julio 10, 2012

Discurso de Fidel Castro en la Cena Martiana ofrecida por el Instituto Nacional de Ahorro y Vivienda (1960)

DISCURSO EN LA CENA MARTIANA OFRECIDA POR EL INSTITUTO NACIONAL DE AHORRO Y VIVIENDA, EFECTUADO EN LA PLAZA DE LA REVOLUCION
Fidel Castro
[27 de Enero de 1960]

― Versión taquigráfica de las oficinas del Primer Ministro ―

Señoras madres y familiares de los caídos por la libertad;
Señoras y señores:
Quiso la compañera Pastorita Núñez asignarme este honroso cuanto difícil honor de hablar esta noche tan martiana y tan cubana, para conmemorar el primer aniversario de Cuba revolucionaria, porque el anterior fue el primer aniversario en Cuba libre y este es el primer aniversario en una Cuba revolucionaria, porque el día 1ro de enero alcanzamos la libertad para comenzar la Revolución.
Nuestro pensamiento se remonta a aquel día, afortunado para nuestra patria, del año 1853 en que nació el apóstol Martí. Ciento siete años han transcurrido. Toda la vida de aquel hombre extraordinario que cayó en Dos Ríos después de dedicar su pensamiento y su energía, casi desde niño, a la causa de la libertad de su patria; toda una vida, no solo de aquella generación, sino de varias generaciones; 107 años de sacrificio de nuestro pueblo, porque la importancia de aquella fecha es que de nuestro pueblo surgió aquel hombre que habría algún día de señalar con claridad meridiana el camino a seguir.  Junto con él lucharon los cubanos de su generación y las generaciones que vinieron después; 107 años de lucha se dice muy fácilmente, pero 107 años son largos años y lo que se inició a mediados del pasado siglo empieza, recién ahora, a culminar y aún puede decirse que estamos empezando.
Estamos empezando a cosechar los frutos y a defender los frutos, porque no quiere decir esta alegría —esta alegría tan sana y tan cubana—, no quiere decir que vivamos en la ilusión de que los años de esfuerzo y de sacrificio han terminado. La alegría de hoy es la alegría de un pueblo que después de un siglo se siente por primera vez absolutamente dueño de su voluntad y de su destino, de su destino para comenzar a hacer la obra que soñaron nuestros fundadores, para comenzar a hacer realidad lo que en la mente de aquellos hombres fue un ideal, fue un hermoso sueño, porque lucharon para un fin, lucharon para conquistar la autodeterminación del pueblo, a fin de que ese pueblo libre pudiera realizar una obra. Y así, desde los primeros que cayeron a mediados de siglo, y los primeros que cayeron en 1868 o en 1895 o en cualquiera de las tantas batallas y escaramuzas que se libraron en la colonia y en el presente siglo, fueron batallas que se libraron por un gran objetivo, el cual aquellas generaciones que se sacrificaron no tuvieron la oportunidad de ver realizado.
Cayeron muchos en la lucha, otros tuvieron que afrontar, más de una vez, el amargo sabor de la adversidad. ¡Qué lejos estuvieron los que tal vez se alzaron en armas con la idea de que transcurrida la guerra, siempre dura y siempre amarga, algún día podrían ver realizados, en la patria libre, los postulados que dieron fuerza a los brazos de nuestros primeros mambises!  ¡Cuántas ilusiones, nos preguntamos, bajaron a la tumba con aquellos que la albergaron, cuántos sueños, desde Céspedes, Agramonte, hasta los últimos que cayeron en las horas postreras de esta guerra, que fue la última guerra de independencia plena de la nación cubana!  
¡Cuántos bajaron a las tumbas y cuántos vieron transcurrir los años en impaciente espera, y cuántos incluso tal vez perdieron sus ilusiones en el camino! ¡Cuántos perdieron sus esperanzas, porque hay que pensar y meditar que un pueblo que luchó con tesón inigualado, tuvo que vivir en cada uno de sus hijos buenos la amargura de no ver convertidos en realidad aquellos sueños y sumando el dolor de cada uno de ellos, ha sido el dolor de millones de seres humanos durante un siglo!  Ese terrible dolor y esa dura experiencia y esa dura tristeza en que se vive cuando tenemos que compartir la frustración de un ideal, como vivieron nuestros antepasados y como vivieron generaciones enteras, para que fuese esta generación actual, la generación que tuviese el privilegio de empezar a hacer lo que ellos ni siquiera tuvieron la oportunidad de empezar, porque empezaron varias guerras por alcanzar esa oportunidad y no la lograron. Ha sido esta generación, la generación que alcanzó la oportunidad, no por su esfuerzo, sino porque fue el esfuerzo que se sumó al esfuerzo de todas las anteriores, porque ningún sacrificio fue inútil, ya que desde el primer cubano que cayó, hasta el último, pusieron su “grano de arena” para que esta generación tuviera la oportunidad. Y esta generación, que es la Generación del Centenario del Apóstol, porque fue en el Año del Centenario donde se inició la lucha, que después de varios años habría de concluir en esta oportunidad que tiene hoy, esta Generación del Centenario puede decir al fin, que tiene en sus manos los destinos de la patria que no tuvieron las generaciones anteriores, porque fuerzas más poderosas que la suma de todos los heroísmos y sacrificios de nuestro pueblo impidieron a las pasadas generaciones esa oportunidad.
Por primera vez es el pueblo dueño de sus destinos, y lo que hagamos ahora de nosotros depende; el triunfo definitivo de nosotros depende, porque en nosotros está la fuerza para llevarla adelante o la debilidad que la haga fracasar. En nosotros ha de estar la virtud que permita llevar felizmente adelante el propósito que nos hemos impuesto o estarían los vicios que nos hicieran fracasar; en nosotros ha de estar el valor que permita el triunfo definitivo o la cobardía que haga posible el fracaso definitivo.  En nosotros pues, en esta generación que ha sido afortunada en la oportunidad, está también la tremenda responsabilidad, porque de las filas del pueblo salen los conductores, de las filas del pueblo salen los héroes, de las filas del pueblo salen los valientes, de las filas del pueblo surgen las fuerzas que puedan permitir el triunfo de un pueblo, como de las filas surgen también —infortunadamente— los traidores o los desertores, y surgen los de poca fe, y surgen los cobardes.  Que nosotros hoy sí podemos decir de una vez que en nuestras manos está nuestro destino; y de nuestro pueblo, solo de nuestro pueblo, dependerá que la oportunidad sea una oportunidad para el triunfo definitivo.
Con esto señalo la realidad, y la realidad de que, a la larga, sea mucho mayor la suma de valor, la suma de fe, la suma de sacrificio y de heroísmo, sobre la suma de cobardía, de deslealtad o de debilidad de otros, para que pensemos en esta tarea honrosa, pero difícil, porque a los débiles de adentro, a los traidores de adentro, a los cobardes de adentro, a los corrompidos de adentro, hay que sumar los corrompidos de afuera, hay que sumar el poderío de los de afuera , hay que sumar el esfuerzo que contra la Revolución hacen los de afuera.  A los buenos de adentro los acompaña la solidaridad y la simpatía de todos los buenos de afuera.
¿Por qué tenemos fe?  ¿Por qué tenemos confianza? Tenemos confianza porque los cubanos buenos son abrumadora mayoría sobre los cubanos malos; porque los valientes, los cubanos valientes, y los cubanos virtuosos, los cubanos generosos, los cubanos entusiastas, son, constituyen, abrumadora mayoría sobre los cubanos egoístas o cobardes, o sietemesinos, como llamaba Martí a los hombres que no tenían fe en su pueblo. Por eso, porque contamos con un pueblo semejante, en que hay una proporción de virtud tan extraordinariamente mayoritaria, es por lo que creo que esta generación aprovechará la oportunidad que le brinda el destino de la nación para culminar en la victoria definitiva. Y es que la virtud ha crecido en nuestro pueblo, porque si estudiáramos el pasado, nos encontraríamos que los hombres que encendieron la chispa de la libertad, los hombres que encendieron la llama del patriotismo, eran entonces una exigua minoría; los pioneros de nuestra patria fueron minoría y durante un tiempo considerable los hombres verdaderamente patriotas fueron minoría. Y gracias al ejemplo bueno, y a pesar del ejemplo malo; gracias a que el pensamiento y la luz a la larga se imponen; gracias a que la verdad siempre, más tarde o más temprano, la verdad que se escribe con sangre de pueblo, triunfa. Gracias al ejemplo de los buenos, gracias a la prédica de los fundadores, entre los cuales el primero fue aquel hombre cuyo nacimiento, hace 107 años, conmemoramos hoy. Gracias a esa prédica que era ignorada en un principio, porque los versos, como los pensamientos, como los escritos, como las proclamas, como los discursos de Martí, que hoy son familiares para todos nosotros, fueron al principio del conocimiento reducido de un círculo de amigos o de compatriotas que tuvieron el privilegio de leerlos o escucharlos, porque en medio de la censura y de la opresión, aquellas ideas no podían divulgarse, e incluso, en los inicios de la república, el pensamiento y la prédica de Martí no se conocía sino por una minoría, y fue en el transcurso del presente siglo cuando nuestro pueblo pudo ir, paso a paso, conociendo aquella filosofía política, aquel pensamiento profundamente humano de nuestro Apóstol, y para que se vea el valor de las ideas y la verdad de aquel pensamiento que decía que “trincheras de ideas valían más que trincheras de piedra”; esas ideas, influyendo sobre nuestro pueblo en la medida en que se iban divulgando, y a pesar de la frustración de nuestra república, a pesar de lo mucho que aquel pensamiento había sido prostituido en labios de hipócritas, en labios de malos cubanos, que miles, tal vez millones de veces evocaron en medio de la ignominia, y hasta del crimen, el pensamiento y el nombre del Apóstol; a pesar de esas adversas circunstancias, el conocimiento que en la historia falseada de nuestra patria pudieron ir sacando las generaciones presentes, del conocimiento que de los libros escasos fue extrayendo nuestro pueblo, de aquella fe que alimentó siempre a nuestra juventud y que surgió de la lectura de los libros de Martí, de los versos de Martí, algunos de los cuales nos hacían ya recitar desde niños, a los que tuvimos el privilegio de ir a las escuelas; la influencia de ese pensamiento fue tan definitiva que de otra manera no podría explicarse esta realidad que a pesar de la mentira de una historia falseada, de una política falseada y corrompida, de una prédica diaria, que era una prédica mercantilista, de aquellos escritos donde parecía que el propósito no era decir la verdad, sino ocultar la verdad, a pesar de todo el tóxico que se sembró en nuestra nación, porque la gran realidad es que había un sistema por entero dedicado a dirigir la mente de nuestros conciudadanos en el sentido que más convenía a determinados intereses y que la influencia cultural que recibíamos era tan evidentemente antinacional y anticubana, que los cubanos hemos vivido bajo influencias extrañas que por todos los medios; desde los libros de texto falseados por los farsantes, por los entreguistas y por los cobardes, hasta la mayor parte de la literatura y de los medios de divulgación que llegaban a nosotros, eran de procedencia extraña, e iban contra lo nacional, contra lo cubano; porque era todo un sistema influyendo sobre la mentalidad y hay mentiras, hay mentiras que nos hicieron creer de muchachos, que de mayores nos avergüenzan y nos indignan; hay verdades que hoy nuestro pueblo ve con tal claridad, que pensar en aquel pasado fraudulento, hipócrita y mentiroso, nos avergüenza.
Y a pesar de esa influencia, sin embargo, nos encontramos que las virtudes de nuestro pueblo fueron creciendo, y nos encontramos que en nuestro pueblo había fuerzas suficientes para librarnos de las ataduras poderosas que realmente mantenían a nuestro pueblo sumido a una política y a unos procedimientos que eran los más opuestos a sus intereses.
Y así, ¿por qué se pudo llevar adelante la última guerra libertadora? ¿Por qué se pudo alcanzar la victoria? ¿Por qué avanza la Revolución? Se logró todo porque había virtudes en nuestro pueblo, y esas virtudes fueron el fruto de las semillas que sembraron los fundadores de nuestra república; de la semilla, de la abundante semilla que sembró nuestro apóstol José Martí. Porque ese amor acendrado a la libertad, esa prédica constante de dignidad, ese sentido humano del pensamiento martiano; ese odio a la tiranía, ese odio al vicio, ese odio a la esclavitud que le hizo decir:  “Sin Patria, pero sin amo”, sin patria, pero sin amo, es decir, preferir la muerte a tener un amo…  Esa prédica fue la que nutrió el espíritu rebelde y heroico de nuestro pueblo, que allá en Santiago de Cuba, junto a la tumba de Martí, en el Año del Centenario, ofrendó la vida de casi un centenar de jóvenes. Ese espíritu, que es la característica de nuestro pueblo, de un pueblo digno, de un pueblo heroico, de un pueblo esforzado, de un pueblo entusiasta, es lo que tenemos que agradecer al ejemplo de nuestros fundadores, y a la prédica de nuestro Apóstol; porque aunque invocaran falsamente su nombre muchas veces, aunque se le rindieron millares de hipócritas tributos, el pueblo, por encima de toda aquella falsedad, le rindió siempre un profundo y sincero tributo a su memoria; porque el respeto y el recuerdo para los hombres que se dieron por entero a la causa de su pueblo no es un respeto o un recuerdo meramente formal.  No se dice que los caídos siguen siendo útiles por mero consuelo; se recuerda a los caídos y se recuerda a los hombres que se dieron por entero a su patria porque es útil a todo pueblo, y porque es cierto aquello que los mártires, aun después de muertos, siguen siendo útiles; es cierto aquello de que aun después de muertos físicamente, siguen vivos en el fervor y en el cariño y en la fe del pueblo; es cierto aquello de que morir por la patria es vivir , y que con nosotros vivieron y pelearon todos los que habían caído por los ideales que nosotros estábamos defendiendo; con nosotros vivieron —y sin riesgo de volver a morir nunca más— los compañeros que habían caído en las primeras batallas de nuestra guerra, y los que habían caído en las batallas de todas las guerras libertadoras; con nosotros vivieron y pelearon, y yo recuerdo que junto a la amargura de la pérdida de cualquier compañero en la lucha, siempre nos animaba la idea de que aquellos compañeros que habían caído en los combates o habían caído asesinados en las calles de nuestras ciudades, muertes que hubo de presenciar impotente nuestro pueblo y tenía que presenciar impotente nuestro pequeño ejército desde las montañas, pero que nos llenaba de una indignación tan grande y que nos excitaban de tal manera a aplicar contra aquellos criminales el castigo merecido, que cada hombre que caía era un soldado más que peleaba en las filas de los que no habían muerto, de cada uno de los soldados aquellos que llevaban al combate el cariño y el recuerdo de sus compañeros muertos.
Por eso fue posible la victoria, porque no fue el número tal o más cual de hombres combatientes, era sobre todo el número de hombres que se habían sacrificado. Por eso, en esta noche han estado presentes aquí no solo los 2 000 comensales, han estado presentes, representados, sobre todo en esa larga lista de madres y esposas, que no era sino una representación de todas las madres que en cada uno de los episodios de esa cruenta lucha tuvieron que vestirse de negro; no solo estaban presentes los 2 000 comensales, sino que estaban presentes, sobre todo, los 20 000 muertos que cayeron por hacer posible esta noche de hoy.
Porque para que hayamos tenido la satisfacción de venir aquí esta noche; para que hayamos podido tener la satisfacción de esta fiesta tan cubana; para que hayamos podido escuchar esas canciones que reflejan toda la alegría y toda la esperanza de nuestro pueblo; para que hayamos podido presenciar ese Drama de la Sierra, para que hayamos podido ver soldados con fusiles cantando junto a campesinos, para que hayamos podido ver esta identificación total, esta alegría incomparable, este orgullo de un pueblo que se siente dueño de sus destinos; para que hayamos podido entonar con orgullo nuestro himno; para que hayamos podido rendirle este tributo al Apóstol; para que se hayan podido lanzar hojas como estas, que dicen:  “Un pueblo libre y justo es el único homenaje propio de los que mueren por él”, ha sido necesario el sacrificio de 20 000 hermanos, a los que hay que sumar las decenas y decenas de miles de cubanos que cayeron en las luchas anteriores, porque contrasta esta alegría patriótica, esta fiesta patriótica, con la presencia de madres vestidas de negro, en cuyos ojos asoman lágrimas ante cada palabra, ante cada recuerdo, que llevan consigo su dolor, que llevan consigo su pena y su martirio y que no tienen ni pueden tener otro consuelo que la satisfacción de que el sacrificio no fue en balde; la satisfacción de que, si ellas están vestidas de negro, por ellas y por el sacrificio de ellas, hay millones de mujeres en nuestra patria que no visten de negro; de que si ellas están vestidas de negro, por su sacrificio, el pueblo se viste de alegría y de esperanza.
Y estos contrastes son, los que en momentos como este, nos hacen meditar y pensar en todo lo que ha costado ese anhelo de que fuese algún día nuestro pueblo dueño absoluto de nuestro destino y tuviese en sus manos la gran oportunidad; y como esa oportunidad hay que saberla utilizar, como esa oportunidad hay que defenderla, es por eso que tenemos que sembrar dignidad en nuestro pueblo, es por eso que tenemos que hacer realidad aquel apotegma martiano que él quería que fuese “la ley primera de la república:  el culto a la dignidad plena del hombre”. Hay que sembrar dignidad, porque los pueblos pequeños, los pueblos pequeños como el nuestro, solo pueden sobrevivir y marchar adelante con mucha dignidad; los pueblos pequeños solo se salvan de la sumisión cuando tienen mucha dignidad. Porque solo la dignidad, que quiere decir también valor, que quiere decir espíritu de sacrificio, que quiere decir heroísmo, salva a los pueblos e inspira respeto.
Y nosotros, que somos un pueblo pequeño, económicamente empezando el camino del desarrollo de nuestros recursos, nosotros lo que tenemos, sobre todo para defender esta oportunidad, es dignidad; y el arma más poderosa que pueda poseer nuestro pueblo es la dignidad, que quiere decir virtud, que quiere decir fe, que quiere decir seguridad en sí mismo.
Y ese debe ser el propósito fundamental en un acto como este: fomentar lo que más necesita un pueblo pequeño, lo único que salva a los pueblos pequeños: la dignidad. Y por eso, lo que nosotros tenemos que prometerle a nuestro Apóstol, lo que nosotros tenemos que jurar ante el recuerdo y ante la estatua de Martí, es ser un pueblo digno; lo que nosotros tenemos que jurar, ante la tumba de todos los caídos, es ser un pueblo digno; porque los pueblos luchan, no por razones baladíes; los pueblos luchan por grandes aspiraciones; los pueblos luchan por grandes objetivos que les permitan el pleno desenvolvimiento y desarrollo como pueblo libre; los pueblos luchan por grandes afanes; y cuando se habla de soberanía, cuando se habla de autodeterminación, se habla del derecho a labrarse su propio porvenir, se habla del derecho a disfrutar sus recursos, se habla del derecho a disfrutar los frutos de su trabajo, se habla del derecho a progresar en el orden moral, en el orden espiritual y también en el orden material; se defienden grandes intereses nacionales cuando se habla de autodeterminación y de soberanía, y cuando se habla además de justicia, de justicia social, quiere decir que los pueblos, no solo no deben resignarse a vivir bajo el dominio de otros pueblos , sino que dentro del pueblo, sino que dentro de las naciones, los pueblos no deben resignarse a vivir bajo el dominio de los privilegios. Porque los pueblos deben aspirar a ser libres fuera y libres dentro. A veces hay independencia nacional, pero no hay libertad dentro de una nación porque no hay justicia; luego, hay que luchar por esos dos principios, ya que de nada vale que los pueblos sean considerados teóricamente soberanos, teóricamente libres, si la esclavitud más espantosa, la explotación más despiadada, se está  padeciendo dentro de los límites de ese pueblo llamado teóricamente libre, porque cuando no son intereses extranjeros, son intereses de exiguas minorías nacionales.
Y la autodeterminación o la independencia no la necesitamos para vivir esclavizados dentro, la necesitamos sobre todo para vivir libres dentro: libres de privilegios o intereses de dentro o de fuera. De ahí que la lucha revolucionaria por la justicia social tenga que ser necesariamente una lucha por la reafirmación de la soberanía nacional, puesto que no puede considerarse un pueblo libre, un pueblo que no tenga derecho a conquistar la libertad dentro de su propio territorio , no puede considerarse un pueblo libre un pueblo que no tenga libertad para implantar la justicia social, y los problemas que ha tenido que afrontar nuestra Revolución no han sido problemas gratuitos, no han sido problemas suscitados por afición de sus gobernantes, han sido problemas suscitados por nuestro propósito de hacer justicia social, y para ello tener que reafirmar nuestra soberanía, ya que nosotros no hemos pretendido legislar en otros territorios y los problemas se han suscitado por legislar dentro de nuestro propio territorio, no por hacer leyes para otros pueblos… , no por hacer leyes para otros pueblos, sino por hacer leyes para nuestro pueblo. Y es curioso, como lección de política, es curioso, como enseñanza esclarecedora, el que un pueblo por hacer leyes dentro de su propio territorio, por hacer leyes para su propio pueblo, tenga que buscarse dificultades de carácter internacional.
Eso quiere decir que la palabra independencia, la palabra soberanía, la palabra república, ha sido muchas veces una ficción…  La lucha revolucionaria es por eso una lucha por la afirmación plena de nuestra soberanía; y por eso, para llevar adelante nuestra obra, que no persigue otro propósito que el hacer feliz a nuestro pueblo, que librar a nuestro pueblo de todas las miserias y los males que lo agobiaban, lo cual hace que nuestra causa sea la más justa de las causas, porque es la lucha de un pueblo que aspira a vivir de sus recursos y de su trabajo, que aspira a vivir y a desarrollarse con lo suyo, por lo suyo y para los suyos , sin quitarles nada a otros pueblos, porque es aquí donde se está desarrollando nuestra Revolución y por eso los dos factores:  dignidad y justicia de la causa que se defiende, son los factores suficientes para lograr que un pueblo pequeño logre un propósito, un ideal grande.  Y esos dos factores son los dos factores con que nosotros contamos.
Razón es decir justicia y dignidad. Y cuando se habla de razón no es una simple palabra; razón quiere decir los abusos que se cometían en nuestra patria, razón quiere decir los innumerables crímenes que se cometieron con nuestro pueblo, razón quiere decir los cientos de miles de cubanos que no sabían leer ni escribir , razón quiere decir los cientos de miles de cubanos que no tenían trabajo, razón quiere decir los cientos de miles de familias campesinas que no tenían ni un pedazo de tierra, razón quiere decir los enfermos sin hospitales, los niños sin escuelas.  Razón quiere decir todo lo que se le robaba a nuestro pueblo, que cuando no le robaban los políticos, le robaban los especuladores, le robaban los explotadores.
Razón quiere decir una larga cadena de injusticias y de abusos que hicieron necesaria esta Revolución, razón quiere decir que para ponerles fin a esos abusos es que se dictan leyes revolucionarias, razón quiere decir que el único motivo de la Revolución y el único objetivo de los gobernantes revolucionarios es ponerles fin, de una vez y para siempre, a todas esas injusticias contra las cuales ha luchado más de un siglo nuestro pueblo.
Razón que tenemos y dignidad que tenemos para alcanzar la victoria definitiva. Y eso, que lo comprendemos todos perfectamente bien, digo todos los que se sientan cubanos, que cubanos no son los que por unos miserables pesos son capaces de renegar de su patria, y que son por fortuna exigua y precaria minoría. Eso, que lo comprendemos todos y debemos comprenderlo cada día mejor, es esencial en esta hora en que se agrupa el pueblo, se junta el pueblo como nunca antes, con entusiasmo nunca antes visto, para realizar un gran ideal.
Fomentemos, pues, la virtud, fomentemos la dignidad, reverenciemos cada vez más a nuestros fundadores, recordemos cada vez más a nuestro Apóstol, más cada año y no por un motivo solo de gratitud, sino por ser necesidad, porque los necesitamos, porque necesitamos que con nosotros libren las batallas que estamos librando; recordémoslo y venerémoslo cada vez más y con más fervor, hoy, en esta cena tan cubana y tan hermosa; mañana, es decir hoy por el día, desfilando las milicias frente a la estatua del Apóstol en el Parque Central y allá en Oriente, mientras en todos los demás lugares de la isla las instituciones patrióticas, de un modo o de otro, rinden tributo al Apóstol, allá el Gobierno Revolucionario entregando a los niños de Santiago de Cuba, convertido ya en hermoso centro escolar, el cuartel Moncada... , donde cayeron aquellos compañeros nuestros el 26 de julio de 1953, Año del Centenario del Apóstol, centenario que tuvo que conmemorar nuestro pueblo bajo feroz y sanguinaria tiranía; centenario que estamos conmemorando hoy, que vamos a conmemorar allí, en uno de los actos más emotivos, porque son como la definición de esta Revolución, que convierte fortalezas en escuelas...; que derriba muros llenos de aspilleras y convierte en aulas, barracas de soldados, en la seguridad de la certeza de aquel pensamiento, de que “trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra”.
Y la historia demostrará que si al fin y al cabo, las fortalezas llenas de aspilleras y de soldados sucumbieron ante el empuje de nuestro pueblo que luchaba por una causa justa; en cambio, nuestras escuelas, representación del pensamiento y la cultura, jamás caerán bajo las fuerzas , jamás caerán bajo la fuerza de los que nos la quieran quitar para convertirlas en cuarteles defensores de privilegios, porque esas escuelas las sabrá defender nuestro pueblo; porque esas escuelas las defenderá nuestro pueblo con trincheras de ideas y trincheras de piedras.
Y así, marcharemos adelante, reafirmando nuestra soberanía, haciendo leyes justas, dándoles tierra a los campesinos, escuelas a los niños, hospitales a los enfermos, trabajo a los desempleados, horizontes prometedores a nuestra juventud y a nuestro pueblo todo.  Así continuaremos derribando fortalezas, y haciendo escuelas, con optimismo y con seguridad, porque creo en nuestro pueblo, porque estoy seguro de que tiene temple y tiene virtudes suficientes para marchar por este camino, porque tiene sobrados ejemplos que lo alienten, suficiente prédica martiana que lo anime y lo inspire.
Por eso hoy, al conmemorar este 107 aniversario del nacimiento de quien fue un símbolo en sacrificio y en pensamiento para la patria, la satisfacción de poder mirar con orgullo la estatua del Apóstol y decirle: “¡Al fin, Maestro, tu Cuba que soñaste, está siendo convertida en realidad!”
FIDEL CASTRO RUZ

Fuente: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos

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