junio 08, 2012

Carta de H. Yrigoyen a Elpidio Gónzalez, respondiendo a su invitación para presenciar la primera elección de gobernador de Córdoba, bajo la ley Sáenz Peña (1915)

REVOLUCION Y ABSTENCION
CARTA A ELPIDIO GONZALEZ, RESPONDIENDO A SU INVITACION PARA PRESENCIAR LA PRIMERA ELECCION DE GOBERNADOR DE CORDOBA, BAJO LA LEY SAENZ PEÑA
Hipólito Yrigoyen
[7 de Noviembre de 1915]

Buenos Aires, noviembre 7 de 1915.
A Don Elpidio González.
CÓRDOBA.
Me es muy satisfactorio contestar su deferente telegrama, por el cual en nombre del Comité de su digna presidencia e interpretando los sentimientos de la Unión Cívica Radical de la Provincia, me invita a pasar con Uds., la jornada del 14 del corriente. 
Las condiciones anormales en que el proceso electoral se desarrolla, me deciden a asistir a las contingencias de esa campaña, que el poder oficial plantea en términos que importan una reincidencia en las transgresiones dominantes, por medio de las cuales se detenta la representación pública.
Las informaciones de su comunicación, que han sido visiblemente comprobadas por las delegaciones de la dirección nacional, confirman las dificultades que ofrece la contienda sostenida contra un régimen acerbadamente empedernido y adueñado de todos los resortes en que radica el mecanismo electoral.
Resulta de este modo que los pueblos siguen afrontando la lucha contra el vicio y la impudicia triunfantes, parapetados detrás de la muralla que constituyen las fuerzas oficiales de la República, sin contar siquiera con una prensa nacional que levante su mente y juzgue los sucesos en su verdadero significado, pues, por el contrario con honrosas excepciones, los aplaude, considerándolos propios de una evolución civilizadora.
La opinión, así indefensa se estrella contra un baluarte de presiones y de opresiones, de perfidias y de falsedades, y si con sus esfuerzos llega a prevalecer en las urnas, en definitiva la solución le es adversa, porque el régimen ejercita su extremo recurso actuando como juez único y, en consecuencia, se pronuncia frustrando las sanciones públicas, como ha sucedido, entre otros, en ese Estado.
Aunque no es éste el momento de profundizar la dilucidación de la gravedad que entrañan tales delincuencias, no puedo sustraerme, cuando menos, a estos interrogantes:
¿No es una verdadera profanación traducir en exteriorizaciones de las más despreciables supercherías esas impresiones ardientes, de puros y saludables estremecimientos cívicos, que revelan los más elevados sentimientos patrióticos?
¿No es una inaudita malogración de la probidad del pensamiento nacional y de sus más justas aspiraciones, pretender desvanecer dolorosamente la esperanza del triunfo y de la gloria del pueblo argentino, por sus revelantes rasgos en el ejercicio de sus atribuciones soberanas, que comprenden todas las magníficas idealidades institucionales, por las cuales se debate desde hace un tercio de siglo?
¿Se consentirá por más tiempo que los poderes oficiales continúen siendo elemento malvado y fuerza rebelada contra todos los fueros de la Nación, en vez de estar revestidos de su legítima representación, en las más correctas formas de sus abstracciones superiores?
¿Habrá de ser ése el camino a recorrer en pos de los horizontes de la patria, y en la orientación para difundir todas las armonías y las grandezas de cuanta savia tienen en su seno y de cuanto fuego sagrado llevan impreso en su espíritu?
Será posible que tan vasto escenario mundial continúe siendo patrimonio de un régimen nefando, y que la reparación moral y política tenga que debatirse en tan indignos medios, sin que al fin el resultado de sus esfuerzos alcance otra solución que la de confundirse con el predominio?
¿El honor y la austeridad nacional no tienen nada más que ofrecer en holocausto a la reivindicación histórica a que está consagrada, y esas villanas ostentaciones son la expresión de su psicología moral, de su cultura política y de sus genéricos progresos?
¡Podrá pretenderse que así habremos de salvar a la Nación del enorme desastre que ha abarcado a todas sus creaciones fundamentales, sus organismos constitutivos y su poderosa y múltiple vitalidad?
¿Esos regresivos procedimientos que no hacen sino acumular mayor desdoro en cuanto acusa crecientes perversiones, serán las que han de hacer la solución de continuidad en tan hondos y arraigados males?
¿Es esa la solución con la cual ha de salir de una crisis tan profunda esta nacionalidad simbólica de todo lo magno y visiblemente destinada a la cumbre de todas las ascensiones humanas?
No, seguramente. Y no se infiera el inaudito agravio de pretender que el carácter con que se van realizando los sucesos electorales, es propio de la psicología moral del pueblo argentino, cuando es evidente que desde los primeros momentos se ha identificado en absoluto con el genio de la revolución en las actitudes más altivas y en las demostraciones más culturales.
De su seno han surgido en inconfundible expresión de ansia patriótica las acciones más brillantes y ponderativas que puedan registrar los anales de los grandes pueblos, sin que la más fugitiva sombra haya empañado siquiera su larga trayectoria en las reiteradas pruebas severamente acuñadas, en los caracteres de la más inflexible integridad moral y política, en sus imponentes recogimientos, en sus grandiosas protestas armadas y en sus poderosos movimientos electorales.
Así han culminado las más esclarecidas concepciones reivindicatorias, en absoluta unidad de pensamientos y acción, presentando el caudal fecundo de esa luminosa doctrina, que ha, vivido en constante e impertérrita lid de construcción y de labor armónica hasta llegar a constituir en este momento histórico la más formidable resistencia que se levanta frente a frente de los gobiernos alzados contra los beneficios de la paz pública, y que venciendo todas las dificultades, conducirá a la Nación a afianzarse de nuevo en el pedestal de sus tradiciones redentoras y de sus simbolizaciones orgánicas.
Esos acontecimientos han sido tan prodigiosos que no pueden concebirse con más lucidez en una situación nefanda, minada de todo orden de perversiones, y su empuje culmina las glorias de la patria en sus relieves más esplendorosos.
No debiendo por hoy internarme más en el examen de las cosas que se bosquejan, tan contrarias a las mejores visiones del espíritu, desviando a designio las que permitirían elevarle en el bellísimo rango de sus conceptos superiores, para redimir de todas sus absorciones y asperezas en esta hora de la vida nacional, de contornos tan expectantes y grandiosos, sólo me resta reiterar a ustedes mi adhesión más absoluta.
H. YRIGOYEN

Fuente: “Ley 12839. Documentos de Hipólito Yrigoyen. Apostolado Cívico – Obra de Gobierno – Defensa ante la Corte”, Talleres Gráficos de la Dirección General de Institutos Penales, Bs. As 1949.-

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