julio 12, 2012

Discurso de Fidel Castro celebrado en honor de las madres de las jóvenes campesinas que se encontraban estudiando en la Habana (1961)

DISCURSO EN EL ACTO CELEBRADO EN HONOR DE LAS MADRES DE LAS JÓVENES CAMPESINAS QUE SE ENCONTRABAN ESTUDIANDO EN LA HABANA, EFECTUADO EN LA CIUDAD DEPORTIVA
Fidel Castro
[14 de Mayo de 1961]

― Departamento de versiones taquigráficas del Gobierno revolucionario ―

Queridas madres campesinas; Jóvenes campesinas;
Visitantes:
En el día de hoy todos nosotros hemos tenido la oportunidad de presenciar, con este acto y también con el encuentro entre las brigadas juveniles, las brigadas de alfabetización y sus familiares, uno de los actos más emocionantes entre los muchos que la Revolución nos ha permitido presenciar.
Es muy poco lo que nosotros podremos añadir a lo que todos hemos tenido oportunidad de ver y de palpar. ¡Cuántas cosas pudiéramos decir, en una ocasión como ésta! En primer lugar, expresar nuestra satisfacción por ver ya convertida en realidad las ideas de la Revolución. ¡Ojala se hubiesen podido reunir antes 8 000 madres campesinas y 8 000 jóvenes estudiantes de nuestras montañas y nuestros llanos! ¡Ojala no hubiese sido necesario esperar casi dos años y medio! ¡Ojala la Revolución pudiera llevar sus frutos más prontamente a cada hogar necesitado de su ayuda!
Y no ha podido ser antes, porque fueron muchas las tareas que teníamos por delante, y también porque ha sido mucha la energía que la Revolución ha tenido que invertir en defensa de la patria y de los derechos conquistados.
Sin embargo, es una buena prueba de lo que es capaz nuestro pueblo este hecho de que ni siquiera el ataque mercenario haya sido capaz de interrumpir la obra de la Revolución. Cuando en la mañana del 15 de abril los aviones del imperialismo dejaron caer su fardo de bombas y de metralla sobre varios puntos de nuestro país, cuando estábamos evidentemente ante los primeros síntomas de la agresión cobarde y criminal, nuestro pensamiento en ese instante, más que en los propios hechos o en las propias medidas de tipo militar —pues nosotros estábamos absolutamente convencidos de que derrotaríamos cualquier enemigo que invadiera nuestra tierra—, más que en la batalla próxima, pensábamos en si aquella cobarde agresión interrumpiría o no la obra de la Revolución; pensábamos si aquella agresión cobarde podía interrumpir la campaña de alfabetización, o bien podría causar mella en el torrente de jóvenes que desde todos los rincones de la isla estaban moviéndose hacia las escuelas que habíamos organizado en la capital de la república.
Esa obra necesitaba del esfuerzo de muchas personas. Y al momento del ataque, era necesario movilizar al pueblo, era necesario movilizar a decenas de miles de trabajadores; muchos de esos trabajadores que estaban acondicionando las casas y los edificios para los estudiantes; muchos de esos trabajadores de las industrias, que estaban construyendo camas, sábanas, almohadas, colchonetas, equipos de cocina y todo el material que se necesitaba para echar a funcionar las escuelas. Y esos obreros tenían que abandonar sus talleres para ir a empuñar las armas; y el transporte tenía que ponerse casi por entero al servicio de las necesidades de la defensa de la Revolución.
Y eso era lo que más nos amargaba. Y por eso fueron también nuestras primeras palabras para exhortar a los compañeros revolucionarios, a las compañeras de la Federación de Mujeres Cubanas, a los compañeros de la Comisión de Alfabetización, y a todos exhortarlos a que teníamos que librar la batalla sin interrumpir los planes de educación y de alfabetización; que no importaba que derrotáramos a los enemigos en los campos de batalla, si eran capaces de interrumpir la campaña de alfabetización en las escuelas que estaban funcionando ya a plenitud; que para nosotros, si el imperialismo lograba interrumpir esos planes, sería tan duro como una derrota.
Que no importaban nuestras victorias en el campo militar, si no éramos capaces de continuar adelante nuestras victorias de creación, de educación y de paz; porque al fin y al cabo, en los campos de batalla se estaba luchando por algo; en los campos de batalla estaban muriendo los hombres por algo. Y ese algo era esto, ese algo eran estos miles y miles de jóvenes que han tenido hoy la oportunidad que jamás habrían tenido de venir a una escuela.
Estaban defendiendo esta extraordinaria campaña que erradicará en un solo año el analfabetismo de nuestro país; estaban luchando por defender toda la obra de la Revolución, por defender todas las conquistas de la Revolución, por defender todos y cada uno de los beneficios que la Revolución ha llevado al pueblo.
En los campos de batalla se estaba luchando por esta obra, y por eso era necesario no solamente derrotar allí al enemigo, sino también hacerlo incapaz de retrasar un solo minuto el avance de la Revolución. Y por eso, al poder reunirnos aquí en esta noche, al poder presenciar este anfiteatro absolutamente repleto de madres campesinas y de jóvenes campesinas, y después de presenciar hace algunas horas una reunión similar entre los brigadistas alfabetizadores y sus madres ; después de presenciar ese espectáculo es por lo que creo que la Revolución ha salido victoriosa no solamente en los campos de batalla, sino que la Revolución ha hecho posible que no se interrumpa la obra y que no se retrase un solo minuto el trabajo revolucionario, y que esta victoria, es una victoria tan honrosa como la victoria obtenida en los campos de batalla .
A los campesinos y a las madres campesinas no hace falta hablarles mucho de lo que era el pasado: ellas lo saben mejor que nadie. Con los campesinos había que hablar poco, las palabras bastaban: era necesario hacer. Y la Revolución más que con palabras, ha hablado con hechos. Nosotros no queremos aquí hacer el elogio de esta obra. La Revolución no tiene por qué estar repitiendo incesantemente lo que ha hecho. Además, lo que la Revolución ha hecho era sencillamente un deber; lo que la Revolución ha hecho era sencillamente una cuestión de justicia. No es lo que el gobierno le entregara al pueblo, sino lo que el pueblo tenía derecho a recibir; lo que el pueblo debía recibir, porque era suyo . Y el gobierno, sencillamente, tenía que limitarse a cumplir con el deber. Y la Revolución, y los hombres del gobierno, no les han hecho ningún favor a los campesinos; la Revolución y el gobierno no les han dado nada a los campesinos. La Revolución y el gobierno no han hecho más que cumplir con su deber; la Revolución y el gobierno no han hecho más que trabajar como todos, como los propios campesinos trabajan en sus tierras, como los propios obreros trabajan en sus industrias. Nosotros no hemos hecho más que trabajar y no podemos decir que“damos” lo que al pueblo le pertenece, no podemos decir que sea un favor al pueblo, es, sencillamente, trabajar cumpliendo el deber.
Pero era necesario que los hombres cumplieran el deber, era necesario que los gobernantes supieran cumplir el deber, y es deber de los gobernantes hacer justicia, es deber de los gobernantes trabajar para el pueblo. Y sencillamente hacía falta eso, que los hombres y los gobernantes cumplieran sus deberes para con el pueblo.
Ni siquiera somos acreedores a ninguna consideración especial, nosotros hacemos lo que hacen todos, y lo mismo que los campesinos en sus tierras que la cultivan, que la cosechan, y con su esfuerzo ayudan al país, y con su esfuerzo ayudan a satisfacer todas las necesidades, y los obreros en las fábricas que han tejido, que han elaborado todos los vestidos que ustedes traen, y los que han escrito los libros con que ustedes estudian, y los que han edificado los edificios donde ustedes están aprendiendo, sencillamente trabajaron y cumplieron su deber.
Y el país marchará adelante victoriosamente, el país seguirá progresando hasta lo infinito, en la misma medida en que todos ustedes y nosotros, sepamos cumplir con el deber.
Y la patria del mañana será todavía mejor que la patria de hoy; y el bienestar del pueblo mañana será incomparablemente superior al bienestar del pueblo hoy, y esas 8 000 campesinas que están aquí estudiando en La Habana, no serán sino como una pequeña vanguardia del enorme número de estudiantes, hijos de obreros y campesinas, que recibirán la oportunidad de estudiar.
El presente no es más que una pequeña muestra de lo que será el porvenir. Y nosotros decimos, con toda sinceridad, que estamos enamorados del porvenir; nosotros decimos con entera franqueza que el porvenir de la patria, el futuro extraordinario de nuestro país, es algo que nos mueve a luchar más que ninguna otra cosa. Nosotros podemos afirmar que no nos sentimos satisfechos por el presente, y que el mayor aliento que a todos nos impulsa es la idea del mañana, es la idea del futuro.
Y para el futuro estamos trabajando todos, para el futuro estamos luchando. ¿Y qué es el presente si pensamos en lo que será el mañana? ¿Qué son 8 000 estudiantes si pensamos en las decenas y decenas de miles de estudiantes del mañana?
Hoy estamos simplemente sembrando la semilla. Hacemos lo que hacen los campesinos en las montañas, y la mayor parte de ustedes son campesinas de las montañas. Primero desmontan, primero tumban el monte, después esperan la época de la seca, queman, y después cultivan, y después, para recoger un grano de café o de cacao, tienen que esperar tres, o cuatro, o cinco años. Mientras tanto, van recogiendo lo poco que aquellas tierras van produciendo en frutos menores.
Desde luego que los campesinos cultivaron sus tierras con mucho trabajo; muchas veces como simples colonos obligados a pagar una parte de su producto, otras veces como precaristas viviendo constantemente en el temor a los desalojos. ¡Ni soñar siquiera en una escuela, ni soñar siquiera en un maestro para ir a enseñar a sus hijos, ni soñar en caminos, ni soñar en hospitales, ni soñar en créditos ni soñar en ayudas! A aquellos campos iban o el sargento a cobrar allí sus privilegios, o el politiquero inmoral que iba allí comprando cédulas y engañando al pueblo.
Ya aquellos tiempos afortunadamente pasaron y pasaron para siempre. Para enviar un maestro a aquellos campos no será necesario que nadie tenga que recogerles las cédulas a los campesinos, para enviar una medicina a aquellos campos, o para construir un hospital en aquellos sitios apartados y necesitados no será necesario que se presente allí ningún manengue, ningún farsante, ningún hipócrita a hacer promesas, ni a pedir allí a cambio de sus servicios, que la república está obligada a prestar, el voto de los campesinos.
...Ya no será necesario ir a tocar a las puertas de un politiquero para ingresar en un hospital o para enviar a un hijo a estudiar. Ya no será necesario que se trate de un huérfano, como si para tener el derecho a estudiar sea previamente necesario establecer la desgracia de perder a sus padres. No. Porque tan necesitado es un campesino hijo de campesino humilde, como el hijo que no tiene padres, porque la pobreza es prácticamente la misma. Ya no será necesario nada de eso.
Y cuando se convocó a los jóvenes a estudiar la única instrucción que se dio es que tuviesen determinada edad, y que todas las jóvenes de las montañas que quisiesen venir a estudiar a la capital, tenían la oportunidad de hacerlo.
Los enemigos de la Revolución no podían soportar eso, los enemigos de la Revolución comprendían lo que significaba una obra revolucionaria como esa, como comprendían lo que significaba el envío de 100 000 alfabetizadores a los campos, como comprendían lo que significaba el envío de miles de maestros permanentes a las montañas. Los enemigos de la Revolución sufren y se les hace insoportable la obra misma de la Revolución, y hacen cuanto está en sus manos para impedirlo, hacen cuanto está en sus manos para impedir que los beneficios de la Revolución lleguen al pueblo; saben que a medida que la Revolución avance y la Revolución construya, la Revolución será más fuerte, el apoyo será más sólido, y tendrán que enfrentarse con un pueblo cada vez más preparado...
Los que luchan para que se vuelva al pasado, los que luchan para regresar a aquel pasado sin maestros, a aquel pasado sin libros, a aquel pasado sin caminos, a aquel pasado de latifundismo, de despojo, de desalojo y de abusos contra el pueblo, los que luchan por regresar a aquel pasado en que un ciudadano no valía nada, en que un hombre humilde del pueblo no valía nada; a aquel tiempo en que a un manengue cualquiera, a un esbirro cualquiera, a un sargento de la tiranía o de aquellos ejércitos que estaban al servicio del privilegio había que rendirles todos los tributos; los que luchan para que se regrese a aquel tiempo en que un ser humano era tratado como un animal, o peor todavía que un animal, los que luchan para que se regrese a aquel tiempo de infelicidad para los campesinos, a aquel tiempo de abuso, los que luchan para que todo el pueblo vuelva a ser como un inmenso rebaño trabajando para unos cuantos, los que luchan por regresar a aquellos tiempos sin derechos, saben qué difícil es ese regreso cuanto más el pueblo se prepare, cuanto más el pueblo aprenda, cuanto más el pueblo se eduque.
Los que luchan por el regreso de ese pasado, saben que no era lo mismo oprimir ayer a un país que tenía más de un millón y medio de analfabetos, que oprimir a un país en que cada ciudadano conozca sus derechos, en que cada ciudadano sepa leer y escribir.
Y entre los muchos males que agobiaban y hacían sufrir a los hombres y a las mujeres del campo, pocos tal vez como el del analfabetismo. La pobreza era un mal, el hambre era un mal, la falta de protección era un mal, el latifundio era un mal, los desalojos eran males, pero entre todos los males materiales y morales que soportaba el pueblo, quizás ninguno era tan humillante para él campesino como el analfabetismo, quizás nada le dolía tanto a un campesino como tener que confesar que no sabía leer ni escribir, quizás nada le resultara tan duro a un hombre o a una mujer campesina como la infelicidad de sentirse analfabeto.
Y cuando se le preguntaba por qué no sabía leer ni escribir, la respuesta era invariablemente la misma: no había escuelas donde yo crecí, no había escuelas donde yo vivía cuando era niño, no había maestros; nosotros no pudimos aprender a leer ni a escribir y por eso queremos escuelas, queremos que por lo menos nuestros hijos aprendan, queremos que si nosotros no aprendimos a leer ni escribir, nuestros hijos no sean analfabetos como nosotros, nuestros hijos tengan la suerte de aprender a leer y a escribir para que nadie los engañe, para que nadie abuse de ellos, para que no se sientan infelices.
Y la sed mayor de cualquier madre y de cualquier padre, más todavía que la necesidad de pan, más todavía que la necesidad de tierra, sentían la sed y la necesidad de tener maestros y de tener escuelas, porque comprendían que eso era lo que ayudaría a sacarlos de aquella situación de pobreza, de abuso y de explotación en que vivían.
Por eso la Revolución no podía limitarse solamente a dar la tierra, a establecer que ningún campesino tuviese obligación de pagarle a nadie una parte de sus productos, porque sabido es que muchos campesinos que cosechaban, por ejemplo, café, o tabaco, tenían que darle al dueño de la tierra hasta la tercera parte de lo que cosechaban. Quizás aquel dueño nunca había ido por las montañas, quizás no sabía siquiera el color ni las características de aquella tierra; sin embargo, aquel propietario ausente tenía el derecho a recibir una parte considerable de lo que con tanto sacrificio y con tanto sudor los campesinos producían en los campos.
La Revolución no solo tenía que preocuparse por la tierra, por brindarles créditos y facilidades a los campesinos, sino que tenía que preocuparse también, fundamentalmente, por fundar muchas escuelas y brindarles la oportunidad a todos los hijos de los campesinos para estudiar. Y llevar esos beneficios al campo, sobre todo a las montañas, no era fácil; todo se dificulta en las montañas: los caminos en las montañas son más costosos, necesitan más equipos, son más difíciles. En las montañas no hay comunicaciones; en las montañas no hay ni siquiera datos, muchas veces, de las cosas más necesarias. En las montañas se requería un esfuerzo mayor. Era mucho más fácil resolver el problema en los llanos: bastaba enviar unas cuantas docenas de maquinarias agrícolas pesadas, y a los pocos días había cientos y miles de obreros trabajando. Sin embargo, la solución de los problemas en las montañas eran siempre más complejos, más difíciles, y nos han dado una tarea más dura.
Pero afortunadamente se han ido venciendo todas esas dificultades, y se ha ido llevando a las montañas los maestros, los alfabetizadores, las escuelas, los hospitales, los caminos y los planes de educación.
Sé cómo piensan muchas de ustedes, sé las cosas que les están preocupando hoy y que también nos preocupan a nosotros. Un gran número de compañeras campesinas nos han expresado su deseo de continuar estudiando después de transcurrido este curso. Es preciso que razonemos sobre eso: quedan en los campos cientos de miles de campesinas que no han aprendido lo que ustedes están aprendiendo aquí, cientos de miles de campesinas que no saben coser, que no saben hacerse un vestido ni saben cómo hacérselo a los hijos.
Hemos visto lo que han adelantado ustedes, hemos visto algunas exposiciones, y es realmente admirable los conocimientos que han adquirido en muy pocos meses.
A la Revolución no le sería imposible facilitarles la oportunidad de seguir estudiando a cuantas jóvenes campesinas fuese necesario, pero entonces, ¿cómo vamos a enseñar a las cientos de miles de campesinas que no han podido venir a La Habana? Ustedes han venido de las cooperativas, de las montañas, y seguirán viniendo de las granjas del pueblo, más jóvenes todavía de las cooperativas, de las asociaciones campesinas; es decir que tenemos aquí ya unas 8 000 estudiantes, y dentro de quince o veinte días —fines de este mes, principio del otro mes— llegaremos aproximadamente a 15 000 campesinas estudiando.
Si todas, cuando terminen el curso, se quedan aquí estudiando, ¿qué pasa? Desde luego, las compañeras que están estudiando asistentes para círculos sociales, pues comenzarán a realizar sus tareas, porque se necesitan en los círculos sociales; y las que están estudiando corte y costura, y terminarán algunas dentro de tres meses, otras dentro de cinco, y las que acaban de comenzar dentro de seis meses, si se quedaran todas estudiando, entonces, ¿quién enseñaría en los campos?, ¿quién enseñaría a las demás jóvenes y a las demás campesinas?
Nuestro plan era que al terminar el curso marcharan a los campos con una máquina de coser cada una de ellas, y por lo menos durante un año enseñaran gratuitamente a las demás campesinas. De esa forma, entonces, con 10 campesinas que enseñe cada una de ustedes tendremos 150 000 jóvenes y madres campesinas que sabrán coserse y coserles la ropa a los hijos.
La Revolución les entregará gratuitamente una máquina de coser; la Revolución ha invertido considerables recursos en prepararlas a ustedes gratuitamente. Eso es lo único que queremos: que por lo menos enseñen a 10 más. Eso es de suma importancia. Por eso a todas no las podemos dejar estudiando aquí; podremos dejar unas 2 000. Por lo menos pronto sí vamos a necesitar escoger 1000, de las que tengan vocación, para instructoras de danza; en la escuela de instructores de danza... Escuela de instructores de arte, en que pensamos escoger, entre ustedes 1000, para que estudien como instructoras, para que después vayan a las granjas del pueblo y a las cooperativas, a enseñar allí en los centros escolares. Mil; quedan 14 000. Muchas han dicho que quieren estudiar otras cosas, y en realidad hay muchas jóvenes que bien valdría la pena darles una oportunidad de estudiar. Pero primero hace falta que enseñen a las demás campesinas.
Hay una fórmula para las que quieran seguir estudiando. Desde luego algo que ustedes hacen, que es portarse bien, buena disciplina, ser aplicadas. Entre todas aquellas jóvenes que tengan disciplina, se porten bien y sean aplicadas, todas las que quieran después seguir estudiando les podemos dar una oportunidad, después de estar enseñando por lo menos seis meses en el campo. Porque importa mucho enseñar también a las demás.
Y entonces las que quieran ganarse ese derecho, se van y enseñan intensamente a un número determinado de campesinas, y cuando ya puedan presentarse con una exposición del trabajo que han hecho, solicitar entonces una beca para seguir estudiando.
Esa es una forma de resolver el problema, porque sería triste que ustedes hubiesen aprendido, después se quedaran todas aquí: muy bien, ustedes aprenderían mucho, pero entonces cientos de miles de campesinas no tendrían ni siquiera la oportunidad de aprender a coser una batica para un hijo.
Por eso deben esforzarse en el estudio, en el comportamiento, adelantar lo más posible para que cumplan esa tarea y se ganen el derecho a seguir estudiando.
Ya llegará el día en que cualquier joven del campo, alumno de esas escuelitas que se han hecho con los maestros voluntarios y con otros maestros, llegará el día en que cualquiera de esos jóvenes que sea aplicado, que tenga vocación por el estudio, reciba la oportunidad de estudiar en nuestros centros secundarios y en las universidades
. Si ahora quisiéramos llenar esas universidades de campesinos, no podríamos, porque no tuvieron escuelas; no pudieron pasar, en muchos casos, ni del primer grado; no pudieron estudiar la enseñanza secundaria, ¿cómo podrían ingresar en las universidades?
Pero para los niños de hoy no habrá la misma situación. Ya todos esos niños tienen maestros, ya todos esos niños pueden estudiar hasta sexto grado; ya los niños que se destaquen en aquellos sitios apartados de las montañas, serán escogidos para enviarlos a las ciudades escolares. Y aquellos jóvenes aplicados, para todos absolutamente, que lleguen a 6to grado, tendrán oportunidad de seguir estudiando sin que le cueste absolutamente nada a la familia.
Antes había que ser hijo de rico, antes había que ser hijo de latifundista, hijo de hombre acomodado; antes el poder estudiar era oportunidad que solo tenían los hijos de los adinerados, aunque no tuviesen inteligencia. ¿Que eran algunos muy brutos? Eso no importaba: tenían dinero, e iban a las mejores escuelas. Si se trataba de un campesino humilde, un joven muy inteligente, muy inteligente, que pudiera servir a su país de muchas maneras, no importaba tampoco que fuera inteligente: no tenía dinero. Y mientras el hijo del rico iba a estudiar en aquellas escuelas, muy lujosas, con todas las comodidades, allí se quedaba el hijo del campesino pobre destinado a seguir trabajando toda su vida para enriquecer a aquel señor rico, para que aquel señor rico sí pudiera mandar a sus hijos a estudiar, y sí pudiera irse de paseo, y sí pudiera venir a La Habana, y sí pudiera conocer las playas, y sí pudieran viajar al extranjero, tener automóviles.
¿Conocieron ustedes, alguna vez, algún campesino de las montañas de la Sierra Maestra, o de Baracoa, que tuviera un Cadillac? (EXCLAMACIONES DE: “¡No!”) ¿Vieron ustedes a algún campesino de las montañas viajar en Cadillacs, no ya Cadillacs... En primer lugar, no había caminos; y, en segundo lugar, aquellos campesinos no tenían ni para comprar una bicicleta.
Y mientras los campesinos allí vivían con tantas privaciones, sin caminos, sin escuelas, sin médicos, sin maestros, sin trabajo, sin créditos, había una minoría que vivía aquí, en esta capital, que tenía una o varias máquinas, que disponía de cuantiosas fortunas, salidas del sudor y del esfuerzo del pueblo; que lo tenían todo, que disfrutaban todo, a cambio de que los demás no tuvieran nada.
Ellos no necesitaban que los hijos de los campesinos estudiaran, ni querían que los hijos de los campesinos estudiaran. Ah, porque si los hijos de los campesinos estudiaban, ¿quién iba a trabajar, después, como esclavos, para el latifundista y para el explotador?, ¿quién iba a trabajar después para ellos? A ellos no les convenía que las jóvenes campesinas fueran a las escuelas, porque si las jóvenes campesinas estudiaban, y aprendían, y se capacitaban para trabajar en una industria, o iban a los institutos, o iban a las universidades, ¿quién les iba a lavar y a planchar a ellos?, ¿quién les iba a cocinar?, ¿quién iba a trabajar para ellos? ¡No!
¿Cuál era el destino de una joven pobre del pueblo? ¡Para qué decir aquí!, ¡para qué decir aquí su falta total de esperanza!, ¡para qué decir aquí que tenían que escoger los trabajos más ignominiosos! Tenían que venir a trabajar, por lo general, a las ciudades, donde eran objeto de todas las humillaciones y de todos los abusos. ¡Y cuántas jóvenes humildes se perdían después en la gran ciudad!, ¡cuántas jóvenes humildes se extraviaban!, y, ¡qué triste destino, qué triste destino era el destino de las mujeres pobres y humildes de nuestro pueblo! Antes, unos pocos viviendo del trabajo de los demás; unos pocos, interesados en mantener al pueblo en la ignorancia, trabajando para ellos. ¡Y en qué casas vivían! ¡Para qué contarles a ustedes, si ustedes sí saben bien en qué casas vivían esos señores! Porque son las mismas casas donde ustedes hoy, una gran parte de ustedes, están residiendo; y son las casas donde van a residir 8 000 campesinas más.
¿Qué quiere decir eso? Que donde antes podían vivir unos pocos, hoy pueden vivir, estudiar y ser felices, decenas de miles de jóvenes humildes del pueblo, que hoy, ya pueden decir que la Revolución les ha dado, a ellas lo que antes los latifundistas les han dado a los hijos. Entonces, los “hijísimos” de esos señores sí tenían derecho a todo. ¿Bañarse en una playa?, ellos; ¿aprender a bailar el zapateo?, ellos; ¿ponerse un vestido bonito?, ellos; ¿tener una fiesta?, ellos; ¿o ir a escuchar a nuestros magníficos artistas, nuestros magníficos músicos?, ¡ellos solos!; ¿un día de júbilo?, ¡ellos solos!; ¿un regalo para las madres?, ¡ellos solos!, ¡qué iban a poder regalarles las jóvenes humildes a sus madres!
Todo, ellos solos: pasear, estudiar, prepararse. Para los demás, nada. Entonces, la Revolución ha hecho posible que cualquier joven humilde tenga lo que antes exclusivamente tenían unos pocos; con una diferencia: que se es mucho más feliz cuando se sabe que lo que uno tiene lo tienen los demás. ¡Y no concebimos la felicidad de aquellos señores, ni concebimos cómo podían sentirse bien, cuando sabían que esos beneficios eran un privilegio, a costa de que la inmensa mayoría del pueblo no tuviera nada!
Y hoy, ustedes se sienten felices de pensar que no son ustedes solas, que eso no se lo quitan a nadie, que todas sus compañeras del campo tienen las mismas oportunidades que ustedes, y que ese beneficio, eso, es producto del trabajo del pueblo. Si ustedes pueden tener esas escuelas, recibir esos vestidos, vivir en esas casas, no es porque se lo regale nadie, no es porque se lo regale el gobierno. El gobierno administra, el gobierno no regala; eso lo produce el pueblo, eso lo produce el trabajador con su esfuerzo, eso lo produce el campesino con su esfuerzo. La leche que ustedes consumen todas las mañanas, la carne que ustedes consumen todos los días, el pan que ustedes consumen todos los días, es pan, es carne y es leche que producen los obreros en las cooperativas, en las granjas, en las asociaciones, en las pequeñas parcelas de tierra que poseen; el café que ustedes toman, es el café que cultivan sus padres en las montañas.
Y eso, ¿quién lo paga? Lo paga el pueblo. Esa es la parte de la producción nacional, esa es la parte del esfuerzo de todos, que se dedica a satisfacer necesidades comunes. Por ejemplo, hay que pagar un maestro, hay que pagar al médico, hay que pagar las construcciones, hay que pagar los caminos, hay que pagar las casas, hay que pagar las maquinarias; pues, todo eso se paga con aquella parte del producto del trabajo del pueblo que se separa para eso. Es decir que es el pueblo, con su esfuerzo, lo que hace posible que los hijos del pueblo tengan escuelas, puedan ir a los centros superiores, puedan ir a las universidades y puedan participar, como todos ustedes, de todos estos beneficios.
Y, ¿qué es lo más bonito?, ¿qué es lo ideal? ¿Acaso que unos pocos puedan disfrutar?, ¿que tan solo un puñado de miles de campesinas puedan recibir esta oportunidad? Ustedes me dirán qué sería lo justo, ustedes me dirán qué sería lo ideal; y yo les pregunto si lo mejor es que sean unas pocas o que sean todas las campesinas las que puedan recibir eso (EXCLAMACIONES DE: “¡TODAS!”)
Lo ideal es que todos los jóvenes, sin excepción, que todas las familias, sin excepción, puedan recibir estos beneficios, y que cualquiera de las madres campesinas, cualquiera de las madres campesinas que hoy están aquí, o que están en el campo, cualquiera de esos cientos de miles de madres campesinas, pueda decir, al revés de ayer:“Mi hijo sí aprenderá a leer y a escribir; mi hijo sí tendrá oportunidad de ser, si tiene inteligencia, podrá llegar a ser hasta médico, hasta ingeniero, hasta arquitecto, podrá ser maestro, podrá ser profesor” .
¿Cómo podía, antes, esa campesina pensar en la posibilidad de que su hijo, su hijo inteligente, pudiera ser ingeniero?, ¿cómo?, ¿si ella no era dueña de un latifundio, si ella no era dueña de un central azucarero, si ella no era dueña de un gran rebaño, cómo su hijo, inteligente, su hijo querido, podía llegar a estudiar? Antes sabía que su hijo se quedaría ignorante, se quedaría analfabeto; y que, como ellos, cuando fuese un hombre, tendría que vivir en la tristeza de no saber siquiera leer y escribir. ¡Y qué hermoso es que cada madre cubana, qué hermoso es que cada madre humilde de la patria, qué hermoso es que cada mujer obrera, y cada mujer campesina tenga asegurado el derecho de sus hijos al estudio, tenga asegurado el derecho de sus hijos a los mejores colegios, y a las mejores universidades!
Y esa hermosa realidad es lo que la Revolución hace posible, la hermosa realidad de erradicar el desempleo, de erradicar el hambre, de erradicar la desnutrición, la hermosa realidad de forjar una patria nueva, un pueblo nuevo, cuyo futuro ha de ser un futuro más feliz, ha de ser un futuro donde habrá mayor abundancia de todo. ¡Tiene que llegar ese día, en que en cada casa campesina se encienda una luz eléctrica!, ¡tiene que llegar ese día, en que cada zona campesina tenga sus caminos!, ¡tiene que llegar ese día en que haya pan y alimento abundante en cada familia!, ¡tiene que llegar ese día en que haya siempre médicos, siempre medicinas, siempre ropa, siempre zapatos, siempre libros, siempre la tranquilidad de que no va a faltar la medicina, ni va a faltar el pan! Y no solamente que se van a alimentar, sino que se van a alimentar bien; ¡tiene que llegar ese día, en que diariamente se consuma leche, y se consuma carne, o se consuma pescado, o se consuma huevos!, ¡tiene que llegar ese día, en que haya una dieta elevada!, ¡tiene que llegar ese día, en que haya calcio para todos los huesos de los campesinos y de las familias humildes!, ¡tiene que llegar ese día, en que haya grasa, y en que haya alimentos suficientes para todos!, ¡tiene que llegar ese día, en que en cada mesa haya lo necesario, no solo para mitigar el hambre —porque el hambre en sí, el hambre física, se puede mitigar con un plato de malanga, pero un plato de malanga, solamente, no es capaz de brindar al niño lo que necesita para crecer, no es capaz de brindar al niño los elementos nutritivos que necesita para desarrollarse, no es capaz de brindarle las energías que necesita el obrero para su trabajo; no, puede matar el hambre física, pero no satisface todas las necesidades—, tiene que llegar el día en que en cada mesa haya todos los elementos nutritivos necesarios!
Por eso tenemos que desarrollar la riqueza del país, por eso tenemos que aumentar extraordinariamente la producción de granos, la producción de ganado lechero, de ganado de carne, tenemos que desarrollar nuestras cooperativas pesqueras; en dos palabras: tenemos que producir mucho más, porque hay una manera de que todos podamos tener el doble de lo que tenemos hoy, y es produciendo el doble, que podamos tener doble número de vestidos, doble alimentación, doble de libros, mejor casa, mejores medios de vida, cuando aumentemos, cuando seamos capaces de aumentar la producción. Por eso es importante que trabajemos, por eso es importante que nos esforcemos por aprender, por eso es importante que desarrollemos nuestra economía, porque solo hay un remedio contra la escasez, solo hay un remedio contra el hambre, solo hay un remedio contra la pobreza: producir más, producir más y producir más.
Y para producir más, necesitamos trabajar, necesitamos estudiar, necesitamos medios técnicos; y mientras más estudiemos, mientras más desarrollemos nuestras técnicas, produciremos más con menor esfuerzo, será más rico nuestro pueblo, con menos esfuerzo.
Hoy, ¿qué somos? Somos un pueblo que está construyendo el futuro, somos como un grupo de obreros que levantan una casa: primero hacen los cimientos, después hacen las columnas, después ponen los primeros ladrillos, y después ponen el techo, y así trabajan, hasta tener la casa. Nosotros somos como esos obreros, que estamos construyendo los cimientos de la patria nueva.
Por eso, tenemos que esforzarnos, tenemos que estudiar, tenemos que trabajar, tenemos que poner nuestra vista en el futuro, tenemos que vivir pensando en ese futuro, tenemos que vivir enamorados de ese futuro; no pensar tanto en el presente como en el futuro; no pensar tanto en nosotros, que ya nosotros en el futuro iremos envejeciendo, iremos desapareciendo, pero irá creciendo esta juventud, irá surgiendo esta juventud de la cual los hijos de ustedes, madres campesinas, forman parte; esta generación en la cual ustedes, jóvenes campesinas, son ya parte. ¡El futuro es de ustedes! ¡La patria que se edifica será para ustedes, para los hermanitos de ustedes que quedaron en los campos, para los hermanitos de ustedes que quedaron en las montañas!
Nosotros pensamos como los padres de ustedes. Yo estoy seguro de que ellos hoy son felices; ¿son felices porque estén estudiando en las escuelas? ¡No! Eso a ellos no les importa, no les importa: ¡ellos son felices porque ustedes están estudiando en las escuelas!
Y si se les pregunta qué prefieren, que ustedes estudien o tener ellas la oportunidad, o haberla tenido incluso ellas, estoy seguro de que ellas han preferido y habrían preferido siempre que no ellas, sino ustedes, sus hijas, que hayan tenido esta oportunidad; ustedes, que hayan tenido la oportunidad de sentirse felices, y ellas se sienten felices más que ustedes, porque ellas son madres.
Ellas piensan en ustedes más que en ellas mismas; ellas no piensan en sí mismas, ellas piensan en ustedes; ellas no piensan en el presente, ellas piensan en el porvenir.
Y aunque esas madres no hayan tenido escuelas, aunque esas madres no hayan podido venir a la capital, aunque esas madres no hayan podido tener todo lo que han tenido ustedes, han tenido mucho, ¡porque han tenido la felicidad de ver que ustedes lo tienen!, ¡han tenido la felicidad de ver que sus hijas lo tienen!
Y esto nos enseña, esto nos enseña que muchas veces se puede ser más feliz viendo que los demás tienen, viendo que los demás son felices. Y así también los hombres de esta generación, también habríamos deseado tener muchas cosas que hoy tiene la juventud. No las tuvimos, pero no importa: ¡nosotros nos sentimos felices de ver avanzar esa juventud a la cual le pertenece por entero la patria de mañana!
Y nos sentimos felices de trabajar para ellos; y nos sentimos felices de ver felices a esas madres, a esos padres. Y así todos: unos por lo que ya tienen, otros por lo que tendrán; y todos nos sentimos felices por la obra de la Revolución, por ver la patria marchar hacia adelante, por ver el futuro que tendrá nuestro país, futuro por el cual trabajamos y por el cual luchamos.
Futuro por el cual han caído tantos jóvenes valerosos; futuro por el cual han muerto jóvenes obreros, jóvenes campesinos; futuro que han regado con su sangre honrada los hijos de este pueblo; futuro que han regado con sus lágrimas las madres que han perdido a sus hijos en el combate; ¡futuro al que es acreedor un pueblo que trabaja!
¡Vivan las madres campesinas!
¡Viva el pueblo!
¡Viva el futuro!
¡Patria o Muerte!
¡Venceremos!
FIDEL CASTRO RUZ

Fuente: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos

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