julio 15, 2010

Discurso de Betancourt en la OEA: "América no concibe vivir sin justicia y sin libertad" (1948)

DISCURSO ANTE EL CONSEJO DIRECTIVO DE LA OEA, CON SEDE EN WASHINGTON
América no concibe vivir sin justicia y sin libertad
Rómulo A. Betancourt
[7 de Septiembre de 1948]

Me honra y complace esta invitación que me ha formulado el Consejo Directivo de la Organización de los Estados Americanos para asistir a una sesión suya convocada especialmente. Ello me permite ratificar, desde una tribuna de resonancia continental, algunos conceptos sobre las relaciones interamericanas que he venido sustentando con apasionada sinceridad.
Al hacerlo, no expreso criterio oficial del Gobierno de Venezuela. Tal como tuve la oportunidad de decirlo a un grupo de prominentes hombres de empresas estadounidenses, en reciente acto celebrado en Nueva York, estoy plenamente identificado con la política del Presidente Gallegos. Pero, por haber venido en viaje de descanso, no fui investido de ninguna misión especial por la actual Administración venezolana.
Con la misma diafanidad con que preciso esta situación, aclararé otra. Los puntos de vista que sustento no son exclusivamente personales. En mi país milito en Acción Democrática, el partido mayoritario de la nación, cuya presidencia asumí al dejar la Jefatura del Estado. Expreso, en consecuencia, el criterio colectivo macerado en la meditación y la experiencia de una poderosa organización política, que en forma relevante ha contribuido al vuelco histórico realizado en la vida pública venezolana.
Definida en forma esclarecedora mi actual ubicación, comenzaré por decirles cómo me satisface observar en pleno proceso de promisora actividad a un organismo que, en su presente estructura, vi nacer y modelarse en los memorables debates de la Novena Conferencia Internacional Americana. Fue en Bogotá, bajo el signo de una gran crisis social que conmoviera a la admirable patria colombiana, donde se elaboró el instrumento jurídico y la plataforma de acción de esta Organización de Estados Americanos. Allí se echaron las bases de un sistema de relación entre los pueblos del continente que puede significar o positivos rumbos nuevos, o inoperante derivación hacia las fórmulas ya periclitadas del viejo panamericanismo.
En una encrucijada se encuentra esta Organización regional. O llega a ser efectiva expresión de una libre comunidad de naciones, en las cuales la democracia sea realidad actuante y la justicia social hecho cumplido, o sigue conllevando la contradicción de agrupar pueblos en su mayoría bajo tutelaje económico, y con más de uno de ellos disfrutando sólo teóricamente, en la letra escrita de Constituciones tantas veces violadas y de leyes jamás cumplidas, de los beneficios de la libertad política y de las ventajas del bienestar material.
Es que en esta Organización cristaliza y se pone en clamorosa evidencia el vasto drama de América. El drama de un continente nuevo, vigoroso y joven, exhibido por cierta fácil literatura como ejemplo que se ofrece al mundo de pacífica convivencia entre naciones y de perenne felicidad colectiva, pero en el cual millones de hombres no tienen garantizada libertad, ni justicia, ni pan.
Este fenómeno, aun cuando de dimensión continental, se acentúa y agrava en la vasta zona geográfica donde vive la gente americana de origen indolatino. Allí es donde más acusadamente se perfila la contradicción entre la riqueza del suelo y del subsuelo y la generalizada pobreza colectiva; y el contraste entre la democracia formalista de los códigos y la realidad de poderosas oligarquías regateándole a las colectividades sus derechos esenciales.
En ese tejer y destejer de las esperanzas que forma la íntima trama emocional de los pueblos desventurados, los de América Latina confiaron en que el triunfo de las armas aliadas sobre el Eje iba a significar inmediatos cambios favorables en su situación. Los hechos, con su terca obstinación, han vertido agua helada sobre esa mesiánica confianza.
En efecto, el panorama político-económico de América no indica que el proceso de democratización del continente y de elevación del nivel de vida de los pueblos se haya acentuado en la postguerra. Por lo contrario, síntomas evidentes están revelando cómo han tomado nuevamente posiciones, en más de un país del continente, las fuerzas políticas reaccionarias que personificaban en el Estado-gendarme de estirpe nazi su ideal de gobierno; y la inflación y el desequilibrio entre precios y salarios, característicos de los actuales tiempos, han repercutido agudamente sobre las condiciones de existencia de millones de familias americanas.
Frente a esta situación, la Organización de los Estados Americanos tiene, en mi opinión, dos caminos a tomar: o se arriesga al descrédito, al cruzarse de brazos frente a tan evidente realidad; o bien asume una vigorosa actitud conductora, orientada hacia el cumplimiento por todas las naciones en él representadas de los solemnes compromisos multilaterales adquiridos en Bogotá y en las otras Conferencias Interamericanas.
Y por mantener fe inquebrantable en los principios normativos de la OEA formulo el voto de que esta segunda vía sea la trajinada por la entidad regional que agrupa a los pueblos del continente.
En el aspecto económico, ya ha iniciado el organismo competente de esta Organización una tarea que debe cristalizar en resultados de obvia trascendencia. Aludo a los preparativos de la próxima Conferencia Económica Interamericana, convocada en Bogotá y que habrá de reunirse en Buenos Aires. Esa Conferencia, si se realiza bajo el signo de la sinceridad y del espíritu de mutua cooperación, tendrá repercusiones extraordinarias. Allí podrán los pueblos de América Latina discutir con los representantes de los Estados Unidos de América, con cifras y sin literatura, con realidades y sin discursos retóricos, acerca de la urgencia de que este país, así como ha cooperado a la reconstrucción económica de Europa, lo haga también, y en cumplimiento de un deber suyo que no puede eludir, con la más depauperada porción del hemisferio. En este sentido, esa Conferencia puede y debe tener para ambas Américas la misma histórica significación que para la Alemania occidental y otras dieciséis naciones del viejo continente tuvo la celebrada en París en 1947, y como anticipo del Plan de Recuperación Económica de Europa. Y no será, no podría ser esa asamblea un palenque donde vayan a escenificar gestos mendicantes los delegados de los países menos desarrollados económicamente del continente. Tenemos suficiente sentido del decoro y hemos arribado ya a la mayoridad. Allí habrá de irse, fundamentalmente, a precisar con los delegados de Estados Unidos de América, máximo vendedor y máximo comprador del continente, qué estamos en condiciones de ofrecer y de comprar y a cuáles precios; y cuál es la cooperación económica y técnica que, por razones de elemental justicia y de mutua conveniencia, reclamamos de la formidable maquinaria financiera e industrial estadounidense para acelerar y diversificar nuestra propia producción.
Dentro de este mismo orden de ideas habría que señalar la reciente conferencia económica gran-colombiana, cuyas conclusiones están cristalizadas en la Carta de Quito, como anticipo auspicioso de la necesaria labor de articulación de las dispersas economías americanas. Esfuerzos como el realizado en la capital ecuatoriana, lejos de quebrantar la unidad hemisférica, la refuerzan y consolidan.
Y si de lo económico incidimos en lo político, deberá insistirse siempre en la necesidad de que el desplante dictatorial merezca el repudio colectivo de los gobiernos democráticos, con métodos que no impliquen riesgo para la paz de América. Actitud tanto más necesaria cuando ya estamos viendo cómo la vocación por los gobiernos de mano dura de ciertas y conocidas fuerzas políticas del continente se ha vitalizado al amparo de la tensa pugna diplomática entre los países occidentales y la Rusia Soviética.
El repudio a las prácticas del comunismo internacional, que en todos cuantos profesamos en América apasionada fe democrática es parte integrante de nuestra ideología, está siendo convertido en mascarón de proa de empresas regresionistas. Y así vemos cómo dictadores del Caribe y del Istmo Centroamericano y fuerzas políticas que en otras zonas del hemisferio simpatizan con sus prácticas, están acusando con inaudito desenfado como profesantes del credo soviético a quienes pugnen sinceramente porque la democracia sea realidad viva y no vagarosa entelequia, y la justicia social hecho concreto y no inalcanzable mito.
Habrá que insistirle, a ellos, quienes en la política exterior de Estados Unidos dicen cimentar su propia conducta, que observen cómo este país ha sabido conciliar el respeto al ejercicio de las libertades ciudadanas con la voz de alto al expansionismo soviético hacia la Europa Occidental. Habrá que recordarles cómo aquí actúan y funcionan libremente todos los partidos de todas las ideologías; y cómo ante el problema de las libertades sindicales, cuestión esencial en una democracia moderna, han revelado coincidencias los dos grandes partidos históricos, en las palabras afirmativas escritas por el Presidente Truman y por el Gobernador Dewey con ocasión del “Día del Trabajo”.
El señor Presidente de los Estados Unidos, en respuesta a la Federación Americana del Trabajo, que ayer mismo publicó toda la prensa, se manifiesta orgulloso de que en la actualidad haya en los Estados Unidos más de quince y medio millones de obreros afiliados a uniones sindicales, cuando en 1933 sólo militaban en tales organizaciones dos millones ochocientos cincuenta mil trabajadores. Y el señor Gobernador del Estado de Nueva York, luego de afirmar su convicción “de que el movimiento obrero americano constituye uno de los baluartes del sistema de libertades de esta nación”, recuerda que el primer acto de la dictadura hitleriana fue la destrucción de las uniones obreras alemanas.
Podría resumir las ideas expuestas, con llana y directa franqueza, diciendo que en la incierta hora de América le corresponde a esta Organización una grande e histórica tarea. La de contribuir a que las relaciones económicas interamericanas se sitúen sobre bases más equitativas y mejor coordinadas, y la de negarle estímulo y aliento a las corrientes políticas contrarias a la democracia. Porque vigente está, con permanente actualidad, la admirable síntesis de la Declaración formulada en México en 1942 por los representantes de los Estados del Continente: «América no concibe vivir sin justicia. Tampoco concibe vivir sin libertad».
ROMULO A. BETANCOURT

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