julio 12, 2012

Discurso de Fidel Castro del 1° de Mayo (1961)

DISCURSO RESUMIENDO LOS ACTOS DEL DIA INTERNACIONAL DEL TRABAJO. PLAZA CIVICA
Fidel Castro
[1° de Mayo de 1961]

― Departamento de versiones taquigráficas del Gobierno revolucionario ―

Distinguidos visitantes de América Latina y de todo el mundo; Combatientes de las Fuerzas Armadas del pueblo;
Trabajadores:
Llevamos catorce horas y media de desfile. Creo que solo un pueblo invadido de tan infinito entusiasmo es capaz de soportar semejantes pruebas.
De todas formas, voy a tratar de ser breve dentro de lo posible (EXCLAMACIONES DE: “¡No!”). Nosotros nos alegramos mucho de esa disposición del pueblo.
Creo que en el día de hoy debemos trazarnos pautas a seguir, analizar un poco lo que hemos hecho hasta hoy, en qué punto del proceso de nuestra historia nos encontramos y qué tenemos por delante. Todos hemos podido presenciar lo que por aquí ha desfilado, y tal vez nosotros, que estamos en esta tribuna, lo podamos apreciar mejor que ustedes que están en la plaza, tal vez mejor aun que los que han desfilado.
Y este 1º de Mayo dice ya mucho, dice mucho de lo que ha sido hasta aquí la Revolución, dice mucho de lo que ha logrado hasta hoy la Revolución, y quizás no nos diga tanto a nosotros mismos como a nuestros visitantes. Nosotros hemos sido testigos, todos los cubanos, de cada uno de los pasos de la Revolución, y quizás no alcancemos a darnos cuenta tan, cabal de lo que hemos avanzado, como lo pueden comprender quienes nos visitan; sobre todo, los que nos visitan procedentes de América Latina, donde ellos viven todavía hoy un mundo muy parecido al que nosotros vivíamos ayer. Y es como si se transportaran de todo aquel pasado que nosotros conocemos demasiado bien y se situaran de repente en este presente de nuestra Revolución, con todo lo que tiene de nuevo y lo que tiene de extraordinario con respecto al pasado. No nos corresponde a nosotros, ni es lo que intentamos esta noche, resaltar el mérito de lo que hayamos hecho; simplemente queremos situarnos en el punto en que nos encontramos en este momento. Hoy hemos podido contemplar lo que ya es fruto genuino de esta Revolución.
En este 1º de Mayo, tan distinto de aquellos primeros de mayo, tan distinto sobre todo porque antes aquella fecha era la ocasión en que cada sector obrero expresaba sus demandas, sus ansias de mejoramiento frente a quienes eran sordos por completo a los intereses de su clase, frente a los que no podían ni siquiera responder ni acceder a ninguna de aquellas demandas fundamentales, porque no gobernaban para el pueblo, no gobernaban para los obreros, no gobernaban para los campesinos, no gobernaban para los sectores humildes del país; gobernaban solo para los privilegiados, gobernaban solo para los intereses económicos dominantes. Y como para hacer algo en favor del pueblo, para hacer algo en favor de los campesinos y de los obreros, había que lesionar de algún modo a aquellos intereses que realmente ellos representaban, de ninguna forma podían acceder en lo fundamental a ninguna justa demanda del pueblo. Y aquellos desfiles eran un día de expresión de la queja y de la protesta de los trabajadores.
Sin embargo, qué distinto ha sido este desfile de hoy, qué distinto incluso a los primeros desfiles después del triunfo de la Revolución, y cómo este desfile de hoy nos muestra todo lo que hemos adelantado. Ya los obreros no tienen que someterse a aquellas pruebas, ya los obreros no tienen que implorar a los oídos sordos de los gobernantes, ya los obreros no están sometidos al dominio de ninguna clase explotadora, ya los obreros no tienen al frente del país un gobierno al servicio de los intereses de los que explotaban a su clase, ya los obreros saben que todo lo que la Revolución hace, todo lo que el Gobierno hace o pueda hacer, tiene un solo y exclusivo propósito, y es ayudar a su clase, ayudar a su pueblo. De otra forma jamás podría explicarse ese sentimiento espontáneo de apoyo al Gobierno Revolucionario, esas simpatías desbordantes que cada hombre y cada mujer ha expresado en el día de hoy al pasar frente a esta tribuna.
Y es que dondequiera veíamos ya los frutos de la Revolución, porque los primeros que desfilaron en el día de hoy fueron precisamente los niños de la ciudad escolar “Camilo Cienfuegos”. Y hemos visto desfilar por aquí a los pioneros con la sonrisa de la esperanza, la confianza y el cariño; hemos visto desfilar a los Jóvenes Rebeldes ; hemos visto desfilar a las mujeres de la Federación; hemos visto desfilar a un sinnúmero de escuelas creadas por la Revolución; hemos visto, así, desfilar estudiantes de inseminación artificial que, en número de 1 000, procedentes de las 600 cooperativas cañeras, están estudiando en la capital de la República ; hemos visto desfilar jóvenes humildes del pueblo, con sus uniformes del centro escolar donde se están preparando para ser representantes diplomáticos en el futuro de nuestro país ; hemos visto a los alumnos de las escuelas que albergan a jóvenes campesinos y campesinos de la Ciénaga de Zapata, el lugar que precisamente escogieron los mercenarios para atacar a nuestro país; hemos visto desfilar a miles y miles de campesinas que están estudiando también en la capital, procedentes de los rincones más apartados de nuestra isla, de las montañas de Oriente o de Las Villas, o de las cooperativas cañeras o las granjas del pueblo ; hemos visto a las jóvenes que estudian para asistentes de los círculos infantiles .
Y aquí cada uno de esos núcleos colegiales ha sido capaz de escenificar actos que, si se considera el brevísimo tiempo con que contaron para prepararse, son doblemente dignos de admiración y de elogio. Vimos no solamente lo que viene del campo, hemos visto también lo que va hacia el campo, porque por aquí desfilaron los maestros voluntarios, y desfiló también una representación de los 100 000 jóvenes que ya están marchando hacia el interior de la República para cumplir el plan de erradicar totalmente el analfabetismo en nuestro país en un año tan solo.
¿De dónde vienen esas fuerzas y a dónde van esas fuerzas? Vienen del pueblo y van hacia el pueblo. Esos jóvenes sí son hijos del pueblo. Y cuando los veíamos hoy escribir con sus formaciones un “LPV”, o la inscripción de: “¡Viva nuestra Revolución socialista!” (APLAUSOS PROLONGADOS Y EXCLAMACIONES: “¡Somos socialistas, pa'lante y pa'lante, y al que no le guste que tome purgante!”), pensábamos nosotros: ¡Qué difícil habría sido todo eso sin una revolución!, ¡qué difícil que cualquiera de esos niños de las montañas hubiese desfilado por aquí hoy!, ¡qué difícil que cualquiera de esos jóvenes de nuestros campos, que cualquiera de esos jovencitos o jovencitas de las familias más humildes, hubiese podido conocer siquiera la capital de la República, estudiar en cualquiera de esas escuelas, desfilar con la alegría y el orgullo con que por aquí desfilaron hoy, admirarnos a todos, admirar a nuestros visitantes, y marchar con esa fe en el futuro con que marchan hoy! Porque escuelas, profesiones universitarias, arte, cultura, honores, no fueron jamás para los hijos de familias humildes de la ciudad o del campo, no fueron jamás para el campesino de las montañas apartadas, no fueron jamás para el joven pobre, blanco o negro, de nuestros campos y de nuestras ciudades ; arte, cultura, profesiones universitarias, oportunidades en la vida, honores, vestidos elegantes, fueron solo privilegio de una insignificante minoría; minoría representada hoy, con esa gracia y con ese humorismo con que hoy algunas de las federaciones obreras hizo representar a los ricos, desfilando frente a esta tribuna con sus vestidos elegantes y con toda la pepillería que caracterizaba a aquella juventud de las familias pudientes (EXCLAMACIONES DE:“¡Fuera!”).
Es verdaderamente asombroso que en el día de hoy hayan desfilado más de 20 000 deportistas y gimnastas, si se tiene en cuenta que apenas estamos empezando. Y esto sin ir todavía a lo más maravilloso que hemos tenido oportunidad de contemplar hoy, y es ese pueblo armado y ese pueblo unido que ha hecho acto de presencia en este 1º de Mayo.
Y, ¿cómo habría sido posible sin una revolución?; y, ¿cómo es posible comparar este presente con todo lo de atrás?; y, ¿cómo es posible no emocionarse cuando se ve marchar las filas interminables de obreros primero, de atletas después, de milicianos luego?; y cómo a veces marchaban confundidos, obreros, atletas y milicianos, y pensar que, al fin y al cabo, obreros, atletas, milicianos y soldados son la misma cosa.
Se podría explicar cualquiera por qué nuestro pueblo tiene que salir victorioso de cualquier prueba. Observábamos la nutridísima presencia de las mujeres en las filas de las federaciones; y es que, sencillamente, los hombres estaban en las unidades de artillería, en los cañones, en los morteros, en las antiaéreas o en los batallones de milicias que desfilarían después; al fin y al cabo, esas mujeres eran las esposas, y las hermanas, y las madres o las novias de los milicianos que después marcharon en los batallones. Y posiblemente, o sin posiblemente, esos jóvenes de las escuelas secundarias básicas, y esos hijos, esos jóvenes pioneros que por ahí desfilaron abriendo el desfile, o que luego desfilaron con los atletas, eran sencillamente sus hijos.
Y así puede apreciarse el todo que es hoy el pueblo humilde que lucha por los humildes: obreros de todas las profesiones, trabajadores manuales y trabajadores intelectuales. Marchando juntos el escritor con el artista, el actor o el locutor; marchando juntos el médico con los enfermeros y los empleados de las clínicas; y marchando en número concurridísimo, bajo la bandera del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, los maestros, los pedagogos, los empleados del Ministerio de Educación. Y en sí, hoy hemos tenido oportunidad más que nunca de apreciar y de comprender todo lo que vale en nuestro país, todo lo que produce en nuestro país; hemos podido comprender mejor que nunca que hay dos clases de ciudadanos, o había dos clases de ciudadanos: los ciudadanos que trabajaban, los ciudadanos que producían y creaban, y los que vivían sin trabajar ni producir, los que vivían sencillamente de parásitos.
Y de esta nación, de esta nación joven y luchadora, de esta nación entusiasta y fervorosa, ¿quiénes no desfilaron por aquí hoy? ¿Quiénes no podían desfilar por aquí hoy? Sencillamente los parásitos. Por aquí desfiló hoy el pueblo trabajador, por aquí desfiló hoy todo el que trabaja y todo el que produce con su brazo o con su inteligencia, trabajador manual o trabajador intelectual, pero productor de bienes materiales o productor de servicios para la sociedad y para el pueblo. Y ese es el pueblo verdadero.
No quiero decir que sea parásito quien no haya podido desfilar siendo obrero, o quien no haya podido desfilar porque tenía que atender a sus hijos, o porque se encontrase enfermo o porque, sencillamente, hoy no hubiese sentido deseos de desfilar. Me estoy refiriendo a aquellos que no estaban representados aquí hoy y que no podían estar representados donde desfilan los representantes de los que trabajan y de los que producen.
Quien vive de parásito, o quiera vivir de parásito, no pertenece realmente al pueblo. Solo tiene derecho a vivir sin trabajar el inválido, el enfermo, el anciano, el niño. Esos tienen derecho a que trabajemos para ellos, a que velemos por ellos, y que del fruto del trabajo de todos se puedan beneficiar.
Para el niño, para el anciano, para el enfermo, para el inválido, estamos en la obligación de trabajar todos. Lo que ninguna ley moral podrá justificar jamás es que el pueblo trabaje para los parásitos. Y lo que por aquí desfiló fue el pueblo trabajador que no quiere ni se resignará jamás a volver a trabajar para los parásitos.
Así nuestra colectividad nacional ha llegado a comprender qué es la Revolución, ha llegado a comprender con absoluta claridad en qué consiste la Revolución, en que un país se libra de los parásitos de afuera y de los parásitos también de adentro.
Nosotros recordamos que a raíz de la nacionalización de las mayores industrias del país, como anteriormente se habían nacionalizado las fábricas norteamericanas, algunos preguntaban: “¿Pero tal fábrica no era cubana?”; cuando vino la segunda ley:“¿Cómo nacionalizar una fábrica que era cubana?” Pues esa fábrica no era cubana, esa fábrica era de un señor, no pertenecía al pueblo, no pertenecía a la nación; luego está correcto decir nacionalizar la fábrica; es decir que pase de manos del señor tal o más cual al pueblo, es decir, a la nación.
Aquí se acostumbraba hablar mucho de patria por parte de una serie de señores que tenían un concepto muy raquítico de lo que es o debe ser la patria. Y siempre estaban hablando de la patria, y estableciendo la obligación y el deber de defender la patria. Pero, ¿qué patria? ¿La patria de unos pocos? ¿La patria de un puñado de privilegiados? ¿La patria donde un señor tiene 1 000 caballerías de tierra y tiene tres casas, mientras otros viven en la guardarraya en un miserable bohío? ¿A cuál patria, señor, se refería usted? ¿La patria donde unos pocos tienen todas las oportunidades y unos pocos se apropian del trabajo de todos los demás, o la patria del hombre que no tiene ni siquiera un trabajo, la patria de la familia que vive en un barrio de indigentes, la patria del niño hambriento y descalzo que pide limosnas por las calles? ¿A qué patria se referían y qué concepto era ese de la patria? ¿La patria que era propiedad de unos pocos con exclusión de toda la oportunidad y de todo beneficio para el resto del país, o la patria de hoy, donde nos hemos ganado el derecho a dirigir nuestro destino, donde nos hemos ganado el derecho a construir el futuro que necesariamente tendrá que ser mejor que el presente? Pero la patria donde no podrá decirse más que sea propiedad de unos cuantos, que sea para disfrute de unos cuantos; la patria que será de ahora en adelante y para siempre como la quería Martí, cuando dijo: “con todos y para el bien de todos”. Y no la patria' de unos cuantos y para el bien de unos cuantos. La patria como será en el futuro y para siempre, en que dejará de existir esa injusticia en que unos pocos lo tenían todo y casi todos no tenían nada.
Ahora sí nosotros podemos hablar de patria y ahora sí nosotros podemos tener un concepto verdadero de la patria, porque cuando decimos: defendemos la patria y estamos dispuestos a morir por la patria, ¡estamos dispuestos a morir por una patria que no es de unos cuantos, sino que es de todos los cubanos! (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES DE: “¡Patria o Muerte!”)
Por eso los privilegiados y las clases explotadoras no podían tener un verdadero concepto de la patria, porque para ellos la patria era un privilegio, un privilegio de ellos, donde se apoderaban del trabajo de los demás, y además querían que otros defendieran esa patria de ellos. Por eso, cuando un monopolista yanqui habla de patria, cuando un dirigente o un miembro de los círculos gobernantes de Estados Unidos habla de patria, ¿saben a qué patria se refiere? A la patria de los monopolios, a la patria de los grandes capitales bancarios, a la patria de las grandes empresas que poseen solo unos cuantos. Y cuando hablan de patria, están pensando en mandar al negro del sur de Estados Unidos, o en mandar al portorriqueño, o en mandar al joven de familia obrera de Estados Unidos, o en mandar al obrero, a combatir, a morir, a matar y hasta a asesinar, en defensa de esos monopolios y de esos millones que ellos llaman patria (EXCLAMACIONES DE: “¡Paredón!”).
¡Qué moral, qué moral, qué moral y qué razón; qué moral, y qué razón y qué derecho, como no sea el derecho impuesto por una clase dominante y explotadora! ¿Qué derecho tienen a llamar a un negro del sur de Estados Unidos — al que le niegan todos los derechos, al que obligan a sentarse en un asiento aparte en el ómnibus público, al que le prohíben entrar en muchos sitios—, qué derecho tienen a enrolar a ese hombre negro, pobre, sin millones, sin monopolio, privado de todos los derechos, para ir a morir en defensa de los millones, de los monopolios y de los latifundios y de las minas y de las fábricas de las clases dominantes? ¿Y qué derecho tienen a enrolar a aquel portorriqueño — a cuyo país le han negado sistemáticamente la menor oportunidad de ser un país soberano e independiente—, qué derecho tienen, a ese puertorriqueño de sangre latina, de tradición y de origen latinos, de enviarlo a morir a los campos de batalla en defensa de la política de los grandes millonarios y de los grandes magnates de las finanzas y de la industria?
Ese concepto que tienen de la patria, y ese peligro a la seguridad al que suelen recurrir, o del que suelen hablar como pretexto, es sencillamente el peligro de sus monopolios, el peligro de sus intereses económicos. Y consideren ustedes qué concepto tienen de la patria, de la moral y de la ley, que movilizan a millones de hombres del pueblo que no tienen nada, muchas veces a hombres que no tienen ningún derecho, como ocurre con el portorriqueño u ocurre con el negro del sur de Estados Unidos, y los mandan a pelear y a morir en los campos de batalla.
Ese es el concepto de patria que tienen las clases dominantes, privilegiadas y explotadoras.
Y por eso, por eso solo adquiere un pueblo concepto verdaderamente de su patria, cuando los intereses de las minorías privilegiadas resultan liquidados, y cuando el país, con sus riquezas y sus oportunidades, pasa a ser un país para todos, patrimonio de todos, oportunidad de todos y felicidad de todos. Esa oportunidad que tiene hoy, y no soñada nunca ayer, cualquiera de esos millares de jóvenes humildes; esa oportunidad que tiene hoy, y nunca soñada ayer, de cualquiera de los cientos de familias humildes, que saben que su hijo o su hija pueden tener una escuela, pueden recibir una beca, pueden estudiar una carrera, pueden viajar al extranjero; pueden ir a las mejores universidades del exterior, privilegio que era antes únicamente para las familias más ricas. Y hoy cualquier familia del pueblo, por humilde que sea, tiene la oportunidad de enviar a su hijo al mejor centro de educación dentro del país y fuera del país, si el talento de ese joven lo amerita; cualquier familia sabe que, gracias a lo que es la Revolución en sí, sus hijos tienen todas las oportunidades que antes solo tenían los hijos de un puñado de familias, y que las oportunidades se multiplican de manera fantástica, hasta alcanzar a todas las familias.
Porque un país que pone toda su inteligencia, y toda su energía, y todo su esfuerzo, hacia un propósito determinado, bien sea defender la patria, como bien sea crear riquezas nuevas para la patria, crear oportunidades nuevas para la patria, lo consigue como no lo podría conseguir jamás una minoría gobernante y explotadora, que no puede arrastrar tras sí al pueblo con todo su fervor y todo su entusiasmo .
¡La Revolución sí puede arrastrar al pueblo con su fervor infinito y con su infinito entusiasmo! ¡La Revolución sí puede recoger del pueblo toda la inteligencia, toda la energía, y todo su espíritu de lucha y de creación, y llevarlo hacia un camino de bienestar y de progreso! Este pueblo de hoy es el mismo pueblo escéptico de ayer. ¡Este pueblo entusiasta de hoy, este pueblo que hoy se está 15 horas y 16 horas de pie, hombres y mujeres por igual, jóvenes o ancianos, es el mismo pueblo de ayer, que no era capaz de estarse una hora de pie para ir a juntarse en un acto público con aquellos a quienes se les obligaba a ir a un acto, o se les pagaba por ir a un acto! ¡Este pueblo entusiasta, heroico y valeroso de hoy, era el pueblo indiferente de ayer, con una sola diferencia: que ayer trabajaba para otros, ayer su sudor, su energía y su sangre eran para otros, y hoy su sudor, su energía y su sangre son para sí mismo!
Calculen los hombres que cayeron en los últimos combates; si habría valido la pena una sola gota de sangre de cubano para defender los privilegios del pasado; y si en cambio, cuando se piensa que esos cubanos cayeron, que esos jóvenes obreros, o hijos de obreros u obreros ellos mismos, cayeron hace apenas 10 o 12 días, cayeron hace apenas dos semanas, estaban cayendo para defender lo que hemos visto hoy aquí, estaban cayendo para defender esos derechos que la Revolución ha reivindicado para el pueblo, estaban cayendo para defender ese entusiasmo, esa esperanza y esa alegría de hoy. Y por eso, cuando veíamos un rostro feliz, cuando en el día de hoy veíamos un rostro alegre o una sonrisa llena de esperanza, pensábamos que cada sonrisa de hoy era como una flor sobre la tumba de los milicianos y de los soldados que cayeron, que cada sonrisa de hoy era como un reconocimiento, que cada sonrisa de hoy era como un darles las gracias a los que dieron su vida; porque sin esas vidas que tronchó el egoísmo, sin esas vidas que tronchó la traición, sin esas vidas que tronchó el imperialismo agresor, sin esos hombres que estuvieron dispuestos a caer, y cayeron, no habría habido hoy 1º de Mayo, no habrían desfilado hoy los pioneros, ni los Jóvenes Rebeldes, ni las mujeres, ni los obreros; no se habrían esgrimido hoy esas banderas de la patria, no habrían desfilado hoy esos deportistas.
¿Y qué habría sido de esos jóvenes artilleros, artilleros de antiaéreas o artilleros de cañones antitanques, o de cañones de largo alcance? ¿Y qué habría sido de esos batallones, gallardos y marciales, de nuestros obreros, que bien armados, bien entrenados y ya con alguna experiencia marcharon hoy por esta plaza? ¿Qué habría sido de los dirigentes obreros? ¿Qué habría sido de los obreros y de los milicianos? ¿Y qué habría sido de sus esposas, y de sus hijos, de sus hermanas, y de sus fábricas? ¿Qué habría sido de ellos, si el imperialismo hubiese tan siquiera establecido una cabeza de playa en nuestro territorio? ¿Qué habría sido de ellos, de sus hijos, y de sus esposas, y de sus hogares, si el agresor imperialista hubiese podido sentar plaza, apoderarse de un pedazo de nuestro territorio, y desde allí, con sus aviones yanquis, con sus bombas yanquis, con sus bombas de napalm, su explosivo y su metralla, hubiesen podido iniciar una guerra de desgaste contra nuestra nación; y encima de la agresión económica, del bloqueo a nuestras exportaciones, de la supresión de nuestras cuotas, del embargo a todo tipo de exportación de piezas de repuesto o de materia prima a nuestro país, en medio de todas las dificultades que la agresión económica imperialista nos plantea, hubiésemos tenido que afrontar al mismo tiempo un bombardeo casi diario de nuestras líneas de comunicaciones, de nuestro transporte, de nuestros centros de producción y de nuestras ciudades?
No hablemos ya de lo que habría sido de la alegría del pueblo, y de la esperanza del pueblo, si el imperialismo hubiese podido vencer a la Revolución, porque no hay espectáculo más terrible en la historia de la humanidad que el espectáculo de una revolución vencida.
Y la historia de los esclavos que en Roma un día ensayaron una sublevación y aspiraron a ser libres, la idea de las decenas y quizás cientos de miles de esclavos ardiendo en las cruces por las avenidas que conducían a Roma, debe darnos una idea de lo que es una revolución vencida. Y la historia de la Comuna de París, con su saldo espantoso de obreros asesinados, debe darnos una idea de lo que es una revolución vencida. Y la historia enseña que las revoluciones vencidas tienen que pagar un saldo extraordinario de sangre a la reacción vencedora, a la clase dominante vencedora, porque entonces les cobran todo el desasosiego en que han tenido que vivir, todos los intereses que les afectaron o amenazaron con afectarles, y no solo les cobran la deuda presente, sino que quieren cobrar también en sangre las deudas futuras, y tratan de exterminar hasta las raíces de la revolución.
Desde luego que, dadas ciertas circunstancias, es imposible aplastar a una revolución. Hablo de revoluciones que fueron vencidas antes de conquistar el poder; lo que no ha resultado jamás en la historia es que haya sido vencido un pueblo revolucionario que haya conquistado realmente el poder.
Quiero solo traer a la mente de todos cuál habría sido el cuadro de este país si el imperialismo se hubiese salido con las suyas. ¡Qué Primero de Mayo habrían tenido nuestros obreros, si el imperialismo se hubiese salido con la suya!
Y por eso, por eso pensábamos nosotros en todo lo que les debíamos a los que cayeron; por eso pensábamos nosotros que cada sonrisa de hoy era como un tributo por los que hicieron posible este día dichoso y esperanzador de hoy.
La sangre que se vertió allí fue sangre de obreros y de campesinos, la sangre que se vertió allí fue sangre de hijos humildes del pueblo; no fue sangre de latifundistas, no fue sangre de millonarios, no fue sangre de tahúres, no fue sangre de ladrones, no fue sangre de criminales, no fue sangre de explotadores. La sangre que se vertió allí fue sangre de explotados de ayer, de hombres libres de hoy; la sangre que se vertió allí fue sangre humilde, sangre honrada, sangre trabajadora, sangre creadora; fue sangre de patriotas, no fue sangre de mercenarios; fue sangre de obreros que voluntaria y espontáneamente se han enrolado en el ejército de la patria; no fue sangre del conscripto, no fue sangre del que se enrola en virtud de una ley; fue sangre del que se ofrece espontánea y generosamente para afrontar todos los riesgos de la batalla en defensa de un ideal, de un verdadero ideal, de un ideal que se siente, y no el ideal fementido, hipócrita y falso con que los yanquis han inculcado a sus mercenarios, como si fuesen papagayos, la palabra ideal. No ideal de papagayos, no ideal de la lengua hacia afuera, sino del corazón hacia adentro; no ideal del que viene a buscar sus privilegios perdidos, sus tierras perdidas, sus bancos perdidos, sus fábricas perdidas, sus riquezas perdidas; no ideal del que viene a recobrar la buena vida en que nunca sudó la frente y vivió siempre del sudor y hasta de la sangre de los demás. No ideal del mercenario que vende su alma al oro del imperio poderoso, sino el ideal del obrero que no quiere seguir siendo explotado, el ideal del campesino que no quiere volver a perder su tierra, el ideal del joven que no quiere volver a perder su maestro, el ideal del negro que no quiere volver a ser discriminado, el ideal de la mujer que quiere vivir con derechos y con dignidad, el ideal de los humildes, el ideal de los que nunca vivieron del sudor de los demás, el ideal de los que nunca pudieron contemplar la vida como un regalo, sino como un trabajo; el ideal de los que no les robaban a otros, ni les privaban de la vida a otros por defender bastardos intereses; el ideal que puede sentir un hombre humilde del pueblo, que defiende la Revolución porque la Revolución es todo para él, porque él no era nada, él era un hombre humilde y humillado, él era un hombre discriminado, él era un hombre maltratado, él era un hombre a quien la clase dominante y explotadora lo tenía como un cero a la izquierda, y hoy es un cero a la derecha de los millones de hijos de su pueblo; y que defiende a la Revolución porque la Revolución es su vida, porque su vida la ha identificado con ella y su futuro y su esperanza, y antes de sacrificar esa esperanza, prefiere perder mil veces la vida, porque además no piensa egoísta en él, sino que piensa que él puede caer, pero que no caerá en vano, y que la causa por la que él cae ha de servir para hacer felices a millones de sus hermanos.
Sangre obrera, sangre campesina, sangre humilde fue la que derramó la patria luchando contra los mercenarios del imperialismo. ¿Y qué sangre, qué hombres fueron los que mandó el imperialismo aquí a hacer la cabeza de playa desde donde iban a someter a nuestro país a una guerra de desgaste, a nuestros campos de caña a una destrucción sistemática, con bombas incendiarias, como lo habían estado haciendo cuando ni siquiera tenían la excusa o el pretexto de un pedazo del territorio nacional para hacer zarpar a sus aviones; una guerra de destrucción de nuestras fábricas y de nuestros pueblos, como lo hicieron cuando ni siquiera tenían una base aquí, como lo hicieron despegando sus aviones desde el extranjero mientras estafaban al mundo de la manera más cínica.
Y nosotros tenemos derecho a decir aquí al pueblo, sobre todo a nuestros visitantes, que en el mismo instante en que tres de nuestros aeropuertos eran bombardeados simultáneamente por aviones de fabricación yanqui, con bombas y metralla yanqui, las agencias yanquis lanzaban al mundo la versión de que nuestros aeropuertos habían sido atacados por aviones de nuestra propia Fuerza Aérea, con pilotos que habían desertado ese mismo día.
Es decir que con toda sangre fría realizan un acto que era un verdadero escándalo, una violación de todas las leyes internacionales y de todas las normas morales, cual es el atacar de manera sorpresiva un amanecer los aeropuertos de un país desde bases extranjeras, y encima de eso estafar al mundo, comunicar al mundo a través de sus agencias, las agencias del imperialismo, que ese bombardeo era un bombardeo ocasionado por pilotos cubanos que habían desertado con aviones cubanos, bombardeos que habían sido fraguados a toda sangre fría, con aviones a los que les pintaron las mismas insignias y los mismos colores de nuestros aviones. Y si otras razones y otros hechos no bastaran, este hecho de por sí debe bastar para comprender cuán bandidescas, cuán canallescas, cuán cínicas y cuán miserables y ruines son las acciones del imperialismo. Debiera bastar para que conceptuemos moralmente lo que es el imperialismo yanqui, lo que son sus agencias de noticias y lo que son los periódicos que en todas partes del mundo, periódicos naturalmente de la reacción, le hacen el juego a todas esas mentiras y a todas esas canalladas; porque es posible que decenas de millones de personas en todo el mundo no hayan recibido otra noticia de los hechos que la noticia de que aviones cubanos tripulados por pilotos desertores habían atacado nuestros aeropuertos. Y aquella era una acción planeada por el imperialismo con toda calma, con toda sangre fría, estudiada la acción de bombardear, estudiada y planeada al mismo tiempo la forma de estafar al mundo. Y esto debe servirnos para comprender cómo el mundo ha estado a merced de esas artimañas y debe servirnos para estar alertas y para comprender que los imperialistas son capaces de la más monstruosa mentira para encubrir el más monstruoso crimen.
Hoy no necesitamos nosotros esgrimir muchas pruebas. A confesión de parte, relevo de pruebas. Ya los círculos gobernantes de Estados Unidos confesaron públicamente, sin darle por ello al mundo una explicación, porque le debían por lo menos al mundo una explicación de todas las cosas que habían dicho anteriormente, de las declaraciones del Presidente de Estados Unidos, en el sentido de que ellos no intervendrían en las cuestiones cubanas, de las afirmaciones que hizo su propio delegado en las Naciones Unidas, cuando dijo que el bombardeo a nuestros aeropuertos había sido realizado por aviones cubanos. Al confesar sin ninguna explicación al mundo de todas las informaciones y mentiras anteriores, nos relevan a nosotros de tener que buscar pruebas, pero es el hecho de que intentaron el ataque, lanzaron el ataque, que ese ataque costó destrucción de riquezas y destrucción de vidas, que ese ataque costó sangre de obreros y de campesinos.
¿Quiénes eran los que lucharon contra esos obreros y esos campesinos? Se lo vamos a explicar. De los 1 000 primeros mercenarios capturados... Debemos decir que en poder de las fuerzas revolucionarias hay en este momento, sin contar tripulantes de barcos, cerca de 1 100 mercenarios prisioneros. Entre 1000, haciendo un análisis de la composición social de 1 000 de ellos, tenemos lo siguiente: que 800, 800 aproximadamente, eran de familias acomodadas; que entre esos 800, una parte de ellos juntaban propiedades de tierra equivalentes a 27 556 caballerías afectadas por la Revolución; 9 666 casas, 70 industrias, 10 centrales azucareros, dos bancos y cinco minas. Es decir, escogiendo 800 de un grupo de 1000, esos 800 tenían, repito, 27 556 caballerías, 9 666 casas, 70 industrias, 10 centrales azucareros, dos bancos y cinco minas. Además, más de 200 de esos 800 eran socios de los clubes más exclusivos y aristocráticos de La Habana y de los 200 restantes —hasta llegar a 1 000— 135 eran ex militares del ejército de Batista, y el resto, 65, eran lumpen o gente desclasada.
Ustedes recordarán que en ocasión de una discusión abierta con ellos, yo pregunté si había algún cortador de caña y no aparecía ninguno, hasta que por fin uno levantó la mano y dijo que él una vez, o antes, había cortado caña. Si hubiese hecho, en vez de esa pregunta, cuántos eran latifundistas, 77 habrían levantado la mano. Esta es la composición social de los invasores: 27 556 caballerías de tierra, 9 666 edificios y casas, 70 industrias, 10 centrales azucareros, dos bancos y cinco minas.
Nosotros tenemos la seguridad deque si preguntásemos a todos los aquí reunidos cuántos eran dueños de centrales azucareros, no hay uno solo; cuántos eran dueños de bancos, no hay uno solo; cuántos eran dueños de latifundios, no hay uno solo. Si preguntamos a los combatientes que allí murieron, miembros de las milicias o soldados de la Policía Nacional Revolucionaria o del Ejército Rebelde, si confrontásemos las riquezas de los que allí cayeron o de los que allí combatieron, con seguridad que no habría ni un solo banco, ni una sola mina, ni un solo central azucarero, ni un solo edificio de apartamentos, ni una sola industria, ni un solo latifundio, ni un solo socio de ninguno de los clubes aristocráticos que existían en esta capital. Y algunos de estos desvergonzados, algunos desvergonzados dijeron que venían a luchar por ideales, que venían a luchar por la libre empresa. A estas horas que se pare aquí un idiota a decir que viene a luchar por la libre empresa, como si este pueblo no supiera de sobra lo que era la libre empresa, que libre empresa era barrios de indigentes, lo mismo que las Yaguas, que Llega y Pon, que la Cueva del Humo, que las docenas de barrios de indigentes que rodeaban a esta capital; que libre empresa era desempleo para 500 000 cubanos; que libre empresa eran cientos de familias o miles

de familias viviendo en las guardarrayas; que libre empresa era más de 100 000 familias campesinas trabajando la tierra para tener que entregar una parte considerable de su producción a propietarios absentistas que ni siquiera habían visto sembrar una sola semilla en esas tierras; como si libre empresa no hubiese sido discriminación, arbitrariedad, atropellos para los obreros y campesinos, plan de machete, asesinatos de líderes obreros, mujalismo, contrabando, cabarets, es decir, casinos de juegos, vicio, explotación, incultura, analfabetismo y miseria para nuestro pueblo.
Cómo van a venir a hablarle de libre empresa a un pueblo donde había casi medio millón de desempleados, un millón y medio de analfabetos, a un país donde había medio millón de niños sin escuelas; además, a un país donde había que hacer colas para ir a los hospitales y además buscar la palanca de un politiquero cualquiera a cambio de tener que darle la cédula electoral; cómo van a venir a hablarle de libre empresa a un pueblo que sabía que libre empresa era clubes aristocráticos para unos cuantos miles de familias, y niños hambrientos y descalzos, limosneros por las calles, bañándose en El Morro o bañándose ahí junto a las aguas de los vertederos, porque no tenían chance de ir a una playa, porque las playas estaban cercadas, las playas eran para los particulares, las playas eran para los aristócratas, las playas eran para los afortunados, privilegiados, usufructuarios de la libre empresa; y ni soñar siquiera en ir un día a Varadero, porque Varadero era para escasas familias adineradas; ni soñar siquiera que su hijo estudiara una carrera, porque la carrera la estudiaban solo los privilegiados de la libre empresa; ni soñar que su hijo fuera un día a estudiar idiomas a Europa, porque iban a Europa los hijos de los privilegiados de la libre empresa; ni soñar que el hijo de un obrero de la construcción, de un obrero de escasos ingresos, pudiera estudiar en un instituto, si no tenía un instituto en la capital; ni soñar un obrero azucarero que su hijo pudiese ser bachiller, o que su hijo pudiese ser médico o ingeniero, porque si el hijo de un obrero podía estudiar era porque era un obrero de la capital, que podía mandar — si acaso, y las posibilidades eran pocas— su hijo a un instituto, pero el 90% de los hijos de los obreros, que son los que viven... o si no un 90%, por lo menos un 75% de los hijos de los obreros, que vivían en sitios donde no había centros de enseñanza secundaria y ellos no podían disponer de recursos para pagar la estancia en una ciudad a sus hijos, el 75% de los hijos de los obreros no tenía oportunidad de estudiar. Esa oportunidad la tenían exclusivamente los hijos de los beneficiarios de la libre empresa.
Ni soñar que las hijas de los carreteros, ni soñar que las hijas de los macheteros, hubieran podido desfilar por aquí, y bailar un zapateo, y exhibir elegantes y hermosos vestidos; ni soñar la oportunidad, el hijo de un campesino, de ir a estudiar agricultura a la Unión Soviética; ni soñar esa oportunidad para estudiar derecho diplomático, estudiar mecánica, estudiar cualquier profesión, para los hijos de las familias humildes, porque esas oportunidades solo las tenían, por lo general, y salvo algunas excepciones, los hijos de las familias afortunadas.
¿Cómo va a venir un señorito ignorante de lo que es trabajar, de lo que es sudar, de lo que es sufrir, venir a decir aquí que vino a asesinar campesinos, que vino a asesinar obreros, que vino a hacer derramar sangre del pueblo para defender su libre empresa? Y no solo su libre empresa, o la libre empresa de su papá, sino la libre empresa de la United Fruit Company, la libre empresa de la compañía monopolista de electricidad yanqui, la libre empresa de la compañía que aquí controlaba los teléfonos, la libre empresa de las compañías que controlaban las refinerías; porque ni siquiera eran libre empresa, porque eran algo más que libre empresa, eran monopolios y, como tales monopolios, tenían virtualmente suprimida la competencia.
Luego, estos señores que vinieron aquí, armados por el imperialismo, cuando decían que defendían la libre empresa, lo que estaban defendiendo era realmente el monopolio que, incluso, está contra la libre empresa, porque controla toda la industria; sus precios, y sus recursos, y sus métodos son, precisamente, de arruinar a todos los demás; ni siquiera estaban defendiendo la libre empresa en el sentido liberal de la palabra. ¡Los muy ignorantes, o los muy estúpidos, estaban defendiendo los intereses monopolistas de los yanquis aquí y fuera de aquí! ¿Cómo van a venir a hablarle al pueblo cubano de que venían a defender la libre empresa, de que venían a defender esos intereses?
Y, además, dicen que venían a defender la Constitución del 40. Y es lo curioso que cuando la Constitución del 40 fue hecha trizas por la tiranía batistiana, y fue destruida, y que en esa acción el cuartelazo del 10 de marzo tuvo la complicidad, en primer lugar, de la embajada yanqui, en segundo lugar del clero reaccionario (EXCLAMACIONES DE: “¡Fuera!”) , en tercer lugar, o en primer lugar junto con los demás, de las clases económicas dominantes, de las compañías monopolistas y de las gentes ricas en nuestro país, y la complicidad de un poder judicial corrompido hasta la médula de los huesos, y la complicidad de un sinnúmero de políticos venales, es verdaderamente cínico ver a un señorito de estos que viene en compañía de una serie
de politiqueros, alcaldes, representantes y politiqueros de la época de Batista, de aquel Batista que pisoteó y destruyó aquella Constitución y la hizo añicos, con la complicidad del imperialismo y con la complicidad de las clases dominantes, que vengan estos señoritos, ligados con cientos de ex militares que defendieron aquella tiranía de Batista, vengan ligados con ellos y ligados con un montón de criminales, torturadores, y ligados con un montón de politiqueros, a decirle a este pueblo que venían a defender la Constitución de 1940; Constitución que, en lo que tenía de avanzada y lo que tenía de revolucionaria, el único gobierno que la ha respetado, la ha acatado y la ha llevado adelante es el Gobierno Revolucionario.
Porque esa Constitución decía que “se proscribía el latifundio” y que“a los efectos de su desaparición — la Constitución decía“su desaparición”— la ley establecería el máximo de propiedad de tierras que podía poseer cualquier tipo de empresa agrícola e industrial”. Claro que esa ley constitucional nunca se cumplió. ¿Por qué? Porque tenía que venir una ley posterior en el congreso. Y, ¿quiénes estaban en el congreso? Los politiqueros, los abogados de los monopolios yanquis, los latifundistas, los millonarios, los ricos; y solo por excepción, había un puñado, muy pequeño de dirigentes obreros, de hombres humildes del pueblo, en aquella cámara y en aquel senado, donde estaban condenados a permanecer en minoría,  porque todos los periódicos, todas las estaciones de radio y de televisión, que pertenecían precisamente a los mismos sectores económicamente dominantes, tenían el control y el monopolio de los medios de divulgación de las ideas, y ahogaban con la mentira sistemática cualquier intento en favor de los campesinos.
Y, entonces, nunca sabía el pueblo; era muy difícil que el pueblo se enterara de los desalojos, de la miseria espantosa en que vivía el campesino, de la mortandad extraordinaria en la población infantil, porque se morían miles y decenas de miles de niños, todos los años, sin que hubiera un solo médico. ¡Y eso no era crimen para la clase económica dominante, eso no era crimen para los beneficiarios de la libre empresa, que se murieran 50 000, o 20 000, o 30 000 niños por falta de médicos, por falta de medicinas, eso no les dolía, eso no les importaba, la sociedad ni siquiera se enteraba de esas cosas!
Y ahí, los que en ese congreso tenían que decidir sobre las leyes complementarias de la Constitución, eran precisamente los latifundistas, y los millonarios, y los abogados de los monopolios yanquis; y entonces, nunca hubo ley de Reforma Agraria; y una compañía yanqui, a pesar de que la ley decía que“se proscribía el latifundio”, tenía 17 000 caballerías de tierra; y, a pesar de que en otro precepto de la ley decía que“la ley dictaría las normas adecuadas para que la tierra volviese a manos del cubano”, a pesar de que la Constitución hablaba de eso, de que la tierra tenía que volver a manos cubanas, hacía 19 años que la Constitución del 40 estaba aprobada y tenía vigencia, y en esos 19 años no había habido una sola ley que le quitara una sola caballería a un monopolio yanqui que tenía 17 000.
Otro monopolio tenía 15 000, otro monopolio tenía 10 000 caballerías — 10 000 caballerías son cerca de 140 000 hectáreas, lo digo para aquellos visitantes que no comprendan bien qué es una caballería. Había compañías que tenían aquí más de 200 000 hectáreas de tierra, de las mejores tierras de Cuba. Una ley constitucional que decía que se proscribía el latifundio, y una ley que decía que debía ponerse un límite al máximo de tierra, una ley constitucional que decía que la tierra debía revertirse a manos del cubano, y nunca se cumplió.
Lo mismo que decía esa ley que el Estado agotaría todos los medios a su alcance para proporcionar trabajo a todo trabajador manual o intelectual. ¿Trabajador manual?, un maestro. La Revolución encontró más de 10 000 maestros sin aula, sin trabajo, e inmediatamente les dio trabajo porque, por otro lado, había medio millón de niños que necesitaban escuelas. ¿Cómo? Pues, sencillamente:“el Estado agotará todos los medios a su alcance para proporcionar a todo trabajador manual o intelectual una existencia decorosa”. Y eso fue lo que hizo la Revolución, agotó todos los medios a su alcance para eso; y si no hubiese agotado todos los medios, estaría dispuesta a agotar todos los medios necesarios para darles trabajo, sí, trabajo, porque eso lo ordenaba la Constitución.
Esos que eran principios fundamentales y que hubieran resuelto el problema de cientos de miles de campesinos, el problema de cientos de miles de personas sin empleo, y que los establecía la Constitución, nunca se cumplieron.
Vino la dictadura batistiana, mediante un golpe cuartelario, reaccionario y apadrinado por el imperialismo y por las clases explotadoras, porque a las clases explotadoras les convenía tener un Batista. ¿Ladrón? Sí, eso no les importaba. ¿Criminal? Sí, eso no les importaba. ¿Vicioso, inmoral? ¡Eso no les importaba, con tal de que los guardias rurales estuvieran a disposición de los mayorales y de los latifundistas, para darle plan de machete al obrero que reclamara salarios o al campesino que reclamara tierra!
Eso no les importaba, aunque saquearan, por otro lado, a la república, ni le importaba al imperialismo, ni les importaba a las clases dominantes; y entonces, no le daban armas a nadie para combatir ese régimen sangriento y reaccionario, no le daban aviones a nadie, no le daban bazucas a nadie, no le daban cañones sin retroceso a nadie, no le daban tanques a nadie, no; a quien le daban aviones y bombas, y a quien le daban tanques, y bazucas, y cañones, era a ese propio régimen sangriento y reaccionario, sin importarles ni preocuparles los crímenes que cometía ni los abusos que cometía contra el pueblo, ni la violación de los preceptos constitucionales, ni la destrucción de la Constitución, a 80 días antes de unas elecciones, para establecer una dictadura cuartelaria en el poder.
¡Entonces los yanquis no le dieron una sola bazuca ni un solo fusil a nadie, a ningún señorito de estos!, no le dieron un solo fusil ni una sola bazuca a ningún señorito de estos para combatir a Batista, ni se lo dieron a nadie, ni a ninguno de estos señoritos les importó. ¿Por qué? Porque ellos seguían teniendo sus Cadillacs, ellos seguían teniendo sus clubes aristocráticos, tenían un gobierno que garantizaba sus intereses, sus latifundios, su vida frívola, su vida, por lo general, de gente corrompida y de gente que se dedica al buen vivir exclusivamente. Y esos señores, entonces, no tenían ninguna preocupación política. ¿Qué preocupación podían tener? La preocupación la podía tener el obrero, la podía tener el campesino; ellos no, ellos vivían muy bien.
En cambio, ahora sí; cuando se les acabaron los clubes aristocráticos, se les acabó el parasitismo, se les acabó la, manganzonería, se les acabó la buena vida a costa de los obreros y a costa de los campesinos, entonces sí se fueron allá y encontraron a un gobierno yanqui dispuesto a darles tanques, darles bazucas y darles cañones para venir aquí a derramar sangre de obreros y de campesinos.
Estos señores hablaban de elecciones. ¿Qué elecciones, querían, las elecciones aquellas de los politicastros compradores de votos que tenían docenas de agentes que se dedicaban a corromper conciencias? ¿Aquellas elecciones en virtud de las cuales un infeliz hombre o mujer del pueblo tenía que entregar su cédula para que le dieran trabajo en un hospital, o para que le dieran trabajo en una obra pública, o para que le dieran empleo, y tenían que ir allí los maestros, y tenían que ir los profesionales, y todos, a mendigar los favores de los políticos para que les dieran un empleo? ¿Aquellas elecciones falsas y prostituidas que no representaban sino el procedimiento mediante el cual las clases explotadoras, a través de sus abogados y a través de sus políticos se mantenían en el poder, y con el poder todo aquel régimen de miseria y de hambre sobre el pueblo? ¿Aquellas elecciones que cuando no eran golpe militar, como ha pasado en América Latina, hemos tenido elecciones de ese tipo de politicastros?
Hay muchas seudodemocracias en América Latina. Lo que hay que preguntar es cuántas leyes han hecho en favor de los obreros, cuántas leyes han hecho en favor de los campesinos, dónde está la reforma agraria, dónde está la nacionalización del petróleo, dónde está la nacionalización de las minas, dónde está la nacionalización de las industrias. Eso es lo que hay que preguntarles.
Porque la Revolución es expresión directa de la voluntad del pueblo, no una elección cada cuatro años, una elección todos los días, un constante tener el oído puesto en las necesidades y en el palpitar del pueblo, una constante reunión con el pueblo; reuniones como estas, que sumando todos los votos que sacaban comprando los partidos politiqueros, nunca hubieran podido sumar tanto como el número de hombres y mujeres que espontáneamente y entusiastamente han venido en el día de hoy aquí a respaldar a la Revolución.
Y como la Revolución es un cambio profundo, no una tomadura de pelo, no un engañabobos; la Revolución es un cambio profundo y no una perdedera de tiempo, ¿qué es lo que querían estos señores, politiquería, pasquines electorales, los postes llenos de todos aquellos descarados con un sombrero de jipijapa y un tabaco de a peso? Elecciones como aquellas, no; elecciones como aquellas no las tendrán. ¿Por qué?, porque la Revolución ha cambiado sencillamente el concepto de la democracia falsa, de la seudodemocracia como medio de explotación de las clases dominantes, por un sistema de gobierno directo del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, como lo demuestran los hechos.
Y, además, porque tiene que sencillamente transcurrir un período, en virtud del cual los privilegios opresores del pueblo tienen que ser abolidos, tienen que ser destruidos. ¿Tiene acaso el pueblo tiempo para estar entreteniéndose en elecciones ahora, elecciones de aquel tipo? (EXCLAMACIONES DE: “¡No!”) No. ¿Qué eran los partidos políticos? Los partidos políticos eran sencillamente la expresión de los intereses de clase. Pues aquí hay una clase que interesa, ¿saben cuál? La clase humilde, la clase de los que producen, la clase de los que trabajan, los trabajadores intelectuales y manuales. Esa clase está en el poder, y como esa clase está en el
poder no le interesa las aspiraciones de conquistar otra vez el poder de la minoría explotadora, de la minoría de privilegiados.
La Revolución sabe que esa gente no le alcanzaría ni para media hora en unas elecciones en que fuera el pueblo, sencillamente, porque no tienen ni por dónde empezar para combatir la Revolución. Pero lo que la Revolución no tiene tiempo es en perder el tiempo en estas tonterías, porque la Revolución no considera ni remotamente la menor oportunidad para la clase opresora de recobrar el poder; la clase opresora y explotadora no podrá jamás recobrar el poder en nuestro país.
La Revolución sabe, y el pueblo sabe, el pueblo sabe que la Revolución es expresión de su voluntad. La Revolución no llegó al poder con bazucas yanquis, ni con tanques yanquis, ni con cañones sin retroceso yanquis; la Revolución llega al poder con el apoyo del pueblo, en virtud de los sacrificios que el pueblo hizo, de las luchas que el pueblo hizo, de los heroísmos del pueblo; luchando precisamente contra aviones y armas, tanques y cañones yanquis. Así llega la Revolución al poder, con todo el respaldo del pueblo. Ha estado en el poder, ha gobernado con el pueblo y se mantiene en el poder con el pueblo.
Y al pueblo, ¿qué le interesa al pueblo ahora? Al pueblo lo que le interesa es que la Revolución siga adelante sin perder un minuto, siga adelante sin dar un solo paso atrás ni para coger impulso, como dicen los letreros del pueblo.
¿Puede algún gobierno de América, puede preciarse de más democrático que el Gobierno Revolucionario cubano?, ¿de mayor apoyo del pueblo que el Gobierno Revolucionario cubano?, ¿y puede concebirse una forma de democracia más directa que esta? ¿Y por qué la democracia tiene que ser la democracia pedante y falsa de la politiquería y de la compra de votos, y no ser en cambio democracia esta expresión directa de la voluntad del pueblo expresada una y mil veces, todos los días y constantemente derramando su vida; no yendo a un colegio electoral a rayar allí un nombre de un politiquero, sino yendo a morir como fueron a morir los hombres del pueblo, los hombres humildes del pueblo, combatiendo contra los tanques y contra las armas yanquis?
Porque la Revolución, la Revolución le ha dado al pueblo, le ha dado al pueblo algo más que un voto a cada ciudadano, le ha dado algo más: le ha dado un fusil a cada ciudadano, un cañón, una antiaérea, una bazuca, un arma poderosa a cada hombre humilde del pueblo que ha querido presentarse en las milicias.
Y entonces sale un tonto de estos y pregunta: bueno, si ustedes tienen... Como la pregunta que hacen: sabemos que tienen mayoría, ¿por qué no hacer elecciones? Pues señor, por no hacerle gracia a usted, porque no nos interesa estarnos entreteniendo en esas cosas; por no complacerlo a usted, porque al pueblo no le interesa estar complaciendo idiotas, al pueblo no le interesa estar complaciendo tontos, al pueblo no le interesa estar complaciendo señoritos seso hueco. Al pueblo lo que le interesa es sencillamente llevar adelante su obra. El pueblo no puede perder el tiempo, porque hay mucho que trabajar, mucho que hacer, y aquí ningún hombre ni del gobierno ni del pueblo descansa y tiene una tarea muy dura por delante llevando una revolución frente al imperialismo, frente al bloqueo económico del imperialismo, las agresiones económicas y hasta las agresiones militares. Hay que pensar la energía que el pueblo tiene que invertir cavando trincheras, entrenando hombres, custodiando los puntos estratégicos; obreros de la construcción dedicados a hacer túneles, a hacer trincheras, a hacer fortificaciones, cuando todo el mundo sabe que nuestro deseo más caro, nuestro anhelo más ferviente es que todos los cubanos estuvieran haciendo escuelas, haciendo fábricas, haciendo casas, invirtiendo su energía y sus recursos en bien del pueblo, porque nosotros no somos un país guerrerista. ¡Allá los yanquis que gasten más de la mitad de su presupuesto en inútiles armamentos que solo sirven para destruir y para matar y para amenazar al mundo!
Nosotros no somos un país guerrerista, ni guerrerófilos; nosotros somos un país que sencillamente nos vemos obligados a invertir esa energía humana y esos recursos por culpa de los imperialistas. Nosotros no tenemos afanes expansionistas, ni de dominio, ni cosas por el estilo; no queremos vivir del trabajo de ningún pueblo, no le queremos quitar la riqueza a ningún otro país, no queremos explotar a ningún trabajador de ningún otro país. Por eso a nosotros no nos interesa la guerra, no nos interesa el armamento, no nos interesan los planes agresivos; a nosotros sencillamente se nos ha impuesto esta necesidad de tener tanques y esta necesidad de tener cañones, esta necesidad de tener ametralladoras y esta necesidad de tener una fuerza militar para defendernos.
Y los hechos recientes de la agresión imperialista prueban cuánta razón tenía el pueblo de Cuba en armarse y en preparar a sus obreros y a sus campesinos. Porque allí en Girón vinieron a matar obreros y vinieron a matar campesinos, y nuestros obreros y nuestros campesinos se han
visto impuestos por el imperialismo de la necesidad de armarse para defender sus conquistas, para defender su tierra, para defender su derecho, su esperanza, su alegría, su bienestar y, sobre todo, para defender su derecho a tener un futuro mejor. Nos lo ha impuesto el imperialismo, y hemos tenido que invertir energía humana, y recursos y materiales en esa tarea, que bien quisiéramos nosotros poder invertirlos en hacer más escuelas, para que un día aquí en vez de tanques y en vez de cañones desfilen no 20 000 atletas, sino que desfilen 300 000 atletas; y en vez de 600 niños de ciudades escolares, desfilen 150 000 niños de ciudades escolares; y en vez de batallones de milicianos y milicianas, desfilen atletas, estudiantes; y en vez de dedicarse a tener que estar invirtiendo su energía en entrenarse militarmente, invirtieran su energía en cosas que nosotros preferimos, antes de tener que invertirla en cuestiones militares y en cuestiones de guerra, porque eso es algo que nos ha impuesto el enemigo, ya que no podemos sencillamente permanecer inermes ni podemos permanecer con los brazos cruzados frente a la agresión.
Porque no cabe duda que si no estuviera nuestro pueblo armado, entonces no habría podido aplastar a los mercenarios que llevaban un equipo tan moderno como ese que traían los mercenarios. Y si no estuviéramos nosotros bien armados los círculos agresivos del imperialismo ya se habrían lanzado hace mucho rato sobre nuestro país, si creyeran que iban a encontrar un pueblo que no se iba a defender. Pero como saben tan bien que aquí se van a encontrar dondequiera un hombre dispuesto a pelear y dispuesto a morir, como se van a encontrar un pueblo entusiasta como este que ha dicho de verdad — no de palabra, no retóricamente— “Patria o Muerte”, porque de verdad en el sentir de todos nosotros preferimos mil veces la muerte a tener que perder esta patria que hoy tenemos. Sencillamente porque saben que van a encontrar resistencia, los círculos agresivos del imperialismo se ven en la necesidad de meditar; otra cosa sería si pudieran ocupar nuestro país en 24 horas, o en 48 horas. Y por eso nos vemos en la necesidad, ante esas amenazas de agresión, amenazas proferidas a los cuatro vientos, amenazas que no solo hieren la sensibilidad de nuestro pueblo, sino que deben herir la sensibilidad de todos los pueblos de América Latina... Porque desde el momento en que un gobierno de este continente, por el solo hecho de ser poderoso y por tener muchos barcos y muchas armas, declare que se considera capaz de intervenir en un país de América Latina para impedir la voluntad de su pueblo, para impedir que un pueblo se dé la forma de gobierno que estime pertinente, desde el momento en que se declara eso para un pueblo de América, se está declarando para todos los demás pueblos de América.
Y no debiera ser solo Cuba, que debieran ser todos los pueblos de América que se levanten indignados, porque el desconocimiento de la soberanía de un país de América Latina por parte del imperialismo yanqui es el desconocimiento de la soberanía de todos los demás pueblos de América Latina, es un ataque a la soberanía de todos los pueblos hermanos de América Latina . Y desde ese mismo momento se establecería el precedente de que los pueblos no pueden decidir nada, y que el país vecino poderoso se toma el derecho, por encima de todas las normas internacionales, de intervenir para impedir que un pueblo se gobierne según su voluntad, en uso pleno de su soberanía.
Es inconcebible que haya gobiernos tan miserables, como los ha habido, que a raíz de esta agresión del imperialismo — que costó muchas vidas, vidas valiosas de obreros y de campesinos— haya gobiernos tan miserables y tan lacayos y tan traidores al sentimiento de América, que hayan incluso iniciado una política de rompimiento con Cuba, en vez de romper con los Somoza, de donde salió la expedición; en vez de romper con el gobierno reaccionario e inmoral de Guatemala, no rompe con este gobierno donde se organizó la expedición; en vez de romper con el gobierno de Estados Unidos, que paga los aviones y que entrega los aviones, los tanques y las armas, para venir aquí a asesinar obreros y campesinos; viene a romper con la víctima, con el país agredido, que es Cuba, con distintos pretextos, y algunos de ellos como expuso el gobierno de Costa Rica: sencillamente que si se fusilaba a los mercenarios. Entre esos mercenarios hay criminales como Calviño, que ustedes saben que segaron aquí decenas de vidas , hay asesinos y torturadores de todas clases.
Y claro, a ese gobierno el imperialismo le ha exigido que rompa con nosotros; y claro, quiere encontrar una hojita de parra, pero no encuentra una hoja de parra ese gobierno. Entonces se le ocurre hablar de que si fusilan a los mercenarios. Claro está que ellos han decidido romper con nosotros; entonces querían un pretexto, buscar una hojita de parra, aunque esa hojita de parra sea el mismísimo criminal Calviño, o cualquiera de sus compinches que vino ahí.
Y, naturalmente, en un acto insolente de intromisión en los asuntos internos nuestros, ese gobierno planteó su disposición a romper con nosotros si se fusilaba a cualquiera de los mercenarios. No rompe con el imperialismo; no rompe con Kennedy, que organizó la agresión; no rompe con Nicaragua; no rompe con Guatemala. Plantean romper con nuestro pueblo.
¿Cuál fue nuestra actitud, romper con ellos? No. Nosotros les respondimos de manera enérgica la nota. Y los dejamos, porque la responsabilidad histórica es de ellos. No somos nosotros los que estamos rompiendo relaciones con los países de América Latina, porque nosotros consideramos que esos son pueblos hermanos nuestros; nos sentimos unidos a ellos, como ellos se han sentido unidos a nosotros, los pueblos, en la agresión.
Y los que promueven, siguiendo instrucciones del Departamento de Estado yanqui, los que promueven esa política de aislamiento contra Cuba, los que cumplen órdenes del imperialismo y quieren romper relaciones con el país latinoamericano agredido por el imperialismo, son miserables traidores a los intereses y a los sentimientos de América .
Estos hechos nos enseñan, nos enseñan toda la politiquería corrompida que prevalece en muchos países de América Latina, cómo la Revolución Cubana les ha dado un vuelco a todas esas formas tradicionales y corrompidas para establecer formas de vida completamente nuevas en nuestro país.
A los que nos hablan de la Constitución del 40, nosotros les decimos que ya la Constitución del 40 es demasiado anticuada y demasiado vieja para nosotros; que nosotros hemos adelantado demasiado para que nos sirva ese “trajecito corto” de la Constitución de 1940, que fue buena para su época, que nunca se cumplió, y que ya esa Constitución está rebasada por esta Revolución, que hemos dicho que es una revolución socialista.
Nosotros tenemos que hablar de una nueva constitución, sí, de una nueva constitución, pero no una constitución burguesa, no una constitución correspondiente a un dominio de clase explotadora sobre otras clases, sino correspondiente a un nuevo sistema social, sin explotación del hombre por el hombre. Ese nuevo sistema social se llama socialismo, y esa constitución será, por tanto, una constitución socialista.
Si a Mr. Kennedy no le gusta el socialismo, bueno, a nosotros no nos gusta el imperialismo, a nosotros no nos gusta el capitalismo. Tenemos tanto derecho a protestar de la existencia de un régimen imperialista y capitalista a 90 millas de nuestras costas, como él se puede considerar con derecho a protestar de la existencia de un régimen socialista a 90 millas de sus costas.
Ahora bien, a nosotros no se nos ocurriría protestar de eso, porque eso es una cuestión que les incumbe a ellos, una cuestión que le incumbe al pueblo de Estados Unidos. Sería absurdo que nosotros pretendiéramos decirle al pueblo de Estados Unidos qué régimen de gobierno es el que debe tener, porque en ese caso nosotros consideraríamos que Estados Unidos no es un pueblo soberano y que nosotros tenemos derecho sobre la vida interior de Estados Unidos.
El derecho no lo da el tamaño, el derecho no lo da el que un pueblo sea mayor que otro, ¡eso no importa! Nosotros no tenemos sino un territorio pequeño, un pueblo pequeño, pero nuestro derecho es un derecho tan respetable como el de cualquier país, cualquiera que sea su tamaño. A nosotros no se nos ocurre decirle al pueblo de Estados Unidos qué régimen de gobierno debe tener. Luego es absurdo que al señor Kennedy se le ocurra decir qué régimen de gobierno es el que quiere que nosotros tengamos aquí, porque es una cosa absurda; eso nada más se le ocurre al señor Kennedy, porque no tiene un concepto claro de lo que es la ley internacional y la soberanía de los pueblos.
Entonces, ¿a quiénes se les ocurrían esas cosas antes que a Kennedy? A Hitler, a Mussolini. Hitler y Mussolini predicaban su derecho a establecer en los países vecinos el gobierno que ellos estimaran pertinente; Hitler y Mussolini hablaban con ese lenguaje de fuerza; era el que hablaba de los fuertes, era el que decía que“los débiles desaparecerán”. Ese lenguaje fascista, mussolinesco y nazista, lo habíamos oído nosotros en los años anteriores, los años que precedieron la agresión de Alemania hacia Checoslovaquia, país pequeño que Hitler puede repartirse sencillamente porque estaba gobernado por una burguesía reaccionaria. Si Checoslovaquia hubiese estado gobernada, como ahora, por el Partido Comunista checoslovaco, con seguridad, con toda seguridad que Hitler no hubiera podido robarse un solo pedazo de la tierra checoslovaca.
La burguesía, la burguesía reaccionaria, la burguesía reaccionaria y pro fascista, por miedo al avance a la revolución social, prefería incluso el dominio de un Hitler a perder sus privilegios; como estos“señoritos” prefieren el dominio americano antes que perder sus fincas, sus casas y sus latifundios.
Aquí también aquel lenguaje fue el lenguaje que escuchamos víspera de la agresión a Polonia, víspera de la agresión a Bélgica, víspera de la agresión a Holanda, a Dinamarca, a Noruega. Era sencillamente el derecho de la fuerza, el derecho del más fuerte. Ese es el único derecho que ha esgrimido el señor Kennedy al arrogarse para él y para su gobierno el derecho a intervenir en los asuntos internos de nuestro país.
Pues sí, este es un régimen socialista, y está aquí; bueno, la culpa no la tenemos nosotros . En todo caso, la culpa la tuvo Cristóbal Colón, por ejemplo; la tuvieron los colonizadores ingleses, los colonizadores españoles tuvieron la culpa; en todo caso la geografía es la que tiene la culpa. Pero nosotros creemos que podemos vivir con todo nuestro derecho aquí con el régimen social que nuestro pueblo estime justo y estime pertinente, y ellos que vivan con el suyo hasta que el pueblo de Estados Unidos se canse — que algún día se tiene que cansar también, desde luego—, el pueblo de Estados Unidos, de los monopolios allí y de la explotación dentro de Estados Unidos. Porque ellos dicen que un régimen socialista aquí atenta contra su seguridad. No, lo que atenta contra la seguridad del pueblo de Estados Unidos es la política agresiva de los guerreristas de Estados Unidos; lo que atenta contra la seguridad de la familia y del pueblo de Estados Unidos son esos exabruptos, es esa política agresiva, esa política desconocedora de la soberanía y de los derechos de los demás pueblos. Quien está atentando contra la seguridad de Estados Unidos es Kennedy con esa política agresiva, porque esa política agresiva sí puede dar lugar a una guerra mundial, y esa guerra mundial sí puede costar la vida a decenas de millones de norteamericanos.
Luego quien atenta contra la seguridad de Estados Unidos no es el Gobierno Revolucionario de Cuba, sino el gobierno agresor y agresivo de Estados Unidos.
Nosotros no ponemos en peligro la seguridad de ni un solo ciudadano norteamericano, nosotros no ponemos en peligro la vida y la seguridad de una sola familia norteamericana; nosotros haciendo cooperativas, haciendo reforma agraria, haciendo granjas del pueblo, haciendo casas, haciendo escuelas, haciendo campañas de alfabetización, enviando miles y miles de maestros al interior, construyendo hospitales, enviando médicos, dando becas, construyendo fábricas, aumentando la capacidad de producción de nuestro país, creando playas públicas, convirtiendo las fortalezas en escuelas y dándole al pueblo el derecho a un porvenir mejor, no ponemos en peligro a una sola familia ni a un solo ciudadano de Estados Unidos.
Quien pone en peligro la vida de millones de familias, de decenas de millones de norteamericanos, son los que están jugando a la guerra atómica, son los que están jugando — como decía el general Lázaro Cárdenas—, a que les conviertan Nueva York en una Hiroshima ; los que están jugando a la guerra, a la guerra atómica, con su política agresiva, con su política violadora de los derechos de los pueblos, sí están poniendo en peligro la seguridad de la nación norteamericana y la seguridad de la vida de no se sabe cuántos millones de norteamericanos.
Es absurdo pretender que un gobierno que se dedica a trabajar para su pueblo, y a crear riquezas y bienes de servicio para el pueblo; que un gobierno que se ha dedicado a luchar con toda honestidad, y con toda energía y con todo tesón frente a todas las agresiones y frente a todos los obstáculos que nos ha puesto el imperialismo, esté poniendo en peligro la vida de un solo norteamericano.
Por eso repetimos que la Revolución Cubana con su obra no pone en peligro la vida de un solo ciudadano norteamericano. En cambio, el imperialismo sí ha puesto en peligro la vida de muchos ciudadanos nuestros; el imperialismo sí ha introducido aquí metralla, fósforo vivo, armas; sí ha alentado aquí a los terroristas, a los contrarrevolucionarios, a los asesinos; ha bombardeado a nuestras ciudades, ha desembarcado expediciones de mercenarios en nuestras costas que sí nos han costado vidas. Mientras no le ha costado la vida a ningún ciudadano norteamericano las obras buenas de la Revolución, las obras malas del imperialismo sí han costado ya la vida de decenas de nuestros compatriotas y ha costado luto en nuestros hogares. Esa es la pura y estricta verdad.
Lo que sí se preocupan es por la seguridad. Ellos saben que mienten cuando dicen que Cuba pone en peligro la seguridad de Estados Unidos; ellos saben que lo que Cuba ha puesto en peligro es la seguridad de los monopolios, no porque nosotros vayamos a mandar a promover revoluciones o hacer revoluciones fuera de aquí, no, sino porque el ejemplo de Cuba es un ejemplo contagioso.
Entonces a ellos no les interesa ni siquiera recobrar lo que aquí han perdido, los cientos de millones; eso, a última hora, es nada para ellos. Ellos darían mucho más que eso por destruir el ejemplo de la Revolución Cubana; ellos darían mucho más que eso porque esta Revolución fracasara. ¿Por qué? Para que no sirviera de ejemplo contagioso para los demás pueblos de América Latina.
Y quienes están preocupados por su seguridad son los monopolios imperialistas por el ejemplo de Cuba. De ahí el interés y el tesón que ponen para destruir ese ejemplo, aun a riesgo de bordear la guerra; de ahí el empeño que han puesto en destruir a la Revolución Cubana, aun sabiendo que están corriendo grandes riesgos de lanzarse a una guerra devastadora para ellos.
Es por eso, porque los monopolios no se sienten seguros, porque el capitalismo monopolista no se siente seguro. ¡Ah!, ¿conque su régimen es un régimen mejor que el nuestro, conque su capitalismo monopolista es mejor que el socialismo cubano? Entonces, ¿por qué tienen tanto miedo, por qué tienen tanto miedo al ejemplo de Cuba? Si su sistema es mejor que el de nosotros, que nos dejen en paz, y entonces todos los pueblos seguirán el sistema yanqui.
¡Ah!, pero si quieren destruir la Revolución, si dicen que no se sienten seguros con una revolución socialista a 90 millas de sus costas, están reconociendo, como decía Jruschov, su falta de fe en su propio sistema, es decir, que no creen en su sistema.
¡Conque el capitalismo es bueno, el monopolismo es bueno, la libre empresa y toda esa mentira es buena! Entonces, ¿por qué quieren destruir la Revolución Cubana? Nosotros, ¿por qué no los queremos destruir a ellos? En primer lugar, porque no nos interesa su sistema de gobierno; en segundo lugar, porque sí sabemos que ellos mismos se van a destruir, que sus propias contradicciones van a dar al traste con su sistema.
¡Ah!, ¿y por qué no nos dejan tranquilos a nosotros, si lo único que nosotros queremos es paz? Incluso, en días recientes el Gobierno Revolucionario emitió una declaración, ante las amenazas imperialistas, de que estábamos dispuestos a discutir, que estábamos dispuestos a discutir para buscar fórmulas que disminuyeran la tensión, y arribaran a relaciones diplomáticas, incluso amistosas si lo deseaban. ¿Por qué? ¿Porque nosotros les tuviéramos miedo? Pueden estar seguros de que nosotros no les tenemos el más absoluto miedo.
Aquí todo el mundo está dispuesto a esperar lo que venga con una sonrisa en los labios y una tranquilidad completa. Nosotros estamos convencidos de que tenemos mucho menos miedo que ellos; nosotros estamos convencidos de que tenemos menos miedo que ellos. Ellos le tienen más miedo a la Revolución que lo que nosotros le podamos tener a sus agresiones, porque ellos, como país poderoso, como gobierno poderoso, círculo gobernante poderoso, gente millonaria acostumbrada a hacer su capricho, tienen una mentalidad según la cual no pueden ni dormir tranquilos pensando que hay una revolución en un país de América Latina.
En cambio, nosotros dormimos tranquilos, aunque sabemos que en cualquier momento podemos ser víctimas de una agresión, que en cualquier momento los imperialistas fabrican un pretexto cualquiera, con el mismo cinismo y el mismo descaro con que bombardearon aquí nuestros pueblos y dijeron que eran aviones nuestros.
Y, sin embargo, aquí todo el mundo alerta, todo el mundo en pie de lucha, todo el mundo en su trinchera; pero, sin embargo, ¿miedo?, no tiene absolutamente nadie aquí. El miedo nunca pertenece a los humildes; los humildes no tienen miedo. Los pueblos que luchan por su libertad no tienen miedo, y están dispuestos a pagar el precio que sea necesario.
Los que tienen miedo son los poderosos, los que tienen miedo son los poderosos que temen perder su poder; los que tienen miedo son los privilegiados, que temen perder sus privilegios; los que tienen miedo son los explotadores, que temen que la explotación desaparezca del mundo; los que tienen miedo, por eso, pueden ser ellos, no nosotros.
Sin embargo, nosotros declaramos que estamos dispuestos a discutir; nosotros, en aras de la paz mundial, estamos dispuestos a discutir y encontrar fórmulas que disminuyan la tensión. Además, porque nosotros no estamos interesados en que el imperialismo nos agreda, no estamos interesados en que el imperialismo se suicide a costa nuestra, como hemos dicho muchas veces. A ellos a lo mejor no les importa que mueran en una guerra millones de negros, millones de portorriqueños, o millones de obreros norteamericanos; en cambio, a nosotros sí nos duele mucho cualquier familia obrera que tenga que vestir luto, cualquier familia campesina que vaya a perder uno de sus hijos jóvenes.
A nosotros sí nos duele mucho cualquier hombre del pueblo que tenga que perder su vida en manos de estos criminales agresores. A ellos quizás no les preocupe para nada, a ellos quizás no les preocupe para nada los millones de hombres humildes del pueblo norteamericano que puedan perecer. Por eso, por la paz mundial, por el interés que tienen todos los pueblos en la paz, porque a nosotros nos interesa la paz, nosotros no estamos en un plano insolente como ellos; nosotros no estamos en un plano altanero como ellos, ni en un plano soberbio. Nosotros, dentro de nuestro derecho, estamos dispuestos a discutir.
¡Ah!, ¿qué dicen ellos? ¡Ah!, ¿qué las cuestiones económicas pueden ser discutidas, pero que el comunismo a 90 millas no puede ser discutido? Bueno, ¿y quién les ha dicho a ellos que nosotros aceptemos, de ninguna manera, discutir sobre lo que a nuestras cuestiones internas se refiere, y sobre el sistema social que nosotros queramos, los cubanos, establecer aquí se refiere? ¿De dónde han sacado la ilusión de que nosotros vayamos a discutir sobre eso? ¡No señor! Nosotros si pensamos que podemos discutir sobre problemas de tipo económico, sobre cualquier tema podemos discutir. Somos nosotros, no ellos, somos nosotros los que no estamos dispuestos a admitir ni siquiera que se roce con el “pétalo de una rosa” lo que se refiera al régimen social que a nosotros nos interese establecer aquí, somos nosotros.
Y frente a esa cuestión, frente a esa cuestión, el pueblo cubano no tiene más que una cosa que decir: que el pueblo cubano es dueño de sus destinos, que el pueblo cubano es soberano, y que el pueblo cubano es dueño de establecer aquí el régimen social, económico y político que estime pertinente, y que no acepta discutir sobre ese particular con el gobierno de Estados Unidos.
A nosotros nunca se nos ha ocurrido la cosa peregrina de que en una discusión entre ellos y nosotros se vaya a tocar ese problema político, porque eso no lo admitimos de ninguna manera, eso ni en broma siquiera se lo podemos admitir a esos señores. Así que eso está fuera de toda discusión. ¡Ilusos que son ellos, ilusos que creen que nosotros vamos a discutir sobre ese tema!
Nosotros estamos dispuestos a discutir sobre todas las demás cuestiones que no afecten a nuestra soberanía nacional, que no afecten a la soberanía del pueblo cubano. Las cosas que quieran discutir de orden económico, de cualquier tipo, estamos dispuestos a discutirlas, porque nosotros ofrecemos eso en aras de la paz del mundo; nosotros ofrecemos eso en aras de los intereses de nuestro pueblo y del propio pueblo americano. ¿Por qué? Porque no pueden sentirse preocupados por el destino del pueblo americano los que están llevando al pueblo americano al borde de la guerra, los que están llevando al pueblo americano al borde de una guerra atómica.
Y una guerra atómica costaría millones de vidas a cualquier pueblo, costaría pérdidas incalculables de riquezas y de vidas humanas. Y los que están llevando, o no les importa llevar al pueblo norteamericano al borde de la guerra, no están sintiendo con el pueblo americano, se están dejando arrastrar por pasiones, se están dejando arrastrar por intereses mezquinos, se están dejando arrastrar por odios, están derivando hacia el fascismo agresor, están derivando hacia la reacción, están derivando hacia el nazismo, pero no están preocupados en absoluto por la suerte del pueblo norteamericano.
Y nosotros una vez más reiteramos que estamos dispuestos a discutir, que miedo no les tenemos ninguno. Que si creen que les tenemos miedo que se quiten esa idea de la cabeza, porque ningún cubano tiene aquí miedo, en primer lugar; en segundo lugar, si tienen la ilusión de que vamos a discutir en lo que se refiere a nuestras cuestiones políticas internas, que se quiten esa ilusión, que aquí nadie tiene la menor idea de discutir sobre ese particular. Sobre las demás cuestiones estamos dispuestos a discutir.
En dos palabras: que se les quite esa fobia contra la Revolución, ese odio hacia la Revolución, y que discutan con nosotros todos los temas que quieran discutir, que nosotros tenemos razón y moral. ¿No hemos discutido con los invasores esos? Sencillamente, porque teníamos razón y podíamos ir a discutir. De la misma manera podemos ir a discutir hasta con los del Pentágono si quieren discutir con nosotros, o los círculos agresivos esos, o los senadores, o los que quieran discutir con nosotros. ¿Interés tenemos en discutir? Sí, tenemos interés, tenemos interés sencillamente en que nos dejen trabajar en paz. ¿Tenemos prejuicio en decirlo? No, porque nosotros tenemos la razón, la moral está con nosotros.
Acabamos de infligirle una derrota al imperialismo; ningún momento mejor que este. Pero nosotros no entendemos que el mundo tenga que estar hecho a los caprichos de nosotros; nosotros no entendemos que tenga que ser la voluntad de nosotros, y nosotros estamos dispuestos a ajustarnos a normas de convivencia civilizadas y pacíficas con los demás países. No tenemos prejuicios en decir que estamos dispuestos a discutir y que nos interesaría discutir.
¿Quiere decir eso que estamos locos por discutir con ellos? No, no, de eso absolutamente nada. Nosotros sencillamente obramos de una manera sensata, nosotros obramos de una manera racional; nosotros no obramos ni de una manera insensata ni de una manera irracional. ¿Que es firme la posición de la Revolución? ¡Firmísima! Y sin vacilaciones de ninguna índole. ¿Que nosotros vamos a seguir llevando nuestra Revolución adelante? ¡La vamos a seguir llevando, sin pestañear, adelante, y sin vacilaciones, y sin dar un solo paso atrás, ni para coger impulso, como dice el pueblo.
Ahora bien, ahora bien, nosotros no estamos en plan de matones internacionales. Ese papel de matones internacionales se lo dejamos a ellos. Si ellos quieren seguir desprestigiándose en el mundo, que se desprestigien; si ellos quieren seguir diciendo que a ellos no les importa un bledo la soberanía de los pueblos, que lo digan; si quieren seguir diciendo que se arrogan el derecho de intervenir, pues le estarán infiriendo una herida muy profunda y muy seria a la dignidad de todos los pueblos de América Latina.
Luego nosotros sobre eso, con mucha calma y con mucha ecuanimidad, nosotros sí estamos en plan de discutir; pero en la misma forma en que estamos en plan de discutir, estamos en plan de defendernos. De la misma manera en que estamos dispuestos a sentarnos a discutir cuando quieran, estamos dispuestos a empezar a disparar un millón de tiros desde el momento en que el primer paracaidista yanqui caiga aquí sobre nuestro suelo . De la misma manera que estamos dispuestos a discutir por vía diplomática, estamos dispuestos a combatir frente a la agresión. Y, desde luego, que desde el mismo minuto en que pusieran pie en nuestra tierra, tienen que llevar la convicción que desde ese momento han emprendido la guerra más difícil que les haya tocado emprender nunca, y que van a encontrar la resistencia que jamás soñaron encontrar en ninguna parte del mundo.
De eso nosotros no tenemos la menor duda; de eso nuestro pueblo no tiene la menor duda. Además, tenemos la seguridad de que esa guerra sería el principio del fin del imperialismo. Así que, nosotros, con la misma serenidad con que estamos dispuestos a discutir, con esa misma serenidad y con esa misma seguridad nosotros vamos a defender hasta la última pulgada de nuestra tierra, y hasta la última gota de sangre ; en una guerra para la cual tenemos armas, armas para defendernos, balas para defendernos, en la ciudad, en el campo, en todas partes, y sobre todo tenemos un pueblo. Porque contra los invasores imperialistas aquí van a luchar hasta los pioneros que ustedes vieron desfilar aquí, hasta los niños de la ciudad escolar, las campesinas esas, no ya los obreros, y las mujeres y el pueblo todo. ¡Contra los imperialistas van a luchar aquí hasta los niños!
Desde el momento en que los imperialistas invadieran nuestra tierra, aquí no habría más que un solo deber para cada hombre —joven o viejo—, para cada mujer —joven o vieja—, para cada niño, no habría más que un deber: matar invasores, ¡matar invasores! Y entonces, una cosa que queremos decir es que, caso de que nuestro país sea agredido por extranjeros, no debe haber un solo prisionero, no debe haber un solo prisionero; extranjero que invada nuestro país, extranjero que invada nuestro país en plan de guerra, extranjero que invada nuestro país en son de guerra, sepa que tiene con nosotros una lucha a muerte; que nos maten, que mientras quede uno solo de nosotros, tendrá un enemigo que lo sabrá combatir nada más que en una guerra a muerte. Guerra a muerte es, sencillamente, guerra a muerte; no hay términos medios. Si nosotros contra cualquier invasor extranjero... Esto equivale a un principio de la guerra que libraríamos contra el invasor: sería una guerra sin prisioneros, por cuanto entendemos que el invasor que viniera aquí vendría a echar una guerra a vida o muerte contra nosotros, y nosotros ninguno queremos la vida si los invasores imperialistas ponen el pie en nuestra tierra, entonces, frente a eso, la guerra que tendrían que librar con nosotros sería una guerra sin prisioneros, es decir, una guerra a muerte, una guerra en que tienen que venir a destruirnos a nosotros hasta el último hombre, porque nosotros vamos a luchar para destruir hasta el último hombre de ellos que ponga el pie en nuestras costas .
Todo hombre y mujer debe saber que ese es su deber. Y ese deber lo sabremos cumplir todos de manera sencilla, y de manera natural, como luchan los pueblos cuando tienen una razón muy grande para luchar, como luchan los pueblos cuando tienen que defender las cosas que nosotros tenemos que defender. Y es verdaderamente un crimen que por sus razones egoístas y miserables no dejen a nuestro pueblo en paz, no dejen a nuestro pueblo continuar adelante su obra de justicia, esa obra que está llevando la felicidad a millones de seres que antes vivían sin esperanza, que antes vivían sumidos en la humillación y la tristeza.
Es verdaderamente criminal que los egoístas y bastardos intereses de los monopolios imperialistas yanquis se empeñen en perturbar la paz de este país, se empeñen en perturbar la felicidad de este país, se empeñen en crearle obstáculos a nuestro pueblo, y se hayan deshonrado de una manera tan vergonzosa, agrediendo primeramente en forma económica a nuestro país, quitándole las cuotas, suprimiendo los mercados, embargándole las importaciones, bloqueando las ventas de nuestros productos y tratando de llevarnos a una situación de miseria y de hambre.
Mientras trataban por todos los medios de privarnos de nuestros ingresos en divisas, para que nosotros no tuviéramos ni con qué comprar manteca, se gastaban decenas de millones de pesos armando mercenarios, dándoles aviones, dándoles barcos, para que vinieran aquí a asesinar a nuestros obreros y a nuestros campesinos. Mientras por un lado perpetraban todo género de agresiones contra nuestros pueblos, mientras por un lado trataban de privarnos hasta del último centavo, se gastaban a manos llenas las fortunas, los millones con los criminales, para hacer derramar la sangre de nuestro pueblo.
¿Y en esa empresa vergonzosa quiénes los han acompañado? Ya vieron, como les dije hace un rato, la composición social de estos señores, los ricos que vinieron ahí, las tierras que tenían; los criminales de guerra que venían ahí, cómo no faltaba el cura en la consabida aventura criminal de agresión a nuestro país.
Es decir no que no faltaba el cura, sino no faltaban tres curas. Tres curas vinieron con la brigada invasora. ¿Eran tres curas cubanos? No, ninguno era cubano, eran nada menos que tres curas españoles, tres curas falangistas. Y ustedes recordarán que cuando a ellos se les preguntó qué venían a hacer, dijeron que venían en funciones puramente espirituales para atender a sus feligreses, para atender a sus buenos y nobles y humanos y generosos feligreses, sus idealistas feligreses de las 27 000 caballerías, y de las 10 000 casas, sus Calviño y sus Soler Puig, sus King, asesinos de soldados; pero decían que ellos vinieron en una misión puramente evangélica, puramente cristiana, puramente espiritual.
Y, sin embargo, revisando los libros de notas de estos señores, nos encontramos aquí: “Llamamiento escrito por el cura Ismael de Lugo en su libreta de notas. Llamamiento al pueblo...”, y les voy a leer el llamamiento que hacía al pueblo este cura que venía en funciones netamente espirituales; decía: “El jefe de los servicios eclesiásticos de la brigada de asalto...” — de asalto sí, pero de asalto a la riqueza del país, y asalto al palacio de los Deportes— “...Reverendo padre Ismael de Lugo, Capuchino, se dirige en nombre propio y en el de los demás capellanes al pueblo católico de Cuba. Atención, atención, católicos cubanos: las fuerzas liberadoras han desembarcado en las playas cubanas; venimos en nombre de Dios —conque Calviño venía en nombre de Dios, conque Soler Puig y el chino King venían en nombre de Dios, conque los dueños de los cabarets y de los casinos de juego venían en nombre de Dios, conque los miserables explotadores que venían ahí venían en nombre de Dios—, de la justicia y de la democracia, a restablecer el derecho conculcado, la libertad pisoteada y la religión metodizada y calumniada”. Debe ser mentira todo esto, una calumnia.
“Venimos no por odio, sino por amor...” — y ahí están las fotografías de las mujeres y las niñas asesinadas por los aviones yanquis; entiendo que muchos de ustedes habrán tenido oportunidad de ver esas fotos espantosas de mujeres y de niñas asesinadas por los aviones yanquis.“Venimos no por odio, sino por amor, venimos a traer la paz — y que lo digan los cientos de familias que hoy tienen sus hijos heridos en los hospitales o que visten luto— aun cuando para conquistarlas tengamos que hacer la guerra”.
¡Y qué guerra! Tenía que ser una guerra de desgaste, una guerra civil espantosa, porque ellos se equivocaron políticamente en sus cálculos políticos; pero aun cuando no se hubieran equivocado, supongamos que a la Revolución la defendiera una minoría poderosa, la suficiente para prolongar la guerra muchos años; y la Revolución tenía una mayoría poderosa; la insignificante minoría con que podía contar la contrarrevolución, apoyada con los aviones yanquis y las armas yanquis, no habría podido progresar, y habría sometido al país a una guerra estéril y de desgaste.
“La brigada de asalto está constituida por miles de cubanos —primera mentira de este señor cura, porque tenían unos 1 500— , que son en su totalidad —óigase bien— cristianos y católicos”, verbigracia: Calviño, Soler Puig, el chino King, etcétera; ¡que son en su totalidad cristianos y católicos!: 27 000 caballerías de tierra, 10 000 casas, 70 industrias, cinco minas, dos bancos, doscientos y pico socios de los clubes aristocráticos donde no podía ir ningún cubano negro, 10 centrales azucareros.
“Su moral es la moral de los cruzados — con la diferencia que estos cruzados no venían a conquistar el templo del señor, sino que venían a conquistar sus latifundios y sus centrales azucareros—, vienen a restablecer los principios que en un día el maestro legisló en el monte de las bienaventuranzas; antes que desembarcar todos han oído la santa misa y han recibido los santos sacramentos.” Saben por qué luchan. Quieren que la Virgen Morena, nuestra patrona, la Caridad del Cobre, no sufra más al contemplar desde su santuario tanta impiedad, tanto laicismo y tanto comunismo.
“En estos momentos necesitamos la colaboración de todos los católicos de Cuba, pedimos oraciones por nuestro triunfo, protección divina para nuestros soldados, cooperación cívica no saliendo de sus hogares y rogando al dios de los ejércitos” — y vean ustedes cómo se refiere al dios de los ejércitos, como si se tratase de un pagano cualquiera—“que la lucha sea breve para que se derrame la menor cantidad de sangre posible, de sangre fraterna y cubana” — y ese de cubano no tenía ni un pelo, hablando de derramar sangre cubana, un cura español falangista.
“Nuestra lucha es la de los que creen en Dios contra los ateos, la de los valores espirituales contra el materialismo” — es decir valores espirituales, y venían a buscar sus millones de pesos, venían a buscar sus Cadillacs, venían a buscar sus suculentos platos a la hora de almuerzo y de comida, venían a buscar sus clubes, venían a buscar sus centrales azucareros, sus minas, sus bancos, sus latifundios y vienen hablando de valores espirituales. La lucha de la democracia contra el comunismo — de la democracia imperialista kennediana. Las ideologías solo se derrotan con otra ideología superior y la ideología única capaz de derrotar a la ideología comunista es la ideóloga cristiana; para eso venimos y por eso luchamos.
“Católicos cubanos, nuestra fuerza militar es arrolladora e invencible y mayor aun es la fuerza de nuestra moral y nuestra fe en Dios y en su protección y ayuda. Católicos cubanos: os envío un abrazo en nombre de los soldados del ejército libertador” — Calviño, Soler Puig, King, etcétera—, “para todos los familiares, parientes y amigos, pronto podréis estar juntos. Tened fe, que la victoria es nuestra, porque Dios está con nosotros y la Virgen de la Caridad no puede abandonar a sus hijos. Católicos, viva Cuba libre, democrática y católica; viva Cristo rey; viva nuestra gloriosa patrona. Os bendice” —bendice, después de todos los sapos y culebras que largó—, “padre Ismael de Lugo, jefe de los servicios eclesiásticos de la brigada.”
Todavía es más indignante si se piensa, todavía es más indignante si se piensa que este señor no es de cubano nada y que es nada menos que un español falangista y que bien podía haber utilizado todos estos bríos guerreros haciendo todos estos llamamientos al pueblo español a luchar contra la guardia mora de Francisco Franco, que bien se pudiera haber ahorrado estos bríos.
¿Y por qué viene aquí con otros tres curas españoles falangistas y no va a España a luchar por la libertad contra el señor Francisco Franco, contra el caudillo del Ferrol, que lleva veinte y no sé cuántos años oprimiendo al pueblo español, vendido al imperialismo yanqui, veintitantos años asesinando a españoles, oprimiendo a los españoles y convirtiendo a España en toda una base militar yanqui? Y, por supuesto, los yanquis no luchan por la libertad en España de ninguna manera, ni en Nicaragua, ni en Guatemala, no; ellos son los grandes amigos de Franco y estos curas falangistas, en vez de ir a España a predicar la lucha por la libertad, que es donde de verdad necesita libertad el pueblo español, contra los curas reaccionarios, contra el clero, contra la nobleza reaccionaria, contra los militares reaccionarios y contra los capitales reaccionarios; libertad para los obreros españoles, libertad para los campesinos españoles, libertad para el sufrido pueblo humilde de España, no se va allá ese cura falangista español a predicar la lucha contra la tiranía franquista, y viene aquí a predicar la lucha contra los obreros, y contra los campesinos, contra los obreros y los campesinos que se libraron ya de la explotación de los latifundistas, de la explotación de los monopolios yanquis, de la explotación de los generales, de la explotación de la aristocracia. En vez de ir a España, viene aquí a predicar la lucha contra los obreros y contra los campesinos; y no es uno, son tres, y ya no es el tercer cura, es el cuarto cura, porque el que estaba en el Escambray, el cura Francisco, es también español.
Entonces, ¿qué ocurre?, ¿que los curas fascistas y falangistas españoles han venido aquí a hacer la guerra contra la Revolución? Pues muy bien: vamos a anunciar aquí, al pueblo, que el Gobierno Revolucionario, en los próximos días decretará una ley en virtud de la cual declarará nulo todo permiso para permanecer en el territorio nacional a todo sacerdote extranjero que haya en nuestro país (APLAUSOS PROLONGADOS Y EXCLAMACIONES DE: “¡Que se vayan, que se vayan!”). Y esa ley no tendrá más que una excepción. ¿Saben para quién? Podrá permanecer cualquier sacerdote extranjero, con permiso especial, siempre que el Gobierno lo considere, porque no haya estado combatiendo a la Revolución Cubana, es decir que no haya mantenido una actitud contra la Revolución . Es decir, ¿que habrá excepciones? Sí: un sacerdote que haya sido honesto, que no haya combatido a la Revolución, que no haya estado haciendo contrarrevolución, puede solicitar permiso y el Gobierno, si lo considera pertinente, puede otorgárselo, porque hay algunos sacerdotes extranjeros —algunos, por excepción— que no han tenido una actitud contra la Revolución, pero la regla general ha sido esa.
Claro, dirán que somos impíos, enemigos de la religión. ¿Podrán decir eso después que un señor jefe de servicios eclesiásticos, mientras proclama por un lado que venía a prestar servicios espirituales, suscribe un manifiesto como este, de este tipo, de carácter político? ¿Podrá seguir tolerando la Revolución que estos hechos sigan ocurriendo impunemente (EXCLAMACIONES DE:“¡No!”), y que estos señores vengan a traernos el infierno en la misma tierra (EXCLAMACIONES DE: “¡No!”) con sus criminales de guerra, sus Calviño, sus King, sus Soler Puig, sus latifundistas, y sus niños privilegiados, que vengan a traerles al obrero aquí, y al campesino, el infierno sobre la misma tierra? ¿Podremos permitir que siga la falange española, a través de sus curas, promoviendo aquí los derramamientos de sangre y la conspiración? ¡No! ¡No estamos dispuestos a permitirlo! Y, sencillamente, ya lo saben los curas falangistas: que deben ir preparando sus maletas (APLAUSOS PROLONGADOS Y EXCLAMACIONES DE: “¡Que se vayan!”).
¿Es esa la única actividad contrarrevolucionaria que han estado realizando? No. La han estado realizando en los colegios religiosos también, abiertamente, inculcándole a los jóvenes que tienen bajo su influencia el veneno de la contrarrevolución; y lo han estado haciendo porque encuentran precisamente el terreno abonado fácil, en esos colegios donde iban por lo general los hijos de las familias adineradas.
Y allí, en ese caldo de cultivo, han estado promoviendo las siembras de veneno contrarrevolucionario en la gente joven; fomentando mentalidades terroristas; inculcándoles a los jovencitos inconscientes el odio a su patria y el odio a su Revolución. ¿Por qué tiene la Revolución que tolerar eso? ¿Por qué tiene la Revolución que tolerar semejante crimen?
Como dijimos un día, los culpables de esos hechos terroristas surgidos como consecuencia de esa campaña no serán ellos; ¡más culpables seríamos nosotros por tolerar que toda una pandilla de facinerosos y de reaccionarios le inculque a nuestra juventud ese veneno!
Y, por tanto, anunciamos aquí que en los próximos días el Gobierno Revolucionario decretará una ley nacionalizando las escuelas privadas. Esa ley no puede ser una ley para un sector, esa ley tendrá un carácter general; es decir que serán nacionalizadas las escuelas privadas. Naturalmente, no las pequeñas escuelitas, donde un maestro dé clases, las escuelas privadas que tienen varios maestros.
Ahora bien, ¿han tenido la misma conducta los directores de las escuelas privadas de los privilegiados y los directores de otras escuelas privadas? No, han tenido diferentes conductas. Hay muchos directores de escuelas privadas, de tipo laico, y algunas escuelas privadas de tipo religioso, no católicas, que han tenido una actitud distinta, que no han estado inculcando el veneno de la contrarrevolución.
Bien: el Estado se considera en el deber, la Revolución se considera en el deber de organizar y establecer el principio de la enseñanza gratuita a todos los ciudadanos del país, y el pueblo se considera en el deber de formar a las futuras generaciones en un espíritu de amor a la patria, de amor al prójimo verdadero, es decir, amor a sus semejantes, amor a su pueblo, amor a la justicia, ¡amor a la Revolución!
Ahora bien: ¿qué hará con las escuelas de tipo privado que no hayan tenido una conducta contrarrevolucionaria? Pues, sencillamente, el Gobierno Revolucionario indemnizará a aquellos directores o dueños de escuelas que no hayan tenido una actitud contrarrevolucionaria, sino que, por lo contrario, hayan tenido una actitud favorable a la Revolución. ¡Y la Revolución no indemnizará ningún plantel de enseñanza cuyos dirigentes hayan estado haciendo campañas contrarrevolucionarias, hayan estado contra la Revolución!
Es decir que habrá indemnización para aquellos planteles que hayan mantenido una actitud patriótica y una actitud decorosa con respecto a la Revolución; serán indemnizados, y sus directores invitados a trabajar con el Gobierno Revolucionario en la dirección de ese plantel o de otro plantel, es decir que esos directores serán llamados a ayudar en la enseñanza y en la docencia, además de indemnizados.
A los profesores y empleados de todas esas escuelas de carácter laico se les dará trabajo; es decir que los empleados y los profesores de esas escuelas tendrán asegurado su trabajo.
Los alumnos de esas escuelas podrán seguir yendo a esas escuelas, donde se mantendrá y aun se elevará el nivel educacional; pero, además, ¡no tendrán que pagar absolutamente nada por ir a esas escuelas!
(ALGUIEN EXCLAMA: “¿Y Villanueva?”) Villanueva está incluida, por supuesto, en esa nacionalización.
¡Ah, dirán que este Gobierno“impío” se opone a la enseñanza religiosa! ¡No, señor, a lo que nos oponemos es a esas sinvergüencerías que han estado haciendo y a ese crimen que han estado cometiendo contra nuestro país! ¡No, señor! ¿Pueden enseñar religión? Sí, en las iglesias pueden enseñar religión, los curas que no hagan campañas contrarrevolucionarias sencillamente, porque una cosa es la religión y otra cosa es la política.
Si estos señores no estuvieran contra los intereses políticos del pueblo revolucionario, a nosotros no nos importarían absolutamente nada; si estuvieran en un plan patriótico y en un plan justo, les podríamos publicar sus pastorales en los periódicos revolucionarios — eso no importa—, y pudieran discutir todo lo que quisieran sobre las cuestiones religiosas; además, al Gobierno Revolucionario no le incumbe ese problema.
¿Las iglesias podrán seguir abiertas? Sí, las iglesias podrán seguir abiertas, y podrán enseñar religión allí en las iglesias.
¿Y no sería mucho mejor que, en vez de esta guerra declarada y descarada contra la Revolución, se hubiesen concretado a sus enseñanzas de tipo religioso y que todo el que quisiera ir a una iglesia pudiese ir a una iglesia a recibir esa enseñanza de tipo religioso, en vez de esta guerra contra la Revolución y contra el pueblo y al servicio del imperialismo, y de los explotadores del pueblo? ¿No sería mucho más bonito que hubiera una paz?
Bien, si desean esa paz la pueden tener con la Revolución, la pueden tener dentro de los estrictos límites del respeto que corresponde al Gobierno y al pueblo revolucionarios y dentro de la cual el Gobierno y el pueblo revolucionarios practicarán la misma política de respeto y de consideración hacia ellos. Lo que no pueden es estarle haciendo la guerra al pueblo al servicio de los explotadores, lo que no pueden es estar haciéndole la guerra a la Revolución al servicio del imperialismo, porque eso no tiene que ver nada con cuestiones de religión, tiene que ver con los intereses egoístas y brutales de los explotadores, tiene que ver con el imperialismo, tiene que ver con cuestiones materiales, tiene que ver con sangre, tiene que ver con oro, pero no tiene que ver nada absolutamente con Dios ni con la religión.
Y dentro del marco de ese respeto podrán encontrar nuestro respeto, dentro del marco de ese respeto podrán encontrar la consideración del pueblo. Y sería mucho más bonito que los que quedaran aquí, o los sacerdotes cubanos que surgieran de seminarios cubanos, enseñaran religión en las iglesias, en santa paz con la Revolución, en santa paz con el pueblo.
El cristianismo surge precisamente como religión de los humildes, religión de los esclavos y de los oprimidos de Roma; la religión que prospera en las catacumbas del imperio romano, catacumbas donde debían refugiarse para que los aristócratas esclavistas no los echaran a los circos a ser devorados por las fieras. Así surge aquella religión de los humildes en Roma, así surge y se va abriendo paso como religión de los humildes y llega a ganar el respeto de las leyes y las autoridades.
Aquella iglesia existió, pues, con el imperio romano y convivió con el imperio romano. Desapareció el imperio romano y surgió el feudalismo; aquella iglesia convivió con el feudalismo. Desaparece el feudalismo y se forman las monarquías absolutas nacionales, y aquella iglesia convive y perdura con las monarquías absolutas nacionales. Desaparecen las monarquías absolutas nacionales, surgen las repúblicas burguesas, y aquella iglesia convive con las repúblicas burguesas. Pues bien, desaparece aquí la república burguesa, desaparece la explotación del hombre por el hombre, ¿por qué no va a convivir esa iglesia con un régimen de justicia social muy superior al imperio romano, al feudalismo, a las monarquías absolutas y a la república democrática burguesa, y que en sus leyes sociales, en sus leyes y en su proyección social, en su defensa de los intereses humanos, en su defensa de los intereses de todos los hombres de la sociedad, en su lucha contra la explotación, se semeja mucho más al cristianismo de lo que se semejaba el feudalismo explotador y cruel, o las monarquías absolutas, o el imperio romano, o la república burguesa, o el imperialismo yanqui, que es capaz de discriminar al negro, de enviar a morir por el oro de los millonarios a los hijos de Puerto Rico, que es capaz de hacer matar millones de obreros por defender los intereses bastardos y egoístas de las camarillas reducidas de millonarios que controlan las finanzas y controlan la industria y controlan los monopolios de Estados Unidos?
Es decir que nosotros entendemos que sí, que pueden convivir perfectamente, y que la Revolución no se opone en absoluto a la religión, que son ellos los que han estado utilizando el pretexto de la religión para combatir la justicia, para combatir a los obreros y campesinos, para combatir a los humildes, y olvidándose de aquello que decía Cristo de que“más fácilmente entraba un camello por el ojo de una aguja que un rico en el reino de los cielos”, vinieron aquí con los latifundistas, con los dueños de centrales azucareros y con los banqueros, a asesinar hombres humildes del pueblo, a asesinar obreros, a asesinar campesinos, a asesinar negros, a asesinar cubanos humildes.
Estos son los hechos, y hemos hablado como siempre con toda claridad; y esto no significa sino que estamos dispuestos a defender la Revolución, a seguir adelante, convencidos de la razón de nuestra causa, de la justicia que nos asiste.
Hemos hablado de nuestra Revolución socialista. ¿Significa ello que el pequeño comerciante o el pequeño industrial tenga que preocuparse? No. Las industrias básicas, las minas, los combustibles, los centrales azucareros, la función bancaria, el comercio de exportación y de importación, es decir, el volumen fundamental y esencial de la economía nacional, está en manos del pueblo, con los cuales el pueblo cubano tiene base y tiene recursos suficientes para llevar adelante todo un programa de desarrollo de la economía de nuestro país y, por tanto, pueden convivir con la Revolución el pequeño industrial y el pequeño comerciante.
La Revolución ha tenido siempre en cuenta los intereses de esos pequeños sectores, sectores de pequeños propietarios. La mejor prueba es la Reforma Urbana; la Reforma Urbana afectaba a 105 000 propietarios. Tengo entendido que ya este mes habrá de 100 000 a 105 000 pequeños propietarios, es decir, todos los pequeños propietarios de casas estarán cobrando. Había el mes pasado ya 75 000 cobrando mensualmente en los bancos; no tenían que ir a molestar al inquilino; si el inquilino antes no les pagaba, ellos no cobraban. Con el fondo que ha hecho la Revolución, mediante la captación de todo lo que sobrepase de la suma de 600 pesos, se ha hecho un fondo que garantiza que el pequeño propietario, que muchas veces antes no podía cobrar, cobre lo que percibía de renta. Claro está que la Revolución ha captado todo lo que sobrepase de 600 pesos. De esta manera la Revolución cuenta este año y contará durante varios años con cerca de 80 millones de pesos para invertir en construcciones todos los años; y, además, pagarles a todos los que percibían menos de 600 pesos, y que eran en total de 100 000 a 105 000. Incluso en la ley de Reforma Urbana se establece que cuando ese ingreso del pequeño propietario sea su único ingreso, cuando sea su único ingreso, después que el inquilino haya terminado de pagar la casa el gobierno le pasaría una pensión.
¿Por qué? Porque nosotros entendemos que la sociedad debe ayudar al inválido, al niño y al anciano. Está de acuerdo con los principios de la Revolución si una familia no tenía otro ingreso más, si una persona anciana no tenía otro ingreso más que la renta de una casa de 80 o 100 pesos, y al cabo de cinco años ya el inquilino la terminó de adquirir, en ese caso la sociedad tiene el deber de seguir ayudando a esa persona.
Así lo estableció la ley y así se está cumpliendo.
La revolución socialista no quiere decir que elimina sin contemplación alguna los intereses de determinados sectores sociales; la Revolución eliminó sin contemplación alguna los intereses de los grandes terratenientes, de los grandes latifundistas, de los bancos, de los grandes industriales; y el Gobierno Revolucionario en ocasión de aquella nacionalización de las grandes empresas nacionales, y de los bancos, y de la Reforma Urbana, estableció, declaró, que ningún otro interés social de sectores medios de la población sería afectado sin discutir, sin tener en cuenta sus intereses. Y la Revolución ha cumplido esa palabra, la Revolución ha cumplido la Ley de Reforma Urbana en todo lo que se refería al pequeño propietario; la Revolución cumplirá su palabra y su declaración en el sentido de que ningún interés medio será afectado sin tener en cuenta esos intereses.
El pequeño comerciante era explotado por el gran almacenista; hoy el pequeño comerciante tiene crédito, también lo tiene el pequeño industrial.
La Revolución no tiene ningún interés en nacionalizar o socializar esas pequeñas industrias, esos pequeños comercios — o industria y comercio medio—, porque la Revolución tiene sobrada tarea con todos los centros de producción y las fuentes de riqueza con que hoy cuenta para llevar adelante su programa.
La Revolución entiende que puede haber una colaboración por parte del pequeño comerciante, del pequeño industrial, una colaboración con la Revolución, y entiende que sus intereses pueden coincidir con los intereses de la Revolución.
En determinados momentos los contrarrevolucionarios han querido hacer ver que una peluquería iba a ser nacionalizada, que las máquinas de alquiler iban a ser nacionalizadas; bueno, hasta los puestos de frita iban a ser nacionalizados. Todos esos puestos de frita, ¡bienvenidos sean todos esos puestos de frita que muchas veces resuelven muchos problemas a la gente que no puede ir a un restaurante elegante! Los puestos de frutas, pequeños comercios y pequeñas industrias, pueden coincidir. La Revolución no contempla esos casos y entiende que la solución de esos problemas será producto de un proceso de evolución largo, será producto de un proceso de evolución largo.
Quedan todavía algunos intereses que de verdad son verdaderamente dañinos al pueblo. Hay veces que un tomate se vende aquí en la ciudad cinco veces más caro de lo que le pagan al campesino; una piña se vende cinco veces más cara. Todavía hay una pequeña plaga de intermediarios por ahí que son verdaderos chupópteros de la economía del pueblo y que realmente bloquean el consumo. La Revolución tiene todavía que tornar algunas medidas a fin de hacer posible que se rompa el bloqueo de ciertas plagas parasitarias que encarecen extraordinariamente los productos agrícolas, que le pagan al campesino una miseria y le hacen pagar al pueblo carísimo por esos productos. La Revolución tiene que tomar medidas de manera de romper ese bloqueo y que el pueblo pueda consumir lo más posible propiciando el desarrollo de la agricultura.
Es decir que quedan algunas medidas que tomar. Pero yo hago esta advertencia para que nadie se confunda, para que todo el mundo sepa a qué atenerse. Es decir que, fundamentalmente, las medidas de la Revolución están tornadas; nadie tiene que preocuparse. Es más, entiendo que este es un momento victorioso de la Revolución que debe servir de elemento de juicio a todos aquellos que hayan estado dudosos o vacilantes.
¿Por qué privarse de este privilegio que es para nuestro pueblo participar de un proceso como el que estamos viviendo? ¿Por qué privarse de esta alegría? Cuando nosotros veíamos el entusiasmo del pueblo, la unión del pueblo, la gigantesca masa que desfilaba frente a esta tribuna, nosotros pensábamos: ¿Por qué habrá cubanos todavía a quienes les duele esta dicha?, ¿por qué habrá cubanos a los que les duela esta felicidad?, ¿por qué serán tan incapaces de comprender que esta alegría y esta felicidad puede ser también de ellos?, que no es más que cuestión de adaptación. Que recapaciten ante la fuerza invencible de la Revolución, la fuerza arrolladora de una Revolución que nada ni nadie la podrá destruir y pensando en eso adaptarse en ella; y que el día de mañana vean también a sus hijos desfilar ahí con los hijos de los obreros, y hacer gimnasia, y asistir a concursos y ganar premios. Que vean también a sus hijos en las mismas escuelas, y que los vean disfrutando de la misma alegría.
Comprendemos que haya cerebros incapaces de adaptarse a formas nuevas de vida, pero que piensen en sus descendientes, que piensen en sus hijos jóvenes, y que piensen que van a hacer infelices a esos hijos si no los enseñan a vivir en una sociedad nueva, y sobre todo cuando se piensa que esa será una sociedad justa, sin explotación, sin humillación del hombre por el hombre, sin abusos, sin injusticia, que será una sociedad muy distinta, una sociedad mejor, una sociedad llena de vida; no aquella sociedad muerta, muerta por la explotación, muerta por el egoísmo, sino esa sociedad llena de vida generosa que hemos podido presenciar en el día de hoy, esa sociedad llena de alegría, esa sociedad y ese mundo llenos de esperanzas, ese mundo lleno de promesas para las generaciones venideras.
Es esta la hora en que nosotros lejos de utilizar la victoria que costó tanta sangre de pueblo como momento para humillar a los que no hayan sido capaces de entender la Revolución, les hablamos con toda honradez y con toda generosidad, y les preguntamos si no es hora que comprendan; a esa minoría que todavía es incapaz de sumarse a la Revolución, preguntarle si no es hora de que recapacite y que se sume.
En estos días de agresión la Revolución se vio en la necesidad de adoptar medidas contra posibles enemigos, se vio en la necesidad de impedir la acción por parte de la quinta columna; y en esas medidas posiblemente muchas personas, por razones distintas, hayan sido objeto de retención. A esas mismas personas se enviaron a los compañeros ministros a hablar con ellas; hay cientos de personas en este momento que van a conversar con ellos, con todos los que fueron detenidos.
La Revolución no desea hacer uso de sus fuerzas. La Revolución repudia tener que hacer uso de su fuerza, aun contra una minoría. La Revolución prefiere hacer uso de su razón, la Revolución prefiere hacer uso de su persuasión. Y lo que nosotros queremos es que mientras haya un cubano equivocado, pero capaz de rectificar, capaz de comprender, hacer que ese cubano comprenda, hacer que ese cubano rectifique. No somos tan egoístas que queramos para nosotros solos toda esta felicidad, toda esta emoción y toda esta gloria, que no es gloria de nosotros los ministros o los funcionarios del Gobierno Revolucionario, sino que es, sobre todo, gloria del pueblo.
Miedo no tiene la Revolución. La Revolución es demasiado fuerte para tener miedo, la Revolución tiene demasiado respaldo para tener miedo. Estas palabras dichas en momentos difíciles, dichas cuando la ofensiva contrarrevolucionaria era lanzada, por el imperialismo con todas sus fuerzas, no habrían tenido el valor que tienen hoy, después de la aplastante victoria militar obtenida por el pueblo contra los invasores; después de la destrucción y captura total de su ejército, destrucción de su fuerza aérea, destrucción de su fuerza naval; después de este acto de hoy, de este desfile de 14 horas, ¡el más grande de la historia!; después del entusiasmo de que son testigos todos los visitantes, entusiasmo que no se puede fabricar con propaganda, entusiasmo que no surge sino cuando es profundo, profundamente nacido del corazón del pueblo, de una manera espontánea, de un pueblo inteligente y generoso que responde a la realidad de la justicia que ha visto nacer en su tierra . Después de hoy estas palabras son, sinceramente, palabras que decimos a aquellos que, por haber nacido en el pasado, por haber sido educados en muchas de las mentiras del pasado, hayan sido incapaces de comprender hasta hoy.
Pero también hemos sabido de muchos casos de hombres y mujeres del pueblo que eran vacilantes hace algunos meses, que incluso tenían dólares guardados, y anónimamente los han enviado después de esta invasión, sobre todo después que vieron declarar a los mercenarios, después que vieron su falta de razón, su falta de moral, su falta de lógica, su falta de sentido para venir a ensangrentar esta tierra y, sobre todo, después que vieron — por propia confesión de los imperialistas yanquis— , que esa expedición fue organizada por el Servicio Central de Inteligencia, ordenada por Kennedy, discutida con los jefes de los órganos represivos del Estado Mayor, con el jefe de la escuadra americana. Es decir que fue una expedición netamente extranjera contra nuestro país, haciendo incurrir a los miembros de esa expedición en un delito de alta traición a la patria.
Nosotros con toda franqueza expresamos que, en nuestra opinión, no debíamos empequeñecer nuestra victoria con sanciones que pudieran parecer demasiado severas. Los pueblos victoriosos son pueblos generosos. Y por eso nosotros planteamos que nuestro pueblo debía tener en cuenta esto, que nuestro pueblo no debía empañar ni empequeñecer su victoria con una sanción severa, masiva, contra todos; que esto podría servir, además, de armas a los enemigos de la Revolución porque, además, nunca perderá nuestra Revolución en la hora de la victoria sabiendo sobreponerse a toda la indignación justa, a toda la irritación perfectamente lógica que nos ha ocasionado a todos la sinrazón y el crimen cometido contra nuestro pueblo.
Lo expresamos como entendemos que debemos expresar todo lo que creamos sinceramente que convenga a la Revolución y que convenga al pueblo.
Sobre los invasores hemos obtenido una victoria militar aplastante, y también una victoria moral más aplastante todavía ante los ojos del pueblo y ante los ojos del mundo.
Por eso no tenemos, repito, que empequeñecer nuestra victoria, y verán como así ganamos más; porque la justicia no tiene por qué ser exactamente igual en este caso con toda una masa, cuando unos tienen más culpa, y otros tienen menos culpa; cuando algunos son conocidos criminales y torturadores, y otros no habían tenido todavía la oportunidad de torturar y de asesinar.
A nosotros nos duelen tanto como a los que más, las vidas perdidas, los compañeros caídos. Pero a todo eso tenemos que sobreponernos cuando debemos hablar en bien de nuestro prestigio y de nuestra causa. ¿Qué tenemos por delante? Tenemos por delante los riesgos de la agresión imperialista, tenemos por delante grandes tareas; hemos llegado al punto en que debemos plantearnos con toda responsabilidad que ha llegado la hora de hacer el mayor esfuerzo, ha llegado la hora de hacer el máximo.
Los meses venideros son meses de gran trascendencia, en que nosotros todos tenemos que esforzarnos, tanto en el campo de la preparación militar, como en el campo de la producción, como en el campo de la organización, como en el campo del trabajo revolucionario y político. En todos los órdenes ninguno de nosotros tiene derecho a descansar; en todos los órdenes tenemos la ob1igaciqn de hacer el máximo, aprendiendo la lección de este día de hoy. Con lo que hemos visto hoy, aprendamos que con sacrificio y con esfuerzo se puede cosechar magníficos frutos, y que estos frutos de hoy son poca cosa con los frutos que podemos cosechar en los meses venideros y en los años venideros si hacemos el máximo esfuerzo.
Antes de terminar: cuando hablábamos del tema, sobre todo este problema de la libre empresa y toda esa serie de problemas, nuestra opinión sobre esto, queríamos recordar lo que habíamos dicho a este respecto cuando el juicio del Moncada. Y aquí hay un párrafo de aquella ocasión, que dice:
El porvenir de la nación y la solución de sus problemas no puede seguir dependiendo del interés egoísta de una docena de financieros, ni de los fríos cálculos sobre ganancias que tracen en sus despachos de aire acondicionado 10 o 12 magnates. El país no puede seguir de rodillas implorando los milagros de unos cuantos becerros de oro que, como aquel del Antiguo Testamento, no hacen milagros de ninguna clase. Los problemas de la república solo tienen solución si nos dedicamos a luchar por ella con la misma energía, honradez y patriotismo que invirtieron nuestros libertadores en crearla. Y no es con estadistas al estilo de Carlos Saladrigas, cuyo estadismo consiste en dejarlo todo tal cual está y pasarse la vida farfullando sandeces sobre la “libertad absoluta de empresa”, “garantías al capital de inversión” y la “ley de la oferta y la demanda”, como habrán de resolverse tales problemas. En un palacete de la 5ta. Avenida estos ministros pueden charlar alegremente hasta que no quede ya ni el polvo de los huesos de los que hoy reclaman soluciones urgentes. Y en el mundo actual ningún  problema social se resuelve por generación espontánea.
Recordando los argumentos de los mercenarios invasores sobre“oferta y demanda”,“garantías al capital de inversión” y“libre empresa”, volvimos a repasar cómo pensábamos entonces, cómo pensábamos cuando no estábamos en el Gobierno Revolucionario, sino cuando estábamos delante de un grupo de jueces, prisioneros de la tiranía que nos iba a juzgar, y hablamos con entera claridad sobre cómo pensábamos sobre ese tema, cómo pensábamos entonces y cómo pensamos con mucha más razón hoy, que hemos adquirido la experiencia larga y fructífera de todos estos años de lucha. La Revolución ha ido ocurriendo conforme a las ideas revolucionarias de los que hemos jugado un rol importante en esta lucha, y ha ido avanzando en la misma medida en que hemos ido avanzando todos, y ha ido desarrollándose en la misma medida en que nuestras ideas revolucionarias y las ideas revolucionarias del pueblo han ido desarrollándose.
Por eso, en aquella ocasión en que se reunió un millón de cubanos para proclamar la Declaración de La Habana, en aquel documento se expresó el pensamiento que constituye la esencia de nuestra Revolución, de nuestra Revolución socialista , cuando aquella asamblea general declaró que:
“Condena el latifundio, fuente de miseria para el campesino y sistema de producción agrícola retrógrado e inhumano; condena los salarios de hambre y la explotación inicua del trabajo humano por bastardos y privilegiados intereses; condena el analfabetismo, la ausencia de maestros, de escuelas, de médicos y de hospitales, la falta de protección a la vejez que impera en los países de América; condena la discriminación del negro y del indio; condena la desigualdad y la explotación de la mujer; condena a las oligarquías militares y políticas que mantienen a nuestros pueblos en la miseria, impiden su desarrollo democrático y el pleno ejercicio de su soberanía; condena las concesiones de los recursos naturales de nuestros países a los monopolios extranjeros como política entreguista y traidora al interés de los pueblos; condena a los gobiernos que desoyen el sentimiento de sus pueblos para acatar los mandatos de Washington; condena el engaño sistemático a los pueblos por órganos de divulgación que responden al interés de las oligarquías y a la política del imperialismo opresor; condena el monopolio de las noticias por agencias yanquis, instrumentos de los trusts norteamericanos y agentes de Washington; condena las leyes represivas que impiden a los obreros, a los campesinos, a los estudiantes y a los intelectuales, a las grandes mayorías de cada país, organizarse y luchar por sus reivindicaciones sociales y patrióticas; condena a los monopolios y empresas imperialistas que saquean continuamente nuestras riquezas, explotan a nuestros obreros y campesinos, desangran y mantienen en retraso nuestras economías y someten la política de la América Latina a sus designios e intereses.
“La Asamblea General Nacional del Pueblo de Cuba condena, en fin, la explotación del hombre por el hombre, y la explotación de los países subdesarrollados por el capital financiero imperialista.
“En consecuencia, la Asamblea General Nacional del Pueblo de Cuba proclama ante América: “El derecho de los campesinos a la tierra; el derecho del obrero al fruto de su trabajo; el derecho de los niños a la educación, el derecho de los enfermos a la asistencia médica y hospitalaria; el derecho de los jóvenes al trabajo; el derecho de los estudiantes a la enseñanza libre, experimental y científica; el derecho de los negros y los indios a‘la dignidad plena del hombre’; el derecho de la mujer a la igualdad civil, social y política; el derecho del anciano a una vejez segura; el derecho de los intelectuales, artistas y científicos a luchar, con sus obras, por un mundo mejor; el derecho de los Estados a la nacionalización de los monopolios imperialistas, rescatando así las riquezas y recursos nacionales; el derecho de los países al comercio libre con todos los pueblos del mundo; el derecho de las naciones a su plena soberanía; el derecho de los pueblos a convertir sus fortalezas militares en escuelas, y a armar a sus obreros, a sus campesinos, a sus estudiantes, a sus intelectuales, al negro, al indio, a la mujer, al joven, al anciano, a todos los oprimidos y explotados, para que defiendan, por sí mismos, sus derechos y sus destinos.
“La Asamblea General Nacional del Pueblo de Cuba postula:
“El deber de los obreros, de los campesinos, de los estudiantes, de los intelectuales, de los negros, de los indios, de los jóvenes, de las mujeres, de los ancianos, a luchar por sus reivindicaciones económicas, políticas y sociales; el deber de las naciones oprimidas y explotadas a luchar por su liberación; el deber de cada pueblo a la solidaridad con todos los pueblos oprimidos, colonizados, explotados o agredidos, sea cual fuere el lugar del mundo en que estos se encuentren y la distancia geográfica que los separe. ¡Todos los pueblos del mundo son hermanos!”
Este es el programa y la esencia del pensamiento de nuestra Revolución socialista, que hoy repito en este día de triunfo, y de éxito y de esperanza para la clase obrera de nuestro país. ¡Viva la clase obrera cubana! (EXCLAMACIONES DE: “¡Viva!”)
¡Vivan los pueblos hermanos de América Latina! (EXCLAMACIONES DE: “¡Vivan!”) ¡Viva la liberación de América Latina! (EXCLAMACIONES DE: “¡Viva!”)
¡Viva la redención del hombre! (EXCLAMACIONES DE: “¡Viva!”)
¡Viva América! (EXCLAMACIONES DE: “¡Viva!”)
¡Viva la patria! (EXCLAMACIONES DE: “¡Viva!”)
¡Patria o Muerte!
¡Venceremos!
FIDEL CASTRO RUZ

Fuente: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos

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