julio 09, 2012

Discurso de Fidel Castro en el almuerzo del Club de Leones, en la Habana (1959)

DISCURSO EN EL ALMUERZO DEL CLUB DE LEONES DE LA HABANA, EN EL SALON CARIBE, DEL HOTEL HABANA HILTON
Fidel Castro
[14 de Febrero de 1959]

― Versión taquigráfica de los oficinas del Primer Ministro ―

Señor Presidente;
Señores dirigentes y señores miembros del Club de Leones de La Habana:
Les decía el Presidente que yo le había propuesto, más que un discurso, conversar con ustedes y contestar todas las preguntas que estimasen pertinentes hacerme.  Y voy a explicar por qué.
Yo puedo venir aquí a hacer un discurso.  Me han invitado muy gentilmente y muy amablemente; no me han dicho de lo que tengo que hablar.  Puedo hablar de lo que a mí me parezca, pero puede ser precisamente todo lo contrario de lo que les interese a ustedes.  Quieren conocer mi opinión.  ¿Pero mi opinión sobre qué?  Yo les puedo hablar aquí de muchas cosas, hasta de la era atómica y del futuro del mundo; posiblemente haya muchas cosas.
En ocasiones adivinamos lo que le interesa a la opinión pública, las cuestiones más candentes, las preocupaciones principales, es hasta un deber saberlas; pero creo que es más leal, mucho más franca, mucho más útil, una comparecencia de esta índole cuando todos y cada uno pueden plantear las cuestiones que les interese, y además, en prenda de que venimos aquí sin demagogia de ninguna clase, sin teatralismos, sin preparación incluso, a dar nuestras opiniones, como pudiéramos darlas conversando en la calle, en la mesa, en cualquier punto.
Yo creo que debe inaugurarse un nuevo estilo en la vida del país.
Aquí todo el mundo sabe lo que hay que hacer, o por lo menos dicen que saben lo que hay que hacer.  Cuantas veces va usted por la calle, se encuentra a alguien protestando de algo: esto es un abuso, esto es una injusticia, esto es una inmoralidad; no debía hacerse así, debía hacerse de otra manera.  Y se encuentra a todo el mundo opinando, porque da la casualidad —por suerte— de que, al revés de lo que pasa en otros países, aquí todo el mundo opina.
En otros pueblos nadie habla de política ni nada, y hay un millón de inmoralidades.  Y creo que es muy negativo para las sociedades el que el pueblo no tenga opinión, el que la ciudadanía no hable de sus problemas; porque viven soportando todo lo que pasa con una indiferencia completa.  Y yo les aseguro que de la única manera en que no se supera un mal es por generación espontánea; tiene que superarlos la ciudadanía, los males políticos, que son los más difíciles y los más frecuentes, porque es que la historia de la sociedad es eso: una lucha tremenda por lograr hacer cada vez más perfecta la sociedad, que es el instrumento mediante el cual el ser humano puede vivir, y solamente a través de ella.
No somos como las hormigas ni como las abejas, que ya tienen su problema resuelto; parece que lo discutieron bien antes de empezar, se pusieron de acuerdo y lo han arreglado todo, no tienen ni revoluciones, según tengo entendido.  Nosotros, que tenemos otras ventajas y otra vida más espiritual, más elevada, tenemos problemas más complejos.  Y si de esos problemas tan complejos no se preocupa el hombre, que es un integrante de la sociedad, por resolverlos, pues no se resuelven solos.  Miren el trabajo que pasamos por tratar de resolverlos y muchas veces no logramos resolverlos; menos los resolveremos si no nos preocupamos por ellos.  Y esa es una de las ventajas extraordinarias del pueblo de Cuba.
Parecería un halago al pueblo o una vanidad de nosotros decir que uno tiene que sentirse orgulloso del pueblo de Cuba.  Además, hemos visto al pueblo peleando.
Es como a veces: usted ve a una persona muy pacífica en un ómnibus, en una mesa y, de buenas a primeras, usted ve que aquella persona pues tiene un debate, una lucha y se bate gallardamente, heroicamente, brillantemente, y nos llena de asombro.  Y ese es el pueblo de Cuba.  Tranquilo estaba, aguantando, soportando; vinieron, le implantaron esa cosa repugnante, absurda, ilógica, inmoral, criminal, todo eso que fue aquel golpe militar sin razón y sin justificación; no había ni una lógica para dar aquel golpe: que si anarquía, que si mal gobierno, que si había muertos en la calle.  La cuestión es que aquello significó una cosa tan desastrosa, tan asquerosa...
¿Quién se pudo alegrar aquel día?  ¡Qué diferencia entre el 10 de marzo y el primero de enero en la alegría del pueblo!   Aquella tristeza y luego aquel pesimismo de la nación.  Y el pueblo, que soportó aquello y que creyeron que lo iba a soportar, no lo que soportó, lo sorprendieron: se despertó con los tanques en la calle, todo había cambiado.  Y parece que adivinaba la ciudadanía la tragedia que aquello significaba, y aquel pueblo pues se dispuso a pelear.
Y lo hemos visto.  Es el caso que yo decía:  el hombre que de repente, el boxeador, que a lo mejor en su casa es un hombre muy pacífico, muy tranquilo, pero cuando llegó al cuadrilátero resultó ser un pugilista extraordinario, destruyó al enemigo.  Ese es el pueblo de Cuba.  Lo hemos visto peleando, y por eso es la admiración que ahora sentimos.  Además, porque se ha comprobado todo lo que pensábamos sobre los ciudadanos de este país, y ciudadanos sin distinción, porque vamos a decirlo de una vez: ¡Aquí todo el mundo se ha portado bien!   Hay que decir que todo el mundo ha sido valiente, porque ha sido la regla.
Hombres pacíficos que no se metían con nadie, que no se preocupaban de estas cuestiones, han corrido riesgos, han escondido armas, han escondido a revolucionarios, han desafiado la ira de los Ventura, de los Pilar García, han dado dinero, han distribuido panfletos.  Todo el mundo ha hecho algo aquí, por lo menos la inmensa mayoría, hombres de todas las clases, de todas las ideas, de todas las religiones, de todos los criterios.  Aquí era una cosa unánime: había que liquidar esa situación, y realmente ha sido unánime.
Tienen por esa razón que sentirse todos los sectores del país satisfechos y todos los sectores del país esperar cuando menos que lo que han hecho sirva de algo al país.
Yo decía que esa era la cualidad de nuestro pueblo: un pueblo que se preocupa y un pueblo que opina.  Y por tanto, un pueblo donde todo el mundo opina, es un pueblo que tiene miles de gobernantes, porque lo curioso es que coinciden las opiniones.
No es como en la pelota, que unos son almendaristas y otros son habanistas, o del Marianao o del otro —no quiero que se ponga bravo nadie que sea de un club de pelota —; pero en política la verdad es que cuando alguien roba, da lo mismo que sea de un partido o de otro, dicen: este es un ladrón.  Y todo el mundo está de acuerdo, hasta los que son del partido del que roba: este es un sinvergüenza y no debiera estar ahí; porque mira, el otro es bueno y el otro también y todo el mundo es bueno, pero ese es un ladrón.  Es mi opinión.
Hay un crimen y todo el mundo protesta; hay un negocio turbio, hay una entrega, hay una concesión onerosa que perjudica a la economía del país, hay una grosería y todo el mundo está de acuerdo en que está mal hecho.  Y de todas las lacras y de todos los vicios tienen opinión hecha, porque en política el cubano opina racionalmente.  No es como en deportes, en que la simpatía es caprichosa por completo; en política la opinión pública no tiene caprichos.
Y les advierto una cosa: había una parte que opinaba y una parte que no opinaba.  La parte que opinaba censuraba las cosas unánimemente; la que no opinaba era el pesimismo y la indiferencia, porque no creía en nada y tenía un concepto ya fatalista de los problemas de Cuba, de que no se iban a resolver nunca, y, por tanto, eran indiferentes, no querían saber ni oír hablar de eso; les molestaba.  Cada cual se dedicaba a su actividad, creía que eso era más honorable, más honesto; trabajar por su familia, por sus hijos, su educación, y fuera de eso no quería preocuparse de más nada, le repugnaban incluso los temas políticos.  Y la verdad que había motivos para que la política repugnara aquí, señores; había que acabar ya con eso.
Yo me pregunto por qué no puede administrarse la república como se administra, por ejemplo, una organización como esta: los hombres se reúnen, discuten decentemente, sin intereses particulares, por el altruismo realizan sus acciones.  Hay una atmósfera de decencia.  Todo el mundo está contento.  Es más: se han venido los ciudadanos a refugiar en estas organizaciones .
Yo estoy seguro de que con ese mismo espíritu de solidaridad humana, con esa sensibilidad con que se han preocupado del dolor ajeno, con el deseo de superar dentro de lo posible todos nuestros males, de aliviar el sufrimiento, hacen toda esta obra altruista, elevar el nivel de cultura, que tienen los hombres que se han agrupado en esta forma, desearían que fuera mucho más amplia esa obra, desearían algo así como que fuera toda la república como un leonismo, que hubiera esa fraternidad, esa decencia, esa honradez en todas las cosas.
Estoy seguro de que si los honorables miembros de la dirección de este Club no fueran buenas personas, no estarían ahí.  De donde resulta que en la república, en lo más importante que es el Estado, lo más importante, el instrumento de la sociedad, o sea, la dirección de la sociedad, pues llegan, están ahí aunque no quiera nadie, hacen horrores y se quedan ahí, engañan a los demás, y lo que debiera funcionar mejor, que es el Estado, es lo que peor funciona, con daño de todos nosotros, pero de todo el mundo.
Porque yo les voy a decir una cosa, y es que he visto a los cubanos cómo reaccionan, incluso he visto a los hombres ricos reaccionar en contra de sus intereses, no importarles si va a haber una ley revolucionaria que disminuya en algo sus ganancias.  Les preocupa más que se viva con decencia en el país; hasta ganar un poco menos, pero que eso que tiene que dar se le de a otro, no que se lo roben unos sinvergüenzas, señores.
He visto cómo suele ser la generalidad del cubano: una bondad, una generosidad, por las buenas lo ofrecen todo y lo dan todo.
Pero sí lo he visto, delante de mis ojos he visto ciertos actos altruistas, y sé que no son la excepción, que son la generalidad.
Y esos hombres que han estado dispuestos a dar para la Revolución miles de pesos —y los dan—, y para 20 obras, cuando les roban cinco pesos se sienten desgraciados.  Y es que, precisamente, la condición humana repele lo indigno, lo inmoral, lo que es el robo, el atraco, la explotación, y siente, cuando hace uso de su libertad, de sus derechos, esa satisfacción que vale más que todo el dinero del mundo.
Y es lo que yo digo:  una familia donde cada cual tiene un automóvil, un cuarto, 20 pisos la casa —porque son muy ricos—, y todo es de oro y plata, y tienen abundancia de todo allí, muchas veces cuando hay más de la cuenta nadie disfruta de lo que tiene.  Yo lo he visto: en la Sierra Maestra nos comíamos cualquier cosa y estábamos encantados y, después, cuando abunda la comida, no apreciamos el valor que tiene.
Pero si en aquella casa donde hay mucha riqueza uno está peleando con el otro, el otro está insultando a aquel, unos les están cogiendo las cosas a los otros, allí no hay felicidad.  Puede haber una familia no con 10 máquinas, con dos y una casa más pequeña, que se sienta mucho más feliz porque hay orden en aquella casa.
La felicidad no la hace el dinero, y es así positivamente, y los hombres que tienen un sentido espiritual de la vida y tienen una concepción filosófica lo saben.  Otros ingredientes son los que hacen felices a la familia: el cariño, la tranquilidad, la paz, la seguridad, el respeto, una tradición, un sentimiento, y lo esencial para vivir sin tener que depender de nadie.  Esas cosas son las que hacen feliz a la familia y al ser humano.
El desorden que había en esta república no podía hacer feliz a nadie, ni a ricos, ni a pobres, ni a nadie.  Por eso era unánime aquí la oposición, y ha sido por eso tan unánime la alegría de todo el pueblo; por eso tiene todo el pueblo.
Es lo que yo digo: el caso del contribuyente.  Aquí todo el mundo trataba de no pagar los impuestos.  ¡Pero con razón, señores!, hay que decirlo.  Se lo robaban, en primer lugar, y, en segundo lugar, aunque los pagara de acuerdo con la Ley, venía un inspector y tenía que darle usted todo.  Usted vivía temblando.  Se vivía aquí no bajo una dictadura, ¡veinte dictaduras!, señores —hay que decirlo— y no en esta época, ¡en las otras también!  
Ese era el caso: usted le tenía miedo al policía, porque iba a comprar allí y no le iba a pagar.  Además, iba por la calle y podía correr el riesgo de que se metieran con su señora, con su hija, con su novia.  Y a usted, bueno, si protestaba, le daban un toletazo —que era lo que daban, ¿no?; vamos a decirle como se llamaba: un toletazo—, o un empujón y lo llevaban para una estación de policía.  Nadie vivía seguro. El que vivía en un lugar y tenía un negocio procuraba no pelearse con el jefe de la estación de policía, porque se acababa el mundo ya para aquel hombre.  Aquel era el señor y el amo del lugar:  el jefe de estación, el sargento jefe de puesto, el capitán, con esas normas y costumbres establecidas en que venían a pedir en Nochebuena, el 4 de septiembre, el 10 de marzo; en todas las fechas estaban pidiendo, estaban pidiendo todos los días del año .
Y el inspector igual.  Daba lo mismo que fuera de hacienda, de salubridad, de comercio, de extranjeros, porque, esto era una plaga de inspectores.  Todos los departamentos tenían inspectores y todos eran unos señores que no dejaban vivir en paz a nadie.  Si resultaba bueno, era cuestión de suerte, ¿no?; pero el susto lo pasaba de todas maneras el que le venía un inspector por allí por la casa.
Así que ¿en detrimento de quién?  De todo el mundo.
El dinero que no se invertía trajo como consecuencia tanto analfabetismo, tanta enfermedad, tanta pobreza, tanto bohío, tanto piso de tierra, tanto espectáculo deprimente como se ven en la república.
La Habana es muy bonita porque se han preocupado incluso de hacer algunas cosas por La Habana, fastuosas sobre todo; y, además, porque es la capital centro principal de la economía del país y prospera.  Y nos hemos librado en la capital de ciertos espectáculos que, sin embargo, son permanentes: esa pobreza de las ciudades y de los pueblos del campo, unido a esa bondad y a esa resignación de los campesinos y del pueblo en general.
Yo digo que no debiera haber un solo bohío de guano, no debiera haber una sola familia hacinada.
Quedan todavía los solares en la propia Habana, aunque no se vean; pero se pueden descubrir.  Allí viven las familias hacinadas: 10 y 12 en un cuarto de 10 pesos.  Imposible que se pueda desenvolver una vida moral allí, decente, por muy buenas que sean las condiciones naturales de esa familia, en aquella promiscuidad: falta de higiene moral y de higiene material, deprimente en todos los órdenes.  Y así viven miles y cientos de miles.
Pero sí hubiera sido posible resolver esos problemas, de eso estamos seguros.  Hay nada más que hacer un cálculo matemático: calcular el dinero que le han saqueado a esta república.  Habría suficiente dinero para que cada ciudadano tuviera una casa aquí.  Pero seguro: campesinos, obreros, y escuelas y hospitales.  Además, se habría desarrollado.  Todo el mundo está de acuerdo, porque es verdad, en que este es uno de los países más ricos del mundo.  Pocas veces se ha reunido en un espacio geográfico del mundo una tierra tan rica y un pueblo tan rico como este, en inteligencia y en cualidades.
Sin embargo, ¿qué es lo que nos pasa a nosotros?  ¿Qué mala suerte es la que tenemos nosotros que, desde que llegaron aquí los descubridores e implantaron la primera bandera y, por la fuerza, subyugaron al primer indio, hasta ahora, hemos estado viviendo bajo la fuerza, el vicio, la explotación, una cosa insoportable, que ha hecho que  —ya les digo— este milagro que es Cuba —milagro de riqueza y milagro de pueblo— se haya frustrado?
Y por eso ha hecho lo que ha hecho el pueblo de Cuba hoy.  Si no fuera este pueblo así, tengan la seguridad de que tendríamos dictadura por 30 años.  Y después de este, el hijo y el nieto, como decían ellos; “guatacas” y confidentes había aquí suficientes para 30 o 40 años.  Y no eran muchos, pero eran suficientes.  Porque para implantar una dictadura basta el control.  Incluso a miles de soldados los mandaban aquí unos cuantos generales y unos cuantos oficiales, y tenían allí a aquella gente engañada, cuadrados todo el día.  Les habían prohibido pensar, incluso.  Y aquella gente, acostumbrada a eso, no pensaba.  ¿Prohibido pensar?  Pues prohibido pensar:  ¡no pensaban!  Y mataban y hacían horrores.
Es fácil mantener al pueblo bajo el terror en estas condiciones.  No será fácil de ahora en adelante, porque vamos a hacer las cosas de manera que nadie aquí pueda ser dictador.  Cuando el pueblo esté bien organizado y tenga una conciencia clara y el soldado sepa lo que es y para lo que está allí; y no solo sepa, sino que sepa también que si no hace lo que debe hacer el pueblo va a acabar con él.  Y que el pueblo sepa defenderse.
Yo soy de los que digo que Servicio Militar Obligatorio no, porque no hay derecho a agarrar a un hombre y por la fuerza ponerle un uniforme, un casco, un fusil y ponerlo a marchar; pero sí el entrenamiento, lo más posible, de la juventud y del pueblo para que no haya una pandilla armada y entrenada y que sabe tirar, frente a un pueblo inerme, que no tiene manera de defenderse y sin armas ni nada.
El equilibrio no hay que buscarlo siquiera en las leyes.  Hemos visto que las leyes, cuando no reúnen otras cosas para hacerlas posible, no valen de nada:  las más bonitas, la Constitución, los derechos, la libertad, no valen de nada.  El equilibrio hay que buscarlo en los hechos, y en la realidad que hay que buscar el equilibrio, es en el pueblo.  Frente a la fuerza que se pueda alzar un día con las armas; que no se va a alzar porque va a estar bien enseñada, ¿no?  Pero, además, si no aprendiera todo lo que se le ha enseñado ni las lecciones de la historia, sepa a qué atenerse: que tiene un pueblo donde los hombres están muy conscientes de sus derechos y saben defenderse.
Debe enseñarse a la juventud el manejo de las armas, precisamente para que no tengan que usarlas nunca.  Porque si no la enseñan, hay que usarlas, como las tuvimos que usar nosotros.  No nos enseñaron nada y por eso tuvimos que usarlas.  ¡Ah!, si le hubieran dado entrenamiento a la juventud, al pueblo, a todo el mundo, no hay quien se hubiera atrevido a hacer lo que hizo.  Se hubiera sabido esto sin que costara tan cara la lección, ni hubiera tantas viudas y tantas víctimas.
Y tenemos que hacer las cosas para que haya un verdadero equilibrio de fuerza, no solo en la educación, en el ejemplo, en la ley, que vale mucho; no solo en la conciencia del pueblo, sino en la preparación del pueblo.
Y yo les digo a ustedes que fue un factor muy importante para mantener subyugado al pueblo de Cuba, el hecho de que aquí todo el mundo fuera un pacífico ciudadano, que no tuviera noción de cómo se ponía una zancadilla a un soldado en la calle.  ¿Se dan cuenta?  Es que no sabía, era una indefensión total, sin armas y sin entrenamiento, contra tanques, contra aviones, contra cañones, contra ametralladoras.  Y cada día era un desfile, un desfile, ¿para qué?  Para tenernos aquí cada día más oprimidos.  Mientras más crecía la rebeldía, más armas traían y más se registraba cada casa para que nadie se armara.  Entonces era la pandilla armada frente al pueblo inerme e indefenso.
Hay que buscar el equilibrio en la realidad, no solo en la teoría, no solo en las leyes, no solo en las doctrinas que hay que inculcarles a los soldados.  Hay que educar a todos los soldados en lo que tienen que hacer; pero, además, tienen que saber que si se sublevan un día —la próxima aquí, que no va a haber próxima—, lo que les corresponde es eso.  Nadie, nadie, puede llevar a una masa a una posición suicida.  Si el ejército hubiera sabido a lo que lo estaba llevando Batista, no va.  Porque hay que ver los militares cómo se sienten de deprimidos en este momento.  ¿Por qué?  Porque los han llevado a un suicidio de la institución.  Si lo hubieran sabido, ¡ah!, si lo hubieran sabido, no hay 10 de marzo, fusilan a Batista el día que entró en Columbia:  este lo que es un loco, un ambicioso y lo que va a crear aquí es la destrucción de todos nosotros, y lo fusilan.  ¡Ah!, ¿no lo fusilaron?  Ahí tienen las consecuencias.
Y lo que hay que hacer es demostrarles ahora a los institutos armados del pueblo que el que haga lo que hizo Batista hay que fusilarlo, sencillamente.
Así que yo creo que me he extendido más de la cuenta en esta introducción (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES DE: “¡No!”).
―― Comandante Fidel Castro, yo quisiera que antes de que usted iniciara las respuestas, todos puestos de pie, dedicáramos un minuto a todos esos combatientes, a todos los civiles, que murieron por esta causa y por ayudar a que Cuba hoy pueda sentirse libre.
(SE GUARDA UN MINUTO DE SILENCIO.)
Muchísimas gracias.
――  Continúe, Comandante Fidel.
CMDTE.  FIDEL CASTRO.-  Yo tengo entendido que aquí están las cámaras de televisión y me imagino que tengan el tiempo limitado, y hay programas.  Y lo mejor es que yo...
――  Doctor Fidel Castro, las cámaras de televisión del Canal 12, Escuela de Televisión, están a la disposición de usted todo el tiempo que quiera.  Aquí no hay límite para usted porque a usted hay que rendirle honores.  Así que las cámaras del Canal 12, Escuela de Televisión, en el sentir de la empresa, le puedo decir que están a la disposición de usted todas las horas que sean necesarias.
――  ¡Y los Leones igual!  Nos sentimos deseosos de oírlo, Comandante Fidel Castro.
CMDTE. FIDEL CASTRO.-  Yo les doy las gracias y tengan la seguridad de que esas cámaras no se van a utilizar para hacer política, ni para hacer demagogia, ni para tomarle el pelo a nadie aquí, sino para tratar todos...  Porque no se vayan a creer que alguien aquí tiene que saber más que los demás, ni mucho menos imaginarse que nosotros somos infalibles.  Y creo que el que más sabe de todos los hombres fue aquel que dijo:
“Sólo sé que no sé nada”, porque ese sabía algo.  Y vamos a empezar por admitir esa gran verdad.
No existe propiamente la especialidad del hombre público ni del hombre de Estado.  Es al revés de lo que pasa en las demás actividades profesionales.  A nadie se le ocurriría llevar al hijo para que se lo operara un aprendiz de medicina, un alumno de primer año.  Seguro seguro que nadie se lo lleva.  Se lo llevan a un médico y que le tengan confianza.  Y el que va a hacer una casa, un edificio de apartamentos —el Hilton este, por ejemplo, que es una obra fantástica—...
(DEL PÚBLICO LE DICEN ALGO.)
Ya me siento casi casi medio sobornado porque me han ofrecido un salón ahí.  Pero si tengo que hablar un día contra el Hilton, hablo contra el Hilton.  Me han ofrecido muy gentilmente una habitación, y yo que no tengo casa pues la uso.  No es para mí, porque esa es del pueblo; está llena todo el día y yo no hago más que trabajar en ella.
Decía que este hotel seguro que lo hizo un arquitecto y de experiencia, y un ingeniero de experiencia, y no se les habría ocurrido llamar para que lo hiciera a un albañil que no tuviera otros conocimientos que el de colocar los ladrillos; llamaron a un experto.  Y así en todas las actividades.
Sin embargo, hay una función mucho más difícil, que es la función de gobernar, y aquí nos encontramos con que cualquier “ñame con corbata” se postula para senador; quiere arreglar la República un señor que no sabe nada de nada.  Entonces lo más grave, el problema de todos nosotros, se lo ponemos a cualquiera en la mano.
Y después, es que no existe la especialidad del gobierno, y ninguno de nosotros ha sido nunca gobernante, ni ministro, ni jefe de nada, por lo tanto, calculen ustedes que es muy grande la responsabilidad y el riesgo que tenemos de equivocarnos, y es muy importante que tengamos esa idea.  Porque esto tiene un remedio, ¿saben?  El remedio para no equivocarse es que nos equivoquemos todos, o acertemos todos, ¿verdad?  Porque nadie tiene derecho a venir a ponernos a nosotros toda la responsabilidad y las culpas también.  Y todos tendremos los méritos por los aciertos y la responsabilidad por los errores que la tengamos todos.  Y de eso precisamente se estaba tratando.
Ustedes encontrarán en nosotros, en todos nosotros, muy especialmente en mí por sentirme con bastante responsabilidad en esta situación, que estamos llenos de buena voluntad, ¡llenos de buena voluntad!  Ya por lo menos hay algo que no había.
Buena voluntad no significa que usted quiera ser honrado y no robar.  Buena voluntad significa no ser un caprichoso, no ser un vanidoso, no ser un cabeciduro que no oiga a nadie, porque usted puede ser un hombre muy honrado, pero no oír a nadie; ya está mal.  Puede ser un vanidoso, un orgulloso, y si le critican algo llenarse de amor propio y querer aplastar al que le hace una crítica.  Puede ser un cabeciduro, un hombre que ha cometido un error y por amor propio no retrocede, no rectifica.  Por buena voluntad hay que entender todas las demás cosas, y una gran resignación para saber aquello que le decía Martí a Máximo Gómez que “a cambio de esto le ofrezco el placer del sacrificio y la ingratitud probable de los hombres”, convencidos aquí de que no hay que luchar ni siquiera porque le reconozcan a uno lo que haga; porque al fin y al cabo, bueno, si a uno lo reconocen muy bien, pero no se va a luchar por eso.  Hay que luchar por una vocación, por un deseo de hacer el bien, sin esperar recompensas de ninguna clase, ni morales ni materiales.
Claro que las recompensas morales estimulan, señores, eso es indiscutible, que cuando lo tratan bien a uno, uno quiere tratar bien al que lo trata bien.  Cuando a uno le hacen un regalo el día del cumpleaños, no halla qué hacer para regalar otro al que le hizo un regalo el día de su cumpleaños también.  Así somos los hombres, ¿verdad?, y cuando se reciben muestras de simpatía se siente también la necesidad de reciprocar esa simpatía.  Pero que hay que actuar con el convencimiento de que no debe esperarse ni recompensa material ni recompensa moral.
Hay quien dice que lucha por la gloria.  Y a mí me han dicho:  este lucha por la gloria.  Pero yo digo:  “¡No, señor, yo no lucho por la gloria!”, porque al fin y al cabo esa es una vanidad también.  Martí, que era el más extraordinario de todos los cubanos, dijo que toda la gloria del mundo cabía en un grano de maíz.  Y dijo una gran verdad.  Posiblemente nadie se acuerde de la gloria que adquirieron los antepasados de nosotros en los miles de años que tiene la humanidad.  La historia es reciente, en 2 000, 3 000, confusa y, para peor suerte, hasta muchas veces falsa.  ¡Dios sabe a cuánta gente tenemos por grandes señores y eran unos perfectos sinvergüenzas!  (RISAS Y APLAUSOS.) Y hoy vemos historias de héroes anónimos, de hombres llenos de virtudes, que nadie las conoce.
O sea, ¿que se lucha por qué?  Por un instinto, por un deseo de hacer el bien, por una vocación; porque ese es el destino de los hombres y del ser humano: luchar por superarse, luchar por algo superior, grande; no resignarse a vivir tal como venimos al mundo, tal como encontramos hechas las cosas.
Con ese propósito puede ser que acertemos.  No es ni siquiera completamente seguro.  Además, es difícil, porque aun cuando existe un criterio bastante unánime, no siempre será unánime.  Hay que empezar por saber que la medida aplaudida por 99 hay alguno que la está criticando, bien sea porque en alguna manera lo perjudicó o creyó fanáticamente que no debía ser así y que todos estaban equivocados, menos él.
Habrá medidas más discutidas, puede haberlas, situaciones de todas clases, y de todas formas es difícil; pero se puede acertar sobre todo cuando se oye al pueblo, que yo les aseguro que tiene tanto derecho a ser senador como el otro, tiene tanto derecho a opinar sobre las cosas de Cuba como el otro. Y les aseguro que si al pueblo se le hubiera oído, Cuba estaría distinta por completo, porque lo que ha pasado aquí es que no han oído al pueblo nunca.  Ha sido una cosa insoportable; los políticos han hecho su antojo en la forma en que les ha parecido mejor, no les han hecho caso ni a la crítica, ni a la opinión pública, ni a nada.  ¿Que están robando?, y lo dice un periódico, dos periódicos y tres periódicos, y todo el mundo el lunes y lo repite el martes y lo repite el jueves, y hay un mitin, y pasa un mes y pasan dos y sigue el mismo individuo robando, no le hacen caso al pueblo. ¿Que están haciendo negocios?  ¿Que esta es una inmoralidad?  ¿Que el juego?  ¿Que el vicio?  ¿Que el crimen?  No se le presta atención al pueblo, no se le hace caso: ¡un cero a la izquierda!
Si se le hubiera hecho caso al pueblo...  Porque el pueblo es el único desinteresado, o al menos su interés está repartido entre millones, hay un interés en lo que les toca, la parte que les toca de las medidas que sean de beneficio para todos, y el pueblo cuando da una opinión la da desinteresadamente, no pertenece en realidad a ningún partido, pertenece solo a la sociedad, y al pueblo, que vive de su trabajo, pues no le interesan las botellas, ni le interesan los negocios sucios, ni que pongan una carretera por aquí, o sea, comprar una finca primero para poner una carretera después, y todas esas cosas que pasan en el país. ¿Qué le importa al hombre que trabaja 10 horas, señores, el obtener eso?  Que vive, que se va a su casa, que lo que quiere es paz y vivir en esa paz con la satisfacción de saber que los otros viven también en paz; porque uno no puede vivir en paz cuando sabe que los otros no la tienen.
Es posible, y le tiene que pasar a la mayor parte de los hombres, que no pueda sentirse satisfecho comiendo él sabiendo que los otros no comen.  Quizás si no los ve, pues dicen que el que no ve no padece o algo de eso; pero yo estoy seguro de que en un lugar donde haya 100 hombres en un parque y lleven tres días sin comer, no hay quien se pueda comer un bistec en público, ¿verdad?  Lo que tenemos es que ver, desde luego, a los que no están comiendo; abrir las persianas, abrir las puertas, porque, aunque no los veamos, hay gente que está sin comerse ese bistec también.
Pero bueno, lo que quiero decir es que el pueblo piensa muy desinteresadamente, y por eso acierta, porque no lo mueve ninguna pasión, no lo mueve ningún interés.  Y el pueblo es el que tiene aquí que trazar las pautas.
Lo que está haciendo el gobierno provisional ahora, lo que yo observo que está haciendo el gobierno provisional...  Porque quiero que conste que yo no soy el gobierno, y eso es muy necesario que lo tengan presente, y yo tengo mucho interés en que se tenga presente que yo no intervengo absolutamente para nada, nada más que en las tareas que me han asignado y algunas que me he buscado además yo; una, porque quiero hacer algo más que ir de vez en cuando a los campamentos y tener que ver con cuestiones militares, porque yo soy civil y me preocupan veinte cosas relacionadas con el pueblo, y tengo la idea en la educación de que hay que hacer grandes centros, verdaderos centros de enseñanza en el país, para que sea un verdadero proceso.  Y como es cuestión de trabajar, y aquí el querer trabajar no es malo, pues hay otras actividades a las que les estoy prestando alguna atención, pero son limitadas.
Observo, sin embargo, en los ministros del gobierno, la preocupación de prestar oídos a la opinión pública y atender todos aquellos males que son tradicionales; y hacerlo, desde luego, sin compromisos, porque si algún gobierno ha asumido el poder sin compromisos con grupos ni con nadie es este.
Ha sido tal la idea de que hemos estado impregnados nosotros de que hay que servir exclusivamente al pueblo, que a veces yo he tenido la preocupación de si no hemos sido excesivamente olvidadizos con hombres que han estado luchando hace tiempo y que hasta ahora no hemos pensado cómo está, si está en la calle, si está pasando hambre.  Y es la idea esa pura que tiene uno de que aquí no es cuestión de cargos, sino del que tenga capacidad y no premiar a nadie.  Con ese criterio se está trabajando, y es lo que sinceramente observo en todos los ministros.  Eso es una gran cosa, es algo formidable, porque con esa disposición es imposible que se fracase.
Una de las características que tiene esta Revolución...  Yo estaba oyendo al Presidente de los Leones hablar de otras revoluciones, de la Revolución Francesa, y cuando pasamos la vista a otras revoluciones, encontramos qué difícil es lograr la paz después de una revolución.  El milagro que se ha producido en Cuba en eso es asombroso: no hay policías por las calles, no hay policías Y sin embargo, hay una paz completa.  Parece que se va a desenvolver el proceso revolucionario sin nuevas convulsiones. Y casi todas las revoluciones están llenas de convulsiones y esta se desenvuelve con una paz que es extraordinaria, de tal modo que hemos pensado que se puede estar hasta sin policías.  No diré que completamente sin policías, pero sin policías en las calles.
Antes no era más que policías por dondequiera, ¡hasta en la sopa se aparecía un policía!    Y ahora, pues vamos a hacer todo lo contrario.  El tránsito lo van a cuidar los boy scouts.  Por eso, en distintas capitales, en los días de revoluciones, han aparecido los boy scouts y han cuidado el tránsito perfectamente.  Entonces cuando ya se normaliza traen al policía.  Bueno, ¿por qué no dejamos a los boy scouts, y eliminamos a los policías?  
Naturalmente que la medida hay que hacerla de una manera práctica.  Si usted no selecciona los boy scouts, se encuentra que esos muchachos están en la escuela, y si usted los trae a las 10:00 de la mañana para llevarlos a la 1:00 de la tarde, pues pierden el almuerzo, las familias se preocupan, pierden la escuela.  Vamos entonces a escoger precisamente los boy scouts que vamos a dedicar a estos servicios entre los más pobres, muchachos que no tienen una alimentación buena asegurada en su casa, ni la ropa; entonces traerlos a escuelas donde estén residiendo, trasladarles las clases a las residencias donde vayan a estar acuartelados los boy scouts.  Muchachos de 12 años.  Allí se ponen sus escuelas con buena comida —como la que necesita el niño—, educación, preparación; 2 000 muchachos, que los hay a montones —creo que hay 20 000 o 30 000, todos los que se quieran—, se les da una buena educación, y entonces ellos que realicen las funciones del tránsito, que las pueden hacer.
El pueblo los respetará, porque se conmoverá de ver a aquellos niños haciendo aquella tarea, y entonces los boy scouts ayudarán a pasar a las damas; en vez de piropearlas como hace el policía y llevarlas a empujones, se encargará de ayudarlas a pasar la calle.  Y también pues los turistas que vengan a Cuba podrán decir: bueno, Cuba es la única capital del mundo adonde deben ir los turistas porque allí no hay policías.  Está garantizada la paz porque no hay policías, está garantizado el respeto porque no hay policías.  Y casi pudiéramos decir: no hay delitos, porque hay boy scouts.
Claro que yo me refiero —y es justo señalarlo—, por una cuestión de justicia debo hacer la aclaración de que no todos los policías son iguales.  Pero están tan desprestigiados todos estos institutos que ha sido una desgracia ser policía o policía honrado, porque han tenido que sufrir las consecuencias.  Hay algunos, ¡algunos!, que no compran gratis en la esquina, que pagan el tabaco, que no cobran el tanto por ciento en los negocios del juego y todo eso.  Hay algunos, porque ha sido tanta la corrupción que estaban echados a perder aquí casi todos, por excepción había uno honrado, es la realidad.
Y entonces yo creo que mejore extraordinariamente el ambiente, la opinión que va a haber de la capital, y el turismo, una cosa tan necesaria —porque trae divisas y porque en todos los órdenes beneficia a la economía del país—, y una de las industrias a desarrollar aquí, pues ganará también; pero ganará la moral pública, ganará el joven que se sentirá responsabilizado con una función social importante.
Y entonces de ahí, de esos cuerpos de boy scouts —que se pueden organizar miles en toda la isla para que hagan lo mismo en todas las capitales de Cuba—, será la reserva del ejército, y en vez de meterse en el ejército el más haragán —porque pasaba mucho eso:  se metía el más haragán a soldado, el que no quería trabajar de ninguna manera—, tendrá que ser en el futuro el hombre que trabaje, ¡el hombre que trabaje!, el hombre respetuoso, el hombre con un sentido...  Porque óiganme, señores, ponerle un fusil en la mano a cualquiera es algo muy serio; que la vida de los ciudadanos dependa de cualquier individuo arrebatado, “hombrosiano” de estos, que se incomodan de cualquier cosa y le entran a tiros a cualquiera, sobre todo cuando no les pasa nada como ha sido hasta ahora; que la vida de los hijos de ustedes, de las esposas, de las madres ha estado a merced de que se le escape un tiro a un hombre con un fusil por la calle.
¿Qué hace un soldado con un revólver 45 y un fusil por la calle, metiéndole miedo a todo el mundo?  Hasta por un tiro escapado...    ¿Qué es eso?  ¿Estamos en África o estamos en un país civilizado?  ¿Es que somos salvajes?  ¿Hay que vivir aquí bajo la culata, bajo la ametralladora, o somos un país civilizado?  ¿Y si somos un país civilizado, para qué tienen que andar los fusiles en la calle?  ¿O es que los delincuentes son tan poderosos que necesitan tanta arma?  No señor, si aquí cuando se acabe la inmoralidad por arriba y el robo por arriba, el pueblo mismo capturará a los delincuentes en la calle.
Una cosa que pasaba en el campo: el bandolero no huía en el campo, todo el mundo lo ayudaba.  Y, ¿por qué?  Porque como el pueblo tiene sentido de la justicia, decía: pero, bueno, este es un infeliz; el ladrón de verdad es el capitán tal que roba tanto y el otro, y el verdadero bandolero aquí es el que lo está persiguiendo, señor.  Y el pueblo con sentido de la justicia ocultaba al perseguido del agente de la autoridad.  Porque es que realmente se habían convertido en bandoleros los agentes de la autoridad.  Esa es una cosa que la sabe todo el mundo.  No hay miedo de decirlo, no.  No hay.  No lo había antes y menos hay ahora.
Aunque haya sus excepciones.  Y lo digo porque la hay, y es justo que lo diga: hay excepciones.  Pero para que se quede bien grabado en la mente de todos hay que decir la verdad, y hay que llamar las cosas por su nombre.  Y entonces no había colaboración.
¿Por qué a un infeliz que se robaba una gallina lo iban a meter seis meses en la cárcel, y los multimillonarios no tenían problema?  Habían saqueado todo lo que habían saqueado y eran unos grandes señores.  Yo voy a decir que todos tenemos la culpa, porque también en los clubes de aquí y en los lugares honorables, se recibía a esa gente como si fueran unos personajes.
El ejemplo estaba ahí.  Eso era lo que teníamos que aprender nosotros, la juventud: le iba bien al pícaro.  Aquí ya casi hasta la familia le aconsejaba a cualquiera que tenía que agarrar una “botella”, y que el hijo era un bobo si no lo hacía así.  La inmoralidad había filtrado todas las instituciones sociales, hasta la más seria, los padres no se preocupaban de orientar a los muchachos políticamente, no se encargaban de condenar lo inmoral, y todo lo que se veía eran malos ejemplos.
Es extraordinario lo que la juventud cubana ha hecho, acostumbrada a ver lo que ha estado viendo.  Ustedes no saben el poder del ejemplo.  Yo se lo puedo decir en el caso de lo que he visto en estos dos años: la tendencia en mucha gente —gente buena— que tan pronto se ponían un revólver ya iban y actuaban con los modales, el mismo estilo, se paraban igualito, hacían lo mismo que hacían los guardias rurales, porque en su mente tenían al hombre con un revólver que tenía que hacer todo aquello.
Les advierto que ahora mismo hemos tenido que pasar por la amargura de tener que presenciar la primera barbaridad cometida por un agente de la autoridad.  Y tengo entendido —porque todas las apariencias lo indican, aunque no lo he comprobado completamente, pero eso se va a comprobar— que se ha cometido el primer asesinato.  Quiero que lo sepan.
Calcularán ustedes la reacción que eso me produjo a mí.  Inmediatamente me comuniqué con la familia, y personalmente voy a investigar eso, porque es que lo voy a investigar por muchas cosas que tenga que hacer, porque no dejo pasar el primero.  Aquí hay que pelear en la primera trinchera.  Si dejamos pasar una, por ahí se filtran todas las demás, ¡y la primera no se puede dejar pasar, señores!  
Tuve que pasar por el dolor de ver a una familia y decirle lo que le había pasado al ser querido.  Independientemente de lo que haya sido, aunque creo que era una persona honorable.  Tengo entendido eso, aunque no quiero dar palabra definitiva sobre esto hasta que no tenga todos los informes, ni decir en un sentido o en otro.  Pero sí hay una realidad: todo parece indicar que fue detenido y después fue asesinado.  ¡Lo que no se le puede hacer ni al peor traidor!
Porque si nosotros en dos años y un mes de guerra ¡jamás matamos un prisionero, jamás golpeamos siquiera al peor traidor!, ¿por qué va a venir nadie en la paz a hacer semejante cosa, quien sea el individuo detenido?  
Y la reacción primera fue de indignación.  Tengo esperanzas de que no haya sido ninguno de los hombres que vio cómo se luchó, cómo luchó el Ejército Rebelde.  Tengo esperanzas de que no sea ningún miembro del Ejército Rebelde, porque el dolor sería mucho más grande.  Tengo la esperanza de que sea cualquier delincuente, asesino de estos, que ha aprovechado la oportunidad para agarrar un arma.  ¡Y que nosotros se la vamos a quitar de verdad!  
Y en consecuencia, tengan la seguridad de que por pertenecer al fuero militar, todo el que tenga un fusil aquí va a parar a un consejo de guerra y va a ser sancionado severamente.  Ya por los delitos posteriores a la Revolución la pena de muerte debe quedar abolida, ajustarse a la Constitución de la República.  ¡Pero está la cárcel, y la cárcel es un castigo muy serio!    Por lo tanto, ese caso, que es el primero, muy lamentable, será castigado.  Es lo que tiene que hacer el Estado.  No podemos impedir que siempre haya una excepción.  Tengo la satisfacción de decir que en toda la guerra, que duró dos años y un mes, no hubo una excepción.  Es que esas malditas estaciones de policía parece que tienen la maldad dentro y que allí no se respira otra atmósfera todavía, que algo queda.  ¡Deseos le dan a uno de derrumbarlas a todas, para que no quede ni siquiera el recuerdo!  
Decía que...  Les hablaba...  Creo que hasta el hilo lo he perdido.  Bueno: de todas formas...
――  Nos interesa una pregunta, Fidel.
CMDTE. FIDEL CASTRO.-  Sí, exactamente.  Ya es hora de que hagan preguntas.
――  Ahí tiene al doctor Bustamante que va a ir dando las preguntas.
CMDTE. FIDEL CASTRO.-  Yo quiero que me las pregunten los mismos interesados.  Usted me puede preguntar tres...
――  Bueno: voy a hacerle la primera desde aquí.
Comandante Fidel, quisiera que me perdonara que me dirija siempre a usted diciéndole Fidel, pero es que yo conozco a Fidel desde los años de la Universidad, y allá Castro casi no sonaba, era Fidel, entre los amigos de la Universidad.
La primera dice así:  ¿Cuáles son, en su opinión, las medidas más urgentes y apremiantes que deben adoptarse para encauzar la Revolución triunfadora?
CMDTE FIDEL CASTRO.-  Yo creo que precisamente estas cuestiones que estamos tratando: las cuestiones de orden público, de la paz, es la medida más importante.  Además, una revolución que conquista la paz inmediatamente es un caso de excepción.  Y creo sinceramente que la paz está lograda de una manera sólida y que difícilmente haya nada que pueda perturbar la paz del país, sobre todo si se siguen tomando medidas.
――  La otra pregunta, Comandante Fidel Castro.  ¿Cree usted necesaria la celebración de una asamblea constituyente antes de las elecciones para designar el nuevo gobierno?
CMDTE.  FIDEL CASTRO.-  Mi opinión —creo que además es la de la mayoría del pueblo— es que no.  El problema aquí no era contra la Constitución; al contrario, por la Constitución.  Las consecuencias serían negativas al hablar ahora de una asamblea constituyente, porque entonces en todo el mundo empieza la intranquilidad: ¿y cómo será?  ¿Y cuáles serán los derechos básicos de esa constitución?  Nadie se sentiría seguro aquí.
Todo el mundo sabe que ya hicieron una Constitución y todo el mundo sabe a qué atenerse.  Y que las reformas, las leyes, las medidas que se vayan a tomar serán dentro de la Constitución, que lo permite, señores.  Es decir, que hay una justicia amplia en todos los órdenes dentro de las normas de la Constitución de la República.  Y todo el mundo está muy contento con la Constitución.  Vamos a aplicarla, y que otra generación, dentro de 20, 30 o 40 años, haga una nueva constitución de la república. ――  La otra pregunta, Comandante, dice: ¿Cree usted necesaria una asamblea legislativa provisional para aliviar la tremenda labor que pesa sobre el Consejo de Ministros?
CMDTE.  FIDEL CASTRO.-  Voy a dar mi opinión también.
Si la provisionalidad va a ser realmente breve, si, además, habría que enfrascarse ahora en la creación de un estatuto para esa asamblea legislativa; además habría que escoger a los sectores, porque primero, si es de 10 es muy pequeña, pues más grande es la asamblea de ministros, si es de 50 es un poquito mayor y ya hay que escoger a mucha gente aquí —no querrá nadie aquí un sueldo, pero todo el mundo sí quiere discutir, ¿no?  — y empezaría el problema de escogerlos; y, en tercer lugar, las leyes podrían empezar a sufrir un retraso, por tener que seguir un trámite, y, además, porque sería una asamblea legislativa ficticia, porque no la habrá elegido nadie, una especie de consejo consultivo llamado asamblea legislativa .  Y entonces, además, toda una serie de señores legisladores paseando por La Habana también y unos ciudadanos con aire de gobernantes también.  Mucha charlatanería posiblemente allí y no lo que importa, que es trabajar.  La cuestión es que sea breve la provisionalidad.  Eso sí.  Que adopte las medidas urgentes que el pueblo reclame:  ¡Aquí hay que ponerse a trabajar inmediatamente!
Miren, yo creo incluso que antes de hacer la ley hay que hacer el hecho.  Nosotros los cambios que estamos haciendo dentro de los institutos armados el hecho va delante del derecho; después, a medida que se vayan haciendo todos esos cambios, irán consagrándose con el derecho, legitimándose.  Pero no se puede perder tiempo.  Si no se ha marchado incluso más rápidamente en esta primera semana es porque ha habido que ir buscando ministros, gente, reorganizándolo todo, estudiándolo todo. La maquinaria del Estado quedó bastante desarticulada, y uno se asombra de cómo los servicios continúan prestándose, a pesar de esas anormalidades y con bastante eficiencia.  Creo que ya el que quiera un pasaporte se lo dan, que ya esos problemas van tramitándose rápidamente.  Y espero que a más tardar dentro de una semana, estén todos los departamentos funcionando.
Se ha retardado, por ejemplo, el caso de la Alcaldía de La Habana.  ¿Por qué?  Porque nosotros no queremos poner alcaldes, no queremos crear poderes, personajes políticos.  Entonces hemos ideado mejor gobiernos colegiados para las alcaldías.  ¿Vamos a poner un alcalde?  No, vamos a poner tres comisionados, un gobierno colegiado, para que dirija la alcaldía.  Y ya no creamos maquinarias políticas, ni caudillos políticos, ni personajes políticos, sino tres.
¿Hay que quitar un comisionado porque no sirve?  Aquí al que no sirve hay que quitarlo enseguida.  Pues no hay escándalo: se suprime un comisionado y se pone a otro.  Ahora, si es un alcalde y no sirve y se quita, es un escándalo, una crisis, hablan todos los periódicos del problema.  Y se hacen los cambios, pero más moderadamente.
Y esos fueron los métodos que aplicó el Ejército Rebelde en los municipios que iba ocupando: ponía su comisionado, que ha dado magnífico resultado, con un sistema de gobierno colegiado para el municipio: tres a trabajar, no uno solo para llevarse todo el mérito o toda la responsabilidad. Y entonces se ha establecido un sistema de gobierno colegiado en los municipios y se escogen tres personas, cuya obligación es trabajar, sencillamente.  Porque yo les aseguro que si en los 126 términos municipales de Cuba se hace una administración honrada y se trabaja, la tercera parte de la Revolución está hecha, porque son incontables los beneficios que la comunidad puede recibir del gobierno municipal.
Vean ustedes si no lo que han hecho las instituciones como los Dealers y otra serie de instituciones: han hecho calles, han hecho obras de todas clases con los recursos...  Han tenido que refugiarse allí, porque es que no había manera de que pavimentaran una calle si los vecinos no se ponían de acuerdo para pavimentarla.
El dinero se lo llevaban: camarillas políticas, sargentos políticos, “botellas” para el que ayudó, “botellas” para el primo, “botella” para el hermano, para el cuñado, para todo el mundo.  Esa ha sido la verdad aquí.  Hay departamentos por ahí donde han aparecido miles de “botellas”.  Han aparecido y seguirán apareciendo.  Es fabuloso la cantidad que ha aparecido de prebendas, de dinero que se malgastaba, porque no se trabajaba, no se producía.  Lo cobraban unos señores que no trabajaban nada.  Eso es lo más inmoral, no solo por lo que implique económicamente sino por lo que prostituye el carácter de la ciudadanía y pone a todo el mundo a aspirar lo ideal: vivir sin trabajar.  Lo ideal.  ¡Tal vez un día se fomente eso! 
――  Correcta su respuesta.
Yo quisiera que los otros compañeros “leones” que tienen otras preguntas que hacer, que hicieran el favor de venir aquí para hacerlas y que las recojan las cámaras desde aquí.
Mientras va llegando algún compañero, yo quiero hacerle una que hay aquí, pero antes quiero decirles a los compañeros “leones” y también al Comandante Fidel que no sabía de esto, que momentos antes de él llegar iniciamos aquí una cuestación espontánea de todos los “leones” y se han recolectado 500 pesos para mandar a las ciudades bombardeadas de Santa Clara y en Oriente.  Además, hemos pedido a todo el pueblo de Cuba que nos mande ropa, zapatos, juguetes, todo lo que se pueda recolectar.  Además, también, hay una señora que llamó por teléfono y donó 100 pesos, que creo que acaba de traerlos, están ahí.
―― Nancy, venezolana, y María Elena Ruiz, cubana, acaban de enviar un cheque por 100 pesos para la colecta que ha iniciado el Club de Leones para los damnificados de la provincia de Santa Clara y Oriente.
―― Son 600 pesos, es lo que tenemos hasta este momento aquí, sin contar lo del Club de Leones, que han llegado también otros donativos.
Doctor Castro, si las medidas adoptadas por el Gobierno Revolucionario dan el resultado apetecido, ¿usted cree que se puedan llevar a efecto las elecciones antes de los 18 meses que ustedes han dicho, el Gobierno Revolucionario?
CMDTE.  FIDEL CASTRO.-  Yo creo que sobre la fecha de elecciones debe actuarse con criterio absolutamente objetivo.  De ninguna manera debe pasar de ese plazo, porque entiendo que sería —entre otras cosas— una injusticia con los que estamos trabajando en esto.
Objetivo por eso: por lo general, cada vez que ocurre un movimiento revolucionario que derroca el poder, se empieza a tratar inmediatamente cuánto dura la provisionalidad.  Y es que no ocurren revoluciones, sino golpes de Estado.  Y el grupito que da el golpe, se pone a maniobrar a ver cómo gana opinión pública para ganar las elecciones.  Como aquí ha ocurrido una revolución con respaldo del pueblo, lo más que le puede pasar al grupo de hombres que está gobernando no es ganar, sino perder.  ¿Tarda 18 meses?  Tendrá menos que cuando tenía 12.  Porque es que el poder desgasta por muy bien que se haga.
¡Nunca será más unánime el respaldo al Movimiento 26 de Julio que hoy!  Yo les digo que si las elecciones fueran mañana:  ya, un plebiscito casi.
Y el problema es que a nosotros no nos conviene prorrogarlas desde un punto de vista político.  Así que lo que hay es que señalar objetivamente qué es lo que conviene.  ¿Conviene que mañana empiecen aquí a organizarse los partidos y a entrar en polémicas de tipo político, y a dividirse?  Yo creo que debe, por lo menos durante seis meses, ocho meses, un año, dedicarse todo el mundo a trabajar, como está trabajando.
Yo les digo que todos los sectores están colaborando con un desinterés extraordinario.  He hablado con todos los líderes de todos los sectores y los veo en una disposición que es admirable.  Y se lo hemos dicho aquí: todos los problemas que ustedes creen que estén mal hechos, críticas, vengan y háganlas, para inmediatamente atenderlas y estudiarlas.  Así que hay un deseo de colaborar muy grande.  Y tan pronto se organicen los partidos políticos, van a surgir pugnas naturalmente, las pugnas por el poder.  Y creo que hacer eso de inmediato sería perjudicial a la tarea del gobierno.
Yo sé, me parece saber lo que el pueblo quiere en este momento: que se trabaje y se trabaje bien, y se trabaje pronto.  Y que después, también, en el tiempo mínimo posible —entre otras cosas porque esa es una de las conquistas de la Revolución— decir: bueno, ya está la Constitución.  Aunque la Constitución está restablecida en todo lo que se refiere a los derechos humanos, a las libertades.  Se acabaron todos los métodos de represión, de terror, los abusos.  Y se irá restableciendo en la medida en que las condiciones lo permitan.
Tenemos el caso, por ejemplo, del castigo a los criminales de guerra: uno de los problemas más espinosos que tenemos.  Espinosísimo, y les voy a explicar por qué.  Porque hay personajes que han cometido cada crímenes, que resulta imposible de todo punto ni siquiera admitir la idea de que queden impunes esos crímenes.
Hay casos de oficiales del ejército que han asesinado en una sola tarde 53 campesinos, ¡en una sola tarde!, como el señor Sosa Blanco.  El capitán Grao asesinó 30 campesinos en Ojo del Agua en una sola tarde.  Hubo un pueblo al que le asesinaron 450 vecinos.  Quien pase por allí verá la tristeza.  Lídice en Checoslovaquia debe ser más o menos algo como lo que hicieron allí en las Minas de Bueycito.
Frente a esos crímenes, ¿qué?  ¿Vamos a condolernos ahora?  Yo digo que soy una de las personas dadas...  Y quiero hablar de este tema, porque lo considero importante.  Me entra lástima fácilmente.  Y creo que si fuera por mis sentimientos de tipo personal, no me importaría perdonar al peor de los criminales.  Pero, sin embargo, hay una conciencia muy arraigada y muy profunda de la justicia, que es desde todo punto inadmisible, que sería dañino al pueblo, dañino a la nación, dañino a las generaciones futuras, sería estimular el crimen, el que no recibieran un castigo ejemplar esos elementos.
Todos esos elementos han estado siendo juzgados y sancionados de acuerdo con la ley vigente.
¿Cuál es la ley vigente?  La ley que rigió durante la guerra: el Código Penal Rebelde y el procedimiento penal rebelde.  Pues, señores, no han sido derogados.  Sin solución de continuidad, se siguió aplicando la ley y los tribunales.
¿Qué se hacía cuando se encontraba a un traidor, a un asesino?  Pues, se le juzgaba y se le aplicaba la pena.  Pues, de repente, fueron capturados muchos asesinos.  Otros escaparon.  Se siguió aplicando la Ley Penal Rebelde, la ley procesal rebelde.  Y los tribunales de guerra.
En estas cosas se sabe que los castigos hay que aplicarlos lo más rápidamente posible, para evitar que surja inmediatamente la lástima y, además, para acabar de una vez con esos recuerdos del pasado y ya no quede ni siquiera eso pendiente, ¿no?
Y el caso es que ponerse a hacer una legislación nueva y tribunales nuevos, es prolongar indefinidamente una situación que hay que resolver; porque, además, hay muchos inocentes que están presos ahí, por medidas de precaución: como todos los del SIM están presos, pero todos los del SIM no son asesinos.  Pero mientras se investiga...  Esa gente no pueden estar presos indefinidamente.  Hay que apurar el procedimiento.
La Revolución Cubana, que es inobjetable en la forma en que se ha ido conduciendo, en el orden que ha habido posteriormente, sin embargo, ya está recibiendo críticas, diciendo que se están castigando sin juicio.
¿Quiénes?  Lo están haciendo desde Estados Unidos.  ¿Por qué?, yo me pregunto.  ¡Ah!, ¿porque no se tiene de qué atacar a la Revolución y ya se empieza a sembrar la duda sobre la Revolución Cubana?  ¿Hay intereses que temen?  ¿Hay compañías que temen que se les quiten algunas concesiones inmorales?  (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES DE: “¡Bravo!”).
Lo mismo que con lo de la Misión Militar.  Si el precio de que nos defiendan es que los tengamos ahí, no los tenemos ahí, porque no queremos espías metidos dentro de las fuerzas armadas de la república, señores; ni conspiradores.  Vamos a pedir una misión militar a Venezuela, que es un país hermano de América, para que nos ayude.  No hay derecho a que nosotros sigamos manteniendo aquí a los que estuvieron enseñando a los soldados a matar cubanos, porque eso es un impudor.
Y yo a esos militares los trato con decencia allí, y hablaré con ellos cuando tenga que hablar.  Pero les diré que es el criterio; salvo una orden en contra que diera el Presidente de la República.  Pero si se quiere tener en cuenta nuestro criterio, nuestro criterio es que agarren las maletas y se trasladen a Estados Unidos.  Con la mayor decencia.
Entonces, estamos observando algunas cosas, porque hay que vigilar el curso de la Revolución y defenderla ante la opinión pública, y ante la opinión pública de Estados Unidos.  Porque allí tendremos amigos, y muchos amigos, cuando les hablemos con razón y les digamos los errores que ha estado cometiendo el gobierno, ¡y se acabó!; la explotación de que quieren hacer víctima al pueblo algunos intereses aquí, que no son el pueblo de Estados Unidos (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES DE: “¡Bravo!”).
Lo que pasa es que ya no pueden decir que somos comunistas, porque es absurdo: tendrían que decir que es comunista todo el pueblo de Cuba en absoluto.
Entonces, ahora le andan dando vueltas al problema de qué pasa con los criminales de guerra.  Debieron haberse preocupado un poco más de qué pasaba con los hombres asesinados por Ventura, por Pilar García, por Batista.  Y lo que debió haberse censurado es que, mientras en Marianao en una sola noche asesinaron 90 personas, mientras aparecían centenares de cadáveres en toda la isla, mientras hubo mujeres ultrajadas, ojos arrancados y se cometieron contra el pueblo de Cuba los crímenes que ni siquiera los nazis cometieron contra Francia o contra Bélgica, había una misión americana enseñando a los criminales.
Y ahora, cuando en el pueblo de Cuba, con un ejemplo de civismo que no tiene paralelos, mientras se decía que la Revolución iba a significar el saqueo, el ultraje y la anarquía, se han encontrado un caso insólito en el mundo, de un pueblo que solo ha sabido mantener su orden, una capital de más de un millón de habitantes sin policías, un orden absoluto, los criminales que no han recibido ni un golpe ni una vejación, conducidos tranquila y serenamente a las cárceles sin que nadie los haya maltratado, hombres que asesinaron a cientos de nuestros compatriotas y están allí comiendo y no sometidos a ningún género de torturas ni de maltratos para arrancarles una confesión, siendo juzgados por militares revolucionarios, con acusador y con defensor y con testigos, empiezan a darle la vuelta ahora al problema de que sí se está castigando sin juicio.  ¡No!  Sin juicio mató Batista, sin juicio asesinó Batista y torturó detenidos y violó todos los derechos humanos, que nosotros no hemos violado absolutamente ninguno, porque hemos luchando precisamente por esos derechos.
Y en consecuencia, ¿qué quieren?  ¿Más publicidad?  Pues bien: a Sosa Blanco, a Morejón, a Grao y a Suárez Suquet los vamos a juzgar en el Parque Central de La Habana.
Y ya hemos dado instrucciones para que vengan los familiares de los 53 asesinados en el “Oro de Guisa” en una tarde, y los familiares de los 30 asesinados en “Ojo del Agua” en una tarde, cerca de Pilón, y de los asesinados en Bayamo, y testigos de los heridos asesinados por Suárez Suquet allí en Camagüey, para que vengan y declaren allí llorando, como los hemos visto nosotros, porque eso es lo que duele.  Porque allá ven desplomarse un hombre, no saben lo que hemos sufrido nosotros; ven el hombre que se desploma y no ven los crímenes que se han cometido.
Y por lo tanto, nosotros no queremos fotografías de los fusilados, para que no se de esa impresión; hemos estado haciendo los procesos con la mayor discreción para no despertar el odio en el pueblo ni agitar a la gente.  Pero si la cuestión es que se va a poner en duda la justicia de los procedimientos, vamos a coger a los peores criminales y en presencia del pueblo, que es el soberano y al que hay que rendirle cuentas aquí, se juzgarán.
Y el pueblo, que es quien ha sufrido, dondequiera que se reúne, lo primero que demanda —y lo puedo decir porque he reunido muchos mítines—, lo primero que demanda es el castigo de los asesinos.  No he visto a nadie demandar otra cosa con más insistencia y masivamente que los asesinos sean castigados (EXCLAMACIONES DE: ¡Sí!”). Y tengan la seguridad, tengan la seguridad de que vamos a ser mucho más benignos de lo que el pueblo quiere; porque les aseguro que si se hace lo que quiere el pueblo por lo que ha visto, habría que fusilar a todos los chivatos, que son una cantidad considerable, pero no se puede.  Hay que castigar a los casos ejemplares, los casos ejemplares.  ¿Los demás?  Pues hay otros castigos: ahí está la Ciénaga de Zapata que es una gran extensión de tierra, vamos a ponerlos a trabajar ahí.
El que quiso vivir del golpe, el que quiso vivir de la delación y de la traición sin trabajar, es correcto que trabaje y le preste algún servicio a la sociedad.  Si no hay que fusilar, no señor.
Ah, pero si los americanos se metieron en Nuremberg, si los ingleses, los franceses y los países victoriosos se metieron y juzgaron a los criminales de guerra, incluso cuando no era un caso de guerra civil, incluso cuando eran discutibles los derechos que cada nación tenía porque habían sido en una ocasión víctima de leyes o de tratados demasiado severos; aquí donde no hay la menor duda de que la actitud de la dictadura ha sido criminal y atentatoria contra los derechos humanos; aquí donde no hay contradicciones, aquí donde se habla de democracia y se actúa en democracia, sin ayudar dictaduras de ninguna clase; aquí donde somos consecuentes con nuestros principios, aquí habrá justicia y serán castigados los criminales .
Así que yo le agradezco mucho la pregunta, que me ha dado oportunidad de aclarar una de las cuestiones fundamentales, y para orientar al pueblo.  Porque empiezan ya a buscar pretextos para acusar una revolución que va limpia de pies a cabezas y animada en las mejores y en las más honradas intenciones, en un país que por primera vez es libre —óigase bien—, ¡por primera vez es libre desde que aquí llegó Diego Velázquez!, donde nadie nos da órdenes y, además, donde los consejos hay que dárnoslos con mucho cuidado para que no parezcan otra cosa: insinuaciones.
Se acabó la Enmienda Platt, porque considero que fue una injusticia haberle impuesto a nuestra generación, que luchó por la independencia, aquella ley que le quitaba precisamente la independencia.
Ya no hay régimen castrense, ya no hay militares que puedan traicionar a la Revolución alzándose a tomar el poder como pasó en 1933.  Y por primera vez hay hombres dignos aquí, al frente del país, que ni se venden, ni claudican, ni se acobardan ante ninguna amenaza , y están dispuestos a actuar serenamente —como ustedes lo han visto en todas las ocasiones—, sin excesos de ninguna clase, decididos a no usar jamás la fuerza; pero eso sí, que no confundan una cosa con la otra:  que somos serenos, somos ecuánimes, pero estamos muy claros en cuanto a lo que es la dignidad de la nación cubana, en cuanto a lo que es la soberanía del pueblo cubano .
Y creo que este pueblo tiene los mismos derechos que cualquier  otro pueblo a gobernarse, a gobernarse y a trazarse su propio destino libérrimamente, y a hacer las cosas mejor y más democráticamente —óigase bien—, más democráticamente de lo que las hacen otros, que hablaban de democracia y le mandaban tanques Sherman a Batista.
La verdad hay que decirla para dentro y para fuera, a los latinoamericanos y a los norteamericanos; porque allí encontraremos aliados en la opinión pública de ese país, que es un país de sentimientos liberales y de sentimientos democráticos, sencillamente, a través de la prensa y con nuestra postura muy democrática y muy clara, para que no vengan con sus confusionismos ni sus mentiras ni acusaciones falsas contra la Revolución que es genuinamente cubana y genuinamente democrática:  ¡nuestra Revolución!  
― Muchas gracias, Comandante Castro.
Usted no ha contestado una pregunta.  En sus palabras ha contestado como 10 o 15 preguntas que había aquí; es decir que hemos aligerado muchísimo.
Sin embargo, la pregunta que va a hacerle ahora nuestro compañero presidente, doctor Aurelio Espinosa, es una pregunta del Club de Leones de La Habana, porque lo hemos tratado así aunque no en una junta directiva, pero sí en un grupo grande de Leones que lo sentimos.
El doctor Aurelio Espinosa va a hacer esa pregunta.
DR.  AURELIO ESPINOSA.-  La pregunta que vamos a hacer, que tal vez es una sugerencia, nos la produjo la emoción profunda de un hecho que contemplamos.
Era uno de estos muchachos que han venido de la Sierra, de larga barba, alto, buen tipo, de cara agradable, al que se le acercaron un grupo de muchachas y le dijeron:  “Fírmenos este autógrafo.”  Y ese valiente, que nos dio la libertad, tuvo que decirles:  “Yo no sé firmar.”
Nosotros queremos saber, tal vez queremos sugerir que a esos muchachos, aparte de todas esas instituciones escolares para los niños que van a formar las nuevas generaciones, se les eduque de modo sistemático, se les tome uno a uno —porque lo merecen—, se estudie su vocación, sus deseos, y si uno quiere ser abogado se le tome de la mano hasta que tenga el título universitario; si otro quiere ser médico, si quiere ser ingeniero, si quiere ser contador público o si quiere establecerse en un negocio, se estudie su vocación y se le ayude, porque esos muchachos que nos han dado la libertad merecen eso y mucho más .
CMDTE.  FIDEL CASTRO.-  Bueno, ¿fue un discurso o fue una pregunta?  
―― No, es que los Leones se están embullando.
CMDTE.  FIDEL CASTRO.-  No.  Lo felicito porque ha planteado una cosa muy justa y muy correcta; pero yo casi no iba a decir nada porque él lo dijo todo.
Les puedo decir las medidas que hemos tomado.  Aun durante la guerra, en todas las columnas había siempre algún maestro dándoles clases a los muchachos —porque eran principalmente campesinos los que se unían a la Revolución—, a pesar de que había que trasladarse constantemente en aquellos primeros tiempos sobre todo; siempre fue una guerra muy movible y con la humedad de los montes, las caminatas, las lluvias, los libros constantemente —nos era imposible protegerlos de la inclemencia del tiempo— se rompían.  Y, sobre todo, en todos los pueblos íbamos dejando una escuelita para los campesinos, y en la Sierra Maestra hay docenas y docenas de escuelas hechas por nosotros.
Entonces los planes que tenemos ahora son los siguientes: antes que nada, brindarles a todos los combatientes revolucionarios la oportunidad de ingresar en los institutos armados revolucionarios —institutos armados para la república, de la república; de verdad de la república, que no lo eran nunca—, en los institutos armados del pueblo, sobre la base de que el hombre que quiera continuar en la carrera de las armas, pues no se puede llevar el arma para su casa.  Esa no es carrera de las armas, eso es crear un problema muy serio, porque no está sometido a una disciplina especial, a un fuero especial.  El hombre que está armado tiene que estar sometido a muchas restricciones, a muchas restricciones para que las armas se empleen debidamente.
Entonces les vamos a dar la oportunidad a todos los combatientes para que ingresen lo mismo en la marina que en el ejército, que en la policía, que en la escuela de cadetes para el ejército, en la escuela de cadetes para la aviación.  Entonces, además, en todos los campamentos, que van a estar lejos de la ciudad, donde queden guarniciones, tropas o unidades militares, crear una escuela de capacitación para los oficiales     —porque hay oficiales que ganaron sus grados en combate y ahora deben adquirir toda una serie de conocimientos teóricos que mejoren su calidad de oficiales— y escuelas para todos:  soldados, clases.
Y, por supuesto, una de las cosas que erradicaremos —bastante fácil creo que es con la cantidad de maestros y la cantidad de buena voluntad que hay y el interés que tienen esos compañeros— es el analfabetismo.  Y no solamente estudiarán ahora.  Tendrá que estudiar no solamente el que no sabe leer y escribir; el que sabe leer y escribir tiene que estudiar, y el que tenga una carrera en la universidad tiene que estudiar, porque hay que estar toda la vida estudiando, nadie se puede creer que sabe.
El propósito es establecer los centros de educación dentro de las tropas, porque, ¿qué va a hacer un soldado?  Entrenarse y estudiar, en el mismo orden estar preparado para defender la patria.  No va a estar sin hacer nada, porque eso es lo peor que puede pasar y es lo que ha pasado hasta hoy.
En cuanto a los demás, nosotros tratamos de que la mayor parte quede en las filas revolucionarias porque son los hombres en que más puede confiar la ciudadanía; pero muchos anhelan regresar a sus casas: bueno, el que tiene ya un negocio, tiene tierras... Considerando el caso de todos aquellos que ni tengan tierras ni tengan casas, que tengan que vivir de su trabajo y no quieran continuar prestando servicios con las armas, es el pueblo, son las instituciones cívicas, las clases sociales, las que tienen que ayudarnos y tener como la mejor recomendación para darles un empleo; los mismos sindicatos, las organizaciones obreras deben darles algún tipo de preferencia en los escalafones a los combatientes revolucionarios para readaptarlos, ya que no han cobrado sueldo, ya que no van a cobrar pensión por haber servido a la república, porque ese es un propósito muy firme:  que esta Revolución ni cobra sueldo ni cobra pensión.  Y por lo tanto, a esos hombres es justo que se les ayude en lo que merecen, que es ganarse la vida con su trabajo y, además, debe lograrse esa adaptación con la colaboración del pueblo, porque naturalmente el Estado no puede subsidiarlos ni se les va a dar a nadie una “botella” ni mucho menos; esos hombres deben vivir de su trabajo.  Y los demás continuarán prestando servicios en las armas.  Es una de las medidas en que necesitamos la ayuda del pueblo.
He visto a muchos que están trabajando.  Y ayer vi a un teniente aquí que me dijo muy contento:  “Me voy a quedar trabajando en el hotel.  Me licencio y me quedo trabajando aquí en el hotel.”  Y estaba muy contento y le gustó mucho.  En el país entero nos están quitando de la tropa a los combatientes, pero de todas maneras lo importante es que cada cual esté voluntariamente donde más lo desee.
No solamente tendremos que resolver el problema de ellos, tenemos que resolver el problema de cientos y cientos de miles de jóvenes que están sin trabajo, y, en fin de cuentas, son muchos los problemas que tenemos que resolver, aunque es justo y está muy bien planteado que el primero que debe resolverse es precisamente el de esos compañeros que tan noble y desinteresadamente se han comportado, y que son los ciudadanos que se pueden llamar ciudadanos ejemplares.
A mí me quería hacer aquí mi profesor de Derecho Constitucional una pregunta de carácter constitucional.  Así que ahora sí que...
――  Adelante con la pregunta.
―― Como me dirijo a un martiano de larga ejecutoria, y quiero decir, para satisfacción mía y de lo que vale la enseñanza martiana, que el mayor honor de un profesor es encontrar un discípulo capaz de hacer posibles las enseñanzas de los tiempos.
Hecha esta aclaración, quiero hacerle está pregunta concreta al Comandante Fidel Castro:
Cuando su defensa ante la Audiencia de Santiago de Cuba por el proceso iniciado en los asuntos del Moncada, el Comandante Fidel Castro me hizo el honor de citarme con una frase que después he meditado mucho, porque he pensado que ahí está el germen de la filosofía de la Revolución:  “La libertad reside en conocer la voluntad del pueblo.”
Comandante Castro, ¿la Revolución ha pensado en algún procedimiento para conocer no ya la opinión sino la voluntad del pueblo sobre cuestiones trascendentales que no afectan a la Revolución en sí sino a la orientación que esta va a dar en su esquema de estructuración a la vida del país?
Le hago esta pregunta concretamente porque anoche, en el Colegio Nacional de Doctores en Ciencias Sociales y Derecho Público, del que me honro en ser Tesorero, hube de plantear con algunos compañeros el elaborar un esquema de criterios permanentes de la nacionalidad, a nuestro juicio, para someterlo al Gobierno Revolucionario como una opinión y como una sugerencia.
La opinión mayoritaria fue que no debía hacerse así, sino dejar al Gobierno Revolucionario en plena libertad de aplicar libremente su programa revolucionario.
Por tanto, yo quiero saber la opinión del Comandante Fidel Castro acerca de si es útil y ha pensado en procedimientos hábiles para ello, que la ciudadanía, en sus diversos organismos y maneras de pensar, haga llegar al Gobierno Revolucionario sus opiniones, o si por el contrario la Revolución entiende que eso es prematuro y se deben esperar otras oportunidades.
CMDTE.  FIDEL CASTRO.-  Yo le voy a responder, profesor.  Naturalmente que se me hace un poco difícil responder al profesor, a quien reconozco tanta autoridad en esa materia, Derecho Público y Derecho Constitucional.
Me parece adivinar que la opinión suya es que todos los sectores sociales, a través de sus organismos representativos, se hagan escuchar en el gobierno de la república.
Como usted sabe, se ha hecho una especie de opinión, ya que no representación, de opinión funcional, y sobre esas cuestiones teóricamente se ha discutido mucho.
Es indiscutible que pudieran idearse formas orgánicas de gobierno que se ajustasen un poco más en sus mecanismos a la representación real de la sociedad.
Ocurre el caso, por ejemplo, en un representante que lo eligen por el distrito tal, Manzanillo y Bayamo, entonces sacó más votos que el otro y salió representante; por él votaron elementos de todas las clases.  Ese señor representa allí al zapatero, al abogado, al médico, al tendero, representa a una esfera...  Realmente, si se pregunta, representa a 10 000, ¿pero qué criterio dentro de la sociedad representa?
Pudiera la Revolución tratar de encontrar sistemas de gobierno más perfectos —pudiera tratar de encontrarlos—, solo que hay el miedo de que nosotros trazándonos una meta demasiado ambiciosa, demasiado perfecta, una utopía casi, nos quedemos en la mitad del camino y no obtengamos por lo menos una serie de cuestiones que son esenciales.
Yo decía al empezar esta reunión que las instituciones teóricamente no son en sí todo lo esenciales, y decía que había leyes, que había constituciones, había muchas cosas; sin embargo, la realidad demostraba que no tenían vigencia, que hacía falta un equilibrio real.  Y sobre todo, yo podría decir que en este caso lo que hace falta más que nada es una gran dosis de buena voluntad, honradez y patriotismo en los gobernantes, aunque nuestras instituciones representativas hayan sido deficientes.
Me hablaban de que había que modificar la Constitución. Y yo dije: Miren, creo que sería peligroso modificar la Constitución.  Para establecer un sistema representativo, funcional —por ejemplo— de gobierno, habría que entrar en modificaciones constitucionales con todos los peligros que ello entraña, para la normalización del país, para la prosperidad económica del país; que hace falta, sin duda de ninguna clase, estamos de acuerdo, que avance lo más rápidamente posible y que económicamente hace falta un auge para de alguna manera librarnos de las consecuencias del despilfarro en que ha estado viviendo el país en estos siete años.
De manera permanente yo no veo sino que tendría que ser obra de otra generación o de años posteriores el idear formas más perfectas, en lo teórico, de gobierno y de ajustarlas a la realidad.  Por el momento mi opinión es que en los futuros años debe actuarse de acuerdo con los sistemas establecidos por la Constitución de la República.
Ahora bien, me preguntaba el gobierno de ahora, que la libertad era actuar de acuerdo con la voluntad —decía.  Y le voy a responder lo siguiente: tendría que establecerse esa cámara legislativa de que hablábamos, darles representación a todos esos sectores.  En una provisionalidad muy breve, ¿sería práctico?
Hay una manera de hablar y hay que oírla.  Miren, ¿en estos días ha funcionado o no ha funcionado la opinión pública?  Respecto al problema de las armas y del desarme, ¿no funcionó con una fuerza tremenda la opinión pública?    ¿Qué se hizo?  Hablarle al pueblo a través de los vehículos de información: por la radio, por la televisión, por el periódico.  Lo que estamos haciendo ahora.  Hay que movilizar a la opinión pública y, sobre todo, los sectores tienen que hablar a través de los vehículos de información.
Y no vaya usted a creer, que están hablando distintos sectores; hasta incluso se están trayendo a discusión pública algunos temas, que hasta me ha preocupado porque se han traído a discusión ciertas cuestiones, incluso de tipo religioso, que yo creo que son problemas que no se deben suscitar en estos momentos, ciertas tesis, ciertas teorías.  Con nuestros problemas políticos y nuestros problemas sociales tenemos en este instante bastante para venir a crearnos artificialmente nuevos problemas, introducir problemas de tipo religioso, de otra índole.
Creo que debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para evitar que en estos momentos en que es necesario tanto la unidad, en que es necesario tanto el marchar juntos hacia propósitos determinados, no introducir cuestiones que puedan crear las divisiones y las polémicas en el país, cuando ya se sabe que los problemas del momento, los problemas esenciales que hay que atender son otros y dejar las demás cuestiones para el futuro, cuando esté plenamente restablecida la paz y nuestras conquistas fundamentales del momento —para que no haya más guerra, para que no haya más dictadura, para que no haya más inmoralidad— se hayan logrado.  Ese es el criterio.  Y es que está hablando todo el mundo, es que está opinando todo el mundo.
Creo que a través de la opinión pública, a través de los vehículos de información, deben hablar los sectores.  Y hoy han hablado los Leones, han dicho su pensamiento; y mañana hablarán los Rotarios, y otro día hablarán los Masones, otro día hablarán los Católicos, otro día hablarán los Evangelistas, otro día hablará la Cámara de Comercio, los obreros, los sindicatos, los bancarios, hablará todo el mundo.  Hablarán a través de los órganos de información y hablarán a través de la opinión pública.  Quien tenga la opinión pública será en definitiva quien tenga las ideas justas.  Esas serán, porque no pertenecerán a ningún sector.
Es verdad que hay intereses sociales y es verdad que cada sector tiende a proteger sus intereses.  Pero es indiscutible también que hay una verdad:  que las ideas justas son las que tienen mayoría.  Y si el gobierno fuese capaz de escuchar las ideas justas, lo justo, estaría gobernando rectamente.  Y que deben hablar, no a través de un organismo que puede tener mayor o menor importancia ahora, deben hablar a través de los vehículos de información las instituciones y los sectores, o sea, la opinión pública, porque es la opinión pública la que está mandando en estos momentos.  Y aún cuando no dice su palabra...  Una cosa que se hace mal, le preocupa a todo el mundo, porque le preocupa qué piensa la opinión pública sobre aquello.  Y aún sin hablar la opinión pública está mandando, muy señorialmente, desde la caída de la dictadura.
―― La otra pregunta, después de agradecer esta pregunta.
CMDTE.  FIDEL CASTRO.-  Lo que queremos precisamente es que los hombres de pensamiento ayuden a la Revolución.  Todas las ideas, todas las proposiciones, todos los criterios son útiles, porque es de la única manera que se puede encontrar la verdad.  Sin preocupaciones no se soluciona ninguna cuestión.  Y no deben esperarlo todo.  Al contrario:  el pueblo tiene que sugerir, porque por primera vez en nuestra historia ha tenido tanta beligerancia y tanta fuerza la opinión pública en nuestro país, porque, además, es el pueblo el que ha ganado la guerra contra la dictadura, y ese es un derecho que se ha ganado.
¿No es cierto que tiene la ciudadanía la sensación que se le oye, la sensación que se le tiene en cuenta?  
―― Comandante Fidel, antes de hacerle la otra pregunta queremos decir algo de un billete de 1 000 pesos venezolanos que estamos subastando... Argentinos, argentinos.  Señores, es que Venezuela está tan ligada con Cuba, que ya uno confunde a esa gran nación argentina con Venezuela.  Que también está libre.  Argentina también en estos momentos está libre y muy ligada a nosotros.
Adelante, rápido, porque el tiempo aquí es oro, para que Fidel pueda contestamos todas las preguntas, y la verdad es que estamos abusando de él grandemente.
―― Bueno, todos sabemos —y para que el doctor Fidel Castro lo sepa y los que llegaron después— que este billete de 1 000 pesos argentinos fue donado por el señor José Ramón Yanefer, residente en Buenos Aires.  Su contribución a la causa libertadora de nuestra nación en estos momentos ya fue explicada anteriormente, y entonces se han recaudado las firmas de él, del doctor Ordaz —que está sentado en la Presidencia—, de Orlando Fernández Pesas, el presidente, del gobernador de todos los Leones también, y además calzada con la firma de Fidel Castro, nuestro gran líder.
Entonces, ya hay aquí una proposición de uno de nuestros Leones, en representación de San Bernardo, que ofrece 200 pesos.  Entonces, los Cuban Sugar Kings ofrecen 250 pesos.
Esto es para ayudar a todos los pueblos que han sido devastados por los bombardeos y por la guerra civil (Se procede a la subasta).  (SALTO EN LA GRABACION.)
―― Comandante de la Aviación Militar Revolucionaria nos ha dicho que tan pronto sepamos qué hacemos con él, él manda un avión a buscarlo.  Igual recibo que ese tenemos otro de las Fuerzas Aéreas, que hicimos también otra entrega parecida, y realmente se llenó una necesidad extraordinaria, porque había un frío inmenso y había muy poco con qué cumplimentarla.
―― ¿Todo eso fue recaudado del pueblo de Isla de Pinos?
―― Absolutamente. Aquello fue algo formidable.  Los muchachos que carecen de todo, los muchachos descalzos, venían con su níquel, que les hacía más falta a ellos que a nadie.  Y el pueblo más humilde de Cuba ha respondido como con 15 000 pesos, porque lo que se trajo ayer representaba aproximadamente 10 000 pesos, y hay hoy otros 5 000 pesos para ayudar a lo que se pueda en la República de Cuba, del pueblo de Nueva Gerona, Isla de Pinos.
―― Muy bien.  Pues ahora el doctor Fidel Castro les dirá qué hacen ellos con los 5 000 pesos, para dónde los llevan y qué destino les van a dar.
El Comandante tiene la palabra.
CMDTE.  FIDEL CASTRO.-  Son 5 000 pesos en efectivo, ¿no?
―― Los queremos traer en cosas, para que nuestro comercio, que está en una crisis...
Si es posible...  Si él quiere que vengan en efectivo, vienen en efectivo; si no, vienen en cosas para niños o personas mayores.
―― Y así el comercio se beneficie también.
CMDTE.  FIDEL CASTRO.-  Es cierto.  Es cierto y es justo.
Es decir que...  No le voy a decir zapatos, porque de ahora en adelante tenemos que buscar un tipo especial que posiblemente no lo encuentren.  Pudieran, por ejemplo, comprarlo en frazadas para enviárselas...
―― Mire, Doctor, perdone que le interrumpa.  El va a llegarse allí junto a usted, para que usted conozca ya de todas formas.  La comisión va a ir allá, porque hablar así de lejos, me parece que no viéndose las caras, hay un poco de confusión.  Así que ellos van a dirigirse adonde está usted, para que conversen con usted personalmente.
(El Comandante Fidel Castro conversa con el representante de Isla de Pinos.)
CMDTE.  FIDEL CASTRO.-  Entonces, el acuerdo es lo siguiente.  Como eran 15 000 y ya se adquirieron 10 000 en Isla de Pinos en artículos, en este momento no sería fácil precisar cuáles artículos son los que necesita la tropa, por ejemplo.  Y el deseo más ferviente que tenemos en este instante es reunir los elementos necesarios para hacer la primera gran ciudad escolar en la Sierra Maestra, a la cual incluso hubimos de dedicar 10 000 pesos que dio un periodista americano por una entrevista, y otros fondos que vamos a aportarle.  Vamos a dedicar esos 5 000 pesos también a la primera ciudad escolar que se va a hacer en la Sierra Maestra.
Sobre estas cosas de los aportes espontáneos, yo tengo algunos escrúpulos.  Y es lo siguiente.  Hace dos años, más de dos años, que está constantemente solicitándose el aporte del pueblo, y aquí nadie tiene cinco pesos, señores.  Cualquiera lo sabe si realmente se lo van a pedir.
Yo considero que el Estado tiene que mejorar extraordinariamente sus recaudaciones en los meses venideros como consecuencia de una administración honrada y de la confianza que se ha despertado en el país.  Además de que vamos a recobrar millones de pesos de los que se han robado.
El pueblo ha hecho muchos sacrificios.  Me hablan de esos niños que dan sus cinco centavos.  ¿Y vamos a resolver las necesidades pidiéndole al pueblo?  ¿Vamos a estar constantemente obligando al enorme sacrificio al comerciante, al obrero, al campesino, al pueblo?  ¡No!
Yo sería partidario más bien de que el Estado fuese ya el que con sus propios recursos, administrados honradamente, resolviera todas las necesidades.  Y que el pueblo, que ha hecho muchos sacrificios, empiece a saber ya lo que tiene.  Si tiene 10 pesos, decir: “Bueno, tengo 10 pesos, que los gasto en esto y no que me los van a pedir para esto otro.”
Y el problema es también la circunstancia de que en medio de tanta bondad y tanto altruismo y tanto hombre sacrificándose, y tantos compañeros pidiendo, porque casi se siente uno humillado cuando pide, luego pudiera generalizarse la costumbre de que todo el mundo pidiera para algo, y no se pidiera honradamente, ¿verdad?
Yo creo que debemos, para marchar mejor en el futuro, ir orientando a la ciudadanía en el sentido de que todo tipo de colecta para el Ejército Rebelde, para necesidades de tipo social relacionadas con la guerra...  No las instituciones, no me refiero a los cieguitos, no me refiero a la Liga contra el Cáncer, todas esas instituciones que se han sostenido siempre de eso y que debe seguirlas ayudando el pueblo como tradicionalmente.  Me refiero a este tipo de colecta para los rebeldes, para la tropa.  Por esos mismos sacrificios de que hablaba, como es el sacrificio de niños que llevan cinco centavos: efectivamente, se pide y se da.  Pero ya el pueblo ha dado mucho. Y, además, para que nadie se valga del pretexto de los revolucionarios para pedir, y para que todo el mundo pueda estar tranquilo aquí, que lo que necesita el país es mucha seguridad y mucha tranquilidad en todos los órdenes, la línea que nosotros estamos preconizando es la de no dar.
Quiero que sepan que en este momento el Ejército Rebelde tiene para sus gastos.  El Ejército Rebelde tiene de sus fondos, que han sido bien administrados, millones de pesos en este momento.  Que han sido resultado de las contribuciones que estableció el Ejército Rebelde para la guerra, que no las habían pagado todos, pero las habían ido pagando una parte.  Y nosotros hemos considerado justo que todos paguen los gastos con que se hizo la guerra, ¿verdad?  Y que si un central en Oriente pagó, pague un central en Pinar del Río —que Oriente se sacrificó mucho, ¿verdad?  
Fueron contribuciones módicas, porque se puso poco para distintos sectores.  Y el Ejército Rebelde tiene sus gastos, que son estos, miles de hombres que no están en los presupuestos y otros muchos gastos.  Como el caso que se nos presentó, por ejemplo, anoche: una señora que al quemar el periódico “Tiempo” —ella vivía sobre el periódico, una mujer humilde— le quemaron todos los muebles.
Yo censuré duramente que se hubiera quemado el periódico “Tiempo”, porque debió haberse quemado cuando estaba saliendo allí el periódico, cuando estaban Masferrer, los gángsteres allí.  No venir a quemarlo después que habían salido huyendo, porque esa es una propiedad que pertenece al pueblo y era una estupidez quemarla.  Y le quemaron a una mujer infeliz también sus muebles.  Y entonces, se le pagaron, y una serie de gastos y de socorros que se están haciendo.
Los gastos nuestros no están en los presupuestos de la república.  Los gastos se están sosteniendo con el presupuesto que tienen y contamos en este momento aproximadamente con 4 millones de pesos; tienen los fondos, la Tesorería del Ejército Rebelde, que bien administrados tengan la seguridad que alcanzan para todas las necesidades y para ayudar.  Y lo decimos:  con nosotros cuentas abiertas siempre.  Y no cobra nadie un sueldo aquí.  Déjenme decirles que yo no cobro sueldo: aquí la comida que nos dan y la ropa que nos dan.  ¡Y se acabó!  
PERIODISTA.- Comandante Fidel Castro: si usted quiere le podemos ir haciendo las otras preguntas, que quiero que sean nada más que dos o tres...
CMDTE.  FIDEL CASTRO.-  Es para aclararnos.  Yo aprovecho estas preguntas para algunas cosas que hay que decir, ¿verdad?  Me han brindado ustedes esta oportunidad para algunas cosas aclararlas, para que no haya confusiones.
Yo quiero que ustedes sepan que el Ejército Rebelde tiene fondos ahora.  Lo que estamos es reorganizándonos, porque uno está en un hotel, otro en Columbia, otro en Managua y hay una mezcla tremenda, a veces cuesta trabajo.  Y hasta que no nos organicemos bien no podrán prestarse todos los servicios.  Yo personalmente he podido trabajar muy poco.  A pesar de que no descanso ni de día ni de noche, no he podido tener tiempo de atender todas las cosas.  Pero yo sé que el tiempo es un gran aliado y todo lo iremos resolviendo.
Y le pido al pueblo que no haga más sacrificios por los combatientes, que no haga más sacrificios.  Si llegan a una casa de momento y los atienden allí y los invitan a comerse una cosa..., pero por medio de colectas no hagan más sacrificios porque tenemos los fondos necesarios para los gastos de nuestros hombres, miles de hombres.  Y cuando ya el tiempo pase y se haya estabilizado la situación, se pueda contar con los recursos del presupuesto de la república, pues se podrá contar.
Por lo pronto no estamos en el presupuesto y, sin embargo, tenemos nuestros fondos, sin tener que costarle nada al Estado ni crear complicaciones solicitando fondos del Ministerio de Hacienda.  No: tenemos nuestros fondos para solventar nuestros gastos.  Y además, como no pagamos sueldos, pues alcanzan para la comida, para la ropa y otras obras.
Y a Isla de Pinos le enviamos nuestra gratitud, porque es realmente extraordinario que un pueblecito pequeño haya dado 15 000 pesos, ¡extraordinario!  
―― Comandante Fidel Castro: sencillamente nosotros estamos encantados con que usted lo diga todo.  Lo que estamos es apenados con usted, que sabemos que trabaja día y noche.  Y eso es lo que nos preocupa, que lo hemos agotado.  ¡Y no queremos que se nos gaste en pocos días!
CMDTE.  FIDEL CASTRO.-  Yo aquí no estoy perdiendo el tiempo: yo estoy hablándoles a ustedes y al pueblo aquí sobre una serie de cuestiones.
(LE DICEN AL COMANDANTE FIDEL CASTRO: “Siéntese y yo le bajo los micrófonos”).
CMDTE.  FIDEL CASTRO.-  No, no.  Es que sentado me siento...  
―― Vamos a hacerle la otra pregunta, quedan dos o tres preguntas nada más.
FABIAN ACEITUNO.-  Comandante Fidel Castro: nosotros hemos oído hablar de que hay un Ministerio nuevo de Recuperación de Bienes Malversados.  Nosotros quisiéramos saber si se ha hecho algo.  Y si esos terrenos del Cuerpo de Ingenieros, que pertenecen al Estado cubano desde tiempos de España y ahora los está vendiendo un particular, son algunos de esos que van a entrar en el patrimonio del Estado.
CMDTE.  FIDEL CASTRO.-  Yo le voy a hacer una pregunta:  ¿Cómo fueron adquiridos esos terrenos por ese particular?
FABIAN ACEITUNO.-  Bueno, de eso salió un decreto en la Gaceta donde decía que eran de unos señores.  Si usted quiere los decretos, yo los tengo a su disposición.
Decía que se mandaba a desalojar al Cuerpo de Ingenieros de allí porque era de unos particulares.  Yo creo que por prescripción adquisitiva ya eran más del gobierno que de nadie, porque llevaban más de 70 años, no 30.  Eran del Estado.
CMDTE.  FIDEL CASTRO.-  Yo puedo hacer algo.  Tenga la seguridad.  ¿Se puede probar perfectamente...?  Dice usted que tiene los decretos, ¿verdad?
FABIAN ACEITUNO.-  Tengo los decretos de la Gaceta y todos sabemos que en el tiempo de España ahí estaba el ejército.
CMDTE. FIDEL CASTRO.-  Todos lo sabemos.  Después de la instalación, ahora han aparecido dueños, y las están vendiendo.
FABIAN ACEITUNO.-  Sí, señor, un terreno grandísimo frente a donde estaban los deportes, el Palacio de los Deportes.
CMDTE.  FIDEL CASTRO.-  Por lo pronto yo sí le puedo dar una respuesta, que es la siguiente:  de acuerdo con el derecho, carece por completo de validez ese traspaso de propiedad.  Incluso advertirle al pueblo, al público, que no se le ocurra comprar una pulgada más de terreno en esa zona.  ¿Y hubo quien compró?
FABIAN ACEITUNO.-  Bueno, en esas manzanas hasta ahora no veo a nadie.  Veo un letrero que dice que son dos o tres manzanas.
CMDTE. FIDEL CASTRO.-  Porque lo triste ahí hubiera sido perjudicar a algún tercero que hubiese ido a adquirir aquellas tierras inocentemente.
―― Muchísimas gracias.  A propósito de esto...
CMDTE.  FIDEL CASTRO.-  Si no la han vendido, la que esté ahí tenga la seguridad de que el Ministerio de Recuperación de Bienes la recupera, pero inmediatamente la recupera.  Tenga la seguridad de eso.  Y no es lo único.  Yo soy partidario de que en eso no se ande con muchos escrúpulos legales: que cuando se sepa que es una inmoralidad, sencillamente se resuelva el problema, mediante la ocupación y la confiscación de aquellas propiedades, si acaso han tratado de sustraerlas.  Lo importante es que se pruebe.  Eso sí: que se pruebe.  No actuar a base de cálculo, ni de rumores, ni de suposiciones.
Ahí está el central “Washington”.  Podrá estar en una sociedad anónima, pero todo el mundo sabe que es de Batista y de Morales del Castillo y de Pedraza.  Y además han dejado una gran cantidad de fincas.  ¡Por fin Pedraza perdió su finca!    Era insólito que con los crímenes que cometió ese señor, estuviera tranquilamente viviendo allí.  Esa es una de las cosas que más deprimía al pueblo.  Y todo el mundo decía: “Tú ves, chico, mira las cosas de la Revolución; mira a Pedraza ahí.  Hizo dormir a La Habana a las 9:00 de la noche, ¡y míralo ahí, chico!” Eso lo decía todo el mundo.  Hasta que por fin, vino de verdad, pero de verdad.
Y no será, por cierto, el único, porque había un coronel en Las Villas que acababa de comprar 400 caballerías de tierra.  Bueno, es que creían que se iban a estar toda la vida aquí, de otra manera no se explica.  ¡Una cantidad de fincas!  Hay un oficial de la Marina que tiene una casa de 200 000 pesos.  Kuquine está ahí, que dicen que se puede hacer una ciudad escolar con lo que tiene dentro de valores.  ¡La verdad es que se repartieron la república!  
La Habana del Este, hay que informarse bien todo el negocio que hay con esos terrenos.  Y oiga, con la manga al codo, como el carnicero a la res —según decía Martí—, hay que entrarles con la manga al codo a esos problemas.  Sí, el que ganó gratis, el que ganó de vivo, el que ganó de pícaro, el que ganó de mal ciudadano, que lo pierda, señores.  Porque, ¿por qué tenemos nosotros que andar con consideraciones, respetando?  Esas no son propiedades legítimas ni son ganancias legítimas.  Compraron las tierras, hicieron el túnel y a ganar tanto.  Pues todos los negocios que hizo la dictadura hay que investigarlos, ¡todos!, pero absolutamente.  Todas las concesiones que hizo hay que investigarlas, ¡todas!
¡Ah!, ¿si hizo algo bueno?  No porque lo haya hecho la dictadura lo vamos a abolir.  ¿Empezó a hacer un edificio que sea necesario?  Aunque lo haya empezado a hacer Batista, eso no nos importa, ¡suerte que ya haya hecho alguna cosa bien hecha, lo podemos terminar!  Entonces, continuar haciéndola.  ¡Ojala hubiera hecho más cosas bien hechas y pudiéramos contar con ellas ahora!  Y lo que ha hecho mal, cambiarlo.  Aquí no hay que actuar con pasiones, al pueblo no le interesa eso; le interesan los edificios que necesita, las escuelas que necesita.  Y nada de hacer escuelitas a la orilla de las carreteras, ni casitas a la orilla de las carreteras para que las vea la gente.  Lo que hay es que hacerlas tierra adentro, tierra adentro, aunque no las vean, porque es donde se necesitan.
Hay muchos negocios de muchas clases, contratistas y otras historias.  Y como aquí no van a sobornar a nadie, ¡aquí no van a sobornar a nadie!, iremos en estas cuestiones por líneas muy rectas, por líneas inflexibles.  Ya les digo:  aquí en todo hay que pelear en la primera trinchera.  Si usted pierde en la primera, después tiene que pelear en la segunda y en la tercera, y no es negocio.  Y en la guerra se demostró que había que defender la primera trinchera más que ninguna otra.  En lo moral aquí hay que atrincherarse en la primera posición y no perder una sola, en cualquier caso.  Donde se de un paso atrás empezamos mal.  No podemos caer en la primera tolerancia ni en la primera transigencia.  Desde ese día, créanme que me voy a sentir desanimado como un ejército que empieza a ser derrotado.  Y lo que hay que hacer en vez de retroceder es avanzar y cada día conquistar una posición más .
―― Aquí tenemos un profesor de una escuela de La Habana —es león también— y quiere hacerle una pregunta.  Una de las últimas tres, Comandante Fidel.
―― Doctor Fidel Castro, esta mañana se dio una noticia por la radio que nos ha llenado de angustia a los maestros —soy maestro—, a los padres —soy padre— y a miles de adolescentes de 12, 13 y 14 años a través de la república.
Los niños tienen una sensibilidad exquisita y un sentido muy agudo de la justicia, y ellos dicen que cómo es posible que después de haber ganado durante dos o tres años sus notas ejemplarmente se les vayan a anular esas notas.
Los padres nos sentimos muy angustiados porque creemos que esos niños han hecho un esfuerzo muy grande, y sería un atentado a la cultura que se pusiesen a anular todas esas cosas y troncharles la ilusión que esos niños tienen con sus estudios.
CMDTE.  FIDEL CASTRO.-  Yo le voy a responder y es lo siguiente:
Le expliqué bien cómo yo estaba responsabilizado con algunas tareas determinadas y que no interfería absolutamente para nada, incluso no sabía nada ni conozco las medidas que de otro orden se están tomando o se van a tomar.  Aunque naturalmente estoy en el deber de estar informado de esa medida de esta mañana, yo no he podido conocerla.  Pero sí le puedo dar mi criterio sobre esto, y es el siguiente:
Todas estas medidas que sean conflictivas, todas esas medidas que sean moralmente discutibles o que persigan un propósito determinado...  Pienso que puede haber en algún caso la intención de alguna manera sancionar o condenar el hecho de que en algunas universidades, mientras los estudiantes estaban luchando, se hubiera seguido dando clases, y unos se estuvieran graduando a expensas de otros.  Porque sí, han estudiado, pero los otros estaban combatiendo, ¿no?  , y unos son profesionales en la patria libre y ya empiezan a ganar dinero, mientras otros son estudiantes en la patria libre y no ganan nada y tienen que seguir estudiando porque se fueron a los campos de batalla.
Pero eso no quiere decir que haya que adoptar medidas extremas, sino medidas justas; lo justo, el criterio de lo justo es lo que debe primar aquí.
En estos casos conflictivos, yo soy de la opinión que debe de ponerse en conocimiento público, informarse a la opinión pública mediante la discusión.
Creo que a los distintos sectores, a un representativo del estudiante que se graduó en la universidad, o de la asociación, a un representativo del estudiante que combatió, a un profesor de una universidad y de la otra, a los niños, a todos los sectores afectados reunirlos en una mesa redonda de una hora, dos horas o tres horas y que discutan, para que entonces se llegue a acuerdos justos.  Lo importante es lo justo.
Claro que no es lo mismo el caso de un estudiante universitario que el del niño de la escuela.  La responsabilidad es distinta.  Yo no conozco.  Yo tendría que estudiarlo para dar mi opinión:  me parece esto bien, me parece esto mal.  Pero en esos casos de medidas conflictivas lo que me parece que debe hacerse es consultar la opinión pública, discutir ante la opinión pública, y entonces actuar conforme al sentimiento de la opinión pública orientada por medio de la discusión.  Ahí tenemos la televisión, y creo que nadie puede dar una opinión sobre algo si no está informado.  Lo importante es informar.  Y creo que no se deben resolver estos problemas, o si se han dado pasos en ese sentido y crean polémicas, deben someterse a una discusión para que, en definitiva, las medidas resulten justas.
(CAMBIO DE CINTA)
...tengan talleres donde ellos mismos confeccionen sus ropas; talleres donde ellos mismos confeccionen sus zapatos, y una serie de productos de consumo los produzcan allí.  Es más, le vamos a pedir a la CTC Revolucionaria que nos entregue la vaquería de Mujal, para que ya esta ciudad escolar tenga la leche; alguna otra finquita de esas que compraron los magnates que se han escapado, para que siembren malanga, plátano, papas y todos los artículos.  Porque la finalidad es que los alumnos, para mejorar su alimentación, aprendan no solo a estudiar sino a trabajar.
Hay que enseñar a la juventud no a estudiar sino también a trabajar desde muchachos y cumplir con sus obligaciones.  Y que tengan bien claro que las que se van a hacer en el interior de la república van a contar con 200, 300 caballerías de tierra que estaban allí improductivas, y se podrá hacer el plan más racional.  Aquí tendrá que ser en La Habana sobre todo una sección industrial, una ciudad escolar industrial que prepare para la industria a la juventud, trabajando y produciendo.
En esos talleres, por ejemplo —a propósito del Club de Leones, que fue el fundador del Asilo de los Ciegos—, hay un taller allí en la ciudad escolar que se va a hacer que tiene una producción de ropas o de zapatos o de dulces, porque allí hay que hacer todo lo que hace la industria, producir allí en industrias pequeñas para el consumo de los alumnos; si pueden producir más pueden llevarles a los asilos y pueden llevarles a distintos lugares también, producir los productos para ayudar .
Ayudan al Estado a sufragar los gastos, cuidan la lechería, cuidan las fincas agrícolas, cuidan las industrias, producen, se hace todo más económico; tienen un estándar de vida más alto los alumnos y aprenden, estudian y trabajan.  Sobre todo a la mente del pueblo cubano le va a hacer un efecto muy saludable el pasar por allí y ver a los niños aquellos.
Y en La Cabaña vamos a poner el cuartel de boy scouts.  Se acabó el cinturón de acero que había alrededor de la capital.  Vivíamos ahogados de fortalezas.  ¡Hasta las fortalezas de la época de España las teníamos ahí, más otras nuevas!  Y aquí había soldados en la Punta, en Atarés, en todas partes había soldados, en todas las fortalezas coloniales, más en los cuarteles que hicieron en la república, que en vez de hacer escuelas se pusieron los gobiernos a hacer cuarteles.  Y nos quedaron los de la colonia y los de la república.  Pues que no queden ni los de una ni los de otra en esta jornada, para que de verdad la Revolución sea la realización de los sueños de los mambises y de los que han caído también en la república.
LOCUTOR.-  En estos momentos acaba de hacer su entrada el Comandante Camilo Cienfuegos y todos los leones, puestos de pie, lo reciben con una fuerte ovación.
Inmediatamente el Presidente del Club de Leones le va a hacer una pregunta a Camilo Cienfuegos también.
Antes de hacerle la pregunta esa que quiere hacerle a Camilo Cienfuegos, quiero decirles a los compañeros leones que me hagan el favor de no dejar que pase el público a tomar autógrafos; que esto no es una cuestión de autógrafos, que es más interesante para la vida nacional.
Seguidamente el ingeniero René Echarte le va a hacer la penúltima pregunta, Comandante, porque estamos abusando demasiado de usted.
ING.  RENE ECHARTE.-  Doctor Fidel Castro, uno de los puntos más importantes del programa de la Revolución es la reforma agraria.
Hemos visto con mucho gusto que usted, en uno de sus discursos, se ha preocupado de la situación de parias por la que pasan más de 150 000 familias campesinas y ha tomado buena nota de eso para inmediatamente que se pueda emprender la reforma agraria.
Usted también dijo en su discurso que aproximadamente se invertirían unos 20 millones de pesos anuales, por lo menos, en esa reforma agraria.
Nosotros hemos hecho pequeños cálculos y creemos que con esa cantidad se podrían afincar, teniendo en cuenta que no solamente es el reparto de tierra, sino también hay que darles aperos de labranza, cierta refacción y demás.  Pues teniendo en cuenta eso, creo que aproximadamente se podrán afincar unas 5 000 familias anuales con esa cantidad.
Comoquiera que la magnitud del problema es tan grande, nosotros pedimos al doctor Fidel Castro, si es posible, que en el Gobierno Revolucionario sea posible obtener una cantidad mucho mayor que la fijada por usted.
Yo creo que sí, que será posible, señor Fidel Castro; porque si la dictadura para ensangrentar a los cubanos, para acabar con la vida de todos nosotros, para hacer tantas obras improductivas pudo sacar tantos millones de pesos, yo creo que el Gobierno Revolucionario, para una obra de esta clase, podrá dar no solamente 20 millones, sino 40 o 50 si fuera necesario.
CMDTE.  FIDEL CASTRO.-  Bueno, yo puedo añadir algo.
No recuerdo exactamente si se dijo 20, o 25, o 30.  Pero fíjense que se dijo:  un mínimo; no un máximo, sino un mínimo para las tierras, o sea, para indemnizar esas tierras que se iban a entregar a los pequeños aparceros, precaristas, arrendatarios, en la ley agraria que hicimos en la Sierra Maestra, que no es la reforma agraria sino que es el primer paso.  En esta ley se estableció un mínimo.
Si la economía del país es próspera, si las recaudaciones se elevan como esperamos todos, es indiscutible que se pueden emplear 30, 40, 50, lo que sea, aparte de los aperos; los aperos pueden estar en el presupuesto de agricultura.  En vez de “botelleros” lo que tiene que haber es arados, semillas y cosas de esas.
Lo que se puede hacer es increíble, te lo digo por la experiencia nuestra.
Miren, nosotros no teníamos dinero al principio, pero nada, 500 pesos, 200 o 300 pesos.  Nosotros todo lo pagábamos, y además les comprábamos cosas a los campesinos y les llevábamos.
Y nosotros hemos distribuido cantidades enormes de semillas en la Sierra Maestra durante la guerra, y hemos hecho escuelas sin tener fondos.  Ahora calcule usted con los fondos del Estado bien invertidos.
Además, cuando los fondos del Estado se inviertan bien, el comercio, la industria, todos van a recibir los beneficios.  El dinero que circule será un dinero que le inyectará vigor a la economía del país y aumentará las ganancias de todos.
Hay otra cosa.  Yo quisiera que en una ocasión posterior, bien a través de una invitación como esta, bien esta institución u otra, se diera la oportunidad de conocer el plan que tenemos sobre la lotería, para cambiarla totalmente y convertirla en el Instituto Nacional de Ahorro y Asistencia Social.
(DEL PÚBLICO LE DICEN ALGO).
Bueno, vamos a convertir el vicio de jugar en la virtud de ahorrar.  ¿Qué les parece?    Con un sistema que se adapte a la mentalidad del pueblo, porque hay un millón de personas que compran billetes.
Entonces, entre otras cosas, en la lucha contra el juego, el Estado tiene que, primero que nada, no solamente prohibir todo tipo de juego clandestino: la charada, la bolita, el monte y dado, todas esas cosas que la gente juega.  Eso es lo prohibido.
Pero no basta con prohibirlo, tiene que hacerle una competencia desleal, porque la gente si no lo sigue jugando.  Y no es cuestión de policía, hay que brindarle otra cosa que le aparte la mente al pueblo de aquello; no tener que convertir la cuestión del juego en una cuestión de policía, y la bolita perseguida, prohibida, los banqueros encarcelados, porque aquí no hay más que encarcelar a los banqueros.  Y aquí nunca encarcelaban al banquero; aquí encarcelaban al que vendía la bolita y todo el mundo sabía quién era.  Veinte policías ponían fuera de combate al juego en La Habana con buscar a 10 o 12 individuos, y se acababa ya.
Además de eso, hay un millón de personas que juegan billetes.  ¡Es increíble!
Y no hay cosa más absurda y más arbitraria que el juego.  Porque yo me puse a hacer un cálculo de posibilidades de cuántas veces tenía que jugar un ciudadano para ganarse el premio gordo —como le llaman—, tenía que jugar, durante 800 años, una vez todas las semanas; comprar un billete una vez todas las semanas durante ocho siglos.  ¡Hay que ser muy optimista para pensar que se va a ganar el premio!  
Ahora, si en vez de hacer eso, guardaba todas las semanas el dinero, a los 22 o los 25 años ya se había ganado el primer premio.  Era mucho más negocio ahorrar que jugar.  Pero eso hay que explicárselo al pueblo.  Es tan absurdo, que al pueblo a la hora de jugar no le importa que la posibilidad sea una cada 800 años ni una cada 10 000 años.  El que juega es una cosa tan absurda...
Ese mecanismo mental del jugador es lo que el Estado tiene que analizar, al efecto de emplear la inteligencia, la medida práctica más que la violencia y la ley para impedir el juego, porque, ¿qué puede hacer la ley?  Entonces necesitan muchos, porque la gente seguirán jugando dondequiera que estén.
Y habrá juegos que no se puedan prohibir, el de la pelota.  Ah, pero no es en este juego:  en el de la pelota juegan dos y uno pierde y otro gana, ¿no?; pero en la bolita gana el banquero siempre, es el único que gana, y el policía, y el otro, y pierde el pueblo.
Hay también el juego en los cabarets, que es juego para turistas.  Ese juego yo no creo que perjudique a la economía, excepto que esté en manos de gángsteres; de lo que esté en manos de gángsteres, las ganancias, los impuestos altos que se cobren —porque pueden cobrar impuestos altos—...  Sí, permítase el juego, pero que el Estado recoja fundamentalmente el producto del juego, o una parte considerable, después que se pueda pagar a los obreros y a todos, la ganancia de la empresa, y el resto lo coge el Estado para asilos de ciegos, para las casas de beneficencia.  Ese juego no sale del pueblo, sale de los millonarios de afuera.
Se trata de impedir el juego porque va contra la economía del pueblo; pero el juego de los cabarets, ese es el juego que va contra la economía de los millonarios extranjeros, y a nosotros realmente no tiene que preocuparnos mucho esa gente, porque si no lo juegan aquí lo juegan en otro lado.
Ahora, sí no convertir La Habana en un garito ni mucho menos, por ganar dinero hacer toda inmoralidad.
Yo creo que debe estar prohibido el juego para los criollos; o en todo caso, por lo menos, si hay un millonario de poca cabeza que quiera gastarse el dinero allí, bueno, pues que se lo gaste, que el dinero ese va a ir a parar a los asilos, ¿comprenden?  
El juego que hay que prohibir es el juego que vaya contra la economía del pueblo, todo eso de traganíquel y todas esas barbaridades.  Porque eso es una barbaridad, porque es un robo conocido y consciente; sin embargo, la gente va allí para que le roben.  Ese es el mal del juego, ¿no?
Entonces no se perjudicarían los obreros de los cabarets, y las ganancias lo que no tienen es que ir a parar en manos de gángsteres, ni de jefes de policía, ni de jefes de regimiento, ni del capitán ni del comandante, que eso es lo absurdo.  Ese dinero lo robaba Salas Cañizares, por ejemplo, y toda aquella gente, cantidades fabulosas, ¡fabulosas!, millones de pesos; ese dinero que salga de todos esos cabarets, que vaya a los lugares...  Y más ahora, que la lotería no se puede tomar para eso, porque la lotería va a cambiar radicalmente.
Que se tomen de los impuestos que se cobren al juego en los cabarets para extranjeros, y que el turista no se queje de que viene aquí a jugar y no le dejan.  ¡Que venga, y que juegue!
¿Qué ustedes creen de esto?  
Ahora, lo que no se puede permitir es ningún tipo de juego popular.  Es que es un robo al pueblo.
Ahora, pero el pueblo quiere jugar y usted no puede convencerlo de la noche a la mañana, y ese es el fin que tiene el Instituto Nacional de Ahorro y Asistencia.
Entonces se va a crear un tipo de lotería muy especial, y que el individuo juegue, pero se saca el premio, se celebra el sorteo, ¿no?, y si no gana nada, guarda su billete y al cabo de cinco años le reintegran el valor y un 10% de lo que ha ganado.
Eso mediante la inversión de lo que se recaude debidamente, que deje un interés determinado para pagar los premios.
Es un mecanismo que va operando, va transformándose.  ¿Qué es el juego de la lotería?  Pues hasta hoy es esto.  El pueblo tiene un vicio: el de jugar.  Entonces viene el Estado, el gobierno, lo que sea, y dice: “Ah, el pueblo tiene un vicio.  Bien.  Vamos a hacer negocio con el vicio ese, vamos a explotar el vicio.”  Entonces viene el Estado y en vez de decirle al ciudadano que no juegue, que eso perjudica, que trabajar una semana o trabajar un día para gastar el dinero; que es un dinero que se pierde al gastarlo en juego; que no tiene oportunidad ninguna de ganar, que tiene que vivir tantos años jugando todas las semanas para ganarse el premio, y que por uno que se gana el premio a la cuarta vez de haber jugado, hay uno que no se lo gana en 10 000 años —porque el cálculo es matemático y no falla—; en vez de decirle eso, dice:  “Bueno, no, voy a hacer negocio.  Ya que el pueblo tiene un vicio, voy a explotar el vicio: vendo billetes y gano tanto para tanto y tanto para más cuanto.”  Y eso es lo que no puede hacer el Estado: explotar un vicio.
¿Hay el vicio?  No, hay que cambiar el vicio.  Se establece la lotería, no se educa.
Suprimida la colecturía —aunque desde ahora mismo esté en peligro de que me tiren una piedra por cualesquiera de las calles de La Habana los colectores (EXCLAMACIONES DE: “¡Nunca!”)  ¡Suprimida la colecturía!  Se acabó.  Ahora, ¿el billete se debe distribuir entre quiénes?  Entre los lisiados, aquellas personas que realmente lo necesitan en primer lugar, las víctimas de la guerra, porque el billete en lo adelante va a tener una demanda extraordinaria, porque va a ser una cosa nueva, lo que ofrece es extraordinario, no van a tener que venderlo en la calle; lo van a venir a comprar a la casa. Una viuda con hijos, una familia que haya perdido el esposo asesinado, o cualquiera de esos campesinos, tiene 10 billetes o 20, se los van a ir a comprar a la casa.
Ahora, no deben preocuparse los billeteros que viven de vender billetes, porque ahora ya no serán billeteros, sino serán vendedores de valores del Estado.  Habrá que respetarlos.  Ahora no venden el vicio: venden valores, venden el ahorro. Y además, además, no tienen que preocuparse de que no les vayan a dar billetes, aunque se les vayan a dar a las víctimas de guerra y primeramente a las personas que no puedan trabajar, inválidos.  Como va a aumentar la demanda de billetes de acuerdo con este plan para que se convierta el sistema de juego en un sistema de ahorro, será necesario, a medida que aumente la demanda y aumente el número de billetes, serán más las personas que se puedan emplear.  Entonces, nadie explota el juego.
Los limitados aquí van a ser los que han vivido de intermediarios del negocio de la lotería, se han enriquecido en eso.  Que vendan otras cosas, no les prohibimos que vendan otras cosas.  Es justo que no haya intermediarios, que las ventas del Instituto de Ahorro vayan directamente a través de las oficinas del correo.  A través de las oficinas del correo todo el que tiene que recibir su billete lo recibe en un sobre que mandan del instituto todas las semanas.  Va el que los vende y los busca todas las semanas allí, sencillamente, directamente, sin intermediarios y sin “botelleros”.  Claro, había 3 000 empleados en la renta de lotería.  Eso es absurdo.  Era una sentina la renta de lotería.  Allí tiene que haber un mínimo de personal.  Porque el problema es que el plan, si usted pone mucha burocracia, no funciona.  Tiene que poner el mínimo de gastos.
Poco a poco, a medida que vaya aumentando la demanda de billetes, se aumenta el número de billetes, pero se deja el mismo número de premios, o sea, que no se aumenta la proporción de premios.  Puede el Estado, a medida que lo permitan las circunstancias del instituto, aumentar el interés, y la gente irá dejando de jugar, por el premio —que cada vez será más inasequible—, por el interés que le brinda.
Y, desde luego, les voy a decir una cosa: el Estado, cuando esa institución no sea de lucro, pues, puede ofrecer más ventajas que las que puede ofrecer ninguna otra.  El problema es que el juego debe acabarse.  Nosotros planteamos que debe acabarse, en todas las formas, en comerciales, todas las clases de juegos; tiene que acabarse.
Y vamos a decir la verdad, aunque nos cueste enemigos.  Y creo que lo que la opinión pública quiere es eso, porque de la única manera que se queda aquí el juego es que el pueblo quiera que se quede.  Entonces ya...  Bueno.  Y yo creo que el pueblo está muy consciente de lo que le conviene y de lo que quiere.  Yo he visto a todo el mundo muy contento sin bolita y sin charada.  Y hasta los que juegan, cuando usted dice: “Debe eliminarse eso”, dicen: “Bien eliminado, pero es que yo no tengo voluntad y juego.” (RISAS Y APLAUSOS.)  Hasta el que juega está de acuerdo con que se acabe el juego.
Entonces, la cuestión es que debemos decir la verdad aunque nos traiga enemistades.
Yo estaba en la Sierra y una vez nos conseguimos un aparato televisor y lo abrimos, y casi no se podían ver los programas, porque no era más que:  tal cosa regala tanto y más cuanto, un automóvil y lo otro; y tal cosa, tantos pesos.  Fue cuando me pude dar cuenta en pocos años cómo había evolucionado, cómo se iba corrompiendo la moral pública de tal manera, que ya no había ni competencia comercial a base de calidad, a base del mejoramiento del producto .
¿Eso no perjudica extraordinariamente a la industria y no perjudica al consumidor?  (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES DE: “¡Mucho!”)  (DEL PUBLICO LE DICEN:  “Crea monopolios.”)
Y a lo que se iba entonces era a mejorar el premio: cuál daba más premio y peor producto.  (DEL PUBLICO LE DICEN: “Más caro.”)  Por supuesto.  Entonces, la cuestión es que yo estoy seguro de que tiene que ser una desesperación para los mismos industriales tener que vivir en esa competencia de juego.  Estoy seguro de que cuando nadie juegue, que no haya el plan de regalos, va a estar todo el mundo igual.  (DEL PUEBLICO LE DICEN: “No, y se abarata el producto.”)
El Estado mantendrá el juego el tiempo necesario para abolir definitivamente el juego:  ocho, nueve, diez años, para que cada vez disminuya el premio y llega el momento en que el ciudadano compre los valores del Estado no por ganarse el premio, que ya sabe que tiene que vivir 10 000 años para ganarlo, porque cuando sean 300 000 billetes, el cálculo de posibilidades será ganarse el premio una vez cada 3 000 años; sin embargo, si lo compra, es por algo, es porque está ahorrando, y ya es un valor.
Otra cosa: ¿En qué se va a emplear eso?  Yo se lo voy a decir.  Aunque aquí hubiera alguien que tuviera intereses en construcciones o en alquileres o en lo que sea, yo se lo voy a decir.
¿Qué vamos a hacer?  Voy a dar otra opinión.  Creo que uno de los servicios esenciales...  Yo me atrevo aquí a hablarle al que sea dueño de edificios de apartamentos y me da la razón, porque yo voy a decir la verdad.  No le voy a decir explotador ni le voy a decir nada de eso.  No es nada de eso.  Voy a analizar lo que es.
Creo que uno de los servicios esenciales que en la sociedad hay que prestarle al individuo de la sociedad, es la vivienda.  El hombre no puede dormir en la calle, ni a la intemperie, ni en un monte; puede vivir en una casa de campaña como la que hemos hecho nosotros, provisionalmente.  Pero la verdad es que el pueblo...
Estamos de acuerdo en que se necesitan calles para que se crucen los vehículos:  entonces viene el Estado y presta ese servicio.  Estamos de acuerdo en que hacen falta puentes:  nadie deja que los particulares construyan puentes, sino dicen:  “El Estado debe construir el puente.” Puentes y muelles, toda una serie de servicios, los presta a todo el mundo.  Sin embargo, la necesidad de vivir bajo un techo es más grande que la de transitar por una calle.  Y en cambio, dejan al individuo abandonado a su suerte en cuanto a ese servicio, que lo resuelvan los particulares.  ¿No hay casas suficientes?  No importa.  Que duerman en el barrio de Los Hoyos o duerman en un solar.  Nadie se preocupa por eso.
El Estado tiene que resolver ese problema.  No hay viviendas suficientes, señores, y las que hay son caras, señores.  Y les voy a decir por qué.
¿Es lo mismo construir 100 edificios que construir uno?  (Le responden negativamente.)  ¿Cuál sale más caro?  (Le responden que uno.)  Y cuando 100 construyen un edificio en vez de que uno construya 100, ¿no es más caro el apartamento?  Es lógico, además, porque cada cual paga su experiencia, uno busca un contratista más económico; otro, menos económico, y el resultado es que no se puede vivir.  Yo no sé si ustedes podrán vivir.  Yo me imagino que más o menos con algún trabajo.  Pero la inmensa mayoría de la gente, de la ciudadanía, pasa mucho trabajo con la vivienda y le cobran la mitad del sueldo o la tercera parte por la vivienda, que se va sin más, y del dinero que paga en eso no le queda nada.
Bien. ¿Cómo vamos a resolver el problema? ¿Quitándoles los edificios de apartamentos a los que los han hecho?  ¡No, señor! 
Han hecho sus edificios al amparo de la ley, de una situación legal; han actuado normalmente, y es un derecho adquirido al amparo de las leyes constituidas y de un sistema establecido.  No hay que quitarle nada a nadie.
Creo que la Revolución se puede hacer sin quitarle nada a nadie.  Y hacer eso parece difícil, pero es que por muchos caminos se llega a Roma.  Y el objetivo que persigue la Revolución es llegar por distintos caminos sin quitarle...  Lo que la gente no quiere es que le quiten, desde luego; ahora, hay que darle al pueblo y resolver los problemas.  Y vamos a ver cómo nos ponemos de acuerdo para eso.
La vivienda quedamos en que es un servicio esencial y que sin embargo no se presta, y que hay una escasez extraordinaria de viviendas tanto en la ciudad como en el campo.  Pues bien, ¿en qué vamos a invertir el dinero que se recaude por concepto de lotería?  En resolver el problema de la vivienda.  Verán en qué forma: como se van a recaudar cantidades grandes, entonces se van a producir masivamente.
Yo quiero que ustedes sepan que el costo de producción de las viviendas hechas masivamente es un 40% más barato; luego, la casa que construida por un particular cuesta 6 000, construida por una corporación cuesta 4 000, y más si se compra en grandes cantidades y con la facilidad que tiene el instituto para realizar esas inversiones.
Entonces, invertir en construcción de viviendas todo ese capital al 5%, porque al que compre el valor posiblemente se le pague el 2%, pero hay que pagar los premios que deben salir...  Hay otras explicaciones, porque tiene otros detalles el plan, pero en esencia ya lo estoy explicando.
Ustedes calcularán y a lo mejor no les cuadra después, pero hay un sistema determinado.  Parece increíble, pero es así.  Cuando ustedes hagan los números se darán cuenta de lo que se paga actualmente por billetes, y todos saben que es un atraco de los más grandes que pueden existir.
Se invierte al 5%.  El que vaya a vivir a aquella casa que ha hecho el instituto, tiene que pagar del capital invertido un 5% de interés, entonces, por lo que paga de alquiler, paga el alquiler y compra la casa , sin lucro, porque no habrá lucro, no habrá quien le pueda hacer competencia a un instituto que no lucra.  ¿Quién puede competir con un instituto que no lucra?  ¿Uno que lo haga más perfecto?  ¿Pero hay ganancias?  Si hay ganancias pues no puede dar las ventajas que da el instituto.  ¿Y tiene que hacer una casa allá en un barrio de Guanabacoa o por ahí?  ¡No!  Compramos una manzana y hacemos un edificio para arriba, y se vende el apartamento.
No hay una revolución en el mundo que haya convertido en propietarios a los inquilinos, y esta los va a convertir, ¿qué les parece?  
Las posibilidades de invertir capitales son ilimitadas, porque a medida que aumente la demanda de billetes y sean más y más, y menores los premios, es más la cantidad de millones de que puede disponer todos los años.  Puede ser que ya cuando sean 100 000 billetes de valores, pueda disponer de unos 100 millones de pesos todos los años y más.  Y va a resolver el problema en escala progresiva, y les va a dar empleo a miles y a miles y a miles de trabajadores, y a miles y a miles de vendedores de valores del Estado.
Sé que chocará con algunos intereses, naturalmente; es imposible no chocar.  Pero a la larga lo que por un lado se sacrifica se gana por otro siempre en estas cuestiones, y, además, porque es una necesidad, es una necesidad y creo que es un derecho que tiene el Estado de cambiar la lotería de lo que es, no empleando la policía, y, además, convirtiendo eso en ahorro.  ¿Quién gana aquí?  El que compra billetes, va a ganar un interés.  Antes botaban los papeles esos, y ahora los que botaban se convierten en dinero, porque en el sistema es reintegrable desde el día siguiente de celebrado el sorteo, pero no se le da la totalidad, se le da el 40%; el segundo año se le da más, un 60%; el tercero, más, y el último año, el quinto año, un 10%, y si quiere lo reserva, lo deja ahí y continúa ganando intereses, que le puede aumentar un 1% de interés al que ganaba.  Siempre es un estímulo para que ahorre y que conserve esos valores.
Yo quiero que sepan que esta es una idea surgida en la Sierra Maestra, estudiada en la Sierra Maestra, pensando en el problema del juego, ver qué vuelta se le daba aquí.
Vendrán y dirán: Bueno, señores, pero es que hay vendedores de valores de bancos particulares que van a salir perjudicados. ¡No, señor!  Que vengan y que vendan valores del Estado; se acabó.  Así que nadie se va a quedar sin empleo, va a aumentar el empleo.
Entonces esas medidas así se hubieran podido aplicar desde los inicios de la república.  Qué distinto sería hoy si el Estado, en vez de explotar el juego y el vicio, se hubiera dedicado a convertir el vicio en virtud y, en aquel proceso, hacer una obra determinada como resolver el problema de la vivienda, y que con ese criterio se hubiera trabajado en la marina mercante, en la industria pesquera y en todos los demás problemas del país, y disecando pantanos, y recuperando todas esas tierras que están en malas condiciones y no permitir que le hubieran robado las tierras, porque al Estado le han robado miles y miles y decenas de miles de caballerías de tierra.  ¡Todo ha sido un robo!
Si queremos arreglar esta casa que es Cuba, yo creo que podemos arreglar nuestra casa.  Y, además, cuando arreglemos la nuestra vamos a hacerles un favor a las otras, porque en América Latina todo el mundo está mirando a ver qué hacemos nosotros.  Les preocupa nuestra democracia y saber si sabemos conservarla y, además, a ver si dentro de la democracia se puede hacer la justicia social.  Y si nosotros, dentro de la democracia, hacemos la justicia, tendremos el régimen social perfecto, que a eso es a lo que aspiramos, con la ayuda de todos.
― Comandante Fidel, vamos a hacerle, dicen que la última pregunta no debe ser, que debe ser la penúltima.  Pero esta en verdad es la última, ¿no?
Una vez que terminemos eso, hay algo que queremos tratarle a usted aquí, en nombre del Club de Leones, cuando usted llegue, para posteriormente anunciarlo.  Así que cuando usted termine de contestar esa pregunta le rogamos entonces que venga a la Presidencia otra vez.
La pregunta la va a hacer el vicesecretario del Club de Leones de La Habana y miembro de instituciones económicas de Cuba, doctor Padrón.
DR.  PADRON.-  Doctor, desde hace muchos años —como usted conoce— existen en Cuba corporaciones económicas, constituidas por hombres de empresas, que han venido procurando en todo tiempo lo mejor para nuestra economía nacional.
Últimamente —me refiero al pasado gobierno dictatorial— todas las insinuaciones, todas las sugerencias de esas instituciones económicas, eran casi totalmente desechadas por el gobierno de la dictadura, y en muchas ocasiones estas corporaciones se consideraron maltratadas porque ni siquiera eran oídas.
En estos momentos de entusiasmo todas esas instituciones económicas, pensando en Cuba, en el mejoramiento de su economía, se aprestan a hacer una revisión de todo aquello que afecta nuestra economía; en unos casos, tratando de hacer desaparecer lo que la perjudica; en otros casos, haciendo que se mantenga lo que beneficia indudablemente a nuestra economía y también procurando una nueva legislación no promulgada que beneficie el progreso de la misma.
¿Usted cree, doctor Fidel Castro, que el gobierno de la Revolución, previo el estudio concienzudo y patriótico de estas instituciones —sin querer decir que resuelva lo que ellas quieren—, atenderá previamente a toda promulgación los estudios que las mismas ejecuten con el mejor interés, por el beneficio general?
CMDTE.  FIDEL CASTRO.-  Creo que es algo que ustedes, y usted y todos sabemos —porque precisamente hace un rato preguntaba yo si la ciudadanía tenía la sensación de que se le tenía en cuenta—, que en ningún momento anterior de la vida pública de Cuba cualquier planteamiento que haya de beneficiar a la nación, no a intereses particulares —como bien decía usted—, sino a la economía de la nación cubana, en ninguna oportunidad anterior ha tenido lo que hoy se tiene de que sea atendido y sea realizado, porque todo el mundo ha visto el desvelo con que se está trabajando porque sea esta Revolución una verdadera revolución y un triunfo completo para el país.
Yo les exhorto a que trabajen, trabajar, que le lleven ideas al gobierno, que le lleven estudios al gobierno, que le lleven datos estadísticos al gobierno y que le lleven argumentos al gobierno, porque el gobierno los necesitará.
FIDEL CASTRO RUZ

Fuente: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos

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