agosto 20, 2010

Discurso de Sarmiento en la inauguración de los trabajos del ferrocarril a San Fernando (1859)

DISCURSO EN LA INAUGURACIÓN DE LOS TRABAJOS DEL FERROCARRIL A SAN FERNANDO
"Los primeros ferrocarriles"
Domingo Faustino Sarmiento
[17 de Agosto de 1859]

CONCIUDADANOS:
Acabamos de remover esa tierra virgen para colocar sobre ella el primer eslabón de una cadena de hierro que prolongándoles al infinito, pueda un día someter a la acción civilizadora del comercio, toda la vasta extensión del país que se extiende entre las templadas riberas de! Plata, hasta las orillas del Pilcomayo y del Bermejo.
La corona española al tomar posesión de la América, preocupóse poco de la suerte que esperaba a pueblos dispersos sobre tan vasta superficie, para servir de linderos y mejoramiento de sus dominios. Adelantar la conquista fue el blanco de todos los esfuerzos durante dos siglos de campaña, inauditas por el coraje, la perseverancia y sufrimientos de los jefes y aventureros españoles. Los compañeros, de Pizarra, no bien habían destruido el Imperio de los Incas, avanzaron hacia Chile; desde donde, apenas fundado un puesto en el cerro de Santa Lucia, destacaron sesenta lanceros que atravesaron los Andes para fundar a San Juan y a Mendoza.
Solís, que penetró primero en la boca de nuestro río, apenas se detuvo en estas costas, para hacerse a la vela de nuevo ríos arriba, hasta el Paraguay, donde establecieron una colonia. Así se desparramaron por toda la América los gérmenes de los estados actuales, sin cuidarse de los obstáculos que la naturaleza oponía a su desenvolvimiento, ni de los medios de comunicación que habían de ponerlos en contacto con el mundo civilizado de que eran ramas desprendidas para aclimatarlas en estas tierras. La ciencia práctica de los hijos 'de aquellos colonos del desierto, vino a reducirse a saber distinguir con maravillosa sagacidad el rostro de los animales en las huellas apenas perceptibles que conducían de una a otra colonia y el "baqueano" fue desde entonces el geógrafo y el ingeniero del desierto; el chiripá suplió al vestido confeccionado, a la silla, por faltar curtiembres, clavos, hebillas y talabarteros, sucedió el recado de cuero crudo, como la bota de potro reemplazó al calzado.
La distancia que había mediado entre las ciudades oficiales y los fuertes de las occidentales fronteras, mediaron también entre las habitaciones de los moradores de las compañías, y el caballo como medio de acortarlas se hizo parte de la existencia del hombre, realizándose en nuestros días y en nuestro suelo la fábula de los Centauros, mitad hombres y mitad caballos, acaso para describir una situación tan primitiva como la nuestra.
El caballo ha ejercido la más destructora influencia en nuestra desorganización social, en el atraso y barbarie que todavía nos alcanza. En el país de las distancias despobladas, en la democracia de los jinetes, el poder, el prestigio, la influencia pertenecieron al más de a caballo.
Las disensiones que han agitado estos países medio siglo, la barbarie que los ha regido treinta años, los odios y celos de los pueblos, los caudillos que los han tiranizado, la guerra en que estamos envueltos, todo tiene a mi juicio (y no es de ahora que así pienso), por única causa, las distancias que median entre los pueblos. el desierto interviniente, el caballo como el único medio de contacto entre los hombres. Para mí, los héroes de la guerra civil, los caudillos, son siempre el caballo como medio de viabilidad. Un caudillo de a pie, es un contrasentido. Sería un tirano; pero para caudillo le falta el indispensable caballo. Estoy a caballo, es el grito, el anuncio de la declaración de guerra del caudillo.
Y bien, señores; el ferrocarril viene a poner término al reinado de los caballos, suprimiendo las distancias que le dieron su preponderancia; uniendo las poblaciones entre sí, por medios tan civilizadores como rápidos, y extendiendo la influencia de las grandes ciudades, con sus gustos refinados, con sus artes y sus hábitos de cultura, haciendo de la campaña suburbios hasta donde llegue una línea de rieles, o se alcance a oír el refugio alegre de la locomotora, este caballo de la ciencia del comercio, de las artes, del progreso y de la libertad.
Los ferrocarriles han hecho más por el adelanto de los pueblos que las más profundas revoluciones políticas. El ferrocarril acabará por abolir las fron¬teras, como ha concluido ya con el pasaporte y tantas otras trabas puestas al libre movimiento del hombre. El vagón es el nivelador de las diversas clases sociales. El rico orgulloso que ayer paseaba encerrado herméticamente en su carroza, salpicando de barro al pedestre menos afortunado, al entrar en los vagones, fraterniza con el pueblo, que adquiere en su contacto algo de su decoro y porte. El paisano, a su turno, siéntese dignificado por la momentánea residencia en esos salones, decorados con todo el lujo de la sociedad culta; y el pueblo, como Nerón al habitar el Domas Aurea, puede exclamar: ¡Al fin estoy alojado como hombre! Así el pueblo, el paisano se inicia en los usos y costumbres de la sociedad culta, sus aspiraciones cambian de rumbo, su traje de forma, y hasta su lenguaje pierde de su campestre rudeza en este contacto diario de todas las clases, de todas las edades y de ambos sexos.
Multiplicar los ferrocarriles, es pues, reconquistar para la civilización, para la industria, para la libertad el terreno que nos había arrebatado la barbarie, la holgazanería y el arbitrario. Belgrano, San Isidro, San Fernando, dentro de dos años, serán lo que ya son San Martín, San Justo, Morón, simples barrios de Buenos Aires, residencias détachées, de los habitantes de la ciudad, y proveedurías para la alimentación de la gran ciudad, que podrá desenvolverse con la mayor rapidez, a medida que el perímetro de su alimentación sea más extenso.
Porque es éste el error profundo del sistema de colonización a que he aludido antes. El trabajo del hombre aplicado a la tierra, da mayor cantidad de productos que lo puede consumir el mismo hombre: luego la base del desarrollo de una aglomeración de hombres, consiste en poder cambiar el exceso de su producción por el exceso de producción de otro individuo, o de otra aglomeración de individuos. Un pueblo nunca podrá bastarse a sí mismo, sin caer en la atonía y la pobreza. Las vías de comunicación entre pueblo y pueblo, la proximidad o accesibilidad de los grandes mercados son parte integrante de una población; y se le condena por siempre a vegetar en la miseria si aquellos requisitos auxiliares le faltan. San Luis, La Rioja, Santiago, están hace tres siglos demostrando esta verdad, como San Isidro, Luján. Morón, y cien pueblecillos nuestros nos ponen a la vista villorios trazados por la mano ignorante del acaso, o la necesidad de la época de su fundación, legándose de padres a hijos la destitución, la ignorancia y la oscuridad.
El ferrocarril que vamos a trazar, dará razón de ser que no tienen, a Belgrano, a San Isidro, a San Fernando, a las Conchas, al Tigre en lo inmediato, que por lo que respecta a la navegación de los ríos interiores, su existencia es un complemento indispensable al fácil descenso de los productos de la naturaleza lujosa y espléndida que ostenta sus galas bajo el cielo ardiente de los trópicos.
El Río de la Plata es un mar tormentoso, que impide a la extensa y frágil barca fluvial lanzarse en sus turbadas aguas. El vapor de los ríos participa del carácter de los edificios de tierra. Todavía no hemos visto descender del Paraná naves palacios, de dos y tres pisos, elevados sobre el nivel de las aguas, como los que surcan el Hudson y el Missisipi, porque al salir de entre las islas, serían volcadas por la violencia del "Pampero". Este es el inconveniente que trata de allanar el ferrocarril de San Fernando, haciendo un puerto al pacífico Paraná, antes de cambiar de nombre y de carácter en el majestuoso, pero menos tratable Plata. Buenos Aires tendrá dos puertas, una al Atlántico y otra a los ríos.
No ha muchos días que se anunció la aparición a la altura de Corrientes, de una angada de madera de cedro, la primera que des cien te las aguas del Bermejo. Esa angada, partida de Orán, será la precursora de millares que se le sucederán, con sólo desmontar las orillas del río, desde que encuentren puertos de fácil arribo a Buenos Aires, y esto sólo se obtiene con la habilitación del de San Fernando, por medio de un ferrocarril que las traiga a las puertas de Buenos Aires; y estos resultados que parecen remotos, son de actual valor en cuanto a los productos del Paraguay, Corrientes, Santa Fe, y las costas fluviales de nuestro propio Estado, sin excluir las islas del Paraná, esa Venecia Rural que será para Buenos Aires, lo que el Egipto para los pueblos antiguos desde que su fertilidad, su belleza, y su industria naciente, puedan por un ferrocarril, salvar la distancia que las separa del mercado, y ostentar sus encantos a los ojos de la población de Buenos Aires.
No quiero abusar de la indulgencia de los que me escuchan, extendiéndome más sobre asunto tan fecundo en consideraciones. Los momentos que atravesarnos dan a este acto mayor importancia que la expectativa de sus resultados lejanos. Estamos aquí reunidos, trabajando en echar los cimientos de una obra de paz y de progreso, mientras en el horizonte rugen las tempestades, y el huracán amenaza destruirlo todo. Procedemos en esto como pueblos animosos, como hombres de fe profunda, que saben que a la tempestad suceden días serenos.
Obramos para lo futuro, como si nada del presente amenazara perturbarle: sembramos para cosechar. Depositemos esta semilla de progreso en suelo fecundo, y una vez cubierta con una palada de tierra, volaremos tranquilos y satisfechos adonde otros trabajos y otras atenciones del momento nos reclaman. Pueblo comerciante, culto, iniciador del progreso, nos mostrarnos al remover la tierra para establecer el ferrocarril de San Fernando; al retirarnos de esta fiesta civil somos Guardias Nacionales, otra manera de ser ciudadanos de un país libre, otro trabajo que nos está encomendado para la conservación de nuestras conquistas sobre la barbarie; para el mantenimiento de las instituciones que fecundan el progreso, la prosperidad y la libertad.
El ferrocarril de San Fernando ha dejado de ser un proyecto. Correspondencias de Londres traídas ayer por el paquete, confirman la resolución de los empresarios de llevar la obra a cabo, tan luego como los capitales hubiesen sido garantidos.
La ley está dictada; el surco abierto; y la obra comenzada. Que sea rápida su ejecución, y provechosa a la empresa, a fin de que estimule su buen éxito a mayores trabajos, y siguiendo la misma dirección podamos un día no lejano, llevar la locomotora por este ferrocarril hasta el Rosario, Córdoba y Tucumán, dando a todos sus habitantes el abrazo de hermanos.
¡Al feliz éxito de la empresa del ferrocarril de San Fernando!
DOMINGO F. SARMIENTO

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