julio 09, 2012

Discurso de Fidel Castro en la empresa petrolera Shell (1959)

DISCURSO EN LA EMPRESA PETROLERA SHELL
 Fidel Castro
[6 de Febrero de 1959]

― Versión taquigráfica de los oficinas del Primer Ministro ―

Compañeros obreros de la Shell:
Es necesario que expliquemos al pueblo el objeto de nuestra presencia aquí.
Los hechos que la motivan tienen su origen en acontecimientos que ocurrieron durante el proceso insurreccional contra la dictadura que oprimía a nuestro pueblo.  Fue por los meses finales de la guerra, en instantes en que aún la lucha era dura y difícil, ocasión en que llegaron a Cuba rumores de que la dictadura de Batista estaba gestionando la adquisición de grandes cantidades de armas a Inglaterra, entre ellas los aviones tipo Sea Fury, que se consideraban de gran volumen de fuego y de alguna eficacia para las tareas de ametrallamiento y bombardeo.
Hacía tiempo que pugnaban por un lado los compradores de armas de la dictadura, y por otro los miembros del Movimiento 26 de Julio y de la oposición revolucionaria en general, tratando de sabotear todo tipo de compraventa de armas por parte de la dictadura en cualquier país extranjero.
Mucho fue lo que a todos nos preocupó la operación que se estaba llevando a cabo entre la dictadura de Batista y las fábricas de armas inglesas.  Se llevó a cabo una gran campaña para tratar de persuadir al gobierno de Inglaterra de que no le vendiese armas a Batista.
Cuando incluso ya en Estados Unidos, abastecedor tradicional de armas al ejército de Cuba, habían decretado el embargo de las mismas, se presentó Inglaterra como vendedora de armas a la dictadura.  Naturalmente que aquello no solo produjo preocupación, sino, más que preocupación, indignación en todos los sectores revolucionarios, particularmente en los hombres que nos encontrábamos levantados en armas, por cuanto conocíamos el daño que la aviación realizaba sobre todo en la población civil.
A ningún arma se tuvo nunca tanto odio como se tuvo contra la aviación.  Los rebeldes veíamos a los aviadores de la dictadura como los peores elementos, como los más cobardes, porque, conociendo que nosotros carecíamos de armas antiaéreas, podían ametrallar y bombardear a su antojo, tanto a nuestras columnas como a la población civil, sin que nosotros pudiéramos responder el fuego.
Nuestros hombres tenían que conformarse con disparar sus fusiles contra los aviones que, en la mayor parte de los casos, eran disparos inútiles, porque carecían de eficacia frente al blindaje, por ejemplo, de los B-26 y otros aviones de combate.
No concebíamos cómo era posible que Inglaterra, un país que había tenido que soportar los primeros bombardeos masivos durante la Segunda Guerra Mundial, un país que se ganó las simpatías y la admiración del mundo por su resistencia frente a los ataques de la aviación alemana, un país que vio tantas manzanas de casas destruidas en Londres y en Coventry, un país que vio tantos niños y mujeres víctimas de los criminales bombardeos, permitiese tranquilamente que las fábricas de armas inglesas abasteciesen a un dictador sanguinario y cruel, precisamente en los días finales de su régimen.
Nos vimos en la necesidad de tomar medidas para tratar de paralizar la venta de armas.  No teníamos nosotros otro recurso a que acudir, por cuanto todas las demandas razonadas, todas las explicaciones, todos los llamamientos hechos por distintos voceros de la Revolución al gobierno de Inglaterra habían sido inútiles.
Decidimos hacer un pronunciamiento declarando que, si se llevaba a efecto la venta de armas y aviones a la dictadura, los rebeldes confiscaríamos todas las propiedades inglesas.  No teníamos otro recurso al que acudir en aquellos instantes, sino simplemente a una promesa que iba a gravitar sobre los intereses de los súbditos ingleses.
Era indiscutible que si el gobierno de Inglaterra era indiferente a la tragedia que estaba sufriendo el pueblo de Cuba, no podía ser también indiferente a los intereses de sus propios súbditos.
La medida era ciertamente drástica, la medida podía ser discutida, podía considerarse incluso qué grado de culpabilidad podían tener los ciudadanos ingleses por la política de su gobierno.  Pero se presentaba la circunstancia de que el principal director, el presidente de la más importante compañía o de la más importante inversión inglesa en la isla de Cuba era precisamente quien estaba realizando las gestiones en favor de la adquisición de armas para la dictadura.
Hasta nuestros oídos llegó la noticia de que era el señor Julio Iglesias el principal promotor de esa venta de armas y, por tanto, un representante de una compañía inglesa o en la cual ciudadanos ingleses tienen una parte considerable de las acciones, quien estaba sirviendo de promotor a esa venta de armas.  En consecuencia, se lanzó el boicot contra los artículos de la Shell, como represalia contra las gestiones que realizaba el señor Iglesias.
Nuestras advertencias fueron inútiles.  Un día supimos que habían llegado los primeros aviones ingleses a Cuba; que incluso habían llegado pilotos ingleses para entrenar a los aviadores cubanos en el manejo de esos aviones, y en consecuencia, nos vimos en la necesidad de cumplir nuestra promesa, dictando una ley en la cual se declaraban expuestos a la confiscación o confiscables todos los bienes de ciudadanos ingleses en Cuba.
La medida naturalmente que tenía su razón no en un problema de orden económico, sino en un problema de orden político. No es que estuviese en nuestro programa revolucionario la confiscación de los bienes de un país extranjero invertidos en el país, sino que era una medida de represalia frente a una agresión de la que no teníamos otro modo de defendernos.
No se puso en práctica de inmediato.  Resultaba incluso en muchos casos duro ponerla en práctica.  Nos encontrábamos ciudadanos ingleses que tenían algunas pequeñas fincas en el territorio libre y que habían colaborado con la Revolución, que eran amigos de la Revolución, y a nosotros nos resultaba realmente duro ir a privarlos de sus bienes por culpa de la política que había seguido el señor Iglesias, presidente de la Shell; por tanto, la medida, aunque tenía carácter legal y aun tiene carácter legal, no llegó a aplicarse de manera efectiva.
Los acontecimientos subsiguientes ocuparon por entero nuestra atención.  Estábamos decididos a combatir contra todos los obstáculos, y, a despecho de los aviones y de las armas que habían llegado, seguimos adelante la lucha.
Durante aquel tiempo apenas quedaba otra cosa en qué pensar que no fuese en las actividades puramente bélicas.
Ocurrió el desenlace con la caída de la tiranía.  Los días y las semanas subsiguientes fueron para todos nosotros de extraordinario trabajo.  Nos vimos en la necesidad de defendernos de otras agresiones, amenazas de agresiones más graves todavía, amenazas de carácter económico e incluso de intervención armada como consecuencia del castigo de los criminales de guerra; nos vimos en la necesidad de dedicar gran parte de nuestro tiempo a responder los ataques y a responder las calumnias de que se estaba haciendo víctima a la Revolución Cubana, y así iban transcurriendo los días, mientras infinidad de problemas se iban suscitando en otros aspectos de la vida nacional.
En varias ocasiones se acercaron a nosotros los obreros de la Shell —los obreros de la Shell, donde el Movimiento 26 de Julio tenía un gran número de simpatizantes, donde la mayoría eran simpatizantes del Movimiento 26 de Julio y ayudaron al Movimiento 26 de Julio —, se nos acercaron para decirnos que el boicot estaba haciéndoles un daño extraordinario como consecuencia de la rebaja de la venta; que con motivo del boicot otros trusts y monopolios extranjeros se estaban beneficiando , y que incluso esos trusts y monopolios, que no eran muy dados a apoyar medidas revolucionarias, en cambio apoyaban el boicot de buenísima gana ; que había 4 500 obreros dependiendo del salario que ganaban en esta empresa y que, de continuar el descenso en la venta de esos productos como consecuencia del boicot popular, serían lanzados a la calle.
No una sino muchas veces se acercaron a mí para pedirme ayuda.  No fueron en forma multitudinaria, no declararon ninguna huelga de hambre, no crearon ningún problema social , no intentaron crear trastornos al Gobierno Revolucionario, no abusaron de la libertad que con tanto sacrificio se ha conquistado.  Una y otra vez, pacientemente, se acercaron a mí, a pesar de las dificultades que significaba para ellos por el enorme cúmulo de personas que trataban de verme todos los días:   unas para problemas serios como este; otras, en muchos casos, por razones de afecto desinteresado; y otras, por simples boberías o por inconciencia, olvidándose del gran cúmulo de trabajo y de problemas y de preocupaciones que pesan sobre cada uno de nosotros.
Los obreros de la Shell comprendían que yo no podía tener la culpa de todos y cada uno de los problemas que existen en este país; comprendían que yo no podía tener la culpa de los errores de otros; comprendían que yo soy un hombre y no un Dios ; que yo no puedo estar en todas partes; que yo no puedo responsabilizarme con todas y cada una de las actividades de los demás, y que como revolucionario, lo que he tratado simplemente —antes, ayer, y trataré siempre— es de cumplir con mi deber, hacer todo lo que esté humanamente al alcance de mis manos; dedicar todas las horas del día, si es necesario, al esfuerzo de enderezar a nuestra patria hacia senderos mejores de felicidad ; que yo no me he cruzado de brazos un solo día; que no he ido nunca a divertirme a un cabaret; que en muchas ocasiones me ha sorprendido el día atendiendo a cuantas personas han venido a verme, tratando de resolver cuantos problemas gratuitamente se me presentaban, porque querían que yo resolviera todos y cada uno de los problemas que se suscitasen en cualquier rincón del país.
Les agradezco que tuviesen eso en cuenta, porque parece como que muchos se olvidan; parece como si muchos estuviesen empeñados en demostrar que no somos dignos de la libertad que hemos conquistado; parece como si muchos estuviesen empeñados en destruir esta obra que tanto bien parece prometer a nuestra patria.
Realmente, si me preguntaran hoy cuál es el sentimiento que más me embarga, yo diría que es un sentimiento de decepción; de decepción de tipo personal, no respecto al futuro de nuestra patria, porque yo sé que por encima de todas las amarguras y de todos los obstáculos esta obra se llevará adelante, sé que por encima de todas las incomprensiones e inconciencias esta obra se llevará adelante; lo que duele es que un país recién salido de siete años de tiranía, que un país cuyo destino se ha frustrado tantas veces, que un país que tiene hoy la más extraordinaria oportunidad que haya tenido nunca ningún pueblo de América, se vea amenazado por tantos factores de desintegración, de irresponsabilidad y de desorden.
A veces se pregunta uno si quedan algunos cubanos que no han comprendido el minuto que estamos viviendo, si quedan algunos cubanos que no comprenden la responsabilidad que sobre todos y cada uno de nosotros pesa, si quedan algunos cubanos que no comprendan que el fracaso de la Revolución sería el fracaso de todos, que en un proceso revolucionario tan hondo como este no caben términos medios, que un proceso revolucionario como este llega a la meta o el país se hunde en el abismo, que o avanzamos cien años o retrocedemos cien, que una recaída en el pasado sería la peor suerte y la suerte más indigna que pudiera caberle a un pueblo como este.
Me pregunto si no se dan cuenta del daño que le pueden hacer al país; si no se dan cuenta que aquí, después de la sangre que ha corrido por el medio, después de las cabezas de los criminales que han rodado, no puede haber término medio posible entre el pasado y el presente, ni puede haber término medio posible entre el triunfo o el fracaso de la Revolución.
Leo todos los días los periódicos, leo todos los días todas las opiniones que se escriben.  Me resulta más fácil leer la prensa que oír la radio o ver la televisión, porque un periódico se lee en un avión, en un automóvil, antes de dormirse, al levantarse, en cualquier esquina; y a los hombres cuando tienen un trabajo permanente e intenso, como el que yo tengo, se les hace muy difícil sentarse a hora fija para escuchar un programa de radio o de televisión.
Trato de palpar constantemente el estado de ánimo de la opinión pública, trato de conocer el pensamiento de cada cual, trato de conocer lo que se lee y lo que se escribe sobre cada problema.  Vigilo atentamente todo lo que a la opinión pública se refiere, porque en nuestra filosofía política la opinión pública es el factor decisivo.
Nosotros, que tenemos hoy todas las armas de la república en nuestras manos; nosotros, que tenemos un ejército victorioso cada vez mejor organizado, nunca pensamos en esos elementos como elementos de poder, nunca pensamos en que nuestra fuerza se pueda sustentar en las armas o en la fuerza material.
Mi permanente preocupación, mi constante preocupación, mi única preocupación es la opinión pública.  Para hombres de convicciones profundas como las nuestras, para hombres que tienen una fe tan elevada en su pueblo, que tienen un concepto tan alto de la dignidad del hombre, la opinión pública lo es todo, la opinión pública es el factor más poderoso y decisivo de la Revolución.
Hemos dicho que esta Revolución se diferencia de todas las revoluciones del mundo, entre otras cosas, porque es la primera revolución, en el sentido cabal de la palabra, como transformación profunda de los sistemas en que hemos vivido; es la única revolución en el mundo que se está haciendo con un respaldo del 95% del pueblo.
Otras revoluciones en la historia universal —revoluciones, no golpes de Estado, no revueltas—  han sido obra de minorías audaces, de avanzada, que impusieron sus leyes revolucionarias con el apoyo de la fuerza.  En otras revoluciones a través de la historia, para llevar a cabo cambios sustanciales en el orden social, las minorías revolucionarias han tenido que aplicar la violencia, las minorías revolucionarias han tenido que aplicar el terror frente a los intereses creados, han tenido que imponer a viva fuerza las leyes revolucionarias.
Nosotros si hemos aplicado la violencia no es a los intereses que en el orden social puedan estar resultando perjudicados por las medidas revolucionarias; si hemos aplicado la fuerza fue contra los que detentaban el poder.  Ha sido contra los criminales de guerra, porque era imprescindible castigarlos; o sea, se están castigando hechos del pasado , se está aplicando la pena severa de la ley contra aquellos que de un modo bárbaro violentaron los más sagrados derechos humanos; pero a partir del día primero nuestra política revolucionaria, nuestro método revolucionario tan pronto cayó la tiranía, fue poner a un lado las armas, guardar los tanques que le arrebatamos al enemigo, guardar los aviones, y utilizar la gran arma, la única arma legítima: ¡la opinión pública, la voluntad mayoritaria del país!  Porque aquí lo que se hace cada día es interpretar el sentimiento mayoritario del país.
Nuestros procedimientos, ¿cuáles son?  El respeto absoluto a las libertades, el respeto absoluto a los derechos humanos, el respeto absoluto a la persona humana.
Por muy revolucionarias que sean las leyes que nos proponemos llevar adelante, se hacen sin violar un solo derecho, sin suprimir una sola de las libertades públicas, sin darle un golpe a nadie, sin insultar siquiera a nadie.  ¡Es una revolución profunda que se lleva adelante, que se está llevando adelante, como no se ha llevado ninguna revolución en el mundo, dentro del respeto más absoluto a los derechos humanos!
Es verdad que hay ciertos artículos de la Constitución que son en estos instantes de imposible cumplimiento, cuando no existen tribunales ordinarios porque se están reorganizando, cuando no es posible soltar a los criminales de guerra para que se nos escapen.  Como es una demanda del pueblo no solo que se castigue a los criminales de guerra, sino que se castiguen rápido, hay algunas garantías de derecho procesal, como el Habeas Corpus, que han tenido que ser suspendidas por un período determinado de tiempo.
Es que se daban algunos casos que no tenían solución.  Se nos presentó, por ejemplo, el caso de un señor que estaba acusado de ser confidente y socio de Martín Pérez, que tenía en su casa 100 películas pornográficas, y sobre el cual existían una serie de gravísimas acusaciones.  Sus abogados, por obligación de profesionales o entendiendo tal vez que era inocente, presentaron un recurso de Habeas Corpus.  Y una sala de justicia, de las que se están reorganizando, accedió al recurso de Habeas Corpus, donde se veía el gobierno en la necesidad de poner en libertad a aquel señor o faltar a la obediencia de un mandato judicial.
Mi criterio en ese momento fue este, yo dije: Bueno, es la orden de un tribunal.  Nosotros no nos vamos a desacreditar en el incumplimiento de una orden; aunque sea injusta, aunque sea negativa, aunque sea inmoral tenemos que cumplirla, porque el Ejército Rebelde no se va a desacreditar.  Si un tribunal da la orden de soltar a Sosa Blanco, no vacilaríamos.  Si un tribunal diera la orden de soltar a Sosa Blanco, yo me ajustaría al mismo principio, no desacataría la orden del tribunal.  Ahora sí, pediría que fusilaran al tribunal.
Les quiero decir con esto que se les pueden presentar a los funcionarios de un gobierno revolucionario, en circunstancias como estas, problemas difíciles y contradictorios.  Lo que el gobierno optó, ante esa circunstancia y ante la cantidad de dificultades que podían suscitarse, por suspender el Habeas Corpus durante un período determinado de tiempo.
¿Quería decir ello que se privaba de garantía a los ciudadanos?  ¡No!  ¿A qué ciudadano pacífico, a qué ciudadano serio, a qué ciudadano por lo que escribe o por lo que habla se le detiene y se le encierra indefinidamente en prisión?  ¿Qué ciudadano se siente inseguro en este país?  (EXCLAMACIONES DE:  ¡Ninguno!)
Si se veía el gobierno en la necesidad de suspender ese precepto, no era por combatir a los adversarios políticos, a los que lo criticaran, por combatir a ningún sector político.  No, era exclusivamente para evitar que se escapasen los criminales de guerra o que la justicia revolucionaria se viese entorpecida por procedimientos de tipo leguleyesco, pero no era que privara a la ciudadanía de ningún derecho; sin embargo, esa medida tan necesaria se ha visto expuesta a la crítica.
Yo me pregunto si el Gobierno Revolucionario podía hacer otra cosa.
Y así, la tarea de gobernar no es una tarea fácil.
Si nosotros estuviésemos poniendo a nuestros parientes en los cargos públicos; si nosotros estuviésemos disfrutando de las prebendas    y de los gajes del poder; si nosotros estuviésemos echándonos un  centavo en el bolsillo; si nosotros estuviésemos haciendo algo que no se ajustase al más estricto y honrado sentido del deber, al más profundo deseo de cumplir con la nación —a la que no le hemos pedido ningún premio por los sacrificios que hacemos, a la que estamos sirviendo desinteresadamente—; si nosotros fuésemos como aquella canalla que en otros tiempos dirigía los destinos de Cuba; si nosotros fuésemos aquellos demagogos, aquellos descarados, aquellos cínicos; si nosotros perteneciésemos a aquella raza de hombres, quizás para nosotros estas obligaciones serían menos amargas.
El hombre honrado tiene un pudor, tiene una sensibilidad, tiene un sentido de la dignidad y del honor.  El impúdico, el mercenario, el traidor, no ha de sentirse nunca herido de las críticas que le hagan, no ha de sentirse nunca ofendido por lo que le digan, no ha de saber lo que es la amargura, porque quien no tiene pudor ni tiene dignidad no se puede amargar por nada en este mundo.
Hay muchos que parecen no haber distinguido entre una clase y otra clase de hombres.  Hay muchos que están viviendo todavía en la rutina de antaño.  Hay muchos que hablan por hablar y escriben por escribir.  Hay muchos Otto Meruelos, muchos Díaz-Balart que, bajo la capa de un idealismo que no sienten, bajo la capa de una honradez que no practican, bajo la capa de una lógica que jamás han aplicado a su conducta, hoy parece como si se empeñaran en destruir los valores que la Revolución ha creado; en destruir la fuerza más poderosa con que la Revolución cuenta, que es la fe del pueblo; en destruir la fuerza más poderosa con que la nación cuenta, que es su opinión pública.
Si a nosotros como gobernantes nos quitan la opinión pública, no nos quedaría otra alternativa que usar la fuerza para llevar adelante la Revolución o renunciar.
Debo aclarar mis palabras, para los suspicaces; esos suspicaces que han aparecido a última hora, superpatriotas, superapóstoles, superpuros, superrevolucionarios.  Quiero aclarar que no amenazo.  No amenazo, porque mi temperamento, mi idiosincrasia, mi profunda convicción humana, me hacen detestar el empleo de la fuerza para aplicar una medida revolucionaria.  Y si en ese caso me viera un día, yo dejaría a otros que la hicieran.
Si la obra que queremos hacer limpia y pura, si la obra que queremos llevar adelante en medio de tantos enemigos y de tantos obstáculos, si la obra que queremos llevar adelante democráticamente con el respaldo mayoritario de la nación no la podemos llevar; si yo soy un equivocado en mi concepción política y he creído que con democracia se puede llevar un pueblo adelante, y he creído que con todas las libertades se puede llevar un pueblo adelante; si yo me he equivocado acerca de la madurez cívica del pueblo cubano y pueden más los mercenarios, los intrigantes, los hipócritas, los Judas y los falsos apóstoles (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES DE:  “¡No!”); si esos hombres tienen el poder de engañar y confundir al pueblo; si esos hombres tienen el poder de poner en tela de juicio la integridad de cada uno de nosotros; si esos hombres que durmieron tranquilamente todas y cada una de las noches de los siete años de tiranía, si esos hombres que nunca estuvieron en una mazmorra o en una estación de policía, si esos hombres que tal vez contaron con la protección de los amos de turno, si esos hombres que no tuvieron nunca la enemistad de los Pilar García, ni de los Chaviano, ni de los Ventura, ni de los Batista, si esos cómodos paladines de las libertades —cuando están ya conquistadas — pueden más en el ánimo del pueblo que los hombres que se han sacrificado, que los hombres que saben lo que es la celda solitaria y los años de cárcel; si pueden más en el ánimo del pueblo algún día que los que...  ¡Para qué hablar!  ¡Para qué hablar de méritos, cuando hay tantos hombres sin méritos que no hacen más que esgrimir sus escasos y tal vez inventados servicios a la patria!
Si esos hombres —en dos palabras— pudiesen más algún día en el ánimo del pueblo que nosotros; si mientras nosotros escalamos de nuevo la Sierra para visitar a los hombres que nos ayudaron, para visitar a los campesinos nobles, ¡porque allá sí hay nobleza!  , porque debo decir que prefiero mil veces el patriotismo estoico, sereno y noble de nuestros campesinos, al patriotismo vocinglero —que tiene muy poco de puro y de noble— de muchos de los que pululan en la capital de la república.
Me siento mejor, mucho mejor, entre aquellos hombres.  Se respira una atmósfera distinta: más sana, más pura.  Son hombres de fe, ¡hombres de fe en su pueblo!, y aquel ambiente es mucho más edificante para nosotros que la atmósfera que en nuestra capital han creado o tratan de crear aquellos a quienes Martí llamaba hombres de siete meses, porque no tenían fe en su pueblo.  Peores que los que no tienen fe: los que tratan de matar la fe del pueblo.
Yo decía que si esos hombres algún día pesasen en la opinión pública más que nosotros, y lo lograsen porque mientras nosotros trabajamos ellos urden y traman sus intrigas; si los Otto Meruelos y los Díaz-Balart, disfrazados hoy de demócratas, pero que le están tratando de hacer el mismo daño a la Revolución que ellos le hicieron bajo la tiranía   —porque aquellos defendían la tiranía contra la Revolución y estos parecen combatir la Revolución como si deseasen que regresase la tiranía—; si lograran quitarle a la Revolución el respaldo mayoritario que tiene de opinión pública, entonces conmigo que no cuenten, que yo no satisfago ningún placer desde ninguna posición del poder, porque para mí esto es un sacrificio.  Y el único sacrificio que yo no haría nunca, el único sacrificio que está tan diametralmente opuesto a mi idiosincrasia y a mis sentimientos, sería el tener que emplear la fuerza para llevar adelante la Revolución.
Digo esto, porque si hoy tenemos un 95% de la opinión pública y un día tenemos el 48% —aunque es posible que ningún gobierno democrático haya tenido nunca el 48% del respaldo del pueblo, o son muy pocos los casos—, nosotros desde ese instante estaríamos en minoría, nosotros desde ese instante estaríamos gobernando en nombre de una minoría.  Y es lo que yo no comprendo.  ¿Qué puede ganar nadie en este país debilitando a la Revolución?
La Revolución ha empezado, tiene muchos problemas por delante.  ¡Ah!, tenemos la herencia de todos los problemas que nos han dejado 50 años de malos gobiernos, porque si Cuba desde sus inicios hubiera contado con buenos gobiernos, no habría hoy un desempleado en nuestra patria, no habría un solo bohío, no habría un solo analfabeto, no habría un solo necesitado en este país.  Sería quizás una de las naciones del mundo con más alto estándar de vida.  No hubiera existido tiranía, no hubiesen muerto tantos compatriotas, no habría tantas madres vestidas de negro.  Porque la tiranía no fue una casualidad:  la tiranía fue consecuencia de un problema social.
En un país donde hay de medio millón a un millón de desocupados, no era difícil reclutar miles de hombres por 30 pesos para llevarlos a combatir contra la Revolución.  En un país donde hay de medio millón a un millón de desocupados no era difícil contar con miles y miles de confidentes capaces de vender a sus compatriotas por 12 monedas, como un Judas cualquiera.
La tiranía tuvo sus causas, tuvo sus raíces en males de tipo social.
Cuando cualquier ciudadano puede ganar 200 pesos honradamente, no se alquila para ir a asesinar a nadie.  Cuando cualquier ciudadano puede ganar 200 pesos con el sudor de su frente, no se alquila para delatar a nadie.
Es verdad que siempre hay criminales natos.  Es verdad que siempre hay traidores que, gratis, son capaces de vender hasta a su propio hermano, de acusar y delatar a su propio hermano.  Pero con esa minoría no se sostiene en el poder ninguna camarilla.
Las causas de la dictadura hay que buscarlas en razones de orden social y es la consecuencia de 50 años de malos gobiernos.
Son muchos los males que se han ido acumulando.  Es muy pesado el lastre que nos han dejado.  ¿Cómo puede pedírsenos que en cinco semanas hayamos resuelto todos los problemas de Cuba?
Si lo hemos dicho muchas veces: si nosotros somos hombres nuevos, si ninguno aquí ha sido nunca ministro ni funcionario público, ¿cómo es que puede pedírsenos que actuemos a la perfección, que todos los problemas se resuelvan a las mil maravillas?
Si tenemos grandes obstáculos que nos han dejado de atrás, si tenemos muchas dificultades que vencer, si a muchas inmoralidades se les ha puesto ya fin, ¿por qué se nos van a poner más piedras en el camino?, ¿por qué se nos van a crear más dificultades?  ¿Es que se quiere que la Revolución fracase?  ¿Es que se quiere que el pueblo fracase?
Aquí hay muchos problemas de los cuales todo el mundo habla; pero lo que aquí ocurre es que son muy pocos los que se deciden a agarrar el toro por los cuernos .
Aquí todo el mundo habla de desempleo, que hay que tomar medidas para poner fin al desempleo, pero nadie dice cómo.  Aquí todo el mundo habla de que hay que desarrollar la industria, que hay que industrializar el país, pero nadie dice cómo.
¿Con obras públicas vamos a darle empleo a un millón de desocupados?  ¿Y de dónde va a salir el dinero para hacer tantas obras como para que le podamos dar empleo a un millón de desocupados?
Todo el mundo sabe que el mal más grave que confronta el país es el desempleo, el hecho de que haya cientos de miles de hombres y mujeres en capacidad de trabajar y que no encuentren trabajo; de que aquí los hombres tengan que humillarse para conseguir un trabajo, pedirlo como de limosna; de que las mujeres tengan que humillarse y hasta incluso, en algunas ocasiones, prostituirse para conseguir un trabajo.
Todo el mundo sabe la tragedia que afronta la mujer y la que afronta el negro.  Nos encontramos que son dos sectores discriminados.  Se habla, por ejemplo, de la discriminación racial, que es una verdad.  No se habla de la discriminación del sexo, de la cantidad de mujeres a las que tratan de explotar, de que se mire a las mujeres como un objeto de placer más que como un valor social que está y puede estar a la altura del hombre.
En cierta ocasión, cuando nos decidimos a organizar los pelotones de mujeres combatientes, expliqué las razones de tipo social que había para ello.  Encontré una gran dificultad en el prejuicio de muchos hombres, y tuve que explicarles cómo uno de los sectores más discriminados era la mujer, cómo se trataba de comerciar con su sexo, cómo en muchos lugares solicitaban la presencia de muchachas bonitas, sobre todo en los bares, para que allí la gente no fuese por la cerveza sino por las muchachas, cómo incluso esa era una idea arraigada en muchos hombres.  Y yo tuve ocasión, en aquellas circunstancias, de ver cómo para muchos hombres la mujer era algo inferior, porque decían: “Mientras yo tengo una escopeta, ¿cómo va a haber una mujer con un M-1?  Y yo les decía: Pues esa mujer va a ser mejor soldado que ustedes; porque había hombres que con M-1 y todo corrían, y, sin embargo, nunca se dio el caso de que ninguna de las mujeres del pelotón “Mariana Grajales” corriese en un combate.
Saco esto a colación porque forma parte del cúmulo de prejuicios que la vida social, las circunstancias y las condiciones económicas de nuestro país han creado: cómo hay muchos males que no existen solo en la realidad social, sino que son también una realidad en la mente de los ciudadanos.  Y decía que todo el mundo nos planteaba el problema del desempleo como el más grave, y es verdad.  De ahí que haya tanta gente desesperada por un puesto público, de ahí que haya tantos problemas sociales, de ahí que haya tantas huelgas y tantas protestas.
Todo el mundo está de acuerdo con que hay que resolver el problema del desempleo, pero nadie dice cómo.  Se han gastado toneladas y toneladas y toneladas de papel hablando de que hay que resolver el problema del desempleo, pero nadie dice cómo; que hay que industrializar al país, pero nadie dice cómo.  Y, ¿por qué?  Porque no se quiere agarrar el toro por los cuernos.
Nosotros acabamos de venir de la Sierra Maestra.  Hemos iniciado la reforma agraria.  No ya la Ley Agraria del Ejército Rebelde, sino una ley más amplia, porque aquella se hizo durante la guerra, y se dijo que para cuando la guerra finalizara sería tarea del Gobierno Provisional Revolucionario aplicar el precepto de la Constitución que proscribía el latifundio.
Y ahí está uno de los primeros pasos revolucionarios.
¿Por qué todos los que escriben y hablan sobre el desempleo no dicen que lo primero que hay que hacer es acabar con el latifundio?    Tal vez mi aprehensión, tal vez mi decepción al ver el daño que se le trata de hacer a la Revolución, al ver cómo hay muchos tratando de debilitar la Revolución en el ánimo público, tal vez la preocupación nazca fundamentalmente de la convicción que tengo de que el Gobierno Revolucionario tiene que enfrentarse a obstáculos muy serios, de que el Gobierno Revolucionario tiene que enfrentarse a batallas muy duras.  Una de esas batallas está a las puertas, ¡esa batalla es la reforma agraria!
¡Toda la energía de la nación cubana, toda la energía del pueblo tiene que emplearse en esa batalla!
Los ataques velados que se están haciendo, las intrigas que se están urdiendo, son otras tantas piedras que se nos ponen en el camino en el momento en que necesitamos mantener más alta la fe y la unidad del pueblo.
¿Es que acaso no han servido de experiencia los ataques que se le hicieron en el extranjero a la Revolución Cubana?  ¿Por qué se le atacó?  ¿Porque hubiese hecho leyes revolucionarias?  ¡No!, sino porque pensaban que las iba a hacer.  ¿Cuál no será entonces la actitud de nuestros enemigos internos, y sobre todo de nuestros enemigos externos, cuando esas leyes comiencen a hacerse?
La reforma agraria es una ley radical.  La reforma agraria no lesionará muchos intereses, pero sí poderosos intereses; poderosos intereses dentro del país y fuera del país.  Porque esas compañías que hoy les niegan a los obreros los más elementales derechos —compañías azucareras extranjeras que ante la demanda más insignificante se niegan a acceder absolutamente a nada, en actitud provocativa—, están muy conscientes del interés que tiene la Revolución en que la zafra se haga.  Esos intereses prefieren perder una zafra con tal de que el Gobierno Revolucionario fracase, antes que perder los latifundios, y por eso nosotros tenemos la seguridad de que la reforma agraria va a ser una batalla muy dura.
Ahora bien, si la reforma agraria no se hace, el país está fracasado; si la reforma agraria no se hace, el país se hunde en la miseria, en la ruina y tal vez en la anarquía y en la sangre.
¿Por qué?  Porque si hay hoy medio millón de desempleados y la situación sigue igual, dentro de dos o tres o cuatro años habrá un millón de hombres sin trabajo.  Si hoy hay 20 000 profesionales sin trabajo, al paso que vamos, dentro de algunos años se duplicará, los males se agravarán, y si la Revolución no fuese capaz de resolver esos problemas, la Revolución estaría fracasada.
(DEL PÚBLICO LE DICEN: “Eso es lo que no puede ser, que fracase la Revolución.”) .
Ahora, sin reforma agraria no puede haber industrialización del país, ¡sin reforma agraria no puede haber industrialización del país!, y sin industrialización del país no se acabará el desempleo.
No se puede desarrollar la industria si no hay un mercado de consumo.  La industria que debe desarrollarse en nuestro país no es para competir con la industria extranjera en el extranjero, sino, antes que nada, para competir con la industria extranjera en el país.
No puede haber desarrollo industrial si no hay un estándar de vida alto en el campesino; si el campesino no tiene ingresos, si el campesino no puede comprar, no puede haber desarrollo industrial.  No puede haber industrias si no hay quien compre, no puede haber industrias si no hay quien compre los productos de la industria, y sin reforma agraria en Cuba —mientras el campesino sea un paria, mientras el campesino no gane arriba de 100, 150 o 200 pesos al año, y que ya los debe desde muchos meses antes porque los ha cogido fiado — no podrá haber jamás desarrollo industrial y sin desarrollo industrial no podrá haber jamás empleo.
Los que hablan de que hay que industrializar al país no empiezan diciendo lo primero que hay que decir:  que hay que hacer la reforma agraria para elevar el estándar de vida del campesino .  Porque, precisamente, en el campo se produce la materia prima o los artículos de consumo alimenticios para la ciudad, y la ciudad produce sus artículos industriales para el campo.  Pero si no hay quien compre, no puede haber industrias —esto hay que repetirlo una y mil veces—, y si no hay reforma agraria, no habrá jamás mercado de consumo interno y no podrá haber industrias; por tanto, lo primero es la reforma agraria para que exista un mercado de consumo interno, y después una reforma arancelaria para que haya una protección a la industria.
Si elevamos la capacidad de consumo del campesino y no hacemos una reforma arancelaria, entonces las divisas se nos escapan: el campesino compra, pero compra artículos importados.  Trabajarán en el extranjero, pero aquí se queda la gente también sin trabajar.
Hay, además, otra cuestión:  el campesino, desarraigado del campo, se mueve hacia las ciudades en la esperanza de vivir aunque sea de limosnas, abarata la mano de obra, hace que exista cada vez una oferta mayor de trabajo, y eso conspira contra los salarios de los trabajadores, porque a mayor oferta de trabajo menor salario.
Es imprescindible la reforma agraria para contener el éxodo de los guajiros hacia las ciudades, y es necesario volver al campesino hacia la tierra.
Hay que asentar sobre la tierra a no menos de 200 000 familias, ¿y de dónde se van a sacar las tierras para esas familias?  Sencillamente del latifundio.  Luego hay que proscribir el latifundio; hay que ser valiente, hay que ser consecuente con lo que se escribe.
Yo emplazo a todos los que han hablado en Cuba sobre el desempleo, yo emplazo a todos los que han hablado en Cuba sobre la necesidad de industrializar al país, a que le digan al pueblo si hay otro procedimiento.  Y si efectivamente la reforma agraria es imprescindible, yo invito a todos a que escriban y a que hablen a favor de la reforma agraria, aunque sean conservadores, porque sencillamente aquí no cabe alternativa.  Es una necesidad perentoria y no queda más remedio que hacer la reforma agraria.  Si es una necesidad de la nación, todo el país tiene que ponerse al lado de esa medida revolucionaria, que va a ser una medida muy dura, porque cuando las compañías extranjeras, la United Fruit Company y todas las compañías que aquí tienen miles y miles de caballerías de tierra vean que el latifundio va a ser proscrito, van a poner el grito en el cielo.
¡Entonces sí que van a escribir contra nosotros, entonces si que van a llover amenazas contra nosotros, entonces sí que van a venir los cables alarmantes!, y no dudo de que algunos pocos “amiguitos” de la Revolución les van a dedicar cintillos a los cables que vienen de fuera atacando las medidas revolucionarias.  Porque quien tenga aquí...  (DEL PUBLICO LE DICEN ALGO).
¡No!, que funcionen todos y todo el tiempo que les de la gana, y que escriban lo que les de la gana, porque este, que es un pueblo inteligente; este, que es un pueblo sabio; este, que es un pueblo despierto, sabe por dónde viene cada cual.
Y hay algunos que dedican el primero, el segundo, el tercero, el cuarto y el quinto cintillo a noticias llenas de segunda intención, llenas de intriga, llenas de mala fe.  Hay caricaturas casi continuas que están también llenas de mala intención y de mala fe.
Dirán que si pretendemos coartar el humorismo. ¡Dios nos libre de querer coartar el humorismo!, al contrario, creo que hay que reírse un poco de esas cosas; pero yo no creo que nuestros artistas sean tan poco originales, yo no creo que nuestros artistas sean tan poco revolucionarios, que la única manera que tengan de divertir al pueblo sea haciéndole daño al pueblo, que la única manera que tengan de divertir al pueblo sea haciéndole daño a la Revolución, sembrando la intriga y sembrando la insidia contra la Revolución.  Y ya que se ha tocado este punto, porque yo he aprovechado la circunstancia de que se está trasmitiendo este acto para tocar cuestiones que atañen no solo a los obreros de la Shell sino a todo el país, pongo el caso bien claramente y pongo, por ejemplo, una de las críticas que se le ha estado haciendo al Gobierno Revolucionario.
En primer lugar, yo quiero que el pueblo considere la circunstancia tan especial en que se encuentra mi caso personal.  Yo no soy el gobierno.  Todo el mundo sabe que yo he tratado de inmiscuirme lo menos posible en los problemas del gobierno; todo el mundo sabe el desinterés con que he luchado en esta Revolución; todo el mundo sabe que yo no he estado aspirando a cargos de ninguna clase; todo el mundo debe de saber, además, que los cargos no me importan absolutamente nada, porque un cargo para mí es un sacrificio, jamás un negocio, jamás una vanidad.
Si todo el mundo ha observado aquí la conducta de los líderes políticos, debe haber comprendido que mi preocupación es más bien alejarme que inmiscuirme en el poder.  Quise hacer un recorrido por todo el continente haciendo campañas en favor de la Revolución Cubana, y tuve que limitarme a ir a Venezuela solamente porque se me reclamó de inmediato que no saliera del país; hubiera deseado estar en la Sierra Maestra varias semanas y no he podido porque se me reclama que esté aquí en La Habana.
Todo el mundo sabe que, lejos de intentar inmiscuirme en las cuestiones del poder, lo que he tratado por convicción y por principio es de alejarme.
Me duele cuando en la prensa extranjera se dice “el régimen de Castro”, porque yo no soy ni hombre fuerte, ni dictador, ni soy un mandón, ni estoy dando órdenes aquí.  Y me duele también cuando se me responsabiliza y se me quiere echar la culpa de todos y cada uno de los errores de los demás.
Yo no sé si habrá o no muchos bombines en algunos ministerios, lo que sí sé es que yo no he recomendado a un solo hombre para ningún cargo en ningún ministerio ; lo que sí sé es que no hay un primo segundo, ni un primo tercero, ni un primo cuarto, ni un primo quinto mío en un solo cargo del Estado ; lo que sé es que he llegado tal vez hasta la injusticia en el sacrificio que he impuesto a mis propias hermanas, que lucharon mucho durante la Revolución y no tienen aquí ningún cargo , porque no queremos que se nos pueda jamás señalar con el dedo de que le hemos dado cargo a un pariente.  Aunque tengan méritos, preferible es que se sacrifiquen antes de que se ponga en duda la conducta nuestra.
Se habla de bombines, sin embargo, y me pintan a mí rodeado de bombines.  Y yo me pregunto:  ¿Dónde están los bombines?, porque no tengo ni escolta .  Porque todo el mundo me ha visto cómo ando por las calles, todo el mundo me ha visto cómo ando por las calles casi solo a cualquier hora del día y de la noche.  No ando con motocicletas, no ando con perseguidoras, no ando con tanques por las calles, a pesar de los enemigos que sé que tengo.  Todo el mundo sabe que los pocos que andan conmigo son guajiritos, barbudos de la Sierra Maestra.
Los bombines que se los pinten a los que los tengan, que se los denuncien de frente a los que tengan bombines y se digan sus nombres , porque eso es lo cívico en el periodista, eso es lo digno en el periodista, eso es lo valiente en el periodista .  Pero que no me pinten más bombines porque yo no ando rodeado de bombines, y conmigo no anda ningún bombín y yo no le he dado a nadie un cargo en el Estado.  Es justo que lo aclare, porque si quieren pintar a otros con bombines que pinten al ministro que los tenga, pero que no cometan la vileza, la innobleza y la indecencia de venir a pintárselo al que no tiene porque eso no es honrado y eso no es de artista.  Y si tienen tan poca imaginación, si tienen tan poco talento que no se pueden valer más que de la calumnia y de la intriga, que entonces no se llamen artistas, que entonces no escriban, que entonces no pinten; porque el artista debe ser para ayudar al pueblo con su talento, para ayudar al pueblo con la verdad, no con la calumnia y con la intriga.
Si creen que soy un dictador, que me lo digan para irme, señores (EXCLAMACIONES DE:  ¡No!).  Y si no lo soy, que no me echen la culpa de los bombines si los hay por ahí, porque yo lo que creo es que si existen bombines esa es una inmoralidad, pero que si existen bombines y nadie los acusa por su nombre esa es otra inmoralidad.
No debe haber bombines, pero tampoco debe haber escritores tan cobardes que no tengan el valor de decir quiénes son los bombines , porque resulta muy fácil hacer ataques genéricos y pintarme a mí rodeado de bombines, cuando no sé dónde están; además, ando solo.  Además, los que andan conmigo no han cobrado ni siquiera sueldo, porque el Ejército Rebelde se sacrificó en este mes que acaba de pasar para que a los campesinos se les pudieran hacer casas.
Y, desde luego, no importa que nos ataquen con los mismos derechos que hemos conquistado nosotros con tantos sacrificios, no importa que nos ataquen con esos derechos por los cuales estuvimos combatiendo durante siete años; pero que no se olviden que nosotros también tenemos derecho a defendernos y que nosotros nunca aplicaremos la censura, pero aplicaremos algo que es peor que la censura, que es el anatema moral, la denuncia, la descaracterización ante el pueblo.
¡Que nos ataquen, que nosotros también sabemos defendernos; defendernos con la razón y defendernos con la palabra!  No importa, aceptamos el reto de los intrigantes y de los calumniadores.  ¡Qué no crean que los vamos a sobornar!  ¡Que no crean que les voy a ofrecer una “botella” , porque les voy a responder también con las armas de la palabra y de la pluma!  Y van a tener que esforzarse mucho para encontrarnos faltas, porque trataremos de esmeramos cada vez más en mantener nuestra conducta moral intachable precisamente para poder siempre tener moral de hablar ante el pueblo.
Que hagan uso y abuso si quieren del derecho y de las libertades que hemos conquistado, ningún peligro los amenaza.  Fácil es hacer hoy críticas injustas contra los que hemos devuelto las libertades al país, después de siete años de silencio, después de muchos meses de silencio obligado y forzoso.
Y que no me digan que se hizo más o se hizo menos, porque a “tan eximios” y “tan excelsos patriotas” de última hora, bien podía habérseles exigido que agarraran su fusil y se hubieran ido a pelear desde el principio.
Pero sí quiero advertir al pueblo, porque esto va contra el pueblo.  Los ataques contra la Revolución van contra el pueblo, los ataques contra nosotros van contra el pueblo, porque nosotros aquí no representamos otro interés que el interés del pueblo.  Nos sacrificamos, y en nosotros la palabra sacrificio tiene sentido porque de verdad nos sacrificamos y nos sacrificamos por el pueblo.
El daño que le quieran hacer hoy a la Revolución es daño que le quieren hacer al pueblo, porque si la Revolución fracasa, ¡pobre Cuba!; si el destino que tenemos por delante no se cumple, ¡pobre Cuba!; si la Revolución no se hace, ¡pobre Cuba!  Veremos si después los que hoy tan livianamente lanzan sus dardos envenenados contra nosotros escriben contra Masferrer, contra Ventura, contra Laurent, contra Chaviano, contra Tabernilla y contra Batista (EXCLAMACIONES DE:  “¡Fuera!), cuando vengan aquí encabezando expediciones de la United Fruit y comparsa y encuentren un pueblo débil, un pueblo escéptico a quien le hayan matado la fe, lo hayan dividido, lo hayan confundido y, en consecuencia, esos señores vuelvan a reinar aquí en nuestra patria (EXCLAMACIONES DE:  “¡Nunca!”).
Por lo tanto, el pueblo tiene también que castigar a los intrigantes y a los calumniadores, y la recomendación que yo les hago a los obreros de la Shell es precisamente el boicot; la recomendación que yo le hago al pueblo es el boicot contra los intrigantes, contra los calumniadores, contra los Otto Meruelos y los Díaz-Balart de la nueva etapa .  El boicot que le recomiendo al pueblo es que no les presten ningún favor a los que desde ahora se les están viendo sus intenciones malévolas, sus intenciones cobardes y sus intenciones ruines.  ¡Lo que le recomiendo al pueblo es que no los lean!  
¿Tenemos derecho o no tenemos derecho a usar esta arma?  (EXCLAMACIONES DE:  “¡Sí!”)  Esta arma sí.  No la censura, ¡no! La censura no, de ninguna manera, eso va contra los principios; pero sí tenemos un derecho y es pedirle al pueblo, que cree en los hombres que se han sacrificado por él, que no los lean, pedirle al pueblo que no los lean.  Eso es lo que le pedimos al pueblo.  No los censuramos, pero les hacemos algo peor que la censura.
Yo no quiero hacer ataques específicos, no quiero hacer ataques específicos porque no; no quiero lanzar ataques específicos, no quiero aplastar a nadie.  Que el pueblo, que es inteligente; que el pueblo, que es despierto; que el pueblo, que es listo; que el pueblo, que sabe dónde están sus intereses y dónde están los intrigantes y los ruines y los enemigos de la Revolución que usan mil pretextos so capa de libertades —de libertades que debieran hacer un uso digno y patriótico de ellas—, que el pueblo se encargue de saber y de discernir quiénes son aquellos a los que no debe leer.  ¡Ese será el castigo!
Eso es peor que una censura, porque en la censura se quiere escribir, hay interés en lo que uno va a escribir y no lo dejan escribir.  Y esto es peor, porque el individuo escribe, habla, y nadie le hace caso.
Como el ataque, para ser un ataque oído por el pueblo, tiene que ser un ataque justo; como para mucha gente este es un pueblo de oposicionistas sistemáticos —se han olvidado que no es que el pueblo haya sido un pueblo oposicionista sistemático, sino un pueblo de malos gobiernos sistemáticos, un pueblo de malos gobiernos sistemáticos, y, en consecuencia, sistemáticamente ha sido oposicionista el pueblo—, vamos a admitir que todos no lo estén haciendo bien en el gobierno.  ¿Pero por qué le van a echar la culpa al que no la tiene?  ¿O el hecho de haberme sacrificado aquí como el que más le da derecho a los demás a que me echen la culpa de todo?  ¡Que me echen las mías, que ya tengo bastante con eso —porque no soy infalible y puedo cometer muchos errores—, pero que no me echen las culpas de los demás!  Porque vuelvo a repetir que ni soy hombre fuerte, ni doy órdenes, ni soy mandón, ni soy dictador aquí.  Que les echen la culpa a los que la tengan.
Así que el arma del pueblo contra esos intrigantes es esa.
Parece —como decía— que se han equivocado.  Porque yo estoy seguro de que este es un pueblo justo, y yo estoy seguro de que este pueblo, mientras vea que los hombres están tratando de cumplir con su deber, que se están agotando y se están consumiendo en el solo empeño de cumplir con su deber, seguirá respaldándolos y seguirá otorgándoles su confianza y su simpatía.
¡Que se castigue al que no cumple, pero que se respete al que cumple!  No se pide más.  No pido elogios, no pido aplausos; pero lo menos que tengo derecho a pedir es que se respete a los que cumplen, que se respete el pudor, que se respete el honor, que se respete la vergüenza y que se respete la dignidad de los hombres.
Por eso, aunque tengo mucho que trabajar, aunque tengo muchas cosas que hacer, aunque tengo el deseo de hacer muchas cosas por mi patria —porque no soy el gobierno, pero soy el que impulsa, impulso leyes revolucionarias, como estoy impulsando hoy la reforma agraria y como habré de impulsar muchas leyes revolucionarias, porque esa es mi misión, no dar órdenes, no mandar; ¡no!, yo no soy un dictador:  yo soy un hombre que le hablo al pueblo, yo soy un hombre que defiendo una tesis y la llevo adelante con el pueblo, con la palabra, con la razón.  Yo no voy a los ministerios, yo voy a la plaza pública y digo al pueblo: Creo que esta medida es buena —, aunque tenga mucho trabajo también y aunque tenga enemigos gratuitos, detractores que le han salido a uno sin saber uno ni por qué (EXCLAMACIONES DE: “¡Envidia!”), tengo al pueblo.  Y el arma contra esos malintencionados, contra esos intrigantes, es el arma del desprecio.
Para el pueblo, ¡no leerlos!  Recomiendo al pueblo que esté muy alerta y observe quién hace una crítica sana, y a ese sí leerlo, porque el que hace una crítica bien intencionada el pueblo lo sabe también.  Y observar quién está haciendo un ataque sistemático, porque ese está defendiendo Dios sabe qué intereses, ese está defendiendo el regreso de Masferrer, de Ventura, de Batista y de toda esa gente aquí (EXCLAMACIONES DE: “¡Fuera!”).  Y a esos lo que tiene que hacer el pueblo es no leerlos.
Y aparte de estas consideraciones, que sepan, además, que nos vamos a defender, porque ya el colmo es que ni quieren que uno hable.  Tiene uno que hablar para orientar al pueblo, tiene uno que hablar para despejar de la mente del pueblo muchos prejuicios, tiene uno que hablarle al pueblo para tenerlo alerta.  Entonces lo que critican es que hable, ¡critican que hable!
Otros quieren que nos afeitemos, les estorba nuestra barba.  ¡Y yo digo que no nos afeitamos hasta que aquí no esté la Revolución hecha!  , aunque les duela la barba.
Estas barbas no crecieron en un parque, estas barbas no crecieron en una playa de verano, estas barbas no crecieron paseando de turistas por el extranjero. ¡Estas barbas crecieron en las montañas más altas de Cuba, con un fusil al hombro!  Y si los soldados de la tiranía no pudieron cortárnoslas, mucho menos podrán cortárnoslas los intrigantes y los mentecatos.
Quieren que nos cortemos las barbas porque ellos no tienen barbas, quieren que nos cortemos las barbas para que andemos igualitos que los demás y se destruya el mito, o el mito no, vamos a llamarle la leyenda —ellos le llaman mito, nosotros le llamamos leyenda—, para que se destruya el símbolo.  Quieren destruir el símbolo de la Revolución, y qué casualidad que lo mismo que piden algunos aquí adentro es lo que están pidiendo nuestros enemigos de afuera que dicen que quieren que nos cambiemos la camisa y que lo que quieren es que nos afeitemos; eso es lo que quieren (EXCLAMACIONES DE:  “¡No!”)
Dicen que la camisa está sucia, y yo digo que no me importa, que yo no vine aquí a la capital de la república a vestirme de frac ni de smoking y que, por lo tanto, me pongo esta camisa que es barata, y no necesito dinero para comprar más ni le tengo que robar a nadie .
Y que sepan los enemigos de la Revolución que vamos a tener una pelea de frente, que nosotros tenemos todas las armas, pero no las usamos porque las tenemos para defender, incluso, el derecho de los que nos atacan; sin embargo, haremos uso del derecho que ellos tienen, que es el derecho también de exponer nuestras razones, el derecho de esgrimir nuestros argumentos y el derecho de desenmascarar aquí a los enemigos de la Revolución, porque hay quien ha dicho que lo de contrarrevolución es una fábula.  ¡Qué bonito!  Entonces los ataques que le han hecho a la Revolución Cubana desde el extranjero son una fábula; entonces el mitin del millón de personas para defender la justicia revolucionaria es una fábula; entonces las amenazas de agresión e intervención en Cuba son una fábula; entonces la United Fruit Company no va a protestar cuando hagamos la Reforma Agraria, y aquí nadie va a protestar, porque es una fábula la contrarrevolución.
Entonces la granada de mano que asesinó en la procesión de El Cobre a tres ciudadanos e hirió a 40 o 50, lanzada por un ex soldado de la tiranía, es una fábula también; entonces la Revolución no tiene problemas, la Revolución no tiene enemigos, según ellos es una fábula.
Hay mucha coincidencia entre los enemigos externos de la Revolución y los enemigos internos.  Los enemigos externos, que son los más poderosos, tienen su quinta columna dentro, tienen sus Díaz-Balart y sus Masferrer aquí adentro haciendo de las suyas porque, figúrense, hay libertades absolutas.  Ahora, lo que sí no lograrán es que nosotros suprimamos las libertades.
Nuestras intenciones con respecto al pueblo todo el mundo las conoce.  Todo el mundo sabe, incluso, que nosotros queríamos que por las calles no hubiera ni policías.  Era lo que queríamos, porque comprendo el odio que han despertado los policías; sin embargo, nos vemos en la necesidad de adoptar medidas más cuidadosas para evitar los robos y para evitar la delincuencia, consecuencia natural de la cantidad de gente que está pasando hambre en la calle.  Por lo tanto, la delincuencia hay que combatirla fundamentalmente con medidas de tipo social, y no nos quedará más remedio que tener policías en las calles, no nos quedará más remedio, no para que le den golpes ni palos a nadie, sino para que no se roben los automóviles y no se robe en las casas.
¿Que no lo hayamos logrado en esta etapa?  Todo el mundo sabe que fue una intención honrada y que si no lo hemos logrado hoy lo lograremos mañana, pero nosotros sacamos la policía de la calle.  Ese es un empeño que vamos a realizar también, si no es hoy será en el futuro, cuando aquí todo el mundo trabaje y cuando la delincuencia se haya reducido al mínimo en este país.  Entonces tal vez sea posible aquello de que los boy scouts puedan cuidar el tránsito.  De todas maneras, incluso en aquellos casos en que no hemos logrado lo que pretendíamos, hemos hecho, por lo menos, el esfuerzo y el esfuerzo bien intencionado.
Así que lo que no haremos es sacrificar las libertades.  Vendremos al pueblo a pedirle que coopere con nosotros; vendremos a los trabajadores azucareros y a los trabajadores industriales a decirles que cooperen con nosotros, y les diremos: Ahora no conviene huelga, aunque tengamos que hacer sacrificios. ¿Por qué? Porque en estos momentos a los enemigos de la Revolución lo que les interesa es que la economía se paralice, y por eso algunas empresas, sobre todo empresas azucareras extranjeras, hacen toda la resistencia posible para crear los conflictos.
Nosotros tenemos que decirles a los trabajadores que en la Revolución como en la guerra hay momentos en que hay que replegarse algo para después avanzar más, en que hay que renunciar a algunas demandas para después pedir más.
En este momento si nos paralizan la zafra, si los enemigos de la Revolución logran, mediante su intransigencia frente a las demandas obreras, paralizarnos la zafra, le harían un tremendo daño al país.  ¡Calculen lo que sería si el gobierno se viera sin recursos para pagarles a los maestros, a los empleados públicos, para pagarles la comida a los soldados rebeldes, para pagar todos los servicios!  Se crearían infinidad de conflictos, y entonces esos que están emboscados, esos que están buscando pretextos para atacar a la Revolución, en vez de un cintillo dedicarían 10 a atacarla, y en vez de cintillos de una pulgada o dos los pondrían de 10 pulgadas para atacarnos.
De por sí son muchos los problemas que se suscitan porque hay libertad, hay libertad absoluta, y algunos abusan, incluso, de esa libertad, no saben hacer uso de ella y crean infinidad de problemas descabelladamente, olvidándose de que este no es problema de un grupito, sino un problema colectivo, un problema de toda la nación.  Por eso hay dificultades.  Pero, sobre todo, si las dificultades que tuviéramos nosotros fuesen de orden económico porque no podemos hacer la zafra, entonces calculen cómo los enemigos se ensañarían contra la Revolución; por lo tanto, en estos momentos, puesto que la tiranía es derrocada a principios, cuando la zafra va a empezar, no habiendo dispuesto de tiempo ni el gobierno ni los trabajadores para organizar la zafra de una manera estudiada, de una manera justa, nos encontramos con la circunstancia de que las lluvias están apenas a dos meses de distancia y tenemos que producir 5 800 000 toneladas.  Eso lo saben esos intereses y, como saben nuestro interés, se mantienen intransigentes.
Pero yo digo que las ventajas que ellos tienen este año son las ventajas que vamos a tener nosotros el año que viene.  Las ventajas que ellos tienen este año, que están discutiendo cuando ya la zafra empezó y la lluvia está cerca, las tendremos nosotros el año que viene cuando empecemos a discutir en el mes de septiembre y la zafra esté lejos.
Ahora, la demanda a la que deben sumarse todos los trabajadores, tanto los trabajadores industriales como los trabajadores azucareros, es la demanda de la Reforma Agraria, porque esa es la que permitirá precisamente elevar el estándar de vida de todos los trabajadores industriales y de todos los trabajadores azucareros.  Y resolverá el tremendo problema del desempleo si acompañamos la reforma agraria con una reforma arancelaria y con otras leyes revolucionarias, que vendrán una detrás de otra, una detrás de otra, porque todas juntas es un error.
Nosotros no atacábamos todos los pueblos juntos en la Revolución.  Atacábamos uno primero y después otro y después otro, y ganábamos las batallas una tras otra.  Concentrábamos nuestras fuerzas en un punto y después en otro.
Ahora yo le digo al pueblo que hay que concentrar las fuerzas en un punto:  en la reforma agraria.  Entonces tratar de que el país funcione, evitar el mayor número posible de problemas, porque no es este el momento adecuado.
La huelga es un arma que debe de usarse en el momento adecuado, no en el momento en que puede perjudicar al propio pueblo y a la propia Revolución, por las circunstancias en que nos encontramos.  No es que nosotros vayamos a olvidar las demandas de los trabajadores, porque no hemos hecho esta Revolución para defender intereses de los poderosos.  Digo aquí que esta Revolución la hemos hecho para defender los intereses de los humildes, y que la estrategia correcta ahora es evitar el mayor número de conflictos posibles, aunque tengamos que sacrificarnos ahora, porque los sacrificios de ahora serán compensados con creces pronto.
Nosotros le pediremos la ayuda al pueblo.  Libertades no sacrificaremos.  ¿Suspender el derecho de huelga?  ¡No!  ¿Suspender la libertad de prensa?  ¡No!  ¿Suspender la libertad de reunión?  ¡No!  ¿Suspender la libertad de manifestación?  ¡No!  Esta Revolución tenemos que seguirla adelante con todas las libertades , pero pidiéndole al pueblo colaboración, pidiéndoles colaboración a todos los sectores; que comprendan que será en detrimento de la Revolución, en detrimento de sus propios intereses el que llenemos el país de conflictos, y que hay que tener calma.  Por todas esas cosas que deseamos, si hemos tenido que esperar siete años, ¿por qué no vamos a esperar unos meses?  Si hemos tenido que esperar siete años por la fuerza, ¿por qué no vamos a esperar unos meses por las buenas, más cuando sabemos que todo lo que piden se lo vamos a dar?  
Así que he aprovechado esta ocasión para hablarles no solo a los de la Shell, sino al pueblo.  Tomé como ejemplo el caso de los trabajadores que habían venido planteando el problema pacientemente muchas veces, cómo yo discutí con ellos.  Cuando me explicaban su problema de que estaban al borde de la quiebra, estaban al borde de perder sus trabajos; que, además, estaban ganando bajos salarios, indiscutiblemente que se nos presentaba un problema muy difícil, muy difícil, y era el problema de que mientras por un lado existía una ley revolucionaria, mientras por un lado el presidente de esta empresa había sido el promotor de las ventas de armas a la dictadura, por otro lado estaba el interés de 4 500 obreros que, en su inmensa mayoría, habían ayudado a la Revolución ; y además, que el problema del boicot era un problema que tenía que decidirlo el pueblo, que era al pueblo a quien había que plantearle ese problema y explicarle la circunstancia de que esos 4 500 obreros cubanos eran los únicos que después del triunfo estaban más tristes que nadie, eran los únicos que después del triunfo, en vez de recibir los beneficios del triunfo, estaban cada día con menos esperanza de poder mantener su trabajo , y que los obreros más tristes en medio de la victoria eran los de la Shell; que eso que me planteaban a mí había que planteárselo al pueblo porque el pueblo era el que tenía que decidir sobre la cuestión, hablarle claro al pueblo.
Aquí está, por un lado, la compañía cuyo presidente causó este daño al país; están, por otro lado, los 4 500 obreros que ayudaron a la Revolución y que resultan, sin quererlo, los más afectados no solamente antes de la guerra sino incluso después de la guerra, y con un problema que amenaza no tener solución.
Entonces yo les decía: Pero es que tiene que haber una base para pedirle al pueblo que suspenda el boicot.  Nos encontramos, por un lado, que el gobierno inglés no se había tomado ni siquiera la molestia de dar una explicación; que el gobierno inglés, a cambio del daño moral que le había hecho al pueblo de Cuba, no había tenido ni un solo gesto con el pueblo de Cuba.
Se sabe, incluso, que Cuba tiene una serie de intereses comerciales con Inglaterra; se sabe, incluso, que Cuba tiene que venderle azúcar a Inglaterra, que nos conviene que Inglaterra nos compre azúcar.  Y el problema amenazaba con crear daños mayores, debido, precisamente, a que frente a un pueblo agraviado, un gobierno que tuvo culpa no había tenido la menor preocupación en desagraviar al pueblo.
Frente a ese hecho también se presentaba una circunstancia que es cierta, y es que hubo miembros del Parlamento inglés, hubo periodistas ingleses y hubo, en fin, mucha gente que en Inglaterra protestó contra la venta de armas, hubo mucha gente que en Inglaterra defendió el punto de vista de los revolucionarios cubanos.
Así que, por un lado, teníamos la conducta del presidente de la empresa, y, por otro lado, la conducta del gobierno, a contrapelo incluso de la opinión pública de Inglaterra.
Nosotros tenemos que conducir el país hacia un camino que nos permita salvar nuestras grandes dificultades, salvarlas siempre sin sacrificar un átomo de honra, porque esa es la línea que nosotros tenemos que seguir en el orden internacional, ¡nuestra soberanía plena, nuestra soberanía absoluta, nuestra autodeterminación más completa!  , sin que ello implique que nosotros irresponsablemente, con conseguir esa línea, vayamos a estar tratando de crear problemas con todo el mundo.  ¡No!  Nuestra política tiene que ser de amistad con todos los pueblos del mundo, y nuestra política tiene que ser de venderles a todos los pueblos del mundo.  ¡Al que nos compre le vendemos!  
Con esto quiero decir que tenemos que encarar el futuro con un criterio realista y teniendo en cuenta nuestros problemas.  No es la primera vez, y muchas veces se nos presentará el conflicto entre el ideal y la realidad.  Decía Ingenieros que había dos clases de idealistas: el idealista romántico y el idealista realista; que el idealista realista era aquel a quien las lecciones de la experiencia no le mataban la fe sino que lo enseñaban.
Nosotros tenemos, por ejemplo, un caso: el que se nos presentó con el juego en los casinos.
Nosotros dijimos siempre que estábamos contra el juego que iba contra la economía popular: el juego que explotaba al pueblo, al trabajador, al agricultor.  Que a nosotros no nos importaba defenderles los bolsillos al millonario americano ni al millonario cubano —si lo querían gastar en la ruleta que lo gastaran, allá ellos—, sobre todo, cuando ese dinero que se gastaba el millonario nosotros lo podíamos recoger para dárselo al pobre.
Pero lo que no podíamos permitir es que nadie viniera a explotar al pueblo.  Ni los garitos, ni el juego; incluso, la lotería la vamos a cambiar, ya la estamos cambiando completamente, y el individuo que compra billetes, en vez de un jugador, aunque no quiera, es un ahorrador porque, aunque no quiera, se le devuelve el dinero con intereses al cabo de cinco años.  Por lo tanto, ya no se le explota.  En vez de explotársele, se le hace un bien: se le convierte en un ahorrador.
Se nos presentó con los casinos el problema siguiente —la realidad, porque esta es la realidad, ¿quién no quisiera acabar incluso con el juego en los casinos, verdad?    Quisiéramos, ese es un ideal, y yo espero que algún día lo logremos.  Ahora se dice que si empezamos por ahí terminamos por allá; claro, de todas maneras hay que tratar de hacer alguna crítica, pero la gran realidad es que es muy fácil escribir en un despacho, olvidándose de que hay aquí de medio millón a un millón de desempleados y cientos de obreros que trabajan en los centros de diversión:  en los cabarets, en los casinos, en los restaurantes, en los hoteles—, porque yo me encontraba al obrero de hotel, y decía:  “Oye, esto es un problema, nos vamos a quedar sin trabajo, no hay turistas.”  Y el otro decía: “Oye, esto es un problema.”  Todos, miles de obreros me planteaban, llenos de angustia, el problema.
Yo llegué a la convicción de que nuestras condiciones económicas actuales no nos permitían el lujo de suspender el juego en los casinos.      Yo dije: Bueno, podemos gastarnos ese lujo, pero vamos a tener 10 000 obreros haciendo manifestaciones por la calle, protestando, porque tienen hambre.
¿Subsidio?  ¿Pero de dónde vamos a sacar subsidio, si aquí tenemos que pagar todos los millones, las deudas, los intereses?  Porque si nosotros decimos que no pagamos las deudas, viene una ruina aquí total.
También sería muy bonito decir: “No pagamos las deudas ni los intereses de los empréstitos que se hicieron.”  Si decimos eso se arruina aquí todo el mundo, se arruinan todos los bancos.
Yo creo que moralmente también pudiéramos decir: “No vamos a pagar lo que Batista recibió prestado.” ¡Ah!, eso es muy moral, ¿por qué no se plantea?  ¡Ah!  Yo estoy seguro de que, cuando se plantee eso, saltan muchos de los que combaten ahora el juego en los casinos.  Saltan, porque saben que se arruina el país, y hasta la comida de ellos la ponen en peligro; pero como ahora se trata de la comida de miles de obreros de los hoteles, de miles de obreros que estaban trabajando en eso, que el Estado no está...
Es que el dinero de la “botella” tiene que dedicarse en este momento a hacer casas a los campesinos, señores; ¡tiene que dedicarse a hacer obras!    ¿Vamos a dedicarlo al subsidio?  Los obreros no van a querer subsidio.  Los obreros son contrarios a la política del subsidio.  Subsidio en casos de imprescindible necesidad, cuando ya no quede más remedio.  Pero nadie quiere vivir de limosnas.  El obrero quiere ganarse su sustento trabajando, y es contrario, yo sé que es contrario, a la política del subsidio.  Además, ¿a cuántos habría que subsidiar?  Bueno, a todos los empleados de los casinos, a todos los músicos, a todos los artistas, a todos los hoteleros, a todo el mundo habría que subsidiar aquí.  Sería interminable la lista de subsidios.
Entonces, conclusión:  yo creo que me considero tan puro como el más puritano en materia moral, tan enemigo del juego como el más puro en este país.  ¡Me repugna!  , nunca he entrado en una ruleta de esas.  Le tengo odio, personalmente se lo digo; sin embargo, tiene uno que pensar que hay miles de obreros que están desesperados.  Como me dijeron en una reunión:  “Hace 20 días que no comemos”, y de eso hace otros 20 días; por lo tanto, creo que son 40.
Es muy bonito resolver teóricamente estos problemas con el estómago lleno.  Es muy bonito, desde un despacho, decir:  “El problema es así.”  Pero yo a todos esos los llamaría a que se reunieran con los trabajadores.  Que no me convenzan a mí ni convenzan al gobierno; que vayan y convenzan a los obreros que están pasando hambre, y si los convencen, ¡magnífico!  Ahora, no digan que subsidiarlos con el dinero de la “botella”, porque el dinero que sobre, señores, hay que invertirlo en hacer obras imprescindibles para el país, ¡imprescindibles!, si no, aquí vamos a tener que subsidiar a todo el mundo dentro de poco con el mismo criterio y no va a alcanzar para darle ni cuatro pesetas a cada hombre aquí para que viva.  Y si al lado de eso tiene que pagar 70 pesos de alquiler, tiene que pagar los víveres caro, etcétera, etcétera, etcétera, ¡bien arreglados estamos!  Porque aquí, señores, hay muchas cosas que hacer, ¡hay muchas cosas que hacer!
Pero ese era el problema: se nos presentó a nosotros un conflicto entre la realidad y el ideal.  El ideal de acabar hasta con el juego. Bueno, no podemos acabar con todo el juego.  Vamos a acabar con el juego que perjudica al pobre, que perjudica al trabajador, que perjudica a la economía popular.  Ahora, no podemos en este momento redondear todo y prohibir el juego también en esos lugares, porque entonces vamos a crear un problema social muy serio, y eso debe ser en una etapa posterior.
Se dice que con otros deportes.  Aquí no se pueden poner los toros, porque si usted dice que se van a poner los toros, se arma una protesta tremenda.  No se pueden brindar los toros como un espectáculo turístico, porque la idiosincrasia del país repulsa los toros.  La pelota está malísima.
¿Qué deporte se puede poner aquí de atractivo turístico, si todo eso está abandonado y eso no se organiza de la noche a la mañana?
¿Atractivos turísticos de otra índole?  ¡Muy bien!  ¡Muy bonito!  Pero eso no se organiza en 24 horas.  ¿Me quieren decir cómo?  No, hay que organizarlo en un año, en dos o en tres.  Entonces podremos decir: “Aquí ahora hay grandes playas, grandes hoteles en las playas, grandes paseos; en la Sierra Maestra tenemos carreteras para que paseen por allí los turistas” —que son otra clase de turistas y no los turistas jugadores —, pero desgraciadamente no hay, como en México, centros turísticos preparados para el turismo.  Aquí ningún gobierno hizo nada de eso, no hay atractivos turísticos y tardaremos años en crearlos, ¿vamos a decirles a los obreros que esperen a entonces para comer?  Desgraciadamente no.
Hasta que no podamos crear otros atractivos, hacer otra política turística y traer otro tipo de turistas —incluso, por ejemplo, turismo de Venezuela, donde hay estándar de vida alto, donde se gana dinero, que pueda venir aquí—, crear un turismo distinto del que tenemos hasta ahora...  Pero si prescindimos del que tenemos hasta ahora, el daño es enorme, ¡enorme!  Y seguro que esos que protestan hoy porque no tienen bien estudiada la medida, después no nos van a ayudar a resolver los problemas cuando aquí haya 30 000 obreros más sin trabajo.  Lo que van es a criticarnos más y no a venir a ayudarnos a resolver el problema; por lo tanto, aunque no nos guste, aunque sea doloroso, en este momento tenemos sencillamente que aceptar el juego en los casinos.
Eso no quiere decir que vayamos a retroceder.  ¡Ya veremos!  No prejuzguen, señores, que no somos tan sinvergüenzas como los que han estado aquí anteriormente, y que, sin embargo, recibieron muchos elogios.
Yo pregunto aquí, ¿qué ladrón no ha recibido muchos elogios?  Yo pregunto aquí si a Batista nunca se le dedicó un elogio.  ¿Nunca?  ¡Óigame, hay que ver la cantidad de visitas que tuvo Batista, la cantidad de directivos que fueron allí a felicitarlo por estar vivo, la cantidad de “personalidades” que le dieron el abrazo alegrándose de que no lo hubieran liquidado y felicitándolo por aquella vida, y que viviera cincuenta años más y estuviera cincuenta años más aquí matando gente!
¡Señores, aquí ha habido mucho Tartufo y aquí ha habido mucho hipócrita en este país!  ¡Que se quiten la careta!
Nosotros no nos hemos metido ni siquiera con tantos descarados, porque nos hemos limitado aquí a los malversadores quitarles los bienes y a los criminales de guerra fusilarlos.  Pero ni nos hemos metido con tantos descarados como hay aquí, porque, ¡óigame, si vamos a ver la culpa que todos esos descarados tienen en la dictadura y en los crímenes que se han cometido, le advierto que el pelotón tendría que realizar una tarea grande, larga...!  (RISAS Y APLAUSOS.)  Casi casi no se terminaría aquí en un año de fusilar a la cantidad de gente culpable.  ¡Culpable, porque el que felicitó a Batista es un culpable, el que le “guataqueó” a Batista es un culpable, el que le dedicó elogios a Batista es un culpable, el que sirvió a Batista es un culpable!, porque sin esos servicios no se está allí ni tres días, ¿comprenden?  ¡No se está allí ni tres días!
La cuestión es que al dictador todo se lo soportaban.  Al gobierno democrático, revolucionario, que respeta todos los derechos —y que los respeta no porque esté débil, sino por convicción—, ¡ah!, le sacan los ojos, ¡le sacan los ojos!
Así que el problema que se presentaba aquí con lo de la Shell era idéntico.  Si pensábamos en el problema de los trabajadores y decíamos: “Cese el boicot” por beneficiar a los trabajadores, entonces la empresa, los intereses que a nuestro entender nos habían perjudicado iban a salir encantados.  Porque estaban dos intereses en conflicto: el de los trabajadores, el deseo de no perjudicar a los trabajadores, y el deseo de sancionar la responsabilidad del presidente de esta empresa.
La cuestión era buscar una solución.  Yo decía: Nosotros necesitamos de alguna manera un gesto en que el pueblo vea una compensación del daño que se hizo, un gesto que justifique pedirle al pueblo que cese el boicot.  Un gesto de Inglaterra, por ejemplo.  Inglaterra no lo ha hecho, no sabemos si lo hará; pero, bueno, Inglaterra sigue sin hacer el gesto y los 4 500 obreros nuestros siguen con su problema.
Entonces, los obreros me acaban de informar, y yo este problema más que decidirlo lo voy a poner a la consideración del pueblo.
Les he explicado cuál es la situación que tienen los trabajadores, porque es el pueblo el que tiene que decidir, el que tiene que decidir y el que va a decidir, con conocimiento de la situación de los obreros.  Yo les puedo dar mi criterio; pero aquí venimos a discutir ante el pueblo, para que el pueblo sea el que conozca este problema cómo es.
Entonces, se podían adoptar dos medidas: una de ellas, por ejemplo, intervenir la compañía —no iba a resolver el problema, porque el pueblo iba a decir:  “Bueno, la compañía está intervenida por algo, sigue el boicot”—, cumplir la ley, aplicarla, confiscar la compañía.  Bueno, no estamos preparados en estos momentos para una medida como esa.  Esa es la situación, y sería en este momento una medida antitáctica.
Seguíamos en el dilema, ¿cómo resolver el problema?  Entonces, la empresa tomó una medida: cambiar la gerencia que había aquí.  Desde luego, a Iglesias no había que cambiarlo, porque Iglesias estaba cambiado ya hacía rato, él no iba a estar aquí, de todas maneras estaba cambiado.  Pero se me informa que cambiar la gerencia.  Bien.  Pero otra medida se ofrece, y es equiparar los salarios de todos los trabajadores con las industrias que más salarios paguen.
He preguntado a los compañeros de la Shell a cuánto asciende esa equiparación.  Dicen que equivale, en los casos de salarios más bajos, a un aumento del ciento por ciento de los salarios, y en otros casos al 50% de los salarios.
Yo quiero saber si es a todos los obreros de la Shell en toda la isla (Le dicen que es en toda la isla).
¿Cuántos obreros?  (Le informan que 4 500.)
Son 4 500 obreros beneficiados por esa equiparación, que ya es algo.  Además, promete invertir 250 000 pesos para construir viviendas de los campesinos.
Como es ante el pueblo ante quien hay que razonar estos problemas, nosotros podemos, frente a esa situación, decidir aceptar o no aceptar, y entonces nos hacemos estas preguntas:  si no aceptamos, ¿qué hacemos?  Porque entonces tenemos que intervenir o que confiscar, cumplir la ley rebelde de confiscar la planta.
Intervenir, a mi entender, no resolvería el problema porque, ¿qué decimos?  ¿Intervenir para no confiscar?  ¿Qué ganamos? 
Decir: Bueno, intervenimos pero no confiscamos: Cómprese productos Shell.  Entonces, ¿quién va a tomar la ganancia?  Pues la tomará la compañía porque no está confiscada.
Si confiscamos la compañía, creo que asumiríamos una medida fuera de lugar en estos momentos.  Sería enfrascarnos en un conflicto grande cuando tenemos otros muchos conflictos delante.
Aquí hay que hablar con esa claridad.  Yo dije que la guerra la habíamos ganado diciendo la verdad.  ¡Y la Revolución la ganamos diciendo la verdad también!  
Si confiscamos ahora, la confiscación de esta compañía, el problema con Inglaterra, más la reforma agraria, el problema con todas las compañías poderosas, más otros muchos problemas, son más problemas de los que nosotros podemos cargar sobre nuestros hombros.  Hay que tener un sentido de las cosas; si fuera en otro momento, estaríamos con mayores ventajas para dilucidar este problema.
Pero yo digo que intervenir sin confiscar no resuelve nada, y confiscar sería crearle al Gobierno Revolucionario en este momento un problema grande en un momento no adecuado para ello.
Ese es el razonamiento.
Podré estar acertado o podré estar equivocado, que el pueblo sea el que analice; en definitiva, lo único que queremos es resolver el problema.
Luego en estas circunstancias, mi opinión —¡mi opinión!— es que —de haberse obtenido por parte de la compañía, que no fue la que vendió los aviones; la responsabilidad que tiene esta empresa es que fue su presidente quien participó en todo eso.  Se fue huyendo, al presidente de esta empresa le estamos recuperando los “ahorritos” que tenía por ahí en sus negocios en sociedad con Batista — si la empresa en compensación al daño moral ofrece el aumento del ciento por ciento de los salarios, en los casos de salarios más bajos, y el aumento del 50% aproximadamente en los salarios más altos, en 4 500 obreros; si la empresa ofrece un cuarto de millón de pesos en compensación para la construcción de viviendas campesinas, yo creo —mi opinión— que la mejor solución en ese caso es solicitar del Gobierno Revolucionario que derogue la ley del Ejército Rebelde donde se establecía la confiscación de los bienes .
Como la ley tiene vigencia, y sin embargo no se podría aplicar la ley a esta empresa y dejar de aplicarla a todas las demás empresas inglesas (el aplicar la ley aquí significaría que tenemos que aplicarla a todos los ingleses que están aquí, casi hasta a la embajada inglesa habría que confiscarla también), yo creo que aquella medida dictada por razones de orden táctico —no por motivos de orden de política social, sino dictada por razones de orden político circunstanciales— puede ser derogada. Y quien tiene las facultades para hacerlo es el Gobierno Provisional Revolucionario, derogar la ley contra la agresión inglesa al pueblo de Cuba.
Ya por lo pronto hemos logrado esto; y, además, según nos informan, existe por parte del gobierno inglés la disposición a darle una satisfacción al gobierno cubano.
Nuestra política es de amistad con los pueblos del mundo.  Y ahora, que no tenemos prejuicios ni complejos —porque somos libres, y tratamos con quien queramos y discutimos con quien queramos y le vendemos a quien queramos—, como ahora no tenemos complejos, pues si los ingleses nos quieren comprar mucha azúcar, le vendemos mucha azúcar también a los ingleses; y si nos quieren pagar un buen precio, pues mejor todavía que nos paguen un buen precio; y si nos quieren vender barcos mercantes para hacer una Marina Mercante, magnífico, que nos vendan barcos mercantes .
Moralmente es una victoria de la Revolución y del pueblo de Cuba este aumento del ciento por ciento de los salarios. Esta equiparación de salarios con los salarios más altos que pague cualquier industria es una victoria revolucionaria y una victoria del pueblo.
Moralmente las casas que vamos a construir a los campesinos con ese cuarto de millón de pesos serán también una victoria del pueblo; y moralmente, si logramos una satisfacción del pueblo inglés, o no del pueblo, del gobierno —porque en Inglaterra muchos hombres nos defendieron y es justo consignarlo, y el problema no era con el pueblo de Inglaterra, sino con el gobierno de Inglaterra—, será también una victoria.  Por lo tanto, mi opinión —y ya digo que es el pueblo quien tiene que decidir porque es el pueblo quien tiene que decir si cesa o no cesa en el boicot—, nuestra petición al pueblo, es que cese en el boicot, en atención sobre todo a los 4 500 obreros cubanos cuyos intereses están afectados; en atención a esas 4 500 familias que la mayor parte va a empezar a ganar el doble de lo que ganaba antes.
¡Magnífica victoria! ¡Magnífica victoria que demuestra que la industria puede pagar salarios más altos!  ¡Magnífica victoria que demuestra que la industria puede pagar salarios más altos a los trabajadores!
Este aumento de un ciento por ciento va a repercutir en otros sectores de la industria y va a beneficiar a mucho más de 4 500 familias, porque al duplicar su entrada muchos miles de familias, son más familias las que van a ir al cine, van a adquirir productos industriales y van a beneficiarse infinidad de sectores más.  Eso es lo que tenemos que hacer para echar adelante nuestra economía.
Mi recomendación aquí es esa, con plena responsabilidad.  Puesto que fui también el autor de la idea de la ley cuando lo necesitó el país, no tengo reparos en recomendar lo que en este momento creo lo mejor, ante el dilema de que o aceptamos esta solución, o vamos a medidas que en este momento le crearían grandes problemas al gobierno, que ya tiene muchos de por sí.
Dejaríamos ya resuelto el problema de 4 500 obreros cubanos, para ir a resolver el problema de otros muchos obreros de nuestro país.
Al mismo tiempo, debemos sumarnos a una demanda muy justa de otros obreros que trabajan en una industria similar.
Al llegar aquí me encuentro con un telegrama de los obreros de la Texaco, diciendo que ellos son también obreros que trabajan. Dicen:“ Nos adherimos acto confraternidad de obreros y empleados Shell. Aprovechamos oportunidad solicitar su apoyo para lograr nuestra equiparación con Esso y Shell por ser empresas petroleras iguales.  Empleados y obreros de Texaco, Santiago de Cuba”.
Ahora nos encontramos con que los obreros de la Shell ganan un salario alto y los obreros de la Esso, y resulta que nos encontramos que otros obreros que trabajan también, que son —como dicen ellos— obreros petroleros también, están ganando menos.  Eso no es justo; yo creo que la compañía Texaco debe de pagarles el mismo salario que les pagan la Esso y la Shell a sus trabajadores , no sea que el pueblo empiece a pensar que no vale la pena comprarle gasolina a una industria que les esté pagando salarios a los obreros inferiores a los demás.  Si la Shell y la Esso pueden pagar esos salarios, yo no veo por qué la Texaco no pueda pagarlos.
Y otra cosa que también tenemos que preguntarnos, ¿por qué los de la Sinclair no van a cobrar también los mismos sueldos que los de la Esso y los de la Shell?  
Lo justo es que los obreros de la Texaco y de la Sinclair, que son obreros petroleros, reciban los mismos salarios que de ahora en adelante van a recibir los de la Shell y los de la Esso.
Me parece más, me parece más: creo que esas compañías también debieran de invertir algo en hacerles casas a los campesinos.  Por lo menos, aunque no nos dieran para las casas para los campesinos, nos conformamos con que a los obreros les equiparen el sueldo, igual que en la Shell y en la Esso.
Ustedes verán que vamos a conseguir esa demanda sin huelgas, sin problemas.  Vamos a hacer nuestra campaña, y vamos a ayudar ahora a los obreros de la Sinclair y de la Texaco .
Hemos venido a tratar este problema ante ustedes y ante el pueblo, y esperamos que el pueblo, que es inteligente; el pueblo, que conoce nuestros problemas; el pueblo, que comprende que no podemos ahogarnos en estos instantes en un mar de dificultades y que tenemos que n   marchar adelante, comprenda, no sea que ciertos trusts vayan a beneficiarse precisamente en el sacrificio de los obreros de la Shell.
Lo que me interesa aquí —y lo digo sin que me quede nada por dentro, sinceramente—, lo que más me interesa, lo único que me interesa es el problema de los 4 500 trabajadores.  Y por eso estoy aquí, y por eso estoy tratando de ayudarlos a ustedes.
Creo que las soluciones ofrecidas nos permiten buscar una solución decorosa y beneficiosa para el país, ¡una solución decorosa y beneficiosa para el país!  Así que yo espero que en lo adelante quede completamente zanjado este problema y que podremos contar con la cooperación del pueblo, puesto que se ha planteado una cuestión muy justa.
Si queda el problema resuelto, pues tendremos la satisfacción de saber que hemos cumplido una vez más con nuestro deber ayudando a un sector como el de ustedes, que es un sector trabajador, revolucionario, que colaboró con el triunfo de la Revolución, ¡y justo es que reciban también los frutos de la Revolución!
FIDEL CASTRO RUZ

Fuente: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos

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