noviembre 01, 2009

Discurso en el Seminario sobre Partidos Políticos y la Integración de América Latina - Raúl Alfonsín

DISCURSO EN LA INAUGURACIÓN DEL SEMINARIO SOBRE “LOS PARTIDOS POLÍTICOS Y LA INTEGRACIÓN DE AMERICA LATINA”
"Estos son los tiempos de un nuevo desafío, el desafío de alcanzar la segunda emancipación de América Latina"

Raúl Alfonsín
[10 de Abril de 1986]

Señores: La situación de creciente convulsión regional y universal que estamos enfrentando nos obliga a reflexionar sobre nuestra identidad, sobre nuestra condición y nuestra ubicación en el presente momento histórico.
Creo que es ésta una excelente oportunidad para hacerlo juntos.
Muchas veces hemos dicho que pertenecemos, con una identidad propia, al universo social, político y cultural de Occidente.
Esa pertenencia no es el mero resultado de los azares de la geografía o de las inercias de una situación heredada y aceptada pasivamente. No lo es, en primer lugar porque Occidente no es una zona geográfica sino una configuración histórica. Dentro de la historia universal de la que formamos parte, significa ente todo un tipo particular de civilización, un modo específico de pensar y organizar la política, la sociedad y el conocimiento.
Estamos -de hecho- incluidos en esa civilización. Pero también la hemos elegido para enriquecerla en sus valores centrales: el respeto por el hombre, la tolerancia frente a la diversidad, la libertad de opiniones y credos, la igualdad en el goce de los derechos civiles y sociales. Este es el marco de los derechos humanos -en su sentido más amplio- dentro del cual hemos planteado nuestra propuesta de una sociedad moderna, participativa y solidaria
No vemos en esta opción un absoluto metafísico, una suma de valores que debería ser impuesta a otros pueblos con espíritu de cruzada; una actitud de ese tipo sería, además de inaceptable desde un punto de vista histórico, totalmente aberrante desde un punto de vista ético, ya que implicaría negar el contenido, la sustancia misma de esos valores. Nuestros pueblos y otros de Occidente ya conocen, porque lo han padecido, hasta qué ominosos extremos puede llevar ese convencimiento fundamentalista y mesiánico en la superioridad de los propios valores y la propia identidad.
Al reivindicar, pues, nuestro sentimiento de pertenencia a Occidente, al adherir a sus valores constitutivos, no hacemos otra cosa que asumir como propia -con decisión pero también con tolerancia­- una forma particular de enfrentar los desafíos de un presente caracterizado por los vientos de crisis y de mutación histórica. Esa opción -repetimos- no puede ser impuesta porque negaría aquello mismo que la fundamenta. Pero puede ser justificada racional y éticamente.
En efecto, es en Occidente donde surgió una sociedad susceptible de examinar y poner en tela de juicio sus propias instituciones -aun las que parecían más intocables y sagradas- y de discutir lo bien o mal fundado de sus decisiones. En Occidente nació una sociedad capaz de juzgarse y acusarse a sí misma.
Las preguntas acerca de lo que es justo y verdadero se han planteado en Occidente no sólo como temas académicos sino también como interrogantes prácticos, colectivamente asumidos, que han dado lugar a una dinámica social y a una actividad política efectivas que incidieron profundamente sobre la sociedad. Tal vez uno de los rasgos fundamentales que define al mundo cultural de Occidente sea esa actitud abierta frente a los procesos de transformación; esta disposición positiva respecto de lo nuevo, esta legitimación del principio del cambio de las sociedades como un elemento interno a las mismas, íntimamente vinculado con la capacidad de elección que los hombres asumen sobre sus acciones
Por ello, la inequidad social no fue pasivamente soportada y consentida, ni condujo sólo a rebeliones sin salidas o limitadas a un cambio de papeles en el mismo escenario o bien a generar nuevas inequidades, sino que llevó a una acción racional -política, social, cultural- que se tradujo en conflictos pero también en soluciones; en luchas, a veces crueles, pero también en avances tangibles y acumulativos.
En nuestros propios países vemos muchas veces cómo, por ejemplo, la búsqueda legítima de soluciones a postergaciones sociales innegables, da lugar a conflictos que pueden llegar a poner en peligro el mecanismo mismo que garantiza la posibilidad del reclamo, lo que constituye siempre un desafío a la imaginación, la reflexión y la buena voluntad de todos los protagonistas empeñados en rescatar una y otra vez la vigencia, para el conjunto de la sociedad, de los principios que hemos elegido como propios.
Estos valores -legitimidad del cambio, afirmación de la autonomía de los hombres respecto de sus acciones, no aceptación pasiva de las injusticias­- socavaron decisivamente la creencia en el carácter inmutable de las estructuras sociales y generaron la posibilidad del progreso histórico, visto no sólo como desarrollo tecnológico -como dominio por el hombre de la naturaleza- sino también y sobre todo como proceso creciente de extensión del goce de esos cambios a todos los sectores de la población, ya que nadie puede sentirse excluido de los mismos por una pretendida determinación natural.
Además de la política, como actividad colectiva orientada en forma explícita hacia el cambio y el perfeccionamiento de las instituciones, también la filosofía, entendida en términos de una interrogación abierta, ilimitada y sin concesiones sobre lo verdadero y lo falso, la realidad y la apariencia, la opinión y el conocimiento, la ley natural y la ley instituida, lo justo y lo injusto, es una creación de Occidente. Asimismo, ha sido en Occidente donde, por vez primera, la crítica de las instituciones establecidas -y su consecuente relativización- fueron llevando paulatinamente al reconocimiento de la igualdad de derechos de todas las culturas.
Es por eso que, así entendida, la civilización de Occidente -como dijimos antes- no puede ya ser considerada, y desde hace mucho, como una entidad geográfica: esos valores se dispersaron por el mundo y buena parte de lo que espacialmente es hoy Oriente, como también nuestra América Latina, junto con millones de seres desperdigados por todos los rincones del planeta, pertenecen a ella.
Pero si Occidente no es una región del mapamundi, tampoco es históricamente un dato congelado, un hito estático e inmutable. Es un proceso abierto, una construcción social y cultural en la que ciertos principios civilizatorios se han ido elaborando -y se seguirán perfeccionando-- a través de una larga práctica colectiva.
Seguramente podríamos poner en el tiempo un punto de partida de este derrotero. La fecundación y solidaridad mutuas entre política y filosofía llevó a Grecia, siglos antes de Cristo, a la más grande contribución de Occidente a la humanidad: el proyecto de autonomía individual y colectiva encarnado en la democracia, sistema que marca la génesis misma de nuestra civilización.
Más cerca de nosotros, aunque aferrados a esos orígenes clásicos, lo que caracteriza a esta civilización es el proceso de la modernidad. El ingreso hace cinco siglos, a lo que llamamos mundo moderno -uno de cuyos episodios inaugurales fue, por cierto, el descubrimiento de América- distingue las diversas experiencias nacionales en su interior y ubica históricamente el nacimiento de distintas concepciones ideológicas.
La crítica histórica ha reconocido dos grandes caminos de la modernización original: uno de ellos fue capaz de combinar -tras una serie de revoluciones como la inglesa, la norteamericana y la francesa-los impulsos del desarrollo económico con la libertad de opinión y el pluralismo político. Otro -yen Europa la historia alemana que culmina en el nazismo es el ejemplo más claro- desencadenó su ingreso a la modernidad por vía de transformaciones iniciadas desde lo alto, por élites que opusieron a los valores de la democracia, los del autoritarismo.
América Latina trató de asumir desde un principio un ideal libertario vinculado a la primera de esas tradiciones. La historia, sin embargo, nos fue arrinconando en los caminos sin salida de las luchas intestinas, del caudillismo y de la tiranía, y nuestra modernización tuvo luego el sello del elitismo, casi siempre antidemocrático, a veces despótico.
Si hoy rescatamos el significado de la democracia como un aspecto esencial de nuestro proyecto histórico no podemos menos que ver esa compleja relación entre modernización y participación como un nudo central de definiciones políticas.
La relación entre democracia y modernidad no fue simple. No constituyó un regalo de la naturaleza, sino que fue el producto de grandes luchas sociales. En muchos casos, también, esos afanes legítimos de los pueblos que la encararon se mezclaron con políticas colonialistas de los grupos dominantes que descargaron sobre otros pueblos y naciones, sobre otros continentes, parte del costo de esas reformas internas. En la medida en que Occidente no es pura idealidad también el moderno imperialismo se anida en sus pliegues.
Pero de esos conflictos está hecha la historia Lo que nosotros asumimos es el contenido popular de la tradición de libertad que a través de luchas seculares fue capaz de reivindicar la simple y maravillosa idea de que los hombres son iguales y que, por lo tanto, el despotismo, la miseria, el abandono, son males sociales y no naturales.
Con esta levadura -que no existió en culturas anteriores- se constituyeron las grandes ideologías que nutren nuestra propia tradición política.
En primer lugar, el liberalismo. Surgido en una sociedad en la que aún no existían los monopolios y oligopolios que hoy lo desnaturalizan, el liberalismo político, el liberalismo clásico -el de Locke o Montesquieu, el que invocaron los padres fundadores de la Revolución Norteamericana- es todavía un estímulo poderoso para pensar un orden tolerante de convivencia. Despreciarlo como un punto de partida para la construcción de una sociedad mejor -como hoy lo hacen quienes entre nosotros siguen pensando a la Revolución como el acto purificador por excelencia, con la misma inocencia fanática con que siglos atrás se pensaba el milenio religioso- es, cuanto menos, una ligereza histórica.
Pero la tradición occidental no se quedó allí. Sin despreciar esos orígenes, insertos en esa enorme conquista que significa el concebir a los hombres como seres independientes, nuestra historia, por medio de la movilización de las grandes masas Y su incorporación a la vida política, fue capaz de avanzar hacia otras propuestas.
Es que el liberalismo clásico le quedaba chico a los problemas y a los dramas sociales que la revolución industrial generaba. Al problema de la libertad en sociedades simples, se agregaba el de la justicia y el de la igualdad en sociedades más complejas.
Resurgieron así, en un nuevo contexto, las exigencias de la democracia levantadas por los griegos: la de la participación de todos en el destino de la polis, la de la ciudadanía para todos.
Estas exigencias se encarnaron también en los ideales del socialismo, que conjugaron la libertad con la justicia, cuando las grandes muchedumbres, excluidas del voto y del pan, buscaban su lugar en la historia.
Estos valores terminaron de definir el verdadero ideal de la modernidad, como visión ética de la vida que profundiza al liberalismo político en la democracia y que, al incluir la lucha por la equidad, la proyecta como democracia social. La renovación del pensamiento cristiano, por su parte, al reemplazar la noción egoísta de individuo por la noción trascendente de persona, completó el cuadro.
Liberalismo, socialismo, socialcristianismo: son hilos ideológicos que conforman la trama de Occidente y con los cuales queremos componer nuestro propio tejido: el de la democracia en América Latina. En el convencimiento de que no debemos repetir mecánicamente recetas sino reformular propuestas de acuerdo con nuestras particularidades nacionales y regionales.
Pero, claro está, que Occidente no ha creado sólo eso, no ha seguido cristianamente esas líneas ideales. Seríamos ingenuos si así lo creyéramos.
Porque Occidente es asimismo el lugar socio-histórico donde se han desarrollado formas particularmente inhumanas de explotación económica, sobre todo en las diferentes etapas de nacimiento, expansión colonial y posterior consolidación imperialista del capitalismo. Es en Occidente donde se han instaurado, y reinado por décadas, los totalitarismos fascista y nazi. En todas partes el hombre ha sido capaz de una infinita crueldad, pero Auschwitz, Buchenwald, el ghetto de Varsovia, aparte nos recuerdan que en occidente esa crueldad ha podido ser llevada a horrorosos extremos. En fin, Occidente fue también en el curso de este siglo el foco inicial de las dos guerras más sangrientas de la historia.
Cabe sin embargo señalar una circunstancia en la que radica, quizás, lo más valioso y lo más singular de nuestra civilización. Nos referimos al hecho de que todas esas aberraciones de que es responsable el mundo occidental han podido ser discutidas, combatidas, condenadas y, en ocasiones, eliminadas desde dentro mismo de Occidente y por su propia iniciativa.
No es por ello menos cierto que tampoco las grandes tradiciones ideológicas que, según dijimos, dieron forma a la trama espiritual de Occidente, fueron siempre consecuentes con la noble inspiración que les dio vida. Llevado a sus extremos individualistas, el liberalismo ha generado lo que se conoce como "fascismos de mercado". Experiencias autoritarias que sacrifican todas las libertades a la libertad económica. Por otra parte, la intención de anestesiar la participación promoviendo la apatía política a fin de mantener alejado al pueblo de las estructuras de poder ha disuelto en un enfoque instrumentalista los contenidos éticos y normativos de la democracia, pretendiendo colocar a ésta en un mero método para la circulación de élites en el ejercicio del gobierno. Han tomado este derrotero quienes dicen abrazar el liberalismo rechazando o descreyendo -al mismo tiempo- del principio básico de la teoría democrática. A su vez, los valores religiosos fueron a veces utilizados para erigir doctrinas fundamentalistas que desnaturalizaron principios de occidente, convirtiéndolos en pretextos al servicio de dogmatismos cerrados, de odios y de fanatismos ciegos.
En cuanto a la tradición socialista, su destino ha sido sin duda más complejo y contradictorio. Nacido como expresión de las luchas y los justos anhelos de una mayor equidad, el socialismo por una parte ha seguido y sigue nutriendo renovado y actualizado al ritmo de las transformaciones económicas, políticas y culturales, el pensamiento y la acción de quienes son víctimas de injusticias sociales y se oponen a ellas.
Por otra parte, sin embargo, el socialismo -cristalizado dogmáticamente como doctrina acabada y sin fisuras- se articuló al cabo de un largo y complejo proceso histórico con la vieja tradición del despotismo oriental y generó una fórmula de modernización totalitaria que abjuraba de! pluralismo político y de las libertades fundamentales.
De este modo cobró forma una nueva y masiva realidad histórica, no sólo distinta sino también con valores opuestos y hostiles a los de Occidente: es lo que se ha cado en llamar el Este. Observamos con alarma que a partir del enfrentamiento entre Este y Oeste se generan dos consecuencias de graves proyecciones para nuestra región.
La primera es la profundización de lo que podríamos llamar la amoralidad de las políticas internacionales, producto de la hipertrofia del valor seguridad. Esta deformación impregna al mundo de una cultura política bifronte, que funda en conceptos distintos y hasta opuestos los criterios aplicados para las relaciones internas y las relaciones internacionales. Así, la inviolabilidad de los derechos civiles en el orden doméstico no se proyecta al orden internacional, en el respeto de los derechos de los pueblos a la autodeterminación.
Del mismo modo, la prédica igualitaria en el mensaje interno no se prolonga en la versión externa de la igualdad de los Estados y del consecuente respeto a sus soberanías.
Particularmente en lo que hace a nuestra propia ubicación, esta bifurcación en las bases éticas que sustentan las pautas de la vida política interna y las de la vida política internacional nos impide identificar lo que en el orden cultural denominamos Occidente con lo que en el orden político-militar llamamos el Oeste. En última instancia, ello nos impide asumir nuestra inclusión cultural en Occidente como una adhesión a la estrategia del Oeste. Es que venimos comprobando que las diferencias entre el Este y el Oeste desaparecen en el plano de las relaciones internacionales y ambos bloques se homogenizan en una doctrina hipertrofiada de la seguridad en la que claudican las respectivas ideologías.
Una segunda consecuencia es que sufrimos los problemas originados por las borrosas y arbitrarias fronteras de seguridad que separan a ambos bloques, dando lugar a una suerte de guerra solapada. Ella se entabla en los más variados niveles, enterrando las normas y principios básicos elementales del derecho internacional y dejando el espacio abierto al enfrentamiento de poderes subterráneos y fanatismos arrasadores.
¿Qué política nos queda por aplicar frente a este cuadro? Creo que no hay dudas posibles al respecto. Puesto que esta hipertrofia de la seguridad proyectada al campo internacional asocia a los dos bloques en vez de diferenciarlos, una sociedad que -como la proyectada por nosotros­- rechaza esa deformación tanto en lo interno como en lo externo, no puede hacer consistir su política internacional en una opción entre uno y otro bloque.
De ahí nuestra no alineación, que entre las razones que la fundamentan incluye en grado prominente este empeño nuestro en sujetar nuestras relaciones exteriores a los valores básicos que presiden nuestra conducta política interna.
Pero nuestro empeño, va más allá aún. No estamos exponiendo aquí una moral particular y limitada a nuestra idiosincrasia sino un patrón de conducta internacional que exige universalidad por ser, a nuestro juicio, el único capaz de asegurar un desarrollo pacífico de las relaciones entre pueblos y entre Estados.
No nos basta con ajustar a normas morales nuestra propia política exterior, pues entendemos que sólo podemos dar cabal cumplimiento a los valores que la presiden si al mismo tiempo contribuimos a promover una movilización mundial para revertir globalmente el proceso de barbarización que se está verificando en las relaciones internacionales.
De este empeño deriva, entre otras cosas, el activo papel que hemos asumido como miembros del Grupo de los Seis, que desde hace más de un año viene desarrollando mundialmente una campaña por la paz y el desarme, dos finalidades que llevan implícito el imperativo de reemplazar la violencia por la negociación racional en la regulación de las relaciones internacionales.
De este empeño deriva también el esfuerzo que estamos desplegando junto con otras naciones latinoamericanas, por encaminar la grave crisis de Centroamérica hacia fórmulas de solución fundadas en el diálogo.
Toda otra coyuntura internacional que nos toque afrontar nos encontrará decididos a mantener este rumbo y a seguir por este camino.
Es obvio que todo esto nos concierne a nosotros, latinoamericanos. Nos concierne, incluso, especialmente. Hemos dicho que por tradición y vocación, pertenecemos “al ámbito heredado y asumido de la civilización de Occidente. De esta herencia y de esta opción provienen nuestros valores políticos y también costumbres, modalidades de vida, concepciones científicas, morales y estéticas. Ese legado se amalgamó en América Latina con las culturas autóctonas preexistentes. De esta forma se fue constituyendo América Latina como una región, pero también como un modo peculiar de pertenecer al mundo occidental.
América Latina se sabe parte de Occidente, pero sabe también que pertenece al Sur subdesarrollado económica y políticamente. Y desde aquí vemos, como parte del Sur, que en el mundo actual no sólo está vigente una distribución desigual e inequitativa de las riquezas, el desarrollo industrial y los conocimientos científicos y tecnológicos. También está distribuida desigualmente la democracia.
La vigencia del sistema democrático no coincide con la división económico-social entre naciones desarrolladas y subdesarrolladas, entre Norte y Sur, pero tampoco es un fenómeno independiente de la evolución global de las sociedades.
Como hemos visto antes, el pasaje de los estadios sociales preindustriales a los de la modernidad ha recorrido distintos rumbos en las naciones que hoy componen lo que se dio en llamar el Norte desarrollado. Están las que han pasado de sistemas feudales o similares, por las vías de la democracia y están las que dieron el salto a la modernidad desde sistemas autocráticos y centralistas por vías que de algún modo han conservado características de esos regímenes precedentes.
En el Sur los procesos han sido mucho más complejos y diferenciados. Las mismas nociones de Sur, Tercer Mundo, mundo subdesarrollado o periferia se determinan a partir de su oposición a la de Norte, Primer Mundo y Segundo Mundo, mundo desarrollado o centro. Sur parece ser todo aquello que no es Norte. Pero dentro de esa denominación caben historias muy diversas y situaciones bien diferentes.
Buena parte de lo que entra en los genéricos límites del Sur permaneció ajena por siglos a los procesos históricos que en Europa y algunas naciones asiáticas o en las costas mediterráneas del África llevaron a la construcción de los grandes imperios de la Antigüedad y a las sociedades feudales o despóticas que los sucedieron.
Recién con los albores del capitalismo mercantil se iniciaron los contactos entre la civilización surgida en lo que después se llamó el Viejo Mundo y las vastas regiones del planeta que habían seguido, aisladamente, su propio curso histórico.

continente, dando cuna a civilizaciones aborígenes de verdadero esplendor e impresionando al mismo conquistador, en un choque de culturas cuyo resultado llevó -en gran parte-Ia marca de la tragedia.
Pero lo cierto es que nuestras naciones americanas nacen a la independencia por una amalgama de culturas autóctonas; adquiridas y -en ocasiones- impuestas. La c6nvicción y la voluntad de los primitivos dueños de esta tierra decididos a sacudir el yugo, se conjugó con la de los descendientes de los primeros' colonos. Más aún: los valores que incluyen su constnucíon son los mismos valores de liberación, justicia y democracia que comienzan a sacudir las estructuras políticas y sociales de Europa Occidental.
Fueron contactos complejos y diversificados, pero caracterizados por la voluntad de dominio y de expansión de las nuevas formaciones políticas europeas. Con el descubrimiento de América y el establecimiento de factorías comerciales en las costas africanas y asiáticas surgieron .os nuevos imperios de la Edad Moderna. Nuestro continente quedó incorporado políticamente a un puñado de potencias europeas: España, Gran Bretaña, Portugal y Francia. A partir de ese momento nuestra historia se entrelaza estrechamente con la de las metrópolis. Tanto desde el punto de vista económico como humano se crean relaciones de interdependencia irreversibles aunque asimétricas. La prosperidad de aquellas naciones es asegurada y desarrollada al máximo consentido por la tecnología de la época gracias a la explotación de nuestros recursos naturales, pero también se produce el gigantesco fenómeno del asentamiento en las nuevas posesiones de colonos europeos dando lugar a una hibridación cultural y étnica de trascendentales proyecciones para el futuro.
Es que aquí estaba la civilización del maíz extendida a lo largo de todo el continente, dando cuna a civilizaciones aborígenes de verdadero esplendor e impresionando a mismo conquistador, en un choque de culturas cuyo resultado llevó –en gran parte- la marca de la tragedia.
Pero lo cierto es que nuestras naciones americanas nacen a la independencia por una amalgama de culturas autóctonas, adquiridas y –en ocasiones- impuestas. La convicción y la voluntad de los primitivos dueños de esta tierra decididos a sacudir el yugo, se conjugó con la de los descendientes de los primeros colonos. Más aún: los valores que incluyen su constitución son los mismos valores de liberación, justicia y democracia que comienzan a sacudir las estructuras políticas y sociales de Europa Occidental.
Son estos valores los que hicieron proclamar al último de los Túpac Amaru, desde esta misma ciudad y para todo el continente en los albores de su emancipación: "Me hallo transportado desde los abismos de la servidumbre a la atmósfera de la libertad".
De allí en más se originan nuevos tipos de relaciones nuevamente asimétricas, pero nuestros pueblos no pierden su ligazón histórica con quienes nos legaron lengua, religión, tradiciones y valores políticos y culturales. Esa comunidad de valores refuerza hoy nuestras reclamaciones en pos de un orden internacional más justo, porque ese orden se inspira en los mismos principios que las naciones europeas occidentales han erigido, después de muchas peripecias y esfuerzos, como base de su estructura interna.
En estas mismas tierras de América, en su región septentrional, surge a partir del siglo pasado una nueva potencia que, al cabo de un proceso que incluye dos guerras mundiales, sucede en la hegemonía económica y militar a las viejas potencias europeas. Con ella mantienen nuestros pueblos latinoamericanos relaciones también asimétricas y son -por ello- igualmente las exigencias de un orden internacional más justo las que implican que Estados Unidos deba asumir y aceptar que la base ético-filosófica de los valores que rigen su vida interna no puede estar en oposición con los que deben regir las relaciones entre las distintas naciones del hemisferio.
La contradicción enunciada rige también para las relaciones del Norte democrático con la mayor parte de los pueblos de África y de Asia que no adoptaron las vías del socialismo autoritario.
Esos pueblos padecieron diversas formas de dominio colonial, que destruyeron o modificaron sus organizaciones sociales tradicionales sin dejar sentadas las bases para su ingreso a la modernización a través de un desarrollo económico sólido y autónomo, y para que pudieran consolidar, al mismo tiempo, sistemas políticos democráticos estables.
De todo este cuadro de situación extraemos una conclusión inevitable: en términos generales la vasta área del mundo que se denomina Sur no sólo ocupa una posición de relegamiento en la producción, en el acceso a las modernas tecnologías y en el comercio internacional, sino que también padece un déficit de democracia.
Este estado de cosas es incompatible con la construcción de un orden internacional más justo y es un factor de inestabilidad constante para la paz, la seguridad y el progreso de los propios pueblos industrializados y avanzados.
La ilusión de que los pueblos del Sur podrán y deberán recorrer el mismo camino de evolución hacia la modernización y la democracia que siguieron las naciones de Europa Occidental y de América del Norte, se ha desvanecido hace tiempo.
En las actuales condiciones del sistema económico internacional ello deviene cada vez más difícil si no imposible.
Es preciso modificar esas condiciones y ello compete tanto a tos pueblos rezagados como a los avanzados: si aspiramos a que la revolución transformadora iniciada hace algunos siglos en Europa Occidental no sea el privilegio inestable y éticamente indefendible de algunos pocos pueblos.
El mundo desarrollado se apresta a ingresar a una nueva etapa tecnológica, con cambios mucho más profundos que los hasta ahora conocidos en la organización de la producción y en sus consiguientes repercusiones sobre la estructura de la sociedad. Nuevos actores emergen para llevar adelante la lucha por una sociedad más justa y más libre. Cada vez más los valores de la democracia se imponen como insustituibles para configurar un futuro que sea tal, que no sea el del despotismo, del horror y de la destrucción.
La verdadera revolución permanente de nuestro tiempo es la de la democracia que conjuga y subsume las propuestas que en cada momento provocó el cambio económico y social para superar las inequidades y promover la libertad. Las viejas oposiciones ideológicas están caducas y todos debemos comprender que el porvenir de la humanidad está íntimamente ligado a la superación de los anacrónicos enfrentamientos.
Habrá una sociedad mundial democrática y justa o sólo habrá caos, guerras y retrocesos a la barbarie, bajo la amenaza creciente de un definitivo holocausto nuclear.
Sobre este tema deben tener voz y voto todos los pueblos del mundo. Nadie puede disponer del futuro común en representación de unos pocos.
Las naciones que nos transmitieron el legado de sus valores deben reconocer y comprender nuestra particular posición y deben asumir el peso de esa herencia, así como nosotros estamos dispuestos a luchar por su plena vigencia y por su evolución en consonancia con las nuevas realidades económicas y sociales. Pero deben comprender que esto no es fácil en el contexto de condiciones económicas que entorpecen o impiden nuestro desarrollo, que nos condenan a la subordinación y la dependencia. Deben comprender que no sólo está en juego nuestro futuro sino también el de ellos y el de la humanidad en su conjunto.
Si la democracia no florece ni se afirma en los pueblos latinoamericanos, en todo el Sur no habrá un mundo seguro y estable para nadie.
La discusión está abierta y nosotros, los latinoamericanos, aspiramos a participar desde el lado de la única concepción política que nos parece viable para la constitución de un nuevo ordenamiento internacional, estable, legítimo y ético.
Señores delegados:
Existen pocos ámbitos más propicios que éste para proponer una reflexión que, a mi juicio, hace al destino de todas nuestras naciones.
Todos nosotros nos hemos preguntado cómo será nuestra América Latina el próximo siglo, y nos inquietamos al intuir que es posible que la región continúe corno hoy se encuentra. Esto es, una tierra propicia para el progreso y la libertad pero sumida en la angustia del subdesarrollo y la inestabilidad.
Me niego a aceptar que éste sea siempre nuestro destino. Estoy persuadido que hay otra forma de ser, y que los instrumentos, las políticas, las decisiones para producir la gran transformación de la región están a nuestro alcance.
Pero nada para alcanzar este objetivo será convencional. Ninguna política que nos permita una modificación cualitativa de la región será clásica. No está escrita y sin duda alguna requiere audacia. No tiene historia, excepto en una cosa: la unidad como condición.
Para alcanzar estos objetivos contamos ya con algunos instrumentos incipientes, porque al margen de los mecanismos tradicionales, a menudo burocratizados, hemos creado instancias exclusivamente políticas con la finalidad de resolver, o al menos intentarlo, dos de los principales problemas de la región: la falta de crecimiento de nuestras economías debida al dramático nivel de endeudamiento externo y el conflicto en Centroamérica.
El Consenso de Cartagena y el Grupo de Contadora, con su Grupo de Apoyo, son las respuestas no convencionales a los problemas políticos que condicionan nuestra libertad, nuestro crecimiento y nuestra seguridad.
Señores:
Siempre se ha hablado de la necesidad de la integración latinoamericana, pero desafortunadamente, nunca fue algo más que una simple declaración o la enunciación de una esperanza.
Ya no puede ser más así. En la eficiencia y seriedad para alcanzar la integración, estoy convencido, se juega el futuro independiente del continente.
Entonces, así corno para alcanzar la democracia en el seno de nuestras sociedades fue necesario deponer un debate ideológico sofisticado para luchar unidos contra el autoritarismo, aquí también se impone el mismo método: la unión a través de lo esencial.
Si deseamos poner en marcha un proyecto para las generaciones futuras, si estamos decididos a luchar por un gran avance en nuestra América Latina, es indispensable pensar en el espacio regional.
Esta es, por otro lado, la forma que ha ido adoptando la economía mundial: el gran espacio, el mercado amplio son las respuestas de Europa, de EE. UU, de la Unión Soviética y de Asia.
Por cierto, siempre existirá la idea de crecer aprovechando las relaciones aisladas, individuales, con el mundo desarrollado, penetrando en los intersticios que nos dejan sus mercados.
Es verdad que hay que utilizar estos intersticios, pero la evolución del comercio internacional muestra claramente que las posibilidades de expansión a través de ese medio son limitadas.
Por otro lado, en la medida en que nos instalamos en los intersticios de un mundo que sufre permanentes resquebrajaduras y movimientos, correremos el serio riesgo de ser la variable de ajuste de esas economías. No cabe duda que los primeros sacrificados seríamos nosotros. De hecho ya lo somos si pensamos por ejemplo en la guerra de precios agrícolas desatada entre la Comunidad Europea y los Estados Unidos. O en la drástica caída del petróleo.
Tendríamos, en definitiva, por esta vía -que es la que hemos practicado hasta ahora- límites al crecimiento y el riesgo permanente de que se vean frustrados nuestros proyectos por decisiones o situaciones que no controlamos.
Queda claro que incluso si algunos de nuestros países alcanzaran cierto ritmo de crecimiento, en ningún caso disminuirá nuestra dependencia, por lo tanto creo que debemos evitar pensar solamente, como lo hemos hecho hasta ahora, en el aprovechamiento de los mercados ya estructurados.
Nosotros vendimos a Europa, Asia o América del Norte cuando éstos eran mercados consolidados, olvidando que todos ellos, a la vez que se insertaban en el mercado mundial, habían desplegado un enorme esfuerzo precisamente para estructurar nuevos mercados.
Quiero decir, señores, que un mercado estructurado para nuestras necesidades, que no se acomode utilizándonos como ajuste, un mercado que esté efectivamente al servicio de nuestro crecimiento, es la prioridad. Y ese mercado lo tenemos aquí, a nuestro alcance: es América Latina.
Ahora bien, una condición necesaria para que esto suceda es la generalización de la democracia en el continente. y esto no es sólo una expresión ideológica, es estrictamente una necesidad.
Es así porque todo gobierno autoritario se basa en la expresión de un sector minoritario o en un apoyo externo, o ambas cosas a la vez. Si se basa en un sector minoritario, el gobierno carece de integración interna, y es por lo tanto imposible que se integre regionalmente. Si, por otro lado se basa en un apoyo externo buscará su alineamiento con una potencia, y no con la integración regional como medio de fortalecerse.
En síntesis de lo dicho hasta aquí, considero al espacio económico regional como el ámbito más adecuado para el crecimiento nacional, y a la democracia como la condición necesaria para que la voluntad y la posibilidad de integración estén presentes en los pueblos y en los gobiernos.
Sin embargo, señores delegados, suponiendo que el camino descripto sea el correcto, queda una cuestión fundamental por develar: cómo podremos lograr que esta necesidad impostergable de la integración se convierta en realidad.
Al plantearnos esta pregunta es lógico que estemos inclinados a observar los pasos que en su momento se dieron en otras regiones. En ese sentido la secuencia que se inició con la comunidad del acero, del carbón y concluye ahora con la formación de las comunidades europeas, parecería constituir un ejemplo a imitar.
No obstante los éxitos logrados en el caso europeo, la secuencia para nosotros quizás no deba ser la misma. Quiero decir que si bien siempre se ha hablado de comenzar por lo económico para concluir en lo político, quizás deberíamos imaginar para nuestra región un orden distinto: fortalecer primero lo político para consolidar lo económico después.
Quiero entonces reflexionar con ustedes acerca de algunos de los motivos que me hacen pensar así.
En primer lugar, creo que todos reconocemos que el procedimiento de avanzar hacia la integración por la vía comercial exclusivamente, dista mucho de haber tenido éxito en América Latina.
En segundo lugar, tenemos con Europa a estos fines una diferencia sustancial. En Europa lo económico amalgamó lo que la historia política y cultural de sus pueblos había separado. Lo común eran en ese caso los niveles similares de desarrollo
En cambio en nuestra América, parecería que la situación es exactamente inversa: una historia común, una cultura común y diversos niveles de desarrollo.
Por lo tanto, en tercer lugar, creo que la secuencia debe estar determinada por la identificación de la base más sólida para producir el salto integrador.
Lo que para nuestro caso supone, precisamente, potenciar lo común para trabajar a pesar de las diferencias.
Entonces si en la historia de las comunidades europeas lo común que sirvió como punto de partida fue lo económico, parece correcto afirmar que para nuestro caso, el inicio debe darse en el ámbito político.
Señores delegados:
No podemos ignorar que frente a estas aspiraciones se levantan resistencias y aunque no se las cuestione desde el punto de vista general, se obstaculiza a menudo cada acción específica que se emprende para ponerlas en práctica.
Ante esto, no me cabe duda que los partidos políticos aquí representados tienen una misión que cumplir: la de trabajar en el seno de sus sociedades para erradicar los prejuicios y los intereses sectoriales que conspiran contra la integración latinoamericana.
Dije hace pocos días atrás, al inaugurar una nueva ronda de negociaciones de ALADI en Buenos Aires, que éstos son los tiempos de un nuevo desafío, el desafío de alcanzar la segunda emancipación de América Latina.
Muchas gracias.
RAÚL RICARDO ALFONSÍN

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