julio 10, 2012

Discurso de Fidel Castro en el acto celebrado en la escalinata de la Universidad de la Habana, en conmemoración del 13 de marzo (1960)

DISCURSO EN EL ACTO CELEBRADO EN LA ESCALINATA DE LA UNIVERSIDAD DE LA HABANA, EN LA CONMEMORACION DEL 13 DE MARZO
Fidel Castro
[13 de Marzo de 1960]

― Versión taquigráfica de las oficinas del Primer Ministro ―

Estudiantes y pueblo:
Con el ánimo todavía conmovido con la tragedia reciente, los momentos sin duda de mayor exaltación patriótica y revolucionaria de nuestro pueblo, venimos a conmemorar el tercer aniversario del 13 de Marzo.
Y aunque ese es el estado de ánimo de todos en este día, es precisamente en momentos como estos en que tanto el pueblo como sus gobernantes, es decir, los que tienen la responsabilidad de dirigir al pueblo en esta hora, que es una hora importante para la patria, en estos momentos que son momentos, no voy a llamar difíciles, porque los pueblos no tienen momentos difíciles , más bien de lucha, porque lo que tenemos delante son años de lucha y en instantes tales es, precisamente, cuando tenemos que hablar con serenidad mayor, ya que de lucha saldremos victoriosos, sabiendo actuar, es decir, sabiendo hacer, como decía nuestro Apóstol, lo que en cada momento sea preciso hacer.  Por eso, más que dejar hablar ánimo indignado, hay que dejar hablar la razón.
Nosotros tenemos delante dos grandes tareas: una, defender la Revolución; otra, hacer avanzar la Revolución. Por eso, lo que mejor simbolizaría este minuto, esta etapa, es la idea de un hombre trabajando con el rifle al lado. Es decir que no podemos abandonar ni el rifle, ni el trabajo.
Si abandonamos el rifle estamos perdidos, porque nos derrotan la Revolución; si abandonamos el trabajo estamos perdidos, porque nos derrotan la Revolución.  La Revolución, pues, hay que llevarla adelante con el rifle y con el trabajo.
No es fácil a veces conciliar estas dos actitudes, porque hay ocasiones en que sentimos más necesidad y hasta más deseos de empuñar el rifle, sobre todo cuando nos vemos agredidos, cuando nos vemos amenazados, cuando nos vemos atacados y sentimos, con esa pasión por nuestra patria, la sensación que la tarea es la tarea de combatir; y, sobre todo, cuando estamos dedicados al trabajo nos invade a veces a todos, tanto a nosotros como a cada uno de los ciudadanos, esa sensación de que lo que estamos haciendo, la obra que estamos realizando con tanto tesón, nos la puedan destruir en algún momento. Nos invade además esa tristeza de pensar que tengamos que quitarle energía a la obra que estamos realizando, que tengamos que quitarle recursos y tiempo a la obra que estamos realizando, para tener que dedicarlos a combatir a los enemigos de esta obra, que por lo justa y por lo noble y hermosa, debiera tener enemigos, pero los tiene; y los enemigos no solo amenazan la obra de la Revolución, sino que le quitan tiempo a la obra de la Revolución, que le quitan energías y le quitan recursos a la obra de la Revolución.
Algún periódico yanki decía en días pasados, que habíamos gastado tanto y más cuales millones en armamentos. En primer lugar, ni a ese periódico, ni a ninguno, le debe importar lo que nosotros gastemos en armamentos (APLAUSOS y EXCLAMACIONES DE: “¡Abajo los americanos!”), ni tampoco vamos a incurrir  en el desliz de decirles cuanto hemos gastado. Esa cuenta se la tenemos que rendir solo al pueblo, y por supuesto, tenemos que rendirla en el momento oportuno, sin que los enemigos de la Revolución sepan lo que tenemos.  Pero lo que sí importa destacar es que el grueso de los recursos de la Revolución, la inmensa mayoría de los recursos de la Revolución, no los estamos invirtiendo en armas, los estamos invirtiendo en tractores y en maquinarias, porque sabemos que hay que defender la Revolución con el rifle y con el trabajo.
Ojala no tuviéramos que invertir un solo centavo en armas, ojala, y así debiera ser si se respetara la voluntad de los pueblos, así  debiera ser si se respetara la soberanía de los pueblos, así debiera ser si se respetara la mayoría enorme de nuestro pueblo que respalda a la Revolución.
Y esos derechos nos los habían arrebatado por la fuerza. No ostentaron el poder porque tuvieran la mayoría del pueblo lo ostentaron contra la mayoría del pueblo, lo ostentaron a fuerza de sangre, de crimen y de terror. Si se respetara el sentimiento mayoritario de las naciones, si se respetara a las naciones, no necesitaríamos gastar un solo centavo en armas; y si lo tenemos que gastar no es nuestra la culpa, la culpa es de los agresores, la culpa es de los criminales y sus aliados y sus padrinos.
A nosotros, sin las amenazas de agresiones, sin las bases de agresión que se organizan alrededor de nosotros, sin esos enemigos, nos bastaría la mayoría del pueblo para defender la Revolución con su opinión y no tendríamos necesidad de gastar un solo centavo en armas.  Las armas tenemos que adquirirlas para defendernos, por culpa no nuestra, sino por culpa de los enemigos de nuestro pueblo y de nuestra patria.
Y además, son nuestros recursos, son los recursos de nuestro pueblo, que hace ese sacrificio, porque prefiere hacer los sacrificios que sean necesarios, antes que regresar al pasado. Esas son nuestras armas, que no debieran preocuparles a los que no tuviesen intención de agredirnos, porque nosotros no las adquirimos para agredir a nadie, las adquirimos para defendernos.  A nosotros no nos importan las armas que tengan otros países,  porque nosotros no estamos pensando en agredir a ningún país; luego, a nadie le deben importar las que nosotros tenemos para defendernos, y solo aquellos que estén pensando en agredirnos, y si nos agreden, van a saber cuántas armas tenemos. Y, sobre todo, van a saber algo más importante todavía que el número de armas, van a saber el número de hombres y mujeres valientes que tenemos; van a saber del espíritu revolucionario de nuestro pueblo; van a saber de los espíritus armados que tenemos; y van a saber hasta de muertos que pelean, porque ese día, junto a nuestro pueblo, estarán también nuestros muertos heroicos dándonos aliento.
Pero, en fin, que nuestra tarea no es una tarea sencilla, porque no solo debemos preocuparnos de las agresiones, no solo debemos preocuparnos de la lucha frente a los contrarrevolucionarios y sus padrinos, sino que tenemos que preocuparnos de la lucha contra el desempleo, la lucha contra la ignorancia, la lucha contra las enfermedades, la lucha contra el subdesarrollo, la lucha, en fin, contra la miseria.  Y a esa lucha es a la que venimos dedicando principalmente el esfuerzo de la Revolución, porque la Revolución se hizo para eso. La Revolución no se hizo por ambiciones de poder, la Revolución se hizo por un objetivo, para realizar una tarea que reclamaba con urgencia nuestra patria. La Revolución se hizo para resolver los problemas de nuestro país y nosotros estábamos perfectamente convencidos de que, una vez finalizada la guerra contra la tiranía, nuestra lucha iba a ser de otro tipo: realizar la obra de la Revolución, dictar las leyes revolucionarias y hacerlas cumplir, llevar adelante nuestro programa; porque estábamos muy conscientes de que venía esta etapa, que era una etapa de creación, una etapa de trabajo profundo.
Nuestro anhelo, como el anhelo de todos los pueblos que en ocasión similar se han entregado a una tarea semejante, era ese anhelo creador que debe seguir a la etapa de las luchas armadas en las revoluciones.  Y a esa tarea nos hemos entregado con ahínco y sin desaliento, sin desaliento frente a todas las amenazas y a todas las agresiones, porque estamos conscientes, muy conscientes de que por ninguna razón debemos permitir que nos interrumpan la obra revolucionaria. Porque si el enemigo lograra interrumpir la obra revolucionaria, habría derrotado a la Revolución; si lograra tan siquiera retrasar la obra revolucionaria, le habría causado con ello un revés a la Revolución.  Por eso, es necesario que el pueblo tenga presente esos dos aspectos del problema.  Es muy necesario que el pueblo no olvide nunca ninguno de los dos aspectos del problema.  El pueblo no puede nunca bajar la guardia, ni el pueblo puede nunca abandonar su tarea creadora, porque esos son los caminos que nos conducen, definitivamente, al triunfo.
Y nosotros, los que tenemos en estos instantes grandes responsabilidades, vivimos constantemente entre estas dos ideas: las medidas que tenemos que tomar para mantener en guardia al pueblo, las medidas que debemos tomar para tener preparado al pueblo, y las medidas que debemos tomar para llevar adelante la obra de la Revolución.
Es posible que pocas veces en la historia ningún pueblo, o al menos ningún pueblo tan pequeño como el nuestro, se haya visto ante dos tareas tan grandes como las que tiene el pueblo cubano.  Una, la de defenderse contra sus enemigos, que son poderosos, no dentro de Cuba, que son poderosos fuera de Cuba, porque sin la ayuda extranjera los enemigos de la Revolución no serían absolutamente nada, sin la ayuda exterior, nuestros niños bastarían para derrotar a los enemigos de la Revolución. Y esa amenaza creciente, por un lado, de intereses poderosos que tratan de rodearnos, no ya con una cortina de calumnias, no ya con una propaganda adversa para desacreditarnos o para restarnos la simpatía espontánea de los demás pueblos, sino incluso rodearnos de bases, rodearnos de contrarrevolucionarios, para atacarnos en el momento oportuno.  Y las preguntas que podríamos hacernos son estas. ¿Hasta cuando nos van a estar amenazando? ¿Cuánto tiempo durará este peligro? ¿Cuantos años deberá estar nuestro pueblo en estas circunstancias? ¿Cuando se van a acabar los reportajes calumniosos? ¿Cuando se va a acabar la campaña? ¿Cuándo se van a acabar los aviones que lanzan bombas incendiarias en nuestros cañaverales, e incluso, bombas explosivas en nuestros centrales y en nuestros pueblos?  ¿Cuándo se van a acabar los avioncitos?¿Cuándo se van a acabar las maniobras militares?  ¿Cuando se van a acabar las amenazas de agresión? ¿Cuando se van a acabar las medidas económicas contra nuestra economía?
Y he ahí lo difícil, he ahí la respuesta difícil. Y es que parece que vamos a tener que vivir varios años en esas condiciones, si es que no se produjera otro desenlace.  Es decir que nuestro pueblo debe prepararse, es decir, preparar su espíritu para una lucha larga y no precisamente una lucha breve, porque las causas que motivan estas agresiones son causas poderosas.  Y como esa lucha solo podría cesar si el pueblo de Cuba se plegara, como esa lucha solo podría cesar si la Revolución dejara de ser Revolución y la Revolución Cubana no dejará jamás de ser lo que es, y la Revolución Cubana no va a retroceder; como los espíritus de nuestros conciudadanos no están dispuestos a retroceder jamás, tenemos que prepararnos para esa larga etapa de lucha, sobre todo de esta lucha de ahora, de esa lucha de hostigamiento que estamos padeciendo desde los primeros días del triunfo del pueblo contra la tiranía.
Y esas cosas debemos tenerlas presentes. A nosotros, por nuestra parte, no nos preocupan los años que tengamos que luchar. Nosotros estamos dispuestos a pagar gustosos ese precio por las conquistas que hemos obtenido; nosotros estamos dispuestos a pagar gustosos ese precio por nuestra soberanía y por nuestro progreso, y estamos dispuestos a enfrentarnos, como lo hemos estado desde el primer día, a todas las consecuencias de las leyes revolucionarias. Es decir que vamos a seguir adelante, sin vacilaciones, con el espíritu dispuesto a luchar y a sacrificarnos los años que sean necesarios. Luego, para entender bien las cosas, nosotros estamos preparados para cualquier agresión abierta. Nosotros debemos estar listo para cualquier ataque, cualquier expedición, venga de don venga; para cualquier fuerza que nos ataque. Pero debemos estar listos también para soportar, impertérritos, todos ataques de hostigamiento que nos hacen y que tienen como propósito evidente, ir desgastando la energía del pueblo, tienen un propósito de ablandamiento, como lo ha tenido toda esa campaña que se ha hecho en el mundo, por la prensa reaccionaria, contra nuestra Revolución; ha tenido un propósito de ablandamiento y eso lo advertimos desde el primer acto que dimos para contrarrestar esa propaganda; ha tenido el propósito de aislarnos de los pueblos del continente, como ha tenido también el propósito de dividirnos y debilitarnos dentro, aunque no lo han logrado, pero que obedece a una estrategia, la estrategia de ir ablandando al pueblo, con lo que han conseguido todo lo contrario; ir endureciendo al pueblo, porque en realidad no han obtenido otro resultado, sino hacer cada día más fuerte al pueblo, más valeroso al pueblo, más firme al pueblo, más abnegado al pueblo y mas revolucionario al pueblo.
Luego, esto marcha bien. Marcha bien porque lo más importante que es la entereza del pueblo, la firmeza del pueblo, se va logrando cada día más; el espíritu revolucionario del pueblo se hace cada día más evidente. Luego, esta batalla, esta batalla se la hemos ganado ya a los enemigos de la Revolución, le hemos ganado la batalla del ánimo del pueblo.
Por otra parte, no han obtenido sus propósitos de granjearnos la antipatía de los pueblos del continente. Han hecho el esfuerzo; habrán logrado confundir a una parte, pero es evidente que no han logrado engañar a todos los pueblos del continente; es evidente que, a pesar de todas las campañas, la Revolución tiene una gran simpatía en todos los pueblos de América Latina, e incluso tiene simpatía en una parte del pueblo de Estados Unidos, a pesar de la campaña sistemática y diaria que realizan una parte considerable de los periódicos contra nuestra Revolución. Pero la Revolución tiene que imponerse también otra tarea, la tarea de librar la batalla en la opinión pública exterior, es decir, que tenemos un campo de lucha duro, que es la lucha por mantener informados a los pueblos, en la cual nos enfrentamos a los recursos de agencias cablegráficas que llevan muchos años escribiendo los cintillos de la mayor parte de los periódicos y haciendo mentalidades. Ese es un sistema cuya eficacia no habíamos podido comprender hasta hoy, y en parte, nosotros mismos —el pueblo de Cuba éramos víctimas de ese sistema, un sistema de información monopolista que divulgaba de la manera que mejor conviniera a sus intereses las noticias de lo que ocurría en todo el mundo.
Y así, durante muchos años la mentalidad y la opinión era formada por esas informaciones, además de otras cosas que sabemos aquí por experiencia; como nos formaban la mente, como se hacían aquí los estados de opinión y quienes tenían en sus manos los medios de crear estados de opinión. Afortunadamente, en el interior del país, a pesar de los medios que tienen los contrarrevolucionarios en sus manos, para tratar de hacer opinión, los medios que tiene la Revolución en sus manos son lo suficientemente eficaces para mantener al pueblo bien informado y contrarrestar las campañas de los contrarrevolucionarios. Y así vemos que, a pesar de que han gozado de todas las garantías para combatir a la Revolución los órganos contrarrevolucionarios, no han hecho la menor mella en el ánimo del pueblo. Pero, en el exterior la situación es distinta, porque nosotros no tenemos esos medios de divulgación que tienen nuestros enemigos.  Sin embargo, no debemos abandonar ese campo. La Revolución tiene que librar la batalla en el exterior también para mantener bien informados a los pueblos. La Revolución tiene que buscar amigos en el exterior, tiene que buscar plumas brillantes, tiene que buscar escritores honestos, tiene que buscar todas aquellas personas que sean capaces de pensar honradamente y dar un juicio justo acerca de este proceso, para que nos visiten, para que vean la obra de la Revolución, porque cualquier persona honesta que visita Cuba, que recorra nuestras ciudades y nuestros campos, que conversa con el pueblo, es, con toda seguridad, un amigo de nuestra causa; es, con toda seguridad, un defensor de nuestra Revolución.
Y en eso los estudiantes tienen un papel importante que jugar, porque en los centros estudiantiles de todo el continente, la Revolución tiene grandes núcleos amigos que están dando la batalla en favor de nosotros, y esos sectores deben ser movilizados por los estudiantes; como los obreros cubanos deben movilizar a los sectores obreros de todos los pueblos del continente; como los intelectuales deben movilizar a todos los intelectuales del continente, trabar relaciones con ellos, para que defiendan nuestra Revolución. Y quien tenga alguna duda, bien un líder estudiantil, bien un líder obrero honesto, bien un intelectual honesto, que venga a Cuba, que aquí nuestras puertas están abiertas para todo aquel que quiera ver lo que estamos haciendo.
Se puede engañar a cualquiera que desde grandes distancias oiga las campañas, lea los informes que da la prensa reaccionaria o las agencias reaccionarias enemigas de nuestra Revolución, pero nosotros frente a esos, tenemos el arma de nuestras realidades que podemos mostrar a los ojos del mundo, lo que hemos podido hacer en estos catorce meses de Gobierno Revolucionario, a pesar de todas las interrupciones, a pesar de todas las energías que hemos tenido que gastar en defender la Revolución. A pesar de todo ello, al cabo de catorce meses, son tan evidentes los avances de nuestro pueblo, son tan visibles las obras de la Revolución, que cualquiera que venga y que sea una persona honesta, y hable con el pueblo, y viaje por nuestros campos y ciudades, no se marchará de nuestra isla sin ser un amigo de nuestra Revolución.
Además de esa batalla de opinión que tenemos librada victoriosamente dentro del país, que estamos obligados a librar en el extranjero, está la otra batalla de que hablábamos, la batalla de hacer aquí y la batalla posible de tener que defender con las armas la Revolución.
Para que todos estemos orientados, por ahora estamos librando una lucha de opinión, una lucha contra el hostigamiento, una lucha contra las maniobras que se realizan para envolvernos y para preparar cualquier ataque, y quizás tengamos también que defendernos, en cualquier momento, de alguna agresión armada, bien a través de mercenarios, o bien a través de fuerzas que, con algún pretexto, se trate de organizar para destruir nuestra Revolución. Las expediciones de mercenarios no nos preocupan, porque todo el mundo está seguro de que las expediciones de mercenarios aquí no van a durar mucho.  Todo el mundo está seguro de que aunque armaran a todos los criminales de guerra, y les dieran barcos, y les dieran aviones, y les dieran todos los recursos, no iban a poder hacer absolutamente nada, porque mejor armados de lo que estaban antes, más armas de las que tenían aquí, y más municiones, y más recursos, no los van a tener.  Así que, aunque armaran a todos los contrarrevolucionarios, eso no tendría que preocuparnos a nosotros.
Si fueran fuerzas mayores, si fueran ejércitos regulares, enviados contra nosotros, entonces la lucha sería más dura, pero que naturalmente, sin vacilaciones de ninguna índole, nosotros la afrontaríamos igualmente y la podemos afrontar con éxito.
Los ejemplos de la historia, si no se quiere de la historia reciente, porque tenemos una historia reciente de las fuerzas materiales de la Revolución, frente a las fuerzas de la tiranía, que eran fuerzas muy pequeñas. Tenemos, por ejemplo, el caso mismo de la Guerra de Independencia Cubana, que era la lucha de un puñado de patriotas contra un ejército español que llegó a ser de medio millones de hombres; y tenemos la lucha de los patriotas argelinos, la lucha de los patriotas argelinos, que están enfrentándose con éxito a un ejército colonial de medio millón o más de soldados, perfectamente armados, con tropas de paracaidistas, con tanques, con aviación, incluso hasta con bombas atómicas, porque tengo entendido que el ejército francés acaba de hacer estallar en el Sahara una bomba atómica; eso no desalienta a los patriotas argelinos, los patriotas argelinos siguen luchando, y luchan con éxitos. Para los que estén interesados en saber cuántas armas tenemos, sí puedo darles un dato, y es que tenemos muchas más armas aquí que los patriotas argelinos.
Es decir que nadie se asombra ni se espanta aquí de nada. Todo el mundo sabe cuál es su deber; todo el mundo sabe que nosotros no tenemos la culpa; todo el mundo sabe que nosotros hemos sido las víctimas de todas las agresiones; y todo el mundo sabe que jamás podrá tener justificación el hecho de que sobre nuestro territorio se hayan realizado más de cuarenta incursiones aéreas; todo el mundo lo sabe, y frente a un hecho té evidente, frente a un hecho como ese que ha sido la causa fundamental de la indignación nacional, que ha sido la causa constante de la irritación de nuestro pueblo, amén de toda otra serie de hechos, como el que culminó con la explosión del barco cargado de explosivos en el puerto de La Habana.  Todo el mundo sabe que nuestro país ha sido víctima de todo género de maniobras, de campañas, de agresiones —agresiones, que por supuesto, no tuvo que padecer nunca ningún pueblo de América Latina, es decir, en la forma en que nosotros las estamos sufriendo, y que, por supuesto, ninguno de los gobiernos inmorales, de los gobiernos tiránicos, de los que han estado saqueando a los pueblos quince, y veinte, y veinticinco, y hasta treinta años, han tenido que soportar nunca. Fue necesario que un Gobierno Revolucionario hiciera la obra que se está realizando en Cuba, pusiera fin para siempre a una serie de inmoralidades públicas, pusiera fin para siempre al saqueo, pusiera fin para siempre al abuso, a la injusticia, al crimen, al privilegio; fue necesario que un Gobierno se decidiera a arreglar cuentas con todos los intereses enemigos del pueblo, para que desde el primer instante se viera víctima de todas esas agresiones y de todo ese hostigamiento.  Esa es una realidad que comprende todo el pueblo, y por eso, frente a esos males —que no van a ser males que duren 100 años—, frente a esos males tenemos que estar dispuestos a todas las contingencias que se presenten. ¡Todo, antes que retroceder un solo paso!; ¡todo, antes que sacrificar un átomo de nuestra dignidad, de nuestros derechos o de nuestra soberanía!  Y por eso, a todo estamos dispuestos a hacer frente; seguros, además, de que le haremos frente victoriosamente. ¡Ojala no tengamos que vernos en esas situaciones!  Ningún pueblo puede tener deseos de verse en esas situaciones, pero si la situación se presenta, tranquilamente, y decididamente, la afrontaremos.  ¡Ojala que toda nuestra energía tuviésemos que invertirla en la obra creadora! ¡Ojala que todo nuestro tiempo, todas nuestras energías y todos nuestros recursos, pudiéramos dedicarlos a satisfacer tantas necesidades como están pendientes! ¡Ojala pudiéramos dedicarlos a resolver tantos problemas, y tantas miserias, y tanta pobreza, y tanta escasez, como la que se ha venido acumulando en nuestro país durante cincuenta años! Y todo por la misma causa, porque nuestro pueblo no era dueño de sus destinos, porque nuestro pueblo tenía que soportar año tras año, porque era impotente ante realidades que superaban a sus deseos y a sus esperanzas como consecuencia de la imposición por la fuerza; porque, ¿qué fue la Enmienda Platt, sino una imposición por la fuerza?; ¿qué fue la Enmienda Platt, sino la cláusula humillante que impuso a nuestro pueblo un ejército de ocupación extranjero?, ¿qué fue la Enmienda Platt, sino un acto de fuerza, un acto de fuerza que se realiza contra un pueblo que ya estaba desarmado?; porque la Enmienda Platt no estaba incluida en la Resolución Conjunta.  En la Resolución Conjunta se decía que nuestro pueblo era, y de derecho debía ser, libre e independiente; mas, cuando la guerra concluyó, cuando el ejército mambí fue desarmado, apareció entonces la Enmienda Platt y se obligó a la primera asamblea constituyente a aceptarla, porque no le quedaba otro camino:  o la independencia a medias, o ninguna independencia.  Y así, de esa forma traicionera, de esa forma ignominiosa, de esa forma arbitraria, se impuso a nuestro pueblo una cláusula cuya injusticia no se le enseñó suficientemente a los cubanos, no se les enseñó a los niños de la escuela; porque, todo lo contrario: se ocultó ese aspecto vergonzoso, para mantener a la nación en la ignorancia de las realidades, para mantener a nuestro pueblo en el engaño, y es hoy, cabalmente, cuando comprendemos que no hemos sido nosotros solos los que hemos tenido que sufrir agresiones, que no hemos sido los revolucionarios de hoy los que hemos tenido que sufrir amenazas, que no hemos sido solo nosotros, sino que también una humillación inolvidable, una humillación dolorosísima, tuvieron que soportar nuestros mambises cuando en aquellos días, procedente también del norte, imposiciones que traían rumbo norte se hicieron patentes y menoscabaron nuestra soberanía. Y, ¡cuál no sería realmente el dolor de aquellos hombres, cuál no sería la tristeza de aquellos revolucionarios, que después de treinta años luchando solos, después de treinta años —mucho más que nosotros—, después de tres guerras libertadoras, se encontraron con que el país no era libre y soberano, con que las atribuciones de nuestro país, de nuestros gobiernos, no eran las atribuciones de un país soberano!; y que aquello debía de influir decisivamente sobre la vida de nuestro país, que frente a aquellos hechos la inconformidad no podía manifestarse, porque si la inconformidad del pueblo se manifestaba frente a los vicios de aquellos gobernantes, entonces pendía sobre sus cabezas la amenaza de la intervención que como un derecho se había obligado a conceder a los miembros de la primera asamblea constituyente.
Así que no hemos sido solo los cubanos de esta generación, esas amenazas y esas imposiciones las han tenido que padecer los cubanos desde hace muchas generaciones, y estas son verdades históricas que nadie podrá negar.
Ahora no se trata de una Enmienda Platt, es decir, de una medida de tipo por vía directa, una medida política directa, ahora se trata de una amenaza de tipo económico, es decir, la amenaza de matar de hambre a nuestro pueblo si nosotros nos mantenemos firmes en nuestra postura revolucionaria. Es decir, una cláusula en virtud de la cual la economía de nuestro país, toda la economía de nuestro país, queda en manos de un mandatario extranjero; es decir, una situación de incertidumbre total, ni siquiera una medida que se toma y que establece un daño concreto, sino un daño indefinido, un daño cuyas proporciones no pueden saberse, un daño que puede ser pequeño o puede ser muy grande, o puede ser total, porque sin ninguna limitación queda en manos de un funcionario, unilateralmente, el destino económico de un país.
Y,¿por qué puede ser esto posible? Sencillamente, porque nuestro país es un país económicamente débil. Y, ¿por qué es un país económicamente débil? Sencillamente, porque los amos extranjeros de nuestra economía desarrollaron este tipo de economía nacional: una economía de latifundio, una economía de monocultivo y una economía de colonia.  Aquí la cuestión era invertir en empresas de servicios públicos, en compañías de electricidad, en compañías de teléfonos, en todo tipo de inversiones que produjeran las mayores ganancias, y además, la inversión en caña, en caña exclusivamente, mientras teníamos que importar infinidad de artículos que podían producirse en nuestro país.
Esa economía fue la obra de los amos extranjeros de la economía cubana y que hoy se aprovechan de esa debilidad para tratar de someter a nuestro país. Es decir, situarnos en condiciones tales que no sepamos nunca cuánta caña podemos moler, cuanta azúcar podemos vender, cuál será el monto total de nuestras exportaciones, porque en cualquier mes del año la compra de esos artículos puede ser suprimida sin previo aviso, de manera unilateral. Y esa reducción puede ser lo mismo de un millón, que de la totalidad de la cuota azucarera cubana.  Es decir que se acude al peor procedimiento, al más irritante, al procedimiento de situar una espada sobre nuestras cabezas para dejarla caer en el momento que estimen más conveniente.
Esa es, sencillamente, la Ley Azucarera que el Ejecutivo de Estados Unidos tiene elaborada para presentarla al Congreso.  La peor forma de amenaza a la libre soberanía de un país. Además, una fórmula de represalia, porque nosotros no hemos tomado ninguna medida por represalia, nosotros no hemos tomado ninguna medida que ponga en peligro la economía de otro pueblo.  Las medidas que nosotros hemos tomado, todas, contemplan un propósito nacional, todas, contemplan un beneficio nacional. Y esa medida es una medida que no contempla beneficio de tipo nacional, sino todo lo contrario, hay productores internos que están preocupados por esa medida, hay productores internos, hay productores nacionales en Estados Unidos que no quieren esa medida, porque incluso esos productores, se preocupan por las consecuencias de esa ley y se oponen.  Luego es una ley que no tiene el menor objetivo de carácter interno, es una ley que tiene por objetivo la represalia contra nuestro país; situar la economía de un país, económicamente débil, en manos de un funcionario de un gobierno de una nación extranjera. Y a eso entendemos que no tienen derecho quienes son los culpables, precisamente, de la economía pobre y débil de nuestro país; porque si esa medida se toma dentro de cinco años, dentro de diez años, con un país industrializado, con una agricultura diversificada; que los ingresos nacionales no tuviesen que depender absolutamente del azúcar en el grado en que dependen hoy, pues, la medida nos encontraría a nosotros en condiciones de poder resistir esa agresión. Pero lo hacen ahora, cuando saben que nosotros estamos tomando medidas para enmendar los defectos de nuestra economía, es decir, cuando estamos tomando medidas para hacer una economía sólida y entonces prácticamente lo que plantean es, o que dejemos las cosas como están, no hacemos reformas sociales, no desarrollamos nuestra economía o no nos dejan desarrollarla, porque nos ahogan, nos estrangulan la economía mediante ese procedimiento arbitrario de reducir, en cualquier mes y en cualquier día del año, la cuota azucarera de nuestro país.
¿Pero eso quiere decir que si tal cosa ocurriera, van a lograr sus propósitos? ¿Quiere decir que los cubanos vamos a dejarnos derrotar por una medida semejante? Es decir, ¿que los cubanos nos vamos a dejar derrotar por hambre? Es decir, ¿que los cubanos no tenemos el suficiente espíritu de sacrificio para resistir también la agresión económica?  Si estamos dispuestos a morir por defender nuestro suelo, cómo no vamos a estar dispuestos a sacrificarnos para defender también, por esa vía, nuestra soberanía; cómo no vamos a estar dispuestos a resistir también la agresión económica.
Estarían entonces acertados los enemigos de la Revolución, si fuese cierto que nuestro pueblo no es capaz de resistir la agresión económica.  Sin embargo, tenemos la seguridad de que nuestro pueblo sí es capaz de resistir la agresión económica. ¿Qué puede pasar?, ¿que tengamos que llevar una vida más sacrificada?, ¿que tengamos que gastar menos?, gastamos menos.  ¿Y quién aquí no es capaz de gastar menos? Por lo menos la inmensa mayoría del pueblo es capaz, porque en definitiva el pueblo ha estado gastando bastante poco.  Cientos de miles de personas han tenido que vivir desempleados, dependiendo de la ayuda que le podía dar la familia, soportando mil calamidades; cientos de miles de personas conocen lo que es vivir sin recursos.  Y, en definitiva, aquí los que han gastado mucho no fueron precisamente los campesinos, por ejemplo, o los obreros, o las clases humildes del país; los que gastaron mucho fueron los dueños de las grandes riquezas y por supuesto, los demás que manejaban a su antojo los fondos de la República. Pero el pueblo, en realidad si de algo es veterano es de pasar trabajo. Y trabajo hemos pasado todos, en algún u otro momento de nuestras vidas; trabajo, por ejemplo, pasábamos los rebeldes en campaña y precisamente en situaciones como esas es cuando se aprende que cuando se tiene el propósito de perseverar en un ideal, en un gran propósito, todas las privaciones son posibles.
A veces nosotros no teníamos cigarros, a veces pasaban 10 y 15 días sin cigarros, a veces no teníamos zapatos, a veces no teníamos alimentos y en general nos faltaban muchas cosas.  Pero, ¿eso quería decir que nosotros teníamos que rendirnos, porque no teníamos cigarros, porque no teníamos zapatos? Entonces nosotros hubiéramos sido un enemigo fácil de derrotar por la tiranía, porque las privaciones nos hubieran derrotado.
Teníamos que estar luchando también contra dos armas del enemigo, teníamos que estar luchando contra sus soldados y teníamos que estar luchando contra el cerco económico. No dejaban pasar víveres, no dejaban pasar artículos esenciales en aquella zona y nosotros teníamos que luchar contra esos dos enemigos: el hambre y los soldados enemigos.  Y, sin embargo, nunca se nos ocurrió pensar que nos íbamos a rendir por hambre o que nos íbamos a rendir por las privaciones aquellas.
Yo sé que hoy, por ejemplo, hay miles y cientos de miles de personas, que sienten el deseo de hacer cualquier sacrificio si su patria lo necesita, dispuestos a pasar las mismas cosas que nosotros pasamos. Y los estudiantes, cuando fueron a la Sierra Maestra pasaron, en parte, esas privaciones que nosotros conocíamos, sin embargo, eso no los desanimó y continuaron con el propósito de escalar el pico Turquino.  Yo sé que el pueblo está en esa disposición y eso quiere decir que tampoco las privaciones nos van a derrotar. Si tenemos que soportar privaciones, ¿quiénes son los que las van a soportar?, los buenos; ¿quiénes son los que no se resignarían a soportarlas?, los débiles, los incapaces de sacrificarse, los que no lleven hondo y dentro el sentimiento de amor a su tierra, a su pueblo y a su causa.
Aquí no se están defendiendo intereses particulares de nadie; se están defendiendo los intereses de alguien que se llama pueblo; se están defendiendo las libertades del pueblo; se está defendiendo la soberanía del pueblo; se esta defendiendo el bienestar del pueblo; se está luchando por el pueblo. Los que no sientan con el pueblo, los que no sientan como pueblo, los egoístas, esos no se sacrificarían, esos no estarían conformes con cualquier sacrificio, esos preferirían la limosna del extraño, esos preferirían la limosna del extranjero que nos explotara y nos esclavizara, al sacrificio que puede costar la libertad; esos preferirían la vergüenza de ser esclavos obedientes, sumisos servidores de intereses extraños, a dueños de sus propios destinos.
¿Y quiénes fueron los que buscaron siempre al extranjero aquí?, los dueños de los esclavos.  Cuando se hablaba de libertad de los esclavos buscaban la anexión; preferían perder la patria, preferían cualquier solución, a la pérdida de sus intereses materiales, a la pérdida de sus esclavos, porque a ellos no les importaba otra cosa que sus intereses materiales. ¿Qué habría sido de nuestro pueblo hoy, si ayer, aquellos que preferían el interés material, el interés privado, al interés de la nación, hubiesen triunfado? ¿Qué sería hoy Cuba, sino un producto híbrido, donde no se hablaría ni inglés, ni español? Sería corno una mezcla extraña, una mezcla consecuencia de un siglo, o de medio siglo, o de tres cuartos de siglo de dominio extranjero con su influencia lingüística, con su influencia cultural, con todas las influencias de una nación sobre otra. Nos habríamos tenido que resignar a renunciar a todo; a nuestras tradiciones más caras, a nuestros sentimientos más queridos, a nuestra manera de ser, que es única y que es propia, como la de todo pueblo; a nuestra manera de ser, que no estaríamos dispuestos a renunciar, porque hay caracteres nacionales que diferencian unos pueblos de otros, hasta en los chistes, hasta en la manera de sonreír, porque no nos llaman la atención las mismas cosas, no nos reímos ni siquiera de los mismos chistes. Tenemos nuestro temperamento, nuestra idiosincrasia, nuestro carácter nacional, nuestra manera de ser, a la cual habríamos tenido que renunciar hace rato, y a la cual habíamos renunciado en parte, porque ciertamente la influencia extraña, a través de todos los medios de divulgación, a través de la prensa, a través de revistas, a través de anuncios, a través de propaganda, a través de las películas, a través de los libros, había sido tan extraordinaria, que casi estaban ahogando el carácter nacional cubano, y los cubanos estábamos impotentes frente a eso, porque en realidad, casi nuestro pueblo iba renunciando a su carácter nacional, a su sentimiento nacional.
Y, en realidad, muchos pueblos de América nos aventajaban en ese espíritu nacional, aventajaban a los cubanos, que ni siquiera teníamos conciencia de esos problemas, y éramos influidos hasta por los muñequitos que leían los niños todos los domingos.
Así que, nuestro pueblo se vio sometido a un influjo extranjero constantemente, durante cincuenta años, sin que nadie se levantara a defender el espíritu nacional, a defender nuestra manera de ser, y eso realmente era terrible, porque con nuestro espíritu nacional habíamos renunciado a la defensa de nuestros intereses nacionales, y así, nos había llegado a parecer, como lo más natural del mundo que un guajira viviera con sus siete hijos a orilla de una guardarraya, mientras una compañía extranjera era dueña de miles y miles de caballerías de tierra. Nos había parecido natural que aquellos mayorales, que aquellos amos extranjeros de nuestra economía lo mismo arrojasen a las familias criollas a las guardarrayas que nos cobrasen los servicios públicos al precio que mejor les conviniera; que hubiesen convertido a nuestro país en una colonia, porque realmente habíamos perdido nuestro sentimiento nacionalista, que es para los pueblos el arma espiritual que los mantiene firmes en la defensa de sus intereses.
Y ese era el caso de nuestro pueblo, que hoy se ha despertado a estas realidades y que, sencillamente, comprende que era su deber librar esta lucha, porque no podía resignarse a la existencia que había llevado hasta ese instante, y que empeoraba cada vez más. Nuestro pueblo sabe que esta lucha era necesaria, y que los sacrificios que pueda conllevar esta lucha eran también necesarios, y que en medio de todo hemos sido la más afortunada de las generaciones, porque al menos nosotros hemos visto algo que no vieron las generaciones del pasado siglo, que no vio la generación de 1868, que no vio la generación de 1895. Ellos lucharon tanto como nosotros, lucharon más que nosotros, y, sin embargo, ellos no vieron lo que nosotros hemos visto. Ellos no pudieron ser nunca dueños absolutos de los destinos propios y tuvieron que resignarse a la derrota, en unas ocasiones; a la frustración, en otras, a pesar de todo lo que lucharon.  Sin embargo, fueron preparando el camino y nosotros somos, en el último siglo de la historia nacional, la generación más afortunada, porque somos dueños de nuestros actos; no son gobernantes extranjeros los que nos trazan las pautas, somos los cubanos los que nos trazamos esas pautas. Nosotros mismos decidimos nuestros destinos; no nos imponen sacrificios desde fuera, para defender intereses de afuera; nos imponemos sacrificios para defender intereses nuestros.
Como es el pueblo quien hoy decide sus destinos, el pueblo lucha por sus intereses. Las pautas que venían del extranjero no podían luchar por los intereses nuestros, tenían que luchar por sus intereses, tenían que luchar por intereses extranjeros. Nosotros tenemos esta oportunidad de decidir nuestro destino; de decidirlo, no en virtud de la voluntad o del capricho de una minoría, no en virtud del capricho o de la voluntad de un grupo de hombres, sino en virtud de la voluntad absolutamente mayoritaria de la nación, en virtud de los deseos de todo un pueblo, porque esta Revolución es fuerte solo porque tiene la mayoría del pueblo.
Si con tantos enemigos poderosos en el extranjero, la Revolución no tuviese la mayoría del pueblo, la Revolución sería débil, la Revolución sería impotente. Solo se puede defender de tan poderosos adversarios una Revolución que tiene la mayoría del pueblo. Por eso, todo lo que divida, todo lo que trate de confundir, es tratar de debilitar, tratar de restarle fuerzas a esa mayoría. Esa mayoría del pueblo tenemos que mantenerla; esa mayoría del pueblo unido tenemos que mantenerla, como una cuestión esencial; y por eso debemos saber rechazar con energía a todo aquello que pretenda debilitar las fuerzas de nuestro pueblo. Porque la batalla que está librando la nación es una batalla nacional; la lucha que está librando nuestro pueblo es una lucha contra fuerzas poderosas. No podemos incurrir, incluso, ni siquiera en aquellos errores en que incurrieron los mambises, que cuando estaba aquí un ejército de ocupación extranjero, cuando se estaban discutiendo las medidas a seguir, hubo cubanos, hasta cubanos de influencia, cubanos de prestigio, que en aquellos momentos hicieron confesión de sus discrepancias, que en aquellos momentos declararon, en presencia del ejército de ocupación, la falta de unión en el propósito de exigir lo que tenía que haber exigido todo el mundo en aquel momento:  la plena soberanía del país. Porque frente al enemigo no se puede mostrar nunca débil el pueblo. La fuerza del pueblo está en su unión; la fuerza del pueblo está en su mayoría; esa mayoría que, como decía, decide hoy sus destinos y que decide de acuerdo con sus propios intereses, siguiendo su propio camino.
A eso ha llegado el pueblo, a reaccionar como reacciona, como una sola cosa, en todas sus manifestaciones; lo mismo en las concentraciones multitudinarias, que en los momentos solemnes, que en los actos como el de hoy, que en los actos como el desfile tras las víctimas de la explosión, que en la contribución a la Reforma Agraria, o en la contribución a armas y aviones, y en todas sus manifestaciones el pueblo actúa con un solo pensamiento y con un solo propósito.  Por eso ha adquirido confianza en su destino, por eso ha adquirido conciencia de su fuerza, por eso decíamos que era esta una generación afortunada que vio lo que ninguna otra pudo ver.
Los sacrificios que tengamos que soportar son sacrificios que nosotros mismos nos imponemos.  Por alcanzar una meta digna y grande.  Y para dar también nuestra parte a las generaciones que vengan detrás de la nuestra, como las que vinieron antes pusieron también su parte en lo que nosotros hemos logrado hoy.
Y la prueba de que nuestro pueblo resiste y de que nuestro pueblo es capaz de resistir, está en esta comunicación que recibimos al llegar hoy aquí, a la universidad. Es una comunicación dirigida al Presidente de la República, al Primer Ministro y al Ministro del Trabajo, que dice así:
“La Asamblea provincial de los Sindicatos Azucareros de La Habana, bajo la presidencia del compañero Conrado Bécquer Díaz, Secretario General de la FNTA, acordó, por unanimidad, comunicarle al Gobierno Revolucionario que los trabajadores azucareros de la provincia de La Habana, frente a la agresión económica que preparan los imperialistas, estamos resueltamente dispuestos a congelar nuestras condiciones de trabajo y salarios. Y si las circunstancias lo exigen, estamos en disposición de rebajarnos los salarios, dispuestos a todos los sacrificios y privaciones, por duras y difíciles que sean, por el triunfo definitivo y la consolidación de nuestra Revolución.” Y firman todos los Sindicatos Azucareros de la provincia de La Habana.
Y que es, en realidad, el acuerdo más revolucionario que ha tomado ningún sector obrero, que tiene el mérito de que nadie les pidió este acuerdo, que tiene el mérito de que nadie se dirigió a ellos, y que ha sido un acto absolutamente espontáneo. Ellos no esperaron a que se lanzara ninguna consigna, a que se diera una orientación en este sentido.  Pero, ¡qué conciencia han adquirido de nuestras realidades, qué conciencia han adquirido de nuestras debilidades, qué conciencia revolucionaria tan clara y tan formidable, que ocurre, con toda seguridad, por primera vez en la historia de Cuba, por primera vez, quizás, en la historia de América, que un grupo de sindicatos obreros diga, le diga al Gobierno Revolucionario, conscientes de que nuestros enemigos tratan de usar el arma del estrangulamiento económico, de que nuestros enemigos tratan de crearnos problemas económicos con un propósito. El cálculo de nuestros enemigos es, que si obligan al pueblo a soportar estrecheces, el pueblo se volverá enemigo de la Revolución.  Ese es el cálculo de los enemigos de la Revolución Cubana, porque de otra forma, ¿qué sentido tendría idear medidas que conduzcan a nuestro pueblo a pasar estrecheces? El único sentido es restarle al Gobierno Revolucionario el apoyo absolutamente mayoritario con que cuenta; crear descontentos que le sirvan de cabeza de playa, para con el apoyo de esos descontentos, llevar adelante sus planes de destrucción de la Revolución Cubana, que quieren destruir, no tanto por lo que significa de pérdidas materiales para el bolsillo de unos cuantos monopolios, sino que quieren destruir por lo que significa de clarinada para todo un continente, por lo que significa de ejemplo para los demás pueblos, ya que al fin y al cabo, los intereses que nos combaten se podrían resignar a la cantidad más o menos mayor de pérdidas materiales que la Revolución en sí signifique.  Lo que todo el mundo comprende cuan difícil es que se resignen al ejemplo. Lo que se combate en Cuba, sobre todo, es el ejemplo, y una de las armas que quieren usar para producir el descontento, para restarle fuerza a la Revolución, es obligar al pueblo a pasar sacrificios, obligar al pueblo a limitar sus recursos.  Ese es el propósito.
Pero mucho antes de que eso ocurra, he aquí esta expresión revolucionaria; he aquí este acuerdo revolucionario de un grupo importante de sectores que dicen, que frente a la agresión económica están dispuestos a congelar sus salarios y están dispuestos, incluso, a rebajarse sus salarios.  ¿Qué quieren decir?  No quieren decir que vayan a pasar hambre. La cuestión sería repartir bien lo que nosotros contemos aquí para que nadie pase hambre. Porque nosotros podemos producir con los recursos naturales que tenemos, lo suficiente para pasar cualquier época de privación; pueden venir vacas flacas (RISAS), pero no serán tan flacas que el pueblo se vaya a morir de hambre. Pero lo que creen es que eso obligaría al pueblo a echarle la culpa al Gobierno Revolucionario (EXCLAMACIONES DE: “¡Nunca!”), y una vez más se equivocan.  Una vez más se encuentran a esa sólida conciencia revolucionaria de nuestro pueblo.
Y eso es lo que quieren decir estos obreros.  Quieren decir que si el ingreso nacional disminuye como consecuencia de la reducción de nuestras ventas de azúcar, eso no quiere decir que tengamos que paralizar nuestro programa de desarrollo; eso quiere decir que tendremos que gastar menos, y si llegara el caso de tener que gastar menos, si eso fuese una necesidad por salvar nuestra patria, por salvar nuestra economía, por defender nuestra soberanía, qué importa, gastamos menos, ¡todos estamos dispuestos a gastar menos! Y hasta, incluso, a compartir lo que tenemos con los que todavía no gastan nada; de seguir preocupándonos por los que están sin trabajo; de buscar para ellos fuentes de trabajo; de preocuparnos por los que todavía no han adquirido siquiera un ingreso elemental, y de seguir adelante en la campaña y en la lucha contra el desempleo, que ya ha logrado reducir en más de 100 000 personas el número de desempleados.
El pueblo tiene infinitos recursos, el pueblo tiene infinitas fuerzas. Acaso, ¿quién ha producido toda la riqueza, si no el pueblo?  Acaso, ¿quién llenó las arcas de los millonarios, si no el pueblo?  ¿Quién llenó los bolsillos de los monopolios, si no el pueblo?  El pueblo tiene infinitos recursos que todavía no ha usado; nos quedan todavía muchos recursos por usar. Ahora, por ejemplo, estamos empleando los recursos de nuestros soldados, y nuestros soldados están plantando millones de árboles, y nuestros soldados están construyendo una ciudad escolar. Nuestros soldados están construyendo casas para los campesinos; nuestros soldados están construyendo centros de recreo; nuestros soldados están preparándose para nuevas tareas, y en estos momentos hay 300 soldados y oficiales rebeldes preparándose para construir viviendas a los campesinos.  Ese es un recurso: la nación emplea a los soldados del ejército para producir y emplea a los obreros de su producción para defender la Revolución, si el caso lo requiere. Es decir que todos a producir si no hay guerra abierta, si no hay frente de combate establecido, los soldados se dedican a trabajar para los campesinos, a trabajar para el pueblo, a trabajar para los niños.  Y si hay guerra, entonces los obreros, y los campesinos, y los estudiantes, y el pueblo todo va a pelear junto a los soldados.
Quiere decir que estamos empleando a nuestros soldados en la producción y estamos empleando, y estamos en condiciones de emplear a nuestros obreros y a nuestro pueblo en la guerra, a los que hoy están en la producción. Eso, sencillamente es emplear los recursos del pueblo.
Cuando, por ejemplo, teníamos créditos para 5 000 maestros solamente, y había 10 000 maestros en condiciones de trabajar, adoptamos otra medida. De acuerdo con los maestros, pagar el primer año la mitad del sueldo e ir aumentando gradualmente los sueldos por año.  ¿y con eso qué hicimos? Pues poner a trabajar 10 000 maestros con los recursos que teníamos para 5 000.
Es decir que se emplean los recursos que tiene el pueblo, se emplean esos 5 000 maestros que no tenían trabajo ni había presupuesto para dárselo, sino para una parte solamente, y con lo que teníamos para la mitad, pusimos la totalidad de los maestros disponibles a darle clases a los campesinos. ¿Qué estábamos haciendo?  Emplear los recursos del pueblo.
El pueblo tiene infinitos recursos que no se han movilizado nunca. Cuando se moviliza el pueblo para comprar armas y aviones y reúne millones de pesos, ¿qué hace si no emplear sus recursos?  Cuando los obreros voluntarios van a las cooperativas los domingos a trabajar en las edificaciones, ¿qué hace el pueblo si no emplear sus recursos? El pueblo tiene infinitos recursos que emplear, porque el pueblo tiene la energía, el pueblo tiene la inteligencia, el pueblo tiene el espíritu de sacrificio, y ¿quién sabe cuántos millones signifique ese esfuerzo? ¿Quién sabe si puede calcularse los millones en que puede convertirse la energía del pueblo, los millones en obra creadora, los millones en riquezas, si empleamos bien los recursos del pueblo, si empleamos hasta el máximo los recursos del pueblo, si empleamos todos los brazos.
Nosotros debemos estar en esa disposición de ánimo de quienes se sienten seguros de que no podrán ser vencidos frente a cualquier contingencia, que no podrán ser vencidos de ninguna forma.  Ese es un pueblo seguro; ese es un pueblo que puede confiar en un destino mejor, porque está en el ánimo de afrontar todas las vicisitudes, y de afrontarlas orgullosamente, de hacerlo sin temor, de hacerlo sin vacilación.
Y en un día como hoy, en que venimos precisamente a un acto de recordación a los jóvenes y a los hombres que dieron sus vidas y que nos congregan aquí en un acto de admiración y de recuerdo cariñoso, en un día como hoy, en que venimos a honrar a los que dieran su cuota de sacrificios, en que venimos a rendirle generoso y merecido tributo, es cuando tenemos que afianzar ese espíritu de sacrificio, fortalecer ese estado de ánimo de  quienes están dispuestos a todo. En definitiva, cuando aquellos sacrificios se produjeron, parecía difícil la victoria.  Muchos, una gran parte, era escéptica; pensaban que, ¿cómo aquel grupo de estudiantes sin armas, cómo aquel grupo de jóvenes que se lanzaba a la lucha frente a tantos recursos, podía tener éxitos?  Ellos no vacilaron en su cuota de sacrificios ante un éxito que muchos discutían, que muchos no estaban seguros de ver. Y así pasa, por ejemplo, que constantemente un recuerdo, algún recuerdo de compañeros, de tantos compañeros como los que murieron en la lucha contra la tiranía, nos viene a la mente, porque es raro el día en que no recordemos por alguna u otra razón, a uno de esos compañeros y a nosotros nos duele que ellos no hayan tenido la oportunidad de ver la victoria. Muchos, incluso, murieron en los primeros combates. No llegaron a conocer  la emoción profunda de las grandes batallas victoriosas, y no llegaron a conocer el espectáculo de este pueblo nuestro en pie; el pueblo que ellos conocieron fue el pueblo de ayer, el pueblo un tanto acomodaticio, el pueblo que todavía no tenía una conciencia clara de sus destinos, el pueblo dividido, confuso y engañado de ayer, el pueblo triste y oprimido de ayer. Ellos no tuvieron la oportunidad de ver en vida los frutos de aquellos sacrificios, y realmente, si desea uno algo que hubiera sido motivo de alegría para ellos es lo que es nuestro pueblo hoy, y los beneficios que ha recibido nuestro pueblo de aquellos sacrificios; y siente uno no solo su ausencia, siente que no hayan podido ser testigos de los frutos que iba a recoger nuestra patria con aquella siembra de sacrificios.
Eso debemos pensarlo nosotros también.  Ellos sabían, sí, que nuestro pueblo despertaría algún día; sabían, sí, que los recordaríamos eternamente, porque ellos también desde esta tribuna, en actos como este, conmemoraron a los jóvenes que en generaciones anteriores se habían sacrificado, en actos como este rindieron tributo a los que les precedieron; ellos rendían tributo, incluso, a aquellos compatriotas nuestros que no habían conocido sino a través de la historia.  No es este el caso nuestro, que fuimos compañeros, que convivimos con ellos; no es el caso de esta generación que ha vivido la epopeya revolucionaria, que ha padecido de los males de la tiranía y que ha disfrutado de las alegrías y de los beneficios de la Revolución.
Nosotros hemos convivido con todos estos compañeros que hoy se recuerdan, nosotros tenemos que sentirlos muy hondamente, y tenemos que recordarlos muy revolucionariamente.  Recordarlos revolucionariamente es renunciar a todo egoísmo, renunciar a las comodidades si es necesario, para estar dispuestos a dar también nuestra cuota de sacrificio cuando la ocasión se presente.
A estos actos se viene a rendir tributo a los caídos, pero se viene también a consolidar el espíritu revolucionario, a consolidar la fe revolucionaria, a hacer más fuerte el propósito revolucionario, para que no sean meras palabras, para que les rindamos el tributo de los hechos y el tributo de la obra.
La satisfacción mayor que podemos tener sus compañeros un día como hoy, es la conciencia de que estamos cumpliendo con el deber; la idea de que lo que ellos iniciaron, por lo que ellos cayeron, es hoy realidad que se está cumpliendo, es hoy ideal que se está realizando, no diré que de una manera perfecta —nos quedan muchas deficiencias por superar, nos queda mucho por aprender, nos queda mucho por organizar y nos queda mucho por educar, ya que nuestro pueblo tiene que prepararse para realizar estas tareas, para lo cual nuestra generación estaba deficientemente preparada.  Y nos queda mucho por hacer todavía, pero es lo cierto que estamos haciendo el máximo posible, estamos haciendo el máximo de esfuerzo porque todo se haga y se haga bien, y ese es el motivo mayor de consuelo en un día como hoy:  la moral para hablar aquí, la moral de los estudiantes universitarios, la moral de los gobernantes, la moral del pueblo para conmemorar un día como hoy, en el que se recuerda a los que cayeron ese día y a los que cayeron todos los días de lucha; porque cada conmemoración es un recuerdo de los que están eternamente unidos en el sacrificio y en la muerte por un ideal.
Y esa es la moral de todos para rendir tributo; y el día que no estemos dispuestos a sacrificarnos, el día que nuestro pueblo no estuviera dispuesto a sacrificarse, el día que nuestro pueblo vacilara, el día que nuestro pueblo no estuviera dispuesto a todos los sacrificios antes que rendirse, ¡ese día no tendría nuestro pueblo moral para rendir tributo a nuestros muertos!  Mas, ese día no llegará nunca; ese día no llegará nunca, porque, como hemos dicho en otras ocasiones: “¡Hombres puede haber traidores, pero no pueblos!” 
Y así, en este acto de la universidad, que es el segundo acto después del día primero de enero, y que por cierto no será el último, porque los enemigos que se han sentado a esperar el cadáver de la Revolución no lo verán pasar por las puertas de sus casas, ¡porque aquí mismo, o en las montañas, o en el campo de batalla, o donde sea necesario, honraremos siempre a nuestros caídos y seguiremos honrándolos siempre, porque el triunfo, cualesquiera que sean los obstáculos, será definitivo; y nadie debe dudar de esto: de que seguiremos... seguirá nuestro pueblo, siempre, honrando a sus caídos!
Y hoy, en un tercer aniversario, más que el recuento de lo que hemos hecho debemos plantearnos lo que debemos hacer, sobre todo lo que debemos hacer en el orden educacional, lo que deben hacer los estudiantes universitarios, que ahora tienen por delante varios proyectos.  Uno, es el Monumento a los Mártires, y están recaudando fondos para el Monumento a los Mártires; pero tienen también otras tareas en que están enfrascados, tienen la Reforma Universitaria.
El pueblo oye hablar de la Reforma Universitaria, y quizás no la entienda tan bien como la Reforma Agraria.  La Reforma Agraria la entiende muy bien el pueblo, porque ve una enorme extensión de tierra llena de aromas —que no son, por cierto, aromas agradables, sino una planta improductiva—, o la ve llena de marabú, y el pueblo entiende que aquello es absurdo que eso esté sin cultivar, el pueblo comprende que es una necesidad urgente que los campesinos se pongan allí a trabajar; y la Reforma Agraria se entiende mucho más fácilmente, se ve cuando se va por las carreteras y se ven áreas enormes de nuevos cultivos, ya que mensualmente se están cultivando 2 000 nuevas caballerías de tierra en estos momentos, y el pueblo lo ve. En cambio, la Reforma Universitaria es algo más sutil, no tan visible, pero sí tan necesaria como la propia Reforma Agraria, porque también hay enormes latifundios de inteligencias que hay que cultivar.
Tanto como había miles y miles de caballerías sin cultivar, hay cientos de miles de inteligencias sin cultivar. Y tanto como había en algunos órdenes de la agricultura un gran retraso técnico, hay también en algunos órdenes, en algunos órdenes de la educación, un gran retraso técnico; tanto como faltaban instrumentos a los campesinos para trabajar la tierra, faltan instrumentos en las universidades para cultivar las inteligencias: faltan los centros de investigación, faltan, en muchos casos, las maquinarias para instruir a los ingenieros, faltan los recursos, faltan los locales, faltan los profesores —ya que una serie de facultades todavía no existen en nuestra universidad, y ni siquiera tenemos los profesores. Es decir que vamos a tener que necesitar profesores que vengan de otras universidades, algunos profesores que vengan de otras universidades, como lo hemos necesitado en otros campos, que hemos necesitado técnicos, vamos a necesitar también profesores en esta etapa. Día llegará en que no sea necesario, pero ahora tenemos que resolver todos estos problemas.
La Reforma Universitaria es, naturalmente, una etapa importantísima en toda la reforma de la educación, y esa reforma, que el compañero Cubela decía que no habían podido concluir todavía, pero que se proponen llevarla adelante, permítasenos sugerir en nombre del Gobierno Revolucionario a la universidad de La Habana y a todas las universidades que para que la reforma no sea una en La Habana y otra en Las Villas, y otra en Oriente, todas las universidades coordinen esa reforma, coordinen sus esfuerzos y sitúen en el orden académico, en el orden técnico, a las universidades de Cuba entre las primeras universidades, si es posible, del mundo.
Eso como una necesidad, como una necesidad y como un deber, porque esta es una oportunidad única que si no la aprovechamos en este momento de tanto fervor revolucionario, de tanto espíritu de superación, nunca más volvería a presentarse una oportunidad igual.  Y lo que hoy hagamos bien, rendirá frutos extraordinarios en el futuro; en cambio, los errores que podamos cometer o lo que dejemos de hacer, ocasionará también perjuicios extraordinarios.
La educación toda está mereciendo el mayor esfuerzo de la Revolución. En días pasados hablábamos del número de niños que iban a estudiar en los cuarteles, en las grandes fortalezas convertidas en escuelas, y decía que tendríamos pronto 40 000 niños estudiando en esas fortalezas en condiciones óptimas, tan buenas como en las condiciones de cualquier colegio privado.
Dije 40 000 niños, pero debo rectificar, no van a ser 40 000, van a ser 50 000 niños, porque para el 1ro de enero del año próximo pensamos tener ya lista para funcionar la gran Ciudad Escolar de Libertad, donde estaba el, antiguo Campamento de Columbia y que era una promesa de la Revolución convertirla en centro escolar donde tendrán allí  todas las comodidades y todos los medios de educarse aproximadamente 20 000 jóvenes y niños. Estará allí también, donde estaba el Estado Mayor, el Ministerio de Educación y será ese centro uno de los más importantes centros de investigación pedagógica en toda la América. Y esa ciudad, sumada a las demás fortalezas que van a estar listas para esa fecha harán un total de 50 000 niños en dos años de Gobierno Revolucionario, solamente en las fortalezas, sin contar por supuesto los centros escolares que se están haciendo en todos los pueblos, sin contar los 200 centros escolares que esta haciendo en este momento el Gobierno Provincial Revolucionario de La Habana, sin contar los treinta y tantos centros escolares que en la sola capital de la República ha hecho el municipio revolucionario de La Habana , sin contar los centros escolares que se van a construir en cada una de las cooperativas, sin contar las que se van a construir en todas partes, porque solamente en los 1 000 pueblos nuevos que vamos a levantar en 1 000 cooperativas, aproximadamente en cinco años, habrá también allí un centro escolar. Y vamos a invertir con preferencia los fondos de todos los municipios y de todos los gobiernos provinciales en la construcción de centros escolares, para que dentro de cinco años a más tardar, cientos y cientos de miles de niños estén estudiando en condiciones tan buenas como en los más privilegiados centros de enseñanza privada.
Eso va unido a la construcción de tres ciudades universitarias, la de Las Villas, la de Oriente y la de La Habana. Pero cuando llegó la de La Habana nos encontramos que no había recursos para construir la de La Habana, que por el volumen de los alumnos tiene que ser la mayor. Hay muchas obras que realizar de todos tipos y los recursos no alcanzan, ¿qué hacer entonces?, ¿quedarnos cruzados de brazos y no hacer la Ciudad Universitaria?  No, eso no sería digno de nuestro pueblo, eso no sería digno de nuestra Revolución, eso no sería digno de los compañeros de José Antonio Echeverría y de todos los caídos; porque antes de tener los recursos, antes de tener siquiera el lugar, antes de tener siquiera los proyectos, ya la Ciudad Universitaria tenía un nombre, el nombre de José Antonio Echeverría. Y era el nombre que debía de llevar, por haber sido José Antonio el más alto exponente del estudiantado universitario y el joven más brillante de la universidad en los últimos años, para no nacer comparaciones y sobre todo un ejemplo, que es orgullo de nuestra generación, que se gestó aquí como líder, no solo estudiantil, sino como líder revolucionario de todo el pueblo en la universidad de La Habana.  Y su nombre y su recuerdo tienen permanente vigencia en esta Alma Mater. Tenía que llevar su nombre. Y cómo se iba a quedar ese nombre sin la Ciudad Universitaria, si teníamos el nombre y teníamos la oportunidad de hacerla, si teníamos necesidad de esa Ciudad Universitaria, pero no teníamos recursos, ¿cómo íbamos a dejar de hacerla? ¿Es que por esa razón ya no haríamos la Ciudad Universitaria? No, vamos a hacer la Ciudad Universitaria sin recursos, porque los recursos vamos a sacarlos de los recursos infinitos del pueblo.
No nos hemos preocupado del monto de ese esfuerzo, que vale 30 millones, que vale menos o que vale más, eso no nos importa, nos importa que hace falta la Ciudad Universitaria, que es una necesidad nacional y que es un homenaje a los mártires de la Revolución y que, sencillamente, tenemos que hacerla.
¿Cómo la vamos a hacer?  Repito, con los recursos del pueblo.  La universidad tiene arquitectos, profesores que son arquitectos, profesores que son ingenieros, profesores que son técnicos, que necesitamos para construir la Ciudad Universitaria; esos profesores van a aportar sus conocimientos técnicos.  La Ciudad Universitaria necesita brazos, necesita todo tipo de trabajo de mano de obra, alguna de ella especializada, los estudiantes de ingeniería y otras facultades pueden especializarse en esos trabajos para prestarlos allí.
La Ciudad Universitaria necesita muchos brazos, la universidad tiene una cantera enorme de brazos; tiene en primer lugar los brazos de los estudiantes universitarios, tiene los brazos de los estudiantes de enseñanza secundaria  y tiene los brazos del pueblo, de muchos obreros que pueden venir a ayudar. Luego vamos a construir la Ciudad Universitaria con trabajo absolutamente voluntario, nadie que ponga una piedra allí puede cobrar absolutamente nada.  De la nada vamos a hacer una ciudad universitaria, construida por los estudiantes y por el pueblo. Pero no está todo, hay que comprar materiales, falta dinero. Ahora estamos recaudando para armas y aviones, ya hemos recaudado para la Reforma Agraria, cuando terminemos esta recaudación tenemos que empezar entonces la recaudación de la Ciudad Universitaria. De nuestro sacrificio vamos a hacer la Ciudad Universitaria con trabajo de estudiantes y de pueblo.
¿Quiénes van a estudiar? Van a estudiar los que puedan, pero van a estudiar los que no han podido también hasta hoy, porque ya en el mes de mayo vamos a traer del interior de la República, entre los alumnos graduados de bachiller, principalmente de ciencias, algunos de letras, pero sobre todo, atendiendo a la necesidad de preparar técnicos; de esos alumnos que se han graduado de segunda enseñanza en el interior de la República y no estudian una carrera porque no tienen recursos, de esas inteligencias que hay que cultivar y que necesitamos, porque el problema más grave que tiene la Revolución es que constantemente necesita algo y no tiene ni expediente de nadie, ni conocimiento de las personas capacitadas, ni personas capacitadas, porque se da el caso incluso de muchos técnicos nuestros que estudiaron aquí y se han tenido que ir al extranjero a trabajar, y necesitamos personal para las distintas obras de responsabilidad, y no lo encontramos.
Así que vamos, como tenemos una tremenda necesidad de técnicos, vamos este mismo año a traer 2 000 estudiantes pobres del interior de la República. Vamos a preparar los reglamentos y vamos a preparar las condiciones requeridas para optar por ese beneficio, que consistirá no solamente en pagarles la matrícula y los libros, sino también el alojamiento, la alimentación, la ropa. En fin, ya tenemos dos edificios de 20 pisos, aproximadamente, recuperados  y en cada uno de esos edificios van a ir 1 000 estudiantes, que van a tener lo todo, todo lo que necesiten, lo cual vamos a considerar como parte de los gastos para el desarrollo económico. Y nosotros les vamos a costear todos sus estudios para que estudien sin otra preocupación que la de prepararse, y cuando ellos se gradúen, entonces en los próximos cinco años se ponen a trabajar, y en cinco años pagan lo que les adelantó el pueblo a ellos para que estudien. En esas condiciones, un joven, porque no tenga recursos, no dejará de capacitarse, ni el país perderá los beneficios de un técnico, de una inteligencia.
Y pensamos con el tiempo, en los próximos años, llegar a tener hasta 10 000 estudiantes escogidos de las familias humildes, es decir que no puedan pagarse los estudios, del interior de la República, para traerlos a estudiar en esas condiciones, y luego ellos mismos, después que se ha hecho esa inversión por parte de la nación, cuando los primeros se gradúen, comenzarán a pagarles los estudios a otros.  Es decir que con lo que ellos aporten se irán pagando los estudios de los que empiezan, y ya tendremos una centrífuga, pero una centrífuga revolucionaria.
De esa manera, la nación además de todos los alumnos que pueden costearles el estudio sus familias, porque viven en la capital o porque viven cerca de los centros de enseñanza, se costean los estudios, pues tendremos todos los años un gran número de técnicos, sin los cuales no puede haber industrialización, ni puede haber desarrollo económico, ni puede haber nada.
Es decir que tenemos que dedicarnos previsoramente a preparar los hombres que vamos a necesitar. De todos estos estudiantes se llevará su récord, su expediente, su comportamiento y sus notas. De esa manera, se sabrá, cuando se necesite una persona competente para una industria, para un cargo, se busca los expedientes; esa será la recomendación del profesional, su expediente exclusivamente, su conducta y su seriedad.
Así que aun cuando todavía no tenemos la Ciudad Universitaria, que la vamos a construir, por lo pronto, como no podemos perder ni un minuto, no podemos perder un curso, vamos a poner a estudiar ya miles de estudiantes todos los años y orientarlos hacia las carreras, porque nosotros no queremos obligar a nadie a estudiar lo que no quiere estudiar. Entendemos que se puede gastar el lujo de estudiar algo, alguna facultad que no sea imprescindible, solo aquel que tenga otros medios para vivir porque, realmente, el que estudie una facultad por vocación y por profesión pues busca aquella facultad donde tenga un empleo asegurado, pero nosotros orientaremos esas becas hacia las necesidades más fundamentales. Si es de ingenieros, de ingeniero; si es de médicos, de médico; si es de maestros, de maestro.  Es decir, un plan racional, no como antes. Antes no se calculaban en absoluto las necesidades de técnicos, ni había orientación alguna. Por lo menos ahora sabemos que en la Escuela de Ingeniería han matriculado cuatro veces más que en años corrientes anteriores. También en la Escuela de Agronomía ha habido un gran aumento del número de estudiantes, y ahora, con estas pensiones, vamos a orientar el estudio de acuerdo con las necesidades del país.
Pero todavía queda sin resolver el problema de muchos estudiantes del interior, que con sacrificio sus familiares les costean los estudios, porque viven incómodamente, carecen de los medios más elementales para una vida de estudios.  Entonces, para eso tenemos que hacer la Ciudad Universitaria y la vamos a hacer como los soldados rebeldes están haciendo la primera Ciudad Escolar para niños, la ciudad escolar que está frente a la Sierra Maestra pues también los estudiantes van a hacer la Ciudad Universitaria, con su trabajo, y será seguramente la primera Ciudad Universitaria del mundo construida por los propios estudiantes.
Es decir que los estudiantes tienen una gran tarea. Ellos tienen ya las Brigadas Universitarias, cada día más numerosas, cada día mejor entrenadas. Ahora van a organizar las Brigadas de Trabajo y podemos pensar que alguien tenga cierta preocupación o cierta alergia a entrenarse para una patrulla militar, pero cualquier joven que, en realidad, no tenga que estar trabajando, porque naturalmente que el que tiene que estudiar y tiene que trabajar para sostener la familia no dispondrá de mucho tiempo, pero puede haber muchos casos de jóvenes que no tengan que trabajar y que inviertan una parte del tiempo en pasear; así que para una cosa tan noble como esa y tan útil, pues nadie podrá tener alguna razón para no ayudarla, y yo digo que ahí es donde se van a probar los estudiantes más revolucionarios, porque los estudiantes más revolucionarios, en eso estamos de acuerdo todos, van a ser los que más piedras pongan allí.  Los mejores, las milicias más revolucionarias, el miliciano más revolucionario, va a ser el que más piedras ponga allí. Esa será la prueba, la mejor emulación y la mejor competencia. Ahí está una obra magnífica para todos los que creen en que la Revolución hay que servirla de alguna manera, pues esa es la mejor. Ahí es donde cada cual debe probar su calidad revolucionaria, su espíritu revolucionario y su ideal revolucionario. El que no quiera trabajar, el que no sienta inspiración de ir a poner una piedra allí, el que no quiera que le salgan unas ampollas en las manos, bueno, pues nadie le obliga a trabajar. El podrá ir a estudiar a esa universidad que se ha hecho con el sacrificio de los demás, pero no podrá ya hablar.
Es decir que los estudiantes tienen una gran tarea en la que todos los vamos a ayudar; van a ayudar los obreros, sobre todo los que tengan algún conocimiento, alguna experiencia, que los orientarán, prepararán los equipos que van a trabajar, y tan pronto terminen los proyectos vamos a empezar a hacer la Ciudad Universitaria con los esfuerzos de los estudiantes, del pueblo, con la ayuda del pueblo.  Es decir, acudiendo a los recursos infinitos del pueblo vamos a hacer la Ciudad Universitaria, y vamos a hacerla pronto. Vamos a trabajar duro para que la obra se termine cuanto antes y entre las grandes obras de esta Revolución creadora, nuestra patria pueda mostrar con orgullo la que debe ser la universidad mejor de este continente. Esto como una emulación, no como una vanidad. Nosotros debemos procurar que la nuestra sea la mejor, para que sirva también de aliento a los estudiantes que defienden nuestra Revolución, y para que ellos se sientan estimulados a poder hacer algún día lo mismo que van a hacer ahora los estudiantes de nuestra universidad.
Así que esa es la tarea inmediata y esperamos que por lo menos el quinto, y si no el quinto aniversario del 13 de Marzo, el sexto aniversario, podamos ya conmemorarlo allí y que los mismos ciudadanos que están aquí hoy y se reúnen porque son los más entusiastas, porque no les importa la hora  y porque tienen un gran fervor, nos podamos ver allí también, en la universidad que todos vamos a ayudar a construir.
Y con esto tendremos un motivo más para defender esta Revolución, porque cada obra justa que se hace, cada bien que se hace, cada creación de la Revolución, es una razón más para defenderla, es un motivo más para defenderla.  Triste es pensar que nos quieran interrumpir esta tarea; triste es pensar que no quieran que hagamos ciudades escolares para los niños de la Sierra Maestra, ciudades universitarias para nuestros estudiantes; triste es que nos quieran convertir otra vez las escuelas en fortalezas, pero eso no debe desanimarnos, porque nuestro pueblo hoy está simbolizado en una actitud que aúna el espíritu de combate y el espíritu de trabajo:  ¡Junto al instrumento de trabajo el rifle para defender la Revolución!
FIDEL CASTRO RUZ

Fuente: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos

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