mayo 01, 2011

Discurso de Jorge Fontevecchia, CEO de Editorial Perfil, en ADEPA (2001) - "El triunfo de la paranoia"

DISCURSO OFRECIDO EN LA COMIADA DE CLAUSURA DE LA 145° JUNTA DE DIRECTORES DE LA ASOCIACION DE ENTIDADES PERIODISTICAS ARGENTINAS (ADEPA)
El triunfo de la paranoia
Jorge Fontevecchia [1]
[27 de Abril de 2011]

El paranoico siempre tiene razón. Y la tiene no sólo en su delirio sino en la realidad. El paranoico presume que alguien lo va a atacar y para defenderse lo ataca primero. El atacado, también para defenderse, devuelve la agresión. El paranoico confirma su teoría: querían atacarlo.
No se puede ganar una discusión con un paranoico entrando en su juego. Los medios de comunicación que responden la agresión del Gobierno se están suicidando. Además, en su inmolación, le dan la razón al paranoico, que dice, con lógica: “¿Vieron…?”.
Lo que sucedió con los diarios Clarín y La Nación dañó al periodismo. El primero apoyó por conveniencia y el segundo calló por miedo todos los primeros años del kirchnerismo, cuando el Gobierno no era menos brutal que hoy con el periodismo y siendo muchas conductas de Néstor Kirchner menos republicanas que las de su sucesora. Y recién mucho después se despertaron críticos el día que el Gobierno decidió tratarlos como opositores. Lo que construyó una especularidad grotesca porque, aun en contra de su voluntad, terminaron siendo un espejo del Gobierno. No fueron por sí, fueron por lo que el Gobierno decidió que fueran.
Antes de Kirchner, los medios eran el espejo donde los políticos se miraban, Kirchner hizo que sean los medios los que se miren en el espejo del Gobierno. Kirchner invirtió el espejo. Ese espejo que se nos revela a través de la experiencia psicoanalítica como formador y estructurante del yo. Prácticamente, sólo el ser humano se reconoce frente al espejo, mientras que los animales, ante la prueba del espejo, creen que se trata de otro animal.
No hay forma de hablar, en el sentido real del término, con un paranoico. De convencerlo de algo distinto a lo que piensa. La paranoia está sustentada por una monoidea, muy simple, unívoca, inconmovible, como un disco rayado que vuelve siempre a lo mismo. Pero en su estrechez obtiene su fuerza, porque siempre se puede ejercer más presión sobre un solo clavo.
De un laberinto se sale por arriba. El dilema no se resuelve con el triunfo de uno de los dos que tiran de una cuerda, sino a través de una acción superadora que se sitúe por encima de los polos en tensión. Para que cambie el par de yuxtaposiciones excluyentes, es preciso un movimiento integrador que abandone la dicotomía.
A lo que llaman periodismo militante no se le debe contraponer otra forma de periodismo beligerante, sino periodismo puro, sin aditamentos.
El periodismo adicto no es periodismo. Por favor, reflexionen sobre el significado de la palabra adicto. Etimológicamente, “ad-dictum” se refiere a alguien que no es libre, sino que le dictan qué hacer, que se encuentra a disposición para recibir órdenes, encargos o mandatos y acatarlos, es decir, un dependiente. Por eso se utiliza la palabra adicto a las drogas: un adicto tiene su voluntad dominada por la sustancia o la conducta a la que se somete.
Aquel que es reactivo a los ataques del otro también tiene su conducta dictada por ese otro que se la impone. La libertad es no responder al “dictum” del paranoico para no configurar la conocida circularidad de la locura de a dos.
Bill Gates decía que en el mundo de los altos negocios y la política, lo que podría sintetizarse como el poder, sólo sobrevivirían los paranoicos. Es cierto que entre los grandes revolucionarios mundiales la paranoia, o un grado elevado de ella, está muy presente: Stalin, Mao o Castro. Pero el periodismo cometería un gran error si jugara el juego del poder por el poder, el juego de medios sin fines, o fines que son medios, como el poder, por ejemplo.
Porque el exceso de poder siempre enloquece, toda asimetría de poder engendra patologías: un padre excesivamente severo con sus hijos, un marido violentamente dominante con su esposa, un jefe insensiblemente autoritario con sus conducidos o un duopolio abusador de sus privilegios son ejemplos de cuán enfermiza es la concentración de poder en todos los ámbitos. El efecto enloquecedor del poder es para todos, para el que lo sufre pero también para el que lo ejerce. Por eso todos los sistemas ponen límite de tiempo a su ejercicio y divisiones de poder mientras se lo actúa. Y los poderosos nunca deberían olvidar que Hegel explicaba que siempre el esclavo mata al amo. No hay que ser amo si no se quiere ser asesinado.
El autotitulado periodismo militante pago por el Estado cumple no sólo la función de difundir su mensaje, eso hasta se podría alcanzar comprando propaganda, sino también una misión más trascendente. Consciente o inconscientemente, contribuye a destruir la idea de una objetividad posible en el periodismo y, por ende, la idea misma de periodismo puro. Es obvio que un sujeto no es un objeto y que todo lo humano está atravesado por la subjetividad que lo constituye como individuo y, como tal, lo hace único. Por eso todos vemos un mundo parcial y limitado a nuestra cultura y fortuna e influido por nuestros intereses y deseos. Pero el oxímoron de la objetividad de un sujeto no impide que la idea de objetividad sea imprescindible para el periodismo. Una idea, como toda utopía, no implica su realización plena. Es como el deseo, inalcanzable constitutivamente porque siempre es deseo de otra cosa, pero que no por ello deja de ser la fuerza que impulsa la vida. Una idea puede no ser una meta sino un camino. Una dirección que oriente moralmente a una ética profesional posible.
Leyendo esta semana una conferencia que pronunció el filósofo francés Alain Badiou en el simposio “Sobre la idea del comunismo” realizado en la Birkbeck School of Law de Londres, no pude menos que asociar algunos de sus conceptos sobre la idea del comunismo a la idea de objetividad. Dijo Badiou: “Una idea es la posibilidad que tiene un individuo de comprender que su participación en un proceso político singular –o sea, su entrada en un “cuerpo de verdad”– es también, en cierto sentido, una decisión histórica”.
“La condición real de la idea comunista termina en un callejón sin salida; no obstante, se trata de una idea reguladora, sin eficacia real pero capaz de fijar nuestro entendimiento a finalidades razonables.”
“La función de una idea es sostener.” “No se trata de que se realice la idea. Lo importante primero es su existencia.”
“La hipótesis del comunismo –concluye Badiou– continúa siendo la buena hipótesis. No veo ninguna otra. Si tenemos que abandonar esta hipótesis, ya no vale la pena hacer nada en absoluto en el campo de la acción colectiva. Sin el horizonte del comunismo, sin esta idea, no hay nada en el devenir histórico y político que tenga algún interés para un filósofo. Dejemos que cada uno se preocupe por sus propios asuntos y dejémonos de hablar del tema. En ese caso, el hombre de las ratas estaría en lo cierto como lo estarían, dicho sea de paso, varios ex comunistas que o bien corren ávidos tras sus rentas o bien han perdido el coraje. Sin embargo, continuar aferrados a la idea, a la existencia de esta hipótesis, no significa que debamos conservar su primera forma de presentación, que se concentraba en la propiedad y el Estado. En realidad, lo que nos impone como misión, hasta como una obligación filosófica, es contribuir a que la hipótesis pueda desplegarse en un nuevo modo de existencia.”
Así como la hipótesis de un comunismo como búsqueda de aquellos parámetros de igualdad posibles entre los seres humanos le parece a Badiou la única idea digna de un filósofo dedicado a la historia o la política, también la hipótesis de la objetividad me resulta la primera idea digna de un periodista, a menos que quiera convertirse en un cínico.
Lo que no es posible en su perfección también tiene fuerza si se trata de ideas justas. La justicia misma es un ejemplo de esas metas inalcanzables e imprescindibles.
Si se pudiera dejar de lado la idea de objetividad, todo sería mucho más fácil. ¿Para qué esforzarse en obtener datos y confirmarlos? ¿Para qué serían necesarias las costosas redacciones con periodistas especializados en cada materia, para que su llegada a los datos fuera más rápida y directa, si los datos ya no importaran?
Si de verdad no existiera la meta de la objetividad como utopía, ¿para qué serviría la técnica profesional de los periodistas que se enseña en la mayoría de las principales escuelas de periodismo de todo el mundo, donde se la cree necesaria para hallar algunas verdades, aunque sean parciales y limitadas? Entonces, si esa técnica es buena para nada, y si no hacen falta ni redacciones ni especialistas, cualquiera es periodista. Y si todos son periodistas, nadie lo es. Es un escenario ideal para los que descreen de esta profesión. Para “un mundo sin periodistas”, como denunció Verbitsky hace años.
Ser militante partidario, político profesional y funcionario público son profesiones muy respetables, que no tienen por qué tener entre sus fines máximos la búsqueda de alguna objetividad. Encarnan, por el contrario, la necesidad de ver realizada su propia subjetividad, la de una ideología, la de un gobierno, la de un sector de la sociedad.
Pero el periodismo es otra cosa. El periodista pierde su alma, su razón de ser, sin esa esperanza utópica. Lo mismo pasa con otras profesiones. ¿Se imaginan si a los jueces los corroyera la misma desesperanza sobre la objetividad a la hora de dictar sus sentencias?
Por eso, no es casual que el autotitulado periodismo militante despierte mucha más adhesión en los militantes que en los periodistas. En algunos casos, por desconocimiento de las reglas del periodismo, al que confunden con comunicación y profesiones afines a los medios. En otros, porque su pasión es ser militantes, no ser periodistas, y militar con la investidura del periodista siempre aumenta la influencia de su militancia. Pero también están los cínicos que se sienten legitimados por la bella palabra “periodista”, tras la que se esconden para llevar adelante su profesión de siempre: la de mercenarios. Estos últimos trabajarán, cada vez que puedan hacerlo, para cada gobierno de turno. Pero los otros dos grupos están poblados de personas honestas y buenas intenciones, que descubrirán su error en la medida en que el periodismo no responda a paranoia con paranoia.
Por eso les pido –usando el lenguaje del jefe de Gabinete– que sean tibios, que no respondan los ataques como se merecen quienes los agreden sino como se merece la imagen que deseen mantener de ustedes mismos.
Muchas gracias.
Me queda una posdata: El jefe de Gabinete del Gobierno nacional dijo ayer que mi sola participación como orador en la comida de cierre de la Junta de Directores de ADEPA –textualmente– “muestra a quién respondo”, refiriéndose tácitamente al duopolio de Clarín y La Nación. Esta institución –como la SIP– es acusada por sus críticos de conservadora. Yo vengo hoy aquí en agradecimiento a que durante la dictadura militar fue ADEPA la que denunció mi desaparición en 1979, cuando estuve detenido en El Olimpo; la que reclamó por la clausura de la revista que dirigía en 1982 y lo mismo al año siguiente, cuando la dictadura ordenó mi detención a disposición del Poder Ejecutivo Nacional. Y durante la década menemista fue también ADEPA la que reclamó antes que nadie por el esclarecimiento del asesinato de José Luis Cabezas, fotógrafo de Editorial Perfil, por los treinta juicios que Menem y su familia realizaron contra Perfil y por las dos bombas que explotaron en nuestra planta de impresión. Obviamente, durante el kirchnerismo hubo otras manifestaciones de apoyo de ADEPA a Perfil, pero quise rescatar las de la dictadura y el menemato porque se hicieron mientras muchos de los que hoy defienden la libertad de expresión no estaban preocupados por el tema. Mi presencia aquí esta noche es en agradecimiento por su apoyo en aquellos años.
JORGE FONTEVECCHIA

[1] CEO de Editorial Perfil

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