julio 09, 2012

Discurso de Fidel Castro en el Día del Jurista, en el Hotel Habana - Hilton (1959)

DISCURSO EN EL ACTO DE CELEBRACION DEL DÍA DEL JURISTA, EN EL HOTEL HABANA-HILTON
Fidel Castro
[8 de Junio de 1959]

― Versión taquigráfica de las oficinas del Primer Ministro ―

Compañeros abogados:
Es para mí, sinceramente, una oportunidad emocionante esta de hablarles a mis compañeros de profesión.
Entre tantas comparecencias y entre tantos discursos, quizás ninguna prueba más difícil que esta precisamente, porque les hablo a los míos , a los que hemos tenido una formación igual y a los que, además, como abogados que somos —espíritus polémicos y espíritus críticos—, naturalmente entienden de emociones pero sobre todo entienden de razones.
Hoy somos, por encima de todo aquí, abogados. Ese concepto es el que nos une, aunque puedan separarnos conceptos más o menos radicales, ideas más o menos radicales, temperamentos más o menos radicales.
Aquí presentes hay, entre abogados, ministros, magistrados, jueces, fiscales, abogados en general.   Unos acusan, otros defienden, otros deciden; unos hacen leyes, otros las interpretan.   Es decir que cada uno de nosotros en nuestra vida cotidiana hace algo diferente.   Nuestras funciones son bastante diferentes, sin embargo, aquí nos une un concepto:  somos hombres de derecho, hemos estudiado el derecho y nos hemos dedicados al derecho.
Nosotros, los que somos aquí ministros —porque debe decirse que posiblemente nunca haya habido tantos abogados en un gobierno, puede decirse que este es un gobierno de abogados revolucionarios—, tenemos quizás una de las funciones más difíciles, que es la función de hacer las leyes revolucionarias, aunque afortunadamente hemos contado con un valiosísimo ministro, miembro prominente del colegio, el doctor Dorticós, entre otros , a quien afectuosamente los demás ministros le solemos llamar “El Congreso” , porque es el que redacta las leyes y por cuyas manos pasan las iniciativas y las medidas legales del gobierno.
Es una tarea difícil, porque una revolución, si es una revolución como esta, que es una revolución...  vale la pena recalcarlo, porque muchas veces hemos oído llamar a cualquier cosa una revolución.  Los autores del golpe del 10 de Marzo decían que habían hecho una revolución, y en nombre de las palabras revolucionario o revolución, se han cometido incluso muchos actos contrarrevolucionarios y muchas fechorías.
En realidad, revoluciones en el mundo ha habido muy pocas.  La palabra incluso ha llegado en ciertas circunstancias a ser antipática por los hechos que bajo su manto se han tratado de cubrir.  Pero en verdad, como todos nosotros sabemos por lo que hemos estudiado de historia, revoluciones en el mundo —es decir, cambios verdaderamente profundos y justos— ha habido muy pocas.  Y no por falta de intenciones, porque muchos han sido los esfuerzos del hombre en todas las latitudes por alcanzar estados superiores y más justos de convivencia, donde se hagan posibles las aspiraciones del hombre.
Una revolución implica cambios, cambios que necesariamente chocan con el estado social existente, con los intereses existentes, y naturalmente que concita contra sí toda una serie de fuerzas poderosas: las fuerzas de los que han estado detentando el poder y los privilegios, las cuales lógicamente tratan de defender por todos los medios posibles esas ventajas que han estado disfrutando, no se resignan tranquilamente a perderlas.
Los que conocen la historia de las revoluciones saben de las tremendas dificultades que han tenido que vencer para llegar a ser realidades, para obtener en muchas ocasiones una parte siquiera de lo que pretenden, porque son muchos y muy poderosos los intereses que se oponen a ellas, y particularmente en nuestro caso cubano, porque contra nuestra Revolución no solo se concitan intereses internos —que los hay, no debemos cegarnos, y aunque nos duela tenemos que reconocer que contra ella se concitan poderosos intereses internos, no por el número, sino por sus recursos, por su influencia, por su maña e incluso porque cuentan a su favor con todas las ventajas que implica el estado de ruina, de incultura y los malos hábitos y vicios que durante años, decenas de años, y en ocasiones siglos, han sembrado en los pueblos—, contra nuestra Revolución se concitan intereses extraños a la nación.
Puede decirse que se concitan todos los intereses que en los demás pueblos de nuestro continente temen a una revolución como esta, temen el triunfo de una revolución como esta, no porque cuando nosotros hagamos una ley revolucionaria los estemos perjudicando en sus propios intereses, sino porque la nación cubana está dando un ejemplo, porque todos los pueblos de América tienen puestos sus ojos en la nación cubana, y los intereses creados en otros países, los órganos de publicidad de esos intereses, los voceros de esos intereses, adivinan que el ejemplo de nuestra Revolución puede despertar la conciencia de otros pueblos que están padeciendo los mismos males que nosotros hemos padecido y de los cuales estamos tratando de librarnos, y esa conciencia pueda despertar y luchar en aquellos países por los mismos propósitos que estamos luchando nosotros aquí.
Es decir que no solo como hecho social que lesiona intereses nacionales, que lesiona intereses extranjeros radicados en nuestro país, sino que incluso como ejemplo nuestra Revolución concita enemigos fuera de nuestra patria, y los concita aquí no por lo que tenga de injusta, sino por lo que tiene de justa; no por inmoral, sino por moral; no porque contemporice cómodamente con aquellas situaciones imperantes, sino porque lucha para cambiarlas.  Es por lo que nuestra Revolución tiene enemigos.
No los tenía el primer día.  En aquel momento todos se acordaban de los beneficios que habla traído para la nación, todos se acordaban de que gracias al esfuerzo revolucionario brillaba de nuevo el sol de la libertad en nuestra patria; todos agradecían que gracias al esfuerzo revolucionario el tirano había huido, los esbirros y los criminales habían huido, las noches de zozobra habían terminado, el terror de la opresión había desaparecido, los jóvenes podían regresar a sus casas, las madres estaban tranquilas, la familia se sentía segura, se acabó el crimen, se acabó el pillaje, se acabó el vicio y, en fin, pudieron los cubanos sentirse orgullosos de nuevo, sentirse pueblo de nuevo, sentirse hombres de nuevo, sentirse de nuevo como capaces de mirar con la frente alta a otros pueblos.  Y aquello lo agradecía todo el mundo:  nos faltaba a todos la libertad, y todos agradecían la libertad conquistada; nos faltaba a todos la seguridad y agradecían todos la seguridad conquistada.
Cada cual agradecía lo que no tenía, agradecía el fin de aquella humillación perenne, agradecía el fin de aquella bofetada perenne en el rostro de cada ciudadano.  Cada cual, repito, agradecía contar de nuevo con aquellas cosas que le faltaban.  Pero muchos se olvidaban de que a una inmensa mayoría del pueblo no solo le faltaba la libertad, no solo le faltaba la seguridad, sino que le faltaba también el pan, le faltaba el trabajo, le faltaba el más elemental recurso para llevar unos zapatos a sus hijos, un pedazo de pan a sus hijos, una medicina a sus hijos, un poco de alegría y de felicidad al hogar; que a una inmensa mayoría del pueblo, desde hacía mucho tiempo, venía faltándole aquellas cosas que son tan elementales y tan indispensables a la vida como la libertad, porque sin ellas la libertad no puede concebirse, sin ellas la seguridad no puede concebirse, la felicidad no puede concebirse.
Al hombre que le falta el trabajo, al hombre que le falta el pan, no se le puede llamar un hombre que se sienta seguro con el fantasma terrible del hambre, la tiranía del hambre, la incertidumbre pesando siempre sobre él.  Un hombre con hambre no puede sentirse un hombre seguro ni un hombre libre; un hombre con hambre es víctima de la tiranía de las necesidades y lo puede hacer víctima de todas las abyecciones morales.
Una parte se olvidaba de lo que le faltaba a la inmensa mayoría del país, y que esa inmensa mayoría del país seguía esperando mucho de nosotros, que esa inmensa mayoría del país había concebido una gran esperanza en la Revolución, y que esa inmensa mayoría del país esperaba ser liberada también de otras muchas tiranías que pesaban sobre ella:  la tiranía de todos los privilegios; la tiranía de una serie incalificable de explotaciones que iban desde el garroterismo hasta el latifundismo, desde la explotación del vicio a todas las formas de especulación, a todos los sistemas de producción, que no se ajustaban, por ningún concepto, a las necesidades de la nación.
De modo tal que, por una serie de causas de orden económico, nuestro pueblo, que tenía por un lado la fortuna de habitar en una de las tierras más ricas del mundo, en una isla capaz de dar un modo de vida decoroso no a la exigua población de 6 millones de habitantes, sino a una población cinco o seis veces mayor, con trabajo para todos, con riquezas para todos, con beneficios para todos y que cuya realización es posible lo prueba el hecho de que otros muchos pueblos más numerosos que nosotros, viven mucho mejor que nosotros, en tierras menos extensas que las nuestras y en tierras menos ricas que las nuestras...  
Luego era evidente que nuestras riquezas no estaban siendo explotadas debidamente; era evidente que la nación resultaba víctima de una serie de vicios económicos, resultaba víctima de una serie de privilegios, de los que se preocupaban solo por ellos, se preocupaban solo por sí mismos, de la satisfacción de sus aspiraciones materiales aun a costa de que el resto del pueblo —lo que vale decir la gran mayoría del pueblo— continuase sufriendo la peor suerte.
Era indudable que esas clases —a las que se suele llamar clases dirigentes, a las que se suele llamar clases influyentes, clases orientadoras de la vida económica y, por ende, de la vida política del país— no habían interpretado las aspiraciones de la nación, no habían sabido guiar ni orientar al país, y que, lejos de ello, por su conformismo frente a otros intereses poderosos, por su conformismo frente a las costumbres políticas imperantes, por su conformismo frente a todos los males en que estábamos sumidos lejos de llevar al país hacia adelante lo estaban retrogradando cada vez más, lo estaban sumiendo cada vez más en el atraso económico, en el subdesarrollo económico y en el atraso político y moral.
Cada día era mayor la incertidumbre; cada día era mayor el desempleo; cada día era mayor el desnivel en las balanzas de pago y de cambio; cada día era mayor el número de profesionales sin ocupación, llámense maestros, o abogados, o médicos; cada día era mayor el número de campesinos sin tierra; cada día era mayor el número de obreros sin trabajo.  Y se daba el caso absurdo de que la población se duplicaba, los niños crecían y se hacían hombres en cortos años, sin que el país se desarrollase, porque muchas causas de orden interno y de orden externo conspiraban contra el desarrollo de la nación.
Todo el mundo aquí está de acuerdo —porque todo el mundo lo dijo muchas veces, porque todo el mundo lo sabía desde que empezaba a tener un poco de conciencia política, desde que empezaba a leer en algún libro— en que este era un país de monocultivo, que este era un país atrasado económicamente, que este era un país de alquileres altísimos, que este era un país de concentración de la tierra en pocas manos, que este era un país de latifundios, algunos de los cuales bien podían considerarse casi una provincia por los miles y miles de caballerías de tierra de extensión que tenían.  Y todo el mundo estaba de acuerdo en eso, y todo el mundo estaba de acuerdo en que era la causa de la miseria, y todo el mundo estaba de acuerdo en que si el país no salía de esos vicios y de ese pantano se debía a que los usufructuarios de esa situación, a que los únicos que se beneficiaban de esa situación, lo impedían, porque eran los que influían en los partidos políticos, eran los que influían en las instituciones del Estado.
Aquí está presente un presidente que en alguna ocasión ha dicho que para aprobar algunas de las leyes de carácter económico en beneficio de la nación tuvo que pagar representantes y senadores , porque aquellos representantes —no eran representantes del pueblo en una mayoría, o en un número considerable, sino representantes de la compañía tal o más cual, que les pagaba la campaña; representantes de los intereses tales o más cuales, que mantenían su vigencia política— jamás se decidirían a aprobar medidas que estuviesen contra esos intereses.
Esos intereses no solo tenían amigos y defensores y representantes en el Parlamento, sino que tenían voceros en los órganos de prensa, tenían voceros sobrados en la prensa nacional y en la prensa internacional, tenían defensores en todas las tribunas, y eran los que hablaban, los que trataban de orientar.  Y si bien ni orientaban ni salvaban la república, al menos la confundían, al menos la mantenían en un letargo moral del cual solo una revolución podía liberarla.
Esos intereses tenían no solo sus amigos en el Parlamento y en los voceros de la opinión pública, sino que los tenían también en los cuarteles, porque cada capitán, y cada coronel, y cada general, y cada sargento, y cada soldado, era un defensor de aquellos intereses; los hombres que iban a prender la llama en los bohíos de los campesinos, los hombres que usaban sus fusiles para agredir a culatazos o con el “plan de machete” a todo aquel que inconforme con aquellas injusticias osara protestar, no ya rebelarse, porque rebeliones no hubo antes; rebelión es esta, rebelión de verdad, y que por ninguna razón dejará de ser rebelión .
Son cosas estas que ningún hombre justo, ningún hombre sereno, ningún hombre honrado, sería capaz de negar.
Nos tocó a nosotros venir a enfrentarnos con esos problemas, problemas que no los creamos nosotros, problemas que venían de atrás, de muy atrás, para juntarse todos en un tinglado de intereses contra los cuales nos hemos tenido que enfrentar nosotros, y estamos en el deber de enfrentarnos, so pena de convertirnos en traidores a la idea de lo justo y a las esperanzas que el pueblo ha concebido con el anhelo de verlas convertidas en realidad.
Nos ha tocado enfrentarnos con cada uno de los vicios, con cada uno de los privilegios, porque si allá en los inicios de la república, por razones de orden económico y político, se gestaron los latifundios; si desde los inicios de la república comenzaron a tener vida una serie de hábitos especulativos y una serie de costumbres en las cuales radican las causas de todos nuestros males políticos, económicos y sociales, nos vino a corresponder a nosotros la tarea dura y amarga de tener que enfrentarnos a cada uno de ellos.  ¿Porque le queramos hacer mal a alguien? ¡No!  ¿Porque queramos hacer sufrir determinadas privaciones a sectores determinados? ¡No!  Sencillamente porque era una necesidad, porque no había otro modo de romper de una vez este nudo gordiano que estaba atando la marcha de nuestro pueblo.
Por eso hoy no es como al principio.  Por eso hoy los que ayer agradecían los beneficios que la Revolución les había prestado, pronto han olvidado aquellos beneficios para no comprender los sacrificios que debían hacer, porque si muchos jóvenes sacrificaron su vida, que vale más que la hacienda; si muchas familias sacrificaron a sus hijos, que valen más que la hacienda; si muchas generaciones han sufrido; si en la lucha de nuestra patria desde hace más de un siglo por ser plenamente libre, miles, decenas de miles de cubanos se han sacrificado; si sacrificaron otras generaciones a sus mejores hijos; si Céspedes, si Martí, si Agramonte —cuyo recuerdo se evoca hoy—, si Maceo y si tantos miles de hombres superiores, de hombres formidables, se sacrificaron; si unos lucharon 30 años por darnos una patria libre; si otros han hecho ingentes sacrificios; si sobre todo se ha sacrificado nuestro pueblo, que ha sufrido hambre, dolor, luto y miseria en cada una de las contiendas, hay hoy, quienes haciendo cierto aquel pensamiento de Maquiavelo de que hay hombres que prefieren la muerte de toda su familia antes que el sacrificio de sus bienes materiales, unos cuantos, una minoría —pero minoría poderosa, minoría que tiene recursos, minoría que tiene voceros dentro y fuera de Cuba, minoría que tiene cómplices dentro y fuera de Cuba, minoría que cuenta con la solidaridad de otras minorías como ella en otros pueblos de nuestro continente—, se han olvidado bien pronto de los beneficios que la Revolución les trajo para empezar ya a odiar y a combatir de palabra, para empezar a combatir de hecho a la Revolución, que trata de seguir ayudando a aquellos que necesitan de ella, a seguir liberando a aquellos que no han sido liberados todavía de otros males tan duros y tan crueles como los males que llevaron a todo el pueblo a levantarse contra la dictadura.
Es egoísta agradecer o luchar por lo que a nosotros en particular nos preocupa o nos hace sufrir, y olvidarnos del deber de luchar por aquellos que todavía necesitan de la Revolución, ya que, al fin y al cabo, si la Revolución ha quitado, no ha quitado lo esencial, ha quitado lo que sobra; si la Revolución ha obligado a sacrificios, no es a sacrificios de lo que se necesita para vivir decorosamente, sino al sacrificio de lo que sobra.  ¡Y ha dejado todavía de sobra! 
Cualquiera diría que aquí no queda ningún millón en ningún banco.  Cualquiera diría que aquí no quedan casas principescas.  Cualquiera diría que aquí no quedan quienes puedan gastar 10 000 pesos al mes, 20 000 pesos al mes, 30 000 pesos al mes, y todavía les sobra más de un millón de pesos todos los años, o les sobra medio millón de pesos, o les sobran 100 000 pesos —que para el caso es lo mismo, porque al fin y al cabo nadie puede dormir cada noche en más de una cama , ni puede transitar a cada momento en más de un automóvil, ni se puede poner más de un traje al mismo tiempo, ni más de un par de zapatos al mismo tiempo, y posiblemente son muy pocos los que puedan comerse más de tres bistés de filete al día.
No acabamos, por eso, de comprender dónde puede estar la razón de los que airadamente pagan campañas contra la Revolución, movilizan recursos contra la Revolución, inventan argumentos contra la Revolución y empiezan a asociarse ya a los criminales de guerra.  Y en esto no invento, porque baste saber ya para no acudir a informaciones que pudiéramos tener en nuestro poder, baste considerar las coincidencias cada vez más señaladas, las actitudes cada vez más audaces, las provocaciones cada vez más agresivas dentro y fuera de la patria de los que se empeñan en calificar al Gobierno Revolucionario de comunista mientras en Santo Domingo los criminales de guerra nos llaman comunistas, mientras en Miami los criminales de guerra lanzan panfletos llamándonos comunistas.
Baste observar cómo se llega ya al soborno, como ha ocurrido con el caso de utilizar incluso no a un miembro del Ejército Rebelde, pero sí a un castigado por el Ejército Rebelde, a un oficial que en plena campaña fue destituido por cobardía, por embriaguez y por indisciplina, de esos que aprovechando el maratón de los primeros días para pasar desapercibidos volvieron a ponerse las insignias hasta que supieron que se estaba haciendo una depuración; cómo utilizan a esos elementos, los sobornan y los llevan al extranjero a decir nada menos que oficiales rusos están entrenando al Ejército Rebelde , que barcos rusos estaban descargando armas en el puerto de La Habana; e insistir cada vez más en las cosas más inverosímiles, en las mentiras más canallescas dentro y fuera, en la misma medida en que dicen que la reforma agraria es comunista, como decía un oportunista y uno de esos descarados que aquí abundan, que dijo que él era un miembro del Ejército Rebelde y que él, líder de un grupo de colonos, estaba contra esa ley porque era comunista.  Y resultaba ser que el señor era heredero nada menos que de 90 caballerías de tierra, y era un afectado por la ley revolucionaria.
Así vemos cómo tratan incluso de presentar a esos elementos como revolucionarios, y vemos informaciones donde dicen: “El revolucionario tal, el distinguido revolucionario más cual, combatiendo la ley revolucionaria.” Como si pudiera llamarse revolucionario el combatir una medida justa, como si pudiera llamarse revolucionario a un defensor de los privilegios, como si pudiera llamarse revolucionarios a los que se venden a los criminales de guerra que se fueron del país después de saquear la república, que todo el mundo sabe cómo la dejaron.
Todo el mundo sabe cómo quedaron las divisas, todo el mundo sabe los millones que se llevaron, de tal manera que solo la anulación de los billetes de 1 000 y de 500 que se llevaron a última hora significó la suma de 20 millones de pesos.  Todo el mundo sabe las cantidades de recursos con que cuentan, más los recursos de Trujillo, dueño de Santo Domingo, dueño de toda la extensión territorial prácticamente de aquella isla, dueño de todos los centrales azucareros.  ¡Ah!, pero a eso no lo llaman estatalización, eso no lo califican de comunismo.  ¡No!  El que un señor llegue a un país y se coja toda la tierra, y se coja todas las industrias, y se coja todos los negocios de ese país, ¡ah!, eso no lo califican de estatalización, ¡no!  ¡Esa es una medida liberal, es una medida democrática, esa es una medida de respeto a la propiedad privada, porque es la propiedad privada del señor dictador!  Contra eso no se harán campañas, contra eso no se harán campañas por los trusts internacionales, por los grandes recursos, porque Trujillo lo único que hizo fue adquirir la propiedad privada —¡sacratísima!— de toda la tierra de aquel país, quitándosela a los demás.
Mas cuando se hace una ley revolucionaria y justa, donde el Estado empieza por dar sus tierras a los propios campesinos, donde el Estado prácticamente se queda sin tierras, si se exceptúan las destinadas a la reserva forestal o algunos otros fines de beneficio nacional; si se hace una ley agraria para recobrar incluso mucha de la tierra que le robaron al Estado; si se hace una ley agraria para recuperar las mejores tierras de la nación de manos extranjeras; si se deja un límite de 30 caballerías, y en ocasiones de 100; si gracias a esa reforma cientos de miles de campesinos van a disfrutar de los beneficios de la tierra, a esa ley —que todavía deja considerable cantidad de tierra en manos privadas— se le califica de una ley totalitaria, de una ley antidemocrática, de una violación a los principios de la Constitución de la República, y se hacen campañas contra nosotros y barcos rusos “aparecen” descargando armas.
A Trujillo, a Somoza, a los grandes criminales, a los grandes dictadores, a los que han estatalizado la tierra para ellos: a esos no se les dedican campañas.  ¡Esos son prohombres de la democracia, esos son prohombres de la libertad, esos son prohombres de los sagrados derechos de la propiedad!  Nosotros somos totalitarios, enemigos de la democracia, enemigos del derecho de propiedad.
Pero vale decir dos cosas: en primer término, ¿cómo no calificaron de totalitaria la Constitución de 1940?  Porque la Constitución de 1940 decía que la ley proscribe el latifundio y la ley señalará el máximo de extensión de tierra para cada tipo de cultivo agrícola-industrial.  ¡La ley señalará el máximo de extensión de tierra!  Mas como nunca la ley señaló el máximo, la Constitución era democrática; mas cuando se señaló el máximo, como el máximo que se señaló no era de 30 000 caballerías, sino de 30, ¡ah!, entonces la Constitución, la ley, no es democrática.
La cuestión no estaba en la ley, la cuestión estaba en el límite. Si la Revolución hubiese establecido el límite que les venía bien a los grandes trusts extranjeros y a los grandes intereses de unos pocos, entonces esa hubiera sido la ley más democrática del mundo.  Si en vez del tres y un cero, hubiésemos añadido dos más, tengan la seguridad de que ahora, en vez de ser calificado el gobierno de totalitario, en vez de ser calificado de antidemocrático, de abusador, de violador de la Constitución y de los sacratísimos derechos de esos intereses, yo estaría condecorado a estas horas por los latifundistas.
Habrían venido aquí los grandes ganaderos, esos que tienen la osadía de hablar en nombre de todos los ganaderos, olvidándose de que la mayor parte son pequeños ganaderos beneficiados por las leyes revolucionarias. Vendrían aquí también los grandes colonos, esos que hablan a nombre de los pequeños colonos, como si la ley revolucionaria no estuviese beneficiando a más de 40 000 pequeños colonos.  Pero como siempre aquí los grandes hablaron por los chiquitos, como aquí los chiquitos no sabían ni hablar, como aquí los chiquitos no habían ido ni a la escuela, porque el saber hablar y escribir, y el ir a las universidades, y el ir al extranjero, y el tener bibliotecas, y el tener modales corteses —hipocresía refinada—, fue privilegio de unos cuantos, los grandes siempre hablaron por los chiquitos.
Vendrían aquí los grandes latifundistas encantados, considerándome el más patriota, el más cívico y el más digno de todos los cubanos, simplemente no por razones de esencia, no por cuestiones institucionales, sino por razones de ceros más o ceros menos; solo que los ceros escaseaban y quedó solo un cero después del tres.  Esa es toda la razón de las campañas, no porque hayamos abolido ningún derecho, no porque queramos burlar la indemnización.
¿Qué quieren? ¿Que paguemos? ¿Y dónde está la plata para pagar? ¿Quién se robó la plata?  ¿Fuimos nosotros o fueron los malos gobernantes que recibieron, por cierto muchos homenajes de esos? Fue la tiranía, por cuya salud brindaron los días subsiguientes al 13 de marzo.  Cuando no se derramaba una sola lágrima por los que morían, se derramaba champán por la salud del tirano sanguinario.
¿Y esos qué quieren?, si el dinero se lo llevaron, si las reservas las agotaron, si ahí mismo lo que dejaron fue una deuda superior a 1 000 millones de pesos a través de los manejos y del apoyo de ciertas inteligencias que se pusieron al servicio del mal y del crimen, por las cuales hoy más de una toalla se quiere tirar con ese criterio solapado de ir rebajando y enfriando el espíritu revolucionario. Si el dinero se lo llevaron, ¿por qué no piden que fusilen a unos cuantos responsables de esos robos en vez de estar pidiendo toallas para ellos?  Porque fue precisamente a través del Banco Nacional donde todos esos manejos se hicieron posible.
¿Qué quieren? ¿Que les paguemos?  ¿Pues por qué no piden el fusilamiento de los culpables de esa falta de recursos que pagarles hoy los latifundios? 
¿Qué quieren? ¿O que paguemos —lo cual no podemos, no podemos pagar en efectivo—, o que dejemos la reforma agraria? No podemos pagar, pero entre no pagar en efectivo y dejar de hacer la reforma agraria, optamos por no pagar en efectivo y hacer la reforma agraria.
¿Qué quieren? ¿Que les paguemos ahora por el latifundio con el dinero que necesitamos para hacer hospitales y salvar vidas, con el dinero que necesitamos para hacer acueductos y salvar la salud del pueblo, protegerla de todas las epidemias y de todos los males que está sufriendo?
¿Qué quieren? ¿Que les paguemos los latifundios y dejemos de hacer todas las obras, todas las escuelas y todo lo que el pueblo espera de nosotros y que con nuestros escasos recursos, con la honradez con que estamos manejando los fondos públicos, estamos tratando de satisfacer?
¿Qué quieren? ¿Que encima de que el pueblo ha sido la principal víctima del retraso económico y de los males del latifundismo, dejemos de darle al pueblo para pagarles a ellos?
Si de pagar y de dar se trata, démosle al pueblo, que bien pueden ellos esperar 10 o 15 años para cobrar.  Al fin y al cabo, van a cobrar; pero van a cobrar con lo que produzcamos de ahora en adelante, van a cobrar con el aumento de las riquezas del país, van a cobrar gracias a la reforma agraria.  Sin reforma agraria ni cobran ni les queda latifundio aquí, porque esto no puede seguir como va, y la única manera de pagarles es desarrollando nuestra agricultura, sembrando hasta la última pulgada de tierra, desarrollando nuestra industria.
Resulta absurdo venirnos a plantear —en el estado económico que tenemos hoy, porque no queremos ponernos de rodillas ante nadie para ir a mendigar dinero—, resulta absurdo que nos exijan el pago inmediato, cuando incluso ese pago en valores se puede convertir en dinero, se puede negociar, porque nunca como hoy pueden contar con la seguridad de que la república contará con recursos suficientes para satisfacer esos valores. Y la prueba está en la gran cantidad de personas que vienen del extranjero a ofrecer préstamos, porque todo el mundo tiene confianza en que aquí no se perderá el dinero, tienen confianza en que la reforma agraria es conveniente, y saben que están bien orientados los pasos del gobierno cuando se propone una reforma agraria y un desarrollo industrial.  Tienen el dinero seguro.
Vamos a pagar los latifundios, vamos a indemnizarlos en valores, y vamos a indemnizarlos cuando en realidad viene a resultar ahora que casi ninguno tenía las tierras amillaradas como ordenaba la ley, viene a resultar ahora que si somos nosotros los que exigimos que nos paguen lo que le deben al Estado, es posible que en vez de quedarles 30 caballerías a muchos, muchos nos deban 30 caballerías de tierra a nosotros.
¿Qué ocurriría si la nación cobrara el daño que han hecho los geófagos, los que extendieron sus cercas y le robaron las tierras al Estado?  ¿Qué sucedería si la nación les cobrara la despoblación forestal de hoy?  ¿Qué sucedería si la nación les cobrara esos campos desérticos, roídos por la erosión?  ¿Qué sucedería si la nación cobrara el valor de lo que ha perdido nuestra capa vegetal, sin protección frente al desgaste producido no por las siembras, sino por las lluvias y las candelas, como alguien acaba de decir?  ¿Qué sucedería si la nación les cobrara la diferencia de lo que aquellas tierras valían hace algunos años, hace 10, 15, o 20 años, y lo que valen hoy?  Porque las tierras lesionadas por la erosión necesitan a veces cientos de años para recuperarse.
Y estas tierras no son solo de nosotros, no son solo de los que hoy vivimos en Cuba, y sería egoísta pensar que la tierra es de los 6 millones que vivimos hoy, porque todos nosotros, aunque no queramos, más tarde o más temprano habremos desaparecido y detrás de nosotros vendrán otras generaciones.  Estas tierras no son solo de nosotros y mucho menos de unos cuantos de nosotros; estas tierras pertenecen también a las generaciones venideras, que tendrán que vivir de ellas los 12 millones del futuro, los 18 millones del futuro, los futuros 30 millones de cubanos, a los que estábamos legando una tierra desgastada, una naturaleza pobre, porque muy pocos se preocuparon de sembrar un árbol en los latifundios, y el efecto de esos campos despoblados es un efecto triste y desolador.
No sembraba el latifundista porque no le importaba la tierra, no le importaban más que sus ganancias.  Y no sembraba el arrendatario, ni el colono, ni el aparcero, ni el precarista porque la tierra no era suya, y nadie se sentía seguro.  Aquí nunca un arrendatario, un precarista se sintió seguro en su tierra, seguro frente a la pareja de la guardia rural, seguro frente a los recursos del poderoso para quitarle la tierra, y nadie sentía el estímulo de cuidar la tierra, y nadie sentía el estímulo de sembrar la tierra.  Por eso la Revolución estableció el principio de que la tierra debe ser propiedad del que directamente la está administrando, la está trabajando; estableció ese principio, que es un principio justo, para despertar en el hombre el amor a la tierra, para que cuide la tierra y, además, como es justo, reciba el premio de su trabajo.
Que hay casos aislados, ¿quién lo niega?  ¿Qué ley —aunque no lo pretenda— deja de lesionar algunos casos y tener algunos efectos dolorosos?  ¿Quién no lo sabe?  ¿Que algunos infelices puedan resultar perjudicados por la ley?  Bien.  Pero qué extraño es que ahora los grandes se acuerden de los infelices; qué extraño que ahora se acuerden de las viudas y de la pobre familia que se queda sin renta.  ¡Qué extraño!
Si algunos aquí tenemos derecho a hablar de los infelices, si algunos nos hemos preocupado por los infelices, somos nosotros; si algunos pueden dar la seguridad de que ningún caso de esos va a quedar en el desamparo, de que ningún caso de esos va a ser abandonado a su suerte, y de que en esos casos los recursos del Estado y las facultades del Instituto de Reforma Agraria son suficientes para buscar soluciones, y que ningún infeliz, ningún caso aislado, de esos excepcionales, quedará sin justa remuneración, sin justa compensación ...  Y ello sin violar el principio de que la tierra debe ser del que la trabaja, para que la quiera y para que la mejore.  Porque podemos desde darles tierras iguales o mejores, y en la misma extensión, en otros sitios, hasta indemnizarles o negociarles los valores por los que se les pague, o aplicar cualquier otro procedimiento de los muchos que están al alcance del Gobierno Revolucionario, sin sacrificar el principio de que la tierra es y debe ser para el que la trabaja, para que la quiera y la mejore.
Nosotros eso lo tenemos pendiente, esas cosas humanas entran en nuestras consideraciones, porque todo lo humano entra en nuestras consideraciones; lo insólito es que los latifundistas inhumanos, los que no han tenido un átomo de piedad para el pueblo, sean ahora los humanos que —incapaces del valor de hablar en defensa de sus indefendibles intereses— toman como bandera, y agitan, y azuzan a aquellos que por excepción puedan ser perjudicados por la ley, para tomar banderas que puedan despertar la sensibilidad ciudadana, para ponerlos como víctimas, cuando los victimarios aquí de nuestra patria han sido ellos.  Pero lejos de proponer lo justo, proponían que la reforma no se hiciese, que la reforma era mala, que la reforma era cruel, que la reforma era inhumana.
Pretendían que esa familia que vive de la renta, o que percibe una renta, siguiese viviendo del campesino infeliz; pretendían que sobre las espaldas de una familia pobre, que cultivaba una o dos caballerías de tierra, viviera otra familia más.  Pretendían eso.  Pretendían cosas tan insólitas como la aparcería, algo absurdo, peor que ninguna institución feudal:  al campesino le cobraban el 12% de interés por los adelantos para la cosecha, le cobraban el doble por el abono, le cobraban el doble por la semilla, le pesaban mal los productos y, además —¡además!—, le quitaban el 25% de la producción en bruto, como si hubiese negocio que fuese capaz de producir el 25% de sus utilidades brutas, cual si fuesen utilidades netas, y percibirlas otro.  Percibían el 25% o el 30%, después de cobrarles, además, el 12% de interés, y todos los productos —como el abono y la semilla— al doble del precio.
A quien le quiten el 25% o el 30% de su producto en bruto, no le dejan nada.  Y esa era una explotación inicua que no tiene razón de ser aunque viviese una familia pobre de ella, aunque viviese una familia pobre del trabajo de otra familia pobre.  Lo justo en ese caso no es decir que esa familia deba seguir viviendo de una familia pobre; lo justo en este caso, en vez de decir que los pobres siguieran viviendo de los pobres, era decir que los ricos, los grandes latifundistas, hiciesen un “pool” y sobre las espaldas de los grandes latifundistas viviesen esa familias propietarias de pequeñas parcelas —que pasasen a manos de los arrendatarios o de los colonos— y que ahora las perdían; no proponer que vivieran de las espaldas de aquel campesino.  Lo generoso sería hacer un “pool” para ayudar a satisfacer las necesidades de esa familia, y, en último término, si no un sector, debe ser el Estado el que ayude a la viuda, debe ser el Estado el que ayude al que no pueda trabajar, porque al que pueda trabajar y pierda un pedazo de tierra, le damos otro para que lo trabaje.  Y si no puede trabajar, puede ayudarlo el Estado y, además, por su tierra recibir la indemnización ajustada a sus necesidades, ajustada a lo que se perjudica, lo que se perjudica ese caso aislado con la ley.
Pero aquí tenemos que han esgrimido las banderas de los casos de excepción para combatir la ley revolucionaria —dicen que hemos agredido el derecho de propiedad, que hemos abolido el derecho de propiedad, cuando en realidad los que habían suprimido el derecho de propiedad eran ellos, porque unos cuantos se apoderaron de todas las tierras y les impidieron a los campesinos tener propiedades de tierra.  Los que agredieron el derecho de propiedad fueron ellos, porque no les querían dar la menor oportunidad a los demás de tener tierra—, y una ley que les ha dejado para vivir, si la cultivan debidamente, les ha dejado para vivir en toda la abundancia, que aun en los casos en que, por no ser cultivadas intensivamente, les quedan 30 caballerías.  Treinta caballerías bien cultivadas, en un país como este que produce dos cosechas al año, en una tierra rica como esta, son más que suficientes para sostener a cualquier familia; y los que crean que no alcanzan 30 caballerías, pues que nos expliquen cómo es posible que le alcance al guajiro que no tiene ni una pulgada de tierra para vivir.
Y entonces, que se hable en nombre de la razón, que se hable en nombre de la justicia, que no se hable en nombre del egoísmo, que no se hable en nombre del privilegio, porque no hay autoridad moral para hablar cuando se está hablando en contra de los intereses de la nación.
Lo que queremos es cumplir un objetivo. El objetivo de los gobiernos —y eso lo estudiamos todos nosotros en la Teoría del Estado— es la felicidad de los pueblos.  Ese es el objetivo que nos proponemos perseguir, equilibrando, regulando, redistribuyendo, haciéndolo con formas humanas, sin empleo de violencia, sin empleo de métodos drásticos, porque es esta precisamente la única Revolución en el mundo que ha usado procedimientos tan suaves y tan humanos.
Tal parece que hay quienes se empeñan en concitar todos los obstáculos posibles, hay quienes se empeñan en llegar hasta las peores consecuencias y tratan de producir contracción, tratan de producir hambre, tratan de producir desempleo, para echarle la culpa no al egoísmo sino a la justicia, para echarle la culpa no al privilegio sino a la ley reivindicadora de la reforma agraria; provocar aquellos males por los cuales hayan de culpar a la Revolución; incitar pasiones; alentar a los criminales de guerra que conspiran desde fuera; alentar las agresiones contra Cuba, que no ha tenido más que soportar vejámenes, soportar agresiones y soportar humillaciones.  Porque si los criminales de guerra se llevan cuatro aviones, Trujillo se los roba; si se escapan allá, allá les dan entrenamiento, les dan armas y les dan recursos; si ven la actitud nuestra, serena y ecuánime, civilizada, que garantiza aquí la seguridad de los diplomáticos extranjeros, aun cuando se trate de nuestros peores enemigos, en cambio, ellos allá, los criminales de guerra, en complicidad con las dictaduras de esos países, agreden a nuestros diplomáticos, asaltan nuestras embajadas, tirotean a nuestros representantes un día en Santo Domingo, otro día en Haití; otro día quieren “pelar” a un oficial que, en funciones de su cargo de representante de un organismo agrícola, viaja y hace escala en Nicaragua; otro día utilizan las declaraciones de un destituido, de un traidor, de un miserable, para inventar las más tremebundas acusaciones contra Cuba.
Y no son más que agresiones, no son más que intentos de provocaciones, que cada día se hacen más agresivas, en la misma medida en que se hacen más agresivas las campañas de los intereses creados, las campañas antinacionales, que no han tenido una palabra de elogio para el Gobierno Revolucionario que ha tenido el valor de decretar una ley que recupera para la nación, que recupera para los cubanos más de 50 000 caballerías que estaban en manos extranjeras; y concitan todo el descrédito y todo el odio posible contra esa Revolución, en la misma medida en que los enemigos de ella se muestran cada vez más atrevidos y más insolentes.
Estos quieren defender sus latifundios, y aquellos quieren regresar al país.  Estos quieren mantener la explotación económica, los métodos antieconómicos, y aquellos quieren volver aquí a establecer sus sistemas bárbaros de gobierno, sus asesinatos en la madrugada, sus torturas brutales, sus métodos de represión.  Y conciben la esperanza, porque consideran que los intereses afectados son lo suficientemente poderosos para brindarles ayuda; consideran que las campañas desatadas son lo suficientemente poderosas como para confundir al pueblo.
Es increíble que a los cuatro o cinco meses apenas del triunfo, cuando todavía está fresca la sangre de los cadáveres de tantos jóvenes que cayeron por un ideal, ya se muestren tan audaces como se están mostrando, y ya hayan avanzado tanto en sus planes de provocación como han avanzado, con un solo propósito:  el de volver aquí.  Volver, ¿a qué precio?  Porque solo puede haber un precio al regreso de aquellos tiempos odiosos del pasado:  ¡El precio del exterminio de nuestro pueblo!    Porque nuestro pueblo sabe una cosa:  que nos combaten no por injustos sino por justos, no porque hagamos el mal sino porque queremos hacer el bien, no porque seamos inmorales sino porque somos morales, porque hemos querido establecer la justicia sin medidas drásticas, sin sacrificar las libertades.
Parece como si trataran de llevarnos a la situación de tener que defendernos; parece como si quisieran llevarnos a la situación de tener que combatir por todos los medios posibles los propósitos contrarrevolucionarios; parece como si quisiesen destruir este hermoso método de luchar, este hermoso y humano método revolucionario, y usan todos los medios imaginables, desde la intriga hasta la calumnia, usan el monopolio de los órganos de publicidad, y llegan a extremos tales que la palabra del gobierno, las palabras del Primer Ministro, en la que se supone que debe existir un interés, cuyos actos y cuyas palabras se supone que interesen a la nación, las marginan en la esquina de un periódico, para destacar —con cintillos de cuatro o de no sé cuantas pulgadas— las declaraciones de un grupito de insolentes que amenazan con alzarse en la Sierra Maestra .  ¿Para qué?  Para incitar.  ¿Para qué?  Para alentar, para darles valor, para ver si pasan de las palabras a los hechos, para ver si pasan de las poses a las actitudes violentas.  ¿Para qué?  Para hacerle el juego a todo lo que pueda perjudicar a una revolución que les resulta odiosa porque es justa.
Y abusan, abusan de nuestro empeño en hacer una revolución humana, abusan de nuestro empeño en usar métodos enteramente moderados, enteramente suaves, enteramente comprensivos. Porque hemos sido nosotros los que nos hemos puesto frente a todo exceso, hemos sido nosotros los que hemos tenido el valor de levantar la palabra cuantas veces hemos visto algo que nos parezca un exceso, venga del sector que venga; hemos sido el freno de los excesos, hemos sido el freno de cualquier desorbitación.  Antes acusaban a los obreros y a los campesinos de estar desorbitados; lo que hay que hacer ahora es acusarlos a ellos de estar m que desorbitados.
¿Qué quieren?  Provocar guerras de clases.  ¿Qué quieren?  Instigar odios de clase frente a nuestro propósito de que la Revolución se vea como un todo de la nación, frente a nuestro propósito de que la Revolución sea un esfuerzo de todos, porque en definitiva, como se demuestra aquí donde hay 1 000 abogados, como se demuestra en sus aplausos, como se demuestra en sus manifestaciones, este es un sector del país que está enteramente con la Revolución, que no es el sector más humilde ni es el sector más pobre del pueblo. Luego esta no es una revolución que tienda a incitar odios de sectores o de clases, esta es una revolución que presenta un objetivo de beneficio para todos, y que solo los ciegos y los egoístas son capaces de tratar de impedir, aun al costo de ensangrentar de nuevo al país.
No nos hacernos ilusiones, no nos engañamos, porque sabemos que a cada revolución han seguido siempre todos los esfuerzos contrarrevolucionarios; lo sabemos por lo que nos enseña la historia.  No nos hacemos ilusiones, pero no podemos menos que tildar de criminales, de ciegos, y de egoístas a los que, incapaces de comprender que esta es una realidad inmutable, que esta es una realidad invencible, lejos de resignarse a lo justo, lejos de resignarse a lo inevitable, tratan de cobrarle a la nación el precio de querer liberarse, tratan de cobrarle a la nación el precio de querer ser feliz. ¿Alentados por qué? ¿Acaso porque saben que somos humanos? ¿Acaso porque saben que deseamos a toda costa llevar adelante esta Revolución por métodos humanos, con ausencia total de fuerza?  ¿Acaso porque creen que van a maniatamos en las redes de nuestros sentimientos? ¿Acaso porque creen de que en ello van a encontrar el Talón de Aquiles de la Revolución? ¿Acaso porque creen que con esos medios van a lograr algún fin? ¿Acaso porque se confunden? ¿Acaso porque se equivocan?
Bien valdría la pena que meditaran.  Bien valdría la pena que comprendiesen que este es un proceso revolucionario, y que todo proceso revolucionario es un proceso difícil, es un proceso complejo, es un proceso delicado, con el que no puede jugarse; es un proceso que hay que tratar con inteligencia, que hay que tratar con extraordinaria responsabilidad. Y que a pesar de la alegría en el pueblo, a pesar de las libertades que disfrutamos, a pesar de esta paz que el pueblo disfruta y que ha de disfrutar siempre y cada vez más, a pesar de que parece todo en calma, este es un proceso revolucionario, un tremendo proceso revolucionario que tiene conmovidos y admirados a los pueblos hermanos de América Latina, y que eso no debe llevarlos al error de que estamos en medio de una contienda política, de que aquí hubo unas elecciones, de que aquí estamos viviendo como antes, sin responsabilidad de ninguna clase, sin rendir cuenta a nadie de nada, donde no existía ni se veía por ninguna parte sino la manifestación del interés egoísta de la política corrupta.
Estos tiempos no se parecen a los tiempos de atrás, porque si una revolución es justa, no se la puede pintar de injusta; porque si es evidente que actúa bien, no se puede inventar una realidad.
Las realidades son las que mandan por encima de las calumnias y de las campañas, las realidades son las que se palpan, y aunque traten de aprovechar el descontento que puedan suscitar en algunos las medidas que, por excepción, tienen siempre que perjudicar a alguien; a pesar de que puedan tratar de aprovechar el descontento de aquellos que creían que la Revolución podía ser un reparto de botín y se encuentran que aquí no hay botín que repartir; a pesar de las consecuencias, de los esfuerzos que tenemos que hacer porque nos dejaron sin recursos y porque nos dejaron 700 000 desempleados; a pesar de lo difícil que es esta obra en nuestro pueblo individualista, en nuestro pueblo acostumbrado a malos ejemplos, en nuestro pueblo que tiene mucho que despertarse y mucho que aprender todavía; a pesar de esas ventajas con que cuenten, hay un instinto poderoso en el pueblo, hay un instinto poderoso en la nación que sabe distinguir este esfuerzo, que sabe que aquí no se intenta sino hacerle bien a la patria, que sabe que aquí no se actúa sino desinteresadamente y honradamente; hay un instinto poderoso en la nación que ha dicho lo que quiere, que ha dicho del lado de quién está:  es el instinto del pueblo que cuando estas campañas se desatan nos pide que hable.
Sabe el pueblo por instinto quiénes tratan de engañarlo, quiénes tratan de burlarlo, quiénes tratan de oprimirlo, y sabe quiénes lo defienden. Teme incluso, instintivamente, que si la verdad no se dice, engañen a algunos compatriotas, confundan a algunos compatriotas, y nos pide que hablemos.
Cuando el trabajo nos obliga a una ausencia prolongada de la tribuna pública, nos piden y nos exigen que hablemos.  ¿Por qué?  Porque confían en nosotros, porque saben de la pureza inmaculada de los ideales de esta Revolución, porque saben que no queremos sino el bien de la patria y quienes quieren ayudar a la nación —a todos, no a unos—, porque lo que logremos será para el bien de todos.
Si no fuese para el bien de nosotros, los presentes despojémonos de egoísmo y miremos con altura y generosidad en el futuro, que el hombre pasa, mas los pueblos quedan; los hombres pasan, mas las naciones perduran. Las generaciones futuras serán la prolongación de nosotros, la patria futura será la prolongación de nuestra patria de hoy.
Nada hay más infecundo que el egoísmo y la avaricia; el egoísmo y la avaricia no engendran nada útil ni bueno a los pueblos. Engendra la felicidad de los pueblos, engendra algo útil y bueno para los pueblos la generosidad.
¡Despojémonos del egoísmo y seamos generosos, si no por nosotros, al menos por las generaciones que vendrán después de nosotros!
Muchas gracias.
FIDEL CASTRO RUZ

Fuente: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos

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