julio 12, 2012

Discurso de Fidel Castro en el acto celebrado frente al Palacio Presidencial para recibir a los milicianos que se encontraban en las trincheras (1961)

DISCURSO EN EL ACTO CELEBRADO FRENTE AL PALACIO PRESIDENCIAL PARA RECIBIR A LOS MILICIANOS QUE SE ENCONTRABAN EN LAS TRINCHERAS
Fidel Castro
[20 de Enero de 1961]

― Departamento de versiones taquigráficas del Gobierno revolucionario

Compañeros milicianos:
Los momentos de mayor tensión han pasado, y han de regresar ustedes a sus casas, donde los esperan sus familiares — en aquellas casas donde quedó algún familiar, porque nosotros sabemos de muchos casos en que el padre y todos los hijos marcharon a formar en su milicia, y solo quedaba la madre en casa. Esa madre los espera hoy, los esperan las esposas, los hermanos y los hijos.
Estarán impacientes por verlos de nuevo porque, cuando ustedes marcharon a ocupar sus puestos, en el ánimo de ellos quedaba la resignación y la conformidad de que iban a cumplir el deber, pero quedaba también la incertidumbre. Y hoy recibirán la alegría de verlos de nuevo.
Pero antes de regresar a sus casas, antes de regresar a sus hogares, el pueblo y el Gobierno Revolucionario querían tener esta reunión. Hemos tenido varias reuniones; dos veces se ha reunido el pueblo: el día 2 de enero, cuando ustedes desfilaron y continuaron hacia sus trincheras, y en días recientes, cuando los trabajadores volvieron a reunirse. Ambas veces faltaron ustedes; ustedes, los que no faltan cada vez que se convoca al pueblo. Y, sin embargo, aunque ustedes no estaban presentes, el pueblo vino y las plazas se llenaron. Se llenó la Plaza Cívica el día 2, y se llenó esta avenida hace apenas unos días. Por eso era necesario que también ustedes dijeran presente en la plaza pública.
El hecho de que en ausencia de ustedes se hubiesen llenado estos sitios, y el hecho de que hoy esta plaza se haya vuelto a llenar con la presencia de ustedes , demuestra cómo la Revolución puede reunir al pueblo: al pueblo que quedó trabajando en las fábricas y al pueblo que quedó vigilante en las trincheras ; y que cuando cualquiera de estas dos partes del pueblo se reúne, forma una gigantesca multitud; y que cuando ambas partes del pueblo se reúnen, no hay espacio para abarcar la multitud.
Es muy posible que todos los que estamos aquí presentes estemos contemplando un espectáculo único. Muchas veces hemos oído hablar del pueblo armado, pero posiblemente en nuestro continente — no posiblemente, sino con toda seguridad— por primera vez se reúne una multitud armada. Este acontecimiento de hoy sin duda que pasará a la historia, porque es la primera vez que todos nosotros, que muchos visitantes que todavía permanecen entre nosotros, han podido presenciar el espectáculo de una multitud armada.
Y la Revolución no ha querido hacer una ostentación de fuerza. ¿Para qué hacerla ahora? La Revolución sabía el número de hombres que estaban listos para defenderla; y hoy aquí todo el pueblo, los que estén presenciando este acto desde sus casas, todos nosotros los que lo presenciamos desde la tribuna, todos, menos ustedes mismos, porque no pueden observarse como nosotros desde aquí, estamos viendo por qué nuestra patria podía sentirse segura  , y estamos obteniendo una idea real de la fuerza de nuestro pueblo.
Nuestros enemigos, un día como hoy, podrán tener conocimiento de dos cosas: la fuerza de nuestras ideas y la idea de nuestra fuerza.
Hoy hemos arribado al día en que considerábamos el momento adecuado de iniciar la desmovilización. Nos sentimos satisfechos, muy satisfechos; y todos tenemos que sentirnos muy satisfechos de haber llegado a este día 20 de enero de 1961, sin que sobre nuestra patria hubiese caído el zarpazo traicionero. Hemos llegado hasta aquí sin invasores; hemos llegado hasta aquí sin haber tenido necesidad de usar nuestras armas contra los que planeaban la agresión.
Hoy, 20 de enero, puede decirse que nuestro pueblo vigilante alejó de sí el peligro; ¡hoy, 20 de enero, podemos decir que la patria está en pie y está entera! Lo que no podrá decirse hoy, 20 de enero, y lo que no podrá decirse nunca, es que ante el peligro de agresión los hombres permanecieran indiferentes; lo que no podrá decirse hoy, y lo que no podrá consignar la historia, jamás, es que un pueblo como el nuestro, ante el peligro que se cernía sobre la patria y sobre la Revolución, dejó de tomar todas las medidas necesarias para que ninguna sorpresa pudiera ensañarse contra nuestro pueblo, para que si nos agredían, a los hombres no los encontrasen durmiendo, sino despiertos y en guardia en las trincheras . Y lo que no podrá ocurrir jamás, es que ante cualquier peligro el pueblo deje de movilizarse (EXCLAMACIONES DE: “¡No!”).
Regresamos a nuestro trabajo, regresamos al seno de nuestras familias, y volvemos orgullosos, volvemos satisfechos de podernos entregar de nuevo al trabajo, pero no volvemos con miedo a las trincheras (EXCLAMACIONES DE: “¡No!”); no volvemos creyendo que todos los peligros han desaparecido; volvemos a nuestro trabajo y a nuestros hogares, pero estamos dispuestos a volver de inmediato a las trincheras, si de nuevo la patria se viera amenazada (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES DE: “¡Fidel, Fidel!” Y DE: “¡Venceremos, Venceremos!”).
Al haber arribado al 20 de enero con la patria y la Revolución intactas, el pueblo ha ganado una batalla más (EXCLAMACIONES DE: “¡Venceremos, Venceremos!”). Los círculos guerreristas y agresivos del imperialismo han perdido uno de sus mejores momentos. Forzosamente los días venideros tienen que ser distintos; forzosamente los días venideros han de ser menos riesgosos para nuestra patria y menos riesgosos para el mundo.
Sin que pueda predecirse el futuro, y por lleno de incertidumbres e imponderables que pueda venir el futuro, de ninguna forma para nuestro país y para el mundo los días venideros pueden estar tan cargados de peligros, tan cargados de presagios bélicos, como los días que ha estado viviendo durante los últimos meses la humanidad entera.
Pero esto no quiere decir que nosotros debamos olvidar ahora nuestros preparativos para defender a la Revolución y para defender al país. Estos días nos han servido de una gran experiencia; hemos adquirido experiencia, y hemos podido conocer nuestra fuerza, pero hemos podido conocer también nuestras debilidades; hemos podido comprender lo mucho que hemos avanzado en ese orden, pero hemos podido comprender, también, lo mucho que nos falta todavía; hemos podido conocer la capacidad que ha adquirido nuestro pueblo para organizarse y para defenderse, pero hemos podido comprender, también, todo lo que necesitamos todavía para llegar a un grado mayor y a un grado posible de perfeccionamiento en nuestros medios y sistemas de defensas y en la capacitación del pueblo.
Estos días han requerido esfuerzos extraordinarios. Hubo instantes en que fue necesario movilizar todas las armas, incluso aquellas armas que todavía no tenían personal entrenado para ella. Fue necesario hacer artilleros en 24 horas, fue necesario llamar a los estudiantes becados y a los maestros voluntarios, porque quedaba todavía un gran número de piezas de artillería que no tenía personal, y comenzar a las 12:00 de la noche, y a la luz de linternas, las enseñanzas de artillería para esos compañeros. Porque entendíamos que existiendo peligro para el país no debía quedar una sola arma guardada, no debía quedar ni un solo rifle, ni un solo cañón en los depósitos de armas, porque si bien es cierto que determinadas armas exigen un aprendizaje largo, en los momentos de peligro para la patria, en los momentos de gran tensión y en los grandes momentos de las grandes revoluciones, los pueblos son capaces de aprender, en cuestión de horas, lo que en otras circunstancias requeriría meses.
Y en estos días se puso a prueba todo el dinamismo de nuestro pueblo, se pusieron a prueba todas las virtudes de nuestro pueblo, se puso a prueba la Revolución entera. Y, en realidad, podemos decir que nuestro pueblo y nuestra Revolución salieron airosos de esa prueba. Fuimos capaces de hacer lo que parecía muy difícil y, a pesar de la urgencia del esfuerzo, fue movilizado el pueblo y, sin embargo, no fue paralizada la vida civil del pueblo. Las trincheras se llenaron de hombres y, sin embargo, las fábricas no se paralizaron.
Hemos sido capaces de hacer lo que lucía casi imposible, y esto nos ha enseñado una cosa: que el pueblo lo puede todo, que el pueblo es capaz de las más increíbles hazañas, y que solo el pueblo es capaz de realizar proezas semejantes, y que solo el respaldo del pueblo es capaz de lograr empresas tan difíciles. ¡Solo cuando el pueblo es una sola alma, solo cuando el pueblo es una sola idea, solo cuando el pueblo es un solo ideal, solo cuando el pueblo es un solo amor a una causa muy grande, estas cosas son posibles!
¡Solo cuando el pueblo tiene una conciencia de sus destinos, solo cuando el pueblo está defendiendo derechos muy sagrados, es posible que se produzcan hechos como los que hemos visto en estos días, se realicen empresas como las que se han realizado en estos días! ¡Solo cuando un gran pueblo está realizando una gran revolución es posible observar ese hecho extraordinario de que hoy se reúna una multitud desarmada y mañana se vuelva a reunir una multitud del mismo tamaño, con armas, como ha ocurrido hoy!
Y solo cuando una revolución, en medio de los grandes obstáculos que ha tenido nuestra Revolución, los grandes obstáculos que significaban la presencia y la influencia del imperialismo tan cerca de nosotros; solo cuando se cuenta con un pueblo tan formidable como este, solo cuando una causa está defendida por un conglomerado humano, como es el conglomerado del pueblo cubano, es decir, un pueblo que no es más ni es menos que otros pueblos, porque nadie tendría derecho a habernos juzgado por lo que padecimos hasta hace pocos años, nadie tiene derecho a habernos juzgado por lo que habíamos tenido que soportar. Hasta hace pocos años éramos uno de los tantos pueblos oprimidos, explotados y colonizados y, sencillamente, hoy no lo somos, como mañana no lo serán tampoco los demás pueblos oprimidos y explotados.
Somos, sencillamente, un pueblo que ha sabido estar a la altura del momento que vive, un pueblo que ha sabido estar a la altura de la obra que realiza, y un pueblo que cuando fue necesario pudo sacar de sí todo lo que tenía de heroico, todo lo que tenía de tenaz, todo lo que tenía de valiente, todo lo que tenía de noble, todo lo que tenía de bueno, para poder resistir todos los peligros y para poder enfrentarse a todas las eventualidades.
Nuestra Revolución lleva ya dos años y veinte días de vida y es realmente increíble el esfuerzo que ha sido necesario realizar, es realmente increíble el número de veces que nos hemos tenido que reunir, el número de veces que hemos tenido que desfilar, el número de veces que hemos tenido que poner en tensión todas nuestras fuerzas para defender lo que estamos haciendo. Es verdaderamente increíble la energía que ha tenido que desplegar la nación cubana. Pero eso no ha servido para debilitarnos; así como las largas marchas y las noches de insomnio no debilitan al soldado, sino que lo hacen más fuerte y lo hacen más aguerrido; así como los momentos de peligro no debilitan al soldado, sino que lo hacen más aguerrido; así también el esfuerzo enorme que hemos tenido que realizar en estos dos años y veinte días, y los peligros que hemos tenido que atravesar en estos dos años y veinte días nos han hecho más fuertes, nos han hecho todo lo fuerte que somos hoy, nos han convertido en un pueblo fuerte, en un pueblo aguerrido, en un pueblo, incluso, que ha alcanzado un progreso y una organización tal que nos hace diferentes de lo que nosotros mismos éramos hace apenas dos años y medio.
Por eso, este minuto es un minuto de recuento, no un minuto de recuento de la obra de la Revolución. Hace breves días hablábamos aquí de los beneficios que la Revolución había traído a tantos y tantos sectores de nuestro país; es un minuto de recuento, no pensando en el pasado, sino pensando en el futuro; es un minuto de análisis. El futuro no es fácil de predecir, y nadie puede predecir con exactitud el futuro. Del futuro hay algunas cosas que pueden decirse a ciencia cierta, del futuro puede decirse, por ejemplo, que el colonialismo desaparecerá del mundo; del futuro puede afirmarse, con toda seguridad, que el imperialismo desaparecerá también de la faz de la Tierra; del futuro puede decirse que la humanidad seguirá adelante; del futuro y de la humanidad puede decirse también que vencerán.
La humanidad está llena de grandes y nobles esperanzas; su progreso no lo podrá detener nada, ni nadie. El trabajo de los pueblos es precisamente eso: lograr la realización de esas grandes aspiraciones. La aspiración de un pueblo hoy no es solo la aspiración de ese pueblo, la aspiración de un pueblo encarna las aspiraciones de todos los demás pueblos; lo que hoy interesa a un pueblo, interesa a todos los pueblos del mundo.
La paz, por ejemplo, es el gran anhelo hoy de todos los pueblos del mundo y, entre ellos, nuestro pueblo. La palabra paz no adquiere un sentido real en la idea de los hombres, y en la idea de los pueblos, sino cuando se han tenido que vivir minutos como los que hemos vivido nosotros; y el sentimiento de paz ha crecido en los últimos años en todo el mundo, en la misma medida en que el mundo se ha visto en peligro de la catástrofe de una guerra atómica.
Los que han estado exponiendo al mundo a los peligros de una guerra atómica no son precisamente los que desean para la humanidad una vida mejor; no son precisamente los pueblos que quieren cosechar el fruto de su esfuerzo; los que han estado poniendo en peligro la paz del mundo no son los que luchan por ideales mejores para la humanidad, sino precisamente aquellos que luchan por mantener a la humanidad en el atraso, por mantener a la humanidad en la explotación, por mantener a los pueblos en el coloniaje.
No han sido los que quieren una vida mejor para el mundo y que, por lograr ese noble ideal, estuviesen dispuestos a llevar al mundo a una guerra, no. Los que saben que la humanidad marchará inexorablemente adelante; los que saben que el destino de la humanidad es irreversible e irrevocable; los que saben que la humanidad logrará liberarse totalmente de los grandes males que la han agobiado, que la humanidad logrará liberarse de toda la explotación a que se ha visto sometida durante siglos, a que se han visto sometidos continentes enteros durante centurias; los que saben que la humanidad, más tarde o más temprano, vencerá, su mayor deseo es que la humanidad logre alcanzar esas justas y grandes aspiraciones, sin los terribles e incalculables sufrimientos de una guerra, de una guerra atómica universal.
En cambio, aquellos que están seguros de que su mundo va hacia la extinción; aquellos que están seguros de que sus privilegios, de que los derechos de opresión y de explotación que se han abrogado, sobre naciones enteras y aún sobre continentes enteros, van a desaparecer inexorablemente; los que comprenden que la historia está contra ellos; los que comprenden que el mundo está cada día más contra ellos, son los que no se resignan al curso del destino de la humanidad, son los que no se resignan al curso inexorable de la historia, son los que, en vano intento de evitar lo inevitable, en vano intento de alterar lo inalterable, los que, en vano intento de evitar que la humanidad cumpla sus destinos y realice sus aspiraciones, ponen al mundo constantemente en peligro de guerra, ponen al mundo constantemente en peligro de catástrofe.
¿Por qué no quieren la paz?, ¿por qué no quieren dejar transcurrir la vida de la humanidad? Sencillamente, porque saben cuál será el resultado inevitable y, locamente, sueñan con poder evitar esos resultados, aunque sea a costa de asesinar a la humanidad. Y, antes de resignarse a la derrota inevitable, quisieran hacer desaparecer al hombre de la faz de la Tierra; antes de pensar que lo que debe desaparecer de la faz de la Tierra son los derechos de explotación y de coloniaje, y no el hombre, no se resignan a comprender que lo que debe sobrevivir no es el coloniaje, la explotación, sino el hombre.
Esta realidad la comprenden los pueblos cada día mejor. Es una realidad que solo aquellos cuyos entendimientos estén completamente intoxicados de mentiras y de falsedades, o de prejuicios, solo las mentes incapaces de razonar lo más mínimo, dejarían de comprender que estas son verdades de la humanidad, y dejarían de comprender quiénes son los que quieren que en el mundo haya paz y quiénes son los que no se resignan a renunciar a sus ilegítimos privilegios, y que prefieren que la humanidad haya vivido años de peligro, como los que ha estado viviendo últimamente.
Los pueblos despiertan, los pueblos abren los ojos. No solo abrimos los ojos nosotros, hace rato que en Asia los pueblos venían abriendo los ojos, ¡hace rato que en Africa los pueblos venían abriendo los ojos!
Es posible que, en medio de una influencia tan directa de la propaganda imperialista sobre nosotros, hayamos sido, hasta años recientes, uno de los pueblos de ojos más cerrados de este continente. Y, sin embargo, nos tocó también a nosotros nuestro turno: hemos abierto los ojos, y somos hoy uno de los pueblos de ojos más abiertos en este continente Y, detrás de nosotros, los demás pueblos hermanos de América, ¡están abriendo los ojos! El mundo entero abre los ojos, el mundo entero comienza a darse cuenta.
Cosas que hoy son verdades para nosotros indiscutibles, eran ignoradas hasta muy recientemente. ¿Quién no comprende hoy el fenómeno del colonialismo?, ¿quién no comprende hoy el fenómeno del imperialismo?, ¿quién no comprende lo que, por ejemplo, nosotros éramos explotados aquí? ¿Quién no comprende hoy que nuestras riquezas eran sustraídas por manos extranjeras?, ¿quién no comprende hoy lo injusta que era la miseria en que vivían nuestros campesinos?, ¿quién no comprende que nuestro país era un juguete de los monopolios?, ¿quién no comprende hoy que nuestra patria no contaba para nada?, ¿quién no comprende que la voluntad nacional no contaba para nada?, ¿quién no comprende que nuestro pueblo era un instrumento y un juguete de esos intereses?, ¿quién no comprende que no éramos nada?, ¿quién no comprende que nos explotaban miserablemente, que nos explotaba el monopolio extranjero, y que nos explotaba el terrateniente, que nos explotaban los especuladores, que nos explotaban los discriminadores, que nos explotaban los explotadores?
Hoy lo vemos claro, y así también cada día lo ven más claro los pueblos. Afortunados podemos considerarnos los cubanos, que entre 200 millones de latinoamericanos hemos sido los primeros en comprender estos problemas; hemos sido los primeros en emprender un camino propio, en emprender un camino libre; hemos sido los primeros en romper las cadenas; hemos sido los primeros en ser verdaderamente libres; hemos sido los primeros en poder actuar de acuerdo con nuestros intereses, sin tener que pedirle permiso a Washington.
Washington influye en el destino del mundo, no puede dudarse. Las cosas que se hacen desde Washington interesan a la humanidad, porque la humanidad es afectada por las cosas que se hacen desde Washington. Y desde Washington han puesto a la humanidad, reiteradamente, muy cerca de la guerra; han puesto a la humanidad, muy reiteradamente, cerca de la catástrofe de una guerra atómica. Las cosas de Washington interesan, pues, a la humanidad.
A una parte de los gobernantes del mundo les interesan, además de las cosas de Washington, las órdenes de Washington. Washington ha sido una preocupación para la humanidad por sus hechos y por sus órdenes. A muchos pueblos no nos preocupan ya las órdenes de Washington, aunque a todos los pueblos nos preocupan los hechos de Washington, porque los hechos de Washington tienen mucho que ver con la paz del mundo; los hechos de Washington tienen mucho que ver con la gran aspiración del mundo. Por eso, a toda la humanidad le preocupa los hechos de Washington.
Y de Washington han estado viniendo todas las agresiones a nuestra Revolución y a nuestro pueblo; de Washington vinieron las agresiones económicas; de Washington vinieron las campañas de descrédito contra nuestro país; de Washington vinieron las amenazas; de Washington venía la ayuda a los criminales de guerra y a los contrarrevolucionarios; de Washington vinieron las directrices para organizar ejércitos mercenarios; de Washington vino la complicidad con los aviones que quemaban nuestras cañas o atacaban nuestros pueblos; de Washington han estado viniendo todos los males, han estado viniendo todos los peligros y han estado viniendo todos los hechos que interfieren nuestro derecho a trabajar, nuestro derecho a construir, nuestro derecho a progresar y nuestro derecho a vivir.
Y los últimos días de quien fue hasta hoy Presidente de Estados Unidos (EXCLAMACIONES DE:“¡Fuera!”), constituyeron para nuestro país una verdadera pesadilla, puesto que nuestro pueblo esperaba el zarpazo como lógico colofón de toda la cadena de agresiones anteriores; porque nuestro pueblo sabía del odio que hacia nuestra Revolución sentían los círculos guerreristas y agresivos de Washington; porque nosotros sabíamos la soberbia que emanaba de la impotencia frente a nuestra Revolución; porque sabíamos el rencor que emanaba de los fracasos en los intentos de destruir nuestra Revolución; porque sabíamos que no se resignaban a perdonarle a nuestro pueblo que fuese libre, a pesar de ellos, y que fuese libre incluso contra ellos. Y esos días fueron días de extraordinario riesgo.
¿Qué hecho decide la desmovilización? La desmovilización la decide el cambio que acaba de tener lugar en la administración de Estados Unidos. ¿Qué quiere decir esto? Esto es lo que nosotros debemos analizar. ¿Quiere decir que los peligros han desaparecido para nosotros?, no; ¿quiere decir que los problemas del mundo se han resuelto?, no; ¿quiere decir que se haya producido un cambio sustancial en la vida de Estados Unidos?, no; ¿quiere decir que el imperialismo haya desaparecido?, no; ¿quiere decir que las grandes corporaciones económicas, que los grandes monopolios, que la gran prensa al servicio de esos intereses, que las poderosas fuerzas militares del imperialismo, hayan dejado de tener una importancia vital en las decisiones del gobierno de ese país?, no. Nada de eso quiere decir. El cambio de administración que ha tenido lugar en Estados Unidos solo significa una ligera esperanza de la humanidad de que el gobierno de ese país rectifique, si no todos, por lo menos una parte de los grandes desaciertos y de los grandes errores de la administración anterior.
¿Cuál es la magnitud de esa esperanza? Es pequeña esa esperanza, pero, como toda esperanza, es difícil de medir. Cuando la humanidad tiene tan extraordinaria necesidad de paz, cuando los pueblos tienen tan extraordinaria necesidad de que se les deje trabajar, cualquier esperanza, por pequeña que sea, es siempre una esperanza; por pequeña que sea, siempre se puede llamar una gran esperanza. No importa sino la magnitud de la necesidad, y la humanidad tiene una necesidad muy grande de paz. Por eso, una pequeña esperanza se vuelve, dada la gran necesidad de paz, en una gran esperanza.
Explicado así el problema, podemos decir que el mundo está hoy como estamos nosotros: todo el mundo hoy espera, todo el mundo espera por la actitud de la nueva administración de Estados Unidos. Todos los que en el mundo razonan, todos los que en el mundo piensan honestamente, creen que resultaría absurdo que los gobernantes de ese país continuaran por el camino desacertado y absurdo de la administración anterior. Los que en el mundo razonan y se preocupan por los destinos de la humanidad, piensan que lo más lógico es que no se continúe por el camino anterior, y que se emprenda una política distinta.
Por eso, en medio de los grandes obstáculos que una nueva política tendría en Estados Unidos, obstáculos que se opondrán firmemente a toda rectificación, es lógico esperar que haya rectificaciones, puesto que el dilema es este: o se rectifica, o llevan la humanidad al abismo; o se rectifica, o van hacia la catástrofe.
Hoy ha hablado el nuevo Presidente. Su discurso tuvo algunos aspectos positivos, pero nosotros ante sus palabras, que aceptamos en lo que tienen de positivas, y que vemos con agrado aunque sea una sola palabra que se aparte de la política soberbia y odiosa de su predecesor, sobre todo, cuando contenga un tono y un lenguaje distinto; sobre todo, cuando se dirija a hablarle a la opinión pública de Estados Unidos, porque uno de los problemas más graves de lo que ocurre en Estados Unidos, es que la opinión pública ha sido una opinión sometida incesantemente, durante años, a verdaderos barrages de propaganda falsa, a verdadero barrage de veneno y de mentira, a verdadero barrage de histeria. Y que lo primero que tiene por delante quien se proponga emprender la menor rectificación en ese país, es una opinión pública confusa, una opinión pública que ha sido llevada a la histeria, una opinión pública que ha sido llevada a la desesperación, y que la primera tarea que tiene por delante es dirigirse a esa opinión pública y abrirle los ojos a esa opinión pública.
Nosotros comprendemos que es una tarea difícil, y que es una empresa de hombres que estén hechos a la medida de las circunstancias enfrentarse a las grandes mentiras, y hablarle a la opinión pública con absoluta honestidad, hablarle al pueblo con honestidad. Quien sea capaz de hablarle al pueblo con honestidad, quien sea capaz de decirle al pueblo la verdad, sin temor, siempre logrará que el pueblo reaccione, siempre logrará que la opinión pública lo comprenda.
Imagino la tarea de quien se proponga decirle la verdad al pueblo de Estados Unidos; imagino la difícil tarea de quien se proponga hacer razonar a esa opinión pública, opinión pública que durante años y años ha estado bajo el diluvio incesante de la propaganda, que ha estado bajo el barrage de todas las películas, de todas las grandes revistas, de todas las grandes cadenas de radios y de televisión, en una verdadera competencia de falsedades, en una verdadera competencia de histeria; imagino cuán difícil sea hacer razonar a esa opinión.
Nosotros creemos que es una opinión capaz de reaccionar, pero que quien se proponga hacerla reaccionar, tendrá que optar entre ceder a las grandes presiones, a los grandes obstáculos, o decidirse valientemente a enfrentarlos todos. De los hombres que se enfrenten valientemente a los obstáculos, de los hombres que tengan el valor de hablarle al pueblo la verdad honestamente, de los hombres que sean honestos y francos con el pueblo, será siempre la victoria por encima de todas las presiones y por encima de todas las mentiras.
Pero para eso hay que ser hombre que tenga el valor de la verdad, hombres que no les teman a la verdad. Y la tarea de decirle la verdad al pueblo de Estados Unidos, es una tarea dura y una tarea difícil. Por eso, cualquier palabra que se dirija hacia el pueblo, para tratar aunque solo sea de dejar entrever un rayo de luz, siempre será bien recibida por los hombres que se preocupan sinceramente del destino de los pueblos y del destino de la humanidad.
Por eso estamos en un terreno lleno de imponderables, estamos en un terreno inseguro. Nosotros, los cubanos, no queremos prejuzgar, ni queremos juzgar. Nosotros, los cubanos, sabremos esperar, y sabremos esperar con calma. A nosotros no nos invadió nunca el odio, a nosotros no nos invadió nunca la histeria, aun cuando sobre nuestras cabezas se cernía el tremendo peligro que implicaría el golpe de un enemigo tan poderoso; aquí nadie perdió la calma, aquí nadie perdió la serenidad, aquí nadie perdió la sonrisa.
Cuando nos veíamos muy cerca de una partida en que lo que estaba de por medio eran los grandes intereses de la nación, en que lo que estaba de por medio era, quizás, la vida de cientos de miles de nuestros compatriotas, en que lo que estaba de por medio era la vida de decenas y de cientos de miles de hombres como ustedes, cuando todo eso se nos presentaba como una posibilidad, a pesar de que nuestras fuerzas no podían medirse materialmente con las fuerzas del invasor, sin embargo, aquí nadie perdió la calma ni perdió la sonrisa. Nosotros teníamos la fuerza de nuestra razón, la fuerza de nuestra moral, la fuerza de nuestro derecho, la fuerza que nos daba saber que estábamos defendiendo lo nuestro, que nos daba saber que estábamos defendiendo algo muy justo y muy sagrado. Eso nos daba confianza en que nosotros podríamos resistir cualquier golpe.
Y aquí, dos fuerzas, la fuerza de nuestro pueblo y la fuerza de la solidaridad del mundo, se dividían para parar la agresión contra nosotros. Son esas dos fuerzas que se complementan, porque la solidaridad no significaría nada sin nuestra propia fuerza, y nuestra propia fuerza necesita de la solidaridad de los demás pueblos; nuestra fuerza no es la sola fuerza de nuestra razón, nuestra fuerza es también la fuerza de la razón de los demás pueblos del mundo.
Pero el golpe vendría sobre nosotros, nosotros tendríamos que soportar el golpe, nosotros tendríamos que afrontar el impacto y, sin embargo, nadie perdió ni la calma ni la sonrisa. Y frente a la histeria nosotros hemos aprendido a sonreír; frente a la amenaza nosotros hemos aprendido a sonreír; frente al peligro nuestro pueblo ha aprendido a sonreír en medio de los grandes riesgos, y en momentos de grandes convulsiones, nuestro pueblo ha sabido tener calma. Por eso, nuestro pueblo, que ha aprendido todo esto, frente al cambio que ha tenido lugar en el gobierno de Estados Unidos, espera con calma, sin histeria, sin odio, sin impaciencia.
El Presidente que acaba de tomar posesión, dirigiéndose al mundo, hablaba de empezar de nuevo. Bien. Nosotros por nuestra parte decimos también: vamos a empezar de nuevo. Nuestra actitud será de espera, de espera por los hechos, porque los hechos siempre son más elocuentes que las palabras. Nuestra actitud no será una actitud de resentimiento. Nosotros hemos podido llevar adelante nuestra Revolución, nosotros marchamos adelante victoriosamente, nosotros no podemos albergar, pues, resentimientos. Nuestra actitud no es, ni será nunca, una actitud de temor; nosotros no tememos absolutamente nada. Nuestra actitud no será nunca una actitud interesada; ¡nosotros del imperialismo nunca interesaremos absolutamente nada! Nuestra actitud será la actitud de todos los demás gobiernos y pueblos del mundo: una actitud de espera por los hechos; de nosotros no partirán ataques gratuitos, de nosotros no partirán, gratuitamente, actos hostiles.
Bueno es, para comprender nuestra actitud, el que se sepa que a nosotros, en estos instantes, no nos preocupan solo los problemas de Cuba, sino los problemas del mundo; no nos preocupa solo la paz para nuestro país, sino la paz para todos los pueblos del mundo; no nos preocupa solo la necesidad de paz que tiene Cuba, sino la necesidad de paz que tienen también todos los gobiernos y pueblos amigos de Cuba. Y, en cierto sentido, en gran medida los problemas nuestros han preocupado a esos pueblos y a esos gobiernos, en cierto sentido estaban corriendo los mismos riesgos que nosotros, es decir, los riesgos de la guerra; han estado corriendo nuestra propia suerte, se han estado jugando su obra y sus triunfos, a la obra y al triunfo nuestro.
Por eso, nosotros no pensamos, en estos instantes, en los mezquinos términos de los intereses exclusivamente nacionales; pensamos, con sentido amplio, en los intereses no solo de nuestro país, sino de todo el mundo. Es posible que los mezquinos y miserables vendepatrias y contrarrevolucionarios, es posible que las plumas mercenarias que escriben en Estados Unidos entiendan que nosotros tengamos preocupaciones de tipo nacional, es posible que crean que nos preocupan los esbirros, es posible que crean que nos preocupan los contrarrevolucionarios. Si ellos quieren encontrar un consuelo en creer eso, pues, ¡que les vaya bien ese consuelo! Nuestra única preocupación es la preocupación de que el mundo pueda marchar por senderos de paz; lo mismo que nuestros problemas afectan al mundo, los problemas del mundo nos afectan a nosotros. Hoy no hay solución de problemas aislados en ninguna parte del mundo, hoy cualquier problema, en cualquier continente, puede afectar a todo el mundo e interesa a todo el mundo.
A nosotros nos preocupan los problemas del Congo, y a nosotros nos preocupan los problemas de Argelia, y a nosotros nos preocupan los problemas de Lao. Y cualquier conflicto, cualquier conflicto en cualquier país del mundo, por la lucha de los pueblos, por su libertad y su independencia, nos interesa y nos preocupa, y le preocupa a todo el mundo, porque el mundo es hoy, realmente, mundo; el mundo es hoy mundial. Antes el mundo no era mundial, los problemas de un continente no afectaban a otros continentes, los problemas de un país no afectaban a otro país. En estos tiempos que vivimos, los problemas de cualquier país afectan a toda la humanidad; por eso, toda la humanidad se ve en la necesidad de encontrar fórmulas que resuelvan sus problemas, es decir que resuelvan el mayor número de problemas posible, si no fuese posible resolver todos los problemas.
Nosotros tenemos por delante mucho trabajo, nosotros tenemos que trabajar duro. Mañana ustedes regresan a sus centros de trabajo. Con la cantidad de trabajo que tenemos por delante, con la cantidad de tareas que debemos realizar, nosotros nos interesamos por la paz, nos interesamos por poder realizar todas esas tareas; a nosotros, los contrarrevolucionarios no nos quitan ningún sueño; nosotros tenemos necesidad de trabajar, nosotros queremos trabajar, nosotros tenemos necesidad de que nos dejen en paz, nosotros no queremos favores de ninguna clase. Y nosotros tenemos un favor seguro, que es el favor que obtenemos con nuestro trabajo; nosotros no queremos riquezas de ninguna clase. Nosotros tenemos una gran promesa de riqueza, que es la riqueza que va a producir nuestro pueblo con su esfuerzo ; nosotros tenemos un gran porvenir delante, todos ustedes, sus esposas, sus hijos, todo el que quiera juntar sus brazos en esta tarea de hacer una patria verdadera y una patria grande; un gran porvenir espera a todos los que sientan con el pueblo, a todos los que sientan con la patria: el porvenir que estamos creando, el porvenir que estamos haciendo y sobre el cual tenemos absoluta seguridad.
Cada día marcha la Revolución por senderos más firmes, con paso más seguro; cada día comprendemos mejor los problemas, cada día trabajamos mejor, y eso nos brinda la imagen de un porvenir risueño. Nosotros queremos alcanzar ese porvenir, nosotros no esperamos de nada más que de nuestro esfuerzo ese porvenir. Lo digo por si creyeran los enemigos de nuestra Revolución que tenemos problemas de tipo económico. Nunca nuestro país ha tenido menos problemas de tipo económico, nunca nuestro país ha tenido tanta gente trabajando , nunca nuestros campos han visto tantas manos dedicadas amorosamente a hacerlos producir, nunca se han visto tantos sembrados, nunca se ha visto tanta maquinaria en nuestros campos, nunca se ha visto al pueblo tan febrilmente dedicado a trabajar y a crear, nunca se ha visto a los hombres y a las mujeres tan enamorados de la obra que están haciendo (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES DE:“¡Fidel! ¡Fidel!”).
Nosotros no tenemos ni tendremos problemas económicos de ninguna índole; nosotros no esperamos de Washington ningún favor ni ninguna ayuda económica. Nosotros sabemos y hemos aprendido que cualquier empresa que nos propongamos, la podemos realizar; nosotros sabemos que para nuestro pueblo no hay nada imposible; nosotros sabemos que nuestro pueblo es capaz de las más extraordinarias metas; nosotros confiamos, pues, en nosotros, y nosotros lo esperamos todo de nosotros.
Ese es nuestro ánimo, es el ánimo de ustedes y el ánimo de todos nosotros, que es el mismo ánimo. Por eso, nuestras palabras y nuestra actitud es una actitud enteramente honesta; no nos hacemos ilusiones de ninguna manera, adoptamos una postura objetiva ante las realidades. Adoptamos una actitud de espera: ni nos engañamos ni engañamos a nadie, ni concebimos falsas ilusiones ni se las hacemos concebir al pueblo; analizamos los problemas con la serenidad de quien lo mismo afronta una situación que afronta otra situación, de quienes se alegran de que las perspectivas sean perspectivas de paz, ¡y de quienes no se acobardan de que las perspectivas fuesen perspectivas de riesgo y de peligro!
Nosotros esperaremos, esperaremos por los hechos. La palabra no la tenemos nosotros, la palabra la tienen los nuevos gobernantes de Estados Unidos. Allí en Miami hay campos de mercenarios que están siendo instruidos descaradamente por técnicos de Estados Unidos (EXCLAMACIONES DE: “¡Fuera! ”); allí están los criminales de guerra actuando abiertamente; allí tienen sus bases; de allí han salido muchas veces los aviones que han atacado nuestras costas. En Guatemala, en Swan y en otros sitios del continente están las fuerzas de mercenarios que organizó la administración de Eisenhower (EXCLAMACIONES DE: “¡Fuera!”). Y están ahí, están ahí.
Constantemente han estado cayendo armas en paracaídas sobre nuestras montañas, para tratar de reforzar a elementos contrarrevolucionarios; las pandillas de mercenarios están acuarteladas en distintos puntos alrededor de Cuba; hay armas yanquis en manos de grupos contrarrevolucionarios, que se quisieron aprovechar de estos días para crear focos de guerrillas, ¡armas yanquis con las que han asesinado incluso a maestros voluntarios que hemos mandado a enseñar a los niños! (EXCLAMACIONES DE:“¡A buscarlos!”)
El enemigo ha empleado distintas tácticas. En ocasiones, el imperialismo acarició la idea de un ataque directo; en ocasiones llegó a planear el ataque directo. La actitud siempre vigilante de nuestro pueblo, la denuncia siempre oportuna ante la opinión pública mundial, la movilización efectiva de la fuerza de nuestro pueblo, ha parado más de una vez esos planes. Y nosotros, no nos hemos preparado para combatir contra invasiones de mercenarios, que no requieren tantos combatientes; nos hemos preparado para resistir el ataque directo.
En ocasiones, el imperialismo ha preferido la táctica de organizar expediciones de mercenarios, y ha estado muy cerca de lanzarlas contra nuestras costas. La movilización del pueblo, el conocimiento que han tenido de nuestra fuerza, los ha paralizado más de una vez. En ocasiones, el imperialismo ha mostrado su preferencia por el terrorismo; y así, ustedes son testigos del auge que adquirieron las actividades de agentes terroristas pagados por el imperialismo.
Pero en la misma medida en que el pueblo se ha organizado y se ha armado, el imperialismo teme a un choque frontal de sus fuerzas contra nosotros, contra nuestras unidades organizadas y disciplinadas, contra el tremendo poder de fuego de nuestros batallones y el fuego mortífero de nuestra artillería; temen situar 4 000 o 5 000 hombres concentrados bajo el fuego de nuestros cañones; temen, en fin, un choque frontal de sus mercenarios contra el pueblo. Y, por eso, el imperialismo en ocasiones ha preferido la táctica de tratar de formar grupos guerrilleros y últimamente ha realizado grandes esfuerzos en ese sentido, e infinidad de veces ha lanzado la consigna de alzarse a los grupos de esbirros y de contrarrevolucionarios y les han enviado armas.
Los grupos de mercenarios han sido entrenados en táctica de guerrillas. Temiendo las consecuencias de un choque frontal, el imperialismo ha ideado también como táctica la táctica de crear focos de perturbación en distintos lugares de la isla. Ustedes vieron, por ejemplo, como hace dos noches llegaron tranquilamente al puerto de La Habana seis mercenarios norteamericanos (EXCLAMACIONES DE:¡Paredón!”) que, como se ha sabido, declararon tranquilamente que iban para Pinar del Río a alzarse.
Así que comprenden las consecuencias de concentrar su fuerza mercenaria en cualquier lugar de nuestra costa y, al parecer, tratan de situarla en pequeños grupos, en distintos sitios de Cuba. Y a esa táctica han estado acudiendo con preferencia durante las últimas semanas.
Es decir que nos libramos de la agresión directa y tenemos la amenaza de los mercenarios organizados; nos libramos del peligro de una invasión, y tenemos la amenaza del terrorismo; nos libramos del terrorismo, y tenemos la amenaza de la creación de una serie de focos aislados para evitar el choque frontal, utilizando para ello los mercenarios con que cuentan aquí y los mercenarios que están entrenando desde hace meses en tácticas de guerrillas.
Nosotros debemos declarar aquí, con las conclusiones que se puedan sacar de ello, que Cuba es el único país de América... la Revolución Cubana, el Gobierno Revolucionario de Cuba, es el único gobierno de América que puede destruir las tácticas de guerras de guerrillas. Las guerras de guerrillas son difíciles; destruir núcleos pequeños dispersos, requiere un gran esfuerzo, porque evaden el choque frontal; requieren un gran trabajo, y requiere el empleo de muchos hombres. Ningún ejército profesional de América podría vencer a fuerzas de guerrillas revolucionarias que se levantasen en armas en cualquier país de América.
Afirmamos aquí que ningún ejercito profesional de América tendría fuerzas para contrarrestar las actividades de guerrilleros revolucionarios; que el único gobierno de América, sencillamente por ser un gobierno revolucionario, por tener el apoyo del pueblo y por poder, en consecuencia, movilizar cuantos hombres sea necesario para una persecución tenaz e incansable, y sustituir constantemente a los hombres que estén luchando contra las guerrillas, somos nosotros, el único régimen de América que puede contrarrestar las actividades de grupos dispersos e irregulares.
Es decir que, por razones de orden político, de orden social y de orden militar, la Revolución, si los enemigos tratan de evitar el choque frontal, puede destruirlos también en grupos dispersos. Y lo decimos con absoluta convicción de que estamos diciendo una gran verdad: ningún revolucionario de América que usase las tácticas de guerrillas podría ser aplastado por ningún ejercito profesional en América Latina.
Es curioso que el imperialismo haya querido acudir a esas tácticas, tácticas que fuimos nosotros, los revolucionarios cubanos, precisamente los creadores de esa táctica en América. Es curioso que el imperialismo, al verse sin ejercito profesional mandado por instructores imperialistas, al verse sin instituciones, al verse sin grupos sociales gobernantes que sirvan a sus intereses, haya querido acudir a las tácticas que usó la Revolución para llegar al poder. Es una lamentable confusión mental que han estado padeciendo, y una lamentable ilusión que se han estado haciendo.
Nosotros tenemos fuerzas suficientes persiguiendo a los elementos contrarrevolucionarios que han tratado de formar aquí en nuestro país y, como ustedes ven, no hemos movilizado ninguna fuerza; porque todos ustedes, que son los milicianos de La Habana, están ahí. Basta echar una ojeada sobre esta inmensa multitud para comprender la fuerza tremenda que la Revolución puede desplegar frente a cualquiera de las tácticas del enemigo: bien sea choque frontal, bien sea lucha irregular.
No aprenden la lección, y han estado constantemente tratando de acudir a esa táctica. Por eso, debemos estar preparados para contrarrestar todas las tácticas. Y la fuerza que ustedes significan, lo mismo se puede emplear contra agresión directa, que contra choque frontal de mercenarios, que contra el terrorismo, que contra guerrillas contrarrevolucionarias.
Cualquiera comprende que si el terrorismo levantara cabeza, no podría resistir la acción de todas nuestras unidades organizadas, porque el día que desplegásemos en la capital, buscando a terroristas, todas las fuerzas que han montado guardia alrededor de La Habana, los terroristas contrarrevolucionarios serían aplastados.
Explicamos estos problemas porque debemos saber las tácticas que pueda usar el enemigo, y que nosotros estamos atentos para que no vayan a disfrazar un tipo de agresión con otro tipo de agresión. Estamos, precisamente, en el minuto en que tenemos mil oportunidades de comprender cuál ha de ser la actitud de la nueva administración. Tenemos mil oportunidades de saber si van a seguir lanzando armas en paracaídas constantemente, o no; tenemos oportunidad de saber si van a continuar los campos de entrenamiento en Estados Unidos; tenemos oportunidad de saber si van a continuar organizando ejércitos mercenarios contra la Revolución. Es decir que la palabra no la tenemos nosotros, la palabra la tiene la nueva administración; y nosotros esperaremos tranquilos y pacientes, como decíamos, sin alterarnos y sin perder la sonrisa.
Nosotros estamos prestos a actuar frente a cualquier manifestación de agresión; nosotros no podemos abandonar nuestra preparación militar. Mientras haya el menor peligro para nuestra soberanía, nosotros no cejaremos en el esfuerzo de entrenar y organizar cada vez más a nuestro pueblo; todos los batallones que no han pasado por escuelas, continuarán pasando por las escuelas.
Mientras exista la menor amenaza para nuestra soberanía, mientras exista el menor peligro de ataque, mientras haya un mercenario apoyado por el imperialismo, ¡nosotros continuaremos organizando nuestra fuerza militar!, ¡y continuaremos armando al pueblo, y continuaremos haciendo artilleros, y continuaremos hacienda combatientes!
No bajaremos la guardia ni un minuto, no descansaremos un minuto en el trabajo de organizar la defensa; no se cerrará ninguna escuela de milicias, todas continuarán funcionando a todo ritmo, para que si en cualquier momento nos vemos ante un peligro inminente de agresión, entonces no tengamos que hacer artilleros en 24 horas. Que antes de que sobren cañones, que sobren artilleros; que antes de que sobren fusiles, que sobren batallones; que antes de que falten oficiales, que sobren oficiales; que antes de que falten fortificaciones, que sobren fortificaciones. Y mientras el mundo no haya logrado la realidad de una paz, mientras el mundo no haya erradicado los peligros de las agresiones, mientras los círculos agresivos y guerreristas puedan seguir constituyendo una amenaza para la seguridad y la soberanía de cualquier pueblo del mundo, nosotros debemos seguirnos preparando, y preparar mejores fortificaciones, y preparar mejores trincheras.
Esta vez, por ejemplo, no teníamos protección apenas frente a ataques aéreos, y nos preocupaban grandemente las víctimas que podría ocasionar en la población civil un ataque aéreo. Pues bien, ¡que la próxima vez, cuando estemos frente a cualquier peligro inminente de agresión, no falte protección para nuestra población civil frente a los ataques aéreos!
Y mientras en el mundo existan los peligros de la guerra, nosotros debemos hacer aquí protección, incluso, contra bombas atómicas. Y que si los guerreristas llevaran al mundo a una guerra atómica, nuestra población no perezca.
Nosotros tenemos que ser un pueblo espartano; nosotros tenemos que ser un pueblo luchador. Sería imperdonable que nos durmiésemos sobre laureles; sería imperdonable que nos confiásemos irrazonablemente; sería imperdonable que dejásemos de tomar todas las medidas para garantizar la supervivencia de nuestro pueblo y la supervivencia de nuestra Revolución. Sería imperdonable, no estaríamos a la altura de la obra que estamos haciendo, no estaríamos a la altura del momento histórico que vive la humanidad, si cometiésemos la falta de dormirnos. Nosotros no podemos dormirnos nunca, nosotros tenemos que trabajar mucho, como hemos trabajado estos días.
Y vean ustedes el fruto del trabajo, vean ustedes qué fuerza tan formidable la fuerza de la Revolución; vean ustedes qué espectáculo tan extraordinario es el espectáculo de un pueblo armado; vean ustedes la confianza que al pueblo le da saber que está organizado, saber que está preparado, y saber que está armado. Esa confianza será cada vez mayor, mientras más preparados estemos, mientras más organizados estemos, mientras mejor armados estemos.
Esa seguridad que ustedes han sentido en estos días, esa seguridad de que cualquier enemigo sería derrotado, esa seguridad será incomparablemente mayor, dos veces mayor, tres veces mayor, cinco veces mayor, cuando tengamos cinco veces mas organización, más disciplina, más capacitación. Y este optimismo y júbilo de hoy, será también mayor. No debemos pensar que estamos concluyendo, más bien debemos pensar que estamos empezando; no debemos pensar que hemos hecho mucho, sino pensar que todavía nos falta mucho por hacer; no debemos pensar que somos suficientemente fuertes, sino que todavía podemos fortalecernos mucho más; no debemos pensar que seamos suficientemente experimentados, sino que todavía tenemos mucho que aprender.
Por eso, en el nuevo período que se abre en la política del mundo, nuestra actitud es esta que hemos expuesto aquí. Nuestra esperanza de que hayan rectificaciones, nuestra esperanza de común acuerdo con las esperanzas de toda la humanidad; nuestro sentido de que esa esperanza no debe servir para que nos abandonemos en la tarea de prepararnos; nuestro llamamiento a continuar el esfuerzo para ser cada día más fuertes, y tener la defensa de nuestro país y de la Revolución más asegurada.
Con esa idea debemos marcharnos hoy. Creo que todos hemos comprendido perfectamente bien; creo que hemos analizado serenamente la situación. Al marcharnos a nuestro trabajo, expresamos nuestra satisfacción de haber cumplido el deber, nuestra satisfacción de haber estado alertas, nuestra satisfacción de poder decir que ningún enemigo pudo sorprendernos en estos días críticos, nuestra satisfacción de poder afirmar que el pueblo ha estado a la altura de la situación, y nuestra satisfacción de poder enfrentarnos al futuro con seguridad y con serenidad.
¿Qué decir ante la alternativa de que haya paz para nuestro país y paz para el mundo? Bienvenida sea esa oportunidad, y bienvenida sea esa paz. Y ojala que en el gobierno de Estados Unidos triunfen los que sean capaces de comprender la tremenda responsabilidad que tienen ante el mundo; ojala tengan la firmeza y tengan el valor de hablarle con honradez y de hablarle con honestidad al pueblo de Estados Unidos; ojala comprendan que ese es el deber que tienen por delante, y ojala tengan ese éxito, si albergan ese empeño.
Nosotros nos alegraríamos de cualquier rectificación; nosotros sabemos lo que tiene por delante el nuevo Presidente de Estados Unidos. Si emprende un sendero honesto de rectificaciones en bien del mundo y en bien de su propio pías, le deseamos éxito. Mientras, esperamos por los hechos, que son más elocuentes que las palabras.
Como dijimos aquí hace breves días, nosotros no tenemos problemas, nuestro camino está claro. No podemos saber los imponderables del futuro, pero sí sabemos una cosa: que cualesquiera que sean esos imponderables, sabremos afrontarlos. No estamos seguros, no podemos estar seguros de las cosas que puedan ocurrir en el orden de la política internacional, de las cosas y de los obstáculos que se nos puedan presentar delante; no podemos estar seguros de los riesgos que todavía tengamos que correr, pero, sin embargo, nosotros estamos seguros de una cosa: que cualquiera que sea ese futuro, fácil o duro, la victoria será de nuestro pueblo. De una cosa podemos estar enteramente seguros: de que sea fácil o sea difícil el camino, ¡venceremos!
FIDEL CASTRO RUZ

Fuente: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos

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