julio 09, 2012

Discurso de Fidel Castro en el resumen de la Asamblea Extraordinaria de los empleados de la Cía Cubana de Teléfonos, efectuada en el Teatro de la CTC (1959)

DISCURSO EN EL RESUMEN DE LA ASAMBLEA EXTRAORDINARIA DE LOS EMPLEADOS DE LA COMPAÑIA CUBANA DE TELEFONOS, PARA RESPALDAR LAS NUEVAS TARIFAS TELEFONICAS Y LA INTERVENCION, EFECTUADA EN EL TEATRO DE LA CTC
Fidel Castro
[6 de Marzo de 1959]

― Versión taquigráfica de los oficinas del Primer Ministro ―

Compañeros telefónicos:
Ya sabemos que estos tiempos son difíciles... (EXCLAMACIONES DE: (“¡No se oye!”)  Sí, ustedes me van a oír si guardan silencio.
Estos tiempos ya se sabe que son difíciles para todos —no voy a decir los oradores, porque yo no soy orador—, para todos los que tenemos que tratar con el público, porque, entre otras cosas, a veces uno no ve al público: cuando no son las cámaras, son las luces.  Pero yo no me siento molesto, yo comprendo que es una necesidad prestar ese servicio para las demás personas que no asisten a este salón; pero, además, porque antes lo llevaban a uno, en otros tiempos —yo no vivía en aquellos tiempos, pues me refiero al siglo pasado— los hombres públicos le hablaban a un grupo determinado de personas, y les hablaban a las personas que estaban presentes.  Y hoy, cuando se asiste a un acto, de repente le ponen unos cuantos micrófonos y unas cuantas cámaras de televisión, y le está hablando uno a un millón, un millón y medio, dos millones de personas.  Si se equivoca, por casualidad, como me pasó el otro día, cuando estaba un poco ronco y pedí coñac, en el mismo momento en que estaba haciendo una campaña por consumir productos nacionales ; pero yo pedí coñac, yo no dije si español o si cubano, yo estaba pensando en un coñac cubano, porque también hay coñac cubano ; pero, la próxima vez pedirá ron .
Desde luego, eso no quiere decir que estoy haciendo una campaña a favor de que tome más el pueblo, no; digo, si le toca tomar como a mí, cuando está ronco —único caso en que hago uso de esa medicina—, pues entonces que tome ron .  Por lo menos, que tome cualquier cosa, pero que sea cubana.
Eso fue lo que me pasó, y el resultado es que todo el mundo se dio cuenta.  Porque óiganme, para ver las cosas malas que uno hace, ¡son más personas a ver!  Y enseguida pues me di cuenta de que todo el mundo...  Y de Santiago me mandaron un montón de telegramas, ¡esos sí que no perdieron tiempo en advertirme el problema!  Pero, bueno, aunque yo no tengo la culpa de lo que pasó ese día, yo cargo con la culpa.
Y decía que eso demuestra cómo tiene uno que tener un cuidado fantástico en todo lo que hace, y mucho más en estos tiempos, en que además de luces, cámaras y micrófonos, le ponen 2 millones de personas delante para hablarles.  La responsabilidad nuestra es por eso muy grande.  Pero, ¿qué se va a hacer?  Tenemos que ajustarnos a estos tiempos, que son tiempos revolucionarios en la técnica y que, por lo menos en Cuba, van a ser también revolucionarios en las demás cosas.
Esta reunión de hoy tiene para nosotros un significado extraordinario.  El hecho de que, precisamente, sean los obreros telefónicos los que hayan organizado este acto de respaldo a las nuevas tarifas telefónicas, y en apoyo de la intervención revolucionaria de la Compañía de Teléfonos, tiene para nosotros una importancia grande, significa, antes que nada, el éxito de la medida revolucionaria.
No se han reunido aquí los usuarios, precisamente; se han reunido los obreros y los empleados que trabajaban en esa Compañía de Teléfonos.  ¿Qué quiere decir?  Quiere decir, antes que nada, el patriotismo de los obreros telefónicos, porque un grupo, un sector de obreros que no estuviese en esa actitud patriótica, estaría más bien defendiendo el alza de tarifas, con la esperanza de cobrar mejores salarios en un momento dado .
Y el hecho de que sean los obreros y empleados telefónicos los primeros en respaldar con entusiasmo esta medida, habla muy alto de la clase obrera cubana, y habla muy alto del pueblo cubano.  Esos gestos generosos, esos gestos desinteresados, esos gestos ejemplares, solo se ven en el pueblo, porque solo el pueblo es capaz de ser generoso, solo el pueblo es capaz de sacrificarse por la patria.
Lejos de mirarla con temor o con tibieza, los obreros han respaldado la medida, ¡y en qué grado!  Baste un ejemplo que voy a citar aquí, y es el siguiente: cuando se acordó la medida revolucionaria, calculamos que la adaptación de los tragarreales a traganíqueles iba a durar 48 horas, pues bien, ¡los obreros que trabajan en esas operaciones hicieron el trabajo en ocho horas!    (DEL PUBLICO LE DICEN: “¡En cuatro horas!”)  ¿En cuatro?  ¡Ese récord ya no hay quien lo rompa!    Es una marca mundial la que establecieron los obreros ahí.
¡En cuatro horas convirtieron cuatro mil quinientos setenta y cinco tragarreales en traganíqueles!  —el pueblo de La Habana se quedó asombrado—, ¡en cuatro horas solamente!  ¿Cuándo se pudo contar con un entusiasmo semejante?  ¿Cuándo se pudo contar con una eficacia semejante?  ¿Y por qué?  ¡Ah!, porque aquellos obreros comprendieron que en ese esfuerzo no estaban sirviendo precisamente a aquella compañía que no tenía la menor consideración con el pueblo; se dieron cuenta de que estaban sirviendo a su pueblo , que estaban ayudando a la Revolución, que estaban cooperando con el Gobierno Revolucionario .  Por eso nosotros no vacilamos en tomar la medida, porque teníamos fe en los trabajadores.
Nosotros tenemos la suerte de ser hombres de fe, que creemos en el pueblo, no de palabras, sino de hechos, y cada vez que hemos ido a hacer algo con el pueblo, siempre nos ha salido bien, siempre.  Otros no tienen fe en el pueblo, otros creen que los pueblos son rebaños, a los que no hay que tomar en consideración para nada.  Y esos, sí, han tenido algún éxito hasta ahora, pero se les acabó el éxito para siempre, por lo menos en Cuba.  (El público presente protesta por las cámaras y luces que le impiden ver bien.)
Sí, pero es que hay mucha gente que está viendo la televisión.  Bueno, hay que resignarse.  Todos los problemas no se pueden resolver enseguida.  Si llamamos a los telefónicos las quitan enseguida de ahí —pero no queremos, porque hacen falta las cámaras—, en cuatro segundos.  Pero yo sé que, miren, son también obreros y técnicos como ustedes, los que están trabajando las cámaras, y los pobres están muy apenados por eso.
Ese gesto de los obreros telefónicos, convirtiendo en cuatro horas todas las alcancías de La Habana, es la garantía del éxito de la intervención.  Pero no se limitará a eso.  Con la misma rapidez con que quitaron los tragarreales, van a ampliar las líneas telefónicas.  Porque ustedes saben que una de las promesas que se le hizo al pueblo, uno de los argumentos que se empleó, es de que había un gran número de líneas que había que tender, y una gran demanda de teléfonos.  Pero van a cumplirse dos años desde aquella traicionera concesión, y el plan de ampliación, el famoso plan de ampliación, está retrasadísimo.  Ahora vamos a ver, cuando los obreros, por el interés de hacer quedar bien al Gobierno Revolucionario, se lancen a, de verdad, hacer un plan de ampliación y prestarles servicios telefónicos a las decenas de miles de familias que lo han solicitado.  Y no solamente van a trabajar los obreros que están actualmente prestando ese servicio, sino que vamos a darles empleo a cientos de obreros más.  Vamos a llamar a trabajar a cientos de trabajadores.
Así le vamos a demostrar al pueblo cuánta razón teníamos en adoptar esta medida, y lo que es una administración revolucionaria, y lo que es un Gobierno Revolucionario.  Porque no solo se va a lograr la rebaja que estaba demandando el pueblo, sino que, además, se va a mejorar de veras el servicio y se va a prestar el servicio a las decenas de miles de familias que, desde 10 y hasta 12 años, han pedido aquí teléfonos y no se lo han servido.  Una compañía que tenía el monopolio de poner los teléfonos aquí, y no le daba la gana de poner teléfonos.  Y puso algunos teléfonos solamente a costa de que le establecieran un sistema de tarifas onerosas, y consiguió esa tarifa el mismo día que se logró la más encarnizada matanza, la más sangrienta matanza de revolucionarios que se hizo en La Habana:  ¡nada menos que el 13 de marzo!  Y ese día, aquella compañía no tuvo inconveniente ninguno en decir:  “¡Gracias, Batista!”, porque le había concedido aquella onerosa concesión, sobre la sangre de aquellos jóvenes que murieron el 13 de Marzo, hace dos años.
Por eso, para nosotros no hay satisfacción mayor, al cumplirse los dos años de aquel heroico esfuerzo dirigido por José Antonio Echeverría, por los estudiantes universitarios ; al cumplirse los dos años de la muerte alevosa de aquel paladín de la lucha contra los abusivos precios de los teléfonos que fue Pelayo Cuervo Navarro , que al cumplirse los dos años, ya no estará en vigor la onerosa concesión que se escribió sobre su sangre.
Ahora podrán decir lo que quieran.  Pero eso demuestra, una vez más, que lo peor que puede hacerse nunca es actuar de espaldas a los intereses del pueblo.  No sé si se quejarán, pero sí puedo decir que hemos sido demasiado generosos:  nos hemos concretado a cancelar aquella concesión y a intervenir la compañía; una compañía que ni siquiera tenía realmente permiso legal para operar, una compañía cuya concesión se habla vencido, una compañía que nunca rindió cuentas, una compañía que ni siquiera era fiscalizada en los servicios que prestaba, que le podía pasar los servicios al pueblo cobrándole 30, 40, 50, 60, ¿y quién iba a reclamar en aquellos tiempos de Ventura, de Pilar García, de Carratalá, etcétera, etcétera, etcétera?
Esa era la situación del pueblo de Cuba frente a los abusos de la Compañía Telefónica, hasta el momento en que se dictó la medida revolucionaria.  Algunos se preguntaban, impacientes, que qué pasaba.  Desde luego, siempre hay el impaciente que cree que esto es un paseo de rosas, que esto es una tarea fácil.  Hay mucha gente que tiene en la cabeza un poco de lo que le enseñan a través de las novelas, en los cuentos de hadas y en las películas, que todo siempre termina bien y todo siempre parece muy fácil, y no tiene ni la menor idea de las dificultades con que se tiene que encontrar un gobierno que viene a dirigir una república que tiene 50 años de desorden, de contradicciones, de desgobiernos, de privilegios; donde todo se ha hecho bajo el signo del privilegio, de la injusticia, de lo absurdo, con las consecuencias que tenemos hoy.  Y, además, una república que se edificó sobre cuatro siglos de colonia.  Y sobre esa base que ni siquiera fue removida, porque aquí, cuando el país logró su independencia tuvo que edificarla sobre la base de la colonia, sin destruir aquellos cimientos; sobre una base colonial creció este injerto republicano que a nosotros nos ha tocado ahora gobernar, por suerte, con la colaboración del pueblo, sin la cual estimo que sería virtualmente imposible esta tarea.
Y en todos los órdenes que se mire nos encontramos con el mismo problema.  Si vamos a la industria azucarera —para no citar más que un ejemplo— nos encontramos que estamos produciendo hoy la misma cantidad de azúcar que producíamos hace 30 años y que, sin embargo, ahora las maquinarias necesitan menos trabajo humano; y que tenemos, por otro lado, que en cada central azucarero no solamente están los trabajadores de hace 30 años, sino los hijos y en algunos casos hasta los nietos también, sin que haya aumentado el empleo, sino que más bien ha disminuido, y casi se ha triplicado el número de personas que necesitan trabajo en los centrales azucareros.
Las cañas están cultivadas mediante procedimientos arcaicos.  Y, por ejemplo, en cualquier país del mundo, algunos países, como Hawai, con una tierra no tan fértil como la nuestra, producen por caballería 250 000 arrobas de caña, mientras que nosotros producimos un promedio de 45 000.  Las tierras no producen lo que deben producir, mientras unas 200 000 familias cubanas no tienen tierra.  Y la agricultura nuestra está retrasada en unos 3 000 años, ¡la agricultura nuestra tiene tres mil años de retraso!
No solo eso, sí usted va al Estado se lo encuentra completamente hipertrofiado.  Al Estado cubano no hay ni por dónde empezar a mirarlo ni por dónde empezar a entenderlo, porque semeja un pulpo con un centenar de brazos, entre ministerios, departamentos autónomos, organismos de todas clases, y lo peor es que cargado de personal, sobrecargado de personal.
Las cajas de retiro son una cosa absurda, nunca se siguió una política con el retiro y el resultado es lo que pasa en algunas cajas.  Hay 15 000 obreros del transporte, por ejemplo, jubilados; se necesitan 12 millones —si no me equivoco, puede ser que hasta más— para pagar esas jubilaciones.  Las jubilaciones, en la empresa más importante, no se cobran; están, de hecho, esas deudas aplazadas, condonadas, tienen unos tratos ahí para no pagar más nunca.
Las compañías de transporte urbano —cosas que no las entiende nadie!—, primero, los tranvías los convirtieron en autobuses, los autobuses los convirtieron en Metropolitana, la Metropolitana se la dieron, o se la regalaron —no se sabe lo que hicieron— a la Compañía de Ómnibus Aliados, los Ómnibus Aliados quitaban autobuses y ponían ómnibus de otras clases.  Y ya ustedes ven cómo anda todo eso: una serie de ómnibus con unos letreros que dicen que están muy viejos, que no sirven, que los cambien.  ¡Y una de problemas...!  Y, sobre todo, unos 1 200 obreros desplazados; hace siete años que están desplazados.  ¿Y dónde van a encontrar trabajo?, si aquí cada día eran más los que crecían y tenían necesidad de trabajo y menos el trabajo que había.
Y el problema de los autobuses sin resolverse, que lo vamos a resolver también; que vamos a resolver el problema de esos 1 200 desempleados, como estamos resolviendo otros problemas; ¡que vamos a resolver el problema de los alcoholeros que están sin trabajar también, porque hoy mismo se firmó ya una ley disponiendo que se elabore alcohol absoluto, para darles trabajo a cientos de obreros!  
A los obreros de los autobuses los lanzaron a la calle, ¡y ahí te va!, no les importó más nada; a los obreros alcoholeros, pues también los lanzaron a la calle.  ¡Cuestiones de negocios entre ciertos intereses productores de combustibles y el gobierno!
Y así, dondequiera que se ponga la vista se encuentra usted el caos, la ruina:  las cajas de retiro repletas de bonos del BANDES, del BANFAIC.  Si se anularan esas deudas, se acababan de arruinar todas las cajas de retiro.  Y las pusieron allí, y les llevaron el dinero en efectivo a las cajas de retiro y les pusieron esos bonos; y ahora nosotros tenemos que cargar con esos bonos.  Y el dinero de esos bonos lo malbarataron, lo malgastaron en cosas, en obras, que no eran más que negocios; construían la mitad del valor, si acaso, de lo que costaban las obras, y la que tendrá que pagar el pueblo con intereses.  Por eso es que no hemos tenido muchas contemplaciones en ocupar los bienes de esas compañías que se dedicaron a lucrar con ese negocio de las construcciones, sencillamente.
Yo quiero ponerles un ejemplo nada más de algunas cosas de las que pasaban aquí:  hace unos días, pasando por uno de esos establecimientos de la CENCAM, que es uno de los tantos organismos que hay aquí que no los entiende nadie, me encontré que había unas máquinas de cortar arroz, que en la época de cosecha se las arrendaban a los cosecheros; pero se las arrendaban no a los cosecheros pequeños, sino a los grandes cosecheros, a los que podían comprar las máquinas, a los amigos de toda aquella gente que estaba aquí en el poder.  Cada máquina la vendieron a 120 000 pesos, ¡y no valía ni diez mil!  Al Estado se la cobraron unos 110 000 pesos más o menos por encima del precio, de lo que valían las máquinas.  Así, por el estilo.
El Estado cubano tenía una cantidad de tierra fantástica; desde luego, al Estado cubano apenas le queda tierra, se la tragaron los geófagos y los latifundistas.  Y yo digo que aquí, realmente, los legítimos propietarios de las tierras eran los indios que encontró aquí Diego Velázquez cuando desembarcó.  Pero bueno, no hay que asustarse tanto, que no vamos a hacer una revisión tan amplia del problema de la tierra.  Solamente estoy diciendo una verdad: que aquí no se explica que si se hace una república y se derroca a un gobierno colonial que regía el país, pues siguieran teniendo vigencia las leyes de la colonia.  Aquellas mercedes de tierras las concedió el Rey de España.  Y después que la Revolución derrocó aquí al Rey de España, ¿por qué las leyes del Rey de España siguieron teniendo vigencia en Cuba?
Lo que les quiero decir es que en todos los órdenes, y la tierra entre otros, no se vio otra cosa que el privilegio, la imprevisión, la falta de sentido patriótico, la falta de visión política.  Si nos trasladamos del campo a la ciudad, nos encontramos el problema de la ciudad.
Hoy nosotros estábamos haciendo los cálculos sobre el problema de los alquileres.  Nos encontramos que hay unas 200 000 familias que pagan alquileres de 10, 12 pesos.  ¡Esas no pagan alquileres, esas son las familias que viven en las cuarterías!  Lo curioso es que después de tantos años haciendo edificios, haciendo edificios, haya en La Habana una cantidad enorme de familias que viven hacinadas, en las peores condiciones higiénicas, en las peores condiciones materiales.  ¡Para esa gente nunca construyó nadie!  Yo no dudo que mañana, pues aparezcan unos cuantos escritos hablando de la “injusticia” en que ha consistido la rebaja de los alquileres.  Pero es lo cierto que aquí nadie construyó nunca casas para el pueblo, nunca se acordó nadie aquí de la mayoría de la población, que está viviendo en los solares, en esas casas de tres y cuatro pisos, viejísimas, donde el agua no aparece, donde no caben las familias.  ¡Nunca se construyeron casas para esas familias!  Porque se construían casas y más casas, y resulta que uno de los países del mundo donde se paga más alto porcentaje de la renta por los alquileres es Cuba; un porcentaje fantástico de dinero que se sustrae de la circulación, de dinero que no va a parar al comercio ni a la industria, porque sencillamente se lo tiene que quitar de su sueldo la familia para pagarlo a fin de mes.
Nos encontramos que aquí los obreros tienen que pagar alquileres de clase media, y la clase media tiene que pagar unos alquileres altísimos, y sin esperanzas, y si viven 40 años están 40 años pagando alquileres; amortizan tres veces la casa y de la casa no les toca nada, ni un ladrillo.
En el juego se invertían 100 millones de pesos todos los años, ¡cien millones de pesos invertía el pueblo!, que iban a parar a manos de los banqueros, del policía, del capitán, del ministro, del presidente, de todo el mundo, y le extraían al pueblo 100 millones de pesos.  Si desde el inicio de la república hubieran hecho un Instituto de Ahorro y Viviendas, como el que hemos hecho nosotros, pues, hoy tendríamos una población donde cada ciudadano sería dueño de su propia casa.  ¿No les parece que sería muy bonito eso?  
Llegamos aquí y nos encontramos con que es incalculable el número de personas que pagan alquileres, e incalculable el número de millones que se pagan en alquileres.  Ya sé lo que nos van a decir: que se van a paralizar las construcciones.  Los obreros de las construcciones no tienen nada que temer; la paralización fue estos días, porque claro, asustado todo el mundo aquí, sin razón, pues paralizaron las construcciones.
Una de las causas que nos ha movido a tomar más rápidamente esta medida ha sido precisamente la paralización de las construcciones.  Precisamente, estábamos tratando de ganar tiempo mientras organizábamos el Instituto de Ahorro y Viviendas para construir y resultó que estaban paralizadas las construcciones.  Y entonces dijimos: “Bueno, pues no se puede esperar, porque de ese dinero que se paga en alquileres, hay que liberar una parte para que vaya a parar al comercio y a la industria y para que las familias mejoren de estándar de vida.”  Esto ha equivalido a un aumento general de salarios en todas las familias que pagaban alquileres.
Los obreros no tienen que preocuparse, se van a construir ahora más casas que nunca antes.  Ya hay, por Obras Públicas, por ejemplo, 5 000 obreros trabajando en La Habana; dentro de poco comenzará a trabajarse en La Habana del Este, y pronto habrá allí otros 10 000 obreros construyendo La Habana del Este.  No solo eso, se concede una exención de impuestos durante 10 años a todo el que construya una casa para vivirla él.  Y desde luego, si los edificios que están paralizados no continúan construyéndose, entonces el Ministerio de Obras Públicas se encargará de terminarlos de construir.
Así que pronto, en vez de tener el número de obreros que había antes en las construcciones, vamos a tener el doble y, además de eso, muchas familias van a pagar la mitad de lo que pagaban de alquiler.  Así que la contracción esa se va a acabar; días más o días menos, pronto la contracción se acaba.
¿Y qué decir de lo que se iba en los teléfonos?  ¿Qué decir de esas familias que estaban pagando ya 50, 60 y 70 pesos?  ¿Y qué decir de todo el que tenía que hacer varias llamadas?  ¡Porque ya hasta los amores habían disminuido en La Habana, con lo caro que estaba el teléfono! La cantidad de dinero que se libera, dinero que, por supuesto, nadie lo va a guardar en el banco, porque todo el que ha vivido aquí en una casita de alquiler, y tiene que pagar a fin de mes el alquiler, la luz, el teléfono, el refrigerador a plazos, los muebles a plazos, el gas, el bodeguero, el carnicero, el tintorero, el limpiabotas —porque hay quien le pide fiado al limpiabotas también—, y algo que oigo aquí mucho:  el garrotero .  ¿Cómo podía alcanzarle el dinero a nadie aquí?  ¿Cómo podía alcanzarle el dinero?  Aquí no le alcanzaba el dinero a nadie. Y eso de garrotero me luce como un fantasma, algo así como un cuco, al que el pueblo le tiene un miedo terrible.
Hace rato que estamos rompiéndonos la cabeza, de ver cómo resolvemos el problema del garrotero, porque yo digo: hacemos organismos de crédito; incluso los bancos están dispuestos a hacer préstamos personales, con determinada legislación, a bajo interés.  ¡Magnífico!  Pero es que me dicen que el garrote es algo ya como un vicio y que, aunque haya organismos de crédito, les piden a este organismo, al otro, al otro y, al final, caen en manos del garrotero también.  Bueno, yo no entiendo mucho de eso, ¡porque a mí ni el garrotero me fiaba!  La verdad es que nunca tuve trato con esa gente.
Pero si se hacen organismos de crédito para evitar que el pueblo vaya a parar en manos del garrotero y el pueblo sigue cayendo en manos del garrotero, ¡aquí no va a quedar más remedio que fusilar al garrotero!  (RISAS Y APLAUSOS.)  No voten, no vayan a votar a favor del fusilamiento de los garroteros, porque ya veo que aquí levanta la mano todo el mundo.  No, no, no.  No vamos a asustar al garrotero, lo que vamos a tener que tomar algunas medidas contra el garrotero.  ¡Es que no le hace un favor a nadie!  Es que, sencillamente, es el peor parásito.  Me perdona si hay algún garrotero por ahí, y no vaya a pensar que yo le tengo ninguna mala voluntad personal; el problema es que está acabando con el pueblo.  Es algo así como un verdadero buitre el garrotero.  Y el problema es que una de las ventajas del garrotero es que presta “a la carrera” a los clientes conocidos, a los que son buena paga.
Realmente, de alguna manera hay que ponerle fin al garrotero.  Entre otras cosas yo propongo que no se le pague al garrotero.  ¡Hay que arruinar al garrotero!  Hay que arruinar al garrotero, porque está visto que si establecemos un organismo de crédito y el garrotero sigue, la única manera de que no haya garroteros es arruinándolos.
(DEL PUBLICO LE DICEN: “Ya se hizo rico.”)  Bueno, pero pueden perder algo ahora.
(DEL PUBLICO LE DICEN: “Que los coja Faustino.”)  Pero, ¿dónde están?  Esos no se sabe dónde meten el dinero; yo creo que ni en el banco lo tienen guardado.
Esa es la peor lacra que pesa sobre el pueblo, entre otras cosas porque ha enviciado al pueblo, yo lo digo porque ha enviciado al pueblo a pedirle.  Eso es lo peor.  Así que hay que arruinarlos, en primer lugar; en segundo lugar, hay que dictar medidas legales para encarcelarlos, porque es la única manera de ponerle fin al vil garrote, como se dice vulgarmente.  Lo que se cobra es, sencillamente, criminal.  Y no me basta más que oír que aquí, mientras yo hablaba del bodeguero, del tintorero, todo el mundo me decía:  “El garrotero, el garrotero, el garrotero.”  Es que es el mal más generalizado que hay.  Y por lo que he visto, líderes obreros, periodistas, técnicos, ¡aquí todo el mundo va a parar a manos del garrotero!   Creo que del garrotero no se salva nadie aquí.  Es una real necesidad librar al pueblo del garrotero.  Ya sé que me voy a echar de enemigo al garrotero también, ¡cómo si fueran pocos los que me estoy echando en estos días!  ; pero, que el garrotero se industrialice, yo le doy ese consejo.  (DEL PUBLICO LE DICEN: “Comandante, para coger a un garrotero de aquí a unos años...”)  No, no, vamos a arruinarlos.  Una golondrina no compone verano.
(DEL PUBLICO LE DICEN: “Lo que hay que dar una orden para coger los garroteros.”)  No, no, van a salir huyendo todos.  ¡No!  Vamos a proponerle al garrotero que ponga una fábrica y se industrialice si quiere garantías.  Porque la consigna ahora es industrializar al país, y ponerle fin a todo tipo de negocio especulativo y de ese orden, pero necesitamos la colaboración del pueblo.  Porque, precisamente, al pueblo hay que quitarle una serie de cosas que ya constituyen un hábito, constituyen una costumbre, y que le hace mucho daño.
El pueblo tiene que colaborar en esa forma con las medidas del Gobierno Revolucionario, como está colaborando ya hoy en una serie de cuestiones: consumiendo artículos del país, comprando automóviles chiquitos para no gastar mucha gasolina.  Y, sobre todo, a nosotros lo que nos preocupa es que como vamos a elevar tanto el estándar de vida, aquí, con el tiempo, el que más y el que menos se va a poder comprar una máquina —cuando nosotros establezcamos financiamientos con un interés bajo, y haya playas aquí para todo el mundo—, me temo que todo el mundo quiera comprarse una máquina, y entonces vamos a gastar en gasolina una cantidad exorbitante.  O sea, no estoy pensando ahora, porque no queremos que los obreros de las gasolineras se queden..., sino al contrario; pero sí queremos que cuando se duplique el número de automóviles...  La gasolina que esos Cadillacs y esos carros grandes gastan es una cosa terrible.
Me parece que tenemos que ir previendo, porque vamos a elevar de verdad el estándar de vida del pueblo, y tenemos que ir pensando en todas esas cosas.
Necesitamos que el pueblo colabore con esas medidas, como hay otras en que necesitamos que el pueblo colabore ahora.  Porque ahora tenemos el problema:  desde hacía muchos días, la gente que tenía fe en la Revolución se imaginaba algo aquí de las tarifas telefónicas y estaba aguantando los recibos; el que más y el que menos, se guardó su platica y no ha pagado los teléfonos.
Nosotros queríamos rebajar los teléfonos desde el mismo día —podíamos rebajar los traganíqueles porque era un problema  mecánico—, pero ya todos los recibos estaban hechos, en virtud de un mecanismo determinado y eso no se podía cambiar en pocas horas.  Se acordó que los recibos de este mes iban a salir como estaban, entonces ya viene lo que se debe, se computa la parte que se paga mensual ahora y la parte que estaba medida ya de acuerdo con la tarifa.  Pero ahora ese dinero hace falta cobrarlo, porque como está intervenida la compañía y hay que ampliar el servicio, pues la administración, la Intervención necesita que el pueblo le pague y que pague los recibos tal como están ahora, en espera ya de los nuevos recibos que vienen el otro mes.  Tengan presente que eso que paguen no servirá para enriquecer a nadie: servirá para ampliar el servicio y para darles trabajo a cientos de obreros. Así que por eso pedimos la colaboración del pueblo.
También se planteó que el peso ese de cinco a seis que se estaba cobrando, se quedara en seis pesos y no en cinco, con vistas a los planes de ampliación, que tenemos mucho interés.  Y si durante muchos años se estuvo pagando esos seis pesos, que se paguen ahora a la Intervención, precisamente para poder ampliar los servicios y determinar, en definitiva, la política que se siga con la compañía.
Esa es la razón por la que necesitamos la colaboración de todo el pueblo, que pague los teléfonos.  ¡No vayan a hacer como con el garrotero!  Los teléfonos hay que pagarlos ahora, porque la administración lo necesita para ampliar sus servicios.  De lo contrario...  (DEL PÚBLICO LE DICEN ALGO.)  Sí, cómo no.  A mí no se me había olvidado este problema tampoco, el de los centros automáticos.  Ese es otro problema.
La cuestión es que necesitamos en eso la colaboración del pueblo, para que la administración salga adelante y se pueda realizar ese plan fulminante de expansión de los teléfonos, y también dar empleo a muchos cubanos, que van ahora a empezar a ganar buenos sueldos también.
Y está también el problema de los centros automáticos.  Yo les puedo ya garantizar a los cientos de obreros telefónicos que están preocupados por esa cuestión, que después de hablar con el señor interventor ya les podemos asegurar que ningún obrero será trasladado de la localidad donde vive .  Eso es algo que les preocupa mucho, sobre todo, a los operadores del interior, que los quieren mudar a la fuerza; así que les ponen un centro automático allí, y los mudan, como si el hombre fuera también una máquina que la quitan de aquí y la ponen allá en otro lado.  Y ese problema es una cuestión humana, que es justo que se atienda.  Y ya se lo puedo adelantar para tranquilidad de todos los telefónicos que han enviado cientos de telegramas aquí.
Así que veo con optimismo que la medida revolucionaria en la Compañía de Teléfonos va a tener un gran éxito, y que el pueblo no tardará en ver los beneficios.  Y que por fin aquí se podrá comunicar todo el mundo por teléfono, y barato.  Las tarifas, en definitiva, que se hagan, se harán atendiendo realmente los costos, atendiendo realmente las necesidades.  Será una cosa justa lo que se señale.
Claro que si acostumbráramos al pueblo a que no llamara nada más que lo estrictamente necesario, entonces el problema de la medida pues pudiera llegar hasta a suprimirse.  No soy muy técnico en eso; lo único que sí digo es que las tarifas que se señalen serán las que realmente se justifiquen de acuerdo con los costos y los planes.  Por lo demás, quedan muchas perspectivas con respecto a la compañía.  Nuestro deseo sería estudiar la fórmula mediante la cual la compañía fuera de verdad la Compañía Cubana de Teléfonos.
Naturalmente que esto no le ha hecho mucha gracia a nadie.  Mejor dicho, no a nadie, no le ha hecho mucha gracia a todo el mundo, sobre todo por allá por el Norte.  Se ha escrito algo en estos días, se ha escrito mucho sobre el problema de las tarifas telefónicas.  Yo no me explico:  si movemos un dedo aquí, inmediatamente tiene que ver todo el mundo con ese dedo que nosotros movemos aquí, ¡en nuestra patria libre y soberana, señores!  
No se explica qué pasa con los cubanos, no sé qué quieren de los cubanos.  Parece que ellos no se imaginan la clase de pueblo que es el pueblo cubano, la clase de hombres y mujeres con que cuenta este pueblo, la clase de niños y de ancianos con que cuenta este pueblo, porque aquí hasta los muchachos de cuatro años ya saben lo que es Revolución y lo que es patria, ¡han aprendido mucho!    No sé si piensan que nosotros estamos condenados, por naturaleza, a ser una especie de pueblo atrasado, una especie de pueblo explotado, una especie de pueblo esclavo; un pueblo para vivir explotado, pasando hambre, sin trabajar aquí nadie, durmiendo en un solar, víctima del garrotero, víctima de todos los especuladores, víctima de todo el mundo.  ¡Qué bonito!  Eso ha sido hasta hoy: víctima de los gobernantes traidores y miserables.
Realmente, si no se respetaba a este pueblo como debía respetarse, era porque los jefes de este pueblo, los gobernantes, los representantes, los mandatarios del pueblo, no se hacían respetar.  Porque es lógico que cuando un gobernante, en vez de dedicarse a trabajar en lo que tiene que trabajar, que es en hacer leyes justas, en estudiar los problemas, en resolverlos con mucha calma y mucha paciencia, se dedica a enriquecerse, se dedica a coger por aquí, por allí, por acá, con todas las manos, por dondequiera, pues no lo respeta nadie, porque cuando viene un funcionario extranjero a hablar con aquel señor, ya lo mira con sorna:  no está hablando con un gobernante —no hay moral para parársele allí a discutir y a defender sus derechos—, está hablando con un señor que está explotando a ese mismo pueblo, y lo que hacen es que lo tientan, lo sobornan, le ofrecen más dinero, buscan un arreglo.  Y así ha estado el pueblo.  Los gobernantes eran los primeros que se ponían de acuerdo con los intereses extraños.  Un poco más y casi uno no acaba de explicarse cómo no arruinaron la república, cómo no la vendieron.  Es casi un milagro.
Y así, claro, si nosotros quisiéramos resolver el problema del desempleo, enseguida habría un procedimiento para resolverlo: ponemos un letrero aquí que diga que aquí puede venir todo el mundo a invertir, a poner todas las fábricas que les de la gana, que hay todas las exenciones, y se nos llena de chimeneas la isla.  Claro, a los pocos años aquí, a los dos o tres años, está todo el mundo trabajando, pero la isla la hemos vendido completa.  Vienen capitales de todas partes del mundo a invertirse aquí, y cuando les hagan esas concesiones, pues, entonces, sí, trabajan al principio pero después se tienen que pasar toda la vida sacando el dinero del país para afuera, y nos convertimos en un pueblo esclavo, sin independencia económica.
El mérito está en industrializar nuestro país sin vender la república, sin sacrificar a los trabajadores, sin sacrificar al pueblo.  Claro, si nosotros decimos que tienen derecho a despedir obreros, a hacer lo que les de la gana, a pagar los salarios que les de la gana, se nos llena de chimeneas esto enseguida.  Pero el problema no es ese, el problema no es chimeneas, sino llenarlo de fábricas —aunque nos tardemos más—, pero que esas fábricas sean fábricas cubanas.
Ahora por lo menos hay una cosa:  cuando vengan aquí, quien venga y de donde venga, a hablar con nosotros, sabe que está hablando con gente honrada, sabe que no nos pueden hablar de un millón, ni de diez, ni de cien, ni de mil, ni de todos los millones juntos; saben, además, que no pueden asustar a nadie aquí; saben, además, que hay un pueblo unido y firme, y saben, además, que para nosotros no hay más que un deber sagrado, que son los intereses del pueblo, la dignidad y la soberanía de la nación.  Y solo así se hacen respetar los pueblos.  Podrán atacarnos, podrán insultarnos, podrán calumniamos, ¡pero tendrán que respetarnos!  
Claro que escriben, escriben mucho.  Hay por ahí un libelo, que se llama la revista “Time”, que no cesa un solo segundo de hacer los ataques más canallescos, más calumniosos y más groseros contra el pueblo de Cuba y el Gobierno Revolucionario cubano.  A mí no...  (DEL PUBLICO LE DICEN: “Boicot, hacerle boicot.”)  Bueno, que circulen, para que vean lo indecentes que son .  ¿Qué hace con esa insolencia?  (DEL PUBLICO LE DICEN: “No lo compramos más.”)  Bueno, a nosotros qué nos importa.  Para que el pueblo vea.  Y se meten en todo, ¡hasta en los muebles que tiene uno en la casa!, y si uno no tiene muebles, pues se meten también.  Y si encuentran a uno durmiendo allí, en un sillón, porque se pasó tres días sin dormir, a un rebelde o a un periodista, porque está agotado de cansancio, pues lo ponen también, y que todo es un desorden.  Sí, un desorden, pero hay leyes revolucionarias; un desorden, pero los obreros, en cuatro horas, han acabado con los tragarreales. ¿Eso es desorden? Un desorden, pero los alquileres están rebajados. Un desorden, pero las tarifas eléctricas del interior fueron equiparadas con la capital. Un desorden, pero el Instituto de Ahorro y Viviendas está establecido.  Un desorden, pero el ejército mercenario está disuelto, aniquilado.  Un desorden, pero donde antes había cuarteles, se están haciendo ahora escuelas.  Un desorden, pero los malversadores están perdiendo sus bienes.  Un desorden, pero existe soberanía en el país y los cubanos han sabido defender con dignidad su soberanía.  Un desorden, pero los colaboradores de la tiranía han sido confiscados.  Un desorden, pero se acabaron las “botellas”.  Un desorden, pero se acabaron los contrabandos.  Un desorden, pero se acabaron los negocios turbios.  Un desorden, pero hay honradez en la Administración Pública.  Un desorden, pero ya aquí no se mata a nadie, no se asesina a nadie, no se tortura a nadie.  Un desorden, pero los ministros en vez de ponerse a robar, se rebajaron el sueldo.
No me atrevo ni a decir cuánto se han rebajado, porque me van a declarar una huelga cualquier día en el Consejo de Ministros (LE DICEN QUE NO SE OYE).  Digo que cualquier día los ministros se declaran en huelga por la rebaja de salarios.  Pero ya yo dije que cuando le aumentáramos el sueldo a todo el mundo, se lo aumentábamos también a los ministros.
Se vive en un ambiente distinto a pesar de ese “desorden”, con una paz completa.  Claro, hay alguna gente preocupada aquí.  ¿Qué vamos a hacer?  ¿Qué querían?  ¿Que dejáramos todo como estaba?  ¿Qué pasaba aquí si dejábamos esto como estaba?
A pesar de ese “desorden” —y yo precisamente no voy al premierato, porque es que yo quiero demostrar que esto no es cuestión de burocracia, sino de trabajar—, a pesar de todo eso, a pesar de ese “desorden”, ha habido justicia revolucionaria y han sido fusilados cerca de 400 criminales de guerra.  Y a pesar de ese “desorden”, ya hay unas cuantas caballerías de tierras repartidas y hay algunas cooperativas funcionando, y ya se están recaudando millones de pesos para comprar tractores, arados, plantas eléctricas y bombas de agua, y hay organizaciones campesinas.  Y a pesar de ese “desorden”, hay una zafra que se está llevando a cabo ejemplarmente, gracias al apoyo, al sacrificio de los obreros azucareros.  Los campesinos han respetado la tierra, porque están esperando a que nosotros la repartamos con orden y organizadamente.
Y a pesar de todos los problemas que tiene que confrontar un Gobierno Revolucionario, que se encontró un Estado desorganizado, no diré que hayamos hecho maravillas, pero aquí se han hecho algunas cosas ya, afortunadamente, y otras más se van a hacer poco a poco.  Y cada vez iremos perfeccionando más el aparato administrativo del Estado, cada vez iremos seleccionando a los mejores funcionarios.  Y, sobre todo, hay una batalla aquí que vamos a ganar, y es la batalla contra el desempleo.  Veremos si dentro de seis meses hay el mismo número de desempleados, veremos si dentro de un año no hemos dado trabajo aquí a 200 000 cubanos —que es la meta que nos hemos propuesto— y en tres años, acabamos con el desempleo.
Así que esos son los ataques, ataques virulentos, que dicen que yo combato el nepotismo y que mi hermano es jefe de las Fuerzas Armadas.  ¡Por supuesto!  ¡Como no se tratara de un revolucionario igual que yo!  ¡Como si no hubiese estado de los primeros en el ataque al Cuartel Moncada!  ¡Como si no hubiese estado veintidós meses en prisión, junto conmigo!    ¡Como si no hubiese sido el primer exiliado que salió de Cuba, el primer acusado, apenas salió de la cárcel!  ¡Como si no hubiese sido de los ochenta y dos, el último que dejó la nave, para cargar hasta la ultima bala; uno de los doce; uno de los cinco, que se presentó con sus armas, al cabo de quince días, después del primer revés; de los que con cincuenta y tres hombres organizó el Segundo Frente de la provincia de Oriente, “Frank País”!  ¡Como si no tuviese todos los méritos de un revolucionario honesto, firme y decidido!  ¡Como si pudiera haber nepotismo!
Pero eso es la intriga, la intriga de decir que yo combato el nepotismo, cuando lo que he hecho es, sencillamente:  Camilo no es hermano mío y, sin embargo, es el jefe del Ejército, por sus méritos; Ernesto Guevara no es hermano mÍo y, sin embargo, es el jefe de La Cabaña; Efigenio Ameijeiras no es hermano mío y, sin embargo, es el jefe de la Policía; Almeida no es mi hermano y, sin embargo, es el jefe de División Blindada; Hubert Matos no es mi hermano, y es el jefe de Camagüey; Calixto García no es mi hermano y, sin embargo, es el jefe de Matanzas.  Y no sigo:  ¡digo que no son mis hermanos carnales, pero son mis hermanos de ideales, mis hermanos de sentimientos!  
¡No, ese no es el nepotismo!  Nepotismo es sacar a un pariente, que ni lo ha saludado a uno en los últimos siete u ocho años, y ponerlo de director de un departamento, darle un cargo.  Nepotismo es buscar al familiar para favorecerlo, aunque no tenga mérito alguno.  Y yo creo que el peor inconveniente que pueda tener nadie en estos momentos es ser familiar mío, porque excepto mi hermano Raúl, que bajó de las montañas con sus tropas, aquí no le he dado un solo cargo a un solo familiar, ni a mis hermanas, ni a nadie absolutamente.  Pero eso no lo resaltan ellos; ellos van entonces a querer confundir, a hacer ver como que yo soy nepotista.  Y lo que les duele es lo que yo he hecho, que yo he dicho: “Ustedes, conmigo, si quieren hagan lo que les de la gana, pero el que viene detrás va a ser más radical que yo” .
Así que simplemente tomar algunas medidas previsoras, que me permitan la tranquilidad de andar como ando por la calle, sin mucha escolta —ando con dos o tres, y sobran; y no ando solo porque no me dejan andar solo—, pero me junto con el pueblo, no ando con perseguidoras, ni tanques, ni motocicletas, ni haciendo bullas, ni tocando el claxon, ni nada de eso.  Ando solo y ando con el pueblo, y eso es lo que haré siempre, si me quieren.
El otro día me dijeron que habían tirado unos tiritos por ahí, y yo todavía ni lo he averiguado, porque es que para tirarme a mí no hay que ir a Cojímar, si yo ando por la calle y seguiré andando por la calle todos los días.  ¡Eso no me lo quita nadie!  ¿Comprenden?  Y seguiré juntándome con el pueblo.  ¡Eso tampoco me lo podrá quitar nadie!  Y no me importa, no me importan, incluso —a mí no me ha amenazado nadie, porque no creo que nadie pierda el tiempo en esa bobería—, los intereses de los perjudicados.  Si quieren hacer, que hagan, si yo sé que haciéndomelo no le van a hacer ningún daño a la Revolución, porque van a radicalizar más la Revolución.  Y si el último servicio que yo tengo que hacer es radicalizar más la Revolución, hacerla más firme, más decidida, lo hago tranquilamente.  Así que eso no me ofrece ningún cuidado.
Esa es la prueba.  Esos ataques no se los dirigieron a Batista nunca, ¡qué va!  Aquí podían matar 50, 100, 200, 1 000, 2 000, torturar, ultrajar mujeres, golpear a todo el mundo, violar todos los derechos, suspender todas las libertades, llevar a cabo todas las farsas electorales; pero no, no, no, a Batista no.  Batista era un amigo incondicional, un servidor de los intereses creados, un entregado, un vendepatria, un mercenario:  ¡a ese no, a ese no se le podía atacar!  A nosotros sí, a nosotros sí.
Pero cuando Batista, hace dos años, entregaba esas concesiones onerosas a las compañías extranjeras, no se le dedicaban esos ataques a Batista; esos ataques nos los dedican hoy a nosotros, que hacemos por el pueblo.  Porque lo que quisieran, lo que quisieran tener aquí es también un mercenario, un vendepatria, un hombre que se dejara sobornar o atemorizar.
Y esa campaña la siguen, y las campañas de las agencias cablegráficas internacionales las siguen.  Y yo lo dije, lo dije en el mitin del millón, dije: “No se crean que esto se acaba, esto va en aumento.  Dejen que nosotros rebajemos las tarifas telefónicas y eléctricas, que acabemos aquí con el latifundismo, ustedes verán a qué grado de ataques llegan.
Y ahora mismo, noticias de si hay una estación de “Radio Rebelde” en Las Villas, que si hay unos “alzados”. ¿Quién se alza aquí que los campesinos no den cuenta y pago en cuatro minutos? Miren, ¡que no vayan a cometer ese error!, yo se lo aconsejo, se lo aconsejo; o no se lo aconsejo, ¡me da lo mismo!  Pero, honradamente, que no vayan a cometer el error de pensar que se puede hacer lo que nosotros hicimos, sin el pueblo.
Nosotros tuvimos que ganarnos al pueblo y, después que nos lo ganamos, porque llegamos a un pueblo al que siempre lo tenían esquilmado, a un pueblo, a unos campesinos que eran víctimas del guardia rural, del mayoral, de todo el mundo eran víctimas; y allí pues nosotros poco a poco nos conquistamos el corazón de ese campesinado.  Ese campesinado ya es dueño de la tierra donde estaba establecido, no esté más que en trámite la propiedad.  ¡¿Quién se mete en esos campos y en esas lomas?!  Yo no se lo aconsejaría a nadie porque dicen que nunca segundas partes fueron buenas; ¡que no vayan a cometer ese error!, porque si allí se tuvieron que rendir los batallones enteros, cuando lo tenían todo, calculen ahora lo que les puede pasar.  Ahora, de lo que sí pueden tener la seguridad es de que, desde luego, si algún criminalito de guerra cae por ahí y lo hacemos prisionero, ese ya de cabeza a los Tribunales de Guerra y se les aplica la ley correspondiente.  Los demás, pues bueno, por lo menos tendrán la suerte que no tuvimos nosotros de que cuando caigan prisioneros serán prisioneros de hombres que no asesinan prisioneros, ¡aunque la Ciénaga de Zapata los está esperando para trabajar!  
Y en cuanto a la lucha clandestina, ¿dónde es que van a esconderse?, ¿en qué edificio donde no haya un revolucionario, donde no haya un inquilino al que le hayamos rebajado el alquiler , donde no viva un obrero al que no hayamos mejorado en algún sentido, donde no haya un ciudadano...?  ¡Porque aquí van a tener un millón de ojos vigilándolos!, porque ahora esto no es cuestión de policía ya, no, no, esto es cuestión de pueblo.  ¡El ejército de nosotros es el pueblo!  Y donde el conspirador ande metiéndose, yo creo que ni a la mujer le va a poder decir que está conspirando.
Porque, ¿qué ciudadano honrado del pueblo, qué hombre honesto, sea hombre o mujer, cualquier ciudadano, cuál de ellos no va a estar hoy en esta lucha epopéyica de nuestro pueblo, no va a estar al lado de la patria, al lado de la nación?  Frente a todos esos intereses mercenarios, ¿quién va a traicionar a su patria?  Y ahora aquí no hay que pagarle nada a nadie.  ¡Ya aquí el chivato se acabó!  El chivato es una institución que es necesaria cuando hay una minoría; cuando hay una minoría oprimiendo a una mayoría, tiene que tener un cuerpo de confidentes.  Pero cuando hay una mayoría absoluta en el poder, que es la que está llamada a velar por su Gobierno Revolucionario, se acabó el chivato, ya no hace falta, aquí no hay que informar nada, porque todo el mundo estará al tanto de todo, y estarán mil ojos vigilando.
A las montañas no pueden ir, en la ciudad no pueden conspirar, y si desembarcan, bueno, pues, si desembarcan les podemos hasta hacer las casas de campaña para que duerman los primeros días allí.  Y si necesitan barcos se los prestamos.  Nosotros, por ejemplo, sabemos que en Miami están conspirando por la libre, comprando armas, Masferrer, y Ventura, y Carratalá, y Laurent.  (DEL PUBLICO LE DICEN: “¿Por qué no se quedaron aquí?”) Yo no sé, pero si tenían todos los fusiles y se fueron huyendo, ¿para qué se van a compra fusiles ahora? A esa gente no la entiende nadie, ¡no la entiende nadie!  Se van, dejan los tanques, dejan los aviones, dejan los cañones, dejan todo y ahora se ponen a comprar armas allá.  Así que, bueno, uno no se explica estas cosas, pero algunos aliados tendrán por allá cuando se sienten tan atrevidos; cuando se sienten tan atrevidos es porque tienen algunos aliados.  Por lo pronto yo no veo que el FBI los meta presos.  No, no, allí tienen todas las garantías.  Pero bueno, nos tienen sin cuidado; y nos tienen sin cuidado los ataques de “Time” y comparsa.
Las dos condecoraciones más grandes que he recibido en estos días son: la medalla que me mandaron los rebeldes argelinos y los ataques de la revista “Time” , porque eso demuestra que voy bien .  Aquí lo malo es que “Time” empezara a elogiarme, entonces sí es verdad que yo no sabría qué hacer.  Y ojala que no se vayan a enterar, no vaya a ser que por hacerme daño, me elogien.  ¡Son capaces hasta de eso!  Por ejemplo, aquella vez sacaron la fotografía para despertar el interés y adentro el ataque.  Pero bueno, ¡me hacen más fuerte mientras más me ataquen!  En eso están colaborando.  Podrán confundir a alguna gente por allá, por Suramérica, pero bueno, ¡no es tan fácil!  Suramérica sabe el corte de los gobiernos contrarrevolucionarios, reaccionarios: Trujillo, Somoza, Pérez Jiménez, castas militares, etcétera, etcétera.  América sabe que este no es el gobierno de un ejército, este es el gobierno de los guajiros de la Sierra Maestra, que hicieron añicos el ejército mercenario de la tiranía.
América sabe que a los criminales de guerra los hemos fusilado, a pesar de todas las campañas que se hicieron contra nosotros; hemos hecho lo que están deseando hacer todos los pueblos americanos hace mucho tiempo.  Y la América Latina está viendo nuestras leyes revolucionarias.  Los cables internacionales no podrán engañarla, ni podrán engañar a nadie.  Al pueblo no lo van a engañar, ¡el pueblo está muy claro!, ni argumentando o despertando sentimientos localistas, ni sentimientos religiosos.  Porque claro, como no le pueden venir a hablar al campesino, al inquilino, al obrero, al profesional, a nadie le pueden venir a hablar, tratan de buscar por otro lado, a ver si se despiertan otras pasiones:  la pasión religiosa, la pasión regional, y le hablan de “Oriente Federal”, y tratan de mezclar las cuestiones religiosas en los problemas políticos.  Esa es la reacción, pero el pueblo está muy claro, el pueblo, independientemente de lo que cree.
La religión es una cosa interna del hombre, eso no tiene nada que ver con la política, señores.  Y nosotros empezamos por respetar todos los cultos y todas las creencias religiosas, a todo el que cree como al que no cree, porque para eso somos un país liberal, un país democrático, un país libre.  Así que esas pasiones, como en Oriente, querían despertar el sentimiento regionalista de Oriente, hablando de “Oriente Federal”.  No decían “Cuba Federal”, sino “Oriente Federal”, tratando de dividir.  Claro que eso no lo hacía ningún campesino; se sabía de donde venían todos esos ataques.
Los elementos contrarrevolucionarios ya han empezado a asomar las orejas, y el caso lo tenemos ahí bien claro con el de los pilotos criminales de guerra, ¡bien claro!: han defendido a los pilotos criminales de guerra con el ardor que no han defendido aquí a nadie.  Si esos abogados que defendieron a los criminales de guerra, se hubieran dedicado a defender al infeliz aquí como están defendiendo a esos criminales de guerra, si se hubieran dedicado a combatir aquí los privilegios con esa saña, si se hubieran dedicado a mandar a la cárcel a los criminales, si se hubieran dedicado a defender a los pobres, a los campesinos desalojados de sus tierras, a las personas que les han ejecutado sus bienes, que les han arrebatado lo que tienen; si se hubieran dedicado, no hubiera habido tantas injusticias aquí en nuestra patria.  Han defendido a los criminales de guerra con el calor que no defendieron nunca a los revolucionarios. 
Y, claro, uno de esos abogados, un tal Recaredo, era fiscal en época de Machado, y todavía —miren qué alatés— está hablando.  Y claro, claro, no eran alegatos jurídicos, eran alegatos políticos.  ¿Y qué planteaban?  ¿Pues saben ustedes lo que planteaban?  Pues planteaban que les soltáramos a los pilotos.  Eso es lo que pedían; o sea, declarar que no era crimen lo que hicieron, que eran inocentes.  Entonces, si estos eran inocentes, todos los que se escaparon y están en Santo Domingo también eran inocentes.  Y haber bombardeado todas las casas con bombas incendiarias, bombas de 500 libras, cohetes, metralla de toda clase, que haber hecho todo eso no es delito, y ahora, cuando Trujillo está comprando aviones, lo que plantean, nada menos, es que soltemos a esta gente para que se trasladen también a Santo Domingo y vuelvan otra vez a bombardear aquí las ciudades y los campos.  Eso es lo que plantean.
Y entonces, ¡ah!, que si se les condena, eso es “violar la justicia”; ¡ah!, que “los familiares”...  Claro, los abogados tienen derecho a recurrir la sentencia cuando es contra un criminal de guerra; ¡ah!, pero el pueblo no tiene ningún derecho a recurrirla, según plantean.  Y es absurdo que cuando todavía están frescos los cadáveres de tanto infeliz asesinado, estén planteando la impunidad de los pilotos; que no es crimen haber bombardeado; que no son acreedores de castigos los que han bombardeado nuestras ciudades y nuestros campos, y que, por tanto, pueden ahora, los mismos que estaban al servicio de Batista, ponerse al servicio de Batista otra vez, y de Trujillo.  Porque en definitiva dirán esos abogados que Batista es el presidente legal, porque, señores, salió electo en las elecciones de 1954, lo ratificó el Tribunal Superior, el Tribunal de Garantías, el Tribunal Electoral, todos los tribunales.  Y ahora dirán esos abogados: Batista es inocente, Batista es bueno, porque ellos dicen:  “respeto, protestamos de que se les llame criminales, porque fueron absueltos por una sentencia”, pues entonces dirán:  “respeto también de que a Batista se le llame dictador, porque los tribunales también aceptaron que ganó legalmente las elecciones, y el Tribunal de Garantías y el Tribunal Electoral aceptaron que era el triunfador”.
Y protestan de que se califique como se merecen al señor D’Acosta y a los demás abogados; al señor D’Acosta que era, nada menos que oficial del ejército antiguo, y todavía se le permitió seguir de oficial, y que se fue sin permiso, sin permiso de nadie —no le pidió permiso a nadie aquí—, encantado de la vida se fue allá a defender por dinero, a los criminales de guerra.  Esos abogados estaban defendiendo por dinero a los criminales de guerra, y cuando los criminales de guerra van a ser castigados, después de una revisión de una sentencia que decía: “Considerando probado que bombardearon y que en los bombardeos hubo muertes”; pero no está probado que lo hayan hecho con dolo, ¡es que parece que los pilotos estaban paseando por las montañas y se les cayeron las bombas!  Plantean, nada menos, que suelten a esos criminales de guerra, la impunidad del crimen de bombardear, cuando apenas han transcurrido dos meses desde los últimos bombardeos, cuando todavía están en la mente de los cubanos grabadas las fotografías de los niños destrozados por las bombas.  Y entonces protesta el Colegio de Abogados de Santiago, y el de La Habana y el Nacional, no el colegio, no, dos o tres que se reunieron ahí y no le dieron cuenta a nadie, que se reunieron ahí para protestar de los ataques al señor D’Acosta y comparsa.
Pues yo digo aquí que protesto de los ataques a la justicia revolucionaria, y que si ellos piden respeto para los abogados de los criminales de guerra, pido respeto para los ancianos, los niños y las mujeres asesinados por los aviones de la tiranía.
Observen, observen cómo actúa la reacción contrarrevolucionaria.  Claro, están haciéndole el juego al “Time”, están haciéndoles el juego a los enemigos de la república, están haciéndoles el juego a los criminales de guerra. No es casualidad que esos señores abogados estén defendiendo a los criminales de guerra, es bien sencilla la explicación:  ¿A quién defienden esos abogados?  Esos no son los abogados jóvenes, los abogados nuevos desplazados, son los abogados de los grandes bufetes, los abogados defensores de los privilegios.  Y claro, han salido a la palestra como abanderados de esos privilegios, porque saben que nosotros estamos dictando leyes revolucionarias que ponen fin al privilegio.  Y naturalmente, como los abogados de los grandes intereses son simples servidores, simples criados de los poderosos, ¡los amos no han salido a la palestra, pero han salido sus criados!  
¡Ah, qué vergüenza la conducta de esos ejecutivos de los colegios Nacional y de La Habana, solidarizándose con las declaraciones de los defensores de los criminales de guerra, de los que piden que los bombardeadores, que los pilotos, sean absueltos, para que vengan a bombardear otra vez a nuestro pueblo!  ¡Qué vergüenza!
Y lo triste es que, cuando esos aviones vengan otra vez a bombardear nuestras ciudades y nuestros campos, no serán ellos los que salgan a combatir; tendrán que ser los campesinos, tendremos que ser nosotros los que salgamos a combatir en defensa del pueblo, otra vez, porque mientras los demás estén pasando hambre, sed y lluvia en las montañas, ellos estarán encantados de la vida en su casa, tomando highball, y sin problemas, porque ya están haciendo méritos.  Saben que de este lado hay garantías, pueden escribir, pueden hablar; pero del otro lado pues ya están haciendo méritos, ya están asociándose, porque los pilotos criminales son el cordón umbilical que une la reacción derechista y contrarrevolucionaria con los criminales de guerra, y no vamos a tardar mucho en ver a esos señores militando en los “tigres de Masferrer, porque han empezado ya por defenderles los pilotos a Batista, para ver si Batista cuenta con pilotos que tengan experiencia de dos años de bombardeo; conocen los lugares, conocen los pueblos, conocen cómo tirar las bombas sobre las ciudades.
Batista necesita a esos pilotos y a esos señores, que están en una actitud contrarrevolucionaria, porque saben que la Revolución es el fin de los privilegios.  Ya están tratando de servir a los enemigos de la Revolución de dos maneras:  una, tratando de confundir al pueblo, haciéndole creer que aquí están pasando las mismas cosas de antes:  ya los “cuadritos” de protesta, de que se violan los derechos, de que hay injusticia, ya están haciendo la campaña para debilitar al pueblo y confundirlo, a ver si debilitan la Revolución; y al mismo tiempo que debilitan y confunden la Revolución, facilitarle a Batista pilotos, para que tiren.  Y entonces, si estos son absueltos, decir que suelten a todos los demás que están condenados, porque, ¿por qué, si se suelta a los pilotos, se va a condenar a cárcel a los otros criminales de guerra?  Y después dirán que es un crimen haber fusilado a los que hemos fusilado, y después dirán que son los redentores de la patria, y después dirán todo.
Pero claro, claro, las cosas no van a ser tan fáciles, porque no es lo mismo luchar contra la injusticia que luchar contra la justicia; no es lo mismo luchar contra la tiranía que luchar contra la libertad; no es lo mismo luchar contra la politiquería que luchar contra la Revolución; no es lo mismo luchar contra ladrones que luchar contra hombres honestos; no es lo mismo luchar contra minorías que luchar contra mayorías que están cumpliendo.
Lo que van a ganar esos intereses y esos privilegios que son enemigos de la Revolución, lo que van a ganar si se unen a los criminales de guerra, es que van a salir perdiendo más, porque entonces no les va a quedar absolutamente nada, ¡no les va a quedar absolutamente nada!  Y lo peor que pueden hacer es no adaptarse a la Revolución, que la Revolución no está eliminando a nadie, no está arruinando a nadie, lo que quiere es ordenar las cosas de una manera justa y hasta darle oportunidad a todo el que contribuya.  El rico puede contribuir invirtiendo su dinero en industrias, a condición de que mantenga salarios altos; ya nosotros nos encargaremos de darle casas baratas, y darle todo lo que el pueblo necesita, y darle escuelas, y darle hospitales, y darle todo lo que haga falta; pueden contribuir, y, efectivamente, un sector del país, de la gente con intereses económicos, como los industriales, puede contribuir grandemente en esta Revolución.  Los demás, lo peor que pueden hacer es asociarse con los criminales de guerra, porque entonces aquella gente va a tratar de plantear un día, de manera violenta...  Porque, ¿qué esperanza les puede quedar?  Pues, tratarán de perturbar, de hacer el daño que puedan, tratarán de confundir, pero de aquí al pueblo de Cuba no lo sacan de aquí.  Aquí, para derrotar la Revolución, tienen que pelear contra todo el pueblo, aquí se atrincheran hombres, mujeres y niños, aquí pelea hasta el último hombre.  Así que aquí no hay la menor esperanza.
Y a ese pueblo que va a ver día a día cómo rectamente, cómo honestamente, seriamente se va a ir haciendo una obra, una tarea a favor del pueblo, sin sacrificar los derechos del pueblo, sin sacrificar una sola de sus libertades, sin sacrificar una sola de sus dignidades; a ese pueblo       —tratándose del pueblo cubano— va a ser muy difícil, mejor dicho, va a ser imposible que lo puedan confundir, porque ya todo el mundo sabe por dónde vienen; ya saben lo que pueden esperar de los abogados de los grandes intereses y de los privilegios; ya saben lo que pueden esperar de los criminales de guerra; ya saben lo que pueden esperar de esos grupos dominantes, que fueron desplazados del poder por la Revolución; ya sabemos lo que nos espera de ellos.  Y nadie está dispuesto a renunciar a las ventajas y a las conquistas que ha alcanzado; no las que ha alcanzado, las que va a alcanzar, porque los frutos de la Revolución no se pueden ver todavía.  Los frutos de la Revolución se verán con el tiempo, y el pueblo verá y observará lo que era antes y lo que va a ser pronto, y lo que va a ser cada vez más en el futuro.
Así que lo más torpe, lo más erróneo que se puede cometer es eso, porque al pueblo no lo van a engañar.  ¡El tiempo de los bobos se acabó!, como dice el dicho.  Ya no es cuestión de cintillos, como el de esta mañana, y esas cosas con lo que van a confundir aquí a nadie; ni los simuladores, ni los farsantes; no van a confundir, porque aquí van a quedar desnudos ante el pueblo, cuando se le diga la verdad, cuando se les desenmascare, cuando se le diga los propósitos que traen.
Así que yo creo que lo que hay es que salirles al paso rápidamente a todos los elementos pseudorrevolucionarios, a los elementos reaccionarios y a los enemigos de la Revolución cada vez que levanten cabeza, tenerlos en jaque, en evidencia ante la nación.  ¡Que escriban!  ¡A nosotros sí que no nos importa que escriban!  ¡Que hablen!  ¡A nosotros no nos importa que hablen!, porque nosotros sabemos también hablar y sabemos defender nuestro derecho.  ¿Con qué?  Porque si yo no estuviera aquí convencido de que estamos actuando con justicia, si no me sintiera con fuerza moral, no me pararía aquí.  Se paran en la tribuna cuando no tienen razón, únicamente los cínicos, los descarados, los farsantes, los simuladores, como esos que se paran allí en una tribuna a decir que eran unos jóvenes idealistas los pilotos; esos pilotos que cobraban por tirar bombas, esos pilotos que después de bombardear una ciudad, iban a divertirse y a emborracharse en los cabarets, y en los prostíbulos. A esos les llaman jóvenes idealistas.  Y llaman, comparan a los pilotos criminales con los estudiantes de 1871.
¿Qué clase de elemento es ese, que es capaz de atreverse a esas comparaciones?  ¡Qué clase de desvergüenza, qué clase de falta de decoro y de pudor, qué clase de cinismo, atreverse a pararse delante del pueblo a decir esas cosas!  ¡A qué grado de atrevimiento han llegado ya!  Y qué equivocados están, ¡qué equivocados!  Porque cuando aquí se acaben los privilegios, yo voy a ver quién es el que le va a dar trabajo a abogados, cuando aquí se acaben los latifundios, y se acaben unos cuantos privilegios.  Porque antes, bueno, era cuestión de tener amistades: “Fulano tiene muchas relaciones con los jueces, está muy bien relacionado con el gobierno, etcétera, etcétera, con el sargento, con el capitán.”  Y ahora todo eso se acabó.  Les va a costar mucho trabajo ejercer la profesión.
Por lo pronto, el pueblo, a esos abogados de los criminales de guerra —no al que defienda gratis un sentimiento, o al que haga alegatos jurídicos; pero se han puesto a convertir en cuestión política el problema de los criminales de guerra, han hecho alegatos políticos—, el pueblo ya los ha identificado como los aliados de los criminales de guerra.  Y yo digo que, realmente, han sido muy desleales con los criminales de guerra, porque eran sus amigos, porque, ¿de quién era amigo el capitán, el comandante?  Era amigo del latifundista.  ¿Al servicio de quién estaba?  Al servicio de las compañías poderosas, le pagaban un sueldo y ese hombre estaba al servicio de la compañía.  Y esos hombres mataron, asesinaron y pelearon, ¿defendiendo qué?  ¡Los privilegios!  Pues los privilegios han sido muy ingratos, porque se habían tardado mucho en defender a sus amigos, los criminales de guerra; se han tardado dos meses en defenderlos.  Debieron haberlos defendido desde el primer día, han sido muy ingratos, y han venido ahora a defender a sus aliados, a sus amigos.
Esos simuladores no se explica uno cómo tienen cara de pararse en una tribuna a comparar a los criminales de guerra con los estudiantes de 1871, y llamarlos idealistas, jóvenes idealistas.  ¿Qué se habrán creído? ¿Se creerán que están un año atrás?  ¿Se creerán que están jugando allí, defendiendo a un revolucionario frente a los tribunales de la tiranía?  Desde luego, ellos saben bien que no, pero como ellos saben que en la mentalidad del pueblo estaba aquella idea, acostumbrado a eso, ahora salen escribiendo las mismas cosas y los mismos cuadritos, a ver si confunden a alguien.  Esa es, sencillamente, la técnica; pero creo que han cometido el error más grande que pueda concebirse.
Y a los ejecutivos de los colegios de abogados de La Habana, de Santiago y el Nacional —no a la masa de los abogados revolucionarios, porque los abogados revolucionarios también están pasando hambre, porque estos señores de los grandes bufetes y de los grandes intereses lo controlan todo, son los magnates de la profesión, son los vivebién de la profesión, son los expertos en el truco, en cómo se desaloja a un campesino, en cómo se gana un pleito grande, en cómo se bota a un inquilino de la casa, en cómo se burla el fisco, en cómo se comete todo género de inmoralidades; esos tienen comprimidos allí a los abogados jóvenes, los tienen de porteros en los bufetes—, a los abogados jóvenes no, esos son revolucionarios, pero a los que salieron tan irresponsablemente en nombre de los abogados, a esos lo único que cabe decirles es que es una vergüenza que en vez de felicitar al Gobierno Revolucionario, a los Tribunales de Justicia, a la policía y al ejército revolucionario, porque indagaron, descubrieron y castigaron a los criminales que asesinaron a Pelayo Cuervo; en vez de felicitar al Gobierno Revolucionario, porque ha rebajado las tarifas abusivas en los teléfonos, que fue precisamente la batalla de aquel gran abogado, lo que hacen es protestar de que se critique al señor D’Acosta, y lo que hacen es defender a los abogados que han defendido a los criminales de guerra y hacer causa común con ellos; atacar a la Revolución, sin hacerle siquiera un solo reconocimiento.
Si fueran revolucionarios, si fueran justos, hubieran empezado por batir palmas y felicitar a un gobierno que ha hecho justicia frente a uno de los crímenes más cobardes que se han perpetrado, contra aquel ilustre abogado, contra aquel hombre de carácter, contra aquel hombre entero que fue Pelayo Cuervo Navarro.  ¡Eso no!  A defender al señor D’Acosta, a protestar de que se le critique, a protestar de que se condene y se castigue a los criminales de guerra:  esa es la actitud que han asumido.  Y, desde luego, esa tenía que ser, los criados de los privilegios tenían que salirle al paso a la Revolución.
Y lo bonito es que hablan en nombre de los abogados, como si nosotros no fuéramos abogados, como si una gran parte de los ministros revolucionarios no fueran abogados.  Ellos hablan en nombre de los abogados.  ¿De qué abogados?  Hablarán en nombre de la reacción, hablarán en nombre de los grandes bufetes, hablarán en nombre de los privilegios, ¡pero no hablarán en nombre de los abogados y menos de los abogados revolucionarios, porque nosotros también somos abogados!  Yo también soy abogado, ¡pero abogado que ha puesto su toga al servicio del pueblo!; abogado que ha seguido la tradición de Céspedes, que también era un abogado revolucionario; de Agramonte, que también era un abogado revolucionario; de Martí, que también era un abogado revolucionario.  Y esa tradición es la que deben seguir los abogados honestos; no los que hacen causa común con los defensores de los criminales de guerra por una simple solidaridad de grupo; porque es lo mismo que si yo, cuando un rebelde hiciera algo mal hecho, me solidarizara con él porque es rebelde.  Y eso es lo que han hecho.
Pero, en definitiva, se han puesto en evidencia ante el pueblo y se ha demostrado cómo actúa la contrarrevolución, cómo trata de confundir, cómo trata de dividir la opinión pública, cómo trata de engañar, para ver si recogen pueblo, debilitan la Revolución.  ¿Debilitarla, en servicio de quién?  ¡Ah!, pues en servicio de los criminales de guerra, de los prófugos de la tiranía, de los que están comprando armas, de los que están comprando aviones.  ¡Debilitarla en lo material y debilitarla en lo moral!  Eso es lo único que se proponen.  Y, desde luego, que sepan que van a tener que enfrentarse a la Revolución, porque la Revolución es respetuosa de los derechos, pero sabe combatir y sabe defenderse.
Así que está bien que hayan ocurrido estas cosas, para que el pueblo se ilustre de la forma que tienen de actuar los enemigos.  Y son los aliados de los criminales de guerra que están dentro, de los criminales de guerra que están prófugos, de los grandes intereses de la revista “Time” y de todos esos intereses que protestan de que aquí se hagan leyes revolucionarias.  Y el pueblo tiene que estar muy alerta porque, frente a todos los intereses poderosos —muy poderosos por cierto—, hay, sin embargo, un arma formidable: la firmeza, la entereza y la unión del pueblo.
Así que nosotros no tememos esta batalla, porque todas las avenidas están tomadas, hagan lo que hagan.  Son poderosos:  tienen mucho dinero robado; cuentan, además, con el dinero de las grandes compañías; cuentan, además, con la impunidad allá en Estados Unidos, donde actúan libremente los criminales de guerra; allí les dieron asilo, pero no solamente les dieron asilo, los dejan comprar y acumular armas.  Pero a nosotros nada de eso nos importa:  la Revolución no la van a detener con nada, y aquí no tiene ni que preocuparse, ni que intranquilizarse, ni que alarmarse; nadie tiene que alarmarse, en ningún momento:  aquí todo el mundo trabajando, y cumpliendo su deber.  Si aparece algo cualquier día, cualquier cosa, ya se le combatirá, cuando sea, sin alarmarse nadie aquí, despreocuparse.  El pueblo entero tiene que hacer como los campesinos de la Sierra Maestra: cuando se acostumbraron allí a la lucha, ya llevaban una vida normal en todo, sentían los aviones, sentían los tiros, sentían todo, tan tranquilo, allí no se preocupaba nadie.
Así que con la firmeza que tiene la Revolución, con la solidez que tiene la Revolución, aquí no tiene nadie que preocuparse de nada, sino seguir adelante.  Seguir adelante es la única consigna.  Yo tengo, por lo pronto, una absoluta seguridad en el triunfo, solo que tenemos que trabajar mucho, que tenemos que ser muy constantes, que tenemos que mantener vivo el entusiasmo, y ustedes y nosotros, unidos, siempre dentro de una línea recta, siempre dentro de un gran espíritu de sacrificio, siempre dentro de una línea patriótica, saldremos adelante, saldremos vencedores en esta lucha contra tantos interés de dentro y de fuera.  No son muchos en número, pero son poderosos en recursos; son los que pueden hablar y escribir, los que pueden alquilar grandes páginas.  Tienen dinero para eso.
Y yo decía —como decía al mediodía— que el aplauso de los poderosos es un aplauso que se oye mucho, porque ellos tienen manera de hacer oír el aplauso y tienen la manera de hacer oír la crítica.  No es como el aplauso del humilde, no es como la protesta del humilde, que no tiene recursos con qué hacerse oír.  Y claro, todo lo que tratarán ellos siempre es de confundir, de restarle fuerzas a la Revolución, de ganarse adeptos; no les pueden hablar de temas sociales:  les hablan de temas religiosos; no les pueden hablar de problemas sociales:  les hablan de temas regionales.  Y siempre estarán tratando de buscar algo para debilitar la Revolución, alguna pasión, para ver si de la multitud se apoderan de algo, si confunden a alguien, tratando ellos de suscitar todos los resentimientos.  Esa será la técnica que seguirán, pero de antemano les auguro el fracaso, y les aconsejo que inventen otra cosa, que inventen otra cosa, porque van mal, van mal por ese camino, sencillamente, y lo declaro aquí.  Nosotros ya hemos dicho cuál es nuestra línea, nadie tiene que alarmarse.
Se ha hablado luego por ahí de moratorias hipotecarias, nadie tiene el propósito en el gobierno de moratorias hipotecarias; de impuestos al capital inactivo, nadie ha hablado de impuestos al capital inactivo, eso es una teoría.  Todo el capital se pondrá en circulación, se pondrá en movimiento para producir industrias; los industriales, y la banca cubana, están en plan de colaborar con el Gobierno Revolucionario.  Esos son anuncios y rumores que se hacen para perjudicar.  Ya nosotros hemos dicho bien nuestra política: el latifundio, no tiene ninguna garantía; el capital invertido en alquileres, en solares, en garrote, etcétera, etcétera, no tiene garantías; el capital invertido en industrias, para darle trabajo al pueblo, sí tiene garantías; el crédito invertido en industrias, sí tiene garantías, todas las facilidades; los organismos de créditos cubanos, esos, sí tienen garantías.  Y tendrán garantía las industrias, porque las protegeremos, las protegeremos con medidas proteccionistas, las protegeremos con campañas en favor del consumo de artículos nacionales.
Sobre todo ahora mismo, el pueblo tiene que estar muy claro en esto: ahora aumenta la cantidad de dinero de que va a disponer el pueblo, con las tarifas rebajadas, las tarifas telefónicas, con la rebaja de los alquileres, con los aumentos de sueldos que se van a ir haciendo; con el aumento de hombres que van a trabajar, va a haber más dinero.  Este dinero hay que adquirirlo en artículos del país, y en eso tienen que ayudarnos, pues cuando se compra un par de zapatos extranjeros se le está pagando un salario a un obrero extranjero, se está beneficiando a una industria extranjera; cuando se está comprando un par de zapatos cubanos, se está dando trabajo a un obrero cubano, sobre todo se está aumentando el trabajo para los hombres que están sin empleo y que constituyen hoy nuestro principal problema.
Ya ustedes ven cómo nosotros vamos abaratando la vida; ahora el problema, más que demandas de altos salarios, el problema es demandas de empleos, demandas de aumento de empleo, para darle trabajo al que no tiene.  Cuando ganemos esa batalla, entonces iniciaremos otras, entonces la aspiración será otra; ahora, fundamentalmente, es la de darle empleo al que no tiene empleo, darle trabajo a todo el que quiera trabajar y ganarse la vida aquí decente y decorosamente, produciendo.  Y por eso, ese dinero, si se invierte en artículos de importación, la consecuencia sería que las reservas de divisas nuestras, que están escasas, se nos agotarían y perjudicaría a nuestra moneda.  Así que cuando compramos artículos del país estamos defendiendo nuestra moneda, y estamos defendiendo nuestra industria, y estamos creando más trabajo para los cubanos; porque si todo lo que hoy se gasta en zapatos que vienen de fuera se gasta en zapatos que se hagan en el país; si todo lo que hoy gastamos en camisas de fuera lo gastamos en camisas del país, pues en los talleres de confecciones, en las fábricas de zapatos, necesitarán duplicar el número de obreros que estén trabajando allí, y empezaremos a ganar la batalla contra el desempleo, al mismo tiempo que estamos defendiendo nuestras divisas .
(DEL PUBLICO LE DICEN: “¡Y el cigarro americano!”)  Hay una disminución del cigarro americano bárbara.  Yo digo que es preferible no fumar a fumar cigarro americano.  Si uno no puede fumar el cubano, que es el mejor del mundo, pues no fuma ese.  Y eso no es más que cuestión de voluntad.
Así que en la misma medida en que ustedes sigan esta política, en la misma medida en que ustedes nos ayuden a ahorrarnos divisas, en la misma medida en que ustedes consuman artículos del país, nos permitirán a nosotros ir levantando el estándar de vida, ir levantando el índice de empleo. Si el pueblo colabora con nosotros, nosotros duplicaremos y hasta triplicaremos el estándar de vida del pueblo, y le daremos trabajo a todo el mundo aquí.  Por eso necesitamos la colaboración de ustedes y que ustedes sigan...
Que a veces nos tengamos que privar de algunas cosas de una calidad determinada, no importa.  Tenemos que tratar de que la calidad de nuestros artículos sea mejor que la de los artículos de afuera, y ese será el deber de las industrias: mejorar la calidad, para que nosotros tengamos los mismos artículos que hoy vienen de afuera, de tan buena o de mejor calidad.  Y esos son los sacrificios de nosotros, porque en la misma medida en que nosotros aumentemos el poder adquisitivo del pueblo, todos esos millones que se iban a pagar en alquileres, esos millones que se iban a pagar en tarifas telefónicas y en lo demás, en capítulos en que nosotros iremos mejorando el estándar de vida del pueblo, si se gastan en artículos de afuera se nos van y fracasa el Gobierno Revolucionario.  Y por eso es esencial la colaboración del pueblo para poder ir elevando cada vez más el estándar de vida, para ir resolviendo cada vez más el problema del desempleo. Con esa colaboración de ustedes, el Gobierno Revolucionario vencerá todos los obstáculos, y nosotros esperamos tener esa colaboración del pueblo.
Así que no serán estas solas las medidas del Gobierno Revolucionario; muchas medidas más irán.  Por ejemplo, yo espero que el pueblo de La Habana y el pueblo de Cuba en general, y todos los pueblos que tienen playa cerca, tengan playa este año y se puedan bañar en el mar; porque aquí se cogieron las playas y al pueblo le dejaron los “dientes de perro” para bañarse .  Y la Marina de Guerra está preparando las playas para el pueblo este verano.  No solamente eso: construiremos en las playas clubes para niños de las escuelas públicas, clubes para estudiantes de la segunda enseñanza, clubes para maestros, clubes para profesionales, clubes para obreros, clubes para todos.
Ya, por ejemplo, los empleados bancarios tienen su club.  ¿Por qué los empleados telefónicos no van a tener también su club en la playa? ¿Y por qué los empleados del comercio no van a tener su club en la playa? ¿Y por qué los empleados públicos no van a tener su club también en la playa? Así que iremos organizando las playas, de manera que todos tengan la oportunidad de tener su club, a donde puedan ir los días de verano, en sus jornadas de verano, en sus vacaciones, porque todo el mundo tiene derecho a disfrutar de las bondades de nuestro país.  Y también tendremos derecho a adquirir los víveres más baratos, todos los productos del campo, que llegan aquí con un precio tres veces y cuatro veces mayor, perjudicando al pueblo, perjudicando al campesino.
Así que no solamente rebajaremos el costo del alquiler, sino que ese dinero lo van a poder invertir en artículos de consumo a más bajo precio.  No solamente iremos elevando los ingresos, sino que en lo posible iremos abaratando los artículos, por lo menos no se irán encareciendo.  Y de ahí que nosotros tengamos que resolver el problema del monopolio en el Mercado Unico; tengamos que resolver el problema de la electricidad, que se está pagando muy cara la electricidad aquí en La Habana también.  Ya rebajamos la del interior, pues tiene que venir aquí también la rebaja. Y tiene que venir la rebaja en las medicinas también, que son carísimas; y tiene que acabarse el garrote, y tienen que acabarse los intereses usurarios que le cobran en las ventas a plazo al pueblo.  Y ahora ya el juego, lo que antes se invertía en el juego el pueblo lo ahorrará para gastarlo en los años venideros, y el que adquiera una de esas casas, cuando amortice la casa será para él.  Y todo empezará a cambiar en nuestra patria.
(DEL PUBLICO LE PREGUNTAN: “¿Cuándo salen los bonos?”) Ya creo que han salido, creo que empiezan ya.
Y les vamos a dar trabajo a muchos inválidos, sin prima.  Y muchas personas que no pueden trabajar, trabajarán vendiendo valores del Estado, que son ahora los bonos; y el pueblo le prestará al pueblo.  Ya no es como antes, que se cogían el producto de la lotería.  Y, poco a poco, el pueblo irá dejando de jugar, para pensar en el ahorro, que ese es el objetivo que tiene el Instituto de Ahorro y Viviendas.  Se pondrán a funcionar las escuelas y todo el mundo aprenderá a leer y a escribir; se construirán las ciudades escolares-industriales; se construirán las ciudades escolares-agrícolas, y el campesino será dueño de su tierra y se elevará el estándar de vida del hombre del campo cinco, seis, ocho y hasta diez veces; y nuestra patria marchará por senderos distintos.
Para hacer eso, ha sido necesario lesionar algunos intereses. Para no lesionar intereses, no hubiéramos venido aquí; para dejar esto como estaba, no valía la pena que se hubiera derramado la sangre de un solo cubano.  ¡No se derramó la sangre de los cubanos, en esta lucha y en las luchas anteriores, solo para disfrutar de una libertad de palabra!, porque le dicen ahora:  “Usted es libre, pero se tiene que morir de hambre; usted es libre, pero no tiene trabajo; usted es libre, puede hablar todo lo que quiera y escribir todo lo que quiera, pero no puede comer, no tiene comida; usted tiene derecho a reunirse, a ir al parque, a transitar libremente, pero no tiene derecho a comerse un pedazo de pan.”
Se derramó la sangre, no solo para conquistar libertades políticas, libertades sociales, libertades sindicales; el derecho a que se respete al ciudadano en su integridad física, el derecho a que se le respete como el valor fundamental de la sociedad; ¡sino también el derecho a la felicidad del ciudadano: el derecho a adquirir una cultura, el derecho a ganarse la vida y a satisfacer sus necesidades materiales lo más ampliamente posible, el derecho a percibir los frutos de su tierra!  Porque aquí le hablan a uno de patria desde que nace, ¡pero la patria no ha sido más que de unos cuantos! Aquí le han enseñado a cantar un himno que dice que “morir por la patria es vivir”, pero aquí se muere y se ha muerto muchas veces, por una patria que no es de uno, sino de unos cuantos. Y Martí dijo que la patria era “de todos y para el bien de todos”, y aquí la patria ha sido de unos cuantos y para el bien de unos cuantos.
¿Dónde está el pecado, dónde está el crimen, dónde está el mal que implique el tratar de hacer la felicidad de un pueblo? ¿Dónde está el crimen en tratar de hacer justicia?  ¡¿Dónde está el crimen en tratar de defenderse de los privilegios nacionales o internacionales con los cuales se han labrado nuestras desgracias, nuestros dolores, nuestras penas, nuestras amarguras?!  ¡¿Dónde está el crimen de querer ser libre, dónde está el crimen de querer ser soberano, dónde está el crimen de querer ser honesto, dónde está el crimen de querer implantar justicia, dónde está el crimen de querer acabar con la ignorancia, con los niños descalzos, con los hombres sin ropa, con los hombres y las mujeres sin trabajo?!  
¿Dónde está el crimen en querer poner fin a la explotación de las mujeres, a la discriminación del cubano negro?  ¿Dónde está el crimen en querer poner fin a las inmoralidades, a los negocios turbios, a la malversación de los bienes del Estado?  ¿Dónde está el crimen en querer poner fin a la injusticia aquí, a la tortura, a la opresión, a la politiquería, a la inmoralidad que ha estado oficiando nuestra vida pública?  ¿Dónde está el crimen en querer labrar la felicidad de nuestro pueblo, en querer brindarle a nuestro pueblo todo lo que pueda obtener con su trabajo, todo lo que pueda obtener de su tierra feraz y hermosa?  ¿Dónde está el crimen en querer que este pueblo reciba al fin la herencia de tantas generaciones como las que se han sacrificado?  ¿Dónde está el crimen en querer que nuestro pueblo reciba los beneficios y lo que desearon para él desde los primeros cubanos que murieron en la lucha de 1868 y los que murieron en 1895, y nuestros próceres, y nuestros apóstoles, y los que murieron en la lucha por establecer una república mejor, desde el primero hasta el último joven que cayó en la lucha contra la tiranía?  ¿Dónde está el crimen en desear, en querer y en tratar no de recibir beneficios personales, no de tratar de enriquecernos nosotros, sino en tratar de que al fin este pueblo reciba los beneficios de tantos sacrificios y de tanta lucha?
¡¿Qué derecho tienen a venir a meterse en nuestros problemas, qué derecho tienen a venir aquí a tratar de atacarnos y de calumniamos ante el mundo porque queremos hacer la felicidad de la patria?! ¿Qué derecho tienen a querer mantenernos en la abyección, en la ignorancia, en la miseria? Pues, ¡no!  Somos un pueblo pequeño, pero un pueblo digno; somos un pueblo pequeño, pero un pueblo entero y un pueblo unido.
No les habla un demagogo.  Más de una vez he tenido que emitir opiniones que quizás no coincidan con las personas que me están oyendo.  He convertido en una ley de mi conducta con el pueblo decirle siempre la verdad, ser franco, ser sincero, ser honesto, no hablarle por conquistar simpatías.  Porque si algunos han llegado al poder con el máximo de simpatía con que pueden llegar los gobernantes, esos hemos sido nosotros.  Si después de tener el aplauso de todo el pueblo nos hemos dedicado a trabajar con más ahínco que nunca, con más ahínco que nadie, eso es sencillamente la prueba más elocuente de nuestra devoción a esta causa, de nuestra sinceridad con el pueblo, porque no tenemos que trabajar para buscarnos el aplauso que ya teníamos; al contrario, sé que haciendo leyes revolucionarias nos vamos a ganar enemigos que no teníamos, nos vamos a ganar criticas que no teníamos; sé que mientras más leyes revolucionarias hagamos, más van a tratar de calumniamos ante el mundo, más van a tratar de confundir al pobre mundo, a la pobre América la van a tratar de mantener en el oscurantismo y en la ignorancia.
Van a tratar de desacreditamos a los cubanos.  ¿Para qué?  Para que la América no imite nuestro ejemplo, para que la América no despierte; para que las castas militares, servidoras de los intereses creados, no desaparezcan.  Pero, ya veremos quién puede más: si los pueblos, o los opresores de los pueblos; si los pueblos, o los explotadores de los pueblos; si la mentira, o si la verdad.
“Un principio justo” —como dijo Martí—, “desde el fondo de una cueva, puede más que un ejército.”  Y con ese instinto que tienen los pueblos para conocer la verdad, con ese olfato que tienen los pueblos, los pueblos de nuestra América, a pesar de la calumnia, a pesar de los cables internacionales, a pesar de las mentiras, cada vez se sentirán más unidos al pueblo de Cuba, y mucho más en la misma medida en que la Revolución se haga.  Y aquí la Revolución se hará, la Revolución se hará, ¡porque nada ni nadie podrá detenerla!; la Revolución se hará, porque mientras haya un pueblo como este, y mientras haya gobernantes dignos, la Revolución seguirá adelante.
¡Nunca hubo, juntos, pueblo bueno y gobierno bueno!  Hubo pueblos buenos con gobiernos malos.  Hoy, pueblo y gobierno son una misma cosa, pueblo y gobierno marchan juntos, pueblo y gobierno tienen el mismo pensamiento, la misma voluntad, la misma alma; pueblo y gobierno son una cosa sola en la Revolución.  Ya no se puede decir gobierno y pueblo, sino pueblo y gobierno, y más bien dicho todavía: pueblo que gobierna, porque es aquí únicamente la voluntad mayoritaria del pueblo la que hoy está rigiendo sus destinos, es la voluntad de nuestro pueblo la que lleva adelante la Revolución.  Y esta Revolución sí que puede hacer suya aquella consigna de Maceo cuando dijo que estaría en marcha mientras quedase una injusticia por reparar.
Muchas gracias.
FIDEL CASTRO RUZ

Fuente: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos

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