enero 22, 2014

Discurso de Fidel Castro en la conmemoración del X Aniversario de la Huelga del 9 de Abril (1968)

DISCURSO EN LA CONCENTRACION REGIONAL, CELEBRADA EN SAGUA LA GRANDE, LAS VILLAS, COMO RESUMEN DE LOS ACTOS CONMEMORATIVOS DEL X ANIVERSARIO DE LA HUELGA DEL 9 DE ABRIL
Fidel Castro
[9 de Abril de 1968]

― Departamento de versiones taquigráficas del Gobierno revolucionario ―

Compañeros combatientes del 9 de Abril; Familiares de los compañeros caídos ese día heroico; Trabajadores de la región de Sagua la Grande:
¿En qué circunstancias conmemoramos este X aniversario del 9 de abril? En primer lugar, creemos que este X aniversario había que conmemorarlo en la ciudad de Sagua, porque realmente, aunque aquel día se luchó en todo el país, aquel día decenas de jóvenes valerosos, escasamente armados, cayeron combatiendo a la tiranía, y decenas de ellos fueron asesinados en actos de feroz y vandálica represión, no hay duda de ninguna clase de que en la historia de nuestra Revolución aquel día la ciudad de Sagua escribió una página imborrable de heroísmo.
Recordamos nosotros que en aquellos días todavía un número bastante reducido de soldados rebeldes, que en aquellos momentos no llegábamos siquiera a 200 hombres, y que hicimos el máximo esfuerzo con nuestras reducidas fuerzas para apoyar el movimiento revolucionario, escuchábamos o recibíamos las noticias de los acontecimientos en toda la isla, llegaban a nosotros los informes sobre las acciones en todo el país y en especial en la ciudad de Sagua; y resultaba realmente extraordinario cómo un número tan reducido de hombres, apoyados por el pueblo, habían podido mantener bajo control durante 24 horas una ciudad del tamaño y de la importancia de Sagua la Grande. 
Infortunadamente, en aquella ocasión el movimiento revolucionario recibió un revés y las filas revolucionarias contaron numerosas bajas.  Por aquellos días un cierto estado de pesimismo se apoderó de las masas; y también por aquellos días un cierto grado de optimismo se apoderó de las fuerzas represivas.  Recordamos cómo después del 9 de abril ellos creían que se iniciaba una etapa mediante la cual aplastarían al movimiento revolucionario. 
Aquellos hechos no solo constituyeron un ejemplo extraordinario de heroísmo, constituyeron también un ejemplo de cómo un pueblo revolucionario es capaz de recuperarse de cualquier revés.  Por aquellos días se organizaron las últimas y las mayores ofensivas contra el movimiento revolucionario; por aquellos días concentraron el grueso de sus tropas contra la Sierra Maestra; por aquellos días un ejército de aproximadamente 10 000 soldados intentó cercar al Ejército Rebelde, que después de reunir las diversas fuerzas de la Sierra Maestra apenas contó con un número de 300 hombres.  
Después de la ofensiva, que duró aproximadamente unos 35 días, y de la contraofensiva, que duró otros 35 días, en vez de 300 hombres éramos más de 800 hombres armados.  En aquella ocasión se le ocuparon al enemigo 505 armas y algo más de 100 000 bajas.  De manera que nuestro ejército de 300 hombres aumentó a más de 800 hombres, y con 800 hombres las columnas invadieron prácticamente el resto del país. 
En Las Villas, desde hacía más de un año, luchaban distintas fuerzas; luchaban las fuerzas del Directorio Revolucionario y luchaban los destacamentos al mando del compañero Víctor Bordón (APLAUSOS), que es de esta región. 
Decía que luchaban también otros...  Y valga hacer la salvedad, porque en nuestro proceso revolucionario ocurrió que, incluso en algunas organizaciones que estaban mal dirigidas, siempre había alguna gente de verdad revolucionaria.  Digo esto porque yo sé de casos de compañeros revolucionarios, incluso de compañeros del 26 de Julio, que se incorporaron en el Segundo Frente del Escambray a las guerrillas.  Hay que decir que había muchos elementos, o por lo menos los principales dirigentes, o una parte de los dirigentes porque al principio era un solo frente, pero un núcleo de dirigentes dividió el movimiento y después se constituyó en un grupo que más tarde derivó en grupo contrarrevolucionario.
Recordamos que en una ocasión nosotros calificamos con palabras duras aquel grupo. Sin embargo, sí, yo empleé una palabra, dije: “comevacas”. Pero después me encontré una realidad: que en las filas de ese grupo, es decir, gente de tropa, gente de la base, había gente buena, incluso compañeros de otras organizaciones que se habían ido a luchar allí, gente del pueblo que ven un frente guerrillero allí, otro frente allá, otro frente en otro lado, ve que todos están luchando, es el frente que está más cerca, y se incorporan.  Incluso también ha habido casos de algunos compañeros que estuvieron en ese frente y que permanecieron leales a la Revolución e incluso dieron su vida ulteriormente, como el caso de un piloto de helicóptero que fue asesinado en una ocasión para robarle el helicóptero por parte de elementos contrarrevolucionarios. 
Yo hago esta salvedad porque creo que no hay nada más justo siempre que hacer una aclaración cuando hay que hacerla, o una rectificación cuando hay que hacerla.  Y en aquella ocasión hubo un adjetivo que, aplicado a todo el mundo, dio lugar a que alguna gente buena de aquel pueblo que había estado allí se sintiera muy dolida. 
Yo aprovecho la ocasión para hacer este justísimo esclarecimiento y reconocer que ciertamente había alguna gente buena en ese grupo (APLAUSOS). 
Gente de distintas organizaciones luchaban en la zona norte, en el Escambray, y recordamos que para todos nosotros constituyó un hecho importante que ya la guerra se estuviese desarrollando aquí, y ello contribuyó al éxito de las columnas invasoras que al mando del Che y de Camilo llegaron a esta provincia (APLAUSOS). 
Es decir que en el momento en que la tiranía se consideraba con más posibilidades de éxito, en el momento en que estaba más optimista, en el momento en que creyó que iba a destruir la Revolución, era el momento en que estaba precisamente más próxima su derrota.  El optimismo la llevó a lanzar todas las fuerzas que tenía, y lo que ocurrió fue que se acercó el momento de su derrota.  Así que la batalla del 9 de abril contribuyó a precipitar los acontecimientos.  Y los crímenes que cometieron el 9 de abril no tardaron en pagarlos en la Sierra Maestra unos cuantos meses más tarde, y sobre todo no tardaron en pagarlos después del triunfo de la Revolución (APLAUSOS). 
Es justo también que nosotros digamos otra cosa aquí esta noche; hay un hecho también que nosotros consideramos de elemental justicia, y es el siguiente:  que el carácter de nuestra lucha, y el hecho de que esa lucha se iniciara en la Sierra Maestra, y que al fin y al cabo las batallas decisivas se libraran por las fuerzas guerrilleras, dio lugar a que durante un largo proceso de tiempo casi toda la atención, casi todos los reconocimientos, casi toda la admiración y casi toda la historia de la Revolución se centrase en el movimiento guerrillero en las montañas.  Y hay que decir también, porque no hay nada más razonable ni más saludable que ser justos, que ese hecho tendió en cierto sentido a disminuir en la historia de la Revolución el papel de la gente que luchó en las ciudades, y el papel de la gente que luchó en el movimiento clandestino, el papel y el heroísmo extraordinario de los miles de jóvenes que murieron luchando en condiciones muy difíciles. 
Hay que decir ciertamente que en la historia de nuestro proceso revolucionario, como en todos los procesos, sobre todo de todos los acontecimientos nuevos de la historia, en un principio todos los criterios no eran iguales; en un principio no se veía todavía con mucha claridad cuál era el papel del movimiento guerrillero y cuál era el papel de la lucha clandestina.  Es cierto que, incluso para muchos compañeros revolucionarios, el movimiento guerrillero constituía un símbolo que mantendría encendida la llama de la Revolución, mantendría abiertas las esperanzas del pueblo e iría debilitando a la tiranía, pero que a la larga la batalla se decidiría en una gran insurrección de tipo general que daría al traste con la tiranía. 
También es cierto que había compañeros en las filas revolucionarias que creían al final que el desprestigio del régimen, las derrotas sufridas, la impopularidad del régimen conducirían a una especie de levantamiento entre los elementos militares, y que la lucha terminaría en un levantamiento de tipo militar. 
Existieron todos esos criterios, y hay que decir que con la mejor honradez del mundo. 
Existía el criterio también de que el ejército guerrillero se iría desarrollando y a la larga derrocaría al régimen. 
¿Cuál era nuestra posición? Nosotros teníamos una gran confianza en el movimiento guerrillero; que el movimiento guerrillero era un catalizador de las fuerzas, pero además capaz de crear sus propias fuerzas y de desarrollarse incesantemente hasta derrocar el régimen. Ahora, ¿suponíamos que podía ocurrir o no un golpe militar?  Sí, suponíamos que podía ocurrir un golpe militar.  ¿Cuál era nuestra posición frente al golpe militar?  Lanzar reiteradas advertencias de que esta vez se trataba de una revolución de verdad, lanzar reiteradas advertencias de que el movimiento revolucionario no aceptaría el desenlace de un golpe militar, como clásicamente se habían estado resolviendo los problemas en América Latina y en Cuba; y que el movimiento revolucionario exigiría el desarrollo de la revolución hasta sus últimas consecuencias. 
Nosotros no estábamos en condiciones de impedir un golpe militar.  Si un día un grupo de oficiales numeroso, en medio de aquella situación caótica, se rebelaba, daba un golpe de Estado, no lo podíamos impedir.  Pero nosotros sí sabíamos que ningún golpe de Estado podría impedir la revolución a la larga, que eso era absolutamente imposible; y no estábamos en plan de deponer las armas.  Incluso nuestro plan era:  si hay un golpe de Estado vamos a desarmar a todos los “casquitos” que están por aquí en la provincia de Oriente, y después vamos a ver. 
Claro que la guerra continuó desarrollándose.  A fines de diciembre teníamos en la provincia de Oriente más de 15 000 soldados cercados; la isla estaba dividida en dos, y las fuerzas rebeldes al mando del Che Guevara tenían rodeado también el cuartel de Santa Clara (APLAUSOS).  En dos palabras: era cuestión de días el colapso total, ¡era cuestión de días!  En esa situación empezaron ya algunos oficiales a aceptar su derrota y a entrar en contactos con las fuerzas rebeldes.  Ya estaba convenido que iban a unirse a las fuerzas revolucionarias. 
Pero en el interín todavía no se sabe exactamente bien qué fue lo que pasó; posiblemente, o casi con toda seguridad, algunas influencias yankis condujeron a la idea de dar un golpe de Estado en ese momento.  Es decir: el método clásico de impedir la revolución mediante un golpe de Estado militar. 
Y, efectivamente, de acuerdo con Batista prepararon un avión, y allá en la madrugada del 31 de diciembre —o del día primero de enero— se marcharon del país.  Y el día primero por la mañana la historia de que había un magistrado, no sé si el más viejo o el más descarado que había en esos tribunales, de que era presidente de la República, y que un golpe de Estado... 
¿Un golpe de Estado a estas horas?  ¡No!  Y en cuestión de minutos, en cuestión de horas, para ser más exactos, prácticamente el Ejército Rebelde dominó totalmente la revolución en las áreas de combate, y el pueblo dominó la revolución en las áreas urbanas. Y los trabajadores respaldaron al movimiento con una huelga general absoluta. 
En ese momento creyeron que iban a jugar con el pueblo, pero desde ese momento empezaban a equivocarse porque no sabían con qué clase de pueblo estaban jugando. 
Ya el pueblo de ese momento no era el pueblo de siete años atrás, ya el pueblo de ese momento no era el pueblo de 20 años atrás. Ya era un pueblo que había adquirido una conciencia de lucha, un pueblo cuyo espíritu de rebeldía se había desarrollado; un pueblo que se había ido aglutinando no alrededor de los partidos tradicionales desprestigiados, sino un pueblo que se fue reuniendo alrededor de un movimiento revolucionario; un pueblo que se fue reuniendo alrededor de un pequeño núcleo de combatientes revolucionarios, de un pequeño ejército revolucionario; un pueblo que se fue formando, que soportó crímenes, atropellos, abusos, injusticias de toda clase, y que todo aquello lo llevaba bien por dentro; y un pueblo que se había ido orientando, que se había ido alertando, que se había ido preparando para una revolución. 
Por eso, cuando quisieron escamotearle el triunfo el 1ro de enero, se encontraron la descomunal sorpresa de que ese pueblo se lanzó a la calle; se encontraron con la descomunal sorpresa de que las columnas rebeldes cercaron y desarmaron las tropas y que de repente en verdad en ese día histórico había triunfado una verdadera revolución (APLAUSOS). 
Cuando a raíz de aquellos sucesos intentan darle otra vuelta a la situación y tratan de aprovechar el hecho de la presencia en las prisiones de algunos oficiales que habían conspirado contra Batista —entre ellos compañeros que han tenido en todo el tiempo una actitud revolucionaria, pero entre los que había algunos también movidos por intereses y por ambiciones—, trataron en aquella circunstancia de inventar una nueva cosa, sustituyeron los mandos militares y el señor Barquín es nombrado jefe del ejército. 
Estando nosotros en la provincia de Oriente nos avisan que desde el campamento de Columbia quería hablar con nosotros el jefe de aquel campamento, coronel Barquín. Pero desde las primeras horas de la mañana nosotros nos habíamos comunicado con los comandantes Camilo y el Che y les dimos las instrucciones pertinentes para que Camilo avanzara sobre Columbia y el Che avanzara sobre La Cabaña (APLAUSOS). 
Y cuando nos llamaron por teléfono yo pregunté quién era el jefe que estaba allí en aquel campamento, y cuando me dijeron que era el coronel Barquín dije que yo no hablaba con ningún otro jefe de aquel campamento que no fuera con el comandante Camilo Cienfuegos (APLAUSOS).  Y efectivamente, a las pocas horas, a las pocas horas, aquel campamento estaba en manos de las tropas rebeldes. 
¡Ciertamente que aquel día ocurrieron cosas extraordinarias! 
Pero los que habían despreciado a este pueblo, los que habían subestimado a este pueblo, dentro del país y fuera del país, comenzaron a ver que había ya un pueblo muy diferente del pueblo que habían conocido y que vivíamos épocas históricas muy distintas de las épocas que se habían conocido.  Entonces empezó otra historia.  Ya no es la historia de impedir que triunfara esta Revolución, es decir, que triunfara el Ejército Rebelde, que triunfara el movimiento revolucionario. 
Pero quiero concluir la idea de cómo dentro del proceso revolucionario había distintos criterios, distintos puntos de vista, distintas tesis, y a nuestro juicio aquello era una cosa natural, aquello era una cosa lógica, nadie podía decir que tenía el monopolio de toda la verdad. 
Nosotros confiábamos en el triunfo de la guerrilla, pero si realmente antes de que la guerrilla se desarrollara y tuviera fuerzas suficientes para derrotar al ejército se desarrollaba un fuerte movimiento de masas y un levantamiento popular de un pueblo impaciente, nuestra disposición era, si esos hechos ocurrían, apoyar inmediatamente ese movimiento y alentarlo. 
Es decir que en el proceso revolucionario podían ocurrir distintas alternativas, y sencillamente había que estar preparados para actuar en las distintas alternativas. 
A la larga resultó que el Ejército Rebelde se desarrolló, se libraron las batallas decisivas, se desarrolló extraordinariamente el movimiento revolucionario y el Ejército Rebelde, con apoyo del pueblo, dio al traste con aquella situación y condujo al triunfo de la rebelión. Después explicaré por qué digo el triunfo de la rebelión. 
Y claro, el hecho de que existieran algunos puntos de vista distintos después un poco sirvió para que existiera cierta tendencia a menoscabar o a subestimar el esfuerzo o el heroísmo de los que pasaron horas muy amargas, muy duras e hicieron enormes sacrificios en aquella lucha. 
Creemos que a medida que van pasando los años, todas las cosas deben irse aclarando y cada cosa debe irse situando en su lugar. 
Muchas veces, infortunadamente, se producen en los procesos revolucionarios y en los procesos históricos ciertas tendencias a subestimar algo, a desconocer otra cosa. 
Hay el hecho cierto también de que ahora nos encontramos ya en el centenario, primer centenario del inicio de la lucha por la independencia. El Gobierno Revolucionario, los revolucionarios todos, como una cuestión de elemental justicia, como una cuestión de elemental reconocimiento a los méritos extraordinarios de los que contribuyeron extraordinariamente a hacer este país, deben tratar de que el centenario del inicio de la lucha por la independencia tenga el máximo de recordación y tenga el máximo de homenaje y de recuerdo por parte de todo el pueblo. 
Porque también se producen otros tipos de tendencias subestimantes; las nuevas generaciones tienden un poco a subestimar el esfuerzo de las generaciones anteriores.  Y cualesquiera que puedan ser los méritos de esta generación, no hay duda, no hay duda, de que la historia de este país es una sola historia y de que la historia de este país ha sido una historia larga, dura, heroica, y que esa historia ha costado mucha sangre y mucho sacrificio. 
Pero hay que decir que si es cierto que esta Revolución es un acontecimiento histórico de una gran importancia para nuestro país, incluso de una gran importancia para este continente porque marca el inicio y el triunfo de una revolución de vanguardia, de avanzada, el triunfo de la primera revolución socialista en este continente (APLAUSOS); hay que decir también que esta Revolución no habría sido posible sin los 30 años que lucharon por la independencia de este país los mambises (APLAUSOS). 
No debemos olvidar nunca que nosotros estábamos a 90 millas de Estados Unidos.  No debemos olvidar nunca que los gobernantes americanos en el siglo pasado aspiraban un día a la anexión de la isla de Cuba.  No debemos olvidar nunca que, incluso, en nuestro país había tendencias anexionistas de gentes partidarias de la anexión con Estados Unidos. Y los cubanos más progresistas, encabezados por José Antonio Saco, lucharon arduamente e impugnaron ideológicamente aquellas tendencias. 
Pero hubo incluso un gobierno yanki que dijo que Cuba, como una “fruta podrida” o como una “manzana madura” —no recuerdo exactamente bien—, caería un día en brazos de Estados Unidos. 
Sin embargo, hay que preguntarse por qué, a pesar de ser esta la última colonia —junto con Puerto Rico— de la dominación española en América; por qué, a pesar de estar nosotros a solo 90 millas de Estados Unidos, este país no pudo caer en manos de Estados Unidos.  ¿Por qué?  ¿Por qué, incluso, Filipinas, a miles de millas, cayó en manos de Estados Unidos y fue convertida en colonia yanki, colonia legalmente yanki, con un status quo de colonia?  Y cayó Hawaii y cayeron otras posesiones.  Incluso, infortunadamente, cayó nuestra hermana isla portorriqueña.  ¿Por qué, sin embargo, Cuba no cayó?  ¿Por qué, a pesar de estar a noventa millas? 
¿Por qué incluso los yankis, aunque de hecho establecieron su dominio, aunque incluso legalmente establecieron la Enmienda Platt —que les daba derecho a intervenir—, sin embargo no convirtieron la isla, legalmente, con status quo, en una colonia oficialmente? 
Ellos convirtieron al país en una colonia de hecho, pero de derecho tuvieron que admitir ciertas formas de república que mantuvieron encendido en el pueblo el sentimiento de la Patria, que mantuvieron encendido en el pueblo el sentimiento de la independencia, que mantuvieron encendido en el pueblo el ideal de la rebeldía, o los sentimientos de rebeldía. 
El imperialismo trató de corromper a este pueblo hasta la médula de los huesos.  Estableció la Enmienda Platt, inició el apoderamiento económico de este país, de sus principales industrias, de todos los servicios públicos —electricidad, ferrocarriles, teléfonos—, se apoderó de las mejores tierras, comenzó a desarrollar una industria que era posesión de ellos, el comercio, los bancos, y parejamente a ello un increíble proceso de corrupción.  Instauraron la corrupción más increíble. 
Y lo primero que comenzaron por hacer fue, desde luego, licenciar al Ejército Libertador.  Y después de licenciar al Ejército Libertador, la historia aquella de las pensiones y del pago al Ejército Libertador. 
El Ejército Libertador no fue un ejército mercenario. El Ejército Libertador no peleó por dinero.  Sin embargo, en contubernio con los políticos corrompidos que ya comenzaron a exhibirse, inventaron aquella cosa mercantilista del “pago por sus servicios a los soldados del Ejército Libertador”.  Es decir, el intento de pagarles a los combatientes sus servicios, como si se hubiese tratado de un ejército de mercenarios. 
Empezaron por ahí y terminaron incurriendo en los más increíbles actos de corrupción, de politiquería, de malversación, cosas que eran alentadas por los imperialistas.  Y cada vez que se insinuaba en el pueblo la rebelión, la infantería de marina yanki desembarcando en este país.  Y así, más de una vez después de la primera intervención, desembarcaron sus tropas. Y en ocasiones no necesitaban desembarcar las tropas, bastaba la amenaza de desembarco. Y el espíritu revolucionario no se podía desarrollar, porque frente a los espíritus revolucionarios venían las voces a decir que ser revolucionario era luchar contra la independencia del país, porque la revolución daría lugar a la intervención. 
Y ese sentimiento fatalista, ese sentimiento conformista predominó en la historia de nuestro país durante muchos años. 
Pero a pesar de la corrupción, a pesar de las intervenciones, es lo cierto que en nuestro pueblo las mejores tradiciones revolucionarias del siglo anterior se mantuvieron encendidas, se mantuvieron latentes. 
Es decir, que si los imperialistas no se apoderaron pura y simplemente de este país y lo convirtieron en un Cayo Hueso más o en una prolongación de Miami y de Cayo Hueso, ello se debió, sin duda de ninguna clase, a que en este país había un pueblo que había luchado heroicamente durante treinta años por la independencia, de tal modo que los imperialistas no se atrevieron a desafiar abiertamente ese sentimiento, no se atrevieron a desafiar abiertamente a un pueblo de ese temple, y sencillamente inventaron otras formas:  la república mediatizada, la Enmienda Platt, la corrupción, y todo ese bochornoso, asqueroso, repugnante período de la historia de este país en que las generaciones de gobernantes se sucedían unos a otros, saqueando, es decir, en una verdadera emulación de ver quién robaba más y quién saqueaba más a este país. 
De manera que el esfuerzo de este país no se invirtió ni mucho menos en desarrollar el país, sino que durante más de 50 años el sudor de nuestro pueblo sirvió para hacer millonarios: el millonario “presidente tal”, el decimillonario “presidente más cual”, el centimillonario “presidente más cual” y, por último, el “millonario tal y más cual.” Iba en ascenso. Si los primeros robaron unos millones, los segundos robaban decenas de millones y los últimos robaban cientos de millones. 
Habría que preguntar qué hicieron por el desarrollo de la economía de este país durante 50 años, qué se hizo el fruto de nuestro pueblo.  Cuando incluso se hacía una carreterita —en la mayor parte de los casos más que carreteras eran verdaderos trillos asfaltados—, hacían la carretera que daba veinte mil vueltas; en unos casos para que pasara por la finca de “don fulano”, y en otros casos para que no le partiera por la mitad la finca de “don mengano”. Y la carretera dio una vueltecita.  Y cuando no era ese tipo de carretera, eran la Vía Blanca, carretera hacia Varadero, carreteras hacia los repartos de los ricos, carreteras hacia las fincas.   desde luego, lo único que se hizo aquí, a pesar de los millones que se robaron, fue la “carreterita” Central, que en aquel tiempo sin duda era una obra importante pero que quedó como la única vía de comunicación de alguna trascendencia que se hizo en todos los tiempos.  Lo demás eran retazos de caminos, pedazos de caminos; ni siquiera comunicaciones, no ya una industria desarrollada, no ya una economía desarrollada.  No hicieron nada en absoluto. 
¿Y qué ocurría con este país?  Crecía y crecía.  Y si en el año 1925 eran 3 millones los habitantes, en el año 1950 eran 6 y en 1957 eran más de 7. La población se había duplicado, pero la economía no había crecido; no había más centrales azucareros, todo el pueblo seguía viviendo de las mismas cantidades de azúcar de las que vivía 30 años atrás. Algunos comercios prosperaban, algunas tiendas —El Encanto, Fin de Siglo, el otro—, los bancos, las ventas de automóviles.  ¿Para quién?  ¿Quién pagaba todo ese lujo?  ¿Quién enriquecía todo ese comercio?  Los que estaban pasando hambre: los que cultivaban la caña, los que cortaban la caña, los que producían el azúcar. 
Y naturalmente los ricos se aglomeraban en la capital, y entonces  las tiendas de los ricos, los lujos de los ricos, los automóviles de los ricos, los cines de los ricos.  Y en fin el pueblo trabajaba para una minoría y para los monopolios extranjeros. 
Esa era la situación de este país al triunfo de la Revolución. 
¿Qué creyeron los imperialistas? Todavía subestimaban a nuestro pueblo en 1959. Decían: “¿Estos?  A estos los barremos nosotros, a estos los bloqueamos nosotros, a estos los matamos de hambre nosotros, a estos los obligamos nosotros a morder el polvo.” Y no solo eso, ¡y no solo eso!, sino además incurrieron en la increíble estupidez de pensar que con una invasioncita de mercenarios iban a barrer la Revolución, que incluso con alzamientos de bandidos iban a barrer esta Revolución.  No sabían de qué pueblo se trataba, no podían reconocer en este pueblo al pueblo de otros años.  ¡Era un pueblo que ciertamente había cambiado mucho! 
¿Y qué ocurrió?  Pues frente a los bandidos alzados en las montañas fueron movilizados miles de campesinos y de obreros de la provincia de Las Villas, y principalmente de la zona del Escambray. Y cuando lanzaron un diluvio de armas en paracaídas en el Escambray, fomentando la contrarrevolución por todos los medios, se movilizaron los batallones obreros, y se ocupó el Escambray en apoyo de los soldados, obreros y campesinos del Escambray, con 50 000 obreros, milicianos-obreros.  Y los alzados fueron reducidos a apenas un centenar.  Y ese centenar que quedó, en una larga lucha fueron barridos hasta el último de ellos por las milicias obreras y campesinas del Escambray (APLAUSOS). 
Pero a los imperialistas les quedaba el recurso de la invasión de mercenarios. Y creyeron de veras que iban a aplastar este país con la invasión de mercenarios, con los bombardeos por sorpresa al amanecer, traidoramente, apoderándose de un pedazo del territorio nacional y desde allí llamar la OEA y empezar el bombardeo sistemático de este país.  Lo que los imperialistas no se imaginaban es que cuando ellos venían ya los revolucionarios iban.  Como dirían los campesinos: ¡Cuando ellos venían ya iban los revolucionarios!  (APLAUSOS.) 
Y cuando metieron las primeras bombitas aquel 17 de abril ya estaban movilizadas las tropas, y cuando metieron sus batallones de mercenarios, y cuando fueron en la mañana de ese día...  Es decir, ellos atacaron con el bombardeo el día 15, y cuando el día 17 desembarcan sus tropas nosotros teníamos muy pocos aviones, sí, y todavía teníamos menos pilotos que aviones, pero los pocos aviones estaban en el aire y al amanecer le hundieron sus barcos y le derribaron una buena parte de sus aviones, ¡y el resto lo realizó la artillería antiaérea!  (APLAUSOS.) 
Y cuando les habían dicho a los mercenarios que se iban a encontrar aquí a un pueblo esperándolos como libertadores, lo que se encontraron fue un río de soldados, un río de obreros armados, un río de cañones, de ametralladoras y de tanques, que antes de que pudieran cifrar los mensajes y decirle al amo imperialista que estaban derrotados ya no había mercenarios por todos los alrededores (APLAUSOS). 
Habían incurrido en una evidente subestimación de nuestro pueblo; creían que lo iban a poner de rodillas; creían que lo iban a matar de hambre; creían que con sus criminales bloqueos alentarían la contrarrevolución; creían que con las privaciones que impondrían a nuestro pueblo y las dificultades que impondrían a nuestro desarrollo económico crecería el descontento, la contrarrevolución tendría base y al fin de una vez por todas darían por tierra con las aspiraciones de este pequeño país cuya posesión anhelaban y que a 90 millas de sus costas había podido mantener su criterio, había podido mantener sus sentimientos independentistas y había podido llevar a cabo su Revolución. 
Por eso estos años que han transcurrido han sido años decisivos para la historia y para la vida de nuestro país.  De un lado el imperialismo con todos sus recursos, con toda su experiencia, con todos sus métodos criminales, tratando de destruir la Revolución.  Y por otro lado un pueblo de obreros, de campesinos, de estudiantes; un pueblo que empezaba a construir su destino; un pueblo donde los sabios, los inteligentes se habían marchado, y que tenía que empezar a hacerlo todo partiendo prácticamente de la nada, sin experiencia ninguna, enfrentándose al increíble problema de desarrollar en los tiempos modernos y bajo el bloqueo imperialista la economía del país. 
Y debemos decir, ciertamente, que esta batalla es una batalla que se está ganando, esta batalla es prácticamente una batalla ganada. 
Debemos decir y aclarar por qué decíamos que el 1ro de enero de 1959 fue el triunfo de la rebelión, porque ciertamente, con toda justicia, nosotros no podemos decir que el 1ro de enero fue el triunfo de la Revolución. Tradicionalmente se ha dicho el triunfo de la Revolución identificando la Revolución con la guerra, identificando la Revolución solo con el proceso de la lucha armada; pero realmente el 1ro de enero triunfó la rebelión. 
El 1ro de enero, al triunfar la rebelión, subsistía todo el pasado y toda la herencia del pasado y todas las deformaciones del pasado y todas las ideas del pasado; subsistía un sinnúmero de organizaciones revolucionarias, o, mejor dicho, un sinnúmero de organizaciones políticas, unas pocas de ellas revolucionarias, otras muchas vinculadas al pasado, responsabilizadas con aquel pasado, prestas a cooperar con los imperialistas e impedir el triunfo de la Revolución, prestas a contribuir, a cooperar con los imperialistas, a desviar la Revolución de su camino. 
¿Qué querían los imperialistas? Querían que los revolucionarios dejaran de ser revolucionarios, querían que los revolucionarios prestaran oídos dóciles a sus puntos de vista, a sus propósitos. 
Resultó de manera muy diferente y todos los esfuerzos se estrellaron contra la férrea voluntad de los revolucionarios, es decir, de los verdaderos revolucionarios y del pueblo. 
Pero la Revolución hereda aquel pasado, la mentalidad del pasado.  No existía siquiera una organización política que representara la voluntad y el esfuerzo de todo el pueblo.  Fue necesario durante años ir creando los instrumentos de la Revolución. 
¿En aquellos primeros tiempos podíamos decir que, en verdad, sabíamos lo que era una Revolución? En aquellos tiempos teníamos un sentimiento que era el sentimiento de la lucha, el sentimiento de la rebeldía, pero en las masas la idea de lo que era una revolución no podía existir. 
¿Qué ocurría? Los obreros, oprimidos durante muchos años, explotados por los monopolios, explotados por los patronos, creían que el triunfo de la Revolución era la entrada en el reino de la abundancia y de la riqueza. No podían comprender que realmente se trataba de un país pobre, de un país subdesarrollado, al que aquellos monopolios y aquellos patronos capitalistas extraían el sudor y extraían el jugo; no podían comprender que realmente era un país pobre cuya riqueza estaba por desarrollar.
Lógicamente, la propiedad no cambia ni podía cambiar de manos el primer día.  Al primer día del triunfo de la Revolución todavía existían los monopolios, todavía existían los patronos y los propietarios privados; y los obreros, oprimidos durante muchos años, se lanzaban naturalmente y lógicamente en busca de nuevas conquistas: reducciones de horas de trabajo, aumento de salario, etcétera, etcétera.  Aquello se explica perfectamente bien; era lógico. Pero ciertamente que el primer día no se podía hacer la Revolución, la Revolución era un proceso; la propiedad tendría que pasar de manos, tendría que pasar de manos privadas a manos de la nación, a manos del pueblo; tendría que dejar de ser propiedad privada para ser propiedad colectiva. 
Pero, sin embargo, ¿cuántos eran los que comprendían que una Revolución significaba precisamente la oportunidad para el pueblo, no de entrar en el reino de las riquezas sino de comenzar a crear esas riquezas, de comenzar a construir ese reino de la riqueza?  Un pueblo que había crecido al doble, cuya economía no crecía, lleno de necesidades de todo tipo, que a la vez tenía que comenzar a desarrollar su economía, a invertir en su desarrollo, a invertir en las industrias, a adquirir fábricas, a desarrollar la agricultura...  ¿Qué ocurría?  Eran muy pocos los que comprendían estas realidades. 
Entre los obreros había enormes desigualdades de ingreso.  Mientras los obreros que trabajaban, por ejemplo, en los bancos, bien organizados, arrancaban demandas y más demandas a sus patronos que obtenían grandes ganancias y podían aumentar el sueldo...  nos encontrábamos que un obrero bancario, por ejemplo, ganaba cuatro veces, cinco veces, seis veces lo que ganaba un obrero que cortaba caña; además, tenía vacaciones, tenía una serie de ventajas.  Los obreros organizados en algunas industrias, incluso en algunos monopolios, podían de una manera relativamente fácil, con la fuerza de su organización, obtener una serie de ventajas; pero cientos de miles de obreros dispersos por los campos, sin fuerzas y sin condiciones para ganar aquellas batallas económicas, tenían salarios que eran la cuarta parte, la quinta parte o la sexta parte del salario de otros obreros.
¿De qué manera podía la Revolución nivelar aquella situación? ¿De qué manera podía la Revolución elevar el estándar de vida del obrero cañero al estándar de vida que tenía entonces un obrero o un trabajador de un banco?  De ninguna forma. ¿Qué podía repartir la Revolución, partiendo de una economía subdesarrollada, a la masa de millones de personas hambrientas o semihambrientas? 
Pero estas cosas, esta gran verdad de que el triunfo de la Revolución no era el acceso a la riqueza sino el acceso a la oportunidad de hacer esa riqueza, no era suficientemente comprendida.  Incluso muchos obreros, acostumbrados a trabajar bajo el látigo del patrón, acostumbrados a trabajar porque si no se morían de hambre, acostumbrados a trabajar porque solo trabajaban unos meses, asediados por el desempleo, rodeados de cientos de miles de desempleados que estaban esperando la oportunidad de un puesto vacante para ir a ocupar ese puesto, cuando triunfa la Revolución adquieren permanencia en el trabajo, seguridad en el trabajo, ya no están compelidos por todas aquellas circunstancias que lo presionaban —que si se enfermaba un hijo se podía morir, que todo tenía que pagarlo, que se podía quedar sin trabajo—, todos aquellos factores desaparecieron, y mucha gente que no podía entender lo que era la Revolución lo que hacían era, si trabajaban muchas más horas, empezar a trabajar menos y a trabajar siete y a trabajar seis y a trabajar cinco o cuatro, si fuera necesario. Y la tendencia de los primeros tiempos de la Revolución no fue a incrementar el esfuerzo sino a disminuir el esfuerzo. 
Y hay algo que cualquiera puede comprender, y hoy con más claridad que nunca, hoy cuando nuestro pueblo es cada vez más un pueblo realmente de trabajadores, hoy cuando son cada vez más y más los que saben lo que cuesta producir el pan, lo que cuesta producir una mata, luchar contra las plagas, luchar contra la sequía, luchar contra la maleza, luchar contra los inconvenientes del terreno, luchar contra los temporales o luchar contra los ciclones; hoy los obreros, que saben lo que es cortar caña con la mano o limpiar la caña o los cultivos con la guataca, pueden comprender perfectamente bien que solo la productividad del trabajo y solo con la aplicación de la técnica, las realizaciones de las obras necesarias para luchar contra la sequía, contra las inundaciones, contra las plagas, la mecanización del trabajo, y como consecuencia la productividad del trabajo, permitirá a un pueblo disfrutar y disponer en abundancia de todo aquello que necesita. 
¿Pero cómo un país subdesarrollado, cuya productividad en el trabajo es diez veces menos, o quince veces menos que la de un país altamente desarrollado, puede aspirar a disfrutar de los bienes materiales que un país desarrollado pueda disfrutar? Cuando la economía de nuestro país esté desarrollada, la distribución no será como en las sociedades capitalistas donde unos tienen mucho, donde unos tienen diez veces más, veinte veces más, en ocasiones mil veces más, diez mil veces más.  No.  La distribución de las riquezas será en forma igualitaria.  Los hombres, cuando hayamos concluido estas etapas, recibirán no según los privilegios, no según su fortuna, recibirán según sus necesidades. La distribución será justa; pero para distribuir cualquier riqueza, por muy justa que sea esa distribución, primero tiene que existir la riqueza.  La riqueza no la crea la justicia, la riqueza la crea el trabajo. La justicia todo lo más puede repartir esa riqueza de una manera humana, de una manera justa; la justicia puede distribuir lo que el trabajo crea.  Pero la justicia no puede sustituir al trabajo en la creación de las riquezas. 
Y son estas cuestiones las que nuestro pueblo ha llegado a comprender, son estas cuestiones las que nuestras masas han llegado a ver con extraordinaria claridad.  Si no, ¿qué explica la actual situación de nuestro país?, ¿qué explica este extraordinario movimiento de masas?, ¿qué explica esta tremenda fuerza de la ofensiva revolucionaria?, ¿qué explica este desbordar de pueblo trabajador de un extremo a otro del país?, ¿y qué explica que lo mismo sucede en Pinar del Río, que en Matanzas, que en La Habana, que en Oriente, que en Camagüey, que en la provincia de Las Villas? ¿Cuándo jamás, no hablando ya de épocas prerrevolucionarias, quién iba a estar dispuesto a trabajar para don fulano, o para mengano, o para el monopolio talo más cual?  Porque un pueblo—eso está clarísimo— solo es capaz de hacer esto para trabajar por su economía, para trabajar por su industria, para trabajar por su agricultura, para trabajar por sus riquezas. 
Y esta es la contradicción que no podrán superar jamás los países subdesarrollados que por vías capitalistas quieran desarrollar su economía, porque los gobiernos burgueses y los políticos burgueses les piden a los obreros sacrificios, les piden a los obreros que trabajen más, les piden a los obreros que consuman menos para desarrollar la economía; pero los obreros dicen:  ¿Sacrificios, para quién?, ¿ahorrar, para quién?, ¿disminución de consumo, para quién?  ¿Para que un grupo de ustedes sea más rico? ¿Para que ustedes tengan más millones?  ¿Para que ustedes tengan más fábricas?  ¡No!: si hay poco no nos importa, pero de ese poco me tienen que dar un poco más.  Y eso es lógico, eso es natural. 
Y ningún país —escúchese bien— subdesarrollado en los tiempos modernos desarrollará su economía por la vía capitalista.  Y quizás una de las más increíbles derivaciones del pensamiento revolucionario es que si el marxismo como doctrina se escribió en medio de las condiciones de sociedades capitalistas desarrolladas o en pleno desarrollo, lo cierto es que si todavía hay países capitalistas que se pueden dar el lujo del capitalismo, es decir, el lujo de derrochar todo lo que les dé la gana, un país subdesarrollado no se puede dar esos lujos.  Y decía que una de las más increíbles derivaciones es ver cómo precisamente ningún país subdesarrollado en los tiempos modernos, en que cualquier industria vale decenas de millones de pesos, en que hay que producir en las condiciones de una técnica moderna, ningún país subdesarrollado logrará desarrollar su economía bajo condiciones capitalistas.  Eso es algo evidente, eso es algo incuestionable. 
Las masas explotadas no aceptarán ningún tipo de sacrificios, las masas explotadas no aceptarán ningún tipo de esfuerzo para hacer más rica a una minoría, para hacer más poderosa a una minoría de propietarios.  Y esa contradicción no podrán resolverla. 
Por eso vemos países sobre los cuales se ha hecho mucha propaganda, algunos países latinoamericanos, que tienen enormes problemas obreros, a pesar de que en algunos casos los precios de sus artículos, de algunos de sus artículos más importantes son hoy mayores, son más altos, con motivo de la guerra de Vietnam y otras circunstancias.  Tal es, por ejemplo, el caso de Chile: el cobre tiene un precio altísimo; sin embargo, hay unos problemas tremendos, unos tremendos problemas sociales: huelgas tras huelgas.  ¿Por qué?  Porque lógicamente los obreros se niegan a hacer sacrificios.  Y se niegan a hacer sacrificios porque dicen: ¿Sacrificios, para quién?  ¿Sacrificios, para quién?  ¡Sacrificios para desarrollar la economía!  ¿Pero la economía de quién?  ¡La economía de los burgueses!  Y dicen con toda razón: ¿Qué me ofrecen?  ¿El paraíso de un futuro donde los ricos serán más ricos?  ¡No!  Renuncio a ese futuro; denme ahora un poco más de lo poco que hay.  Y no habrá nadie que pueda pararse delante del pueblo, con autoridad, con moral, para decirle:  sacrificios, sí, para hacer la economía de ustedes, no para hacer más rica a una minoría, no para hacer más rico a un puñado de burgueses, sino para hacer más rico al pueblo. 
Y realmente la experiencia de lo que vemos en el mundo nos enseña que ningún país subdesarrollado podrá superar esas contradicciones. 
Y lo más admirable de nuestro proceso revolucionario, lo que debe inculcarnos más fe en nuestro futuro, más convicción en la justicia del camino que seguimos, no solo en el orden patriótico, no solo en el orden de la dignidad nacional, de los hombres y mujeres de un pueblo que tienen noción de lo que es una patria; no solo desde el punto de vista moral sino también desde el punto de vista económico y desde el punto de vista de la práctica, es ver este desbordamiento de pueblo. 
Y les puedo decir, o les puedo preguntar si habría sido posible jamás este desbordamiento para trabajar para los burgueses (EXCLAMACIONES DE: “¡No!”), para trabajar para los monopolios (EXCLAMACIONES DE: “¡No!”), para trabajar para los ricos (EXCLAMACIONES DE: “¡No!”).  ¡Jamás!  Esta especie de milagro, este desbordamiento de pueblo hacia los campos, hacia el trabajo, esa increíble actitud de miles de jóvenes presentándose para las tareas duras; esa increíble actitud de miles de obreros ofreciendo —para que mujeres trabajen en las tareas que realizan— ir ellos a realizar tareas más duras; este increíble movimiento de hombres y mujeres, de jóvenes y ancianos, impresionante. 
¿Podrá haber algo que nos enseñe más, algo que nos demuestre más de que solo cuando se suprime la contradicción entre explotadores y explotados es posible echar a andar, es posible ganar la batalla difícil en estos tiempos difíciles, es posible ganar la batalla al retraso de siglos?  Y ese fenómeno, esa cosa extraordinaria, esa cosa increíble, es la que está ocurriendo hoy:  nuestro pueblo enfrentado a la batalla del subdesarrollo, nuestro pueblo enfrentado a la tarea de ganar en unos pocos años la batalla de siglos, que se traduce en sinnúmero de ejemplos, en una conciencia colectiva cada vez más alta, en una conciencia revolucionaria cada vez más alta, en hechos que suceden en todas partes, como es el caso de los compañeros integrantes del batallón de Vietnam Heroico (APLAUSOS), como es el caso de los compañeros que hoy visitamos en la región de Nuevitas, que están construyendo la fábrica de cemento de Nuevitas (APLAUSOS), que estaba programado terminar para el mes de octubre y que ya el 26 de este mes echarán a andar la primera unidad en la producción de la fábrica de cemento.  Es decir que la primera etapa comenzará a producir a fines de este mes (APLAUSOS). 
Unos 2 000 obreros con los técnicos, con la presencia de dirigentes revolucionarios y de dirigentes de los ministerios están llevando a cabo allí una impresionante proeza, y cientos de obreros que tenían el pasaje listo para el descanso que les correspondía cancelaron los pasajes y se entregaron al trabajo para ya cumplir esta meta, resultado de un sentimiento espontáneo, de un impulso propio de los obreros, que echarán a andar su fábrica; una fábrica que producirá ya 600 000 toneladas de cemento y que desde ahora ya, desde este mismo mes, empezarán a producir una etapa que equivale a más de 600 toneladas diarias, y marchan rápidamente en lo que queda de año a echar a andar las dos etapas restantes. 
Y esa es una impresionante fábrica, construida con el sudor y el entusiasmo de nuestros trabajadores. 
Y aquí, en esta provincia, otro contingente de obreros, adelantándose también en dos años, una planta que se comenzó a construir después del 26 de Julio que se celebró en Las Villas —la planta de Siguaney— también este año la pondrán en producción. 
De manera que ya, desde fines de año, nuestra capacidad de producción de cemento estará duplicada con relación al año anterior. 
La actitud de los obreros y de los técnicos de la industria mecánica que, empeñados en resolver el difícil problema de la mecanización de la caña —que constituye uno de los trabajos más duros, más arduos, más difíciles, en que la productividad del hombre es insignificante, y que obliga a cientos de miles de trabajadores todos los años a cortar cada día más de 30 millones de arrobas, durante muchos meses, machetazo a machetazo—, se propusieron llevar adelante el esfuerzo iniciado hace algunos años, construir una combinada que resolviera el problema, y hace apenas unos días esas nuevas combinadas se probaron, y no en cañas de 60 000 ni de 80 000, en cañas de 140 000; y no en caña fácil y erecta, sino en caña con paja, con mucha paja, enredada y acostada, y esa máquina —que incluso será perfeccionada, que incluso tiene solo 75 caballos de fuerza y que después tendrá un motor de más de 100—, esa máquina, de una manera increíble, recogía las cañas acostadas y enredadas, las cortaba, botaba la paja y echaba en una carreta los trozos de caña suficientemente limpios como para pasar a la industria (APLAUSOS). 
Quizás ninguna cosa ha de influir tanto en el futuro de este país como estas máquinas; quizás este pueblo y las futuras generaciones a muy pocos tendrán que agradecerles tanto como a los que diseñaron y lograron la construcción de esas máquinas.  Significará la liberación de cientos de miles de obreros de los trabajos más duros, significará multiplicar muchas veces la productividad de esos obreros, porque algún día y no lejano, año por año, es propósito de nuestra industria dotar a la agricultura cañera de las máquinas necesarias. 
Desde luego que algunas partes de esas máquinas se tendrán que adquirir en el exterior, las otras se harán aquí, pero aspiramos a disponer ya para 1970 de un número importante de esas máquinas. 
Esas máquinas no son tan exigentes con los suelos; esas máquinas, si el terreno es llano, pueden cortar perfectamente bien.  Pero es propósito de nuestra agricultura ir sustituyendo las cañas apartadas de los centrales por cañas en las proximidades de los centrales. 
Y unos veintitantos centrales —si mal no recuerdo veintitantos, tal vez lleguen a 30—, en lugares montañosos, algunos de ellos en que ni siquiera la carga se puede hacer con máquinas, irlos sustituyendo entre 1970 y 1975, ampliar la capacidad de los centrales que están en áreas llanas y que son los centrales más importantes; de manera que entre 1970 y 1975 se llegue a la mecanización del corte del ciento por ciento de las cañas del país (APLAUSOS); de manera que nuestros 10 millones, que los produciremos en 1970 con un número de máquinas, pero principalmente trabajando duro y cortando duro, al final de ese período de cinco años no sea necesario cortar una sola caña en este país.
¡Imagínense, desde 1970 la producción de cemento será tres veces mayor de la que había, aproximadamente unos tres millones de toneladas de cemento; imagínense la liberación progresiva de cientos de miles de hombres dedicados allí a trabajar; imagínense la mecanización de todos los cultivos! 
Quedarán tareas: recoger café, recoger frutas, tareas que no son duras, que serán realizadas por jóvenes, por mujeres, por muchachos. 
¡Cuántos hombres liberará, cuánta fuerza de trabajo liberará la mecanización de nuestra agricultura!  Y podemos asegurar que el desenvolvimiento de nuestro desarrollo al ritmo que lleva hoy situará a nuestra agricultura entre las más avanzadas del mundo y posiblemente la más avanzada del mundo. 
¿Pudiera parecer una presunción? ¿Pudiera parecer un exceso de optimismo?  No. 
El esfuerzo que se está haciendo ya este año en la construcción, por ejemplo, de carreteras y caminos: hay en este momento más de 50 brigadas;  para fines de año 101 brigadas estarán construyendo carreteras y caminos en todo el país, y en el año de 1969 esperamos construir no menos de 5 000 kilómetros de carreteras, ¡no menos de cinco mil kilómetros de carreteras!  A ese ritmo, en 1975 dispondremos aproximadamente de un kilómetro de carretera asfaltada por cada dos kilómetros cuadrados de superficie agrícola (APLAUSOS).  Es decir, que a ese ritmo nuestro país estará cruzado por unos 40 000 kilómetros de carreteras.  Y es propósito no solo asfaltar las carreteras que comunican regiones, sino incluso los caminos interiores de las granjas, de las plantaciones; de manera que va a ser difícil incluso encontrar polvo en nuestros campos. 
Y no solo eso, sino que ya se trabaja y ya se están haciendo plantaciones de caña con cortinas rompevientos.  Y las plantaciones de plátano, de cítrico y, en general, las plantaciones de este país todas, la agricultura de este país toda llegará a estar protegida por sólidas cortinas rompevientos.  Incluso las plantaciones de cítricos y de frutales estarán protegidas por cortinas que aspiramos sean lo suficientemente sólidas como para protegerlas de la destrucción de los ciclones. 
Y no solo eso, sino que este año la capacidad de construcción de embalses para regadío que se incorpora en obras hidráulicas equivale a la capacidad de mover 60 millones de metros cúbicos de tierra por año.  Baste decir que el más grande embalse terminado de construir empleó unos 5 millones de metros cúbicos de tierra.  Además, se incrementa la capacidad de perforación de pozos, de manera que esperamos que en el período de cinco años este país tenga unas 300 000 caballerías de tierra con regadío.  Y no solo eso, sino que además se trabaja intensamente en los drenajes, y para la zafra de 1970 esperamos tener no menos de 25 000 caballerías de caña drenadas y de 20 000 a 25 000 caballerías de caña irrigadas. 
De manera que, ¿con qué haremos la zafra de los diez millones?  La haremos con 25 000 caballerías de caña nuevas, es decir, entre 25 000 Y 27 000 caballerías de caña nuevas que se están sembrando este año (APLAUSOS), con 20 000 ó 25 000 caballerías de caña con regadío y con 25 000 ó 30 000 caballerías de caña drenadas; pero además, con cañas mucho mejor cultivadas, semillas mucho más selectas y cantidades mayores de fertilizante. 
De manera que acerca de esta cuestión de si hacemos los 10 millones o no, a nosotros no nos queda la menor duda, y los que están en los campos y los que saben lo que se está haciendo en nuestros campos tampoco tendrán ya la menor duda.  En esa meta se comprometió el honor de nuestro país, el prestigio de nuestro país, ¡y se cumplirá, porque ello pone a prueba el tesón y la férrea voluntad de nuestro pueblo!  (APLAUSOS.) 
Hemos tenido el año pasado, como saben ustedes, una enorme sequía. Esa sequía, infortunadamente, en las provincias de Las Villas, Camagüey y Oriente aún persiste.  Hoy, 9 de abril, todavía en estas tres provincias infortunadamente se observa una seria sequía.  No ha sido así en las provincias de Matanzas, La Habana y Pinar del Río.  Nosotros creemos que las condiciones del tiempo serán, de todas formas, diferentes.  El hecho de que haya llovido mejor en aquellas provincias, a nuestro juicio, implica que tan pronto comiencen los calores las lluvias se producirán.  Esto se basa en el hecho de que, cuando las condiciones generales del tiempo son secas, tampoco llueve en aquellas provincias, y solo comienza a llover cuando viene el verano.  El hecho de que este año —al revés del año pasado— haya llovido en esas provincias, permite albergar la esperanza de que ya apenas comiencen los calores deberán comenzar también las lluvias. 
Pero algunos dirán: ¿Acaso una sequía como la del año 1967 impediría una zafra de diez millones?  Y la respuesta es:   ¡No!  Todas las medidas que se están tomando son para asegurar los 10 millones aun con una sequía como la de 1967 (APLAUSOS).  Y nosotros creemos que es difícil que se vaya a producir en 1969 una sequía tan dura como la de 1967.  A pesar de todo, tomamos las medidas pertinentes. 
Mas no solo se avanza en la caña: se avanza en los planes arroceros, se avanza en los planes de viandas.  De manera que las prioridades caña y vianda se cumplen y también se trabaja intensamente en el incremento de la producción arrocera. 
El año que viene el grueso del esfuerzo pasará ya al frente de la ganadería.  Si este año se han sembrado considerables extensiones de caña, el año que viene todos esos recursos, ampliados, caerán sobre nuevas áreas de marabú, de manigua.  Y la brigada gigante, con el peso de sus fuerzas y los equipos incrementados con que cuenta nuestra agricultura, seguirán adelante los planes arroceros y pondrán, además, el acento principal en los planes de siembra de pasto.  Se siembran pastos también este año, se hacen esfuerzos, pero lógicamente no se pueden abarcar simultáneamente todos los frentes. 
Están ya bajo plan de inseminación decenas de miles de novillas cruce de Holstein con Cebú, cuya producción ha resultado realmente sorprendente.  De manera que el número de vacas lecheras en producción para el próximo año se incrementará considerablemente, y para 1970 ya cientos de miles de nuevas de esas vacas entrarán en producción. 
De manera que un esfuerzo notable, apoyado decididamente por el pueblo, se realiza en todos los frentes, de forma tal que para 1970 la base alimenticia de este país estará sólidamente construida, sólidamente creada. 
Y si el pueblo en estos años duros ha hecho el esfuerzo que ha hecho, cuando de 1970 en adelante la base alimenticia esté sólidamente establecida, ¿qué no será capaz de hacer este pueblo?, ¿qué no será capaz de llevar a cabo con esta creciente conciencia revolucionaria? 
Para nosotros, que hemos vivido estos años, que hemos vivido cada año, cada mes, cada semana, cada día, cada hora la experiencia del contacto con las realidades desde aquellos tiempos en que comenzamos a organizar la lucha clandestina, desde aquellos tiempos en que preparábamos el asalto al Moncada, o el desembarco del Granma, o éramos un puñado de hombres (APLAUSOS), éramos un puñado de hombres en montañas donde nunca habíamos estado, con unas pocas armas en las manos y con una infinita confianza en el corazón, infinita fe en el pueblo y su extraordinario destino, que hemos vivido —repito— cada minuto de esta experiencia, estamos en condiciones de apreciar serenamente y ver cómo se ha transformado este pueblo, ver este pueblo de hoy que nuestros enemigos serían incapaces de reconocer. 
Nosotros decimos que si dentro de algunos años algunos de aquellos apátridas pudieran ver este país no lo conocerían, ni siquiera tendrían la más remota idea de donde estaba su latifundio; un país con 40 000 kilómetros de carreteras, surcado de caminos, de canales, repleto de embalses o de explotaciones de aguas subterráneas, lleno de drenajes, cruzado también de un extremo al otro de cortinas rompevientos; un país en que incluso las montañas estarán terraceadas y sembradas, esas montañas que durante siglos saquearon y esquilmaron y despoblaron.  ¡No serían capaces de conocer este país! 
Si conocieran este pueblo de hoy —esclavo y oprimido ayer, embrutecido, explotado—, este pueblo que en interminables caravanas se desborda hacia el trabajo lleno de confianza, lleno de optimismo, lleno de moral, en medio de una atmósfera de trabajo, en medio del heroísmo del trabajo, en medio de una elevación de conciencia, de una pureza de costumbres, de una absoluta honradez, a trabajar para sí, a trabajar para su futuro, sin que lo explote nadie, sin que lo saquee nadie, sin que el fruto de su sudor se lo lleven a los bancos extranjeros los monopolios imperialistas, sin que gobernantes desvergonzados se hagan millonarios o multimillonarios ni se roben un centavo; este pueblo de hoy, este pueblo nuevo, alentado por nuevas ideas, que lleva adelante con más seguridad que nunca la heroica lucha que sus antepasados comenzaron hace 100 años.  ¡A este pueblo no serían capaces de reconocerlo sus enemigos, a este pueblo no serían capaces de reconocerlo los imperialistas que nos odiaron!  O, mejor dicho, ni siquiera nos odiaban; nos odian ahora porque han sido incapaces de derrotarnos; antes nos menoscababan, antes nos despreciaban. 
Esperamos que ahora comiencen a ver qué clase de pueblo es este (APLAUSOS), esperamos que ahora comiencen a persuadirse de que si ayer no pudieron, menos podrán hoy y menos podrán todavía mañana.  Es decir: que jamás podrán con él. 
Y un día como hoy es lícito que nosotros exaltemos el ejemplo de los combatientes del 9 de Abril.  Y en ese batallón “Vietnam Heroico”, símbolo de la conciencia internacionalista de nuestro pueblo (APLAUSOS)  y revelador de nuestra adhesión y nuestro apoyo a ese pueblo pequeño y mil veces heroico, que ha hecho morder el polvo de la derrota a los imperialistas yankis, que ha puesto en crisis al gobierno imperialista y guerrerista de Johnson; este batallón que con honor lleva el nombre de “Vietnam Heroico” (APLAUSOS)  tiene entre sus filas 60 combatientes del 9 de Abril (APLAUSOS). 
¡Y qué hermoso ejemplo! ¡Qué hermosa lección!  Esos compañeros que lucharon, que arriesgaron su vida, que estuvieron dispuestos a darlo todo, de heroico comportamiento hace 10 años —en aquellos instantes que con las armas en la mano y arriesgándolo todo había que librar batalla al enemigo—, incorporados hoy a ese batallón, trabajando para el pueblo, desarrollando una inmensa granja productora de alimentos para el pueblo. ¡Qué diferencia, qué diferencia del ayer, en que los hombres que lucharon no escriben sus méritos históricos en busca de privilegios, en busca de posiciones! 
A los revolucionarios ninguna cosa nos puede impresionar más, causar sentimiento más profundo, que el hecho de ver a los combatientes de ayer, modestamente, heroicamente, incorporados al trabajo de hoy; no reclamando privilegios, sino reclamando un puesto en el trabajo (APLAUSOS).  Y creemos sinceramente que nada puede honrar más a una Revolución, nada puede hablar mejor de las virtudes que esa Revolución ha despertado en nuestro pueblo, nada puede expresar mejor cómo lo mejor, lo más noble y lo más generoso que alberga nuestro pueblo hoy:  que hace virtud de todos, conciencia de todos.  Nada dice más lo que debe ser un revolucionario en los tiempos contemporáneos, y nada da a los revolucionarios más moral.  Luchando ayer, ¿para quién?  ¡Para el pueblo!  Dando su sangre ayer, ¿para quién?  ¡Para el pueblo!  Dando su sudor hoy en el trabajo heroico de todos los días, ¿para quién?  ¡Para el pueblo!  (APLAUSOS.) 
¿Quién se puede sentir con derechos sobre el pueblo?  ¿Qué moral pueden sentir frente al pueblo aquellos que no dieron nada ayer, ni sangre ni sacrificios ni esfuerzo, que vivían y lo tenían todo sin dar nada y que después del triunfo de la Revolución tampoco querían dar nada sino seguir viviendo del sudor del pueblo y del sacrificio del pueblo? 
Frente a los que ayer lo dieron todo y hoy lo dan todo, ¿qué moral puede tener un privilegiado, qué razón puede tener un privilegiado, qué derecho puede tener un privilegiado?  Y esto es lo que le da autoridad a la Revolución, moral a la Revolución, fuerza a la Revolución para proponerse las más difíciles tareas, las más difíciles metas.  ¡Frente a la Revolución sus enemigos no tienen ni un ápice de razón, ni un ápice de moral! 
Y la historia de un país se escribe así: dando la sangre ayer, dando el sudor hoy; y si nuevamente hubiese que dar la sangre para defender el fruto del sudor, ¡dar la sangre y dar siempre la sangre y dar siempre el sudor!  (APLAUSOS.) 
Y por eso, con todos los elementos de juicio que poseemos, con la experiencia que nos da el haber vivido estos años junto al pueblo, es por lo que podemos decir:  el año de 1959 fue el triunfo de la rebelión, pero el año de 1968 —si estimamos que revolución es un problema de conciencia, un problema de ideas, si el triunfo de la revolución es el momento en que un pueblo entero toma conciencia profunda de sus deberes históricos, de sus obligaciones más sagradas, de su misión en el mundo—, el año de 1968 fue el triunfo de la Revolución (APLAUSOS); triunfo que en estos días de Girón, en estos días de recordación heroica alcanza su más alta expresión, como el más honesto, el más valioso tributo, no de palabras sino de hechos, no de forma sino de contenido, de sentimiento, de respeto a los caídos:  a los caídos desde aquel glorioso 10 de Octubre de 1868 en que se inicia la lucha por nuestra independencia; a los caídos en aquellas etapas tristes de nuestra república colonizada en que valerosos revolucionarios, en las luchas contra los gobiernos corrompidos y tiránicos, dieron sus vidas; a los caídos en los combates guerrilleros; a los caídos el 9 de Abril; a los caídos en las montañas del Escambray; a los caídos en Girón; a los caídos en solidaridad con el movimiento revolucionario en otras partes del mundo (APLAUSOS). 
A los caídos defendiendo a la patria; a los caídos defendiendo las ideas revolucionarias; a los caídos defendiendo la hermosa causa de los explotados, la hermosa causa de los trabajadores, la hermosa causa del socialismo, la hermosa causa del comunismo, que es la causa de la justicia y de la hermandad entre los hombres. 
¡Patria o Muerte! 
¡Venceremos! 
FIDEL CASTRO RUZ

Fuente: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos

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