julio 10, 2012

Palabras de Fidel Castro en la honras funebres de la victimas de la explosión del Barco "La Coubre" (1960)

PALABRAS EN LAS HONRAS FUNEBRES DE LAS VICTIMAS DE LA EXPLOSION DEL BARCO “LA COUBRE”, EN EL CEMENTERIO DE COLON
 Fidel Castro
[5 de Marzo de 1960]

― Versión taquigráfica de las oficinas del Primer Ministro ―

Compañeros y compañeras:
Hay instantes que son muy importantes en la vida de los pueblos; hay minutos que son extraordinarios, y un minuto como ese es este minuto trágico y amargo que estamos viviendo en el día de hoy.
Ante todo, para que no se considere que nos dejamos arrebatar por la pasión, para que se vea claramente que hay un pueblo capaz de mirar de frente, con valor, y que sabe analizar serenamente, que no acude a la mentira, que no acude al pretexto, que no se basa en suposiciones absurdas, sino en verdades evidentes, lo primero que debemos hacer es analizar los hechos.
En la tarde de ayer, cuando todos estábamos entregados al trabajo —los obreros, los empleados del Estado, los funcionarios del gobierno, los miembros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, los estudiantes—; es decir, entregados a lo más honesto que puede entregarse un pueblo, entregados al trabajo para vencer las grandes tareas que tenemos por delante, una explosión gigantesca hizo estremecer nuestra capital.
Por ese instinto para penetrar a veces en las raíces de los problemas, los compañeros que estábamos trabajando en ese momento tuvimos de inmediato la preocupación de que algo grave había ocurrido en las plantas eléctricas, o en el cuartel de San Ambrosio, o en un barco con parque y explosivos que estaba en la capital desde horas tempranas. Pero, como una especie de premonición, nos imaginamos que algo grave había ocurrido; que aquella explosión cualquiera que fuese el sitio donde había ocurrido, tenía que haber producido consecuencias desastrosas, y que muchas víctimas tendría que haber ocasionado, como efectivamente por desgracia había ocurrido.
Lo demás, aquellos minutos de profunda pena y de angustia —aunque no de miedo— en la ciudad, todos lo conocen perfectamente.  En primer término, la reacción del pueblo.  El pueblo no se atemorizó por la explosión, el pueblo avanzó hacia la explosión; el pueblo no se llenó de miedo, sino que se llenó de valor y, aun cuando no sabía lo que había ocurrido, se dirigió hacia allí y hacia allí se dirigieron los obreros, las milicias, los soldados y los demás miembros de la fuerza pública, todos a prestar la ayuda que estuviese a su alcance.
Lo ocurrido no podía ser más trágico: el barco anclado en el muelle, en el instante en que estaba procediéndose a desembarcar la carga, estalló, desapareciendo virtualmente la mitad del mismo, y barriendo a los obreros y a los soldados que estaban realizando aquella operación.
¿A qué se debía aquella explosión? —se preguntarían muchas personas. ¿Sería un accidente? Es posible que para todos aquellos que no tengan experiencia o conocimientos en materia de explosivos, cupiera la posibilidad de un accidente. Se sabe que los explosivos explotan, y es posible imaginarse que puedan explotar fácilmente. Sin embargo, no es así. Y en realidad no resulta fácil que los explosivos estallen; para que los explosivos estallen es preciso hacerlos estallar.
Entonces, ¿de qué se trataba? Y la otra respuesta era que se podía tratar de un sabotaje, ¿pero un sabotaje cómo? ¿Y dónde? ¿Es que los sabotajes se pueden llevar a cabo en presencia de numerosas personas? ¿Es que los sabotajes se pueden realizar en presencia de soldados rebeldes y de obreros portuarios, en pleno mediodía? Si era un sabotaje, ¿cómo se pudo llevar a cabo aquel sabotaje? Y en primer lugar, ¿por qué un sabotaje y no un accidente?
¿Qué traía ese barco? Ese barco traía balas, y traía también granadas de fusil FAL contra tanques y contra personas.  Las balas ya estaban en el muelle, ya no quedaban balas en el barco.  Venían en la bodega de la popa, en la última división de la bodega, es decir, en el fondo de la bodega, y los obreros las habían extraído. Quedaba un compartimiento superior, que eran las neveras de esa bodega, convertida una de ellas en el compartimiento donde venían las granadas de fusil.  La explosión no se produce mientras se operaba con las balas; la explosión se produce en el momento en que se estaban descargando las 30 toneladas de cajas de granadas de fusil.
Si en aquel barco no hubo incendio —porque una explosión se puede producir por incendio a bordo—, si en aquel barco no hubo incendio, ¿podía producirse la explosión porque se hubiera caído por ejemplo, una de las cajas? En primer lugar, no es probable que cayera ninguna de las cajas, porque los obreros sabían lo que estaban cargando, y no era la primera vez que los obreros portuarios manipulaban esa carga; porque durante muchos años, explosivos y pertrechos se han estado manipulando en el puerto de La Habana, y nunca —que recordemos— se había producido explosión alguna. Los obreros llevaban muchos años manipulando ese tipo de carga, y sabían cómo manipularla, y tomaban sus medidas, como era la de situar una malla sobre la tabla para evitar ni siquiera la posibilidad de la caída de una caja, y se tomaban tanto más interés cuanto sabían que eran pertrechos para defender la Revolución; y no era la primera vez que lo hacían, ya que hasta inclusive, en ocasiones anteriores, lo habían hecho gratuitamente, voluntariamente, sin cobrar un centavo, como contribución a la defensa del país.
Es decir que aquellos obreros sabían lo que estaban cargando. No era probable que una caja se cayera; pero aun cuando esa remota posibilidad hubiese ocurrido, aun cuando esa posibilidad hubiera ocurrido, ¿quiere decir que una caja de granadas estalla cuando se cae, que una caja de granadas puede estallar por una caída? Y menos aún cuando se trata de una de las mejores fábricas del mundo, de armas y pertrechos que tienen que manipular los hombres en combate, y que por lo tanto tienen que estar revestidas de las mayores seguridades, y es prácticamente imposible que puedan estallar mientras se cargan, o mientras se manipulan, o mientras se van a disparar; y —que yo recuerde— durante toda la guerra lo más que podía ocurrir es que se lanzara una de las granadas y no estallara; pero lo que nunca supimos es que una granada hubiese estallado en el fusil, ya que esa granada, al ser impulsada, recibe el impacto del cartucho propulsor, que es un impacto fuerte, y un impacto que recibe ya sin seguro, un impacto que recibe ya sin seguro la granada, y sin embargo no estalla; lo más que puede ocurrir es que por deficiencia, por alguna deficiencia, no estalle al chocar contra el blanco. Lo que nunca supimos fue de alguna granada que estallara en la punta del fusil.
Entonces, ¿qué posibilidad tiene de estallar una granada al caerse una caja que la contenga? ¿Es que vienen las granadas sin seguro? ¿Es que vienen las granadas sueltas dentro de las cajas?  ¿Es que esos productos se transportan sin seguridad para el que los manipula, para el que los carga y los descarga? Porque es preciso calcular cuántas veces se manipulan esas cajas desde la fábrica hasta los polvorines. ¿Es que podía considerarse lógico en algún sentido que, aun cuando ocurriese lo improbable, lo muy improbable, de que cayera una caja, pudiera estallar, es decir, explosión por accidente? ¡Nosotros podemos asegurar que es totalmente imposible!
Pero como no bastaban apreciaciones teóricas, dispusimos que se hicieran las pruebas pertinentes: y en la mañana de hoy dimos órdenes a oficiales del ejército de que tomasen dos cajas de granadas de los dos tipos diversos, las montaran en un avión y las lanzaran desde 400 y 600 pies, respectivamente. Y aquí están las granadas, lanzadas a 400 y 600 pies desde un avión, de las cajas de 50 kilos, es decir, 100 libras, lanzadas a 400 y a 600 pies; granadas exactamente iguales que las que venían en ese barco (muestra las granadas al público).
¿Tiene algún sentido suponer que pudiesen estallar al caer a ocho pies de altura, con todas esas condiciones de los seguros que tiene la granada y de los recipientes que apenas a esa altura si sufren alguna abolladura los recipientes, desde 400 y 600 pies, más la velocidad del avión?  A tal extremo, que las cajas penetraron varios pies en tierra por el impacto, y se destruyeron las cajas de madera sin que una sola de las 50 granadas que llevan dentro estallara. Y yo estoy seguro de que esa prueba se puede repetir cien o mil veces, y las granadas no estallan; porque los explosivos, para que estallen, hay que hacerlos estallar, y en la guerra muchas veces caían las bombas y no estallaban, y eran las que servían para abastecernos a nosotros de los explosivos con los cuales fabricábamos las minas, y nunca recordamos un solo caso del estallido de alguna de esas armas por accidente; siempre había que hacerlas explotar. Luego, por accidente no puede haber sido, por accidente no puede haber sido; tenía que ser intencional. Había que descartar toda posibilidad de accidente, para aceptar lo único explicable: una explosión intencional.
¿Pero una explosión intencional cómo? ¿Se podía —como dije hace un rato— hacer un sabotaje en presencia de soldados rebeldes, de soldados veteranos rebeldes, que estaban presenciando la manipulación? ¿Se podía hacer un sabotaje en presencia de los obreros que estaban allí trabajando? Si cuando se realizan esas operaciones se toman todas las precauciones, ¿cómo suponerse que a la luz del día y en presencia de obreros y de soldados alguien puede perpetrar un sabotaje? Ese alguien tendría que ser, en primer lugar, un obrero, y carece por completo de lógica que nosotros vayamos a esperar un sabotaje de un obrero; porque los obreros, sin que le quepa duda a nadie, son defensores fervientes y decididos de nuestra Revolución.
Pero como no se trata de apreciaciones teóricas, analicemos la posibilidad de ese sabotaje. En primer lugar, los obreros son registrados, y son registrados para evitar que lleven fósforos o cigarros, son registrados para evitar que cometan una imprudencia; y no solo son registrados, sino que tienen un delegado, que observa el trabajo que van realizando. Es decir que no solamente son registrados, sino que son observados por soldados y por sus propios delegados y sus propios compañeros. Eso es virtualmente imposible de realizar en tales condiciones.
Pero además, esos obreros son muy conocidos por sus compañeros, porque no son muchos, son de 12 a 18 los que pueden estar trabajando, y en ese caso era un número reducido allí y muy conocido el que estaba trabajando.
Y una circunstancia todavía más importante, y es que los obreros que trabajaban allí no sabían que iban a trabajar en ese barco. El barco llegó en horas de la mañana. El primer turno fue de 11:00 a 1:00, que trabajaron no en ese compartimiento donde estaban las granadas, sino donde estaban las balas, en el compartimiento de más abajo. Trabajaron de 11:00 a 1:00, y cuando fueron a trabajar, sencillamente llegaron al puerto y en el puerto les dan su turno en el barco que les corresponda, que ellos no saben cuál es, porque se rotan más de 1 000 estibadores, y lo mismo puede corresponderle en un barco que en otro.
El segundo turno recibe sus tiques a las 12:30 para comenzar a trabajar a la 1:00. Esos obreros, que era un grupo reducido entre más de 1 000, no sabían que iban a descargar aquellos explosivos. Es decir que no cabe suponer una premeditación, un plan, una preparación en esas condiciones tan difíciles. Es decir, tendría que realizarlo un hombre que fuera adivino, y que supiera que tal día, entre 1 000, le va a tocar desembarcar explosivos; tendría que tenerlo todo listo, tendría que burlar el registro, tendría que burlar la vigilancia de los soldados y tendría que burlar la vigilancia del delegado, para con esas precauciones llevar adelante un acto de sabotaje.  Condiciones que son imposibles; porque era como suponer que sobre el grupo de trabajadores revolucionarios que intervienen unos minutos en la tarea de descargar esas armas, que son para la defensa de sus intereses y de sus derechos, pudiera recaer la menor sospecha. Luego, no por cuestiones de convicción moral, sino por análisis cuidadoso, por investigación minuciosa, por conversación detallada con todos los obreros, braceros y estibadores que allí participaron, sacamos la conclusión de que el sabotaje por ningún concepto podía haber sido realizado en Cuba. Los explosivos estallan en Cuba, pero el mecanismo que hizo detonar a esos explosivos no se instaló en Cuba; el mecanismo que hizo estallar el barco no pudo por ningún concepto haber sido instalado en Cuba.
Luego, había que analizar las otras posibilidades.  ¿Posibilidad de que hubiesen sido los obreros, tripulantes del barco? Muy difícil, muy improbable; porque nosotros hemos interrogado uno por uno, y sobre todo muy cuidadosamente a las personas que tuvieron que ver con las bodegas, con la carga, con las llaves. En primer lugar, las personas que tenían las llaves, que ese día abrieron las bodegas para comenzar la descarga, perecieron en la explosión; los oficiales del barco estaban en el barco cuando ocurre la explosión, y no es de imaginarse que alguien crea posible hacer estallar 30 toneladas de dinamita en un barco y salir ileso. Una parte grande de los tripulantes salvaron sus vidas, pero eso no quiere decir que nadie haya sido capaz de asegurar que al estallar 30 toneladas de explosivos en un barco pueda salir alguien con vida.
De los 36 tripulantes, solo había cuatro personas ausentes: tres mozos, después que habían servido los alimentos a la tripulación, y un engrasador que no estaba de servicio. Es decir que solamente cuatro personas estaban ausentes en ese momento, por razones absolutamente lógicas; los demás estaban en el interior del barco, incluyendo los dos pasajeros. Luego, era improbable que hubiese sido realizada aquella operación por algún tripulante del barco.
Y en la medida en que penetrábamos en la investigación del sabotaje, llegábamos a la conclusión de que fue preparado más distante; de que no fue preparado en absoluto, no pudo haber sido preparado en Cuba; de que era muy improbable que pudiera haber sido realizado por algún miembro de la tripulación, y que, sin embargo, las posibilidades aumentaban en la medida que analizábamos la carga o el cargamento del barco.
Aquí vigilábamos con el mayor esmero, porque eran armas en las que estaban interesados aquellos soldados y aquellos obreros; aquí sabemos los enemigos que podamos tener; aquí tomamos el mayor interés. ¿Pero cómo explicarse que a miles de millas de distancia y muy lejos de conocer nuestros problemas, en países que no están amenazados por actos de sabotaje, ni por explosiones, ni están agitados por convulsiones revolucionarias o por los esfuerzos de la contrarrevolución; en un país como Bélgica, que fue el punto de partida, sea tan difícil como aquí, que estamos en permanente vigilancia para evitar cualquier acto de sabotaje?
Y del interrogatorio del oficial del barco, el responsable de la carga, pudimos conocer cómo se había cargado aquella mercancía en presencia de ese oficial, y cuando él no estaba presente, de otro miembro de la tripulación, que en este caso no pudo precisar.
Es natural que en las condiciones de embarque era mucho más fusil y más practicable introducir algún detonante que hiciera estallar aquellos explosivos. Y por eso nuestra conclusión de que había que buscar al agente de ese sabotaje no aquí, sino en el extranjero; de que había que buscarlo donde las condiciones eran mucho más fáciles para preparar un acto semejante. Es decir que había un hecho indiscutible, un hecho probado, y es que después que habían extraído más de 20 cajas, al mover alguna de las cajas restantes, es decir, al cargar una de las cajas siguientes se produjo la explosión. Cuando los obreros fueron a manipular alguna nueva caja —puesto que ya tenían más de 20 fuera—; cuando fueron a cargar alguna de las cajas restantes, se produjo la explosión, y esa explosión no podía ser por accidente, esa explosión tenía que ser intencional. Es decir que al mover alguna caja liberó el mecanismo de algún detonador, produciendo la explosión.
Todos, con mayores o menores detalles, conocemos que hay un sinnúmero de procedimientos para hacer ese tipo de trampas con explosivos que se usan mucho en la guerra, que al mover una gorra, o al mover un lápiz, o al mover una silla, se produce una explosión, puesto que es para un técnico perfectamente fácil situar entre dos cajas, debajo de una caja, cualquiera de esos mecanismos, y que al mover la caja se produjera la explosión.
¿Cómo venían las cajas en el camino? Venían en filas compactas, no podían moverse, porque esa carga se aprisiona una contra otra dentro de la bodega o dentro de la nevera, de manera que no puede moverse, es decir que no tienen espacio para moverse. Un sistema de sabotaje como ese se podía realizar sin la menor preocupación de que estallara antes de desembarcar, porque eso fue lo que ocurrió, que ya habían sacado las primeras cajas y al sacar aproximadamente la caja número 30 es que se produce la explosión, que no podía ser por accidente —como hemos demostrado— y que tenía que haber sido preparada, porque esas cajas no estaban en las primeras filas, donde cualquier objeto se podía ver allí; era ya de las segundas o de las terceras filas de cajas; y al mover una de esas filas, al mover una caja, es que se produce la explosión.
Esa es la conclusión a que hemos llegado, y que no parte del capricho ni del apasionamiento; parte del análisis, parte de las evidencias, parte de las pruebas, parte de las investigaciones que hemos hecho, e incluso de los experimentos que hemos hecho para sacar primero la conclusión de que era un sabotaje y no un accidente. Y de eso tengo la seguridad de que no le queda duda a nadie; porque, ¿qué otra cosa podía esperarse?
Todos los años se transportan en todo el mundo millones de toneladas de explosivos, y sin embargo no tenemos noticias de que exploten los barcos. En nuestro propio país, durante muchos años se han estado transportando y manipulando explosivos, y sin embargo no tenemos noticias de que se haya producido ninguna explosión de este tipo. Y que recordemos, la del Maine, cuyos misterios no los ha podido explicar nadie todavía perfectamente bien, llegó hasta a ser causa de una guerra; porque la nación a la que pertenecía aquel barco, aunque se supone que no pudo hacer allí ninguna investigación, aunque se supone que no pudo hacer lo que hemos hecho nosotros, hacer de inmediato todos los interrogatorios:  hablar con los obreros, hablar con los tripulantes, hablar con todos; aunque ellos no pudieron hacer esa investigación, sin embargo, llegaron a la conclusión de que había estallado por una mina externa, y le declararon la guerra a España; porque Estados Unidos sacó la conclusión de que había sido un acto de los partidarios de España, por hostilidad a Estados Unidos, y sin más pruebas, ni más pruebas, ni más argumentos, por una simple suposición, llegaron hasta el acto trascendental de declararle la guerra a España.
Nosotros no hemos tenido que abusar tanto de la imaginación, nosotros no hemos tenido que sacar conclusiones tan poco fundadas, porque más bien parece carecer de lógica imaginar a España, con aquella situación difícil que tenía y aquella lucha dura que tenía, perpetrando la voladura de un acorazado norteamericano. Eso no parecía lo más lógico; y en cambio, nosotros sí tenemos razones más que sobradas para creer que se trata de un sabotaje, y quiénes son las fuerzas internacionales que están alentando a los enemigos de nuestro pueblo y de nuestra Revolución; nosotros sí tenemos razones para pensar que había intereses esforzándose porque no recibiéramos las armas; nosotros sí tenemos razones para suponer, o razones para pensar que los que promovieron ese sabotaje no podían ser otros que los que estaban interesados en que no recibiéramos esos pertrechos. Porque, ¿en qué hay que pensar como autores de un acto semejante, sino en los intereses en que nosotros no recibiéramos esos explosivos?  Y sobre esa cuestión tenemos que hablar.
Los interesados en que no recibiéramos esos explosivos son los enemigos de nuestra Revolución, los que no quieren que nuestro país se defienda, los que no quieren que nuestro país esté en condiciones de defender su soberanía.
Nosotros sabemos los esfuerzos que se hicieron porque no pudiéramos comprar esas armas, y entre los grandes intereses en que no recibiéramos esas armas estaban los funcionarios del gobierno norteamericano. Y nosotros podemos afirmarlo sin que esto sea un secreto; porque si es un secreto, será de esos secretos que los sabe todo el mundo. Incluso no es que lo digamos nosotros, lo dijo el gobierno inglés y el gobierno inglés declaró que el gobierno norteamericano estaba interesado en que no adquiriéramos aviones en Inglaterra; lo han dicho las propias autoridades norteamericanas, los propios voceros, los esfuerzos porque no se vendieran armas a Cuba.  Nosotros hemos estado luchando contra esas presiones, nosotros hemos estado luchando contra esos obstáculos. De manera que un país, un gobierno, utilizando su poderosa influencia internacional, se mueve en los círculos diplomáticos para impedir que un país pequeño se arme; un país que necesita defender su territorio de sus enemigos, un pueblo que necesita defenderse de los criminales que quieren regresar, o de los colonizadores que quieren mantenernos en la esclavitud y en el hambre.  Tenemos que estar luchando contra las presiones de un gobierno influyente y poderoso para poder adquirir armas.
Y nosotros podemos afirmar que hasta ahora habíamos logrado que un gobierno y una fábrica de armas europeos, actuando con independencia y actuando con firmeza, se habían opuesto a las presiones y nos habían vendido las armas; es decir, la fábrica de armas de Bélgica y el gobierno de ese país se habían resistido a las presiones. Y no una, sino varias veces, el cónsul norteamericano, un cónsul norteamericano en Bélgica y un attaché militar de la embajada norteamericana en Bélgica, habían intentado, con la fábrica y con el Ministerio de Relaciones Exteriores, que no nos vendiesen esas armas.
Es decir que funcionarios del gobierno norteamericano habían hecho reiterados esfuerzos por evitar que nuestro país adquiriera esas armas, y los funcionarios del gobierno norteamericano no pueden negar esta realidad. Y esta realidad quiere decir que ellos estaban interesados en que nosotros no adquiriésemos esas armas, y que entre los interesados hay que buscar a los culpables, entre los interesados en que nosotros no adquiriéramos esas armas hay que buscar a los culpables; porque tenemos derecho a pensar que los que por vía diplomática intentaron que no adquiriésemos esos equipos, pudieron haberlo intentado también por otros procedimientos.
No afirmamos que lo hayan hecho así, porque no tenemos pruebas contundentes, y si las tuviéramos ya las estaríamos presentando al pueblo y al mundo; pero sí digo que tenemos derecho a pensar que los que por vía, por determinadas vías no habían logrado sus propósitos podían haberlo intentado por otras vías. Tenemos el derecho a pensar que entre los interesados hay que buscar a los criminales; ¡tenemos derecho a pensar que entre los interesados hay que buscar a los causantes de las vidas cubanas que se perdieron en la tarde de ayer!
Porque, en primer lugar, ¿qué derecho tiene ningún gobierno a interferir los esfuerzos que realiza otro gobierno en defensa de su soberanía? ¿Qué derecho tiene ningún gobierno a arrogarse la tutela de ninguna parte del mundo? ¿Qué derecho tiene ningún gobierno a prohibirles a los cubanos que adquieran las armas que todos los pueblos adquieren para defender su soberanía y su integridad? ¿A qué pueblo le queremos nosotros prohibir que se arme?  ¿Qué compras de armas interferimos nosotros? ¿Qué obstáculos le ponemos a ningún pueblo para que se arme? ¿Y a quién se le ocurre que un gobierno que vive en paz, cuyo pueblo vive en paz con otro pueblo, que mantiene relaciones diplomáticas y amistosas —o que deben ser amistosas—, tenga derecho a inmiscuirse para que ese pueblo no pueda adquirir armas? Y mucho menos si se tiene en cuenta que el país en nombre del cual actúa ese gobierno adquiere en nuestro propio territorio materiales estratégicos que necesita para su defensa, sin que nosotros interfiramos esa adquisición de materiales, sin que nosotros interfiramos los esfuerzos que realicen para su defensa, sin que nosotros nos inmiscuyamos en sus asuntos.
¿Y que no adquiramos medios para defendernos por qué? ¿Por qué ese interés en que no adquiramos medios para defendernos? ¿Es que acaso pretenden que nuestro pueblo caiga de nuevo bajo las botas de las pandillas de criminales que lo azotaron durante siete años? ¿Es que acaso están promoviendo el regreso de los grandes criminales? O lo que  es peor aún, ¿es que acaso pretenden intervenir en nuestro suelo?  Porque no se quiere que nuestro pueblo cuente con medios para defenderse, y nuestro pueblo no puede constituir ningún peligro para ese país, nuestro pueblo no es ni podrá ser nunca un peligro militar para ningún otro país, nuestro pueblo no podrá desarrollar nunca una potencia ofensiva contra ningún otro pueblo; porque la fuerza de nuestra Revolución en el mundo no está en su fuerza militar, sino en su tremenda fuerza moral, en su tremendo ejemplo para los pueblos hermanos, para nuestros hermanos de raza, esclavizados y explotados en toda la América hispana. Porque la fuerza nuestra nunca estará en la potencia militar; nosotros somos militarmente fuertes para defendernos, pero no lo somos, ni lo queremos ser nunca para atacar a nadie, porque nosotros no aspiramos ni aspiraremos nunca a someter a nadie, a sojuzgar a nadie. Nosotros sí somos fuertes para defendernos, porque defender la tierra es otra cosa: es un derecho, y uno de esos derechos que los pueblos saben defender contra cualquier poder y contra cualquier fuerza.
Nunca seríamos fuertes para agredir a nadie, no solo porque no tendríamos numéricamente armas, ni hombres, ni recursos, sino porque nunca tendríamos derecho para agredir a nadie; y por eso nunca seríamos fuertes, aunque tuviéramos recursos y armas, sencillamente porque no tendríamos derecho a hacerlo. Y en cambio, nos sentimos fuertes para defendernos, estamos seguros de que somos fuertes para defendernos, porque estaremos defendiendo un derecho y sabremos defenderlo.
Entonces, ¿por qué no se quiere que tengamos los medios necesarios? Es sencillamente porque se quiere que no podamos defendernos, se quiere que estemos indefensos. ¿Y por qué se quiere que estemos indefensos? Para doblegarnos, para someternos, para que no resistamos a las presiones, para que no resistamos a las agresiones. ¿Y tienen precisamente derecho a obstaculizar nuestros esfuerzos para adquirir los medios para defendernos las autoridades de un país que no ha podido impedir que su territorio sea utilizado sistemáticamente para bombardearnos?
Es posible que mañana los diarios de ese país salgan diciendo que analizar estas verdades y estas razones es un insulto al pueblo de Estados Unidos. Y valga aclarar que nosotros no insultamos al pueblo de Estados Unidos, ni nunca hemos insultado al pueblo de Estados Unidos; lo que ocurre es que a las verdades las llaman insultos, y las llaman insulto al pueblo para presentar a nuestro pueblo como un pueblo enemigo del pueblo de Estados Unidos. Y las razones que nosotros argumentamos a los gobernantes —que son los responsables de la política de ese país— no son insultos al pueblo; porque entendemos, por el contrario, que quienes le hacen daño al pueblo norteamericano son los que cometen errores semejantes; los que ofenden al pueblo norteamericano son los que cometen errores semejantes. Razonar, llamar las cosas por su nombre, aclararle al pueblo estas verdades, lo pintan como insulto, porque quieren dificultades de pueblo a pueblo, y aquí no hay dificultades de pueblo a pueblo, porque Cuba nunca tendrá dificultades de pueblo a pueblo con ningún pueblo del mundo.
Los pueblos son buenos, y no se pueden juzgar por sus gobernantes.  No habría sido justo juzgar a los cubanos, a este pueblo magnífico, por los gobernantes que la Revolución derrocó. Los pueblos no tienen la culpa.
Pero tal parece que las verdades no pudieran ni siquiera insinuarse en este continente donde nosotros los cubanos hemos aprendido a decir la verdad, sin miedo a nadie. Y estas son verdades: aviones enemigos de nuestro pueblo, aviones piloteados por mercenarios criminales, salen de Estados Unidos, y el gobierno de ese país, tan preocupado porque nosotros no adquiramos armas, no ha sido capaz de impedir esos vuelos.
Nosotros hemos logrado el triunfo del pueblo después de siete años de cruenta lucha y de inmenso sacrificio. En aquellos tiempos cualquier ciudadano podía ser torturado, cualquier ciudadano podía ser asesinado en las calles de las ciudades o en los campos, la tiranía más atroz imperaba en nuestra patria; mas eso no era obstáculo para que de Estados Unidos llegaran los barcos cargados de bombas y llegaran los barcos cargados de metralla, que en cambio no estallaban en el puerto de La Habana. Sin embargo, nosotros no asesinamos a nadie, nosotros no torturamos a nadie, nosotros no golpeamos a un solo ser humano, nosotros hemos establecido en nuestra patria el imperio del respeto a la dignidad humana, a la sensibilidad humana, y nuestro Gobierno Revolucionario se ha caracterizado por ese clima de seguridad que tiene el ciudadano, por esa sensación de tranquilidad, de seguridad y de respeto que tiene el ciudadano; nosotros no torturamos, nosotros no asesinamos, y sin embargo, las armas que vienen para defender este régimen estallan al llegar a puerto. En cambio, los torturadores de nuestro pueblo, los verdugos de nuestro pueblo, los que arrancaron la vida de 20 000 compatriotas, los que asesinaban estudiantes, campesinos, obreros, los que asesinaban hombres y mujeres, los que asesinaban profesionales, los que asesinaban a cualquier ciudadano, esos recibían directamente armas y pertrechos que no estallaban.
Cuando se trata de un régimen revolucionario justo, un régimen revolucionario humano, un régimen que tanto se ha esforzado por defender los intereses del pueblo, los intereses de nuestro pueblo sufrido y explotado —explotado por los monopolios, explotado por los latifundios, explotado por los privilegiados—, un régimen que ha librado al pueblo de todas esas injusticias, un régimen de la mayoría del país, un régimen humano, lo combaten. Al régimen criminal e inhumano, al régimen de los monopolios y de los privilegios, lo ayudaban. ¡Vaya democracia que ayuda a los criminales y ayuda a los explotadores! ¡Democracia es esta, donde el hombre vale para nosotros y valdrá siempre más que el dinero! Porque por dinero no derramaremos jamás una gota de sangre humana; por dinero, por intereses egoístas, no sacrificaremos jamás una gota de sangre humana.
Y estos hechos no son únicos. Porque, ¿quién se ha de extrañar de que estalle un barco en el puerto mientras los obreros trabajan? ¿Quién se ha de extrañar de un sabotaje que cueste sangre de trabajadores? ¿Quién se ha de extrañar, si hace apenas un mes —si es que llega al mes— un avión norteamericano, procedente de territorio norteamericano y manejado por un piloto norteamericano y con una bomba norteamericana, trató de dejarla caer sobre un centro donde había más de 200 obreros?  Y en aquella ocasión dije: “¿Cuál no habría sido hoy el dolor de nuestro pueblo y cuál no habría sido hoy la tragedia de nuestro pueblo, si en vez de esos dos cadáveres de mercenarios tuviéramos que ir a enterrar unas docenas de obreros?” Y como si aquellas palabras hubiesen tenido algo de premonición, hoy hemos tenido que venir en manifestación a enterrar varias docenas de obreros y de soldados rebeldes.
¿Qué tiene de extraño que los criminales autores de ese sabotaje no se hayan preocupado por el saldo de víctimas que iban a dejar, por los hombres que iban a asesinar? ¿Qué tiene de extraño, si no hace un mes iban a dejar caer una bomba de 100 libras en medio de una fábrica funcionando, en medio de más de 200 trabajadores? ¿Qué tiene de extraño si, cuando aquel hecho se produjo, nosotros con las pruebas en la mano, serenamente, le hablamos al pueblo, le explicamos al pueblo lo ocurrido, exhibimos las pruebas, e incluso les dijimos que mandaran los técnicos, para que vieran que era rigurosamente cierto todo cuanto se había dicho; si ha transcurrido un mes y todavía no han arrestado a nadie en Estados Unidos y no han expulsado a ningún criminal de guerra de Estados Unidos, ni han encontrado a ningún culpable, ni han molestado a nadie, sino que, por el contrario, a los pocos días volvieron las avionetas, y no había transcurrido apenas una semana cuando bombardearon la localidad donde reside el Primer Ministro del Gobierno Revolucionario?
¿Qué tiene de extraño que hagan estallar un barco cargado de obreros, si iban a estallar una bomba sobre un central azucarero, y no se preocuparon por bombardear una zona donde había niños, dejando caer en aquella región bombas de 100 libras? ¿Qué tiene de extraño, si ayer mismo se acaban de publicar por la revista “Bohemia” las fotografías de la flota aérea, que tranquilamente reposa en los aeropuertos norteamericanos sin que nadie la moleste? ¿Qué tiene de extraño, si ayer mismo recibimos la noticia de que José Eleuterio Pedraza se encontraba en Washington? ¿Qué tiene de extraño, si estas cosas han estado ocurriendo?  Solo que en esta ocasión, el zarpazo ha sido duro y ha sido sangriento.
Era lógico. Ya otra vez habíamos tenido que recorrer los hospitales llenos de víctimas, hace varios meses, a consecuencia de aquella incursión cuyo autor se pasea todavía por los pueblos y ciudades norteamericanas sin que nadie lo moleste. ¿Qué tiene de extraño, si una serie de actos demuestran el conjunto de intereses poderosos que se agrupan contra nuestra Revolución; si hace apenas unos días liberaron grandes cantidades de maíz para sustituir la miel de Cuba en la fabricación de alcohol; si hace unos días retiraron los inspectores que observaban el cultivo de los frutos y las hortalizas que exportamos a ese país; si todo el mundo conoce la ley mediante la cual se quiere supeditar la soberanía de nuestro país a la amenaza de no comprarnos el azúcar?  Es decir, si en estos días van a presentar al Congreso una ley en virtud de la cual el Presidente de la república se reserva el derecho, en cualquier momento, de quitar la cuota azucarera, de reducirla, de no comprar ninguna si así lo estima.
¿Y qué quiere decir eso? Quiere decir que nuestro país tiene una estructura económica muy débil. ¿Pero por qué tiene nuestro país una estructura débil en lo económico? Porque esa fue la estructura que los amos extranjeros le dieron a nuestra economía; una economía de monocultivo, una economía de latifundio, una economía de país subdesarrollado, una economía débil, consecuencia de la política de los amos extranjeros de nuestra economía durante 50 años.  Y ahora, valiéndose de esa dependencia de la que nosotros nos queremos librar, valiéndose de esa situación de la que nosotros tratamos de independizarnos —y eso es lo que quiere decir independencia económica—, valiéndose de esa dependencia, quieren adoptar sistemas que intentan doblegar nuestros derechos y someter nuestra soberanía.
Quiere decir que si nosotros hacemos leyes aquí, si nosotros tomamos medidas en beneficio de nuestro pueblo, ellos se arrogan el derecho de matar de hambre a nuestro pueblo. Es decir que, utilizando la ventaja económica de que disfrutan a consecuencia de la política de monocultivo y de latifundio y de subdesarrollo que siguieron aquí, tratan de restringir los derechos de nuestro pueblo a actuar de manera independiente y soberana, bajo la amenaza de matarnos de hambre.
¿Qué quiere decir eso, si no una Enmienda Platt económica? ¿Qué quiere decir eso, si no advertir que si nosotros tomamos medidas contra los latifundios, medidas contra los monopolios, medidas en beneficio de nuestro pueblo, se tomen represalias contra nosotros, porque somos país pequeño, de economía débil; y que si hacemos un esfuerzo por lograr una economía fuerte, lograr una economía propia, nos amenazan con matarnos de hambre? ¿Qué es eso, si no un intento de menoscabar la soberanía de un país, un intento de restringir la independencia de un país? ¿Qué es eso, si no que un gobierno se arroga el derecho de decidir sobre los destinos de otro país con medidas de represalia? Porque no son medidas que se tomen para defender intereses nacionales, no son medidas que se tomen para defender intereses del pueblo norteamericano, no son medidas que se tomen para garantizar el abastecimiento; no, esas medidas, al revés que las nuestras —que son medidas que tomamos para defender al pueblo, para defender intereses nacionales, pero no medidas de represalia— son medidas de represalia.  No medidas para defender intereses nacionales, sino una medida de represalia contra otro país, mientras las medidas que nosotros tomamos son medidas de defensa de intereses nacionales y de intereses del pueblo. Porque ninguna de las medidas que nosotros tomamos son medidas para matar de hambre al pueblo norteamericano, todo lo más, las medidas que nosotros tomamos les restringen el bolsillo voraz a unos cuantos monopolios norteamericanos, pero nosotros no le restringimos los medios de subsistencia ni de trabajo al pueblo norteamericano. Las medidas que nosotros tomamos son contra monopolios, son contra intereses, no contra el pueblo norteamericano. Y las medidas que ellos toman no son medidas para defender al pueblo norteamericano; son medidas de represalia contra el pueblo cubano.
Y eso, naturalmente que hacía falta un Gobierno Revolucionario para proclamarlo, hacía falta un gobierno del pueblo para proclamarlo, hacía falta un gobierno sin miedo a proclamarlo; sin miedo ni a las amenazas, ni a las represalias; sin miedo a las maniobras militares.  Y podríamos decir: ¿Maniobras militares en el Caribe para qué? ¿Maniobras de desembarco contra posiciones ocupadas por guerrillas para qué? ¿Maniobras de tropas transportadas en aviones, en operaciones ofensivas, para qué? Porque, que tengamos entendido, los problemas del mundo se van a discutir en las cumbres, según llaman; los problemas del mundo tenemos entendido que hoy son problemas de proyectiles dirigidos, de ciencia y técnica avanzadas, pero no hemos oído decir que los problemas del mundo sean problemas de guerrillas, ni hemos oído decir que los problemas del mundo sean problemas aquí en el Caribe y que haya dificultades de carácter internacional en el Caribe.
Tenemos entendido que las grandes potencias no piensan hoy militarmente en términos de guerrillas, que los que tuvimos que usar las guerrillas fuimos nosotros para luchar contra ese ejército profesional de la tiranía, y usar esa táctica contra fuerzas numéricamente superiores y superiores en recursos; pero no había oído decir que en el mundo las cuestiones militares se discutieran en términos de guerrillas. Y cuando vemos maniobras de Infantería de Marina, maniobras de desembarco contra guerrillas, nos preguntamos para qué y por qué. ¿Es que piensan desembarcar —me pregunto—, o es que piensan intimidar? ¿Es que se nos quiere asustar? ¿Es que se quiere hacer ver que en cualquier momento podemos ser invadidos?, ya que hay voceros que hablan de las cosas posibles, y entre las cosas posibles hablan de desembarcos aquí.
¿Quién dijo que desembarca aquí nadie? ¿Y quién dijo que aquí se puede desembarcar tranquilamente?  Y por lo pronto, entre las cosas probables —que es bueno decir un día como hoy, porque en realidad estamos ya los cubanos bastante grandecitos en materia de patriotismo y en materia de civismo para que vayan a usarse contra nosotros esas insinuaciones— y entre las cosas posibles de que se habla, permítaseme decir que nos sentimos sencillamente admirados cuando con esa tranquilidad dicen enviar aquí, entre las cosas posibles la Infantería de Marina, ¡como si nosotros no contáramos para nada, como si en caso de esa eventualidad los cubanos nos fuéramos a quedar cruzados de brazos, como si los cubanos no fuéramos a resistir cualquier desembarco aquí, de cualquier tropa que intente doblegar a nuestro pueblo!
Y es bueno que se diga, que lo digamos de una vez hoy aquí, en estos instantes en que venimos a depositar en las tumbas a un número considerable de soldados y de obreros y de ciudadanos que ayer estaban como estamos nosotros hoy —que quién sabe las veces que nos encontramos con ellos en los centros de trabajo, o en las concentraciones públicas, o nos encontramos con ellos en las instalaciones militares, o nos encontramos con ellos en las zonas de operaciones; que quién sabe cuántas veces, como ustedes, aplaudían y vivían llenos de las nobles ilusiones que la Revolución ha despertado en cada cubano humilde—; cuando venimos en luctuosa peregrinación a llevar sus restos a las tumbas, tranquilamente, serenamente, como quienes cumplimos un deber doloroso y lo sabemos cumplir, y lo sabemos cumplir abnegadamente, y lo sabemos cumplir sabiendo que mañana podemos ser otros, como ellos lo fueron ayer, y como otros lo fueron antes que ellos —porque los cubanos hemos aprendido a mirar la muerte serenamente y sin inmutarnos, porque los cubanos hemos adquirido un sentido real de la vida, que empieza por considerarla indigna cuando no se vive con libertad, cuando no se vive con decoro, cuando no se vive con justicia, cuando no se vive por algo, y por algo grande como están viviendo los cubanos en este momento—; aquí en este acto, entre estos muertos producto de quién sabe qué manos asesinas, digamos de una vez que nosotros no le tenemos miedo a ninguna tropa de desembarco en este país, que nosotros no esperaremos un segundo en tomar nuestros fusiles y en ocupar nuestros puestos, sin pestañear y sin vacilar ante cualquier tropa extranjera que desembarque en este país; que nosotros, es decir, el pueblo cubano, sus obreros, sus campesinos, sus estudiantes, sus mujeres, sus jóvenes, sus ancianos, hasta sus niños, no vacilarán en ocupar sus puestos tranquilamente, sin inmutarse y sin pestañear siquiera, el día que cualquier fuerza extranjera ose desembarcar en nuestras playas, venga por barco o venga en paracaídas, o venga en avión, o venga como venga y vengan cuantos vengan.
Y es bueno que lo digamos sin alarde, como quienes están decididos de verdad a hacer lo que se promete. Y si alguien lo hubiera podido dudar, el día de ayer era como para demostrárselo para siempre al más pesimista.  Quien haya observado al pueblo en el día de ayer, quien haya visto aquel episodio a la vez maravilloso y dantesco, quien haya visto cómo las multitudes avanzaban hacia el fuego, cómo avanzaban los soldados, los obreros, los policías, los marinos, los bomberos, las milicias, cómo avanzaban hacia aquel lugar de peligro, cómo avanzaban hacia aquel lugar de muerte, sin inmutarse, quien haya visto lo que ayer hicieron los cubanos; quien haya visto a los soldados y al pueblo avanzar hacia el peligro para rescatar a los heridos, para rescatar a las víctimas en un barco ardiendo, en una zona que estaba ardiendo, cuando no se sabía cuántas explosiones más iban a ocurrir; quien haya sabido de aquellas oleadas, barridas por las explosiones, que murieron no en la primera, sino en la segunda explosión, quien haya visto al pueblo comportarse como se comportó ayer; quien haya visto al pueblo dirigir el tráfico; quien haya visto al pueblo establecer el orden; quien haya visto al pueblo avanzar sobre aquella explosión que dejaba tras de sí como un hongo, que recuerda el hongo de las explosiones nucleares; quien haya visto al pueblo avanzar hacia aquel hongo sin saber de qué se trataba, puede estar seguro de que nuestro pueblo es un pueblo en condiciones de defenderse, es un pueblo capaz de avanzar hasta contra los hongos de las bombas nucleares.
Y eso ocurrió ayer. No es un invento de la fantasía; es una realidad que todo el pueblo presenció, es una realidad que hemos tenido que pagar con docenas de vidas valiosas, de hombres que cayeron cuando iban a salvar a sus compañeros, que dieron sus vidas tranquila y serenamente para salvar las vidas que estaban aprisionadas entre los hierros retorcidos de aquel barco, o entre los escombros de los edificios, de bomberos que avanzaban sin inmutarse a apagar edificaciones repletas de explosivos; quien haya visto escenas como la de ayer, quien sepa de un pueblo tan digno y tan viril y tan generoso y tan honesto como el pueblo nuestro, tiene derecho a saber que es un pueblo que se defenderá de cualquier agresión.
Ojala los que perturbados en el más elemental sentido común se atreven a considerar como posible cualquier género de invasión a nuestro suelo, comprendan la monstruosidad de su equivocación, porque nos ahorraríamos muchos sacrificios. Mas si ello ocurriera, por desgracia, pero sobre todo para desgracia de los que nos agredieran, que no les quede duda de que aquí en esta tierra que se llama Cuba, aquí en medio de este pueblo que se llama cubano, habrá que luchar contra nosotros mientras nos quede una gota de sangre, habrá que pelear contra nosotros mientras nos quede un átomo de vida.  Nosotros nunca agrediremos a nadie, de nosotros nadie nunca tendrá nada que temer, pero quien nos quiera agredir debe saber sin temor a equivocarse que con los cubanos hoy, que no estamos en el año 1898 ni en 1899, que no estamos a principio de siglo, que no estamos en la década de 1910 o de 1920 o de 1930, con los cubanos de esta década, con los cubanos de esta generación, con los cubanos de esta era —no porque seamos mejores, sino porque hemos tenido la fortuna de ver más claro, porque hemos tenido la fortuna de recibir el ejemplo y la lección de la historia; la lección que costó tantos sacrificios a nuestros antepasados, la lección que costó tanta humillación y tanto dolor a las generaciones pasadas, porque hemos tenido la fortuna de recibir esa lección—, con esta generación hay que pelear, si nos llegan a agredir, hasta su última gota de sangre, con los fusiles que tengamos, con los fusiles que compremos, que le compremos al que nos lo venda, sencilla y llanamente, con las balas y las armas que compremos donde mejor nos parezca y con las armas que nosotros sabemos quitarles a los enemigos cuando estamos peleando.
Y sin inmutarnos por las amenazas, sin inmutarnos por las maniobras, recordando que un día nosotros fuimos 12 hombres solamente y que, comparada aquella fuerza nuestra con la fuerza de la tiranía, nuestra fuerza era tan pequeña y tan insignificante, que nadie habría creído posible resistir; sin embargo, nosotros creíamos que resistíamos entonces, como ­creemos hoy que resistimos a cualquier agresión. Y no solo que sabremos resistir cualquier agresión, sino que sabremos vencer cualquier agresión, y que nuevamente no tendríamos otra disyuntiva que aquella con que iniciamos la lucha revolucionaria: la de la libertad o la muerte. Solo que ahora libertad quiere decir algo más todavía: libertad quiere decir patria.  Y la disyuntiva nuestra sería patria o muerte.
Y así un día como hoy, luctuoso y trágico, doloroso para el pueblo, doloroso para el gobierno, doloroso para los familiares de los obreros y los soldados, y los ciudadanos que cayeron; en un momento como este, importante, es bueno que dejemos sentadas estas cosas, y que nuestra disposición de resistir no es solo la disposición de resistir militarmente. Creen tal vez que tenemos valor para morir, pero que no tenemos valor para resistir las privaciones, y los hombres tienen valor para resistir, incluso las privaciones que menos se imaginan.
Si aquellos hombres que comenzaron la lucha en las montañas no hubiesen tenido valor para resistir las privaciones, habrían sido vencidos; mas, no fue así, porque tuvieron entereza para resistir las privaciones. Hombres débiles son los que no tienen entereza para resistir las privaciones; hombres o mujeres fuertes son los que tienen entereza para resistir las privaciones.  Y un pueblo que tiene el valor de cualquier sacrificio en el combate, debe también tener el valor de cualquier privación. Porque se equivocan también cuando creen que mediante represalias económicas nos van a derrotar.  Y aquí cabría decir que más vale pasar hambre en libertad que vivir esclavizados en la opulencia; que más vale ser pobres pero ser libres, aunque nos cueste mucho y aunque fuese largo el camino del desarrollo de nuestras riquezas —algún día habremos alcanzado también esa meta—, pero más vale ser pobres pero ser libres, que ser ricos y ser esclavos; mucho más cuando aquí éramos esclavos y pobres, y por lo menos ahora somos pobres pero libres, y algún día seremos libres y además ricos.
Así que a nosotros no se nos compra con ventajismos económicos, y mucho menos cuando las ventajas económicas no las vio nunca nadie por ninguna parte; porque aquí lo que vio todo el mundo fue miseria, injusticia, explotación. Eso es lo que se llama  los cientos de miles de niños que no tienen escuela, o no tenían escuela, y así es como se llaman los miserables bohíos, así es como se llaman los meses del tiempo muerto, así es como se llama desempleo, así es como se llama la agonía en que vivíamos. Y Cuba, nuestro pueblo, no ha hecho otra cosa que luchar contra esos males, no ha hecho otra cosa que esforzarse por superar esos males, no hemos hecho otra cosa que reclamar lo nuestro; no hemos hecho otra cosa que defender lo nuestro y a los nuestros. Y esa es, a los ojos de la plutocracia internacional, la falta que ha cometido Cuba; defender lo suyo, a los suyos y a lo suyo frente a la explotación, frente a la colonización.  Y esa es la causa de que los aviones vengan, esa es la causa de la insolencia cada vez más audaz, de los criminales protegidos por esa plutocracia; esa es la causa de que mientras en ninguna parte del mundo los barcos estallan, mientras en ningún lugar del mundo los aviones bombardean, en nuestra patria los obreros se vean amenazados en medio de su trabajo por una bomba de 100 libras, o se vean amenazados en medio de su trabajo por una explosión apocalíptica.
Esa es la causa del odio de la oligarquía poderosa que nos combate, esa es la causa de la conjura contra nuestra patria. La comprendemos bien porque es preciso que sepamos comprender nuestros problemas, es preciso que sepamos comprender estas verdades, y es preciso que se proclamen, como también es preciso que esos intereses y esos conjurados sepan a qué atenerse y sepan que aquí no se trata de hacer planes, en el extranjero, sobre los problemas del país o sobre las soluciones, o sobre las contrarrevoluciones, que para hacer planes acerca de nuestro país, en primer lugar, hay que contar con nosotros, y si no cuentan con nosotros, porque creen que no existimos, entonces que se atengan a las consecuencias.
Hoy hemos venido a concluir un día de los más tristes, sí pero de los más firmes de nuestra patria y de los más simbólicos. ¿Quién nos iba a decir hace 14 meses apenas, cuando cruzábamos con los soldados rebeldes de Oriente por estas calles, en medio de la alegría desbordante de aquel pueblo, que un día como hoy íbamos a tener que recorrer esas mismas calles, en medio de la tristeza y el dolor de ese mismo pueblo, para dar sepultura, entre un grupo de obreros, a un grupo de aquellos soldados que por aquí cruzaron portando los estandartes de la liberación nacional? ¿Quién nos iba a decir que los causantes y los cómplices de aquellos asesinos de tantos miles y miles de cubanos nos obligarían una vez más —y quién sabe cuántas veces más— a venir a llorar junto a las tumbas de nuevas víctimas, de nuevos ciudadanos aniquilados por los mismos criminales y los mismos aliados? Pero por amargo que sea, es lo cierto. Y aquí estamos cumpliendo este doloroso deber, y lo cumpliremos cuantas veces sea necesario, ¡lo cumpliremos un día como cortejo y otro día como féretro, si es preciso; lo sabremos cumplir, porque detrás de los que caen vienen otros, detrás de los que caen otros siguen en pie!
Grande ha sido la pérdida en estos 14 meses; compañeros entrañables e inolvidables que ya no están entre los que venimos tras los féretros; compañeros que en el cumplimiento del deber han desaparecido de nuestras filas; sin embargo, las filas siguen marchando, el pueblo sigue en pie, ¡y eso es lo que importa! Y qué espectáculo tan imponente el de un pueblo en pie, qué espectáculo tan maravilloso y tan impresionante el espectáculo de un pueblo en pie, qué espectáculo como este de hoy, y ver marchar juntos a los que hace algunos años habría parecido un sueño verlos marchar como marchaban hoy, y quién habría siquiera soñado hace algunos años ver marchar las milicias obreras codo a codo con las brigadas universitarias, codo a codo con los soldados del Ejército Rebelde, codo a codo con los miembros de la marina y de la policía; codo a codo con una columna de campesinos con sus sombreros mambises, sus filas marciales y compactas, sus fusiles al hombro; guajiros de las montañas que hoy nos acompañan en este minuto de dolor, para que nadie quedase sin representación; para que allí, donde se confundían con el pueblo ministros y ciudadanos, se juntase la nación entera en lo que tiene de generosa, de combativa y de heroica.
¡Quién iba a soñar siquiera que un día militares y obreros no serían enemigos, que un día militares y obreros y estudiantes y campesinos y pueblo no serían enemigos; que algún día los intelectuales marcharían del brazo de los hombres armados; que algún día el pensamiento, la fuerza de trabajo y el fusil marcharían juntos, como han marchado hoy!
Antes marchaban separados, antes eran enemigos, antes habían hecho de la patria disímiles intereses, disímiles grupos, disímiles instituciones, y hoy la patria es un solo sentimiento, la patria es una sola fuerza, la patria es un solo grupo. Hoy no combaten muriendo entre sí campesinos y soldados, o estudiantes y policías, pueblo y fuerzas armadas; hoy, surgimos todos del mismo anhelo y de la misma aspiración; pueblo y militar son idéntica cosa.  Antes combatían entre sí, hoy combaten juntos; antes marchaban por disímiles caminos, hoy marchan juntos, hoy luchan juntos obreros y soldados, hoy mueren juntos, unos a los otros ayudándose, unos dando las vidas por salvar a los otros, como hermanos entrañables.
Por eso vi hoy más fuerte que nunca nuestra patria, vi hoy más sólida e invencible que nunca a nuestra Revolución, más gallardo y más heroico a nuestro pueblo. Hoy era como si en esa sangre, que era sangre de soldados y de obreros, sangre de obreros cubanos y de obreros franceses... Obreros franceses que cumpliendo el deber también murieron mientras transportaban esas mercancías que servirán para defender nuestra soberanía, y por lo cual no los hemos olvidado a la hora de ayudar a los nuestros; a la hora de ayudar a los familiares de los cubanos que cayeron, no hemos olvidado a esos obreros de Francia que cayeron en ese hecho vandálico producido por las manos asesinas enemigas de los obreros aquí y en cualquier parte del mundo que en el acto de ayer hermanaron la sangre francesa, de donde surgieron aquellos gritos de libertad en la primera revolución grande de la historia moderna de la humanidad; hermanaron la sangre de los obreros franceses y la sangre de los obreros cubanos. Y por eso nosotros, que en ellos vemos a hermanos, hemos también atendido con pareja generosidad la ayuda a sus familiares, porque ellos también tienen esposas y tienen madres y tienen hijos; y esto constituía para nosotros, para un pueblo generoso como el nuestro, un acto de elemental solidaridad que sentimos todos hacia los pueblos de todo el mundo.
Hoy he visto —como decía— más gloriosa y más heroica a nuestra patria, más admirable a nuestro pueblo digno de admirarse como se admira a una columna que regresa del combate, digno de identificarse y solidarizarse con él como se solidarizan los hombres de un ejército después de una batalla.
Lo que importa no son los claros en las filas; lo que importa es la presencia de ánimo de los que permanecen en pie.  Y no una, sino muchas veces, vimos claros en nuestras filas, en las filas de nuestro ejército; vimos claros dolorosos, como hoy vemos claros en las filas del pueblo, pero lo que importa sobre todo es la entereza del pueblo que se mantiene en pie.
Y así, al despedir a los caídos de hoy, a esos soldados y a esos obreros, no tengo otra idea, para decirles adiós, sino la idea que simboliza esta lucha y simboliza lo que es hoy nuestro pueblo:  ¡Descansen juntos en paz!  Juntos obreros y soldados, juntos en sus tumbas, como juntos lucharon, como juntos murieron y como juntos estamos dispuestos a morir.
Y al despedirlos, en el umbral del cementerio, una promesa, que más que promesa de hoy es promesa de ayer y de siempre: ¡Cuba no se acobardará, Cuba no retrocederá; la Revolución no se detendrá, la Revolución no retrocederá, la Revolución seguirá adelante victoriosamente, la Revolución continuará inquebrantable su marcha!
Y esa es nuestra promesa no a los que han muerto, porque morir por la patria es vivir, sino a los compañeros que llevaremos siempre en el recuerdo como algo nuestro; y no en el recuerdo en el corazón de un hombre, o de hombres, sino en el recuerdo único que no puede borrarse nunca: el recuerdo en el corazón de un pueblo.
FIDEL CASTRO RUZ

Fuente: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos

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