julio 15, 2012

Discurso de Fidel Castro en la apertura del Instituto de Ciencias Básicas y Preclinicas "Victoria de Giron" (1962)

DISCURSO EN LA APERTURA DEL INSTITUTO DE CIENCIAS BASICAS Y PRECLINICAS “VICTORIA DE GIRON”, EN MARIANAO
Fidel Castro
[17 de Octubre de 1962]

― Departamento de versiones taquigráficas del Gobierno revolucionario ―

Compañeros Rector, Decano y profesores de la Universidad de La Habana; Compañeros estudiantes de medicina y de las demás facultades universitarias; Compañeras estudiantes de enfermería;
Compañeras y compañeros del pueblo que han acudido también esta noche a este acto:
Nosotros creíamos que en esta reunión de la familia médica iban a estar presentes los estudiantes de medicina (EXCLAMACIONES DE: “¡Sí!”), pero después hemos visto que no solamente están presentes los estudiantes de medicina, sino que están también presentes estudiantes de otras carreras universitarias; y, además, están presentes las muchachas de las escuelas de enfermeras. Y nos alegramos mucho, nos alegramos mucho, porque yo no sé qué pasaba que cuando se hablaba de todos los problemas de la medicina y de los médicos, se olvidaban las enfermeras; cuando se hablaba de las asociaciones estudiantiles, se olvidaban las escuelas de enfermeras. Las enfermeras, las escuelas de enfermeras, estaban olvidadas, siendo así que constituyen una parte importante, fundamental también, de todo el trabajo médico, y que a la Revolución le interesa mucho, porque le interesa también formar enfermeras revolucionarias.
Pero si las dejan olvidadas, si no aparecen en ningún congreso de estudiantes, si se quedan solas las enfermeras, entonces...
¡Miren qué entusiasmo tienen, a pesar de todo! Eso quiere decir que si las toman más en cuenta, van a tener un buen resultado. ¿No es cierto? (EXCLAMACIONES DE: “¡Sí!”)
Pero no solo se han reunido los estudiantes. Cuando nosotros veníamos, veíamos una multitud que venía hacia acá; y yo les preguntaba a los compañeros: bueno, ¿pero es que vamos a inaugurar un Instituto de Ciencias Básicas, o es la Segunda Declaración o la Tercera Declaración de La Habana esta noche? En realidad, el pueblo, el pueblo no falta, no falta nunca: viene solo (ALGUIEN DEL PUBLICO LE DICE QUE TAMBIEN ESTAN LOS COMITES DE DEFENSA). Bueno, los Comités vinieron también, pero no me digan ahora que son los Comités los que traen al pueblo, ¡es el pueblo quien trae a los Comités aquí a los actos!
Y tiene mucha razón en estar presente el pueblo aquí, porque al pueblo le tiene que interesar mucho este problema; y posiblemente es uno de los problemas que más interese al pueblo. Y digamos no tanto al pueblo de la ciudad, al que le interesa mucho, como aun más al pueblo del campo , porque si en la ciudad se tiene conciencia de las necesidades médicas, la conciencia de esa necesidad es mucho mayor todavía en los campos, donde nunca tuvieron hospitales, ni dentistas, ni médicos. Y, precisamente, se trata de cómo atender esa necesidad del pueblo.
Todo lo que interese al pueblo es preocupación fundamental de los revolucionarios; los revolucionarios trabajan para eso, y solo para eso: trabajan para el pueblo. Y esta es una cuestión, yo diría muy sensible, muy sensible, el problema de la medicina y el problema de la salud.
¿Por qué se interesa el Gobierno mucho por este problema? Porque este es uno de los problemas más delicados, y es uno de los problemas de más trascendencia humana para la Revolución. Y los enemigos de la Revolución han tratado de herir a nuestro pueblo en este campo. Como los enemigos de la Revolución no tienen escrúpulos de ninguna clase, ni se puede concebir que los reaccionarios tengan escrúpulos, porque, ¡ah!, si los reaccionarios tuvieran escrúpulos, si los explotadores tuvieran escrúpulos, no habrían asesinado a tantos cientos de millones de seres humanos como han asesinado con su explotación, su hambre, su miseria crónica, en todos los rincones del mundo, en todos los continentes.
Uno de los argumentos que más puede persuadir a cualquier insensible —bueno, si es un insensible no lo voy a persuadir de ninguna manera—, yo diría a cualquier ignorante, es este problema de la salud, porque un análisis simplísimo y una comparación entre la mortalidad infantil, por ejemplo, de un país altamente industrializado, y la de un país subdesarrollado, esos datos por sí solos son tan impresionantes, que a cualquier ignorante debieran bastarle por sí solos para justificar la necesidad de las revoluciones.
Porque esa mortalidad, mientras en algunos países alcanza solo 20 por 1000, 30 por 1000, hay países donde alcanza cientos por mil de niños. Y el promedio de vida entre, digamos, un país imperialista, Estados Unidos, y los pueblos de Asia y de Africa, la diferencia que hay es de 64 años, ó 65, de promedio de vida a 30 años como promedio de vida. Es decir, que en infinidad de países, el promedio de vida es de 30 años; el que llega a 30 ya puede decir que llegó a su promedio.
La causa de eso está, sencillamente, en la miseria, en la falta de las más elementales condiciones de vida. Eso significa que una parte de la sociedad humana, una parte de la humanidad, es virtualmente asesinada en el mundo por los explotadores. Y esta es una realidad que las cifras están aquí, en cualquier estadística mundial; esa tragedia en que vive gran número de pueblos en el mundo.
Por eso les decía que la cuestión de la salud es uno de los problemas más sensibles; que nuestros enemigos, que no tienen escrúpulos, trataron de herir a nuestro pueblo en eso. Es muy lógico que los cubanos tengamos la aspiración de que la mortalidad infantil se reduzca; que el promedio de vida de cada ciudadano se prolongue; combatir contra las enfermedades, combatir contra la muerte. No puede haber aspiración más legítima que esa, y pudiera decirse que más sagrada que esa.
Gentes sin escrúpulos, como son los reaccionarios, trataron de herir a nuestro pueblo en eso. Es decir, trataron, para servir a sus fines innobles y odiosos, de privar a nuestro país de los recursos para luchar por la vida, para luchar contra la enfermedad, para salvar miles, decenas de miles de vidas, cientos de miles de vidas, sobre todo de vidas de niños.
Y así, trataron de herir a nuestro pueblo en ese aspecto tan sensible. ¿Cómo? Llevándonos los médicos.
Entre todas las cosas que ha hecho el imperialismo, y que ha cometido muchos crímenes, y ha cometido muchas fechorías y muchos actos vandálicos, porque desde el primer día, con una falta de escrúpulos increíble, ha perpetrado cuantas fechorías y cuantos actos vandálicos se le puedan haber ocurrido contra nuestro país, desde los sabotajes, como la explosión del vapor”La Coubre”, hasta las quemas de cañaverales, los ataques piratas, y sin contar las agresiones económicas, y además las agresiones militares.
A nosotros no se nos podrá olvidar nunca — ¡nunca!—, y eso lo llevaremos siempre dentro y el recuerdo de eso lo tendremos siempre presente, las intenciones cuando nos atacaron por Playa Girón, que para nosotros es muy claro que la intención que tenían era apoderarse de un pedazo del territorio, y desde allí empezar a bombardear todos los días y todas las noches, someter a nuestro país a una guerra de desgaste que habría costado cientos de miles de vidas. Pero con todo y eso, una de las acciones más canallescas que el imperialismo ha realizado contra nuestro país, fue la política de sobornar médicos, y tratar de lograr el éxodo de médicos de nuestro país hacia Estados Unidos; es decir, privar a nuestro país de personal técnico calificado para atender a nuestros enfermos. Y, efectivamente, logró llevarse un determinado número de médicos.
¿Le preocupa este problema a la Revolución? Sí, le preocupa. Ellos sabían que hacían daño, no a nosotros, a los hombres del gobierno, no a los dirigentes revolucionarios, sino al pueblo. Y lo que nos dolía a nosotros era precisamente eso: el daño inhumano, el daño cruel que al pueblo hacían con esa política. Porque nosotros sabemos el ansia, la obsesión que tienen los campesinos, por ejemplo, por el médico; lo que agradecen los campesinos el servicio médico rural, las medicinas que se les envían, los hospitales que se les han construido.
Nosotros sabemos que una de las cosas en que se ha hecho sentir todo el peso de la Revolución, es en el campo de la salud, porque en nuestro país había 9 000 camas en hospitales nacionales del Estado y unas 11 000 camas en clínicas privadas. Al servicio del pueblo había solo 9 000 camas; las 9 000 se han elevado, en hospitales del Estado, a 28 000, lo que unido a las clínicas y a los hospitales mutualistas, hay actualmente 38 000 camas.
Todo el mundo sabe cómo antes atendían en los hospitales a los enfermos, que tenían que dormir muchas veces en el suelo; el estado de pobreza, de espanto que había en muchos hospitales.
Todo el mundo sabe eso. Y a ese hospital era el hospital donde tenían que ir el hombre y la mujer humilde del pueblo, y que esa situación ha cambiado totalmente, y que ese cuadro dantesco no se ve hoy en ningún hospital; que los únicos beneficiarios de eso son las familias humildes de nuestro pueblo.
Todo el mundo sabe que a nuestros campos nunca iba un médico, nunca iba un médico; que la población rural estaba virtualmente abandonada, que un campesino para ver a un médico tenía que empezar por vender un cochinito, media docena de gallinas, cualquier cosa de esas. Eso lo sabe todo el mundo.
Y, sin embargo, cuando triunfa la Revolución y se organiza la medicina rural, millones de personas comenzaron a recibir los servicios médicos. Naturalmente que esa era una situación muy distinta de la situación del pasado; y naturalmente que entonces los imperialistas no trataban de llevarse ningún médico, ningún especialista.
Cuando nuestro pueblo no tenía asistencia médica, ellos no se preocupaban de llevarse para Estados Unidos a los médicos, les era indiferente. Cuando en nuestro país comenzó un extraordinario programa de asistencia médica, que elevó de 21 millones de pesos a 103 millones de pesos los fondos destinados a la salud pública — ¡de veintiún a ciento tres millones!—, entonces sí se preocuparon por tratar de privar a nuestro pueblo de médicos.
Desde luego que los médicos que se llevaron no eran unos corderitos ni unos santos, por supuesto.
Otra cosa había antes: los estudiantes terminaban en la universidad después de pasar miles de trabajos, porque tenían que vivir en casa de huéspedes, tenían que pasar —sobre todo los estudiantes del interior— un trabajo enorme para poder graduarse, y después no tenían empleo en ninguna parte. Y los médicos se acumulaban en la capital. Y se podía considerar muy afortunado el médico recién graduado que le dieran un puestecito en el Ayuntamiento, en un hospital, de médico, y le pagaban 100 pesos, o 120, cualquier cosa. Eso también es cosa conocida.
Entonces no se iban, y cuando se iban algunos era huyéndole al desempleo, huyéndole al desempleo.
Yo creo que estos antecedentes sirven para hacerse una idea de la falta de razón, de la falta de moral que ha caracterizado la política, tanto de los imperialistas como de los médicos que les hicieron el juego y se fueron.
Ya no vamos a hablar del médico especialista, que apenas un médico... Porque hay que ver que, en primer lugar, un médico no es un producto espontáneo; el médico es producto de un proceso de educación, de una enseñanza universitaria en una universidad que era gratuita; de esa universidad salían... aunque desde luego, no todo el mundo tenía acceso a esa universidad.
Cuando un médico en la sociedad de clases que teníamos, en la sociedad explotadora en que vivíamos, se hacía famoso, se hacía un gran especialista, ya el pueblo no podía contar más con ese médico, solo por excepción; porque siempre, naturalmente, hay sus excepciones. Pero solía ocurrir que se convertía en un médico famoso y cobraba 100 pesos. Ya era el médico de los más ricos.
A un pobre —excepto en caso de excepción, de profesores universitarios, de médicos que prestaban servicios algunas horas en algunas instituciones del Estado— le resultaba muy difícil, a un hombre humilde del pueblo, recibir los servicios de un médico especialista.
Muchos de esos médicos eran los médicos de los dueños de los centrales azucareros, de los millonarios, y cuando se fueron los millonarios... Bueno, no vamos a decir que perdieron su clientela, porque aquí ningún médico ha perdido clientela, pero perdieron sus amistades; las echaron de menos y se marcharon.
Independientemente de que a muchos médicos de los que sedujeron para ir a Estados Unidos los pusieron a fregar platos y los pusieron a manejar elevadores y a vender leche — me dicen por allí y por algo lo dicen—, independientemente de eso, no cabe duda de que la actitud de los médicos que se fueron fue una actitud muy inmoral. Y yo particularmente lo he dicho siempre: soy contrario de que nosotros nunca más dejemos regresar a uno solo de esos médicos, porque entiendo realmente que ese es un tipo de crimen, ese es un tipo de crimen que no puede tener perdón nunca. Porque ese es un crimen contra el pueblo, contra el enfermo, contra el infeliz, contra el que sufre; y ese crimen no debe tener jamás perdón.
Nosotros sabemos, compañeros y compañeras, que a nuestros enemigos se les llenará la cabeza de canas, que nuestros enemigos envejecerán fuera de la patria. Nosotros estamos seguros de eso. Nosotros estamos seguros de que algún día llorarán amargamente su falta de fe en la patria, sus espíritus cobardes, su condición de traidores. No tengo la menor duda de eso. ¡Y no tengo la menor duda de que algún día muchos pedirán de rodillas regresar a Cuba!
Y si algún día —escúchese bien— fuera el pueblo indulgente con esos que se marcharon, creo que con los que nunca debe serlo es con los médicos que se fueron. Ese es, al menos, un punto de vista sincero y firme que sostengo y he sostenido. Porque los caminos para resolver nuestros problemas no son esperar que regresen. No. Esa clase de médicos no los queremos nunca.
¿Con quiénes debemos resolver los problemas? En primer lugar, debemos resolver los problemas con los médicos buenos. Porque es justo señalar que si ha habido médicos muy corrompidos, muy envilecidos y muy mercantilizados, ha habido también muchos, pero muchos, médicos buenos, de conciencia, humanos, que entienden su profesión como deben entenderla.
Unos hicieron el juramento de Hipócrates, y otros hicieron el juramento de hipócritas (RISAS Y APLAUSOS). Los que hicieron el juramento verdadero y entendieron su misión como una misión sagrada, esos ni se marcharon ni se marcharán nunca. Y, en primer lugar, con esos tenemos que resolver el problema.
En cierto momento aquí, los compañeros del ministerio habían adoptado una medida, a fin de que en ciertos hospitales la acción de los contrarrevolucionarios y del imperialismo no privara al pueblo de ciertos servicios, como fue la medida de no darles permiso a los médicos que quisieran marcharse.
Después, cuando nosotros discutimos y analizamos esa situación, prevaleció el punto de vista de que no debía prohibírsele a ninguno salir, no establecer un sistema de excepción; que si había necesidades de tipo inmediato, o un daño inmediato, se resolviera mediante el procedimiento de exigir la solicitud de permiso con un año de anticipación, para dar tiempo al ministerio a encontrar solución a la deficiencia que pudiera producirse en algún hospital. Es decir, se mantiene y se mantendrá la política de dejar salir a los que quieran irse; se mantiene y se mantendrá.
Porque nosotros —repito— debemos resolver los problemas por otros caminos; en primer lugar, con los médicos buenos.
La sociedad cubana, en el futuro, no dará ese tipo de hombres, del que se va. Los hombres que en medio de una sociedad de corrupción y de egoísmo permanecieron puros, con seguridad que tienen una gran calidad humana y que pueden servir de semilla y de maestros.
Era lógico que la sociedad capitalista produjera ese tipo de basura — por no calificarlo de otra manera (RISAS) —; de aquella sociedad tenía que salir eso: aquellos superprivilegiados, aquella gente corrompida, mercantilizada.
¿Qué significa los que se han ido? Hablando en términos médicos — que yo sé muy poco de medicina (RISAS) —, lo mismo que cuando se aprieta un tumor.
Los imperialistas tratan de hacer propaganda con los que se han ido. Eso equivale a hacer propaganda con el pus, porque lo que se ha ido es el pus de la sociedad cubana, cuando la Revolución apretó esa sociedad. ¡Y lo bien que se siente el cuerpo cuando elimina el pus! (APLAUSOS Y RISAS.)
Vean ustedes cómo el espíritu revolucionario, el espíritu proletario que es el espíritu fuerte, recio, combativo, disciplinado, entusiasta, firme, ese se eleva cada día más en nuestro pueblo; y se ve diariamente, se ve en las masas, las masas tienen cada vez más filo, más fuerza. Y es impresionante, realmente, y nosotros hemos sido testigos de esto, porque hemos vivido todo ese proceso desde el primer día, desde el primero de enero hasta hoy. Y vemos hoy la fuerza de la masa, el espíritu de acero que se ve en nuestro pueblo.
Ya aquel espíritu pequeñoburgués, blandengue, vacilante, de los primeros tiempos, no se ve por ninguna parte. Hay otro pueblo, y numeroso, numeroso — da la impresión de que fuera más numeroso cada día—, fuerte, recio, consciente. Ya no es aquel entusiasmo espontáneo de los primeros días; hoy es el entusiasmo consciente. Y eso se ve por todas partes: un entusiasmo de Patria o Muerte.
Eso ha saneado mucho la atmósfera. Los gringos se llevaron la basura, han recolectado una cantidad de lumpen; cuanto vicioso y corrompido había en este país, se lo llevaron (RISAS). Han hecho una colección verdaderamente maravillosa (RISAS). Y, además, nos han hecho un favor, señores, que es una de las pocas cosas por las que les podemos dar las gracias. ¿Ellos los quisieron? ¡Allá los tienen! Sin duda que el país se ha depurado.
Bien, ¿qué debemos hacer? Seguir adelante, y resolver los problemas para siempre. Los ratos amargos ya pasaron, ya pasaron; ahora vienen estos ratos, que son mejores.
¿Qué es lo que compensa ante nuestro pueblo, qué es lo que compensa ante nuestros sentimientos de revolucionarios, la repugnancia y el asco de los traidores y los desertores? Esto: esta masa nueva, este contingente que empieza a estudiar, y la masa actual bastante depurada — aunque le falta todavía depurarse un poquitico— de los actuales estudiantes universitarios.
Yo puedo decir y puedo asegurar que la Escuela de Medicina cuenta, que nuestro país cuenta hoy en la Escuela de Medicina con una formidable masa de buenos estudiantes y de estudiantes revolucionarios. Quedan algunos, quedan algunos que todavía están pensando alzarse con su team (EXCLAMACIONES). Y como la Escuela de Medicina —igual que toda la universidad— cuenta con un magnífico grupo de dirigentes y de compañeros muy responsables y muy serios, discutiendo con ellos todos estos problemas de la medicina, nosotros hemos defendido el punto de vista — con el cual ellos están muy de acuerdo— de que a esos elementos, que son conocidos, no les permitan matricularse en la Escuela de Medicina de la Universidad.
¿Es justo, es justo que el pueblo se gaste su dinero, el dinero de los que sudan la camisa, el dinero de los trabajadores, en enseñar a un “gusanito” (EXCLAMACIONES DE: “¡No!”), en darle título a un “gusanito”? (EXCLAMACIONES DE: “¡No!”) ¿Es justo que nuestra gloriosa universidad y nuestros profesores universitarios tengan que trabajar arduamente, para que se beneficie con eso un “gusanito”, embrión de traidor? ¡No! Y con el enemigo: ¡Duro con el enemigo, duro!
Ya con esos no vale la pena ningún trabajo persuasivo, ni mucho menos. Porque a esos habría que hacerles la trepanación del cráneo (EXCLAMACIONES), y ese tipo de operaciones no se hace aquí.
Entonces, ¿qué debemos hacer en nuestra universidad, en la Escuela de Medicina, con esos elementos conocidos que queden? ¡No matricularlos! (EXCLAMACIONES.) Y que queden todo el material, todos los libros, todas las facilidades y todos los recursos del pueblo para estudiantes que van a servir al pueblo.
¿Con qué se puede contar ya, desde ahora? Con varios cientos de magníficos compañeros que se irán graduando todos los años, y que irán reforzando el contingente de médicos revolucionarios , y que irán dándole al país el aporte de una mentalidad nueva, de una concepción nueva de la función del médico; función que, al igual que la del maestro, el pueblo debe tener en la más alta estima, ¡en la más alta estima! Y, claro, los malos médicos conspiran contra el buen concepto que el pueblo debe tener del médico.
Y esa masa ya significará un aporte año por año y una conciencia firme, limpia, de médicos que trabajen, que los sueldos que tienen los ganen trabajando, de médicos despojados de todo sentido egoísta y mercantilista. Que el pueblo puede pagar perfectamente bien a sus médicos, con lo que necesitan y más de lo que necesitan. ¡Y el pueblo remunera bien a los médicos!
Ese contingente irá creando un espíritu que se opondrá a ese espíritu egoísta, o a los restos del espíritu egoísta, acomodaticio, que aun quedan, de médicos que cobran un sueldo muy alto y no van nada más que una hora — que los hay, ¡que los hay!— ; ese espíritu que tiende a corromper al estudiante, ¡incluso al estudiante! ¿Por qué esa práctica de tomar a un estudiante como ayudante para realizar determinadas operaciones, cobrarlas y darle algo, o de emplear como médicos a estudiantes, que algunas cliniquitas privadas practicaban?
Y nosotros, discutiendo con los compañeros de la Escuela de Medicina, les dijimos: es necesario, cueste lo que cueste —fíjense bien: ¡Cueste lo que cueste!—, ponerles fin a esas prácticas, ¡cueste lo que cueste! Y cuando la Revolución dice cueste lo que cueste, lo dice en serio. Los compañeros de la dirección estudiantil nos plantearon: pero es que hay buenos compañeros estudiantes que actualmente se ganan la vida haciendo algunos de esos tipos de trabajo. Y nosotros decíamos: eso es lo lamentable, que buenos estudiantes y buenos compañeros empiecen a ser víctimas de esas prácticas, aparte de que era un engaño al pueblo. Y por eso, el Gobierno dio la orientación de ir resolviendo el problema de esas clínicas que quedaban, y que conspiraban contra una sana política en este frente que tanto interesa al pueblo y que tanto tiene que ver con el pueblo. Entonces nosotros planteamos: al compañero que esté hoy trabajando en eso, le damos otro trabajo, o lo becamos y ayudamos a su familia; pero por una vía o por otra tenemos que resolver ese problema del estudiante trabajando, porque ya empezaban, incluso, a corromper al estudiante, a pagarle 100, 200 y 300 pesos. No tenían interés ni en graduarse, ¿para qué? Si ya antes de graduarse, ni de hacer medicina rural, ni de sacar título... Eso era, realmente, una práctica que iba contra la moral que se debe formar en los estudiantes precisamente, que tendía a la corrupción del estudiante.
Y nosotros planteamos que ese problema había que abordarlo resueltamente; que como teníamos mucho interés en los médicos, en formar médicos — y médicos buenos—, que, incluso, a todo estudiante que estuviera trabajando y no pudiera estudiar tiempo completo, el país podía ayudarlo, de manera que dejara el trabajo y se le subvencionara para que pudiera dedicar todo el tiempo al estudio. Porque también es lógico que un estudiante que estudia cinco años, y todos los días le tiene que quitar cinco horas al estudio, no puede ser un médico igual que aquel que le pudo dedicar al estudio esas cinco horas todos los días. Y nos interesaban médicos buenos.
Entonces, se tomó el acuerdo de subvencionar a todos esos estudiantes que estuvieran trabajando para que desde ese momento, en la Universidad de La Habana, el estudiante de medicina fuese estudiante de tiempo completo. No se hizo esa práctica en los de primer año, es decir, en los que ingresan ahora. ¿Por qué? Porque aquella política de subvencionar a los estudiantes que estuvieran trabajando se podía hacer con los que ya estaban estudiando, pero no se podía sentar el precedente de que el que ingresara trabajando ya desde ese momento fuera subvencionado; porque, si no, los estudiantes de bachillerato iban a estar trabajando desde el cuarto año, desde el primero o segundo año de preuniversitaria, para cuando llegaran a la universidad, y cuando llegaran a la universidad iba a haber un verdadero gravamen para la economía nacional. Entonces, no se aplicó ese concepto a los que ingresan ahora en la facultad, pero sí a todos los que estaban estudiando, al efecto de poder seguir una política realmente correcta y formar buenos médicos.
Nosotros entendemos que eso es lo que verdaderamente resulta útil y beneficioso a nuestro país, y que la Revolución debe poner fin a todas las prácticas que conspiren contra los intereses presentes; pero, sobre todo, contra toda práctica que conspire contra los intereses futuros del pueblo. Porque hay que pensar, sobre todo, en el futuro, en el mañana.
Ya nuestro pueblo puede tener la seguridad de que todos los jóvenes que están estudiando en la Facultad de Medicina están estudiando tiempo completo, y que vamos a crear, a formar médicos, en cantidades masivas, mucho mejores, ¡mucho mejores! Y entendemos que ese es un deber que tiene la Revolución con el pueblo.
Ahora bien: ¿La solución definitiva del problema estaba en eso? ¡No! Hay, por ejemplo, una circunstancia, cual es la siguiente: los médicos se amontonaban en La Habana, y en La Habana hoy sobran médicos. La sociedad aquella amontonó médicos en La Habana; y después no querían irse. Para Miami, sí; ¡para la Sierra Maestra, no! Y muchos de esos cogían mejor el caminito de fuera que el caminito de ir a servir a su pueblo. Y se amontonaron los médicos en la capital, y todavía sobran médicos en la capital.
Los problemas no se resolvían siquiera con esas medidas que se apuntaban. ¿Dónde está la verdadera y la definitiva solución del problema, dónde? Con vistas al futuro, la única, la verdadera, la definitiva solución, es la formación masiva de médicos. Y la Revolución tiene hoy fuerzas y tiene recursos y tiene organización y tiene hombres —¡hombres!, que es lo más importante— para comenzar un plan de formación de médicos en las cantidades que sean necesarias . Y no solo muchos, sino sobre todo buenos; y no solo buenos como médicos, ¡sino buenos como hombres y como mujeres, como patriotas y como revolucionarios!
¿Y quién dice que la Revolución no puede hacer eso? ¡Estamos ya pudiendo! Y la mejor prueba es este acto de esta noche.
Los profesores de la Universidad de La Habana han preparado un formidable programa de formación de médicos. Claro que es un programa revolucionario y para hacerlo en una hora como esta, pero un programa formidable, que va a formar médicos mejores y en menos tiempo. Claro está que para ingresar en la universidad se necesita, por lo menos, ser bachiller. ¿Qué se hizo? Se decidió aceptar como estudiantes de medicina tanto a estudiantes de ciencias como de letras, o bachilleres en ciencias como en letras, previo un cursillo que comienza mañana. En virtud de eso, ya ingresan en este Instituto de Ciencias Básicas unos 800 estudiantes; y en la Universidad de Oriente, 240, que hacen un total de más de 1000, ¡más de mil que comienzan a estudiar! Eso, este año.
Pero, simultáneamente con este Instituto, mañana comienzan un cursillo de 15 meses 1 300 estudiantes de bachillerato que, unidos a los que se gradúan de bachillerato, permitirán que el año próximo, contando las bajas académicas, el año próximo entren aquí, o comiencen en la universidad, es decir, aquí mismo —pero como ellos van a hacer su cursillo de 15 meses, estos tres meses que ustedes van a estudiar ahora, los van a estudiar ellos en la escuela donde están— 1250.
Pero, simultáneamente, este año, por lo menos 2 500 jóvenes de secundaria básica comienzan a hacer un preuniversitario especial de dos años, para ingresar, inmediatamente después, en la Escuela de Medicina.
¿Y después? Después ya será un río de estudiantes de medicina: 1 000 este año, que comenzarán a estudiar en 1963; 1250, que comenzarán en 1964; 2 500, que comenzarán en 1965 y, desde luego, como la Revolución no ha trabajado en balde, la Revolución puede hacer eso porque cuenta con enormes contingentes de becarios, donde puede seleccionar a los estudiantes por su vocación y por su capacidad, porque la Revolución viene haciendo una obra educacional desde el principio. Téngase en cuenta que había estudiando secundaria unos 120 000 cuando la Revolución llegó al poder, y que ahora hay cerca de 250 000. Son cifras, son hechos y son el fruto de la propia obra de la Revolución. Y ahora tenemos que hacer cursos especiales, pero a partir de 1965 no cabrán ni aquí ni en otro edificio como este los que podrán estudiar medicina. ¡Y esa es la solución, la única y la definitiva solución!
¿Y qué tipo de estudiantes? Un tipo infinitamente superior al estudiante de antes —como todo lo de hoy es distinto a lo de antes—, como muy bien recalcaba el decano de la Facultad de Ciencias Médicas, que ya no es aquel caos, aquella costumbre americana odiosa de pelar al rape a los novatos, sino que se les recibe con música, con todos los honores del estudiantado, del pueblo, en un ambiente fraternal, acogedor, entusiasta, optimista: todos a preocuparse por ellos, por el lugar donde van a vivir, por los equipos y los libros con que van a estudiar, por la alimentación que van a tener, por su programa. Y estudiantes que van a estudiar todo el tiempo, todo el tiempo; porque el primer año lo hacen como internos.
Y así, la Revolución puede hoy, con satisfacción, contemplar este magnífico edificio —cuyos antiguos estudiantes o antiguas estudiantes han de estar, por lo menos en un 90%, del lado de allá— convertido en un centro docente, verdadero orgullo de nuestro país, donde van a empezar a estudiar 800 del lado de acá. ¡Y a estudiar de verdad!
Son hombres, compañeros y compañeras del pueblo, jóvenes llenos de optimismo, llenos de alegría, como es lógico, y que van a disponer de todos los recursos y de todo el tiempo para estudiar; y se va a dar el caso de algunos de estos jóvenes que van a terminar la medicina a los 20 años — a los 20 años y a los 21 años—, y que van a tener toda una vida por delante para seguir estudiando, para seguir aprendiendo, para seguir capacitándose, superándose, adquiriendo experiencia. Y ese es el porvenir de nuestro país, y ese es el panorama del futuro; futuro que no viene por sí solo, sino que hay que forjar, que hay que hacer. Y esas son Las perspectivas que tiene la medicina en nuestro país.
Y cuando aquellos señores, cansados, hastiados, decepcionados, reumáticos y canosos, se pongan de rodillas para pedir el regreso, les preguntaremos: ¿Regreso para qué? Si tenemos legiones de médicos jóvenes, competentes, llenos de fe, llenos de entusiasmo, llenos de ardor, ¿para qué? ¿Regresar? ¿Disponer de una casa para uno de ellos? ¡No! ¿Cómo le vamos a dar una casa a uno de esos señores mientras haya un obrero sin casa, un campesino sin casa? Porque aquí no se construirá una sola casa que no sea para entregársela, en primerísimo lugar, a una familia de las buenas, de las que trabajan, de las que producen, de las que la necesitan.
Y entonces llegará el momento más amargo para ellos, y nosotros no los necesitaremos. Hoy no los necesitamos, mucho menos los necesitaremos mañana.
Pero, además, quiero decirles algo: además de los médicos que tenemos, tenemos médicos de distintos países, igual que profesores de distintos países, trabajando en nuestro país. Por lo tanto, estos tiempos los podemos campear perfectamente bien. No solo eso, no solo eso, sino que aun podemos hacer algo —aunque tenga sobre todo carácter simbólico más que otra cosa— para ayudar a otros países.
Y así por ejemplo tenemos el caso de Argelia. En Argelia la mayor parte de los médicos eran franceses, y muchos se marcharon. Y así, con 4 millones más de habitantes que nosotros, gran número de enfermedades que dejó allí el coloniaje, disponen de la tercera parte, de menos de la tercera parte de los médicos que nosotros tenemos. Tienen una situación verdaderamente trágica en el campo de la salud.
Y por eso nosotros, conversando hoy con los estudiantes, les planteábamos que hacen falta 50 médicos voluntarios para ir a Argelia, para ir a Argelia a ayudar a los argelinos. Y estamos seguros de que esos voluntarios no faltarán.
Cincuenta nada más. Estamos seguros de que se van a ofrecer más, como expresión del espíritu de solidaridad de nuestro pueblo con un pueblo amigo que está peor que nosotros, ¡peor que nosotros!
Claro, hoy podemos mandar 50; dentro de 8 ó 10 años no se sabe cuántos, y a nuestros pueblos hermanos podremos darles ayuda. Porque cada año que pase tendremos más médicos, y cada año que pase más estudiantes ingresarán en la Escuela de Medicina; porque la Revolución tiene derecho a recoger lo que siembra, y tiene derecho a recoger los frutos que ha sembrado.
Y nuestro país, nuestro país muy pronto, muy pronto — y podemos proclamarlo con orgullo— tendrá mayor número de técnicos que ningún país de América Latina; y nuestras universidades irán creciendo, y los estudiantes en nuestras universidades se contarán por decenas y decenas de miles, y nuestros cuerpos de profesores serán cada vez más experimentados. Los años pasan, y pasan rápido, y el esfuerzo de la Revolución se ve.
Decimos años, pero años que pasarán y que nos permitirán ver ese cuadro de 40 000 ó 50 000 estudiantes universitarios y de jóvenes graduándose por millares y decenas de millares, porque para eso la Revolución puede, porque es la Revolución y solo la Revolución la que puede realizar esas proezas; y es un pueblo revolucionario y solo un pueblo revolucionario quien puede llevar adelante semejantes tareas.
Por eso, compañeros y compañeras, hoy es un día importante, hoy es un día de júbilo para nuestro pueblo, hoy es un día de Íntimo regocijo para los revolucionarios, porque la Revolución no se concreta a exponer ideas, sino a realizar ideas; la Revolución no es teoría, es sobre todo hechos. Y cuanto la Revolución se ha propuesto, lo ha logrado; cuanto la Revolución ha iniciado, lo ha llevado adelante. Y esto es producto de idea convertida en realidad, de obra emprendida que se lleva adelante, razón para ser optimistas; razón para creer cada vez más en el dinamismo de una Revolución y en la capacidad creadora de nuestro pueblo.
Y es motivo de júbilo, sobre todo, porque sabemos lo que esto significa, porque sabemos que con esto nos defendemos de los golpes más bajos del enemigo en el aspecto más sensible de nuestro pueblo, porque sabemos que esto significa centenares de miles de niños que se salvarán para la patria, porque sabemos que esto significa salud para nuestro pueblo, porque sabemos que esto significa elevar el promedio de vida de cada ciudadano de nuestra patria; porque sabemos que esto significa, unido a todo el resto del trabajo revolucionario, el aumento de la producción de nuestro pueblo, la creación de las condiciones no solo para combatir las enfermedades, sino para prevenirlas. Porque en el futuro tendremos cada día más médicos, y cada día menos enfermos.
Y ahí están los hechos, ahí están los hechos: hace seis meses no ha habido un solo caso de poliomielitis en nuestro país; hace seis meses ninguna madre, ninguna familia ha tenido que pasar por el dolor inenarrable de ver a su hijo inválido. Y así, cientos de niños se han salvado, cientos de vidas felices se han salvado; la felicidad y la alegría de cientos de familias se han salvado. Y no importa que fueran cientos, porque entre esos cientos podía estar cualquier familia. Es el beneficio para toda la familia, porque cuando una espada que pesa sobre la cabeza
de cualquier hijo desaparece —espada que puede amenazar a una o a otra—, cuando esa espada se quita de sobre las cabezas de todos los niños de Cuba, todos los niños y todas las familias son beneficiadas por el esfuerzo del Ministerio de Salud Pública, apoyado en las masas, por el esfuerzo de las organizaciones de masas con la vacunación.
Y así, de nuevo arremete la Revolución contra las enfermedades y se dispone a salvar miles de vidas del tétanos, de la difteria y de la tosferina, que son otras tantas enfermedades que sacrifican a miles de niños todos los años, y que puede contraer cualquier niño de cualquier familia. ¿Cómo? Previniendo a través de la vacunación esos tipos de enfermedades. Y así iremos combatiendo enfermedad por enfermedad, así iremos disminuyendo el número de epidemias, el número de muertes, el número de víctimas. Y así se irá cumpliendo ese gran propósito: ir pasando de la medicina terapéutica a la preventiva, es decir, evitar que se enfermen los ciudadanos.
Y ha de ser brillante el porvenir de nuestro pueblo, brillante la salud de nuestro pueblo, cuando, por un lado, combatimos las enfermedades, disminuimos sus víctimas, luchamos contra ellas hasta hacerlas desaparecer; y, por otro lado, contingentes de jóvenes entusiastas, que son esperanzas de la patria, forjadores de la salud de nuestro pueblo, salvadores de vidas, entran en una institución como esta.
Por eso, podemos decir hoy: ¡Vivan nuestros estudiantes universitarios! (EXCLAMACIONES DE: “¡Vivan!”) ¡Vivan los jóvenes que ingresan en estos centros docentes! (EXCLAMACIONES DE: “¡Vivan!”)
¡Patria o Muerte!
¡Venceremos!
FIDEL CASTRO RUZ

Fuente: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada