enero 20, 2014

Discurso de Fidel Castro en el Día Internacional del Trabajo (1966)

DISCURSO EN EL DIA INTERNACIONAL DEL TRABAJO, EN LA PLAZA DE LA REVOLUCION
Fidel Castro
[1 de Mayo de 1966]

― Departamento de versiones taquigráficas del Gobierno revolucionario ―

Compañeros invitados;
Compañeros macheteros de las brigadas millonarias; Trabajadores: 
Si no llevamos mal la cuenta, este es el séptimo 1ro de mayo después del triunfo de la Revolución (APLAUSOS). Y no creo que haya nadie, de los que han podido presenciar este desfile, que pueda dudar que ha sido sin dudas el mayor en colorido, en entusiasmo y en número de trabajadores (APLAUSOS).
¿Por qué crece entre las masas la alegría con motivo de esta fecha, y en qué se diferencian nuestros primero de mayo revolucionarios de los viejos primero de mayo?  Los que no pueden o no quieren entender a las revoluciones y a su fuerza, debieran de tener una oportunidad de presenciar uno de estos primero de mayo.  En las masas de nuestro país el concepto del trabajo y del trabajador ha cambiado profundamente.  En la misma medida en que la conciencia revolucionaria de todo nuestro pueblo se ha desarrollado, la idea del trabajo y el honor de ser trabajador es algo que lo sienten y lo comprenden sectores cada vez más amplios de nuestra población.
El trabajo no es ya en nuestra patria —ni lo volverá a ser jamás— un medio de enriquecimiento para una minoría privilegiada; el trabajo no es más en nuestra patria —ni lo volverá a ser jamás— objeto de la explotación; el sudor de los hombres y mujeres de nuestro pueblo no servirá más a los privilegios, no servirá más a los explotadores. 
Y no es cierto que por esto, con motivo de la Revolución, tendremos menos millonarios en este país.  ¡Ahora tenemos más millonarios!  (APLAUSOS.)  Pero ya los millonarios no lo son en aquel viejo concepto de quienes amasaban cientos y cientos de miles de pesos, con motivo de llegar a poseer fortunas de millones de pesos y de decenas de millones de pesos, amasadas con la sangre y el sudor del pueblo.  Y no hay otra manera ni pudo haberla jamás en ninguna época de la historia para llegar a millonario, como no fuese mediante la explotación del trabajo, porque nadie con su solo trabajo crea riquezas suficientes para acumular millones de pesos. 
Los millonarios de hoy no son los que explotan el sudor ajeno, sino los que con su sudor son capaces —como los macheteros que se encuentran aquí, invitados de honor, en este acto— de cortar un millón de arrobas de cañas (APLAUSOS PROLONGADOS).  Y tenemos aquí más de 3 000 macheteros que, por pertenecer a brigadas que han sobrepasado la cifra de un millón de arrobas, han merecido el título de macheteros millonarios.  No son millonarios de fortuna ajena, son millonarios con su propio trabajo, son millonarios porque aportan riquezas al país que pueden medirse en millones de pesos.  Personalmente ninguno de ellos, ningún trabajador, será jamás —en el viejo concepto del dinero— millonario, ni lo necesita; pero, en cambio, harán millonario al pueblo, harán millonaria a la patria (APLAUSOS). 
Antes los millonarios eran otros, los millonarios eran unos pocos, y los millonarios no cortaban caña, no sudaban una sola gota; millonarios eran precisamente aquellos que no trabajaban y que hacían trabajar a los demás para ellos; millonarios había unos cuantos, pero la nación era pobre, el pueblo era pobre.  Para justificar su derecho a explotar a la nación, alegaban que sin su inteligencia, sin su dirección, sin su administración, la sociedad no podría marchar; alegaban que ellos aportaban a la sociedad su inteligencia, su experiencia de hombres de negocio, y que el hombre era una especie de animal movido por el interés y que solo un interés morboso podría hacer que los hombres se esforzaran, y en la lucha de fieras, de unos hombres contra otros, marcharía hacia adelante la sociedad, guiada por el más vulgar egoísmo.  Consideraban a los pueblos incapaces de virtudes de ninguna índole, consideraban a los hombres incapaces de ningún sentimiento desinteresado y generoso, consideraban a los seres humanos como fieras, y fieras en el doble sentido de la palabra:  capaces de devorarse unos a otros, e incapaces de prescindir de esa minoría de explotadores privilegiados. 
Pues bien, nuestro pueblo ha prescindido de esa minoría, y nuestro pueblo no se ha hundido por eso; ni por eso, ni con todo lo que han añadido a eso, para hundirlo, los imperialistas yankis (APLAUSOS); el país no ha retrocedido. 
Y es cierto que esa minoría acumulaba, no la inteligencia, pero sí la experiencia; acumulaba toda la malicia de que fueran capaces.  Habían aprendido el arte de engañar, de explotar, de robar; habían tenido oportunidad de dirigir negocios, fábricas, centrales azucareros, grandes latifundios, negocios de todos los tipos.  Es cierto que ningún trabajador, ningún obrero, administraba ni había aprendido a administrar ningún central azucarero, ninguna fábrica, ninguna hacienda productiva.  Es cierto que cuando una revolución tiene lugar en un país como el nuestro, lo primero que ocurre es que a esos señores se les puede confiscar su propiedad sobre los medios fundamentales de producción del país; pero un pueblo no adquiere de la noche a la mañana toda la experiencia necesaria para sustituir a esa minoría explotadora, poseedora de la experiencia. 
La esperanza más grande que ponen los reaccionarios en el fracaso de las revoluciones es la idea de que los trabajadores, los explotados, nuestros obreros y nuestros campesinos, serían incapaces de administrar a la nación.  Y es esta, a la vez, una de las contradicciones importantes en una revolución, y es —como hemos dicho en otras ocasiones— la necesidad de hacer nuevo todo en un país, hacer nueva enteramente su administración, hacer nueva enteramente su Estado, hacer nuevas enteramente sus fuerzas armadas, hacer nueva enteramente su estructura económica, sustituir a los que han estado al frente de las instituciones públicas, de las fábricas, de los centros de producción, con la poca, con la escasa, con la ninguna experiencia con que los trabajadores puedan contar en una primera etapa para llevar a cabo esa tarea. 
Pero si bien es cierto que la experiencia y una parte considerable de los conocimientos de administración y de técnica productiva estaba en manos de una minoría, lo que no era cierto es que en los cerebros de esa minoría se encontrase la inteligencia del país con carácter exclusivo.  Mucha más inteligencia se encontraba en las masas del pueblo, mucha más capacidad en potencia, mucha más energía, muchas más aptitudes para hacer marchar hacia adelante el país. 
El que al cabo de siete años, o al cabo del octavo aniversario, la fuerza de nuestro pueblo trabajador, de la Revolución Cubana, se haya incrementado tan considerablemente, demuestra cómo esos obstáculos iniciales, cómo las etapas más difíciles han sido superados.  Por eso, porque era necesario preparar al pueblo, fue —sin duda de ninguna clase— un claro sentido el de la Revolución cuando se preocupó fundamentalmente por desarrollar la educación, por elevar el nivel de instrucción y de cultura y elevar el nivel técnico de nuestro pueblo. 
Hoy, al cabo de siete años en que fue necesario hacerlo todo nuevo, tenemos ya no el viejo Estado capitalista y burgués, no, ¡tenemos el nuevo Estado socialista!  (APLAUSOS.) Y si bien es cierto que en las primeras etapas ese Estado no era, ni podía ser, de mucha eficiencia, como es cierto también que ese Estado nuevo traía muchas reminiscencias del pasado todavía; y si es cierto que estaba permeado también por la influencia y por la participación de algunos elementos de esa minoría que jamás podrían adaptarse a la Revolución, o que cuando menos el espíritu de aquella clase influía considerablemente en la poca eficiencia del nuevo Estado socialista, nadie puede dudar hoy día cómo ese Estado nuevo ha ido despojándose cada vez más de las viejas reminiscencias, ha ido despojándose cada vez más de aquellos elementos que no eran dignos de la confianza de la Revolución y del pueblo, ha ido despojándose cada vez más de aquel espíritu burgués o pequeñoburgués, y empieza a ser ya un Estado incomparablemente más eficiente.  Y desde luego, sin duda de ninguna clase, infinitamente más eficiente de lo que era el viejo Estado en nuestro país. 
Y cualquiera que sea capaz de analizar desapasionada y objetivamente, comprendería cómo en cada una de las ramas de la administración revolucionaria crece año por año, mes por mes, día por día, la eficiencia administrativa.  Y quién podría dudar, del mismo modo, en la otra tarea de crear las nuevas Fuerzas Armadas Revolucionarias, que no obstante que cuando concluyó la guerra ninguno de nuestros guerrilleros sabía siquiera marchar, cuadrarse, saludar, dar las voces de mando a un pelotón o a una compañía, o a un batallón, o a una división; quién podría dudar que la Revolución, ante la necesidad de defenderse de sus enemigos imperialistas, ante la necesidad de contar con un brazo poderoso, no como dicen los detractores imperialistas de nuestra Revolución, no como escriben en su prensa mercenaria y mentirosa “para mantener el régimen revolucionario o para oprimir al pueblo”, porque cuando hay entre el poder revolucionario y el pueblo la identificación que hay en un país como el nuestro, ¡cuando una revolución, cuando un sistema social nuevo cuenta con un apoyo tal de las masas, no tiene que armarse para sostener ese sistema o sostener ese poder!  (APLAUSOS.) Ese poder no tendría razón de existir si no fuese un poder por el pueblo y para el pueblo, no tendría una razón de existir.  Porque precisamente lo que caracteriza al Estado socialista, a la Revolución socialista, a la inversa de lo que ocurría con la sociedad capitalista, con el Estado capitalista, es que aquel Estado era un instrumento de fuerzas en manos de una minoría, para mantener en la ignorancia, en la pobreza, en la explotación, en la opresión y en la miseria a las grandes masas de la población (APLAUSOS).  Mientras que la Revolución es el poder de la inmensa mayoría del pueblo frente a una insignificante minoría.  Pero esa minoría tan insignificante y tan débil no requeriría ni mucho menos grandes fuerzas para resistir.  La razón del desarrollo de las Fuerzas Armadas de nuestra Revolución se debe, consiste esencialmente en la necesidad de defendernos de un poderoso enemigo exterior. 
Mas esa fuerza de la Revolución es grande, es considerable, y es capaz de poder resistir a ese enemigo porque no es una fuerza ajena al pueblo, sino que es precisamente y esencialmente la fuerza del pueblo (APLAUSOS). 
Y en estos siete años, los que no sabían, los que no conocían, los que no habían pasado nunca por ninguna escuela militar, aprendieron su trabajo, adquirieron la capacidad necesaria para cumplir —y cumplirla con una eficiencia infinitamente superior a la que habría poseído ningún oficial educado en las academias militares de los capitalistas—, la necesaria eficiencia para cumplir las tareas y las misiones que la defensa de la patria requieran. 
Y también lo mismo sucede en la administración de nuestra industria, en la administración de nuestra agricultura, en la administración de nuestros hospitales, en la administración de todos los centros de producción de nuestro país, que en los primeros tiempos eran muy pocos los que sabían cómo enfrentarse a las tareas que la economía y la producción planteaban. Y, sin embargo, por todas partes han ido apareciendo los hombres con aptitudes.  Por todas partes han ido surgiendo hambres capaces de resolver esas tareas.  Se ve el cambio, se ve el avance, con simplemente ver desfilar a los distintos sectores trabajadores de nuestro país.  Ya no se ve una masa tan grande de trabajadores de la administración pública.  ¡No!  Esa masa se ha reducido considerablemente, y en cambio marchó hoy por primera vez ya, en estos siete años, un contingente nutridísimo de trabajadores llamados de la reserva laboral (APLAUSOS), y que son los hombres y mujeres de nuestro país que antes trabajaban en distintos centros administrativos o de otro tipo, donde su tarea no se hacía indispensable, y que fueron transferidos a centros de enseñanza, centros de capacitación, de manera que nosotros sepamos usar racionalmente todos nuestros recursos y que decenas de miles de hombres y mujeres jóvenes, que pueden estudiar, que pueden adquirir grandes conocimientos que necesitará nuestro país cada vez más, pasaron a esos centros de estudios, a esos centros de capacitación. 
Con esos hombres y mujeres no ocurrió como ocurría antes, que constantemente la fuerza de trabajo manual o intelectual podía ser despojada de sus medios de vida; como ocurría antes, que cada vez que había un cambio político, cada vez que había una elección cualquiera —y aquellos no eran cambios, sino “cambalaches” políticos, porque cambio es lo que se puede llamar a la diferencia que hay entre el pasado y el presente; y antes lo que había eran “cambalaches” de politiqueros (APLAUSOS)—, entonces, miles y miles de hombres y mujeres se quedaban cesanteados, quedaban sin empleo, eran sustituidos por otros que pertenecían a la camarilla del partido triunfante en el “cambalache” político. 
Esos hombres y esas mujeres están estudiando y, sin embargo, continuaron recibiendo los mismos ingresos que percibían en sus centros de trabajo. 
Hemos podido apreciar igualmente, en el desfile de hoy, cuánto y cuán considerablemente ha crecido la fuerza de algunos servicios como, por ejemplo, el de la medicina; el número cada vez mayor de médicos, enfermeras y auxiliares de la medicina que se incorporan a los servicios de salud pública de la nación (APLAUSOS). 
Y todavía más impresionante es el incremento de nuestra fuerza educacional, el número extraordinariamente grande con que se incrementa cada año nuestra fuerza de profesores y de maestros (APLAUSOS), es decir, la fuerza de trabajadores de la enseñanza. 
Hay sectores nuevos no conocidos en el pasado, como ese sector de los trabajadores o de las trabajadoras —pues en su inmensa mayoría son mujeres— de los círculos infantiles (APLAUSOS); puesto que, naturalmente, antes no existía ninguna facilidad, ninguna ayuda, para las mujeres que quisieran trabajar o pudieran trabajar, con relación a sus hijos. 
Desfilaron por aquí las brigadas de trabajadoras agrícolas, miles y miles de mujeres de la capital que se han incorporado a planes de producción agrícola (APLAUSOS). 
Otro sector enteramente nuevo, por ejemplo, es el inmenso contingente de trabajadores de los centros nacionales de becarios; porque, naturalmente, en el pasado solo podían ir a estudiar en una secundaria o en una preuniversitaria; si en el pueblo no había secundaria o preuniversitaria —y en la mayor parte de los pueblos de Cuba no las había—, solo los hijos de las familias acaudaladas podían tener esa oportunidad.  Y esa es hoy una oportunidad de cualquier muchacha o muchacho humilde de nuestro país, ¡de un país en que ya todos somos humildes!  (APLAUSOS.)
Si algo llama realmente la atención en estos desfiles de los primero de mayo, y muy en especial en este primero de mayo, es ver ese proceso de incorporación de la mujer al trabajo (APLAUSOS). 
En el pasado las posibilidades de la mujer para adquirir acceso al trabajo eran realmente limitadas.  Existía realmente, en ese sentido, una discriminación.  Pero aparte de eso, era lógico que en un país donde cientos y cientos de miles de hombres estaban sin trabajo, ninguna o poquísimas oportunidades de trabajo podían presentárseles a las mujeres.  Ya sabemos la suerte de trabajo que la sociedad capitalista reserva a las mujeres; ya sabemos cuán aficionados eran los burgueses a contratar mujeres del pueblo, impulsadas por la necesidad, para trabajar en centros de diversión, para trabajar en bares, como un atractivo más de tipo comercial; ya sabemos el número considerable de mujeres que en nuestro país habían sido arrastradas a esa penosa forma de sobrevivir que es la prostitución; ya sabemos que nuestros burgueses habían desarrollado y habían establecido en este país muchos prostíbulos, prostíbulos en todas las ciudades de Cuba, prostíbulos para los turistas yankis, prostíbulos para los marinos yankis, prostíbulos en La Habana, prostíbulos en Guantánamo.  Aunque sabemos que en aquella región los burgueses eran tan condescendientes, que no solamente facilitaban prostíbulos a los marinos, sino que en muchas ocasiones les facilitaban las hijas. 
En Guantánamo se conocen muchas historias acerca de todo esto y acerca de las fiestas en la Base Naval, donde muchas de aquellas gentes mandaban a sus hijas a aquellas fiestas.  En fin, que ese tipo de esfuerzo, ese tipo de trabajo era —se puede decir— uno de los trabajos denigrantes que la sociedad capitalista reservaba a la mujer de todas las sociedades capitalistas.  No podía ser arrancado aquel mal de raíz de la noche a la mañana en nuestra patria.  Pero con orgullo, con satisfacción, podemos decir que al igual que la Revolución ha superado y ha erradicado muchos otros vicios —el del juego—, al igual que la Revolución ha erradicado la mendicidad, al igual que nadie se encontraría en ningún sitio a un niño desamparado deambulando por las calles —y no hay sociedad capitalista donde no haya mendigos, niños desamparados, prostíbulos, centros de juego, de vicio, de corrupción de todo tipo—, la Revolución ha erradicado prácticamente también la prostitución en nuestro país. 
Hoy un sinnúmero de actividades llenas de dignidad, un sinnúmero de actividades decentes, decorosas, se presentan cada vez más a la mujer cubana.  Miles y miles de mujeres cubanas se han incorporado a la salud pública en estos años de Revolución.  Muchos millares de jóvenes han sido preparadas como enfermeras y como auxiliares de enfermeras, o como auxiliares en general de la medicina.  Miles de mujeres se han incorporado a los trabajos en los centros de becarios.  Miles de mujeres, decenas de miles, se “han incorporado a la enseñanza.  El número de mujeres que ingresan hoy en institutos tecnológicos, en centros de preparación técnica, es incomparablemente mayor, y de ello da idea el hecho de que el número de mujeres que ha ingresado en la escuela de medicina casi alcanza al número de hombres.  Miles de mujeres se han incorporado a los círculos infantiles y miles de mujeres se están incorporando no solo a estas tareas de la producción de servicios, sino se están incorporando a la producción de bienes materiales directa. 
Las mujeres están trabajando, por ejemplo, en la siembra de posturas, en viveros forestales, o en viveros cafetaleros.  Prácticamente todo ese plan avícola, que comprende 4 millones —ya en estos momentos algo más de 4 millones de gallinas ponedoras, y que para fines de este año, a fin de mantener las cantidades necesarias para nuestras necesidades todo el año, alcanzará una suma de 5 800 000 gallinas—, todo ese renglón de la producción alimenticia, tan importante para nuestro país, está manejado por una fuerza laboral femenina.  Cientos de centros avícolas están siendo manejados por mujeres.  Las mujeres se han incorporado a las tareas de producción agrícola en determinadas actividades que ellas pueden hacer, como es en la producción vegetal; las mujeres se han incorporado a las crías de terneros, las mujeres se han incorporado a trabajos como el de las crías de conejos.  Y en fin, surgen incesantemente una serie de actividades, y ya un número extraordinario de mujeres ha encontrado empleo decente, empleo remunerativo, empleo satisfactorio.  Porque esa era la agonía de la inmensa mayoría de los ciudadanos del pueblo.  ¿Cómo trabajar?  ¿Cómo ganarse la vida?  Y es verdaderamente increíble cuánto sufren bajo la sociedad capitalista los hombres por esa cuestión tan esencial, por esa cuestión tan elemental como es la de asegurar un trabajo para ganarse decentemente la vida. 
Por eso, un día como hoy, este fenómeno de que les estoy hablando se puede percibir directamente al ver la composición de nuestra fuerza de trabajo.  Pero hay algo más:  no solo se están incorporando en masa a la producción las mujeres en nuestro país, sino que están resultando ser trabajadoras de gran eficiencia, y nosotros hemos escuchado muchos comentarios elogiosos acerca del trabajo de las mujeres, de su sentido de la responsabilidad, de su falta de ausentismo (APLAUSOS). 
Es por eso que la Revolución se esfuerza en crear más círculos infantiles, que la Revolución se esfuerza en crear más escuelas, se esfuerza en establecer más comedores escolares para brindar más y más facilidades de trabajo a la mujer.  Pero cuando hablamos de crear facilidades para que la mujer se incorpore a la producción, no se trata solamente, o simplemente, de que la sociedad quiera ayudar a las mujeres, no es solo eso.  La sociedad tiene el deber de ayudar a la mujer, pero a la vez la sociedad se ayuda a sí misma considerablemente ayudando a la mujer (APLAUSOS), porque son más y más brazos que se incorporan a la producción de bienes y a la producción de servicios para todo el pueblo. 
Se sabe que, por ejemplo, uno de los medios que se han creado para ayudar a las mujeres en el trabajo es el círculo infantil.  En el círculo infantil las propias trabajadoras pagan algunas cantidades por sus hijos, en la medida en que se lo permiten sus recursos o sus ingresos.  Pero ya las mujeres que se han incorporado a los trabajos agrícolas reciben el beneficio de que no tienen que pagar por el círculo infantil (APLAUSOS). 
Y es propósito del Gobierno Revolucionario que a fines de este año, es decir, que ya en el próximo año ninguna mujer trabajadora tenga que pagar por el círculo infantil (APLAUSOS).  Creemos que esto contribuirá a estimular el trabajo de las mujeres cubanas; y creemos, además, que es justo.  Gana la sociedad con el trabajo de toda mujer; gana la sociedad en la misma medida en que ayuda a una madre; gana en la misma medida en que permite que una mujer perciba íntegramente su salario, sin tener que descontar una parte de él para pagar esos gastos, como el círculo infantil.
Si realmente, por ejemplo, ya toda la educación es gratuita; si hay aproximadamente 150 000 jóvenes y niños en las escuelas nacionales, externos o becados, sin que se pague un centavo; si, por ejemplo, todo el servicio médico en los hospitales nacionales es gratuito; si una gran parte de nuestra población no paga ya alquileres en nuestro país con motivo de cumplirse cinco años de la aprobación de la Ley de Reforma Urbana (APLAUSOS); si más de 100 000 campesinos recibieron gratuitamente sus tierras; si cualquier persona en nuestro país que se sienta desvalida, que necesite la ayuda del Estado le basta solicitarla, ¿qué razón vamos a tener para cobrar los círculos infantiles? 
Naturalmente que todavía no estamos en el comunismo, desde luego.  Y nosotros incluso en los primeros tiempos creíamos que estos servicios debían pagarse; sin embargo, la experiencia ha ido enseñando cada vez más el poder multiplicador de la fuerza de trabajo del pueblo, el poder multiplicador creador de riquezas del pueblo trabajador.  Y hemos podido ver lo que en conjunto gana, por ejemplo, toda la nación con la incorporación de decenas de miles, de cientos de miles, con la incorporación —digamos— de un millón de mujeres a la producción; que ese millón de mujeres produzca el valor de 1 000 pesos por año, un millón de mujeres significan 1 000 millones de pesos en valores creados.  ¿Y qué es el hecho de que se deje de percibir la parte que aporten para costear los gastos del circulo infantil? 
Lógicamente, repito, todas las cosas en absoluto no pueden ser gratuitas, porque a eso puede llegar una sociedad cuando llega a lo que conceptuamos como el comunismo.  Pero, desde luego, aunque se habla de fórmulas, se habla de fórmulas —fórmulas socialistas y fórmulas comunistas—, y se dice —de acuerdo con las fórmulas— que en la sociedad socialista cada cual da según su capacidad y recibe según su trabajo, y en el comunismo cada cual aportaría según su capacidad y recibiría según sus necesidades, yo me pregunto qué hacemos en esta etapa mientras construimos el socialismo con el caso de una familia, una mujer que por ejemplo queda viuda, que tiene siete hijos, cuya capacidad de trabajo es poca, y que recibiendo según su capacidad de ninguna forma le alcanzaría para alimentar y vestir a esos siete hijos.  ¿Puede acaso el Estado socialista desentenderse de la suerte de los siete hijos de esa mujer?  ¿Puede acaso permitir que crezcan descalzos, raquíticos y desnutridos sencillamente porque le vamos a aplicar la fórmula de darle a esta mujer según su capacidad, olvidándonos de sus necesidades y esperando que llegue el comunismo para aplicar la fórmula de las necesidades?  ¡No!  No podemos esperarlo.  Perdería la mujer, perderían los niños, eso sería cruel; pero, además, perdería también la propia sociedad, interesada en que crezcan ciudadanos saludables, en que cada ser humano tenga lo necesario para vivir decentemente, y mucho más un niño (APLAUSOS). 
Esto demuestra, desde luego, que ninguna fórmula es siempre aplicable literalmente, y que por lo general en materia política y social las fórmulas son siempre malas. 
Creemos que acerca de todos estos problemas del socialismo y del comunismo hay que meditar, hay que reflexionar, hay que estudiar, hay que analizar y hay que investigar mucho. 
Podría decirse que si bien la técnica industrial, la ciencia en general se ha desarrollado de un modo increíble, la ciencia social está todavía bastante subdesarrollada.  Y oímos fórmulas, leemos manuales, pero nada enseña tanto como una revolución, que a la vez que hay que saber apreciar y valorar en toda su importancia la experiencia de los demás pueblos, cada pueblo ha de esforzarse no en copiar sino en dar su aporte a esa ciencia subdesarrollada como son las ciencias políticas y sociales (APLAUSOS PROLONGADOS). 
Nosotros vamos desarrollando nuestras ideas. Entendemos que las ideas marxista-leninistas requieren un incesante desarrollo; entendemos que un cierto estancamiento se ha producido en este campo, y vemos incluso que a veces se aceptan, bastante universalmente, fórmulas, que en nuestra opinión se pueden apartar de la esencia del marxismo-leninismo. 
Creemos que la construcción y el desarrollo del socialismo y la marcha hacia una sociedad superior, como es la sociedad comunista, ha de tener necesariamente sus leyes y sus métodos y que, desde luego, esos métodos de ninguna forma pueden ser los mismos métodos de la sociedad capitalista.  Creemos que los métodos y las leyes se fundan no en leyes ciegas o en regulaciones automáticas, creemos que se han de fundar cada vez más en la capacidad de los pueblos para planificar, para dominar los procesos de producción, para prever, en dos palabras, para imperar, para dominar esas leyes y no ser precisamente juguetes de esas leyes. 
Y claro, esta Plaza de la Revolución no es una cátedra de Economía Política, ni yo pretendo ser un catedrático sobre estas cuestiones (APLAUSOS).  Mucho más honestamente debo decir que me siento como un aprendiz, como un estudiante más, como un curioso acerca de estos problemas. 
En cierta ocasión, con motivo de la constitución del Comité Central (APLAUSOS), dijimos que no creíamos que el comunismo podía construirse enteramente independiente de la construcción del socialismo; que comunismo y socialismo debían construirse, en cierto sentido, paralelamente; y que inventar un proceso y decir: hasta aquí construimos el socialismo y desde aquí construimos el comunismo, puede constituir un error, un gran error.  Que, desde luego, entre otras cosas, en el afán de alcanzar las metas socialistas, no debía renunciarse, ni hipotecarse el desarrollo y la formación del hombre comunista (APLAUSOS). 
Cuando expresé esto que, desde luego, no es la expresión de un maestro, ni de un apóstol, ni de un catedrático, ni de una autoridad en la teoría revolucionaria, ni mucho menos de una especie de pequeño Papa ideológico (APLAUSOS), algunos se extrañaron; no pocos lectores de manuales se asombraron; no pocas personas —y no es porque las haya contado, sino porque calculo el número, por el número de los que se intrigaron con esta afirmación—, personas acostumbradas a tener en el pensamiento las ideas tan bien ordenadas como pueden tener su ropa en el armario de su casa, se inquietaron incluso ante estas afirmaciones, y no dudo que algunos se hubiesen preguntado si acaso no estábamos haciendo afirmaciones un tanto sacrílegas en este orden. 
Y, desde luego, creo que en este orden el peor de los sacrilegios —y en esto, cuando hablo de sacrilegios, me sale el catecismo que me enseñaron de muchacho, por lo menos en cuanto a las palabras—, el peor de los sacrilegios —y parece que Marx estudió también el catecismo, puesto que suele emplear en bastantes ocasiones terminologías de este tipo, lo cual, desde luego no es una copia, sino algo que he podido ver leyendo las obras de Marx—, el peor de los sacrilegios es el estancamiento del pensamiento:  pensamiento que se estanca, pensamiento que se pudre (APLAUSOS). 
Y nosotros no debemos de permitir que el pensamiento revolucionario se estanque, ni mucho menos que se pudra.  Y cuando nosotros hacíamos estas afirmaciones planteábamos simplemente algunas interrogantes, algunas interrogantes acerca de las cuales hay que meditar y acerca de las cuales debemos estudiar todos. 
Y algunas cosas de nuestra peculiar experiencia cubana nos enseñan que esta actitud puede ser muy saludable, y nuestra propia experiencia acerca de cómo hicimos la reforma agraria en Cuba —y que se apartó de todos los cánones clásicos y tradicionales—, cuando nosotros, al campesino que era arrendatario o posesionario lo hicimos propietario; pero, por otro lado, no dividimos los latifundios para crear el minifundio, y preservamos aquellas tierras en el mismo status que una fábrica, como grandes centros de producción agrícola.  Si no hubiésemos hecho esto —un país como el nuestro que depende y dependerá de la agricultura para la solución de sus problemas fundamentales, y como fuente fundamental de recursos para su desarrollo— no habrían tenido salida posible los grandes planes que llevamos adelante y que incrementarán de modo impresionante nuestra producción agrícola, y no precisamente con esas maquinitas que pasaron por aquí, porque esas maquinitas son demasiado poca cosa para expresar nuestro potencial en cantidad y en calidad en materia de maquinaria agrícola (APLAUSOS).
Porque aquí el compañero locutor —al que le podemos excusar con toda justicia, no solo porque es un buen locutor sino también un buen trabajador y un buen trabajador de trabajo voluntario (APLAUSOS), pero al que no le podemos exigir que sepa de tractores, o que sepa de arados— hablaba de los poderosos arados de tres discos.  Y en realidad, esos son los más infelices arados que tenemos. 
Y en nuestra agricultura tenemos y estamos incrementando el número de gradas de 17 000 libras de peso, que son arrastradas por potentes tractores; la cantidad de maquinaria agrícola, la calidad de maquinaria agrícola que ya hoy contamos y cuyo manejo, cuyo empleo racional y otros, debemos alcanzar mediante esfuerzos de organización considerables.  Gracias al empleo —decía— de la técnica y de la maquinaria podemos asegurar sin género de dudas que nuestro país alcanzará extraordinarios éxitos en el campo de la agricultura.  Y si alguno lo duda, baste que piense que solo en los institutos tecnológicos, estudiando para la agricultura, hay 20 000 jóvenes en este momento, que en el año 1970 habremos graduado estos 20 000 y tendremos 40 000 más estudiando (APLAUSOS). 
Es decir, que avanzamos, pero todavía una fuerza mucho más poderosa, una fuerza técnica de increíble magnitud avanza detrás para consolidar y fortalecer las posiciones que alcancemos. 
Y ninguna de estas cosas que constituyen una esperanza para el país las habríamos podido realizar si hubiésemos incurrido en la fórmula clásica de repartir en fracciones los latifundios ganaderos y azucareros y otras grandes extensiones agrícolas.  No habríamos podido siquiera hacer lo que hemos hecho en el campo donde, en virtud de un poco de desarrollo, desapareció totalmente el desempleo. 
Y los macheteros millonarios aquí presentes (APLAUSOS), mejor que nadie pueden atestiguar que antes los trabajadores agrícolas solo trabajaban tres o cuatro meses, y que incluso en esos tres o cuatro meses tenían menos tarea de la que tienen ellos cualquier día de trabajo todo el año.  Ni siquiera habríamos podido resolver el problema del desempleo. 
Debemos decir que nuestra Revolución en sus primeros tiempos tuvo diversas tendencias copistas, mecanicistas.  Copiábamos de algún país hermano y después los copiados cambiaban aquel sistema porque no servía.  ¡Calculen ustedes las consecuencias de los copistas!  Copiar siempre será malo.  Copiar en la vida, copiar en la Revolución, es como copiar en un examen (APLAUSOS).  Y nadie podrá graduarse de revolucionario copiando (APLAUSOS). 
Pero afortunadamente no copiamos en eso de la Reforma Agraria.  Y siempre consideraremos eso como un gran acierto, como la evitación de un gran error que pudo cometerse. 
En el mundo se elaboran fórmulas económicas y políticas, y lógicamente algunos pueblos tienen más experiencias que otros.  Y repito que ni debemos subestimar y mucho menos despreciar la experiencia.  Pero conforme debemos estar alerta contra el desprecio a la experiencia, debemos estar alerta contra la copia mecánica de fórmulas. 
Se habla de si algunos países van a construir el comunismo.  Incluso no pocos partidos comunistas, cuando un país dijo que iba a construir ya el comunismo, salieron repitiendo detrás que ya se iba a construir el comunismo.  Mas, sin embargo, pensamos nosotros humildemente que todavía esté por plantearse y contestarse si en un mundo dividido entre países industrializados y países subdesarrollados, entre países con una alta productividad en el trabajo y países sin ninguna productividad en el trabajo, puede alguien, puede alguna nación, plantearse la construcción del comunismo en un solo país sin que las fuerzas productivas y la técnica se desarrollen primero en el resto de los países subdesarrollados del mundo (APLAUSOS). 
Porque repitiendo una vez más que no me considero sino un aprendiz de revolucionario, pienso que el socialismo en un solo país puede ser construido; que el comunismo hasta cierto grado puede ser construido.  Pero el comunismo, como fórmula de abundancia absoluta, no puede ser construido en un solo país en medio de un mundo subdesarrollado sin el riesgo de que, involuntariamente y sin quererlo, en, años futuros pueblos inmensamente ricos se vean intercambiando y comerciando con pueblos inmensamente pobres.  ¡Pueblos en el comunismo y pueblos en “taparrabos”! 
Y nosotros nos preguntamos a nosotros mismos —nosotros que deseamos para nuestro pueblo lo mejor, nosotros que deseamos que no crezca un solo niño en este país sin todas las proteínas y las vitaminas y las sales minerales y los alimentos en general indispensables, que reciba una educación completa—, nos preguntamos si en medio de un mundo lleno de miserias el día de mañana podremos pensar solo en nosotros mismos, única y exclusivamente en nosotros mismos, vivir en la superabundancia con nuestras decenas de miles de ingenieros agrónomos, maestros, nuestra técnica superdesarrollada.  Cómo podremos vivir en esa superabundancia —que nos permita un comunismo basado en la abundancia, o en la superabundancia— mirando alrededor de nosotros otros pueblos que, por no haber tenido la oportunidad o la fortuna de haber hecho una revolución en la época en que la estamos haciendo nosotros, dentro de 10 años estén viviendo en una situación todavía más miserable de lo que están viviendo hoy. 
Y pienso que nosotros debemos aspirar a hallar niveles satisfactorios en la alimentación de nuestro pueblo, en la educación de nuestro pueblo, de manera que se desarrollen ciudadanos integralmente en lo físico y en lo mental; satisfacer nuestras necesidades de asistencia médica, de viviendas. 
Y esto no necesitamos mucho para lograrlo.  Estoy seguro que con los recursos naturales de este país, con el trabajo y con un poco de técnica, nosotros no tardaremos mucho en alcanzar esos niveles (APLAUSOS).  Pero a partir de ahí, no pensar en que nuestro deber sea luchar por tener un automóvil cada uno de nosotros antes de preocuparnos de que por lo menos tengan un arado cada una de las familias de aquellos países que se hayan quedado muy por detrás de nosotros (APLAUSOS). 
Nuestro deber hoy de pueblo pobre y subdesarrollado es el esfuerzo máximo por salir de la pobreza, de la miseria, del subdesarrollo.  Pero en el futuro, no podremos pensar en la riqueza plena mientras haya otros pueblos que necesiten nuestra ayuda.  Y es necesario que desde ahora eduquemos a nuestro pueblo y eduquemos a nuestros hijos, que mañana, cuando ya tengamos esas necesidades resueltas, mañana nuestro ideal no será la riqueza, nuestro ideal y nuestro deber primero será ayudar a aquellos pueblos que se quedaron detrás de nosotros (APLAUSOS PROLONGADOS Y EXCLAMACIONES). 
Eduquemos a nuestro pueblo en ese concepto del deber internacional, eduquemos a nuestro pueblo en ese sentido del deber internacionalista, para que en este país, dentro de 10 años, no haya uno solo que diga que si no tiene más es porque estamos ayudando a otro, sino que tengamos un tipo de hombre que sea capaz de pensar en que los otros son seres humanos como él, y que estén más dispuestos a quitarse para dar que a darse para quitar (APLAUSOS PROLONGADOS). 
Y si en años futuros una parte de nuestro pueblo pensara así, sería, sin duda, porque nosotros, dirigentes de este pueblo, no habríamos sabido educar políticamente a nuestro pueblo de manera cabal, sería porque nuestro Partido no habría sabido educar en el profundo sentido del internacionalismo, sin lo cual no se puede llamar nadie marxista-leninista y sin lo cual incluso este primero de mayo, Día Internacional del Trabajo, carecería de sentido, sin ese profundo y permanente sentido del deber internacionalista (APLAUSOS). 
Nosotros, por eso, experimentábamos profunda satisfacción por ese contenido precisamente internacionalista que nuestros trabajadores le dieron a su Día Internacional, de modo que en el centro de todo este magno, impresionante desfile y concentración de hoy, Vietnam y Quisqueya hayan estado en el centro de todo (APLAUSOS PROLONGADOS). 
Esto indica que marcha bien nuestro Partido y que educa a nuestro pueblo en el más profundo sentimiento del deber internacionalista; y que la idea de que somos hermanos, de la misma sangre y de la misma carne que los demás pueblos del mundo, explotados o agredidos por los imperialistas, crece en el corazón de cada uno de los hijos de este país. 
Hacía estas reflexiones, porque me vi en la necesidad de explicar que, desde luego, no habíamos llegado, y tardaremos en llegar, y más aun tardaremos en llegar a los grados más altos de lo que pudiéramos llamar un modo de vida comunista en la medida en que el resto del mundo se retrase en esa marcha.  Y que, por lo tanto, todo no podría ser gratis, pero sí creemos que aquellas cosas que son esenciales al ser humano: la salud, la alimentación adecuada, la educación física y mental, el desarrollo cultural, la vivienda, todas aquellas cosas esenciales al hombre, debemos procurar cuanto antes satisfacerlas con los recursos de toda la sociedad, con los bienes que produzca la sociedad.  De manera que podamos decir que dentro de 10 años tendremos suficientes comedores escolares para que todos los niños del país coman gratuitamente en esos comedores escolares (APLAUSOS).  Que los zapatos y la ropa que reciban y los juguetes no dependan de si la madre tiene 10 hijos y puede trabajar poco, sino dependa de las necesidades que este niño como ser humano posea; lo mismo que la salud de ese niño, que la vivienda. 
Y lo mismo que con el niño, con toda persona que por su edad ya no esté capacitada de trabajar.  Que dentro de 10 años podamos decir también:  “Esta persona anciana, por el hecho de que es anciano, por el hecho de que no pueda trabajar, no debe pasar necesidad, dada la circunstancia de que es un miembro de una familia que depende de un trabajador de muy escasa capacidad de trabajar”.  Porque ¿qué culpa tendrá ese anciano que necesita alimentarse y vestir, si su hijo, del cual depende, tiene poca capacidad de trabajo?  Y aplicándole la fórmula socialista, el viejo pasaría hambre.  Y que nosotros podamos decir dentro de 10 años no ya que a todo trabajador que se jubila le damos una pensión, sino que a todo hombre o mujer de nuestro país, por el hecho de ser un ser humano y por el hecho de no tener edad ya para trabajar tenga derecho a que la sociedad le dé también una pensión, haya pertenecido o no a tal sector de la industria, sino por el mérito mucho más grande de pertenecer a la especie humana, por el mérito mucho más grande de pertenecer a nuestra sociedad (APLAUSOS). 
Que dentro de 10 años el trabajador, de hecho, no pese sobre sus hombros ninguna carga familiar.  Porque el anciano que vive allí en su casa no será carga para el trabajador en el sentido económico de la palabra, por mucho que en cuanto a sus sentimientos nunca será carga ayudar a su padre o a un tío o al abuelo, a quien sea.  Ni sea penoso para cualquier persona anciana sentirse que es carga, que la sociedad ya, de sus recursos, de su producción, pueda darle a todo niño, a todo anciano, en dos palabras a toda persona que no pueda trabajar, lo que necesite, con los recursos de toda la sociedad. 
Es decir que pueda vivir con arreglo a esa fórmula propiamente comunista ya la población pasiva del país.  Y si nosotros incorporamos a toda la población activa al trabajo, si somos capaces de organizar nuestros recursos humanos de manera que toda la población activa cree algo, produzca algo, si somos capaces de hacer que un millón de mujeres se incorporen al trabajo, elevar la productividad de nuestro trabajo mediante la técnica y en la medida en que los jóvenes estudiantes, también como parte de su formación, trabajen un número de semanas al año —lo cual ya en el próximo año nos permitirá movilizar en la primavera, en los meses críticos de la agricultura, durante seis semanas, unos 200 000 jóvenes, que nos permitirá ya alcanzar en el campo de la agricultura prácticamente lo que queramos alcanzar (APLAUSOS)—; si nosotros hacemos eso en 10 años, ya no solamente podremos decir que ningún trabajador pagará alquiler, sino que, incluso, todo trabajador podrá disfrutar íntegramente de lo que perciba según su trabajo.  A ese trabajador le podremos aplicar la fórmula socialista; a los hijos, a los padres, a los ancianos, económicamente debemos aplicarle la fórmula comunista y darle según sus necesidades y no según la capacidad de sus padres (APLAUSOS). 
Esta aspiración explica porqué algunas otras cosas las damos gratis.  Y algo que desde este año ya se está dando gratis en la universidad son los libros de texto, y los libros técnicos se venderán a todos los que quieran, a todos los que los necesiten, a los precios de costo.  ¿Por qué?  En virtud de un principio que nosotros lo concretamos con esta frase: “Los libros baratos y la cerveza cara” (APLAUSOS). 
Sabemos que la cerveza nos gusta a todos, o a casi todos, y que además la estén haciendo de muy buena calidad.  Pero mucho más importante es la técnica para nosotros, mucho más importante es que nosotros nos posesionemos de esa técnica para nuestro trabajo, para el incremento de la productividad de nuestros trabajos; y eso es más importante que consumir cerveza.  Libros gratis a los estudiantes; al precio de costo a los demás, y cara la cerveza.  De este modo la cerveza subsidia los libros (APLAUSOS). 
De este modo, incluso, quien se toma una cerveza no solo experimenta en una tarde de verano un momento de placer, sino que puede experimentar también la satisfacción de que está contribuyendo al desarrollo de la tecnología y de la cultura (APLAUSOS). 
Es evidente que la Revolución no solo ha liberado al trabajador de la explotación, no solo ha erradicado para siempre el sistema donde el hombre y su fuerza de trabajo se compra y se vende como una mercancía, sino que la Revolución ha hecho un esfuerzo extraordinario, ha impulsado el desarrollo educacional de la nación entera, de modo que en estos instantes cerca de un 40% de la población de nuestro país estudia: 1 300 000 niños; 250 000 aproximadamente en institutos y escuelas tecnológicas, preuniversitarias, secundarias; 28 000 estudiantes universitarios.  Y, además, 900 000 adultos en cursos de superación.
De manera que 2 500 000 personas están estudiando en este país.  ¡Adiós ilusiones de los enemigos!  Porque si la ignorancia y la cultura fue instrumento que utilizaron los opresores y explotadores capitalistas, ¡abur ilusiones de que a un pueblo que entero se ha dedicado a superarse, a estudiar, a organizarse, a armarse y a trabajar, puedan volver a llevarlo a aquel pasado!  ¡Ni soñarlo!  Esto no es una simple frase; es tan lógica y tan clara —no diríamos como la noche— como el día y tan evidente como la noche, de que eso no podrá ser jamás. 
Los enemigos se entretienen en tejer leyendas, se entretienen en tejer intrigas.  Pero lo hacen para consolarse.  Y después de todo, bueno, si quieren consolarse, allá ellos, que se consuelen.  Un tal MacCloskey —o no sé cómo demonios se llama—, uno de esos imbéciles, cretinoides, que constantemente emiten declaraciones en nombre del gobierno americano, hablaba, y decía que qué tremenda situación la de Cuba, qué tensión, qué crisis, qué terrible cosa.  ¡Pobre imbécil, pobre diablo! 
Nosotros a veces nos preguntamos: ¿Lo cree de veras o hace creer que lo cree?  O tal vez lo crea.  Nada de extraño tiene.  Cuando Girón creyeron y creyeron y creyeron, y después lamentaron y lamentaron, y se están lamentando todavía (APLAUSOS). 
¿Qué creyeron aquellos imbeciloides, qué creyeron los imbeciloides? Que apenas desembarcaran aquí unos pepillitos del Country, del Yacht, del Biltmore y de todos los clubes esos, hijos de terratenientes y de millonarios —millonarios no de arrobas sino de pesos robados al pueblo (APLAUSOS)—, una banda mercenaria de pepillitos desembarcaría y el pueblo entero, aclamándolos como libertadores, los traería en hombros para entregarles todo:  las fábricas, las casas, la renta de la tierra, para abrir de nuevo los garitos, los prostíbulos y los centros de vicio, para entregarles de nuevo las mujeres y los hijos.  ¿Qué creían esos imbéciles?  ¿Tendrán acaso la menor idea de lo que es verdaderamente un pueblo liberado?  ¿Tendrán la menor idea de los que fueron los sufrimientos de las masas, el hambre, la incertidumbre, el temor ante todo?  Porque en aquella monstruosa sociedad, si un hombre moría, si un trabajador desposeído moría, ¿qué era de su mujer, qué era de sus padres, qué era de sus hijos?  Lo menos que podía esperar es que un día traficaran con sus hijas convertidas en prostitutas, o con sus hijos. 
¿Y qué creían aquellos que no tienen la menor idea de lo que es un pueblo libre?  —¡cretinos, imbéciles, charlatanes!  Creían que a la sola señal del desembarco de los esclavistas, los esclavos correrían a ponerse a sus pies, para que les pusieran de nuevo las cadenas.  Creen todavía que este pueblo desea esas cadenas, que este pueblo añora esas cadenas.  ¡No!  Los que quieren cadenas, los que quieren cadenas, esos pocos que quieren cadenas —pero no cadenas para ellos porque nunca trabajaron, porque nunca fueron esclavos, sino esclavistas—, esos que quieren cadenas pero no para ellos, sino cadenas para los demás, a esos les hemos abierto de par en par las puertas para que se marchen de este país (APLAUSOS PROLONGADOS). 
Con esos que quieren cadenas para los demás hacen sus cuentas los imperialistas, diciendo si salieron tantos o más cuantos.  Cuentan los que se van, pero los muy imbéciles no cuentan los que se quedan (RISAS).  E incluso, como en este caso, exageran los que se van, exageran.  Dicen que un millón quiere salir.  Y no somos nosotros, no somos nosotros los que ponemos límites a los que se marchan, son ellos.  Han calculado todos los parientes, o conocidos de los que están allá en Estados Unidos, y han dicho: ¡Un millón!  Y allá hay mucha gente que pone en lista a conocidos, que cuando les dicen aquí: “¿Quieren irse?” Dicen: “Ni locos nos vamos para allá”. 
Al parecer esas son las cuentas que sacan.  Ellos no cuentan, por ejemplo, los puertorriqueños que se fueron para Estados Unidos; no cuentan que les cierran las puertas a la emigración de otros países, mientras tratan de hacerla atractiva para que el mayor número se vaya de Cuba para hacer propaganda. 
Pero nosotros no perdemos, nosotros ganamos.  No es un millón, ni medio millón; nosotros calculamos que entre 100 000 y 200 000 personas, por tener familiares allí muchos de ellos, porque se dejan seducir por los cantos de sirena imperialista, porque son incapaces de palpar y sentir todo el calor y toda la grandeza de una revolución.  En los propios Estados Unidos, cuando su Guerra de Independencia, muchos norteamericanos, no queriendo aquella independencia, se fueron para Canadá. 
Calculamos entre 100 000 y 200 000.  Pero no somos nosotros los que ponemos límites, no somos nosotros los que les obligamos a estar aquí durante muchos meses, son ellos.  Ya una vez los emplazamos y les dijimos:  “Abran las puertas, descarados; abran las puertas, cínicos, que no somos nosotros, son ustedes quienes cierran las puertas para hacer propaganda” (APLAUSOS).  Y las abrieron.  Ahora les decimos:  “¿Por qué no se llevan de una sola vez a todos los que quieren irse, de una sola vez?” Que nosotros, por cada uno de esos que vaya, tendremos lo necesario para darle una beca más a un hijo de un trabajador agrícola o de un cortador de caña (APLAUSOS). 
Y en este próximo año vamos a crear 20 000 becas para las familias de los obreros cañeros que todavía viven en barracones y viven en condiciones de vivienda muy duras (APLAUSOS).  ¡Veinte mil becas!  Iremos haciendo cada vez un pueblo más unido, más homogéneo, más compacto, más entusiasta, más revolucionario; tendremos cada vez más un pueblo de patria o muerte, porque al igual que cuando cualquiera quiere limpiar el arroz o los frijoles —y eso todos los que han tenido que cocinar alguna vez, y sobre todo todas las amas de casa lo saben— busca agua, lo ponen en agua, lo revuelven y toda la basura flota, de la misma manera también los imperialistas —dicho sea de una vez— cometieron un error estratégico.  En su afán de llevarnos los técnicos, en su afán de hacer campañas, facilitaron la emigración de este país de la clase que tenían ellos que utilizar para la contrarrevolución.  Se llevaron a la clase contrarrevolucionaria, se la llevaron casi toda, ¡que se lleven los pocos que quedan de una vez!  (APLAUSOS.) ¡Pero que se los lleven! 
A ese cretino que habló en nombre del gobierno de Estados Unidos lo emplazamos a que se lleven de una vez todos los que quieran irse, que no somos nosotros los que ponemos los límites, que son ellos los que ponen los límites. 
(DEL PUBLICO LE DICEN: “¡Que se quiten la careta!”)
Hace rato que la careta se la han quitado, ya no pueden quitarse ninguna careta porque prácticamente no les queda ninguna careta que quitarse. 
Decía que ellos se hacían este tipo de ilusiones acerca de la Revolución, acerca de su fuerza, acerca de la cohesión revolucionaria.  Nunca fue más fuerte, ni más unida la Revolución; nunca fue más invencible, más inconmovible la Revolución; nunca las perspectivas de la Revolución en cuanto a avance, en cuanto a organización, en cuanto a trabajo, han sido mejores que en estos instantes. 
Un factor que han aprovechado para hacer ese tipo de campaña fue el problema de la producción azucarera en esta zafra.  Nosotros explicamos bien lo que había ocurrido en el anterior año.  Habíamos alcanzado ya niveles de 6 millones, y el impulso seguía hacia adelante.  A principios de año explicamos cómo nuestro país había sufrido la peor sequía desde que se tienen datos estadísticos hacía 60 años, explicamos dato por dato; explicamos cuáles habían sido las lluvias en Las Villas, cómo había sido particularmente fuerte la sequía sobre todo en Las Villas, Camagüey y Oriente, donde el grueso de las plantaciones de caña existe, donde está el grueso de nuestra producción cañera; explicamos cómo en Las Villas prácticamente había caído el 50% de las lluvias promedio; cómo en Camagüey y Oriente había caído algo más del 50% y que eso necesariamente afectaría no la producción de vegetales, de papas y de otras cosas que se siembran con regadío, pero que afectaría considerablemente nuestra producción cañera. 
No se dijo ninguna mentira, no se ocultó ningún falló.  Ciertamente todos saben que no hemos sido remisos a hacer las críticas, o las autocríticas que sean necesarias.  En esta ocasión, infortunadamente, un factor de orden natural vino a interrumpir prácticamente el proceso que llevábamos, y afectó considerablemente la producción cañera, incluso por encima de lo que se había estimado inicialmente.  La provincia de Las Villas, una sola provincia, que fue la que más sufrió la sequía, se vio afectada su producción en 500 000 toneladas de azúcar, es decir que la sola provincia de Las Villas mermó —y fue la que más mermó— en casi medio millón de toneladas de azúcar.  Una merma igualmente considerable se presentó en la provincia de Camagüey, no obstante el enorme esfuerzo, no obstante que —incluso— el promedio, según los datos del Ministerio de la Industria Azucarera, el rendimiento en azúcar para esta fecha era de 12,08, comparado con 11,80 el año pasado en esta fecha.
La sequía, efectivamente, nos afectó.  Alcanzamos el cuarto millón de toneladas el día 27, pero no llegaremos al quinto millón de toneladas.  Es doloroso, pero no nos desalienta, ni lo ocultamos. 
¿Qué hacen nuestros enemigos?  Cuando el año pasado dijimos que habíamos producido 6 050 000 toneladas, decían:  Es mentira, es mentira, han abultado las cifras.  Cuando ahora decimos:  La producción será tanto, y cuando —incluso— los estimados no hayan sido del todo exactos y la producción sea la que sea, ahora dan como cierta la cifra del año pasado, y empiezan a decir que el año pasado se produjeron 6 050 000 toneladas.  Lo que dijeron que no era cierto, lo aceptan ahora como cierto, para tomar las circunstancias de este año. 
Es necesario que nuestros cañeros y nuestros administradores de granjas se esfuercen para que se corte hasta la última caña, excepto aquella cuyo rendimiento en cañas no exceda de 40 000 arrobas, porque cortar cañas de 40 000 arrobas sería un error, sería afectar la producción del próximo año.  Que toda la caña de más de 40 000 arrobas se corte para que nos aproximemos en lo máximo a los 5 millones de toneladas. 
Nuestros enemigos cantan victoria; no importa.  Nosotros sabemos lo que se está haciendo; nosotros sabemos la cantidad de caña sembrada; nosotros sabemos lo adelantado que están los cultivos; la cantidad de fertilizantes con que contamos este año, de cultivadoras, de abonadoras; y nosotros sabemos que de mantenerse las condiciones del tiempo que se han presentado este año, en el próximo año, con creces, seremos nosotros quienes nos reiremos de nuestros enemigos. 
Nuestros atletas han adoptado una frase, o una consigna —y es la que ustedes ven por ahí escrita—, ellos dicen:  “Nos veremos en Puerto Rico”.  Nosotros decimos:  Nos veremos en 1967, nos veremos con la producción azucarera de 1967 (APLAUSOS); porque en el próximo año luchamos, luchamos por alcanzar la más alta cifra en nuestra historia.  Luchamos, nos esforzamos por eso, y será sin duda de ninguna clase, una gran zafra.  No nos atribuiremos todo el mérito.  Todavía nosotros no controlamos las lluvias, todavía nosotros no hemos dominado la técnica de las lluvias artificiales —trabajamos en ese sentido—, y no vamos a tener todo el mérito en una próxima cosecha grande.  Una parte del mérito será al año mejor, a un año bueno de lluvias que está teniendo lugar.  Una parte del mérito se deberá a eso, y la otra parte al inmenso esfuerzo que se está haciendo en las siembras, en la fertilización, en las limpias, en los cultivos, de manera que en todas las provincias hemos comprometido a los compañeros del Partido y de la agricultura, no a terminar la primera limpia el 26 de julio, sino luchar con la segunda limpia, y en muchos lugares la tercera limpia, el 26 de julio (APLAUSOS). 
Serán fertilizadas las cañas como jamás se han fertilizado en nuestro país, serán cultivadas como jamás se han cultivado.  Y alcanzaremos rendimientos por caballería superiores a los que se hayan alcanzado nunca. 
Cuando los capitalistas produjeron más de 7 millones, cortaron casi 120 000 arrobas; toda la caña de reserva la cortaron.  Nosotros alcanzaremos cifras similares con menos caballerías de caña. 
En cuanto a la industria azucarera —que es y será durante un cierto tiempo la base fundamental de nuestra agricultura—, el problema más serio, el problema más difícil para alcanzar los 10 millones, ha sido resuelto técnicamente.  Y ha sido resuelto con los centros de acopio.  Aquí están los macheteros millonarios.  Algunas de esas brigadas han estado cortando para centros de acopio, y han cortado el doble para los centros de acopio de la que cortaban cuando cortaban con el método tradicional.  Naturalmente nos llevará de aquí a 1970 a tener centros de acopio en una mayor parte de los centrales del país. 
Nosotros tenemos aquí el dato de una de las brigadas aquí presentes, que se tomó como base para calcular el rendimiento de corte en un sistema o en otro.  En la brigada internacional del batallón del Sindicato Azucarero —creo que debe de estar por aquí esa brigada; que levanten la mano los compañeros de la brigada—; esos compañeros cortaron en la quincena del 16 al 28 de febrero —caña cortada para alzadora, caña limpia—, trabajando del 16 al 28, 378 horas, mejor dicho, 378 hombres-día, cortaron 155 350 arrobas; cortando para el centro de acopio, del 1ro al 15 de marzo, en 442 hombres-día, cortaron 372 089 arrobas.  El promedio cortando sin centro de acopio fue de 411 arrobas diarias por hombre.  Cortando para centro de acopio, estos mismos hombres cortaron por día un promedio de 842 arrobas (APLAUSOS).  Es decir, cortaron el doble.  Se demuestra lo que ya habíamos constatado con numerosos obreros:  la opinión de que cortando para el centro de acopio un obrero rinde el doble con un 25% menos de esfuerzo.  Con los centros de acopio los obreros rendirán más con menos esfuerzo, recibirán, por consiguiente, un ingreso mayor, y bastarán 150 000 macheteros a razón de 400 arrobas diarias, no 800.  Y suponiendo un ausentismo de 20 000 diarios; es decir, con 130 000 macheteros a razón de 400 arrobas diarias por machetero; esto quiere decir que prácticamente con la mitad de los macheteros se podrá hacer la zafra de 10 millones de toneladas de azúcar (APLAUSOS). 
Por eso la tarea de construir centros de acopio —de los cuales se harán 50 el próximo año en la provincia de Camagüey—, no solo entraña un ahorro enorme en fuerza de trabajo, no solo eleva considerablemente la productividad del trabajo, sino que promueve un ahorro en el transporte por ferrocarril; promueve un considerable ahorro en el transporte automotriz para el traslado de las cañas a los centros de acopio; promoverá posiblemente un incremento de rendimiento en los centrales azucareros; y además facilitará la mecanización de todas aquellas cañas que puedan ser mecanizables con una máquina mucho más sencilla, con máquinas incluso que pueden ser construidas en nuestro propio país. 
Es decir, que para nosotros ya el problema más difícil para los 10 millones es un problema resuelto.  Eso naturalmente implicará un considerable aumento de las brigadas millonarias, porque será más fácil llegar a brigada millonaria con un rendimiento que es el doble del rendimiento habitual. 
En la agricultura, además, ya este año, este año con motivo de existir un régimen mejor de lluvia, de haberse plantado mayores superficies, hay un incremento considerable en la producción de tabaco, considerable en la producción de café, considerable en la producción de leche.  Lo hubo de vegetales.  Se está sembrando 50 caballerías de tomate en las montañas de Oriente, de manera que en pleno verano tendremos tomate de ensalada, que se está cultivando en las montañas de Oriente (APLAUSOS). 
Por eso les decía que en la actual situación podemos encarar el futuro con optimismo; no un optimismo falso, no un optimismo ilusorio, sino basado en hechos concretos, basado en realidades palpables.  Esa es nuestra situación. 
En el orden subjetivo, es decir, en lo que se refiere a conciencia, fuerza de la Revolución, mejor organización, mayor conocimiento, mayor experiencia, mayores recursos, nuestra situación es considerablemente buena. 
En cuanto al orden exterior, los peligros que nos amenazan desde el exterior son los mismos que nos han amenazado siempre, con la diferencia de que somos cada vez más fuertes, de que estamos y estaremos cada vez mejor armados y mejor entrenados, más preparados en todos los  órdenes, para resistir cualquier agresión imperialista.
Y en esto de agresiones imperialistas, contamos fundamentalmente con nuestras propias fuerzas (APLAUSOS).  No debemos andar esperando de nadie, sino de nosotros mismos.  No creemos que sea bueno que un pueblo confíe su seguridad en la defensa por otros, sino por sí mismo, y sobre todo cuando vemos lo que ocurre en Vietnam (APLAUSOS). 
A decir verdad, ni nos asusta, ni nos desalienta; nos enseña y nos prepara (APLAUSOS), fortalece nuestro espíritu.  Y nosotros sabemos que con lo que tenemos somos un hueso duro, muy duro de roer (APLAUSOS). 
Pero no puede menos que producir una indignación ver los actos agresivos, bárbaros y criminales de los imperialistas contra el pueblo de Vietnam; la agresión criminal, repugnante y cobarde, la agresión piratesca que coloca al señor Johnson entre los más grandes criminales que ha conocido la humanidad, entre los más grandes piratas (APLAUSOS). 
¿Porque en qué se diferencia la barbarie yanki en Vietnam de lo que hicieron los nazis en Austria, cuando se anexaron Austria, o cuando despedazaron a Checoslovaquia, o cuando invadieron a Polonia? 
Los frutos de aquella política bárbara y agresiva los conocemos bien. 
Más lejos todavía, a miles de kilómetros de distancia, en pleno corazón del Asia, los imperialistas bombardean con cientos de aviones, masacran a mujeres y a niños, llevan a cabo prácticas de guerra química nada menos que contra un país socialista.  Y lo realizan bastante impunemente, bastante impunemente. 
Sea por las causas que sean y los motivos que fueren, los imperialistas hacen gala de una tremenda agresividad, de una criminal agresividad. 
Y nosotros conocemos bien a los imperialistas, lo cobardes que son, lo oportunistas que son, lo aprovechados que son.  Por eso se ensañan y cometen todo tipo de salvajada. 
Y lo seguirán haciendo —lo dijimos cuando la Crisis de Octubre—, lo seguirán haciendo mientras lo puedan hacer impunemente, mientras no sean frenados. 
Y creemos realmente que la paz se defendería mucho mejor haciéndoles ver a los imperialistas lo que pueden hacer y lo que no pueden hacer (APLAUSOS) y que a la larga, a la larga, dejar que hagan lo que les da la gana, que lleven a cabo sus actos piratescos y vandálicos, no contribuye a la paz, eso es un enorme error.  ¡Contribuye a incrementar los peligros de guerra!
Sobre la conciencia de Johnson pesa el crimen de Vietnam y el crimen de Santo Domingo.  No sobre Johnson, Johnson no es más que un representante de la oligarquía financiera, del imperialismo yanki, y sobre sus sucias conciencias pesan estos crímenes y estos actos vandálicos. 
¿Acaso pretenden con eso intimidar a los pueblos?  ¿Acaso pretenden con eso asustar a los pueblos?  Pues he aquí un buen ejemplo; el ejemplo de Cuba, ¡que el vandalismo, lejos de asustar a los pueblos, los prepara para la lucha!  (APLAUSOS PROLONGADOS.) 
El vandalismo imperialista hace más firme y más decidido a nuestro pueblo; el vandalismo imperialista nos enseña toda su entraña criminal y salvaje; acumula odio en los pueblos, indignación, y los prepara para la lucha.  ¡Eso es lo que lograrán con su vandalismo, en Vietnam, en Santo Domingo y en todo el mundo agredido, y entre ese mundo agredido y hostigado por los criminales imperialistas, nosotros, nuestro pueblo, nuestra Revolución!
¡Hoy, Día Internacional del Trabajo, nuestro pensamiento todo al lado de los pueblos que luchan, nuestro homenaje solidario a Vietnam, a Santo Domingo, y a los combatientes revolucionarios en Asia, en Africa y en América Latina!  (APLAUSOS.)
Hoy nuestro pueblo cumple ejemplarmente con su conciencia y su deber internacionalista, situando en el centro de su pensamiento y de su corazón a los heroicos pueblos que luchan y que vencerán a los imperialistas.  Porque los pueblos todos, unidos, cumpliendo aquella orden, aquel mandato de Carlos Marx de unirse contra los imperialistas, en el combate contra el imperialismo, de ayudarse, de apoyarse, ¡serán más poderosos que los imperialistas! 
Gritemos hoy con más calor que nunca: ¡Viva el heroico pueblo de Viet Nam!  (EXCLAMACIONES DE: “¡Viva!”) ¡Viva el heroico pueblo de Santo Domingo!  (EXCLAMACIONES DE: “¡Viva!”)  ¡Viva el internacionalismo proletario! (EXCLAMACIONES DE: “¡Viva!”) ¡Viva el marxismo-leninismo!  (EXCLAMACIONES DE: “¡Viva!”)
¡Patria o Muerte!
¡Venceremos! 
FIDEL CASTRO RUZ

Fuente: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos

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