junio 08, 2012

Polémica entre H. Yrigoyen y el Dr. Pedro C. Molina: Preliminares - Carta con motivo del 1° aniversario de la Revolución de 1905 (1906)

POLEMICA CON EL Dr. PEDRO C. MOLINA
«Preliminares de la polémica»
Carta cordial con motivo del 1° aniversario de la Revolución de 1905
Hipólito Yrigoyen
[4 de Febrero de 1906]

Buenos Aires, febrero 4 de 1906.
Al Dr. Pedro C. Molina:
CÓRDOBA
Nunca será suficientemente sentida la adversidad de este día por sus dolorosas consecuencias y por haberse malogrado la más poderosa condensación de fuerzas con que la Nación hubiera patentizado a la faz del mundo todo el vigor de su protesta contra treinta años de oprobio y habría sido el punto de partida de la más luminosa transformación.
Que se regocijen de su obra todos los que, de una u otra manera, contribuyeron al fracaso de ese supremo esfuerzo, como los que vilipendiaron, ignorando sin duda, que cuanto mayor fuera su profanación, más hondo sería el agravio de la vindicta pública y más intrépida la reacción en prueba de convicciones profundas y de acentuados sentimientos de honor y que aquellos que laurearon el éxito, se aperciban del error, aun mirado tan sólo bajo sus exclusivos intereses.
La Nación en todos sus ámbitos fortificó la frente de los vencidos y compensó sus pesares, demostrando en todo sentido y de la manera más imponente que registran sus anales, que no son precisamente triunfos los que requiere de sus hijos, sino superiores abnegaciones y luchas fecundas concordantes con sus aspiraciones y los solemnes deberes de las horas por que atraviesa. Por eso también el movimiento radical fue más grande al día siguiente del contraste y sigue siendo en tales proporciones, que es corto el tiempo para incorporar todas las decisiones que quieren alistarse en sus filas.
Quedó triunfante el crimen una vez más y, como era fatalmente lógico que sucediera, ha seguido revelando mayores perversiones y desconciertos, precipitando a la República a los más extremados e irreparables desastres, y se rinde homenaje, hace su apología y sanciona su apoteosis.
A su frente está la Nación desangrándose desde hace veinte años en esforzada contienda, consagrando sus afanes a la reconquista de sus derechos, a la restauración de sus libertades, a la reasunción de su moralidad, al restablecimiento regular de sus gobiernos y administraciones, al funcionamiento pleno de su soberanía.
La justicia, en su más alto concepto, dirá si los sacrificios e inmolaciones rendidos en tributo a la ley de las reparaciones, son ya suficientes o si será posible que aun sean necesarios mayores desgarramientos.
Todos son iguales, gobiernos y grupos politiqueros, compuestos de elementos desechados de las camaraderías predominantes y espiando el momento de volver a su seno.
Es una descomposición de mercaderes donde nada se agita por ideal alguno de propósitos saludables, sino por móviles siempre menguados que se consienten recíprocamente y se abalanzan cuando los intereses se encuentran y no pueden ser compartidos.
Sí, son todos iguales y ni la mayor confusión de juicio ni el transcurso del tiempo ni circunstancia alguna puede modificar esa solidaridad.
Son reos de los más grandes delitos que se hayan cometido en las sociedades humanas y nadie ni nada podrá desviar la visión permanente de sus enormes responsabilidades.
Han avasallado en todas las formas a la majestad de la patria, han derrumbado todas sus instituciones, han injuriado y escarnecido todos los atributos morales, que eran la esencia de su carácter, han fijado su descrédito en todas las páginas de la historia general, han retrasado por medio siglo la amplitud de su desenvolvimiento, insumiendo y devastando gran parte de su savia, y si no la han jugado en las carpetas del mundo y no la han puesto bajo sus dominios personales ha sido por imposibilidad material de poder hacerlo totalmente.
Por eso la República se ha alzado en armas y lo hará tantas veces como se lo marquen sus sagrados deberes y sus augustos fueros. Si así no lo hiciera, sería indigna de sí misma, de su cuna, de su tradición, y de la misión que la Providencia le ha fijado en la escena universal en cuya cima figurará el día en que las naciones se congreguen para discernir lo que corresponde a cada una por sus consagraciones en la infinita obra de la civilización humana.
Pero los que han ejercido la Presidencia de la República, son los principales causantes de los males que gravitan sobre ella, porque estando en sus manos evitarlos, los han reagravado progresivamente por acción propia o conjunta, sostenidos por aquellas fuerzas militares que, desleales a la Constitución, a las leyes y a la fe nacional, de la que debieron ser su emblema más austero, se subyugan al que manda arriba de todos, cualquiera que sea su origen.
Esa es la Bastilla argentina, sobre la cual se estrellan hoy las fibras más sonoras del alma nacional, puesto que aquellos gobiernos, las camarillas y los merodeadores de todas las prevalencias, son completamente efímeros y sin consistencia alguna que desaparecerían en cuarenta y ocho horas, como ha sucedido otras veces, al primer embate de la acción pública.
La solución está, pues, en manos del Presidente actual y sólo siendo vilmente empedernido se puede renunciar al grandioso bien de la República y a su gloria inmortal.
La opinión no le requiere más que comicios honorables y garantizados, y nada más que comicios honorables y garantizados, como condición indispensable para volver decorosamente al ejercicio de sus derechos electorales. Entonces, propios y extraños se asombrarán de la magnitud de ese sólo acto como punto cardinal de las más magnas proyecciones nacionales en todas las esferas de su vida y así se verá la trascendental diferencia que hay entre una nación ahogada por todas las presiones que la circundan a una Nación respirando en toda la plenitud de su ser y difundiendo al bien común su inmenso poder vivificante.
Si desgraciadamente así no sucediera y las generaciones presentes pudieran consentir en la, continuación del oprobio simulando o aparentando en connivencia con la prensa mercantil y abyecta, resistencias que no son sino variantes del mismo oprobio; si la vida nacional siguiera siendo vivida de esa manera, sería como para estamparle en el rostro el sello del desprecio y la deshonra por la más cruel de las felonías que se puedan cometer contra el santuario de la patria y sus celestiales esperanzas.
Entretanto, prosigamos la labor, no recibiendo más inspiraciones que las del sacro sentimiento que nos anima, manteniendo siempre nuestro espíritu arriba de todas las ruindades y malevolencias propias de estas horas. Permanezcamos en el pedestal del deber y sostengamos impertérritos sobre nuestras frentes todo el peso reivindicador —que cuanto más invada la depravación mayor sea de nuestra parte la integridad y la entereza para resistirla y extinguirla. Tengamos siempre resolución y fe para continuar la obra, y unidos virtualmente a aquellos que rindieron la vida en su holocausto y solidarizados cada vez más con los que sostienen la causa de la regeneración, sin que la lava corruptora les haya salpicado, continuemos el camino trazado desde hace un cuarto de siglo.
No dejemos ni un instante de estar a la altura del sagrario de la patria, que tanta razón y conciencia nos ha dado para comprenderla; y tengamos muy presente que simbolizamos todas las irradiaciones de la más cruenta lucha después de la independencia, aquélla que ha causado los mayores mártires a la humanidad a través de los siglos, y que el calvario de los nuestros sea la luz que nos guíe e ilumine en el sendero.
Lo saluda afectuosamente.
H. YRIGOYEN

Fuente: “Ley 12839. Documentos de Hipólito Yrigoyen. Apostolado Cívico – Obra de Gobierno – Defensa ante la Corte”, Talleres Gráficos de la Dirección General de Institutos Penales, Bs. As 1949.-

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