abril 20, 2011

Discurso de Jose E. Rodó en favor de una anmistía por delitos políticos (1903)

SELECCIÓN DE DISCURSOS PARLAMENTARIOS *
Cámara de Representantes de Uruguay
"En favor de una amnistía por delitos políticos"
José Enrique Rodó
[6 de Abril de 1903]

En antesalas, señor presidente, mi distinguido amigo y colega el diputado Tiscornia, me insinuó que debía precederle en el uso de la palabra debido a la naturaleza de mi discurso, que va a referirse, en cierto modo, a una cuestión previa a la que él va a abordar.
Yo voy a tratar esta cuestión de un punto de vista general; y antes que la Cámara entre a preocuparse especialmente de las condiciones de esta ley de amnistía, yo quiero decir algo sobre lo que tiene esta cuestión de político; porque es indudable que la sanción que nosotros prestemos a esta ley de amnistía y de olvido, será la forma o expresión con que se manifieste nuestro asentimiento a la paz que acaba de realizarse.
Y bien, señor presidente: yo no puedo dar mi voto a esa paz sin hablar antes; y no puedo dar mi voto a esa paz en otras condiciones, porque tengo declaraciones que hacer en lo que se refiere a mi actitud personal y mi voto.
Por otra parte, un cuerpo esencialmente político —como lo es esta Honorable Cámara— no puede dejar pasar un acontecimiento tan trascendental, en ese sentido, como la paz que acaba de realizarse, sin encararlo por su efecto político.
Empezaré por reconocer que este mensaje y esta ley de amnistía, antes de presentarse, antes de llegar al seno de esta H. Cámara, han sido presentados a una autoridad más alta, a una autoridad superior, a una autoridad que nos obliga materialmente, dentro del mecanismo de las instituciones, pero que, moralmente, a todos nos obliga: la autoridad de la opinión; el juicio del pueblo.
Con manifestaciones inequívocas, el pueblo ha sancionado por su parte la idea de la paz, la idea de esta amnistía y de este olvido; y nosotros, vamos a ratificar esa sanción del pueblo sin que se produzca quizá una nota divergente; porque aquellos, de entre nosotros, que creyeron que debía buscarse a toda costa la paz, la ven ahora realizada; y aquellos —si hubo alguno— que pensaron que la paz no debía hacerse, comprenderán, sin duda, la inoportunidad lo impolítico que tendría un voto de oposición tratándose de hechos ya definitivamente consumados.
Señor presidente: al pedir el uso de la palabra, objeto no ha sido hacer la apología de una paz ya vitoreada y festejada de todos modos, y mucho menos levantar contra ella una protesta que consideraría de todo punto antipatriótica. No; mi objeto se reduce a exponer por qué voy a votar esta paz; o, si se quiere, en qué concepto, en virtud de qué interpretación que doy yo a este acto de la paz, es que voy a votarla, y cómo encaro ese importante acontecimiento, cuya significación y trascendencias no todos, seguramente, interpretan de igual modo.
Porque no es la idea de la paz, en sí misma, lo que ha podido levantar en ningún momento, resistencias que no procedan de espíritus extraviados o ilusos; no es tampoco la materialidad de las condiciones actuales de la paz, que siempre resultarían sobradamente compensadas por la magnitud del beneficio que ella importa. ¡No! Es que este hecho de la paz, como resultado de un pacto, tiene una trascendencia política que en concepto de muchos –en concepto de la opinión pública quizá-, significa renovación, y aun la renovación indefinida, de un estado de cosas que todos considerábamos esencialmente provisional, que todos reconocíamos como subsistente todavía, y con derecho a subsistir, pero también como próximo a tocar a su desenlace, dentro de los medios indicados por las instituciones: dentro del ejercicio de las actividades cívicas de los partidos, resolviendo, en lucha pacifica, sus rivalidades, al amparo de la libertad. (¡Muy bien!)
La solemne confirmación o renovación de este estado de cosas no importaría, en mi concepto, un mal ni un peligro (antes importaría un gran bien) si se la interpretase tal como creo yo que debe hacerse y como voy a procurar definir. Pero importaría en mi concepto, un gran mal y un gran peligro, si, como parece entenderlo parte de la opinión, significase un punto de partida para prolongar más allá de sus límites naturales la situación de expectación, la situación provisional por excelencia, en que se encuentra el país del punto de vista de las relaciones de sus dos partidos; relaciones que un diario de ayer caracterizaba, con justicia, diciendo que están regidas por una especie de derecho internacional, que empieza por reconocer la existencia de un estado dentro del estado.
Señor presidente: de una manera más o menos tácita, más o menos expresa, y, si no en la integridad de sus condiciones, en espíritu por lo menos, ha sido renovado el pacto de la Cruz. Este es el hecho; y debemos agregar que, sin ello, no hubiera sido posible llegar a la consecución de la paz.
Bien, pues; soy de los que creen que el pacto de septiembre fue una imposición de las circunstancias, enteramente justificada, oportuna, quizá, salvadora.
Pero es necesario no olvidar, señor presidente, siempre que de esto se trate, y sobre todo por lo que importa en cuanto a la interpretación de esta nueva paz, es necesario no olvidar que la cláusula fundamental del pacto do septiembre, la cláusula por la que se explicaban -todas las otras, la piedra angular—podría decirse—de aquel acto de reconciliación cívica, fue la promesa que se hizo al partido nacionalista de garantir el ejercicio de la libertad electoral siempre que los partidos concurriesen a la lucha de las urnas; y todas las otras cláusulas y condiciones no tuvieron, en rigor, otro carácter que el do garantías afectadas al cumplimiento de aquella cláusula suprema, cumplida o satisfecha la cual, era lógico suponer que las demás caducaran por su base.
Es menester reconocer, señor presidente, que, desde entonces, no se han verificado en el país elecciones generales que se encuentren en tales condiciones, debido a la renovación de los acuerdos que yo también he contribuido a votar, dentro de mi partido, en circunstancias en que creí que eran para él una necesidad angustiosa, debido a culpas y errores que ahora no es oportuno entrar a precisar. De modo que faltando el gran veredicto popular que resolviese en la contienda histórica de los partidos, las condiciones de paz de septiembre han podido o debido considerarse subsistentes por la subsistencia de las circunstancias que la determinaron. Y así lo entendió el actual presidente de la República, cuando, formulando sus ideas de gobierno como candidato a la primera magistratura del país, en declaraciones que hizo públicas el diario El Tiempo, expresaba que las condiciones de la paz de septiembre, o su espíritu, debían ser respetadas, en cuanto a las relaciones de los partidos políticos, dando como fundamento de ello la circunstancia de que aún no se había hecho práctica la libertad electoral de la cual debía surgir el fallo inapelable de la contienda de nuestras dos colectividades históricas.
Tal fue, pues, el espíritu de la paz de septiembre: remitir las disidencias de los partidos al fallo de la soberanía popular; y considerar todo lo demás como provisorio y en el carácter de prenda que se daba para asegurar el cumplimiento de aquello.
Ahora bien: yo creo, señor presidente, que votando esta nueva paz, hacemos obra sabia y patriótica; pero creo también que no nos daríamos cuenta del verdadero significado, del único significado, que a mis ojos es lícito atribuir a esta paz, si no la relacionáramos con ese íntimo espíritu de aquella obra; espíritu cuya observancia o cumplimiento es, esta vez, verdaderamente impostergable. Yo creo que, votando esta paz, no debernos considerar que hemos creado un estado de cosas normal ni siquiera duradero; no; debernos considerar tan sólo que hemos propendido a mantener o a asegurar las condiciones más propicias para preparar la, entrada definitiva al régimen de las instituciones, fuera de todo pacto, en los comicios libres y sin acuerdo de 1904.
Si la opinión, señor presidente, o parte de ella cree que hemos votado en otro concepto o con otro espíritu esta paz, en lo que a mí y a otros diputados se refiere, la opinión, o parte de ella, se equivoca.
Es sabido, señor presidente, quo estos pactos o convenios políticos, más que por la materialidad de sus cláusulas y condiciones, se caracterizan, ante la opinión, por la repercusión que dejan en el ambiente.
Nadie ignora que anda flotando ya en la atmósfera una idea que, en determinado momento, puede tomar contornos, concretarse. Vaticino que se concretará. Es la idea de que este pacto de paz trae consigo, como consecuencia lógica, la idea de un nuevo acuerdo, y que ese es el verdadero espíritu de esta paz, en vez del radicalmente distinto que yo, por mi parte, le atribuyo. Y como, por su propia naturaleza, un nuevo acuerdo traería en sus entrañas un nuevo pacto con la fatalidad con que las premisas traen la consecuencia, resultaría de ahí, que según el concepto que la opinión tiene formado, en gran parte de esta paz, lo (pie habríamos consagrado desde ahora, votándola, es la ratificación indefinida de la política de los pactos y de los acuerdos, que todos hemos aceptado y bendecido en determinadas circunstancias; que todos hemos considerado necesaria alguna vez para la salud de la patria ; per6 que, como normalidad o como estado de cosas duradero, yo, por mi parte, absoluta y decididamente repudio.
La repudio, señor presidente, por subversiva de las instituciones; por disolvente de toda fibra cívica, y contraria a la educación del ciudadano ; por restrictiva de las facultades legales de los gobernantes; porque importaría una renuncia embozada al régimen del gobierno institucional y un reconocimiento implícito de nuestra incapacidad para ejercerlo.
La repudio hasta como amigo ferviente de la paz. Porque, aunque a primera vista parezca contradictorio y paradójico, acuerdo permanente, pacto de paz permanente, significa amenaza de revolución permanente.
Lo único que puede garantir la paz, de una manera estable y duradera—lo digo con convicción profunda—es la práctica leal y resuelta de las instituciones, es el régimen franco de la legalidad. Por eso yo voy a votar esta paz, de una manera decidida, sin restricciones mentales, aunque también sin infantiles optimismos, pero voy a votarla como la última e impostergable manifestación de un provisoriato que debe tener su solución institucional y pacífica en los comicios del año venidero.
Hace treinta años, señor presidente, se dijo por una voz inspirada, y se ha repetido hace pocos días por otra palabra digna de alto respeto, que la guerra civil por la guerra civil no tiene término. Es cierto, y en ese sentido nada habría suficientemente enérgico para expresar la esterilidad deplorable de ese recurso desastroso. Pero, tampoco tienen término, en el sentido de llevar a una solución institucional, los acuerdos, los pactos por los pactos, la paz ficticia que se renueva por otra paz ficticia, la suspensión del régimen de las instituciones que conduce a una nueva suspensión de ese régimen. No: lo único que tiene un término, lo único que lo constituye, en el sentido de llevar a la solución institucional, es la decisión de afrontar, una vez por todas, con la práctica del voto, el régimen de las instituciones; es la voluntad inquebrantable de sujetarse leal e incondicionalmente a los resultados de la lucha cívica.
Creo innecesario advertir, señor presidente, que, cuando hablo en esta forma de los pactos políticos, no confundo el hecho material del pacto con la idea de coparticipación, idea ésta que significa una hermosa conquista, ya incorporada definitivamente a la conciencia pública, y que no puede faltar, ni faltará jamás, en ninguna política, que no sea mezquina, reaccionaria y estrecha. Y formulada esta declaración, sostengo, señor presidente, que si, como parece constatado, este pacto de paz, por una de sus condiciones, debe durar todo el término de la presidencia actual, es indudable que después de realizados los comicios libres el año 1994, podrá quedar y quedará subsistente por la fidelidad del presidente de la República a sus compromisos contraídos; pero desde ese mismo momento el pacto habrá perdido toda su autoridad moral; desde el momento en que haya habido en el país comicios libres, de los cuales surja una situación normal institucionalmente, este pacto de paz significará sólo una irregularidad y un convencionalismo.
Creo, en efecto, señor presidente, que en el instante en que el país, por la práctica del sufragio libre, hubiese entrado definitivamente al régimen de las instituciones, en ese mismo instante habría caducado, inmediata y definitivamente también todo pacto surgido de la guerra civil, porque este pacto carecería de fuerza moral con que imponerse dentro de un régimen surgido de la voluntad popular, consultada por los medios de la ley.
Siempre que me ha tocado hablar a la juventud de mi partido, o escribir sobre política de actualidad, no he tenido reparo en decir a mis correligionarios y mis amigos que el partido colorado debe renovar su predominio en la fuente legítima del sufragio, si se considera digno de seguir gobernando la República; porque después de cuarenta años consecutivos de gobierno, empieza ya a tomar los caracteres de una gran anomalía histórica esta perpetuación indefinida en el poder sin títulos saneados de legalidad.
¡Sí! Es la verdad; hay que decirlo porque es la verdad.
Pues bien, señor presidente: complemento esa declaración, que he hecho reiteradas veces, agregando que, si el partido nacionalista, en comicios libres, llega alguna vez a mejorar o aumentar las posiciones que tiene dentro del poder legislativo, yo, como colorado, lo sentiré mucho, porque tengo sentimiento partidario; pero como ciudadano, como legislador, como escritor pondré incondicionalmente mi voto, mí palabra, mi pluma, para contribuir a sofocar y a rechazar toda protesta que se levante contra ese hecho natural, dentro del régimen de las instituciones.
Pues bien, señor presidente: con la misma sinceridad con que he formulado estas declaraciones, voy a formular otra, y es que no creo que pueda haber en las filas del partido nacionalista un solo hombre de pensamiento y de equidad que sostenga que, una vez en irado el país a un régimen normal de instituciones como resultado del sufragio libre, pueda haber, desde ese mismo instante, en el país, elementos en disposición permanente de ocurrir a la protesta armada, como no sea por grandes subversiones institucionales; pueda haber en el país, entonces, ascendientes o prestigios militares que no se deriven de grados adquiridos en el escalafón del ejército de la república; pueda haber, entonces, en el territorio de la república, otros parques de guerra que el parque donde el estado deposita las armas que ha de confiar al ciudadano y al soldado, para velar por la integridad de las instituciones; y pueda haber, en fin, circunscripciones territoriales intangibles, infeudadas perpetuidad a uno u otro partido; condición esta última la más triste y deplorable de todas, señor presidente, porque si se prolonga por algunos años más, y se constituye en hábito, y crea, por decirlo así, una especie de derecho consuetudinario que se sustituya a la ley escrita, llegará hasta a quebrantar la unidad de la patria, tiñendo de un color el suelo de unos departamentos y de otro color el suelo de los otros.
Señor presidente: hago votos por que la confraternidad y la concordia realicen las promesas de esta paz como acto de noble conciliación cívica, previo a la entrada definitiva en el régimen de las instituciones, de los comicios libres de 1904.
He dicho.
JOSE ENRIQUE RODO

* Fuente: Rodo, José Enrique. “Hombres de América (Montalvo – Bolívar - Rubén Darío) Discursos Parlamentarios – Selección de los discursos pronunciados en la Honorable Cámara de Representantes de Uruguay, pag. 160 y ss., Ed. Cervantes-1920

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