julio 09, 2012

Discurso de Fidel Castro en el estadio Universitario (1959)

DISCURSO EN EL ESTADIO UNIVERSITARIO
Fidel Castro
[13 de Marzo de 1959]

― Versión taquigráfica de los oficinas del Primer Ministro ―

Ciudadano Presidente de la República;
Familiares de los mártires de la Revolución;
Compañeros revolucionarios;
Señoras y señores:
Quedan pocos aquí, ¡pero buenos! Así nos pasara cuando “la cosa se ponga dura”.  Los que tengan frío, los que les entre el frío, ¡se marcharán!, ¡y quedarán nada más que los buenos! Los que estén por “embullo”, ¡se marcharán, y quedarán nada más que los buenos! Los tibios, los que les gusta que otros lo hagan por ellos, los que les gusta ir a la retaguardia, ¡esos se marcharan también!  ¡Quedarán solo los buenos!
Yo sé que los buenos estarán siempre junto a nosotros.Y basta basta, porque les puedo asegurar que vale mucho más tener pocos, pero buenos, que tener muchos, pero malos.
Hasta ahora la Revolución marcha como sobre rieles, todo va muy bien, no hay problemas.  Pero ya quisiera yo ver algunas caras, si esto se pone “duro”; ¡ya quisiera ver yo algunas caras, sobre todo las de esos bombines impenitentes, las de los empujadores, las de los que andan siempre tratando de sacar provecho del beneficio de los demás, las de los que se creen que la Revolución fue un premio de lotería y que no ha costado el trabajo que ha costado conquistar este triunfo!
A veces desea uno que esto se pusiera bueno, y hubiera que pelear bien duro para acabar de saber los que sirven y los que no sirven.  Yo sé que ustedes nos siguen a nosotros, y a los demás no les quedara más remedio que seguirlos a ustedes, porque hay que tener muy presente que por este camino que hemos emprendido, o llegamos muy lejos o hay que acabar con nosotros en el camino; que el tren de la Revolución no tiene marcha atrás, y que la República esta vez se salva de verdad, o se hunde de verdad.
Y de más está decirles que tengo la más completa seguridad de que se salva de verdad (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES DE: “¡Viva Cuba Libre!”)  ¡Y libre de verdad, y soberana de verdad, y democrática de verdad, y revolucionaria de verdad!  
Yo recuerdo que, en medio de aquella alegría general del primero de enero, un sentimiento contradictorio, de tristeza, me embargó aquella mañana.  Y no era precisamente porque el señor Cantillo se hubiese instalado en Columbia y hubiese designado a un señor, que ya nadie se acuerda cómo se llama, en la Presidencia de la República, porque nosotros sabíamos que iba a durar lo que un merengue en la puerta de un colegio.
La tristeza era por otra cosa. Yo pensaba que la lucha había sido dura, y costosa.  Constantemente nos invadía la preocupación de pensar cuántos hombres probados, cuántos oficiales distinguidos del Ejército Rebelde tendrían que caer todavía.  Y esa idea era lo que más nos hacía desear el fin de la guerra. Pero también pensábamos que la lucha había sido una escuela extraordinaria, que había sido una fragua de caracteres y de hombres; que aquella lucha dura había servido para ir dejando en el camino a los débiles, a los mediocres, a los incapaces.  ¡Los buenos habían sabido resistir!
Y no importaba que algunos de nuestros compañeros físicamente no fuesen hombres fuertes; no importó que alguno, como Ernesto Guevara, padeciese de asma, y se ahogase en el camino y hubiese de andar constantemente con un aparato para ayudarle a respirar. Eso no importaba, eran hombres fuertes, eran hombres de carácter; no había montaña lo suficientemente alta para ellos, no había sacrificio lo suficientemente grande que no fuesen capaces de resistirlo, por su voluntad de acero; y recuerdo también hombres fuertes que al tercer día se acordaban de su casa, se acordaban de sus hijos, se acordaban de su familia, y se acordaban de las comodidades del llano, y viraban para atrás.  Qué tiempos aquellos: ¡de cada 10 se quedaba uno, y a veces ninguno! Iban a las montañas porque oían fábulas en el llano, y hasta oían decir que teníamos unas cuevas llenas de comida , y que teníamos no se sabe cuantos hombres y cuantos fusiles, y pensaban que aquello era un paseo, y salían los hombres de la ciudad y hasta del campo, y cuando llegaban allí y veían “cuatro gatos” que no tenían ni treinta balas por cabeza, que comían un día sí y tres no, que los sorprendía la lluvia y no tenían ni una capa, y tenían que dormir sobre el suelo mojado, que se recostaban en la falda de una loma y se despertaban tres o cuatro metros más para abajo; cuando todavía no habíamos descubierto ni las hamacas, bien que me acuerdo que aquellos que llegaban con la cabeza llena de ideas falsas, regresaban rápidamente para el llano (DEL PUBLICO LE DICEN:  “¡Pero quedaron los buenos!”).  Fueron apareciendo los buenos, fue apareciendo ese uno de cada diez.  Y claro, al final ya había carne, había hamaca, había nylon, había comida, había malanga, y entonces no desertaba nadie.
Desde luego que eso no se puede atribuir exclusivamente a las dificultades físicas, sería un error.  También faltaba conciencia revolucionaria, también faltaba fe, también faltaba la confianza en el triunfo, que da mucha fuerza, da mucho ánimo y da mucha entereza.  Y cuando hay confianza, cuando hay fe, cuando hay entusiasmo, se resisten mejor las dificultades físicas.  Pero también es cierto que tengo la seguridad de que no todos los que después se pusieron uniforme, y hasta unos galones, y todos esos que invadieron a los cuarteles revolucionarios, todos esos que agarraron un fusil el último día, cuando ya no había contra quién pelear, yo les aseguro que si hay que ir a las montañas, de cada 10 nos quedan tres.  Eso es una verdad (DEL PUBLICO LE DICEN: “Las mujeres vamos.”).  Las mujeres sí sé que van, porque pelearon y pelearon de verdad, y pelearon con más fervor y con más valor, si cabe, que el promedio de los hombres.  Es posible que haya influido en ellas ese amor propio, porque fue una decisión discutida, porque había muchos con prejuicios que decían que no peleaban y había escopeteros que decían que cómo le iban a dar un M-1 a una mujer, mientras ellos andaban con una escopeta.  Y yo les decía: “pues van a pelear más que ustedes con ese M-1”.  Y fueron y pelearon y ganaron batallas, y se dio el caso en que habiéndose herido el capitán, continuaron solas el combate, y ganaron el combate.
Aunque, desde luego, las mujeres que pelearon fueron muy pocas.  Les quiero decir que era un pelotón que no ha aparecido mucho en los periódicos, que no se han sacado muchas fotografías, y que están todavía sobre las armas, y que forman el núcleo de la Compañía de Combatientes Femeninas del Ejército Rebelde.
Hago la aclaración, porque después de la Revolución he visto muchas fotografías y he visto muchas mujeres también vestidas de uniforme, y he visto muchas historias, y he visto muchas autohistorias de hazañas y de proezas, que me han producido muy mala impresión, porque los verdaderos héroes, las verdaderas heroínas han hablado muy poco después de la Revolución, y no han estado, precisamente, por las redacciones de los periódicos.  Bueno es señalar estas cosas aquí, porque estas veladas, estos actos conmemorativos debieran ser como un látigo contra los males morales, contra la hipocresía, contra la simulación y contra todo aquello que tienda a mixtificar, falsear o enervar el espíritu revolucionario y la verdad revolucionaria.
Precisamente en días como hoy, en que se habla de los mártires, en que se habla de los muertos gloriosos, en que se recuerda a los que todo lo dieron, en que se homenajea a los que quedaron en la mitad del camino, debe ser la ocasión para fustigar con látigo de acero a los simuladores, a los farsantes, a los oportunistas, a los arribistas, a los descarados ; a los que, incapaces de sacrificarse en la hora del sacrificio, quieren venir de descarados a llevarse las glorias en las horas de triunfo .
Y de esos los tenemos por dondequiera, porque no hay quien pueda defenderse de ellos, porque tendría uno que volverse un detective o un inspector de policía para averiguar dónde se han metido, donde se han colado, cómo han llegado allí, porque se han dado casos de que de buenas a primeras —y desde luego, afortunadamente, son casos por excepción— el peor del pueblo ha sido designado para un cargo importante.  Y uno dice: bueno, ¿cómo es posible eso?  Y cuando se pone a investigar, por medio de una serie de combinaciones, de relaciones, la oportunidad, el momento, la premura en designar a un funcionario, se las ingeniaron, se las arreglaron para confundir a uno, a dos o tres, y de repente el peor del pueblo designado para un cargo importante.
Así, por ejemplo, pasó en un pueblo, en una ciudad de Cuba, para un cargo importantísimo, me dicen: “hay un señor ahí, que se llama fulano de tal...” (EL PUBLICO PIDE QUE DIGA EL NOMBRE).
¿Para qué?, si es tan pequeña cosa, que no vale la pena cazar tomeguines a cañonazos...  (EXCLAMACIONES Y RISAS.)  Y cuando me dicen que no lo iban a dejar tomar posesión, les digo: “no, no le pueden impedir que tome posesión, porque no puede interferirse la acción de las autoridades administrativas.  Se le permite que tome posesión, y después informan. De ninguna manera violar ese principio de autoridad, y violar ese principio de disciplina.  Esperen: porque, claro, si se acepta de que se le impida tomar posesión a un sujeto de estos, cuando por habilidad resulta designado para un cargo, el resultado es que se rompe la disciplina, y luego, en cualquier momento, un agitador cualquiera, un resentido, un aspirante cualquiera se puede valer de la agitación o del pretexto para interrumpir la Administración Pública.  Lo que dije: “No.  A ese señor, ahora, no por orden de ustedes, que son jefes militares, sino por orden mía, que soy Primer Ministro, no se le da posesión, mientras hablo con el Ministro para que lo destituya del cargo para el cual ha sido designado.” ¿Y saben a quién habían designado?  A un señor...  No voy a decir cómo se llama porque nadie lo conoce aquí.  Estábamos nosotros en la Sierra Maestra, éramos un puñado, estábamos desesperados por armas, y ese señor tenía diez armas.  Se las mandamos a pedir una vez, y dos veces, y tres veces.  Las tenía guardadas para cuando se alzara; y no las mandaba.  Hasta que le hice una carta; lo menos que lo califiqué fue de cobarde, de traidor, y que no se le ocurriera alzarse, porque si caía en manos de nosotros iba a parar ante un Consejo de Guerra; cuando a la vuelta de dos meses paso por cerca de ese pueblo, me informan que había sido nombrado para un cargo importante en el pueblo.  ¿Y eso qué producía? Cuando el peor del pueblo es nombrado para un cargo, cosa que parece insignificante, y en sí, objetivamente, lo es, porque de eso no va a depender el curso de la Revolución, sin embargo, le mata la fe a todo ese pueblo, porque se pregunta el pueblo:  ¿Y cómo es posible? ¿O están tan ciegos que no saben nada, o está tan corrompida la Revolución que este señor ha sido designado en tal cargo?  Pues nada.  Sin embargo, ni la Revolución está corrompida por eso, ni la gente que la está dirigiendo está ciega. Es que hay gente muy habilidosa, y se cuelan por el ojo de una aguja.
Y claro, tiene el Estado tantos organismos, tantos municipios, tantas cajas autónomas, y tantos departamentos, que a menos que tenga usted todo un cuerpo de policía o de investigación para vigilar esas cosas, no hay gobernante que pueda protegerse de esos individuos.  La única arma que me ha quedado es la de venir a la tribuna, y por radio y por televisión decir estas cosas, condenar esos errores, para ver si tienen un poco de vergüenza y se van algunos, y para ver si algunos funcionarios tienen un poco más de cuidado para designar en los cargos, porque los hay que han colocado a sus parientes incurriendo en el peor nepotismo, una cosa que hemos combatido tanto y una cosa que hemos criticado tanto.
¿Cuál es la consecuencia?  Se da el caso de funcionarios que tienen un familiar que ha sido revolucionario junto con ellos, y lo designan, pero se da el caso de quienes sacaron a los parientes de su casa, que no habían oído ni Radio Rebelde, para situarlos en cargos.  No me refiero a los importantes, pero sí en muchos departamentos menores, porque creen que uno no se va a informar de eso, ¡como si todo el pueblo no estuviera aquí con cuatro ojos mirando todo lo que pasa en cualquier parte! Más valía que los que se han dejado llevar por la debilidad de colocar a parientes que no hayan sido revolucionarios —aclaro:  a parientes que no hayan sido revolucionarios—, ¡más valía que los fuesen separando del cargo, antes que tengamos que quitar a toda la parentela junta! Que la Revolución no se hizo para que aquí nadie incurriese en la vergonzosa debilidad de caer en vicios contra los cuales ha estado luchando esta Revolución.  (DEL PUBLICO LE PREGUNTAN ALGO AL DOCTOR FIDEL CASTRO).
Se queda ahí, porque aquí esta aprendiendo también.  Estudia el domingo por la tarde y por la noche en vez de ir al cine.  Además...  (DEL PUBLICO LE DICEN ALGO.)
Un examen, ¿de qué? ¿De psicología?  De biología. Bueno, ¿y qué hiciste todos estos días anteriores?  La biología que importa ahora es la biología de la Revolución.  (DEL PUBLICO LE DICEN ALGO).
Sí, pero él esta llorando de emoción (DEL PUBLICO LE DICEN: “¿Y los que tengan que trabajar mañana?”).
¿Y nosotros no tenemos que trabajar mañana también? (DEL PUBLICO LE DICEN ALGO).
Precisamente, de eso quería hablar, de las cesantías, que ha sido una de las tragedias, y uno de los escollos y uno de los dolores de cabeza más grandes de la Administración Revolucionaria.  ¿Por qué?  Porque había que estar claro en lo que debía hacerse; por lo pronto era necesario que ningún batistiano descarado y sinvergüenza  de esos que tenían cargos de confianza en determinados puestos, que ningún chivato, que ningún recomendado de Ventura, de Pilar García, o de esa gente, era necesario que ninguno de esos personajes quedara en la Administración Pública.  Eso, por lo pronto, era una cuestión esencial, pero también debió ser otro principio cardinal que ningún empleado de esos que trabajaban todos los días, que no eran ni chivatos, ni recomendados de Ventura, ni politiqueros, ni sujetos inmorales, ningún empleado de esos que llevaban 10 y 15 y 20 años pasando trabajo, ninguno de esos debió ser dejado cesante .  Y mucho menos para poner a otro en su lugar, porque si todavía se trata de disminuir la burocracia, porque no hay duda de que la burocracia es una carga y a veces un estorbo, lo que quiero decir: el exceso de personal.  El exceso de personal, además de costar caro, estorba; yo estimo que antes que estar sentado detrás de un buró, sin trabajar, es preferible que un hombre esté sembrando boniatos, porque por lo menos le da de comer a unos cuantos sembrando boniatos, y detrás del buró no le da de comer a nadie, sino que come de lo que está trabajando otro.  Y que debe haber en la Administración Pública el mínimo indispensable y que cuando se cesanteara a alguien, porque no desempeñaba —porque ustedes saben que muchos cargos se creaban para ayudar a amigos, y camarillas políticas—, que por lo menos no se pusiese a nadie más en su lugar, y, además, que como una compensación se le pagasen tres meses de sueldo, para no dejar a nadie así, de buenas a primeras, en la calle y en la desesperación, señores, porque quien ha conocido eso tiene que compadecerse de cualquier ser humano que se vea en esa situación .
En todo caso, amortizar las plazas en beneficio de la Administración, para que ese dinero se invierta en Obras Públicas, en escuelas y en mil cosas más que se necesitan.  Pero quitar a uno que ganaba un sueldo miserable de 60, de 65, o de 70 pesos, que estaba empeñado con el bodeguero, con el garrotero, con el dueño de la casa, con el tintorero, y con todo el mundo, a ese infeliz que no tiene la culpa de la dictadura, ni de los crímenes de los Ventura y de los Batista y de toda esa gente, yo estimo que no era justo quitarlo para poner otro.  Resultado: que se los encuentra uno en la calle, porque como yo ando por la calle, porque no puedo vivir en ninguna parte...  Dios me libre que viva en ninguna parte.  No, no, el peligro no es que me hagan un atentado ni nada de eso; el peligro es la cantidad de cesanteados, de gente que tiene problemas, de comisiones que se me acercan allí, y cuando yo creo que tengo un programa, resulta que no tengo tal programa; cuando creo que tengo tres o cuatro audiencias, tengo 65 audiencias, y no me dejan hacer nada; cuando no me encuentro una manifestación en la mitad del camino, me la encuentro más adelante, me la encuentro en la entrada de Palacio, me la encuentro cuando está el Consejo de Ministros andando, me la encuentro cuando salgo, me la encuentro por la mañana cuando me levanto, y me la encuentro a las 4:00 de la mañana cuando voy a acostarme .
Y como no puedo pasarle por el lado a nadie como pasaban antes los funcionarios, sin hacerle caso y sin detenerse, soy un esclavo de las cincuenta mil comisiones que vienen a verme.  Y, por supuesto, no me explico todavía cómo hay quien cree que yo puedo contestar las cartas que me escriben.  Claro está, yo se las puedo dar a un secretario o a dos secretarios, pero eso no quiere decir que yo las conteste; eso no sería más que una fórmula de cortesía.
Además, requerimos todo el tiempo para estudiar bien las leyes que se proponen en el Consejo de Ministros del Gobierno Revolucionario, para que después no lo critiquen a uno, de si faltó una coma, o sobró una coma; de si se escapó uno, o no se escapó; de si hay que meter otro precepto o no hay que meterlo.  Porque nadie puede pensar que un señor que tenga que estar para arriba y para abajo todo el día, sin descansar y sin dormir, pueda, además, evitar que se le escape una coma en una ley.
Y las leyes, lo de menos es que cuiden a uno, por lo menos que uno sirva para algo, que eso es lo que interesa a uno.  Que las leyes nuestras y el esfuerzo nuestro tiene que dirigirse no a resolver el problema a alguien, como el que el otro día me insistía, me insistía, y me insistía porque quería que yo lo colocara en Omnibus Aliados, que ni siquiera es un departamento del Estado; y me volvía a insistir.  Y por el estilo me encuentro cincuenta mil casos, y digo...  (DEL PUBLICO UNO LE DICE: “Colócame a mí.”)  Ahora cuando haga la Reforma Agraria, ahora, cuando repartamos la tierra, avísame; me dejas el nombre y la dirección, que te vamos a poner a trabajar en la tierra, para que produzcas.
A trabajar sí, ¡pero que no me vengan a ver para meterse a policías!  (RISAS Y APLAUSOS.)
Así que, decía yo que como ando por la calle, me encuentro constantemente a los cesanteados.  Claro, como no puedo estar en secreto y se publica que voy a poner una primera piedra aquí, que voy a inaugurar una exposición allá, que voy a estar tal día en tal lugar, se enteran, y cuando llego ¡los montones de cartas!  No me estoy quejando, ¡si a mí nadie me metió en esto, que fui yo solo el que me metí en esto!    Y, además, no estoy planteando un problema personal, estoy planteando la tragedia de un funcionario, al que no hay “chance” de que lo cesanteen, porque no puede contar con esa posibilidad; no tengo ni la esperanza de que me cesanteen.  Digo, el Presidente de la República es el que puede hacerlo y existen magníficas relaciones entre nosotros, y además del Presidente, el pueblo, me puede cesantear también.
Les estaba planteando la tragedia de un funcionario, no un problema personal.  Y ese funcionario, que ya no puede vivir en ninguna parte, que no puede tener oficina, y que tiene que hacerlo todo con una libretica y que luego le quitan hasta la pluma...  (DEL PUBLICO LE PREGUNTAN ALGO). Bueno, la verdad es que nunca me la roban, esa es la verdad; no hay pueblo más honrado en el mundo que este, y se lo digo porque siempre ando con la multitud y nunca me quitan ni la pistola, ni me llevan nada, esa es la verdad.  Pero me la piden, y cuando no se me pierde, porque se cae...  Y lo digo, porque en otros lugares se lo llevan todo a uno, señores, por experiencia (DEL PUBLICO LE DICEN ALGO).  ¡No, no, no, honradamente que no!  Se los digo por experiencia; ustedes no se imaginan lo honrado que es el pueblo de Cuba; se los aseguro.  No, los ladrones aquí son una minoría.  El pueblo, a fuerza de odiar a los ladrones se ha vuelto el pueblo más honrado del mundo.
Y decía que, como funcionario, me encuentro en la calle a todos los cesanteados; y llegan personas llorando, personas desesperadas, personas quejándose.  Yo no sé si serán muchas o serán pocas, a lo mejor son cincuenta nada más y yo me las encuentro todos los días; ¡pero a lo mejor son 20 000 y yo no me encuentro más que a 50!
Y entonces, me piden, pues, que los repongan; entonces, me piden que haga una carta.  Les digo:  “miren, en primer lugar, nunca he hecho una carta aquí”; en segundo lugar, me quedo pensando cómo voy a saber yo si a lo mejor es un “botellero”, si a lo mejor es un confidente, si a lo mejor es un bien botado, o es un mal botado.  Pero lo triste es que sé que hay muchos mal botados.  Y entonces, ¿cómo lo va a saber uno?  ¿Por qué?  Porque a pesar de que digo aquí reiteradamente, por radio y por televisión, que no se hagan cesantías injustas, siempre hay aquí alguno que otro sujeto...  (DEL PUBLICO LE DICEN: “Hay muchos batisteros todavía trabajando.”)  Pero si eso es lo triste, que si hubieran botado a los batisteros, pero no acaba uno nunca de saber, ni acaba el pueblo de saber a qué atenerse (ALGUIEN DEL PUBLICO LE DICE: “Busquen en el expediente que por ahí lo saben.”).
Pero para eso, ¿qué se necesita, señores?  Se necesita algo que no tenemos, desgraciadamente:  un equipo de hombres preparados.  No los tiene el pueblo, desgraciadamente; porque se encuentra usted mucha gente buena, pero que no sabe; mucha gente que cree que con saber leer y escribir ya puede ser un magnífico funcionario público.  Yo he visto, por ejemplo, funcionando el Instituto de Ahorro y Viviendas, y les digo que si allí, en el trámite aquel, no había un porcentaje de empleados de antes, de esos que trabajaban, no “botelleros”, les digo que no funciona.  Y hay gente que es inteligente, pero no se puede ni hablar con ellos, porque sería un escándalo: andaban en las fiestas y en los mítines políticos de la dictadura.
Y entonces, encontrar un inteligente, que además sea un hombre de carácter, que además tenga mérito revolucionario, es como buscar una aguja en un pajar.  Porque “revolucionarios” sí, sobran ahora, pero cuando usted empieza a preguntar, son revolucionarios del día primero para acá.
Y entonces cuando en medio de esas cuestiones aquí hay que atender problemas nacionales de mayor importancia, cuando hay que atender problemas internacionales, cuando hay que hacer además leyes revolucionarias, en medio de este trabajo nos encontramos con que la tarea más difícil es precisamente la tarea burocrática, y acabar de encontrar hombres que tengan los cinco sentidos, y sobre todo el sentido humano, que es el que a mucha gente, desgraciadamente, les falta.
Y a pesar de que digo y repito que no se deben cometer cesantías injustas, hay funcionarios que “les entra por este oído y les sale por el otro” (DEL PUEBLICO LE DICEN: “¡Depurarlo!”).  Sí, pero para ponerme a depurar a esa gente tendría que abandonar otras muchas obligaciones.  Y es la eterna tragedia de no poder saber si aquellas personas que se quejan, se quejan con razón o sin razón; es que no se puede improvisar un cuerpo de investigadores en unas semanas.  Y que, además, cuando en todo esto intervienen las pasiones y hasta tendencias, y hasta ambiciones, lo complican todo más; esto no tendría más remedio que patriotismo, ¡una dosis mayor de patriotismo, una dosis mayor de desinterés, un deseo mayor de colaborar, un deseo mayor de sacrificarse!    Eso no lo remedia más que el tiempo, desgraciadamente; y muchas injusticias de esas no podrán repararse, porque estos hechos son efectos que tienen sus causas en viejos males de la República.
¿A quién enseñaron aquí a ser honesto?, ¿a quién enseñaron aquí a ser decente?  (EXCLAMACIONES DE: “A nadie”), ¿a quién le dieron buenos ejemplos?  (EXCLAMACIONES DE: “A nadie.”)  Pero, si todos ustedes saben que se había puesto de tal modo de moda la desvergüenza en Cuba que cuando un señor no robaba decían que era un idiota; que hasta los propios parientes, cuando tenían un pariente que era honrado, decían que ese era un bobo; que hasta en la propia familia se inculcaba la deshonestidad y el oportunismo.  Si el pueblo no vio más que malos ejemplos; si nuestras escuelas, si nuestros sistemas de enseñanza, si toda la educación de la cual ha tenido que nutrirse el pueblo de Cuba es deficientísima, es arcaica, es incompleta; si hemos vivido en una perenne contradicción de niños que abren sus libros de historia y les hablan de libertad, y les hablan de independencia, y les hablan de honradez, y les hablan de heroísmo, y los enseñan a cantar un himno, y los enseñan a saludar una bandera, y los enseñan a venerar a nuestros mártires, y al lado de la bandera se encuentran un trapo sucio, y al lado de su himno le cantan una conga politiquera, y al lado de los hombres ejemplares que hicieron la historia de la patria se encuentran los nombres de los criminales que la han gobernado, de los malversadores que la han saqueado.
¿Cómo hacer compaginar en la mente del niño lo que se le enseña y lo que se hace, lo que le dicen y lo que ve? ¿Qué virtud, qué moral, qué principios se pueden formar en las mentes que vienen al mundo a recibir lo que les den, a hacer lo que vean hacer, a aprender lo malo, si es lo malo lo que les enseñan, y lo bueno, si es lo bueno?
Y con esas mentes, con el producto de ese pueblo, que ha vivido en la contradicción, que no ha visto más que malos ejemplos, que no ha visto más que deshonor, con esos tenemos nosotros que echar a andar hoy la República. ¿Cómo encontrar hombres que no sean imperfectos?  ¿Cómo no adolecer de esa falta de elemento humano que se necesita para una tarea como la que tenemos delante?  Y nuestros centros de enseñanza, nuestra escuelita pública olvidada y maltratada, nuestros institutos que son kindergartens para mayores , donde no se enseñan más que cosas de memoria, donde se le obliga al alumno a estudiar en un libro que lo hizo, tal vez, un ignorante, pero que como es el profesor hay que comprarlo aunque no sirva .  Y cuando nos encontramos profesores que son de Lógica, de Cívica, de Psicología, de Historia, de Economía Política, y además hacen un libro de cada una de esas cosas, y de ninguna saben nada; si cuando se gradúa un joven de Bachiller no tiene un título que le abra las puertas en ningún trabajo; si en la universidad nos pasa otro tanto; si hemos tenido que pasarnos las noches enteras leyendo en unas conferencias borrosas, porque ni siquiera se ocuparon de darnos un libro de texto.  Si veíamos un sinnúmero de profesores “botelleros”, de profesores politiqueros; si había, por ejemplo, un Concheso, pongamos el caso —que ni en paz descanse, porque no merecen descansar en paz quienes tanto daño hicieron—, que era un botellero, que le regalaba las notas a los batistianos en la universidad, que no lo botaban después de pasar largas jornadas al servicio de la tiranía, que no se le impugnaba moralmente; cuando no se establecía ninguna diferenciación entre el profesor honesto y cívico y el profesor malversador, ladrón y politiquero; cuando la mitad de los profesores de algunas facultades no iba siquiera a clase .  ¿Qué les podían enseñar en esta universidad, que está muy necesitada de una depuración y de una buena reforma? Porque si hubiesen imperado los criterios morales rectos y firmes en nuestra bicentenaria universidad —bicentenaria por su tradición y por su historia, y bicentenaria porque tenía también dos siglos de retraso—, si hubiesen imperado criterios morales, un Carrera Jústiz jamás hubiese sido allí profesor, un Concheso jamás hubiese sido allí profesor.  Y esos señores, que no tenían moral, ni tenían talento, ni tenían virtudes de ninguna índole, no debieron pertenecer jamás al cuerpo de profesores universitarios.
No he intervenido en el conflicto creado.  Considero que en el fondo los estudiantes tenían razón, pero que cometieron un error táctico en la forma, porque unieron a profesores buenos y a profesores malos.  Afortunadamente, esa crisis se ha superado; afortunadamente, los rectores buenos de la universidad, con el estudiantado —que es todo bueno—, le han brindado a José Antonio Echeverría el homenaje de superar la crisis que mantuvo la universidad largas semanas.
Era triste ver como, mientras aquí todo se reformaba, mientras todas las instituciones se transformaban, cuando el espíritu revolucionario penetraba en todos los sectores del país, cuando todo iba a renacer enteramente nuevo, la universidad se estancaba durante semanas, en una crisis que no acababa de superarse; que la universidad, centro y eje de las luchas revolucionarias; que la universidad, cantera de tantos mártires; que la universidad, nervio y corazón de la patria; que la universidad, cerebro de la patria; que la universidad, forja de los hombres que necesitará la Cuba de mañana, la Cuba que no ha de adolecer de estas lagunas que adolece hoy, de estas deficiencias que adolece hoy, de esta falta de hombres competentes y capaces que adolece hoy; que la universidad no alcanzase también los extraordinarios beneficios que la Revolución pueda aportarle. La universidad, porque nos interesa como ninguna otra institución, una universidad que no sea una fábrica de profesionales, que no salgan los abogados en serie, como los bonos del Instituto de Ahorro y Viviendas; de la universidad que se orienta en las necesidades del país, y no en los caprichos individuales; de la universidad que investigue cuántos médicos necesitamos, cuántos ingenieros, cuántos arquitectos, cuántos técnicos, cuántos necesitamos de más y cuántos abogados necesitamos de menos, para que ajuste esa forja de profesionales a las necesidades del país, que hasta ahora ha sido una producción anárquica y por la libre de profesionales, en una buena parte profesionales reaccionarios.
Y les voy a explicar por qué.  Porque en esa universidad se cobraba la misma matrícula al hijo del millonario que al hijo del zapatero, y entonces los que más podían estudiar en la universidad no eran los hijos de los zapateros, sino los hijos de los millonarios.  Resultado: que viene una Revolución, y se encuentra usted una buena cantidad de abogados reaccionarios, y se encuentra usted una buena cantidad de arquitectos reaccionarios.  Es verdad que hay muchos abogados revolucionarios, pero que precisamente no tienen la menor oportunidad, porque los abogados monopolistas de los grandes bufetes, defensores de los grandes trusts, de los grandes monopolios, de los grandes intereses, les tienen cerradas las puertas al trabajo donde puedan librar su sustento, no voy a decir que muy honradamente, porque cuando hay que defender a un malversador o a un magnate de esos, no se libra el sustento honradamente.
Pero claro, el abogado en nuestra patria es víctima del medio social: tiene que defender exclusivamente a los ricos, porque los pobres no tienen con qué pagarle.  Es una víctima, y en cierto sentido es una consecuencia del medio social.
¿Y el arquitecto? Pues hay muchos que en vez de arquitectos son inversionistas, y no se preocupan ya por el arte de la arquitectura, sino por el arte de ganar más dinero en el menor tiempo posible, aunque sea quitándoselo a los inquilinos, que son las víctimas de esos negocios.
Y nos encontramos las pugnas en el Colegio de Arquitectos, y un grupo de arquitectos combatiendo la Ley, y un grupo de arquitectos revolucionarios defendiéndola, porque quiero que se sepa que también hay arquitectos revolucionarios que están, sinceramente, junto a la Revolución.
Pero es lógico que de una universidad donde no hay facilidades para el hombre pobre, porque ya puede cualquier joven tener un talento extraordinario, que si no tiene para la matrícula no puede ser jamás un profesional; una universidad donde no se brinden esas facilidades, las profesiones tiende a adquirirlas un sector social, que suele ser el sector social dominante en lo económico, en lo político y en todos los órdenes. Y que nuestra universidad haya estado preparando magníficos talentos, ¡magníficos talentos de la reacción!  ¡Que nuestra universidad, que la pagan los obreros, que la paga el pueblo, haya estado armando de inteligencia a los enemigos de los intereses del pueblo!  
Por tanto, esta universidad y todas las universidades tienen que ser en el futuro forjadoras de talentos para el pueblo, forjadoras de talentos para la nación, y que en ningún sentido se cobre la misma matrícula a los pobres y a los ricos.
Una universidad donde las cátedras no sean vitalicias, porque las cátedras vitalicias, como todo lo vitalicio, está contra la cultura y está contra la superación de las instituciones.  Una universidad donde para mantener sus cargos de catedráticos, tienen que estar constantemente superándose, constantemente aprendiendo; una universidad sin botelleros, una universidad sin profesores inmorales, una universidad donde todo lo que huela a batistiano sea expulsado.  Una universidad organizada en lo académico, tomando en cuenta los criterios de los hombres expertos en cuestiones universitarias, pero universidades modernas, no universidades tricentenarias.
Que se convoque a un fórum en Cuba sobre reforma universitaria, que a ese fórum asistan las mejores inteligencias de América en el orden académico, para darle a la mejor Revolución de América la mejor universidad de América también.  Y sobre esas condiciones, el Gobierno Revolucionario esta dispuesto a gastar lo que sea necesario, el Gobierno Revolucionario esta dispuesto y decidido a no escatimar un solo centavo en el centro que ha de tender a crear las inteligencias, a forjar y a preparar las inteligencias que en todos los órdenes necesita la patria que queremos hacer .
Porque si queremos ponernos a la altura de los demás pueblos del mundo, en todos los órdenes tenemos que tener hombres que sepan, tenemos que tener hombres capaces, tenemos que tener hombres preparados; que la universidad sea nuestro centro de investigación científica; que el industrial, el gobernante pueda ir allí a pedirles colaboración a los laboratorios universitarios, para que ayuden al progreso técnico, además del progreso cultural de la nación; para que nos ayuden a producir más y para que nos ayuden a producir mejor; para que nos ayuden a situar la patria entre los países más adelantados del mundo, con profesionales producidos aquí, que hay materia prima de sobra, materia abundante y materia buena, y no tengamos que estar como estamos hoy, que cada vez que necesitamos un técnico para algo tenemos que mandarlo a buscar a Holanda, a Japón y a otros países del mundo .
Por los servicios que las universidades pueden prestar al país, el pueblo de Cuba pagaría gustoso los sueldos y los presupuestos que fuesen necesarios, y además, que los servicios para quien tiene dinero, los pague; a quien le sobra el dinero, que en vez de gastárselo en viajes a Francia, se los gaste pagándoles la matrícula a sus hijos en la universidad.
Basta ya de que todo esté organizado aquí sobre la base del privilegio, los privilegios para los que lo tienen todo, la Ley del Embudo, de lo ancho para unos pocos y lo estrecho para la inmensa mayoría del pueblo.  Había que hablar aquí de la universidad, porque estamos aquí en el corazón de la universidad, porque estamos rindiéndoles tributo a los mártires universitarios, y porque esta generación estudiantil, generación revolucionaria, esta generación no es una generación picadora de notas, no es una generación de copiadores que van al examen sin saber nada; es una generación estudiantil que se muestra con un magnífico espíritu de superación, con extraordinarias ansias de mejorarse, y porque, además, la universidad, libre ya de los problemas políticos que la embargaban, libre ya del eterno conflicto con los gobernantes, porque el sentimiento universitario, y el sentimiento público, y el sentimiento del pueblo, y el sentimiento de los gobernantes, serán en lo adelante una sola cosa ; libre ya de las batallas que antes libraba, porque ya no tendrá que librarlas, porque ya no habrá injusticia; porque ya no habrá tiranía, porque ya no habrá inmoralidades, la universidad podrá invertir su extraordinario caudal de energía y de entusiasmo en preparar a los hombres, en preparar a la generación de hombres capacitados que la patria necesita, porque allí donde campeaba antaño la politiquería, el oportunismo y el vicio, ha de campear en el futuro la virtud y la capacidad.
¡A preparar los hombres que necesita la República!  Esa debe ser la principal tarea, ese es el mejor premio a los estudiantes.  No solamente una patria limpia, no solamente una patria libre, no solamente una patria revolucionaria, sino también una universidad limpia, una universidad libre, una universidad revolucionaria .
Tenemos que conquistar para la universidad lo mismo que estamos conquistando para la república.  Y tan pronto la depuración se haga, tan pronto la reforma universitaria se esté discutiendo, el Gobierno Revolucionario fundará la ciudad universitaria, que llevará el nombre de José Antonio Echeverría, y en donde habrá un rincón para cada uno de los mártires universitarios, para cada uno de los que han caído en la larga lucha por el porvenir y la felicidad de la patria, desde los estudiantes de 1871, hasta el último estudiante asesinado por Batista.  Esa universidad tiene que ser modelo de universidades; esa universidad tiene que estar a la altura de la obra que estamos realizando; en esa universidad queremos reunirnos los años venideros; en esa universidad queremos ver reunidos a los buenos todos los años, porque si la obra es buena, si la obra es grande, la fe no puede decaer, el entusiasmo no puede decaer.
Recuerdo con tristeza conmemoraciones pasadas, y aquí a las conmemoraciones les faltaba el calor del pueblo.  Era como si para el pueblo careciese de sentido los sacrificios pasados, era como si para el pueblo la fe hubiese muerto, era como si el pueblo no creyera que valiera la pena siquiera molestarse a dedicar un minuto de recordación a un Mella, a un Trejo, a un Guiteras , porque tenía la sensación de que aquí todo era inútil, tenía la sensación de que la larga cadena de frustraciones en toda su historia haría imposible que jamás la nación arribara a un día venturoso de verdadero triunfo; tenía el pueblo la sensación de que esa meta con la cual han estado soñando todos los cubanos ilustres, todos los verdaderos patriotas, no se habría de alcanzar nunca, que era como una quimera, un imposible, un sueño irrealizable.  Y por eso el pueblo si apenas recordaba a sus muertos, era aquello el fruto de la frustración, era la pérdida de la fe.
He visto hoy extraordinarias manifestaciones de fervor patriótico; he visto tres concentraciones multitudinarias: en Cárdenas, en la escalinata universitaria, frente al Palacio Presidencial, y esta noche aquí, y no hacía más que pensar si en los años venideros el pueblo continuará viniendo a estos actos, o si en los años venideros el pueblo se olvidará de sus muertos queridos (EXCLAMACIONES DE: “¡Nunca!”).
Por nosotros no será jamás la culpa.  Nosotros podremos venir aquí siempre, nosotros seremos leales siempre a la memoria de nuestros muertos; nosotros sabremos cumplir con el deber, o caer en el cumplimiento del deber; nosotros podremos venir aquí, tengo la más completa seguridad, por grandes que sean los obstáculos que se nos pongan delante.  Tengo fe absoluta en el fervor y en el idealismo que guía a esta generación.
Dije aquí nuestras deficiencias, pero debo decir también las virtudes de esta generación, las virtudes extraordinarias de esta generación.  Esta generación es la generación a la que nadie le dio un buen ejemplo, esta generación es la que creció y se educó en las contradicciones de que les hablaba antes; esta generación es la que vio el mal ejemplo por doquier, a la que nadie le enseñó nada bueno, y, sin embargo, esta generación sacó de sí misma todas las virtudes, sacó de sí misma todo el idealismo, sacó de sí misma todo el valor que era necesario para librar esta batalla que salvó a la patria de la ruina y de la muerte .  Esta generación si de alguien aprendió fue de nuestros próceres gloriosos, si de alguien aprendió fue de los héroes de la patria, porque en medio de las contradicciones en que vivíamos, en medio de las monstruosas contradicciones en que se nos educaba, esta generación supo beber en la fuente de nuestra historia, en el heroísmo de los Ignacio Agramonte, de los Antonio Maceo, de los José Martí.  Esta generación que rindió tributo en las tumbas de los estudiantes caídos; todos nosotros, que de la universidad procedemos, que de la universidad sacamos la idea revolucionaria que injertamos en el corazón de nuestros campesinos, con los cuales hicimos la Revolución.  Esta generación, pese al mal ejemplo, pese a los propios familiares que aconsejaban mal, esta generación, pese a la indiferencia de la nación hacia sus muertos, esta generación aprendió de aquellos héroes, y de sí misma sacó el idealismo y sacó las virtudes, y sacó la esperanza en un mar de descreimiento, en un mar de desaliento, y de ese mar ha sacado a flote la patria.
Esta generación es, pues, la mejor generación que ha tenido la patria, porque como ninguna creció en medio de la negación y en medio de los peores ejemplos; surgió de una universidad que no enseñaba nada, surgió de unos institutos y de unas escuelas que no enseñaban nada, y esta generación tendrá que enseñar a la universidad que no la enseñó, tendrá que enseñar a las instituciones que no la enseñaron a ella, tendrá que hacerlo todo nuevo.  Y es, pues, la mejor generación que la patria ha tenido, más no, sin embargo, mejor que las generaciones venideras, las generaciones que van a tener otro ejemplo, las generaciones que se van a nutrir no solo en la leyenda de 1868 y de 1895, sino también en la leyenda de esta guerra heroica, tan heroica como las anteriores ; que se va a nutrir no solo de los ejemplos de Agramonte, de Maceo, de Martí, sino también de los ejemplos de los Frank País, de los José Antonio Echeverría, de los Fructuoso Rodríguez, y de todos los otros .
Esa generación que tendrá el ejemplo de gobiernos buenos, de hombres leales, de patriotas enteros que no se humillarán ante nada ni ante nadie, esa generación es la generación con que soñamos nosotros, es la generación donde —como decía el poeta, en los versos que fueron aquí declamados— “crecerán los niños que serán como imágenes de los hombres que han caído”; los niños que serán como “manzanita” , los niños que serán como Fructuoso Rodríguez, los niños que serán como Frank País, como Pepito Tey, como Joe Westbrook, como Ciro Redondo, como Abel Santamaría, como Renato Guitart y como tantos otros, cuya lista sería interminable.
¿Quieren una patria grande? (EXCLAMACIONES DE: “¡Sí, sí!”) ¿Quieren una patria extraordinariamente grande? (EXCLAMACIONES DE: “¡Sí, sí!”) ¡Pues lo será cuando todos nuestros ciudadanos sean como José Antonio Echeverría, como Frank País, como Abel Santamaría!
FIDEL CASTRO RUZ

Fuente: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos

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