julio 09, 2012

Discurso de Fidel Castro en el banquete de los Editores de Periódicos, con motivo del Día de la Libertad de Prensa (1959)

DISCURSO EN EL BANQUETE DE LOS EDITORES DE PERIODICOS, CON MOTIVO DEL DIA DE LA LIBERTAD DE PRENSA, EN EL PALACIO DE CRISTAL
Fidel Castro
[7 de Junio de 1959]

― Versión taquigráfica de las oficinas del Primer Ministro ―

Señores directores de periódicos que concurren a este acto;
Señores periodistas:
eAunque no asistí con toda puntualidad, como era mi deseo, en la tarde de hoy a este espontáneo acto, no de homenaje a mi persona, sino de homenaje a la Revolución, al esfuerzo que hizo y al esfuerzo sobre todo que está haciendo, si no pude ser puntual se debió a que me encontraba también trabajando, y he llegado aquí sin quitarme el polvo del camino —puede decirse, repitiendo la frase del Apóstol— del trabajo constante que estamos llevando a cabo, instigados por el deseo de hacer triunfar este esfuerzo de nuestro pueblo, y, en este caso, ya también instigados por el espíritu de pelea que, en la misma medida en que las banderas egoístas se levantan para combatir a nuestra Revolución por todos los medios, hemos de sentir los que somos verdaderamente revolucionarios.
Así pues, el venir de nuestro trabajo con la reforma agraria a este acto de los periodistas en que, como dijo el decano nacional, no venían a pedir nada, sino a expresar un criterio honrado frente a los atisbos calumniosos de los que han querido, si no decir, dar a entender o insinuar que esa falta de argumentos que hoy se percibe para atacar a la Revolución y también esa falta de moral para atacarla, se confunden con algo así como trabas a la libre emisión del pensamiento.
No debería ser necesario en absoluto que los dirigentes del periodismo, que periodismo no quiere decir empresa sino periodismo , porque empresa quiere decir negocio y periodismo quiere decir esfuerzo intelectual, quiere decir pensamiento; y si por algún sector la libertad de prensa ha de ser apreciada es, precisamente, no para el que hace negocio con la libertad de prensa, sino para el que gracias a la libertad de prensa escribe, orienta y trabaja con el pensamiento y por vocación, haciendo uso de ese derecho que la Revolución reconquistó para el país y que la Revolución mantiene para el país, aun en medio de todas las campañas tendenciosas que tienden a concitar cuantos enemigos sea posible contra la obra revolucionaria que estamos realizando...
Este homenaje tiene para nosotros un valor muy especial, porque se hace no al principio de la Revolución, en que todo era batir palmas, en que todo era elogiar, en que todo era decir “Gracias Fidel”, porque hasta ahora los sacrificios los habíamos puesto nosotros en su mayor parte y todavía no habíamos lesionado ningún interés, que es la única acusación de más de una campaña, más de una insinuación y más de una actitud en estos instantes.
Se realiza este acto sobre todo después que se ha aprobado la reforma agraria, que es la ley fundamental de nuestra Revolución, y, al realizar este acto, la presencia de este grupo numeroso de periodistas quiere decir que respaldan las leyes revolucionarias del Gobierno Revolucionario.
Para nosotros no constituyen ninguna sorpresa las manifestaciones que estamos viendo, cada vez más perfiladas, respecto a las medidas del Gobierno Revolucionario.  En más de una ocasión hemos dicho que sabíamos que esta iba a ser una tarea para nosotros dura, que sabíamos que muchos de esos que dicen “Gracias Fidel” no tardarían mucho en quitar los letreritos de “Gracias Fidel”; que muchos de los que en los primeros instantes batían palmas a favor del Gobierno Revolucionario, sobre todo con la esperanza de que no fuese revolucionario, iban a dejar de batir palmas; que lógicamente, cuando la Revolución, que para ser revolución de verdad tiene necesariamente que lesionar algunos intereses—no de los más legítimos precisamente—, sobre todo, si son intereses de poderosos, en el país donde siempre han mandado los poderosos, en el país donde siempre se han impuesto los poderosos, en el país donde los gobernantes se han plegado de rodillas ante los poderosos, que cuando la Revolución los lesionara, todos esos recursos de los poderosos poco a poco se iban a movilizar contra el Gobierno Revolucionario.
Dije también en una ocasión algo que es una afirmación que puede repetirse con la seguridad de que no dejará de cumplirse y es que no está muy lejano el día en que veamos militar en las mismas filas a los criminales de guerra y a los que se oponen a las leyes revolucionarias en razón de sus intereses.
Los cordones umbilicales se van gestando por distintos medios: la coincidencia de ciertos hechos, los disfraces con que cada uno empieza ya a simular sus actitudes.  Unos allá hablando de una rosa blanca  para encubrir su máscara sangrienta, y otros por acá hablando de otras cosas para encubrir también sus intereses, y no tardarán en asociarse, como en realidad corresponde, porque entendemos que los criminales de guerra han sido traicionados por los intereses que defendían; han sido traicionados, porque los criminales de guerra no se hicieron solos, los criminales de guerra fueron una consecuencia del sistema político que imperó en la república desde los primeros años.
Los criminales de guerra fueron creados por los intereses creados; los crearon para defender esos intereses, y esos intereses fueron los que corrompieron aquí las instituciones, los que convirtieron a cada soldado, a cada cabo, a cada sargento, a cada capitán, a cada coronel y a cada general en un mercenario al servicio de esos intereses.  Fueron los latifundistas, entre todos los intereses creados, los que convirtieron a los soldados de la república en verdugos de los campesinos, y los desalojaban de sus tierras, les quemaban sus casas y hasta los asesinaban para servir los intereses de los geófagos.
Fueron ellos los que gestaron este espécimen bajo, inhumano y cruel que después fuera asombro de todos nosotros y asombro del mundo, porque no hay que olvidarse de aquellas primeras impresiones ante los hechos vandálicos que se empezaron a cometer después del 10 de marzo, cuando todavía vivíamos en la ilusión después de aquella guerra que costó tantos millones de vidas y en la que tanto se insistió sobre los derechos humanos.  Veíamos cómo aquí en nuestra patria, se perpetraban todo género de fechorías que no tenían nada que envidiar a las peores que habíamos oído decir de los nazis, de los japoneses y de todos aquellos cuerpos que se caracterizaron por su crueldad, y nos asombrábamos porque todos entendíamos como cosa innata del cubano la nobleza, la sensibilidad, y nos parecía absurdo que en nuestro medio, o, mejor dicho, en nuestro pueblo, se gestasen elementos como aquellos que fueron consecuencia del medio ambiente, producto de una larga etapa de prostitución y de vicio, donde todas las inmoralidades se hicieron norma de vida, donde casi llegó a ser una vergüenza ser honrado, donde los hombres tenían que apenarse de ser dignos.  En aquel medio proliferó todo género de elementos que prevalecieron en nuestra vida, en nuestra vida pública, muchos de los cuales, como el jugador, el traficante, el banquero, el garrotero, etcétera, etcétera, han ido desapareciendo.
Realmente, aquí nos habíamos encontrado lo siguiente: los criminales de guerra perseguidos, encarcelados y castigados severamente, y, sin embargo, ¿qué ocurrió a los que gestaron a los criminales de guerra? ¿Qué ocurrió a los que aquí se beneficiaron durante largos años de aquel sistema?  ¿Qué ocurrió a los creadores de los criminales de guerra?  Sencillamente nada, porque no fuimos contra las personas, sobre todo, porque esos intereses se habían venido sucediendo a lo largo de los años; fuimos contra los sistemas, fuimos contra el latifundio, fuimos contra todos los vicios que habían conducido a nuestro país a ese estado de rebajamiento moral que todos pudimos comprender cuando ya era muy tarde quizás para evitar la tragedia que se cernió sobre nuestra patria durante siete años que difícilmente puedan olvidarse, aunque hay muchos ya que tratan de que los olvidemos:  son los que empiezan defendiendo a Martínez Sáenz, olvidando o tratando de que se olvide el pueblo de que fue el gran culpable del derroche criminal que se hizo de las reservas monetarias del país.  Los que defienden a Ernesto de la Fe, tratando de que se olviden de que fue el Goebbels de la tiranía, que justificó todas aquellas agresiones, que sirvió con tanto entusiasmo a aquella odiosa tiranía que costó tantos millares de vidas, y que hoy, cuando todavía está fresca la sangre de los caídos, no faltan los desvergonzados y los cínicos que empiezan defendiendo a estos señores a los cinco meses, y terminarán justificando y defendiendo a los Sosa Blanco, a los Sánchez Mosquera y a todos los criminales que cometieron tantos asesinatos .
Es a los desvergonzados a los que hay que parar en seco, porque lo que tratan es de rebajar el espíritu revolucionario, de prostituir el espíritu revolucionario, de que aquí se diga de nuevo, como dijo y como tal vez cree aquel escritor mercenario que afirmó que Cuba era un país de poca memoria.  Hay quienes, ajustándose a ese presunto apotegma, pretenden que a los cinco meses apenas, el pueblo de Cuba empiece a olvidarse de todo el pasado, empiece a ser tolerante y empiece a olvidarse de todos los grandes culpables, de lo que sufrimos.  Porque si hoy gozamos de libertad, no es para que nos olvidemos de los años pasados; si hoy gozamos de libertad, es porque tenemos muy presentes los años pasados, para que no nos vuelva a faltar la libertad, para que no volvamos a caer en ese pasado ignominioso.
Los que quieren olvidar el pasado son los que quieren que volvamos al pasado, los que quieren que nos olvidemos del pasado son los peores enemigos de la Revolución; elementos contrarrevolucionarios que van adaptando sus tácticas a la situación y que, a medida que la Revolución avanza, evolucionan en sus propagandas contrarrevolucionarias.
Callados cobardemente en los primeros días por temor al enardecimiento del pueblo —que nosotros hemos sido los primeros siempre en pedirle calma y serenidad, en pedirle orden a ese pueblo; cuando hemos creído que se impulsa demasiado, o cuando hemos creído que puede estar al borde de algún exceso, somos los que les hablamos—, acobardados en aquellos días, no hablaban, y empiezan ya a hablar, tratan de ganar una pulgada de terreno en su audacia y en su osadía.  Y si nos preguntamos por qué tan pronto, cuando nos preguntamos por qué apenas a los cinco meses ya se lanzan en sus campañas desfachatadas contra las leyes revolucionarias, es porque hemos marchado rápido, porque hemos sido firmes y porque hemos actuado sin vacilación. De no haber aprobado el Gobierno Revolucionario una serie de medidas, sencillamente, no tendríamos hoy esas campañas.
Ellos se apresuran porque la Revolución ha marchado rápido y podemos decir que nunca se hicieron tantas campañas contra un gobierno; y es curioso pensar que las campañas que no se hicieron contra los gobernantes inmorales, contra los gobernantes vendepatrias, contra los gobernantes sinvergüenzas, son las campañas que ya hoy se comienzan a hacer y que amenazan con ser cada día más audaces y más furibundas, contra el gobierno que no se ha robado un solo centavo , contra el gobierno que no ha cometido un solo acto de nepotismo, contra el gobierno que no ha incurrido en uno solo de los vicios de la vieja política, que no ha claudicado, que no ha cometido un solo acto de violencia contra ningún ciudadano de la república.  Lo que no se hizo con otros gobernantes cuando había razones más que sobradas para combatirlos y atacarlos, es lo que se está haciendo contra el Gobierno Revolucionario, cuya única falta es la de haber sido leal con el pueblo, no haber temblado ante los intereses poderosos, aun sabiendo que eran poderosos y que podían contar con muchos recursos, no haber vacilado en la firmeza de sus ideales y haber sido leales con el pueblo, que es como puede resumirse la actitud del Gobierno Revolucionario; por ninguna otra razón que por ser revolucionario, por ninguna otra razón que por hacer todo lo contrario de lo que hicieron otros.
Si los otros se acomodaban a los intereses creados, este no se ha acomodado.  Si los intereses creados vieron con indiferencia todos los horrores y traiciones que se cometieron en nuestra patria, no son en cambio indiferentes con el gobierno que de verdad se ha propuesto servir los intereses de la nación; que en vez de regalar las tierras, concederlas y perderlas, las recupera para los hijos de este país; que lejos de malversar los fondos de la república, los ahorra e invierte en beneficio del pueblo; contra el gobierno que lejos de apañar las inmoralidades de otros tiempos las combate.
Esos mismos que hoy les hablan del derecho de propiedad y que combaten la ley agraria, porque dicen que lesiona el derecho de propiedad —a pesar de que el Gobierno Revolucionario ha declarado que se ha propuesto indemnizar con los recursos que tiene hoy al alcance de sus manos, que son los valores del Estado, pero de un Estado que está regido por el principio de la más absoluta honradez administrativa; a pesar de que aún conservan lo necesario para vivir opíparamente, mucho más opíparamente que los infelices campesinos que no tienen una sola pulgada de tierra—, esos mismos que hoy les hablan del derecho de propiedad cuando la Revolución pone un límite al latifundio para ayudar a los campesinos sin tierra, fueron los que no dijeron una sola palabra cuando eran ellos los geófagos que les robaban al pueblo sus propiedades, al Estado sus fincas, los que desalojaban a los infelices campesinos de sus tierras.
Entonces no se acordaban de hablar del derecho de propiedad. El pueblo tiene también derechos de propiedad y aquellas tierras que se robaron a la propiedad del pueblo, los dineros robados a la república en todas las épocas, eran propiedad del pueblo; los impuestos dejados de pagar con falsas declaraciones sobre el valor de las tierras eran propiedad del pueblo. Más cuando un gobierno se decide a utilizar el poder en beneficio del pueblo, entonces todos los recursos son pocos y todas las influencias internas y externas son pocas para movilizarse contra ese gobierno revolucionario.
Para nosotros este acto de hoy, en medio de la contienda de la reforma agraria —contienda que ganaremos porque las batallas justas las ganan los idealistas , las batallas justas son las que defienden los que ganan las batallas, sobre todo cuando se trata de batallas que hay que librar en todas sus consecuencias, y las ganan los que no defienden los intereses del estómago, sino los que defienden los intereses del pensamiento ; las batallas las ganan los que actúan de acuerdo con los intereses del pueblo y los que cuentan además con un pueblo lo suficientemente maduro, lo suficientemente despierto como para no dejarse confundir, y lo suficientemente valiente como para no acobardarse ante ningún obstáculo y ante ningún peligro—, es el acto de los que permanecen firmes cuando los ratones empiezan a huir , porque experiencia de sobra tenemos en cada una de las etapas de esta lucha, y a los ingenuos que crean que harán desistir al Gobierno Revolucionario, a los ingenuos que crean que el Gobierno Revolucionario podrá amilanarse, aun en medio de todas las provocaciones, precisamente nosotros habremos de demostrarles toda la confianza que tenemos en esta obra y toda la confianza que tenemos en el pueblo.
Los que crean que podemos amilanarnos por las deserciones de aquellos con los que nunca contamos, se olvidan de que empezamos esta lucha con un puñado muy reducido, que hemos vivido desde la nada al todo y que ni nos impresiona el todo ni nos asusta la nada, que ni nos engañamos con aquellos que en la hora del triunfo se asustan ni nos desalentamos con los desertores que en los momentos de tormenta abandonan precipitadamente el campo de batalla ; que, en fin de cuentas, el mejor galardón que podemos ostentar es la procedencia de los ataques que recibe nuestro gobierno, el mayor orgullo que podemos ostentar es saber que los que nos combaten son los intereses que estuvieron con todos los gobiernos corrompidos, los intereses que se sirvieron de todos los gobiernos corrompidos y sangrientos, y que cuando ellos nos atacan el pueblo dice: “Vas bien Fidel” (APLAUSOS ). Vas bien, porque basta mirar quiénes atacan al Gobierno Revolucionario, basta mirar quiénes son los que hoy llevan adelante las campañas de oposición, campañas que no se caracterizan precisamente por un criterio, sino por los insultos y hasta por las amenazas, cosa insólita, a un gobierno que tiene el respaldo de la mayoría del pueblo, de todo el pueblo menos de los garroteros, de los jugadores, de los confidentes, de los politiqueros, de los latifundistas, de los criminales de guerra y de toda aquella lacra que se mantenía aquí imperando en nuestra patria, de todos esos elementos que no son los elementos sanos, los elementos desinteresados y los elementos generosos del país.
Las campañas que ellos hacen contra nosotros, esas campañas, el pueblo, con ese instinto, con esa percepción, con ese sentido que tiene para definir bajo qué sombra se cobija cada cual...  La mejor defensa, el mejor argumento a favor de nosotros son, precisamente, los personeros de esas campañas, los financistas de esas campañas; campañas que hacen los grandes hablando del chiquito, porque no tienen el valor de defender lo indefendible.  No tienen el valor de hablar en nombre de los intereses que representan y hablan del chiquito, del infeliz, del caso aislado que tenía una rentica de una tierra y que por culpa de la reforma agraria la perdió; de la viuda, de la infeliz viuda que va a perder sus rentas como consecuencia del principio de que la tierra debe pasar a manos del que la trabaja, para que la cuide, para que la proteja.
Es absurdo por completo que sobre los hombros de un infeliz campesino tenga que caer la carga de otro u otras familias, porque si bien es cierto que resulta penoso que una ley justa y de pretensiones de justicia a la hora de implantar un principio perjudique, por excepción, a un número determinado de familias, lo justo sería que los grandes latifundistas, que los grandes señores poderosos se quitaran un poco de lo que tienen e hicieran un pool para ayudar a esas familias, y no aspirar a que vivan sobre los hombros del infeliz campesino que trabaja una caballería de tierra.
Lo correcto sería eso y no financiar campañas para hablar del caso aislado del infeliz que se perjudica y que la Revolución no echará al olvido, porque los que no hablan del infeliz fueron los que nunca se olvidaron del infeliz.
Mas los infelices tienen sus defensores en los que hemos hecho esta Revolución, no para continuar manteniendo privilegios irritantes de poderosos, sino para defender a los infelices.  Los infelices no necesitan aquellos defensores, porque nos tienen a nosotros y porque dentro de la ley y dentro del Instituto Nacional de la Reforma Agraria —al que quieren calificar de dictador los que fueron ayer los dictadores que empezaron el retraso económico, el hambre y la miseria de nuestro pueblo—, el instituto tiene facultades para ayudar a todos los infelices, tiene facultades para resolver el problema de todos aquellos casos aislados, de excepción, que resultan perjudicados por la ley agraria.  Para eso están todos los recursos del Estado, para eso están los recursos que antes se robaban sin que los defensores estos de los infelices pronunciaran ni una sola palabra; para eso está lo que antes se iba en contrabando, en juego, lo que antes iba a parar a los bancos extranjeros; para eso están los productos de los impuestos que hoy no se los roba nadie, y, si no alcanzara, los impuestos se encargarían de que alcanzaran los recursos lo suficiente para que no fuera perjudicado el infeliz guajiro sino el poderoso y para que se indemnizase a la infeliz familia que, por excepción, quedara sin tierras.
Entonces ya no tendrán argumentos que esgrimir, los manidos argumentos de que lesionamos el derecho de propiedad, cuando, precisamente, lo que estamos haciendo es que la propiedad sea un derecho del pueblo y no un privilegio de unos cuantos.
Aquí el pueblo todo, que nació en esta isla donde cada uno de nosotros vinimos sin que siquiera nos lo consultaran, a esta isla donde se nos dice que estamos cobijados por una bandera, a esta tierra que se nos dice que es nuestra patria y de la que nuestro Apóstol, el fundador de nuestra república, dijo que era “con todos y para el bien de todos”, lo que estamos haciendo, señores defensores de grandes intereses, lo que estamos haciendo es cumpliendo las frases y cumpliendo la doctrina de nuestro Apóstol, que dijo que la patria era de todos y para el bien de todos .  De todos y para el bien de todos, que quiere decir que todos tenemos derecho a disfrutar las riquezas de nuestra patria; de una patria que antaño lucharon por ella los esclavos y que hoy lucharon por ella los campesinos, los campesinos a los que vamos a beneficiar con esas tierras, frente a los argumentos de los que hoy dicen que la reforma agraria es la ruina.
Ayer decían que la liberación de la esclavitud era la ruina, que si los esclavos eran liberados del yugo, de la cadena, del látigo, y de las 15 y 17 horas de trabajo el país se arruinaría, y hoy dicen que se arruina el país si el campesino es liberado del latifundio.
Si a un señor feudal de esos no le quedan más que 30 caballerías, nada menos que 30 caballerías de una tierra que debe ser de todos y para el bien de todos, que se arruina el país porque a ellos les quedan 30 caballerías y, ¡pobrecito!, no pueden vivir con 30 caballerías, ¡pobrecitos, no pueden vivir de los frutos de 30 caballerías de tierra! ¿Entonces cómo van a vivir los campesinos que no tienen ni una pulgada de tierra? 
Se arruina el país y vamos a la ruina y vamos al desempleo, vamos a la contracción, vamos al hambre, si hoy aquí al frente del Gobierno Revolucionario y al frente del pueblo de Cuba no estuviésemos un grupo de hombres decididos a librar y a ganar esta batalla.  Hambre, ruina y contracción, si detrás de la reforma agraria no estuviésemos dispuestos a dictar cuantas medidas sean necesarias para que no haya ni hambre, ni ruina, ni contracción.  Y, sencillamente, en vez de acoger estas cosas, que son realidades, con filosofía práctica, con filosofía inteligente; si en vez de comprender esos cuatro gatos —porque los latifundistas en total son cuatro gatos, pero cuatro gatos que poseen la inmensa mayoría de la tierra del país—, si en vez de tomar esto como realidades que ya no tienen remedio, como se resigna el padre que pierde un hijo, sobre todo los que lo perdieron en la Revolución y cuya única satisfacción es que la Revolución se haga y no que se traicione; si en vez de resignarse y comprender que 30 caballerías bien cultivadas dan para ganar lo que no pueden gastar; si en vez de comprender esas realidades, donde han salido bastante bien, porque en definitiva si fuésemos a cobrarles los impuestos que le dejaron de pagar al Estado, si fuésemos a exigirles responsabilidad en el hambre que ha pasado el pueblo con esos sistemas coloniales y feudales de explotación de la isla, si fuésemos a cobrar la deuda de lo que ha perdido nuestra capa vegetal, si fuésemos a cobrarles lo que ha perdido nuestro campo con la despoblación forestal y la erosión, si fuésemos a cobrarles todo el daño que le han hecho a la república, nos deberían, por lo menos, 30 caballerías cada uno de ellos.
Les hemos dejado 30 y dicen que hemos abolido el derecho de propiedad. El Estado le ha dado sus tierras al campesino y dicen que el Estado se está apoderando de todas las tierras.  Primero decían los enemigos de la reforma agraria que arruinaba al país porque lo dividía en pedacitos, y ahora, porque hemos dicho que la gran empresa no desaparece, sino que lo haremos en cooperativas, dicen que el instituto es el dictador de las tierras, porque el instituto dice que designará a los administradores de cooperativas para que funcionen y no fracasen, para que no nos salgan con historias de lo que pasó aquí o de lo que pasó allá, y eso no va a pasar aquí porque vamos a hacer las cosas bien hechas para que no pase igual.
Entonces salen con ese argumento de que el INRA es el dictador de la tierra.  El latifundista no es dictador.  Tener 15 000 caballerías de tierra y ser el amo, el jefe y el señor feudal, con todos los derechos, eso no es ser dictador.  Mandar la Guardia Rural a que queme las casas de los campesinos, eso no es ser dictador.  Robarse la tierra, eso no es malo. Tratar de rectificar todo eso, tratar de desarrollar, sobre bases científicas y técnicas, nuestra agricultura y nuestra industria, eso es ser malo. Robar no es malo, ser honrado es malo. Pegar al campesino y oprimirlo es bueno; ayudar al campesino es malo.
Entonces, como se consideran los sabios, los únicos inteligentes de este mundo —hasta hoy, por supuesto, en que están empezando a actuar con la más mala inteligencia que pueda concebirse—, dicen que merma la producción; pues aquí decimos que la producción no va a mermar, sino que la producción se va a multiplicar, y cuando vean lo que estamos haciendo y cuando empiecen a darse cuenta del incremento en todas las tierras de que va disponiendo el Instituto Nacional de la Reforma Agraria, cuando vean el rendimiento de producción —muy superior al que haya tenido nunca y muy superior a los que hayan tenido en esas mismas tierras—, entonces, ¿qué dirán?  Entonces tendrán que sufrir tal vez la amargura de ver que sus deseos no se satisfacen, porque el deseo de todos esos intereses es que fracase la reforma agraria, y el propósito nuestro es que la reforma agraria no fracase.
Y como la reforma agraria es la gran batalla de la Revolución y, o triunfan los enemigos de la Revolución o triunfamos nosotros, la reforma agraria va a triunfar frente a todo el sabotaje, frente a todas las campañas, frente a todos los enemigos, porque voy a decir aquí una cosa:  la reforma agraria no se detendrá ni aunque lluevan raíles de punta , y lo que le digo todos los días a todo el que está trabajando en esto: “Usted no se detenga por nada ni por nadie.  No abandone nunca este trabajo por ninguna razón, cualesquiera que sean las provocaciones, cualesquiera que sean las agresiones, cualesquiera que sean las batallas de cualquier naturaleza que tengamos que librar.”
La consigna que tienen los hombres que están trabajando es no detenerse, porque ahí está la batalla.  Ganar esta batalla es ganar la Revolución, y los enemigos tratarán por todos los medios de evitarlo.  Vean si no cómo han crecido las provocaciones; véase si no cómo en Santo Domingo atacan a nuestros funcionarios, invaden la embajada, combaten dentro del edificio, atacan durante hora y media la sede diplomática de Cuba y milagrosamente pueden regresar vivos.  Al día siguiente, en otra embajada cubana, en Haití, el automóvil de nuestro funcionario diplomático es acribillado a balazos.  Simultáneamente, en Nicaragua, el Presidente del Instituto del Café, un oficial del Ejército Rebelde, tiene que sufrir un intento de ser liquidado allí por un grupo de sicarios de la tiranía de Somoza. Véase cómo las campañas se incrementan.  Véase cómo se aúnan los intereses y las fuerzas contra la Revolución, y que en buena hora sea, porque la Revolución necesita enemigos, porque la Revolución necesita el estímulo de tener enemigos delante y mientras más mejor, porque esta Revolución se hizo siempre luchando contra los más, esta Revolución se hizo luchando contra los más, pero no en número, sino en poderes y en intereses.
Y para nosotros, que realmente no concebimos esto sino como una lucha, una lucha que no se acabó el 1ro de enero, sino que empezó el 1ro de enero, una lucha que vale la pena librarla en una etapa de nuestra historia que vale la pena vivirla, en buena hora sean todas las provocaciones y todos los ataques, porque aquí sí cabe repetir la frase de un periodista que nos acompañó en el viaje:  “Los revolucionarios verdaderos son como los gallos finos, que cuando tienen enemigos pelean y pelean de verdad.” Y mientras más fuerzas, de esas que inexorablemente tienen que oponerse a nuestra Revolución, mientras más se conciten, más entusiasmo sienten nuestros hombres, porque son hombres de lucha, y están muy conscientes de lo que están haciendo y están muy conscientes de los sacrificios que tienen por delante.
En lo que a nosotros respecta, es tan grande el entusiasmo que tenemos con la reforma agraria, que nos sentimos más entusiasmados que cuando estábamos en la Sierra Maestra.  Tiene para nosotros más importancia esta batalla que la batalla de la Sierra Maestra; tiene para nosotros más mérito esta lucha que la de la Sierra Maestra.  Y en donde estamos, no porque caímos aquí de casualidad, sino que lo sabíamos de antemano, de antemano sabíamos de esto, que no nos sorprende absolutamente para nada y estamos aquí voluntariamente y sabíamos perfectamente bien cuáles iban a ser las consecuencias de esta lucha, cuáles iban a ser las consecuencias de estas medidas revolucionarias, y que esta Revolución no iba a ser cosa de juegos, porque el poder de los enemigos de ella es grande, porque el poder de esos intereses es grande.
Sencillamente, era lógico que tratasen de combatirla por todos los medios, porque es lo que ha pasado siempre en todas las revoluciones de la historia, y aquí puede decirse aquello de que cuando un pueblo entra en revolución no se sale de ella hasta que no la concluye plenamente.  Nuestro pueblo ha entrado en revolución y ha entrado en revolución decididamente y cuenta, si bien con muchos enemigos, también con muchos amigos, porque cuenta, sobre todo, con el pueblo, y aunque sean menos ahora que el día 1ro —porque esto se ha ido limpiando poco a poco  y todavía quedan unos cuantos más por afiliarse junto a nuestros enemigos—, aunque somos menos, estamos más conscientes y más entusiastas.  No somos menos que ellos, somos menos que los que estaban el día 1ro con nosotros.
Claro, al llegar la hora de enderezar esto, porque esto había que enderezarlo como única solución a los problemas de los cubanos, entre los cuales están ustedes, porque alguna explicación tiene que tener esto de que los obreros intelectuales ganan menos que nadie, que los periodistas, por ejemplo, sean los más mal pagados; el que el maestro y, en fin, todos los hombres que trabajan con el pensamiento, con su inteligencia estén tan mal pagados en Cuba, tiene que tener una explicación.
Aquí pasa algo que tanta gente no tiene un medio en el bolsillo para ir al cine, ni ropa que ponerse, ni casa donde vivir, ni un centavo donde caerse muerto, como se dice corrientemente.  Aquí pasa algo y lo que pasa es que lo que hay no alcanza para todos nosotros, que tenemos necesidades de todas clases y que aspiramos con justicia a vivir un poco mejor, a vivir dignamente. Aquí pasa algo, que no hay suficiente número de platos en las mesas ni suficiente número de cocinas encendidas.  Aquí pasa algo y alguien tiene la culpa, porque no se concibe que las familias no tengan qué comer y, en cambio, usted camina kilómetros y kilómetros que pudiendo producir triple, producen una tercera parte, tierras abandonadas, tierras en reserva para las grandes compañías que cultivan la décima parte mientras el pueblo espera para ver si los fogones se encienden.
¿De dónde van a salir esos medios de subsistencia y de vida?  ¿Cómo vamos a poder comer, si no se produce?  Si la tierra está abandonada, y tenemos entendido que los alimentos no se producen sintéticamente, que aunque sea un plátano hay que sembrarlo, que una libra de arroz, hay que sembrarla, que una libra de carne hay que producirla y que todas estas cosas que, por ejemplo, hoy hemos dispuesto en este banquete, de algún lugar salen; desde el pan hasta el tabaco, el café, el pollo, la ensalada, de algún lugar salen.
De esas cosas tenemos que alimentarnos todos los días; de algo debemos vestirnos y calzarnos; de algo tiene que vivir el que escribe un libro, el que lo edita, el que lo imprime; de algo tiene que vivir, y aquí pasa algo cuando ese algo no está en nuestras mesas ni en nuestras casas, y alguien tiene la culpa, porque aquí nadie le quiere robar nada a nadie, aquí lo que quiere todo el mundo es vivir sin ser un delincuente ; dedicar el tiempo al esfuerzo que le sea necesario al sustento y a la familia.  Y, sin embargo, alguien tiene la culpa y algo pasa que la mitad de la gente tiene mucho menos de lo que necesita, las tres cuartas partes del pueblo tienen menos de lo que necesita y una considerable parte no tiene nada.
Cuando se habla del rendimiento, se habla del per cápita; pero, en la realidad de la vida, usted se pregunta: “¿El per cápita mío cual es?, una parte considerable de guajiros, de cosecheros y no quiero hablar de periodistas, que a ellos no les toca nada tampoco del per cápita y tienen que vivir del pariente, del amigo.  Así que, algo pasa y alguien tiene la culpa, y esto no se puede quedar así sencillamente, porque, ¿qué querían, que los que han mantenido en este estado de retraso al país continuaran dirigiendo al país? ¿Que los métodos de producción que nos han conducido a este estado de miseria y penuria continuaran trazando pautas al país? ¿Que nosotros nos resignáramos a lo que estamos viendo en todas partes, sencillamente por no tocar los intangibilísimos intereses de ciertos señores aquí? ¿Así que esos derechos de ellos eran la obligación de nosotros de seguirnos muriendo de hambre?  ¿Y quién dice que esos intereses son más sagrados que los intereses y los derechos del pueblo a la vida?
Hemos hablado de libertad de expresión del pensamiento, de reunión, ¿y la libertad de vivir?  ¿Y los que atentan contra la libertad de vivir? ¿Y los que no quieren que los niños se eduquen, que los niños se alimenten, que el hombre viva? ¿Que no les importa que una mujer que puede vivir 70 años viva 30 o 35; que los niños que pueden crecer siete pies se queden en cinco y medio o en seis; que sigan los niños desdentados y parasitarios, las mujeres enfermas y deficientes, los hombres incapaces de trabajar?, porque no puedo concebir hombre más resignado y sacrificado que el guajiro, que nunca toma leche ni come carne, trabaja 10 horas, trabaja descalzo y sin alicientes morales como no sea llegar a su casa y ver el montón de hijos hacinados en un bohío, sin alicientes culturales, sin alicientes espirituales de ninguna índole, como no sea el trabajo rudimentario y sin remuneración justa, cuando lo encuentra.  Los que no se preocupaban de esas cosas para hablar de la viudita y del pobrecito infeliz que ha salido perjudicado por esa ley cruel, por esa ley criminal, por esa ley dictatorial y despótica que es la ley agraria, ¿qué dicen del derecho a la vida?  Porque sin el derecho a la vida no se puede hablar, no se puede escribir, ni se pueden reunir; el que se muere de hambre no puede hablar.
Estos descarados, hipócritas, cínicos —porque de algún modo hay que llamarlos alguna vez—, esgrimen setenta mil razones para demostrar que lo otro es lo que nos ha conducido a todos a esta incertidumbre; por ejemplo, la de ustedes, en la situación en que están, la de nosotros queriendo resolver, queriendo ayudar, y ante el dilema de tener más o menos órganos de expresión o tejer soga para nuestros pescuezos sosteniendo órganos contrarrevolucionarios.
Qué hacer frente a todas estas cosas, sino sacar en conclusión que aquí pasa algo y que alguien tiene la culpa, y que es duro el esfuerzo que hacemos por ayudar, el esfuerzo que queremos hacer por llevar adelante esta obra; y, sin embargo, lo de atrás, los intereses creados, lo que hasta aquí ha existido, nos obstaculiza tanto que, en el caso de los periodistas, en esas horas que le quedan a uno para meditar, un poco en serio y un poco en broma, estamos pensando que vamos a tener que darles una cooperativa agrícola , para ayudarlos de alguna manera que no ponga a uno en riesgo de que nos despellejen por querer ayudarlos o en riesgo de que nos arrinconen y nos estrangulen por ayudarlos. Dilema en realidad serio, que no quiere decir que no tenga solución —porque la encontraremos también, pero que no cabe duda que son problemas delicadísimos.
Bien saben ustedes lo que nos esforzamos por estar cuanto antes y en todas partes, que hoy pensamos hacer una carretera y al otro día está empezándose a hacer la carretera, pensamos en los cultivos de una zona y al otro día salen los tractores para cultivar, las playas por lo menos las tienen para bañarse.  Todo el mundo sabe lo que nos esforzamos y estas cosas quizás sean una explicación en el día de la libertad de expresión y sirvan para explicar un poco la razón esta de que nosotros no hayamos podido terminar de resolver el problema de los periodistas, que sabemos que están mal y que forman parte de los afectados por la injusticia social, que forman una legión en el número de los que pueden esperarlo todo de la Revolución, de los que son llamados a ser redimidos también, igual que el campesino, igual que la mayor parte de nuestro pueblo; porque aunque ustedes vistan la guayabera y no anden con un sombrero de yarey, aquí al periodista, con sus 22 pesos semanales de sueldo, bien puede comparársele económicamente con la situación del campesino. Ustedes forman parte de la legión de los interesados en que este no fracase, entre otras razones, porque la suerte está echada, la de los periodistas está echada.
Si viniera una contrarrevolución y triunfara —que no triunfará jamás —, aquí hay mucha gente que no tendría problema, porque le han echado con el rayo al Gobierno Revolucionario, no tendrían problema —no tienen problemas con nosotros y no tendrían problemas con una supuesta contrarrevolución si triunfara, al contrario, batirían palmas, sacarían los cintillos y tendrían asegurada una medalla, porque son los defensores de los intereses contrarrevolucionarios—; en cambio, ustedes, los que han dado este acto, no solo perderían la libertad de expresión, sino que perderían hasta el órgano con que pueden expresar la libertad.
Y lo bueno que tiene esto para nosotros es que siempre sigue siendo la lucha de vida o muerte.  Los contrarrevolucionarios que se escapan, porque nosotros sí que no nos escapamos, nosotros —y esto no hay ni que decirlo, para qué decirlo aquí— sí que respetamos a los que nos combaten, esos, si escapan o se quedan, no tienen problemas. Luego, la lucha de ellos no es de vida o muerte.  Hay que saber distinguir:  la de nosotros será siempre de vida o muerte, porque siempre llegará primero la muerte que la desilusión, que el abandono de nuestras trincheras revolucionarias.  Estamos tan plenamente convencidos de la justicia de nuestra causa, de la necesidad de nuestra causa, de la bondad de nuestra causa, tan convencidos, aunque nadie estuviera convencido de eso —partiendo del supuesto que no lo estuvieran— que nosotros sabríamos defender nuestras ideas hasta el último aliento, porque si les quitan los ideales a los verdaderos revolucionarios no tienen nada que perder, lo perdieron todo, porque renuncian a todo desde que empiezan.
Nosotros aquí a nada tenemos que renunciar, ni al poder, porque el poder para nosotros es trabajo y sacrificio.  Pero, además, no tenemos que renunciar a la vida, porque podemos decir como aquel: Si morimos qué es la vida, por perdida ya la dimos —hablando en plural—, cuando el yugo del esclavo sacudimos.
Así que todo nosotros lo tenemos renunciado de antemano y nuestras luchas son de vida o muerte, lo mismo en la punta del edificio del INRA, que en el Pico Turquino.  Nosotros somos de los idealistas que luchan hasta el último aliento. Los demás con huir resolvieron, no luchan hasta el último aliento, huyen cuando no les queda mucho margen para escapar y previsoramente toman el avión y se van; los otros, pues juguetean y disfrutan de estas libertades sin problema, luego, no es para ellos esta lucha de vida o muerte; luego, no luchan, no son enemigos temibles.  Son temibles por las mentiras que infunden, por los oprobios que propalan, porque esto es el colmo, en algunas zonas les han dicho a los campesinos que van a trabajar para el Estado; protestan de que les vayan a dar la tierra a los campesinos, mientras por otro lado dicen que vamos a poner al campesino a trabajar para el Estado. Campesinos que estaban trabajando para ellos y que ahora van a trabajar para sí mismos, y no van a tener que pagar el 25% de lo que producen, ni les comprarán el producto a la mitad menos de lo que vale, ni les harán todas aquellas trapacerías que les hacían y ahora les dicen que van a trabajar para el Estado.
Son peligros como el que me acaba de decir el compañero Quintana que inventan:  por ejemplo, que esta reunión es algo gravísimo porque es algo así como la socialización de la prensa, ¿será que nosotros no entendemos esto, o es por el hecho que al Primer Ministro lo hayan hecho venir desde Isla de Pinos, y viene gustoso a una invitación que le han hecho los periodistas y casi no puede ni comer aquí, porque la fatiga le haya quitado el apetito, o porque me comí un sandwich en el camino?  Porque puede valer la pena aclararlo, no vayan a pensar que he perdido el apetito; pero no entendemos bien estas cosas, porque después de esto, seguir trabajando es algo gravísimo, porque aquí vemos una nota de un periódico (Lee un recorte de periódico).  Se explica que si viniera a un almuerzo es socializar la prensa, entonces la reforma agraria es la abolición de todo.
Lo único bueno que tienen estos cuadros, lo único alentador que tienen es que invitan a luchar, que se siente uno bien cuando sabe que la tarea no es fácil, que se siente uno bien cuando sabe que este esfuerzo es un esfuerzo que vale la pena hacerlo, que esta hora es una hora que vale la pena vivirla.  Porque las tareas fáciles no invitan a los hombres de espíritu entusiasta y elevado, las tareas fáciles son empresas de gente mediocre; pero las tareas difíciles como estas, en que se vislumbran todos los enemigos de la Revolución, en que se vislumbran los pasos de cada uno de ellos, las agresiones y las provocaciones, las tareas difíciles, sobre todo cuando son tan justas como estas, nos llenan de entusiasmo.
Es bueno que tengamos empresas difíciles por delante, porque lo peor para los revolucionarios, lo peor para un proceso revolucionario sería no tener enemigos, bajar la guardia, desfallecer el espíritu en la acomodación y en las cosas intrascendentes; y, como conocemos a los revolucionarios y sabemos que son mejores cuando tienen que librar grandes batallas, entendemos que estas amenazas, estas cosas tremebundas que se anuncian de sublevaciones, de esfuerzos decididos, de alzamientos, de cosas terribles, de anatemas de los que se paran y dicen que “habrá que fusilarlos” y que a cada rato se nos pone en una posición trágica, pues esas cosas nos entusiasman, no porque nos creamos que haya tanto heroísmo, sino porque revela que unos poderes muy poderosos se concitan contra la Revolución y que le van a presentar batalla a la Revolución.
Claro que cuando a una familia o a 50 familias les quemaban el bohío y las botaban con todos sus hijos, de eso no se enteraba nadie, nadie se enteraba; lloraban los niños, lloraban las madres y de eso no se enteraba nadie.  El grito del infeliz no lo conocía nadie, la protesta del infeliz no la escuchaba nadie.  El grito de protesta del poderoso tiene 100, tiene 1 000 altoparlantes para hacerse más fuerte, de modo que cuando gritan cuatro parece que gritan 400 000; cuando protestan cuatro parece que el mundo se hunde ante la tremenda injusticia que se está cometiendo contra ellos.  Y cuentan con eso entre sus armas, y en los momentos en que la Revolución es provocada desde afuera, cuando se confabulan los criminales, los malversadores y los que estrangularon a nuestra patria, se arrecian las campañas en favor de los personeros de la tiranía con los cuales la Revolución fue harto generosa, tan generosa que solo se cuentan a estas horas entre los vivos por lo generosa que ha sido nuestra Revolución.
Se arrecian las campañas para confundir, para sembrar el miedo, y junto con las campañas se arrecian las maniobras para reducir la producción y para contraer la producción, y todos se van asociando de una manera o de otra, se van confabulando de una manera o de otra para presentar batalla a la Revolución.  Inventarán razones, inventarán pretextos, hablarán de nobles causas para esgrimir banderas, para engañar a los demás, si pueden, para autosugestionarse a sí mismos si es posible; se repetirán muchas frases manidas, muchas palabras absurdas y se repetirán, para tratar de sembrar la confusión, el temor, el desaliento y el descontento a fin de debilitar a la Revolución, porque ya aquí cada cual sabe a qué atenerse, cada cual sabe lo que está haciendo, y cada cual va tomando sus posiciones en las contiendas que se avecinan y que necesariamente tendrán que gestarse, por cuanto la Revolución no está dispuesta a retroceder un solo paso, no está dispuesta a retroceder una sola pulgada.
Nosotros resolvemos los problemas que no son de trascendencia, que si hay que cambiar un artículo de una ley, por ejemplo, por el problema de las universidades privadas, o un problema pequeñito, o grande, vamos, porque en eso nosotros tenemos toda la flexibilidad necesaria.  Pero en el motivo esencial de la Revolución, en capítulos esenciales de la Revolución, en leyes revolucionarias, no retrocedemos una sola coma, y lo único que queda por delante no es retroceder sino avanzar.
Aquí la palabra retroceso en materia revolucionaria no existe.  Lo único que existe es avance, y mientras más se empeñen en combatir a la Revolución, mientras más se empeñen en hacerla retroceder, más riesgos correrán esos intereses de que la Revolución avance; lo único que no teme la Revolución es avanzar, porque sabemos y consideramos como buena estrategia ante una guerra armada como en esta guerra desarmada que la táctica correcta es avanzar.  Y, sencillamente, que use cada cual las armas de que dispone, que pierdan cuidado, que nosotros también usaremos de los medios de que disponemos y los medios de que disponemos es respaldo del pueblo, facultades jurídicas surgidas del hecho revolucionario en sí, y que, de acuerdo con la filosofía política, cuando se trata de una verdadera revolución y no de un retroceso, cuando es un esfuerzo por elevar el nivel material y moral de los pueblos, la revolución es el proceso que genera instituciones nuevas, leyes nuevas y principios nuevos.
Según esto, el Gobierno Revolucionario se propone una meta, una meta clara: el bien del pueblo, la redención del pueblo, la solución de los problemas de nuestro pueblo, de las viejas aspiraciones de nuestro pueblo bajo aquella consigna de “con todos y para el bien de todos”.  La Revolución solo dejará intacto aquello que no impida los objetivos de la Revolución; pero la Revolución no se detendrá lo más mínimo y barrerá por completo con todo aquello que impida o estorbe los objetivos de la Revolución. Con eso lo decimos todo, sin amenazas, porque preferimos que nos amenacen a nosotros; sin alardes, porque preferimos que los que alardeen sean los enemigos de la Revolución; sin histerismo, porque preferimos que los histéricos sean nuestros enemigos; sin agresiones, porque preferimos que los agresores sean nuestros enemigos.  Sencilla y naturalmente como se hacen las cosas, con hechos más que con palabras, sin amenazas, porque nosotros no amenazamos.
Sencillamente nuestra filosofía es lo más contrario que hay a la amenaza.  ¿Amenazar, para qué?  Quien amenaza forma parte del supuesto de que a quien se dirige, se le va a intimidar y, realmente, viene a ser, al fin y al cabo, lo más inútil, porque a nosotros no nos van a intimidar.  Nosotros no amenazamos, sencillamente realizamos nuestros objetivos sin amenazas de ninguna índole, porque esas son actitudes de impotencia.  Cuando se cuenta con los medios de hacer las cosas se hacen; no se amenaza, porque no presumimos que delante de nosotros siempre haya un cobarde, no hay que hacer esa presunción de que alguien se atemorice.
Hay algunas cositas:  se nos están pareciendo ya estos reaccionarios a los voceros de la tiranía en que amenazan.  La revolución nunca amenaza y la reacción está amenazando.  Eso es lo que hacía la tiranía, y ciertas frasecitas en la reunión, por ejemplo, de los ganaderos, ciertos gritos, eran copia textual de frasecitas de los Otto Meruelo y de los Díaz Balart y comparsa —lo que gritan en esos momentos en que no es fácil disimular mucho—, y ya empezamos a reparar en la idiosincrasia de cierta gente que en todo se están pareciendo, como una gota de agua a otra gota de agua, a los elementos que andan prófugos de la justicia, y lo peor es que quieren abolir una palabra.
Es curioso que se quiera abolir aquí una palabra, que se esté haciendo una campaña no solo contra la Revolución, sino contra una palabra.  Se quiere abolir la palabra contrarrevolucionario, se quiere abolir la palabra reaccionario. Hay quienes quisieran que ni siquiera existiera en el diccionario, para que entonces nosotros —y eso va contra la libertad de expresión— no pudiéramos contar ni con una palabra para calificar ciertas actitudes, y, en consecuencia, se están haciendo campañas contra palabras, método, por supuesto, que va contra la libertad de expresión, lo cual vale la pena recalcar un día como hoy, porque en materia de trabas a la libertad de expresión, hay ciertos monopolios de órganos que son “supercontralibertarios” de expresión, si se quiere buscar una palabra; porque cuando estos monopolios, por ejemplo, van en contra de la libertad, en la economía van contra la libre competencia y en materia de libertad de expresión van contra la libertad de expresión, porque cuando se cuenta con el medio de divulgar las ideas, mal que bien, somos algo así como impotentes de hablar y bueno es que cuando se hable de libertad de expresión lo digamos todo.
Aquí, por ejemplo, el niño analfabeto no disfruta de libertad de expresión; el hombre que no sabe leer ni escribir, no disfruta de la libertad de hablar ni de escribir.  Aquí el hombre, sometido económicamente, no tiene libertad de hablar ni de escribir, y la libertad de hablar y de escribir no debe ser un privilegio, sino un derecho y debemos estar también alertas contra todo lo que signifique cortapisas a la libertad de expresión del pensamiento, porque estamos en un caso curiosísimo:  en el peligro de que los grandes intereses contrarrevolucionarios monopolicen los mayores recursos de propaganda, aunque, desde luego, esto más bien para aclarar conceptos, porque —como hemos dicho en otras ocasiones— no nos importa que los intereses creados cuenten con muchos recursos de propaganda y tengan unos cuantos defensores, porque el pueblo cuenta con muchos defensores también que pueden hoy hablar y escribir.
Pero debemos estar atentos de hablar y escribir, no subestimar a los enemigos de la Revolución; hablar y escribir para evitar que confundan, que tergiversen, que desorienten; hablar y escribir contra el espíritu contemporizador, contra los argumentos de los que quieren echar mantos de olvido, contra los que quieren hoy pintar como infelices víctimas a los verdugos recientes, cuyas víctimas están todavía frescas.  Ustedes tienen que librar la batalla junto con nosotros, tienen que aclarar conciencias, sin que se dejen llevar por ese complejo que es otra cosa que se quiere establecer aquí, un complejo; y observen bien: se quiere abolir palabras, sembrar complejos, el complejo de que el que defiende al Gobierno Revolucionario es un adulón, un sinvergüenza y un servidor rastrero del poder.
Es bueno que estén alertas, porque quieren sembrar complejos también, cuando la verdad es que los defensores de la Revolución son espontáneos, porque esta Revolución lo único que les da es trabajo y sacrificio a sus amigos, tareas duras y difíciles a sus amigos. Esta Revolución no da prebendas ni gajes ni ventajas, y si en otros tiempos permanecer silenciosos ante todo género de horrores no era cosa que se pudiera calificar de ser inmoral cuando razones determinadas eran la causa de ello, nadie se debe dejar impresionar por esas palabritas de los que quieren pintar como una heroicidad el combatir el Gobierno Revolucionario y como adulonería el defenderlo.
Realmente la postura cómoda es la de los que nos están atacando, porque se están cubriendo las espaldas, y la heroica es la de los que están defendiendo un gobierno verdaderamente revolucionario y recto, que está dispuesto a luchar hasta el último aliento y sin retirada posible.  Esa es la postura heroica, aquella es la postura cómoda.  No es lo mismo defender a un dictador que defender a una revolución; no es lo mismo combatir un gobierno inmoral que presentarse de puritanos combatiendo un gobierno moral, honesto y revolucionario, que por revolucionario tiene enemigos, que por revolucionario tiene tantos adversarios ya; porque en el renglón, son 14 ya los adversarios que tenemos, y faltan unos cuantos más. Así que debemos levantar nuestras banderas de moral, nuestra fe, nuestros limpios pendones, porque si hay una causa que merece lucharse es esta, si hay un proceso que merece vivirse es este, si hay una idea que merece defenderse es esta.
A quienes no conformes con todo el lodo que tienen encima no les importa todavía sepultarse más, al menos no intenten hacer creer a nadie que defender la Revolución deshonra, porque esta Revolución ni se ha prostituido, ni se prostituirá. Que no tengan esperanza de que vayamos a aflojar en nuestros principios morales, que son cada vez más firmes, porque aquí hasta a un jefe de policía se le puso una multa por correr, y aquí la luz roja no la viola nadie, o por lo menos el que ostenta el cargo de primer ministro no la viola.
Los privilegios sí los violamos, los destruimos todos; respetuosos somos de todo lo que significa interés para el pueblo, y si un interés para el pueblo significa respetar alguna medida del tránsito, porque es la seguridad del ciudadano, lo respetamos. Eso indica nuestra mentalidad jurídica, pero de respeto a las leyes que benefician al pueblo, a las medidas que al pueblo interesan, pero no nos detenemos jamás ante intereses creados, ante medidas que no benefician al pueblo. Como les decía, este gobierno, lejos de ceder en su firmeza moral, irá exigiendo cada vez más moral, irá exigiendo cada vez más rectitud y en la misma medida que lo realizamos con los funcionarios y departamentos, iremos exigiendo cada vez más rectitud. Que no se esperancen creyendo que nosotros vamos a corrompernos ni a ablandar, porque estamos aquí igualitos que en la Sierra Maestra, estamos aquí igualitos que si estuviéramos en el monte.  El poder para nosotros no es más que sacrificio.  Desde que llegamos aquí, renunciamos a todos los lujos, comodidades y vanidades, y a todas las cosas que pueden distraer al hombre de sus objetivos.  Y si la esperanza es que nos ablandemos, es al revés, cada día van a tener menos pretextos y tendrán que alinearse más a las causas antipáticas, cada día tendrán que alinearse más a las causas inmorales y odiosas, porque en materia moral, tenemos tomados los firmes de las lomas y de ahí no nos bajamos; tenemos tomadas todas las alturas y posiciones estratégicas, y nuestros enemigos tendrán que tomar los huecos.  En esta lucha entre los propósitos de la Revolución y los intereses enemigos de la Revolución, tenemos posiciones morales y nuestra estrategia aquí será como en la guerra: la posición moral, la posición correcta es cada día más exigente y cada día más firme.
Todos ustedes saben en qué han fracasado los gobernantes.  Hay cosas que parecen absurdas y, sin embargo, ocurren.  ¿Cómo es posible que ocurran?  Esta vez podrá ocurrir lo imprevisible, lo que no se pudiera prever o evitar, accidentalmente pudiera ocurrir; pero conscientemente esas posturas y esos actos que han desacreditado a los gobiernos, no ocurrirán jamás en el Gobierno Revolucionario.  Tenemos mucho cuidado en mantener nuestra posición histórica y en mantener nuestra posición moral en esta lucha sin descender un paso en nuestras trincheras morales, desde donde esperamos luchar y combatir contra los intereses que se quieren oponer a esta Revolución.
Hacía muchos días que no comparecía en ningún acto público, el deseo de trabajar y de crear y de ganar tiempo es más poderoso que la necesidad de hablar y de aclarar muchas cosas; pero no nos queda más remedio que empezar a ripostarles antes de que se crean que han descubierto el Mediterráneo los enemigos de la Revolución; salirles al paso con razones porque, de razón a razón, vamos a ver quién la tiene toda y quiénes no la tienen nada.  En la polémica pública contra los intereses creados, vamos a ver quién sale victorioso en el esfuerzo creador, mientras los otros tratan de obstruccionar, contraer y rebajar; vamos a ver quién sale victorioso en esta batalla histórica entre el pueblo de Cuba y los enemigos del pueblo de Cuba, vamos a ver quién sale victorioso.
Si algún ejemplo hiciera falta para ilustrar las razones por las cuales tenemos fe en el pueblo, baste considerar el ejemplo de hoy en Isla de Pinos, una islita que fue refugio de piratas en siglos pasados, presa de piratas en siglos pasados, que nos la han querido quitar siempre y que la encontramos el 1ro de Enero presa de los últimos piratas, estos que se habían apoderado de nuestro país y que la quisieron separar económicamente de Cuba con una zona franca que nos situaba en el dilema de que, si invertíamos allí el dinero, se iba para afuera; si íbamos a gastar para ayudar a aquellos compatriotas, el dinero se nos iba para afuera.
En ocasiones se había tratado de justificar el engaño de la zona franca. Cuando le preguntamos al pueblo qué quería, si dejar la zona franca o suprimir la zona franca, unánimemente todos los vecinos de Isla de Pinos levantaron la mano diciendo que suprimiéramos la zona franca.  Y cuando esa integración se produce en nuestro pueblo, cuando esa conciencia moral y patriótica se produce en nuestro pueblo, vamos a ver después de tantos fracasos, después de tantas traiciones, después de tantas frustraciones, después que tantas veces han impedido a nuestro pueblo alcanzar sus grandes objetivos históricos; vamos a ver si después de un siglo de lucha, primero por salvar la nacionalidad frente a aquellas corrientes anexionistas, después por independizar al país, después para liberarlo, para hacernos libres económicamente, para ser libres de una vez; vamos a ver si después de un siglo, en esta batalla entre los principios históricos de nuestro pueblo y los que se han opuesto al destino de nuestro pueblo, vamos a ver, pues, quién gana esta batalla.
FIDEL CASTRO RUZ

Fuente: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos

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