enero 22, 2014

Discurso de Fidel Castro en la inauguración de las obras de San Andres de Caiguanabo (1967)

DISCURSO EN LA INAUGURACION DE LAS OBRAS DE SAN ANDRES DE CAIGUANABO, PINAR DEL RIO
Fidel Castro
[28 de Enero de 1967]

― Departamento de versiones taquigráficas del Gobierno revolucionario ―

Compañeros del Partido y del Gobierno; Vecinos de San Andrés; Alumnos del primer internado de San Andrés: 
Con verdadera satisfacción nos reunimos esta noche en un acto que tiene para todos nosotros una gran importancia.
Muchos pensarán que los vecinos de San Andrés tienen motivos para sentirse contentos en el día de hoy; pero no son solo los vecinos de San Andrés.  Todos nosotros tenemos motivos para sentirnos esta noche tan contentos como cualquier vecino de San Andrés.
Los de San Andrés ven en esta noche una etapa del vertiginoso desarrollo de esta región, pero nosotros vemos también en esta obra de San Andrés, en este desarrollo de San Andrés, la obra de la Revolución y la idea de lo que habrá de ser en el futuro nuestra patria. 
San Andrés es una avanzada.  San Andrés será, aproximadamente dentro de un año —en lo que a la situación social se refiere, sobre todo en la educación—, lo que aspiramos que sea una gran parte del país, y si fuera posible todo el país, para 1975. 
San Andrés es el primero de los tres planes pilotos que se están llevando a cabo, es decir, el primero que ya puede presentar una parte del plan realizada.  Porque aquí esta noche ya quedan inaugurados el primer internado de 300 alumnos y cinco círculos infantiles, aparte de otra serie de obras en el pueblo, de un programa que deberá comprender otra escuela igual que esta, tres escuelas más pequeñas que esta —de 150 alumnos—, y cinco círculos infantiles más. 
Si los compañeros del Ministerio de la Construcción mantienen durante este año de 1967 el magnífico ritmo de trabajo con que realizaron estas primeras obras, no tenemos dudas de que para fines de este año   —ya en lo que a San Andrés se refiere— el plan estará completamente terminado.  Por esto, es justo que se reconozca el esfuerzo que los compañeros del MICONS, y sobre todo los del MICONS de la provincia de Pinar del Río, han hecho (APLAUSOS), puesto que esta escuela se ha construido en seis meses solamente; hace seis meses aquí no había nada, hace seis meses aquí lo que había era manigua y un terreno bastante inundado.  Tampoco había ningún círculo.  Hace seis meses prácticamente estaban terminando de ubicarse cada uno de los sitios donde iban las distintas escuelas y los distintos círculos, y trabajaban afanosamente los compañeros, los arquitectos, haciendo los proyectos. 
Porque en este caso cada escuela se ha ido ubicando de acuerdo con la distribución de la población y buscando siempre los sitios más saludables, los sitios más adecuados, que a la vez quedasen próximos a las familias cuyos hijos van a ir a esos círculos o a esas escuelas.  Y nuestros arquitectos y proyectistas vinieron a cada uno de los sitios.  Junto con ellos trabajó también un equipo de compañeros que han estado responsabilizados, en general, con este plan. 
Pero hay que decir que todo el mundo ¡todo el mundo!, le ha prestado una gran cooperación al plan de San Andrés.  La prestaron los compañeros del Partido en la provincia, la prestaron los compañeros del ejército, la prestaron los compañeros técnicos, la prestaron los compañeros del Ministerio de Educación.  Es decir que este es un ejemplo de un plan en que se ha coordinado de una manera feliz y que ha podido contar con el entusiasmo de todo el mundo, ¡y por eso ha avanzado como ha avanzado! 
Este plan empezó a concebirse prácticamente hace un año.  Y en un año se han hecho ya todas las plantaciones de café en terraza, hay más de un millón de matas de café sembradas con una técnica nueva en terraza para proteger la tierra de la erosión.  El café marcha en magníficas condiciones, está limpio.  En los viveros de café trabajaron cientos de mujeres de esta región, prepararon los viveros.  En la plantación de este café trabajaron cientos de compañeros de la juventud comunista de la provincia y de distintas partes, trabajaron cientos de compañeros del ejército; en el esfuerzo de cumplir las metas en la fecha indicada se hicieron grandes movilizaciones.  Y gracias a eso, pues, el plan de siembra de café se realizó cabalmente. Y el café está creciendo a enorme velocidad, sembrado con toda la técnica. Y no solo eso: se le van a hacer las aplicaciones óptimas de fertilizante; y algo más: se van a aplicar otras técnicas más nuevas todavía, que consiste en la aplicación de hormonas de crecimiento a ese café. 
Es decir que los vecinos de esta región y todos nosotros vamos a poder observar un fenómeno nuevo también, porque se suponía que una mata crecía cuando la sembraban, la cuidaban, la cultivaban, le limpiaban la hierba, la regaban o le llovía y se fertilizaba; pero hay una cosa nueva: vamos a acelerar el proceso de crecimiento de esas plantas. En ese sentido se va a convertir también en un plan piloto, y al millón y tantas matas de café se les van a aplicar hormonas de crecimiento, y posiblemente ya para el año que viene haya bastante café que recoger en esas plantaciones (APLAUSOS).  Deberemos esperar por los resultados, como les decía anteriormente es de carácter experimental, pero los resultados que obtengamos aquí podrán ser aplicados a otras plantaciones e incluso a otros cultivos. 
Volviendo al tema de las escuelas, les decía que si se mantiene este ritmo y este entusiasmo con que se ha trabajado este año, ya para fines de este año deberán estar las instalaciones todas terminadas, de manera que toda la población infantil, todos los niños desde un mes de nacidos hasta el último año de secundaria básica tendrán sus instituciones correspondientes.  Es decir que toda la población, todos los niños de esta región, que son aproximadamente 2 000, tendrán sus correspondientes círculos infantiles, sus correspondientes escuelas primarias de uno a tercer grados y sus correspondientes escuelas de un nivel más alto, es decir, desde cuarto grado hasta el último año de secundaria.  Va a ser el primer lugar del país también. Le seguirán en orden: Gran Tierra, en la provincia de Oriente; y Banao, en la provincia de Las Villas.  No llevan un ritmo todavía tan rápido como esta región, pero ya esta estará convertida en un verdadero plan piloto de un interés extraordinario. 
Es de un interés extraordinario, porque posiblemente —posiblemente— un plan de esta índole, de esta característica, no se haya puesto en práctica nunca en ningún otro país, y no se haya puesto en práctica con las características que va a tener este plan.  Posiblemente seamos el primer país del mundo en llevar a cabo un programa de educación de esta magnitud, de esta calidad, y aspiramos a que lo que estamos haciendo aquí en San Andrés podamos hacerlo en todo el país. 
Las instalaciones son de magnífica calidad.  Hay que felicitar a los compañeros arquitectos que trabajaron en estas instalaciones; con una gran cantidad de luz, con una gran cantidad de ventilación, no se pueden concebir instalaciones más saludables que esas instalaciones.  Al igual que los círculos infantiles, donde tienen el área de los lactantes, el área de los que ya son un poquito mayores, áreas bajo techo y áreas al aire libre, donde podrán moverse con entera libertad. 
Se han escogido para dirigir esta escuela y para enseñar en esta escuela, jóvenes maestros y profesores formados enteramente en estos años de Revolución. Posiblemente el promedio de edad, sumando la edad de todos los compañeros que van a estar en la dirección, en la administración y en la enseñanza de esta escuela —que comprende profesores de secundaria básica, maestros de primaria, profesores de educación física y técnicos agrícolas—, sumando la edad de todos ellos no pase de 18 años el promedio. 
Es posible que nunca un plantel de enseñanza haya contado con un personal docente y de dirección tan joven como el personal que va a dirigir esta escuela; graduados de nuestros institutos pedagógicos; graduados de nuestros institutos tecnológicos, otros del Instituto de Educación Física y Deportes, otros. 
Es decir que hubo calidad en la selección y en la formación de ese personal docente.  Hay juventud, hay entusiasmo, y tenemos por eso derecho a sentirnos optimistas acerca del éxito de la enseñanza que se va a impartir en esta escuela.  Igualmente en los círculos infantiles van a trabajar compañeras de esta región, vecinas de esta región, que fueron preparadas en los correspondientes cursillos para atender a los niños.  Y algo más: al frente de cada círculo estará una maestra graduada en el Instituto Pedagógico “Makarenko”. También en los círculos infantiles, tanto las instalaciones como las condiciones ambientales, las condiciones higiénicas como el personal que atenderá a los niños, tendrá una gran calidad, y podemos esperar de ellos un trabajo óptimo con los niños. 
En estas escuelas lo más importante, sin embargo, no será la calidad de las instalaciones, sino la concepción de esta escuela.  Sin dudas de ninguna clase que todos nosotros hemos visto muchas escuelas en nuestros campos; antes de la Revolución no había muchas, había algunas escuelas en los campos.  Ciertamente que una gran parte de la población escolar infantil de los campos no tenía escuela o no tenía maestros; con la Revolución vinieron, en primer lugar, los maestros, y siempre que fue posible se construyó alguna escuelita.  Pero, en definitiva, se llevó el maestro para todos los niños del campo.  Cualquiera habría dicho que eso era un gran triunfo, cualquiera habría dicho que eso era un gran avance, porque siempre en nuestros campos estaba el clamor de las familias pidiendo escuelas, pidiendo maestros; y cuando llegaba un maestro había júbilo, cuando se organizaba una escuela había alegría.  Y para cualquier país en este continente recibir un maestro, recibir una escuela habría sido siempre motivo de alegría. 
Nosotros hemos logrado eso, pero, sin embargo, ¿podemos satisfacernos con eso? ¿Qué es eso, si tenemos algo por lo cual suspiró nuestro pueblo: todos los lugares con escuela, todos los lugares con maestros?  Pero, a pesar de tener eso, ¿qué es esa escuelita? ¡Cuántas veces no vemos las escuelitas aisladas, pobrecitas!; muchas veces no son escuelas, son bohíos, y llegan los muchachos, vienen de más distancia, de menos distancia, mejor alimentados o peor alimentados, y están en la escuela unas cuantas horas.  Cuando había una sola jornada estaban cuatro o cinco horas.  ¿Qué hacían los muchachos el resto del día? Ahora van a la escuela y regresan a la casa y almuerzan, y en algunas ocasiones regresan también por la tarde.  Pero sin dudas que los muchachos disponían de mucho tiempo para andar por la libre sin que nadie fiscalizara qué hacían, dedicados a qué. Un muchacho con su imaginación inventa todas las cosas habidas y por haber: buenas y malas. Y muchas veces se le ocurren las malas primero que las buenas.  Como una forma de entretenerse, de matar el tiempo, los muchachos —sin lugares donde hacer deportes, sin condiciones ni facilidades para sentarse a leer un libro, sin tener los libros al alcance de su mano porque supondría tener una biblioteca en cada casa, sin tener campos deportivos— emplean el tiempo como mejor les parece.
Y es precisamente en esas horas extra-escolares donde se adquieren muchos malos hábitos, donde se adquieren muchos vicios, donde los muchachos se desvían, y donde en realidad no van a desarrollar ni su inteligencia, en definitiva ni sus facultades mentales, ni sus facultades físicas. 
Con este sistema y con esta concepción la vida de los niños desde que tienen un mes de edad, en dos palabras, desde que transcurre el período que en la Legislación Social se conoce como el período de la maternidad obrera, es decir, cuando ya la madre pueda reintegrarse al trabajo, ya desde ese momento, podrá ir el niño al círculo. 
Y la vida de todos los niños estará perfectamente organizada, estará perfectamente atendida.  Irán a los círculos por la mañana —bien temprano— y regresarán a sus casas al atardecer.  Y cuando ya tiene edad para ir al primer grado, entonces su vida entera estará organizada alrededor de la escuela.  Allí tendrán los estudios, los campos deportivos, la alimentación.  Irán los lunes y regresarán los viernes, y tal vez los sábados. 
Porque, naturalmente, podría también plantearse qué será mejor: que se vayan ya desde el viernes para la casa, o por el contrario se dedique el sábado a actividades deportivas en general en la escuela (APLAUSOS), y ya el sábado al mediodía van a la casa.  Y significa que podrán disponer también los maestros y profesores de tiempo libre: la mitad del sábado y el domingo completo. 
Nosotros no tenemos la menor duda de que los muchachos van a estar ansiosos siempre de que llegue el lunes para ir a la escuela, porque en la escuela tendrán todas las facilidades, todas las instalaciones, tendrán su vida perfectamente organizada de una manera agradable, de una manera atractiva. 
Es decir que ya no habrá esas horas para matar el tiempo, ya no habrá esas oportunidades para que los muchachos se descarríen y adquieran malos hábitos de ningún tipo.  Y constantemente, bajo la dirección de personal altamente calificado, serán educados mentalmente, físicamente, socialmente; irán adquiriendo los mejores hábitos que una sociedad le puede dar al ser humano, los mejores sentimientos, los mejores conceptos.  Allí a esa escuela irán a ser preparados para la vida. 
Si nos preguntamos el por qué tantos conflictos en el ser humano, si nos preguntamos por qué tantas querellas, tantos sufrimientos, tantas mortificaciones, si nos preguntamos por qué tantos se dedican a amargarle la vida a tantos, la respuesta será sin dudas que el ser humano no ha sido preparado para vivir, que no se le ha enseñado a vivir socialmente, no se le ha enseñado a vivir con relación a los demás, no se le ha preparado para la vida, para su vida en la sociedad humana. 
Naturalmente que esto no podía ser de ninguna forma donde el modo de obtener el alimento, el modo de obtener los medios de vida era un modo aislado, primitivo y egoísta.  Por eso ocurrían todas esas cosas, que aquí esta noche veíamos magníficamente acerca de la historia de los campesinos, de la historia de los mayorales, de los terratenientes, de los guardia-rurales; la historia del campesino con la mujer, kilómetros y kilómetros, sin saber además a qué hospital la llevaba, cuanto le costaba, con qué pagaba eso, sin comunicaciones de ninguna clase, a quién sabe cuántos kilómetros de distancia, sin dinero, pagando la tercera parte o la mitad de lo que cosechaba todos los años al terrateniente; de manera que miles de familias trabajaban para una familia. 
Es lógico que en aquellas condiciones no podía haber nada que se pareciera a esto; es lógico que en aquellas condiciones no se podía pensar siquiera en educar al hombre para vivir en la sociedad.  Porque en aquellas condiciones los hombres trataban no de vivir sino de sobrevivir.  Y no los enseñaba nadie a sobrevivir, sino que cada individuo trataba por sí mismo de sobrevivir a su manera, o de cualquier manera, porque se trataba sencillamente de sobrevivir.  Y para sobrevivir hacían lo que les venía a su mente.  Muchos sin haber podido ir a una escuela, sin haber aprendido a leer ni escribir, tenían que arreglárselas como pudieran en medio de las condiciones más desventajosas, más difíciles. Si un hombre va a vivir en una sociedad, es necesario saber primero para qué sociedad se va a preparar a ese hombre.  Y lógicamente en una sociedad en que rija la ley del más fuerte, del más astuto, del más vivo; en una sociedad donde prevaleciera el individualismo, el egoísmo y cada hombre abandonado a su suerte, no se podía enseñar a nadie a vivir. 
Se puede aspirar a establecer una educación para la vida en una sociedad fundada en otras bases muy distintas, muy diferentes.  No se podía predicar el sentido de la confraternidad humana donde condición indispensable para vivir era quitarle algo a los demás, fastidiar a los demás, reventar a los demás; se puede desarrollar el sentido de la fraternidad humana, de la solidaridad humana en su más vasto alcance, en una sociedad que tenga por base y solo pueda tener por base la solidaridad y la fraternidad entre los seres humanos, donde los seres humanos se ayudan unos a otros, donde los hombres juntan sus fuerzas para crear la riqueza, donde los hombres juntan sus fuerzas para explotar los recursos de la naturaleza:  la tierra, el agua; donde los hombres juntan sus fuerzas para aplicar la técnica, para aplicar la inteligencia, para aplicar las máquinas, para lograr todo esto.  Porque todo esto que luce hermoso, esa misma escuela, terminada, bellamente terminada, iluminada, ha requerido el esfuerzo de muchos hombres: el esfuerzo de los que producen el cemento en las fábricas de cemento, el esfuerzo de los que producen las cabillas, el esfuerzo de los que talan árboles en los bosques para producir madera, el esfuerzo de los obreros del transporte, el esfuerzo de los técnicos, el esfuerzo de los constructores de caminos, el esfuerzo de los obreros electricistas. 
Cosas bellas puede crear el hombre, pero hay que preguntarse cómo puede crearlas. Cosas bellas como esa escuela, como esos círculos, como esa carretera, como aquel parque, como aquel restaurante, como aquella tienda, aquel centro comercial, como ese almacén de tabaco, como las obras que se continuarán haciendo, como la obra hidráulica que habrá que hacer aquí para aprovechar el agua, para disponer de regadío, para obtener cosechas más altas. Obras como estas, muchas, de extraordinaria utilidad para todos, se pueden hacer; pero hay que preguntarse cómo pueden hacerse.  Y no se podrían hacer sino en virtud del esfuerzo unido de los hombres. 
Busca la Revolución que el esfuerzo unido de los hombres pueda crear riquezas, pueda crear maravillas para el hombre; busca que los creadores de riqueza puedan crear esa riqueza para sí mismos; busca que el pueblo pueda crear maravillas, no para otros, sino para sí. Y aquí esta obra que tenemos delante es un buen ejemplo de cómo puede crear el pueblo maravillas para sí (APLAUSOS). 
Han creado nuestros obreros, con sus brazos, con sus energías, con su inteligencia, obras que habrán de servir para el bienestar y la felicidad de muchos, obras que habrán de servir para llevar la alegría y la satisfacción a todos.  Porque no quedará una sola familia en este valle de San Andrés de Caiguanabo, no quedará una sola familia, sin recibir la alegría de ver algo que se ha hecho para todos (APLAUSOS); no quedará una sola familia sin tener la felicidad de ver a su hijo o a su hija, en alguno de estos centros, crecer felices y educados, pero educarse con un sentido de profunda solidaridad y confraternidad, educarse en ese nuevo concepto; no quedará una sola familia. 
Y esa es la Revolución.  Y eso es lo que quiere decir Revolución, eso es lo que quiere decir nuestra Revolución:   eso de que todos, todos absolutamente, puedan beneficiarse; que todos puedan recibir los frutos de su trabajo, es decir, todos, el fruto del trabajo de todos. 
Y cuando se cosechen los primeros granos de café, tendremos que pensar en las mujeres que llevaron la semillita al germinador, que trasplantaron las primeras semillitas a las bolsas, que las atendieron; habrá que pensar en los jóvenes comunistas y los soldados que lo plantaron; habrá que pensar en los obreros que han mantenido limpia esa plantación; habrá que pensar en el esfuerzo de muchos creando riquezas para muchos. 
Nuestra consigna en una sociedad nueva ha de ser la de crear cuantas riquezas sean capaces de crear los brazos del hombre y la inteligencia del hombre, para beneficio de todos.  No preguntar siquiera si uno ha de tomar del café de aquella planta que sembró, sino que alguien habrá de tomar el café de esa planta y que tal vez tomemos el café de la planta que otro está sembrando; o cuando comamos el pan que ha sido producido con los brazos de otro... Trabajaremos para nosotros mismos, trabajaremos para todos, y podremos crear todo lo que tengamos voluntad de crear, todo lo que tengamos necesidad de crear. 
Y estos niños recibirán una cultura amplia, una instrucción amplia; recibirán una capacitación y aprenderán a amar el estudio y el trabajo.  Estas escuelas no serán como las escuelas adonde iban en el pasado una minoría de hijos de familias ricas, sin el menor concepto del trabajo; porque, además, ¿para qué necesitaban conceptos del trabajo? Si en aquella sociedad el trabajo lo realizaban los pobres, si en aquella sociedad los ricos no conocían el trabajo; ni necesitaban conocer el trabajo, porque otros trabajaban para ellos. Se educarán los niños en el concepto del trabajo desde la más temprana edad.  Y si están en primer grado y tienen seis años, aprenderán a cultivar aunque sea una lechuga, y aprenderán cómo se produce una lechuga, y aprenderán, además, qué hermoso es producir una lechuga. Aprenderán tal vez a regar una plantita, o aprenderán a regar el jardín, creando un ambiente más alegre. Harán lo que puedan, pero será necesario, desde que empiecen a tener uso de razón, que empiecen a tener idea también de cómo se producen los bienes materiales, cómo se aplica la técnica para producir muchos bienes materiales.  Deberán empezar a tener una idea de que, además, los bienes materiales no caen del cielo, que hay que producirlos con el trabajo. Pero, además, adquirirán el concepto más digno del trabajo; no el trabajo como algo despreciable, no el trabajo como un sacrificio, sino el trabajo   —incluso— como un placer, el trabajo como algo agradable, lo más agradable, lo más hermoso que el hombre puede y debe hacer; el concepto del trabajo ni siquiera como un deber, sino como una necesidad moral, como una forma de invertir el tiempo dignamente, útilmente. 
Y por lo demás, el hombre irá —con la ayuda de las máquinas y de la técnica— liberándose cada vez más del trabajo en su sentido de esfuerzo físico bruto.  Y aquí mismo en San Andrés, donde hay o había más de 1 000 bueyes, toda la tierra se preparaba con yuntas de bueyes. ¿Qué significaba eso? Que todos los años había que roturar la tierra; que cientos de padres de familia tenían que enyugar los bueyes bien temprano, enganchar el arado y, yendo detrás de la yunta de buey, romper y preparar las tierras. Y realmente ese trabajo es duro. Cuando un hombre tiene que ir llevando el arado tras de una yunta de buey son no dos bueyes, sino tres bueyes arando la tierra (APLAUSOS), porque él tiene que ir haciendo tanto esfuerzo como cualquiera de los bueyes. 
Y así tenían nuestros campesinos en este valle —y todavía lo tienen que hacer así en muchos lugares— que romper todos los años la tierra de esa forma. 
Al llegar aquí no recuerdo si fueron 19 ó 20 tractores, inmediatamente desapareció esa necesidad de tener que romper la tierra con bueyes; desapareció incluso la necesidad de tener más de 1 000 bueyes.  De todas maneras algún trabajito hay que hacer siempre con el buey, sobre todo en el tabaco; pero ya no es el trabajo de romper la tierra, es el trabajo de realizar algún cultivo en el tabaco con el buey, menos duro; y, además, una parte insignificante, comparado con todo el trabajo que había que hacer sin tractores.  Sobrarán casi 1 000 bueyes porque podrán los campesinos con muchos menos bueyes hacer ese poco de trabajo que hacían anteriormente; y en vez de bueyes podrán tener vacas, vacas que producirán leche y que producirán carne, en la misma superficie donde antes pastaban los bueyes, que eran animales de trabajo que no podían sacrificarse y, por tanto, no podían producir carne, que no producían leche. 
Y por tanto al introducir la técnica, es decir, las máquinas, se liberan todos los trabajadores de ese esfuerzo físico tremendo que tenían que hacer todos los años y, además, liberan tierra donde pueden tener cientos de vacas para producir todos los días miles de litros de leche. 
Porque aquí todo este plan de desarrollo social, de desarrollo educacional, irá acompañado del desarrollo económico, irá acompañado del desarrollo técnico, del desarrollo agrícola, de manera que en este mismo valle en los años venideros se estará produciendo tres veces, cuatro veces o cinco veces más de lo que se estaba produciendo. 
No tenemos que tener ningún temor de que vaya a faltar alimento para los muchachos que van a estar en esas escuelas, porque aquí en esta misma región la producción agrícola será tres, o cuatro, o cinco veces mayor; pero no será así solo aquí: aspiramos a que sea así en todo el resto del país. 
Los niños y los jóvenes no solo recibirán una educación esmerada en instalaciones magníficas, sino que recibirán una alimentación óptima, recibirán una dieta balanceada, consumirán las cantidades máximas de alimentos que necesiten en frutas, en leche, en vegetales, en fin, en todos los alimentos.  Nos interesa también ver cuáles son los efectos, en esos niños, de una vida higiénica, saludable, de la práctica de la educación física y el deporte, de una alimentación óptima; lo que significa que ya todos los niños recibirán en esas instituciones la ropa, los zapatos y la alimentación en la escuela, y la recibirán gratuitamente, gratuitamente (APLAUSOS). 
¿Es esto acaso algo de poca importancia? ¿Es algo de poca trascendencia? No. Esto tiene que ver mucho con toda una serie de concepciones; tiene que ver mucho con la concepción general de la forma en que nosotros queremos edificar el socialismo y de la forma en que nosotros queremos edificar el comunismo. 
Antes los terratenientes, los Cortina, los mayorales, la guardia rural, le venían a decir al campesino: “¿Socialismo? ¡Eso es terrible! ¿Comunismo? ¡Más terrible todavía: te lo quieren comunizar todo!, incluso te quieren comunizar la mujer”, decían los guardias rurales, los esbirros, los mayorales y los terratenientes; y los que querían realmente  “comunizar las mujeres” —como decía el Manifiesto de Carlos Marx— eran precisamente ellos, porque ellos, si podían, comunizaban las mujeres de los demás; comunizaban, si podían, a la hija de un campesino, y si podían arrebatarle la mujer se la arrebataban.  Eran ellos, que querían traer a la mente de los campesinos esas cosas absurdas, esas mentiras, esas fantasías. 
El socialismo y el comunismo no tenían nada que ver con las mujeres como si fuesen una propiedad, como si fuesen un instrumento de trabajo —que en ese concepto la tenían los capitalistas.  Lo que ha hecho el socialismo con la mujer es brindarle oportunidad de educar a sus hijos, brindarle oportunidad de trabajar, liberarlas para siempre de la terrible necesidad de tener un día que convertirse en una prostituta para vivir, o en la necesidad de tener que trabajar para los ricos en sus casas como un modo de vivir.  Lo que ha hecho es dignificar a la mujer y darle un lugar de honor dentro de la sociedad.  Lo que ha hecho es preocuparse de que sus hijos no se les mueran de enfermedad o de hambre, de que no permanezcan ignorantes sin aprender ni a escribir su nombre.  Los terratenientes, los burgueses, los esbirros, los mayorales, los politiqueros, inventaban un fantasma. 
A la vuelta de pocos años cuánto ha podido aprender el pueblo para responder: “No.  No era lo que tú decías.  ¡Es esto que estamos viendo hoy con nuestros propios ojos!  (APLAUSOS)  ¡Son estas escuelas, estas carreteras, estos hospitales, son estos niños uniformados, con un magnífico porvenir por delante! ¡Es esta alegría, es esta posibilidad de poder incluso ver aquí a los campeones nacionales participando aquí en una competencia, en un campeonato!” —porque es que antes en los campos ni siquiera los peloteros podía el pueblo verlos en las competencias; todo concentrado en la capital. 
Hoy pueden tener esa visión, tienen la idea real. Pero, ¿cómo se marcha adelante? ¿Cómo se sigue avanzando por ese camino del socialismo y del comunismo, que es el camino que ofrece a la sociedad la mayor suma de felicidad, la mayor suma de satisfacciones, la mayor suma de bienes?  Entonces hay los que piensan que si les damos gratis todos estos servicios ahora a los campesinos, los campesinos se volverán holgazanes, se volverán vagos, que no trabajarán.  Hay quienes creen que para que el hombre tenga que trabajar y trabaje debe sentir el látigo de la tremenda necesidad, el látigo de la miseria, el látigo del temor, para trabajar. 
Las ideas revolucionarias se pondrán a prueba verdaderamente en este plan. 
Es cierto que el hombre en el pasado trabajaba instigado por la miseria, por la necesidad, por el temor.  Si usted visitaba una casa de un campesino y le preguntaba qué pensaba hacer con aquel cochinito, lo más probable era que le respondiera: “Ese lo estoy cebando por si me enfermo o si se me enferma alguien de la familia, para pagar el médico o para comprar medicinas.” Porque en lo primero que pensaba cuando criaba un animal no era en consumirlo, sino en ese terrible momento en que la enfermedad toca a las puertas —y verdaderamente que tocaba a las puertas con bastante frecuencia—, para no pasar por la angustia de tener que ir loma abajo, como decían aquí, llevando a la mujer o al hijo en una parihuela, sin un centavo en el bolsillo, sin saber a qué médico ver ni con qué demonios pagar una medicina; luego trabajaba pensando en ese momento.  Otros pensaban: “para comprarles un día unos zapatos a los hijos, o la ropa”.  Y, sobre todo, trabajaban —como decían los campesinos y los obreros—”para darles de comer a mis hijos”. 
¿Qué significa esa respuesta que daban siempre todo obrero y todo campesino cuando les preguntaban para qué trabajaban?  Ese obrero y ese campesino nunca decían: “Trabajo para mí, trabajo para vestirme, calzarme, para comer, para hartarme.”¡No! No había uno solo que no respondiera: “Trabajo para dar de comer a mis hijos, para dar de comer a mi familia.” ¿Qué significa esto? —repito.  Significa que históricamente, desde que el hombre es hombre hasta hoy, el hombre ha trabajado fundamentalmente para sostener a su familia, para evitar que sus hijos y sus seres queridos se murieran de hambre. Y esa ha sido tal vez la fuerza que más ha presionado al hombre a trabajar, porque había incluso a quienes podía importarles menos pasar hambre, pero que no podían soportar la idea de que sus hijos pasaran hambre. Y como los hijos dependían enteramente del trabajo del padre, ese sentimiento llevaba a los hombres a esforzarse a trabajar duramente, a veces haciendo inmensos sacrificios.  ¡Cuántos casos no hemos conocido de mujeres que se quedaron viudas con tres o cuatro hijos, cinco hijos, y realizaron enormes esfuerzos lavando y planchando para alimentar y para educar a los hijos! 
Sin embargo, nos encontramos con que ahora todos los niños, todos, tendrán su círculo infantil, un alimento de primera calidad, su ropa, sus zapatos, y tendrán su escuela; de repente ya ningún trabajador, ningún campesino de esta región tiene sobre sus hombros la presión de que ha de trabajar para darles comida a sus hijos. 
Y yo les quiero preguntar a ustedes, les quiero preguntar a los campesinos, les quiero preguntar a Emilio y a todos los que son como Emilio, a Apolinar y a todos los que son como Apolinar —el caso de Apolinar que tiene 23 hijos, ¡veintitrés!, y dice que nueve van para estas escuelas; imagino que son nueve nada más porque los demás ya son hombres y mujeres—, les quiero preguntar de corazón si piensan ustedes, trabajadores, hombres acostumbrados al trabajo, hombres que aman el trabajo, si es cierto que al desaparecer esa necesidad —al desaparecer como desapareció la necesidad de criar el puerquito para pagarle al médico o para comprar la medicina—, al desaparecer la necesidad de tener dinero para pagarle un maestro, o mandar un día al muchacho a estudiar si puede al pueblecito, o que aprenda un oficio; al desaparecer la necesidad esa de tener que comprar la ropa y los zapatos y la necesidad de alimentarlo, si por esa razón los hombres y mujeres de San Andrés de Caiguanabo se volverán perezosos, se volverán holgazanes. 
¿Será verdad acaso que la producción disminuya aquí en San Andrés de Caiguanabo?  (EXCLAMACIONES DE: “¡No!”)  Ahora que el hombre ya no tiene esas cargas, que el hombre y la mujer ya no tienen esas angustias; ahora que no viven en esa incertidumbre, en ese sufrimiento, que tienen el médico allí y el transporte allí, y no tendrán que andar 28 kilómetros en camilla, y tienen la escuela y lo tienen todo; liberado el hombre de esos sufrimientos, de esos temores, de esas presiones, ¿se volverá por ello peor el hombre? ¿O no es acaso más razonable pensar que se volverá mejor? ¿Trabajará con más desgano? ¿O no es acaso razonable pensar que trabajará con más entusiasmo, con más alegría? ¿Trabajará menos, puesto que ya el dinero no tiene tanta importancia para él, puesto que el dinero le importaba, sobre todo, para que no se murieran de hambre los hijos, y ahora que está seguro de que no se les mueren de hambre los hijos, de que el dinero le puede servir para otras cosas, pero ya no para esas cosas que antes lo apremiaban tanto? ¿Por ello dejarán de producir los campesinos del Valle de San Andrés de Caiguanabo?  (EXCLAMACIONES DE: “¡No!”)  
¿Cómo pensar que tendremos menos producción si, junto a las escuelas, junto a los círculos infantiles, vienen las máquinas, viene la técnica, viene la fertilización, viene el regadío, vienen las variedades de semillas mejores, las razas de ganado más adecuadas? ¿Cómo pensar que se va a producir menos cuando precisamente con las máquinas ya no habrá que hacer aquel esfuerzo tan rudo, tan riguroso, como el que se hacía antes? ¿Cómo vamos a producir menos si, trabajando la mitad en intensidad, podremos producir tres o cuatro veces más con las máquinas y con la técnica? ¿Es razonable pensar que San Andrés de Caiguanabo deje de producir, o vaya a producir menos riquezas, menos alimentos, menos productos; o que, por el contrario, es posible hacer todo esto, liberar al trabajador de esa carga que lo agobiaba, de esas presiones que lo obligaban en el pasado y, además, producir tres veces, cuatro veces más? 
¿Qué creemos nosotros?  Que con está concepción en San Andrés se producirá más, que con esta concepción y con la técnica se dispondrá incluso de más fuerza de trabajo. Porque si ya las mujeres no tienen que estar cocinando para atender cinco o seis hijos, si no tienen que estar en una batea lavándoles la ropa a todos esos muchachos... Porque ¿cuántas horas invierten las mujeres en la batea —saquen un día la cuenta— lavando la ropa de los niños?  Y si es como en el caso de Apolinar, ¡imagínense!  ¡Lavar la ropa de 15 en la casa, en una batea!  Si han llegado unas máquinas eléctricas que lavan ellas solas, que planchan, ¡cuántas miles de horas de trabajo liberaremos a la mujer de la batea!  Entonces podrá incorporarse, ayudar a su compañero en la recogida del tabaco, en la recogida del café, en cualquiera de las múltiples actividades que pueden realizar y realizan magníficamente bien las mujeres. 
Pero además, los alumnos mayores, los alumnos de los internados de 300, que ya estarán más fuertes, y cada día más fuertes como consecuencia de la educación física y de la alimentación, podrán participar de la recogida de café. 
Podrán también participar en la producción, al lavar las máquinas, al sustituir la batea por la máquina de lavar, al sustituir el calderito en la casa por las ollas esas que son capaces de cocinar para 100 ó 200.  Liberaremos a las mujeres de miles y miles de horas de trabajo en eso, liberaremos mucha más fuerza de trabajo. 
Y con más fuerza de trabajo, y con más técnica, y con más entusiasmo —porque ahora todo el mundo tendrá una razón más para trabajar, todo el mundo tendrá un estimulo más para trabajar, todo el mundo sentirá una felicidad mayor para trabajar— nosotros creemos que ocurrirá no la reducción de la producción, nosotros creemos, nosotros nos atrevemos a asegurar que con el plan que se está llevando a cabo —el estudio parcela por parcela— lograremos tres veces, cuatro veces o cinco veces más producción de la que se lograba antes en San Andrés de Caiguanabo (APLAUSOS). 
Los reaccionarios desconfían del hombre, desconfían del ser humano; piensan que el ser humano es todavía algo así como una bestia, que solo se mueve azotado por el látigo; piensan que solo es capaz de hacer cosas nobles movido por un interés exclusivamente egoísta. El revolucionario tiene un concepto mucho más elevado del hombre, ve al hombre no como una bestia, considera al hombre capaz de formas superiores de vida, de formas superiores de conducta, formas superiores de estímulos; el revolucionario cree en el hombre, cree en los seres humanos.  Y si no se cree en el ser humano no se es revolucionario. 
Y aquí, aquí se pondrán a prueba estas ideas; aquí en San Andrés, en Banao, en Gran Tierra, y en nuestra patria toda.  Y en el mundo estas ideas se debaten, estas ideas que podemos llamar revolucionarias o reaccionarias, acerca de cómo se construye el socialismo, acerca de cómo se construye el comunismo.  Y en muchas partes las ideas reaccionarias toman fuerza, las ideas reaccionarias ganan terreno; la fe en el hombre se pierde. En nuestra patria las ideas revolucionarias ganan fuerza, la fe en el ser humano se acrecienta. 
Nosotros, que nos consideramos revolucionarios y que esperamos confiados en que no seremos nosotros mismos quienes nos juzguemos, sino que el tiempo nos dará la razón, sabemos, estamos conscientes de que en un mundo donde muchas ideas reaccionarias ganan fuerza  —entiéndase bien—aun bajo supuestas banderas revolucionarias, aun esgrimiendo la terminología marxista-leninista, nosotros nos adentramos enarbolando ideas revolucionarias. Pero no enarbolando sino creyendo profundamente en esas ideas, creyendo profundamente en el ser humano. Y nos lanzamos por este camino. Habrá en el mundo muchos que nos deseen el fracaso, habrá en el mundo muchos que prefieran el fracaso de los más revolucionarios antes que la confesión de que ellos no eran realmente revolucionarios (APLAUSOS). 
Nosotros aquí nos adentraremos profundamente en el estudio del hombre, nos adentraremos profundamente en la ciencia de la formación, de la educación del hombre. 
Estos centros serán, sin duda, los lugares del mundo donde incluso la pedagogía se pondrá a prueba. Y se pondrá a prueba si la pedagogía existe o no existe; se pondrá a prueba si la sociedad es capaz de educar o no a sus miembros, si es capaz de despertar en los hombres una conciencia superior, sentimientos superiores. Por eso aquí, todos los que se interesen por la pedagogía tendrán que venir a San Andrés para ver qué ocurre en San Andrés, cómo transcurren las cosas en San Andrés, cómo se forma la mente, la inteligencia, cómo se forma la conciencia, cómo se educa no solo recibiendo una cultura y una instrucción, sino una capacitación para la vida a esos jóvenes, a esos niños. 
Posiblemente nunca un grupo tan joven de profesores y maestros haya tenido sobre sus hombros una responsabilidad tan grande, un deber tan sagrado de esmerarse. Porque nunca como en estas circunstancias determinadas ideas se van a poner a prueba, nunca un grupo de militantes revolucionarios habrá tenido la responsabilidad que tienen los compañeros del Partido en San Andrés de Caiguanabo —porque aquí, en el campo de la producción, se van a poner a prueba ideas fundamentales—; nunca posiblemente una comunidad humana va a jugar en el campo de la teoría revolucionaria, de las ideas revolucionarias, de las concepciones revolucionarias, el papel que va a jugar esta población, los hombres y mujeres de este valle de San Andrés de Caiguanabo (APLAUSOS); porque se van a poner a prueba ideas fundamentales. 
Y lo primero cuando se quiere obtener el éxito, cuando se quiere alcanzar una meta, es tener una idea clara, una conciencia clara de esa meta.  El método de masa, el lograr que toda la población se sienta ejército de esa idea; el lograr que cada hombre, y cada mujer, y cada maestro, y cada joven, y cada niño, se sienta guardián de esa idea, abanderado de esa idea, soldado de esa idea, es necesario cuando se quiere alcanzar un gran objetivo (APLAUSOS). 
Y los que defendemos esas ideas, los que creemos en esas ideas, los que creemos en el ser humano, no tenemos dudas del resultado, no tenemos dudas de que se probará la justicia de nuestros puntos de vista, y no esperamos ningún fracaso. Llevaremos a cabo este plan nuevo, revolucionario.  Incontables beneficios recibirán todos los niños, y con ellos las familias.  Desaparecerán de esta comunidad aquellos medios de presión que obligaban al hombre a ser buey y a trabajar como buey; y, sin embargo, el hombre, dejando de ser buey para ser hombre, humanizándose el trabajo, producirá aquí tres veces, cuatro veces o cinco veces más de lo que antes se producía. 
Y triunfar aquí significa que triunfaremos en los demás sitios del país.  Triunfar en este valle significará triunfar en todos los valles de esta provincia, significará triunfar en todos los campos de nuestra patria.  Porque hombres y mujeres como ustedes son los que viven en los demás sitios, hombres y mujeres como ustedes son los que viven en los campos de Las Villas, de Oriente, de Camagüey, de Matanzas, de La Habana. Y siguiendo métodos correctos, despertando el entusiasmo de las familias, trabajando con las masas, despertando su conciencia, su entusiasmo, si triunfamos aquí, triunfaremos a lo largo y ancho de la isla; si nuestras ideas salen victoriosas aquí, saldrán victoriosas a lo largo y ancho de la isla (APLAUSOS). 
Ustedes son hoy, en el más cabal sentido de la palabra, los abanderados.  Serán la vanguardia, hombres y mujeres de San Andrés de Caiguanabo, jóvenes, niños. 
Este plan que aquí se inicia, este plan tiene esa importancia. En manos de ustedes está llevar a la victoria las ideas que este plan entraña. En manos de ustedes está la bandera. Ustedes son la vanguardia, y el resto de sus hermanos, trabajadores de nuestros campos, estarán atentos a lo que aquí ocurra.  Todos estaremos atentos.  Los que nos interesamos por el hombre, los que nos interesamos por el ser humano, los que creemos en el ser humano, los que nos interesamos por las ideas revolucionarias, los que queremos para el hombre una vida mejor, una sociedad mejor, una vida más feliz, estaremos atentos de lo que aquí ocurra.  Y seguro absolutamente de que ustedes están conscientes de esto, no tengo ningún temor de afirmar que tendremos éxito, no tengo ningún temor de afirmar que nuestros conceptos, nuestras ideas triunfarán. 
¡Patria o Muerte!
¡Venceremos!
FIDEL CASTRO RUZ

Fuente: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos

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