enero 20, 2014

Discurso de Fidel Castro en el XIII Aniversario del asalto al Cuartel Moncada (1966)

DISCURSO EN LA CONMEMORACION DEL XIII ANIVERSARIO DEL ASALTO AL CUARTEL MONCADA, EN LA HABANA, PLAZA DE LA REVOLUCION
Fidel Castro
[26 de Julio de 1966]

― Departamento de versiones taquigráficas del Gobierno revolucionario ―

Señores invitados;
Familiares de los mártires del Moncada (APLAUSOS);
Compañeras y compañeros:
Correspondió este año la conmemoración o el acto conmemorativo principal del 26 de julio a la capital de la República, como centro de la región occidental del país.
Hay que decir sobre esto que los pinareños —y entre los pinareños, artemiseños, que dieron un aporte tan importante al contingente que participó en el asalto a los cuarteles de Santiago y de Bayamo— querían que se efectuara este acto en Pinar del Río.  En realidad, tienen todo el derecho a pedir eso, pero no es en este caso una cuestión de derecho, es una cuestión de espacio.
Se decidió celebrar cada año este día rotándose la región oriental del país, la región central y la región occidental.  E indiscutiblemente, las ciudades de Santiago de Cuba, de Santa Clara y la de La Habana, por su ubicación y por sus líneas de comunicación se prestan para llevar a cabo estas conmemoraciones, puesto que de otra forma, ¿cómo pudiéramos nosotros trasladar la población de La Habana a la provincia de Pinar del Río?, ¿cómo pudiéramos trasladar esta inmensa multitud?  y esa es la razón por la cual se mantuvo esa regla. 
No quiere esto, ni mucho menos, decir que sean desestimados los sentimientos y los derechos de nuestros conciudadanos de la provincia de Pinar del Río, y muy especialmente los de Artemisa (APLAUSOS).  
Y al cumplirse este XIII aniversario, y en presencia de esta inmensa multitud, demostrativa del apoyo del pueblo a su Revolución (APLAUSOS), Revolución que no nació en los cuarteles de un ejército, Revolución que no nació de la conspiración de un grupito de militares; Revolución que nació del pueblo, de las entrañas del pueblo.  No de las altas jerarquías políticas del país, no de figuras prominentes.  Revolución que nació en las filas de los más humildes del pueblo.  Porque hace 13 años ninguno de esos hombres queridos, de los hombres que dieron su vida por esta Revolución, eran conocidos; ninguno de esa legión de hombres, que aquel día ofrendaron su vida a la patria, los conocía nadie; ninguno de ellos había aparecido nunca, posiblemente, en las letras de molde de un periódico; ninguno de ellos figuraba en los cálculos de los agoreros de la política; ninguno de ellos se vislumbraba como figuras prominentes en el corazón del pueblo.  ¡Pero eran del pueblo y venían del corazón del pueblo y de la sangre del pueblo! 
No se podía pensar entonces, y nadie lo pensó, ninguno de los que intervinimos en aquellos hechos aquel día, hace 13 años, habíamos pensado en actos como este; no estábamos pensando escribir historia.  Estábamos ciertamente haciendo historia, pero no estábamos haciendo historia para la historia, sino que estábamos luchando para el pueblo (APLAUSOS). 
No fue afán de gloria ni afán de prestigio o de popularidad, ni mucho menos ambiciones personales de ninguna índole.  Muy lejos estábamos de suponer, o de pensar en estas cosas.  Pensábamos en la lucha, pensábamos en la Revolución en si misma, pensábamos en la obra que era necesaria realizar en nuestro país.  En realidad, en las demás cosas que han ido acompañando el proceso revolucionario no pensábamos. 
Ninguno de nosotros podíamos imaginarnos en ese momento que cada año, cada 26 de julio, habríamos de reunirnos con el pueblo para conmemorar aquella fecha.  No eran esos los cálculos, los objetivos que entraban en nuestras mentes. 
Sí teníamos una absoluta fe en el pueblo, y toda la estrategia de la Revolución se basó siempre en el pueblo, siempre —lo hemos dicho en otras ocasiones— en una gran confianza en el pueblo, en una gran convicción acerca de las enormes energías morales del pueblo, acerca de la enorme fuerza revolucionaria que se encerraba en el pueblo. 
Cuando se vaya a definir a un revolucionario, lo primero que habría que preguntarle es si cree o no cree en el pueblo, si cree o no cree en las masas (APLAUSOS). 
Nosotros éramos un puñado de hombres, no pensábamos con un puñado de hombres derrotar a la tiranía batistiana, derrotar a sus ejércitos, no.  Pero pensábamos que aquel puñado de hombres podía ocupar las primeras armas para empezar a armar al pueblo; sabíamos que un puñado de hombres podría bastar, no para derrotar aquel régimen, pero si para desatar esa fuerza, esa inmensa energía del pueblo que sí era capaz de derrotar a aquel régimen (APLAUSOS). 
Y el 26 de julio ciertamente que no logramos de inmediato nuestros objetivos, ciertamente que no logramos tomar la fortaleza.  Eso es cierto. 
Nosotros consideramos los factores que infortunadamente se presentaron de forma adversa y nos impidieron lograr aquel objetivo inmediato.  Nosotros, aun hoy, después de años en que experiencias en este tipo de cuestiones se fueron adquiriendo más y más, estamos seguros de que nuestro plan era bueno, y estamos seguros de que era posible tomar aquella fortaleza; que factores imponderables, que siempre se presentan en las guerras, que muchas veces se pueden presentar en los campos de batalla, produjeron un resultado adverso. 
Naturalmente que cuanto menor es el número de armas y cuanto más inferior es la calidad del equipo en un combate, tanto más riesgosa resulta la operación, tanto más susceptible de fallar en sus resultados con algunas cosas insignificantes que se produzcan de una manera diferente. 
Pero, sin embargo, ¿por qué el 26 de julio se convirtió en una fecha de la rebeldía nacional?  ¿Por qué se convirtió en una fecha de nuestra Revolución?  ¿Por qué se convirtió en un símbolo no solo para nosotros, sino en un símbolo cuyas enseñanzas pueden ser útiles aun para los revolucionarios de otros países?  (APLAUSOS)
Habría que recordar cuáles eran entonces las circunstancias.  Batista había llevado a cabo su golpe de Estado prácticamente sin disparar un solo tiro.  Se apoderó de los mandos militares y contaba con la adhesión de un ejército relativamente grande y relativamente bien armado; contaba con la adhesión de todos los cuerpos armados; promovió innumerables ascensos en la oficialidad; les aumentó el sueldo a los soldados, muchos de los cuales eran los mismos soldados de las épocas anteriores de Batista; el pueblo estaba totalmente desarmado, y no solo estaba el pueblo totalmente desarmado, sino estaba carente en absoluto de dirección política:  un número de partidos burgueses tradicionales, una serie de figuras de renombre nacional, una gran segmentación de las fuerzas; de manera que se creaba un cuadro donde parecía imposible una revolución.  
En medio de aquel cuadro, los políticos burgueses cuando pensaban en la forma de deshacerse de Batista no pensaban en una revolución, sino pensaban en una conspiración.  La influencia, o las posibilidades de determinados dirigentes políticos, se medía por el número de sus amistades con determinados oficiales dentro del ejército, porque existía la creencia de que solo mediante un golpe de Estado podría sustituirse el régimen de Batista por otro régimen más o menos igual. 
Los priístas conspiraban, por ejemplo.  Aquel partido que se había dejado arrebatar el gobierno sin disparar un solo tiro, solo aspiraba a aplicarle la misma receta que les habían aplicado a ellos.  Es cierto que dentro de las filas de todos los partidos, incluso de ese partido donde sus dirigentes se habían enriquecido extraordinariamente, hubo en sus filas hombres que honestamente lucharon y se sacrificaron. 
¿Pero quién podía pensar en aquella época en una revolución contra el ejército? ¡Nadie podía pensar en una revolución contra el ejército! Incluso existía el apotegma, que se venía repitiendo no se sabe desde cuánto tiempo hacía, de que las revoluciones se podían hacer con el ejército o sin el ejército, pero nunca contra el ejército.  Y aquella idea prevalecía de manera absoluta en la mente de los políticos de aquellos tiempos. 
La idea de una revolución contra el ejército, contra sus fuerzas armadas, contra el sistema, parecía a mucha gente una idea absurda, parecía a todos los políticos burgueses, que eran los que dirigían la política de este país, una locura. ¿Pensar, además, en una revolución contra todas aquellas fuerzas, prácticamente sin un solo depósito de armas; más, no solo sin un solo depósito de armas, sin un solo centavo para comprar armas?  Eran muy pocos los que habrían podido creer en aquello.  Solo hombres del pueblo, de las filas más humildes del pueblo, sanos, desprovistos de ambición, podían sentir aquella posibilidad, podían sentir aquella fe, podían creer en que fuera posible llevar a cabo una lucha en condiciones tan difíciles. 
El hacer este análisis del cuadro en que nos encontrábamos nosotros, puede tener una utilidad, puede tener una utilidad en relación con otros pueblos de América Latina.  Porque, realmente, nosotros podemos afirmar que nuestra Revolución comenzó a llevarse a cabo en condiciones increíblemente difíciles, y aquella fe, aquella confianza en que sí era posible —si se lograba despertar al pueblo— liquidar aquel sistema, se mantuvo en nosotros, a pesar de los reveses.  Porque una gran parte de los compañeros murieron —la inmensa mayoría de ellos asesinados—, otra parte minoritaria fuimos a parar a las prisiones, y, sin embargo, no aceptamos el punto de vista de los que creían que lo que había ocurrido el 26 de julio era una prueba de que no se podía hacer una revolución contra el ejército (APLAUSOS); no aceptamos los puntos de vista de los que querían sacar de aquella fecha una prueba en favor de sus argumentos; no aceptamos los puntos de vista de aquellos que decían que sí, que era una cosa heroica, pero que era una cosa ilusoria, que era un sueño, que era una aventura de muchachos románticos; no aceptamos, ni mucho menos, aquel punto de vista de que Batista se podía caer del gobierno únicamente si los norteamericanos le retiraban su apoyo.  Porque esas eran las dos cosas: no se puede hacer una revolución contra el ejército; no se puede mantener un gobierno frente a la oposición del gobierno de Estados Unidos. 
Y cuando volvimos, con muchas menos fuerzas de las que al principio habíamos imaginado —porque nosotros después que salimos de las prisiones nos negamos a aceptar los falsos caminos electoralistas, los falsos caminos de la politiquería y nos mantuvimos en nuestra línea de que la fuerza solo se podía destruir con la fuerza (APLAUSOS) — pensábamos comenzar de nuevo aquella lucha con unos 300 hombres, armados con fusiles automáticos.  La realidad es que solo pudimos armar 82 hombres y entre todas aquellas armas no había ningún fusil automático y solo había unas 10 armas semiautomáticas. 
Pero nuestros 82 hombres volvieron a quedar reducidos prácticamente a la nada, producto de la inexperiencia; porque a todo esto hay que añadir que ninguno de aquellos hombres se había formado en una academia militar y ninguno de aquellos hombres realmente conocía mucho de guerra. 
Y es lo cierto que se volvieron a reunir siete armas, de las 82 armas con que nosotros habíamos desembarcado, y entonces tuvimos que empezar aquella lucha con siete armas.  El revés había sido muy grande, grande; es posible que muy poca gente creyera en la posibilidad de recuperarse de aquel revés, es posible que muy poca gente pudiera creer que siete armas, siete hombres que se habían reunido armados otra vez, podían intentar organizar un ejército.  Y, sin embargo, aun en aquellas adversas condiciones se hizo el esfuerzo, hicimos el esfuerzo. 
Empezamos a recoger algunas armas más, y con 19 hombres armados, nosotros libramos nuestro primer pequeño combate victorioso (APLAUSOS).  Fue la primera vez que vimos rendirse una unidad militar de aquellas invencibles fuerzas; y es lo cierto que se rindieron cuando prácticamente todos estaban muertos o heridos, porque en los primeros tiempos aquel enemigo siempre ofrecía tenaz resistencia, y siempre, esperando refuerzos, o esperando que llegara el día, o esperando que llegara la aviación, resistía todo cuanto podía.  Fue la primera vez que le arrebatamos al enemigo un número de armas: 11 fusiles. 
Sin embargo, no significaba esto que a partir de entonces todo marcharía bien; tuvimos que aprender lecciones muy amargas todavía en los meses siguientes, tuvimos que sufrir los efectos de las tácticas enemigas de infiltración, tuvimos que sufrir la consecuencia de traiciones y más de una vez nuestros enemigos estuvieron a punto de exterminarnos. 
Aquel fue un aprendizaje amargo, pero un aprendizaje sumamente útil.  Si frente al primer revés, o al segundo, o al tercero, o al cuarto, nosotros hubiésemos renunciado a nuestra convicción, y si hubiésemos hecho caso a los argumentos de los derrotistas, entonces, nosotros, jamás nos habríamos decidido a reiniciar la lucha con siete armas.  Y esto tiene una importancia práctica importante.  No se trata de resaltar ni mucho menos el mérito de los hombres que hayan hecho eso; nosotros entendemos que los hombres tienen pocos méritos, y las que tienen méritos son las ideas, las convicciones (APLAUSOS). 
Nosotros poseíamos determinadas convicciones, y esas convicciones eran muy fuertes, esas convicciones tenían el mérito de ser justas, esas convicciones tenían la fuerza de ser verdaderas. 
Y, por eso, creemos que muchos otros hombres, poseídos de la misma convicción, habrían podido hacer exactamente igual, o más y mejor.  Pero esas convicciones pasaron las pruebas de la adversidad, y las adversidades sirven muchas veces para que los hombres sin convicción, para que las organizaciones sin convicción, para que los políticos sin convicción, defiendan los caminos erróneos, defiendan caminos que jamás conducen ni conducirán a la liberación de los pueblos.  Y esto es importante, porque en otros países de América Latina jóvenes revolucionarios se han lanzado también a la lucha.  En numerosas ocasiones y en distintos países de América Latina los hechos han sido adversos; en muchas ocasiones, no en todas. 
En algunos casos los revolucionarios han logrado adquirir experiencia suficiente para hacerse, por lo menos, invulnerables al enemigo.  Han logrado adquirir experiencia para mantenerse en los campos, para mantenerse como guerrillas alzadas contra el poder dominante. 
En algunos casos —como es el caso de Guatemala— han logrado éxitos de consideración; han ido adquiriendo un prestigio grande, como es el caso de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Guatemala, las FAR (APLAUSOS), que dirige el comandante Turcios (APLAUSOS). 
Es conocido también el hecho de que heroicos revolucionarios venezolanos (APLAUSOS), dirigidos por distintos comandantes, han logrado mantenerse durante más de tres años en las montañas venezolanas (APLAUSOS). 
En Colombia es vieja la tradición de lucha guerrillera (APLAUSOS).  Son conocidas determinadas regiones a las que en esos países se ha denominado con el nombre de repúblicas; también elementos nuevos, como la organización conocida por el nombre de Ejército de Liberación, a la cual perteneció un Camilo: Camilo Torres (APLAUSOS), un sacerdote que optó por el camino de la revolución, que adoptó un camino diferente al de las oligarquías eclesiásticas de ese país, y luchó y murió por la causa del pueblo (APLAUSOS). 
Pero el hecho de que algunos esfuerzos guerrilleros hayan fracasado y el hecho de que todavía no se haya producido el triunfo de ninguno de esos movimientos guerrilleros —es decir, la conquista del poder revolucionario—, sirven como material a los enemigos de la lucha revolucionaria para predicar el fracaso del camino revolucionario, ¡del único y verdadero camino revolucionario que la mayor parte de los pueblos de América Latina pueden tomar hoy!  (APLAUSOS)
Surgen siempre los elementos derrotistas, y cuando sufren un revés, dicen: “Ya ven, teníamos razón: ese camino estaba fracasado.”  Y los imperialistas dicen: “Ya ven, teníamos razón nosotros también: los revolucionarios están fracasados.” 
Y se produce esa extraña coincidencia entre lo que predican el imperialismo y las oligarquías, y lo que predican algunos señores y organizaciones que se autotitulan revolucionarias (APLAUSOS). 
Habrían podido decirnos a nosotros el 26 de julio: “Ya ven, teníamos razón.”  Habrían podido decirnos a nosotros después del desembarco del “Granma”: “Ya ven, teníamos razón.”  Y no le habrían faltado muchas oportunidades frente a cada uno de los reveses de los revolucionarios.  Habrían podido decir lo mismo después del Goicuría; habrían podido decir lo mismo después del desembarco del Corynthia; habrían podido decir lo mismo después del heroico ataque al Palacio Presidencial el 13 de marzo (APLAUSOS).  Infinidad de ocasiones les habrían sobrado para decir:  “Abandonen el camino de la Revolución.”
Y no faltaron algunos trasnochados que, cuando ya nosotros éramos invulnerables en la Sierra Maestra, nos exhortaban a abandonar la lucha.  Como aquel sujeto que en la revista Bohemia escribió una “Carta a mi hermano Fidel”, pretendiendo demostrar que era imposible derrotar al régimen de Batista; que ya se había hecho un gran esfuerzo, un esfuerzo heroico, muy heroico, muy heroico, muy digno de todos los aplausos y de todo lo que se quiera.  Y de ahí, ¡a politiquear con eso! 
Es que ocasiones sobraron y, sin embargo, nosotros podemos decir hoy: ¡Ya ven, ya ven, teníamos la razón!  (APLAUSOS PROLONGADOS.) ¡Ya ven, ya ven que se podía hacer una revolución contra el ejército!  Y algo más importante todavía: ¡Ya ven cómo se podía hacer una revolución aun contra la hostilidad más abierta del imperialismo yanki!  (APLAUSOS.)
Y nosotros estamos seguros de que, a pesar de los reveses pasajeros, algún día también los revolucionarios en los demás pueblos hermanos de América Latina podrán decir también:  “¡Ya ven que sí se podía luchar, ya ven que nuestro camino era correcto, ya ven que teníamos la razón!” (APLAUSOS.)
Frente a los reveses, los pseudorrevolucionarios proclaman el fracaso del verdadero camino revolucionario.  Hay algunos que pretenden presentarnos a nosotros como fanáticos de la guerra, como maniáticos de la lucha armada.  Hay gente que, en pose de sensatos como tantos que nosotros conocimos aquí, predican el camino del electorerismo y de la charlatanería (APLAUSOS). 
No es que nosotros pretendamos que en todos los países existan exactamente las mismas condiciones.  No es que nosotros pretendamos que en todos los países se den exactamente las mismas condiciones de Cuba; y efectivamente hay, incluso, en este continente algunas excepciones, pero muy, pero muy, muy, muy contadas excepciones, donde las condiciones son diferentes, donde las posibilidades son más difíciles. 
Pero de lo que nosotros estamos convencidos es de que en la inmensa mayoría de los países de América Latina existen condiciones superiores para hacer la Revolución de las que existían en Cuba, y de que si esas revoluciones no se hacen en esos países es porque falta la convicción en muchos que se llaman revolucionarios (APLAUSOS). 
Se suele hablar, y siempre se suele hablar de algo, y siempre se suelen utilizar algunas frases, algunos clichés, y los clichés a veces hacen más daño que el mismo imperialismo, porque el imperialismo excita y estimula la lucha de los pueblos con sus represalias y sus crímenes, y los dogmas, los clichés, matan el espíritu en los revolucionarios, los adormecen.  Y una de las frases muy conocidas y muy repetidas es aquella que se refiere a las condiciones objetivas y a las condiciones subjetivas; y desde luego, esta no es una clase de literatura, ni mucho menos un círculo de meditación filosófica, pero hablando el lenguaje —ese lenguaje que es el que hay que hablar, que es el lenguaje que entienden las masas—, (APLAUSOS) esta cuestión de lo objetivo y lo subjetivo se refiere, lo primero, a las condiciones sociales y materiales de las masas, es decir, sistema de explotación feudal de la tierra, de explotación inhumana de los trabajadores, miseria, hambre, subdesarrollo económico, en fin, todos esos factores que producen desesperación, que producen por sí mismos un estado de miseria y de descontento en las masas.  Esos son los llamados factores objetivos: masas explotadas de campesinos, de obreros, intelectuales descontentos, estudiantes, en fin...  Yo no diría intelectuales descontentos, pero sí intelectuales oprimidos. 
Y los factores subjetivos son los que se refieren al grado de conciencia que el pueblo tenga.  Son los que se refieren al grado de desarrollo de las organizaciones del pueblo y dicen: Hay muchos factores objetivos, pero todavía las condiciones subjetivas no están dadas.  Si ese esquema se hubiera aplicado a este país, jamás se habría hecho aquí Revolución, jamás.  Las condiciones objetivas eran malas, desde luego, pero son todavía mucho peores en la mayor parte de los pueblos de América Latina.  Y las condiciones subjetivas... bueno, posiblemente aquí no pasaban de 20, al principio no pasaban de 10, las personas que creyeran en la posibilidad de una Revolución. 
Es decir que no existían esas llamadas condiciones subjetivas de conciencia en el pueblo.  Bien arreglados habríamos estado si para hacer una Revolución socialista, nos hubiésemos tenido que dedicar a catequizar a todo el mundo con el socialismo y el marxismo para después hacer la revolución. 
No hay mejor maestro de las masas que la misma revolución, no hay mejor motor de las revoluciones que la lucha de clases, la lucha de las masas contra sus explotadores.  Y fue la propia Revolución, el propio proceso revolucionario quien fue creando la conciencia revolucionaria. 
Y eso de creer que la conciencia tiene que venir primero y la lucha después es un error.  ¡La lucha tiene que venir primero e inevitablemente detrás de la lucha vendrá con ímpetu creciente la conciencia revolucionaria!  (APLAUSOS.)
Si yo hiciera una pregunta aquí, si yo hiciera una pregunta aquí, podríamos nosotros, ante nuestros visitantes, demostrar esto con el testimonio de las masas.  Si yo les preguntara a ustedes, a esta inmensa multitud, les preguntara cuántos tenían conciencia revolucionaria y cuántos no tenían; y si, sobre todo, les pregunto a ustedes cuántos no tenían conciencia revolucionaria antes de la Revolución, y les dijera que levanten la mano los que no tenían conciencia revolucionaria, que lo digan...  ¡Esa es la masa!  (APLAUSOS.)
Es que conciencia revolucionaria, cabalmente, no la poseíamos ni los mismos hombres que hemos estado dirigiendo esta Revolución (APLAUSOS). Ideas revolucionarias, intenciones revolucionarias, buenos deseos revolucionarios, pero conciencia revolucionaria, una verdadera cultura revolucionaria, una verdadera conciencia revolucionaria, muy pocos. 
Y esa masa, esa masa, fue adquiriendo conciencia en el proceso revolucionario, esa masa fue adquiriendo la cultura revolucionaria y la conciencia revolucionaria a través del proceso. Porque las masas lo que sentían era la opresión, lo que sufrían eran las necesidades, y tenían, todo lo más, una conciencia vaga de que algo andaba mal, una conciencia vaga de que era explotada, de que era preterida, de que era humillada. 
El revolucionario tiene que actuar con ese sentimiento de las masas, con ese sentido que tiene de la explotación que sufre, de las necesidades que padece.  Y el verdadero revolucionario no espera que esos llamados factores subjetivos se den de una manera cabal.  Porque para esperar que todo el mundo tuviera hace 13 años la conciencia revolucionaria que tiene hoy, eso realmente no habría tenido gracia; bastaría con que la quinta parte de esta conciencia revolucionaria hubiera existido entonces, y el régimen de Batista y su sistema desaparecen en 24 horas. 
Lo interesante de un proceso revolucionario es que en la medida que lucha, que avanza, interpretando realmente las leyes de la sociedad humana, interpretando las necesidades y los anhelos de las masas, va creando la conciencia revolucionaria. 
Y esto, esta pregunta que yo les he hecho hoy, eso demuestra la justicia del planteamiento que estamos haciendo.  Porque con esa frase de las condiciones objetivas y de las condiciones subjetivas, algunos esperarán por las calendas griegas a que venga la Revolución (APLAUSOS). 
Fue por eso que en la Declaración de La Habana se planteó que “el deber de todo revolucionario es hacer la Revolución” (APLAUSOS).  Y eso que se llama convicción de esta verdad, de esta realidad, es algo esencial, es algo definitivo. 
Si a mí me preguntaran cuáles son los más importantes aliados del imperialismo en América Latina, yo no diría que son los ejércitos profesionales, yo no diría que es la Infantería de Marina yanki, yo no diría que son las oligarquías ni las clases reaccionarias, yo diría que son los pseudorrevolucionarios (APLAUSOS). 
Y es que hay que acabar de saber qué es un revolucionario.  Si acaso un revolucionario es simplemente aquel que se arma de una teoría revolucionaria, pero no la siente, tiene una relación mental con la teoría revolucionaria, pero no tiene una relación afectiva, no tiene una relación emocional, no tiene una actitud realmente revolucionaria, y acostumbra a ver los problemas de la teoría revolucionaria como una cosa fría, que no tiene nada que ver con las realidades. 
Y pseudorrevolucionarios hay muchos, charlatanes hay muchos, farsantes, embaucadores, de todos los tipos —no voy a hacer definiciones porque sería larga la enumeración.  Pero revolucionarios, revolucionarios de convicción, que sienten profundamente una causa, una idea, que conocen una teoría y son capaces de interpretar esa teoría acorde con las realidades, esos desgraciadamente son muy pocos.  Pero siempre y cuando haya hombres con esas convicciones —aunque sea un puñado de hombres— allí donde se dan las condiciones objetivas para la Revolución, habrá revoluciones.  Porque las condiciones objetivas las hace la historia; pero las condiciones subjetivas las crea el hombre (APLAUSOS PROLONGADOS). 
Y en todos esos países, en todos esos países donde esas condiciones objetivas existen, nosotros sabemos que no faltarán los hombres que sean capaces de crear las otras condiciones, de la única forma:  que es luchando.  Y los mejores aliados del imperialismo y de la explotación son en esos países los que tratan de frenar las revoluciones, los derrotistas, los que no quieren luchar. 
Porque hace falta comprender —y comprender de una vez— que para ser revolucionario no se necesita solo una teoría:  se necesitan convicciones profundas, una gran confianza en las masas, una gran decisión de lucha y de sacrificio. 
Y es doloroso ver incluso cómo los militantes revolucionarios caen asesinados por los esbirros porque tienen una teoría política; la represión en la América Latina es tan brutal y tan estúpida que en ocasiones ha reprimido a elementos que solo tienen una posición teórica, teóricamente revolucionaria, pero que no tienen realmente una convicción revolucionaria.  Y han llevado la represión a esos extremos.  Y así muchos hombres han ido a parar a las cárceles, otros han muerto, simplemente por las ideas.  Porque vuelvo a repetir que hay una distancia grande entre la teoría y los hechos, entre las ideas y la puesta en práctica de las ideas. 
Con relación a estos pronunciamientos de carácter doctrinario, si se quiere, que a veces nosotros hacemos en esta Plaza Cívica, ocurren cosas curiosas:  amigos de la Revolución que publican algunos discursos y otros no los publican, o que a veces los publican entero y otras veces publican una parte, nos censuran.  Porque es natural que algunas diferencias existen entre nosotros, revolucionarios de hecho y de derecho, de convicción y de teoría, intelectuales y de sentimiento (APLAUSOS), y los que no ven las cosas de la misma forma.  Así a veces tenemos la suerte de que algunos de los pronunciamientos se publican y otros de los pronunciamientos se censuran.  ¡Amigos!, ¡qué clase de amigos! 
Pero bien: nosotros no pronunciamos estas cosas por queja ni resentimiento contra nadie, ni disgusto contra nadie.  A nosotros nos interesa solo aclarar estas ideas.  ¿Para quiénes?  Para aquellos a quienes pueda ser útil, para aquellos que teniendo convicción, actitud de revolucionarios, puedan ver en el ejemplo y en la historia de nuestra Revolución un estímulo, un argumento, una razón que los estimule en su lucha, frente a los derrotistas, frente a los capitulacionistas —que los hay en todas partes—, para que los elementos revolucionarios no se desalienten. 
Los imperialistas sueñan, sueñan con crear el mito de que no son posibles nuevas revoluciones como la de Cuba.  Y los únicos que saldrán ganando son los imperialistas, en la misma medida en que este mito se lo hagan creer a la gente, en la misma medida en que este mito sirva de antídoto al fervor, a la convicción revolucionaria. 
Muchas veces los dirigentes políticos o los dirigentes llamados revolucionarios —que están poseídos de muy buenas intenciones, pero son extraordinariamente incapaces—, a veces ocurre dentro de determinadas organizaciones, que surge un grupo y dice:  Estos son incapaces.  Pero resulta que estos que dicen que los otros son incapaces y que son pseudorrevolucionarios, se ponen a hacer las mismas cosas, a incurrir en los mismos errores, y en ocasiones en la misma politiquería que le critican a los otros (APLAUSOS). 
¿Quiénes serán los hombres que dirijan la revolución en este continente?  Tal vez en muchos casos sea como aquí, hombres cuyos nombres no han aparecido nunca en la letra de molde, hombres que ni siquiera son conocidos.  Pero nosotros sabemos que en las filas del pueblo, en las entrañas del pueblo, existen esos tipos de hombres que más tarde o más temprano, interpretando correctamente las realidades y los hechos, poseyendo convicción revolucionaria y confianza en el pueblo, lleven adelante a sus pueblos hacia la liberación. 
Y a nosotros nos parece que esta fecha del 26 de julio entraña muchas enseñanzas útiles, más que para nosotros —porque al fin y al cabo todos nosotros somos convencidos, todos nosotros estamos convencidos— entraña lecciones muy útiles para los pueblos de América Latina (APLAUSOS). 
Los imperialistas sueñan con mantener su sistema de dominación, los imperialistas intervienen en Santo Domingo, los imperialistas crean esas fuerzas continentales de represión, los imperialistas hacen todo lo posible...  Incluso recientemente, un alto personero del gobierno imperialista de Estados Unidos hablaba de crear en la América Latina una organización similar a la OTAN, una organización de tipo militar, que involucre a las naciones de América Latina. 
Los imperialistas han seguido un camino de crear gobiernos de gorilas, como en el caso de Brasil, como en el caso de Argentina.  Dos de los países de mayor población y de mayor territorio de América Latina, donde el poder lo han asumido abiertamente, abiertamente, los gorilas, alentados por el imperialismo yanki. 
Recientemente, en una entrevista que me hacía un periodista —si mal no recuerdo de la Reuter, una agencia inglesa de noticias—, me preguntaba qué yo creía de las posibilidades revolucionarias en la América Latina.  Y le dije algunas cosas parecidas a estas, y le dije cómo en muchos de esos países existían las condiciones, y le dije cómo, por ejemplo, en Brasil ya la oligarquía y el imperialismo habían llegado al último, a los que llegan los sistemas sociales para tratar de perdurarse, y que detrás de ese extremo sistema iría la revolución. 
Por cierto, que por aquellos días leí después otro cable en que el gorila de Castelo Branco —ese sujeto es el presidente de allí, de Brasil—, no sé en qué acto, en cualquiera de esos actos que de vez en cuando tienen allí, dijo, lanzó una fanfarronada, y decía que me retaba a mi a que hiciera una revolución allí en Brasil, o cosa por el estilo, o que probara. 
Realmente, a mí no tiene que retarme, porque yo no soy brasileño.  No soy yo el que tiene que hacer la revolución allí (APLAUSOS).  En todo caso, yo lo más que puedo decir es que lamento mucho, en una situación como esta, no ser brasileño (APLAUSOS).  Y además, que cambiaría gustoso todos los cargos: mi cargo de Primer Ministro, “mi carga” de Primer Ministro, si quieren, por el de humilde ciudadano brasileño.  Y estoy seguro, pero completamente seguro de que Castelo Branco y todos los gorilas no tardarían mucho tiempo en hacer lo que hizo Batista aquí en Cuba (APLAUSOS PROLONGADOS). 
Pero en realidad no hace ninguna falta, es un error creer que tiene que ser un hombre, unos hombres, los mismos los que hagan las cosas.  Yo estoy absolutamente convencido que tienen que haber decenas de miles de hombres en Brasil capaces de hacerlo; y tal vez lo que esos hombres necesiten es la convicción que nosotros tuvimos, la seguridad que nosotros tuvimos.  Por eso yo decía que lo que importaba no eran los individuos, sino la convicción; que el mérito no está en los individuos sino en la convicción.  Si el individuo no comprende eso, si no tiene esa convicción, no lo podrá hacer. 
Naturalmente que hay muchos cubanos que tienen no solo la convicción que tenían cuando empezaron, sino que además tienen la experiencia.  Y lo que ocurre con esos ejércitos de gorilas es que al principio le llevan ventaja a los guerrilleros en experiencia represiva, y siempre comienzan con ventajas; los primeros momentos de todo movimiento guerrillero son los más difíciles porque se enfrentan con organismos militares que tienen alguna experiencia de infiltrar espías, tienen algunas experiencias para perseguir, cercar y aniquilar a los revolucionarios, mientras que los revolucionarios comienzan siempre sin ninguna experiencia, y hay un período muy difícil, en que el enemigo tiene ventaja.  Pero tan pronto el revolucionario adquiere un poco de experiencia, no tarda en rebasar el nivel de experiencia antirrevolucionaria que tienen las fuerzas represivas. 
Y, lógicamente, las primeras etapas de las luchas guerrilleras son por eso más difíciles. 
Nosotros mismos estuvimos en más de una ocasión a punto de ser exterminados, porque sencillamente nos enfrentábamos sin ninguna experiencia a fuerzas que tenían más experiencia que nosotros, hasta que llegó el momento en que nosotros rebasamos esos niveles, y a partir de ese momento jamás, jamás, habrían podido derrotarnos.  Así que ese es el problema.  Claro está que cuando ya nosotros habíamos adquirido bastante experiencia guerrillera, pues se acabó la guerra.  Y claro, pues tuvimos que empezar a aprender otras cosas, que son las que todavía estamos aprendiendo. 
Pero nosotros tenemos la seguridad de que de las filas de los pueblos de América Latina saldrán los dirigentes, saldrán los cuadros, saldrán los tácticos y los estrategas de las revoluciones, y es ridícula esa fanfarronada y esos retos de Castelo Branco, porque ellos saben que no es tarea esa nuestra, que esa es tarea de los brasileños.  Pero yo estoy seguro de que los brasileños ajustarán cuentas con los Castelo Branco y compañía.  Yo estoy seguro de que el pueblo de Brasil ajustará cuentas con los gorilas (APLAUSOS), igual que estamos seguros de que el pueblo de Argentina ajustará cuentas con los gorilas argentinos, que como ustedes saben, acaban de dar también un cuartelazo allí, y han establecido un gobierno, y dicen que van a estar no sé cuanto tiempo. 
Yo me acuerdo que cuando Batista dio el golpe de Estado el 10 de marzo, decía que iban a estar, creo que 50 años, y que después de Fulgencio venía “Papo” (RISAS).  ¡Ustedes se recordarán mucho de eso!  Los esbirros decían: “Después de Fulgencio, Papo” (EXCLAMACIONES). Y Tabernilla decía que le iba a dar “candela al jarro hasta que soltara el fondo”.  Y ni estuvieron 30 años, ni “Papo” vino después de Fulgencio; y, en todo caso, si al jarro se le cayó el fondo no fue por la candela que le dio Tabernilla, sino por la candela que le dio la Revolución (APLAUSOS).  Tabernilla soltó el jarro, soltó los grados de general, soltó el uniforme, soltó todo, y aquel 31 de diciembre, precipitadamente, junto con Batista y los principales criminales, agarraron un avión y se fueron. 
Así agarrarán también su avioncito, en su oportunidad, los Castelo Branco, los Onganía, y todos los oligarcas y los esbirros que oprimen y esclavizan a los pueblos de América Latina.  Nosotros tenemos una convicción absoluta, la misma que teníamos hace 13 años:  nosotros nos atreveríamos a afirmar que a la vuelta de otros 13 años, a la vuelta de otros 13 años, es posible que queden muy pocos regímenes oligarcas y feudalistas en la América Latina (APLAUSOS). 
Desde luego, que esa no es tarea nuestra, es tarea de los pueblos latinoamericanos.  Pero estoy seguro de que la dominación imperialista en América Latina no dura 13 años, y los propios imperialistas se dan cuenta, porque recientemente, no sé si fue el Secretario de Agricultura de Estados Unidos quien declaró que la década del 80, es decir, del 70 al 80, era la década de hambre para los países subdesarrollados del mundo, y la década del hambre para los países de América Latina, para los países de Africa, para los países de Asia.  Y se dan cuenta, porque en esos países crece más la población que la producción de alimentos. 
Nosotros tenemos la más completa seguridad de que la década del 80 no será década de hambre para nuestro pueblo, nosotros sabemos que la Revolución impidió eso.  Porque ya no es la situación de un millón de analfabetos, de 500 000 obreros sin trabajo, ¡no! Que ya nuestro problema hoy no es de falta de trabajo en nuestros campos, sino de falta de brazos para poner a producir nuestras tierras. 
Nosotros sabemos que hemos tenido lógicamente en estos años limitaciones, hemos tenido escaseces relativas.  ¿Por qué?  Porque lo poco que había en este país hubo que repartirlo entre todos.  Hubo que repartir entre todos lo poco que había en este país (APLAUSOS). Y de la noche a la mañana, desde luego, de la noche a la mañana no se resuelven los problemas de un país subdesarrollado ni se conquista el terreno perdido durante 50 ó 60 años.  Pero nosotros sabemos cómo marchan nuestros asuntos, nosotros sabemos cómo marcha nuestra situación.  Nosotros sabemos que al principio de esa década, es decir, precisamente en 1970, todos, prácticamente todos, o casi todos los renglones de nuestra producción agrícola, se habrán duplicado.  Es decir, que para 1970, cuando se sume el valor total, o el volumen total de nuestra producción agrícola, será el doble, el doble, de la producción que tenía el país en el año 1959 (APLAUSOS). 
Nosotros sabemos cómo andan nuestros asuntos.  Nosotros sabemos cómo marcha el desarrollo de nuestra economía, nosotros sabemos cómo marcha nuestra agricultura, nosotros sabemos los recursos con que contamos en este momento, y los recursos con que contaremos en los próximos años; cuánta agua, cuánto fertilizante, cuánta maquinaria.  Y de manera tenaz y perseverante se trabaja a lo largo y ancho del país.  Numerosas obras hidráulicas se construyen, y el número de esas obras en los próximos dos años aumentará considerablemente.  Nosotros sabemos los miles y miles de caballerías de nuevas tierras que se ponen anualmente en producción; nosotros sabemos que con el agua de nuestros recursos hidráulicos nos liberaremos en grado considerable de los fenómenos de la sequía; nosotros sabemos que al ritmo que lleva el desarrollo de nuestra agricultura, dentro de algunos años no quedará una pulgada cuadrada de nuestro territorio sin estar en explotación (APLAUSOS). 
Nosotros sabemos, además, el número de técnicos con que contamos. Porque en nuestros institutos tecnológicos, agrícolas, hay en este momento formándose 20 000 cuadros, ¡veinte mil!  Y todos esos cuadros estarán graduados para 1970.  En 1970 tendremos 20 000 técnicos incorporados a nuestra agricultura.  Y en el año 1975, tendremos 50 000 técnicos.  Pero sabemos, además, cómo estamos creando una base industrial para ello, una base industrial para una agricultura verdaderamente moderna, capaz de satisfacer con creces las necesidades de nuestra población.  Nuestra población no pasará hambre en la década de 1980. 
Ahora, entendemos que tiene razón el Secretario de Agricultura —o quien lo dijo en Estados Unidos—, que la década de 1980 será la década del hambre.  Ahora, ¿cómo será esa hambre cuando tal parece que la de ahora no es hambre para el señor Secretario de Agricultura de Estados Unidos?  Y si lo de ahora no es hambre, ¿qué clase de hambre habrá concebido ese individuo?  Porque nosotros sabemos muy bien que sin la Revolución, sin la reforma agraria, mejor dicho, sin la revolución agraria que hemos hecho, la década de 1980 habría sido la década, no voy a decir de hambre, de canibalismo; porque si este país hubiese seguido como iba, con su economía paralizada desde hacia 30 años, con las divisas que se llevaban de aquí los monopolios americanos, con las inversiones que hacían en lujos los ricos en este país; si este país hubiese continuado trayendo decenas de miles de automóviles todos los años, en vez de traer decenas de miles de tractores y de equipos de construcción para hacer represas, para hacer caminos, para desbrozar la tierra, para desarrollar la agricultura, en este país habríamos terminado devorándonos los unos a los otros. 
No hay que ser un economista para comprender aquel fenómeno en que los imperialistas vendían los automóviles de uso aquí a un precio baratísimo, pero que cada automóvil que llegaba obligaba al país a gastar todos los años en gomas, en piezas de repuesto, en pintura, en gasolina, en montones de cosas, y prácticamente los recursos de este país se estaban invirtiendo en lujos de una minoría.  Aunque es cierto que el automóvil se llegó a vender tan barato —como eran los automóviles de uso americanos, muchos de los cuales los traían de contrabando— que incluso muchos obreros se compraban un automóvil. 
Si no llega a producirse un cambio revolucionario en nuestro país, la situación nuestra, a estas horas y en los años venideros, sería terrible. Y nosotros podemos comprender perfectamente que tiene que ser terrible la situación en los años venideros en los países que están todavía en una situación como la que estaba Cuba y aun peor; millones de analfabetos, falta de técnicos, falta de escuelas, falta de medios de educación, medios de salud, en fin, condiciones espantosas, que los cubanos que conocieron aquí el pasado en todos esos aspectos las conocen perfectamente bien. 
Y la década de 1980, dice optimistamente el funcionario americano, será la década del hambre.  Mejor sería decir que, en todo caso, será la década de las revoluciones, ¡la década de las revoluciones!  (APLAUSOS), porque es irrisorio creer que los pueblos se van a dejar morir de hambre.  Y los pueblos preferirán, antes que esa muerte horrible de hambre, mil veces preferirán morirse de un balazo que morirse de hambre, porque la muerte de hambre es una de las peores muertes que puedan imaginarse. 
Nosotros sabemos lo que son las necesidades, lo sabemos por la experiencia de nuestro país, nos lo encontramos todavía constantemente. Cuántas personas nos encontramos nosotros que tienen problemas de la vivienda.  Muchas veces se nos acercan familias: que si están viviendo tantos en un cuarto, que si están viviendo en otro.  Incluso, nosotros les razonamos a algunas personas, cuál es la situación de la vivienda, cómo no alcanzan las que hay, cómo no alcanza el cemento que hay en este país todavía para hacer un plan que vaya a resolver ese problema.
Porque, ¿con qué nos encontramos?  Nos encontramos con que en el país había tres fábricas de cemento, que producían unas 900 000 toneladas de cemento.  Y, claro, un ciudadano dice: Quisiera tener un cuarto, una vivienda; porque siente la necesidad muy apremiante —es verdad—, porque se fue acumulando el déficit y fue siendo cada vez mayor el déficit de viviendas.  Pero también, desde luego, quiere tener leche para el muchacho, quiere tener también la escuela, quiere tener el hospital, quiere tener los alimentos, quiere tenerlo todo. 
El cemento de este país se tiene que distribuir entre construcción de viviendas, construcción de escuelas, construcción de hospitales, construcción de fábricas, construcción de almacenes, construcción de puentes, de carreteras, de vías de comunicación, de todo; construcción de tipo económico y social, y el cemento no alcanza. 
De todas las provincias, de todas partes, todo el mundo siempre está pidiendo cemento para reparar viviendas, o para construir un círculo infantil, o para hacer tal cosa.  En fin, las 900 000 toneladas de cemento no se pueden multiplicar como el famoso milagro de los peces y los panes de que habla la Biblia.  Son 900 000 y no hay manera de multiplicarlas. 
Pero, ¿qué se hizo desde el principio?  Se adquirieron dos fábricas modernas de cemento, se están construyendo dos nuevas fábricas de cemento, una de 400 000 toneladas, otra de 300 000 toneladas, es decir, 700 000 toneladas más que estarán en producción para 1968. 
Ahora bien:  nos parece que no alcanza, y ya se está discutiendo la ampliación de esas dos fábricas nuevas, para que produzca unas 600 000 toneladas; otra, 400 000 toneladas y, además, la adquisición de una nueva fábrica de cemento adicional para 1970, de manera que en 1970 podamos producir 2 millones y medio de toneladas de cemento (APLAUSOS).
Naturalmente que desde 1968 ya se podrá ampliar considerablemente el número de viviendas, y para 1970 se podrán destinar no menos de un millón de toneladas de cemento para construir viviendas. 
Y en el Ministerio de la Construcción —ellos se quejan de que yo siempre les digo Ministerio de Obras Públicas, porque no me he acostumbrado al cambio de nombre— están estudiando cómo resolver el problema, cómo construir las viviendas en masa, qué método emplear de prefabricado. 
Nosotros les hemos planteado que hagan los cálculos sobre dos bases: o basados en una cantidad de cemento —aproximadamente un millón de toneladas—, o en números, unas 100 000 viviendas por año.  De las técnicas que ellos desarrollen dependerá que empleen más cemento, que empleen menos, tal vez haya que emplear un poco más de un millón de toneladas para la construcción de viviendas. 
Es decir que la vivienda es un problema que lleva muchos años.  Y nosotros, haciendo 100 000 viviendas por año de 1970 a 1980, suponiendo que desde fines de 1968 ya estemos construyendo unas 50 000 por año, necesitaremos, de ahora a 1980, construyendo 100 000 viviendas por año desde 1970 en adelante, para resolver todas las necesidades de vivienda. 
Nosotros vemos alguna gente, incluso angustiada, cómo piden una vivienda.  Hay veces que le diera a uno la sensación de que uno tuviera la vivienda en el bolsillo y la pudiera sacar.  ¡Qué más quisiera uno!  Esa necesidad nos la encontramos en todas partes; en la ciudad, en la capital nos la encontramos.  Pero nos la encontramos peor en el interior. 
Los centrales azucareros, los bateyes famosos de los antiguos latifundios cañeros, la gente vive todavía allí en condiciones horribles.  Y las casas que estamos construyendo ahora no la podemos construir todas en las ciudades, tenemos que construir edificios multifamiliares en todos los centrales azucareros.  Y ya este año se empiezan a construir, en los centrales azucareros, edificios multifamiliares, y en las granjas cañeras, en los campos (APLAUSOS). 
No sería lógico que mientras la industria azucarera se desarrolla, sigan los centrales azucareros como estaban en el pasado, sin un cine, sin calles, sin una cafetería, sin un centro de recreación, sin viviendas; y en cada uno de los centrales azucareros tenemos que construir, por lo menos, un cine, tenemos que construir las viviendas que necesitan los obreros de los centrales y los técnicos, cafeterías. Algún día habrá que vender también los helados “Coppelia” en los centrales azucareros (APLAUSOS).  No sería justo que allí, donde producen el azúcar, no se pueden tomar nunca un helado, no es justo que no tengan una cafetería, no es justo que no tengan una pizzería. 
En la capital hay todavía muchas necesidades, pero también tenemos muchas cosas de las cuales carecen los trabajadores en el interior del país.  Muchos de ustedes, que han estado participando en la zafra, viviendo meses enteros en las zonas cañeras, saben que comparado con lo que tienen ellos, la capital de la república tiene infinitamente más que ellos. 
Si nosotros no nos ocupamos de desarrollar el interior del país, si nosotros no llevamos a cabo una política de crear condiciones que hagan agradable la vida en el interior del país, el fenómeno de querer mudarse para La Habana seguirá manteniéndose, y el problema en la capital será cada vez peor.  Hemos dicho en otras ocasiones que incluso la ciudad de La Habana ha llegado a un tamaño tal, que crea un problema con relación al abastecimiento del agua muy serio, muy serio, y que tenemos que desarrollar el interior del país. 
No quiere decirse que no vayamos a construir viviendas también en La Habana, porque la población de La Habana crece, y también hay muchas necesidades de viviendas, sino, sobre todo, es necesario comprender —y aprovecho esta ocasión para hablar de ello— la necesidad y el deber que tiene la Revolución de incrementar las construcciones de viviendas en el interior del país, y lo difícil que resulta este problema. 
En los últimos meses, de 200 edificios de los más viejos, donde existía peligro de derrumbe, se han mudado de allí todas las familias para derrumbar ese edificio o para apuntalarlo, para reconstruirlo.  En fin, que con el fondo de viviendas que se dispone se hace lo que se puede, pero es poco lo que se puede hacer. 
Y yo hablaba de este problema, porque es un problema.  Sin embargo, ¿cuánto ha hecho la Revolución por la vivienda? Primero: la rebaja de los alquileres, que fue considerable en muchos casos; segundo:  la Ley de Reforma Urbana; repartos de becas, por ejemplo.  Hay unos 150 000 becarios, para principios del año que viene habrán 200 000 y eso en cierto sentido ayuda al problema de la aglomeración de niños en las casas, porque son, como quiera que sea, 200 000 niños que tienen la alimentación, la ropa y todo, sus escuelas. 
Además, ya la población, la mayor parte de la población, no paga alquiler ya, desde que se cumplieron los cinco años de la Reforma Urbana; se han construido decenas y decenas de miles de nuevas viviendas.  Es decir, que la Revolución ha hecho con la vivienda todo lo que ha podido, todo lo que ha podido.
Yo creo que en ningún otro país se ha hecho una legislación tan revolucionaria y tan beneficiosa para el pueblo, como la que se ha hecho en Cuba con respecto al problema de la vivienda (APLAUSOS); y, sin embargo, no creemos por eso que el problema esté resuelto ni mucho menos, porque las cosas no se resolvían con lo que había, no se resolvían con los materiales que teníamos para construir.  Porque, ¿qué vamos a hacer?  Si tenemos solamente 900 000 toneladas de cemento, si el cemento se produce en fábricas, si las fábricas tardan años en construirse, ¿qué podemos hacer?  Es decir que se ha hecho el máximo. 
Y ese es un problema, un problema, y nuestro pueblo tiene resuelto infinidad de problemas.  El problema de la educación lo tiene resuelto, el problema de la asistencia médica lo tiene resuelto ampliamente.  Es decir que hay toda una serie de problemas sociales que se han ido resolviendo el problema del empleo, el problema del empleo para la mujer, el problema del empleo en el campo, el problema de la seguridad social.  Innumerables problemas han sido resueltos en el país, y todavía, ¿cuántas cosas no nos faltan?  ¿Cuántas necesidades no tenemos?, ¿cuánto no debemos todavía trabajar, y durante cuántos años, para salir de aquella situación de penuria en que vivíamos? 
Entonces, ¿cuál será la situación de los otros pueblos donde no hay una revolución, donde no está resuelto ninguno de esos problemas?  ¿Cuál será la situación de esos países?  Es lógico, será una situación terrible.  Pero no será la década del hambre —lo repetimos—, será la década de las revoluciones.  Lo que sí puede asegurarse que de 1970 a 1980 no le queda una pulgada cuadrada de dominio imperialista en América Latina al imperialismo yanki (APLAUSOS). De eso nosotros estamos completamente seguros. 
No me voy a extender mucho en otras consideraciones.  Saben ustedes que este año tuvimos una zafra baja, lo conoce todo el pueblo; todo el pueblo ha participado en estos problemas de la agricultura, conoce la extraordinaria sequía que hubo el pasado año.  Pues bien:  esa zafra baja ha servido para que los imperialistas hagan la gran campaña.  El señor Johnson, ese vaquero ignorantón de Texas, decía recientemente  —cantando victoria—, en una universidad —no sé, de Indianápolis—, cantaba victoria, hablaba de cómo la Revolución retrocedía; citaba casos como el de Indonesia, el de Ghana, y hablaba de distintos países.  Y decía una frasecita:  “Cuba decae notablemente.”  Claro que él no fundamentó esto en ninguna prueba, en ningún argumento.  La verdad es que los que han venido aquí —y siempre los que vienen aquí les pasa lo mismo, porque todos los días oyen, leen un diluvio de cosas sobre Cuba, porque en ocho años no hay una sola vez que los cables de las agencias imperialistas no escriban con la peor insidia sobre este país su mentira y su veneno diario—, los que vienen siempre se llevan la sorpresa al imaginar este país en una situación terrible. Meses atrás decían que había un enorme descontento popular, que había no se sabe qué divisiones y qué conspiraciones, y no sé cuántas cosas por el estilo.  Cualquiera puede darse cuenta cómo, en la realidad de los hechos, la fuerza de la Revolución crece; cualquiera puede darse cuenta que la adhesión del pueblo a la Revolución es cada vez mayor, que la reacción y la contrarrevolución son cada vez más débiles en este país; cualquiera puede darse cuenta de la fuerza de la Revolución.  Luego, ¿cuáles serán las ilusiones que se puedan hacer con relación a nosotros?  Ningunas. 
Han hablado de Indonesia —lo de Indonesia es muy lamentable—, pero en Indonesia pasó lo que pasa cuando las revoluciones se hacen a medias, a medias. 
Entonces, lo que les pasa a las revoluciones que se hacen a medias no les ocurre a las revoluciones que se hacen enteras.  O en todo caso, mucho menos cuando se hace revolución y media (APLAUSOS).
Nosotros lamentamos mucho la situación de Indonesia.  Han asesinado cientos de miles de comunistas en Indonesia y la reacción se ha apoderado de ese país.  Pues allá se las tendrá que arreglar el imperialismo para mandarles comida.  Porque por ese camino, sin una revolución, con medias revoluciones o con una contrarrevolución, los problemas no los van a resolver; y tendrá que cargar sobre sus hombros con la responsabilidad —que sin duda llegará un momento en que no podrá cargar con ella— de estar mandando alimentos para esos países. 
Pero bien: decía este señor ignorante de Texas que iba abajo, iba decayendo la Revolución.  Y esta es la decadencia de la Revolución. 
Los que estuvieron ayer en el estadio Latinoamericano, pudieron ver lo que es la decadencia de esta Revolución en esa juventud vigorosa, sana, disciplinada, trabajadora (APLAUSOS); la decadencia de esta Revolución donde este año se gradúan de 6to grado cerca de 70 000 alumnos; la decadencia de esta Revolución donde cientos de miles de adultos estudian ya para el 6to grado, cuyas universidades tienen 30 000 alumnos, cuyas escuelas de formación de maestros tienen 20 000 alumnos, cuyos institutos tecnológicos tienen una cifra igual, cuyo número de becados aumentará a la cifra de 200 000 a principios del próximo año (APLAUSOS); la decadencia de un país que ya está poniendo en producción cada año aproximadamente 300 000 nuevas hectáreas de tierras en cañas, pastos, frutales y cultivos diversos; un país que desarrolla todo su potencial hidráulico con la meta de no permitir que se vaya al mar una sola gota de agua:  un país donde se comenzará pronto un programa para la construcción de 70 000 kilómetros de caminos; un país cuyo potencial eléctrico se está duplicando y cuyas industrias básicas se van construyendo; un país cuya flota mercante, por ejemplo, ha crecido un 500% desde que triunfó la Revolución (APLAUSOS). 
Hay una serie de hechos de índices.  En días recientes los compañeros que trabajan en el sector de la ganadería nos informaban que habían elevado ya a un millón el número de vacas en los programas de inseminación artificial, que es catorce veces más de las que había hace unos 18 meses. Una serie de índices se pueden vislumbrar como hechos de un evidente desarrollo económico, independientemente del desarrollo social. 
Porque hay algunos elementos, incluso izquierdistas, que en América Latina dicen:  “oímos que Cuba ha triunfado mucho en educación, en salud pública; pero todavía no conocemos sus triunfos en el campo de la economía”.  Es que esos señores, en primer lugar, leen los cables imperialistas y, en segundo lugar —y bien se ve que nunca se han pasado un día con la responsabilidad de un gobierno—, creen que del sombrero, como “Mandrake el Mago”, se extraen las soluciones de los problemas económicos de los pueblos. Descuentan, además, el bloqueo imperialista; desconocen o pretenden desconocer las necesidades acumuladas durante tanto tiempo. 
Pero también, también en el campo de la economía, no tardaremos mucho, con cifras que hablarán de cantidades y que no serán solo cifras de analfabetos alfabetizados; niños que no tenían escuelas y tienen escuelas; reducción de índices de enfermedades de todo tipo; incremento de la asistencia médica, del deporte, de las actividades de todo tipo...  Basta un mes de verano recorrer el litoral de la capital de la república, donde antes iban a tomar fresco y a bañarse en el mar unos cuantos miles de burgueses, cómo la población entera de la capital se vuelca a bañarse allá en el mar, en lo que eran aristocráticos clubes de los ricos, playas privadas de los ricos.  Porque el colmo es que esas playas de Boca Ciega y de Santa María del Mar, que tienen kilómetros de playa, solo las podían disfrutar unas cuantas familias.  Esos también son índices. 
La seguridad que cada ciudadano de este país ha adquirido: seguridad frente a la enfermedad, seguridad frente al empleo, seguridad frente a la vejez, seguridad del campesino con relación a la posesión y la propiedad de sus tierras, seguridad del joven acerca de su porvenir, seguridad de la mujer. 
Hay algunos que no sé dónde demonios han estudiado economía, porque creen que la economía se cuenta solo en toneladas más o en toneladas menos de tal cosa.  Y al parecer no consideran que entran en el campo de la economía todas esas medidas y todos esos hechos de la Revolución, que han contribuido a crear en el pueblo ese extraordinario grado de seguridad que tiene hoy. 
¿Quién hoy no se siente seguro en su casa?  ¿Y quién se sentía seguro antes?  Porque el obrero o el padre de familia que pagaba el alquiler sabía que, si se enfermaba, no tardaban dos o tres meses en botarlo.  ¿Qué familia es hoy desalojada de una vivienda?  ¿Qué obrero no tiene derecho hoy a la jubilación?  ¿Qué hombre de campo no tiene su trabajo asegurado?  ¿Qué enfermo no tiene en un hospital todo lo que necesite sin tener que pagar un centavo?  (APLAUSOS). ¿Qué niño no tiene escuela?  ¿Qué joven no posee un instituto tecnológico o la oportunidad de ir a una universidad? 
Es como si en el campo de la economía esos trasnochados “izquierdistas” —por no llamarlos otra cosa—, no contaran estos hechos.  Y piensan con mentalidad de teóricos burgueses, preguntando toneladas de esto y toneladas de lo otro. 
Pero es que, además de toneladas de esto y toneladas de lo otro, les hablaremos también y les daremos impresionantes cifras.  ¡Porque para eso hemos estado preparando las condiciones en estos años!  (APLAUSOS) y no solo vamos a hablar de cantidades, sino de calidades. 
Y a los que pretenden poner de ejemplos a otros gobiernos —como ocurre con el imperialismo y su “niña mimada”, el señor Frei, de Chile, al que pretenden poner como ejemplo del camino para resolver los problemas— y pretenden hacer comparaciones, pretenden hacer imposibles comparaciones, porque no se puede hacer comparación con un país como el nuestro, que lleva años sometido a una hostilidad constante por parte de los imperialistas, años sometido a un implacable bloqueo económico, años donde cada vez que nuestro país va a vender sus productos o adquirir algo en cualquier parte del mundo van ellos detrás, van ellos detrás precisamente para sabotear nuestras actividades. 
Sin embargo, a pesar de eso, nosotros hemos avanzado extraordinariamente.  Pero avanzaremos a un ritmo mayor, y ningún gobierno de esto, “vitrina imperialista”, burgueses reformistas, podrán jamás, jamás, aproximarse siquiera a los logros de nuestro pueblo, aun en estos años difíciles. 
Hay que contar cuánto tenemos que gastar en nuestras fuerzas armadas, hay que contar cuántos hombres jóvenes y saludables, bien preparados, tenemos que tener sobre las armas frente a la permanente amenaza imperialista. 
Los imperialistas toman alguno de estos gobiernos de vitrina, algunos de estos gobiernos usan, además, en el orden exterior una política muy farisaica.  Dicen, dicen que están dispuestos a comerciar con el campo socialista, que están dispuestos a comerciar con distintos países del campo socialista, como prueba de su independencia económica, de su independencia del imperialismo.  Pero donde está la prueba más importante no son independientes.  Ese mismo gobierno de Frei no ha tenido el valor de restablecer las relaciones diplomáticas con Cuba, no ha tenido el valor de restablecer las relaciones comerciales con Cuba.  Ese mismo señor participa del bloqueo imperialista contra Cuba, participa del bloqueo imperialista contra Cuba, se niega a que Chile nos venda frijoles, a que Chile nos venda alimentos, a que Chile nos venda nada.  ¡Ah!, pero ese señor, niño mimado del imperialismo, coquetea para simular independencia y habla de relaciones económicas con el campo socialista. 
Desde luego, el campo socialista es independiente, tiene derecho a hacer lo que crea que le convenga hacer, es cosa de ellos.  Pero nosotros sí con toda claridad decimos que el gobierno de Frei es cómplice del bloqueo imperialista contra Cuba, vitrina del imperialismo, que trata de introducir la mercancía de la democracia cristiana de contrabando, como antídoto a la revolución de América Latina.  Y los coqueteos de Frei no engañarán a nadie, y los coqueteos de Frei no engañarán al campo socialista, porque sería un error creer que ese señor va a cambiar su vicio en virtud y lo que hace es, incluso, incluso, como parte de su política anticubana, de su política contra Cuba, y como resultado de esa realidad que lo define como régimen reaccionario proimperialista y cómplice del imperialismo en el bloqueo contra Cuba, trata de cubrirse con la “hoja de parra” de una falsa libertad.  Y claro que el imperialismo le permite eso a Frei, incluso le aconseja eso a Frei, porque piensa: si algún país socialista ayuda a Frei, la democracia cristiana nos costará más barato a nosotros los imperialistas. 
Partimos de que cada país tiene el derecho de hacer lo que estime conveniente, de la misma manera que nosotros también tenemos derecho a emitir algunas opiniones que estimemos conveniente (APLAUSOS).  Y es nuestro deber advertir a los países socialistas contra la hipocresía de Frei, contra la coquetería de Frei, porque la prostituta no se volverá virtuosa porque le presten atención a alguna de esas coqueterías suyas.  Que Frei demuestre primero que es un gobierno independiente, que Frei demuestre primero que no obedece a los dictados del imperialismo yanki, y la independencia de Frei solo se podrá demostrar como rasgo de independencia digno de ser tomado en cuenta, si hubiese tenido el valor de establecer las relaciones diplomáticas con Cuba, de establecer el intercambio comercial con Cuba (APLAUSOS). 
Y en tanto eso no se haga, nosotros los cubanos nos consideramos con todo el derecho a sentirnos agraviados, nosotros los cubanos nos sentimos con derecho a sentirnos heridos con cualquier país que le brinde al régimen de Frei cualquier asistencia técnica y económica (APLAUSOS PROLONGADOS). 
Esto aparte que cuando ponemos el ejemplo de Cuba, cuando ponemos el ejemplo de Cuba, no estamos defendiendo un derecho, no estamos defendiendo una conveniencia nuestra.  Yo decía eso como ejemplo.  Si fuera un hombre que verdaderamente tuviera un criterio independiente, no habría sido tan sumiso a los dictados del imperialismo.  Y que lo de Cuba sirve de ejemplo.  Pero hay algo más profundo:  Frei representa una corriente reformista antirrevolucionaria en América Latina, Frei representa lo que al imperialismo yanki le interesa y, yendo más al fondo, va contra los intereses más profundos y más revolucionarios de América Latina, va contra los intereses más profundos y más sagrados de los pueblos de América Latina la política que con sujetos como el señor Frei sigue el imperialismo en América Latina. 
Y sería realmente una política errónea no comprender eso, y sería una política verdaderamente errónea prestarle la mayor ayuda a ese régimen, que prácticamente sería una ayuda incondicional.  Y nosotros, desde luego, no tenemos ese concepto de los principios internacionalistas y de los deberes internacionalistas.  Y creo que no basta con hacer muchas cosas positivas, creo que no basta con realizar grandes actos solidarios y verdaderamente internacionalistas.  Los revolucionarios debemos evitar a toda costa cometer errores, debemos evitar a toda costa cometer errores de ese tipo y nosotros, como latinoamericanos, sabemos, tenemos derecho a saber cómo son las cosas en este continente. 
Lamentablemente hay veces que países del campo socialista se equivocan; pero no hay que cargar sobre ellos la culpa tanto de sus equivocaciones como de los pseudorrevolucionarios, que los aconsejan y los asesoran de una manera equivocada (APLAUSOS). 
Ignoro si en el caso de Chile hay algún asesoramiento de ese tipo.  Ignoro incluso la opinión de las izquierdas chilenas, pero sería interesante, muy interesante, saber qué piensan las izquierdas chilenas acerca de si debe o no debe prestársele asistencia técnica al régimen proimperialista de la Democracia Cristiana del señor Frei. 
Por lo menos, nosotros sabemos cómo piensan algunos chilenos de la Asociación de Chilenos Revolucionarios residentes en Cuba, que tienen su programa radial por Radio Habana Cuba todos los días.  Sabemos cómo piensan muchos revolucionarios chilenos.  Hay afortunadamente una numerosa delegación aquí, son representantes obreros, representantes de las organizaciones revolucionarias (APLAUSOS PROLONGADOS), intelectuales, dirigentes políticos; está entre otros el compañero Salvador Allende (APLAUSOS), el prestigioso intelectual Ramírez de Mecochea (APLAUSOS), dirigentes de la Federación Minera, de la CUT, dirigentes de las minas de El Salvador, donde Frei perpetró la masacre de los obreros; y, en fin, una numerosa delegación.  Con muchos de ellos tendremos oportunidad de intercambiar opiniones.  Pero, en fin, es un tema sobre el cual nosotros queríamos también adelantar la nuestra. 
El mundo está viviendo en estos momentos una hora interesante. Está viviendo una era revolucionaria, está viviendo también una era de agresiones imperialistas, una era de peligro. 
No quiero dejar pasar esta oportunidad sin hacer referencia a un problema que a todos nos toca muy de cerca, porque nuestro pueblo ha llegado a sentirlo en lo más profundo de su corazón, y que en estos instantes interesa prácticamente a todo el mundo: es el problema de Vietnam (APLAUSOS PROLONGADOS). 
Vietnam se ha convertido en un problema de toda la humanidad, y Vietnam se ha convertido en un problema esencial de todos los movimientos revolucionarios en el mundo, y de todos los pueblos y gobiernos revolucionarios. Vietnam es donde se desnuda con todo su espíritu criminal, reaccionario y bárbaro, el imperialismo yanki. 
El ataque de Estados Unidos a Vietnam no tiene paralelo con ningún otro hecho en los tiempos contemporáneos.  Se le compara con los ataques de Hitler a Polonia y a otros pequeños países; sin embargo, la comparación no puede hacerse, porque la criminalidad de los yankis en Vietnam supera la de los nazis alemanes y la de los fascistas italianos, por sus medios de guerra, por su potencial de destrucción, superior al de aquellos, por una falta de escrúpulos similar.  Los fascistas no llegaron a emplear gases tóxicos en la guerra; Estados Unidos emplea en Vietnam no solamente las armas convencionales, sino armas prohibidas como los gases tóxicos, e incluso la guerra bacteriológica.  A Estados Unidos solo le falta emplear en Vietnam el arma atómica.  Cientos de aviones participan diariamente en los bárbaros ataques contra el pueblo de Vietnam del Norte y contra los revolucionarios de Vietnam del Sur; y esa agresividad ha ido en crecimiento, esa agresión se ha ido escalonando. 
Nuestro pueblo sabe cómo pensamos nosotros; nosotros sabemos cómo piensa nuestro pueblo; y los vietnamitas saben también cuáles son los sentimientos de nuestro pueblo y de nuestro Partido y de nuestro gobierno revolucionario hacia ellos y contra la agresión imperialista en Vietnam (APLAUSOS PROLONGADOS). 
Vietnam lleva a cabo la más heroica resistencia que ha conocido ningún pueblo en los tiempos modernos. Vietnam se ha convertido, pues, en el más señalado y singular ejemplo de heroísmo, en el más alto ejemplo de patriotismo y de valor, enfrentándose —como lo hace— al poderío militar de los imperialistas yankis y a varios de sus aliados títeres en el Asia. 
El pueblo de Vietnam ha resistido heroicamente y se propone seguirlo haciendo.  El problema de Vietnam nos interesa a todos los pueblos porque se discute si el imperialismo tiene derecho, cuando le venga en gana, a descargar mortíferos ataques contra cualquier país pequeño.  Los pueblos del mundo tienen que ver con honda preocupación, con profunda preocupación, esa política agresiva de los imperialistas, esa política criminal de los imperialistas.  Porque el problema de Vietnam no es ya solo un problema de Vietnam; es un problema que le atañe a muchos pueblos. 
En los últimos meses, en las últimas semanas, los imperialistas han escalonado esa guerra, han ido llevando la situación en aquella parte del mundo a un callejón difícil, a un callejón sin salida para los propios imperialistas, se han ido colocando en un callejón sin salida.  Toda la estrategia de su guerra en Vietnam se basa en la idea del ablandamiento de Vietnam, se basa en la idea de obligar a Vietnam mediante el peso de sus bombardeos en el Norte y en el cúmulo de sus fuerzas convencionales en el Sur.  Sin embargo, esa idea se estrella contra una realidad, la indoblegable resistencia del pueblo vietnamita, la decisión del pueblo vietnamita a resistir hasta la victoria. 
Recientemente el presidente de Vietnam, Ho Chi Minh (APLAUSOS PROLONGADOS), dirigió a todo el país un llamamiento, llamamiento que fue publicado en nuestros periódicos, y algunos de cuyos párrafos necesariamente pasaran a la historia por el heroísmo que entrañan, la decisión de lucha que reflejan. Por ejemplo, cuando dice: “Últimamente los agresores norteamericanos dieron histéricamente un nuevo paso sumamente grave.  En el escalonamiento de la guerra lanzaron ataques aéreos contra los suburbios de Hanoi y Haiphong. 
“Este fue un acto desesperado comparable en las convulsiones de agonía de una bestia gravemente herida.  Johnson y su camarilla deben comprender esto: pueden enviar 500 000 soldados, un millón o más para acelerar la guerra de agresión a Vietnam del Sur, pueden emplear miles de aviones para intensificar los ataques al norte de Vietnam, pero jamás serán capaces de quebrar la voluntad de hierro del heroico pueblo vietnamita de combatir contra la agresión norteamericana y por la salvación nacional (APLAUSOS). 
“Cuanto más feroces sean, más agravarán aun su crimen. 
“La guerra puede durar cinco años, diez, veinte o más años.  Hanoi y Haiphong y otras ciudades y las empresas pueden ser destruidas, pero el pueblo vietnamita no será intimidado (APLAUSOS). 
“Nada es más precioso que la independencia y la libertad.  Cuando llegue el día de la victoria, nuestro pueblo reconstruirá nuestro país y lo dotará de más grandes y magníficas construcciones.” 
Y más adelante dice:  “Para la defensa de la independencia de nuestra patria, y para el cumplimiento de nuestra obligación con los pueblos que luchan contra el imperialismo norteamericano, nuestro pueblo y ejército, unidos como un solo hombre, combatirán resueltamente hasta la victoria completa, cualesquiera que puedan ser los sacrificios y penalidades.
“En el pasado derrotamos a los fascistas japoneses y a los colonialistas franceses en circunstancias mucho más difíciles.  Hoy las condiciones dentro y fuera del país son más favorables, y la lucha de nuestro pueblo contra la agresión norteamericana y por la salvación nacional está destinada a obtener la victoria total” (APLAUSOS). 
Nuestro pueblo y nuestro Partido apoyan plenamente esta heroica determinación del pueblo de Vietnam de no ceder a ningún precio ante la agresión imperialista (APLAUSOS).  Y es esta decisión, esa determinación, contra lo que inevitablemente está llamada a estrellarse la agresión imperialista. 
Porque ya prácticamente nada les queda por hacer, ya en el escalonamiento han llegado a los últimos peldaños.  Y el pueblo de Vietnam, con su heroica resistencia, ha creado alrededor suyo la solidaridad de todo el mundo, la simpatía de todo el mundo, la voluntad de todo el mundo.  Con su heroísmo, el pueblo de Vietnam ha ganado ese derecho de solidaridad.  Cuantas veces el pueblo de Vietnam ha declarado su disposición de luchar, y ha solicitado de los demás pueblos declaraciones de apoyo, nuestro país ha estado siempre entre los primeros. 
El pueblo de Vietnam, con su heroísmo, se ha ganado el apoyo de todos los movimientos revolucionarios y de todos los pueblos y gobiernos revolucionarios. 
Prácticamente todos los países del campo socialista han declarado su disposición a enviar voluntarios a Vietnam, si el pueblo de Vietnam los solicita (APLAUSOS).  Y entre esos países nuestro pueblo (APLAUSOS).
Los vietnamitas no están solos, los vietnamitas no están solos (APLAUSOS).  Y nosotros sabemos, estamos seguros, que el día en que lo necesitaran —si es que lo llegaran a necesitar—, el día en que lo necesitaran, los movimientos revolucionarios, los pueblos y los gobiernos revolucionarios les enviarán la ayuda que pidan (APLAUSOS). 
¿Y qué se entiende por voluntarios?  Algunos nos preguntan qué se entiende por voluntarios.  Voluntarios, desde luego, hay miles en nuestro país; miles de compañeros, a raíz de la carta del compañero Ernesto Guevara (APLAUSOS PROLONGADOS), inspirados en su conmovedor ejemplo, escribieron diciendo que estaban en disposición a ayudar al movimiento revolucionario en cualquier parte del mundo.  Miles de cubanos están dispuestos, han expresado esa disposición de ayudar al pueblo de Vietnam. 
¿Pero qué entendemos nosotros por voluntarios?  Es bien sencillo.  Si Vietnam nos pide ayuda y nos dice qué tipo de técnicos quiere que le mandemos, si de tanque, si de antiaérea, si de artillería, si de infantería (APLAUSOS).  Nosotros iremos a nuestras unidades militares, iremos a nuestras unidades militares bien entrenadas, y les preguntaremos —de acuerdo con el tipo de técnicos, de soldados, de combatientes que necesiten los vietnamitas—, les preguntaremos a nuestras unidades cuáles quieren ir a Vietnam.  Y nosotros sabemos que unidades enteras estarán dispuestas a ir a Vietnam (APLAUSOS). 
Es tal el odio que los imperialistas han suscitado, es tal la indignación que han provocado en todo el mundo —y entre esa parte del mundo, en nuestro pueblo—, que nosotros estamos seguros de que no habrá una sola unidad de combate de nuestras fuerzas armadas que no esté dispuesta a contarse entre las primeras para ir a combatir allí a los imperialistas yankis (APLAUSOS). 
Y eso es lo que nosotros entendemos por voluntarios: preguntarles qué unidades quieren ir, y mandar las unidades completas, con sus equipos, a combatir allí (APLAUSOS). Nosotros sabemos que los vietnamitas están luchando hoy por todos los pueblos del mundo. Nosotros sabemos que los vietnamitas están combatiendo y muriendo contra el enemigo principal del mundo, rechazando la insolencia del imperialismo yanki, resistiendo sus bárbaras, injustificadas e incalificables agresiones.  Que, combatiendo allí, el pueblo de Vietnam está defendiendo el derecho a la independencia y a la libertad, no solo del pueblo de Vietnam sino de otros pueblos que pueden ser víctimas potenciales de ese imperialismo.  Están luchando por los demás pueblos. 
Por eso, ningún pueblo del mundo, ningún pueblo revolucionario, le negará la ayuda que Vietnam necesite.  Y ciertamente los imperialistas se están metiendo en un callejón sin salida, porque el día que el gobierno de Vietnam estime, que considere necesaria esa ayuda, en Vietnam va a estar la sepultura de la agresión imperialista (APLAUSOS). 
Porque las fuerzas, las fuerzas y los ejércitos, las fuerzas de combate y las armas convencionales que los amigos de Vietnam pueden situar allí, serán incomparablemente superiores a las que pueda situar el imperialismo.  Y entonces al imperialismo no le quedará otra alternativa en ese caso que retirarse o exponerse a asumir sobre sus hombros la responsabilidad de otro tipo de guerra. 
Y conocemos a los imperialistas. Los imperialistas se quieren mucho el pellejo.  Los imperialistas son tan cobardes cuanto chantajistas. Mientras puedan librar una guerra con las menores pérdidas posibles, con pérdidas industriales; mientras puedan “coger mangos bajitos” —según creen ellos—, mientras puedan emplear todo su poderío en cantidades crecientes contra un país pequeño, se autoenvalentonan. 
Pero conocemos demasiado bien a los imperialistas, a Johnson y a su caterva de forajidos, a los Rusk, a los McNamara y comparsa, que se saben en un callejón sin salida.  Y cuando recientemente distintos países del Pacto de Varsovia tomaron el acuerdo de enviar voluntarios a Vietnam si Vietnam lo solicitaba, los imperialistas hicieron declaraciones amenazadoras, insolentes; elevaron el tono de su bravuconería y de sus amenazas.  Y mientras más elevan el tono de las amenazas y de las bravuconerías, más acobardados están los imperialistas, más acobardados. 
En Vietnam se saben en un callejón sin salida, donde no les queda otra alternativa que retirarse de Vietnam, que es la condición que pone el pueblo de Vietnam para cesar en su lucha (APLAUSOS).  Y los imperialistas se saben en un callejón sin salida y sin otra alternativa que la derrota o verse ante la disyuntiva de desatar una guerra nuclear.  Y los imperialistas en este momento están en su grado más bajo, en su grado más bajo de prestigio, en su grado más alto de odio universal, en el mayor aislamiento que hayan estado nunca.  La heroica resistencia vietnamita los ha llevado a esa posición, los ha llevado al odio universal, al descrédito universal, a la impopularidad, al aislamiento. 
Esa es la situación real del imperialismo en Vietnam frente a la heroica resistencia de un pueblo al que no han podido aplastar, y frente al derecho que ese pueblo se ha ganado de llamar en su ayuda a los países amigos si un día lo necesita (APLAUSOS). 
Y de una manera clara y simple, esa es la situación en que han caído con su ingloriosa y criminal aventura. 
La resistencia gloriosa y extraordinaria de los vietnamitas no ha sido en vano.  Le han dado al mundo un ejemplo de inapreciable valor, y el mundo siempre tendrá que estar agradecido al pueblo de Vietnam de haberle enseñado cómo no importa el tamaño de un país, cómo no importa el número de los enemigos, cómo no importa el poderío de un enemigo; que lo que importa es también en ese caso la convicción, el amor a su patria, la firmeza, la tenacidad, el espíritu indoblegable.
Y nosotros los cubanos, vecinos de los imperialistas yankis, amenazados incesantemente por los imperialistas yankis, le damos también, de todo corazón, las gracias al pueblo de Viet Nam, porque nos ha reafirmado en nuestra convicción, nos ha reafirmado en nuestra decisión (APLAUSOS), ha reafirmado nuestra fe con sus hechos, con su ejemplo.  Nosotros no solo hablamos de nuestra historia, de donde pueden sacar experiencias útiles otros pueblos, sino que nosotros también sabemos mirar humildemente, y sabemos buscar las lecciones provechosas en los ejemplos de otros pueblos.  Y tal es el caso del pueblo de Vietnam. 
Nosotros, que año a año, mes tras mes, día tras día nos hemos estado armando y nos hemos estado preparando, que hemos sufrido el zarpazo imperialista de Playa Girón, que nos vimos amenazados con sus armas nucleares en la Crisis de Octubre, que hemos vivido prácticamente en pie de guerra todos estos años, vemos en el ejemplo de Vietnam la confirmación de esa convicción profunda de que nuestro pueblo tampoco podrá ser doblegado, de que nuestro pueblo tampoco podrá ser jamás vencido por los imperialistas yankis (APLAUSOS). 
Los imperialistas creyeron que bombardeando Vietnam castigaban así su rebeldía, doblegarían a Vietnam y aterrorizarían a los demás pueblos.  ¿Y qué ha resultado del bombardeo a Vietnam y de los ataques a Vietnam?  No hay más temor, sino menos temor en los pueblos; no hay vacilación, sino decisión; no hay mas respeto hacia los imperialistas, sino más odio hacia los imperialistas (APLAUSOS). 
Y por eso, en este 26 de julio, los hechos de Vietnam nos recuerdan a nosotros algo que ocurrió en el Moncada, algo que dijimos en aquella ocasión: que los asesinatos no aplastarían la rebeldía del pueblo, sino que la aumentarían; que por cada uno de los hombres asesinados, habría cientos, miles, decididos a empuñar las armas (APLAUSOS). 
El crimen, el terror y el asesinato no derrotaron a nuestro pueblo; el crimen y la barbarie aumentaron su conciencia, templaron su espíritu.  Y lo mismo ocurre con Vietnam y lo mismo ocurre con el ejemplo de Vietnam con relación a los pueblos; lejos de atemorizarse, se levantan; lejos de retroceder, avanzan; lejos de rendirse, se afirman en sus propósitos de lucha. 
Y se cumplirá también, de la misma forma, ese hecho de que el crimen, la barbarie, la fuerza bruta, no podrán jamás imponerse por sobre el amor a la patria, la dignidad del hombre, su amor a la libertad, su amor a la independencia, su amor a la justicia.  ¡Consagremos este 26 de julio a la solidaridad con el pueblo de Vietnam! (APLAUSOS.)  ¡Dediquemos este 26 de julio a los heroicos combatientes de Vietnam del Norte y Vietnam del Sur, a los que mueren en Vietnam del Norte y Vietnam del Sur! ¡Dediquemos nuestro pensamiento y nuestro recuerdo a ellos!  ¡Dediquemos a ellos nuestra más ferviente solidaridad, nuestro mensaje de aliento, y nuestra palabra de que estamos a su lado de palabra y de hechos, con el pensamiento y con el corazón, que los hermanos cubanos no le fallarán al pueblo de Vietnam cuando nos pidan su ayuda en cualquier sentido!  (APLAUSOS.)
Dediquemos también al pueblo de Vietnam, como homenaje a sus heroicos combatientes, nuestro lema también, ese lema que ellos tan ejemplar y dignamente están cumpliendo, ese lema de, ¡Patria o Muerte!  ¡Venceremos!
FIDEL CASTRO RUZ

Fuente: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos

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