julio 15, 2012

Discurso de Fidel Castro en la clausura del III Congreso Nacional de Consejos Municipales de Ejecución (1962)

DISCURSO EN LA CLAUSURA DEL TERCER CONGRESO NACIONAL DE CONSEJOS MUNICIPALES DE EDUCACION, EN EL TEATRO “CHAPLIN”
Fidel Castro
[10 de Septiembre de 1962]

― Departamento de versiones taquigráficas del Gobierno revolucionario ―

Señores miembros del Cuerpo Diplomático;
Distinguidos visitantes;
Compañeras y compañeros de los Consejos Municipales de Educación; Señoras y señores:
Los trabajos de este congreso, sus análisis y sus conclusiones, muestran la obra impresionante de la Revolución en el campo de la educación.
Y si nuestra Revolución en menos de cuatro años puede presentar un avance semejante, esto indica que la Revolución marcha bien, porque una revolución que en un frente tan fundamental como es la educación ha logrado ya tantos éxitos, indica que esa revolución está construyendo sobre esas bases sólidas, muy sólidas.
La revolución no es cuestión de días, ni de meses; la revolución no es cuestión de años. La revolución es un proceso largo, y los frutos de una revolución no se han de ver por eso ni en un día, ni en un mes, ni en algunos años.
Cuando se comienza a edificar algo desde, los cimientos, tarda en verse la obra completa. Al principio no se ven más que los cimientos. Y así también la Revolución, durante sus primeros años, edifica sus cimientos y avanza trabajando, despacio, pero de manera firme, tenaz, constante. Por eso, los años más duros, los años más difíciles de toda revolución, los años en que verdaderamente se pone a prueba la entereza de los revolucionarios y de los pueblos, es en estos primeros años, cuando prácticamente de la nada tiene que comenzar a edificarse todo.
Claro que a medida que los años pasen, ya los frutos de ese esfuerzo se irán viendo cada vez más, y sobre todo se irán viendo cada vez más nítidamente, porque lo que hay que preguntarse es lo que la Revolución hace, lo que la Revolución hace en cada sector de trabajo.
Y, por ejemplo, en este mismo sector de la educación, si nos preguntamos qué es lo que la Revolución hace, qué es lo que la Revolución está haciendo, ya puede perfilarse una gran obra, una extraordinaria obra revolucionaria que no tiene precedentes en nuestra patria, y que no tiene tampoco precedentes en ningún  país de América, con respecto a la cual todo lo que se había hecho en materia de educación a lo largo de la historia de Cuba no resiste comparación alguna.
Y esto es un motivo de aliento para los revolucionarios, y un motivo de desaliento para los reaccionarios, para los que hundidos en el fango de su miseria moral, de sus egoísmos, de su falta de fe, de su desprecio hacia las masas, son incapaces de ver.
Mas, sin embargo, los números hablan. Cuando la Revolución llegó al poder, el 1º de enero de 1959,  en nuestro país más de medio millón de niños carecían de aulas y de maestros; el número de analfabetos alcanzaba la cifra de cerca de un millón de personas: el número total de aulas que se habían creado durante 57 años, era aproximadamente unas 15 000; el número de estudiantes que ingresaba en primer grado, era unos 185 000; el número de estudiantes de enseñanza secundaria, era unos 120 000.
En Cuba estudiaban, en todos los centros de enseñanza, un total aproximadamente de 750 000 personas; y, además, ya se sabe que las principales oportunidades para educarse no las tenían los niños más humildes. En todo caso, podía ir a una escuela primaria el niño campesino donde había algún maestro; a la escuela secundaria no podría ir ningún joven humilde de ningún central azucarero, de ningún pueblo pequeño, solamente aquellos jóvenes que residiesen en alguna población con algún centro de enseñanza superior. Y es sabido que gran parte de esos jóvenes carecían de medios para ir a esas escuelas; tenían que ponerse a trabajar, ayudar a su familia. Y, en fin, el acceso a los centros superiores de enseñanza y a la universidad se hacía muy difícil para los jóvenes más humildes, es decir, para la inmensa mayoría de nuestros jóvenes.
Los presupuestos de educación apenas alcanzaban los 100 millones de pesos; unos 10 000 maestros — 10 000 maestros—, estaban sin empleo.
Esa fue la situación que la Revolución se encontró. ¿Qué avances, qué logros puede hoy presentar la Revolución? En primer lugar, el número de alumnos matriculados en la escuela primaria se elevó de 650 000 a 1200 000; el número de aulas, de 15 000 a cerca de 30 000.
El analfabetismo fue virtualmente borrado, y cientos de miles de personas adultas aprendieron a leer y a escribir; el número de estudiantes de las escuelas secundarias se elevó de 120 000 a 250 000; el número de alumnos de primer grado se elevó de 185 000 a 450 000.
Y no solo eso, no hay que contar solo los niños que están estudiando; hay que contar los adultos que están estudiando, que antes no estudiaban. Y en las escuelas de seguimiento hay matriculados 450 000 adultos; en las escuelas de superación obrera, cerca de 100 000 adultos; y en las escuelas nocturnas más de 50 000 personas adultas estudiando.
Lo que quiere decir que el número de personas que estudian en Cuba, desde el triunfo de la Revolución se ha elevado de 750 000 personas a 2 millones de personas; 2 millones de personas, entre niños, jóvenes y adultos, están estudiando actualmente en nuestro país. No se cuenta algunos otros tipos de escuelas, que no son ni secundaria, ni preuniversitaria, ni tecnológicas, ni universitarias, ni de seguimiento, ni de superación, ni de enseñanza primaria. Hay que añadir las escuelas de mínimo técnico que están funcionando actualmente, hay que añadir las escuelas populares, es decir, esas escuelas que se están organizando y donde están estudiando obreros que están recibiendo una preparación, adquiriendo nuevos conocimientos, con motivo de la mecanización y la tecnificación de algunas industrias que estaban sumamente atrasadas en nuestro país, y que empleaban un gran número de personas y que, al modernizarse, necesitan un número mucho menor de obreros.
¿Qué ocurre en nuestro país? No ocurre que los obreros pierdan su trabajo, como ocurre, por ejemplo, en Estados Unidos, sino que aquí en nuestro país esos obreros siguen cobrando, siguen recibiendo de la sociedad una remuneración y son enviados a estudiar. Es decir que mientras reciben esa remuneración estudian y adquieren conocimientos técnicos para emplearse de nuevo en la industria; mientras que en otras partes ese obrero es lanzado a la calle, pierde su empleo, en nuestro país ese obrero recibe una remuneración por la sociedad, y es superado para asegurársele un trabajo todavía más eficiente, todavía más útil a su país.
Hay que añadir las Escuelas de Instrucción Revolucionaria, donde asisten decenas de miles de trabajadores, lo cual permite afirmar que pasan de 2 millones el número de personas que están estudiando, entre una cosa y otra. Súmese a esto la circunstancia de que unos 75 000 jóvenes de familias humildes reciben la oportunidad de estudiar en escuelas superiores, centros de enseñanza superior, con todos los gastos costeados: la alimentación, la vivienda, la ropa, los zapatos, las medicinas, sin restricción alguna.
Todo esto ha traído un interés por el estudio extraordinario. Es difícil encontrarse un ciudadano hoy día en nuestro país que no desee estudiar, que no se sienta apremiado por la necesidad de estudiar. Se ha creado un espíritu de superación colectiva extraordinario, un verdadero interés por el estudio, y se crean condiciones mediante las cuales la persona indiferente, insensible por completo a esta extraordinaria inquietud de nuestro pueblo, se queda atrás.
Más aún: año por año irá aumentando el número de alumnos, cientos de miles de niños, de jóvenes y cientos de miles de personas más se irán incorporando a los estudios.
Nuestro país, sin discusión de ninguna clase, se ha colocado a la cabeza de América en este sentido. Los cubanos podemos decir con orgullo que en el campo de la educación marchamos a la cabeza de América, sin excluir ningún país.
Y naturalmente que eso promete frutos extraordinarios para nuestra patria en un futuro. Porque el país que recibió la Revolución no fue ese; las condiciones que la Revolución se encuentra no fueron esas, sino muy distintas. No se encontró un movimiento de educación en marcha como este. Sin embargo, la Revolución ha creado ese movimiento.
Claro que en las condiciones anteriores el número de técnicos universitarios y de técnicos en general era insuficiente. Suficiente para aquel régimen económico raquítico y ruin, porque aquel régimen miserable tenía muy pocos técnicos y se daba el lujo de que les sobraran. Y naturalmente que jamás en nuestro país volverán a sobrar técnicos, porque por muchos que hagamos siempre necesitaremos más, porque aquel régimen anterior era el de la miseria infinita y permanente; en cambio, el régimen actual es un régimen que abre las perspectivas a un progreso infinito.
¿Dónde está el límite de las aspiraciones del pueblo? No existen límites. Cuanto más capacitado sea nuestro pueblo, más lejos llegará, y nunca podrá decir:”Me siento satisfecho”; nunca más volverán a sobrar maestros, nunca más volverán a sobrar médicos, nunca más volverán a sobrar ingenieros, nunca más volverán a sobrar técnicos, porque cada vez necesitaremos más. Y aunque produzca nuestro país en los próximos años cientos de miles de técnicos, tendrá necesidad de seguir produciendo más, porque las aspiraciones de progreso de nuestro país ya no se detendrán jamás, y ya nosotros no podremos decir nunca: Nos sobrarán técnicos.
Cuando tengamos diez, veinte veces más que ahora, seguiremos necesitando más, porque a medida que se desarrolle la capacidad técnica de nuestro pueblo, se desarrollará también su progreso material; a medida que se desarrolle la cultura en nuestro país, se desarrollará el bienestar general de todo nuestro pueblo.
Esas son las circunstancias tan distintas entre el presente y el pasado; eso es lo que la Revolución significa. Si ustedes van al campo de la salud pública —tema sobre el cual acaba de celebrarse un congreso internacional— da pena, verdadera pena ver el estado de la salud en los países de toda la América Latina. Y las realizaciones de nuestra Revolución en ese campo realmente no resisten comparación, no pueden ser comparadas; al revés: lo que hay en los demás países no puede resistir la comparación con lo de nuestro país, todo lo que la Revolución ha hecho en ese campo, las victorias que ha obtenido, y así sucesivamente.
Y por supuesto que este movimiento no se detiene. Este mismo congreso significa la elaboración de una serie de nuevas metas, de nuevas tareas. Y claro está: todo este gran movimiento educacional ha tenido que hacerse en medio de muchas dificultades: de falta de maestros, de falta de profesores.
Pero ese problema tampoco lo tendremos más adelante. ¿Por qué? Por el esfuerzo que está haciéndose en preparar cuadros educacionales, profesores, maestros. Y la Revolución le ha dado una importancia extraordinaria y especial a la formación de maestros y de profesores. Le presta más atención a la formación de esos cuadros educacionales que a ninguna otra cosa, porque la Revolución considera que en la base de todo, de todo el esfuerzo revolucionario, ha de estar la educación, y que la función más importante de la Revolución es educar, y que el trabajo más honroso y útil que puede desempeñar cualquier ciudadano en nuestro país es enseñar.
Por eso la Revolución eleva el papel del maestro, la función del maestro. Naturalmente, trata de elevar también las condiciones subjetivas del magisterio, la conciencia revolucionaria del magisterio; porque también sabemos cuántos vicios plagaban nuestra educación, sabemos perfectamente cuántas debilidades tenía nuestro personal docente, consecuencia del medio ambiente en que tenían que desempeñar sus funciones, la politiquería reinante en nuestro país, la corrupción, los privilegios. Y por eso la Revolución se esfuerza a través de las organizaciones sindicales y de las organizaciones de masa en elevar la conciencia revolucionaria del personal docente, al mismo tiempo que forma nuevos cuadros.
Bien se sabe cuánto trabajo costó resolver el problema de la enseñanza en las montañas, cómo ese problema no se había resuelto nunca en las condiciones anteriores, y el esfuerzo que aún se realiza hoy por mantener la educación en las montañas, organizándose para ello la brigada de maestros de vanguardia, maestros de vanguardia que necesitamos en las montañas hasta que las legiones de nuevos maestros salgan de las escuelas de maestros, maestros que tienen que estudiar dos ciclos: un primer ciclo de dos años y un segundo ciclo de dos años también, además del año que deben estar en la escuela vocacional de la Sierra Maestra.
Y para no sacar a los maestros con solo el primer ciclo a enseñar, se están preparando maestros populares, porque es preferible que tengamos un poco de paciencia y saquemos a los maestros ya con el primero y el segundo ciclo de estudios, de manera que sean capaces de dar clases hasta sexto grado para que en el campo tengamos maestros hasta de sexto grado. Esa tiene que ser nuestra meta en el campo, en las montañas: llevar a los alumnos hasta el sexto grado, y entonces seleccionar a los mejores alumnos para llevarlos a los centros superiores de enseñanza. Porque claro está, las condiciones en el campo, y sobre todo en las montañas, son mucho más difíciles. La dispersión de la población hace prácticamente imposible el establecimiento de centros superiores de enseñanza. Pero hay que llevar a los muchachos hasta el sexto grado.
Porque otra cosa que no había dicho todavía es que no solamente el número de niños que iba a la escuela apenas alcanzaba el 50%, sino que había un gran número de niños que estaban atrasados en su enseñanza, que estaban en los primeros grados fuera de edad. Y de ahí la necesidad que ha habido de preparar cursos de aceleramiento para todos esos muchachos, para llevarlos a sexto grado. Y que en el campo era casi una casualidad encontrar un muchacho que llegara al sexto grado.
La Revolución está preparando grandes contingentes de maestros sobre bases nuevas de organización, en contacto con las realidades. Y así organizó la escuela vocacional de la Sierra Maestra, la escuela de primer ciclo de Topes de Collantes, la segunda escuela de primer ciclo que se organizará en La Habana, la escuela de segundo ciclo que se organizará también en la capital de nuestro país, y adonde irán los estudiantes una vez aprobado el primer ciclo, y de donde irán entonces — una vez graduados como maestros— a empezar su trabajo por las montañas.
Por eso es necesario —mientras esos contingentes de maestros terminan sus estudios— mantener a través de esos maestros de vanguardia, la enseñanza en las montañas. Y si no alcanzan, pedir más maestros. Y esos 2 000, 3 000 jóvenes de las antiguas escuelas de maestros primarios, que acaban de terminar este año, esperamos que un buen número de ellos ingrese en esas brigadas de maestros de vanguardia y se vaya a enseñar a las montañas. Y si no alcanzan, movilizar maestros populares, que ya dentro de tres años saldrán graduados los 1 800 que este año terminaron su primer curso en Topes de Collantes, detrás los 1900 que terminaron el curso en las Minas del Frío, y detrás los estudiantes que en número de 4 500 ingresarán este año en esa escuela vocacional de la Sierra Maestra. Porque se ofrecieron 4 500 becas, y se presentaron 8 000 solicitudes para estudiar para maestros, para ingresar en la escuela vocacional de las Minas del Frío en la Sierra Maestra.
Y naturalmente a partir de ese momento por lo menos unos 3 000 se graduarán todos los años. Mas no solo eso, sino que tendremos estudiando aquí 8 000 entre la escuela de segundo ciclo y una escuela de primer ciclo; fuerza educacional que podremos movilizar para cursos de seguimiento, para escuelas nocturnas.
Es decir que aún como estudiantes de magisterio, podremos movilizarlos para cualquier plan de educación, a fin de combinar el estudio con el trabajo de esos jóvenes.
Luego los recursos humanos se irán acumulando, y permitirán darle más y más impulso a este formidable movimiento educacional. Y esta obra de la Revolución —como toda la obra revolucionaria que nosotros podemos proclamar con verdadera satisfacción— ha tenido que realizarse en condiciones difíciles, en medio de un proceso revolucionario, en medio de las agresiones, de la hostilidad, de la acción de los elementos reaccionarios, de los elementos retrógrados y de la acción del imperialismo.
¿Qué quieren ofrecernos a nosotros? ¿Qué van a ofrecernos? ¿Cambiar esta obra de ahora por toda aquella basura del pasado? (EXCLAMACIONES DE: “¡No!”) ¿Y con qué moral? ¿Qué pueden los enemigos de nuestra patria, los enemigos de nuestra Revolución, frente a los hechos, a los hechos reales —esos hechos grabados en la conciencia y el corazón de todo hombre digno y mujer de nuestra patria—, frente a los hechos, qué pueden ofrecer a los pueblos de América? Frente a los hechos; no frente a las mentiras, a los trucos propagandísticos, a los manidos y gastados argumentos de los reaccionarios, que hoy —como en todos los momentos revolucionarios de la historia— han tratado de defender sus podridos intereses antisociales, antihistóricos, antipopulares frente a las revoluciones.
¿Sus mentiras cómo pueden ocultar estas realidades? Porque estas realidades de la Revolución se podrán ignorar, se podrá cerrar los ojos para no verlas, pero su existencia real no la puede suprimir nadie. Son hechos, y frente a la situación reinante en todo el continente, que no se podrá comparar jamás con los imponentes triunfos de nuestra Revolución, que ha sabido alcanzar tantos éxitos en medio de tan tenaz persecución, tan incesante hostilidad, en medio de la agresión económica, de las agresiones militares y de las amenazas que desde el primer día han pendido sobre nuestras cabezas. ¿Con qué justificación pueden los imperialistas pretender destruir esta obra de progreso, de avance? Y no de simple progreso y de avance, sino de progreso heroico bajo la “espada de Damocles” de los imperialistas , de avance heroico frente a todo su poderío, frente a todos sus recursos.
Porque hay que decir, hay que recalcar que todo esto se ha hecho, pero se ha hecho a pesar de que un poder reaccionario tan grande como el del imperialismo yanqui ha estado tratando de impedirlo, ha querido impedirlo. Y no se diga que los imperialistas quisieron a medias impedir la obra revolucionaria de nuestro pueblo; por entero han querido impedirla, con todas sus fuerzas han querido impedirla, con todos sus recursos han querido impedirla, y no han podido impedirla.
En medio de esas dificultades, nuestro pueblo ha avanzado. Y con la obra de hoy puede presentarse ante el mundo, con sus realizaciones actuales y, sobre todo, con la esperanza de lo que se propone hacer.
¿Qué necesita la Revolución? ¿Qué necesita nuestro pueblo? ¡Paz! ¿Qué quiere nuestro pueblo? ¡Paz!, trabajar, progresar. Y nuestro pueblo necesita esa paz, porque mucho tiene que hacer, mucho tiene que trabajar para vencer la pobreza que nos dejaron, mucho tiene que luchar para lograr el estándar de vida que desea, para explotar sus extraordinarios recursos naturales. Paz y seguridad que no hemos tenido, seguridad que no hemos tenido. Porque si hemos tenido, si hemos invertido enormes energías y grandes recursos en la educación, en la salud, en la economía, los imperialistas nos han obligado también a gastar grandes recursos en nuestra seguridad, en nuestra defensa; extraordinarios recursos de hombres y de materiales para garantizar nuestra defensa, para garantizar nuestra seguridad. Mas, nunca hemos dejado de vivir bajo esas amenazas de sabotaje, de infiltraciones, de ataques indirectos y de amenazas de ataques directos.
Cuando los imperialistas creían que la Revolución sería destruida con una simple campaña de prensa, y que con sus campañas de prensa reaccionarias promoverían la subversión de nuestro pueblo o la desmoralización de nuestro pueblo, lanzaron esas campañas, y fracasaron. Cuando creían que bastarían entonces las agresiones económicas, la supresión de nuestra cuota azucarera, el embargo de las exportaciones de piezas y de materia prima, creían que la Revolución se desplomaría, lanzaron sus agresiones económicas y fracasaron. Creyeron entonces que con el sabotaje y la subversión podían destruir a la Revolución; se lanzaron al sabotaje y a la subversión, y fracasaron. Creyeron entonces que organizando una invasión de mercenarios que se apoderara de un pedazo del territorio nacional e iniciara una guerra de destrucción y de desgaste, que nos habría costado cientos de miles de vida, lograrían destruir la Revolución, se lanzaron, y fracasaron.”¡Vinieron por lana y salieron trasquilados!”
Con estas armas, con estos procedimientos, ellos habían derrocado a muchos gobiernos. Golpes de Estado, subversión, invasiones de mercenarios, cuyo antecedente inmediato anterior había sido la invasión de Guatemala, en una acción de este tipo. Mas, con asombro para ellos, sin una explicación posible para ellos, sus golpes fracasaban unos tras otros, su filosofía se desmoronaba, sus campañas tergiversadoras, insidiosas, calumniosas, la mentira sistemática destilada sobre el pueblo de Estados Unidos, se estrellaba contra una realidad.
¿Qué ocurre que los poderosos yanquis, el Pentágono, la CIA, el Congreso, el Departamento de Estado, el Ejecutivo de Estados Unidos, no pueden destruir esa revolución? ¿Qué ocurre que los poderosos imperialistas no barran a esa revolución de un país pequeño? ¿Cómo es posible? ¿Cómo es posible que ese pueblo resista? ¿Cómo es posible que esa revolución se mantenga en pie? Y no solo resistía y se mantenía en pie, sino que cobraba fuerzas, apoyo y simpatía fuera de las fronteras de ese pequeño país, en todo el continente, y aún más allá del continente americano. Con la mentalidad del poderoso y reaccionario monopolio yanqui, o monopolista yanqui, esas cosas no le cabían en la cabeza. ¿Cómo era posible tantos reveses, tantos golpes, tantos fracasos?
Y esos golpes no le enseñaban nada. ¿No le enseñaban acaso la política estúpida que seguían con respeto a nuestra patria? ¿No le enseñaban los frutos inútiles de sus agresiones, de su hostilidad? ¿No le enseñaban que la dignidad del pueblo cubano no podían doblegarla? Evidentemente que no aprendieron, era difícil que aprendieran; y era difícil, incluso, que lo supieran, porque por primera vez en su historia de piratería y de filibusterismo, de gendarmes y de matones en este continente, nunca se habían encontrado con un caso como el de Cuba, nunca se habían encontrado con un problema como el de Cuba.
¿Oportunidad de rectificar tuvieron? Sí tuvieron oportunidad de rectificar. Y el actual Presidente de Estados Unidos tuvo oportunidad de rectificar. Y cuando llegó al gobierno, nosotros expresamos la esperanza de nuestro pueblo de que rectificara en sus errores, que rectificara en su política.
¿Podía esperarse, era lógico esperar del representante del régimen de los monopolios una rectificación? Sí era lógico. Alguna lógica tenía, porque una política inteligente habría aconsejado al presidente de un país poderoso como Estados Unidos rectificar en esa lucha ingloriosa, en esa política de agresión criminal y cobarde que se habían trazado con nuestra patria. Y además, porque no es de inteligentes librar batallas que no se van a ganar, no era de inteligentes responsabilizarse con una política que había sido la política de la administración anterior, y seguir enzarzado en una lucha que estaba llamado a perder. Y lo inteligente habría sido comprender las realidades, no subestimar a nuestro pueblo, no subestimar a nuestra Revolución, y comprender que estaban enzarzados en una batalla que no iban a ganar, en una lucha que iban a perder.
Si se enfrascaron en ella y están perdiéndola, la culpa no es de nosotros, es de ellos. Si siguieron adelante con su política errónea, y esa política ha significado para el actual Presidente de Estados Unidos un serio revés, ha significado un serio descrédito, la culpa no es nuestra, es de ellos. Ellos quisieron destruirnos, y nosotros no hemos hecho otra cosa que defendernos y no dejarnos destruir.
Culpa es de ellos esa política, culpa es haberse enfrascado contra nosotros en una lucha ingloriosa que no han ganado ni ganarán nunca.
Y cuando los dirigentes de un país poderoso como Estados Unidos se enfrascan en una lucha contra un país pequeño como el nuestro, pero al que no habrían podido vencer jamás, es lógico que paguen en descrédito la consecuencia de su política torpe.
Todos los procedimientos los usaron, y se equivocaron, fracasaron.
Ahora, en la medida que comprenden que se hace cada vez más imposible aplastar a nuestra Revolución, más se desesperan y más se enfurecen.
¿Discutir, usar la lógica? ¿Es que acaso los imperialistas tienen lógica en sus argumentos? ¿Es que acaso los imperialistas usan otro argumento que no emane de su concepto de piratas y de bandidos? ¿Es que acaso los imperialistas tienen otras razones que la fuerza, que la amenaza, que la agresión? ¿Con qué razón, con qué lógica pueden defender su posición ante el mundo frente a Cuba? ¿Cómo pueden pretender que frente a una política continuada de agresión y de hostilidad, Cuba no tratara de defenderse, Cuba no se defendiera, Cuba no estuviera dispuesta a defenderse hasta su última gota de sangre, Cuba no estuviera dispuesta a dar los pasos que fueran necesarios para defenderse?
¿O es que acaso frente a los enemigos que querían destruirnos, nuestra obligación era poner la cabeza sobre la picota, bajo el filo del hacha imperialista y no defendernos, no adoptar todas las medidas necesarias para defendernos, y las medidas que garantizaran lo que necesitamos: paz y seguridad para trabajar, paz y seguridad para luchar por un destino mejor?
¿Cuál es la lógica de los imperialistas —organizadores de sabotajes, de subversiones, de ataques cobardes y criminales, de invasiones mercenarias— para pretender que nosotros no tuviéramos derecho a defendernos? Ellos hablan en nombre de su seguridad. ¡Ah!, ¿y la seguridad de nosotros acaso no cuenta? ¿El derecho a la seguridad la tienen ellos? ¿Y nosotros no tenemos derecho a nuestra seguridad?
Sus senadores y sus directores de periódicos invocan constantemente la seguridad de Estados Unidos. Pero tal como si otro pueblo, este pueblo situado al otro lado de los mares, este pueblo situado al otro lado del Estrecho de la Florida, no tuviera derecho a pensar en su seguridad, no tuviera derecho a preocuparse de su seguridad. Y ellos hablan de que nosotros seamos un peligro para su seguridad, pero tal como si nosotros no tuviéramos derecho a hablar de que ellos son un peligro para nuestra seguridad.
Ellos proclaman su derecho a tomar todas las medidas que tiendan a su seguridad. ¿Y es que acaso nosotros no tenemos el mismo derecho a tomar todas las medidas que tiendan a nuestra seguridad? Ellos afirman que nosotros somos un peligro a 90 millas. ¿Y por qué no afirmar nosotros que ellos son un peligro a 90 millas de nosotros?
Sin embargo, nosotros no podemos proclamar ningún derecho a invadir ese país, porque constituya un peligro para nosotros. Y nosotros tendríamos por loco o por estúpido, al que planteara invadir ese país para librar a nuestro país del peligro que constituye. Esto, pensando en la lógica, pensando en el derecho, pensando en las normas que deben regir las relaciones entre los pueblos, sin importar su tamaño, sin importar su poderío. Y, sin embargo, allí no tienen por loco, ni amarran, ni envían a un manicomio a ninguno de esos señores que dicen, proclaman y exhortan a invadir a nuestro país en aras de la seguridad de Estados Unidos. Y allí toman como la cosa más natural del mundo, que solo puede emanar de la circunstancia de tratarse de un país poderoso, que solo puede emanar de la filosofía de la fuerza, del espíritu de matones, de bandidos, de piratas y de filibusteros que inspiran a los hombres públicos de ese país.
No envían a Mazorra a ninguno de esos senadores que proclaman el bloqueo, es decir, un acto de guerra, el bloqueo aéreo y naval por la fuerza, es decir, un acto de guerra. No envían al manicomio — a cualquiera de los muchos manicomios que hay allí o debiera haber allí— a ninguno de esos señores que exhortan a la invasión militar de nuestra patria, a pesar de que debieran mandarlos. Porque aunque ellos no lo crean, aunque no lo vean, o aunque traten de hacer que no lo vean, lo que proclaman es sencillamente un absurdo, un disparate, una locura. Algo más: el proclamar la agresión a Cuba se ha convertido en slogan demagógico de los politiqueros, víspera de las elecciones. Y las frases pronunciadas en el Congreso de Estados Unidos dan idea del desquiciamiento que hay en ese país, del caos que hay en ese país, de la irresponsabilidad de los hombres públicos de ese país, que juegan con la guerra, juegan con el fuego, y exponen a nuestro país, a su propio pueblo y a todo el mundo, a las consecuencias de las más absurdas proposiciones.
Es decir que su irresponsabilidad llega a tal grado, que han convertido este problema de Cuba en un instrumento de politiquería interna de Estados Unidos, para confundir más a ese pobre pueblo. Y no vacilan en llevar la histeria hasta grados inauditos, en ensayar todo tipo de presiones con fines politiqueros, en presionar a la administración actual a que se decida a lanzar un ataque contra nuestro país.
Ellos han hablado en un lenguaje que nosotros no entendemos; ellos han hablado en un idioma que nosotros no comprenderemos jamás: el idioma de la amenaza, el idioma de la fuerza, el idioma del chantaje. Hablan de que si nosotros constituyéramos un peligro de agresión... Pues hablan boberías, porque nosotros no constituiremos un peligro de agresión para nadie; es sencillamente ridículo, es sencillamente absurdo.
Hablan como si ellos fueran los amos del mundo, como si ellos fueran los dueños y señores de este continente, y como si, además, pudieran trazar pautas a nuestra conducta. ¡Ese idioma, señores dirigentes de Estados Unidos, nosotros no lo entendemos!
Los pasos que en uso de su legítima e irrestricta soberanía da nuestra patria, no requieren instrucciones de Washington, no requieren advertencias de Washington, no requieren órdenes de Washington. Nuestro país ha dado y dará cuantos pasos sean necesarios, dentro de los caminos que le franquea el derecho internacional y el uso de su prerrogativa de nación soberana, para garantizar su seguridad frente a las amenazas de agresiones imperialistas.
Nosotros no tenemos ya que molestarnos en probar las intenciones agresivas del imperialismo yanqui, porque no hace falta probarlas. Basta leer la propia prensa yanqui, basta leer las propias noticias cablegráficas de Estados Unidos, basta leer los discursos de sus senadores, para que quede evidenciado ante el mundo entero las intenciones agresivas de los imperialistas. Ya no se molestan en negar sus intenciones agresivas, ¡no!, sino que lo proclaman ante el mundo, lo proclaman públicamente.
¿Y qué pretenden, que no nos defendamos? ¿Qué pretenden, que no hagamos lo que sea necesario para defendernos, que no hagamos lo que sea necesario para garantizar nuestra seguridad? Si pretenden eso, pretenden lo absurdo, pretenden lo imposible, ¡porque nuestro pueblo no nació con alma de esclavo ni con alma de cobarde! (APLAUSOS,)
Nuestro pueblo es el legítimo descendiente de aquellos mambises que no vacilaron en enfrentarse al poderoso imperio de España. Nuestro pueblo es el pueblo que en ningún momento de la historia vaciló en enfrentarse a las dificultades más grandes, a los peligros mayores. El pueblo y los hombres que no vacilaron ayer, cuando estaban inermes, en enfrentarse a los poderosos ejércitos de la tiranía batistiana. El pueblo y los dirigentes que no midieron los obstáculos, ni los peligros, ni el poder de los enemigos; que resueltamente se enfrentó a ellos y que victoriosamente llevaron adelante su lucha. Nuestro pueblo y sus dirigentes no vacilaron en enfrentarse a las ingentes dificultades que planteaba la actitud agresiva y hostil de un gobierno respaldado por tan poderosos recursos, como el gobierno de Estados Unidos.
¡Se equivocan si creen que con sus amenazas nos impresionarán! ¡Se equivocan si creen que frente a sus amenazas nos resignaremos a hacer el papel de mansos carneros! ¡Se equivocan! Y no queremos, sinceramente, que se equivoquen. Se equivocaron hasta aquí todas las veces; sus equivocaciones condujeron a consecuencias cada vez peores para ellos. Todos los pasos que dieron fracasaron contra nosotros, y no queremos que den ese paso desesperado y estúpido de invadirnos.
Ya aquí no cabe aquello del tiburón y la sardina. ¡Ya no somos sardinas! No se equivoque el tiburón, no se equivoque el tiburón, porque esta vez esa equivocación quizás pudiera ser su última equivocación (APLAUSOS PROLONGADOS Y EL PUBLICO PUESTO DE PIE COREA CONSIGNAS REVOLUCIONARIAS).
Si lanzan una invasión contra nuestra patria, no podrán amparar su acción en la menor justificación legal o moral, sino en virtud de la ley brutal de la fuerza, y sus actos no se diferenciarían absolutamente nada de los actos de Hitler cuando atacó a Polonia en 1939. La invasión de Cuba por fuerzas militares de Estados Unidos colocaría a los imperialistas fuera de la ley internacional, como vulgares violadores del derecho de los pueblos, como genocidas, ¡y en tal caso merecerían ser barridos de la faz de la Tierra!
Nosotros hemos dicho en otras ocasiones que no queremos que el imperialismo se suicide a costa nuestra. Nosotros con toda sinceridad proclamamos nuestro deseo de vivir en paz; proclamamos nuestro deseo de que el buen juicio y el más elemental sentido común presidan los actos de quienes tienen en sus manos los destinos de ese país.
Mas, como sus palabras amenazadoras contra nosotros merecen respuesta, nuestra respuesta a las amenazas del gobierno de Estados Unidos y a las exhortaciones histéricas de sus senadores a agredir a nuestro país, nuestra respuesta es esta: ¡Nosotros, los dirigentes de esta Revolución, estamos dispuestos a morir junto a nuestro pueblo! ¡No retrocederemos, no retrocederemos, no vacilaremos: nos mantendremos firmes!
Y podemos proclamar serenamente, serenamente, que estamos dispuestos a morir en nuestros puestos. ¡Pero lo que no sabemos, lo que no sabemos es si el gobierno de Estados Unidos, si los generales del Pentágono, si esos senadores que proclaman la guerra contra nuestra patria, están también dispuestos a morir!
¡Patria o Muerte!
¡Venceremos!
 FIDEL CASTRO RUZ

Fuente: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos

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