julio 09, 2012

Discurso de Fidel Castro en la Asamblea en el Palacio de los Trabajadores (1959)

DISCURSO EN LA ASAMBLEA CELEBRADA EN EL PALACIO DE LOS TRABAJADORES
Fidel Castro
[13 de Junio de 1959]

― Versión taquigráfica de las oficinas del Primer Ministro ―

Amigos gastronómicos, músicos, artistas, obreros de toda Cuba;
Pueblo de Cuba:
Digo pueblo de Cuba a los que sienten en cubano, porque ser cubano no es simplemente llamarse cubano , y la mejor prueba de eso es la actitud de algunos señores que se llaman cubanos y que debieron haber querido a Cuba más que nadie porque han disfrutado más que los demás, que debían haber amado esta tierra más que nadie porque tenían más tierra que nadie y eran los únicos que tenían tierras, y que, sin embargo, ya vemos cuál ha sido su actitud, y cuántos han sido cómplices de esa actitud en los precisos momentos en que Cuba era Cuba por primera vez, en que Cuba era cubana por primera vez, en que no solamente se proclamó por primera vez república enteramente soberana, que lo es y lo será cada día más, sino que incluso proclamó su derecho a recobrar las tierras de la nación de manos extranjeras para los cubanos .
Cegó tanto el egoísmo, que no hubo siquiera una palabra de reconocimiento para el Gobierno Revolucionario que tuvo el valor de proclamar que las tierras de Cuba pertenecían a los cubanos, del Gobierno Revolucionario que tuvo el valor de proclamar que debían volver a manos cubanas más de 50 000 caballerías de tierras de las mejores de Cuba, que estaban en manos de latifundistas extranjeros.
Y ese gesto que debió ser recibido con aplausos de todos los cubanos, porque se estaba defendiendo por primera vez lo nuestro, se estaba defendiendo por primera vez lo de Cuba; esos hechos, que debieron haber sido recibidos con júbilo unánime, sin embargo no contaron con el aplauso unánime.  No contaron con el aplauso unánime, porque una parte insignificante, esa parte insignificante que a veces parece mucho porque tiene recursos con que armar mucha bulla, porque tiene recursos con que gritar mucho, porque tiene recursos con que hacer mucha propaganda, esa parte lo que hizo y lo que ha hecho es sumarse al coro de los ataques de los criminales de guerra y de los grandes intereses extranjeros que combaten a nuestra Revolución.
Esas cosas son claras y son para el pueblo cada vez más claras, no el pueblo del 31 de diciembre, no el pueblo siquiera del 1ro  de enero, ni del 1ro de febrero, ni del 1ro de marzo, ni de abril, ni de mayo; es el pueblo del 13...  (DEL PUBLICO LE DICEN ALGO). ¡Sí, sí, hoy es 13, eso es lo que voy a decir!  Yo tengo la fecha aquí también en el reloj, quiero que lo sepan, tengo la fecha en el reloj  para no equivocarme ni en la fecha, decir que el pueblo del 13 de junio, de las 3:00 de la mañana del 13 de junio, es un pueblo que ha tenido un aprendizaje de cinco meses y medio de proceso revolucionario y sabe mucho más de lo que sabía el 1ro de enero, y las cosas para ese pueblo son cada vez más claras, lo demuestran los hechos y lo demuestra este acto ejemplar de hoy.
La impresión que uno recibe después de haber asistido a tantos actos públicos, después de haber estado en reiteradas ocasiones en esta misma tribuna, que ha sido el sitio donde más hemos concurrido, la impresión que tenemos es que el entusiasmo del pueblo es hoy mucho mayor que los días primeros de la Revolución en que, sin embargo, parecía que aquella alegría iba a ir decayendo con el tiempo, porque el tiempo, naturalmente, entibia muchas veces los mayores entusiasmos.  Y, sin embargo, para nosotros mismos es casi una sorpresa, porque creíamos que el pueblo se iría acostumbrando ya a las obras buenas de la Revolución, se acostumbraría a ver en ellas algo natural, y no volveríamos a presenciar ese entusiasmo y esa emoción de los primeros días.
Esta lección de hoy debiera enseñar mucho a los equivocados, a los que creen que van a empezar aquí a tupir al pueblo, a los que creen que van a venir aquí otra vez con cuentos de camino, a los que creen que escribiendo frasecitas más o frasecitas menos, retruécanos más o retruécanos menos, y afirmaciones más o afirmaciones menos, van a poder influir en el ánimo de la nación, en esa especie de conjura, en esa especie de confabulación, para ver de qué manera le quitan la fe, o le quitan la moral, o le quitan el ánimo al pueblo, porque sabiendo a la Revolución con un tremendo respaldo de toda la nación, creen que la táctica correcta es inventar todos los medios habidos y por haber para disminuir la confianza y la fe que tiene el pueblo puestas en la Revolución.
Luego, lo que cabe es preguntarse la explicación de este hecho, del hecho de que el entusiasmo sea cada vez mayor en el pueblo, ese hecho de que cuanto más duros tiempos nos anuncian, cuantos más oscuros presagios nos formulan, la fe, la confianza y el entusiasmo del pueblo sean cada día mayores.  Y la explicación solo puede estar en una cosa:  en que la Revolución no se ha ganado la enemistad de unos cuantos señores aquí por haber hecho cosas contra el pueblo, sino por haberlas hecho a favor del pueblo; no por haber actuado mal, sino por haber actuado bien; no por ser un gobierno que traicionara los ideales de la nación, sino por ser fiel a los ideales y a los intereses de la nación; porque aquí había que escoger entre seguir manteniendo una serie de privilegios y seguir manteniendo una serie de intereses contra el pueblo, o tomar decididamente el partido del pueblo frente a todos esos intereses, que fue lo que la Revolución hizo desde el primer momento.
Y esa es la causa de esa campaña tremenda desatada contra la Revolución: que elementos seudorrevolucionarios o revolucionarios a medias pronuncian una frasecita de crítica a la reforma agraria, le hacen alguna objecioncita a la reforma agraria...  Porque aquí los hay, los hay que no se atreven todavía a quitarse el sayo que se han puesto de revolucionarios, y dicen que sí, que bien, pero...  Que sí, que la reforma agraria bien, pero no tan a la carrera, que la reforma no tan al galope, porque eso de galope y de trotar, son términos pecuarios y no términos revolucionarios; porque es el estar tratando de encontrar lagunas con que empezar a encontrar justificaciones contrarrevolucionarias.
Y cuando esas afirmaciones comienzan a hacerse, no faltan los apologistas y no faltan los cintillos para tratar de resaltar todo aquello que de alguna manera pueda presentarse como una crítica o una mella a la Revolución, olvidándose de lo que es un proceso revolucionario: el proceso revolucionario es un hecho, es un fenómeno social, en el cual los líderes no se inventan, ni se fabrican, ni pueden existir contra el proceso revolucionario. Un proceso revolucionario aplasta a cuanto líder, a cuanto grupo, a cuanto grupito, a cuanto partidito y a cuanto seudopartidito se le ponga delante.
No se crean que vivimos en aquellos tiempos en que el problema aquí era una lucha de grupitos, de camarillitas políticas, del partido tal contra el partido más cual, de la ambición tal contra la ambición más cual, del interés tal contra el interés más cual. Esos tiempos han pasado felizmente a la historia, a la historia triste del pasado, y esos tiempos no volverán; la lucha hoy es entre la justicia y la injusticia, la lucha hoy es entre la Revolución y los enemigos de la Revolución, la lucha es entre el pueblo y los enemigos del pueblo, entre los intereses de la nación y los enemigos de la nación.  Y que aquí no caben medias tintas, que aquí la media tinta huele a media tramitación contrarrevolucionaria; que aquí no caben términos medios ni nos interesan los términos medios, porque preferimos definidos del lado de allá o del lado de acá , porque los términos medios aquí van a correr la suerte que corren los que se sitúan entre dos fuegos.
Y que aquí hay que estar en la luna, hay que vivir a 10 000 leguas de la realidad para no darse cuenta de lo que se está enfrentando.  Es la Revolución, sencillamente, que tiene detrás todo un pueblo que tiene la razón, que cuenta con la emoción de Cuba, que cuenta con el entusiasmo de uno de los pueblos más entusiastas que hay en el mundo, y además de entusiasta, inteligente; y además de inteligente, cívico; y además de inteligente y cívico, valiente, que es el pueblo de Cuba. Una pugna entre la Revolución y los intereses que se oponen a esa Revolución —nacionales, extranjeros y de cualquier índole que sean—, y de una Revolución firme de verdad, de una Revolución que ni retrocedió ni retrocederá un solo paso ante nada ni ante nadie, de una Revolución que no será jamás vencida por más enemigos que se le pongan enfrente, por más conjuras que se elaboren contra ella.  Porque tal como van las cosas, y tal como se está conduciendo el pueblo, y tal como se hacen cada vez mayor la colaboración del pueblo con su Revolución, no hay manera de ver cómo pueden vencer al pueblo en esa circunstancia, ni qué beneficio van a sacar de los esfuerzos inútiles que hagan por frenar la Revolución, ni qué provecho pueda derivarse para Cuba de esas posturas que han asumido.
Lo que podrán lograr es alentar a los elementos contrarrevolucionarios; lo que podrán con eso es tratar de brindarles valor a los que no tienen razón; tratar de sugestionarse a sí mismos, tratar de sugestionar a los elementos en los cuales puedan reclutar la legión de los contrarrevolucionarios; tratar de darles aliento y tratar de hacerles creer que cuentan con alguna fuerza de opinión, para que se decidan a pasar de la palabra a los hechos, y llevar adelante —como necesariamente lo van a llevar, porque no hay proceso revolucionario sin reacción contrarrevolucionaria, ni hay revolución que no haya tenido que luchar una o más veces contra sus enemigos—… Y así,           lo que ya comienza a verse son esos esfuerzos que obligarán a la Revolución a combatir de nuevo, que obligarán a la Revolución a defenderse, que obligarán a la Revolución a nuevas batallas.
Y cualquiera lo observa y lo ve. ¡Cómo se destacan las frases, las frases que vayan contra la Revolución! ¡Cómo se destacan las actitudes, las actitudes que vayan contra la Revolución!  ¡Cómo es cada día más evidente la coincidencia entre los argumentos de los que aquí se oponen a la reforma agraria y de los que fuera de Cuba conspiran contra Cuba!  ¡Cómo coinciden los argumentos de los que aquí combaten la Revolución y los intereses extranjeros que combaten la Revolución! ¡Cómo coinciden los argumentos de los que aquí ya realizan campañas abiertas contra el Gobierno Revolucionario y los que realizan esas campañas desde fuera!  ¡Cómo coincide la opinión de esos señores, que han estado lanzando todo género de imputaciones contra la Revolución, y las campañas de los criminales de guerra y de los trujillistas!  (EXCLAMACIONES DE: “¡Fuera!”) ¡Cómo los argumentos son cada vez más similares! ¡Cómo se parecen esas hojitas que vienen en sobre desde Miami y las hojitas que vienen en sobre desde el propio país!
Pero lo increíble es la desfachatez de algunos señores aquí —y que además no quieren que les digan desfachatados.  Entonces dicen que estoy agobiado y que lo comprenden, dicen que eso no pega en boca del Primer Ministro, y dicen todas esas cosas en falta de razones; porque es posible, desde luego, que mientras algunos estén tomando high ball en los cabarets a estas horas, estemos nosotros aquí defendiendo la obra revolucionaria y hablándole al pueblo, y viendo mucho más claro que los beodos trasnochan porque tienen los suficientes recursos para no trabajar nunca y para estarse divirtiendo siempre.
Aunque eso de que pesan sobre nosotros muchos problemas sea cierto, sin embargo, no nos sentimos tan agobiados.  Y, sobre todo, que cuando la cosa se “pone buena”, cuando empezamos a vislumbrar la lucha, cuando se nos empieza a combatir, cuando la batalla de la Revolución resurge, es precisamente cuando el espíritu se siente más entusiasmado y con más energías.  Lo cierto es que el agobio sobre quienes pesa en estos momentos es sobre aquellos que ven desplomarse sus intereses y no se resignan a perderlos.
Califican de impropias las palabras del Primer Ministro y llaman dignas, valientes y mesuradas, las palabras de los que abiertamente promueven la violencia y hablan de alzarse en la Sierra Maestra.  Llaman palabras impropias del Primer Ministro las que expresa a favor de la verdad, y sin embargo creen que realizan una proeza cuando se paran en una tribuna a decir, con toda la, perfidia y toda la mala fe del mundo, que están dispuestos a dar la vida para que no se instaure un régimen comunista.  Es decir que coinciden con las palabras de los trujillistas y coinciden con las palabras de los criminales de guerra y coinciden con los argumentos y las palabras de todos los que planean conjuras y agresiones contra Cuba, para venir a decir que están dispuestos a morir, calificando nuestra Revolución de lo que más convenga a sus planes canallescos, empleando las palabras coincidentes como quienes se quitan o se están quitando de una vez la careta.  Y afirman que están dispuestos a morir, y afirman que nuestra ley es una ley dictatorial, que el INRA es un organismo omnímodo y omnipotente, y que contra eso están dispuestos a morir.
Y quienes descarada y desfachatadamente afirman eso son los mismos que el día 14, el día 15 y el día 16, y los demás días del mes de marzo se fueron allí al Palacio Presidencial a felicitar al tirano por haberse librado de la mano vengativa de los que atacaron al Palacio Presidencial el 13 de Marzo; son los mismos que hoy valentonamente hacen mil declaraciones contra la Revolución y no tuvieron el valor de hacer una sola declaración contra el tirano; que califican de dictadura el INRA y no tuvieron el valor de calificar una sola vez de dictadura el régimen oprobioso que asesinó a 20 000 compatriotas nuestros.
El INRA se mantiene con el aporte espontáneo del pueblo.  Lo que ha hecho hasta hoy, las zonas de desarrollo donde está trabajando a toda máquina han sido fomentadas con la contribución espontánea del pueblo; el INRA no se ha robado un solo centavo ni se lo robará jamás.  El INRA está ayudando a los campesinos, a esos mismos campesinos a quienes en otros tiempos les quemaban sus casas y les arrebataban sus tierras, y no merece para estos señores, sino los peores epítetos.  Esos señores que no tuvieron el civismo ni una sola vez de acusar al tirano de sus crímenes y de sus robos, que no tuvieron el civismo de levantarse una sola vez para decir que los millones que le robaron a la república también eran propiedad de la nación; que las tierras que los geófagos usurparon también eran propiedad de la nación; que los impuestos que los latifundistas dejaron de pagar también eran propiedad de la nación.
Dicen hoy que la reforma agraria es una ley que suprime el derecho de propiedad, sencillamente porque quiere que el pueblo también tenga derecho a la propiedad, y, sin embargo, vieron impunemente cómo las propiedades de la nación, las tierras de la nación, caían en manos extranjeras; vieron tranquilamente cómo se desfalcaban los recursos de la nación durante muchos años, gobierno tras gobierno; vieron cómo se saquearon los retiros obreros, vieron cómo se saqueaba el tesoro público, hurtándole al pueblo el dinero de los hospitales, de las escuelas, de las obras públicas; vieron cómo aquí no existía sino un sistema de robo y de malversación, puede decirse casi que desde que la república es república, y estos señores no levantaron ni una sola vez la voz para denunciar esas inmoralidades y para denunciar esa corrupción, y son los que hoy la levantan en una campaña sistemática y contumaz contra las leyes revolucionarias.
Venir a decir ahora que están dispuestos a morir no es ningún acto de civismo, ni de valor.  Cuando tenían que decir que estaban dispuestos a morir era cuando los cubanos estaban muriendo en los campos de batalla por la libertad; era cuando los jóvenes estaban siendo torturados y asesinados.  Cuando las mujeres estaban siendo golpeadas y violadas, cuando el terror se cernía sobre la patria, cuando los hombres de vergüenza y de decoro estaban muriendo, era cuando tenían que decir que estaban dispuestos a morir.  No esa disposición de morir ahora contra las leyes justas del Gobierno Revolucionario; no esa disposición de morir ahora, cuando aquí nadie mata, cuando aquí no se está empleando la fuerza contra nadie, cuando sencillamente no hay peligro de morirse, como lo prueban las campañas que vienen realizando impunemente sin que nadie los moleste.
Estamos fusilando los privilegios, que son los que hay que fusilar; no hay que fusilar a los privilegiados.  Y estos señores adoptan ahora posturas dramáticas:  ¡Politiqueros de toda la vida!  ¡Corrompidos de siempre!  ¡Alabarderos de todos los regímenes menos del régimen de la Revolución, que no los necesita ni los quiere de aliados, menos del régimen de la Revolución que no los respalda, que no se le vende por ningún interés del mundo y que no se acobarda ante todos los alardes y las campañas de estos superpoderosos, que eran superpoderosos hasta el día 31 de diciembre 1958!  
Pero debe ir quedando constancia de cómo provocan, debe ir quedando constancia de cómo coinciden cada vez más en sus campañas con los peores criminales de guerra, cómo son cada día más audaces y más atrevidos, porque actúan como si creyeran que alguien les va a sacar las castañas del fuego, como si creyeran que aquí van a venir de nuevo los criminales de guerra, como si creyeran que algún poder del mundo podría venir a recobrar sus latifundios para entregárselos otra vez, como si creyeran que les queda la menor esperanza de salirse con sus propósitos adelante y de salvar los latifundios, porque si los salvaran serían latifundios sin guajiros y serían latifundios sin pueblo, serían latifundios desérticos donde, como no fueran ellos los que doblaran la espalda para cultivarlos, no encontrarían aquí un solo esclavo más, porque mientras haya un cubano con vergüenza —y el 99% de los cubanos, o el 98%, o el 95%, o el 94% tiene vergüenza ...
Hay que sacar la cuenta, porque cuando ustedes suman aquí a los confidentes, a los chivatos, a los esbirros, a los ladrones, a los politiqueros, a los oportunistas, a los garroteros, a los latifundistas, a los especuladores, y a todo género de parásitos que han pululado en este país hasta el primero de enero, no sabe uno exactamente si es el 1%, el 2%, el 3%, porque sumándolos todos pueden llegar a juntar una pequeña multitud, pero que comparándolos con el resto de la nación, que está clara en lo que quiere —porque todo el mundo ha estado aquí claro en las cosas que han estado mal hechas y en las cosas bien hechas, todo el mundo está claro aquí en lo que se necesita, en lo que hacía falta hacer aquí, en lo que desde hace mucho tiempo estaba haciendo falta hacer aquí de una vez— esos que comprenden estas realidades, son la mayoría abrumadora del pueblo de Cuba.  Y no valdrán todos los medios de confusión y todos los medios de sembrar escepticismo y desconfianza, para variar ese porcentaje extraordinario de pueblo, que está muy consciente de sus destinos y muy conforme con las medidas que al fin se empezaron a convertir en realidad en Cuba.
Ese grupo minoritario tiene por táctica el sistema de tratar de involucrar dentro de las esferas de sus intereses a un número considerable de cubanos que precisamente no tienen nada que ver con esos intereses.
Y para ilustrar voy a dar un ejemplo:  los ganaderos afectados por la reforma agraria son una insignificante minoría, entonces unos señores que siempre han hablado en nombre de la Asociación de Ganaderos, que comprende a miles de pequeños ganaderos, no afectados sino por el contrario beneficiados con las medidas del Gobierno Revolucionario, los grandes magnates cada vez que hablan, hablan del ganadero medio y del ganadero pequeño, que son la inmensa mayoría, no afectados por la reforma agraria y que por el contrario van a resultar beneficiados en todos los órdenes; sin embargo, cuando ellos hablan dicen que mis palabras fueron ofensivas para cerca de 80 000 ganaderos y sus familias, que en total suman como 500 000. ¡Qué descarados! ¡Y luego no quieren que los llamemos descarados!
Cuando nosotros decimos descarados, no estamos llamando descarado al ganadero que tiene 3 vaquitas y 2 caballerías de tierra, o que tiene 10 caballerías, o tiene 15, o 20, o 30, y aquel que aunque tenga más de 30, puede llegar a 40, por la excepción de tener intensamente cultivadas aquellas tierras; estamos llamando descarados a los que, para defender sus privilegios, quieren hablar en nombre de todos los demás, quieren presentar como perjudicados a todos los demás, y quieren presentar al gobierno como ofendiendo a todo el sector, incluso al pequeño ganadero de dos caballerías al que la Revolución le va a dar la tierra, incluso a todos esos millares y millares de agricultores que van a ser beneficiados por la Revolución, para tratar de sumarlos a los intereses de los poderosos, que son los que siempre han hablado aquí y son los que han hablado siempre descaradamente en nombre de los pequeños agricultores, que van a recibir los beneficios de la Revolución.
Y eso mismo pasa cuando se trata de los colonos, que les hablan a los pequeños colonos y les dicen que no conviene que les den la tierra gratuitamente, porque, si no, no van a poder disponer libremente de ella, lo cual es falso.  Pero hablan en nombre de los pequeños colonos para decir que quieren comprar la tierra, cuando los que están hablando son los grandes colonos, que lo que quieren es que los pequeños colonos digan que sí, que lo que quieren es comprar la tierra, para ellos recibir el pago en efectivo de las tierras que tienen los pequeños colonos y que son tierras de los latifundistas y de los grandes colonos.
Y así, los grandes cosecheros de tabaco invocan el nombre de todos los cosecheros, incluso han llegado a decirles que la reforma agraria es mala porque van a trabajar para el Estado.  Cuando la ley precisamente va a librar a esos aparceros del 12% que les cobran en los créditos, para darles el crédito al 4%; de los nueve pesos por saco de abono que les cobran, para darles el abono a cuatro pesos y medio; del atraco de que hacen víctima todos los años a los aparceros, pesándoles mal el tabaco, clasificándolo mal y pagándoles menos del mínimo que marca la ley.  Y, sobre todo, cuando la reforma agraria los va a librar del 25% o del 30% del producto en bruto que tienen que darles a sus explotadores, cuando la ley va a aportar todos esos beneficios al aparcero para convertirlo en dueño de la tierra, entonces le dicen al aparcero que la ley agraria no le conviene porque van a trabajar para el Estado, cuando precisamente la Revolución lo va a librar de esas gabelas que tiene que pagar y va a librar al aparcero, a esos aparceros que incluso a veces no ganan más de 150 pesos al año.  Porque, ¿de dónde salen esos intereses y esos precios altos por el abono, y ese 30% que tienen que pagar?  ¡De su sudor y de su trabajo!
Y como es natural que ese sistema resultara muy atractivo, los grandes cosecheros se reúnen y no solo tratan de llevar tras ellos a los pequeños propietarios, los que en el momento de la indemnización sí van a ser favorecidos por el INRA —porque si alguno aquí se ha ocupado de los infelices es este Gobierno Revolucionario y no los poderosos magnates—, que a la hora de indemnizar o de resolver los problemas que afecten al pequeño propietario que tenga dada su tierra en arrendamiento, a la hora de indemnizarlo tendrá en cuenta esa situación y lo indemnizará de manera absolutamente satisfactoria.
El caso no es igual que el que no tiene otra entrada, aunque no sea justa —porque no es justo que una familia trabajando tenga que estar sosteniendo otra familia ausente—; pero no es lo mismo el caso del pequeño propietario al del latifundista que tiene infinidad de pequeños posesionarios en sus fincas.  Y la Revolución, muy cuidadosa de no cometer injusticias, mantiene el principio de que la tierra debe ser para el que la está trabajando directamente, indemnizando —dentro de las atribuciones que tiene el instituto— a los casos de aquellas familias que dependen de ese pedazo de tierra.
Los grandes propietarios tratan de movilizar a los pequeños agricultores para tratar de dar la sensación de que cuentan con la masa de los campesinos y han llegado a la osadía, ¡a la osadía!, de querer presentar la ley revolucionaria como perjudicial nada menos que a los mismos beneficiarios.
Es por eso que tenemos la seguridad de que esa maniobra y esos rejuegos serán destruidos por la propia acción de todos los pequeños ganaderos, colonos, arrendatarios y aparceros, que les salgan al paso y de una vez pongan fin al monopolio que han mantenido unos cuantos magnates —porque no son más que unos cuantos—, el monopolio que han mantenido de la representación de cada uno de esos sectores de la agricultura.
Es por eso que la tarea de la Revolución y de todos los elementos revolucionarios dentro de los colonos, dentro de los ganaderos y dentro de los agricultores, es movilizarse en apoyo de la reforma agraria , para poner fin a las campañas de los grandes latifundistas que no tienen derecho a hablar en nombre de cada uno de esos sectores; para que cuando hablen, hablen por sí mismos, pero que no hablen en nombre de todos los ganaderos, en nombre de todos los colonos y en nombre de todos los cosecheros, porque no tienen derecho a hacerla y mucho menos derecho a presentar a todos esos sectores como enemigos de la Revolución.
Así que la ley agraria no solo tendrá el respaldo de todos los campesinos que no tienen tierra, de todos los trabajadores del país y, en fin, de la inmensa mayoría del pueblo, sino que la reforma agraria tendrá el respaldo de todos esos pequeños productores que no se dejarán engañar por las maniobras de los grandes magnates, cuya era de predominio y de influencia ha desaparecido para siempre.
Nos habían ofrecido hipócritamente sus novillas cargadas, sus millones de pesos, como una limosna para ver si la ley salía menos radical, si perdían menos caballerías, si concretábamos la reforma agraria al marabú, a la Ciénaga de Zapata, a las zonas esas costeras de diente de perro, y, en fin, a comprar unos cuantos tractores, unos cuantos arados y unos cuantos machetes y repartirlos entre los campesinos. Es por eso que sencillamente les hemos devuelto sus novillas cargadas y su dinero.
¿Que nunca habían visto eso, que nunca habían visto devolver cinco millones y medio?  ¡Pues ya lo vieron!    ¿Que devolver ese dinero, como dicen, es en perjuicio de los campesinos? ¡Qué nobles, cómo se acuerdan de los campesinos infelices! ¿En perjuicio de los campesinos porque devolvamos cinco millones y medio de pesos?  ¿Quién dijo?  ¿Quién dijo que en perjuicio de los infelices campesinos, si el pueblo espontáneamente se ha empeñado en sustituir esos cinco millones y medio? ¡Si al otro día empezaron a llegar cheques al INRA, recogidos espontáneamente en los sindicatos y en todas partes, diciendo que eran para reponer los cinco millones y medio de los grandes magnates! ¡Si en vez de cinco millones y medio vamos a recoger diez millones y medio!    Y no diez millones y medio:  es que el fervor y el empeño que el pueblo ha puesto en esto, porque una causa justa que es capaz de devolverles a esos señores cinco millones y medio de pesos es capaz de recaudar 100 millones de pesos en el pueblo.
Es que la reforma no termina ahí.  Es que vamos a desarrollar un vasto plan agrícola y de desarrollo industrial.  Es que después vamos a emitir bonos con un buen interés para vendérselos al pueblo, para que la contribución deje de ser ya la contribución sin retribución, y cuando se compre un peso sea un peso ya del pueblo, ganando interés, a favor del programa de desarrollo agrícola e industrial.  En vez de pedirles prestado a ellos mismos, porque ellos son los que tienen los dineros, le pedimos prestado al pueblo y le pagamos los intereses al pueblo.  Les vendemos los bonos no a los que tienen mucho dinero; se los vendemos al pueblo, para que el pueblo compre esos bonos y perciba los intereses.
Es que cuando se acaben las contribuciones voluntarias, cuando hayamos recogido...  Porque hay muchas que están todavía...  En los pueblos están esperando que yo vaya a buscarlas, y me resulta imposible.  Hay un barrio que, según noticias, recogió, aquí en La Habana, medio millón de pesos, un barrio solo: ¡Luyanó!    ¡Medio millón de pesos en un barrio solo!  ¿Cuándo se vio eso antes en nuestra patria?
¿Por qué no les vamos a devolver sus cinco millones y medio?    ¡Para que quede esta obra como obra del pueblo, de la espontaneidad y la emoción del pueblo, del entusiasmo y la fe del pueblo, del fervor y la confianza del pueblo!    ¡De un pueblo que da su peso a gusto y que no le duele, que da su peso a gusto y no lo saca en cara, que da su peso no para comprar sino para ayudar!   Con un pueblo que habiendo dado un día de haber, enseguida dice que da otro día de haber , porque sabe que esta obra es suya, que es su obra y que no quiere que se la perturben, no quiere que se la echen en cara.  Porque se sabía, ¿no?, pero éramos corteses; se sabía, pero ahora se ha comprobado que aquellas novillitas cargadas venían cargadas también de mala fe.
Y se ha comprobado aquella extraña generosidad a favor de la reforma agraria, que el pueblo se preguntaba:  “¿Pero esta gente está a favor de la reforma agraria, los latifundistas?” ¿De qué reforma agraria?  De la reforma agraria de los marabús. Y seguramente que no habrían dejado de protestar al final, incluso si les quitaban un pedazo de marabú. Pero estaban tratando de castrar la reforma agraria, de reducirla a un engaño más.  Creyeron que iban a impresionar aquí, que iban a engatusar aquí al gobierno, y se encontraron que aquellos tiempos habían cambiado.  Y quizás esa impotencia sea la que exacerbe los ánimos: la impotencia de saber que ya aquí a los gobernantes no se les puede comprar, la impotencia de saber que aunque reunieran todas sus novillas y todo su dinero no podrían comprar al Gobierno Revolucionario.
Y esa convicción que tienen de que no podrán sobornar a nadie es lo que los incita a tratar de desacreditarnos, a calumniarnos y si fuera posible a destruirnos, por todos los medios al alcance de su mano, aunque sea con la ayuda del extranjero, aunque sea con la ayuda de los peores criminales de guerra, aunque sea con los verdugos que durante siete años estuvieron oprimiendo a nuestro pueblo, ¡y que jamás volverán!    Que jamás volverán, porque nadie quiere vivir de nuevo bajo el terror; nadie quiere vivir de nuevo aquellos días en que aparecían los racimos de cadáveres por las calles; nadie quiere vivir de nuevo aquella época repugnante en que todo era complicidad, robo, vicio, atropello, abuso, injusticia, que padeció el pueblo y que no padecieron jamás los que se iban a pasear a otros países, los que llevaban una vida sin privaciones y los que nunca tuvieron problemas con la policía.
Fue el pueblo quien sufrió todo aquello que no sufrieron estos magnates, visitantes asiduos de la guarida del tirano, los que le extendieron la mano, la mano adulona y servil, en medio de la sangre de nuestra juventud, porque esos, esos no sufrieron los horrores de la tiranía, que fue el pueblo quien sufrió esos horrores y el pueblo no permitirá jamás que aquellos tiempos vuelvan.
Y por eso decíamos nosotros que apreciábamos más el centavito que un niño humilde de escuela pública le entregaba a la maestra, que los cinco millones y medio de pesos de los latifundistas.  Si los pequeños ganaderos y colonos quieren ayudar, que ayuden por su cuenta y serán bien recibidos.  La ayuda que no queremos es la de los grandes magnates que vinieron con la insolencia de querer sobornar al Gobierno Revolucionario con esas migajas.
Por eso recibe uno con tanto placer la donación de los obreros, el día de salario que con tanta generosidad y alegría se entrega a la reforma agraria, porque ese es dinero ganado con el sudor de la frente, porque ese es el sacrificio de la familia humilde que le quita un día de haber a la familia, que le quita un día de paseo a la familia, que le quita quizás lo más indispensable a la familia y lo viene a entregar espontáneamente, generosamente a la reforma agraria.
Ningún hecho ha puesto más a prueba la calidad moral de nuestro pueblo, ningún hecho ha puesto más a prueba el civismo de nuestro pueblo, que estos gestos que hemos estado presenciando.  Porque no ha quedado nadie, no ha quedado escuelita pública, no ha quedado incluso escuela privada, no ha quedado asilo, no ha quedado centro benéfico, ni rincón de familia o de personas humildes, que no haya hecho su aporte a la reforma agraria; no ha quedado colonia, ni finca, ni pueblo, ni centro de trabajo que no haya hecho su aporte a la reforma agraria; no ha quedado lugar de Cuba donde no se haya dado una fiesta, una verbena, un acto a favor de la reforma agraria.
Y aquí, donde siempre se hicieron tantas colectas, donde siempre se hicieron tantas exigencias, donde les ponían leyes para que pagaran un día de haber, ¿cuándo se vio un aporte tan grande, cuándo se vio un aporte tan extraordinario y tan generoso, cuándo se vio esa contribución que suma millones?  Aquí, donde nunca ninguna contribución espontánea pasó de 30 000 o 40 000 pesos, y que suma millones, y que no hay nadie que haya dejado de ayudar, que no hay sitio donde no se haya visto ese fervor, ese fervor espontáneo que habla de por sí solo de las cualidades humanas y morales de los pueblos; esa bondosidad con que de todas partes el cubano, en Cuba y en el extranjero, ha enviado su aporte.
¿Cuándo se vio eso en nuestra patria? Que debe ser motivo de orgullo, que debe ser motivo para creer en una época nueva, en una era distinta, cuyo símbolo sea la generosidad y el espíritu de sacrificio; la bondad del pueblo con sus compatriotas, con cada uno de los demás cubanos; el darse cada uno de los ciudadanos a cada uno de los demás ciudadanos.
¿Cuándo estos hechos se pudieron imaginar nunca antes? ¿Cuándo fue tan bueno el cubano?  ¿Cuándo fue tan generoso el pueblo, que echó por tierra en unos meses toda aquella tradición de egoísmo, todas aquellas lecciones de ambición que le enseñaron durante medio siglo?
De un pueblo que echa por tierra todo ese sentir ambicioso y egoísta para iniciar una era nueva, ¿qué derecho tienen, en nombre de egoístas intereses, a venir a conspirar contra ese despertar de la nación, a conjurarse contra ese amanecer formidable de la generosidad humana? ¿Qué derecho tienen, en la época más feliz y esperanzadora de nuestra patria, a venir a sembrar la discordia criminal, a venir a sembrar el egoísmo criminal, a venir a sembrar la cizaña, a concitar contra nosotros todas las fuerzas, para ver si el día se vuelve noche, si esta aurora se vuelve crepúsculo, si este abrirse de esperanzas se vuelve de nuevo aquel escepticismo, aquella desconfianza, aquella falta de fe en que vivió el cubano durante tanto tiempo, sin esperanza de un cambio, sin esperanza de poder deshacerse de todos esos privilegios porque eran demasiado poderosos?
¿Qué derecho tienen, cuando el milagro se ha producido, en querer trocar toda esta atmósfera de bondad y de generosidad por los vicios del pasado, por las costumbres del pasado, por la politiquería del pasado?  Porque muy cínicos y muy inconscientes tienen que ser los que, para criticar la obra revolucionaria que con tanta honradez estamos haciendo, escriben loas ditirámbicas a favor de aquellos que, aunque hoy hablen como semirrevolucionarios, no dejan de recordar toda aquella etapa de malversación y de robo, de politiquería, gangsterismo y vicio, cual si la inmoralidad y el vicio puedan convertirse de repente en virtud, cual si aquellos desgastados instrumentos de la política pasada pudieran enarbolarse como ejemplos de virtudes ciudadanas.  Todo eso no sirve sino para probar la conjura que se cierne contra la Revolución, no sirve sino para probar cómo el pueblo no ha de confiar más que en sí mismo, cómo el pueblo no tiene otro aliado que sí mismo, cómo el pueblo no tiene otro defensor que sí mismo, cómo solo de nosotros mismos dependerá que esta obra se lleve adelante, que la victoria sea de nuestra Revolución o de sus enemigos. Sirve para probar que la Revolución necesita no solo del concurso entusiasta, sino del concurso disciplinado de todo el pueblo.
¿Qué decirles en estos momentos a los trabajadores de Cuba, a esos trabajadores que han reunido millones de pesos para ayudar a la reforma agraria? ¿Qué decirles, sino que ese es el ejemplo a seguir, que lo que se ha hecho con la reforma agraria es todo un símbolo de la línea que deben seguir los trabajadores cubanos?  Porque a nadie le puede quedar a estas alturas la menor duda de que la Revolución se está batiendo de frente con todos los enemigos del pueblo; a nadie le puede quedar la menor duda de que esta Revolución es del pueblo, y que ante ese hecho cierto la línea a seguir es esa.
La contribución a la reforma agraria significa que cada cual dio algo de lo suyo para tecnificar y revolucionar la agricultura, para elevar la producción agrícola, para redimir al campesinado del país, cuya redención permitirá, además, la redención del resto del país.
¿Por qué dan la ayuda?¿Por qué se quitan de lo poco que tienen para ayudar a la reforma agraria?  Porque saben que ese sacrificio no es inútil, porque saben que no solo invita a ello la más elemental solidaridad humana sino también el sentido de las necesidades de la nación entera, las conveniencias de la nación entera.  Se sacrifica hoy el pueblo para tener mañana los frutos de esos sacrificios.
¿Puede ser nuestra actitud la actitud de aquellos tiempos, que eran tiempos de política, aquellos tiempos de gobiernos sumisos dedicados solo al saqueo y al robo, o al saqueo y al crimen?  Porque dígase de una vez que en materia de saqueo y de robo no hubo excepciones.
No puede ser la actitud del pueblo la actitud de aquellos tiempos, porque en aquella época la clase trabajadora no tenía más que lo que pudiera obtener en la batalla diaria, lo que pudiera obtener en la lucha constante.  El poder no era su aliado, el poder estaba incondicionalmente al servicio de los grandes intereses.  Se planteaba objetivos económicos porque no había objetivos políticos: el mejoramiento de los trabajadores iba a depender solo de los centavos más que pudieran arrancar en su pugna por aumentos de salarios.  No podían contar más que con las conquistas que obtenían a base de todos los sacrificios imaginables.
¡Qué distinto el panorama de hoy!  El poder enfrentado a los grandes intereses.  El poder afrontando la conjura, la campaña y la conspiración de los grandes intereses.
Por primera vez el cuadro es totalmente distinto.  La clase obrera tiene delante un gran objetivo revolucionario, un gran objetivo político: hacer triunfar la Revolución, ayudar a la Revolución, sacrificarse por ella con tal de hacerla triunfar, para convertir la Revolución en instrumento de reivindicación y de realización de las grandes esperanzas del pueblo.
La lucha hoy no es por centavos más o centavos menos.  La lucha hoy es por un gran objetivo histórico y político:  la lucha hoy es por el triunfo y la consolidación de la Revolución.  Hay que tener una idea muy clara de que el gran objetivo hoy es el triunfo y la consolidación de la Revolución.  El fracaso de la Revolución sería —teóricamente, porque en la práctica no ocurrirá nunca—, volver a aquellos tiempos de la lucha por el centavo, sería volver a aquellos tiempos de corrupción, sería volver a aquellos tiempos en que la clase obrera había perdido sus derechos políticos y sociales, sería volver a aquellos tiempos del plan de machete, a aquellos tiempos del golpe, la represión y la persecución.  El fracaso de la Revolución sería el regreso quien sabe por cuanto tiempo a aquel pasado que hoy luce como una pesadilla.  El objetivo es hacer triunfar y consolidar la Revolución.
¿Por qué decimos esto?  Porque a veces nos olvidamos de ello.  A veces pensamos que nuestros problemas se resuelven con aumentos más o aumentos menos.  No quiere decir esto que haya de renunciarse a todos los aumentos, ¡no!  Quiero decir solamente que debemos estar muy claros en que por encima de todas esas demandas de tipo económico está el gran objetivo de hacer triunfar y consolidar la Revolución.  Es algo que ningún obrero deja de comprender, es algo tan claro que solo quien no tuviese confianza en los trabajadores y en la inteligencia del cubano tendría temor a expresarlo con toda claridad.  Porque por encima de todo, lo que hay que hacer es hacer triunfar la Revolución.
Quiere esto decir que nosotros debemos soportar los sacrificios que nos cueste hacer la Revolución, las consecuencias inmediatas de las medidas revolucionarias.  Porque es lógico que los intereses afectados, valiéndose de los recursos que tienen en sus manos, valiéndose de los controles que tienen en sus manos, valiéndose de que en toda esta etapa inicial el poder y los recursos del Estado son deficientes, que la propia organización del Estado es deficiente, van a tratar de producir todos los trastornos posibles, para tratar de llevar el hambre al seno de nuestras familias, como medio de argumentar contra la Revolución y de sembrar la desconfianza.
Todo el mundo sabe que si no hay trabajo, si no quieren cultivar las cañas, no es por culpa de la Revolución, sino porque es la maniobra tendente a sabotear la Revolución.  Todo el mundo sabe —y lo hemos dicho muchas veces, porque siempre nos gusta advertir al pueblo y tener al pueblo preparado para todas las contingencias— que muchas veces hemos dicho que si es necesario comemos malanga el tiempo que sea necesario.  Porque siempre —no hoy, que ya es clara la maniobra—, desde el principio lo decíamos, desde los primeros días, cuando todavía no había ley agraria, ni se había hecho la ley de los solares, ni la ley sobre los alquileres y todas las leyes que ha hecho el Gobierno Revolucionario, ya lo decíamos, porque nada de eso nos sorprende, sabíamos las consecuencias de las leyes revolucionarias.
Es decir, ¿que habría hambre?  ¡No, porque hambre no va a haber!  Pero sí sabíamos todo este sabotaje que hoy se trata de hacer a la Revolución, la contracción artificial que tratan de producir y hasta las campañitas de no comprar.  Desde luego que los que hacen esas campañas son los que consumen por lo general productos extranjeros, y en definitiva no nos preocupa gran cosa, o mejor dicho, en cierto sentido viene a ser un negocio que no compren.  Pero tratan de producir la contracción como medio de llevar al pueblo al hambre y culpar a la Revolución de los males que artificialmente tratan de provocar.  Pero eso es pasajero.  Pueden hacer todavía eso hoy, lo pueden hacer porque, aunque se ha avanzado mucho en organización, todavía ellos pueden realizar esas maniobras.  Vamos a ver si dentro de seis meses las pueden realizar.  Vamos a ver si cuando el Instituto Nacional de Reforma Agraria esté plenamente organizado, se pueden llevar adelante esas campanas.  Vamos a ver si cuando los latifundios estén convertidos en centros de producción en manos de los campesinos, va a haber campañas de sabotaje a la producción.
¿De dónde pueden sacar que la reforma agraria va a producir una disminución de la producción, cuando no dan abasto las agencias de tractores; cuando no dan abasto los barcos que traen tractores aquí; cuando estamos sustituyendo el arado de palo y la yunta de bueyes por los tractores T-14, 18, 26, D-6, D-8, D-9, por grandes maquinarias, con arados de numerosos discos; cuando un hombre en una hora va a poder hacer lo que antes hacía en 25 horas; cuando estamos invadiendo la isla de equipos técnicos para producir con métodos modernos, para acabar con toda esa tierra improductiva?  ¿En qué cabeza cabe el razonamiento de que cuando se sustituya el arado de palo y la yunta de bueyes por las grandes maquinarias agrícolas, la producción puede disminuir?  ¿En qué cabeza cabe eso como no sea en la cabeza de los latifundistas?  
Luego, si la producción disminuyera de momento, sería sencillamente porque no quieren hacerla producir.  Pero que cuando todos esos latifundios estén en las manos vigorosas de nuestros campesinos y tengamos 10 000 o 15 000 tractores aquí produciendo, y abonadas las tierras, y regadas las tierras, y cultivadas las tierras, vamos a ver si disminuye o aumenta la producción.  Vamos a ver si no producimos el doble de azúcar en la misma cantidad de tierra, o la misma cantidad y más cantidad de azúcar en la mitad de las tierras que hoy se dedican a ello.  Vamos a ver si no producimos el doble, o el triple, o el cuádruple de cabezas de ganado en las tierras que hoy están dedicadas a la ganadería y en las que podamos recuperar de las áreas cañeras.  Vamos a ver si cuando sembremos todos esos marabuzales y todas esas tierras llenas de zarza y de manigua, vamos a ver si cuando tengamos sembradas las 14 000 caballerías de la Ciénaga de Zapata, vamos a ver si cuando aquí no quede una sola pulgada cuadrada de tierra sin cultivar, la producción ha disminuido o ha aumentado.  Vamos a ver si cuando no solo cultivemos toda la tierra, sino que produzcamos el doble o el triple por unidad, la producción va a aumentar o va a disminuir.  ¿En qué cabeza cabe que cuando aquí se siembre toda la tierra y produzca el doble, y tengamos más tierras porque hayamos desecado pantanos, en qué cabeza cabe que la producción va a disminuir como no sea en la cabeza hueca o mal intencionada de los latifundistas y de los grandes intereses?  
Que decían que disminuiría y ofrecimos 8 millones de toneladas.  Entonces, si de verdad no íbamos a alcanzar nuestra cuota, si no íbamos a cubrir nuestra cuota, ¿por qué no se nos aceptan los otros millones de toneladas que ofrecimos?  Porque nosotros decimos que vamos a producir 8 millones de toneladas y a nadie le debe quedar la menor duda de que las producimos.  Sencillamente, porque mandamos los tractores a arar sin detenerse por ahí en ninguna cerca ni en ninguna parte, señores, y aramos y producimos lo que tengamos que producir.
Queremos hacer las cosas, naturalmente, con todo el orden posible.  Porque se olvidan ahora los latifundistas de que al acabarse la guerra fuimos nosotros los que evitamos que los campesinos se repartieran los latifundios, porque nosotros considerábamos que esos repartos iban a acabar con la ganadería y con la producción y que no era la forma, y que aquí había que sustituir aquella producción por una producción mucho más científica, más moderna, con mejor equipo y con orden, que es como se está haciendo; que aquí, si nosotros no les decimos a los campesinos lo que convenía, no quedaba una finca sin repartir, porque se las repartían todas los campesinos en una madrugada.
Sin embargo, nosotros fuimos, hablamos, explicamos cómo eso sí podía destruir la producción, cómo nosotros teníamos que reducir la producción latifundista y teníamos que sustituirla por cooperativas de producción, con los métodos más modernos, y así hacer una reforma agraria como la hemos hecho; mejor dicho: como estamos decididos a hacerla.  La ley sí la hemos hecho ya.  Viene ahora la reforma.
Ellos se olvidan ahora de que si nosotros no hubiésemos estado inspirados responsablemente en el propósito de hacer una obra bien hecha, ya ninguno de ellos tendría un solo latifundio, porque los campesinos se los habrían repartido todos.  No les habrían quedado a mucha gente ni las 30 caballerías.
Sin embargo, cuando hacemos la ley y estamos haciendo las cosas de acuerdo con métodos científicos para elevar la producción, se dedican a hacer campañas contra la producción y se dedican a promover y a provocar la contracción.  Eso es lo que están haciendo.  Y, claro, les queda algún tiempito para hacer esas cosas, porque todavía ni tenemos el suficiente número de tractores aquí —aunque los hemos pedido ya—, ni hemos podido vertebrar la organización suficiente con que poder llevar adelante los planes, o sea, tomar todos esos latifundios y ponerlos a producir.
Estamos preparando técnicos urgentemente.  En la Universidad de La Habana solamente ha aumentado de 500 a 2 000 el número de estudiantes de agronomía y de esas ciencias técnicas.  Y vamos a contar con el personal humano para enseñarles a todos estos latifundistas lo que es agricultura, porque si bien es cierto que algunos tomaron la tierra con más empeño y la hicieron producir y lograron mejoras, lo cierto es que eso constituía una parte insignificante, pequeña.  Pero que en realidad, ¿cómo han estado las tierras de Cuba?  Si aquí hay hambre es por una razón, entre otras; porque teniendo tierras no las tenemos produciendo, y lo que no se produce no se puede comer.  Y eran como el perro del hortelano, que ni producían ni dejaban producir: guardaban la tierra para reserva, para bonito o para lo que fuera. Y en la guardarraya los campesinos tenían que sembrar sus maticas de maíz, y de boniato, y de yuca. ¿Qué campesino tomaba leche aquí, de esos que trabajaban en los grandes latifundios de las grandes compañías?  ¿Qué campesino comía carne ni pescado?  ¡Boniato solo, y gracias!  Y descalzos, y los muchachos por el suelo y comidos de parásitos, y la casa cayéndose, y trabajando dos meses y medio o tres al año.  ¡Qué bonito, qué humano es todo eso!  Y eran nuestros campesinos, hijos de nuestra tierra, de nuestros mambises, que cada vez que hubo que pelear pelearon, y dieron su vida y dieron su sangre.
De la patria muchos no sabían ni que era una isla, porque no tenían noción de lo que era una isla ni de lo que era el mundo.  El mundo era para ellos como una nebulosa, algo raro, infestado de ambición y de egoísmo, donde el ser humano se siente menos que un reptil o que un perro. El mundo era para ellos la oscuridad y la miseria, el dolor y la tristeza.  Ni libros, ni cultura, ni salud, ni civilización.  Y, por supuesto, ¡ni comida!
¿Fueron alguna vez a un cine?  ¡Nunca!  ¿Pasearon alguna vez por Europa?  ¿Les pusieron juguetes alguna vez los Reyes a sus hijos?, porque Melchor, Gaspar y Baltasar nunca se aparecieron en las casas de los infelices hijos de los campesinos.  ¿Supieron lo que era un hospital?  ¿Supo una madre campesina de lo que era un médico un día de parto?  ¿Supo el niño recién nacido lo que era la más elemental higiene, los más elementales medios para preservar la vida?  ¿Por qué no se hace un cálculo de los niños campesinos que murieron prematuramente?  ¿Por qué no se hace una comparación entre el porcentaje de hijos de campesinos que mueren en los grandes latifundios, y el porcentaje de hijos de latifundistas que mueren en los primeros años?  ¿Por qué, en vez de andar con tantas teorías peregrinas, y en vez de estar acusando al INRA, llamándolo dictador porque le quiere poner fin a la dictadura del hambre, de la pobreza y de la miseria en nuestros campesinos , porque le quiere poner fin a ese hecho antisocial de que haya señores con 1 000, 1 500 caballerías de tierra mientras muchos de sus compatriotas   —con los mismos derechos que ellos, con las mismas necesidades humanas que ellos, con los mismos sentimientos humanos no digo de ellos, sino mejores que los sentimientos de ellos— no tenían, en cambio, ni un metro cuadrado de tierra, siendo tan hijos como ellos del cielo de nuestra patria, tan cubanos —si se quiere ser generosos— como ellos, más cubanos que ellos —si se dice la verdad—, seres humanos con las mismas necesidades vitales? ¿Por qué no se comparan los datos estadísticos y los porcentajes, para que se vea que la mortalidad en los hijos de las familias campesinas es incomparablemente superior a la de los hijos de las familias que viven en otras condiciones de vida?  ¿Por qué no se sacan a relucir las cifras que demuestran lo que el hambre mata todos los años en nuestra población infantil, lo que la enfermedad mata todos los años en nuestra población infantil, los niños que los parásitos matan todos los años en nuestra población infantil? ¿Por qué, si tienen derecho a vivir? ¿Por qué si cuando ellos pierden la vida se está cometiendo también un crimen, como el crimen del que mata con un arma? ¿Por qué no calificar de crimen, los crímenes que la miseria, la injusticia social y el egoísmo humano cometen?  Porque las madres guajiras lloran también a esos hijos como las madres de cualquier otro hijo, porque, en definitiva, la causa de todo eso son las condiciones de vida que llevan.
Y la reforma agraria quiere hacer la base que servirá para la industrialización del país para darles trabajo a todos los que siendo jóvenes y vigorosos no tienen donde ganarse la vida, y no solo será la medida que eleve el nivel de vida de nuestros campesinos, no solo será la medida que permita liberarlos de todos los inconvenientes que ha estado sufriendo, sino que protegerá la tierra de la erosión y de los desgastes, porque nuestras tierras están desiertas o disminuido su margen de productividad por el abandono en que han estado.
No solo significará eso la reforma agraria, sino que salvará muchas vidas, porque después que se saquen los cálculos estadísticos, se sabrá cuántos niños salvará, cuando la inteligencia de esos niños no quede sin cultivar, no se pierda y se salve para la nación, quién sabe cuántas inteligencias se podrán utilizar en bien de la patria, en pro de la obra que tiene por delante.
Y la vida se agota en el ser humano, ¡cuánto dolor, cuánta miseria, cuánta ignorancia! ¿Es que acaso valen más que esta obra de la reforma agraria los Cadillacs y los paseos por el extranjero de los grandes latifundistas? Es que frente a este propósito que se ha hecho el gobierno para servir los intereses del pueblo, cuando un gobierno se ha hecho ese propósito, en nuestra patria puede decirse que por primera vez existe una esperanza de que ese cuadro desaparezca para siempre y de que dentro del campo de los campesinos se borrará para siempre el espectáculo del bohío, que las casas que construiremos en los centrales azucareros acabarán para siempre con el espectáculo de esas barracas donde vivían en la peor promiscuidad los obreros de la industria azucarera.  Con los medios y los planes que la Revolución está llevando adelante pondrán fin a todo ese paisaje insoportable que nos encontramos en los campos de nuestra patria y que esa obra es la que permitirá redimir de sus miserias también a aquella parte de la población que sin trabajo, o con medios escasísimos de vida, está viviendo en las ciudades.
Esa obra no es, desde luego, una obra fácil.  Ve el pueblo las provocaciones que se presentan por todas partes, ve el pueblo que la Revolución tendrá que defenderse, ve el pueblo que la Revolución tendrá que pelear; la obra no es fácil, ninguna obra grande de redención de los pueblos es obra fácil.  Si fuese fácil, haría mucho tiempo que no existiría en Cuba este estado de cosas, si fuese fácil, los pueblos de América se habrían redimido de sus miserias.  Nuestra patria se habría redimido en cualquier momento anterior en los 50 años de república.  Sin embargo, somos el primer pueblo de América que comienza a redimirse de esos cuadros.  Que la tarea no es fácil lo demuestra la historia de todas las revoluciones.
Luego, si la tarea no es fácil, todos tenemos que poner el máximo esfuerzo, todos tenemos que darnos cuenta de que hay que ayudar a la Revolución por todos los medios, y que la actitud de los trabajadores tiene que ser la del más decidido respaldo y sacrificio en favor de esa obra, porque los tiempos ahora no son los de cosechar los frutos que todavía no hemos sembrado, los tiempos de ahora no son los de recibir los beneficios que todavía no hemos forjado.
Quiere esto decir que aun sabiendo lo que han tenido que sufrir los trabajadores, las agresiones de los siete años de tiranía, los sometimientos a que la llevaron siempre, durante los años de la tiranía, aun sabiendo que está urgida de perentorias necesidades, lo que queremos llevar al ánimo de los trabajadores es que este es un momento en que toda la esperanza tienen que ponerla en el Gobierno Revolucionario, que es un momento en que el viejo estilo hay que suprimirlo en consonancia con la nueva era.  De que aquella lucha anárquica, individualista, hay que sustituirla por la lucha organizada bajo la dirección del Gobierno Revolucionario, porque los problemas económicos son demasiado complejos, para que perdamos la noción de que constituyen un todo y que ese todo debe resolverse de acuerdo con un plan, hoy que hay un gobierno decidido a llevar adelante esas medidas.
¿Qué queremos decir?  Sencillamente, que los trabajadores tienen que tener en cuenta, primero: que por encima de toda demanda económica está el gran objetivo histórico y político de hacer triunfar y consolidar la Revolución. Que dentro de las demandas económicas el obrero debe pensar, primero:  que hay que ir a llevar el alivio de sus necesidades a aquellos que no tienen ni siquiera trabajo; segundo, que dentro de los que están trabajando hay que llevar las mejoras primero a aquellos que ganan menos; esto es tan justo, que ningún hombre honrado lo podría discutir.  Que si diluimos nuestras energías en luchas por demandas de sectores, no es posible, de ninguna manera es posible, realizar un plan general tendiente a llevar adelante esos postulados.
Juntamente con las mejoras de aquellos sectores que ganan menos, tenemos que ir a mejorar a aquellos sectores que por una razón o por otra no pueden producir.  No puede producir el niño y, sin embargo, hay que calzarlo y vestirlo en las escuelas.  ¿Quién alimenta y sustenta al niño?  ¿De dónde sale el vestido y el alimento que el niño recibe?  Sale del que puede producir; el niño no puede producir, luego, de lo que se produce, hay que darle al niño, hay que darle al anciano, hay que darle al inválido, hay que darle al que ya no puede trabajar y se ha retirado; hay que darle, incluso, al que momentáneamente esté sin trabajo, porque se supone que un hombre aunque esté sin trabajo, sin embargo, tiene que alimentarse. Luego hay que aumentar también los medios de vida del que ya no puede trabajar.
Así, de lo que la nación produzca hay que aumentar también, antes que nada, el estándar de vida del jubilado que esté ganando 30, 40, 50, para elevarlo a 60, a 70. Es más, eso es algo vital para el obrero, porque todo obrero piensa en los años de la vejez, cuando ya desee retirarse a  descansar.  Si nosotros establecemos el principio de que de nuestro rendimiento nacional hay que darle una parte mayor al anciano que se retira, estaremos preparando una vejez mejor y más amplia a todo obrero que se va a retirar.
Así, ¿qué puede distribuir una nación?  La nación, del total de lo que produce al año, una parte la consume y otra parte la ahorra.  El que de su sueldo de 300 pesos, guarda 100 pesos todos los meses, está consumiendo las dos terceras partes de su sueldo y está guardando el resto.  Lo que puede invertirse en nuevas maquinarias, lo que puede invertirse en aumentar la producción, es lo que se ahorra.  Lo que nosotros invertimos en maquinarias ahora es lo que ustedes han guardado y han entregado de sus sueldos.  Sin eso no podemos comprar esa maquinaria. Si ustedes lo hubiesen consumido, no podríamos adquirir esas maquinarias para aumentar la producción de alimentos y de materias de agricultura.  Ustedes lo ahorraron, lo dieron y porque lo ahorraron y lo dieron lo invertimos.  Si en vez de un peso, ahorran cinco, compramos cinco veces más.  Si en vez de cinco dan 50, compramos cincuenta veces más maquinarias.
Quiere decir que lo que se puede invertir en aumentar la producción es lo que se ahorra. ¿Qué significa esto en la explicación que estamos dando?  Que es objetivo de la nación aumentar el rendimiento per cápita todos los años.
Hay lo que se llama rendimiento per cápita, que es el resultado de dividir —dividir matemáticamente, porque en la realidad la división esa no existe— lo que se produce en total, por ejemplo, 2 000 millones de pesos, entre la totalidad de la población.  Se dice:  Se ha producido 200 o 300 pesos per cápita.  El per cápita es teórico, porque lo que pasa es que muchos reciben una parte pequeña y unos pocos reciben una parte grande del total de la producción.  Pero el aumento de la producción significa cada año producir una cantidad mayor per cápita.  Si este año es 300, tratar que el próximo año sea 320 per cápita, y el otro año 340, 360.  El desarrollo de los medios técnicos permite aumentar el rendimiento per cápita, que con una distribución justa significa que cada año se puede dar más.
Ahora bien, cuando un país está en una etapa de desarrollo, mientras más consuma menos ahorra para aumentar la producción.  Así, si nosotros aumentamos 20 de per cápita todos los años, y de esos 20 consumimos los 20, no podemos seguir el ritmo de aumento por año.  Si damos 15 e invertimos 5, aumentamos algo; si damos 10 e invertimos 10, el ritmo del aumento de la producción se mantiene por años.   Me parece que esto se puede entender perfectamente.
Quiere decir que nuestro objetivo es el aumento del rendimiento per cápita, al mismo tiempo que vamos distribuyendo mejor ese rendimiento. Pero que si nosotros creemos que ese aumento que obtengamos por año debemos consumirlo, se paralizará el desarrollo de la economía, porque nadie vendría a hacerlo por nosotros. Lo que no hagamos con lo que ahorremos no vendrá nadie a hacerlo por nosotros.  Luego, ello quiere decir que debemos tener en cuenta la realidad de que en la primera etapa de la Revolución los sacrificios son mayores, y solo cuando todo un programa económico se haya llevado adelante podemos recibir una parte mayor del rendimiento por año.
Así, también los retirados deben recibir todos los años una parte mayor: 65, 70, 75, 80, no ponerles una cantidad fija, sino irles aumentando por años, para que reciban también ellos una parte del aumento que se produce por cabeza en la producción nacional.
Estas ideas tenemos nosotros la obligación de decirlas, para que sepamos que toda obra de mejoramiento tiene que ser obra resultado del esfuerzo y del sacrificio.
¿Cuál es, a nuestro entender, el mejor sistema?  Nosotros nos encontramos una serie de sectores que nos dicen:  ¿Cuándo nos van a ayudar a nosotros, que todavía no hemos recibido nada?  Y, efectivamente, hay una serie de sectores, hay una serie.  ¿Es posible estudiar todos los casos juntos y resolverlos?  ¡No!  Luego, ¿qué sería lo ideal?  Lo ideal sería que como existe una confianza absoluta en el Gobierno Revolucionario, se pongan en manos del gobierno las medidas que deba ir realizando en cada uno de los sectores de la producción.  Si en vez de esa lucha, como la de antes cuando no se podía esperar nada del gobierno, si en vez de esa lucha hiciésemos una cosa de gobierno...
Porque antes había que pelear el centavo todos los días, ya que nada podía esperarse del gobierno; pero pelear el centavo cuando el gobierno puede realizar los estudios es crear un poco de anarquía.  Puede ocurrir que un sector esté ganando ocho pesos, libre su batalla para ganar 10, el producto se encarezca, y el que gana dos pesos tenga que pagar ese producto más caro.  Mucho más justo sería que el que gana dos pesos recibiera un aumento, aunque lo que él produce costara un poco más caro al que está ganando ocho pesos. Eso es más justo que aumentar el salario donde se está ganando ocho, para que el que gana dos tenga que pagar más caro el producto.  Lo justo sería que el que gana dos libre su batalla...  O no libre su batalla: que el que gana dos reciba un aumento de salario, aunque se produzca un aumento en el producto y lo tenga que pagar el que gana ocho. O sea, que el aumento de salario se produzca en ese caso con sacrificio del que más esté ganando, y no en aumento del que más esté ganando a costa del que menos esté ganando.  Porque suele ocurrir, incluso, con eso que los campesinos son los que como están lejos, tienen que comprar los productos industriales.  Cuando un sector en la ciudad, que puede ganar una batalla fácil, porque ahora no es difícil...  Ante esta situación, pues muchos con ese instinto han ido a librar la batalla y han obtenido aumentos, pero ha sido tristísimo comprobar que esos aumentos el industrial se lo recargó y los tiene que pagar el campesino.
¿Qué habría sido lo justo?  Un estudio de los costos, y decir: bueno, los aumentos que puedan hacerse sin aumentar el precio, pero aumentos que puedan afectar el precio que vaya a pagar el que menos gana no son justos.  Al contrario, justo sería aumentar el precio de aquellos artículos donde se ganan menos salarios, para que en todo caso si aumenta el costo lo paguen los que tienen más recursos para pagarlo, obreros o no obreros.  Esa es una cosa lógica.  Eso no puede organizarse si por aquí hay una lucha y aumentan, si por aquí hay otra lucha y aumentan.  Aquí puede hacerse un aumento que pueda estar de acuerdo con el costo, pero allá el industrial dio el aumento y aumentó los precios.
Luego, el primer deber de un obrero que esté ganando un salario alto es que ese aumento que él vaya a lograr no sea a costa del que menos gana. ¿Cómo se podría hacer eso? Nosotros estimamos que organizando una comisión del Consejo de Ministros, donde esté el Ministro de economía, el de trabajo y el de comercio; organizando un cuerpo de contadores, de técnicos, se haga un estudio general de los precios, de los salarios y de los costos, y en la misma medida en que vayamos desarrollando el programa industrial para ir dando empleo a los que no tienen trabajo, pero, sobre todo, en la misma medida en que vayamos desarrollando la agricultura, se vaya a todos esos casos de salarios bajos, se haga un estudio del costo y se vaya haciendo una regulación ordenada, científica y racional, y sobre todo planeada, de los costos, los precios y los salarios, porque si realizamos un aumento anárquico podemos dar lugar a la inflación, podemos dar lugar a la injusticia de que los que menos ganan paguen las mejoras que han obtenido los que más ganan.
Y, en definitiva, si nosotros invertimos en luchas las energías que debemos invertir en producir, si con huelgas y con paros disminuimos la producción, cuando realmente no hay que invertir esa energía ya que puede desarrollarse todo un plan de regulación y de mejora por parte del Gobierno Revolucionario, estaremos haciendo mal.
Y les voy a poner un ejemplo práctico: en la construcción suele resultar que el obrero en la construcción por contrata, que tiene un capataz exigiéndole, produce más por hora.
Y hasta ahora, hasta que vino la Revolución, se había demostrado que la obra por administración, que debía ser más barata, resultaba más cara. En cierto sentido, eso era consecuencia de que el obrero que estaba haciendo una obra por administración sabía que lo que él ahorrara allí se lo iba a robar una mala administración y no sentía estímulo por trabajar.  Pero, en cierto sentido, esa costumbre quedaba.  Nosotros estamos ahora tratando de hacer las obras por administración, aunque no todas porque no existe la organización suficiente, y lo tenemos con las casas de Ahorro y Vivienda.  Y entonces una de las batallas que tenemos que lograr es que el obrero, cuando esté haciendo una casa por administración del instituto, esas ocho horas que está ganando un sueldo, en vez de producir equis, produzca más.  De todas maneras va a estar esas ocho horas, y eso que él produzca de más le estará abaratando la casa a él mismo cuando vaya a vivirla o al otro obrero cuando vaya a vivirla.
Es evidente que si suprimimos aquel hábito de trabajar menos, lo menos posible, en el mismo número de horas lo cambiamos, en una obra construida por administración, de trabajar lo más posible, estaremos aumentando la producción en beneficio del resto de la familia.  Pongo un ejemplo para ilustrar en este caso; pero eso se puede ir aplicando en términos generales.
Todo lo que sea perder un minuto perjudica a la producción; pero, sobre todo, tenemos que evitar las contracciones que se produzcan, de una disminución en la producción, porque no hacemos nada con aumentar los ingresos de la familia mediante la Ley de Alquileres, mediante aumento de empleos, si no se produce un aumento sino una disminución de la producción.
¿Eso quiere decir que haya que conformarse con lo de ahora?  ¡No!  Incluso momentáneamente, puede beneficiar intereses aparentemente particulares, pero el resultado es que lo que la nación ahorre la nación lo puede invertir, porque todos los recursos que el Estado movilice para la agricultura, para el desarrollo de cualquier plan, los puede movilizar tanto más cuanto más haya producido la nación.
Y que el Gobierno Revolucionario se encargue del estudio de todas las demandas, de todas las posibilidades.
Hemos visto que muchas veces se desesperan los obreros. Dicen: “Pero ya hemos visto al ministro hace 10 días, hace 15 días, hace un mes, hace dos meses y no nos ha resuelto nada.” Lo que ocurre es que hay mil problemas planteados al mismo tiempo y el ministro no los puede resolver.
Ahora mismo tenemos un problema.  Por ejemplo:  el caso del obrero del transporte.  Habíamos ofrecido ciertos aumentos, ciertas mejoras, a condición de aumentar la recaudación, y se llegó a aquellos acuerdos.  Estábamos nosotros fuera del país cuando se produjeron algunos de aquellos aumentos; pero la recaudación empezó a bajar otra vez.  En definitiva, tendré que reunirme de nuevo con los obreros del transporte, de los Ómnibus Aliados, para volver a ponernos de acuerdo —porque se hicieron algunos aumentos; sin embargo, ya empezaron a bajar las recaudaciones—, para establecer un sistema de elevar las recaudaciones y cumplir la palabra.  Ya les hemos dado la equiparación, una serie de cosas, según me han informado, y es posible un aumento, pero eso sí: poniendo un sistema que garantice la totalidad de la recaudación, porque si no el Estado va a tener que ir a pagar eso.  Y no es justo que unos puedan enriquecerse mientras los demás no perciban beneficios de ninguna índole.
Con esto les quiero decir que la colaboración que pedimos de los trabajadores es esta. El Gobierno Revolucionario está enfrascado en una batalla decisiva, y eso lo saben ustedes: la batalla de la reforma agraria.  Ahí tenemos que concentrar toda la energía.  No podemos abrir mil frentes, no podemos invertir nuestra energía en mil problemas.  Si se produce contracción ahora en la producción de la agricultura, tenemos que evitar la menor contracción o disminución de la producción en la industria. ¿Qué tenemos que soportar, que en ocasiones vemos demandas justas y que se pudieran obtener por una huelga?, pues no dar la huelga.  La huelga a quien le puede preocupar es al Gobierno Revolucionario, porque disminuye la producción y da la sensación de anarquía, da la sensación de falta de colaboración; los enemigos se alientan porque creen que no hay control de la situación, la contrarrevolución hace campañas y dice que los obreros están insoportables.  Los que han estado insoportables ya se sabe aquí quiénes han sido: los grandes intereses, desde luego.  Eso lo sabe todo el mundo aquí.  Pero se valen de ello para sabotear cualquier campaña de inversiones, para asustar cualquier inversión.
Nosotros estamos dependiendo en gran medida de esas inversiones, porque nosotros no contamos con los medios, de momento, para poder desarrollar esos programas. Ya los desarrollaremos.  Llegará el momento que no nos preocupe tanto si invierten o no, porque movilizaremos recursos de la nación para invertirlos en fábricas o en lo que sea necesario.  Pero en estos momentos hay que contribuir a la mayor producción en la industria.  No importan las demandas que estén pendientes, si logramos una completa colaboración, organizamos comisiones que se dediquen a estudiar, una por una, todas las demandas que existan, con contadores, con estudios técnicos, con la paciencia necesaria de esperar el turno un mes, dos meses, tres, cinco, diez, un año, lo que sea, porque eso no es nada al lado de lo que significa el triunfo y la consolidación de una Revolución que está haciendo una obra que ya empieza a verse, por ejemplo, en las playas del pueblo, que significa que ya podrán ir ustedes a lugares que no tienen nada que envidiarles a los mejores balnearios privados.
Y eso mismo pasará con los hospitales y pasará con las escuelas, porque lo que el Estado recoja por concepto de impuestos, los excesos de ganancias que recoja, irán a parar directamente en beneficio del pueblo. Nadie se lo va a robar como antes, porque lo que el Estado percibe por impuestos, es producto del trabajo; porque todo ese dinero que se recauda es lo que el Estado reúne de lo que se ha trabajado, la parte que ha logrado recaudar para carreteras, caminos, escuelas y todos los servicios públicos.
Así que qué importa esperar cuando tenemos una obra tan grande por delante y un objetivo tan grande por delante.  Lo que nosotros necesitamos es el máximo de colaboración de los trabajadores.  No darles el menor pretexto a los enemigos para su campaña de sabotajes; darse cuenta de que tenemos que concentrarnos en una sola demanda, que la demanda en que hay que concentrar el esfuerzo, la energía, la campaña, la lucha, es en la reforma agraria.  Energía que gastemos en otras demandas se la estamos quitando a la ley fundamental.
Debe haber una especie de tácito convenio entre ustedes y nosotros: dedicar todo el esfuerzo a la reforma agraria y posponer todo otro tipo de lucha. Que en todo caso las aspiraciones o la situación de cada empresa, de cada sector estén siendo estudiadas cuidadosamente por técnicos competentes, mientras la energía no la invertimos ni en una huelga, ni en un paso de jicotea, ni en toma de lugares, la invertimos en una sola cosa: la invertimos en la batalla de la reforma agraria.  Porque si no ganamos esa batalla, si los enemigos nos ganan esa batalla, si los enemigos logran salirse con la suya de arruinar la producción agrícola, de reducir la producción agrícola, de sabotear los planes de la reforma agraria, la Revolución sería derrotada.
Las fuerzas se concentran siempre allí donde hay una lucha decisiva. La lucha decisiva se presenta en la reforma agraria.  En eso toda la clase obrera tiene que concentrar su esfuerzo y dejar en manos del gobierno el estudio sistemático y adecuado de toda la situación económica, de los precios, los salarios y los costos, al objeto de dirigir sus medidas no a beneficiar a los que más tienen.  Los que más ganan tienen de inmediato las playas, las escuelas, todos los beneficios, que desde luego los tienen los que menos ganan; pero hay que ir de inmediato a mejorar a los que menos ganan, que eso es lo justo, porque son tan padres de familia como los demás, tienen necesidades como los demás de casas, de vestidos, de alimentos.  Y lo egoísta sería olvidarse de eso.  Lo generoso, y el obrero tiene que ser por encima de todo generoso, es ayudar, pensar en los que menos están ganando, y pensar en los que no están ganando nada y pensar en el jubilado, porque antes de mejorar el salario de quien está ganando ocho o diez pesos diarios, vamos a suponer —pues pongo un caso de salario elevado—, debe mejorarse lo que se le paga todos los meses al jubilado azucarero, al jubilado de los ferrocarriles, del transporte, de todos los medios.
Y ustedes, cuando les toque a su vez recibir los beneficios de la jubilación, sobre todo ahora en que todo obrero va a quedar dentro de la jubilación, todo obrero recibirá los beneficios de la jubilación; cuando a ustedes les toque recibir esos beneficios se alegrarán de que se haga así, de que los que están trabajando no se olviden de ustedes, porque esa es la ley de la vida: hoy se ayuda a uno y mañana recibimos los beneficios de otros.  Y así sucesivamente.
Este es el plan justo que la Revolución debe seguir adelante. Y ustedes estarán de acuerdo conmigo en que si todo esto en vez de llevarse de acuerdo con un plan fuera producto de una batalla campal todos los días: hoy en esta fábrica, al otro día en otra y al otro día en otra y un pliego de demandas todos los días mayor, porque cada cual quiere presentar el pliego de demandas más grande, eso no sería lo que llevara más lejos a la Revolución.
Y si se da una huelga hoy aquí y otra allá...  Ustedes no se imaginan cómo saca provecho el enemigo, las campañas internacionales, cuando hay la menor huelga sale publicado en cintillos fuera.  La mejor adhesión que se le puede dar a la Revolución, el mejor ejemplo, lo que más desalentaría a los enemigos contrarrevolucionarios es que se viera una absoluta y total confianza y solidaridad de la clase obrera con el gobierno para librar la batalla de la reforma agraria.
Después llamaremos a los campesinos además, porque el campesino lleva una vida peor que el obrero industrial.  De todos los sectores del país el más mísero, el que está más pobre es el campesino.  Esa batalla es la que hay que ganar, la que de inmediato mejore al campesino para convertirlo en consumidor y en productor.  Todo lo que él aumente de productos vendrán a consumirlo ustedes, porque todo lo que ustedes aumenten de producción irán a consumirlo ellos que podrán comprar.  Y podremos elevar el estándar de vida cada año, año por año, año por año.  Del aumento que logremos en el rendimiento per cápita, una parte para invertir y una parte aumento en consumo; todos los años aunque sea un 5%, un 3%.  La tasa de crecimiento puede ser de 3%, de 5%, de 10%; son pocos los que llegan a 10%.  Nosotros pensamos lograr una tasa de crecimiento del 15% anual, que no ha alcanzado ningún país del mundo.  Vamos a ver si los cubanos podemos ser los campeones en el aumento de la tasa de crecimiento.
Nosotros iremos dando.  No quiere decir que todo se vaya a ahorrar.  Lo que se invierte en casas naturalmente se deja de invertir en maquinarias; pero comprendemos que al pueblo hay que darle, una parte hay que darla.  Y vamos a mejorar en viviendas, en los centrales azucareros, en las casas; vamos a mejorar en todos los medios, en las playas que se van haciendo, en muchas cosas que pueden ir mejorando:  en los hospitales, en las escuelas.
Pero no puede ser darlo todo para mejorar.  Tenemos que hacer sacrificios para aumentar la producción, que el mejor ejemplo es el peso que ustedes dan para tractores, que si se lo gastan en el cine, o lo gastan en fiestas, en lo que sea, no podríamos estarlo invirtiendo en maquinarias; ese es un ejemplo claro.  Esos 5, 10, 15 millones de pesos que ustedes reúnan los hubieran podido gastar; seguro que si no los hubieran dado aquí los habrían gastado, seguro.
Pero cuando ustedes lo dan...  ¿Qué quiere decir 15 millones de pesos en tractores?  Pues quiere decir de 2 000 a 3 000 tractores produciendo, quiere decir que la producción va a contar con el respaldo de 2 000 a 3 000 tractores, porque ustedes se quitaron 15 millones de pesos y en vez de consumirlos los invirtieron en maquinarias; quiere decir que en el futuro ese peso se va a volver dos pesos, tres pesos, cuatro pesos, cinco pesos, cien pesos, no se sabe, que cada peso de esos se va a multiplicar en beneficio de ustedes mismos cuando la nación haya aumentado la productividad; eso es lo que quiere decir .
Al pueblo no le quieren enseñar estas cosas.  Nosotros se las enseñamos porque es en beneficio del pueblo, porque no estamos pensando más que en la justicia aquí, decididamente no estamos pensando más que en lo justo y mejorar día por día, año por año la situación del pueblo en todos los órdenes, hasta que aquí acabemos con el último vestigio de la miseria, de la incultura y de todos los sufrimientos del pueblo. Y los acabamos porque nos hemos propuesto eso y lo vamos a conseguir aunque lluevan raíles de punta aquí, aunque griten todos los que griten. ¡Y lo vamos a conseguir!  Lo vamos a conseguir porque nos lo hemos propuesto, y porque contamos con el pueblo, y porque venimos y hablamos, y porque son las seis menos veinte de la mañana y está todo el mundo aquí; son casi las seis de la mañana y aquí nadie tiene sueño ni cosa que se parezca.  ¿Aquí, cuándo se vio eso? ¿Cuándo se vio al pueblo a las seis de la mañana aquí, hablando de estos problemas?  ¡Nunca, señores!  
Yo les voy a decir a los latifundistas, a los contrarrevolucionarios y a los reaccionarios, para que no se equivoquen, ¡para que no se equivoquen!, que vean lo que hay aquí, que se den cuenta, que no se hagan ilusiones. Y les decimos aquí a los intereses nacionales y a los intereses internacionales que el Gobierno Revolucionario está más firme que una roca , que el Gobierno Revolucionario es un gobierno absolutamente soberano , que Cuba es un pueblo absolutamente dueño de sus destinos , que las leyes revolucionarias las hacemos nosotros sin tener que darle cuenta a nadie ; que no atendemos absolutamente ninguna palabra, ninguna presión y ninguna interferencia de ninguna índole , y que solo aceptamos el lenguaje que venga precedido del más absoluto respeto a la dignidad y a la soberanía de la nación .  Que no tenemos que hacer mucho énfasis en esto, porque aquí a nadie le queda la menor duda de la entereza y de la firmeza con que sabremos defender a nuestra patria frente a todas las circunstancias.
Así que nadie se haga ilusiones, que los latifundistas no se hagan ilusiones; que cuando ellos estén disgustados, cuando el latifundista esté disgustado, porque él esté disgustado no crea que los demás están disgustados. Porque ocurre una ilusión falsa:  cuando un latifundista está disgustado, como él se ha creído siempre el eje del mundo, cree que todo el mundo está disgustado; cuando el latifundista se reúne con sus cófrades en cualquier club de estos elegantes y allí hacen chistes contrarrevolucionarios y allí unos a otros hablan y se dicen horrores de la Revolución, y como los la que están alrededor de ellos, latifundistas como ellos, están disgustados, se hacen la ilusión de que todo el mundo está disgustado, sin darse cuenta de que los únicos disgustados son ellos. El resto del país, constituido por guajiros, obreros, profesionales, maestros, toda esa parte enorme del pueblo que trabaja, que sueña y que espera días mejores, está contenta, y en la calle, en medio de ese pueblo que ni es garrotero, ni tiene edificios de apartamentos, ni tiene latifundios, ni tiene repartos, ni tiene solares, ni es ningún privilegiado; ese pueblo que vive del sudor y del trabajo; ese pueblo que espera días mejores, producto de su dignidad y de su entereza; ese pueblo no está triste ni rumia disgustos cuando un grupito de media docena se reúne por allá a conspirar, a hablar y a hacer pools.
Que no se hagan ilusiones y que no se engañen cuando vean los cintillos, porque esos son los cintillos que han estado eternamente al servicio de intereses grandes, de los que cuentan con recursos, y jamás al servicio de esa madre campesina, de ese niño que muere, de ese guajirito sin tierra y sin pan, de ese humilde obrero que gana dos pesos o que no tiene trabajo; porque nunca estuvieron al servicio de esos intereses de los humildes como estamos nosotros hoy, firme, decidida, resuelta y enteramente, sabiendo lo que hacemos.
Que no se engañen con esos cintillos, porque el pueblo los lee con desprecio, el pueblo los lee con indignación y con asco; porque el pueblo sabe que están dirigidos contra sus intereses, el pueblo sabe que todos estos que cada vez más audazmente hablan y organizan campañas, y los que hablan así como semirrevolucionarios y elogian con peros, y dicen que si pero que no, y que no pero que sí, el pueblo sabe quiénes son, quienes componen toda esa camarilla de intereses irritados porque son impotentes, irritados porque han encontrado en la Revolución la horma de su zapato , irritados ante ese pueblo que a las 6:00 de la mañana, no sentado siquiera sino de pie , es como un ejército dispuesto a afrontar todas las batallas necesarias, que tiene delante hombres que sabrán ser leales hasta el último aliento, que sabrán ser firmes hasta el último aliento y que estarán junto al pueblo mientras les quede un átomo de vida, peleando en el terreno que tengan que pelear .  ¡En el terreno que tengan que pelear, con las armas que haya que pelear y en la forma que haya que pelear, lo mismo desde la tribuna pública que desde los campos de batalla, lo mismo con las razones que con las armas, sabiendo que venceremos de una u otra forma!  
Que no se engañen, que no se hagan ilusiones y que acaben de aceptar la realidad de que una Revolución ha tenido lugar en nuestra patria; que acaben de aceptar la realidad de que los millones para comprar gobiernos se acabaron para siempre, que los privilegios se acabaron en nuestra patria, que los latifundios se acabaron en nuestra patria que bastante ha sufrido ya, que las injusticias se acabaron en nuestra patria.
Que no se hagan ilusiones, que no pierdan la noción de lo que es un pueblo de pie, dispuesto a pelear, dispuesto a barrer con cuantos obstáculos se le pongan delante. Que no se hagan ilusiones y que no se engañen, porque eso es como dar coces contra el aguijón. Que no se hagan ilusiones ni se engañen, porque de antemano están derrotados.  ¡Que no se hagan ilusiones ni se engañen, porque con nosotros está la razón y la historia!  
Y al terminar, al terminar este acto de hoy, quiero anunciarles a los obreros azucareros una buena medida, una buena noticia.
Cuando vinieron aquí, que decían los enemigos de la Revolución que no iba a haber zafra, que era imposible, que venían las lluvias... A pesar de la guerra, a pesar del retraso con que comenzó, reunimos a los obreros, les pedimos que cesaran todas las huelgas, que había que hacer la zafra aunque tuviéramos que humillarnos ante las maniobras de los interesados en provocar dificultades a la Revolución —que ya desde aquel momento se veían esas maniobras—; que aunque tuviésemos que soportar, antes que nada debíamos de poner el interés de la zafra por delante, para darle a la Revolución el respiro que necesitaba para ir aumentando las reservas que nos habían dejado por el suelo y empezar a realizar nuestra obra, porque la Revolución, en el estado en que nos dejaron la deuda pública y el país, si no hubiese habido zafra hubiera sufrido un quebranto tremendo que habría significado quizás muchos años para obtener las mejoras que, si actuamos inteligente y disciplinadamente, podremos conseguir en pocos años, en muchos menos años.  Les pedimos a aquellos obreros que sacrificaran sus demandas, que nos ayudaran, que la zafra había que hacerla por encima de todo, y lo hicieron.
Hoy cumplimos nuestra palabra y les podemos anunciar a los obreros azucareros que hemos dictado hoy una ley sobre la superproducción, concediendo la superproducción de acuerdo con las reglas del 49 y el ciento por ciento de la superproducción, y que ascienda a 8 millones de pesos.  Seis días como mínimo para todos los centrales, y un fondo común, de acuerdo con el costo de salarios de cada ingenio, distribuido de manera racional y haciendo pesar la carga de manera equitativa y de acuerdo con los recursos de los distintos centrales.  Ocho millones de pesos, que supera lo que se haya pagado por superproducción en ningún momento anterior, y que nosotros sabemos que esta es la demanda justa, la demanda que más estaban ansiando los trabajadores azucareros.
El problema de la superproducción tendrá en su oportunidad que sustituirse por una nueva regulación de los salarios, de manera que no sea por cuestión de los días que se dejan de trabajar, sino que en los días que se trabaja se gane más, para que se haga de acuerdo con un criterio técnico y no vaya la superproducción contra la tecnificación, porque a nosotros nos conviene ir hacia la tecnificación paulatinamente con el desarrollo de la Revolución.  Pero en los obreros azucareros la superproducción era una demanda que debía satisfacerse inexorablemente en esta zafra, y mientras no se haga una regulación nueva de los salarios en la industria que distribuya esta cantidad por concepto de salarios, de aumentos en los salarios.
Gracias al esfuerzo que hicieron los obreros azucareros, ayer había 5 600 000 toneladas de caña —y quedaban algunos centrales por terminar— cumpliéndose el cometido, frente a los augurios que decían que no se producía; porque para el pueblo de Cuba no hay nada imposible.
Y esto que sirva para callarles la boca: que el Gobierno Revolucionario, a pesar de la guerra, a pesar del retraso en las reparaciones, a pesar del momento en que empezó la zafra y a pesar de las lluvias, había producido ayer 5 600 000 toneladas de caña.
Y no podemos menos que anunciar esta medida, que significa la satisfacción de la aspiración de los obreros azucareros, que en este momento en que ven terminado su trabajo y se inicia el tiempo muerto, que ha sido el espectro desolador de nuestros campos, van a recibir 8 millones de pesos aproximadamente.  Así que hoy ellos podrán ya contar con esta noticia, que la ley fue aprobada en el Consejo de Ministros de hoy, concediendo exactamente como ellos deseaban la demanda de la superproducción.
Estas medidas irán unidas a un plan de construcción de viviendas, de centros escolares y de tiendas del pueblo en todos los centrales azucareros, con lo cual nos complacemos en cerrar este acto memorable de hoy.  Porque este es un acto memorable, si se tiene en cuenta que han transcurrido cinco meses y medio de la Revolución y que pocas veces quizás en la historia una revolución contó con un respaldo tan grande, creciente, y —si cabe— más decidido.  Sin duda que esta firmeza y este entusiasmo y esta decisión de hoy superan el ánimo, el entusiasmo y la firmeza, porque quiere decir que mientras más nos combaten los intereses creados y los poderosos, el pueblo más está y más firme con nosotros, porque sabe que el partido que hemos tomado desde el primer día, desde el primer acto revolucionario, desde el ataque al cuartel Moncada, y mantenido a través de años de lucha y a través de meses de Gobierno Revolucionario, invariablemente, inexorablemente, infaliblemente ha sido a favor del pueblo y a favor de la justicia.
Este entusiasmo de los obreros, unido al de nuestros campesinos, a los que movilizaremos cuando sea necesario, a los que traeremos a La Habana en número de cientos de miles cuando las circunstancias lo exijan, con sus sombreros de yarey, como los mambises, con sus machetes y sus guayaberas , con los que podemos contar y a los que podemos unir a otro medio millón de trabajadores para decirle al mundo la fuerza con que la Revolución cuenta y la muralla invencible, el valladar infranqueable con que los intereses enemigos de nuestra causa, por poderosos que sean, tendrán que estrellarse.
FIDEL CASTRO RUZ

Fuente: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada