julio 09, 2012

Discurso de Fidel Castro en el acto de toma de posesión del cargo de Primer Ministro (1959)

DISCURSO EN EL ACTO DE TOMA DE POSESION DEL CARGO DE PRIMER MINISTRO, EN EL PALACIO PRESIDENCIAL
Fidel Castro
[16 de Febrero de 1959]

― Versión taquigráfica de los oficinas del Primer Ministro ―

Honorable señor Presidente;
Compañeros ministros;
Señores periodistas:
Paradójicamente, en los instantes en que recibo este honor de ponerme al frente del Consejo de Ministros, no experimento sino una honda preocupación por la responsabilidad que se ha puesto sobre mis hombros, por la seriedad y la devoción que siempre he puesto en el cumplimiento de mi deber.
Tal vez cuando lo que necesitaba era un buen descanso, lo que he recibido es más trabajo; un trabajo mayor del que venía realizando; un trabajo, además, más responsable del que venía realizando; una prueba, además, muy dura.
De cuantas tareas he tenido que realizar en mi vida, ninguna considero tan difícil como esta, ninguna considero tan preñada de obstáculos, ninguna considero tan dura de llevar adelante, porque estoy consciente de todas las dificultades, estoy muy consciente de todos los obstáculos.
De cuantas tareas me ha tocado realizar, en todas he actuado motu propio.  Esta, porque me ha sido asignada, esta, porque no la escogí yo sino que me la escogieron, y solo con un profundo concepto de la necesidad de sacrificarse por el país, sacrificio verdadero y sacrificio sincero; porque para nosotros el gobierno, el cargo público no es una posición para enriquecernos, una posición para recibir honores, sino una posición para sacrificarnos.  Y todo el que haya presenciado este proceso revolucionario, todo el que haya observado mi conducta tiene que haber comprendido el desinterés con que he actuado.
Los cargos, como cargos, no me importan; los honores, como honores, no me importan.  Aquí, desde esta posición, sigo siendo el mismo ciudadano que he sido siempre.  Como ciudadano, no me diferencio en nada de cualquier otro ciudadano.  Soy igual que cualquier otro modesto y humilde cubano, solo que un cubano con las mismas facultades que otro cubano cualquiera a quien se le ha asignado una grande y difícil tarea.  Por tanto, cuando digo que para mi es un sacrificio, hablo muy sinceramente y hablo muy en serio.
No tengo, sin embargo, temor al esfuerzo que debo realizar; no tengo temor por las dificultades que haya de encontrar en el camino.  Soy un hombre de fe y siempre he afrontado las obligaciones resueltamente.  Estaré aquí mientras cuente con la confianza del Presidente de la República y mientras cuente con  las facultades necesarias para asumir la responsabilidad de la tarea que se me ha impuesto.  Estaré aquí mientras la máxima autoridad de la república —que es el Presidente— lo estime pertinente o mi conciencia me diga que no soy útil.
Está de más reafirmar mi respeto por la jerarquía, mi ausencia de ambiciones personales, mi lealtad a los principios, mi firme y profunda convicción democrática.
Aprovecho la oportunidad para decir que aun cuando la Constitución de la República fue modificada por el Consejo de Ministros para que el requisito de la edad no fuese un obstáculo a los hombres jóvenes para aspirar a la Presidencia de la República, debo decir que conmigo no se contó para esa modificación, que a mi ni siquiera se me consultó; que fue un derecho del Consejo de Ministros, en el que yo no tenia ningún interés.
Si se ha de instaurar realmente el régimen semiparlamentario en Cuba, si desde esta posición que se me ha asignado puedo servir al país, desde aquí lo sirvo o desde cualquier otra.  Yo no soy un aspirante a la Presidencia de la República, y ojala que no tenga necesidad de aspirar a la Presidencia de la República, ojala pueda ser otro entre los muchos cubanos que tienen méritos y capacidad suficientes para ello.
Si desde aquí la puedo servir, lo que me interesa es hacer la Revolución, lo que me interesa es que la Revolución vaya adelante, lo que me interesa es que el pueblo no resulte defraudado y reciba de nosotros todo lo que espera de nosotros.  Buena fe hay aquí de sobra; honradez hay de sobra; decisión para afrontar los problemas hay de sobra también; serenidad, calma y ecuanimidad, que son muy necesarias en el gobierno, hay también aquí de sobra.  Lo único que me preocupa es que al final de esta jornada pueda Cuba haber recibido de nosotros todo lo que desea.  Y todo lo tendrá si de nosotros depende, todo lo tendrá si el pueblo nos ayuda, todo lo tendrá si el pueblo nos comprende.
Hay impaciencias y, sin embargo, nadie está más impaciente que nosotros.  Le pedimos al pueblo que no se impaciente porque nosotros vivimos llenos de impaciencia.  Somos hombres de trabajo, somos hombres de acción y nos gustan los hechos más que las palabras.
Yo me impaciento cuando, por ejemplo, estoy pensando en las viviendas que queremos hacerles a los campesinos; me impaciento cuando estoy pensando en las ciudades escolares que queremos hacerles a los niños, y me impaciento cuando pienso que el plan más elemental para llevar a cabo una obra requiere semanas de estudios; que para construir una ciudad escolar hay que hacer los planos, buscar los técnicos y buscar también a los pedagogos y que digan cómo deben estar situadas, cómo deben construirse.  No solamente a los arquitectos y a los ingenieros, sino también a los pedagogos.
Hay ya dinero para empezar a hacer las ciudades y todavía no se han podido empezar a hacer las ciudades, y tardará algunas semanas en empezarse; hay fondos para hacer las viviendas campesinas y todavía no hemos podido empezar a hacerlas, porque requiere tiempo.  Y me impaciento constantemente pensando cuándo se pondrá la primera piedra, cuándo se podrá empezar la obra.
No descansamos un minuto dando instrucciones, revisando los planos, organizando los departamentos correspondientes, no solo para atender esas necesidades sino para atender infinidad de necesidades.  Porque en todos los órdenes y en todos los campos estamos proyectando, estamos encaminándonos para realizar grandes obras y llevar adelante grandes planes en beneficio del país.  Sin embargo, sufrimos al pensar que nos tengan que esperar algunas semanas y hasta algunos meses.
Sufro cuando pienso en el sacrificio que les hemos pedido a los trabajadores, a quienes les hemos dicho: “Sacrifiquen todas las demandas por salvar la zafra, sacrifiquen todas las demandas por salvar la Revolución.  Esperen, tengan confianza en nosotros.”  Y sufro pensando, impaciente, en que llegue la oportunidad de demostrarles nuestra lealtad, de demostrarles la gratitud de la nación por los sacrificios que están haciendo hoy.
Sufro impaciente pensando en el momento que necesariamente debe transcurrir hasta la oportunidad en que ellos, los trabajadores principalmente, que han sido tan generosos, que han tenido una conducta tan patriótica, que voluntaria y espontáneamente nos han ayudado y nos están ayudando a pacificar el país, a normalizar el país, a consolidar la Revolución, a salvar la zafra, puedan recibir los frutos de los sacrificios que están haciendo.
Quiero aprovechar este instante de la toma de posesión como Primer Ministro para decirles a los trabajadores y a los campesinos que los tenemos presentes, que no los olvidamos; que la reforma agraria —la ley más amplia, más amplia que la de la Sierra Maestra, que resuelve el problema de los campesinos que no tienen tierra— está confeccionándose y que será una realidad dentro de breves semanas.  Pero que, además de la ley que proscribe el latifundio, como establece la Constitución de la República, se están llevando adelante ya los proyectos para desecar la Ciénaga de Zapata, donde obtendremos 15 000 caballerías de tierra, y para recuperar los bajos del río Cauto, desecándolos también y preparándolos para la agricultura, donde calculamos obtener 10 000 caballerías más de tierra. Y les digo también que sin descanso estamos trabajando para ellos, significa trabajar también para el pueblo.
Son muchos los proyectos y es mucho el trabajo que debemos realizar.  Todas las cuestiones que interesan al país, todas, absolutamente todas las cuestiones que interesan al país, serán consideradas y serán resueltas.
Hoy en un periódico se publicaron 20 puntos.  Yo no he adelantado puntos.  Pienso que cada cosa debe tratarse en el momento oportuno; que, por ejemplo, la rebaja de alquileres hay que tratarla en el momento oportuno.  Tratarla fuera de tiempo, tratarla cuando todavía el Instituto de Construcción de Viviendas no está totalmente organizado, no es lo inteligente, porque el resultado podría ser paralizar las construcciones y privar de trabajo a miles de obreros.
Las medidas lo que hay que hacer es tomarlas en el momento oportuno y cuando se pueden afrontar las consecuencias.  Además, sobre el programa no he dicho una palabra.  He conversado con distintos compañeros distintas ideas; pero las ideas se van perfilando, se van estudiando y se irán resolviendo en el momento oportuno, ¡ni un minuto antes, ni un minuto después!  Todas las tareas del gobierno tienen un orden de prelación: unas primero y otras después, cada cual en el momento oportuno.  Pero sí le puedo decir al pueblo que todas las cuestiones que interesan al pueblo, ¡todas!  —y al decir todas lo digo todo—, serán tratadas y serán resueltas por el gobierno.
Y en cuanto a la administración pública, es nuestro propósito más firme escuchar las quejas que se han expuesto, investigar la conducta y el trabajo de cada funcionario.  No me apuro en esto, porque para sustituir a un funcionario por otro hay que buscar al funcionario que reúna todas las cualidades para sustituir al otro con éxito, para que haga un trabajo mejor.  ¡Pero es tan difícil encontrar funcionarios en estos tiempos!...  Porque los hay capaces que, sin embargo, no hicieron nada, y si se sitúan en una posición pueden pensar que se está favoreciendo a los “bombines”.  Si se busca al funcionario que tiene una historia revolucionaria pero no es capacitado para ese cargo, entonces corremos el riesgo de que no lo haga bien.  Y es necesario lo ideal:  encontrar al funcionario con méritos revolucionarios y con capacidad.  Y, desde luego, antes que nada la capacidad, porque los asuntos del Estado hay que resolverlos con capacidad.
¿Que hay batistianos en algunos cargos de confianza?  Pues que nadie se preocupe mucho, que a la vuelta de algún tiempo no quedará un solo batistiano en ningún cargo de confianza.  Debe tenerse presente que es cuestión de que el Estado quedó totalmente anarquizado porque se desplomó, totalmente desorganizado, y que había que atender aquí una serie de tareas fundamentales inmediatas, y que siempre hay el habilidoso, el que disimula su historia, el que trata de hacerse insustituible y puede sorprender a un funcionario; lo puede sorprender por algún tiempo, pero no por mucho tiempo.
Por eso yo he dicho que no se hable de “bombines”, sino que se diga quiénes son:  que no se hable de batistianos sino que nos hagan el favor de decirnos quiénes son, dónde están y qué pruebas hay de su conducta.  Porque para nosotros es un principio incuestionable que un batistiano, o sea, un servidor y un colaborador de la tiranía, no puede estar en un cargo de confianza; que un señor que no tenga méritos revolucionarios, no tenga capacidad —que a ese es al que yo llamaría el “bombín”, porque naturalmente que el Estado tiene que ser administrado por infinidad de personas; puede haber hombres que no hayan participado en la Revolución pero que tengan capacidad.  “Bombín” es el que no tiene ni méritos ni capacidad—, y, en consecuencia, no es en ningún sentido útil a la Revolución y, por tanto, la administración pública tiene que ser depurada de esos elementos.
Pero, además, no importa que se tengan muchos méritos revolucionarios, si no se es capaz y no se actúa correctamente, pues a esos también es necesario sustituirlos, porque los intereses de la república están por encima de todo interés personal, de toda amistad personal y de todo sentimiento familiar.  El amiguismo, y el favoritismo, y el nepotismo, son principios con los cuales jamás comulgará la Revolución.
La Revolución tiene obstáculos delante, no puede hacer las cosas a la perfección, tiene sus errores; pero la Revolución tiene un perenne propósito de superarse, de rectificar en aquellas cosas en que no haya estado acertada.  Lo que no hará jamás la Revolución es contemporizar con una negación de los principios por los cuales hemos estado luchando.  Y el pueblo es quien debe ayudarnos, señalándonos, aportándonos pruebas de aquellos casos que, a juicio del pueblo, constituyan una violación del principio revolucionario, como es la presencia de elementos no revolucionarios, “bombines” o batistianos en la administración pública.
Pero hay también otras cosas que resaltar.  No todo funcionario puede contar siempre con la simpatía de todo el mundo, y es imposible que los criterios sean unánimes respecto a un funcionario.  Eso es imposible.  Y a veces nos encontramos críticas justas, y otras veces nos encontramos críticas injustas.  También es cierto que a veces el funcionario se excede; también es cierto que actúa un poco precipitadamente, y que en el afán de resolver el problema de su departamento se olvida del problema general del país y se olvida del problema social.
Puede ocurrir que un funcionario llegue a un departamento del Estado y se encuentre 2 000 “botelleros”.  Pues muy bien:  ¡Cesantes los “botelleros”!  Eso es elemental.  Pero se encuentra también 2 000 empleados que trabajan: unos que llevan más de siete años, otros que llevan menos de siete años, y puede hasta encontrarse con que hay un exceso de burocracia, y, naturalmente, la burocracia es enemiga de la administración pública.  Solución fácil sería para ese funcionario decir: “Cesante todo el exceso de personal.”  Muy bien: el departamento se beneficia, pero lanza a la calle 500 o 600 personas, crea un problema social.  Y las medidas de gobierno deben tender a resolver los problemas sin crear otros; resolver el problema de la burocracia, del exceso de personal, sin crear otro problema de tipo social.  Sobre todo que el funcionario no piense en resolver el problema exclusivo de su departamento con olvido de los demás problemas del país.  Por lo tanto, es una política errónea resolver el problema sencillamente cesanteando de inmediato aquel exceso de personal.
Hay también otra serie de cuestiones.  Una mayor parte de los funcionarios del Estado fueron ya establecidos allí después del 10 de Marzo.  En un país con un exceso de desempleo, eran muy pocos, ¡pero muy pocos!, los ciudadanos a los que les ofrecieran un cargo en el Estado para trabajar que no lo aceptase, por encima, desgraciadamente, de las circunstancias.
Entonces, puede haber 10 000, 20 000, 30 000, 50 000, pero habría que preguntarse cuántos hubieran sido los miles que si les hubieran ofrecido el cargo no lo hubieran aceptado.  Obsérvese si no quiénes renunciaron a raíz del 10 de Marzo, y se pueden contar con los dedos de las manos.  A la inmensa mayoría los tuvieron que botar, porque no renunciaron; fueron pocos los que renunciaron.  Y realmente es así.
Es una realidad y, por lo tanto, no se puede actuar con un criterio rígido respecto al caso de la infinidad de personas que encontraron empleo en el Estado después del 10 de Marzo, que han trabajado, que no sean confidentes, o que no sean “botelleros”, o que no hayan sido, por ejemplo, candidatos a las elecciones, porque ya ser candidato a las elecciones es una falta que la Revolución no puede tolerar.
Quienes fueron candidatos después de la ley que se hizo contra la farsa electoral, han perdido su derecho por 30 años a ejercer cargos en el Estado, a votar o a ser electos.  Pero hay infinidad de casos que no son esos.  Y esos hombres ya están asentados, tienen una serie de compromisos y obligaciones, deudas, un estándar de vida apretado, por cierto, que si se les desplaza en este momento del cargo que desempeñan, del sueldo modesto que reciben, sin ninguna otra compensación, constituyen un problema social.  Y, por lo tanto, hay que conciliar los dos intereses:  el interés de la administración y el interés también del Estado con los problemas de orden social.
Yo me he encontrado infinidad de casos de personas con 12 y 13 años de servicio que las han cesanteado.  Y lo encuentran a uno en la calle y lo agobian a uno.  Y siente uno, incluso, la injusticia de que los errores de otros vayan a caer sobre los demás y vayan a agobiar a otros, porque uno está en la calle hablando con la gente.  Por lo tanto, creo que son errores que hay que impedir que se repitan.
Es verdad que la economía del país quedó muy depauperada; es verdad que tenemos escasez en este momento de recursos económicos.  No es como antes que si hacían falta 100, 200 o 300 millones de pesos, inmediatamente los buscaban.  Nosotros tenemos que resolver los problemas con lo que recaudamos.  Y si las recaudaciones son más altas es por la honradez con que se está recaudando y por la colaboración de aquellos sectores que, pensando que el dinero no se lo va a robar nadie ahora, lo pagan en impuestos gustosamente o, por lo menos, puntualmente.
Y gracias a eso se han aumentado las recaudaciones, e incluso han alcanzado cifras récords, pero son las recaudaciones normales del Estado; no son las recaudaciones de los fondos que se obtienen pidiendo al Banco Nacional, haciendo emisiones.  Y aunque ese dinero es el único recurso con que contamos en estos instantes, considero que debe aplicarse la siguiente política en la administración pública:  antes que nada, tener muy presente que esta es una oportunidad de sanearla, de hacer una administración más eficiente, de organizar un aparato administrativo del Estado que no tenga nada que envidiarle a ningún otro aparato administrativo.  ¡Hay que rescatar el crédito y el prestigio del Estado!
Todo el mundo, cuando se trata de algo que va a administrar el Estado, sospecha.  Los enemigos de la Revolución, los elementos que quisieran actuar libremente en todos los órdenes de la vida nacional, siempre hablan de la incapacidad del Estado, de la ineficacia del Estado y no se explican por qué una compañía privada tiene una buena administración y el Estado no la tiene.  La explicación es clara:  el Estado ha sido la víctima de todos los errores y de todas las inmoralidades de los gobernantes.  Cuando se ha tratado de buscarle un puesto a un pariente, a un amigo, pues no les ha importado situarlo aquí; cuando se ha tratado de organizar una camarilla política no les ha importado lo que le va a costar al pueblo eso; no se han preocupado por el pueblo, que es quien paga los ingresos del Estado.
¿Y cómo han invertido los fondos del Estado?  Pues se los han robado o los han invertido ligeramente, y han sobrecargado los ministerios de personal.  Y tenemos casos de ministerios que, llamados a hacer una tarea de construcción determinada, tienen más gasto de personal que de obras.  Y no solo le han hecho un gran daño a la república sino que han desegmentado las instituciones.
El Estado hay que sanearlo, el Estado hay que hacerla más eficiente, el Estado tiene que funcionar mejor que cualquier otra institución que no sea pública.  ¿Por qué la palabra “pública” tiene que estar desacreditada?  ¿Por qué siempre se ha de referir a las cosas públicas, a la administración pública, como lo más deficiente?  ¡Pues tiene que ser más eficiente en cuanto tenga, como tiene hoy, hombres que están dispuestos a servirla desinteresadamente; cuando tenga, como tiene hoy, hombres que están dispuestos a hacer todos los sacrificios, y que no están aquí como está un funcionario de una empresa privada que está por un sueldo, está por el lucro!
El Estado no puede lucrar.  Los hombres que sirvan al Estado tienen que ser hombres de vocación para que la administración del Estado, que es la del pueblo; para que el Estado, que representa los intereses del pueblo, funcione mejor que cualquier otro tipo de institución.  Y por lo tanto es muy necesario reestructurar y reorganizar el Estado.  Pero, claro, que eso no tiene que contemplar una serie de realidades sociales; no se logra con la simple buena voluntad.  Porque si nos proponemos sanear el Estado en 24 horas, puede ser que lo que hagamos es ponerlo peor; si lo que nos proponemos es sanearlo en 15 días, puede ser que lo pongamos peor y que pongamos allí, por uno de más o menos alguna eficacia, a uno menos eficaz, aparte de que crearíamos un problema social, y por tanto, requiere tiempo.  Pero tiene que ser un propósito firme organizar el aparato del Estado en forma verdaderamente eficiente.
Luego, si es imprescindible esa realidad hay que ajustarse a un principio respecto a la administración del Estado.
En esta etapa revolucionaria es necesario, en primer lugar, que todo el personal de los cargos de confianza sea sustituido, porque aquellos eran también los hombres de confianza de la dictadura.  En segundo lugar, quien haya sido un colaborador de la tiranía o haya estado vinculado a la tiranía, tiene que ser sustituido aunque el cargo no sea de confianza.  Si ha sido un recomendado de Ventura, de Tabernilla, de toda esa serie de esbirros, es lógico que deba ser sustituido, porque no vamos a tener a un confidente o a un amigo de cualquiera de aquellos criminales en la administración pública.
También se puede dar otro caso:  el caso ya de quien no es ningún vinculado a la dictadura, ni está en ningún cargo de confianza, pero que realmente es un funcionario que está de más porque apenas realiza tarea alguna, porque se creó el cargo para proteger a algunos amigos, o por la razón que haya sido, y se han ido acumulando los cargos, y que requiere el departamento ser reestructurado —¡reestructurado!—, no botar a unos para poner a otros —¡reestructurado!—, considerando única y exclusivamente la conveniencia de la administración pública.  En ese caso, cesantear al ciudadano sin más consideración no es correcto, ponerle una fecha atrasada no es correcto y es una práctica injusta e inmoral.  No creo que nadie lo haya hecho —esto ha ocurrido, tengo entendido, con los casos de personas que devengaban sueldos y no trabajaban—; pero si ha ocurrido algún caso digo que es incorrecto.
La Revolución no puede renunciar a la oportunidad de mejorar en todos los órdenes el aparato administrativo del Estado.  Cuando sea necesario suprimir una plaza, cuando a un individuo se le entregue la cesantía, que se le pague hasta el momento en que ha trabajado y que, además, se le pague el mismo sueldo durante tres meses, por lo menos, para que se adapte, para que busque otro trabajo; o para que mientras tanto los planes del Gobierno Revolucionario hayan producido una demanda de trabajo, aquella persona no se vea repentinamente desplazada o privada de los medios de sustento con que cuenta.
En ese sentido vamos a proponer un acuerdo en el Consejo de Ministros para llevar la tranquilidad a todos.  Y que se sepa que cuando uno es sustituido se está pensando en el interés de la nación, y que se va a hacer lo que nunca se ha hecho en la administración pública, y solo por estrictas razones de necesidad.
Es necesario resaltar que hemos observado en los últimos tiempos como un despertar de las apetencias burocráticas.  Y que si bien es cierto que en los primeros días era difícil encontrar a alguien que quisiera ser ministro, hoy hay mucha gente que quiere ser cualquier cosa en el Estado:  lógica consecuencia, como es natural, de una serie de sentimientos humanos y, sobre todo, más que de sentimientos humanos, yo digo que de una necesidad social muy grande.
Creo que la pureza de los revolucionarios hay que mantenerla lo más posible.
Por ejemplo, nosotros, los combatientes rebeldes, realmente nos hemos sacrificado en estos dos primeros meses.  Los miembros del Ejército Rebelde no cobraron el mes anterior, y este mes van a cobrar pero menos de lo que deben cobrar.  ¿Ha sido por falta de interés?  No.  El Presidente de la república habló con nosotros en más de una ocasión, hablándonos de la necesidad de pagarles a los combatientes del Ejército Rebelde.  Estos combatientes, al revés que cualquier otro ejército del mundo, incluso después que han triunfado, no cobran, mientras los soldados que quedaban cobraban.
Y les debo confesar que tengo en gran parte la culpa de eso, y es porque vi formarse a ese ejército, vi formarse a esos hombres en el sacrificio y en el desinterés más absoluto y me dolía pensar, sentía cierta nostalgia al pensar que ese desinterés, esa pureza comenzase a perderse desde el instante en que, apenas logrado el triunfo, ellos comenzasen a percibir un sueldo que no habían visto nunca.  Considero necesario, y además justísimo, que cobren.
Pero tan arraigado es el sentimiento de admiración y de seguridad, y tan grande nuestra conciencia y nuestro concepto de la pureza de esos hombres, que nos hizo incurrir en cierta dejadez respecto al sueldo que debían cobrar.  Si fuera prácticamente posible, lo ideal es que no hubiesen cobrado nunca.  Y en este caso, sencillamente, hay que plegarse ante la realidad de que necesitan cobrar y, por lo tanto, deben cobrar.
Con esto les quiero decir que me preocupa grandemente que la juventud mantenga su espíritu de sacrificio, que los revolucionarios mantengan su espíritu de sacrificio; y que la apetencia burocrática no se despierte entre los elementos de la Revolución porque sería debilitar la Revolución.
Bien recuerdo el día en que tuve la noticia de la fuga del tirano, la convicción completa de que la guerra había concluido.  En medio de la natural alegría de todos los cubanos, me preocupaba pensar que aquella escuela que había producido tantos hombres formidables, aquella lucha llena de sacrificios que había producido hombres tan ejemplares, había clausurado su curso.  En lo adelante sería muy difícil distinguir el bueno del malo, porque solo allá en aquella escuela, en el fragor de la lucha es posible distinguir quien sirve de quien no sirve; quien es un hombre valioso y quien un farsante; quien un interesado y quien un idealista; quien un sincero o quien un hipócrita consumado.
Porque luchar en las altas montañas, con el frío, con el hambre y con el enemigo en acecho, no es lo mismo que sentarse cómodamente en un despacho y empezar a desempeñar una función de carácter administrativo, sin haber conocido jamás el sacrificio.  Y me preocupaba lo que podían perder nuestros hombres en ese proceso.  Y me preocupa grandemente que el espíritu revolucionario y el espíritu de sacrificio no decaiga.
¡Tareas tenemos tantas por delante, trabajo y lucha tenemos tanto por delante, que son suficientes para agotar no una, sino dos generaciones de revolucionarios!
El revolucionario no necesita impacientarse por ocupar un cargo.  La Revolución necesita tener muchas reservas de paz, muchas reservas de valores para cuando llegue la hora, puesto que de los que van delante caerán muchos, como caen en la guerra.  Porque la lucha desgasta, la lucha también en la etapa posbélica, en la etapa creadora, es una lucha intensa y los hombres se desgastan, y es necesaria una gran reserva porque hay que nutrir las filas de nuevo, hay que compensar las bajas que suframos.
Cuando a un hombre de méritos, a un hombre de capacidad se le sitúa en un cargo importante, siempre me preocupa si será el momento oportuno, si tendrá ya toda la preparación necesaria para cumplir cabalmente, o si aquella oportunidad será para perderlo porque todavía no está en condiciones de llevarlo adelante y con éxito.
Y por eso es necesario que los que estamos gobernando nos sacrifiquemos, que vean que llevamos una vida verdaderamente de sacrificio y de trabajo, para que los demás no crean que esto es un paseo, para que los demás no crean que aquí se vive bien, que estamos encantados de la vida ocupando tal o más cual cargo; que sepan que es muy amargo, que sepan que es muy duro, que sepan que es muy sufrido, y que no hay que envidiarle nada absolutamente a quien esté ocupando un cargo, un cargo cuando no se viene a lucrar, cuando no se viene a enriquecerse.
Y la primera medida que se va a proponer hoy en el Consejo de Ministros es que nosotros, los ministros, nos vamos a proponer una rebaja de sueldo, empezando por la supresión de los gastos secretos, y que ganemos lo que necesitemos para las cosas más elementales, porque al fin y al cabo, cuando estábamos clandestinos vivíamos con cualquier cosa.
¡Máquinas grandes no; máquinas chiquitas!  Vamos a hacer las cosas al revés de como las hacían los funcionarios pasados, para que el pueblo no crea que estar de ministro es una gran cosa y es una maravilla.  ¿Sueldos?  Sueldos modestos.  Sí, es necesario, naturalmente, para que no vaya a ir a pie, porque tiene que andar más rápido, para que no vaya a pasar hambre ni vaya a hacer papel de pordiosero.  Sí lo necesario, no lo que ganaba un ministro, porque los ministros aquellos ganaban más de la cuenta y, además, robaban.  Nosotros vamos a ganar menos y no vamos a robar.  Vamos a demostrar que la honradez no es cuestión de necesidad más o menos, si no que es cuestión de convicción.
¿Que se pague más para que no roben?  Bueno, está bien.  Pero eso no es lo que garantiza la honradez del funcionario, lo que la garantiza es su convicción y su moral.  Si es honrado no roba aunque le paguen 10 pesos al mes, y si es ladrón roba aunque le paguen lo que le paguen.
Por lo tanto, como les hemos pedido un sacrificio a los trabajadores, nosotros vamos a hacerlo también, y cuando todo el mundo prospere y el estándar de vida suba, pues que suba también el estándar de vida de los ministros.  Creo que es lo justo, para que no piensen que estamos pidiéndoles sacrificios a los demás y que nosotros no los estamos haciendo.  Que vean que nosotros nos sacrificamos y que nosotros no pedimos rebaja de tiempo de trabajo; nosotros vamos a pedir de aumento, si es necesario, 24 o 22 horas de trabajo, por dos de descanso, sin domingos, sin lunes y sin nada.  Porque ahora le corresponde al país trabajar, trabajar mucho para que algún día —¡eso sí!— los que trabajan reciban los beneficios de lo que hacen.  No trabajar para otros porque eso no es justo, porque tan ladrón es el funcionario que se roba un millón como el empresario egoísta que quiere ganar también un millón.  Yo diría que debe conformarse con menos, con 100 000, por ejemplo, que, al fin y al cabo, no le va a alcanzar para gastarlo al año, y que le va a sobrar.
Robo es robarle al tesoro público y robarle también al trabajador.  Eso es una malversación también.  Hay empresarios egoístas que quieren acumular fortunas para pasear por Europa, para dar grandes fiestas de 25 000 y 30 000 pesos, y quieren pagarles salarios de miseria a los trabajadores o a los empleados que tienen más cerca, de cuyas necesidades y de cuyos dolores no se conduele.
Vamos a hacer sacrificios todos, que, al fin y al cabo, tanto derecho tengo yo a ser rico, o cualquier ministro, como lo tiene cualquier otro.  Renunciamos a ser ricos para sacrificarnos por el país, para sacrificarnos por la patria, para salvar la Revolución que tiene muchos enemigos —no muchos dentro, pero los que tiene son poderosos; muchos fuera y poderosos—, que tiene muchos obstáculos, porque muchas veces nosotros mismos con nuestra impaciencia, con nuestra ligereza, con nuestros prejuicios somos un obstáculo a la Revolución.
Hay mucha gente que todavía vive casi con 10 años de retraso.  No se dan cuenta de que una revolución está teniendo lugar y que en esta Revolución todos tenemos grandes deberes que cumplir.  Y me doy cuenta de que vivimos con 10 años de retraso cuando me detienen por la calle para plantearme los problemas que antes le planteaban al concejal del ayuntamiento —no se dan cuenta de que uno tiene que resolver los problemas de millones de ciudadanos—, cuando llega usted a una asamblea y se encuentra los mismos cartelones de demandas y las mismas cosas de hace 10 años.
Porque, por ejemplo, nosotros no somos los ministros de Batista, nosotros no somos los líderes de la época de Batista: nosotros somos una misma cosa con el pueblo.  El pueblo no debe decirnos “pedimos”; el pueblo lo que debe decirnos es: “Vamos a hacer”, “proponemos”, hagamos”, porque nosotros somos una misma cosa con el pueblo.  Es que muchas personas no se han dado cuenta del cambio, están viviendo con retraso y tienen en la mente las ideas de las épocas que han pasado.
Otra cuestión muy importante: todas las actividades del Estado tienen que estar bien coordinadas.  No es cuestión de que un ministro haga una cosa por su cuenta, otro haga otra y otro haga otra, aunque le parezca que sea buena, o sea buena, sino que todo tiene que obedecer a un plan general.  Y no se trata de que cada cual triunfe él como ministro, sino que triunfe el gobierno como gobierno y que triunfe la Revolución como Revolución; porque hay veces que una medida resuelve por un lado y complica por el otro, porque no es tan fácil...
Además, el gobernante tiene que analizar bien cada medida cuánto va a perjudicar, estudiarla, persuadir, como nosotros ayer íbamos persuadiendo ciertos intereses relacionados con las playas, de que es necesario liberar las playas, que al pueblo le han cerrado la entrada al mar y que, por lo tanto, es una cosa injusta, y convencerlos, persuadirlos, pedirles la colaboración, preguntarles qué es lo que más les preocupa, si el aislamiento del barrio, que eso se puede mantener, pero no de las playas.  Y, en definitiva, buscar la buena voluntad de todos, incluso de los intereses que resulten afectados, porque a esos intereses hay que demostrarles que no se les quiere afectar por afectarlos o por odio, o porque se le quiera hacer daño a nadie, sino porque es un derecho del pueblo y que tenemos la obligación de gobernar, y que los que vinieron primero que nosotros nos han dejado un millón de dificultades, han organizado esto a su manera.
Nos encontramos que cuando uno tiene que analizar y tomar medidas revolucionarias, los gobernantes anteriores permitieron que las playas fueran ocupadas; en esas playas se construyeron miles de casas.  Y cuando hay que hacer una medida revolucionaria y justa para abrirle las playas al pueblo, se encuentra que hay ya establecidos allí un sinnúmero de intereses, que invirtieron de acuerdo con lo que había.  Y para tomar una medida revolucionaria tiene la Revolución que cargar con un montón de enemigos.  Esa es la consecuencia de haber permitido cosas que no debieron permitirse y de que haya marchado el país desorganizada y anárquicamente como ha marchado.  Todos son intereses en todos los órdenes.
Aquí antes, cuando se hacía una avenida, no beneficiaba al pueblo, beneficiaba a los propietarios de aquella zona, a los que tenían un club; al pueblo nada.  No vacilo en decir que el pueblo ha sido víctima de todas las injusticias.
Han ocurrido cosas que se soportan únicamente cuando uno se acostumbra a ellas.  Y nos hemos acostumbrado a todo género de injusticias en todos los órdenes, como ocurre, por ejemplo, en el caso de los muebles a plazos.  Un ejemplo:  el que tiene dinero lo paga al contado y paga la mitad de lo que tiene que pagar el pobre; el pobre, que no tiene dinero, paga a plazo y paga el doble, y le cobran un interés usurario, porque le cobran el interés del capital y cuando ya casi lo ha terminado de pagar lo están cobrando como si todavía estuviera todo el capital.  Y al que compra una máquina financiada le pasa lo mismo, y al que va a una casa de empeños le pasa lo mismo, y al que va a un garrotero le pasa peor.
Creo que ese espécimen como el bolitero tiene que desaparecer, como el comerciante de drogas tiene que desaparecer.  Y el Estado tiene que brindar la solución a aquellos que se ven en necesidad de acudir a un garrotero, porque esos se chupan los sueldos de los pobres.  Entre casas de empeño, vendedores de muebles a plazos y garroteros, el pueblo, si gana 60 pesos, cobra 30, porque se lo roban.
Hay que ir a todos esos barrios de La Habana o del interior de la república para ver cómo nos encontramos esas casas, solares, cientos de personas que viven hacinadas.  Las empresas de construcción han sido incapaces de resolver el problema de la vivienda, por eso lo tiene que resolver el Estado a través del Instituto de Ahorro y Viviendas.  Y lo va a resolver.
¿Qué ha ocurrido con los apartamentos, por ejemplo?  Bien sencillo.  ¿A quién le prestan los bancos?  Al que tiene otro edificio, al que tiene un central o al que tiene una gran finca.  Al que no tiene no le prestan.  Entonces el que puede obtener dinero prestado busca una compañía para que le construya.  El dinero que le presta a él cobra un interés, la compañía cobra una ganancia, que es del 15% o el 20%.  Entonces alquila el apartamento y el inquilino paga el interés, paga las ganancias de la compañía que construyó el edificio y amortiza el capital.  Pero amortiza el capital para aquel señor al que le prestaron el dinero, no lo amortiza para él.  El inquilino pagó los intereses, pagó la construcción y pagó el capital y no le quedó nada.  Esa es una gran verdad, y encima de eso no le construyen casas al pueblo; si las hubieran construido no habría la cantidad de solares que hay.
Por eso el Estado se ve en la necesidad de resolver el problema de la vivienda, y por eso hemos elaborado un plan para invertir 1 000 millones de pesos en cinco años en construcción de viviendas.  Lo que no quiere decir que el capital se ha de invertir en viviendas, porque estamos pensando que se invierta, por lo menos, 2 000 millones de pesos en industrias.
Debemos declarar que esta época, la época revolucionaria, marca una era buena para las inversiones industriales; una era mala para las inversiones en tierra, y una era mala para las inversiones en hipotecas, y una era mala para las inversiones en edificios de apartamentos y de alquiler, porque ese es capital pasivo, capital muerto.
El que compra a 30 centavos o a peso la vara para esperar que le hagan cuatro carreteras por allí y vender a 30 pesos, sencillamente está usufructuando un capital que es del pueblo, un valor que, gracias al esfuerzo del Estado, ha surgido y se ha creado, y se lo apropia indebidamente.  Así se estaba construyendo ya La Habana del Este.  Ya estaban comprando terrenos y ya estaban poniéndolos caros para que después comprara alguien, construyera un edificio allí con capital prestado y que todo lo amortizara el infeliz futuro inquilino que iba a vivir allí.  Y ya ahora no va a vivir ningún infeliz futuro inquilino:  va a vivir el inquilino que va a amortizar el capital, sí, pero para él; que va a pagar el alquiler, y el apartamento, la casa, va a ser para él, que la va a construir el instituto de viviendas sin lucro.  ¿Invirtiendo qué?  El dinero que antes se invertía en el juego.  Ustedes oían decir que se invertían 90, 100, 120 millones de pesos en el juego; eso se va a invertir en construcciones.  Y el que invierta el dinero en el juego no va a perder su dinero sino que se lo van a devolver con un interés.
Y ya hoy también está lista la ley que crea el Instituto de Ahorro y Viviendas; como está lista la ley que crea la Marina Mercante.  Y estimo que antes de dos meses ya habrá decenas de miles de hombres empleados solamente en ese sector de las construcciones, que va a significar una demanda de artículos de construcción mucho mayor de la que hay hoy, que va a significar más empleo.  Y mientras más dinero circule, más demanda habrá de artículos de consumo.  Todo esto tiene que ir unido a la campaña de que se consuman artículos del país, para dar trabajo al país, para que no mermen nuestras reservas en divisas.
Decía que es una era mala para las inversiones parasitarias, para las inversiones muertas, una era mala para las inversiones en tierra; una era buena para las inversiones en industrias.
Estamos dispuestos a brindar todas las garantías al capital nacional; estamos dispuestos a brindar toda la protección que pidan, con una sola condición:  salarios altos.  Es la única condición que la Revolución pone a las inversiones en industrias nuevas que deben desarrollarse.  Ahora, tendrán una venta muy superior a la que tienen hoy.  Porque cuando a través de la reforma agraria y de los planes revolucionarios que hay en proyecto, se eleve cinco o seis veces el estándar de vida de los campesinos, se venderá cinco o seis veces más.  Eso, unido a leyes que protejan la industria nacional, significará un aumento extraordinario de empleo.
Si llevamos adelante el programa en toda la extensión como nos proponemos, si todos los proyectos que están en este momento preparándose se llevan adelante, si no nos ponen zancadillas, tengo la seguridad de que en el curso de breves años elevaremos el estándar de vida del cubano por encima del de Estados Unidos y del de Rusia, porque esos países invierten un porcentaje enorme del esfuerzo humano en hacer aviones, bombas, cohetes, barcos de guerra y armamento en general.  Si nosotros, que no tenemos esos problemas, nos dedicamos a invertir nuestro esfuerzo en crear riquezas para la nación cubana, con la ventaja de ser una revolución respaldada por la mayoría del país, con la ventaja de contar con un país rico, donde se puede sembrar todo el tiempo en el año, un pueblo inteligente y un pueblo entusiasta, un pueblo ansioso de alcanzar un destino mejor, lograremos un estándar de vida mayor que ningún otro país en el mundo.
Creo que lo lograremos.  Más si es un sueño, Martí dijo que los sueños de hoy del idealista, son la ley del mañana.  También nos decían soñadores cuando iniciamos la lucha contra Batista y hoy somos los que hacemos las leyes revolucionarias de la república.  Mas, aunque no se lograran esos objetivos, soñar con ellos y aspirar a ellos, es de por sí el primer paso para tratar de lograrlos.
Si no alcanzamos esa meta tan alta pero alcanzamos la mitad, llegamos a la mitad del camino, habremos alcanzado mucho.  Hay que aspirar al máximo para lograr lo más posible.  Lo que importa —como decía Ingenieros— no es la meta, sino el rumbo que nosotros nos hemos trazado, sin predicar el odio contra nadie, sin sacrificar los derechos de nadie, sin violentar a nadie, sin aplicar el terror.  ¡No!, dentro del más estricto respeto a las libertades humanas.
Prueba de ello la tenemos hoy.  Un grupo de mujeres, familiares de los criminales de guerra, que vienen a pedir que cesen los fusilamientos, hasta han ofendido a algunos rebeldes.  Naturalmente que no vinieron a pedir que cesaran los asesinatos de siete años de tiranía, no les aconsejaron a sus hijos o a sus esposos que no asesinaran en medio de la noche, no les aconsejaron que tuvieran piedad para los perseguidos.  Aquí no podían venir las madres en aquellos tiempos, porque les tiraban con ametralladoras.  Hoy pueden venir y pueden reunirse, y no llamaremos nosotros a las madres de las víctimas para evitar conflictos, para evitar lamentables incidentes.
Es indiscutible que manos enemigas de la Revolución han estado fomentando esos shows, los han estado fomentando y organizando.  ¿Qué se consigue con eso?  ¡Nada!  Nosotros tenemos el propósito de finalizar cuanto antes los fusilamientos, porque tenemos que dedicar nuestras energías a la obra creadora.  Constantemente estoy instando a los consejos de guerra para que apresuren los trabajos, para que celebren los juicios, para ver si al comenzar el mes de marzo ya podemos decir que un número considerable de criminales de guerra han sido sancionados ejemplarmente, y que los demás serán condenados a tantos años de trabajo forzado.  Porque nuestro deseo —y es el deseo del pueblo— es que se aceleren los procesos para liquidar esa cuestión de los fusilamientos.  Y seguiré instando para que en este mes finalicemos los fusilamientos:  que se continúen los juicios de delitos menos graves, y pongamos la atención y el esfuerzo de todos nosotros en otras cuestiones fundamentales, más importantes en este momento, como es la tarea de hacer la Revolución.
Fusilar es justo.  Pero fusilar no es hacer la Revolución; fusilar es un presupuesto a la Revolución, fusilar es hacer justicia, destruir el crimen y sentar un precedente para que quede bien claro aquí que el criminal tiene que pagar su crimen; que el que asesina a un ciudadano tiene que pagar su crimen.  Que sea una ley, sobre todo, para nosotros y para las generaciones futuras; porque fusilamos al criminal de guerra no para enseñarles nada a los criminales de guerra ni a los que estaban antes, sino para enseñarnos nosotros y enseñarles a las generaciones futuras, para que quede sentado terminantemente.
Pero, ¿cuál fue la consecuencia de la campaña que se hizo contra Cuba a raíz de los primeros fusilamientos?  ¡Ah!, enardecer al pueblo, exacerbar las pasiones.  Porque el Gobierno Revolucionario podía, en un momento dado, decir:  tantos criminales fusilados, castigo ejemplar; podía aplicar otras sanciones, como es la condena a cárcel al resto de los criminales de guerra.  No faltará incluso el criminal de guerra que sea capturado dentro de siete meses, cuando los fusilamientos ya de hecho hayan cesado.  Y no es cuestión de estar siempre con la atención pendiente a los casos de los criminales de guerra.  Hay otras muchas sanciones que son aplicables.
Lo que sí nosotros debemos advertir es que los delitos contra la Revolución, los delitos que atenten contra la vida de los ciudadanos por tratar de implantar aquí de nuevo la tiranía, para esos sí estará permanente la pena de muerte, mientras dure el Gobierno Provisional Revolucionario.
Porque no hay derecho, después de haber asesinado por mantener la dictadura en el poder, asesinar luego o conspirar luego, para derrotar la libertad e implantar la tiranía.  Y contra eso seremos severos.
Pero la consecuencia de la campaña que se hizo contra Cuba fue la necesidad de movilizar al pueblo, de decirle al pueblo todos los crímenes que cometieron, de publicar todos los cadáveres de tantos cientos y de tantos miles de infelices torturados y asesinados, y el exacerbamiento de las pasiones.  Y cuando las pasiones se exacerban, el pueblo exige más castigo.  Esa ha sido la consecuencia de la campaña.
Las consecuencias de estas campañas podrían ser peores, porque si nos vemos en la necesidad de movilizar de nuevo al pueblo, de decir todo lo que hicieron, las pasiones se van a exacerbar de nuevo, y no se lograría con ello más que el daño hasta de los mismos que dicen que desean ayudar.
Así que manos enemigas de la Revolución movilizan esos actos.  Nosotros no llamamos a los familiares de los que asesinó la tiranía para evitar espectáculos.  Pero es indiscutible que la libertad y el respeto que se disfruta hoy en Cuba no han existido nunca.  Y dentro de esa libertad y dentro de ese respeto, marcharemos adelante a pesar de las provocaciones.
A los que organizan esa campaña bueno es advertirles del daño que se pueden hacer a sí mismos, porque ya deben tener presente las consecuencias de la otra campaña que se organizó; que, naturalmente, nosotros no hemos tomado medidas, hemos dejado que se acerquen a los edificios públicos.  Eso sí, pero que no se abuse de eso, porque la autoridad, naturalmente, tiene que mantenerse, porque en el instante en que se comience a abusar de las libertades que se permiten y hacer un show permanente frente a los establecimientos públicos, entonces nos veremos en la necesidad de prohibir que haya manifestaciones frente a los establecimientos públicos.  Y no queremos hacerlo.
Pero todo el pueblo estará concorde en que es mucho mejor evitar una manifestación a permitir una reyerta callejera, a que se reúnan mañana las madres de los que asesinó la tiranía y se establezca una batalla campal entre cubanos en el medio de la calle, que eso es lo que quieren precisamente los provocadores, que eso es lo que quieren precisamente los enemigos de la Revolución.
Si se abusa de las manifestaciones nos veremos en la necesidad de poner rebeldes allí, hombres que saben respetar al pueblo, y decir:  ¡No se puede pasar por aquí!  Porque en los establecimientos públicos hay que trabajar, porque en los establecimientos públicos no se puede establecer un show permanente, porque el establecimiento público hay que respetarlo como el establecimiento público respeta los derechos del ciudadano, y a los revolucionarios hay que respetarlos como los revolucionarios respetan a la ciudadanía; y nuestro derecho a trabajar hay que respetarlo como se respetan los derechos de los demás.
Y, por lo tanto, aquí queremos mantener el máximo de libertades posible, y haremos todo lo necesario para que los enemigos de la Revolución no se salgan con el propósito de hacer que nos veamos obligados a restringir lo más mínimo de libertad.
Porque les hablamos, sí, yo les hablo, pero posiblemente a ese sea el único núcleo al que yo no le hable, aunque me atrevo a hablarle, ¿no?, pero por un sentimiento humano y hasta por un poco de repugnancia no me animo a pararme delante de semejante multitud...  Multitud no, grupo.  Señores, es doloroso pensar que no hubiese piedad para los demás y se venga a pedir piedad ahora para los criminales de guerra.
Algo a lo que no me acostumbro es a ver a un torturado.  Días recientes visité un periódico.  Uno de los obreros de ese periódico mostró sus espaldas:  aquellas llagas producidas por sopletes, donde echaron vinagre y sal.  No es lo peor que hicieron, por supuesto.  Pero las fotografías no son capaces de dar la impresión que produce la visión de aquellos actos de barbarie.
Hoy mismo se ha estado celebrando el juicio de Sosa Blanco.  Algunos creían que íbamos a tener tolerancia con Sosa Blanco.  Y lo que queríamos era demostrar de manera irrefutable la cantidad de pruebas que había contra él.  Y hasta apareció nada menos que un informe del señor Cowley Gallegos —cuya historia, famosa por sus crímenes, conoce todo el mundo—, un informe secreto de Cowley Gallegos al Estado Mayor, informando de los crímenes de Sosa Blanco.  Informe que debe ser publicado enteramente, para que los que se compadecieron de Sosa Blanco se den cuenta que hasta el criminal de Cowley se horrorizó de los crímenes de Sosa Blanco.  Para que los que hablaron de Sosa Blanco en el extranjero y lo quisieron presentar como víctima, para los que publicaron fotografías besando a las hijas, olvidándose de las hijas de los cientos de campesinos que asesinó, olvidándose de que aquellas no le dieron el último beso a su padre; olvidándose de esas madres que aquí han tenido que recoger los restos de sus hijos en cajitas...  Y no hay espectáculo que impresione más que el recuerdo de un hombre grande y fuerte y que al cabo de los años no vea usted más que una cajita donde lo tienen enterrado, producto del crimen, como los compañeros del “Granma” que fuimos a enterrar hace unos días:  hombres fuertes, saludables y entusiastas que fueron asesinados después que los hicieron prisioneros, y que tuvimos que enterrarlos en cajitas de este tamaño.
Bueno es que se tengan presentes esas cosas.  No queremos exaltar las pasiones.  Pero bueno es que no dejemos de levantar la intriga y las maniobras de los contrarrevolucionarios.  Porque si lo que están es perturbando, peor será para ellos, porque mientras más exalten las pasiones del pueblo peor será para ellos.  Y el pueblo está severo, vigilante, exigente.  Lo han provocado tanto que está intransigente.  Y nosotros somos los que podemos pedirle al pueblo, y lo que le podemos pedir es que ya la hora de los fusilamientos no es el problema fundamental de Cuba:  ¡que ha llegado la hora de la Revolución!  Que hay más de 300 criminales de guerra fusilados y que unos cuantos más caerán, y que los demás tendrán que ir a hacer trabajo forzado, tendrán que ir a la Ciénaga de Zapata a desecar la Ciénaga de Zapata o a otros lugares, porque es el castigo si quieren...  Yo estoy seguro de que ese castigo es peor que el fusilamiento.
Nosotros somos los que tenemos que orientar al pueblo y ayudar al pueblo; pero que no exciten al pueblo, que no exacerben al pueblo, que no nos obliguen aquí a resucitar todos los horrores que han cometido los servidores de la tiranía, porque entonces será peor, porque mientras más lo exciten y más lo provoquen, más severo será el pueblo.  Y hay que tener en cuenta que nosotros actuamos de acuerdo con el pueblo, lo orientamos; pero que mientras lo orientemos no lo provoquen, porque provocarlo es lo peor que pueden hacer. Y que no lo provoquen abusando de las libertades, que no lo provoquen con maniobras cobardes.
Desde luego, aquí la Revolución no la van a derrocar.  Se podría derrocar a la Revolución si la Revolución no se hace, si la Revolución no cumple su destino, pero mientras estemos nosotros dispuestos a hacerla, ¡la Revolución no será derrocada, porque tendrá tras de sí a todo el pueblo, porque actuaremos siempre rectamente hoy y mañana, porque siempre nos verán pobres, porque nunca nos verán una caja en el banco, porque nunca nos verán un negocio particular, porque nunca nos verán una especulación o una malversación, porque nunca nos verán favoreciendo a un amigo, favoreciendo un privilegio, favoreciendo a un familiar!  Porque nuestra conducta será recta hasta la saciedad en todos los órdenes, sencillamente porque estamos muy conscientes de los deberes que tenemos que cumplir, y que nos tocó sacrificarnos.
Como tenemos vocación de revolucionarios, sabremos ser revolucionarios, cualquiera que sea el esfuerzo que se exija de nosotros, cualesquiera que sean los riesgos que tengamos que correr, cualesquiera que sean los sacrificios, porque tenemos vocación de revolucionarios.  No somos bodegueros metidos a revolucionarios.  ¡Somos revolucionarios haciendo revolución, y revolucionarios en el poder, conscientes de todo el poder que tenemos y, precisamente por eso, ejerciéndolo tan benevolentemente como sea posible, ejerciéndolo tan humanamente como sea posible, ejerciéndolo tan ecuánimemente como sea posible!
Por eso, porque somos fuertes, porque tenemos al pueblo, podemos ser generosos, podemos ser ecuánimes, podemos hacer una revolución sin terror, podemos hacer una revolución sin violencia, podemos hacer un cambio:  un cambio extraordinario al cual se adaptarán todos los intereses.  Porque sencillamente es una ley biológica aquella de que el que no se adapta desaparece.  Y he visto con sincera satisfacción que han venido banqueros, hacendados, todos dispuestos a hacer los sacrificios que sean necesarios.  Hay incluso un industrial que ha hablado de ceder el 50% de sus utilidades.
Y así veo en Cuba un proceso extraordinario de todo el mundo queriendo colaborar al triunfo, porque es una realidad y porque aquí todo el mundo comprende que tenemos que seguir adelante, porque aquí todo el mundo comprende que la Revolución hay que hacerla,  ¡porque si no se hace, fracasa!  ¡El fracaso de la Revolución es el abismo, la guerra civil, el mar de sangre y, al fin y al cabo, el regreso de Batista, de Ventura, de Chaviano, de Masferrer, de Carratalá y de toda aquella caterva de criminales!, porque aquí no hay términos medios.
Y la gente prefiere un millón de veces —por el desinterés con que los han visto— a esos hombres que traen barbas que les crecieron combatiendo, a esos hombres caballerosos, a esos hombres honrados; a los hombres que ven hoy, que no serán magos, que no serán expertos, pero que cada día irán aprendiendo y cada día irán aprendiendo cada vez mejor, y cada día irán aplicando mejor lo que sepan con el respaldo del pueblo que nos tiene que ayudar en todo.
Ahora tienen que ayudarnos a hacer una campaña contra las apetencias burocráticas, que hay que saber esperar, saber sacrificarse, porque tenemos que construir el porvenir para todos.  No es cuestión de resolver el problema...  La burocracia mata el espíritu revolucionario.  La Revolución necesita sus grandes reservas de valores.
Y una campaña para que nos dejen trabajar, para que piensen que nosotros no somos el concejal del ayuntamiento.  Que cada hora y cada minuto lo necesitamos para hacer leyes que han de beneficiar a millones de cubanos.  Que cada hora y cada minuto lo necesitamos para pensar en los grandes problemas de Cuba.  Que si distraemos la atención en un problema minúsculo y pequeño, si gastamos nuestras energías en eso, entonces no podremos hacer nada.
Queremos complacer a todo el mundo, y por quererlos complacer nos vemos que nos agobian.  Y no queremos tener que decir: no recibimos a nadie.  Lo que queremos es que el que no tenga que tratar un asunto importante, un asunto urgente, un asunto necesario, no trate de pedirnos audiencia, no nos visite.  Queremos por lo menos seis meses para trabajar enteramente, para dedicarnos por entero a este trabajo, que es muy difícil y que si no lo ayudan a uno no hay quien lo haga, no hay quien lo haga como lo queremos hacer nosotros.  Porque para hacerlo igual que como lo hicieron antaño, para eso no lo hacemos, para eso no hace falta.  Que nos dejen trabajar, que nos ayuden en eso.  Que los autógrafos no se los pidan a uno, que eso es cosa para artistas de cine, no para revolucionarios.  Que no lo estén parando a uno en todas partes para tratar problemas que no tienen importancia.  Que tengan paciencia.
Yo comprendo la angustia, pero es más grande mi angustia por Cuba, es más grande nuestra angustia por millones de cubanos, es más grande nuestra angustia por la patria.
Y eso es lo que tenemos que tener presente: que necesitamos nuestro tiempo para trabajar por el pueblo y para el pueblo, para todos.  Con un poco de paciencia hoy y mañana, esos problemas que hoy angustian a la gente, no se presentarán.
Es necesario, además, que todos actuemos sin demagogia, que todos actuemos honradamente.  Que no se presenten esos casos, como los de hoy, que por adelantar noticias se le puede provocar un daño a la Revolución.  Que no se presente el caso de líderes que se ponen a agitar consignas demagógicas, cuando saben que no es el momento oportuno, porque eso no es de revolucionarios, eso no es ser amigo de los trabajadores.
Hay líderes que se ponen a agitar consignas de ese tipo. ¿Para qué?  Para obtener fuerza y lideraturas personales.  Y la Revolución no puede consentir eso, porque antes que nada hay que ser honrado, hay que ser valiente.
A mí me ha tocado en más de una ocasión hablar incluso contra lo que está sintiendo una masa determinada.  Y, por ejemplo, me vi en la amarguísima necesidad de tener que decirles a los representantes de los trabajadores azucareros que la medida que más querían, la medida que más apreciaban, la medida que aplaudían durante un minuto no era, a mi entender, una medida económica; que eso sería la consecuencia de una etapa, que algún día trabajarían no seis horas sino cuatro horas, el día que organizáramos la sociedad sobre bases justas, cuando se desarrollara la técnica de nuestro país, cuando tuviéramos hecha la reforma agraria, cuando tuviéramos industrializado el país, entonces sí.  Pero ahora lo que tenemos es que trabajar todos, trabajar mucho para salvar la Revolución, para producir riquezas, y luego convertir esas riquezas, evolucionar y revolucionar la economía de nuestro país para que el pueblo reciba el fruto de su trabajo.
Y he tenido en más de una ocasión que pararme honradamente...  Lo demagógico hubiera sido:  sí, esta demanda, no cuatro turnos sino seis turnos.  Eso era lo demagógico.  Y tuve con dolor de mi alma que pedirles a los obreros sacrificios, sacrificios en bien de ellos, sacrificios hoy para obtener mayores ventajas mañana.  Creo que eso es lo honrado: hablarles así, no agitar consignas demagógicas para crear problemas a la Revolución. Y la Revolución tiene que marchar como un todo, que tiene que haber una estrategia, que debe haber un mando o, de lo contrario, se pierde la Revolución como se hubiera perdido la guerra.
Y que por lo tanto es muy necesario que esas cuestiones las tengamos presentes y que el pueblo nos ayude condenando al demagogo, condenando al farsante, condenando al intrigante y, además, condenando también al funcionario que no cumpla y diciendo quién es, pero diciéndolo sobre bases.  No por cualquier cosa una protesta, porque es muy fácil protestar.  Yo al que protesta lo llamaría y le diría: ¡Hágalo usted!, para que viera que no es nada fácil ir resolviendo estos problemas cuando hay tantos intereses de por medio, cuando tiene la Revolución que ir enfrentándose a cada una de esas marañas, de esa urdimbre que han creado aquí los malos gobiernos.
Nosotros tenemos la seguridad de que, por lo menos, si del esfuerzo depende, que si de la buena voluntad depende, que si de la energía, que si de la honestidad depende el éxito de la Revolución, si de que nosotros tomemos con el entusiasmo con que hemos tomado todas las cosas, con la dignidad con que hemos tomado todas las cosas, con la perseverancia y la tenacidad y la voluntad con que hemos hecho otras cosas; si de eso depende el triunfo, el triunfo está asegurado de antemano.
En la mente del pueblo solo quiero que haya siempre pendiente una idea: que no es fácil, que es difícil; que no gobernamos para el triunfo de nosotros, que peleamos para el triunfo de ellos; que nos ayude.  Y sé que la mayoría del pueblo, como sabe que somos leales a él, como sabe que no nos interesa nada más que servirlo a él, como sabe que somos hombres iguales a él, no un hombre encaramado en una posición, no un hombre encumbrado en una posición sino un hombre que está a la altura del pueblo, que es un hombre del pueblo, que viene aquí a servir los intereses del pueblo, sé que la inmensa mayoría del pueblo estaría con nosotros.
Y lo que hay es que orientarlo bien.  No que mientras nosotros lo orientemos, otros lo desorienten.  Que no nos obliguen a trabajar por gusto, a crear una conciencia revolucionaria y que otros la desvíen.
El pueblo tiene que estar muy consciente de que el camino es difícil, que el camino es largo, que el camino es fatigoso, que tenemos que sudar mucho la camisa luchando.  Y que no solamente hay que tener esa idea presente, sino que hay que estar siempre alerta y no dejar que el entusiasmo muera.  Porque esta obra grande que se ha impuesto el pueblo de Cuba no es obra de pueblos mezquinos, sino de pueblos grandes como el nuestro.
FIDEL CASTRO RUZ

Fuente: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos

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