enero 18, 2014

Discurso de Fidel Castro en la conmemoración del II Aniversario de la creación del Instituto Nacional de Recursos Hidráulicos (1964)

DISCURSO EN LA CONMEMORACION DEL II ANIVERSARIO DE LA CREACION DEL INSTITUTO NACIONAL DE RECURSOS HIDRAULICOS, EN EL SALON DE EMBAJADORES DEL HOTEL HABANA LIBRE
Fidel Castro
[9 de Agosto de 1964]

― Departamento de versiones taquigráficas del Gobierno revolucionario ―

Compañeros y compañeras:
Como acabamos de escuchar, en el informe del compañero Faustino se puede precisar en realidad el tipo de trabajo que se ha estado haciendo con relación a los problemas hidráulicos. Mi impresión —posiblemente sea la impresión de todos los aquí presentes— es que se está haciendo un esfuerzo serio, un esfuerzo sistemático, un esfuerzo entusiasta y un esfuerzo prometedor en este campo.
Se puede apreciar, con las dificultades que tiene que resolver este organismo, más o menos las dificultades de orden general que nuestro pueblo tiene que enfrentar en estos tiempos: falta de experiencia, falta de información, falta de datos, falta de investigaciones, falta de técnicos. De manera que cuando nos preguntamos qué teníamos en materia hidráulica, en realidad no teníamos nada.
Y, sin embargo, el agua tiene una importancia tremenda para cualquier país, en todos los tiempos; pero en estos tiempos en que, además de las necesidades de la población, están las necesidades que requiere la industria y que requiere la agricultura, con el crecimiento extraordinario de las grandes ciudades, con las nuevas normas de higiene que se requieren para mantener un nivel elevado de salud pública, la importancia del agua es extraordinaria.
Y las necesidades de nuestro país en materia de agua son muy grandes, y las dificultades naturalmente que no son pocas. Nos favorece la circunstancia de ser un país de relativamente alta precipitación anual; pero, al mismo tiempo, somos una isla larga y estrecha, sin prácticamente ningún río caudaloso. Es que al lado de cualquier río que se ve en cualquier parte del mundo, el Cauto es un arroyito que, incluso, a veces se seca. Se seca y, sin embargo, cuando crece es un Amazonas, porque adquirió nada menos que un diámetro de 40 kilómetros de ancho entre Bayamo y Holguín, y más abajo pues fue más amplia la dimensión de la creciente, de la inundación.
¿Y qué fue lo que nos obligó a prestar atención a este problema hidráulico? Como muy bien señaló el compañero Faustino, lo primero que nos hizo pensar en esto fue el fenómeno de la sequía, la tremenda sequía que tuvo lugar en los años 1961 y 1962. Es decir que la sequía fue el factor que nos hizo pensar en la necesidad de crear una voluntad hidráulica, porque los efectos de aquella sequía se sintieron. Y así fue como se ideó la creación de esa voluntad hidráulica, cuya existencia era necesaria.
Y así se conmemoró el primer aniversario de la creación del instituto, con los primeros proyectos, los primeros esfuerzos; mas no había transcurrido mucho tiempo desde entonces cuando se nos presentó el fenómeno inverso, lo inaudito, lo increíble, lo inesperado, y es que cayeran 10 000 millones de metros cúbicos en unas horas prácticamente, en una región ampliamente poblada y en una de las zonas agrícolas más fértiles de nuestro país. Y, claro, ya no fue solamente el daño de orden material, no; en esa oportunidad tuvimos la amarguísima experiencia de ver cuánta tragedia, cuánto dolor, cuánta tristeza y cuánto terror deja tras sí un fenómeno de esa naturaleza.
Siempre nos recordábamos del ras de mar, y el ras de mar siempre es algo que impresiona y obliga a los que viven en aquellos sitios expuestos a esos peligros a tomar medidas. Pero cuál no seria la dimensión de aquella inundación que algunos campesinos con quienes nosotros hablamos en aquellos momentos — muy próximos a las horas más criticas vividas por ellos—, algunos campesinos decían que era el mar de Puerto Padre el que había penetrado en la provincia. Fue tan impetuosa aquella crecida, tan tremendo el golpe de agua —como lo llaman ellos—, que en algunos sitios llegó al atardecer, pero en otros sitios llegó a media noche o en horas de la madrugada, dando lugar a una enorme cantidad de dramas, de escenas dantescas, que eso puede darnos una idea, una idea de lo que fue para los pobladores de aquella región el desastre del ciclón. Muchos creían que era el mar que estaba atravesando la provincia.
Entonces, ante esa experiencia tuvimos una nueva dimensión de la importancia y del valor de esa voluntad hidráulica.
Pero no fueron solamente esos dos hechos. Se comenzaron a observar las dificultades crecientes en el abastecimiento de agua de las poblaciones y esencialmente en el abastecimiento de agua de la capital, que obligó a pensar seriamente en esos problemas y en la solución de esos problemas, y se pudo apreciar una nueva dimensión del valor y de la importancia de este organismo.
Es decir que hoy podemos tener una idea más exacta, más precisa, de la importancia que tiene el agua. Pero también se pueden ir descubriendo, a medida que pase el tiempo, nuevas facetas de la importancia de este problema. Y estoy seguro de que si dejáramos hablar a los compañeros del Ministerio de Salud Pública podrían extenderse bastante hablando de la importancia que el agua tiene para la salud. Si dejamos hablar a los compañeros de las industrias, hablarían también extensamente de la importancia que el agua tiene para el desarrollo industrial.
Y ni qué decir tiene si dejamos hablar a los compañeros de la agricultura acerca de la importancia que el agua tiene para la agricultura, no ya para regar, sino hasta para mantener las más elementales condiciones de higiene en cualquier centro de producción agropecuaria, hasta para dar de beber a los animales.
Es decir que el agua tiene una tremenda importancia social como elemento vital y fundamental para la población, para sus condiciones de vida y de salud. Tiene importancia tremenda desde el punto de vista económico.
Y si embargo, ¿qué atención había recibido este problema? Este es un campo más de la vida de nuestro país que estaba absolutamente olvidado. Y fue necesaria la Revolución, y no solo la Revolución, sino que nosotros, los revolucionarios, comprendiésemos la importancia del agua para que se le prestara la atención debida; del agua como amiga del hombre, del agua como elemento esencial de la vida y del agua como elemento destructor, como enemigo del hombre en ciertas condiciones.
Y esa contradicción entre las grandes sequías y los grandes temporales tenemos que resolverla, tenemos que sintetizarla en una solución de carácter positivo. Obras hidráulicas para resistir la sequía, y obras hidráulicas para resistir los ciclones y las inundaciones; agua cuando falta para mantener niveles adecuados de producción, y retención del agua cuando sobra para que en vez de sembrar la destrucción y la muerte siembre la abundancia y ayude al hombre a construir y a crear.
Hoy el trabajo del Instituto Hidráulico tiene una dimensión humana muy importante, porque en la zona de Oriente, que vivió de cerca y sufrió la inundación, ha quedado un gran temor, ha quedado un verdadero trauma entre los pobladores de aquella región. De manera que, cuando cae un aguacero fuerte, ya muchas familias empiezan a organizar sus cosas y prepararse para evacuar.
Se dice que fenómenos de esta índole no ocurren sino cada cierto número de años — se afirma, incluso, que cada cientos de años—, aunque yo no sé si alguien habrá hecho un estudio a fondo de cada cuánto tiempo pueda ocurrir una cosa de este tipo, si incluso se pueda llegar a saber.
Nadie puede asegurar que no se pueda repetir. A lo mejor ocurre cada 1000 años, pero nadie podría asegurar estadísticamente la imposibilidad de que no ocurriera dos años seguidos y después no pase en 5 000 años a lo mejor; pero es lo cierto que nadie estará tranquilo allí. Y que aun más que su importancia económica es de resaltar la importancia humana que tiene el trabajo de las obras hidráulicas en la provincia de Oriente. Y nadie estará tranquilo, no solo los campesinos, ninguno de nosotros, cuando veamos que se está formando un ciclón por las Antillas Menores, por el Caribe, vamos a sentirnos muy seguros, hasta que todas las represas estén construidas y hasta que el río Cauto esté enderezado; porque creo que —entre otras cosas— tienen necesidad de enderezar el río Cauto, que es un río lleno de curvas (RISAS); y creo que no debemos parar hasta que no hagamos una represita en el último arroyito de toda aquella región, y que estemos tranquilos. Porque aquella es una de las zonas más ricas de nuestro país, una de las zonas agrícolas y, además, una zona que tiene magnificas perspectivas de desarrollo económico.
La agricultura necesita agua, eso lo sabemos. Pero no llegaremos nunca a tener agua para riego en todo el territorio nacional. A veces nos encontramos con la situación de La Habana, en que compiten las necesidades de la población con las necesidades de la agricultura. Si no hay agua, no nos sentimos bien; y si no hay leche, tampoco (RISAS); y si no hay viandas, tampoco; y si no hay vegetales ni frutas, tampoco. Y, sin embargo, en esta provincia ambas necesidades se encuentran.
La culpa es difícil echársela a alguien, pero bien se la podíamos echar — al totí no, el pobre totí luego carga muchas culpas que no tiene (RISAS)— a la anarquía, a la anarquía del colonialismo y del capitalismo. Si de verdad en estos momentos tuviéramos la oportunidad de organizar dónde tenían que ir las ciudades, no hacíamos una ciudad tan grande aquí en esta provincia; es el resultado de los vicios del colonialismo y del capitalismo, de la falta de previsión más elemental. Y así creció y creció esta ciudad. Pero no solo como resultado de la falta de previsión, sino también que a esta ciudad vinieron a vivir las familias más ricas del país. Y La Habana se convirtió en el centro de atracción de toda la república, La Habana se convirtió en una ciudad inmensa que, a decir verdad, se acostumbró a vivir del resto de la isla. Y decir esta verdad no es ofender a los habaneros, porque, ¿qué culpa tienen los habaneros? Quienes menos culpa tienen de todos son ellos. Pero eso fue culpa, no del totí, sino en todo caso del “totí capitalista “, del capitalismo, señores.
Aquí organizaron todas sus oficinas, todas sus empresas, todas las empresas, aquí se organizó todo el gran comercio, aquí vino a vivir la gran burguesía, aquí construyeron sus palacetes, aquí se construyeron las más grandes tiendas y se construyeron los mejores restaurantes, aquí tuvo algún desarrollo también la cultura del país, y aquí se concentró la burocracia, y la burocracia era un mal aparejado al capitalismo. Y a veces tiene que luchar duro el socialismo también contra ese mal para que no se le asocie (RISAS).
Todo aquel sistema político que se basaba en la aspiración a un puesto público, y aquella época miserable en que hasta se pagaba dinero por obtener un puesto público, que hasta las plazas de maestros había que comprarlas; pero no digamos ya la plaza de maestro, había que comprar hasta las plazas de choferes en los ómnibus aliados. Aquí se compraba, todo se compraba.
Pero los cargos públicos eran codiciados en un país sin industrias, en un país sin trabajo y el sueño dorado — si de alguna familia era casar a la niña de la casa con algún rico— de casi todo el mundo, el sueño era tener un puestecito.
Pero eso ya no era aspiración de cualquiera, era aspiración, incluso, de los médicos que se graduaban en la universidad, y que se podían considerar dichosos si encontraban un puestecito en la casa de socorros.
Aquel subdesarrollo, pues, era lógico que promoviera una presión tremenda hacia la administración pública y que desarrollara todo ese fenómeno del burocratismo; es que el subdesarrollo y la pobreza promueven, además, toda una serie de vicios de todo tipo, de millones de personas tratando de ver cómo libran el sustento de cualquier forma, aunque sea jugando por aquí, teniendo un garito allá, vendiendo billetes por acá, o poniendo un “timbiriche “ en esta esquina; otro, otro, o poniendo 25 “timbiriches “ en la misma esquina, donde, por cierto, las condiciones de salud pública solían brillar por su ausencia.
Y, en fin, hacía estos razonamientos porque La Habana es un producto de toda esa etapa. Y cuando los compañeros hicieron la comparecencia en televisión para informar de la situación del agua, y señalaron con datos estadísticos el crecimiento de esta ciudad, era impresionante la forma en que la ciudad había crecido y la forma en que el manto freático iba año por año disminuyendo.
Pero es que es posible que muchos de ustedes se recuerden de que antes pasaban por la zona de Ariguanabo y se encontraban allí una laguna, y ahora no se encuentran ni un charquito allí; y se está produciendo un descenso paulatino del manto hidráulico. ¿Qué demonios íbamos a hacer el día que se salara el agua que tenemos aquí para tomar? Y si, efectivamente, no se tomaban medidas a tiempo, iba a llegar el día en que no hubiera agua ni para beber.
A todos estos problemas ha tenido que enfrentarse este organismo, estudiarlos a fondo y aconsejar soluciones. Y, de hecho, la agricultura en la provincia de La Habana no tiene muchas perspectivas de contar con regadío, y es una verdadera lástima porque estas tierras rojas, la arcilla de Matanzas, es un tipo magnífico de tierra, magnifico, pero con una característica: ser una tierra muy secante; y esta tierra, con agua, es una tierra de primera, sobre todo por estar la tierra muy bien aireada, de una capa vegetal profunda. Y, sin embargo, las aguas del manto freático de La Habana tienen que ser destinadas, en primer lugar, como es lógico, a la población. Por eso es correcto que la Revolución se plantee como una de sus obligaciones y sus tareas más importantes desarrollar el interior del país, no poner una sola fábrica más aquí en la capital de la república. Podrán mejorarse las actuales fábricas, tecnificarse, pero, en fin, cada vez que se haga una fábrica nueva hacerla en el interior y tratar de elevar los atractivos de la vida en el interior del país.
Y la capital de la república puede prestar un aporte muy importante. ¿Qué puede brindar la capital cuya población aumenta, cuya población crece?, porque congelar la capital no significa suprimir aquello de “crecer y multiplicarse “ (RISAS); creo que seguirá creciendo y seguirá multiplicándose la población de La Habana. Pero la capital de la república puede devolverle al interior del país lo que le debe, puede pagarle al interior del país la deuda que tiene con él, y es preparando técnicos en sus universidades, en sus institutos tecnológicos, utilizando sus instalaciones, sus facilidades para mantener enormes centros de educación, y en esos centros de educación se pueden preparar decenas y decenas de miles de jóvenes que vayan a trabajar después al interior del país.
¿Qué produce La Habana hoy? Administración, ¡y regular! Pero puede producir muchos técnicos. Y, en realidad, esto se ve cuando nosotros nos encontramos con los médicos rurales en las montañas de Oriente, los extraordinarios servicios que un médico presta allí en los campos, y lo que aprecia la población los servicios que un médico le presta; cuando vemos las carreteras que se están construyendo en Oriente, las fábricas que se están construyendo, las obras hidráulicas, vemos cómo los técnicos que se formen de todos los niveles pueden asumir la tarea, esa gran tarea de desarrollar el interior de Cuba.
En nuestra capital surgían enormes edificios de apartamentos de todas partes, el Focsa, el otro, el otro, enormes hoteles. No se puede decir que esta sea una capital subdesarrollada. Había pueblitos por ahí donde no había ni una fonda de mala muerte, ni una casa de huéspedes. Y cuando se pasa por Las Tunas y por Bayamo y por muchos de esos sitios y se ven tantas y tantas casitas de guano, nos damos cuenta de que allí no hubo edificios de apartamentos, ni se crearon esas condiciones de vida que teníamos aquí en la capital, y que el interior de nuestro país realmente está por desarrollar, y es una cosa justa, justísima, que desarrollemos el interior del país, y que el fenómeno sea a la inversa: no que venga gente del campo queriendo quedarse a vivir en La Habana. Y, desde luego, nosotros tenemos una buena prueba de que La Habana puede ayudar a desarrollar el campo, aportando lo que La Habana más puede aportar, que es técnica, desarrollo técnico; y es que para los planes agropecuarios tenemos escuelas con miles de estudiantes, y que para fines de año tendremos cerca de 8 000 estudiantes. Es decir, obreros estudiantes en su mayor parte que vienen a estudiar. ¿Por qué? Porque aquí hay más instalaciones que en ninguna parte; pero que todos, todos, todos regresarán al interior del país.
Y, desde luego, no tenemos miedo de que nadie quiera quedarse aquí; estoy seguro de que van a preferir irse, porque el que sea capaz de amar el campo, la tierra y lo que la tierra es capaz de producir, estoy seguro de que prefiera estar allí en el campo trabajando, a estar en la ciudad. ¡Caballeros!, cuando nosotros vamos al interior nos sentimos realmente nuevos; cuando regresamos a la capital no nos sentimos igual. El interior del país tiene cosas realmente, desde el punto de vista humano... Porque piensen que todos los vecinos de una población del interior, todos, se conocen; y aquí en La Habana no se conoce ni el que está en el apartamento de al lado. “¿Quién será el que vive ahí?” “No sé, un matrimonio “ (RISAS). Hay ese calor humano en los pueblos del interior, ¡y son tan hermosos nuestros campos, que bien vale la pena que seamos justos con el interior del país!
En estos años de escasez el interior del país ha tenido niveles de consumo por debajo de la capital. Claro, y no podía ser de otra manera, porque los niveles siguieron siendo más o menos a lo que estaban habituados. Pero la capital puede aportar su energía, su inteligencia, su
desarrollo técnico, al interior del país, y que se produzca ahora a la inversa: en vez de todo el mundo queriendo venir para La Habana, todo joven que salga de la universidad, o salga de los centros tecnológicos, y que no sea indispensable aquí —porque siempre habrá necesidades aquí—, para el interior del país. Y a crear en el interior del país condiciones de vida que resulten atractivas y agradables, tan atractivas y agradables como puedan ser las de la capital de la república, y que se organicen allí también centros de recreación; y lo que está haciendo ahora el INIT, desarrollando restaurantes, centros de consumo social; y construir casas. Cada fábrica nueva de casas que compremos, mandarla para el interior, porque si aquí faltan, de manera que hubo que recomendar a los muchachos que fueran a vivir con la suegra (RISAS) — y, por cierto, que muchos han aceptado el consejo—, hacen mucha más falta todavía las casas en el interior del país.
Y cuando uno cruza, como en estos días recientes, la provincia, y viaja — por ejemplo— desde Santiago a Marcané, y pasa por los pueblecitos aquellos, pasa por el central Chile (antiguo “Santana “), y pasa por Marcané, y pasa por Alto Cedro, y todavía allí no hay carreteras — aunque esa carretera ya estaría prácticamente terminada de no haber ocurrido el ciclón, porque indiscutiblemente las carreteras les dan vida a la gente—, y uno ve allí cómo se transporta de un lugar a otro la familia, en aquellos camiones, dando saltos por aquellos caminos; y cuando se cruza delante de un centro de trabajadores, de esos trabajadores que cortan la caña, y cultivan la caña, y producen las divisas con las cuales pagamos desde la película que vamos a ver a un cine, hasta la luz eléctrica con que nos alumbramos, el bombillo que se enciende, el combustible que se utiliza en una termoeléctrica, y vemos aquellos barracones, aquellas cuarterías que todavía subsisten; y llegamos a un pequeño pueblo —como el de Alto Cedro—, y nos dicen: “¡La luz, la luz!”, porque aquí la planta está descompuesta, o porque no hay luz, y todavía vemos aquellas casas miserables donde vive una parte considerable de nuestro pueblo, es cuando se siente más fuerte la convicción de lo justo de que desarrollemos el interior del país y trabajemos para el interior del país.
Porque aquella gente vivieron miserablemente. Y aun cuando hoy tienen muchas cosas que ayer no tuvieron — el trabajo asegurado, la escuela asegurada, el hospital asegurado—, todavía son tantas y tantas las necesidades que tienen las poblaciones del interior de nuestro país, que es necesario que de manera consciente y de manera responsable vayamos pensando que un deber histórico de la Revolución, y un deber histórico de este pueblo, es el desarrollo del interior del país (APLAUSOS).
¿Qué ciudades no podrían desarrollarse alrededor de la cuenca del Cauto, en las proximidades de las áreas mineras del norte de Oriente? ¿Cuál no sería el desarrollo alcanzable en las enormes y ricas extensiones de Camagüey, donde el problema principal que confronta la población es la falta de brazos? El problema principal que confronta el país en aquella provincia, la economía de aquella provincia, es la falta de brazos, la falta de población.
Y por eso es también hacia esas zonas donde hay que hacer un esfuerzo en la construcción de viviendas.
Recursos cuantiosos de orden natural no aprovechables; país con unas condiciones extraordinarias para la agricultura, sin técnicos agrícolas prácticamente. Todo se concentraba aquí.
Cuando la Revolución triunfa 10 000 maestros estaban sin empleo; sin embargo, fue necesario hacer un gran esfuerzo para encontrar maestros para las montañas. Y aquí una enorme cantidad de escuelitas, Havana Business Academy, Academy de no sé qué, y Academy y Academy de no sé cuánto; estudiando la gente mecanografía y taquigrafía, y taquimecanografía. Y para la mujer, ¿qué trabajos se reservaban aquí? Cuando la mujer puede prestar tan valiosos servicios en toda una serie de actividades, aquella sociedad que discriminaba al negro discriminaba también a la mujer.
Y aquí cuando se levantaron los compañeros que están en Tashkent, se levantó una compañera, no sé si era la novia o un familiar de un compañero, o un estudiante también, pero cuando dijeron que se levantaran los de Tashkent había una mujer estudiando estas cuestiones hidráulicas también, una compañera.
Y, claro, ustedes pueden observar cómo, por ejemplo, en la facultad de medicina el número de mujeres que están estudiando para médicos ha crecido extraordinariamente.
¿Y de qué eran todas las academias y las escuelitas que había aquí? ¿De técnica qué? Cuando hemos ido a enfrentarnos a las tareas de la producción hemos encontrado que estamos en una orfandad técnica enorme, no solo en el campo de las cuestiones hidráulicas. Y luego, qué difícil era sacar a nadie de la ciudad para que fuera allá. Y en el interior no necesitamos taquimecanógrafas en realidad; podemos necesitar algunas, y no estoy hablando en término despectivo de las compañeras que realizan ese trabajo, muy útil en ciertas y necesarias circunstancias, y reducido a los limites que debe tener.
Pero yo me pregunto: si aquí todo el mundo estudiara mecanografía y taquigrafía, dónde se iba a ganar la vida y cómo, y si escribiendo en máquina de escribir se produce leche, carne, vianda, comida, frutas, y las cosas que necesitamos, y carreteras.
¿Qué pasaba aquí? La población del país crecía y crecía, se duplicaba, pero, ¿crecía la economía de este país?, ¿se construyó un solo central azucarero nuevo en los últimos 30 años? La población se duplicó pero la economía se quedó como estaba. ¿Y qué ocurría? Que por las costillas de los que cortaban caña vivía la nación entera, y se creaban un sinnúmero de empleos superfluos, innecesarios e improductivos, como una manera de ir viviendo. ¿Pero viviendo a costa de quién? De los que moraban en los barracones, de los que cortaban la caña; porque de la caña saíían las divisas, y de las divisas salieron todos los automóviles que hemos visto en este país. Y así, al lado de un campo pobrísimo, sin caminos, sin carreteras, sin agua, sin luz, sin nada, decenas y decenas y decenas de miles y cientos de miles de automóviles. Es que el automóvil se puso aquí a 400 pesos; los sobrantes de automóviles, los automóviles de uso, los metían aquí. Y aquí hasta un obrero podía comprarse un automóvil; un obrero, desde luego, de ingreso altico, no muy bajito.
Y esa era la realidad, la realidad de este país. A eso fue a lo que nos condujo el capitalismo. ¿Se preparaba al pueblo para la técnica? ¿Para qué iban a formarse ingenieros agrónomos? ¿Para qué si las tierras estaban en manos de los grandes latifundistas y no les importaba para nada la agricultura intensiva? ¿Iban a graduarse aquí de hidrotécnicos y todos los técnicos esos que ha mencionado el compañero Faustino en ese informe? (RISAS) ¿Expertos en obras hidráulicas? ¿Para qué? 
Ni se ocupaban, ni se preocupaban de eso. ¿Técnicos de nivel medio para qué? ¿Para qué? Así que aprender mecanografía y aprender a manejar automóviles era algo que tenía un poco más de sentido.
Y esas son las verdades; las verdades hay que decirlas. Y hoy con la Revolución, con la Revolución que se propone rectificar muchas cosas, estas verdades de lo que es un país subdesarrollado y de lo que son los vicios del capitalismo, se hacen tan claros y tan comprensibles. Y es por eso que nosotros pensamos que lo más importante que la Revolución ha hecho es el trabajo que ha realizado en el campo de la educación para preparar a un pueblo y hacerlo capaz de producir, y solo con la técnica, y un pueblo técnicamente capacitado es capaz de llegar a altísimos niveles de producción. Y ese es el fenómeno que cuesta trabajo entender muchas veces.
Nosotros sabemos las necesidades que hay de muchas cosas, pero sabemos una cosa más, y es que esas muchas necesidades tenemos muy pocas cosas para resolverlas. En este país todo se importaba, todo venía de afuera: azúcar principalmente era lo que más producíamos. Y cuando cientos de miles de personas que no recibían ningún ingreso empezaron a trabajar, y a consumir, es cuando puede apreciarse lo que es un país subdesarrollado, las necesidades que tiene, y los pocos recursos con que cuenta para satisfacer esas necesidades: la tragedia de todo país subdesarrollado.
Y es por eso necesario que este tipo de acto, de programa, de estudio, de discusiones, se haga en público para que las masas comprendan estos tipos de problemas. Muchas veces cuando se llega a algún sitio siempre se encuentra a un número de personas que necesitan una casa, y dicen: “Tenemos un cuartico “; y otros dicen: “Estamos ocho en un cuarto.” Y plantean la tragedia que tienen con la vivienda, de las necesidades de vivienda que hay en este país. Y cuando se hace el cálculo de cuánto cemento producen nuestras fábricas, y que estando nuestras fábricas de cemento al tope de la producción ese cemento apenas alcanza para satisfacer nuestras actuales necesidades; y luego, no es la casa, es el tubo, es la luz eléctrica, es el cordón, es toda una serie de otras cosas que se necesitan, como son las instalaciones sanitarias...
Y entonces hay que estar haciendo una carretera allá entre las montañas, un hospital en las montañas, o el hospital de Holguín, el hospital “Lenin “ para completar el servicio sanitario de la provincia. Y claro está que cuando una persona tiene un familiar grave, y teme que pueda perder la vida y se angustia por ese ser querido y lo lleva corriendo a un hospital, en ese momento, antes que en la casa, piensa en el hospital, y si en ese momento le dicen qué estaría dispuesto a dar para salvar la vida de ese ser querido, diría: Yo estoy dispuesto a vivir un año en un parque. Y es entonces, en ese momento, cuando se comprende la importancia de hacer un hospital, o de hacer un camino, o de hacer un centro de trabajo, de crear un centro de producción. Y los recursos que poseemos para esas necesidades son muy pocos. Y así, claro, están en los proyectos las ampliaciones de las fábricas de cemento, las construcciones de nuevas fábricas.
Pero es necesario que nuestro pueblo esté informado y conozca hasta qué grado era este un país pobre y un país subdesarrollado, dependiendo de un solo artículo, dependiendo de un solo renglón: el azúcar, cuyos precios fluctuantes pueden estar un año en las nubes y otro año por los suelos. No quiere decir esto que nosotros dejemos de producir azúcar, no —vamos a producir, porque sabemos producirla y tenemos condiciones naturales para producirla y para competir con quien sea necesario competir, y para defender los mercados, y conquistar mercados—, sino que se impone la necesidad de que se desarrollen también otros renglones de la economía para los cuales tenemos magníficas condiciones como, por ejemplo, la ganadería que satisface no solo un sinnúmero de necesidades esenciales, sino que puede convertirse también en un renglón importante de la economía, hasta llegar al día en que pueda contar nuestro país con los medios suficientes para satisfacer de veras las enormes necesidades que tenemos.
Y no es con la buena voluntad, es con el trabajo, es con el esfuerzo, con el trabajo entusiasta y con el trabajo inteligente, en que llegaremos a ser un día un país desarrollado, un país donde muchas de las miserias de hoy hayan desaparecido enteramente.
Nosotros sabemos que la Revolución ha colocado al país en ese camino. Cuando analizamos nuestra experiencia, y vemos que en cinco años de Revolución lo que se puede lograr es empezar a crear las bases, erradicar primero el analfabetismo, empezar a resolver una serie de problemas elementales, y pensamos en la suerte de los pueblos hermanos de este continente, lo que tienen por delante esos países, como un 80%, un 70%, un 50% en muchos de ellos, aislados, sin escuelas, sin caminos, sin hospitales, con un promedio de vida a veces que no llega a 30 años; cuando analizamos nuestras necesidades, podemos comprender la suerte que espera a esos pueblos, y las tareas que tienen por delante. Porque ya, al menos, nosotros hemos podido llevar una escuela hasta el último rincón del país, un maestro; hemos podido llevar los servicios médicos, hemos podido ir resolviendo una serie de cuestiones esenciales.
Ya nosotros podemos concebir planes como este, ya podemos emprender tareas como las tareas que tiene este instituto —para no hablar de las tareas que tienen todos los demás organismos, porque al igual que hay un instituto hidráulico hay un instituto de recursos minerales también trabajando afanosamente—; ya podemos emprender planes ambiciosos, verdaderamente ambiciosos como este, y podemos responder a la tragedia de un ciclón con un plan, replicar con un plan como el plan que se está llevando a cabo en Oriente; y ya podemos emprender numerosas obras hidráulicas en toda la república; y ya podemos calcular el número de ingenieros que vamos a graduar dentro de algunos años, el número de médicos que podemos graduar, el número de maestros. ¡Y qué maestros, que comienzan por las montañas y están después cinco años internos estudiando!
Ya nosotros, al menos, dueño este país de sus recursos, habiendo barrido del suelo de la patria los intereses de los extranjeros que usufructuaban y poseían nuestras riquezas, y prostituían y corrompían a nuestro pueblo , ya al menos nos hemos ganado la oportunidad de hacer estas cosas, de ocuparnos de nuestras cosas, y de ocuparnos de nuestro futuro; de trabajar para hoy y para mañana, a pesar de toda la rémora creada por el pasado, a pesar de todos los vicios implantados en este país.
Y así en un campo, en otro campo, en otro campo, en todos los campos, en todos los campos podemos proponernos avanzar y hacer cada vez mejor las cosas. Porque no vayan a creer ustedes que ser revolucionario es ser sabio, no vayan a creer ustedes que nosotros somos sabios, que bien dijimos cuando empezamos que no sabíamos nada, pero en estos cinco años, todos, todos, hemos ido aprendiendo y hemos ido realizando un aprendizaje rápido; si nos comparamos con lo que sabíamos en los primeros tiempos, todos nosotros sin excepción, en realidad, no sabíamos ni dónde estábamos parados.
Hemos aprendido porque queríamos aprender. Hemos aprendido porque nos dolían las necesidades de nuestro pueblo. Hemos aprendido porque queríamos triunfar. Hemos aprendido porque hemos sentido sobre nuestros hombros la necesidad y el deber de encontrar soluciones, de vencer las dificultades y los obstáculos, de resolver. Y así han ido adquiriendo experiencia nuestros cuadros revolucionarios, no quiere decir esto que sin hacer más de un disparate, porque en ese proceso de aprendizaje cuántos errores inevitables: unas cosas concebidas de una forma, otras cosas concebidas de otra, y otras de otra, y esas son las que estamos rectificando.
Y se puede observar en todo el país, ¡en todo el país!, ese espíritu de superación, ese espíritu de rectificación en las cosas que estén mal hechas; ese espíritu de mejorarlo todo, de hacer más eficiente el trabajo, se observa. Porque al igual que hay una voluntad hidráulica, hay una voluntad de la Revolución, hay la voluntad del pueblo, hay la voluntad de vencer, hay la voluntad de marchar adelante, hay la voluntad de combatir y salvar obstáculos, dificultades, y esa voluntad se observa en todos los rincones del país, esa voluntad se observa en todos los niveles del pueblo de hacer cada vez mejor las cosas, de hacer cada vez más inteligentemente las cosas y, sobre todo, de introducir en la Revolución la técnica, tan indispensable. Y eso se ve, sobre todo, todavía, cuando vamos por nuestros campos: de qué manera en este país los recursos maravillosos de su naturaleza se desperdiciaban; de qué manera en este país fueron destruidos los bosques; de qué manera en este país los latifundios cañeros obligaron a los campesinos a refugiarse en las montañas, talar y quemar maderas preciosas para sembrar malanga un año y después sembrar, si acaso, café, o dejar que allí creciera una pelúa, para el otro año volver a destruir otro pedazo de monte, porque la malanga se daba un año nada más, y claro, la erosión se lo lleva todo y después hay que dejar que otra vez, a lo largo de años se recupere la fertilidad de aquella tierra.
Y entre las causas de la malignidad de los daños causados por el ciclón y lo arrollador de aquellas crecientes, está el hecho de que al faltar bosques en las cabeceras de todos aquellos ríos, las aguas se precipitaron mucho más violentamente y los ríos crecieron mucho más rápidamente.
Cuando ustedes van por los campos se encuentran caña de azúcar sembrada en una serie de lomas, donde no se puede pensar ni en mecanizar. Y lógicamente, una de las metas que tiene que proponerse el país es la mecanización de toda su agricultura, la mecanización total de los cultivos cañeros. Porque, ¿qué progreso, qué desarrollo, qué adelanto puede tener un país que tenga que estar chapeando, cortando la caña con machetes, y chapeando los potreros con machete? La productividad de ese hombre, ¿cuánto puede crecer? Aunque le inyecten millones de unidades de vitaminas, ¿cómo puede hacer que corte más de 300 arrobas, normalmente, el hombre promedio? — no voy a hablar de esos casos extraordinarios. Entonces la productividad del trabajo de un hombre, ¿para producir cuánto? Para producir nueve quintales de azúcar. Ese hombre cortando caña en una máquina, puede cortar caña para producir 300 o 400 quintales de azúcar. Y lo mismo pasa con todas las demás actividades de la agricultura en que se hace indispensable mecanizar. LLegará el día en que no haya caña sembrada en una loma y en una loma haya pasto; porque en la loma no se puede mecanizar la caña. Y tiene que llegar el día en que prácticamente todas las tareas en la agricultura estén mecanizadas, y que nuestra agricultura se desarrolle de acuerdo con criterios estrictamente técnicos. Y así será.
Cuando oí a los compañeros hablar del mapa hidráulico, es decir, el mapa que señala donde están nuestras reservas de agua subterránea, pensaba en una cosa, en los otros mapas, en nuestros mapas de suelos, en los mapas que nos digan cuáles son las características de la estructura y las características químicas de cada uno de nuestros suelos, y nos diga dónde hay deficiencia de fósforo, deficiencia de calcio, deficiencia de potasio, o deficiencia de cualquier microelemento esencial para la vegetación. ¡Cuándo será el día en que tengamos todos esos mapas! Y cuando produzcamos nuestros fertilizantes, sepamos la fórmula que hay que producir para cada cultivo y para cada lugar de Cuba, de acuerdo con las características de cada suelo.
Y pensaba además en otra cosa, en la necesidad de desarrollar técnicas adecuadas para producir sin regadío — y esto pudiera parecer una paradoja en una reunión del instituto hidráulico. Y por una experiencia personal, cuando traté de conocer un poco sobre los problemas de la técnica agrícola, me recuerdo que al principio todo lo hacía con agua: ver si puede lograrse una producción de tantos litros de leche por hectárea, o tanta carne por hectárea, o tanta caña por hectárea con agua; y después pensé: El día que hayamos desarrollado todos nuestros planes hidráulicos, escasamente tendremos un 20% de nuestras tierras agrícolas regadas. Entonces es muy importante conocer todas las técnicas de regadío y todas las técnicas de cultivo con agua, pero aún es más importante todavía, aprender a cultivar sin riego, aprender a cultivar la caña y los pastos aprovechando adecuadamente la precipitación natural. Porque la conclusión que saqué fue esta: “Bueno, sí, si llegamos a producir tanto y tanto, y tanto más cuanto con agua, ¿qué hacemos donde no tenemos agua?, ¿y qué hacemos mientras no tenemos agua?” Y hay técnicas no introducidas aquí todavía; pero hay muchos países que tienen mucho menos precipitación que nosotros, se han desarrollado las técnicas para aprovechar sus aguas: en los frutales, en los cultivos de la piña, de la caña, en el método correcto de explotación de los potreros, o en los métodos adecuados para conservar los excesos, para conservar los excesos de pasto en la primavera y poder establecer el equilibrio entre la primavera y la seca o el frío. Pero hay sobre todo eso un mundo también. ¿Y cómo producir 150 000 arrobas de caña en una caballería, sin agua, sin regadío? ¿Con qué técnicas? Y como vamos a producir 200 000, si fuera posible, entonces con agua, producir 300 000. Pero es muy importante desarrollar también las técnicas de cultivo, y esto que estoy diciendo no va en detrimento de las ambiciones hidráulicas de la Revolución. ¡No, al contrario! ¡Va en beneficio de ustedes! Porque estoy seguro de que las presiones que les hacen para que le saquen agua todos los días son tremendas a lo largo y ancho de la isla. “Abreme un pozo aquí y otro allá y resuélveme este problema y canalízame por acá”, que nosotros lo sabemos. Y es que tenemos que aprender a cultivar caña también sin agua, y saber qué mes y qué técnica podemos aplicar. Y yo estoy haciendo un pequeño experimento con eso, y tengo esperanza de que logremos sacar ciertas cantidades de caña sin regadío; pero eso sí: hay que poner un pluviómetro allí para ver cuánta agua cae. Y prácticamente aquí no debiera haber una sola granja del país donde no hubiera un pluviómetro; porque el problema no es saber cuánto creció la caña con tantas pulgadas un año, hay que saber qué pasó con el otro en que no había la misma precipitación y qué pasó en el otro en que hubo más precipitación. Y ustedes, los hidráulicos, deben preocuparse — si quieren; o me parece a mí, yo les sugiero— no solo del agua de los ríos, del manto subterráneo, sino del agua que cae del cielo también; que los problemas de la precipitación y los niveles de precipitación natural los estudien también y los récords conocidos en Cuba de la precipitación que ha habido desde principios de la república. Y calcular más o menos esos ciclos de lluvia y de sequía, para estar alertas, para conocer por lo menos con un año o dos de anticipación cuándo va a venir una sequía. Y eso puede llegar a conocerse también con el estudio.
Y conocer cuáles son aquellos sitios de más lluvia y aquellos sitios de menos lluvia, y cuánto tiempo hay que darle allí de crecimiento al pasto y cuánto tiempo hay que darle allá, y cuál es el mejor mes para sembrar la caña allí y cuál es el mejor allá, y qué variedad debe haber allí y qué variedad debe haber allá.
Y, desde luego, nosotros en técnicas agrícolas estamos atrasadísimos. Es una vergüenza el promedio de caña por caballería que se producía en Cuba, señores. Y, naturalmente, que la agricultura no es solo una cuestión de agua; es una cuestión de agua, de mecanización, de técnicas de cultivo, de fertilización, de selección de variedades, de semillas, de plantas, de animales, toda una serie de factores.
Cuando oí al compañero hablando de los técnicos que necesitaban para 1970: 1 000 técnicos universitarios, digo yo: “¿Y de dónde van a sacar esos técnicos universitarios para 1970?” Pero, inmediatamente más abajo decían: “Comprendemos que es muy difícil llegar a esta meta para el año 1970.”
¿Ustedes saben cuántos técnicos necesitamos para la ganadería en 10 años, o para la agricultura en general? ¡Cincuenta mil técnicos! Y los vamos a tener, seguro que los vamos a tener, no le quede duda a nadie. Claro que no van a ser de nivel universitario los 50 000, pero unos cuantos miles sí lo van a ser; y todos, por lo pronto, estarán matriculados en la universidad y estudiando. Porque estamos haciendo algo en la agricultura: trayendo obreros de 2do y 3er grados, preparándolos hasta el 8vo grado, y poniéndolos a recibir una enseñanza tecnológica y que después se matriculen en la universidad.
Y ya tenemos una escuela de suelos y fertilizantes, que tiene algo que ver —cosas parecidas— con las cuestiones de la agricultura. Pero vamos a ir creando institutos tecnológicos obreros sobre esas materias. Y, claro, en La Habana es donde están las instalaciones... Nos va a prestar un servicio.
Pero es muy interesante, porque esos obreros que van a estar estudiando hasta el 8vo grado, van a recibir clases ya de otra fuerza creada por la educación: de los estudiantes del instituto pedagógico, porque ya la Revolución puede ir movilizando fuerza y más fuerza. Ya este año, del instituto pedagógico, 1 000 alumnos de los que están en el penúltimo año de sus estudios, están en las aulas dando clases en La Habana; el año que viene habrá 2 000, pero ingresarán en las Minas del Frío, en Topes de Collantes, de 4 000 a 5 000. Dentro de dos años y medio tendremos entonces aquí 5 000, y podrán atender 5 000 aulas de primaria. La Revolución va movilizando sus fuerzas que crecen. Y así, vamos a tener 8 000 estudiando de esos 40 000; pero no nos detenemos ahí, con eso no llegamos a los 40 000 o a los 50 000.
La Ciudad Escolar “Camilo Cienfuegos “ la vamos a convertir en un instituto tecnológico de ese tipo. Y no hay que olvidarse de que aspiramos a que la ciudad escolar llegue a albergar 20 000 estudiantes, si la terminamos para 1970. Claro que no perdemos el tiempo: cada vez que se termina un edificio lo llenamos; ahora ya hay 2 000 o más estudiantes allí, pero está sobre los 2 000; antes de 1970 tendrá cada año más y cada año más. Pero vamos a ver, con tantas obras y tantos planes que hay que hacer, si alcanzan las máquinas, si alcanza la fuerza de trabajo, si alcanza el cemento, si alcanzan los materiales, y qué se inventa para que puedan alcanzar.
Pero convertida la ciudad escolar en un instituto tecnológico, donde vayan los graduados de las secundarias básicas rurales, aspiramos a llegar a esa meta de tener los 50 000; más los institutos tecnológicos agrícolas que hay ya en cada provincia. Y los vamos a especializar: unos en tabaco, otros en ganadería, otros en caña. Y las universidades las vamos a especializar.
Pero no hay que desalentarse si faltan muchos técnicos, porque los técnicos la Revolución los puede formar. Ahora yo me hago una idea de lo que serán nuestros campos cuando tengamos esos técnicos. ¡Y qué clase de técnicos!, sin detrimento de los demás técnicos...
(LE DICEN ALGO AL DOCTOR CASTRO)
No se apuren, ya los mandaremos para allá. ¡Vamos despacio porque estamos muy apurados! No los queremos mandar a medio hacer, aunque a veces hemos tenido que echar mano de alguno de esos estudiantes, pero los mandamos con equipo y siguen estudiando. Y, desde luego, el compromiso, el compromiso: ellos terminan con una calificación técnica y cualquiera que sea el trabajo que tengan recibirán un sueldo, y no pasarán de ese sueldo hasta que no tengan aprobado el segundo año de la escuela de agronomía o de veterinaria, y no pasarán de ese nivel hasta que no sean ingenieros o médicos veterinarios; es decir, pagaremos la calificación técnica porque nos interesa estimular la calificación técnica. Y, aun a riesgo de tener algunas discrepancias con ustedes, todos los ingenieros agrónomos que se gradúan, ninguno va para la producción de ahora en adelante ; todos, todos, todos van para esos institutos tecnológicos a enseñar. Y no solo eso —para que no se apure el compañero—: los primeros que se gradúen de suelos y fertilizantes, la mayor parte irá para centros de investigaciones y para enseñar en los nuevos centros tecnológicos.
Como una golondrina no compone verano —según creo que se dice—, mandar un ingeniero a nuestros campos y a nuestra agricultura atrasada es mandar una golondrina. ¿Qué hace ese pobre ingeniero? Es que el hombre técnico tiene que estar a nivel no de las 1 000 caballerías, a nivel de 10 caballerías tiene que haber un técnico competente allí, a nivel de lechería, de granja cañera, de la unidad de producción. Y los primeros que salen, esos siguen enseñando. Así que por lo menos hasta 1967: van a tener que tener un poco de paciencia. Pero lo que vamos a mandar es bueno, pero bueno, bueno, bueno: la mayor parte obreros agrícolas, que un día serán ingenieros agrónomos. Y en algún sentido, en la ciudad escolar nos nutriremos con campesinos de las secundarias básicas, y alguna escuelita aquí con estudiantes, pero mínimo. Porque no hay duda de que el mejor técnico, el mejor —superior a todos ustedes y a todos nosotros— es el obrero joven que ha conocido el trabajo, la vida dura, que ha cortado caña, que ha guataqueado — no a un político, sino a la tierra (RISAS Y APLAUSOS)—, que es seleccionado por su actitud ante el trabajo, que se le lleva a una escuela, se eleva su nivel hasta un 8vo grado, después se le lleva a un instituto tecnológico, y cuando termine está matriculado en una universidad, pero ya trabajando, y viene dos meses todos los años para los estudios finales y los exámenes: no, no hay técnico superior a ese, tengan la seguridad.
Nosotros tenemos ya algunos y no están completos, y son de una calidad increíble, increíble.
En el futuro no podremos formar esos técnicos, no habrá nadie de 2do grado ni de 3ro. Todo el mundo se habituará desde joven ya al estudio y todo eso.
Pero cuando a ese hombre usted lo trae y le enseña, y le abre el mundo de la ciencia y se lo pone delante de sus ojos, el entusiasmo que en ese hombre se despierta es increíble. Y una gran parte de nuestros técnicos van a ser obreros agrícolas.
Y ya hemos podido saber la satisfacción de tener algunos de esos cuadros trabajando ya en algunos centros de producción. Y hay que ver la responsabilidad con que actúan, la seriedad con que actúan. Es impresionante.
Y de esa estirpe, de esa calidad, van a ser las decenas y decenas de miles de técnicos que enviaremos a la agricultura, donde hoy tenemos algunos competente, hombres competentes, y donde también tenemos muchos chapuceros (RISAS). Aunque, naturalmente, hay que decir que mes por mes y año por año son mejores y tienen más experiencia y son más eficientes los cuadros que están en la agricultura, porque se ven.
Pero eso es una cosa científica, es una cosa técnica. ¡Y cómo puede darle soluciones técnicas a problemas gente que no ha abierto un libro en toda su vida!
Decía lo de la discrepancia porque yo sé que ustedes necesitan también ingenieros agrónomos, y hay una sección que se llama Agro... ¿qué? (DEL PUBLICO LE DICEN ALGO) No, yo no sé; me dio la impresión de que eran ingenieros agrónomos los que necesitaban en esa sección. Y un día los que estaban de profesores allá — y aprovecho la oportunidad para decirlo aquí— nos plantearon problemas, porque ellos ganan su sueldo. Esos compañeros que están de profesores allá en la escuela de suelos y fertilizantes, que hay 17, un día fui por allí y me enteré de que tenían ciertas preocupaciones. Dígoles: “¿Cuáles son las preocupaciones?” “No, porque
en algunos organismos algunos compañeros que estaban en el mismo curso que nosotros están ganando más sueldo que nosotros y les han dado casas y les han dado máquinas.” Digo: “Qué problema, ¿cuáles serán esos organismos?” Y hasta pensé en el instituto hidráulico, y digo: “¿Estará entre ellos el instituto hidráulico?” (RISAS) Pero después estuve conversando con el compañero Faustino y me dijo: “No, qué va, que no... “ Y digo: “¿Cuáles serán? Miren qué problema nos plantean.”
Porque en algunos organismos han recibido un trato excelente. Y, caballeros, no hay automóviles para los recién graduados, ¡qué va!; ni casa fácil, no la hay. Y los sueldos deben ser iguales.
Yo les dije a ellos: “Tengan paciencia “. No lo plantearon por un problema estrictamente económico; creo que hicieron bien en decirnos eso a nosotros.
Entonces, bueno: todo el que se gradúe tiene que ser maestro, ir para maestro. Digo: “Ya se desarrollarán también cuando sean profesores universitarios, si dan la talla para profesores universitarios; entonces tendrán más sueldo, entonces quizás llegue el momento en que tengan el automóvil y las cosas que desean.”
Pero nos encontramos con un problema de competencia, y que por eso se establece la necesidad, se ve clara la necesidad de que los que se gradúan tengan más o menos el mismo tratamiento en los distintos organismos. Si no, se crean ciertas situaciones que parecen discriminatorias, o, a su vez, privilegiadas.
En mi opinión, en materia de los técnicos agrícolas por lo menos, nosotros debemos pagar la calificación técnica. Porque si es importante estimular el trabajo, mucho más importante es estimular la calificación, porque la técnica es la única capaz de multiplicar muchas veces la productividad de un hombre. Y un técnico que trabaje como un hombre medio es capaz de producir mucho más que un trabajador excepcional que no sea técnico, que un trabajador excepcional con una gran capacidad y una gran voluntad.
¿Y qué pensaba yo con respecto a esos compañeros que han sido declarados Héroes del Trabajo? Reinaldo Castro, por ejemplo, un hombre que corta mil y tantas arrobas, ¡es un bárbaro! ¿Qué sería este hombre trabajando con ese mismo espíritu si fuera un ingeniero agrónomo? Y una de las cosas que yo le propuse al compañero Reinaldo Castro es que estudiara, a ver si lo reclutamos para una de las escuelas estas; y al otro compañero también que fue designado Héroe del Trabajo Técnico.
Porque si esos hombres tienen una voluntad tan extraordinaria que son capaces de producir, ¿qué no hacen, por ejemplo, ya, si usted los monta en una máquina? ¡Quítele el machete a Reinaldo Castro y póngalo en una maquina! (DEL PUBLICO LE HACEN UN COMENTARIO.) No, no se echa a perder. ¿Por qué se va a echar a perder? (RISAS.) ¿Usted se ha echado a perder cuando lo pusieron en una máquina? Yo no digo en un automóvil, compañero; porque al compañero Reinaldo Castro le regalamos un automóvil — que bien se lo merecía—, y no se echó a perder.
Es lo que yo digo. Yo estaba pensando en la otra máquina y aquí había alguien pensando en el automóvil (RISAS).
Pues la máquina a que me refería no era un automóvil sino una máquina de cortar caña, una combinada. Y decía: “Quítenle el machete y pónganlo en alguna combinada.” Entonces, si él cortando caña a mano produce caña para 25 quintales, es posible que produzca entonces para 600 quintales con la combinada. Conviértanlo en un ingeniero agrónomo y pónganlo al frente de una granja de 100 caballerías, y con la técnica es capaz de duplicar la productividad. Y pónganlo, además, en una de esas granjas que tengan regadío, y que logre allí sacar 300 000 arrobas en una caña nueva, y mantenga los rendimientos por encima de 120 000 o 130 000, y entonces verían cómo aumenta la productividad del trabajo del compañero Reinaldo Castro. Y a eso es a lo que nos referimos nosotros, y eso lo saben ustedes. Ustedes son técnicos, muchos de ustedes, y cuántas veces no se angustiarán cuando ven a la gente haciendo disparates, cuando ven a la gente sacando agua y agua del pozo, sin pensar que aquel pozo tiene una capacidad limitada; seguramente se angustiarán, y muchas veces tendrán de esos problemas que es el choque con la ignorancia, porque, caballeros, la ignorancia es un temible enemigo. y entre los elementos contrarrevolucionarios hay que poner la ignorancia en primer lugar, y el imperialismo en segundo.
Nosotros estamos venciendo al imperialismo, le estamos ganando la batalla, esa batalla que se libra entre un pueblo que quiere hacer su destino y un poder que quiere destruir ese pueblo y destruir esa Revolución. ¿Pero cuánto más fácilmente no le ganaríamos la batalla si la técnica y la ciencia fueran nuestras aliadas, y no la ignorancia? Porque hay mucha gente poseída de la mejor voluntad del mundo, pero son ignorantes. Y, claro, una de las cosas con que cuentan las
clases explotadoras es con la ignorancia de los explotados, porque las escuelas, los institutos y las universidades no suelen estar al alcance de las clases explotadas. Y, por eso, una de las primeras cosas que los explotados tienen que sacudirse cuando derrocan el poder de los explotadores es la ignorancia, y esa es la importancia que tiene la obra educadora de la Revolución.
Pero todavía somos ignorantes, todavía todos ignoramos muchas cosas, todavía todos tenemos mucho que aprender y mucho que estudiar, y eso nos ayudará a ganar la batalla. Cuanto más nos superemos, con más facilidad venceremos los obstáculos de nuestros enemigos. ¿Qué fue lo primero que hicieron los imperialistas? Tratar de llevarnos los técnicos. Y se llevaron a muchos técnicos. ¿Qué hizo la Revolución? Tratar de formar técnicos. Nos trataron de llevar hasta los médicos, especialistas de todos tipos trataron de llevárselos, y como muchos técnicos provenían de las clases explotadoras y trabajaban con las clases explotadoras, se fueron. Se juntó el espíritu pequeñoburgués con el extremismo; el extremismo y la ignorancia de los revolucionarios y el espíritu pequeñoburgués de muchos técnicos, y dio como resultado que muchos técnicos se fueran.
Hay que decir que, naturalmente, yo les hablo a ustedes con mucha confianza; posiblemente hace dos años no les hablaba así, porque podía haber todavía muchos de ustedes que no se sintieran muy seguros sobre las cosas de la Revolución. Pero cuando yo les hablo así es porque sé el espíritu de los técnicos en Cuba actualmente, sé el espíritu de los técnicos y sé cuántos técnicos hay de verdad identificados con la Revolución, y sé el espíritu revolucionario de muchos técnicos en este país, ingenieros, médicos, y técnicos de todos tipos. Ninguno tiene que avergonzarse; si el hombre tiene conciencia, si comprende algo, si es capaz de ser revolucionario, no tiene que avergonzarse de sus orígenes. Y así, a los técnicos se les puede hablar así, y nosotros sabemos cuánto se ha superado el espíritu de los técnicos.
Desde luego, mi opinión sobre esa gente que se va con los imperialistas es muy mala. ¿Médico que se va con los imperialistas, que deja a su país sin su servicio? No, ese no es ni médico, ese merece ser fusilado, pero no por contrarrevolucionario, sino por depravado, por inhumano. Porque, incluso, hay el caso del médico que hace contrarrevolución con su profesión. No se trata de que el médico tenga su filosofía, su manera de pensar, sus ideas, no; eso no se le censura a ningún técnico. Pero médicos que porque eran enemigos de la Revolución eran capaces de matar a uno, y recomendarle una medicina que no había, e iban a hacer contrarrevolución con la angustia y el dolor de aquel hombre que iba allí a verlo como médico, defraudando y traicionando su confianza, ¿qué merece ese hombre? Y aquí los ha habido, y es posible que, incluso, todavía haya alguno que otro.
Que aquí cuando ciertas medicinas especiales se traen hay que controlarlas por el ministerio para que no surjan los acaparadores, y aquí fue necesario establecer aquel principio de que los tres primeros días del hombre que no asiste al trabajo por enfermedad no se pagan, y se empieza a pagar después del tercer día. ¿Por qué? Porque había muchos borrachines que se jalaban el domingo y después iban el lunes al mediodía y le pedían a un médico un certificado médico y aparecía el médico que le daba el certificado. Eso no habrá necesidad de sacrificar a nadie el día que esos vicios no existan, y todavía perduran en la sociedad vicios de ese tipo.
Pero bien, unos cuantos se fueron y muchos quedaron. Aprendieron los compañeros a tratar a los técnicos — por lo menos a no tratarlos mal, a tratarlos mejor— y así muchos técnicos se ganaron para la Revolución.
Porque, ¿quién que sea médico y que ame la medicina y que tenga como profesión la medicina, si de verdad tiene profesión de médico, no ha de admirar lo que la Revolución ha hecho con la medicina, no ha de admirar el hecho de que se hayan erradicado enfermedades que costaban cientos de vidas, que decenas de miles de vidas de niños se salven?
Y en días recientes, estando nosotros conversando con un grupo de estudiantes, había un médico detrás; salió a relucir la medicina rural, y aquel hombre dijo dos o tres palabras que me hicieron gran impresión, porque hablando de la medicina rural dijo: “Usted no sabe lo que me ha pasado a mí, ir a asistir a una madre en el hospital, y decirme: 'bueno, yo tenía 10 hijos y 6 se me murieron', y empezaron a salvarse los hijos cuando llegó la medicina rural a los campos.” Y aquel hombre decía aquello, pero lo decía con lágrimas en los ojos.
Quien tenga condición humana, quien sea capaz de tener una sensibilidad humana y una vocación, no puede ser un enemigo de la Revolución, no puede serlo, por muy pesado que le pueda caer el director de un hospital e, incluso, un ministro (RISAS). Es decir que mi pregunta es, ¿cuál puede ser la justificación? No puede haberla. Sí, porque hay quien se puso bravo porque le hicieron esto y lo trataron así, y se fue para Estados Unidos. Claro que son criticables todos los técnicos, pero por los que más yo siempre, de verdad, he sentido más desprecio es por
el médico que se ha ido, por el aspecto humano de la cuestión. No es lo mismo una fábrica que deja de hacerse, que el ser humano que se muere porque no tiene un médico que lo atienda. Pero bien, los enemigos trataron de llevarnos a los técnicos. Y creo que este es un organismo que significa un buen ejemplo de la unión, y de la fusión, del trabajo técnico con el trabajo manual. y esa frase que expresaban los compañeros en la asamblea, a la cual hacía referencia el compañero Faustino, sobre la actitud con respecto a los técnicos, no que sean marxista-leninistas, sino cuál es su actitud ante el trabajo, y fundamentalmente eso es lo que interesa: la actitud ante el trabajo. Y todo hombre tiene un deber sagrado con su trabajo, todo hombre tiene una vocación, se inclina a algo; y es lógico que un técnico, que tuvo la oportunidad de estudiar, de prepararse, tenga una actitud ante el trabajo honorable, apasionada, si realmente tiene vocación.
Pero bien, las revoluciones son procesos convulsos, etapas de tránsito. Las aguas han ido tomando su nivel, los revolucionarios todos hemos ido aprendiendo, el pueblo ha ido aprendiendo, y estamos cada vez en mejores condiciones de llevar adelante nuestra tarea, no sin dificultades; no sin dificultades, porque nuestras necesidades son muchas y nuestros recursos son muy pocos. Y muchas veces hay quien se desespera porque le falta esto, y aquel se desespera porque le falta lo otro.
El problema es que sepamos distribuir bien nuestros recursos, que nuestros programas se ajusten a esos recursos. Y de todas formas viviremos años esa angustia de “me falta esto y me falta lo otro “. Muchas veces queremos hacer más de lo que podemos hacer, y surgen dificultades. La necesidad nos presiona, y queremos resolver muchas cosas al mismo tiempo, y los recursos no están a la altura de nuestros deseos. Esa angustia la viviremos todavía algunos años.
Hoy nos ha correspondido vivir, en estos tiempos, años relativamente duros, años de peligros; y peligros seguiremos teniendo, peligros seguirán gravitando sobre nuestras cabezas. El ejemplo de lo que ocurre en otras partes del mundo, lo que ocurrió días recientes en Vietnam, lo demuestra: la cobardía, la alevosía, el espíritu traicionero de los imperialistas, su posición de prepotencia y de fuerza, su falta de escrúpulos para inventar cualquier incidente, la desfachatez con que tratan de engañar al mundo. ¿Y quién lo puede saber mejor que nosotros, que todavía recordamos aquel día del bombardeo, en que se aparecieron publicando las agencias de cables que eran unos aviones cubanos de la fuerza aérea que se habían rebelado? Cómo nos bombardearon con sus aviones pintados con insignias cubanas; cómo algunos de aquellos aviones confundieron a nuestros soldados en la batalla de Girón, y abrieron fuego contra hombres que saludaban aquellos aviones. Cosas que hoy pintan ellos y describen como una proeza, porque han llegado al cinismo de convertir en proeza la traición, la alevosía y el crimen; como si no los conociéramos por nuestras experiencias en la base naval de Guantánamo.
Y se han ido allá a provocar, a crear las condiciones para desatar un ataque sorpresivo y traicionero sobre un pequeño pueblo que no ha hecho más que luchar por su independencia; países que vivieron bajo el colonialismo durante siglos, y no los quieren dejar en paz. Vemos cómo el imperialismo lanza su garra, su zarpazo. Y en el ejemplo de Vietnam debemos mirarnos nosotros, pero no para intimidarnos, sino para aumentar nuestra vigilancia, acrecentar nuestro odio y nuestro desprecio hacia ellos y estar siempre preparados. Porque no nos sorprenden esas cosas, ese tipo de zarpazo, ese tipo de ataque artero.
Y a los pocos días del ataque de Estados Unidos a Vietnam, el ataque de los aviones turcos sobre la población chipriota. Cincuenta aviones turcos ametrallando aldeas en Chipre. Entonces hacen las mismas declaraciones que el gobierno de Estados Unidos: que fue una acción defensiva, policiaca. Y los imperialistas, sobrevolando los cielos de Cuba, ahora pretenden sobrevolar los cielos de Vietnam, y los turcos sobrevolar los cielos de Chipre. ¡Y son magníficas lecciones que los pueblos debemos de aprender!
Esos peligros pesarán sobre nosotros. Sobre nosotros pesarán también esas concepciones de la guerra local, de la guerra paramilitar, del zarpazo hoy y aguantarse, esas variantes de la agresión imperialista. Pero nosotros los conocemos, y los conocemos demasiado bien. Por eso procuramos prepararnos para esas eventualidades, para eso procuramos instruir a nuestros soldados en esas eventualidades, y para que seamos siempre un hueso duro de roer, duro de roer para ellos, pero bien duro; y que les pase lo de Girón, que les pase lo de Girón cada vez que nos agredan.
Hoy mismo, poco antes de venir para este acto, leíamos una noticia por los cables: que a un barco cubano — el “María Teresa “— le habían puesto una bomba en el casco, en Canadá, en un puerto canadiense. Estos cínicos, estos desvergonzados imperialistas, mientras condenan a
Cuba, y mientras acuerdan sanciones, violando las leyes internacionales, violando las propias leyes del Canadá, tienen la osadía de irle a poner una bomba en el casco a un barco cubano, y después declararlo. Una organización que declaró que su sección de sabotaje puso la bomba, donde había 30 marineros durmiendo. No hubo desgracias personales, pero demuestra la falta de moral y de principios de nuestros enemigos. Pero en el pecado están llevando la penitencia. El descrédito de los imperialistas es cada vez mayor, y lejos de haber obtenido la victoria que buscaban en la OEA, se han cubierto de oprobio, y se han cubierto de descrédito. Y el incidente ha servido para poner a prueba el espíritu de independencia de otras naciones de América; y, entre otras cosas, ha servido para que ese pueblo hermano nuestro, el pueblo mexicano, haya puesto el nombre de su patria más alto que nunca ante todos los pueblos del mundo (APLAUSOS PROLONGADOS).
Reveses y más reveses es lo que han cosechado los imperialistas, y lo que van a cosechar.
Lo que hicieron aquí lo hicieron en Argelia; el episodio de “La Coubre “ se repitió en Argelia, casi idéntico. Y ahora ya no somos nosotros los que decimos que son los agentes de la CIA los que ponen esas bombas, ya son ellos los que lo declaran públicamente. Y así, tratan de obstaculizar la marcha de nuestro país, así violan las leyes internacionales. Y nosotros esperamos que el gobierno de Canadá tome las medidas adecuadas para investigar ese hecho, y para castigar a los culpables, puesto que es una violación de las leyes de ese país la que han cometido los criminales que promovieron ese atentado.
Tratan de entorpecer a nuestro país, pero nuestro país avanza y avanzará. Nos subestimaron, subestimaron a nuestro pueblo, creyeron que con su criminal bloqueo lo reblandecerían y lo que han hecho es fortalecerlo, templar su espíritu, prepararlo para todo, lo han hecho más fuerte; creyeron que el derrotismo, que el pesimismo, se apoderarían de la nación cubana; creyeron que el pánico se apoderaría de la nación cubana, y esta nación ni aun en aquellas horas difíciles y críticas de la Crisis de Octubre, ni aun en aquellas horas, mostró la menor vacilación, ni mostró el menor síntoma de cobardía o de miedo. Y así, con su hostilidad, han hecho a nuestro pueblo más fuerte, lo han hecho más revolucionario.
Y ya no se conoce a nuestra patria en el mundo solo por el ron, o por la belleza de sus mujeres, se le conoce por su heroísmo, por su espíritu, por su valor, por su historia revolucionaria. Ese es nuestro pueblo, y esta es la historia que está escribiendo en medio de la hostilidad y en medio del peligro. ¡En medio del peligro avanzamos, en medio del peligro producimos, en medio del peligro creamos, en medio del peligro progresamos!
Y amamos entrañablemente la obra de la Revolución porque es la obra de nuestro pueblo, la obra de nuestro sudor, la obra de nuestra sangre, la obra de nuestra inteligencia. Creamos para el mañana, soñamos con ese mañana; soñamos con que año por año el avance se note: soñamos ir jalonando el camino de la Revolución con cada obra que terminemos, con cada fábrica, con cada represa, con cada trabajo creador que nuestro pueblo produzca; soñamos con ir jalonando nuestro camino de obras y de éxitos. Y trabajamos para que nuestro país disfrute de ello y aspiramos a disfrutar de nuestro trabajo. Mas, sin embargo, sabemos que ese trabajo, ese fruto de nuestro esfuerzo y de nuestro sudor, corre peligro; sabemos que lo amenazan enemigos poderosos; sabemos que la postura digna de este pueblo, la actitud indoblegable de este pueblo, le acarrea peligros mientras el imperialismo exista, mientras el imperialismo se convenza definitivamente de que nada podrá detener la Revolución, de que nada podrá aplastar la Revolución. ¡Pero no importa! Antes no teníamos una obra que amar, antes no teníamos una patria que defender, porque esta patria no era nuestra. Y esas tierras que van a bañar las aguas de nuestros ríos, esas tierras que van a irrigar las obras que ustedes están construyendo, son tierras nuestras, y el fruto de esa tierra será nuestro fruto . Y la riqueza que estamos creando será nuestra riqueza; y el pueblo trabajador que se está capacitando no trabajará para los monopolios extranjeros, trabajará para sí mismo; y aquellos que perdieron esos privilegios, aquellos que eran los dueños de nuestra riqueza, aquellos que se apropiaban del fruto de nuestro trabajo, quisieran por eso destruirlo para castigar a nuestro pueblo, para destruir nuestro ejemplo, quisieran hacernos fracasar. ¡Pero no podrán!
Y antes que ser parias en nuestra patria, antes que vivir como vivíamos, trabajando para ellos, preferimos mil veces sucumbir con lo nuestro ; morir con lo nuestro antes de que nos lo arrebaten, antes de dejárnoslo arrebatar. Porque ahora la patria significa algo para nosotros, ahora esta tierra significa algo para nosotros: es nuestra patria, es nuestra tierra. Pueblo y nación se identifican plenamente, somos una sola cosa, nos hemos verdaderamente independizado, somos verdaderamente dueños de nuestro presente y de nuestro futuro.
Y por eso preferimos la Revolución con sus promesas y peligros, al pasado de oprobios. Por eso hacemos nuestro aquello que decía Marx a los trabajadores “que no tenían otra cosa que perder
que sus cadenas “. Hemos perdido las cadenas, y estamos creando algo: estamos creando una patria nuestra y para nosotros. Y cada gota de sudor que cada obrero, que cada técnico aporta diariamente, es el grano de arena con que se construye esa obra, con que se construye esa patria; y el fruto de nuestro esfuerzo, el fruto de nuestro sudor, lo sabemos defender con nuestras vidas, y lo sabemos defender con nuestra sangre.
Por eso, compañeros y compañeras del instituto hidráulico, al cumplirse hoy este segundo aniversario, nuestra felicitación más sincera, nuestro reconocimiento al trabajo que han hecho, nuestra exhortación a que sigan año por año marchando así, y nuestro voto a favor de que el año que viene se celebre este acto allí, en la obra hidráulica de Oriente que esté más adelantada . No sabemos si será “Gilbert”, o Paso Malo, o El Mate, o en el Camazán, pero allá nos veremos el próximo año . Y que ojala que para esa fecha haya por lo menos un río cortado, un río menos para inundar nuestras tierras y arrancar vidas de nuestros compatriotas; y que cada año sean más y más los ríos que ustedes represen, hasta que no quede ni un arroyito sin represar, hasta que no se cumpla el propósito de que “ni una sola gota de agua se vaya al mar “, que esa es la gran meta de esta organización, ese es el objetivo final.
Y cuando lo hayan logrado, ¿qué hacemos? Nos pondremos a inventar entonces, y quizás entonces el problema que nos planteemos sea cómo utilizar el agua del mar también en la agricultura, o en lo que sea; porque aquí hablamos de que cuando hayamos terminado de represar todos los ríos y utilizar todo nuestro manto freático, habremos llegado a un 20% de las tierras; entonces después nos pondremos a inventar cómo regar también el 80% de las tierras restantes. Y que aunque hayamos logrado desarrollar una técnica óptima de cultivo sin regadío, no nos detengamos ahí, porque nuestra población crecerá, nuestras necesidades crecerán, las necesidades del mundo crecerán, y necesitarán más azúcar, más carne, más frutas, y más de todos aquellos productos que nosotros podamos producir.
Y nunca nos detendremos; no nos detendremos nosotros, no se detendrán los que vengan detrás de nosotros. Pero al menos los que vengan detrás de nosotros no se encontrarán esa desoladora “nada “ que nos encontramos nosotros. Estará el trabajo de ustedes, las investigaciones de ustedes, los estudios de ustedes, los técnicos que han formado ustedes, los archivos que organicen ustedes, y las obras que hayan realizado ustedes, esta obra noble, esta obra honrada que estamos haciendo con el sacrificio y el sudor de nuestro pueblo, y con el hermoso ejemplo de solidaridad y de internacionalismo que significa el aporte de la experiencia que nos brindan los técnicos de nuestros países amigos, los técnicos que han venido de la Unión Soviética, de Bulgaria, de Checoslovaquia y de otros países.
A los compañeros que se marchan, al compañero ingeniero Perejrest, pues también nosotros nos sumamos, emocionados, al agradecimiento de todos los que han trabajado con él, y le decimos también que siempre le agradeceremos la ayuda que nos han dado en estos primeros tiempos en que, prácticamente, no teníamos ninguna experiencia hidráulica.
Y así, se está construyendo el presente y se está construyendo el futuro de la patria. Y los que vengan después de nosotros no tendrán que sentirse como nosotros, no tendrán que sentirse tan huérfanos de recursos, tan huérfanos de experiencia, y tan huérfanos de conocimientos como nosotros.
Y por eso, para todo nuestro pueblo y para las generaciones venideras, por ellos es que hemos hecho esta consigna de
¡Patria o Muerte!
¡Venceremos!
FIDEL CASTRO RUZ

Fuente: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos

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