julio 09, 2012

Discurso de Fidel Castro en el Parlamento de Caracas, Venezuela (1959)

DISCURSO EN EL PARLAMENTO DE CARACAS, VENEZUELA
Fidel Castro
[24 de Enero de 1959]

― Versión taquigráfica de los oficinas del Primer Ministro ―

... Pero no se conforman con eso, inmediatamente quieren poner una cámara espuria, incondicional, obediente... (SALTO EN LA GRABACIÓN)... el pueblo, sino ellos mismos eligen a los representantes, y actúan de acuerdo con una lógica, ellos asumen la soberanía del pueblo, ellos eligen a los representantes del pueblo.
Hablan del hombre, de la constitución, de la democracia, pero una de las cosas que más hace sufrir al pueblo es escuchar esas palabras en bocas de los tiranos, y cómo comienzan todo a disfrazarlo y todo a adaptarlo a aquella situación, que no es más que una situación de fuerza, ¡de fuerza! Es que no pueden gobernar de otra manera, sino suprimiendo todos los derechos, suprimiendo la Cámara que representa al pueblo, suprimiendo la libertad de prensa, suprimiendo la libertad de reunión, suprimiendo la libertad de expresión, todas las libertades, porque es que cuando se toma el poder por la fuerza no se puede gobernar de otra manera.
Nosotros, por ejemplo, en Cuba hoy tenemos la experiencia de cómo hay paz, hay orden. Porque hablan de paz y de orden; bueno, pues nunca en Cuba ha habido más paz y más orden que los que hay hoy sin policía y sin fuerza , porque es la paz que el pueblo quiere y el pueblo mantiene, y es el orden que el pueblo necesita y el pueblo mantiene. Pero es que se cuenta con todo el pueblo. Cuando se tiene en contra a todo el pueblo —y siempre estará el pueblo en contra de todo golpe militar reaccionario que se apodere del poder por la fuerza —, viene a resultar que es imposible, que la cámara de tortura, el exilio, las cárceles, los presidios, la policía represiva, el asesinato en la calle es consustancial de toda tiranía.
No es que quieran, es que no puede ser de otra manera, o, de lo contrario, no pueden permanecer en el poder. Y por eso lo primero que hacen las dictaduras es suprimir las cámaras, todo lo que represente la voluntad del pueblo, y tratar de sustituirlo por otros organismos que resultan tan odiosos al pueblo, aunque no es lo mismo, naturalmente, después de una revolución como la que ha ocurrido en Venezuela, cuando ya se han establecido los organismos constitucionales del país, hacer las medidas con la prontitud con que se hacen bajo un gobierno provisional revolucionario, porque tienen que ajustarse a los procedimientos más lentos, a la discusión más detallada. Yo creo, sinceramente, que un gobierno constitucional puede hacer muchas leyes revolucionarias.
Nosotros estamos ahora, por ejemplo, en el caso de que las leyes revolucionarias se pueden hacer por decreto; naturalmente que hay que aprovechar la circunstancia de contar con un respaldo muy grande del pueblo y un procedimiento, en este caso necesario, para decretar todas las leyes revolucionarias que el país necesita.
Venezuela ha entrado en su etapa institucional. Nosotros todavía no penetraremos, porque nosotros no tenemos miedo del Parlamento, nosotros nos la arreglaremos para que al Parlamento vaya una verdadera representación del pueblo, eso sí; pero iremos también hacia el restablecimiento del sistema democrático constitucional y, por lo pronto, también nuestra patria, en un plazo breve, menor de dos años, tendrá su cámara de representantes y de senadores.
Realmente experimento hoy esa sensación y esa alegría de ver lo que va adelantando Venezuela. En Venezuela lo hicieron más rápidamente de lo que lo estamos haciendo en Cuba, porque, naturalmente, cada proceso se tiene que adaptar a determinadas condiciones objetivas, y Venezuela estaba necesitada de restablecer cuanto antes sus poderes constitucionales; no solo de restablecerlos, sino de defenderlos contra toda recaída.
Así que si les permiten ustedes a un visitante que les diga algo —no a título de consejo ni mucho menos, porque no me presumo con capacidad para darle consejos a la representación del pueblo de Venezuela—, a título de compañero revolucionario que se preocupa por las mismas cuestiones que se preocupan ustedes, conociendo que muchos de los hombres que están aquí son nuevos, que la juventud está representada en el Parlamento de Venezuela en alto grado; sabiendo que la preocupación de ustedes como la preocupación nuestra es acertar, me permito decirles que la responsabilidad que tiene el Parlamento de Venezuela en la preservación de los derechos del pueblo y en la preservación de sus instituciones democráticas es muy grande.
Recuerden, sobre todo, que el ataque de la reacción se dirige siempre contra los parlamentos, los acusan de ineptos, los acusan de anárquicos y los acusan de incapaces de resolver los problemas del país. En la misma medida en que triunfe y tenga éxito el Parlamento de Venezuela, se irán asegurando sus instituciones democráticas; en la misma medida en que fracase el Parlamento de Venezuela en dotar al país de las leyes que el país necesita, se irá haciendo fuerte la reacción antidemocrática en Venezuela.
Siempre los dictadores que practican la doctrina del gobierno unipersonal se valen de toda clase de argumentos para demostrar que el sistema de gobierno ideal no es el sistema de gobierno democrático, sino el sistema de gobierno absolutista que ellos implantan.
El Congreso de Venezuela es la institución que más necesita el pueblo en estos instantes, es la institución democrática que tiene más responsabilidad con el pueblo de Venezuela. Pero como pueblo y representación congresional es la misma cosa, como los hombres que hay aquí presentes no los designó nadie de dedo, sino que los eligió el pueblo, como hay una identificación absoluta entre el pueblo y sus representantes, y el pueblo de Venezuela está en pie y el pueblo de Venezuela está alerta, yo estoy seguro de que el Congreso de Venezuela estará en pie y estará alerta como el pueblo de Venezuela.
Los errores que cometamos, ustedes aquí y nosotros allá, no importan; el pueblo perdona los errores, lo que el pueblo no perdona, como he dicho en Cuba, me permiten decirlo aquí, son las sinvergüencerías, las malas intenciones. Y el pueblo tiene una perspicacia extraordinaria para saber cuándo se actúa de buena fe y cuándo se actúa de mala fe, por eso los errores se perdonan; además, sobre los errores, es que se va adquiriendo la experiencia y se va aprendiendo el modo de hacer mejor las cosas.
Pongo siempre un ejemplo y es el siguiente: cuando nosotros desembarcamos del “Granma” en las playas de Cuba, no sabíamos nada de guerra, y, en consecuencia, cometimos algunos errores. Sin embargo, al cabo de dos años, o al cabo de un año, o al cabo de seis meses, ya sabíamos algo. Cada día que pasaba sabíamos más y llegó un momento en que nuestra tropa era una tropa del pueblo, de campesinos —como se dijo aquí— que no tenían tanques, ni cañones, ni aviones, y eran los que tomaban pueblos, cercaban guarniciones, se apoderaban de las vías de comunicaciones y avanzaban contra el enemigo que tenía tanques, cañones, aviones, estrategia, táctica, academia...
Siempre había pasado que en las guerras los que tenían los aviones, los tanques y los cañones —ustedes lo habían visto en todas las guerras—eran los que ganaban la guerra, y aquí pasó al revés: las academias se fueron por el suelo, las tácticas militares se fueron por el suelo, las armas modernas se fueron por el suelo, o mejor dicho pasaron a manos de los obreros. Y toda aquella teoría de que los pueblos eran impotentes, aquellas teorías que de buena fe y de mala fe se hacían circular de que los pueblos eran impotentes en estos tiempos para luchar contra un dictador bien armado, aquellas teorías se fueron por tierra.
Existían una serie de mentiras convencionales que ejercían un efecto deprimente sobre los pueblos, y de veras que los pueblos se sentían impotentes. ¿Quién no lo recuerda y quién no se ha sentido impotente en Cuba o en Venezuela? Cuando, por ejemplo, una mañana se despertó el pueblo y se encontró con que ya no era libre, que ya era esclavo: los tanques en la calle, las bayonetas en la calle, las instituciones son reprimidas, el que estaba acostumbrado a ir a un periódico a hacer una declaración ya no podía ir, el que estaba acostumbrado a ir al Parlamento a hacer una denuncia, una protesta, que son las armas con que estaba acostumbrado a lidiar, no podía ir al Parlamento. Y todas las instituciones y hasta los medios de acción del hombre, a los que estaba acostumbrado, desaparecidos.
Un tanque en una esquina, un hombre con cara de perdonavida armado de un fusil, en la calle, dispuesto a disparar a la menor protesta, ¿quién no ha vivido eso? ¿Quién no ha derramado lágrimas del corazón ante ese espectáculo? ¿Quién no ha sentido la tristeza de ver cómo las ideas son pisoteadas y cómo de nada vale que la causa sea justa, que la causa sea noble, que la causa sea honrada, si quien tiene la fuerza se impone sobre ella, y los que defienden esas ideas tienen que marcharse de su tierra, o ir a parar en un calabozo? No importa que fuese un hombre educado, un hombre con aquella sensibilidad que da la cultura y da la educación, lo enviaban a la cárcel como un delincuente vulgar, como un asesino cualquiera y lo trataban peor. Por supuesto que los asesinos y los delincuentes vulgares tenían privilegios bajo la dictadura que no los tenía ningún preso político: visitas y otra serie de cosas. Hasta los libros se lo quitaban, porque en el ensañamiento, a aquel hombre perseguido, aquel hombre sufrido, aquel hombre privado de su libertad, de su familia, de sus medios, de todo, no le dejaban ni libros, ni los libros, para hacerlo sufrir. En algunos casos en que los dejaban, no era por bondad, era por desprecio hacia las ideas y hacia la cultura.
Recuerdo que estando una vez en prisión me dejaban pasar algunos libros, pero un día me mandan “El golpe de Estado”, de Curzio Malaparte —no sé a quién se le ocurrió; yo, sinceramente, no practico esas teorías—, y me prohíben el libro; entonces había una biografía de Stalin, por Trotsky, y me prohíben el libro. Bueno ... Sin embargo, me chocaba aquello de que no me dejaran pasar aquellos libros, y el preso siempre necesita algún pretexto para, de alguna manera, pelear aunque sea en la cárcel; enseguida escribí protestando y les tuve que decir: “Miren, señores, ese libro de ‘El golpe de Estado’, de Curzio Malaparte, no sirve para nada. Cómo ustedes van a temer enviarme un libro, en la cárcel, que habla de la técnica del golpe de Estado, técnica que yo no he aplicado, ni pienso aplicar aquí ni mucho menos, y, además, estoy preso aquí, impotente por completo. ¡Qué absurdo es que ustedes lo prohíban!”
Entonces, como suponía que el libro de Stalin, por Trotsky, no lo enviaron por el nombre de Stalin. Dije: “Señores, si no es un libro a favor de Stalin, es un libro contra Stalin.” En la ignorancia absoluta de estas cuestiones, caían en esas ridiculeces.
Sé que, por ejemplo, a mí me dejaban pasar los libros, porque el jefe de aquella prisión —que hoy está preso, era un hombre muy despótico, un abusador, por supuesto; no pienso vengarme ni mucho menos, porque no cabe en los revolucionarios el sentimiento de venganza, pero sí casi como una enseñanza vale la pena decir las veces que nos insultó, que nos ofendió, que nos amenazó; sin embargo, ahí está. Lo dije un día, que algún día los presos seríamos los carceleros de los dictadores y de los servidores de la tiranía, y se ha cumplido: hoy están allí presos los más malos de aquella prisión— los dejaba pasar por desprecio a los libros; sentía un desprecio absoluto por todo lo que fuera ideas, cultura, y hacía gala de eso. Otros esbirros, más sutiles, más crueles, se daban cuenta de que a pesar de que despreciaban aquello, el preso sentía una satisfacción en leer, en tener libros, y los privaban de ellos. Yo sé que en Venezuela ocurría eso, que a muchos presos les prohibían las visitas, les prohibían la lectura, y creo que es el acto de más crueldad que se pueda cometer con un preso.
Hablaba de la impotencia que todos habíamos tenido que sufrir, todos nosotros, y los pueblos la han tenido que sufrir y nos sentíamos impotentes porque se nos quería hacer creer que lo éramos. Realmente, en mi caso personal, les puedo decir que no me sentía impotente nunca; por lo menos, en el fondo. Sentía la impotencia real, que no era más que el tiempo que debía transcurrir desde el instante en que los hombres se deciden a actuar hasta el instante en que pueden actuar.
A nosotros se nos hizo muy difícil en Cuba, porque no ostentábamos, aquel grupo de hombres jóvenes, representación alguna; no ostentábamos el renombre con que se debe empezar muchas veces o que al menos hace más fácil el camino de los luchadores, y desde el principio del primer granito de arena, después de la traición del 10 de marzo, fue necesario hacerlo todo.
Pocas revoluciones se presentaban tan difíciles como aquella revolución; si lo digo aquí no es porque pretenda que se nos hagan reconocimientos especiales, porque siempre he dicho que todo el mérito de la Revolución Cubana está en el pueblo de Cuba. Sin el pueblo que tenemos nosotros, tengan la más completa seguridad de que nadie hubiera podido hacer lo que se ha hecho en Cuba. El mérito nuestro fue creer en el pueblo, tener fe en el pueblo, pero fe ciega.
Muchos hablan de pueblo, pero en el fondo no creen en el pueblo y tienen el sentido de que el pueblo es una masa amorfa, que se agita un día y se tranquiliza otro . Yo creo en los pueblos como en algo vivo, como en algo capaz de hacer la historia, porque son los pueblos los que han hecho la historia, no los hombres. Los hombres pueden interpretar algo, adivinar, intuir una situación histórica determinada, las cualidades de un pueblo; pero si no hay pueblo no hay ni estadistas, ni generales, ni guerreros, ni nada absolutamente. Es una verdad tan grande que si analizamos, por ejemplo, el caso de uno de los más grandes guerreros de la historia, Napoleón Bonaparte, a quien se le atribuye el genio de aquellas victorias, muy pocos se detienen a considerar por qué podía lograr aquellas victorias. Si las cosas las cambian y a los ejércitos que Napoleón derrotaba se lo ponen a sus órdenes y ponen al pueblo de Francia frente a Napoleón, Napoleón no gana una sola batalla.
Del pueblo surgen los estrategas, los tácticos, los líderes, todo surge del pueblo, y nosotros acabamos de presenciar eso. Los comandantes del Ejército Rebelde eran unos muchachos tranquilos, pacíficos, que nunca hablaron de guerra; llegó un momento en que eran verdaderos expertos en ganar batallas. Surgieron del pueblo y les ganaron la batalla a los que habían estudiado en las academias. Fue entonces cuando pude comprender un poco mejor el sentido de aquellas luchas; por ejemplo, las luchas en Europa a raíz de la Revolución Francesa, y me di cuenta de que era imposible que aquellos generales y aquellos coroneles y aquellos comandantes que eran escogidos entre la aristocracia, pudieran servir para nada, y que, en cambio, los generales que hicieron posible las victorias de Napoleón, los mariscales de Napoleón, eran todos oficiales que habían surgido de la masa del pueblo, habían surgido de esa cantera extraordinariamente rica en valores humanos que es el pueblo . Y aquellos hombres llenos de ímpetu, llenos de ansias de lucha, llenos de valor, al frente de un pueblo alentado por los mismos principios, aquellos soldados, que eran soldados revolucionarios, derrocaban a los ejércitos mercenarios que se les ponían en contra, a los ejércitos europeos dirigidos por una oficialidad que salía de la aristocracia y que no estaba más que de fiestas, empolvada.
Era lógico que cuando un mariscal de Napoleón lanzaba una carga de caballería no quedaba nadie delante, los ejércitos eran divididos en dos y destrozados. No era el mérito de Napoleón, era el mérito del pueblo francés, del cual surgieron todos aquellos valores. Lo que ocurre es que existe la tendencia de concentrar el mérito en determinada persona para simbolizarlo. La humanidad, para hacer más fácil la forma de concebir y de expresar las ideas, tiende a simbolizarlas en determinados hombres.
Pero lo que decía es que el mérito nuestro, el escaso mérito de nosotros —que somos igualito que todos los demás y que no tenemos ninguna cualidad especial, distinta de los demás— es haber tenido fe en el pueblo. Si de algún modo puedo retribuir a Venezuela los honores que nos ha conferido, el cariño que nos ha demostrado, es ayudando a que el pueblo de Venezuela tenga más fe. Me iría contento si como consecuencia del triunfo de la Revolución Cubana, si como consecuencia del ejemplo que está dando Cuba, el pueblo de Venezuela se siente hoy más seguro de sí mismo y con más fe en sí mismo.
Creo que si pongo un granito de arena en favor de la confianza en sí mismo del pueblo de Venezuela, de la fe en sí mismo del pueblo de Venezuela, estaré haciendo algo por Venezuela.
Si en esta oportunidad, por un lado la circunstancia de que se concentre la atención de las masas en un visitante; si por un lado me impone una responsabilidad muy grande de hablar con extremo cuidado, por otro lado puedo también aprovechar la oportunidad para ayudar a que esa fe del pueblo de Venezuela en sí mismo sea mayor. Tengo la seguridad de que solo del pueblo de Venezuela depende su destino, de la fe que tenga en sí mismo, de la confianza que tenga en sí mismo. Y si los pueblos empiezan por estar seguros de que nadie les puede arrebatar su derecho, ¡nadie se lo puede arrebatar! Porque lo que les hicieron creer a los pueblos es que sí se les podía arrebatar y los pueblos tenían que cruzarse de brazos; y lo que tenemos que hacerles creer a los pueblos es que a nadie se le puede arrebatar y que si se les arrebata entonces habrá revoluciones, como quiere el pueblo de Venezuela que haya.
Que eso no es necesario para Venezuela, que eso no es necesario, que Venezuela puede marchar hacia adelante y tiene ante sí un espléndido porvenir por los cauces de la constitucionalidad. Creo que el pueblo de Venezuela no teme en absoluto, no teme en absoluto al porvenir, porque por cualquiera de los medios que tenga que usar la Revolución Venezolana irá adelante.
A título de ilustración puedo decirles que la situación de Cuba era terrible después del 10 de marzo: divididos en numerosos partidos políticos, combatiéndose entre sí los partidos de la oposición y divididos entre sí los propios partidos. Era realmente desesperante el panorama que se presentaba en nuestra patria, las condiciones no eran propicias para el optimismo; sin embargo, aun en aquellas dificilísimas condiciones, fue claro para algunos de nosotros que aquel pueblo era capaz de reaccionar debidamente costase lo que costase.
El proceso duró siete años, pero no quiere decir que cualquier proceso de esta índole tenga que durar siete años. En las circunstancias nuestras tuvo que durar siete años, en otras circunstancias puede ser que dure siete días. En Cuba, por ejemplo, el gobierno que quiso sustituir a Batista duró unas siete u ocho horas, todo lo máximo.
La conciencia del país había adelantado mucho y la conciencia del pueblo estaba preparada, que eso es lo que hay que hacer, tener al pueblo siempre orientado, tener al pueblo siempre preparado. Nosotros al pueblo lo teníamos orientado contra el golpe de Estado y lo decíamos siempre: si hay golpe de Estado seguirá la guerra. A los que podían en un momento dado erigirse en dueños del país, les advertíamos bien claramente que estaríamos contra cualquier golpe de Estado; que, ya una vez en lucha abierta el pueblo contra la tiranía, lo único que aceptábamos era que se unieran todas las fuerzas que estuvieran contra el régimen y se unieran a la Revolución, no que se apoderaran de la Revolución.
El pueblo, de una manera que asombra, había asimilado aquellas ideas y cada ciudadano sabía lo que le convenía y lo que no le convenía, de ahí la reacción unánime.
Ayer dije que hubiera querido leerle a la multitud un escrito que hice a los seis días del 10 de marzo. Tiene para mí el mérito de haber sido una exclamación indignada frente a aquel hecho, y una profesión de fe en los principios y en el pueblo de Cuba. Cualquiera que en aquel momento hubiese leído aquel papel, del cual se editaron unos 200 o 300, calcularán el efecto que puede haber hecho en una masa grande; tenían que circular clandestinamente y fueron hechos en mimeógrafo, pero no se podía hacer nada nada...
Nosotros un día nos acostamos libres y al otro día amanecimos con Batista en el poder. ¡Nadie tenía un arma! ¡Nadie estaba absolutamente preparado para aquel hecho!, cuando de buenas a primera, el golpe del 10 de marzo, la sublevación en Columbia, no hay resistencia, se apoderan del Palacio, se apoderan de todo, y empiezan a hablar de revolución, del triunfo del pueblo, etcétera, etcétera, lo que se habla siempre en esos casos.
Recuerdo aquel momento duro, terrible, momento de impotencia, de impotencia real; cuando no le quedaba a uno otra cosa que hacer que expresar una idea, escribí un manifiesto. Hay algunas palabras y nombres que los suprimo porque hacían alusión a hombres públicos de la anterior etapa, o más bien adjetivos que suprimo, porque el pueblo de Cuba está unido y en ningún sentido debo yo contribuir en este momento a que haya un ápice de desunión entre los cubanos . Por tanto, de este documento —que no es largo— suprimo nada más que los adjetivos que puedan resultar hirientes para alguien, y creo que, en aras de la unidad, está justificado.
Decía así: “Revolución no, zarpazo; patriotas no, liberticidas, usurpadores, retrógrados, aventureros sedientos de odio y poder. No fue un cuartelazo contra el presidente Prío, fue un cuartelazo contra el pueblo, vísperas de elecciones cuyo resultado se conocía de antemano.
“Se sufría el desgobierno, pero se sufría desde hace años esperando la oportunidad constitucional de conjurar el mal, y usted, Batista, que huyó cobardemente cuatro años y politiqueó inútilmente otros tres, se aparece ahora con su tardío, perturbador y venenoso remedio haciendo trizas de la Constitución, cuando solo faltaban dos meses para llegar a la meta por la vía adecuada.
“Todo lo alegado por usted es mentira, cínica justificación, disimulo de lo que es vanidad y no decoro patrio, ambición y no ideal, apetito y no grandeza ciudadana.
“Bien estaba echar abajo un gobierno que había cometido muchos errores, y eso intentábamos nosotros por la vía cívica, con el respaldo de la opinión pública y la ayuda de la masa del pueblo. Qué derecho tienen, en cambio, a sustituirlo en nombre de las bayonetas los que ayer robaron y mataron sin medida”.
“No es la paz, es la semilla del odio lo que así se siembra; no es felicidad, es luto y tristeza lo que siente la nación frente al trágico panorama que se vislumbra. Nada hay tan amargo en el mundo como el espectáculo de un pueblo que se acuesta libre y se despierta esclavo. Otra vez las botas, otra vez Columbia dictando leyes, quitando y poniendo ministros; otra vez los tanques rugiendo amenazadores sobre nuestras calles; otra vez la fuerza bruta imperando sobre la razón humana.
“Nos estábamos acostumbrando a vivir dentro de la Constitución. Doce años llevábamos sin grandes tropiezos, a pesar de los errores y desvaríos. Los estados superiores de convivencia cívica no se alcanzan, sino a través de largos esfuerzos. Usted, Batista, acaba de echar por tierra, en unas horas, esa noble ilusión del pueblo de Cuba. Cuanto hizo el gobierno constitucional de malo en tres años, lo estuvo usted haciendo en 11. Su golpe es, pues, injustificable; no se basa en ninguna razón moral seria, ni en doctrina social y política de ninguna clase. Solo halla razón de ser en la fuerza, y justificación en la mentira. Su mayoría está en el ejército, jamás en el pueblo; sus votos son los fusiles, jamás las voluntades. Con ellos puede ganar un cuartelazo, nunca unas elecciones limpias.
“Su asalto al poder carece de principios que lo legitimen. Ríase, si quiere, pero los principios son, a la larga, más poderosos que los cañones. De principios se forman y alimentan los pueblos, con principios se alimentan en la pelea, por los principios mueren.
“No llame revolución a ese ultraje, a ese golpe perturbador e inoportuno, a esa puñalada que acaba de clavar en la espalda de la república. Trujillo ha sido el primero en reconocer su gobierno, él sabe quiénes son sus amigos en la camarilla de tiranos que azotan la América. Ello dice mejor que nada el carácter reaccionario, militarista y criminal de su zarpazo. Nadie cree, ni remotamente, en el éxito gubernamental de su vieja y podrida camarilla. Es demasiada la sed de poder, es muy escaso el freno cuando no hay más constitución ni más ley que la voluntad del tirano y sus secuaces.
“Sé de antemano que su garantía a la vida será la tortura y el crimen. Los suyos matarán aunque usted no quiera, y usted consentirá tranquilamente porque a ellos se debe por completo; los déspotas son amos de los pueblos que oprimen y esclavos de las fuerzas en que sustentan la opresión. A su favor lloverá ahora propaganda mentirosa y demagógica en todos los voceros, por las buenas o por las malas, y sobre sus opositores lloverán viles calumnias. Así lo hicieron otros también y de nada les valió en el ánimo del pueblo.
“Pero la verdad que alumbre los destinos de Cuba y guíe los pasos de nuestro pueblo en esta hora difícil, esa verdad que ustedes no permitirán decir, la sabrá todo el mundo, correrá subterránea de boca en boca en cada hombre y mujer, aunque nadie la diga en público, ni la escriba en la prensa, y todos la creerán y la semilla de la rebeldía heroica se irá sembrando en todos los corazones. Es la brújula que hay en cada conciencia humana.
“No sé cuál será el placer vesánico de los opresores en el látigo que dejan caer como Caínes sobre la espalda humana; pero sí sé que hay una felicidad infinita en combatirlos, y en levantar la mano fuerte y decir: No quiero ser esclavo.
“Cubanos, hay tirano otra vez; pero habrá otra vez Mellas, Trejos y Guiteras. Hay opresión en la patria, pero habrá algún día otra vez libertad. Yo invito a los cubanos de valor, la hora es de sacrificio y de lucha. Si se pierde la vida, nada se pierde. Vivir en cadenas es vivir en oprobio y afrenta sumido. Morir por la patria es vivir”.
No se escribió este documento ahora, no se escribió siquiera cuando el triunfo estaba cerca, no se escribió ni aun cuando el triunfo se vislumbraba como algo muy lejano, se escribió a los cinco días del 10 de marzo de 1952. Lo he leído aquí sin pensar siquiera, ni haber planeado que ante la Cámara de Diputados y ante el pueblo iba a tener que hablar de estas cuestiones. Realmente para los hombres que nos hemos visto en estas últimas semanas bajo un trabajo abrumador, bien poco tiempo nos queda siquiera para meditar un rato en lo que debemos decir y son muy duras las pruebas que se nos ponen delante cuando tenemos que hablar en lugares de tanta trascendencia como este.
Pero antes de salir hacia acá, vino alguien casualmente y me dijo: “Mira, ¿te acuerdas?”, y me trajo este escrito. Sinceramente, cuando lo volví a leer lo leí con gran emoción, porque son aquellas cosas que se dijeron hace mucho tiempo cuando todo era muy distinto de lo que es hoy. Hoy tal vez parezcan las cosas fáciles, pero antes eran difíciles. Y al hablar aquí ante un pueblo como el de Venezuela, que me inspira tanta simpatía, que lo veo tan despierto, que lo veo tan combativo, no puedo menos que decirles las razones que tengo para tener la seguridad de que la libertad está asegurada en Venezuela.
Comprendo los temores del pueblo de Venezuela, los sabemos todos; comprendo, incluso, la añoranza de las condiciones objetivas que se nos han presentado en Cuba. En Cuba tenemos condiciones objetivas más favorables en estos instantes. No es que en Venezuela sean menos revolucionarios que nosotros, sino que no se les han presentado las mismas condiciones objetivas favorables para hacer una revolución, para hacer una limpieza como la que hemos hecho nosotros.
Hasta escucho las amargas quejas de que no se haya hecho una justicia como en Cuba. También hay que tener presente cómo se ha debatido la democracia de Venezuela entre una amenaza constante, cuántas veces ha tenido que reunirse el pueblo de nuevo para defender los derechos que ha conquistado y que en esas condiciones, calculen ustedes si en Venezuela en esos días hubiesen tenido que afrontar las campañas que nosotros estamos afrontando ahora en Cuba, porque estamos fusilando a los esbirros, que a los problemas que ustedes tenían se les hubieran sumado estos. Desde luego, suerte que tienen algunos esbirros.
Comprendo los dolores y las preocupaciones de los venezolanos. No resulta difícil comprenderlo cuando se tiene alguna experiencia en conocer los sentimientos que laten en el corazón de las multitudes, y en esos sentimientos veo la explicación de la simpatía que los venezolanos sienten por la Revolución Cubana.
Pero, sobre todo, es mucho decir ya, o es mucho lograr ya que el pueblo tenga una fe y una seguridad absoluta en su destino, porque eso es todo, ¡eso es todo! La fuerza del pueblo es realmente invencible, y la fuerza del pueblo unido, pues, por supuesto, indestructible.
La unidad es una cuestión esencial, eso lo sabe el pueblo. Tengo la seguridad de que quien conspire en Venezuela, como en Cuba, contra la unidad, se granjea la antipatía del pueblo.
Nosotros tenemos un arma formidable en Cuba: el pueblo, esa es nuestra arma. Nosotros hoy tenemos los tanques, los cañones, los aviones, las ametralladoras, todo lo tenemos allí guardado, no lo pensamos usar absolutamente contra nadie, porque contra Cuba nunca las usaremos, ¡jamás se usarán contra los cubanos! Para Cuba nosotros tenemos un arma formidable: el pueblo, la opinión pública, porque es más poderosa que los cañones, que los tanques, que los aviones y no hace víctimas, ¡no hace víctimas! La fuerza hace víctimas; la opinión pública aplasta a los enemigos, los destruye moralmente; los destruye moralmente, los aplasta y no hace víctimas. Por eso es un arma tan poderosa la opinión pública y es el arma que hay que esgrimir contra todo el que intente el crimen de dividir a los venezolanos. Los venezolanos deben marchar unidos como debemos marchar los cubanos, y después tenemos que unirnos los venezolanos, los cubanos, los peruanos, los ecuatorianos, todo el mundo aquí.
Esa es una verdad tan clara que la comprendemos todos.
Creo que es deber, tanto del gobierno de Venezuela como del gobierno de Cuba, dar los primeros pasos en ese sentido. No, eso no lo vamos a lograr de repente, pero sí pudiéramos, por ejemplo, suprimir las visas entre Cuba y Venezuela , tener un pasaporte que lo mismo sirva el de Venezuela para estar en Cuba que el de Cuba para estar en Venezuela; intercambio de alumnos entre nuestras universidades, pero en cantidades grandes, no tres o cuatro, sino 100, 200, 300, 500, para que haya una efectiva compenetración; prestarnos, por ejemplo, una misión militar para que nos entrene allá , y una serie de medidas de carácter económico que pudiera llegar a ser, previo estudio de las condiciones económicas de Cuba y Venezuela, que son bastante similares, suprimir las tarifas aduanales para nuestros productos. Pero esas son medidas que deben estudiarse, no se pueden, naturalmente, proponer sin previo estudio, porque, además, son honradas, no se trata de que se beneficie un grupo ni otro.
Además, tenemos que quitarnos esa idea de que nadie vaya a intentar venir aquí, ni yo aquí, ni un venezolano a Cuba, a buscar beneficios para cualquiera de las dos comunidades que, en definitiva, en el corazón de ellos late el mismo sentimiento. Si los cubanos queremos a Venezuela como se quiere a Cuba, los venezolanos quieren a Cuba como se quiere a Venezuela, son las bases de una misma patria.
Habló aquí brillantemente el orador que me precedió en el uso de la palabra sobre ese sentimiento de los venezolanos que se proyecta hacia afuera, que lo da todo, que es como un quijote; bueno, pues en eso nos parecemos muchísimo los cubanos y los venezolanos. Creo que no hay dos pueblos más parecidos y que, además, no somos los únicos pueblos que nos parecemos, existe un extraordinario parecido entre nuestros pueblos.
Tenía que ser el destino de Venezuela seguir la obra del fundador de Venezuela y del Libertador de América. En los cubanos encontrarán los seguidores, los cubanos estaremos siempre con esa causa.
Cuba quisiera ser —y ese es su sentimiento— parte de una gran nación, para que se nos respete, no solo por nuestra unidad, sino por nuestro tamaño también. Debe ser el ideal consciente de todo hombre de preocupaciones por el destino, destino que está cada vez más unido, aunque no queramos. Estábamos separados y ya sabemos lo que nos pasó: se pusieron de acuerdo los dictadores y conspiraron descaradamente, descaradamente conspiraron contra las instituciones democráticas en Cuba, en Venezuela, en Perú y en todos estos países. Ya sabemos lo que nos pasó y esa experiencia nos enseña; además, el signo de los tiempos es que en aquellas comunidades humanas que tienen los mismos intereses, las mismas razas..., hasta en Europa, que siempre ha vivido tan dividida y en guerras constantes, hay una tendencia hacia la unión de países que son, sin embargo, de razas distintas.
Los latinoamericanos no nos vamos a quedar a la zaga del mundo, bastante hemos estado ya en la cola; vamos a adelantar, vamos a hacer lo que es un mandato de los tiempos. Y, además, ese fue un ideal de los que fundaron esta república; yo estoy seguro de que no las concibieron así. Bolívar no concibió a América así, no la concibió así, concibió otra América. Y, como si adivinara cuál iba a ser su destino, durante largos años sufrió en vida lo que sufrió, porque aquella inteligencia clara que adivinaba el porvenir, aquel estadista que era Bolívar, comprendió las dificultades en que nos íbamos a encontrar, y, claro, esas dificultades que, en sí ya existían, vinieron a aumentarlas los traidores, los parásitos, los grupitos de ambiciosos que tanto daño le han hecho a la América.
Valdría la pena hacer una estadística de los crímenes que han cometido las camarillas dictatoriales, de los millones de pesos que se han robado y ese sería el único saldo de lo que han hecho en un siglo con América. Y también en hacer un recuento de los hombres que han muerto en toda América en las luchas por la democracia y la libertad y los derechos de los pueblos, y el progreso y la legítima felicidad de los pueblos. Los millones de hombres que se han sacrificado durante más de un siglo para comprender mejor la obligación que tenemos de salir de este letargo, de esta rutina en que hemos vivido los políticos de América para volar más alto. Cambiar la lista de los intereses mezquinos que tenemos en nuestras localidades, que no vale ni la pena sacrificarse por esas cosas. Yo no veo qué placer pueda tener nadie en pasar todos estos trabajos que pasa un político, un hombre, por los beneficios que han obtenido.
Creo que vale la pena sacrificarse por las cosas grandes, que todos los políticos, los revolucionarios de América nos sacrifiquemos por cosas grandes, que pongamos la vista en fines más altos; que, por lo pronto, empecemos a hablar de estas cosas que parecía como si los hombres públicos tuvieran vergüenza de hablar de ellas. ¡Parecía como si los hombres públicos tuviésemos vergüenza de hablar de las ideas de Bolívar, de Martí y de los grandes hombres de América! 
Fuera lógico, porque el ambiente resultaba demasiado mezquino y demasiado miserable; estaba enrarecido el ambiente de América y el ambiente de América se está purificando. Vamos a ver de aquí a un año, y ojala no haya que esperar a enero, porque hasta en eso hemos estado igualitos los venezolanos y los cubanos, para que podamos contar a los pueblos de Nicaragua, de Santo Domingo y de Paraguay en el concierto de...
FIDEL CASTRO RUZ

Fuente: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada