agosto 20, 2010

Crónica de Sarmiento sobre la Revolución Francesa de 1848 (1849)

REVOLUCION FRANCESA DE 1848 [1]
Domingo Faustino Sarmiento
[25 de Febrero de 1849]

(Crónica, 25 de febrero de 1849.)
Toca al 5º número de la Crónica aparecer en medio del aniversario de uno de los acontecimientos más extraordinarios que han conmovido el mundo, y mal llenaría su objeto si no se tuviese a apreciar en cuanto es dado hacerlo, la importancia de aquel suceso, que tiene conmovidos a los pueblos de Europa, y a los americanos en la expectativa del desenlace probable.
Con el amor que en los republicanos de América es común a la república, como forma de gobierno, nosotros no admitimos la posibilidad de un retroceso duradero en Francia a su antigua forma monárquica. Los principios que caen no lo hacen sin embargo de un golpe y sin vuelta. Se levantan de nuevo, para volver a caer, hasta que perdiendo su fuerza sucumben definitivamente, bien así como la luz que al extinguirse, se anima, vacila y cuando parece que va a dar su última agonía, hace un nuevo esfuerzo, ilumina con más brillo, para extinguirse al fin.
La elección de Luis Bonaparte como presidente de la República francesa puede ser mirada bajo este aspecto, aunque tiene otro más noble aún, que no debe olvidarse. La historia de Francia tiene una página trunca, una catástrofe al fin de una época gloriosa; y la presidencia dada al que lleva el nombre de Napoleón, es como el descargo de una deuda nacional, la rehabilitación de una inmensa gloria obscurecida. También es una manera de mostrarse la democracia, pues que en la incapacidad de las masas, para juzgar sobre el bien público, cuando no se las ha consentido prepararse a la vida política, toman un nombre que les es caro, y muestran de ese modo su voluntad. Pero, como decía Lamartine, dejándolas seguir sus instintos se salva un principio conquistado, y el tiempo, las luces, la libertad y la educación política corregirán el error de los primeros pasos. La misma fuerza que está hace tres siglos destruyendo los malos sistemas cuando se creen más radicados, continuará obrando con mayor energía en lo sucesivo, y concluirá al fin con la obra gloriosa de asegurar al mundo moral las leyes de justicia que reinan en todas las demás obras de Dios. ¿Por qué se ha de creer que el hombre sólo esté condenado a la arbitrariedad en sus relaciones sociales, mientras que en todas las otras obras del Creador reina un orden tan perfecto? […]
He aquí, pues, el resumen de los principios proclamados por la República francesa; derecho de vida para todos los hombres, y renuncia del antiguo derramamiento de sangre humana, ya sea en nombre de la justicia, ya sea en nombre de la religión, ya sea en nombre de la política. La revolución francesa no ha costado una sola víctima, en lo que dependía de la aplicación de sus principios; esta gloria le quedará para siempre. Si se ha derramado sangre, ha sido por los antiguos partidarios de la violencia y de la sangre.
Los partidarios de la monarquía existen, no sólo seguros, sino libres de oponerse a los progresos de la República. Puede aún suceder que escenas cruentas manchen sus anales; ¿qué principio noble y humano en sí mismo no tiene estos borrones, sin excluir el cristianismo, antes de llegar a depurarse de todos los errores humanos que se pegan a él, al atravesar los siglos? Sería, pues, contradictorio, invocar en adelante la violencia en nombre de la libertad, la sangre en nombre de la justicia. La revolución francesa es, pues, el patrimonio de la especie humana, y así lo han entendido todos los pueblos que se han puesto en movimiento a la sola señal dada desde París. Si esos pueblos tienen larga carrera de desaciertos que recorrer, maldición eterna a los gobiernos que habían hecho demasiado alta la pirámide de abusos y de injusticias para que una sola generación pueda destruirla; pero guardémonos bien de la necia infatuación de darles consejos de prudencia, nosotros pobres e ignorantes, a ellos que llevan por delante la luz de las más claras inteligencias que honran hoy a la especie humana.
Nuestro deber y nuestra ventaja están en abrir ancha huella a las ideas regeneradoras, y aprovechar pacíficamente de los progresos que nos han preparado aquellos pueblos. […]
La historia pedirá cuenta a la generación presente del uso que hizo de la sangre derramada por los patriotas desde 1810, hijos del siglo XVIII, que a levantarse de sus tumbas, se cubrirían la cara de vergüenza al ver una república con mayorazgos, siervos desnudos, ex nobles con prerrogativas, fueros ante la ley, desigualdades políticas, culto exclusivo aunque legalmente desarmado, exclusión de los extranjeros, y en pos de todo esto, miseria pública por todas las clases, ricos que son pobres, pobres que son mendigos, y la nación, aquella gloriosa nación que soñaron radiante como que debía ser la hija primogénita del siglo XIX, heredera de sus artes, sus libertades todas, y su ciencia, sumiéndose de día en día en la nada, en la impotencia, con un cascarón carcomido por escuadra, sin naves para el tráfico, sin comercio terrestre, sin industria, sin bellas artes.
Por un momento, en nombre de la gloria de la parte más avanzada de la especie humana, en nombre de la República democrática, inteligente, científica, dirigida por los grandes pensadores proclamada en Francia; en nombre del desistimiento del derecho de matar, que han renunciado los partidos y los gobiernos, permítannos las preocupaciones españolas, que nos animan y nos suicidan, el odio al extranjero que hemos heredado, los rencores religiosos en que hemos sido educados, al nacionalismo de provincia que hemos copiado de la enemiga de catalanes y aragoneses, de castellanos y vascongados; permítannos todos estos verdugos que nos asedian y nos amenazan, decir nuestro pensamiento todo entero […]
Atacaremos por la demostración, por la discusión pacífica, este sentimiento de nuestra propia suficiencia, esta recrudescencia de la antigua España que se ha endurecido en nuestros corazones, y trataremos, si esto es dado a fuerzas humanas, de despertar tantas inteligencias que dormitan en el borde del abismo, para llamarlas a que cuiden de sus propios intereses. Dios castiga a los pueblos obstinados en sus errores. Ved la España, ved la América del Sur. Dios premia a los que obedecen a la impulsión de la justicia, a los que marchan en el sendero que él les ha trazado, dándoles la inteligencia por guía. ¿Por qué son tan felices, tan ricos, tan tranquilos los Estados Unidos, y nosotros tan pobres, tan deprimidos y tan inquietos? Id a buscar el secreto en las instituciones, no hay otra causa; tan tierra es la del Norte, como la del Sur de América; allá produce mieses empero para convidar a todos los pueblos, y aquí sólo abrojos y desencantos.
Allá ciudadanos, y aquí rotos, aunque sea triste que en nuestra pluma esta palabra aparezca como un reproche. Chile ha creado la palabra significativa de la miseria popular; palabra que no existe en el vocabulario español.
Es la mayor de nuestras desgracias heredadas la apatía, que nos hace aplazar para más tarde el remedio de los males conocidos. ¿Quién habría sospechado que el Austria, que Bucarest se agitarían un momento por las ideas de reforma, de progreso, de igualdad?
Y sin embargo este ejemplo a nadie alecciona, a nadie pone miedo. Tenemos doscientos mil niños sin educar, y se dice pueblos nuevos. Pero ¡por Dios santo!, si esos doscientos mil niños no se educan ahora, dentro de veinte años serán la masa de la nación, ¿y cuándo entonces empezaremos a ser pueblo viejo? ¡Cuando aquellos niños tengan hijos!
Y sin embargo, las violencias, los desórdenes y el derramamiento de sangre que aflige hoy a todos los pueblos de la Tierra, no vienen de los republicanos: Lamartine, Arago, Ledru Rollin, Luis Blanc han proclamado el principio de la inviolabilidad de las personas y de la propiedad. Son los bárbaros que todas las sociedades contienen en su seno, por la omisión de ellas mismas en dulcificar las costumbres por la educación, los que vienen más tarde a ensangrentar las páginas más gloriosas de la historia; porque la barbarie sola derrama sangre y oprime. ¿No queréis educar a los niños por caridad? ¡Pero hacedlo por miedo, por precaución, por egoísmo! Moveos, el tiempo urge; mañana será tarde. ¡Guardaos de decir en nombre de las ideas del gobierno, que las insignificantes luchas de la industria son la guerra del rico contra el pobre, que esa idea lanzada en la sociedad puede un día estallar, ya que no imponéis respeto a los que así corrompen por miedo, o por intereses políticos, la conciencia del que no es más que un poco más
pobre que los otros! Educad su razón, o la de sus hijos, por evitar el desquiciamiento que ideas santas, pero mal comprendidas, pueden traer un día no muy lejano. Nosotros no queremos ver llegar ese día; es ya demasiado triste, demasiado vergonzoso el espectáculo de la América del Sur, desde México hasta Buenos Aires, desde el Paraguay hasta el Ecuador, para no temer, para no temblar, con la perspectiva de tantos males; pero curad la llaga, cicatrizadla, si no queréis que os llegue al corazón. ¿Quién nos ha dicho que sanan las enfermedades crónicas sin remedio, sin régimen, sin sistema? Dejarse estar, dejar de hacer, dejar de obrar, ¿es remedio?
Amemos, pues la revolución francesa, porque es la proclamación de la justicia entre los pueblos, la igualdad entre los hombres, el derecho de la razón, la abolición del antiguo derramamiento de sangre, en nombre del interés de la sociedad, como había sido abolido ya en nombre de ésta o la otra religión. Adoptémosla en todas sus verdades conquistadas, dejando a sus grandes hombres, a los primeros pensadores del mundo que discutan pacíficamente las cuestiones sociales, la organización del trabajo, las ideas sublimes y generosas, pero que no están sancionadas aún, ni por la conciencia pública, ni por la práctica. En tan altos debates no tenemos voto nosotros. Pero acostumbrémonos a la discusión de las ideas, admitamos francamente en nuestras costumbres, y en nuestras instituciones, todos los principios que ya están adquiridos, que pertenecen hoy a los pueblos cristianos. Unámonos todos en un solo sentimiento, en el de no derramar sangre, ni en nombre de la conservación del orden por la mano del gobierno, ni en nombre de la libertad oprimida por mano de los partidos. Este es el gran principio que ha triunfado en Francia, un día como el de hoy; y el juramento que todo hombre de corazón debe prestar antes de mezclarse en las cuestiones políticas, debe ser el de no inducir a nadie a desear siquiera la desaparición, la supresión de un solo hombre. Nosotros no tenemos ni reyes ni clases privilegiadas de qué desembarazar el suelo. El mal no está en éste, o en el otro hombre, sino en nosotros todos, en la sociedad, en las costumbres coloniales, en las instituciones. Y ni esas costumbres, ni esas instituciones se modifican con revueltas ni con violencias, se modifican solamente, con uniformar el sentimiento de todos los que piensan, con hablar, con escribir, que es el arma pacífica e inteligente de nuestra gloriosa época.
Libertad: he aquí el principio de la ley civil. Igualdad: he aquí el principio de asociación. Fraternidad: he aquí el principio de la ley de las naciones.
DOMINGO F. SARMIENTO

[1] En Obras Completas, tomo XI, Buenos Aires, Luz del Día, 1949.

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