julio 09, 2012

Discurso de Fidel Castro en la concentración celebrada en la Avda. de Michellson, en Santiago de Cuba (1959)

DISCURSO EN LA CONCENTRACION CELEBRADA EN LA AVENIDA DE MICHELLSON, EN SANTIAGO DE CUBA
Fidel Castro
[11 de Marzo de 1959]

― Versión taquigráfica de los oficinas del Primer Ministro ―

Orientales:
Había estado ya varias veces en Santiago de Cuba después del primero de enero.  Los santiagueros me preguntaban cómo era que yo pasaba por Santiago de Cuba y no les avisaba, por qué no me detenía en Santiago de Cuba a hacerles la visita, y yo les respondía siempre:  estoy trabajando.
(DEL PUBLICO LE DICEN ALGO).
El pueblo no es el que está hablando; los que están hablando son los que están en la tribuna.  Siempre pasa lo mismo con los “privilegiados”: se portan distinto del pueblo.  Yo propondría que en los futuros mítines..., porque una de las cosas que se ha organizado mal hoy aquí es la tribuna.  No puedo dejar de decirlo: el acto ha sido maravilloso, la concentración es extraordinaria, asombrosa, increíble; sin embargo, la tribuna está muy mal hecha.  ¿Para qué?  
Así que yo felicito a los organizadores por la movilización que han hecho, que se debe, desde luego, fundamentalmente, al entusiasmo del pueblo, pero les critico la tribuna.  ¿Cuándo van a aprender los revolucionarios a hacer tribunas?  En las tribunas no debe haber tanta gente.  ¿Para qué tribunas, señores, aquí?  ¡Que todo el mundo, en el futuro, vaya a los mítines junto con el pueblo y se pare ahí!  
A mí no me importa.  Señores, señores, hoy no los vamos a botar, hoy los vamos a criticar.  Ellos no tienen la culpa, la culpa la tienen los que hicieron tribunas grandes.  Hay que hacer una tribuna chiquita, donde el que habla pueda ver al pueblo; porque si hacen una tribuna grande, se llena de todas maneras de personas.  Eso no tiene remedio.  El problema es hacer tribunas pequeñas para que no se nos llene de personas.  Se puede poner algún lugar para los periodistas, para los fotógrafos.
A mí no me importa hablar solo en una tribuna, ni me importa estar solo.  Eso no me preocupa.  Mi deber es ese, y no me queda más remedio que cumplirlo, sencillamente.  Me paro solo, aunque esté solo en una tribuna.  No me preocupa absolutamente nada.  Así que eso es para el próximo mitin, porque no creo yo que sea este el último acto revolucionario que tengamos que organizar.
Yo les explicaba...  Que no me vayan a hacer quedar mal los del pueblo, ahora.  Yo les explicaba que hoy cuando me preguntaban por qué no me reunía con el pueblo, les explicaba que estaba trabajando; que yo no tenía por qué estar dando un acto en todas partes; que yo no tenía por qué estar agitando dondequiera que llegase; que yo reuniría a los santiagueros y al pueblo de Oriente cada vez que fuese necesario, pero que si yo venía a Oriente para visitar la Sierra Maestra, para inspeccionar una cooperativa, para atender cualquier problema, no tenía que estarme exhibiendo, porque mi trabajo no es estarme exhibiendo, mi trabajo no es estar agitando.
Sin embargo, esta vez fue necesario reunir a los orientales.  ¿Para hablarles solamente?  ¡No!  Yo le puedo hablar al pueblo a través de la radio, a través de la televisión...  (EXCLAMACIONES DE: “¡No se oye!”).  Les decía que yo podía hablarle al pueblo de distintos modos: por la radio, por la televisión, por la prensa.
¿Por qué, sin embargo, fue necesario reunir al pueblo?  Fue necesario reunirlo porque el pueblo es la fuerza de la Revolución; fue necesario reunirlo para demostrar la fuerza de la Revolución.
Los sacrificios que ustedes han hecho acudiendo aquí desde todos los rincones de Oriente, no son sacrificios inútiles. Han venido aquí a respaldar con su presencia al Gobierno Revolucionario; han venido aquí a demostrar con el número de compatriotas que se ha reunido, la fuerza de la Revolución; han venido aquí para demostrar que la Revolución tiene respaldo, que la Revolución es fuerte, que la Revolución está alerta, que la Revolución es invencible.
Reunir aquí al pueblo es un paso de avance revolucionario.  No hemos reunido al pueblo por gusto, lo hemos reunido cuando la Revolución comenzó a encontrar los primeros enemigos, cuando la Revolución comenzó a encontrar la primera oposición.  No es que la Revolución haya carecido de enemigos desde el primer momento, hay ciudadanos que son enemigos natos de la Revolución, que son enemigos de todas las revoluciones, pero no surgieron desde el primer día.  Los enemigos de la Revolución estaban silenciosos, no se atrevían a hablar en los primeros días.  Pero todos sabíamos que cuando las aguas fuesen poco a poco volviendo a su nivel, los enemigos de la Revolución comenzarían a asomar sus orejas.
Y ha sido aquí, precisamente, en la provincia de Oriente, la provincia que llevó todo el peso, o mejor dicho, el peso principal de la lucha contra la tiranía, la provincia heroica, la provincia revolucionaria donde, junto a ese espíritu heroico y patriótico de la inmensa mayoría del pueblo oriental, comenzaron a surgir las primeras manifestaciones contrarrevolucionarias.
Un incidente sirvió como pretexto: el incidente de los pilotos.  ¿Qué se quería?  ¿Qué se pretendía? ¿Que los pilotos fuesen absueltos?  (EXCLAMACIONES DE: “¡No!”) ¿Qué se pretendía, que el pueblo de Oriente, que sabe lo que son bombardeos y ametrallamientos; que el pueblo de Oriente, que sabe lo que son los ataques aéreos porque los sufrió durante dos años y los sufrió en toda la provincia, porque no hubo lugar de Oriente donde no hiciesen acto de presencia los aviones de ametrallamiento y bombardeo piloteados por criminales de guerra...?
¿Quién no sabe aquí lo que es un B-26 cargado de bombas?  ¿Quién no sabe aquí lo que son los aviones de caza ametrallando con ocho ametralladoras calibre 50?  ¿Quién no sabe aquí lo que son los cohetes?  ¿Quién no sabe aquí lo que son las bombas de napalm?  ¿Quién no sabe aquí el terror que sembraron durante dos años? ¿Y qué se pretendía? Inferir al pueblo de Oriente la humillación de que los criminales de guerra, los más cobardes criminales de guerra, que fueron los pilotos, porque volaban bajito, porque sabían que no teníamos antiaéreas, porque sabían que el pueblo estaba indefenso…  ¿Qué se pretendía, que los pusiésemos en libertad? ¿Qué se pretendía?  ¿Inferir al pueblo de Oriente esa humillación?
El incidente de los pilotos sirvió para demostrar lo que es la irresponsabilidad, lo que es la falta de patriotismo, lo que es la conducta de aquellos elementos de la sociedad que viven desvinculados por completo del dolor y de los sentimientos del pueblo.
¿Qué ocurrió a raíz de la sentencia que absolvía a los pilotos criminales?  ¿Qué ocurrió?  Pues recibo la noticia por los periódicos: “Absueltos los pilotos.”
¿Qué hice?  ¿Cómo reaccioné?  Es cierto que se trataba del Primer Ministro, es cierto que tengo una responsabilidad oficial.  Pero también es cierto que antes que Primer Ministro y primero que Primer Ministro y siempre antes que Primer Ministro, seré revolucionario.
Yo no hice revolución para ser ministro; yo no hice revolución para ostentar cargos.  Yo hice la revolución, yo inicié esta lucha revolucionaria, convoqué al pueblo a la lucha, logré el respaldo del pueblo y junto con el pueblo se hizo esta Revolución, primero, para derrocar la tiranía y, después, para hacer justicia.  Los cargos no me importan.
Antes que nada, yo sabía que algunos me iban a criticar, yo sabía que algunos iban a sacar a relucir que yo no debía hacer declaraciones sobre una cuestión como esa, puesto que por ser Primer Ministro podía interpretarse como una interferencia en las actividades de los Tribunales Revolucionarios.  Yo lo sabía y eso no me importó.  Lo que no me hubiera perdonado nunca, lo que hubiera constituido un abandono de mis deberes como revolucionario, lo que hubiera constituido una falta a mis obligaciones para con la nación, hubiera sido permitir que esos pilotos hubiesen sido puestos en libertad.  Que después que los libertásemos, se marchasen de nuevo a Santo Domingo, se uniesen allí con el resto de los pilotos criminales que lograron escapar y algún día volviesen a Cuba a bombardear los bohíos de los campesinos, a bombardear las casas de las familias cubanas, a bombardear nuestras ciudades; a asesinar mujeres, niños y ancianos, sencillamente, porque en Cuba se habría declarado que asesinar, que bombardear, que ametrallar ciudades indefensas, que ametrallar y bombardear bohíos indefensos, no era delito y que, por lo tanto, podían volver aquí cuantas veces les viniese en gana.
Como se trataba de una cuestión que afectaba la seguridad del pueblo, sin vacilaciones —¡sin vacilaciones de ninguna índole!— hice unas declaraciones diciendo que el fallo era un fallo erróneo, y que el Ministerio Fiscal debía apelar la sanción.  Si cuando el criminal de guerra es sancionado, tiene derecho a apelar o a pedir una revisión del juicio, ¿por qué el pueblo —el pueblo que son ustedes, el pueblo que sufrió los bombardeos, el pueblo que sufrió la tiranía— no va a tener derecho también a pedir que una sentencia errónea se rectifique, a pedir que un juicio erróneo se rectifique?  ¿Por qué el pueblo no va a tener los mismos derechos que tiene el criminal de guerra?  Si el criminal de guerra tiene derecho a recurrir, ¡el pueblo también tiene derecho a recurrir!  
Peor estaba el pueblo bajo la tiranía, porque cuando los aviones venían, cuando los bombarderos venían y ponían en peligro a las mujeres y a los hijos de los campesinos, no tenían a quién recurrir, no tenían a quién llamar, no tenían a quién apelar.  Tenían que resignarse a soportar el bombardeo, y no un día, sino todos los días; no un mes, sino dos años.  ¡Dos años soportando bombardeos, sin tener a quién acudir, sin tener a quién recurrir!
Así que cuando llegó la hora —porque a cada santo se le llega su día, como dice el refrán—, cuando les llegó la hora y cuando se hace una sentencia errónea, ¿por qué el pueblo no iba a tener derecho a recurrir? ¿Qué querían, que los pilotos se fueran?  ¿Qué querían, que nos volvieran a bombardear? Porque si estos eran inocentes, los que se escaparon también eran inocentes.  Y si no es crimen bombardear, entonces cualquier día Trujillo puede armar a esos pilotos, venir, tirar, y entonces no es delito.  Eso era lo que querían: tener al pueblo indefenso, exponer al pueblo a nuevos peligros.
Y lo bonito es que si vuelven aquí los criminales de guerra a bombardear, “no son esos abogados los que van a salir a defender al pueblo, no son esos abogados los que van a salir a pelear, no; es el pueblo.  Porque si hay libertad en Cuba, si ellos pueden hablar hoy en los tribunales, si pueden sacar declaraciones insultantes en los periódicos, declaraciones mentirosas —porque pedían garantías para el ejercicio de su profesión y, ¿quién los molestó?  ¿Quién los entorpecía?  Hablaron allí hasta por los codos, dijeron todo lo que quisieron, fueron a los periódicos, publicaron cuadros; nadie se metió con ellos.  Dijeron que eso era injusto, dijeron que eso era violar las leyes, dijeron cuanto se les ocurrió en favor de los criminales de guerra, y nadie los molestó—, si ellos tienen hoy esa libertad, no es porque estaban peleando para conquistarla; si ellos tienen esa libertad, a quien se la tienen que agradecer es al pueblo, a quien se la tienen que agradecer es a esos mismos campesinos que soportaron los bombardeos. Es al mismo pueblo que, en el campo y en las ciudades, luchó junto al Ejército Rebelde, colaboró con todos los medios a su alcance, hizo todos los sacrificios necesarios y obtuvo la victoria.
Pues, claro, ¿qué otra cosa iba a hacer el señor D'Acosta que lo que hizo en el juicio de Santiago de Cuba?  ¿Qué otra cosa iba a hacer, si cuando el pueblo estaba sufriendo los bombardeos, él era abogado del ejército de la tiranía? Si cuando el pueblo estaba sufriendo los bombardeos y el pueblo estaba peleando, él estaba en Columbia, con un uniforme amarillo, cobrando un sueldo y viviendo allí encantado de la vida.
Viene la Revolución, triunfa la Revolución. El Ejército Rebelde es generoso:  busca solo a los criminales de guerra, somete a juicio solamente a los criminales de guerra, e incluso —por lo generoso que fue, porque no quería ensañarse contra el vencido, porque no albergaba odio—, permitió que algunos de esos señores siguieran en su profesión, siguieran de auditores, siguieran, incluso, en los institutos armados.­  Digo algunos, porque a la inmensa mayoría hubo que sacarla; la inmensa mayoría se rindió.  Era un ejército derrotado; pero nosotros no quisimos ensañarnos con ese ejército, y muchos oficiales permanecieron en sus cargos.  A aquellos que no habían robado, que no habían asesinado a nadie, pues se lo quisimos tener en cuenta.  Porque yo recuerdo bien que cuando nosotros estábamos en la Sierra Maestra, lo mismo que odiábamos a un Sosa Blanco, a un Sánchez Mosquera, a un Morejón, cuando un oficial iba con su tropa y no quemaba casas, y no golpeaba campesinos, y no asesinaba campesinos, nosotros reconocíamos que era un oficial que, aunque defendiendo una causa mala, por lo menos se portaba caballerosamente con el pueblo.
Pero este señor ni peleó en el frente.  No tuvo oportunidad de probar lo que era.  Posiblemente si hubiera estado al frente de la tropa, hubiera sido tan asesino como Sánchez Mosquera o hubiera sido tan asesino como Sosa Blanco; si no, basta con ver el entusiasmo, el fervor y el interés con que ha defendido a los criminales de guerra.  Si fuera un hombre con sentimientos humanos, no hubiera demostrado tanto calor al defender a esos asesinos.
Aquí el problema no estaba en que defendiera o en que no defendiera, el problema no estaba en eso, porque nosotros mismos hemos sido los primeros en establecer que el criminal de guerra tiene derecho a un abogado.  Y cuando nadie quiere defenderlo, nosotros mismos le hemos puesto un abogado para que no quede indefenso. Lo malo fue que los defensores de los criminales de guerra no hicieron alegatos jurídicos sino alegatos políticos.  Se valieron de la oportunidad para empezar a combatir a la Revolución, para empezar a calumniar a la Revolución.
Y en los momentos en que nuestra patria, nuestro pueblo está siendo calumniado y está siendo atacado por los enemigos de la Revolución Cubana, por los periodistas mercenarios de algunos periódicos extranjeros que se venden al dinero y al oro del tirano; cuando los representantes de los intereses creados, de los intereses monopolistas extranjeros, atacan a la Revolución —que quiere decir atacar al pueblo, lo que quiere decir atacar a la patria—, salen estos elementos contrarrevolucionarios, salen estos elementos reaccionarios a hacer causa común con los enemigos de Cuba, con los enemigos de la Revolución, a darle pretexto a la campaña de difamación internacional, a darles pretexto a los enemigos de Cuba para que nos ataquen, e inmediatamente que el Colegio de Abogados de aquí tomó un acuerdo, sus colegas de la capital se sumaron también y apoyaron este acuerdo, y sus colegas del Colegio Nacional se sumaron también y apoyaron este acuerdo. ¿Qué impresión y qué sensación estaban dando fuera de Cuba?  Pues estaban dando la impresión de que aquí no había justicia.
Y cuando los muy ilustres y los muy distinguidos señores ejecutivos del Colegio de Abogados y del foro —como se les llama— hacían unas declaraciones de que aquello no era justo, de que se violaban las leyes, estaban queriendo dar a entender al extranjero que en Cuba no había justicia, que en Cuba estábamos viviendo igual que antes, que en Cuba no se respetaban los derechos.  Estaban dándoles argumentos a los enemigos de Cuba en el extranjero; estaban dándoles aliento para que siguieran en su campaña criminal.  Luego no era una cosa insignificante el peligro que significaba el problema de los aviadores en Santiago de Cuba.
Fueron tres peligros que nosotros estábamos en la obligación de conjurar:
El peligro de que los soltaran y vinieran después a bombardear otra vez.  Todo el mundo sabe que al lado de Cuba está Santo Domingo, más cerca de Oriente precisamente que de ninguna otra provincia.  Todo el mundo sabe que en Santo Domingo está Fulgencio Batista.  Todo el mundo sabe que en Santo Domingo hay muchos criminales de guerra.  Todo el mundo sabe que allí está Trujillo, que lleva cerca de 30 años oprimiendo aquel país.  Todo el mundo sabe que Trujillo es un enemigo de Cuba.  Todo el mundo sabe que Trujillo es el que les ha dado asilo, el que les ha dado albergue a los prófugos; no solamente se lo dio ahora, se lo dio también cuando el machadato.  Todo el mundo sabe que Trujillo es un asesino internacional.  Todo el mundo sabe que Trujillo es un dictador internacional.  Todo el mundo sabe que los agentes de Trujillo asesinan a sus enemigos, asesinan a los exilados políticos fuera del país, lo mismo en Cuba, que en México, que en Estados Unidos, que en cualquier parte.  Todo el mundo sabe que Trujillo tiene una especie de terror internacional implantado.  Todo el mundo sabe que Trujillo, por hacerle daño a Cuba, es capaz de cualquier cosa.
Y lo que se pretendía es que, además de los 27 aviadores que se escaparon, les mandáramos a Trujillo y a Batista completico el resto de los aviadores.  Unos aviadores que se pasaron dos años bombardeando; unos aviadores que practicaron durante dos años contra el pueblo; unos aviadores que aprendieron a tirar bombas y a ametrallar; unos aviadores entrenados, que conocen el terreno, que conocen cada pueblo, que conocen cada aldea, que conocen cada río, que conocen cada montaña.
Y, ¿qué es lo que querían, qué es lo que pretendían los que aquí enarbolaron la defensa política, los que aquí comenzaron a atacar a la Revolución porque no poníamos en libertad a los pilotos criminales?  ¿Qué es lo que pretendían?  ¿Que les enviásemos a Batista y a Trujillo sus pilotos, sus técnicos para que volviesen a atacarnos?  Y cuando así se actúa, ¿se puede ser patriota?  Cuando así se actúa, ¿se puede ser honesto?  Cuando así se actúa, ¿se puede ser honrado?  (EXCLAMACIONES DE: “¡No!”)  ¿Y cuál era mi deber, permitir que soltaran a esos pilotos?  (EXCLAMACIONES DE: “¡No!”)  ¿Permitir que quedasen impunes sus crímenes?  (EXCLAMACIONES DE: “¡No!”) ¿Permitir que Batista y Trujillo se armasen de nuevo a costa del pueblo?  (EXCLAMACIONES DE: “¡No!”)  Cuando incluso hay en Santo Domingo cinco aviones, cinco aviones cubanos, cinco aviones de los que se fueron, cinco aviones que se llevaron los criminales de guerra en su fuga, cinco aviones que pertenecen a Cuba, cinco aviones que pertenecen al pueblo; cuando están allí, cuando no los han querido devolver todavía, ¿quieren que encima les mandemos los pilotos?  (EXCLAMACIONES DE: “¡No!”)
Y no han devuelto los aviones porque, según dice Trujillo, esos aviones volaban sobre el cielo dominicano y, por lo tanto, fueron confiscados; eran naves extranjeras volando sobre el cielo dominicano.  ¡No podía ser más descarado!  Porque, precisamente, fueron allí porque era el único lugar donde los iban a recibir al seguro, sin problemas.  Además, enseguida los recibió como lo que son: sus aliados.  Y sin embargo, los aviones no los devuelve porque eran naves extranjeras.  El avión donde se fue Batista, el socio de Trujillo, el avión que le robaron a Cuba, dice que son naves extranjeras volando sobre el cielo dominicano y que, por lo tanto, se queda con él.
Su actitud no puede ser más provocativa; la actitud de nosotros no ha podido ser más serena, más ecuánime.  Incluso por primera vez, después de 70 días, es que hablo de este tema.  No ha podido ser más serena la actitud nuestra frente a la provocación del criminal Trujillo.  Hace ya mucho rato que Trujillo está interviniendo en los problemas de Cuba; hace ya mucho rato que Trujillo está perturbando los pueblos del Caribe.  No solamente fue la matanza de 10 000 haitianos.  Han sido sus crímenes cometidos en distintos países contra exilados dominicanos; han sido las intervenciones en Cuba, cuando el machadato y, con posterioridad, en reiteradas ocasiones.  Y ahora se queda con los aviones de Cuba y no le da la gana de devolverlos, tranquilamente. ¿Qué es eso si no una provocación? ¿Qué es eso si no una ofensa a nuestro pueblo?
Desde luego, les voy a decir una cosa, les voy a explicar una de las razones: este caso de Trujillo demuestra que nosotros sabemos actuar con serenidad, porque todo el mundo sabe la mala voluntad que el pueblo de Cuba le tiene a Trujillo. ¿Por qué ni me he molestado? Pues sencillamente, por una razón, por una convicción moral.  Si en Santo Domingo hubiera un gobierno de tipo democrático o semidemocrático, pues valdría la pena entonces reclamar los aviones y que los devolvieran.  Desde luego, los aviones se han reclamado por vía diplomática, pero ustedes han visto que yo no había hablado siquiera de ese tema, y es que, sencillamente, a mí me repugna dirigirme a un dictador como Trujillo, a mí me repugna dirigirme a un sujeto como Trujillo, a mí me repugna establecer ninguna clase de negociación con un gángster como Trujillo.  Y esa es una de las razones por las cuales yo ni me he molestado.
Esos aviones, o los restos de esos aviones, algún día tendrá que devolvérnoslo Trujillo.  Yo no voy a decir que sea el pueblo de Santo Domingo quien tenga esos aviones.  Quien tiene esos aviones no es el pueblo de Santo Domingo, es Trujillo. Y algún día tendrá que devolverlos, porque el propio pueblo de Santo Domingo, el propio pueblo de Santo Domingo nos devolverá los aviones que hay allí.  Nosotros no queremos que nos lo devuelva Trujillo.  Lo que deseamos es que nos lo devuelva el pueblo dominicano, cuando Trujillo haya tenido que coger otros aviones para huir también como huyen todos esos dictadorzuelos.
Todo el mundo sabe que cuando se tiene una responsabilidad oficial, tiene uno que ser cuidadoso.  Todo el mundo sabe que cuando se tiene una responsabilidad en el gobierno de un pueblo, tiene uno que contener los impulsos.  Quizás me sentiría yo mucho mejor combatiendo a Trujillo de otra forma que no fuese con palabras.  Quizás los rebeldes cubanos prefiramos la vida del combate y la vida del sacrificio mucho más que los cargos oficiales y las actividades que hoy estamos realizando. Sin embargo, nuestro deber como gobernante nos obliga a ser cuidadosos, nos obliga a no dejarnos llevar por el impulso, y tenemos que resignarnos a tener que condenar desde una tribuna a un dictador al que estaríamos combatiendo gustosamente en las montañas de Santo Domingo. Mas no es necesario que nosotros vayamos, en todos los pueblos hay luchadores, en todos los pueblos hay patriotas, y los dominicanos tienen sobrados patriotas y sobrados valientes para realizar allí la misma obra que nosotros realizamos en Cuba.
Algo les hemos dado ya.  Les hemos dado el ejemplo, les hemos demostrado lo que puede un pueblo, les hemos demostrado que lo único que tienen que hacer es comenzar, que lo único que tienen que hacer es   decir lo que dijimos nosotros: si salimos, llegamos; si llegamos, entramos; si entramos, triunfamos.
Así que a los dominicanos les hemos dado nuestro ejemplo, les hemos dado nuestra escuela, les hemos dado nuestra magnífica experiencia, y tengo la seguridad de que tarde o temprano los dominicanos iniciarán la lucha sin que nosotros tengamos que meternos, sencillamente, porque no hace falta.  Desde luego que desde que la Revolución triunfó en Cuba, Trujillo no ha hecho más que comprar aviones, Trujillo no ha hecho más que comprar armas, Trujillo no ha hecho más que organizar batallones y regimientos.  Es el miedo, el miedo que le produce el triunfo de la Revolución Cubana.
(DEL PUBLICO: “¿Cuándo nos vamos para allá, Fidel?”)
Yo sé que si se dice aquí: “Vamos para Santo Domingo”, no queda nadie.  Pero es que no hace falta, aunque, eso sí, debemos estar siempre alertas y debemos advertirle al dictador, debemos advertirle que, desde luego, tenga mucho cuidado en llegar bien lejos en sus provocaciones contra Cuba.  Ya se cogieron los aviones; está bien, ya se robaron los aviones; está bien.  No quieren devolver los aviones; está bien.  Han cometido un acto de gangsterismo internacional; está bien.  Está bien, nosotros no perdemos por eso la calma, nosotros no perdemos la ecuanimidad.
Hace unos días me llamó el Presidente de la República para mostrarme un escrito remitido desde Santo Domingo, donde el Ministro de Estado de Santo Domingo lanzaba una serie de ataques contra mí.  Y me decía el Presidente:  “Hay que hacer una protesta enérgica, hay que elevar una protesta oficial, porque usted es un funcionario del Gobierno de Cuba, usted es el Primer Ministro y lo están atacando.”  Y yo realmente me sonreí, y le dije: “Mire, Presidente, no se preocupe por eso.  ¿Cómo yo me voy a preocupar de los ataques que me dirija ese señor?  Ni se moleste, Presidente; el Gobierno de Cuba no debe molestarse.  Yo de esos ataques me tengo que reír.  Lo terrible sería que me estuviera defendiendo, lo terrible sería que me estuviera elogiando.  Pero, ¿cómo yo me voy a molestar por eso?  ¿Como vamos a tomar en serio esos ataques —le dije—, si yo también cuando voy a una tribuna hago mis juicios sobre el dictador dominicano?”
Entonces el Presidente me decía que Trujillo no era el presidente oficial de Santo Domingo, que por lo tanto los ataques que yo hacía no eran ataques oficiales, me explicaba.  En realidad viene a ser lo mismo: Trujillo es el amo de Santo Domingo, Trujillo es el amo omnímodo de Santo Domingo, y yo no ando creyendo en esas sutilezas.
Los ataques no los podía tomar en serio.  Así que se quedan con los aviones y encima nos insultan.  Está bien, eso no importa, porque Trujillo a nosotros nos tiene sin cuidado.  En cambio, Trujillo está muy asustado.
Por ejemplo, ¿qué sabemos nosotros?  Nosotros decimos: ¿Qué es lo que pueden hacer todos los criminales de guerra juntos, ayudados por Trujillo, contra Cuba?  Nada.  ¿Qué es lo que pueden hacer?  Díganme (EXCLAMACIONES DE: “¡Nada!”).  ¿Conspirar?  Nada.  ¿En dónde?  ¿Van a venir a conspirar con los rebeldes, van a venir a conspirar con los barbudos?  Si los guardias ya no están ahí, ¿con quién van a conspirar?  Bueno, ¿qué es lo que van a hacer?  ¿Desembarcar?  Desembarcar, ¿para qué? Si cuando estaban aquí con todos los aviones, todos los tanques y todos los cañones salieron huyendo, ¿para qué van a desembarcar ahora?
Por eso yo he dicho que si quieren venir no tienen que esconderse ni que preocuparse, que nosotros les prestamos los barcos para que vengan; nosotros les prestamos los barcos y hasta les damos dos o tres días para que hagan trincheras y todo eso, que no hay problemas .  Ahora, ¿qué van a hacer?  ¿Organizar guerrillas?  ¿Dónde?  ¿Dónde es que van a organizar las guerrillas?  Ustedes ven: tienen una estación de radio por allá por Santo Domingo o por Miami y dicen que la tienen en el Escambray.  ¡Oigan eso!    ¿Dónde?  Guerrillas, ¿dónde?  Guerrillas, ¿cómo? ¿Guerrillas sin el pueblo? ¿Quién los va a ayudar? ¿Los campesinos?  (EXCLAMACIONES DE: “¡No!”)  ¿Van a venir a hacernos cuentos a nosotros de las guerrillas?  Si nosotros fundamos esa universidad ahí en la Sierra Maestra y sabemos que sin el apoyo del pueblo no hay quien haga una guerra como la que hicimos nosotros.
¿Por qué el campesino se sumó a nosotros?  Porque veía en el sargento, en el capitán, en el coronel, un enemigo; porque veía en el mayoral de todos esos latifundios, un enemigo; porque no habían hecho más que abusar de él; porque cuando tenía la tierra sembrada se la quitaban y lo botaban, le daban cuatro planazos, le quitaban parte del dinero que ganaba; si tumbaba un pedazo de monte, se aparecía allí el sargento diciendo que tenía que devolverlo.  Cuando iban los guardias rurales a las casas de los campesinos, se escarranchaban en un taburete y allí no querían respetar ni a la mujer, ni a la hija, ni a la familia de los campesinos.  ¿Por qué andaban allí metiéndole miedo a todo el mundo, humillando a todo el mundo, abusando de todo el mundo, ofendiendo a todo el mundo y explotando a todo el mundo?  ¿Por qué?  Porque estaban allí defendiendo a los grandes latifundios, y todo el mundo sabía que cuando un campesino iba a protestar nadie le hacía caso.  El campesino ya ni iba a protestar.  Protestar, ¿para qué?  Iba a un juez, y el juez estaba vendido; iba a buscar un abogado, y no tenía dinero con qué pagarle; iba a buscar un sargento, y le entraba a planazos.
Entonces, cuando nosotros llegamos a la Sierra Maestra no conocíamos a ningún campesino.  Pero sabíamos que el campesino estaba explotado, sabíamos que el campesino estaba oprimido, sabíamos que el campesino había sido muy sacrificado, y muy maltratado por los sargentos y los capitanes y los abogados y los latifundistas y los jueces, y toda aquella gente.  Lo sabíamos.
Cuando llegamos, ¿qué nos encontramos?  Nos encontramos, sí, con que había mucho miedo, nos encontramos con que había unos cuantos “chivatos” por una zona, nos encontramos con que de cada 100 o 200 personas había alguno de esos que tenía alguna “botella”, o que era el que le cobraba la “bolita” al sargento, o que era el que le cobraba la tumba de monte al sargento, o el que servía de espía y de confidente al sargento.  Esos eran los “chivatos”.  Y mientras nosotros solo le pagábamos al campesino, respetábamos al campesino, ellos asesinaban, quemaban casas, se llevaban los cochinos, las gallinas, los gallos finos, y hasta el radio, cuando tenían un radio; le llevaban la ropa y se lo llevaban todo.
Y así, ahora, después que la Revolución ha triunfado, después que se acabaron los desalojos, después que se acabaron los mayorales, después que se acabaron los sargentos, después que se acabaron los jueces vendidos; ahora, cuando ya todos los campesinos que estaban en esa zona están sobre su tierra, esperando nada más los papeles, que es lo único que les falta; cuando ya todo el campesinado sabe que la reforma agraria es una realidad; cuando ya todo el campesinado sabe que se están dando los últimos toques a la Ley de Reforma Agraria; cuando ya todo el campesinado sabe que estamos reuniendo millones de pesos para comprar tractores, para comprar arados; cuando todo el campesinado sabe que va a ser redimido, que va a alcanzar los sueños de tantos años; cuando ya el campesinado sabe que tiene un gobierno suyo; cuando ya el campesinado sabe que tiene un gobierno para defenderlo ; cuando ya el campesinado sabe que los hombres que lucharon junto a él durante dos años están allá en los cuarteles, están allá en el poder, están allá dictando leyes revolucionarias para la república; cuando todo eso es una realidad; cuando estamos sembrando ya las primeras semillas de la gran cosecha que en los meses y en los años venideros recibirá la nación cubana, ¿quién se alza, quién se mete en las montañas?  ¿Quién escapa?  ¿Quién escapa, señores, quién escapa por esos firmes, por esas montañas, por esos ríos, por esos arroyos, por esos trillos que conocemos como las palmas de nuestras manos?  ¿Quién les servirá de guía?  ¿Quién les llevará comida?  ¿Quién les prestará apoyo?  (EXCLAMACIONES DE: “¡Nadie!”)  Y si cuando tenían ejércitos enteros, cuando tenían batallones enteros, cuando tenían las mejores armas, cuando tenían todas las armas, cuando tenían 30 000, 40 000, 50 000 hombres, y nosotros no éramos más que 300, no pudieron, ¿cómo van a poder ahora?
¿Quién cree, quién les puede hacer caso?  Más esas no son las únicas razones. ¿Quién de ellos tiene el espíritu de sacrificio de nuestros combatientes? ¿Quién? ¿Acaso esos soldados que cuando caminaban 100 varas por una loma estaban ya ahogados? ¿Acaso esos soldados que apenas llevaban tres días en las montañas querían volver para su casa?
¡Hombre!, ¿a quiénes les van a venir a hacer el cuento? ¿A ustedes los campesinos?  ¿A nosotros nos van a venir a hacer el cuento?
Miren, más vale que ni se tomen ellos esas molestias.  Por eso, cuando uno ve un cable internacional diciendo que si hay alzados, que si están haciendo..., señores, nos reímos, y decimos: ¡Qué ingenuos son, qué equivocados están, qué ignorantes son de lo que es una revolución y de lo que es una lucha revolucionaria!  Como si no hicieran más que cambiar las cosas, y poner esos tipos ahí, y ya.  Como si cuando se metieran allí, hasta el último campesino no se movilizara enseguida para buscarlos y capturarlos, señores.  No hay ni que tirarles.  Nosotros sí que el día que haya uno o dos, no decimos que no hay nadie. ¡Eso es ridículo, señores!  Al contrario: ¡Ojala los criminales de guerra vengan, ojala se metan en las lomas!  Porque si escaparon de Columbia, de la Sierra Maestra o del Escambray o de Cristal, o donde se metan, no escapan más nunca, señores.
Así que el negocio de nosotros sería que vinieran los criminales de guerra.  Ese sería el negocio de nosotros.  Y si sabemos que eso es así, ¿quién se preocupa aquí?  Nadie.  Así que, por eso, mientras Trujillo está asustado, corriendo, comprando aviones, porque sabe que si se les meten allí unos cuantos dominicanos y se les alzan, lo derrocan, nosotros estamos tranquilos, absolutamente tranquilos. ¿Qué es lo único que puede hacer Trujillo? Provocaciones, venir un día con sus aviones a tratar de hacer daño, a tratar de provocar, a tratar de atacar.
Vean si no lo que está pasando en Haití: un presidente títere ahí, un infeliz asustado, que mantiene allí la opresión sobre el pueblo de Haití. ¿Qué hace?  Estar llamando a los americanos, diciendo que hay amenazas; estar llamando a los americanos, y diciendo que tienen que intervenir; estar llamando a los americanos para decirles que tiene que haber orden aquí en el Caribe y que hay provocación.
Así que mientras provocan a Cuba, mientras se quedan con nuestros aviones, mientras les dan albergue a los criminales de guerra, se confabulan Trujillo y el dictador de Haití para estar escandalizando.
Yo he leído los cintillos, y ni me he molestado en contestarles, señores, ni me he molestado en contestarle a ese infeliz, porque tanto él como Trujillo están asustados.  ¿Y qué hacen?  Hablarles a los americanos.  Para que intervengan ¿dónde?, para que intervengan ¿dónde?, porque aquí, en Cuba, aquí no interviene nadie.
Y es bueno advertirlo para que no se pongan con provocaciones; es bueno advertirlo para que no se pongan con provocaciones y después estén llamando a potencias extranjeras para que se inmiscuyan en los asuntos nuestros.  Porque si ellos son tan inciviles, porque si ellos son tan traidores, porque si ellos son tan indignos que llaman a potencias extranjeras para que les saquen las castañas del fuego, aquí nosotros somos lo suficientemente patriotas y lo suficientemente dignos para decir que aquí no interviene nadie.  Y que nosotros sabemos cómo se defiende el honor, la dignidad y la soberanía de nuestra patria.
Y lo advierto a tiempo, lo advierto a tiempo para que no se valgan de esos pequeños pretextos, no se valgan de esa intriga y no se valgan de esas provocaciones para decir que hay problemas en el Caribe.  Porque, además, el Caribe es nuestro, ¿saben?, y nadie tiene que intervenir aquí en Cuba, por lo menos en nuestra patria nadie tiene derecho a intervenir ni permitiremos que nadie intervenga.
Bueno es advertir esto, porque estos pueblos —el haitiano y el dominicano— están padeciendo ahora lo que padeció el pueblo cubano.  Son pueblos oprimidos, son pueblos sometidos al hambre, son pueblos sometidos a la miseria. Y como esos dictadores tienen miedo al pueblo, porque vieron lo que pasó en Cuba, están tratando de buscar el apoyo de potencias extranjeras.  Eso es lo que les pasa. ¿Para qué? Para mantener la opresión y la esclavización de sus respectivos pueblos, para mantener allí las tiranías, para mantener allí el poder sanguinario y dictatorial.  Y con ese propósito están provocando a Cuba.
Pero Cuba está en calma, Cuba está ecuánime, Cuba se sonríe, porque Cuba está firme, Cuba está segura; Cuba, en su Revolución, es invencible.
Así, mientras ellos se asustan, nosotros estamos tranquilos.  Nosotros sabemos que tenemos una fuerza más poderosa que los tanques, más poderosa que los cañones y que los aviones, y es la fuerza moral, es el ejemplo.  El ejemplo que ha dado Cuba es más poderoso que todos los cañones y todos los aviones y todas las armas que tienen esos señores.  Y ese ejemplo será lo que guíe el espíritu rebelde y el espíritu revolucionario de los dominicanos y de los haitianos.  Un día se desploma todo aquello, porque aquello está muy podrido, porque aquello está muy carcomido, y porque basta ya —dicen los pueblos— de dictadores que están 20, 25 y 30 años, asesinando, esquilmando y explotando a los pueblos .
Bueno es que analicemos estas cosas para que se comprenda mejor la actitud de los defensores políticos de los criminales de guerra.  Lo que querían era sumar más enemigos; lo que querían era que Trujillo tuviera más pilotos y más bombas, más pilotos para poder atacar a Cuba.  Eso es lo que querían; darles armas a los enemigos de Cuba, darles pilotos a los enemigos de Cuba.  Y hablaban en nombre de la ley.  Hay dos clases de leyes: la ley justa y la ley injusta. Hay dos clases de derechos: el derecho justo y el derecho injusto.  Derecho justo es el que la Revolución está haciendo; leyes justas son las que la Revolución está haciendo.  Leyes injustas, derecho injusto, eran las leyes y era el derecho anterior, porque las leyes y el derecho que permitían los abusos que se han cometido en Cuba no pueden ser leyes justas, no pueden ser un derecho justo.
Y aquellos abogados que están acostumbrados a las cosas injustas, son los abogados que cuando se presenta una demanda contra un infeliz inquilino que botaron de su trabajo, o se quedó sin trabajo, o se le enfermaron los hijos y tuvo que gastar el dinero del alquiler en médico y en medicinas, llega el abogado con un juez y lo demandan; y aunque la madre se les arrodille, aunque los hijos lloren en su presencia y les digan que tienen hambre y les digan que están enfermos, que no los boten a la calle con sus muebles y con su familia, ellos permanecen impasibles, no les importa.  Llaman al policía, llaman al juez, y echan a la calle al inquilino con su mujer y con sus hijos, y les echan los muebles a la calle y ni siquiera les dicen dónde pueden ir a parar con sus muebles.  Los ponen en el medio de la calle.
Son esos abogados que cuando llega la hora de que un geófago bote a un campesino, o a 100 campesinos o a una aldea entera, de las tierras donde han estado trabajando por años, buscaban al juez, buscaban al sargento; llegaban, botaban a los campesinos, no les importaba los años que llevaban allí, no les importaba que se quedaban sin sustento, no les importaba el dolor de aquella familia, los lanzaban de sus tierras como si fuesen animales, y no se compadecían del dolor de esos campesinos.  Ellos eran los intérpretes de la ley.  Venían con una Gaceta Oficial vieja y amarilla, y con su Gaceta Oficial vieja y amarilla, con su juez, y su sargento y su mayoral, botaban a los campesinos.
Esa era la justicia.  Así se ganaban la vida, así se ganaban el dinero.  ¿Que venía un especulador, un comerciante grande, vendía a precio de bolsa negra, le robaba a todo el mundo?  Enseguida estaban allí defendiéndolo, para que no fuera a la cárcel, y le cobraban.  Así se ganaban la vida.
El campesino no, el campesino tenía que soportar todo eso.  Cuando venía un malversador, un ladrón de esos que se ha robado millones de pesos, cuando venía un criminal poderoso, allí estaban ellos, lo defendían.  No les importaban los familiares de las víctimas, no les importaban los intereses de la república.  Los defendían y los absolvían.
¿Quiénes iban aquí a la cárcel?  A ver, ¿en Cuba para quién se hicieron las cárceles?  Para el infeliz, para el que se robaba dos gallinas.  ¡Ah!  El que se robaba dos gallinas, ese, ese iba a la cárcel seguro.  Ahora, el que se robaba 2 millones de pesos, el que se robaba 2 millones de pesos, ese no iba a la cárcel ni por casualidad.  ¿Cuándo hemos visto a un solo malversador de esos que se ha robado un millón de pesos en la cárcel?  ¿Cuándo?  ¡Nunca!  (EXCLAMACIONES DE: “¡Ahora!”)  ¿Ahora?  ¡Ahora están desaparecidos de la órbita de la tierra!
Yo digo que si esto es verdad o no es verdad (EXCLAMACIONES DE:  “¡Es verdad!”).  Es una verdad completa, es una verdad absoluta, pero verdades que nunca nadie le quería decir al pueblo, porque, ¿dónde lo iban a escribir?  ¿Por dónde?  Porque aquí los únicos que escribían...; no era el guajiro que no sabía leer ni escribir, allá metido en la loma pasando hambre.  El infeliz no podía ni escribir ni hablar.  No le hacían caso.  Lo querían mantener en la ignorancia, porque un hombre ignorante puede ser engañado, un hombre ignorante puede ser confundido.
Y así veíamos lo que pasaba aquí:  que llegaban las elecciones y venían los politiqueros malos, los politiqueros corrompidos; llegaban al campo, llegaban a la ciudad con su rollo de billetes, encontraban gente hambrienta y enseguida hallaban a alguien que tocara una guitarra, enseguida hallaban a alguien que hiciera un comitecito; llegaban allí y le ponían la mano arriba a la gente; llegaban por ahí y buscaban a todos los compadres, para que los compadres buscaran gente que votara por ese señor.
Y esto, ¿por qué?  Porque mantenían al pueblo en la ignorancia y el campesino no sabía nada.  Y muchas veces, cuando llegaba un representante, aunque fuera un ladrón, por el hecho de que se tratara de un representante, se sentía de lo más contento de que estuviera en su casa.  Claro, si ahora el campesino ve llegar a un tipo de esos allí, yo le digo que tiene que salir corriendo el tipo por todo aquello, porque el campesino ha aprendido mucho, la Revolución le ha enseñado mucho, la guerra le ha enseñado mucho.  Y yo les digo que hasta los niños, porque conmigo andaba hoy un niñito de la Sierra Maestra que tiene siete años, y andaba conmigo visitando los ministerios.
Era un niño que lo habíamos conocido en ocasión de una de las operaciones militares que se hicieron cerca de la Carretera Central; un niño muy inteligente que estaba paseándose por allá, por los edificios, de lo más campante.  Y aquello me revelaba lo que era nuestra Revolución, aquello me producía una emoción profunda viendo aquel niñito de la Sierra Maestra, que era como un símbolo —aquel niñito que nunca hubiera salido de las montañas—, paseándose por las calles, tan natural; entrando en los edificios, tan natural; y allí conversando con los demás, tan natural.  Aquel niño era un rey, aquel niño era el símbolo, aquel niño era el símbolo de la niñez, que va a tener lo que no tuvo nunca, de la niñez que no se quedará en la ignorancia, de la niñez que si tiene inteligencia será el día de mañana la que trabaje para la patria .  Será culta, será culta y será útil.
Para mí aquel niño era un símbolo.  Para mí aquel niño significaba toda la pureza, toda la grandeza y toda la transformación que a nuestra patria está conduciendo la Revolución Cubana.
Eso es lo que vemos hoy, no lo que veíamos ayer.  Al pueblo lo mantenían en la ignorancia, porque únicamente sobre un pueblo ignorante podían mantenerse las camarillas políticas; únicamente sobre un pueblo ignorante podían mantenerse los malos gobiernos; únicamente sobre un pueblo ignorante podía erigirse una tiranía sangrienta.  Por eso mantenían al pueblo en la ignorancia, por eso no había escuelas, por eso no había maestros.  Por eso, y por otras muchas razones, no había reforma agraria.  Por eso no había hospitales, porque, como no había hospitales, como los hospitales eran pocos, cuando al campesino se le enfermaba el hijo, cuando al campesino se le enfermaba la mujer —y cuando digo campesino digo pueblo en general—, tenía que tocar a las puertas de un político y decirle:  “Mi hijo se está muriendo y no tengo dinero, présteme 10 pesos; mi mujer se está muriendo y no tengo dinero, présteme 10 pesos; mi mujer está enferma y no tengo hospitales, déme una recomendación, déme una carta para el director del hospital, para que me acepten allí, para que me admitan, para que se salve mi mujer.”
Y entonces, el político le daba la carta y le tomaba la dirección.  Le hacía el favor y le pedía el voto, y le hacía creer al campesino que le había salvado la vida de la mujer, que le había salvado la vida del hijo; que era bueno.  Y como el campesino es noble, como el campesino es agradecido, cuando llegaban las elecciones le daba su voto.
¿Qué le convenía al político, que hubiera o que no hubiera hospitales?  Le convenía que no hubiera hospitales, como le convenía que no hubiera escuelas.  Y cuando quería mandar a su hijo a un colegio, porque el niño era precoz, porque el niño era inteligente, porque el niño prometía; cuando quería mandar al hijo a un hospital de inválidos, cuando quería obtener el menor servicio del Estado, pues entonces le cobraban con el voto, porque le vendían el favor.
Por eso no había hospitales, ni había escuelas.  Porque hasta para buscar trabajo había que buscar la recomendación de un político; para trabajar en las obras del Estado había que buscar la recomendación de un político.  Hasta para cortar caña, como dicen aquí, había que buscar la recomendación de un político.
¿Y qué pasaba?  Que el país se mantenía en el atraso.
¿Cómo iba a haber acueductos, cómo iba a haber hospitales, cómo iba a haber alcantarillado, cómo iba a haber pavimentación de calles si, además de que no les convenía, se robaban el dinero?  ¿Cómo no va a resultar lógico, cómo no comprender que todas las ciudades de Cuba estén sin acueductos, sin escuelas, sin alcantarillados, sin filtros, sin pavimentación, en definitiva, que no haya nada en Cuba?
Si ustedes recorrieran los pueblos como los recorro yo, si ustedes visitaran todas las aldeas y todos los pueblos de Cuba, se asombrarían de ver las cosas que hacen falta.  Hacen falta por lo menos 2 000 millones de pesos para construir todo lo que hace falta.
(DEL PUBLICO LE DICEN: “¡No los tenemos!”)
Los buscamos y lo construimos, porque para eso estamos aquí.  No lo podremos hacer en un día, pero lo haremos, y eso es lo que importa.  Nos tardaremos un año, o dos, o tres, o cuatro, pero lo haremos, que eso es lo que importa.  No podremos hacerlo como por arte de magia, porque no somos magos.  No podremos hacerlo en unos minutos, como sería el deseo de todos nosotros; pero sabemos que aunque tengamos que pasar mucho trabajo, que aunque tengamos que luchar mucho, que aunque tengamos que hacer muchos sacrificios, todas las ciudades y todos los pueblos de Cuba tendrán escuelas, tendrán hospitales, y tendrán acueductos, y tendrán filtros, y tendrán alcantarillados y tendrán todas las obras.
Porque hoy vamos a un pueblo y nos piden una escuela, un centro escolar.  Es lo que más desean, pero no es eso lo único que necesitan.  Lo necesitan todo: casa de socorros, si no tienen hospitales; necesitan alcantarillados, necesitan pavimentación, necesitan parques, necesitan stadiums.  Piden una sola cosa de las muchas que necesitan.  Y yo llevo mi libreta, y cada vez que paso por un pueblo se me llena una hoja de la cantidad de cosas que necesitan los pueblos.  Es extraordinario el abandono.
Y no solo eso. Va usted a las cajas de retiro, va a buscar, por ejemplo, el retiro azucarero y se encuentra que a los jubilados les pagan una miseria de 20 o 25 pesos, y que las cajas están todas arruinadas; va al retiro de transportes y se encuentra que la caja está arruinada, que hay 15 000 obreros del transporte y que no hay un centavo y que hace falta un millón de pesos mensuales.  ¿Dónde está la recaudación?  Se la llevaron, o no pagaron, o hicieron un negocio turbio con ella.
Va usted a los demás retiros y se encuentra lo mismo.  Va al Banco Nacional y se encuentra las reservas agotadas.  Va a informarse de las deudas y se encuentra que se deben 1 200 millones de pesos.  Va a ver en qué se ha invertido el dinero de los retiros y el que no se lo han robado, lo han gastado en burocracia o si no lo han invertido en alquileres.  Vamos a rebajar los alquileres y nos encontramos con que tenemos que rebajar muchos edificios que pertenecen a los retiros.
Eso no tiene ni pies ni cabeza, invertir precisamente el dinero de los retiros en alquileres; o sea, convertir a los obreros en explotadores de otros obreros, invertir el dinero de los trabajadores en casas que otros trabajadores van a tener que pagar.  ¿Qué sentido tiene esto?
¡Todo arruinado, todo abandonado, todo atrasado!
Va usted a la agricultura y se encuentra latifundios que tienen 14 000 caballerías de tierra, 10 000 caballerías de tierra, 6 000 caballerías de tierra; va a los campos y se encuentra 200 000 familias sin tierra, sembrando en la guardarraya su conuquito de maíz o de yuca que viene el mayoral y se lo tumba, que viene el guardia rural y se lo chapea.  Eso era lo que había aquí.  ¡Había!, ¿saben?, ¡había!  
Caña, caña y caña.  ¿Y la caña de quién?  ¿Dulce para quién?  Mucha caña y ningún árbol, mucha caña y ninguna casa decente, niños barrigones comidos de parásitos, mucha caña y muchos muchachos descalzos, mucha caña y muchas mujeres enflaquecidas, enfermas y hambrientas; mucha caña y muchos hombres en el campo sin trabajo, sin tierra, sin casa, sin salud.  Eso es lo que ha sido nuestro campo, eso es lo que había aquí.  Y para mantener eso es que había miles y miles de soldados; para mantener eso compraron aviones, compraron tanques; para mantener esos privilegios es que había gobiernos aquí.
¡Ah!, ¿y qué querían? ¿Que Cuba siguiera así?  ¿Qué querían? ¿Que una familia ganara 80 pesos, 60 pesos, y pagara 50 de alquiler?  ¿Qué querían?  ¿Que la familia en vez de comprar alimentos, en vez de comprar ropa, en vez de tener un día de recreo al mes, tuviera que pagarlo todo en alquiler? ¿Qué querían?  ¿Que siguiera el negocio? ¿Y qué negocio, qué utilidad producía a la república invertir millones de pesos en casas de alquiler que no le daban trabajo a nadie, excepto cuando la estaban construyendo; que era un capital invertido en eso que servía para extraer, mes tras mes, un porcentaje altísimo del ingreso de la familia?  ¿Era eso justo?  ¿Era eso económico?  (EXCLAMACIONES DE: “¡No!”)
¿Por qué no se hicieron fábricas?  ¿Por qué no se hicieron fábricas donde trabajaran los obreros, donde se produjeran riquezas, donde se produjeran artículos de consumo? ¿Por qué? ¡Ah!, porque era mucho más cómodo comprar la casita de apartamentos, las casitas de apartamentos, de 30 o 40 apartamentos.  Invertían el dinero en eso.
¡Ah!, ¿qué hicieron durante 50 años? ¿Acaso resolvieron el problema de la vivienda?  ¡No!  No lo resolvieron, porque yo veo que la inmensa mayoría del pueblo vive en un cuarto, en un solar, en una casa de esas que se está derrumbando y viven 200 personas, en Santiago, en La Habana, en todas partes; vas al campo y no hay vivienda.  No resolvieron el problema de la vivienda, lo que hicieron fue hacer negocios.
Llega la Revolución y dice: Lo siento, pero se acabó este negocio; lo siento, pero ustedes no han resuelto el problema de la vivienda.  Ustedes no han hecho más que extraer millones para construir más casas que siguen siendo caras, que siguen extrayendo el dinero de los ingresos familiares.  Y hemos dicho: eso no conviene a la economía; más vale que ese dinero lo inviertan en la bodega, en comprar alimentos, comprar ropa, comprar zapatos, comprar medicinas y comprar todo lo que necesitan.  Porque si el dinero que se paga en alquileres va a parar a un banco, entonces, ¿qué pasa?  Pues que no beneficia a nadie.  Si el dinero se queda en manos de los inquilinos, entonces los inquilinos van a una tienda y compran.
Cuando un inquilino compra una vara de tela o un par de zapatos está ayudando al obrero y al industrial que fabrican esos zapatos, les está dando trabajo a más trabajadores.  Porque si liberamos 2 millones de pesos y se compran 100 000 pares de zapatos más todos los meses, pues se necesitan muchos cientos de obreros y muchos miles de obreros más para producir zapatos.  Y le damos trabajo al zapatero, y le damos trabajo al curtidor, y le damos trabajo al que trabaja en la curtidora, y le damos trabajo al que trabaja en la tienda, y le damos a ganar a todo el mundo.
Ese dinero no solamente lleva algo más de bienestar a la familia, sino que lleva bienestar también a muchas personas que están ganándose la vida con su trabajo, y llevan el bienestar también a los que hoy están sin trabajo.  ¿Por qué?  Porque no hay dinero, no hay quien compre.  Y si no hay quien compre, no hay quien trabaje en las fábricas.
¿Qué se necesita?  Que el pueblo tenga dinero para que el pueblo compre y para que cuando el pueblo compre las fábricas funcionen, para que se pongan nuevas fábricas, para que todo el mundo trabaje aquí, para que todo el mundo se gane aquí la vida decorosamente.
(DEL PUBLICO LE DICEN: “¡Que haya trabajo!”)
¡Claro!
Tengo que decir de todo el mundo, de todos los pueblos.  Pero es muy importante esto.
Venimos y hacemos una rebaja de alquileres.  ¿Es porque nosotros les tengamos odio a los dueños de casas de alquileres?  ¡No, señor!  Nosotros no le tenemos odio a nadie, nosotros no hacemos leyes por odio; nosotros hacemos leyes por amor a la justicia.  Nosotros no hacemos leyes por fastidiar a nadie ni amargarle la vida a nadie; nosotros hacemos leyes por beneficiar al pueblo.
Hacemos una ley que rebaja los alquileres hasta un 50%.  Dicen que es mucho.  Bueno, en primer lugar, voy a explicar esto: si nosotros no cortamos por lo sano no resolvemos nada.  Todos los gobiernos han hecho su rebajita de alquileres: un 10%, un 15%, una bobería, algo para contentar al pueblo y dejar todo como está.
¿Nosotros qué hicimos?  Lo primero que hicimos fue crear el Instituto de Ahorro y Viviendas.  Y ya cuando estuvo el Instituto de Ahorro y Viviendas organizado, para que no se paralizaran las construcciones, no habíamos rebajado los alquileres.  ¿Y qué pasó?  Que las construcciones se paralizaron de todas maneras desde el primer día.
Nosotros esperando que el Instituto de Ahorro y Viviendas estuviera organizado y que hubiéramos ya organizado a los miles y miles y decenas de miles de obreros para hacer casas por millares y millares, ¿comprenden?; estábamos esperando que estuviera organizado, y nos encontramos con que, sin embargo, las construcciones estaban paralizadas.  Y dijimos:  pues no esperamos más, vamos ya; porque si de todas maneras no van a construir ahora y después no van a construir más, vamos a hacer la rebaja.
Nos encontramos distintos casos que nos dicen que la rebaja ha afectado lo mismo a quien tenía nada más que 10 casitas que al que tenía 100.  Bueno, ¿y qué culpa tenemos nosotros?  Nosotros sí nos preocupamos en la ley por aquellas viudas, por aquellas familias que tienen una sola casa o dos o tres casas pequeñas y no tienen ingresos superiores a 150 pesos.  En esos casos sí nos preocupamos de no rebajarles el alquiler, porque sería enriquecer a unos empobreciendo a otra familia pobre.
Entonces rebajamos los alquileres no de las casas viejas, o sea de los que estaban viviendo todavía en las mismas casas que hace 20 años.  A esos no, porque ya se habían rebajado los alquileres y los alquileres eran bajos en aquel tiempo.  No me refiero a las casas donde se mudaron los inquilinos y los dueños los aumentaron, porque esos casos sí están comprendidos en la ley, ¿saben?, esos sí, aunque sean casas viejas, ¡sí, aunque sean casas viejas!
Pero nosotros nos preocupamos de proteger en la ley al que tenía una casita o dos o tres casas pequeñas y no ingresaba más de 150 pesos.  Ahora, de ahí para arriba, tuviera 10, tuviera 500 o tuviera 1 000 casas, teníamos que hacer la rebaja.  ¿Qué culpa tenemos nosotros de eso?  La culpa la tiene precisamente el alquiler, porque gracias al alquiler el que tenía más casas cada vez tenía más casas; porque mientras el que tenía 10 a lo mejor nada más podía construir una más todos los años, el que tenía 100 podía construir 10 más todos los años, y el que tenía 1 000 podía construir 100 más todos los años.  Luego, cada vez los que tenían más casas era mayor la proporción de casas que tenían.  ¿Por culpa de qué?  Pues por culpa del alquiler sencillamente.
Entonces, ¿qué vamos a hacer nosotros, una ley que diga:  se rebaja el 50% para el que tiene 500 casas, se rebaja el 49,6% al que tiene 470, se rebaja el 48%, etcétera, etcétera, etcétera, hasta llegar al que tiene 10 casas?  ¿Quién entendería esa ley, señores?  ¡Eso no tiene pies ni cabeza!
Así que se hizo la ley, y ya se sabe que a menos que hagamos un retrato para cada caso, las leyes tienen que hacerse como la hicimos nosotros; cortar por lo sano.  Porque si no cortamos por lo sano no enderezamos esto más nunca.
Aquí hay que hacer una operación quirúrgica.  Y si cuando hay que hacer una operación quirúrgica los médicos se dedican a poner mercurocromo, el paciente se muere, señores.
¿Rebajitas del 10%?  ¿Rebajitas del 15%?  ¿Rebajitas del 20%?  ¡No señor!  ¡Rebaja del 50% a todo el que paga menos de cien pesos!  Porque eso es justo y, además, es necesario.
Nadie podrá pensar que lo hago por demagogia, porque lo que yo he hecho con esta ley es ganarme muchos enemigos.  ¿Al pueblo?  El pueblo era amigo mío ya, no tenía que hacer leyes para ganarme su amistad.  Pero muchas personas que tenían edificios de apartamentos y que tenían un letrerito en la máquina que decía: “Gracias, Fidel”, han quitado el letrerito de ahí.  Ya no me dan ni las gracias —¡bueno!— y los tengo de enemigos.  Así que yo no hice esto...  Yo lo hice porque era necesario. ¿No decían que había contracción económica?  Pues vamos a ver si hay ahora contracción económica.  ¡Ah!, ¿contracción económica porque escondieron el dinero?  ¿Contracción económica porque paralizaron los trabajos?  Bueno, pues ahora no habrá contracción económica porque habrá dinero en la calle: todos esos millones que se ahorra el pueblo de alquileres.
Ya sabemos que unos han perdido más que otros; ya sabemos que unos han perdido más que otros; ya sabemos que algunos tenían hipotecada la casa.  Y me dicen: “Bueno:  pero se puso fatal el que pidió una hipoteca para terminar la casa y ahora el dinero apenas le alcanza para pagar la hipoteca.”  ¿Y qué querían?  ¿Que se pusieran fatales los cien o los cincuenta inquilinos que vivían en el edificio y que no hubiera rebaja para ellos?  ¿Qué querían?  ¿Que mientras se rebajaba para otros no se rebajara para ese inquilino? ¿Por proteger a uno perjudicar a cincuenta?  ¿Perjudicar a cien?  (EXCLAMACIONES DE: “¡No!”)  ¡Pues eso no era justo!
Desde luego que sentimos mucho esos casos; pero no era posible excluirlos, porque para eso entonces no se hace ninguna rebaja.
Ya veremos si hay algún medio de compensarlos, por ejemplo, bajando los intereses que pagan por la hipoteca, para que no solamente cargue su parte de sacrificio el dueño del edificio hipotecado, sino también el que prestó en hipotecas; rebajando parte del tanto por ciento que pagan de intereses, porque siempre hay alguna manera de compensar.  Y no se lamentan de que los que tenían 10 apartamentos salieron más perjudicados que los que tenían 100 o 1 000 apartamentos, porque todavía no saben cómo pueden salir los que tienen 100 y 1 000 casas, ¡todavía no lo saben!
Así que la reforma urbana no ha terminado todavía, porque lo mismo que en el campo estamos haciendo la reforma agraria, también es justo que hagamos la reforma urbana.
La primera Ley de Reforma Urbana fue el Instituto de Ahorro y Viviendas.  ¿En qué consistió?  Pues en acabar con el juego y en convertir la lotería en una institución de ahorro.
Antes el pueblo compraba billetes y, si no se sacaba el premio, tenía que botarlos.  Ahora el pueblo compra los bonos y, si no se saca el premio, los guarda, y al cabo de cinco años le dan lo que le costó más los intereses.  Y si lo guarda más, le dan más.  Luego, ya no se le roba al pueblo.  Y si los quiere cambiar antes de los 5 años, le dan una parte del valor, le dan el 40%, o el 50%, o el 70%, pero si espera 5 años le dan todo más un interés.  Y si espera 10 años, le dan todo más un interés compuesto.  Así que lo que antes botaban...
Porque al pueblo no se le podía quitar el juego de repente, porque si le dicen: “No juegues”, mucha gente no iba a poder quitarse el vicio ese de jugar su numerito: ya se sabe.  Porque si lo acostumbraron durante 50 años a eso, le enseñaron durante 50 años eso, nosotros no podemos venir de repente y quitárselo, porque no vamos a tener un policía a la puerta de cada casa:  ese no es el procedimiento.
¿Qué hicimos?  ¿El pueblo tiene la costumbre?  Está bien.  Lo que vamos a hacer es venderlos como antes; pero en vez de cogerles el dinero ese, guardárselo, y al cabo de un tiempo devolvérselo con intereses.  Eso fue lo que hicimos.
Y mientras tanto, ¿en qué invertir esos cien millones que se invertían en juego? Antes se invertían 100 millones en juego, y los garitos y los explotadores del juego se lo robaban.  ¿Ahora qué se va a hacer con esos cien millones?  ¡Todos los años se va a invertir en casas! ¿Qué les parece?  Y esas casas, ¿qué se va a hacer con ellas?  Pues no se van a alquilar para toda la vida, sino que se les van a alquilar a las familias y por lo que pagan de alquiler, al cabo de 10, de 12 o de 15 años se van a convertir en dueños de las casas, sin negocio ninguno, por lo que valen.
Y yo quiero que se sepa que el Instituto de Ahorro y Viviendas es la primera institución en el mundo de ese tipo y que, actualmente, en numerosos países de América, están pidiendo informes sobre el Instituto de Ahorro y Viviendas, porque es una de las instituciones más revolucionarias que se han hecho.  En vez de explotar el Estado el juego, el Estado combate el juego: convierte el juego en ahorro, invierte ese dinero en construcciones y le da al pueblo esas construcciones por lo que paga de alquiler.
Así que la primera ley fue esa.
¿Cuál fue la segunda ley?  La segunda ley fue la rebaja de alquileres.
¿Cuál es la tercera ley?  Pues una ley que vamos a hacer sobre los solares urbanizados y en las zonas de desarrollo industrial.
¿Qué pasaba aquí?  Llegaba un señor y compraba hace 30 años un solar y le costaba 20 centavos el metro.  Entonces esperaba y esperaba.  Venía alguien a construir y le decía: “No, no, no.  Yo no vendo ahora.  Estoy esperando que me hagan una carretera por aquí o me pasen la calle y que construyan allí.”  Pasaban 10 años y decía: “No, no, no.  No vendo.”  Era como el perro del hortelano:  ni construía ni dejaba construir. Esperaba que aumentara el valor, y al cabo de 20 años lo que valía 20 centavos valía 30 pesos. ¿Por qué, si no invirtió un centavo más allí?  ¿Por qué, si no invirtió un minuto de su trabajo, se va a aprovechar del trabajo de otro, del que construyó una calle, del que construyó un edificio por ahí, para enriquecerse con el trabajo de otro, sin haber invertido ni un minuto de trabajo ni un centavo en el solar?  ¿Por qué?
Cuando se iba a poner una fábrica que les iba a dar trabajo a muchos obreros, que iba a producir riquezas, que iba a ahorrar divisas, no se podía poner la fábrica, porque cuando iban a comprar el terreno, el terreno valía más que las máquinas.  No se podían hacer fábricas.  Eso iba contra el progreso, eso iba contra el desarrollo industrial.
Vamos a dictar una ley revolucionaria declarando propiedad del Instituto de Ahorro y Viviendas todos los solares urbanos urbanizados y todas las áreas de desarrollo industrial.  Y entonces —fíjense bien— se indemnizará esos solares a sus actuales dueños cuando alguien quiera construir allí.
Si llega una familia y dice: “Quiero construir aquí”, y el solar valía 50 pesos o valía 30 pesos, el Instituto de Ahorro y Viviendas le dirá: “Bien, usted puede construir ahí.  El solar le cuesta cinco pesos”.  Y el Instituto de Ahorro y Viviendas tasará el valor de los solares.  Cuando venga una fábrica —que necesitamos fábricas—, cuando venga un inversionista que quiera poner una fábrica y diga: “Tengo un millón para poner una fábrica.  Necesito terreno”, le decimos: “Ahí tiene terreno.  Ese terreno, en vez de costarle 30 pesos el metro, como usted va a poner una fábrica y la fábrica va a dar trabajo, le va a costar a dos pesos o a dos cincuenta el metro; o sea, le va a costar diez veces menos que lo que le costaba antes.”  ¡Para que se pongan fábricas y para que el pueblo trabaje!  
El que tiene un solar para construir su casa, no se le toca.  Ese puede ir al Instituto de Ahorro y Viviendas y decir: “Oiga, quiero hacer mi casa.  Necesito que me preste 5 000 o 10 000 pesos.”  Entonces el instituto le presta el dinero, y fabrica su casa en su propio solar.
Así es que ahora en vez de pocas construcciones, va a haber tres veces más construcciones, porque va a haber facilidades para las construcciones, ¡va a haber facilidades para las construcciones!  Y al dueño del solar se le pagará por lo que vale el solar, por lo que valía antes el solar, y por lo que convenga a las necesidades del pueblo.
¿Por qué?  ¿Qué es lo que pasa hoy día?  Pues el solar en la ciudad, la tierra, vale a 50 pesos el metro cuadrado.  Entonces el empleado público, el obrero que vive en la ciudad, tiene que pagar de alquiler más caro que en ninguna otra parte; tiene que pagar los 50 pesos que está valiendo la tierra.  Y aquella tierra no tiene razón para haber aumentado de valor porque en aquella tierra no se hizo nada, en aquella tierra no se invirtió ni un minuto de trabajo ni un centavo.
Esa es la tercera ley revolucionaria de la reforma urbana, y va a ser una de las leyes más revolucionarias de este gobierno, porque va a facilitar que todo el mundo tenga su casa; va a abaratar las construcciones.
Ahora, cuando el Instituto de Ahorro y Viviendas, haga la casa para una familia, en vez de cobrarle a 30 pesos el metro de tierra, le cobrará tres o cuatro pesos, y ya en tierra le ahorrará una parte considerable de gastos.  Después le hará la casa y, por el dinero que le preste, le cobrará solamente un 5% para pagarles el interés a los que tienen los bonos.
Me dirán ahora que eso es un abuso.  Me dirán que eso es un abuso, seguramente, y yo diré: No.  Abuso es haber comprado ese terreno a 20 centavos para venderlo a 30 pesos, sin haber gastado allí un solo centavo más.  Eso sí es un abuso, porque eso perjudica la economía del pueblo, eso ha perjudicado a todas las familias pobres.  Aquí nadie pensaba en hacerse una casa porque le aterrorizaba pensar el número de pesos que valía un metro de terreno, y por eso nadie construía, y se pasaban años y años pagando la casa.  Aquí hay familias que han pagado tres veces la casa donde viven, porque llevan 20, 25 y 30 años pagando alquiler; han pagado tres veces y nadie les ha dado facilidades para construir su casa.
Me dirán que es un abuso, y yo diré que no es un abuso, que les pagaremos por la tierra algo.  Y solamente porque no queremos adoptar medidas drásticas, porque no queremos dejar de dar alguna compensación a los que tienen esos solares; porque yo considero, en definitiva, que la tierra cubana era de los indios que vivían aquí.  ¿De quién era la isla de Cuba?  De los indios que vivían aquí.  Vinieron los españoles y se apoderaron de la tierra por la fuerza.  Vinieron los reyes de España y concedieron mercedes otorgando esas tierras a determinados particulares.  Vino una revolución y quitó la colonia, quitó el gobierno del Rey de España, y hasta en España quitaron a los reyes.  ¿Por qué entonces van a estar vigentes aquí todavía las mercedes del Rey de España? ¡Ya no hay reyes ni en España, y sin embargo las mercedes del Rey de España todavía tienen vigencia en Cuba!
Si no ocupamos todas las tierras se debe a que no queremos arruinar a nadie, a que no queremos adoptar medidas drásticas, a que no queremos dejar de dar alguna compensación, y por eso indemnizaremos estas tierras; pero no por lo que digan ellos, sino por lo que valgan, porque en realidad las tierras esas se las quitaron a los indios, ¡y nosotros somos los herederos de los indios!  
Yo creo que esa es otra gran verdad.  Claro que alguna gente se pondrá las manos en la cabeza y dirá que estoy diciendo un disparate.  Pero, bueno, lo otro no les pareció un disparate.  El que una isla donde viven 6 millones de habitantes se la tuvieran cogida unos cuantos, eso no les pareció un disparate; y que al resto de la gente no tuvieran ni dónde enterrarlos, eso no les pareció un disparate.
Y nos llaman cubanos.  ¿Cubanos por qué, si no tenemos nada aquí?  Dicen que esta es nuestra patria.  ¿Nuestra patria, por qué, si no tenemos nada en esta patria?  ¡Será la patria de unos cuantos aquí!  ¿Pero la de nosotros, si no tenemos nada?  ¡Ah!, para poder llamarnos cubanos y para poder decir “nuestra patria”, es justo que cada cual tenga su pedacito en la patria, ¿no?  (EXCLAMACIONES DE: “¡Sí!”)
¿Es que yo quiero acabar con la propiedad de la tierra?  ¡No!  Yo lo que quiero es que cada uno tenga su pedazo de tierra, tenga su pedazo de propiedad de la tierra, señores.  Lo que quiero es que todo el mundo disfrute de la tierra.  Con la reforma agraria, ¿qué es lo que queremos?  De la reforma agraria no hay ni que hablar, porque ya todo el mundo sabe que es una realidad y que se les están dando los últimos toques a las leyes.
Naturalmente que aquí uno no puede hablar de leyes revolucionarias, porque cuando habla de leyes revolucionarias se asusta todo el mundo —digo, todo el mundo no, todos los que tienen latifundio y tienen muchos edificios de apartamentos —, enseguida empiezan a hablar.  Bueno, está bien: pueden hablar, tienen derecho a hablar, tienen derecho a escribir, tienen derecho a criticar, tienen derecho a atacarme; tienen derecho a decir y a hablar y a pensar como quieran.  La Revolución Cubana empieza por respetar las libertades humanas; empieza por respetar la dignidad humana, empieza por respetar la libertad de pensamiento, la libertad de cultos, la libertad de ideas políticas, la libertad en todos los órdenes, la dignidad del hombre en todos los órdenes.  Esa es una de las cosas que más caracteriza a nuestra Revolución.
La Revolución no golpea a nadie, la Revolución no asesina a nadie,   la Revolución no suprime ninguna libertad.  Ahora bien:  que no me vengan invocando derechos anacrónicos, que no me vengan hablando del Derecho Romano, porque el Derecho Romano lo hicieron los romanos para los romanos, ¡y el Derecho Cubano lo hace la Revolución Cubana para los cubanos!  
Cuando hablo de Derecho Romano no me estoy refiriendo a la Iglesia, me estoy refiriendo al Imperio Romano, al Imperio Romano donde se hicieron las primeras leyes sobre la propiedad de la tierra.  Y todavía aquellas leyes de hace 2 000 años están siendo aplicadas aquí.  Y al estudiante de derecho, al abogado, lo primero que lo ponen a estudiar es Derecho Romano, porque el Derecho Romano es el que se está aplicando todavía en Cuba.  Así es que todo está atrasado 3 000 años aquí.  El derecho está atrasado 3 000 años; la agricultura está atrasada 3 000 años.  Y así, por el estilo, todo está atrasado 1 000 años.  ¡La única que no está atrasada mil años es la Revolución, que está adelantada unos cuantos años!  
Así, nosotros estamos haciendo los cambios paulatinamente, sin arruinar a nadie.  Porque yo quiero aclarar aquí que nosotros no predicamos el odio contra nadie, nosotros no odiamos a los ricos, nosotros no predicamos el odio contra los ricos, no señor; nosotros no predicamos el odio contra los latifundistas; nosotros predicamos el odio contra el latifundio, nosotros decimos que el latifundio es antieconómico, que el latifundio es injusto.
Yo sé, por ejemplo, que muchos ricos ayudaron a la Revolución.  Yo sé que a la Revolución durante la insurrección la ayudó todo el mundo, todas las clases, pobres y ricos.  ¿Pero eso quiere decir que ahora la Revolución tenga que dejar todo eso como está?  (EXCLAMACIONES DE: “¡No!”)  ¡No señor!  El hecho de que todo el mundo haya ayudado a la Revolución no quiere decir que todo tenga que quedarse como está, porque las cosas estaban mal.  Los ricos demostraron su patriotismo ayudando a la Revolución, ¡muy bien!  ¡Que ayuden ahora también, demuestren su patriotismo ayudando a la Revolución también!  
¿Que van a ganar menos?  Pues que ganen menos.  ¿Que algunos no van a ganar nada?  Bueno, está bien.  ¿Y cuántos cientos de familias, y miles de familias han vivido montones de años sin ganar nada?  No se ocupen, que al que no gane nada nosotros lo ayudamos a que gane: le damos trabajo, lo ayudamos en lo que sea necesario también.
Nuestra política no es arruinar a nadie.  Nuestra política es reajustar la economía del país, no es arruinar a nadie.  Yo no me paro aquí a decir que son unos vampiros, que son unos malvados.  No señor.  Aquí todo el mundo fue de acuerdo con las leyes que había, de acuerdo con los gobiernos que había; se crearon infinidad de intereses.  Nosotros venimos y decimos: esto hay que organizarlo de otra manera, esto hay que enderezarlo, esto no puede seguir así, porque esto es el caos, esta es la miseria, esta es la injusticia, esta es la ruina.
Tienen que hacer sacrificios, y el patriotismo tienen que demostrarlo no combatiendo a la Revolución, no combatiendo a la Revolución porque haga leyes justas, porque entonces yo podría decirles: “¡Ah!, entonces ustedes no ayudaron a la Revolución porque eran patriotas, ustedes ayudaron a la Revolución para que nosotros no hiciéramos leyes revolucionarias, ustedes ayudaron a la Revolución para comprarnos a nosotros.”
Por eso, como yo vi que en aquella etapa todo el mundo ayudó a la Revolución, a las clases económicas no les digo que se pongan contra la Revolución, les pido que se sacrifiquen también, les pido que se sigan sacrificando por la patria no solo en la insurrección sino en esta tarea creadora; que la Revolución no predica el odio, que la Revolución predica la justicia; para que haya paz en nuestro pueblo, para que haya felicidad en nuestro pueblo, para que haya progreso en nuestro pueblo, es necesario que no haya un solo hombre sin trabajo, es necesario que no haya un solo campesino sin tierra , es necesario que no haya una sola familia sin casa, es necesario que no haya un solo niño analfabeto; es necesario que no haya un solo enfermo sin medicina, es necesario que todo el pueblo disfrute de los beneficios de tener una patria.  Y por eso vale la pena sacrificarse.
Combatir a la Revolución porque la Revolución lesiona algunos intereses no es patriótico.  Combatir a la Revolución porque la Revolución lesiona algunos intereses es un egoísmo.  Combatir a la Revolución porque la Revolución lesiona intereses es no tener noción de la justicia.
Y nosotros —lo repito— no predicamos el odio contra nadie; pero predicamos la justicia.  Sé que todos ayudaron, sí, pero la Revolución no se hizo para mantener privilegios:  la Revolución se hizo para implantar la justicia; la Revolución se hizo no para enriquecer al que estaba más rico sino para darle lo que necesita al que no tenía nada, para darle de comer al que estaba pobre .
Y por eso digo que para el capital invertido en alquileres no hay garantías, para el capital invertido en solares no hay garantías, para el latifundio no hay garantías.  Hay garantías para el capital que se invierta en industrias, hay garantías para el capital que se invierta en industrias, con una condición: que mantengan salarios altos, ¡que mantengan salarios altos! Porque nosotros tenemos que desarrollar nuestra industria para darles trabajo a cientos de miles de cubanos.  Ahí tienen una actividad donde pueden ayudar las clases ricas: que no inviertan el dinero en alquiler, que no inviertan el dinero en solar, que no inviertan el dinero en garrote, que no inviertan el dinero en latifundio.  ¡Que lo inviertan en industrias para darle dinero al pueblo y que paguen salarios altos!  
El pueblo va a tener con qué comprar, luego las industrias van a tener a quien venderle.  Si el pueblo no tiene con qué comprar, la industria se arruina.  Y por eso nosotros queremos que el pueblo y los campesinos tengan dinero para comprar.  Eso solo es posible dándoles a los campesinos la tierra.  ¿Por qué?  Porque mientras no tengan la tierra estarán pasando hambre, estarán ganando dos o tres pesos el día que trabajen, y estarán sin trabajar la mayor parte del año.
¿Qué puede comprar un campesino con lo que gana hoy día?  No puede comprar nada.  Nosotros no solo tenemos que darles la tierra a los campesinos —con eso no hacen nada—, porque si les damos la tierra para que siembren malanga, boniato, ñame, yuca, y tengan unas cuantas gallinas allí, pues tendrán que comer, pero con eso no ganan nada, porque no tendrán con qué comprar ropas, con qué comprar zapatos, con qué comprar toda clase de artículos que necesiten.
Luego, no solamente hay que darles la tierra sino decirles: “Ustedes produzcan aquí maíz hasta tanta cantidad, ustedes produzcan aquí frijoles, ustedes produzcan aquí caña, ustedes produzcan aquí soya, ustedes produzcan aquí algodón.”  No producir más de lo que se necesita sino decirles lo que tienen que producir, y entonces darles para cada tierra una producción.  ¿Para qué?  Pues no solo para que siembren malanga, boniato y viandas para comer, sino para que siembren artículos que puedan venderse en el mercado y obtener ingresos.  Porque tenemos que decirles qué es lo que deben producir, porque si todo el mundo produce la misma cosa no hay precios, sobran los artículos.
Y aquí, unos pueden producir café, otros maíz, otros arroz, otros frijol de soya, otros frutos menores, otros algodón, otros ganado, otros caña, y cada cual tener un artículo que tenga el precio asegurado en el mercado, para tener su tierra y no solo todo lo que necesita para comer sino los artículos mediante los cuales se pueden ganar cientos de pesos todos los años, 1 000 pesos, y si es posible más de 1 000, 2 000 pesos todos los años; para que tengan la comida asegurada, la casa asegurada, y además tengan dinero para comprar todas las demás cosas que necesitan.
Así cuando el campesino tenga dinero, la industria progresa porque tiene a quien venderle, y entonces todos los hombres que están en la ciudad sin trabajo encontrarán trabajo en la industria.
¿Qué estamos haciendo nosotros?  Estamos elevando el ingreso de las familias y manteniendo los costos bajos, porque, si nosotros elevamos los ingresos y la vida se pone más cara, no hacemos nada.  Así ustedes ven que mientras se aumentan los salarios poco a poco, el alquiler baja, los teléfonos bajan, los artículos de primera necesidad bajan.
Nosotros tenemos que tener mucho cuidado, a medida que aumenten los ingresos, que no vayan a aumentar los artículos de primera necesidad.  Por eso, el campesino tiene que producir con tractor, con abono, con regadío.  ¿Para qué?  Para producir barato, y ganar dinero.  Porque hoy el campesino tiene que producir muy caro.
Cuando se haga la reforma agraria venderán más barato y ganarán más y entonces todas esas familias que en la ciudad hoy pagan 30, 40 o 50 pesos menos de alquileres, que han obtenido un aumento en los ingresos, podrán comprar más barato en el mercado.  Así es que nuestra política es aumentar los ingresos por familia, tratando a toda costa de que no aumente el precio de los artículos de primera necesidad.  Porque, si nosotros aumentamos los ingresos y los artículos de primera necesidad aumentan, no hemos hecho nada.  ¿Comprenden?
(DEL PUBLICO LE DICEN ALGO.)
A mí no hay quien me haga trampas.  Voy al extranjero, y voy a donde tenga que ir, y hay que respetarme, porque represento al pueblo de Cuba sencillamente , y porque no tengo miedo de ir a donde haya que ir, ni hablar donde haya que hablar, ni decir mi verdad donde tenga que decirla, porque es la verdad de nuestro pueblo .
Así es que he aprovechado esta ocasión para explicarle al pueblo lo que vamos haciendo.  ¿Ustedes creen que hemos hecho mucho?  ¡No, hombre, no: todavía no hemos hecho nada!  Las leyes que hemos hecho son pocas todavía; tenemos que hacer muchas más leyes revolucionarias.  Por ejemplo, nos falta la Ley de Reforma Agraria sobre latifundio, que está confeccionándose y estudiándose muy cuidadosamente.  Yo todavía no le he podido dar a los campesinos...  Bueno, ya a todo el que tiene su pedazo de tierra lo hemos garantizado allí; pero todavía no le hemos podido dar la tierra al que no la tiene.  ¡Y se la vamos a dar!
¿Por qué el pueblo tiene fe?  ¿Por qué está tranquilo?  Porque sabe que nosotros siempre hemos cumplido nuestra palabra, porque sabe que yo no los engaño, porque sabe que yo no vengo con politiquerías ni a hablar con demagogia.  Sabe que lo que les prometo se lo cumplo, porque siempre he cumplido mi palabra.
Por eso los campesinos no se impacientan.  Ellos saben que yo estoy reuniendo tractores allá; ellos saben que yo estoy reuniendo millones de pesos para comprar tractores; ellos saben que la ley se está confeccionando, y que si en estos días no se ha adelantado más es porque hemos estado haciendo otras leyes revolucionarias, como es la rebaja de las tarifas eléctricas en todo el interior, las rebajas de las tarifas telefónicas, la ley de alquileres, el aumento de sueldo a todos los empleados públicos, el sueldo mínimo de 85 pesos, la ley de confiscación a los colaboradores de la tiranía, y una serie de leyes revolucionarias más que se van haciendo.
Ustedes saben que vamos sin prisa pero sin tregua.  Todavía no he podido hacer nada por los obreros azucareros; sin embargo, yo sé que los obreros azucareros tienen confianza en mí.  Lo único que les he podido hacer hasta ahora es rebajar las tarifas eléctricas a muchos pueblos del interior.  Pero tienen confianza en mí y saben que todo cuanto esté al alcance de mis manos lo haré en todos los aspectos por mejorar el estándar de vida, por mejorar el estado económico, por mejorar en todos los órdenes al obrero azucarero.
Ellos lo saben, y saben que al igual que otros sectores han ido recibiendo los beneficios ellos los recibirán también.  No se los he podido dar ahora, no se los he podido dar, porque antes que nada dije:  “Aquí hay que salvar la zafra, porque si no salvamos la zafra se nos cae la moneda; y si se nos cae la moneda, nos arruinamos.”  Porque calculen ustedes el retirado, el pensionista que gana 30 pesos, que no le alcanza casi ni para empezar el mes, que baje el valor de la moneda y cada peso le valga 20 centavos.  Entonces en vez de 30 pesos lo que gana son 6 o 7 pesos.
Si nosotros no recibimos las divisas que nos manda el azúcar, se nos cae la moneda.  Por eso, salvar la zafra era cuestión esencial, porque si no nos arruinábamos —y la república ya más arruinada no podía estar, apenas lo único que le faltaba era que se cayera la moneda— y yo les pedí a los azucareros...  Yo no les iba a pedir los sacrificios a los hacendados, porque no me iban a hacer ningún caso.  Yo les tenía que pedir los sacrificios, ¿a quiénes?  A los obreros.  Porque sabía que me iban a hacer caso, porque sabían que yo era su amigo, porque sabían que la Revolución no se hizo para defender al poderoso sino para defender al pobre.
Y yo fui al obrero azucarero y le dije: “Aunque no accedan a la demanda, no se dejen llevar por las provocaciones.  Hay tiempo.  Lo que tenemos que hacer es salvar la zafra.  ¡A trabajar todo el mundo!” y los obreros azucareros fueron a trabajar, y gracias a ellos no se ha arruinado la república.  Gracias a ellos, gracias a los obreros azucareros, nosotros hemos podido ir haciendo todas estas medidas en favor del pueblo; que si no hubiera habido zafra, no hubiéramos podido hacer nada.  ¿Y a quién le tenemos que agradecer eso?  A los obreros azucareros.
Así que no les he podido dar nada, pero no los olvido.  Y ellos recibirán, como los demás, en su oportunidad, los grandes beneficios de la Revolución.  Les dije que esperaran, les pedí que esperaran, y no se arrepentirán nunca de haber esperado.
Ellos ven que nosotros no estamos perdiendo el tiempo, ellos ven que nosotros estamos haciendo leyes revolucionarias.  Ellos verán este año la reforma agraria, que ya empezará por constituir grandes beneficios para el campesinado en general y también mucho para los campesinos agrícolas que trabajan en el azúcar, y para los obreros azucareros en general.
Les tocó a ellos primero que a nadie hacer los sacrificios, y no les ha tocado todavía recibir los beneficios.  En su oportunidad los recibirán.  Ellos lo saben: tienen confianza en la Revolución, y eso es lo que nos importa a nosotros.
(DEL PUBLICO LE DICEN ALGO.)
Yo sé que han hecho muchas peticiones o me han presentado muchos carteles explicándome las cosas que les interesan.  Yo solo puedo decirles que nosotros no descansamos y que día a día, uno por uno, vamos resolviendo todos los problemas; que si esas mejoras no llegan antes es porque son muchos los problemas.  Y ustedes lo saben, que son muchos los problemas porque son muchos los años que lleva el país sufriendo malos gobiernos, muchos los años que lleva el país siendo víctima de la explotación y del robo.  Y nosotros, por mucho que luchemos, por muy buena voluntad que tengamos, no podemos hacer más —más, más pronto—, pero sí haremos mucho más poco a poco; poco a poco, pero sin descansar.  Nosotros vamos sin prisa, mejor dicho, yo vaya decir que vamos un poco de prisa, pero sin tregua.  Y día a día ustedes verán cómo se va a notar la obra de la Revolución, a pesar de todos los obstáculos, a pesar de los enemigos de adentro y de afuera, a pesar de las preocupaciones.
El pueblo cubano sigue su obra, sin miedo, sin vacilaciones, sin descanso. El pueblo cubano sigue su marcha.  Y tengo la seguridad de que en el curso de pocos años he de ver al pueblo de Cuba entre los pueblos más prósperos del mundo, tengo la seguridad de que en el curso de unos pocos años Cuba será el pueblo más próspero del mundo y el cubano tendrá el estándar de vida más alto del mundo.
Vamos a pasar a todos los pueblos del mundo.  Nos vamos a situar —en el progreso económico y en el bienestar social— a la cabeza de todos los pueblos del mundo.  Esto hará esta Revolución; esta Revolución que, surgida del pueblo, destrozó un ejército que estaba armado hasta los dientes; esta Revolución que está convirtiendo en escuelas las fortalezas, esta Revolución que se ha convertido en ejemplo de América y admiración del mundo.  ¡Esta Revolución seguirá adelante!  No podrá impedirlo nadie.  ¿Quién se lo puede impedir?  ¿Quién puede oponerse a la voluntad del pueblo?  ¿Quién puede hoy frustrar el destino de nuestra patria?  
Antes, ¿qué era?  El gobierno era un enemigo del pueblo, los gobiernos no se ocupaban más que de sus privilegios, de sus intereses personales.  Gobierno y pueblo eran dos cosas distintas.  Gobierno y pueblo son hoy una sola cosa.  Ustedes y nosotros somos una sola cosa: ustedes defienden a su Gobierno Revolucionario, nosotros defendemos a nuestro pueblo revolucionario.  Ustedes defienden a su gobierno honrado y nosotros defendemos a nuestro pueblo honrado. Ustedes defienden a su gobierno decente y nosotros defendemos a nuestro pueblo decente, a nuestro pueblo patriota, a nuestro pueblo heroico y a nuestro pueblo sufrido.
Nosotros estamos aquí representando hoy no los intereses personales, sino los intereses del pueblo; no el orgullo y la dignidad personal, sino el orgullo y la dignidad de nuestro pueblo.  Tienen que respetarnos todos los pueblos del mundo.  Tienen que respetarlos a ustedes y a nosotros, porque representamos a nuestro pueblo, y como representante de nuestro pueblo tienen que respetarnos, porque cuando vienen a hablar con nosotros no vienen a hablar con un ladrón, no vienen a hablar con un traidor, no vienen a hablar con un mercenario: vienen a hablar con los representantes de la voluntad de su pueblo, que saben cumplir con su deber con dignidad y con honradez.  Tienen que respetarlos a ustedes y tienen que respetarnos a nosotros.
No diré que todo marcha perfecto. Desgraciadamente, hay muchas cosas que tenemos que superar.  Yo sé, por ejemplo, que en veinte pueblos hay veinte problemitas, por problemas de alcaldes y de municipios, y por problemas de puestos y boberías de esas; yo lo sé.  Desgraciadamente, sé que alguna gente todavía se cree que aquí no ha habido una revolución y se ha olvidado de que ya todas las cosas del pasado desaparecieron o tienen que desaparecer.  Hay gente que se monta en una perseguidora todavía y anda sonando la sirena, y llevándose la luz roja; se olvidan de que esos tiempos se acabaron ya.  Y que como no se acostumbren, el que no se acostumbre a ser un ciudadano ejemplar, el que no se acostumbre a andar tranquilamente en su perseguidora —que ya no es perseguidora, sino carro patrullero, porque ya no persigue a nadie—, y con cara de bueno y respetando la luz roja, como la respeta todo el mundo aquí, le quitamos el carro patrullero, le quitamos el arma, le quitamos la perseguidora y lo botamos de ahí.
¿Quiénes hacen eso?  ¿La mayoría?  ¡No!  El 99% se comporta correctamente.  Pero basta con que uno de la nota. Y ya sabemos lo que ha pasado en algunos pueblos:  unos, porque no botaron a nadie y dejaron hasta a algunos batistianos en los cargos; otros, porque quisieron botar a todo el mundo, y eso es una injusticia.  En la administración pública el criterio que sostengo es que al empleado de confianza de la dictadura hay que quitarlo, que al confidente hay que quitarlo, que al botellero hay que quitarlo.  Y quitarlo no para poner a un bombín o para poner a un arribista; si se quita es para poner a un revolucionario o no poner a nadie, porque creo que hay exceso de burocracia, y un hombre sentado detrás de un escritorio no produce nada; más produce un hombre sembrando maíz, porque ese por lo menos produce algo de comer.
Detrás de los escritorios debe estar el mínimo necesario, ni uno más de la cuenta.  Pero soy contrario de que al infeliz empleado que gana 60 pesos —ganaba, porque ahora gana 85—, que era víctima de todos los gobiernos, soy contrario a que lo boten, y menos que lo boten para meter a uno que dice que es revolucionario —porque ahora han aparecido más revolucionarios de la cuenta, ¿saben?—, y entonces la gente que se queda sin puestos empieza a crear problemas, a crear provocaciones, empieza a hablar boberías.  No hablan de las leyes revolucionarias, se ponen a hablar de puestos...
(DEL PUBLICO LE DICEN ALGO.)
Veo también que mucha gente quiere meterse en el Ejército Rebelde.  ¿Y por qué ahora?  ¿Por qué no se metieron cuando estábamos en la Sierra Maestra?  ¿O es que creen que el ejército este de ahora es como el ejército de antes, donde la gente no tenía que trabajar?  Pues aquello de que de sinvergüenza te metiste a guardia rural para trabajar, eso no se da aquí más, ¿saben?, porque aquí para ser del Ejército Rebelde hay que saber doblar el lomo, ¿saben?, saber sudar la camisa y saber trabajar .
Porque no vamos a tener un ejército para estar sentados en los cuarteles.  Yo lo que quiero es sacar a los rebeldes de los cuarteles y llevarlos para las montañas, porque el rebelde no es un soldado de cuarteles, el rebelde es un soldado de montaña.  Allá es donde tiene que estar para que cuando tenga que pelear, si algún enemigo lo ataca, no esté después ahogado ni después esté holgazaneando como estaban los guardias.  Tienen que estar haciendo ejercicios, señores .
Que les queremos buscar trabajo en Obras Públicas y no quieren, no quieren.  Pues miren:  yo lo que creo es que para pertenecer al Ejército Rebelde hay que prestar por lo menos un año de servicios trabajando, para que el que se meta en el Ejército Rebelde no sea el más haragán sino el más trabajador.  Ustedes conocen a todos los que se metían a guardias, ustedes saben que se metía a guardia el más haragán del pueblo, por lo general, el que no quería trabajar, el que era guapetón, el que era charlatán, el que era bocón; el que era haragán, ese se quería meter a guardia.
Algunas gentes creen que esto es igual que aquello, y no saben que el Ejército Rebelde tiene que trabajar, y va a trabajar en muchas cosas.  Entre otras, va a trabajar en la repoblación forestal.  Cuando podamos sacar al Ejército Rebelde de la ciudad, lo sacaremos; dejaremos la policía.  En el campo dejaremos la policía rural, y el Ejército Rebelde para las montañas; que no se acostumbren a estar durmiendo en los cuarteles, porque si no dentro de 10 años tendremos un ejército que ya no es tan bueno, y un ejército refunfuñón, y un ejército holgazán, y un ejército que no quiere trabajar.  Y eso no fue el Ejército Rebelde.
Porque yo les voy a explicar una cosa: cuando lanzamos la última ofensiva en Las Villas, en el Segundo Frente y en la Sierra Maestra, éramos nada más que 1 500 rebeldes.  Había mucho escopetero, mucha gente alzada por ahí.  Bueno, cuando se cayó la dictadura, como se ocuparon muchos fusiles, se nos llenaron los cuarteles de rebeldes, ¡no se sabe cuántos miles de rebeldes!  ¿Quiere decir que eran malos?  No.  Mucha gente, muchachos que andaban con escopetas por ahí, cogieron el fusil e ingresaron en el Ejército Rebelde.  Ya se había caído la dictadura, ¿pero quién se iba a ocupar en ese momento...?  Todo el que agarró un fusil...  Como algunos cuarteles habían caído y otros no, pues las armas de un cuartel las ocupaban, formaban filas, y por eso creció muchísimo; el mismo día que se cayó la dictadura, creció el Ejército Rebelde en un montón de miles de hombres, porque éramos nada más que unos 5 000, y después había como 15 000.  Y lo malo no fue eso, lo malo fue que alguna gente empezó a ponerse galones aquí, y grados, y cosas...
Desde luego, el verdadero revolucionario no hace eso.  El verdadero revolucionario, el que pasó trabajo, el que conoció el hambre, el que conoció la persecución, ese no hace eso.  Ahora, el que se pone la estrella, o se pone grados, ese es un vanidoso, porque los demás no murieron para que venga cualquier descarado a estar poniéndose grados aquí, ¿saben?  
Claro, hay alguna gente que se comporta como los muchachos bellacos, que cuando no está el profesor en la clase empiezan a hacer travesuras de todas clases.  Así alguna gente —como todos los comandantes, como todos los oficiales de más experiencia tuvieron que desempeñar una serie de tareas importantes—, muchas gentes se aprovecharon para ponerse su grado.  Pero, desde luego, eso tiene remedio cuando nosotros hagamos la lista definitiva de oficiales y hagamos el expediente de cada uno de los oficiales.  Más vale que esos que se han puesto el gradito por ahí, más vale que esos se lo quiten, ¡más vale que se lo quiten! Aunque muchos ya se los van quitando, muchos se han quitado hasta el uniforme.  Porque yo no me explico:  aparecieron una mano de revolucionarios, que eso era terrible; y cuando no les dieron puestos —porque querían que botaran a todo el mundo para ponerlos a ellos— empezaron en la calle a decir que él, que era revolucionario y que no le habían dado nada, que estaba desconocido, que los arribistas, que lo otro, formando ambiente en la calle.  A esos que andan hablando de puestos, no les hagan caso.
Esta es una hora muy grande de Cuba, esta es una hora muy generosa de Cuba.  No hay sindicato de trabajadores que no esté dando parte de su salario, que no haya dado un salario para la reforma agraria.  No hay sector de Cuba que no esté pensando en grande.  Esta es una hora revolucionaria, de grandes ilusiones, de grandes sacrificios, de grandes realizaciones.  Quien no esté hablando de reforma agraria hoy, quien no esté hablando de leyes revolucionarias para estar hablando de puestecitos, ese lo que es un descarado, porque la Revolución no se hizo para repartirse el Estado como un botín, la Revolución no se hizo para resolverle los problemitas personales a nadie: ¡La Revolución se hizo para resolverle el problema a todo el mundo, a todo el pueblo, a toda Cuba y no a un grupito de señores!  
Pero hay gente que cree que no.  Y duele mucho recordar a todos los que han caído, duele mucho recordar a todos los compañeros que están enterrados en los arroyos, en los ríos y en los firmes de las montañas.  ¡Duele mucho recordar aquellas cruces de hombres que murieron puros como la luz del sol, de hombres que murieron llenos de desinterés y llenos de ideal, de hombres que cayeron en el camino y no tuvieron siquiera el placer mínimo de ver la victoria inicial de nuestro pueblo, la caída de la tiranía!
¡Duele mucho recordar aquellos hombres!  Y que nadie se crea con suficientes méritos o con suficientes derechos para venir aquí a poner sus intereses personales por encima de los intereses de la patria.
¡Duele mucho recordar a aquellos hombres, para que vengan algunos descarados aquí a creerse que esto es política, a creerse que esto es politiquería, a creerse que aquí ha llegado al poder una elección o algo de eso, y que es la pedidera de puestos por la libre!  Aquí no hay puestos, aquí no puede haber nepotismos.  ¡Y el que tenga nepotismo que se prepare porque poco a poco lo iremos conociendo y tarde o temprano tendrá que pagar las consecuencias de sus debilidades!  
¡El bombín que se prepare, porque esta es tarea de revolucionarios, esta es tarea de hombres decididos y de hombres idealistas, de hombres sacrificados y de hombres valientes!  ¡El bombín que se prepare, porque en una revolución el bombín no llega muy lejos, se queda en el camino!
El que tiene mérito, el que tiene verdadero mérito, aunque de momento no lo hayan puesto a hacer nada, si es un hombre de ideales se calla y sabe esperar.  Pero el hombre que tiene mérito tarde o temprano irá sobresaliendo, tarde o temprano el pueblo verá que existe, tarde o temprano tendrá su oportunidad, ¡si esta lucha es larga, larga, larga! Hay para que todo el mundo trabaje y para que todo el mundo luche.  El que tiene carácter, el que tiene mérito, se calla y espera.  ¿Cuál es el que no se calla?  ¡Ah!, el que se cree un genio y no es nada, el que no tiene méritos y quiere estar empujando a ver cómo se encarama. El verdadero hombre de mérito espera; el mediocre es el que se impacienta.
Ya sabemos que hay algunos funcionarios que no son muy buenos.  ¿Y qué culpa tenemos nosotros de eso?  ¿Es que acaso aquí todo el mundo estudió para comisionado, para juez, para magistrado?  ¿O es que hemos sacado a los hombres precisamente de las montañas, los hemos sacado del pueblo, para que empiecen a realizar esta tarea? Ya sabemos que todo no es lo más perfecto.
¿Qué culpa tiene la Revolución, que está enfrentándose a muchos problemas grandes, de que en un municipio los que hayan escogido allí a la gente no hayan escogido a los mejores?  ¿Eso es para empezar a dividir, para empezar a intrigar, para empezar a debilitar?  ¡No, hombre!  Que esperen, que si ese no sirve más tarde o más temprano el gobierno se dará cuenta de que no sirve y lo quita.
¿Que en algún lugar se coló un bombín?  Bueno, es una desgracia.  ¿Pero va a estar uno vigilando a todo el mundo?  ¿Va a estar uno averiguando, convertido en un inspector, en un policía, averiguando quién es un perfecto revolucionario y quién es un bombín?  Pues, señores, desgraciadamente es imposible porque el Estado es muy grande, tiene muchos departamentos, tiene muchos organismos autónomos, hay muchos municipios, para lograrlo todo perfecto.  Así, en algunos lugares se escogen buenos y en otros se escogen regulares, eso es inevitable, pero todo eso va teniendo remedio con el tiempo.
Si alguno se pone a politiquear, peor para él.  Todo el mundo se dará cuenta de que está politiqueando, y como esta es revolución y no política, un día se encuentra con que está separado del cargo, ¿comprenden?  Pero eso no quiere decir que tenga mayor importancia.
Lo importante son las leyes revolucionarias, lo importante son las leyes que el gobierno está aprobando en cada Consejo de Ministros.  Esa es la Revolución.  La Revolución no se hace en un municipio; la Revolución se hace en las reuniones del Consejo de Ministros, con las leyes del Gobierno Revolucionario y en la Gaceta Oficial de la República.
Como también es cierto que en algunos sindicatos hay elementos un poco descaraditos, hay algunos elementos que no están muy claros y que se han hecho los bobos para quedarse en los sindicatos.  ¿Ustedes creen que van a durar mucho?  ¡No!  Porque inmediatamente todos los trabajadores empiezan a decir y a señalar, y cuando llega el momento pues quedaron eliminados.
¿Pero qué querían?  ¿Que la criatura naciera al mundo perfecta?  ¿Que el niño de dos meses supiera hablar y escribir ya?  ¿Que caminara y corriera, señores?  Una Revolución no es una estatua que uno modela a su gusto.  En la Revolución hay que trabajar con la masa humana, hay que trabajar con el pueblo.
Desgraciadamente nuestro pueblo ha sido un pueblo acostumbrado nada más a los malos ejemplos, nadie le ha enseñado nada bueno, todo el mundo le ha enseñado lo malo.
La juventud tiene buenas intenciones, pero no está capacitada; menos capacitados que la juventud están todavía los viejos.  Así que ni los viejos saben, ni los hombres maduros saben, ni los jóvenes saben; todo lo que han visto es malos ejemplos.  No están preparados, tienen que aprender.  Necesitamos hombres de carácter.
Es lógico que esta generación no puede ser tan buena como las generaciones futuras, porque esta generación no se educó en una doctrina revolucionaria, no se educó en los buenos ejemplos.  La generación formidable, la generación maravillosa va a ser la generación venidera; esa sí va a ser más perfecta que nosotros.
Nosotros no podemos tener funcionarios perfectos porque nuestra generación no fue educada para las tareas de gobierno, pero con lo que tenemos debemos seguir adelante.
Lo importante es que haya buena fe.  Hay buena fe en el pueblo, hay buena fe en nosotros.  Mientras se mantengan la fe y el entusiasmo del pueblo, mientras estemos nosotros, los líderes principales de la Revolución, cumpliendo con nuestro deber, ¿qué importa más o menos el detalle de un municipio? ¿Qué importa más o menos el detalle de un departamento?  Lo que importa es la orientación que se da al pueblo, lo que importa es la orientación que se da a la Revolución, lo que importa es la orientación que se da al gobierno, las leyes revolucionarias, su línea en defensa de la dignidad y de la soberanía del país, sus medidas en favor de la redención del pueblo; eso es lo que importa.  Ustedes tienen que aprender a distinguir entre lo que tiene importancia y lo que no tiene importancia.
Las cosas de la localidad, las rivalidades de la localidad, los chismes de la localidad no importan.  Lo que importan son las leyes revolucionarias que están vertebrando el futuro de la patria y la felicidad del pueblo.
Así que yo espero que el pueblo esté atento y vaya poco a poco aprendiendo.  Todos tenemos que aprender mucho. Aquí tenemos que aprender los muchachos, los jóvenes, los hombres maduros y los viejos. ¿Saben por qué tenemos que aprender?  Porque no nos enseñaron nunca nada en ninguna parte, porque no nos enseñaron nunca nada en la escuela, porque nunca nos enseñaron nada, de hombres, y porque nunca nos enseñaron nada, de viejos, y entonces tenemos mucho que aprender.
Yo se lo digo porque lo veo.  A mí me vuelven loco en la calle y me hablan de cada bobería que yo diría: “¿En qué país está viviendo este hombre?  ¿No se da cuenta de que yo tengo que hacer otras cosas y me viene a plantear problemitas personales?” Lo que antes le planteaban al sargento de barrio me lo vienen a plantear a mí ahora.  Yo he dicho que un día van a querer que yo vaya a cocinar a casa de alguno aquí, porque están acostumbrados al favorcito, están acostumbrados a buscar el favorcito chiquito del político.  Y es una familia donde unos tienen unos intereses y otros tienen otros, donde unos piensan de una manera y otros piensan de otra.
Yo les digo que hay mucha gente con ideas viejas. Hay gente que tiene un problemita y enseguida va para los periódicos a escribir su problema.
¿Es así como se ayuda a resolver?  Viene el otro y le contesta, se atacan unos a otros, se entonan las pasiones y el problema no se resuelve.
Hay mucha gente que está acostumbrada a los métodos viejos, a la politiquería.  Vienen y cualquier cosa para los periódicos, como si esa fuera manera de resolver; creen que están en política.  A lo mejor están aspirando a representantes, etcétera, etcétera.  No saben que en el futuro los representantes no van a ganar 3 000 pesos ni los senadores van a ganar 4 000; van a ganar 600 pesos, si acaso; van a ganar los representantes 500 pesos, y si acaso.  Y si roban van para la cárcel, se acabó la inmunidad parlamentaria.
Y yo les digo que ya hay alguno por ahí que ha metido la pata, quiero que lo sepan; ya hay alguno que ha metido la pata —como se dice vulgarmente—, y estamos terminando las pruebas de algún señor que se dejó sobornar por un malversador, quiero que lo sepan.  No hemos dicho nada hasta que no esté todo completico, pero hay un señor sobre el que parece pesar toda la sospecha, toda la evidencia de que por 400 000 pesos descongeló una cuenta de 900 000 a un malversador y se la llevó.  Así que ya tenemos el primero, y estamos estudiando cómo le formamos consejo de guerra y lo fusilamos.
Y desde ahora anuncio que vamos a aprobar una ley, porque como ahora hay los tribunales civiles —que ya se están reorganizando—, se nos escapa un tipo de esos para los tribunales civiles y se nos salva.  Por eso vamos a aprobar una ley estableciendo la pena de muerte, porque en el Código Penal Rebelde está establecida la pena de muerte para el delito de malversación y para el que se enriquezca con el dinero del pueblo; pero en las leyes, en el Código Penal, no está la pena de muerte.  Y hay que ponerla, señores.
Vamos a aprobar una ley estableciendo la pena de muerte para el que se deje sobornar o malverse los fondos o se enriquezca con el dinero del pueblo, estableciéndolo en la Ley Penal Civil.
(LE DICEN ALGO DEL PUBLICO.)
¿Los masferreristas?  Porque, miren, les voy a explicar.  Hay algunos tribunales que cuando no tenían la prueba o no lo podían probar en el juicio, soltaban a los acusados, porque no lo podían probar.  Sabían que eran criminales, pero como no lo habían podido probar en el juicio, los soltaban; porque mucha gente sí, uno sabía que había asesinado a varios, pero nadie les había podido tomar una fotografía ni probarlo, aunque se sabía.
Yo estimo, sin embargo, que los Tribunales Revolucionarios en estos casos debieron condenar por convicción, porque se sabía que era criminal, aunque no se pudiera probar en un juicio, pero todo el mundo lo sabía —porque aquí todo el mundo conocía a los criminales, porque esos criminales no se ocultaban, ellos mismos se encargaban de decirle al pueblo lo que hacían.  ¿Para qué?  Para sembrar el terror, porque una de las prácticas de la dictadura era que todo el mundo conociera las cosas que había hecho “Pata de Ganso”, el otro, el de más acá.  Todo el mundo los conocía.
Llega un juicio, no se pueden aportar pruebas documentales y sin embargo todo el mundo sabe que es verdad.  Hubo tribunales que cuando no lo podían probar los soltaban.
Lo que yo opino que debieron haber hecho los tribunales, aunque no lo hubieran probado, pero que sabían que era un criminal, era no soltarlo; no aplicarle la máxima pena en esos casos, pero sí aplicarle la pena de cárcel, porque todo el mundo lo sabía.  Y eso es lo que ha pasado, ¿comprenden?
Y luego, otra cosa, ¿quiénes son los jueces?  Ninguna de la gente que está juzgando fue juez nunca ni fue a la universidad a estudiar para juez.  Y todo el mundo no tiene la misma capacidad de juez.
Hay que tener en cuenta que esa gente salió del pueblo, hay que tener en cuenta que muchos de ellos eran campesinos.  Incluso, luego han venido los vivos, los bichos, los que estaban en la universidad, y los han confundido, ¿comprenden?  Les han empezado a hablar de leyes y de leyes y los han confundido.  ¿Ustedes se dan cuenta?  Se valieron de que mientras esos campesinos estaban peleando, ellos estaban estudiando muy cómodamente en una biblioteca con aire acondicionado y después les empezaron a meter discursos y los confundieron.  Eso es lo que ha pasado.
Es imposible que eso funcionara perfecto, ustedes lo comprenden, pónganse en el lugar de ellos.  Imagínense cada uno de ustedes que lo pongan de juez, pues no sabe, porque nunca ha sido juez, nunca estudió derecho, nunca estuvo en la universidad.
Claro que esos hombres tienen muy buena fe, tienen las mejores intenciones, saben lo que es bueno y lo que es malo, conocen el Código Penal Rebelde, saben a qué delito corresponde cada castigo; pero no tienen experiencia, ¡no tienen experiencia!, y luego vienen y los confunden, eso ha pasado.  Y algunos casos de debilidad, y en algunos casos pues habrá a quien le hayan tirado la toalla también, como se dice; porque nunca falta, señores, no hay regla sin excepción.
Si ustedes creen que todo tienen que hacerlo perfecto, están equivocados, todo no puede salir perfecto.  Uno quiere que le salga perfecto, pero no puede.  Si fuéramos perfectos no seríamos seres humanos, no habría tanta miseria en el mundo, no habría tanto dolor en el mundo, no habría tanta injusticia en el mundo.  Lo que pasa es que unos son distintos que otros y la obra humana no es una obra perfecta.
Fíjense en el trabajo que ha pasado el pueblo de Cuba, los años que viene luchando —viene luchando, se puede decir, hace siglos— para tener las cosas que ahora empieza a tener.
Así que debemos tener presente que esto no es fácil.  Pero ustedes mientras nos tengan a nosotros, mientras nos tengan a nosotros vigilantes, mientras nos tengan a nosotros aquí en nuestros puestos, cumpliendo con el deber, y mientras nosotros los tengamos a ustedes, no teman nada.  A pesar de cualquier error, a pesar de cualquier falta, a pesar de los problemas, la Revolución seguirá adelante, será cada día más poderosa, será cada día más perfecta, con el apoyo de ustedes.
Voy a terminar (EXCLAMACIONES DE: “¡No!”).  Sí, es que hoy me siento ronco, no me siento muy bien.
Lo único que quiero decirles es lo siguiente: Quiero repetir que este mitin se convocó, se reunió el pueblo para demostrar la fuerza de la Revolución.
Nosotros no queremos emplear la fuerza, nosotros no vamos a emplear la fuerza, nosotros nunca emplearemos la fuerza contra nadie, a menos que se emplee la fuerza contra nosotros.  Pero como vimos que estaban surgiendo las primeras manifestaciones contrarrevolucionarias, que estaban surgiendo las primeras campañas contrarrevolucionarias, que estaban surgiendo las primeras conjuras y las primeras intrigas contrarrevolucionarias, fue necesario reunir al pueblo; reunir al pueblo por si acaso nada más, para que no se fueran a equivocar, para que no se fueran a engañar.
Hemos reunido aquí a los campesinos, a los obreros, a los estudiantes, a la clase media, al pueblo en general.  Lo hemos reunido para que nadie se llame a engaño, para que nadie se vaya a equivocar; que no se vayan a creer que la procesión esa que llevan por dentro algunos la lleva todo el pueblo; para que no se vayan a creer que el disgusto que llevan por dentro algunos lo lleva todo el pueblo.
Hay gente tan alejada de la realidad que cuando está bravo él, cree que todo el mundo está bravo; que cuando está disgustado él, cree que todo el mundo está disgustado; que cuando está desencantado él, cree que todo el mundo está desencantado, y cree que cuando él dice una cosa, eso es lo que va a decir todo el mundo.  Es que el tiempo ese de los bobos se acabó ya hace mucho rato, es que el pueblo está muy despabilado, es que al pueblo no le pueden andar con cuentos, y menos al pueblo de Santiago, y menos al pueblo de Oriente, señores .
¿Qué?  ¿Van a venir a pelearme a mí con los orientales?  ¡Qué equivocados están!  (EXCLAMACIONES DE: “¡No, nunca!”)
En primer lugar, porque soy oriental; en segundo lugar, porque aquí se inició la lucha revolucionaria en el cuartel Moncada; en tercer lugar, porque de niño caminé por estas calles y estudié aquí en Santiago y viví aquí en Santiago; porque cuando el machadato yo tenía 5 o 6 años y vivía en una casita muy humilde de una maestra a donde me habían mandado, y ahí viví dos o tres años y sentí las bombas y viví todo eso.  Y he vivido el dolor y he vivido el sentimiento y he vivido la tradición y he vivido la historia de Santiago.  Porque la campaña revolucionaria, la gesta libertadora, se inició en la Sierra Maestra; porque todo me une a Oriente.  ¿Cómo van a venir a pelearme con Oriente?
Y claro, hubo gente que empezó a hablar de federalismo: Oriente federal.  ¿Quién entendía eso?  Si hubieran dicho: “Cuba federal”, pero decían “Oriente federal”.  Yo dije: esto no lo inventó ningún campesino, ningún obrero; esto tiene que haberlo inventado algún estudiante.  ¿Por qué estar queriendo separar a Oriente del resto de la isla?  ¿Por qué querer una patria más chiquita en vez de querer una patria más grande? ¿Por qué?  Porque necesitamos de todos juntos, ¡necesitamos de todos!
Yo dije:  Estos deben ser algunos intrigantes y algunos reaccionarios que, no pudiendo irles a decir nada a los campesinos de ningún problema, han empezado a agitar pasiones regionalistas.  Como no podían hablar de otra cosa, trataban de crear una división regionalista; todo para dividir al pueblo, todo para debilitar la Revolución.  Y entonces venían y decían: “No, porque Oriente abandonado, no se han hecho nada más que obras en La Habana.  Nos robaron la Revolución.”
¿El que escribía eso hizo la Revolución?  Porque si se la robaron sería porque él la hizo.  Posiblemente ese no salió nunca de su casa.  Pero escribió en el periódico: “Nos robaron la Revolución.”  ¿Robaron qué?  Si yo he estado seis veces en Santiago de Cuba desde el mismo primero de enero, seis veces en menos de dos meses he estado en Santiago de Cuba; si he tenido mi atención constante puesta en la provincia de Oriente.  ¿Por ser oriental?  ¡No!, sino porque es la provincia que más lo necesita.
Y todavía mi preocupación es que no se hayan podido hacer muchas cosas de las que derrumbaron, pero las vamos a hacer.  Yo me impaciento pensando que todavía no están hechas, pero me consuelo pensando que dentro de cuatro, cinco o seis meses estarán todas hechas.  Así que no me preocupa.
Yo sé que, por ejemplo, Sagua está preocupada.  Pero yo le puedo asegurar que le vamos a construir la ciudad allí mismo donde estaba.  Están tristes porque todavía no se ha podido hacer.  Es verdad, porque no se ha podido organizar eso, porque hubo que hacer primero los puentes, hubo que hacer una serie de cosas; estaban estudiando planes.  Pero esas casas se van a hacer, se lo prometo, ellos pueden tener la seguridad de que esas casas se harán.
El pensamiento nuestro ha estado puesto en Oriente.
Ustedes decían que se hacían obras en La Habana, y es verdad.  ¿Pero para quién se hicieron obras en La Habana?  ¿Para el pueblo?  ¡No señor!  Muchas avenidas en repartos de gente que tenía grandes mansiones, muchas avenidas en playas que no eran del pueblo, muchas avenidas que servían para poner más caro los solares, para poner más caro los alquileres.  ¡Sí, se construyó mucho en La Habana, pero no para el pueblo; se construyó para grupitos privilegiados!  El maestro, sin embargo, el obrero, el empleado, estaba peor allí que en ninguna parte; porque el maestro, ganando el mismo sueldo que el que gana en un lugar del interior, en cambio tiene que pagar el alquiler mucho más caro, tiene que pagar la vida mucho más caro, y lo que gana le alcanza menos de lo que le alcanza a cualquier maestro que vive en el interior de la república.  Se construyó, sí, pero se construyó para los privilegiados.
Y la cuestión a plantearle al pueblo no es venir a engañarlo, no es venir a separar a una provincia de otra, no es venir a decirle que se construyó allí para La Habana.  Para La Habana no, se construyó para los privilegiados, se construyó para determinados sectores; pero al pueblo no se le dio nada, el pueblo estaba peor; mientras más construían, más caro era todo para el pueblo.  Esa es la verdad, eso es lo que hay que decir aquí, señores.
Ahora se va a construir para el pueblo aquí, allí y en todas partes, porque el pueblo es uno solo, aquí y allá.  Tan cubano es el de aquí como es el de allá, tan hermano es el de aquí como es el de allá, tan patriota es uno como es otro.  ¡Todos luchamos, todos!  Fuimos los primeros, y ese es nuestro motivo de satisfacción, de orgullo; pero nadie tiene que venir a explotar ese mérito, nadie tiene que venir a explotar ese orgullo para dividir a los cubanos.  Debe ser una satisfacción haber peleado más que otras provincias, debe ser una satisfacción haber hecho más que los demás; pero nunca será razón para que sintamos desprecio sobre los demás, nunca será razón para que nos dividamos de los demás, porque tan hermanos —repito— son los de allá como los de acá, y tanto sufre el de allá como el de acá, y tanto es un miembro de la patria el de allí como el de aquí.  ¡Y cuando haya que defender la patria peleará el de allá y peleará el de aquí!  Así que nunca admitan que vengan a despertar pasiones divisionistas.
Yo dije que los que se habían puesto a hacer esa campaña eran unos mentecatos.  Se pusieron bravos y empezaron a decir que yo estaba atacando a los orientales.  Resulta que los ataco a ellos, a los que hacían esa campaña, y dicen que es a los orientales, como si los orientales fueran ellos. Ellos, los que estaban haciendo esa campaña, no son los orientales, ni se pueden confundir; los ataqué a ellos.  Atacarlos a ellos no quiere decir atacar a los orientales.  Ah, pero como les dije lo que les dolió, vinieron a decir que yo estaba atacando a los orientales.  ¡Qué pamplinería!  No solo digo que es una mentecatada —que después de todo no es una palabra fuerte, después de todo no es una palabra tan ofensiva—, digo también que es una pamplinería, digo también que es perder el tiempo.
¿Me van a venir a pelear con los orientales?  Pero si sería pelearme yo conmigo mismo, porque yo soy tan oriental aquí como el que más y tan patriota como puede serlo el que más.
Ahora todos tienen que ayudar a Oriente, y todos tienen que ayudar a Oriente porque Oriente necesita de todos.
Mañana se va a poner la primera piedra de la ciudad que se va a construir aquí, la nueva ciudad.  Y a la misma hora vamos a estar poniendo la primera piedra también en La Habana.  Pastorita Núñez va a poner la primera piedra aquí por la mañana, y yo voy a poner la primera piedra allá.
Miles de obreros van a empezar a trabajar, miles de obreros, en las construcciones.
El problemita del cemento se arreglará, señores.  Ya se sabe que el cemento no se vendió en estos días, pero después no va a alcanzar el cemento que produzca esta fábrica ni ninguna fábrica de Cuba.  El problemita del cemento tiene que arreglarse.
Yo sé que se paró la fábrica porque no se vendía cemento.  Pero, ¿por qué van a venir ahora a pagarles a los obreros el descanso?  Eso no es generoso.  Si van a vender más cemento que nunca, si esas fábricas en los próximos años no van a parar de producir cemento, ¿por qué no les pagan el sueldo a los obreros en estos días en que está parada la fábrica y que ese sueldo no sea el descanso retribuido? ¡Que ese sueldo no sea el descanso retribuido!
Yo sé que no ha habido desplazamientos y que lo que han hecho es querer pagarles el descanso.  Yo creo que eso no es justo, porque a los obreros no se les puede pagar el descanso a la fuerza, no se les puede decir a la fuerza: Estas son tus vacaciones; que cuando se ha paralizado el trabajo porque no se vende cemento se les diga que esas son sus vacaciones y que después no van a tener vacaciones.  Yo no creo, sinceramente que eso sea justo.
Lo generoso es que se haga un sacrificio por parte de la fábrica y se les pague a los obreros el sueldo mientras esté parada, que yo le garantizo que no le va a alcanzar todo el cemento que produzca, muy pronto no va a dar abasto el cemento que produzca; que no sacrifique a los obreros, y que si los obreros quieren tener sus vacaciones pagadas en el verano, sus vacaciones pagadas, o en diciembre, o en el mes que sea, que las tengan.  Eso no es ningún mérito, eso no es ninguna generosidad, venir a pagarles ahora el descanso retribuido.  Lo generoso sería pagarles su salario.
Y desde luego, si lo hacen así, compraremos cemento; pero si no hay generosidad con los trabajadores, entonces nosotros no tendremos generosidad con la fábrica y pondremos entonces otra fábrica o haremos cualquier otra cosa.  Esto es independiente de cualquier consideración personal.  En materia revolucionaria, la única amistad que nosotros tenemos es con la justicia, y siempre estaremos del lado de lo justo.
Yo espero que ese problema del cemento se resuelva satisfactoriamente y de una manera justa, en favor de los trabajadores; que mientras no se pueda fabricar aquí —porque va a ser poco tiempo— les paguen el sueldo, pero que no se lo descuenten de su descanso retribuido.
Pronto empezarán numerosas obras.  Ya hay un crédito de 3 millones por un lado para Santiago, hay 2 millones y medio para la universidad, más 10 millones de construcción de viviendas.  Eso mismo se va a hacer en otras ciudades de Oriente.  Las obras públicas se van a llevar adelante en todas las ciudades de Oriente.  Ya afortunadamente vamos avanzando en ese orden.  Y la provincia recibirá grandes créditos para obras, de las que más recibirá, no porque nosotros seamos orientales, sino porque lo necesita, porque es justo.
Las ciudades que vamos a hacer, las nuevas ciudades, constituyen verdaderas maravillas.  Al ver hoy los planes, al ver hoy los proyectos de lo que se va a hacer, me quedé realmente maravillado: cómo el tipo de ciudad que se va a hacer es enteramente nueva, cómo los patios para los niños es lo primero que se señala; campo deportivo, piscina, tienda, todo formando parte de determinadas unidades que van a establecer un género de vida absolutamente distinto.  Los lugares donde hoy vivimos nos van a parecer infiernos, comparados con el tipo de ciudades, de viviendas, que vamos a construir, y que mañana se empiezan ya.
Yo estuve viendo hoy los planos en la capital.  Los planos aquí en Santiago están en manos de arquitectos santiagueros.  Yo quisiera que aquí se hicieran planos similares a aquellos, pero eso está en manos de los arquitectos.  Sin embargo, construcciones similares se van a hacer en toda Cuba.
Les digo que los 100 millones que antes se invertían en juegos, ahora se van a invertir en hacer construcciones.  Y por un precio mínimo, en pocos años, el pueblo amortizaré su casa.
Así que estamos preparando un mundo para el cubano como posiblemente nunca se soñó, estamos preparando un mundo como el que merece nuestro pueblo.  No lo podemos hacer en un día, si lo pudiéramos hacer en un día no tendría mérito.  Tenemos que hacerlo día tras día, luchando mucho, trabajando mucho, venciendo muchos intereses, esforzándonos incansablemente.
Pero el pueblo cubano tendrá lo que espera de nosotros, esa fe y esa confianza tendrá su premio.  No voy a decir que no será defraudada, porque la palabra defraudación ha desaparecido de nuestro diccionario, la palabra traición ha desaparecido de nuestro diccionario.  La palabra que está de moda es la palabra lealtad, la palabra que esté de moda es la palabra honradez, la palabra que está de moda es la palabra deber, la palabra que está de moda es la palabra patriotismo, entusiasmo, moral, fe, espíritu revolucionario, decisión de lucha, valor, entereza; esas son las palabras que están de moda.  Porque eso es hoy nuestro pueblo: nuestro pueblo es hoy virtud, nuestro pueblo es hoy fe, es un pueblo entero.
¿Qué pueblo en el mundo podía compararse con este?  ¿Qué pueblo en el mundo podrá compararse con el cubano? ¿Qué pueblo es capaz de reunirse como se reúne este?  ¿Qué pueblo es capaz de responder como responde este?  ¿Por qué?  Porque sabe que lo estamos sirviendo lealmente, porque sabe que no venimos aquí por política, porque nadie nos obligó a luchar, nadie nos obligó a ir a la Sierra Maestra, nadie nos obligó a pasarnos años en la cárcel, o en el exilio, o en la lucha, nadie nos obliga a este trabajo; porque lo hacemos por emoción, porque lo hacemos por devoción, porque lo hacemos sin aspirar a recompensa.
Yo veo, por ejemplo, que algunos propietarios de apartamentos se quejan de que perdieron 2 000, 3 000, 4 000 pesos, pues yo pierdo más que ellos; yo que no tengo nada, pierdo más que ellos: yo pierdo 100 000 pesos todos los meses. ¿Saben por qué?  Porque si yo en vez de dedicarme a este trabajo agotador, si en vez de dedicarme a este trabajo por el pueblo por un sueldo que lo primero que hice fue rebajármelo; si yo, en vez de estar haciendo esto, me dedicara a escribir los libros de la Revolución, la historia de la Revolución, que me lo han pedido de distintos países del mundo, y me pusiera a escribir esa historia, me ganaría 2 millones, 3 millones, no se sabe los millones que me ganaría escribiendo, porque lo vendería en Cuba, lo vendería en Venezuela, lo vendería en todas partes.  Sin embargo, yo renuncio a todo eso.  Cuando lo vaya a escribir, posiblemente no le interese a nadie.  Así que, ¿cuánto pierdo yo todos los meses que le dedico al pueblo?  Pues pierdo 50 000, 100 000, no sé lo que pierdo y no me importa.
El sueldo que gano es un sueldo modesto, porque lo que hice fue rebajármelo; luego no estoy aquí luchando por interés, ni lucho por política, porque si luchara por política me hubiera retirado en vez de luchar, porque al otro día del triunfo todo el mundo me aplaudía, y yo sé que hoy todo el mundo no me aplaude, me aplaude una parte nada más.
Luego, no lucho por demagogia, ¡no lucho por demagogia!  Sé que me gano enemigos, sé que gano enemigos.  No lo hago por ganarme el cariño del pueblo, porque el cariño del pueblo lo tenía desde el primer día.  Luego lo que hago lo hago por servir.
Se preguntarán esos intereses por qué está el pueblo con nosotros, por qué se reúne.  Sencillamente porque el pueblo sabe, porque el pueblo tiene instinto, sabe que lo estamos defendiendo, sabe que esta es su Revolución y tiene que defenderla, sabe que esta es su oportunidad y tiene que defenderla, sabe que este es su futuro y tiene que defenderlo, sabe que puede confiar en nosotros, sabe que nosotros no lo traicionaremos jamás, sabe que tiene en nosotros hombres que sabrán morir cumpliendo con su deber, hombres que sabrán caer defendiendo la Revolución, defendiendo la patria; hombres que no lo abandonarán jamás, porque nuestro pueblo, que ha sufrido tanto, tenía derecho algún día a tener hombres que lo sirvieran, tenía derecho algún día a tener gobernantes que lo sirvieran.
Si otros le hicieron daño, si otros lo olvidaron, si otros lo explotaron, si otros se pusieron al servicio de unos pocos intereses, ¿por qué no habría de llegar el día en que los gobernantes se pusieran del lado del pueblo?  ¿Por qué no habría de tener un día nuestro pueblo hombres capaces de servirlo?   ¿Por qué a nuestro pueblo que dio tantos hombres magníficos, a nuestro pueblo que ha luchado tanto, a nuestro pueblo que ha tenido tantos reveses y tanta adversidad en el camino, por qué no habría de llegarle su hora?  ¿Por qué no habría de llegarle su hora de suerte? 
¿Se quejan los que hoy se perjudican?  Pues bien, es justo, es lógico, si se estuvieron beneficiando durante décadas enteras, es justo que los beneficios lleguen ahora al pueblo; si los únicos beneficiados fueron ellos, es lógico que el pueblo comience a ser el beneficiado de hoy.
No importa que la Revolución la hayamos hecho entre todos.  La Revolución no se hizo para ayudar al que lo tenía todo, la Revolución se hizo para ayudar al que no tenía nada.
Queremos ayudar al que no tenía nada sin levantar campañas de odio contra nadie.  Si se ganan el odio del pueblo la culpa no será mía; si se ganan el odio del pueblo será por su egoísmo, será porque sean egoístas, será porque no quieran la felicidad del pueblo, será porque lo quieran todo para ellos y nada para el pueblo.  Por mí no se ganarán ese odio.  Yo no predicaré el odio.  Cumpliré simplemente con mi deber.
Haremos leyes revolucionarias que entrañen bienestar y entrañen justicia para los desamparados, para los que nunca tuvieron nada, para los que nunca tuvieron amigos, para los que nunca tuvieron protección.
Haré justicia.  Si por hacer justicia me gano el odio de unos cuantos, ¡bienvenido el odio!  ; si por hacer justicia me gano la crítica de unos cuantos, ¡bienvenida la crítica!; si por hacer justicia me gano la antipatía de unos cuantos, ¡bienvenida la antipatía!; si por hacer justicia me gano la muerte, ¡bienvenida la muerte!  (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES DE: “¡No!”); si por hacer justicia me combaten, ¡que me combatan!
Respetaré el derecho a escribir y a hablar contra nosotros; respetaré la dignidad personal, la libertad personal y todos los derechos individuales de nuestros adversarios.  Si me combaten y combaten al pueblo algún día por la fuerza, lo sentiríamos muchísimo.  Ojala que eso nunca ocurra, tengo esperanzas de que eso nunca ocurra; porque si algún día nos combaten por la fuerza, ¿de qué manera van a poder resistir la fuerza del pueblo y del Ejército Rebelde unidas?  
Espero que no, espero que todo el mundo se adapte a las leyes revolucionarias.  Es una cuestión de adaptación; no de hacerles resistencia a las leyes revolucionarias, sino adaptarse a las leyes revolucionarias.
Yo tengo esperanzas de que nadie se atreva a desafiar la fuerza de la Revolución; porque su fuerza es muy grande, señores.  ¿Cuándo se vieron estas multitudes?  ¿Cuándo se vieron estas concentraciones?  (EXCLAMACIONES DE: “¡Nunca!”)  ¿Quién puede contra este pueblo?  (EXCLAMACIONES DE: “¡Nadie!”)
¿Y van a venir aquí con ilusiones?  No comprenden que el pueblo estará con nosotros siempre, sencillamente porque seremos honrados, porque nunca nos verán robar, porque nunca nos verán con debilidades ni vacilaciones; porque siempre me verán firme, porque siempre me verán trabajando y me verán al servicio del pueblo.  Y me verán no como un señor poderoso, encumbrado, sino como un hombre del pueblo, como un hombre que llega al pueblo, que está con el pueblo, que le habla al pueblo en lenguaje claro , que habla de manera que el pueblo lo entiende —porque no ando aquí con discursitos, ni con retórica, ni con palabrería—; lo que yo digo aquí al pueblo, lo entienden hasta los muchachos, porque hablo para el pueblo y le hablo con franqueza, le hablo con sinceridad.  Esa es una cosa que no se puede inventar, ni se puede simular, ni se puede disimular.
El pueblo conoce bien a la gente, sabe quién es un pícaro, sabe quién es un descarado, sabe quién es un politiquero, y sabe quién es un hombre honrado, quién es un hombre sincero, quién es un hombre igual que ellos.
Porque aquí, ¿quieren saber la ciencia de la fuerza revolucionaria y de nuestro respaldo con el pueblo?  Muy sencilla: yo soy un individuo más del pueblo, y todo el mundo me ve a mí como un individuo más del pueblo, como un pariente, un hermano, un familiar.  Todo el mundo me dice Fidel y ve que yo soy un hombre más del pueblo.
Antes ustedes saben lo que pasaba.  Antes un señor salía representante y no lo veía más nunca ni el vecino de al lado, ni los primos pobres lo volvían a ver, miren cómo es la cosa; se perdía, se compraba un Cadillac, se paseaba por la calle, traía un sombrerón grandísimo, un dril 100 y no saludaba a nadie, sobre todo si las elecciones estaban lejos.
A un señor aquí le daban un puesto importante y ya no querían hablar ni con su familia.  Aquí la gente tenía un cargo y ya creía que era un dios.  ¿Y el pueblo?  ¡Ah!, desprecio para el pueblo.  Veían a la masa del pueblo como una cosa fastidiosa, molesta.
Miren, el problema es bien sencillo: yo soy uno más del pueblo y a mí no me importan los cargos absolutamente nada, y el pueblo lo sabe.  Estoy aquí sacrificándome por cumplir un deber.  No lo haré perfecto, pero trato de hacerlo bien; no lo haré perfecto, pero trato de hacerlo, de buena fe, lo mejor; no le quiero hacer daño a nadie y le quiero hacer bien a todo el mundo; respeto los derechos de todo el mundo y defiendo los derechos del pueblo.
Lo que he prometido lo he cumplido siempre; no prometo lo que no pueda cumplir.  Trato de hacer más de lo que ofrezco.  No ando nunca con engaños ni ando con halagos.  Digo lo que pienso aquí.  Si tengo que pensar distinto de lo que están pensando los que me están oyendo, lo digo aquí con sinceridad, sin demagogia, sin hipocresía.  ¿Eso lo han hecho los políticos?  Pues no lo han hecho los políticos.
Ese es el secreto de que cuente la Revolución y cuente hoy el gobierno con el respaldo enorme del pueblo.
Yo digo que son menos porque, efectivamente, el primer día era todo el mundo aquí.  Ahora los que están un poco disgustados no nos aplauden, pero el resto del pueblo nos aplaude más, ¿saben? Tenemos menos, pero son más decididos y más convencidos cada día. ¿Por qué?  Porque ven que estamos haciendo una obra, porque todo el mundo sabe que no estamos perdiendo el tiempo.  Ese es el secreto.
¿Van a quitarnos al pueblo?  ¿Lo van a engañar?  Cuando se aparezca cualquier teórico de esos que no hizo nada, que no ha hecho nada, a escribir paparruchadas en los periódicos, ¿le va a hacer caso nadie?  Cuando empiecen a escribir contra la Revolución y contra nosotros, ¿le va a hacer caso nadie?  (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES DE: “¡No!”)  ¡No le van a hacer caso!  Porque el pueblo le dirá: Bueno, no lo pudieron hacer mejor, pero trataron de hacerlo lo mejor posible; no lo pudieron hacer perfecto, pero no le han robado a nadie, no han asesinado a nadie, no han golpeado a nadie, no han burlado ningún derecho, han respetado los derechos de los amigos y hasta de los enemigos, han respetado el derecho a pensar y a opinar de los amigos y de los enemigos.
Eso sí, nos mantenemos firmes en nuestra línea.  De nosotros se dirá siempre que nos mantenemos firmes en nuestra línea, que no nos alejaremos jamás del pueblo, que siempre seremos una sola cosa con el pueblo.
Así que yo tengo una fe enorme.  Vengo a Oriente hoy y me voy con más ánimo; siempre que vengo a Oriente me voy con más ánimo.
La gente no se explica por qué puedo estar sin dormir, y yo me lo explico:  porque tengo ánimo, porque tengo entusiasmo, porque el pueblo me da ánimo , porque vengo a Oriente y al ver tanto pueblo, tantos campesinos, tantos sombreros, tanta gente buena aquí y, sobre todo, tanta gente humilde, tengo la conciencia de que les estoy haciendo un bien a millones de compatriotas, y tengo la conciencia de que les estoy llevando la esperanza y la felicidad a millones de cubanos que nunca habían recibido esa esperanza; pues me voy satisfecho de haber cumplido con mi deber de cubano .
No estoy luchando por la gloria.  Hay quien dice que lucha por la gloria.  ¿Por la gloria para qué?  ¿Por vanidad?  ¿Para que me hagan una estatua?  Yo no estoy luchando por estatuas, lucho porque lo siento, lucho porque cada hombre tiene que cumplir un deber en esta vida.  Mi deber era servir al pueblo.  Me tocó a mí como le pudo tocar a otro, y yo lo que hago es cumplir con mi deber, cumplir con un sentimiento.  No quiero premio ni en esta vida ni después de muerto.  No quiero nada de eso.
No lucho ni por interés material, ni por interés moral, ni porque me aplaudan, ni por nada de eso; lucho porque estimo que ese es mi deber.  Mi premio es, cada vez que le hago un bien a alguien, sentirme satisfecho; mi premio, cada vez que veo una familia más feliz, es sentirme satisfecho; cada vez que veo una escuela nueva que se levanta, sentirme satisfecho; cada vez que veo un hospital nuevo que se levanta y cientos de enfermos que van a recibir medicinas, sentirme satisfecho; cada vez que veo un campesino alegre, sentirme satisfecho.
Mi premio no será ahora, mi premio será más adelante, será mañana, si estoy vivo, cuando pase por las cooperativas de campesinos produciendo; cuando pase por las casas de los campesinos y vea casas nuevas y distintas a las que son hoy, y vea a todo el mundo con zapatos, y vea que todo el mundo sabe leer y escribir, y vea que todos los niños tienen maestros, y vea que todo el mundo tiene medicinas, y vea que todo el mundo tiene radio, y vea que todo el mundo tenga higiene, y vea que todo el mundo tiene salud.
Cuando vea que no hay mendigos, cuando vea que no hay hambrientos, cuando vea que no hay injusticias, me sentiré feliz, y ese será mi premio.  Mi premio no puede ser jamás en dinero, mi premio no puede ser jamás en honores, mi premio no puede ser jamás en otra cosa que en la satisfacción infinita que el hombre sano, que el hombre limpio, que el hombre noble, que el hombre honesto siente cuando le lleva un bien a alguien .
La política no me importa, los cargos no me importan.  Me da lo mismo ser premier que no ser nada.  La presidencia no me importa.  Si me dejan aquí los años que necesite —cuatro, cinco o seis— para hacer este trabajo, y otro es presidente, no me importa; los cargos no me importan.
Yo no sirvo para presidente, ¿saben por qué? Porque son muchas cosas, muchos honores y mucha jerarquía, y yo tengo que andar con el pueblo.  Me siento cómodo lo mismo al ir a una fondita cualquiera, por ahí, que al llegar a una casa humilde; que andar sucio como andar limpio; que andar en un automóvil como andar en guagua, como andar a pie.  A mí esos cargos no me importan.  Todo esto les digo que para mi carece de valor; eso no me interesa, ni la política, ni los cargos, ni los votos, ni los honores.
Más honores de los que he recibido del pueblo de Cuba no los puedo recibir; más multitudes de las que se han reunido, más cientos de miles de personas de las que se han reunido no se pueden reunir.  Luego, a mí no me interesa más que una cosa: me interesa cumplir con mi deber.
Mi deseo es hacerlo bien.  Sé que como humano que soy no lo puedo hacer perfecto, sé que como humano que soy puedo cometer errores.  Errores cometeré, pero nunca actuaré de mala fe.  Me podrán decir: “Se equivocó”, pero no me podrán decir: “Es un sinvergüenza”; me podrán decir:  “Se equivocó”, pero no me podrán decir:  “Es un ladrón” ; me podrán decir que no lo haya hecho todo, pero no me podrán decir que no he hecho todo lo que he podido, porque haré todo lo que pueda, haré todo lo mejor que pueda.  Y cuando no haga más y no lo haga mejor, será porque no pueda.  Y entonces vendrán otros y lo harán mejor.  Yo haré mi tarea; otros vendrán después.
Hablo así aquí como no he hablado nunca en ningún otro lugar. He hablado de estos sentimientos y es justo que lo haga, porque mi corazón, mi vida, está unida a esta tierra, está unida a esta provincia, está unida a esta ciudad.
Vine aquí, vine otras veces.  Mucho antes del 10 de marzo hice una promesa y le dije al pueblo que si algún día manos mercenarias, fusiles mercenarios volvían a oprimir nuestra patria, cambiaríamos las escobas por fusiles e iríamos a combatir, iríamos a hacer la Revolución.
Vine aquí a Oriente con Eduardo Chibás —ustedes recuerdan—, vine después de la muerte de Chibás.  He venido siempre a Oriente.  Un especial sentimiento me invade cuando estoy aquí; una especial emoción me invade cuando estoy aquí entre los santiagueros.  Y aquí tengo que decir estas cosas que me salen del alma; aquí tengo que hacer estas confesiones que no hago en ninguna otra parte; aquí tengo que decir todo lo que siento por el pueblo; aquí tengo que decir todo lo que soy, o sea, toda la tristeza que siento al no poder hacer más, toda la pena que siento al no poder hacerlo mejor, toda la convicción que tengo de que es imposible que todo me salga bien y me salga perfecto.
Pero decir aquí ante los orientales —¡ante los bravos orientales, ante los limpios orientales, ante los cívicos orientales!  — que este oriental que nació en Oriente, que luchó en Oriente, que inició la Revolución en Oriente y que hoy tiene en sus manos grandes responsabilidades, sabrá ser un hombre digno aquí y allá, sabrá ser un hombre digno hoy y siempre.  ¡Que los campesinos de la Sierra Maestra, los guajiros que hicieron la Revolución, los guajiros del Segundo Frente, los guajiros que hoy tienen las armas y el poder en la mano, sabrán hacer un gobierno justo, sabrán hacer un gobierno bueno, sabrán hacer el gobierno de los campesinos, el gobierno de los humildes, el gobierno de los obreros, el gobierno del pueblo!  ¡Este es el gobierno del pueblo!
Combatirán este gobierno no los hombres del pueblo, sino los hombres que nunca pueden sentir con el pueblo; combatirán este gobierno no los amigos del pueblo, sino los enemigos del pueblo.  Inventarán todas las cosas posibles, pero lo mejor es que vayan comprendiendo que la Revolución es invencible, que la Revolución es indestructible.  Cuando hay la fe que existe hoy, cuando hay la honradez que existe hoy en los hombres que están dirigiendo esta Revolución, cuando hay el entusiasmo y la fe que hay en el pueblo, la Revolución no la podrá vencer ningún poder del mundo, ninguna fuerza del mundo.  Para vencer esta Revolución habrá que destruir el pueblo entero, porque cada vez será mayor el entusiasmo, cada vez será mayor la fe, cada vez será mayor la firmeza y la decisión de nuestro pueblo.
Me voy de Oriente como siempre me he marchado de Oriente:  ¡con más fe, con más entusiasmo!  Me voy de Oriente llevándome todo lo que me he llevado siempre de Oriente: ¡el espíritu de lucha, la rebeldía, la energía, la fuerza!    Me voy de Oriente llevándome lo que siempre vendré a buscar a Oriente, cuando esté triste, cuando esté desanimado —si es que algún día pueda estarlo—, cuando quiera buscar fuerza, vendré a Oriente a buscarla.
Nací en esta provincia, en esta provincia luché, en esta provincia fui derrotado, en esta provincia volví a la lucha, en esta provincia vencí, en esta provincia vendré a luchar cuantas veces sea necesario.  Y si es preciso venir a morir, ¡en esta provincia vendré a morir!  
Soy oriental y con ello soy más cubano.  Quiero a Oriente y con ello quiero más a Cuba.  Quiero a los orientales y con ello quiero más a todos los cubanos.
Y cuando les digan que les han robado la Revolución, digan: ¡Mentira!  ¡La Revolución está en el corazón de los que la hicieron y de los que han sabido mantenerla en alto y dirigirla hacia la victoria!
Cuando les digan que nosotros estamos en La Habana, digan: ¡No, es mentira, porque sus pensamientos y sus corazones, jamás abandonarán a Oriente!
FIDEL CASTRO RUZ

Fuente: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos

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