?
¡Por ese camino, habría que abolir el concepto de revolucionario desde Espartaco hasta Martí! ¡Por esa concepción miope, sectaria, estúpida y manca, negadora de la historia y negadora del marxismo, habría que caer en la negación de todos los valores, en la negación de toda la historia, en la negación de nuestras propias raíces! ¡Cuando todo ese acervo de progreso humano, de esfuerzo humano, de sacrificio humano, debemos recogerlo y acumularlo en la historia hermosa de la patria y en la historia hermosa de una humanidad que progresa, que ha venido progresando desde el principio, y que sigue progresando y que seguirá progresando cada vez más!
Por ese camino llegaríamos a la situación de creernos de nosotros ultrarrevolucionarios, y creernos que hemos hecho toda la historia de la patria, olvidados de las decenas de miles de mambises que cayeron, olvidados de las decenas de miles de héroes que murieron en el camino, todos los cuales, en un grado o en otro, fueron jalonando el camino, fueron haciendo la historia de la patria y fueron creando las condiciones en virtud de las cuales nosotros, generación afortunada, tuvimos la oportunidad de llegar a las metas más altas y ver cumplidos sueños que fueron sueños de generaciones de luchadores que, unas tras otras, se sacrificaron y se inmolaron preparando el camino.
¡El invocar sus sentimientos religiosos — si esta frase fue expresión de ese sentimiento— no le quita a José Antonio Echeverría nada de su heroísmo, nada de su grandeza y nada de su gloria, porque fue expresión del sentimiento rebelde de la juventud universitaria , del sentimiento generoso de aquella juventud que, por boca de uno de sus más valerosos dirigentes, escribió tan sereno y desinteresado Testamento, tan sereno y generoso Testamento, como quien tuviera casi la certeza de que iba a morir!
Con esos esfuerzos, con esos sacrificios, con el conjunto de toda esa sangre generosa, de esa sangre rebelde, de esa sangre heroica, donde se mezcló el afán de libertad de todos los jóvenes, desde Mella hasta José Antonio Echeverría; con la sangre de Mella y con la sangre de José Antonio Echeverría, y con la sangre de muchos como ellos se fue haciendo la historia de la patria! Y la grandeza de la Revolución es saber ir uniendo todo ese esfuerzo, toda esa sangre para hacer la Revolución y para llevarla adelante.
¿Cómo podemos nosotros pararnos ante nuestros enemigos con moral haciendo esos trucos? Se sabe que los contrarrevolucionarios han tratado de usar esa frase para tratar de presentar a José Antonio Echeverría como instrumento de su pensamiento, es decir, del pensamiento de los contrarrevolucionarios; que han tratado de utilizar esta frase para combatir a la Revolución, para combatir al marxismo. Que los contrarrevolucionarios, con la hipocresía y la endeblez moral que los caracteriza, actúen de esa forma, se explica; pero que nosotros, los revolucionarios, los marxistas, por esa razón vayamos a suprimir esa frase, no se explica.
Se sabe que un revolucionario puede tener una creencia, puede tenerla. La Revolución no obliga a todos los hombres, no se mete en su fuero interno, no excluye a los hombres; a todos los hombres que quieren a su patria, los hombres que quieran que en su patria haya la justicia, se ponga fin a la explotación, al abuso, a la odiosa dominación imperialista, no los obliga ni los hace desgraciados sencillamente porque tengan en su fuero interno alguna idea religiosa.
Ya sabe que los latifundistas, los explotadores, a lo largo de toda la historia, han querido utilizar la religión contra la Revolución. Y así, ahí está en la Declaración de La Habana: los paganos romanos, es decir, los patricios romanos, que tenían su religión, que era la religión de la clase dominante, utilizaban su religión para perseguir a los cristianos, llevarlos a la hoguera y sacrificarlos en el circo. Y el cristianismo era la religión de los humildes, de los esclavos, de los pobres de Roma. Pasó el tiempo, desapareció la esclavitud, es decir, aquel régimen esclavista, vino un orden social nuevo, el feudalismo, y entonces los curas, los arzobispos, los papas y aquellos señores, invocando la religión, llevaban a la hoguera a aquellos hombres de pensamiento revolucionario que se oponían a aquel orden feudal. Y entonces, los primeros filósofos y pensadores que expresaban el pensamiento de una clase que nacía, eran llevados por los inquisidores a la hoguera.
Luego se estableció otro orden social: el capitalismo, se desarrolló el capitalismo y se convirtió en imperialismo, y entonces nos encontramos a los arzobispos anatematizando a las revoluciones proletarias y pidiendo el fusilamiento de los abanderados de la clase revolucionaria, es decir, de los trabajadores. Y entonces, invocando la religión, persiguen el pensamiento revolucionario.
Los latifundistas y los esbirros y los criminales que vinieron a Playa Girón traían a cuatro curas, y a uno de los cuatro curas, o a dos, los tiraron en paracaídas, y venían por el camino dando misa (RISAS). Siempre enarbolando sentimientos en los que no creen; porque, ¿en qué sentimiento religioso podía creer aquella manada de traidores, de explotadores y de esbirros? Jamás fueron a una iglesia, posiblemente, la mayor parte de ellos; sin embargo, estaban allí arrodillados delante del cura, cuando venían a asesinar campesinos y obreros, cuando venían aquí a instaurar otra vez el imperio de las compañías americanas, de la explotación extranjera y del yugo de los latifundistas y de los explotadores de toda laya. ¡Y venían con un crucifijo en la mano!
Se sabe que esa actitud es la actitud de los contrarrevolucionarios, y tratan de arrastrar a esa actitud a gente creyente. Como no tienen ninguna bandera justa, no tienen ninguna causa que atraiga a las masas, tratan de acudir a las creencias religiosas, a las supersticiones, a lo que sea. Pero, ¿qué culpa tiene de eso un buen católico, un católico sincero, que sea miliciano, que esté con la Revolución, que esté contra el imperialismo, que esté contra el analfabetismo, que esté contra la explotación del hombre por el hombre, que esté contra todas las injusticias sociales? ¿Qué culpa tiene?
Y ahora bien: nosotros hacemos un documento revolucionario, lo publicamos en varios idiomas, lo apoya todo el pueblo, vota por él más de un millón de ciudadanos que están allí, en la América Latina encuentra un extraordinario eco. ¿Y qué decimos nosotros? Que en la lucha por la liberación nacional, en la lucha contra el imperialismo, deben unirse todos los elementos progresistas, todos los elementos patrióticos, y que en ese frente debe estar desde el católico sincero, que no tenga nada que ver con el imperialismo ni con el latifundismo, hasta el viejo militante marxista. Declaramos eso a todo el mundo, y venimos aquí, con una cobardía que no tiene nombre, a quitar del Testamento de un compañero la invocación que hizo del nombre de Dios. Mientras por un lado les decimos que tienen que unirse, y que si son patriotas y son revolucionarios, para luchar contra el imperialismo y para luchar contra el latifundismo y para luchar contra la explotación no es obstáculos que uno sea creyente, tenga una religión, sea cristiano, sea de cualquier religión, y el otro sea marxista, el otro tenga su fe en la filosofía marxista, que eso no es obstáculos, ¡y venimos aquí con esta cobardía a suprimir una frase!
¡No se podía pasar eso por alto! Porque, ¿eso qué es? Un síntoma, una corriente miserable, cobarde, mutilada, de quien no tiene fe en el marxismo, de quien no tiene fe en la Revolución, de quien no tiene fe en sus ideas.
Y para que se acabe de ver con un ejemplo, aquí mismo, lo trágico de esta situación es el caso que el compañero que ha recibido la orden de tachar eso es poeta, tiene este librito de versos, y entre sus versos está uno que dice:”Plegaria para el Dios anónimo.” Entonces empieza expresando su creencia. Y después me dice:”Yo tenía un complejo con todas estas cosas.” ¡Como no va a tener un complejo! Un compañero miliciano, un compañero maestro de ceremonias, un compañero integrado con la Revolución, y por el hecho de que un día escribió versos que hablaban de Dios, tiene que vivir acomplejado. ¿Y cómo no se va a acomplejar, si llega aquí y le dicen: quita esa palabra? ¿En qué se convierte la Revolución? En una coyunda. ¡Y eso no es Revolución! ¿En qué se convierte la Revolución? En una escuela de domesticados. ¡Y esa no es Revolución!
¿Y qué tiene que ser la Revolución? La Revolución tiene que ser una escuela de revolucionarios, la Revolución tiene que ser una escuela de hombres valientes, la Revolución tiene que ser una escuela de pensamiento libre, la Revolución tiene que ser una forja de caracteres y de hombres; la Revolución tiene que ser, ante todo, fe en sus propias ideas, aplicación de sus ideas a la realidad de la historia y a la realidad de la vida; la Revolución tiene que llevar a los hombres al estudio, a pensar, a analizar, para tener convicción profunda, tan profunda que no haya menester de esos trucos.
Porque nosotros, si hablamos de esto, es porque creemos en nuestro pueblo, porque creemos en las ideas revolucionarias, porque sabemos que nuestro pueblo es revolucionario y porque sabemos que nuestro pueblo será cada día más revolucionario; porque creemos en el marxismo-leninismo, porque creemos que el marxismo-leninismo es una verdad incontrastable. Sencillamente por eso, porque tenemos fe en nuestras ideas y tenemos fe en nuestro pueblo, no somos tan cobardes que podamos aceptar semejante cosa. Lo sentimos mucho por el autor de esto, pero debiera hacerse una buena autocrítica.
Cómo nosotros, ante una generación nueva, ante una generación que empieza a estudiar, sedienta de aprender, sedienta de leer, sedienta de penetrar en el estudio de la historia, sedienta de penetrar en el estudio del marxismo, ¿cómo a esa generación le vamos a poner unas orejeras tan grandes que no le permitamos ni leer completo un documento histórico de un compañero de la Revolución, de un compañero que, al igual que Martí, que Mella, que Maceo, que Guiteras, hicieron la historia y fueron construyendo escalón por escalón ese camino de la patria? Sí, el primer escalón sería muy bajito; pero era el primer escalón, el humilde primer escalón. Y así, sobre el primero, el segundo, y sobre el segundo, el tercero, así se fue construyendo la historia de la patria. ¡Y si hoy estamos en este escalón tan elevado de la historia y del pensamiento revolucionario, es porque se empezó a construir desde el primero y humilde escalón de nuestros primeros patriotas!
Aquí hay muchos que se creen más revolucionarios que nadie, y creen que la Revolución está en gritar, y creen que la Revolución está en decir: “Izquierda, izquierda.” No les quiero hacer ninguna crítica a los Jóvenes Rebeldes, desde luego, porque ellos han rectificado algunas de sus consignas. Por ejemplo, ellos decían: “Somos socialistas, pa’lante y pa’lante, y al que no le guste, que tome purgante.” A mí no me gustaba, sinceramente, esa consigna, porque no era positiva. La cambiaron: Somos socialistas, pa’alante y pa’alante, y el que esté de acuerdo, la mano levante”. Esa es positiva, esa consigna; lo otro, es presentar el marxismo como un purgante:”Y al que no le guste, que tome purgante.” No está invitando a nadie a estudiar, no está invitando a nadie a convertirse al marxismo; le dice “te lo tragas, si quieres y si no quieres; si no te gusta, toma purgante.” ¿A quién van a conquistar con eso?”Izquierda, izquierda, izquierda siempre izquierda”, eso no es el socialismo, eso puede ser Izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo.
Yo creo que nosotros estamos ya creciditos y un poquito maduros, y podemos afrontar estos problemas, para ir de verdad creando un espíritu revolucionario, pero no un espíritu de palabras ni de imposición. ¿Qué es eso? ¿Desde cuándo? ¿A quién se le ha impuesto aquí el marxismo? El pueblo se ha vuelto marxista por convicción propia, porque la propia Revolución se lo ha enseñado; nadie se lo ha impuesto, señores. Batista trató de imponernos el imperialismo y no hubo manera de que nos lo impusiera; no hubo manera de que nos impusiera su espíritu reaccionario, su dominio castrense, capitalista e imperialista, no hubo manera.
Entonces es la Revolución misma con sus hechos, con sus luchas, con sus evidencias, la que ha ido convirtiendo a este pueblo, que tiene una sensibilidad política tremenda, lo ha convertido en uno de los pueblos más avanzados en este momento, de un espíritu revolucionario extraordinario. Esta no es una opinión nuestra; es una opinión que nos han dado muchos visitantes que se quedan admirados de ver cómo piensa el hombre de la calle y lo que conversa un muchacho, van a las escuelas, y los muchachos les dan unas respuestas fantásticas.
Sin embargo, nosotros creemos que hay que crear más espíritu marxista; y en la juventud, sobre todo, hay que crear algo más que espíritu socialista, ¡hay que crear espíritu comunista! (APLAUSOS PROLONGADOS.)
Aquí los compañeros de los Jóvenes Rebeldes han estado discutiendo si le cambiaban el nombre, si le ponían otro nombre, qué nombre le ponían, si Juventud Socialista. Yo, sinceramente, he dado mi opinión: Creo que a esta juventud, a esta generación nueva que estamos forjando para el futuro, a su organización, a la organización juvenil del Partido Unido de la Revolución Socialista, a la organización juvenil debemos ponerle Organización o Asociación de Juventudes Comunistas (APLAUSOS PROLONGADOS).
Ahora, ¿por qué? ¿Por qué? Sencillamente, porque hay que distinguir entre socialismo y comunismo; primero que nada, hay que saber con toda claridad que los regímenes sociales no se pueden imponer, que hay que construirlos sobre determinadas bases, y nosotros estamos construyendo las bases del socialismo, estamos marchando hacia el socialismo, todavía no estamos en el socialismo; la Revolución es socialista, nosotros somos socialistas, pero estamos construyendo el socialismo; todavía la sociedad, aunque el pueblo sea en su mayoría socialista, la sociedad no lo es, ¿qué les parece?, porque todavía quedan muchas reminiscencias del pasado capitalista, y estamos construyendo el socialismo.
La generación actual está viviendo esta etapa de construcción del socialismo, y es lógico que el partido de la Revolución se llame Partido Unido de la Revolución Socialista, porque estamos construyendo el socialismo; pero la juventud no, la juventud constituye la generación futura, una generación que debe vivir en otra etapa más elevada, más avanzada, no en el socialismo, sino en el comunismo. Y esto quiere decir, sencillamente — lo comprende cualquiera—, que a las futuras generaciones hay que prepararlas para la futura sociedad; que el hombre del futuro hay que forjarlo desde ahora, hay que forjar sus sentimientos, su conciencia, su carácter, su espíritu, hay que desarrollarlo en una conciencia todavía más generosa, en un espíritu todavía más revolucionario, más avanzado, más nuevo. ¿Y de dónde ha de salir, sino de la juventud, donde está la cantera de la generación futura? Y nosotros tenemos que ir creando desde ahora ese espíritu, y no ha habido mucho espíritu que digamos en ese sentido.
Teniendo una materia prima fantástica, una juventud que acaba de realizar una proeza como es la de liquidar el analfabetismo en un año, no debemos perder tiempo en hacer un gran esfuerzo por crear ese espíritu comunista en la juventud.
¿Qué ocurre muchas veces y que resulta deprimente? Se extrae un cuadro de los Jóvenes Rebeldes, es un muchacho desarrollado, que tiene una gran conciencia, pero tiene 18 años, es soltero, lo llevan a trabajar en un ministerio; allí existe una escala de sueldos, y de repente un muchacho de 17 años, o a veces hasta de 16 ó 18, da lo mismo, soltero, lo ponemos a trabajar, y en virtud de la escala de salario empieza a ganar 500 pesos porque le dieron un cargo importante. ¿Eso hace revolucionarios? ¿Eso crea espíritu comunista? (EXCLAMACIONES DE:  “¡No!”) No. Y si más adelante se casa con otra muchachita que a lo mejor tiene otro gran sueldo, entre los dos ganan 1000 pesos. Y resultan muchos casos de ese tipo.
¿Qué creamos con eso? Creamos un ciudadano que se acostumbra a recibir mucha más de lo que necesita, y la fórmula del socialismo es:”cada cual da según su capacidad y recibe según su trabajo”; la fórmula clásica del comunismo es:”cada cual da según su capacidad y recibe según sus necesidades”. Mal podremos hacer nosotros un comunista de ese joven que sin tener esa necesidad... Porque otro caso sería que ese mismo joven tuviera siete hermanitos, huérfano de padre y madre, y él tuviera que sostener toda la familia, y plantea el caso; pero si el padre y la madre están ganando dinero y él no tiene otras necesidades, ¿no corrompemos a ese joven? Bueno, si no lo corrompemos, ¿no lo acomodamos a un ingreso mucho más allá de todo lo que necesita? Así no hacemos revolucionarios, así no hacemos comunistas.
Hay que crear un espíritu más revolucionario ante el trabajo, ante los semejantes, ante todo el pueblo, ante la sociedad y ante la vida. Hay que hacerlo, y hay que hacerlo con los jóvenes. Bueno, nosotros hemos tenido problemas, se han aumentado sueldos, se les han dado ingresos más que satisfactorios a ciertas categorías de técnicos. Pero en los nuevos muchachos, los que ahora están en secundaria básica, los que alfabetizaron, que pronto ya estarán en la preuniversitaria y después en la universidad, y después, a lo mejor muy jovencitos, con 20 ó 22 años, quizás ya especializados a lo mejor en cirugía o en cualquier cosa, en cualquier especialidad, él y además la compañera con la que a lo mejor se casó en la carrera o terminaba, él ganando 800 pesos y ella otros 800 pesos, ¡mil seiscientos pesos!, ¿eso es espíritu revolucionario? En los jóvenes que empiezan —está bien los que están ya graduados, e incluso los que todavía están en ese trámite universitario—, en toda esta generación, en todos estos 60 000 becados, ¿vamos o no vamos a empezar a crear una actitud verdaderamente revolucionaria, una actitud más elevada, más generosa, y más revolucionaria ante la sociedad y ante la vida? Estas son cosas que sinceramente nos preocupan, y son cosas que sinceramente debemos comenzar a plantear y a hacer, para hacer una sociedad nueva, una generación nueva, sin egoísmos, sin individualismos antisociales; la generación que va a vivir en la sociedad de la abundancia, donde se les va a poder brindar a todos todo lo que necesiten con el esfuerzo y el trabajo de todos.
¿Y qué mejores condiciones para hacerlo que las condiciones que rodea a esta juventud? Juventud que sin importar cuánto gana su padre, ni los ingresos de su familia, ni cuántos hermanos tiene; juventud que, simplemente, por el hecho de ser jóvenes, por el hecho de vivir en este país, por el hecho de desear superarse, ser útiles a su patria, sin importar ni los ingresos —repito—, ni la situación de la familia, reciben una beca, vienen a la capital o adonde sea, van a estudiar a los más regios centros, viven en las más cómodas mansiones, tienen la ropa, los zapatos, la alimentación, la asistencia médica, todos los servicios educacionales, todos los servicios culturales, todos los servicios recreativos; porque hemos hecho el esfuerzo, el pueblo está haciendo el esfuerzo para que a esa juventud no le falte nada .
Y esta mañana, esta mañana, en una reunión de dirigentes obreros, donde se hacía entrega al Comité Ejecutivo de la CTC de más de 300 casas en un antiguo reparto de veraneo y de vacaciones de las clases dominantes, y que hoy ha pasado a manos de los trabajadores, al hablar ante aquellos obreros, padres de familia, fue para nosotros de una extraordinaria significación, allí mismo, junto a una de esas escuelas donde hay 5 000 jóvenes estudiando, donde antes no podía ni siquiera transitar el ciudadano; cuando hablábamos de todo lo que eso significaba para el porvenir de la patria, cuando les preguntaba si algunos de ellos tenían familiares allí, al ver que muchos levantaban la mano, fue para nosotros de una gran satisfacción al hablar —repito— de que valía la pena el esfuerzo que se estaba haciendo, y que si teníamos que pasar hambre para que esa juventud creciera fuerte y saludable, estábamos dispuestos a pasarla . Y para nosotros fue de una gran satisfacción ver aquel estallido de entusiasmo y de aprobación.
Satisfacción que se acrecentó cuando más adelante, al detenernos junto a una construcción donde había medio centenar de obreros, conversando con ellos les preguntamos si tenían algún familiar entre los becados; y aquellos humildes obreros de la construcción casi todos levantaron la mano, porque uno tenía un hijo, otro tenía dos, otro tenía un sobrino, otro tenía un hermano; el otro tenía a la novia estudiando en El Nacional, en la Escuela de Domésticas, estudiando taquigrafía y mecanografía. Y, prácticamente, no había uno que no tuviera un familiar más o menos allegado.
Era la clase obrera, esa clase que produce, esa clase que trabaja, y esa clase que siente tan profundamente la Revolución y que ve bien cerca de ella lo que la Revolución significa. ¿Qué mejores condiciones que esas —decía— para forjar revolucionarios, donde los jóvenes lo reciben todo, porque se los da la sociedad, porque se los da el pueblo trabajador? Y allí van a estudiar conforme a su capacidad, y van a recibir conforme a sus necesidades. Ya desde ahora son estudiantes que practican una especie de fórmula comunista: cada cual estudia según su capacidad y recibe según sus necesidades.
¿Qué mejores condiciones y qué mejor escuela revolucionaria? ¿Qué mejores condiciones para desarrollar, impulsar el espíritu revolucionario de los jóvenes, el verdadero espíritu revolucionario, la convicción y la conciencia, el conocimiento profundo, la preparación? Nosotros tenemos escuelas de instrucción revolucionaria donde estudian a veces 45 días, otras veces tres meses, cuatro, ocho. Si nosotros podemos darles oportunidad a los jóvenes de estudiar marxismo no tres meses, no un año, sino cinco años, siete años, ocho años, desde la secundaria básica, desde la preuniversitaria, desde el instituto tecnológico y desde la universidad . Y forjar masivamente, crear masivamente cuadros revolucionarios, con el verdadero espíritu revolucionario, con la profunda convicción de un verdadero revolucionario que sabe pensar, que sabe discutir, que tiene una convicción, que tiene una disciplina, que tiene una conciencia nueva, una actitud nueva ante la vida.
Ese es el revolucionario que nosotros queremos; ese es el revolucionario que nosotros queremos en la organización política de la Revolución, ese tipo de hombre que sea ejemplo; ese núcleo que tenga autoridad no simplemente porque sea núcleo, sino porque sea ejemplo; que tenga autoridad no porque se la impongan a nadie, sino porque todo el mundo la reconozca. Porque quien quiera pasar de revolucionario siendo un vago, no se ganará el respeto de nadie; quien quiera pasar de revolucionario siendo un privilegiado, no se ganará el respeto de nadie.
Y por eso hay que ganarse la autoridad que da el ejemplo, que da la conducta. Y así tienen que ser los núcleos. Y no descansaremos, compañeros, ni debemos descansar, en la incesante lucha porque en el aparato político de la Revolución, en el Partido Unido de la Revolución, se junten los mejores hombres y mujeres de la patria.
Y que a la organización juvenil de la Revolución pertenezcan y militen los mejores jóvenes de la patria, los más disciplinados, los más cumplidores, los más estudiosos, los más abnegados, los más trabajadores, lo mejor de nuestra juventud; y que sea un honor, un altísimo honor, honor siempre, satisfacción siempre.
Ese el premio que deben aspirar a recibir los revolucionarios: la satisfacción de quien cumple con su deber de hombre, de quien cumple con su deber para con la sociedad y para con la patria. ¡Privilegios jamás! ¡Guerra al privilegio! ¡Guerra a todo lo que sea debilidad, a todo lo que sea acomodamiento!
La Revolución ha integrado su Dirección Política; la Revolución ha avanzado en el campo de la organización. Ahora debemos seguir marchando adelante como una flecha disparada hacia el porvenir, trabajando bien, seleccionando lo mejor, poniéndoles fin a estas cosas minúsculas, a este tipo de sectarismo hueco y huero, inútil.
¡Guerra a ese sectarismo, que lleva al privilegio, que lleva al pantano! ¡Salgamos de ese pantano inmundo de un sectarismo miserable! ¡Y empecemos, compañeras y compañeros, empecemos a hacer lo que la historia espera de nosotros, lo que la patria espera de nosotros, lo que América espera de nosotros, lo que el mundo espera de nosotros, con espíritu verdaderamente revolucionario, con espíritu verdaderamente nuevo, con espíritu verdaderamente creador, donde la piedra de toque de cada hombre y cada mujer de la patria sea el mérito, sea el espíritu de sacrificio, sea la conciencia revolucionaria, sea el amor a la Revolución!
¡Patria o Muerte!
¡Venceremos! (EXCLAMACIONES DE: “¡Venceremos!”)
FIDEL CASTRO RUZ

Fuente: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos

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