julio 15, 2012

Discurso de Fidel Castro en la clausura del Congreso Nacional de Cooperativas Cañeras (1962)

DISCURSO EN LA CLAUSURA DEL CONGRESO NACIONAL DE COOPERATIVAS CAÑERAS
Fidel Castro
[18 de Agosto de 1962]

― Departamento de versiones taquigráficas del Gobierno revolucionario ―

Compañeros delegados:
A nuestra memoria viene la historia de todo este proceso revolucionario de nuestra agricultura. Creo que este acto tiene para la Revolución una gran trascendencia, es decir, este Congreso que acaba de efectuarse. Quizás su trascendencia no se vea ahora con toda claridad, como se verá en el transcurso de los años. Creo que se ha dado con este Congreso un gran paso de avance.
Pero es necesario que todos ustedes, es necesario que todos sus compañeros, que laboran las tierras cañeras, comprendan bien por qué, por qué esto significa un gran paso de avance. Primero que nada, debemos explicarnos cuáles fueron los primeros pasos que se dieron en la agricultura, y por qué se dieron.
Todos ustedes, obreros agrícolas, que trabajaban en los latifundios cañeros, tienen una idea muy clara de lo que era la vida en nuestros campos, sobre todo de lo que era la vida en el latifundio cañero.
Cuando la Revolución triunfa, era un hecho que el primer paso a dar por la Revolución era la reforma agraria. Recordarán ustedes cómo se comenzó a hablar de la reforma agraria inmediatamente, cómo comenzó a interesarse el pueblo, los trabajadores de las ciudades.
Es posible que muchas personas oyeran hablar de la reforma agraria sin que, sin embargo, comprendieran bien qué significaba la reforma agraria. Pero, en fin, todo el mundo consideraba que eso tenía que ser útil, que situación peor de la que había en el campo no podía haber, y que todo cambio en las condiciones de vida y de trabajo y de explotación de la tierra, sería beneficioso para los campesinos.
Pero la reforma agraria, sin embargo, es una de las tareas más complejas de una revolución. Pudiera decirse también que es una de las tareas más difíciles. Lo que se refiere al régimen de propiedad de tierra y modo de explotación de la tierra, es mucho más complejo que lo que se refiere al modo de trabajo en la industria. La revolución, por ejemplo, del sistema de producción industrial es siempre mucho más sencilla que la revolución en el campo.
En nuestros campos existían dos tipos de centros de producción: el gran latifundio y el pequeño agricultor. El gran latifundio explotaba un número considerable de trabajadores, sobre todo el gran latifundio cañero. Entre los pequeños agricultores los había de distintas características: el pequeño agricultor que era propietario de la tierra — que era minoría—, el pequeño agricultor que era precarista —como, por ejemplo, los cultivadores de café y de cacao en las montañas, y que aunque no pagaban renta siempre vivían bajo la amenaza del desalojo—, y otro tipo de pequeño agricultor que, con el anterior — es decir, con el precarista— , constituía la gran mayoría, era el campesino que pagaba renta. Es decir que nos encontramos con dos tipos de propiedad de la tierra: un tipo constituido por aquellos que trabajaban su propia tierra, el pequeño agricultor; y otro tipo de propiedad, la de aquellos que no trabajaban la tierra, que vivían en muchos casos lejos de aquellas tierras y que empleaban a veces cientos de trabajadores. Cuando se trataba de un gran latifundio como el latifundio de la United Fruit, entonces se empleaban miles de trabajadores.
Cuando se decide llevar a cabo esta primera ley revolucionaria de gran trascendencia que iba a cambiar este sistema de producción, sus líneas básicas fueron las siguientes: Primero, liquidar el latifundio; segundo, liquidar el sistema de pago de rentas, es decir, liberar a los campesinos de las rentas que pagaban, bien como colonos, como arrendatarios; garantizar a los precaristas, a los cuales la ley les concedió la propiedad de la tierra que poseían como precaristas.
Quedaba la solución de cómo hacer producir los grandes latifundios. Se había hablado mucho — y fue esa la consigna en una época en que nuestro país solo podía aspirar a triunfos parciales, a soluciones parciales, cuando todavía no se podía considerar la oportunidad de hacer una revolución no por parte, sino hacer una revolución en todos los frentes—, se había hablado mucho de la reforma agraria como reparto de las tierras. Aquella idea tenía muchos partidarios; y muchas personas consideraban que la reforma agraria no era otra cosa que repartos de tierra.
Afortunadamente, nuestra Revolución tuvo un gran acierto, tuvo audacia suficiente para intentar un sistema de explotación de esas tierras más avanzado todavía. ¿Por qué digo que tuvo un gran acierto la Revolución? Eso hoy es muy fácil de comprender.
El reparto de los grandes latifundios posiblemente habría arruinado a la Revolución. Los problemas que la Revolución tendría si hubiese dividido esas tierras serían dramáticos. Primero que nada, el problema práctico en sí mismo a la hora de dividir las tierras, cuando todos sabemos que las tierras tienen distintas características, y que dentro de un mismo latifundio hay tierras fértiles, más fértiles, menos fértiles, unas que sirven para una cosa, otras que sirven para otra.
Desde el punto de vista político, lo más fácil habría sido repartir esas tierras. Desde el punto de vista práctico, el número de tareas que la Revolución hubiese tenido habría sido en esos momentos inferiores. Pero muchas veces lo que en un momento parece lo más fácil, a la larga nunca es lo mejor.
Los resultados de una medida como aquella, es decir, los resultados de dividir las tierras, cualquiera los comprende perfectamente. En primer lugar, no hay tierras para todo el que quiere tierra. Nosotros nos recordamos, que en ocasión de la promulgación de la ley agraria, alguien tuvo la idea de imprimir unas planillas para los que querían tierra. Nosotros nos dimos cuenta a tiempo de que aquellas planillas iban a tener resultado muy negativos. ¿Por qué? Porque todo el mundo quería tierra, hasta la gente que vivía en las ciudades quería también llenar una planilla solicitando tierra.
El primer resultado es que una vez dividido un latifundio cualquiera, una parte de los obreros se habría quedado sin tierra, o de lo contrario, habría que dividirlo en lotes tan pequeños, que apenas les alcanzaría para la subsistencia.
Imaginemos, por ejemplo, un latifundio arrocero de 100 caballerías o de 200 caballerías de cultivo de arroz, repartido entre 300 ó 400 familias campesinas, donde naturalmente cada cual tomaría posesión de su parcela, iría a construir su casa allí, además de arroz habría querido sembrar también viandas y cuantas cosas necesitaba para su abastecimiento. El sistema de regadío en cualquier latifundio arrocero —ustedes lo habrán visto—, cómo se inundan lotes de 10, 20 y 30 caballerías; se habría tenido que renunciar a aquel sistema de regadío, o cada familia habría quedado aislada como un cayo en medio de las inundaciones arroceras.
Con la caña habría pasado más o menos lo mismo. Con el ganado habría sido peor todavía. El reparto del latifundio ganadero con el ganado que había en esos latifundios, es lo que habría creado uno de los problemas más graves a la Revolución. Primero que nada, el número de reses que se habría sacrificado nadie puede siquiera imaginarlo. Y, sobre todo, cuando la Revolución se viera ante el problema, problema que tenemos hoy, de que la demanda de carne se ampliase extraordinariamente y, al mismo tiempo, la demanda de zapatos se aumentase también de manera considerable, no íbamos a tener lo que tenemos hoy.
Hoy no tenemos el problema resuelto; pero, en cambio, tenemos todas las condiciones y todos los medios y todas las posibilidades para resolver ese problema. Hoy no alcanza la carne, ni mucho menos, la carne de res, toda la que quiere comprar el pueblo. Naturalmente que, para satisfacer esa demanda, habría que sacrificar no solo las reses mayores, cebadas, sino habría que sacrificar las hembras también, habría que sacrificar novillos, incluso hasta los terneros. En dos palabras: si se sacrificaran todas las reses que nuestro pueblo hoy puede consumir, porque tiene recursos, porque tiene dinero, en tres o cuatro años prácticamente no quedaría una cabeza en pie.
Lo otro sería que, año por año, el número de pieles disponibles para hacer calzado sería inferior. Ustedes saben cómo hay dificultades en esos productos, con el calzado. Sin embargo, esos problemas no tienen más que una solución, que es la producción; y, en este caso, la producción de carne de res está vinculada íntimamente a la producción de calzado.
¿Cuál sería la situación en este momento, si dispusiéramos de la mitad de la carne de que disponemos, de la mitad de las pieles de que disponemos, y no pudiéramos decir como hoy que, año por año, se puede calcular el número de reses que se sacrificarán en el futuro, el número de pieles, el número de pares de zapatos que se podrán construir?
No solo eso: cualquier programa de desarrollo de la ganadería a través de la inseminación, a través de la importación y de la selección de sementales. No es lo mismo cuando se va a llevar un plan de inseminación, de selección, de desarrollo de la ganadería, en un centro grande que dispone de cientos o de miles de cabezas de ganado, para llevar a cabo cualquiera de estos planes, que cuando hay que discutir con miles y decenas de miles y cientos de miles de pequeños productores para desarrollar, por ejemplo, no solo el ganado bovino, sino también las crías de cerdos, que requieren toda una serie de condiciones, requisitos, atención de veterinarios, que requieren cebaderos. Lo difícil, casi imposible, que sería llevar a cabo rápidamente un plan de desarrollo en unas tierras que estuviesen divididas en decenas de miles de fracciones, cada cual con su estilo, sus métodos, sus ideas; lo mismo para llevar a cabo cualquier programa de selección, de mejora de los cultivos, de regadío; es decir, para la producción misma, nosotros tendríamos en este momento una situación insuperable.
Ya no vamos a hablar de otros problemas que se refieren a la vida de los trabajadores agrícolas, es decir, de los que viven en el campo. Si esos latifundios se hubiesen repartido, cada cual habría construido su bohío en su pedacito de tierra; la escuela siempre quedaría a veces a kilómetros de distancia de donde viven los niños; las posibilidades de electrificación no se habrían podido llevar adelante nunca; las facilidades de construcción, por ejemplo, de calles, los propios caminos, los alcantarillados, los sitios de recreo, los establecimientos para la distribución de la mercancía.
Ninguno de esos pueblos, de esos muchos pueblos que se han construido, y que, sin embargo, son una mínima parte de lo que realmente se necesita en nuestros campos, no habría podido realizarse tampoco. La posibilidad de ir asimilando la vida del campo a la vida de la ciudad; la posibilidad de ir llevando a los campos las condiciones de confort que existen en la ciudad, no habría sido posible jamás; la de tener un centro escolar en el medio del campo para 200 ó 300 niños; la de poder realizar actividades artísticas, culturales, de cualquier tipo; la de poder disponer de agua corriente, electricidad, alcantarillado, calles y, en fin, todo lo que se puede hacer en un pequeño pueblo, habría sido imposible realizarlo en ninguna zona de nuestros campos, ya que estos pueblos solo se pueden hacer cuando las tierras son cultivadas colectivamente.
Pero, además, habría otras consecuencias económicas, políticas y sociales. Hay una realidad que hoy se ve; en estos momentos, en que hay una gran demanda de productos, en que como consecuencia de la sequía, de malas administraciones y de errores, no creció la producción agrícola en grado suficiente para satisfacer esa demanda. Y ocurre lo que vemos: cierta especulación con los productos agrícolas, poca o mucha, precios desorbitados.
¿Dónde ocurre eso? ¿Cómo ocurre? ¿Por qué? ¿Por qué la carne conserva su precio? ¿Por qué las aves que se distribuyen en las ciudades conservan su precio? ¿Por qué esos artículos, que son fundamentales, no se venden a tres pesos ni a cuatro pesos? ¿Por qué los productos derivados del cerdo conservan sus precios? ¿Por qué no valen tres guanajos 50 pesos, ni se venden en la ciudad cuatro gallinas por 20 pesos? ¿Por qué? ¡Porque esos productos vienen de las granjas! ¡Porque esa carne, ese ganado que se sacrifica en la ciudad se cría en granjas! ¡Porque los productos agrícolas de las granjas llegan a las ciudades, llegan al pueblo, llegan a los obreros, a precios razonables, a los precios establecidos!
La nación cuenta como seguro con esos productos, porque van de aquellos centros de producción a los centros de distribución. ¿Qué productos son los que se vuelven objeto de especulación? Los productos que se cultivan en las parcelas aisladas, los que se producen en las parcelas aisladas.
¿Qué ocurrió, por ejemplo, con la malanga de Rancho Mundito, en Pinar del Río, malanga que se sembró con créditos dados por la Revolución, en tierras que la Revolución había concedido en propiedad a los campesinos de aquella zona? Los campesinos aprovecharon los créditos, sembraron, produjeron; pero, ¿qué ocurrió entonces? Cuando el gobierno revolucionario, para evitar molestias, para evitar medidas que dificultasen la vida de los agricultores independientes, decidió ponerles fin a ciertos usos, a ciertos métodos utilizados por los organismos que adquirían los productos, y autorizó a los campesinos para vender por su propia cuenta, ¿qué ocurrió? Todo el que tenía automóvil y tenía dinero se fue a Rancho Mundito a comprar la malanga; algunos para almacenarla en su casa, otros para venderla al doble, al triple y al cuádruple. De donde resultó que aquella zona, donde estaba la malanga para los niños de la ciudad de La Habana, en un solo domingo fueron comprados allí, directamente por personas que habían ido de la ciudad, 3 000 quintales de malanga, en un solo domingo. Es decir, el abastecimiento para los niños de la ciudad durante varios días.
Bien, ¿y qué resultaba? Que el que había ido con su máquina y había traído un quintal, tenía ese alimento asegurado para sus hijos, los de él, varias semanas. El especulador, que lo adquirió para venderlo, obligaba a cualquier familia, que después no lo encontraba en el mercado, a pagarlo a un precio tres o cuatro veces mayor. Y los hijos de las familias que no tenían automóviles, ni podían pagar un precio tres o cuatro veces mayor, se quedaban sin esos alimentos.
Inmediatamente el especulador se presentó allí, a ofrecer precios muy superiores, creando dificultades al abastecimiento de toda la población, y lo que es peor: corrompiendo al campesino. Porque lo peor de todas esas cosas, lo peor, es que corrompen a la gente, le despiertan una ambición desmedida, ambición desmedida que los individuos no pueden satisfacer sino a costa de sacrificios y sufrimientos del resto de los ciudadanos. Y ningún individuo dentro de la sociedad puede prescindir de los demás, nadie puede prescindir de los demás.
Cuando alguien, dentro de la sociedad, quiere vivir a costa de las necesidades y de los sufrimientos de los demás, entonces tiene un modo de actuar antisocial, injusto. Se olvida de que él necesita de los demás, porque el que produzca determinado producto en el campo y quiera que le paguen diez veces más por ese producto, del precio justo que debe recibir, no le gustaría después que el cigarro que le llevan para fumar se lo cobraran diez veces más; ni le gustaría que los zapatos y la ropa que le llevan se lo cobrasen diez veces más; ni le gustaría que la luz brillante que le llevan, o la medicina que le llevan, o el producto, el arroz, el frijol, la sal, el azúcar, los mil productos que él necesita para vivir, se lo cobren diez veces más. Si nos olvidamos de esto, nos olvidamos de que, en definitiva, todos trabajamos para todos y todos tenemos necesidad de trabajar para todos.
Porque dentro de la sociedad, ¿cuántos son los artículos que necesitamos de todo tipo? Aquí mismo, ¿cuántas cosas? La luz eléctrica, los sitios donde ustedes están sentados, hubo obreros, carpinteros, decoradores, que organizaron todo esto. La ropa que visten, el zapato, la habitación donde durmieron, la comida que les sirvieron, los trenes en que viajaron; todo es producto del trabajo de los demás. No se podría dar un solo paso al día prescindiendo del trabajo de los demás. No tendríamos luz, no tendríamos teléfonos, no tendríamos transporte, no tendríamos gasolina, no tendríamos ropa, no tendríamos zapatos, si cada cual tuviera lo que él produce. No tendríamos medicina, no tendríamos maestro, no tendríamos médicos, no tendríamos correo, no tendríamos prácticamente nada, porque es una verdad elemental que todos estamos dependiendo del trabajo de los demás. Si el que produce algo quiere por lo que él produce recibir diez veces más del precio justo, solo lo puede hacer robándoles a los demás.
El que quiera vender por diez veces el precio lo que produce, y comprar lo que consume por el precio justo que tiene, no lo puede hacer sino robándole al resto de la ciudadanía. Y cuando un burgués de la ciudad llega en su automóvil y a un campesino que no comprende estas cosas, que en su vida no ha pensado más que en la obsesión del dinero, porque vivió en un mundo donde el dinero era todo, y le ofrece por el quintal de vianda no los cuatro pesos, que es un precio justo, o el precio que tenga, un poquito más o un poquito menos, pero que es el precio que está de acuerdo con las posibilidades que pueden pagar por ese artículo los demás trabajadores, y le ofrece entonces 10 pesos por el quintal de malanga, y pone delante de los ojos de aquel campesino la oportunidad de ganar el triple, el cuádruple de lo que había pensado, y tranquilamente como quien hace una cosa correcta, o tiene derecho a hacerla, vende aquella vianda por 10 o por 15 pesos, o sale a la carretera y vende los tres guanajos por los 50 pesos, ¿quiénes son los que pueden comer vianda, quiénes son los que pueden comer un fricasé de guanajo? ¡Los ricos!, ¡los burgueses que quedan en las ciudades! O como cuando venden un cerdo de 80 libras en 80 pesos, ¿qué obrero puede consumir ese cerdo? Ese obrero que a lo mejor gana 100 pesos, 80 pesos, para producir azúcar barata, sal barata, carne barata para todo el pueblo y para todos los trabajadores, entonces ese que trabaja no puede comer guanajo, no puede comer carne de cerdo, sus hijos no pueden comer malanga, sencillamente porque los únicos que pueden hacer eso son los que tienen automóviles y los que tienen grandes ingresos y que, además, no producen absolutamente nada.
Yo creo que estas cosas las comprende cualquiera, yo creo que estas cosas ustedes, ¡trabajadores de toda la vida, las comprenden perfectamente bien!
¿Resultado? Los ricos que quedan, viven bien. Pero no es ese solo el daño, sino que siembran la codicia, la ambición, la corrupción y la desmoralización entre ese pequeño agricultor, que es un hombre humilde, que es un trabajador, que no es un parásito, pero el parásito no puede ser parásito si por el camino no va realizando actos de parasitismo, sembrando el parasitismo, y creando parásitos por dondequiera que va. No se conforma él con ser un parásito; quiere convertir al campesino también en un parásito. Eso no sucede en una granja del pueblo. Con todas las deficiencias, con todos los errores, con todas las cosas mal hechas, eso no sucede en una granja del pueblo. Si hay 10 caballerías de malanga, allí no se puede aparecer ningún burgués a decir: “Le pago a 10 pesos el quintal.” Allí no se puede aparecer un especulador a comprar allí a más precio para después robarles a los trabajadores. Las 10 caballerías, allí, puede contar con ellas todo el pueblo, todos los niños, a un precio justo.
De la misma manera que el obrero de aquella granja tiene derecho a que le vendan los artículos a él, los artículos industriales, por precios justos: el cigarro, el tabaco, todos los alimentos que no produzcan en aquella granja; la ropa, los zapatos, las medicinas, lo que él necesite para su transporte, todo, que se lo den también a él a un precio justo.
Les he enumerado por eso distintas consecuencias. El haber repartido los latifundios, no solamente habría disminuido nuestra producción de manera extraordinaria, nos habría dejado sin base para desarrollar nuestra economía agrícola rápidamente; habría impedido darles empleo a todos los que estaban sin trabajo en el campo, no se habría podido hacer... Pero no solo eso, sino que no podría contar la población con ningún abastecimiento seguro, y la especulación se habría multiplicado hasta lo infinito.
Hay otra cosa también muy justa y muy clara. Puede ocurrir en una granja del pueblo de La Habana, por ejemplo, que tenga cientos de obreros, que produzcan 1 000 litros de leche, 2 000. Con seguridad que si se vendiera aquella leche libremente, pues se quedaría toda la leche en aquella granja. Sin embargo, la leche no se puede quedar toda en la granja, puede quedar una parte; pero está el resto de la población, están los obreros que viven en las ciudades, con su familia, con sus hijos. Entonces, no queda allí toda la leche, se distribuye una parte y se les habla a los obreros: Esta leche también hace falta en la ciudad, no podemos dejar a la ciudad sin leche. Eso no se podría hacer si se hubiesen repartido todos esos latifundios, porque el que produce por su cuenta, primero consume todo lo que necesita, y después si alguien se le acerca a comprarle a mayor precio, se lo vende, porque todavía —¡figúrense!— los deberes sociales no se comprenden con claridad; los abastecimientos se aseguran.
Luego, por todos conceptos... Y no vamos a hablar ya de otras mil cosas, no vamos a hablar, por ejemplo, cuando hay que ingresar en una escuela a miles de jóvenes campesinos. No es lo mismo cuando se dispone de un número de granjas o de cooperativas, o granjas llamadas cooperativas, porque cuando hacia falta mandar 1 000 muchachos a estudiar, por ejemplo en la Unión Soviética, había que mandar una comunicación a 600 sitios. Como ahora, imagínense que hubiera tenido que escoger, si eso se hubiera podido hacer en otras condiciones.
Desde todo punto de vista, desde todo punto de vista, y hoy lo vemos con toda claridad, fue un gran acierto y un gran paso de la Revolución haber pasado del latifundio a los centros de producción colectiva; con todas las dificultades, con todas las deficiencias, de todas formas fue un gran paso.
El desempleo en el campo ustedes saben que se ha liquidado. Ustedes saben que el problema que tienen en muchas partes del campo es que no tienen brazos para las tareas que están realizando. Ustedes saben, como trabajadores cañeros que son, que nacieron prácticamente y crecieron entre la caña, que conocen las entrañas del latifundio, del “tiempo muerto”, del vale, del maltrato, de los abusos, de la ignorancia, de la falta de maestros, de la falta de médicos, de la falta de todo que había en los campos; ustedes, que conocen todo eso, saben que ya no hay que agarrar el “matulito”, el “saquito”, ponérselo en los hombros y cargar con una mano de muchachos hambrientos a ir a recoger café , o emigrar a sitios lejanos, o buscar un sargento político para que le busque un trabajito en Obras Públicas, o le de un empleo cualquiera, algo, cualquier cosa, o en último caso le compre la cédula electoral para que vote por un desvergonzado cualquiera de aquellos. Ya no hay que hacer eso.
Por eso, aquellos campesinos que, procedentes del latifundio igual que ustedes, se fueron de precaristas a las montañas a sembrar café; y el café fue a cultivarse a las montañas porque el latifundio cañero y ganadero devoró todo, y a aquellos latifundistas no les interesaba el café; y si hay café en Cuba es gracias a esos campesinos que, huyendo del tiempo muerto y del hambre, con miles de trabajos, escalaron las montañas; gracias a ellos hay café.
Pero ese café está en aquellos remotos lugares, que si podía recogerse era porque había decenas y cientos de miles de hombres en el campo que no tenían trabajo.
Y cuando la Revolución viene y resuelve un problema elemental, y resuelve el problema del desempleo en los campos, lo puede resolver porque no repartió esos latifundios ni los dividió, lo cual permitió intensificar y tecnificar la agricultura, desarrollar grandes siembras. Ahora la Revolución tiene otro problema: ¿Quién recoge el café?
Pero la Revolución encuentra soluciones para todo, porque la Revolución de sus propias obras saca fuerzas, de su propia obra saca recursos. Y como una obra de la Revolución es el extraordinario desarrollo de la educación, las decenas y decenas de miles de jóvenes que están estudiando, cuyos gastos todos son costeados por la nación, moviliza a esos jóvenes, moviliza su entusiasmo, moviliza su energía —igual que la movilizó cuando fueron a enseñar a las montañas—, y resuelve el problema con sus propios recursos, con sus propios frutos.
Y por eso los campesinos aquellos no se quedarán ahora sin que nadie les recoja su café, ni tendrán que lamentarse de que sus hermanos del llano tengan trabajo en el llano, porque para todo la Revolución siempre halla una solución, para todo el pueblo, el pueblo siempre halla un modo de salir adelante; no tendrá que lamentarse ese campesino de la suerte de sus hermanos, porque tendrá quien le recoja el café.
Y así se ve que con todo lo que nos falta por andar — ¡y es mucho!—, que con todo lo que nos falta por hacer — ¡y es mucho!—, algo se ha hecho, algo ha cambiado. Y cuando tenemos que hacer el recuento de nuestras dificultades, de nuestros errores, cuando tenemos que tomar nuevas medidas, ya no estamos empezando a subir, sino que ya hemos andado largo trecho cuesta arriba; ya no son los problemas del primer día, ya no son los problemas del principio; son problemas, sí, pero problemas que corresponden a una etapa donde muchos de los males pasados los hemos superado ya.
¿Cómo se fue organizando la producción en el campo? La Revolución no repartió esas tierras. ¿Qué hacer? Centros colectivos de producción. ¿Qué tipo de centros? Y así fue como surgieron dos tipos: el intento de cooperativa en la caña, y las granjas colectivas estatales en el latifundio ganadero y arrocero y en las tierras que estaban vírgenes.
La Revolución dio un paso audaz: no repartió ese latifundio. Cuando fue a organizar la producción, adopta dos tipos: cooperativa y granja, dos sistemas de explotación agrícola que han ido marchando paralelamente.
De los latifundios cañeros se organizaron más de 600 cooperativas cañeras; del latifundio ganadero y de las tierras vírgenes, más de 300 granjas del pueblo.
Todos saben, compañeros, cuánto interés nos hemos tomado, las veces que nos hemos reunido, los esfuerzos que hicimos para hacer marchar esta forma hacia adelante. En la caña, ¿quién no recuerda aquella primera iniciativa de llevar una lechería a cada cooperativa, los créditos que se dieron, las orientaciones que se trazaron, todos aquellos proyectos, los pueblos, la solución del problema de la vivienda?
Naturalmente que algunas de esas cosas era imposible resolverlas en tan breve espacio de tiempo, como el problema de la vivienda.
Cuántos cursos se organizaron para preparar mecánicos, técnicos en agricultura, en crías, en fin; porque ustedes saben que no hay una sola cooperativa de donde muchos jóvenes no hayan salido a estudiar.
Marchaban estos dos sistemas paralelos, estaban sometidos a la prueba de la realidad; naturalmente que no eran iguales. La cooperativa es un centro colectivo distinto que la granja del pueblo; la granja del pueblo es como una fábrica; el granjero es como obrero de una fábrica; el cooperativista es como un conjunto de trabajadores que trabajan por su cuenta, no por cuenta de la nación.
Es lógico que la contabilidad de uno y de otro tipo sea distinta. Si el cooperativista trabaja por su cuenta, entonces solo recibiría gratuitamente la tierra, no las inversiones; las inversiones hay que contabilizarlas, la maquinaria hay que contabilizarla; la vivienda tiene que ser también por su cuenta, hay que contabilizarla y pagar. Si la producción va a ser suya, los instrumentos de trabajo, las inversiones, las viviendas, todo tiene que pagarlo.
No es lo mismo el caso del obrero de la granja. La vivienda... En primer lugar, las inversiones no tiene que pagarlas, la maquinaria no tiene que pagarla; pero hay algo más: la Revolución decidió que la vivienda tampoco tuviera que pagarla, ni la electricidad, ni el agua. Es decir que la diferencia entre uno y otro es que mientras el obrero de la granja trabaja por cuenta de la nación, tiene derecho a recibir los instrumentos de trabajo y todos los beneficios posibles que le pueda dar la nación; con el cooperativista no, al cooperativista hay que cobrarle. Por eso, durante la primera etapa..., naturalmente que si se construía un pueblo era a crédito. Durante muchos años habría tenido que ir saldando maquinaria, inversiones, la vivienda que, naturalmente, si eso no va acompañado de una productividad muy alta, si la gente se acomoda, entonces ¿cuántos años se requerirían para pagar? No puede precisarse.
Era lógico también, por otra parte, que si el Estado importaba 10 000 vacas de raza, con muy alta productividad en leche, no las llevara a la cooperativa, sino las llevara a la granja donde los productos son de la nación. Si hace una importación de 20 000 cerdos, tiene que llevarlos a la granja; si introduce la inseminación artificial, tiene que llevarlo primero a la granja; si trae semillas especiales hay que llevarlas primero a la granja; si se introducen nuevas técnicas, maíz híbrido, por ejemplo, hay que llevarlo primero a la granja. Incluso, se podría discutir si las casas primero deben hacérselas a los obreros de la granja, que trabaja en un centro de la nación, o al cooperativista que trabaja por cuenta propia en una cooperativa.
Pero en la cooperativa teníamos un problema además, que no había en la granja: los que trabajaban en la granja eran obreros, no explotaban a nadie, todos eran iguales. En cambio, en las cooperativas existía un problema: determinado número de personas eran cooperativistas; otros, ¿qué eran? Ciudadanos trabajadores de segunda clase, marginados, no eran nada. Como no eran cooperativistas, estaban los últimos en la cola, trabajaban cuando iban a trabajar para los que tenían el título de cooperativistas ; cuando se repartía algo, ellos no recibían nada; las casas primero para los cooperativistas, los derechos, las ventajas.
Y como la agricultura es así, que necesita en determinados momentos más obreros que en otros, era triste pensar en ese trabajador del campo igual que los demás, mártir igual que los demás de la explotación en el pasado, víctima de los mismos sufrimientos que los demás, llegaba una revolución, y aunque lo que hizo fuera mucho mejor que lo que había, más justo que lo que había, sin embargo entrañaba algo de injusticia difícil de comprender, difícil de aceptar resignadamente.
Quedaba en el campo un paria, que no era cooperativista, que no era nada. ¿Por qué? Porque tuvo esa desgracia, él era distinto que los demás; sin embargo, tenía las mismas necesidades que los demás, las mismas preocupaciones, y debía tener los mismos derechos.
Era indiscutible, compañeros, que aunque se había dado un gran paso de avance, aquel paso de avance todavía no respondía por entero a una idea de justicia más perfecta.
Pero, ¿quiénes de repente se habían convertido, a veces, en semiexplotadores del trabajo de otros? ¡Antiguos obreros! Luego, aquí se produjo una contradicción: que al liquidarse el latifundio, esa medida, a pesar de ser un gran paso de avance, convertía a una masa de proletarios y una de las masas más combativas, más aguerridas y más revolucionarias —como era el obrero cañero—... con ellos, al par que avanzaba, la Revolución los llevaba a dar un paso atrás: perdían realmente su condición de proletarios.
Y porque perdían su condición de proletarios, el que continuaba siendo un proletario en medio de una revolución justiciera seguía manteniendo una condición de proletario explotado, mientras una masa buena y revolucionaria — sin quererlo— dejaba de ser proletaria para convertirse en semiexplotadores.
Y, ¿dónde estaban los trabajadores agrícolas más revolucionarios, más sufridos, más luchadores? No estaban en el latifundio ganadero, manejado por peones de reducido número muchas veces. La masa tradicionalmente más luchadora, más revolucionaria del proletariado agrícola, eran los trabajadores cañeros, los obreros de los latifundios cañeros. Y cuando la Revolución se hacía proletaria, cuando el país ascendía en su historia hacia el gran momento en que los destinos del país no estaban en manos de burgueses explotadores, ni de terratenientes, ni de imperialistas filibusteros, ¡en el momento en que el proletariado pasaba al frente de los destinos del país, esa gran masa proletaria y explotada de ayer dejaba de ser proletaria!
Y ¿quién duda, compañeros, de que esto entrañaba un contrasentido? Para ustedes — aun cuando fuera un paso de avance sobre el pasado, aunque esa cooperativa fuera mucho más justa que aquel latifundio de un propietario, aun cuando era un paso de avance para la nación—, para ustedes, desde el punto de vista de clase, para ustedes, desde el punto de vista de la importancia histórica que la clase a la que ustedes pertenecían tenía, para ustedes significaba un retroceso.
Y yo estoy seguro de que si a cada uno de ustedes, en cuya mente ha de estar grabado indeleblemente todo el pasado —aquel pasado de mayorales, de guardias rurales, de politiqueros sin escrúpulos, de explotadores, de jugadores, de boliteros, de atracadores de todo tipo—; ustedes, que en la mente tienen muy grabado el recuerdo de aquel pasado de hambre, aquel pasado de obreros sufridos, de obreros humillados, de obreros sin escuelas, de obreros sin porvenir, sin una oportunidad de superarse —¿quién podía pensar en llegar un día a ver sus hijos estudiando en las universidades, o estudiando en el extranjero, cruzando los mares para ir a estudiar a otros países?, ¿cómo podía pensar un obrero en convertirse en el administrador, en venir siquiera a la capital a discutir los problemas suyos, los que se refieren a su trabajo , a discutir con los ministros, con el gobierno, a expresar sus opiniones, a participar activamente en las cosas de su país?—; ustedes que recuerdan aquel pasado, yo estoy seguro de que si a cualquiera de ustedes le preguntan si se resignan a dejar, si se resignan a renunciar a su condición de proletarios para convertirse en semiexplotadores, estoy seguro de que ustedes unánimemente dirían:”¡No, nosotros no renunciamos a nuestra condición de proletarios; nosotros, ahora más que nunca, queremos ser proletarios, porque en nuestras manos está el destino de la patria, en nuestras manos está el hacer la historia de nuestro país, y el convertirlo en un mundo mejor: sin explotadores ni explotados de ningún tipo!”
Y eso, compañeros, eso hay que pensarlo. Más que ventajas materiales que de inmediato se puedan adquirir, hay que pensar en lo que moral y socialmente significa la condición de proletarios, ¡honor y título que están por encima de ningún otro dentro de nuestra sociedad! Y si ayer ser el dueño de un latifundio... Ayer el yanqui era el amo, y había que hacerle el “rendez-vouz” todos los días; hoy el honor más alto, el amo de la patria, no es el yanqui, no es el terrateniente explotador: ¡es el proletario! Si aquella medida había llenado su cometido, si tuvo deficiencias, grandes deficiencias, si ya cada uno de los tipos de producción había sufrido la prueba de la vida y de la realidad, ¿era o no era correcto dar un paso más, que es un paso de avance, que es un paso de acercamiento entre todos los trabajadores del campo, entre los obreros de las granjas y ustedes, entre ustedes y los que trabajaban con ustedes en la caña y que no eran cooperativistas?
Con este paso el proletariado agrícola se vuelve a acrecentar, se convierte en el sector obrero más numeroso de nuestro país —grande en tamaño, en número y grande en importancia—, porque sumados pasan de 250 000, entre ustedes y los que trabajan en las granjas, con lo que la Revolución tendrá en nuestros campos 250 000 proletarios, fuerza grande y formidable de la Revolución.
¿Dónde estaba la contradicción? Es que la verdadera cooperativa no puede surgir del proletario. La verdadera cooperativa, para un proletario sería un retroceso y, en cambio, para un pequeño agricultor sería un avance.
Cuando el pequeño agricultor independiente se une para producir, para producir más y más técnicamente, avanza. Por eso, la verdadera cooperativa es la que se forma con los pequeños agricultores, que no son proletarios, que es quien tiene ese apego a la tierra, que es quien tiene ese apego a la parcela, ese sentido de la propiedad que no tiene el proletario. El, sí, ese es su mundo; no tiene la mentalidad avanzada de un proletario. Entonces se une, y eso es un avance, para la Revolución y para él.
Y así, se han constituido cerca de 300 sociedades agrícolas de campesinos que han unido sus tierras.
Ahora bien, ese es un problema muy complejo, porque no es la misma mentalidad del que ha sido obrero y es obrero; tiene una mentalidad distinta ese campesino, no tiene ese grado de cultura ni, sobre todo, de conciencia política, que tiene el obrero. Con él, que es un aliado de la clase obrera, hay que marchar. A ese campesinado hay que irlo haciendo cada vez más consciente, cada vez más revolucionario, cada vez más avanzado, y eso no se logrará jamás sino con una política correcta, un trato adecuado para que él marche espontáneamente hacia formas superiores de producción. A ese campesino no se puede socializar o cooperativizar coactivamente. No. A ese campesino hay que irlo dejando que se desarrolle, que avance, y, poco a poco, las propias necesidades, cuando vaya desapareciendo ese obrero que tiene todavía que buscar un patrón, cuando las granjas hayan absorbido toda la mano de obra, y entonces la yuntica de buey no alcance, y haga falta mecanizar, tecnificarlo todo; entonces él, poco a poco, verá que uniendo sus fuerzas a otros campesinos tendrá más fuerza, más posibilidades y podrá producir más; entonces él marchará hacia allá.
Porque día llegará en que nadie quiera quedarse trabajando con un patroncito; día llegará — como ya está llegando ese día, como ya es realidad en muchos sitios— que la masa va hacia las granjas, al trabajo remunerado y a todos los beneficios que la granja entraña. No la de ahora, porque ahora, todavía, nos faltan infinidad de cosas; ahora hay muchos problemas por resolver, hasta los elementales de vivienda. No. En lo que se está creando, en lo que se está formando y en la vida que van a llegar a tener esas comunidades campesinas, esos pueblos, la vida que no tendrá que envidiarle nada a la vida de la ciudad.
Hoy, aquí, algunos obreros agrícolas trabajaron en este teatro, nos alegraron con sus cantos y con sus demostraciones artísticas. Miles de instructores se están preparando para llevar esas posibilidades a todas las granjas, a nuestros campos, a organizar allí no esa vida aislada, solitaria, tediosa, aburrida muchas veces, sino la vida del futuro, donde el trabajo altamente productivo alternará con otras muchas cosas gratas y que harán la vida de nuestros campos mucho mejor: vida alegre, vida sana, vida feliz, de trabajo, de sanas diversiones, de deportes, de recreo.
Día llegará en que no se enciendan candiles; día llegará en que muchas de esas cosas que solo vemos en las ciudades las tendremos allí. Y ese día no es tan lejano, tan lejano, que no lo vean ustedes.
En eso es en lo que hay que pensar, en eso. Por eso es por lo que hay que luchar. No lo de ahora, lo de ahora es una pálida sombra del futuro, aunque sea mucho mejor que el pasado. Lo de mañana, y de un mañana que no está lejano... ¿Qué habría sido si esto se hubiera podido decir hace 40 años, hace 60 cuando comenzó la república? Entonces no habría tenido que dedicarse un año entero la Revolución a liquidar el problema que significaba un millón de analfabetos, nuestros campos estarían repletos de riquezas, de bienestar, de comodidades.
Claro que no pudieron empezar los cubanos hace 60 años, y, por eso, hoy tenemos lo que tenemos; sin embargo, nosotros sí podemos decir: ¡Empezamos! Y por eso podremos tener en el futuro lo que hoy no tenemos, lo que las generaciones anteriores no pudieron hacer para nosotros.
¿Es o no es así como debe pensar un pueblo? ¿Es o no es así como debemos pensar todos? (EXCLAMACIONES DE: “¡Sí!”) Y ustedes saben que no son simples palabras; ustedes lo saben, porque ya en los hijos de ustedes, ustedes ven lo que habrían deseado tener cuando eran niños. Y son muchos de ustedes los que dicen: “¡Cuánto daría yo por tener hoy tu edad, las oportunidades que tú tienes y que no tuve yo!”
Cuántos padres que ni siquiera pudieron ir a la escuela — que anduvieron descalzos, que quizás vieron morir a un hermanito en el abandono, sin un médico, sin una ayuda—, miran a sus hijos con esperanza, y, sobre todo, seguros como están todos ustedes, sin que uno solo lo pueda dudar ni lo dude. Porque, ¿qué padre hoy no siente que su hijo tiene asegurado el porvenir? ¿Qué padre hoy no siente que su hijo tendrá un futuro muy distinto del que él tuvo? ¿Qué padre no sabe que llegará a ser todo lo que quiera, que llegará a los más altos sitios en la técnica, en la cultura, en el trabajo, que para él están abiertas todas las oportunidades? Ya no habrá aquel temor, siquiera, que sentían tantos padres cuando se preguntaban:”¿Qué será de mis hijos si pierdo la vida?”, porque saben que ya esas preocupaciones no pertenecen a estos tiempos.
Y ahí están miles de jóvenes campesinos estudiando; y si no hay más, en nuestros institutos, en nuestras escuelas tecnológicas y en nuestras universidades, es porque sencillamente muchas veces no había ni maestros, es porque sencillamente apenas si podían llegar al 2do, al 3er grados. Por eso no hay más campesinos en la enseñanza secundaria, por eso no hay más campesinos en las universidades. Y, sin embargo, más adelante no será así, porque se podrá llegar a los grados que haya que llegar.
Y si los maestros de hoy no son suficientes... Quiero decirles que al llamamiento hecho por el gobierno revolucionario para cubrir 4 500 plazas de estudiantes en la escuela prevocacional de las Minas del Frío, han respondido hasta este momento 8 000 solicitudes.
Y si aún nuestra escuela tuviera deficiencias, maestros deficientes en algunos casos y hasta maestros que no van, no será así en los años futuros, porque todo se va edificando desde la raíz, desde la base. Y aún hoy, si no hay miles de jóvenes de los campos en las universidades, hay miles de jóvenes obreros agrícolas estudiando. Y este año, en las semanas próximas, tendremos 2 000 estudiando en la Unión Soviética cuestiones de administración, de maquinaria y de técnica agrícola, y 3 500 estudiando en la capital cuestiones de administración.
Es decir que añadidos estos 5 500 a otras escuelas que ya venían funcionando, de este tipo, son 6 000 jóvenes trabajadores de los campos. Y no están incluidas ni las escuelas de inseminación, ni las escuelas de instrucción revolucionaria, ni las jóvenes campesinas, y que en conjunto hacen un contingente de más de 10 000 jóvenes campesinos. Es decir, 10 000 jóvenes procedentes de los centros de las granjas y de las antiguas cooperativas cañeras, ¡diez mil!
Eso da una idea de cómo las oportunidades se abren por doquier para que un joven obrero se convierta en un técnico, para que un joven obrero se convierta en un director de empresa agrícola, que ya no es el dueño yanqui, ni el terrateniente explotador, sino el joven de mérito y de capacidad. Porque si hay algo que debemos comprender, es la necesidad de formar cuadros competentes, de formar hombres, para que no incurran en nuestros errores, para que no incurran en nuestras fallas.
¿Qué es? Lo saben ustedes. Si saben que ha habido muchas fallas, muchos errores, ¿qué otra manera puede haber de superar eso? Nadie nace sabiendo, y muchos hombres, que de repente fueron llamados para una función cualquiera, no sabían, ni siquiera se puede decir que tenían la culpa de que no sabían. Y la culpa, a nosotros no nos la pueden echar tampoco, porque nosotros no somos los culpables. Si dentro de algunos años no hay hombres de entera capacidad y competencia, entonces la culpa la tendremos nosotros. Pero esa culpa sobre nosotros no caerá, porque nosotros sabemos lo que estamos haciendo. Nosotros sabemos que en el futuro no tendremos las deficiencias, ni nos faltarán los elementos que nos faltan hoy.
Hoy es el presente amargo de trabajo, de sufrimiento, de paciencia, en que se necesita toda la entereza de los revolucionarios y toda la fe de los revolucionarios, alentada por un mañana que sí sabemos que será muy distinto, cuando esas masas de jóvenes verdaderamente preparados se incorporen a la tarea, se incorporen al esfuerzo.
Mañana los problemas podrán ser otros, correspondientes a nuevas y nuevas etapas de progreso. Todo lo que hoy falta, sobrará mañana, abundará mañana. Y no es cuestión de días, ni de semanas, ni de meses. Es cuestión de años.
Y, claro, que todos quisiéramos que fuera mañana. Todos quisiéramos que fuera enseguida, pero así nada ocurre en la realidad de la vida, ni en la semilla que más pronto germina. Siempre requiere años. Y así como los padres miran a sus hijos, al niño que recién nace, no se impacienta y lo cuida, sabe que algún día tendrá un hombre en la familia; así también, con esa fe tenemos nosotros que trabajar hoy, cuidar la obra de la Revolución, sabiendo que mañana tendremos decenas de miles, cientos de miles y millones de hombres nuevos en la familia de Cuba.
Muchas son las cosas en que debemos pensar seriamente, responsablemente. Muchos son los males todavía contra los que tenemos que luchar, los defectos, los vicios, para merecer un futuro mejor, el cual solo se puede ganar con sudor y con sacrificio. No lo ganaremos durmiendo a la sombra, no lo ganaremos como vagos o como perezosos. La abundancia de todo lo que queremos, de todo lo que necesitamos, solo podemos conquistarla con sudor, con trabajo y con sacrificio.
Por eso, compañeros, hay que llevar la idea de la Revolución y de la verdad a todos los trabajadores de nuestros campos. Hay que llevar la conciencia del deber del trabajo y que el trabajo no es un castigo, sino una necesidad de la vida del hombre. Y que lo que al hombre lo hace hombre, y lo distingue de los demás, y lo hace dueño y señor de la naturaleza, es el trabajo. Y los vagos no progresan. Los vagos no nos ayudarán jamás a liberarnos de las necesidades, ni de las miserias. Por eso, hay que rendirle culto al trabajo; ver el trabajo como lo que es y no como un castigo. Era en el pasado instrumento de explotación del hombre. Hoy es instrumento de la redención del hombre, de la superación del hombre, del progreso del hombre.
Y nosotros sabemos que muchas cosas hay por superar: muchas deficiencias, muchas cosas que nos duelen a todos, debilidades que nos duelen, errores que nos duelen, descuidos que nos duelen; como cuando se han quedado, por ejemplo, tierras sin cultivar, o como cuando en zonas del campo faltan los productos del campo, por descuido, porque los que han estado al frente no han atendido, no han escuchado, no le han prestado toda la atención a las orientaciones que se les trazan.
Y por eso, con la pupila atenta a todos estos problemas, luchando por vencerlos, cómo resolvemos los abastecimientos, sin dar pasos atrás; y por eso, como ejemplo también, les ponemos el caso de los abastecimientos de esos productos. Hemos meditado sobre eso, hemos discutido qué hacer. ¿Dar un pedacito? No. Porque el de un pedacito quiere después otro mayor, se multiplican sus animales y ya no tiene tres, tiene 10, tiene 20, tiene 50, y entonces un obrero se nos vuelve un latifundista porque todos los potreros tienen que producir pasto para su ganado particular . ¡No! No aquellas medidas que hagan abandonar sus grandes deberes en el trabajo; no ir a lo individual que fomenta el egoísmo, que fomenta las diferencias entre los hombres. Ir a lo colectivo.
Bien: ¿Qué ensayo estamos haciendo? Uno por provincia. En cada provincia, en una granja de cada provincia y en una de las antiguas cooperativas cañeras, se están organizando centros de autoabastecimiento de núcleos familiares. Es decir, no 40, no 50 — que es muy difícil que 50 se pongan de acuerdo para cultivar un centro de autoabastecimiento—, sino grupos de ocho, por ejemplo.
Y así se está haciendo el ensayo: dándole por núcleos familiares seis cordeles por familia para que los cultive colectivamente ese núcleo de familia, para su abastecimiento.
No hemos querido dictar una medida, sino ver, probar los resultados, deseosos de que esos experimentos tengan éxito, para entonces extenderlos, de manera que por núcleo familiar tengan área que cultiven para el autoabastecimiento de la familia, para ellos: que lo cultiven por su cuenta, para ellos.
Y hacerlo con orden, no tomarlas... Por ejemplo, un punto que se plantea: si se deben tomar las tierras que están más cerca de los chuchos de la carga, y se considera que no debe ser así porque encarece el transporte, crea más dificultades. Es decir, seleccionar aquellas tierras que pueda llenar los fines y que resuelvan un problema, para que ya el abastecimiento no dependa solo del administrador o de la dirección, si cumplió o no cumplió un programa, sino que además de los cultivos aquellos, tengan un medio, los propios obreros, de resolver esos problemas en sus ratos libres.
Y hemos ideado esta fórmula que está en vía de experimento. Y que tenemos que luchar por darle solución a todos y cada uno.
¿Cómo resolvemos los de la vivienda? Imposible ahora hacer esas casas para todos. Luego, hay que resolverlo, no ser tan ambicioso, y gastar lo que se pueda gastar en resolver el techo, por lo menos, aunque ese techo no sea el techo que vemos en esos pueblos que se están construyendo, porque eso no puede ser tarea de un año.
Y así, atender todos y cada uno de los problemas. ¿Cómo? Pensando en el futuro, pensando en los intereses de la nación, pensando en los intereses de todos los trabajadores. Es como tenemos que pensar, porque si todos dependemos de todos y si nadie puede depender de sí mismo, siempre hemos de pensar en los intereses de todos, y discutir siempre pensando en los intereses de todos. Velar no por uno, sino por los demás, que los demás velarán por uno. Y así tenemos que discutir, no con fórmulas de ordeno y mando. No. Discutir, razonar con la verdad. Porque frente a la verdad, frente a lo que es razonable, nada puede oponerse, frente a lo que es justo nada puede oponerse. Y siempre con la razón, siempre con lo que es justo, siempre discutiendo, enseñando, no imponiendo, persuadiendo, con la participación de ustedes. Porque de ustedes tienen que salir los dirigentes sindicales, ya que ahora, por fin, sí se puede responder a la pregunta que muchos hacían:”¿Por qué no tenemos sindicato?” Pues, ahora, sí tendrán sindicato, sus dirigentes sindicales , los consejos técnicos asesores que saldrán de entre ustedes. Y en el futuro cada vez más, del seno de ustedes irán saliendo los jefes, los responsables, los directores. Y, en fin, de ustedes, de esa masa proletaria, saldrán los que hagan marchar hacia adelante nuestro campo, de ustedes y en manos de ustedes. Y ustedes pondrán el máximo de interés, de responsabilidad, de sentido del deber, de patriotismo; pensando en la nación, pensando en nuestro gran pueblo, que unido tiene que marchar adelante, que unido tiene que conquistar su porvenir , unido tiene que conquistar su futuro. Así, cada vez más conscientes de nuestros deberes sociales, cada vez menos egoístas, cada vez más hermanos, cada vez más despojándonos de las taras, de los vicios del pasado, ir adaptando nuestro pensamiento y nuestra conducta al presente y al porvenir.
Eso era lo que quería decirles hoy, compañeros, eso. Quizás me falte un detalle relacionado con algunas cosas que estaban pendientes en el Congreso; no creo que todo se ha discutido, relativo a ciertas cosas que estaban pendientes, como la cuestión de si se daba o no se daba cierta remuneración. Tengo entendido que la fórmula que se va a adoptar tendrá por norma observar los volúmenes de caña que se hayan cortado durante la zafra, para hacer una escala, porque entendemos que fue un error, incluso cuando se hizo el año pasado, sin diferencia, sin distingo de ninguna clase, y los que menos trabajaron quedaron igual que los que más trabajaron. Los métodos de trabajo futuros serán distintos; habrá las normas y se irá regulando la vida del campo.
Y nosotros confiamos en ustedes, obreros cañeros; nosotros confiamos en el espíritu revolucionario de esa gran masa. ¡Y nosotros sabemos que ustedes se impondrán a las dificultades! ¡Nosotros sabemos que ustedes se impondrán a las debilidades, a los espíritus perezosos, a los que no sienten el sentido del deber, a los que no comprenden esa gran verdad: que el trabajo es la actividad más honrosa del hombre, la necesidad más fundamental del hombre, que el trabajo nos hace hombres!
¡Trabajemos para todos, que todos trabajarán para cada uno de nosotros!
¡Patria o Muerte!
¡Venceremos!
FIDEL CASTRO RUZ

Fuente: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos

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