octubre 25, 2010

Discurso del Papa Urbano II donde convoca a la Primera Cruzada (1095)

DISCURSO EN EL CONCILIO DE CLERMONT – FRANCIA, DONDE PROCLAMA LA PRIMERA CRUZADA [1] [2]
¡Dieu le veut! ("¡Dios lo quiere!")
Papa Urbano II
[27 de Noviembre de 1095]

¡Oh, raza de francos, la raza desde el otro lado de las montañas, naciones, la raza elegida y amada por Godas, que vemos brillar en vuestras obras, elegidos y queridos de Dios, y separados de otros pueblos del universo, tanto por la situación de vuestro territorio como por la fe católica y el honor que profesáis por la santa Iglesia! Es a vosotros que se dirigen nuestras palabras, es hacia vosotros que se dirigen nuestras exhortaciones. Queremos que sepáis cuál es la dolorosa causa que nos ha traído hasta vuestro país, como que peligro amenaza a vosotros y a todos los fieles.
De los confines de Jerusalén y de la ciudad de Constantinopla nos han llegado tristes noticias; frecuentemente nuestros oídos están siendo golpeados; pueblos del reino de los persas, nación maldita, nación completamente extraña a Dios, raza que de ninguna manera ha vuelto su corazón hacia Él, ni ha confiado nunca su espíritu al Señor, ha invadido en esos lugares las tierras de los cristianos, devastándolas por la espada, el pillaje, el fuego, se ha llevado una parte de los cautivos a su país, y a otros ha dado una muerte miserable, ha derribado completamente las iglesias de Dios, o las utiliza para el servicio de su culto. Destruyen los altares, después de haberlos contaminado con su inmundicia. Circuncidan a los cristianos y la sangre de la circuncisión es rociada sobre el altar o las pilas bautismales. Les gusta matar a otros abriéndoles el abdomen, sacándoles una extremidad del intestino que luego atan a un poste. A golpes los persiguen alrededor del poste hasta que se les salen las vísceras y caen muertos en el suelo. Otros, amarrados a un poste, son atravesados por flechas; a algunos otros, los hacen exponer el cuello y, abalanzándose sobre ellos, espada en mano, se ejercitan en cortárselo de un solo golpe. ¿Qué puedo decir de la abominable profanación de las mujeres? Sería más penoso decirlo que callarlo. Ellos han desmembrado el Imperio Griego, y han sometido a su dominación un espacio que no se puede atravesar ni en dos meses de viaje. ¿A quién, pues, pertenece castigarlos y erradicarlos de las tierras invadidas, sino a vosotros, a quien el Señor a concedido por sobre todas las otras naciones la gloria de las armas, la grandeza del alma, la agilidad del cuerpo y la fuerza de abatir la cabeza de quienes os resisten?
Que vuestros corazones se conmuevan y que vuestras almas se estimulen con valentía por las hazañas de vuestros ancestros, la virtud y la grandeza del rey Carlomagno y de su hijo Luis, y de vuestros otros reyes, que han destruido la dominación de los Turcos y extendido en su tierra el imperio de la santa Iglesia. Sed conmovidos sobre todo en favor del santo sepulcro de Jesucristo, nuestro Salvador, poseído por pueblos inmundos, y por los santos lugares que deshonran y mancillan con la irreverencia de sus impiedades. ¡Oh, muy valientes caballeros, posteridad surgida de padres invencibles, no decaed nunca, sino recordad la virtud de vuestros ancestros!
Pero si se ven obstaculizados por el amor de los niños, padres y esposas, recordar lo que dice el Señor en el Evangelio: "Quien ama a su padre y a su madre más que a mí, no es digno de mí" (Mt 10,37). "Aquel que por causa de mi nombre abandone su casa, o sus hermanos o hermanas, o su padre o su madre, o su esposa o sus hijos, o sus tierras, recibirá el céntuplo y tendrá por herencia la vida eterna" (Mt 19,29). Que no os retenga ningún afán por vuestras propiedades y los negocios de vuestra familia, pues esta tierra que habitáis, confinada entre las aguas del mar y las alturas de las montañas, contiene estrechamente vuestra numerosa población; no abunda en riquezas, y apenas provee de alimentos a quienes la cultivan. De allí procede que vosotros os desgarréis y devoréis con porfía, que os levantéis en guerras, y que muchos perezcan por las mutuas heridas. Extinguid, pues, de entre vosotros, todo rencor, que las querellas se acallen, que las guerras se apacigüen, y que todas las asperezas de vuestras disputas se calmen. Tomad el camino del Santo Sepulcro, arrancad esa tierra de las manos de pueblos abominables, y sometedlos a vuestro poder. Dios dio a Israel esa tierra en propiedad, de la cual dice la Escritura que "mana leche y miel" (Nm 13,28); Jerusalén es el centro; su territorio, fértil sobre todos los demás, ofrece, por así decir, las delicias de un otro paraíso. El Redentor del género humano la hizo ilustre con su venida, la honró residiendo en ella, la consagró con su pasión, la rescató con su muerte, y la señaló con su sepultura. Esta ciudad real, situada al centro del mundo, ahora cautiva de sus enemigos, ha sido reducida a la servidumbre por naciones que no conocen a Dios, a la adoración de los paganos. Ella os demanda y exige su liberación, y no cesa de imploraros para que vayáis en su auxilio. Es de ustedes eminentemente que ella espera la ayuda, porque así como os lo hemos dicho, Dios os ha dado, por sobre todas las naciones, la insigne gloria de las armas. Tomad, entonces, aquella ruta, para remisión de vuestros pecados, y partid, seguros de la gloria imperecedera que os espera en el reino de los cielos.

- Este discurso de Urbano II tocó los corazones de todos. Cuando preguntó a los asistentes si pondrían su espada al servicio de Dios, toda la audiencia contestó con un sonoro “Deus vult! Deus vult!” [Dios lo quiere, Dios lo quiere], que a partir de entonces se convertiría en el grito de guerra de los cruzados-
-Cuando se restableció el silencio, el Santo Pontífice continuó:

He aquí que hoy se cumple en vosotros la promesa del Señor que dijo que donde sus discípulos se reúnen en su nombre, Él estará en medio de ellos. Si el Salvador del mundo está ahora entre vosotros, si fue Él quien inspiró lo que yo acabo de escuchar, fue Él quien ha sacado de vosotros este grito de guerra, “«¡Dios lo quiere!», y dejó que fuese lanzado en todas partes como testigos de la presencia del Señor Dios de los Ejércitos!”

-El Papa levantó la Cruz ante la asamblea, el signo de la Redención, y dijo:

Es el mismo Jesucristo que deja su Sepulcro y os presenta su Cruz. Será el signo que unirá a los hijos dispersos de Israel. Levantadla sobre vuestros hombros y colocadla en vuestros pechos. Que brille en vuestras armas y banderas. Que sea para vosotros la recompensa de la victoria o la palma del martirio. Será un incesante recordatorio de que Nuestro Señor murió por nosotros y que debemos morir por Él.
No recomendamos ni ordenamos este viaje ni a los ancianos ni a los enfermos, ni a aquellos que no les sean propias las armas; que la ruta no sea tomada por las mujeres sin sus maridos, o sin sus hermanos, o sin sus legítimos garantes, ya que tales personas serían un estorbo más que una ayuda, y serán más una carga que una utilidad. Que los ricos ayuden a los pobres, y que lleven consigo, a sus expensas, a hombres apropiados para la guerra. No está permitido a los sacerdotes ni los empleados, de la orden que sean, partir sin el consentimiento de su obispo, ya que si parten sin ese consentimiento, el viaje les será inútil. Además, no es justo que los laicos entren a la peregrinación sin la bendición de sus sacerdotes.
Quien tenga, pues, la voluntad de emprender esta santa peregrinación, deberá comprometerse ante Dios, y se entregará en sacrificio como hostia viva, santa y agradable a Dios; que lleve el signo de la Cruz del Señor sobre su frente o su pecho; que aquel que, en cumplimiento de sus votos, quiera ponerse en marcha, la ponga tras de sí, en su espalda. Cumplirá, con esta acción, el precepto evangélico del Señor: "El que no tome su cruz y me siga, no es digno de mí". [3]
URBANO II

[1] Si bien existen varias versiones de este discurso en inglés (vgr. Fulcher of Chartres, etc.), la que nosotros publicamos corresponde a la de Robert the Monk en traducción libre.
[2] Con el objetivo de extender el imperio de la Religión Católica y el poder de la Santa Sede en Oriente, el Papa San Gregorio VII ya había exhortado a los fieles a tomar las armas contra los musulmanes, prometiendo él mismo liderarlos hacia Asia.
En sus cartas, San Gregorio VII habla de cómo los sufrimientos de los católicos en Oriente lo afectaban hasta el punto que deseó la muerte. Decía que querría arriesgar su propia vida con el fin de liberar Tierra Santa. Sin embargo, San Gregorio VII no pudo realizar su plan debido a los problemas internos en Europa.
Movido por el mismo espíritu de su predecesor, el Beato Urbano II resolvió convocar el Concilio de Clermont en noviembre de 1095 en el sur de Francia, la nación de corazón de guerrero, la misma que por muchos siglos había dado el tono a toda Europa.
Respondiendo al llamado del Papa más de 200 Arzobispos y Obispos, 4.000 eclesiásticos y 30.000 legos. Los más famosos Santos y Doctores lo honraron con su presencia ilustrándolos con sus consejos.
La Tregua de Dios fue proclamada al mismo tiempo que la Guerra de Dios [la Tregua de Dios concedía la inmunidad de la violencia a los campesinos y clérigos que no podían defenderse].
El Concilio aprobó numerosos decretos para la disciplina eclesiástica y la reforma de la Iglesia, incluyendo los concernientes a la simonía y al matrimonio sacerdotal. Pero todos esos decretos – incluso la excomunión de Felipe I, el Rey de Francia, por adulterio – no lograron desviar la atención general del punto que se consideraba más importante, que era la cautividad de Jerusalén y los abusos que se producían ahí.
El día del discurso del Papa Urbano, el Concilio se reunió en la extensa plaza fuera de la puerta oeste de Clermont donde se instaló el trono papal a fin de dar cabida a la inmensa multitud. El Papa, seguido por sus Cardenales, llegaron en procesión y comenzó la reunión.
[3] El Obispo de Puy, fue el primero en entrar en la cruzada, tomando la Cruz de las manos del Papa. Muchos otros siguieron su ejemplo. El Papa prometió a los cruzados la absolución de sus pecados. Y colocó a sus personas, familias y bienes bajo la protección de la Iglesia y de los Apóstoles Pedro y Pablo. El Concilio declaró que cualquiera que hiciese violencia contra los soldados de Cristo sería castigado con el anatema (excomunión). El Papa reglamentó la disciplina y fijó la fecha de partida para aquellos que se habían enlistado en la Santa Milicia. Temeroso de que algunos pudieran permanecer en sus ciudades a causa de sus intereses personales, amenazó con la excomunión a aquellos que no cumplieren con sus juramentos. Además viajó a través de las varias provincias de Francia para completar su trabajo, convocando otros concilios. Este entusiasmo ilimitado lo siguió y lo comunicó al resto del pueblo francés, y luego se extendió a Inglaterra, Alemania, Italia e incluso España, que estaba combatiendo a los sarracenos en su propio territorio. Todo Occidente fue movido por estas palabras: “El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.” Todas las Órdenes de Caballería tomaron la Cruz como símbolo. “Recibe esta espada en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.” El sacerdote de cada parroquia bendecía las armas que se acumulaban delante de él. Rogaba a Dios concediera a aquellos que las llevaran, el valor y la fortaleza que llevaron a David a derrotar el infiel Goliat. Al entregar a cada caballero la espada que había sido bendecida, el sacerdote decía: “Recibe esta espada en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Que te sirva para el triunfo de la fe. Sin embargo, no derrames con ella la sangre del inocente." Después de rociar los estandartes de la Cruz con agua bendita, se las entregaba diciendo: “Ve a combatir por la gloria de Dios y deja que este signo te haga triunfar de todo peligro.” Los cruzados recibían sus símbolos sobre sus rodillas.

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