julio 14, 2012

Discurso de Fidel Castro en la clausura del Congreso Nacional de Alfabetización (1961)

DISCURSO EN LA CLAUSURA DEL CONGRESO NACIONAL DE ALFABETIZACION, EN EL TEATRO“CHAPLIN”
Fidel Castro
[5 de Septiembre de 1961]

― Departamento de versiones taquigráficas del Gobierno revolucionario ―

Compañeros delegados al Segundo Congreso Nacional de Educación:
Hace apenas una semana, se reunieron aquí, en este mismo sitio, los delegados al Primer Congreso Nacional de Producción; días atrás se había clausurado aquí también el Congreso de los Escritores y Artistas Cubanos; días antes se habían reunido los compañeros de la CTC revolucionaria para ofrecer el aporte final de la clase obrera a la campaña de alfabetización.
Todos estos eventos señalan el ritmo con que la Revolución marcha adelante en todos los campos, y cómo el pueblo se dispone a aprovechar los meses finales de este año para aumentar el ritmo revolucionario, para duplicar el esfuerzo, para dar nuevos pasos hacia adelante. Nosotros hemos dicho en otras ocasiones que la Revolución marcha mucho más rápidamente que la contrarrevolución, que los revolucionarios vamos mucho más rápido que los contrarrevolucionarios, y que les llevamos una buena ventaja, ¡siempre! (RISAS y APLAUSOS.) En este congreso nosotros no hemos tenido la oportunidad, como con el congreso de la producción, de estar presentes en todas las deliberaciones; pero, sin embargo, tenemos noticias de lo que se ha trabajado en estos días y del entusiasmo que ha caracterizado la reunión. Ese entusiasmo flota en el ambiente; al fin y al cabo, este es el “Año de la Educación”. Y en pocos otros aspectos la Revolución ha avanzado tanto como en el campo de la educación. Es que no se concibe una revolución sin una gran revolución también en el campo de la educación; es decir que revolución y educación son dos cosas casi sinónimas.
El profesor distinguido del hermano país del Uruguay que habló esta noche aquí, expuso brillantemente el porqué revolución y educación son dos cosas inseparables, precisamente porque opresión e ignorancia también son dos cosas que marchan juntas. Y para aquella gente que les cuesta algún trabajo entender los problemas de la Revolución, aquellas personas que tienen algunas dudas sobre la Revolución, yo creo que no hay ninguna otra cosa que contribuya más a aclararles la mente que el análisis de lo que la Revolución ha hecho en educación, porque eso es lo más elocuente para convencer a cualquiera de lo que es una revolución.
Debieran los confusos, debieran de meditar un poco. Aunque en todos los órdenes se puede meditar, y en todos los órdenes se puede comparar el presente con lo que había en el pasado, en el campo de la educación tienen un gran caudal de hechos que les servirá, por lo menos, si no para convertirse a la Revolución, para sentirse avergonzados de ser contrarrevolucionarios.
Nosotros comprendemos que haya personas que no piensen igual que nosotros; nosotros comprendemos que tiene que haber mentes que no logren asimilar la Revolución; más que mentes, tiene que haber algunos corazones que por haber nacido incapacitados para el bien, que por haber nacido incapacitados para la justicia, que por haber venido al mundo sin sensibilidad humana de ninguna clase, sean incapaces de convertirse a la Revolución. Pero, por lo menos, la Revolución tiene tantas cosas hermosas, que son suficientes para que esos que son incapaces de ser revolucionarios por lo menos sientan un poquito de pudor, un poquito de vergüenza y un poquito de pena ante su actitud frente a los hechos de la Revolución.
La educación — lo explicó el profesor perfectamente bien—, es un índice de la opresión política; es decir, la falta de educación es el mejor índice del estado de opresión política, de retraso social y de explotación económica en que se encuentra un país, un país cualquiera. Y los índices de explotación y de retraso económico coinciden por entero con los índices de analfabetismo, de falta de escuelas y de falta de universidades; los países más explotados económicamente y más oprimidos políticamente, son los países que tienen más analfabetos.
Y esa relación es una relación invariable y, además, una situación insuperable. Solo una revolución —solo una revolución— es capaz de cambiar totalmente el cuadro de la educación de un país, porque cambia totalmente también el cuadro político, el cuadro económico y el cuadro social. Y las cifras de ignorancia y de analfabetismo, de niños sin escuelas, en todos los pueblos explotados económicamente, son en realidad alarmantes. ¿Por qué? — lo explicó también el profesor—, porque, en realidad, no hay el menor interés; y, ¿de qué manera los explotadores y los opresores se pueden interesar por educar a las masas, por educar al pueblo?
Es un contrasentido pensar que los explotadores del pueblo y los opresores del pueblo se interesen por educar al pueblo; es incomprensible, desde todo punto de vista, que tengan interés. Pero, aun cuando tuvieran algún interés, él explicaba muy bien que se interesaban en formar algunos técnicos; es decir, preparar técnicamente a una parte del pueblo, para servir a sus intereses económicos, es decir, hombres capaces de poder manejar las máquinas modernas, pero ningún interés en educar a la gran masa explotada del pueblo, la que constituye la cantera de mano de obra barata para los explotadores.
Aun cuando algún gobierno no revolucionario se propusiera por demagogia hacer un esfuerzo en favor de la educación, no podría lograr tampoco grandes resultados, porque no se puede movilizar al pueblo para realizar una tarea como esta si no se cuenta con el apoyo del pueblo, y con el apoyo del pueblo no se puede contar si efectivamente no han cambiado las condiciones materiales, las condiciones sociales, las condiciones económicas y las condiciones políticas del pueblo. Es decir que esto solo se podía realizar con una revolución.
La educación en nuestro país estaba como en casi todos los países de América Latina. El cuadro de la educación en nuestro país era un cuadro desalentador, un cuadro deprimente. El Ministerio de Educación... Todo el mundo recuerda que el Ministerio de Educación era una sentina de politiquería: todo el mundo recuerda que los ministros más pícaros y más ladrones iban a parar al Ministerio de Educación; todo el mundo recuerda aquella historia del “inciso k”— y si alguien no se recuerda, debiera recordarlo—; la cantidad de botellas, de prebendas, de negocios sucios que había en el Ministerio de Educación; cómo allí se formaban las camarillas políticas; cómo aquel ministerio era la caja de donde se nutrían los recursos de los peores politiqueros, de las maquinarias políticas; la cantidad de botelleros que había en el Ministerio de Educación; cómo el Ministro de Educación andaba repartiendo“botellas” por toda la república, para organizar una maquinaria política.
Y todo el mundo recuerda, incluso, las humillaciones de que eran víctimas los maestros; y cómo era difícil para un maestro, para un profesor, lograr una oportunidad para trabajar, para enseñar; cómo funcionaba todo aquel mecanismo de las preferencias, de las recomendaciones, y de todas aquellas cosas, de tal manera que cuando la Revolución llegó al poder se vio en la necesidad de tomar una serie de medidas que fueron imprescindibles. Había profesores que tenían un suplente en la escuela, y que ellos no daban clases nunca, y se ausentaban durante años de sus aulas.
El Ministerio de Educación fue uno de los departamentos del Estado donde se hizo necesario un trabajo más arduo, más difícil y más delicado, porque había muchos intereses que se habían formado alrededor de todo aquel sistema politiquero que funcionaba alrededor del Ministerio de Educación. Fue un trabajo difícil, porque eran muchos intereses.
Es posible que muchas de aquellas personas que se habían habituado, por inercia, a aquella situación, y que en los primeros momentos vieron aquellas medidas como una lesión a sus intereses, muchas de esas personas estén actualmente colaborando con la Revolución, y estén trabajando con la Revolución.
Era imposible que todo aquel estado de cosas no influyera sobre la mentalidad del maestro, y no se produjera un cierto ambiente de pesimismo entre los maestros, de desaliento entre los maestros, porque, ¿qué maestro tenía un estímulo para enseñar?
Y aquella situación era igual también en la escuela secundaria, en las escuelas superiores, en la universidad.
Nosotros, los que tuvimos alguna ocasión de conocer lo que era la universidad, tenemos un recuerdo muy vivo de todo aquel cuadro. Y, en realidad, resulta indignante recordar, recordarse lo que era la universidad; recordarse, por ejemplo, en la escuela aquella —nosotros los estudiantes de la carrera de derecho, la escuela de derecho de la Universidad de La Habana, por ejemplo—, la cantidad de pícaros que había allí enseñando en aquella escuela, la cantidad de botelleros que había en aquella escuela, profesores que ganaban 300, 400 y 500 pesos y nunca iban a clases, politiqueros que eran profesores de aquella facultad y que continuaban ganando sus sueldos, los programas que había, los métodos de enseñanza, la acumulación de vagos que había en aquella escuela, de gente desorientada: cómo iban a parar allí los hijos de todos los ricos, de todos los controladores de los grandes bufetes, en fin, toda aquella gente que no tenía nada que hacer, y se iba allí a estudiar una carrera de abogado.
¡Ah!, ¡ojala hubiésemos tenido tantos estudiantes de ingeniería, o de agronomía, en aquellos tiempos, como teníamos estudiantes de derecho! Pero creo que aun así no habríamos resuelto el problema, porque véase el absurdo de que en un país como el nuestro, que era un país agrícola evidentemente, tenía miles de estudiantes de derecho. ¿Y para qué habrían tantos estudiantes de derecho? Aquel hecho, ese dato, servía para demostrar cómo en nuestro país nuestro pueblo marchaba a la deriva por completo, sin objetivos de ninguna clase, creando parásitos, preparando gente para vivir de picapleitos. ¿De qué íbamos a vivir aquí en este país, si todos íbamos a ser picapleitos? Y muy pocos nos íbamos a dedicar a la carrera de ingeniería, a la carrera de agronomía: poquísimos estudiantes se dedicaban a la escuela de agronomía: unos cuantos cientos de estudiantes estudiaban agronomía: unos pocos estudiantes estudiaban ingeniería eléctrica, ingeniería mecánica. No había facultades de otras ingenierías o escuelas técnicas, y, en cambio, había miles de jóvenes estudiando la carrera de derecho.
¡Piensen ustedes si los que estábamos estudiando derecho íbamos a vivir de los que estaban estudiando ingeniería y de los que estaban estudiando agronomía! Eso significaba que el país cada vez más preparaba una legión de hombres que no iban a producir. No con esto vaya denostar la carrera de derecho, ni el estudio de las leyes, porque las leyes hay que hacerlas, hay que interpretarlas, hay que aplicarlas, hay que comprenderlas; simplemente, analizamos la circunstancia de que mientras unos pocos estudiaban carreras técnicas, que es el tipo de carrera de la cual depende el desarrollo de un país, el desarrollo técnico de un país, la capacidad de producción de un país, había tantos y tantos jóvenes estudiando la carrera de derecho.
Desde luego que aquellos que estudiaban además otras carreras universitarias no eran jóvenes de los sectores humildes, más humildes del país, porque hay otra cosa: la clase dominante no enseñaba a los hijos de los obreros, no enseñaba a los hijos de las familias humildes. Y uno de los problemas más serios que tiene cualquier revolución en un país como el nuestro, en un país subdesarrollado, en un país donde la mitad de la población — que era la población rural— no tenía escuela secundaria, es que los pocos técnicos procedían, en su mayor parte, de las filas de las capas medias y de las capas ricas de la población.
Y uno de los problemas más serios que tiene una revolución, al llegar al poder, es que se encuentra con que una gran parte de sus técnicos son hijos de las familias más pudientes, son hijos de la clase económica y políticamente dominante, y de la clase que, lógicamente, se opone al cambio revolucionario, y lucha con todos sus recursos contra la Revolución.
Y así, por eso, el imperialismo ha tratado de golpear a la Revolución en ese ángulo; el imperialismo hace todos los esfuerzos posibles por llevarle a los médicos, llevarle a los ingenieros, llevarle a los técnicos. No hace gran esfuerzo por llevarse a los abogados, pero hace un gran esfuerzo por llevarse a los médicos y a los demás técnicos, sencillamente para golpear a la Revolución en ese ángulo, para privarla de hombres competentes, para privarla de los recursos de inteligencia con que pueda contar la Revolución, y hacen la tarea en las filas de hombres que no son procedentes de los sectores más humildes de nuestro país.
Va variando la composición social del estudiantado, va variando la composición social del estudiantado universitario, y la conciencia revolucionaria avanza en la universidad. Pero aun en la actual composición del estudiantado universitario la Revolución no podrá contar con una parte —afortunadamente ya mucho más pequeña— de los técnicos que actualmente se están preparando en la universidad.
Nosotros, en nuestro esfuerzo por preparar técnicos con la mayor prontitud y en el mayor número, nos encontramos con un problema: que no hay suficientes bachilleres en el país para toda la capacidad de preparación de técnicos que el país desea formar en este momento. Es decir, ¿por qué? Bueno, la cifra lo explica perfectamente bien: un millón cuarenta y dos mil o cuarenta y cinco mil analfabetos que han aparecido. De ellos, muchos son hombres jóvenes, que podían ser bachilleres; más una gran suma de jóvenes que estudiaron hasta segundo y tercer grados en los centrales azucareros, en los campos; algunos, que llegaron en algunos pueblos hasta 6to grado, donde no había secundaria básica, y no pudieron ser bachilleres. Y la Revolución no tiene esos bachilleres. La Revolución está ahora impulsando la formación de bachilleres, y ahora traerá a jóvenes, que han aprobado ya el 6to grado, de todos los pueblos de Cuba donde no hay secundaria básica, y les concederá becas para estudiar.
Antes, de cada central azucarero venía el hijo del dueño del central, o del administrador del central — si era de una compañía extranjera—, de los grandes colonos, de los dueños de los comercios, el hijo del médico, el hijo del abogado; aquella gente venía, estudiaba hasta 6to grado en la escuelita, y después se iba a estudiar en las ciudades.
De cada central azucarero había 10 o 12 muchachos, hijos de aquellas familias precisamente, que iban a estudiar. Sin embargo, cuando el próximo curso comience, de cada central azucarero vendrán 30, 40, 50, 60 muchachos, de los que hayan aprobado el 6to grado, y sean de las familias que de ninguna manera podían enviar a sus hijos a estudiar a un instituto, porque, ¿de qué manera un obrero de un central que no trabaja todo el año puede sufragarle los gastos a un joven en un pueblo, con todos los gastos que ello implica, para estudiar bachillerato? Esos jóvenes no tenían la menor oportunidad de ir a estudiar a los institutos. Y, sin embargo, ahora una legión de jóvenes de esa extracción social humilde ingresará en todas las escuelas secundarias; miles y miles ingresarán todos los años, y será una verdadera masa que en el futuro irá a engrosar las filas de los estudiantes universitarios.
Cuando ese momento llegue, la inmensa mayoría de los estudiantes universitarios, casi un 100%, serán muchachos procedentes de esas filas humildes del pueblo. A esos técnicos, ¡a esos sí que no los podrá conquistar jamás el imperialismo! ¡A esos técnicos sí que no los podrá sobornar jamás el imperialismo! Encontrará que es mucho más fácil sobornar a un técnico que era el hijo del administrador de un central azucarero, cuya familia perdió la prepotencia, cuya familia perdió las prerrogativas, perdió el señorío y perdió todos los privilegios sociales que contaba; sobre ese joven pueden trabajar los agentes del imperialismo, pueden ofrecerle grandes sueldos, pueden presentarle a la Revolución como enemiga de sus intereses, y conquistar a cualquiera de esos técnicos. Pero, ¿de qué manera podrá conquistar ningún agente del imperialismo al hijo de un obrero azucarero, que haya llegado hasta 6to grado con esfuerzo, que no haya tenido la menor oportunidad de poder seguir estudiando en las condiciones anteriores, al que la Revolución le facilite una beca, que venga a estudiar en los mejores centros, en las mejores condiciones, que reciba los recursos para estudiar cuatro, cinco, o seis años, para después estudiar y recibir una carrera universitaria? ¿De qué manera podrá venir un agente del imperialismo a convencer a ese joven de que la Revolución es mala, de que la Revolución es injusta, de que la Revolución no tiene razón de ser? Esa tarea de zapa que realizan entre los técnicos que proceden de las capas dominantes de la población, ¡jamás la podrán realizar cuando la Revolución haya educado a los hijos de las familias humildes de nuestro país, que de otra manera jamás habrían tenido oportunidad de estudiar!
Desde luego que las reglas no son absolutas, y que hay muchos técnicos, de esos técnicos procedentes de las capas medias y altas de la población, que hombres jóvenes y con sensibilidad humana han sido capaces de comprender la Revolución, han sido capaces de amar la Revolución, y son capaces de mantenerse fieles a ella por encima de todas las ofertas de los imperialistas. Y hay, por eso, técnicos que se mantienen fieles y se mantienen junto a la Revolución.
Hablábamos del cuadro de la universidad, y nosotros, por experiencia propia, sabemos que aquel cuadro era un cuadro desesperante, del cual ningún país podía sacar fruto alguno. Así que el caos, y la corrupción, y la desorientación que había en la enseñanza era idéntica desde la escuelita carente de pupitres, carente de papel, carente de lápices, carente de material, carente de todo, con niños que iban descalzos, o con las ropas raídas, o hambrientos, o sencillamente no iban a la escuela porque no tenían ni ropa, ni zapatos, ni comida, o porque tenían que irse a ayudar a su padre con el narigón de la yunta de bueyes.
Ese era el cuadro, consecuencia de un régimen de explotación, donde en la cúspide se encontraban aquellos señoritos, aquellas familias cuyos hijos gozaban de todos los privilegios económicos, culturales, que estudiaban en nuestras universidades, y que a veces les parecía nuestra universidad indigna de su alcurnia y entonces se marchaban a estudiar a Estados Unidos. Iban a Boston, iban a Princeton, iban a Francia, iban a Europa, iban a Estados Unidos, iban a distintos países a estudiar, mientras en la base estaban aquellos niños descalzos, aquellos niños sin ropa, aquellos niños hambrientos. Y eso no lo puede negar nadie, porque eso lo sabe hasta el más ciego: saben que esa era una verdad de nuestro país, una realidad triste, que la Revolución vino a cambiar, para darle al niño descalzo, al niño sin ropa, al niño que tiraba del narigón de la yunta de bueyes, la oportunidad de ser, también, un día, médico, ingeniero agrónomo, ingeniero electricista, administrador de una empresa.
Es decir, la oportunidad de ser también, si es inteligente..., porque la única condición que debe requerirse para que un joven tenga oportunidad de estudiar, es que tenga condiciones naturales y que tenga condiciones morales, que tenga la inteligencia clara, y el corazón recto, el corazón noble y el corazón generoso. Y esos serán los únicos requisitos para que cualquier joven pueda llegar a ser lo que antes podían llegar a ser solamente aquellos cuyos papás, o“papaces”, era gente dueña de centrales azucareros, dueña de latifundios, dueña de grandes fábricas, dueña de bancos, dueña de negocios.
Y eso es lo que la Revolución vino a cambiar. A quien no le guste, ¡pues que no le guste! ¿Qué le vamos a hacer? Quien no se regocija con eso, es porque se beneficiaba con lo anterior, es porque era indiferente a todo lo anterior. Y claro, lo justo no le viene bien, lo justo no le atrae, la justicia de la Revolución, que vino a cambiar ese estado de cosas, se le hace insufrible.
Y para lograr estos propósitos, que son propósitos inspirados en motivos hondamente humanos, pero inspirados también en realidades y necesidades sociales y económicas, para lograr esos propósitos la Revolución ha tenido que tomar muchas medidas desde que llegó al poder hace algo más de dos años y medio. Y se encontró, por ejemplo, con que en los campos había 500 000 niños, por lo menos, por lo menos medio millón de niños que no tenía maestros. Esos niños estaban condenados a engrosar las filas de los analfabetos, a engrosar esa legión de hombres que ni siquiera tienen la dicha de aprender a escribir su nombre, la dicha de poder leer un libro, de poder escribir una carta, o de recibir una carta; esa legión de seres humanos, de cubanos que tenían que ir, humillados, al vecino para pedirle que le escribiera una carta o le leyera una carta; esa legión de cubanos destinados ya, desde niños, a convertirse en carne de la explotación, en bueyes de trabajo, apenas diferenciados de los animales por el trato que recibían, por el alimento que recibían, por la educación que recibían; y destinados a padecer toda otra serie de consecuencias como eran la falta, también, de alimentos, la falta de asistencia médica; destinados a llevar una vida sufrida y, además, destinados a morir con un promedio de años muy inferior a los que habría podido vivir en otras condiciones de vida.
¡Medio millón de niños sin maestros! ¡Faltaban maestros, pero sobraban botelleros; faltaban maestros, pero sobraban politiqueros; faltaban maestros, pero sobraban esbirros; faltaban maestros, pero sobraban represores, explotadores, jugadores, contrabandistas, boliteros, sargentos políticos, chivatos! Eso sí sobraba: aquella plaga de parásitos que vivía de la corrupción, que vivía del abuso, que vivía del atropello, que vivía de matones. Faltaban escuelas, pero sobraban cuarteles y sobraban fortalezas militares. Lo primero que cualquier viajero se encontraba a la entrada de cada pueblo era un cuartel. El cuartel no faltaba en ningún pueblo del país, por pequeño que fuese. El edificio más bonito era el edificio del cuartel; el edificio más costoso era el edificio del cuartel, y el cuartel era el símbolo de aquella época. Y junto al cuartel y dentro del cuartel y frente al cuartel, aquel ejército arrogante, aquel ejército que defendía los intereses, los grandes intereses económicos y sociales de la minoría privilegiada que explotaba a este país.
Ahí estaba el amigo del dueño del central, del latifundista, del explotador, del bolitero, del politiquero, del malversador, del contrabandista, del estafador y del especulador; allí estaba la fuerza sobre cuyo mito se mantenía todo aquello, porque al fin y al cabo se descubrió que aquella fuerza no era más que un mito. Pero como mito en el cual creía el pueblo, fuerza en la cual creía el pueblo y que inspiraba temor, e inspiraba miedo, e inspiraba respeto —como lo inspira todavía en muchos pueblos hermanos de este continente—, aquella fuerza no era tal fuerza. Más que fuerza, era la idea que tenía el pueblo de que era una fuerza invencible; más que fuerza real, era el mito de una fuerza.
Y ese mito fue destruido. Fue necesario destruir el mito para destruir aquel régimen. Ese mito tiene todavía vigencia en muchos pueblos. Mas, cuando los pueblos aprendan que verdaderamente no es tal fuerza, sino tales mitos, los mitos serán también destruidos, como los cubanos destruimos nuestro mito.
El cuartel era el símbolo de aquel régimen: la Nochebuena, el Año Nuevo, el 4 de Septiembre, el 10 de Marzo (EXCLAMACIONES DE: “¡Fuera!”); eran los días de visita en las casas de los guajiros, a buscar el lechoncito, la gallina, el saco de viandas, la botella de ron, el gallo fino y el regalito. ¿Y quién se iba a negar? ¿Quién les decía que no? Y los sábados, era el día del bolitero, entregando su parte al jefe de puesto. Y pasaba cualquier ciudadano por aquellos andenes, por aquellos pueblos, y se encontraba una legión de vendedores ambulantes, de niños descalzos vendiendo empanadilla, pan con lechón, boletos, billetes, y, en fin, ambiente aquel de niñez sin escuela y de padres sin trabajo, de pueblo explotado y desesperado, viviendo prácticamente de la nada. Y a veces en cualquier andén de cualquier estación de ferrocarril, se reunían más vendedores que pasajeros iban en el tren.
Esas eran las realidades del pasado. ¿Y por qué tenían que haber más cuarteles que escuelas? ¿Y por qué la república tenía que gastarse tantos millones de pesos en hacer cuarteles, y para qué servían aquellos cuarteles, para qué servían aquellos soldados? Y, por eso, lo primero que la Revolución hizo fue lanzar la consigna de convertir los cuarteles en escuelas.
Y una de las cosas verdaderamente dignas que esta Revolución ha hecho es haber convertido todas las grandes fortalezas militares en escuelas, y el haber convertido casi todos los cuarteles en escuelas. Política que se ha seguido, aun cuando nuestro país se veía constantemente amenazado, aun cuando nuestro país se veía obligado a armarse hasta los dientes para defender su tierra, para defender su soberanía, para defender su libertad, y aun cuando hemos tenido que vivir sobre las armas. Aun así, la consigna de convertir los cuarteles en escuelas se ha cumplido plenamente.
Fue lo primero que hizo la Revolución, entregar al Ministerio de Educación, desde la famosísima Ciudad Militar, desde donde se decidían los destinos de la república, hasta los cuarteles más pequeños. Eso fue lo primero, y fue, además, lo indispensable. Si aquellos cuarteles no hubiesen pasado a manos del pueblo, no se habría podido comenzar a hacer nada.
Comenzó así la era de la Revolución en el campo de la educación: toda una serie de medidas para liquidar los viejos vicios en ese ministerio, toda una serie de medidas para modificar los sistemas de enseñanza, para dotar a las escuelas de los recursos necesarios. Se comenzó a crear aulas. Había solamente 17 000 aulas o 17 000 maestros, y hacían falta 35 000 maestros. Y en un solo año se crearon 10 000 nuevas aulas, ¡y en dos años y medio de Revolución se ha creado quince mil nuevas aulas!
¡Diez mil maestros había sin trabajo, y diez mil maestros comenzaron a trabajar en solo un año! Cinco mil maestros y profesores se integraron a la enseñanza primaria, con lo cual se pudo aumentar en 5 000 el número de maestros.
Mas los maestros no alcanzaban, no alcanzaban los maestros; las montañas estaban sin maestros. Y se hizo un llamamiento a la juventud, se solicitaron jóvenes que estuviesen dispuestos a pasar por un duro período de prueba, para ir después a enseñar a las montañas. Y se presentaron millares de jóvenes, y pasaron las pruebas, y marcharon a las montañas, y pudo así situarse a un maestro hasta en los lugares más apartados del país, donde vivían niños que nunca habían visto el mar, ni la carretera, ni la luz eléctrica; donde vivían niños que ni siquiera tenían idea de lo que era un libro, de lo que era una libreta, o de lo que era un lápiz.
La Revolución no solo había convertido las fortalezas y los cuarteles en escuelas, sino que había creado 10 000 nuevas aulas, y había enviado un maestro a cada rincón del país, y había garantizado la enseñanza a medio millón de niños cubanos, que no tenían ni escuelas ni maestros. Por lo menos, llegó el maestro a enseñar, a enseñar en un bohío, o a enseñar debajo de un árbol, pero a enseñar; porque lo más importante de la escuela, como decían esos versos que leía el niño maestro del Príncipe,“no es el edificio sino el maestro, y la comunión entre el maestro y sus alumnos”. El maestro, que es el alma de la escuela, llegó; llegó primero que el edificio, llegó primero que las comodidades, llegó a enseñar a los niños y a los adultos.
Se habían logrado grandes avances. En los antiguos cuarteles podían estudiar ya más de 70 000 niños. ¡Y medio millón de niños recibían a sus maestros! Parejamente con ello, se iba transformando todo el sistema educacional, todos los programas de educación, desde la escuela primaria hasta la universidad; se iba desarrollando un sinnúmero de escuelas de todos los tipos, y se iban tomando medidas para crear incontables escuelas técnicas, porque necesitábamos escuelas técnicas.
Pero eso no bastaba. Y según los datos estadísticos, 1035 000 cubanos adultos no sabían leer ni escribir. La Revolución había recibido esa herencia de los gobiernos corrompidos y servidores del imperialismo y de la explotación del hombre; como fruto inevitable de aquella explotación, la Revolución recibía la herencia de 1 035 000 cubanos —según datos estadísticos—, personas adultas, que no sabían ni leer ni escribir.
La tarea de erradicar el analfabetismo, si es que alguna vez la concibieron los que hablaban sobre la educación en este continente, la consideraban una tarea para cumplir en 10, en 15 o en 20 años. Y aun los más demagogos no se han atrevido a decir que van a erradicar alguna vez el analfabetismo. Y todo lo más que hablan es de que llegue el momento, dentro de ocho, dentro de 10, o dentro de 20 años, en que todos los niños tengan maestros. Y la Revolución logró eso, que todos los niños tengan maestros, lo logró en un año; pero se propuso algo que parecía más difícil, que parecía imposible: ¡Liquidar el analfabetismo en un año! Es decir, enseñar a ese 1 035 000 de las estadísticas, sin importar la edad, sin importar el lugar del país donde viviera y enseñarle.
Naturalmente que las estadísticas estaban equivocadas, y si no estaban equivocadas — que es lo más posible, porque los datos existentes provenían del censo de 1953—, las estadísticas demuestran y los hechos han demostrado que el número de analfabetos aumentaba en nuestro país, ya que en vez de 1032 000 — un millón treinta y dos mil, que es la cifra— se han registrado 1 045 000 analfabetos. Y la Revolución, aun en medio de las agresiones económicas, y aun en medio de las agresiones políticas, y de las agresiones militares; atacada la Revolución en el frente militar, en el frente político y en el frente económico; suprimida nuestra cuota azucarera de manera total, de donde provenían la mayor parte de los recursos económicos del país; víctima de otra serie de agresiones económicas, del bloqueo económico; víctima de una serie de agresiones políticas; víctima de la injerencia imperialista; víctima de la acción de los organismos de espionaje y de terrorismo del imperialismo; víctima del acoso constante, del trabajo de zapa del imperialismo, del soborno del imperialismo, de los esfuerzos del imperialismo para dejarnos sin profesores, sin médicos, sin ingenieros y sin técnicos; víctima del esfuerzo del imperialismo por organizar bandas de asesinos, que incluso llegaban a ultimar a los maestros que estaban enseñando en las montañas; víctima el país de los actos de sabotaje y terrorismo perpetrados por agentes pagados y abastecidos de material inflamable y de explosivos por el imperialismo, y víctima por fin de la agresión militar descarada y criminal; aun en medio de esas circunstancias, que era como para que todas las energías de la nación se invirtiesen en rechazar al enemigo en esos frentes de batalla, en el frente de batalla económico y en el frente de batalla militar, el pueblo de Cuba aun encontró fuerzas y energías suficientes para librar batallas que requerían un esfuerzo, si cabe, todavía mayor; el pueblo de Cuba encontró energías humanas y energías morales suficientes para librar la batalla contra la ignorancia y para proponerse la tarea de erradicar en este“Año de la Educación” el analfabetismo. Y habla muy alto de nuestro pueblo el que haya sabido enfrentarse a esas adversas condiciones, el que haya podido enfrentarse al bloqueo y la agresión económica, el que haya podido enfrentarse al esfuerzo terrorista y bandidesco del imperialismo, el que haya podido enfrentarse a las agresiones militares imperialistas, y que al mismo tiempo nuestro pueblo haya sido capaz de movilizar a 310 000 ciudadanos para enseñar al 1045 000 analfabetos que había en nuestro país.
Mas, no fue ese el único esfuerzo en favor de la educación, la Revolución encontró todavía más y más energías morales y humanas para organizar infinidad de escuelas, para traer 14 000 campesinas a estudiar corte y costura en la capital de la república , para movilizar miles de jóvenes a estudiar mecánica, a estudiar zootecnia, a estudiar inseminación, a estudiar agricultura, fue capaz de movilizar a miles de jóvenes y enviarlos a las escuelas tecnológicas, a las empresas agrícolas y a las universidades de los países amigos a prepararse.
La Revolución ha organizado escuelas de maestros, escuelas de instructores de arte, escuelas de comercio exterior y política internacional, e infinidad de cursos para ingresar en las escuelas tecnológicas y en las universidades; ha organizado centros de becados donde estudian miles de estudiantes, ha organizado cursos de profesores para las nuevas escuelas secundarias que van a comenzar a funcionar en el próximo curso. Y así, las escuelas han brotado por doquier: cursos de maestros voluntarios en las montañas, cursos de iniciación para maestros, cursos especiales para campesinas, cursos para los instructores de arte, para los de mecánica, de inseminación, de derecho diplomático, instructoras revolucionarias , mecánica, escuelas de contadores para las granjas del pueblo , escuelas de administradores para las empresas, escuelas de asistentes para los círculos sociales, escuelas de directores para los círculos, asistentes para los círculos infantiles y directoras también para los círculos infantiles, escuelas tecnológicas.
Y se hace difícil recordar ya de memoria cuántas escuelas la Revolución ha creado, y las que aun se propone crear. Se organizan ya los centros nocturnos donde van a estudiar decenas de miles de empleadas del servicio doméstico, y se prepararán las maestras para enseñar a esas cubanas. Y marchan los cursos para formación de profesores, y nuevas escuelas se proyectan.
Cuando la campaña de alfabetización haya concluido, comenzará el nuevo curso, y entre las escuelas no había mencionado las Escuelas Básicas de Instrucción Revolucionaria, donde 8 000 alumnos estudian los problemas ideológicos, los problemas políticos y los problemas económicos. Y nuevas escuelas de agricultura, de mecánicos, de choferes, están al iniciarse. Prepararemos, cada seis meses, 2 000 choferes para satisfacer las necesidades del transporte, la ampliación de los servicios de transporte, para manejar las rastras, para manejar todos los vehículos que en número cada vez mayor tendrán que funcionar en nuestro país. Es necesario que los jóvenes rebeldes y los sindicatos y las organizaciones revolucionarias, promuevan un contingente, por lo menos, de 2 000 jóvenes para comenzar en el próximo curso, en el mes de octubre, y en total, para el próximo curso, que comenzará en enero, para el próximo curso, habrá 50 000 becados estudiando en nuestro país; 50 000 becados en las universidades, en las escuelas tecnológicas, en las escuelas especiales, en las escuelas de maestros y en las escuelas preuniversitarias y de secundaria básica. Solamente en las escuelas de enseñanza secundaria y preuniversitaria habrá 24 000 becados, 20 000 de ellos pertenecientes a las escuelas secundarias. Eso significa que en nuestro país, todos los niños de edad escolar tendrán maestros y todos los estudiantes tendrán secundaria básica, todos, porque los jóvenes de aquellos sitios donde exista la escuela primaria y no haya secundaria básica, recibirán becas para venir a estudiar a la capital.
Es decir que todos los jóvenes de los centrales azucareros, pueblos y regiones donde no haya secundaria básica, tendrán becas para estudiar, de manera que la población infantil y juvenil de Cuba, tiene asegurada la enseñanza hasta la secundaria básica en todo el país. He ahí, en brevísimo período de tiempo, tres grandes conquistas: maestros para todos los niños; educación garantizada hasta la enseñanza secundaria; y erradicación total del analfabetismo como saldo de tres años de revolución; saldo que puede compararse exitosamente con 60 años de dominio económico imperialista en nuestro país; tres años que superan lo que se había hecho en 60 años; tres contra 60; ¡tres de revolución y de justicia, contra sesenta de explotación y de abuso!
Y sin embargo, sin embargo de todo lo que se ha logrado y de lo que se está logrando, es necesario hacer más. Para mantener y desarrollar todo ese amplio programa de educación, es fundamental preparar a los futuros maestros; y los compañeros del Ministerio de Educación han calculado que se necesitarán por lo menos 3 000 maestros nuevos todos los años.
¿Cómo vamos a formar a esos 3 000 nuevos maestros todos los años? Si nosotros queremos darle a la educación toda la importancia que tiene, si nosotros queremos edificar sobre base sólida e indestructible, es necesario que superemos los métodos para la formación de los maestros, es necesario que le prestemos fundamental atención a esa tarea.
Aquí hablamos, entre nosotros, que somos frutos de aquella sociedad de antes, que nosotros mismos estamos tratando y estamos logrando cambiar. Nosotros no queremos que se forme a la nueva generación como nos formaron a nosotros, nosotros no queremos que vayan a estudiar a una universidad igual a la universidad en que estudiamos nosotros. Y ustedes los maestros no querrán tampoco que formen a la futura generación de maestros como los formaron a ustedes, y no querrán que las condiciones sean iguales, y que los centros de enseñanza sean iguales.
Nosotros, antes que nada, debemos desear y obtener para la nueva generación todo lo que nuestra generación no tuvo. Nuestra generación tiene un mérito, y es el mérito de querer cambiar y de cambiar la sociedad de donde surgió. Nuestra generación tiene el mérito de haberse rebelado contra aquello; tiene el mérito de querer edificar algo mejor que aquello; tiene el mérito de querer forjar una sociedad mejor que aquella, un futuro mejor que aquel, y una generación mejor que nuestra propia generación; tiene el mérito de querer formar mejores técnicos, mejores maestros, mejores profesionales, mejores intelectuales, mejores artistas, y mejores políticos que nosotros mismos.
Y esa es nuestra tarea, crear las condiciones de la sociedad futura, de la generación futura, del pueblo futuro; y esa generación tendrá que ser necesariamente mejor, porque esa generación nueva ha tenido la oportunidad que no tuvimos nosotros, y cuando nosotros teníamos 12 o 13, 14 o 15 años, no tuvimos oportunidad de irnos a las montañas a enseñar a los campesinos, no tuvimos la oportunidad de irnos a las montañas a aprender de la vida dura de nuestro pueblo, y a enseñarle.
Cuando nosotros teníamos 11 años, no tuvimos por ningún concepto la oportunidad de ir a una cárcel a enseñar a los reclusos. La palabra cárcel era una palabra dura y amedrentadora para todos nosotros; cárcel, reclusos y presos eran nombres que en nuestra imaginación producían una impresión... ¡Qué distinta la oportunidad de un joven que a los 11 años se puede enfrentar con esas palabras y con esos hechos, duros para nosotros ayer, y convertirse en maestro de los presos!
Es indiscutible que la juventud que tiene esas oportunidades tendrá que ser superior a la juventud que no tuvo esas oportunidades. La juventud que ha tenido la oportunidad de marcharse hasta las faldas del Turquino —aquella montaña que nos imponía respeto, aquella montaña que nos parecía inaccesible—, la juventud que ha tenido la oportunidad de marchar a la península de Guanahacabibes, a los pantanos de la Ciénaga de Zapata, a los desfiladeros y a los bosques, y a las montañas de la Sierra Maestra, de la Sierra Escambray, o a las montañas de Baracoa, esa juventud, ¡tendrá que ser una juventud superior a la nuestra!
Esos 100 000 jóvenes que hoy están enseñando con tanta firmeza, con tanta decisión que se enferman muchas veces y no quieren abandonar su puesto, que cuesta trabajo hacerlos ir al médico, que se han impuesto la consigna de honor de no abandonar su trabajo, que comen lo que come el campesino, que voluntariamente han abandonado las comodidades de sus casas y las diversiones habituales, y los sitios habituales, y el calor de la familia, para irse a enseñar, sin importar el número de años con que cuenta, necesariamente tendrá que ser una juventud superior a la que no tuvo esas oportunidades.
Y es algo que debe llenarnos a todos nosotros de aliento, es una juventud que empieza a pensar en los destinos de la patria y que a la edad en que a nosotros nadie nos prestaba la menor atención, ni nos hacía el menor caso, ni nos creía capaces de nada, son capaces de ser soldados de un ejército que ya se llena de gloria, soldados de un ejército que escribe una página brillante en la historia de este continente; y son actores de esa epopeya, de esa cruzada de la cultura y de la enseñanza; esos jóvenes que, unidos a los alfabetizadores populares, a las brigadas obreras y a los maestros, están llevando adelante esta obra, necesariamente que será una juventud digna del futuro de nuestra patria, y una juventud acreedora a esa patria que ya ellos están ayudando a construir.
Por eso, nosotros tenemos que pensar en un futuro mejor, en profesionales mejores, en maestros mejores y en técnicos mejores; por eso, nosotros tenemos que pensar en los maestros del futuro. Los maestros del presente no son los maestros ideales, pero sí son mucho mejores que lo que eran en las condiciones de vida anterior. Y después de tres años de Revolución, los maestros, la clase de los maestros, muestra que ha progresado, muestra que se ha superado, muestra que ha marchado junto a la Revolución, y muestra que es mucho mejor de lo que era.
En esta reunión de maestros, quizás las palabras más agradables fuesen las palabras de elogio a los maestros; pero las palabras más necesarias son las palabras honestas. Y entre los maestros, era necesario realizar un gran trabajo revolucionario. Entusiasmo no les faltaba a los maestros; prueba de espíritu de sacrificio la supieron dar cuando los maestros aceptaron que se designaran 19 000 maestros con los presupuestos que solo existían para 5 000. Pero los maestros tenían que superarse, y los maestros se han ido superando.
Había maestros que no querían trabajar; había maestros que no tenían conciencia revolucionaria, y todavía hay maestros que no tienen conciencia revolucionaria (APLAUSOS PROLONGADOS Y EXCLAMACIONES DE: “¡Fidel, seguro, a los vagos dales duro!”).
Sin embargo, eso no significaba que la Revolución debía perder las esperanzas en los maestros; eso no significaba que el concepto del mal maestro fuese a recaer en detrimento de los buenos maestros, de los que tenían verdadera vocación de maestros, de los que amaban la hermosa profesión de maestros. La Revolución tenía que luchar contra las debilidades; la Revolución tenía que incorporar a los maestros, la Revolución tenía que ganarse a los maestros.
Y la Revolución no trató mal a los maestros, la Revolución no fue dura con los maestros que eran tibios; la Revolución, con la colaboración y el esfuerzo de los maestros revolucionarios, ha luchado por unir a los maestros, y por ganarse a los maestros, a todos los maestros, a la causa de la Revolución. Porque si se era maestro, si alguna vez se tuvo la ilusión de ser maestro; si alguna vez se tuvo la ilusión de ver que todos los niños tuvieran maestros; si alguna vez se tuvo la ilusión de que todos los niños aprendieran a leer y a escribir, de que todos los niños se sentaran en un pupitre cada mañana; si alguna vez se tuvo ese deseo, se tuvo esa ilusión, se tuvo ese sueño; si alguna vez se soñó con ver al país lleno de escuelas, lleno de institutos; si alguna vez se soñó con ver al país educándose, de ver al país marchar hacia el primer lugar en este continente por el camino de la educación; si alguna vez se tuvo la ilusión de que el maestro ocupara en el seno de la sociedad el lugar destacado, el lugar de honor que le corresponde; si alguna vez se tuvo la ilusión de ver enaltecida la tarea y la misión del maestro, ¿cómo era posible que no se fuese partidario de una revolución que ha hecho precisamente eso, con la Revolución que envió hasta el último maestro sin trabajo a enseñar, con la Revolución que agotó la lista de maestros, con la Revolución que convirtió los cuarteles en escuelas, con la Revolución que les dio la oportunidad de aprender hasta al niño más humilde, hasta a las familias más apartadas, con la Revolución que se propuso y está logrando erradicar totalmente la lacra vergonzosa de la ignorancia y del analfabetismo?
La Revolución tenía legítimos derechos a aspirar a arrastrar junto a ella a la inmensa mayoría de los maestros. Y ese esfuerzo y esa esperanza de la Revolución se están cumpliendo, y ha sido fundada. Los maestros seguirán uniéndose a la Revolución, y los maestros cada vez más sentirán como suya la Revolución; y los maestros, en número cada vez mayor, se incorporarán a las tareas de la Revolución.
Cuando se planteó la campaña que se iniciaba con el comienzo de las vacaciones, no quisimos que la tarea de alfabetización fuese una tarea obligatoria por decreto; no quisimos decretar la obligatoriedad de trabajar, sino que lo dejamos a la libre voluntad de los maestros. No queríamos un maestro enseñando por ley, no queríamos un maestro enseñando por fuerza: queríamos que cada maestro actuase de acuerdo con su propia conciencia ; que el maestro que quisiera alfabetizar, lo hiciese por voluntad propia; que el que quisiese sacrificar sus vacaciones, las sacrificase; y el que no las quisiera sacrificar, que no las sacrificara. Y los compañeros del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Enseñanza, informan que ha sido alto el número de maestros que voluntariamente se incorporaron a las tareas de alfabetización.
Ahora iba a comenzar el próximo curso, el 15 de septiembre. A partir del 15 de septiembre terminan ya las vacaciones de todos los maestros. Entonces, ya será una tarea propia de su cargo el enseñar, e irán a enseñar a donde se les destine (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES: “¡Fidel, seguro, a los vagos dales duro!”). A cada maestro se le asignará su trabajo por el consejo municipal a que corresponda, según la zona donde ellos trabajan; se incorporarán todos a sus respectivos consejos de educación, y así se incorporarán absolutamente todos a la campaña de alfabetización.
Y nosotros hablábamos de los futuros maestros. A veces ocurría que personas que no tenían vocación para el magisterio, quizás por falta de otras oportunidades estudiaban para maestros. En el futuro será condición indispensable poseer verdadera vocación de maestro para estudiar. Será necesario que cada maestro, desde las escuelas donde se formen, vayan adquiriendo la experiencia, la práctica y las condiciones de adaptabilidad al trabajo que deban desempeñar.
¿Quiénes podrán estudiar para maestros? Todos los que tengan vocación, aunque no tengan recursos, aunque su familia sea completamente humilde y sin recursos ni para pagarle el ómnibus a la escuela. Es decir que la oportunidad será para todo el que tenga verdadera vocación y verdadera decisión de ser maestro.
Como lo más difícil era obtener maestros para las montañas, porque las escuelas normales estaban en las grandes ciudades, y la mayor parte de los alumnos provenían de las grandes ciudades, y se convertía después en una verdadera tragedia para los jóvenes de las ciudades ir a enseñar a los campos, es necesario que ingresen en el magisterio jóvenes tanto de la ciudad como del campo; pero, sobre todo, que todos puedan empezar a enseñar en los sitios más difíciles, es decir, que todos puedan empezar a enseñar por el campo . Y para que el campo no se vuelva una tragedia, que las primeras pruebas del aspirante a maestro sea en el campo .
Nosotros prometimos que íbamos a cambiar toda la estructura de los centros de formación de maestros, y la localización. Todos los estudiantes para maestros serán, en el futuro, becados; todos, absolutamente todos. Será necesario que pasen el curso de iniciación, que durará un año, en la Sierra Maestra.
Después de ese curso de iniciación, pasarán a las escuelas. Esas escuelas estarán localizadas en dos grandes centros; una estará en el Escambray y la otra estará más cerca, porque las necesidades son de 12 000 —llegará el momento en que tendremos estudiando constantemente 12 000 alumnos en las escuelas de maestros— y pensamos hacer dos grandes centros: uno en Las Villas y otro en esta provincia.
Después de un curso de iniciación de un año, tendrán cuatro años de estudios. El primero comenzará a funcionar en el mes de enero; comenzará con 3 500 alumnos, porque tenemos que calcular un número mayor los que ingresan que los que se gradúan. De esos 3 500 ya hay 1 500 en el curso de iniciación, y 2 000 más que los vamos a escoger entre los actuales brigadistas.
Esos primeros 3 500 comenzarán a estudiar en el Escambray. Vamos a utilizar una gran edificación que hay allí, que estaba dedicada a lo que menos apta era, es decir, estaba dedicada a hospital; y, en vez de hospital, aquel sistema inhumano, que hacía venir desde los más apartados rincones del país a los enfermos, sin oportunidad nunca de ser visitado siquiera por sus familiares, se va a sustituir por un sistema de hospitales distribuidos por todo el país, por cada provincia.
Las estadísticas sobre el número de pacientes atendidos son verdaderamente elocuentes: apenas llegan a algunos miles; una gran parte abandonó aquel centro antes de curarse; y el costo que significó para el país fue verdaderamente astronómico el de los servicios a cada enfermo. Y todo eso se va a cambiar.
En su lugar, estableceremos allí un centro para 6 000 estudiantes de maestros. Los primeros 3 500 comenzarán en enero de 1962; los segundos 3 000 y tantos comenzarán en el próximo curso, es decir, antes de finalizar el 1962, en el curso que empezará antes —este curso empieza un poco retrasado con motivo de la alfabetización. Y entonces ya tendremos allí, en 1963, 6 000 estudiantes.
El segundo centro estará en esta provincia, en una zona donde disponemos de las instalaciones necesarias y que funcionará hasta el año 1964 como escuela de secundaria básica, y que después será también otra escuela de maestros primarios, en la zona donde actualmente están las campesinas, al este de La Habana, de la capital, en una antigua playa que era lugar de recreo, y donde tendremos edificaciones y alojamiento para otros 6 000 estudiantes.
Y después veremos si están dos años en el Escambray y dos aquí, o establecemos dos grandes centros, y establecemos una gran emulación entre esos dos grandes centros. Unos estarán más lejos, otros estarán más cerca, pero todos deberán pasar por un año de iniciación en las montañas, y cuando se gradúen pasarán a enseñar a los campos.
Por lo tanto, el camino es un camino que requiere vocación, que requiere espíritu, pero que se abre una oportunidad por igual para todos los que tengan vocación.
Así la Revolución irá formando a los futuros maestros, y saldrán todos los años 3 000 maestros que habrán pasado, primero por un año en las montañas y por cuatro años de estudios intensos dedicados enteramente a eso.
Así es como se va a desarrollar el programa: 3 000 en 1962; 6 000 estarán ya estudiando en 1963; 9 000 estarán estudiando en 1964 y 12 000 estarán estudiando en 1965. 
Así iremos formando el personal del magisterio. ¿Y no creen ustedes que van a ser todavía mejores maestros que nosotros y más revolucionarios? Sin embargo, esa es la tarea que tenemos que hacer nosotros: preparar mejores maestros que nosotros, mejores políticos que nosotros, mejores técnicos que nosotros.
Muchos hijos de ustedes serán maestros; familiares, compañeros, muchos alumnos de ustedes, serán maestros. Y quién sabe si muchos guajiritos, de esos que los maestros han enseñado en los campos, algún día a su vez volverán a la escuelita a enseñar como maestros.
Y todo esto, unido a las otras escuelas, porque también vamos a formar en la capital — y vamos a aprovecharlo. De los brigadistas vamos a escoger 2 000 para la primera escuela de maestros primarios; se necesitarán de un nivel de 7mo grado, 6to grado incluso, para entrar en el curso de iniciación.
Ya lo saben los brigadistas, los que quieran decidirse a seguir estudiando para maestros, todos los que tengan ya hasta 6to grado, o 7mo grado, incluso los que tengan aprobado el 6to grado y el 7mo grado tienen oportunidad de solicitar una beca para estudiar en esa escuela. Pero necesitamos también formar otros alumnos escogidos entre los becados, que por lo menos tengan aprobado el segundo año de secundaria básica, es decir, que comiencen a estudiar el tercer año de secundaria básica. Necesitamos 1200,  que van a estudiar aquí en la capital, en un curso especial de maestros primarios, cuyo programa va a ser: por la mañana estudiarán en la escuela de maestros primarios; por la tarde estudiarán economía y doctrinas políticas; y por la noche irán a enseñar en las escuelas nocturnas para empleadas del servicio doméstico.
Así que vayan sabiendo lo que necesitamos. Jóvenes que necesitamos: 2 000 brigadistas, con nivel por lo menos de 6to grado o de 7mo grado, para la primera escuela de maestros primarios que comenzará a funcionar en el Escambray; 1 200 muchachas — los otros 2 000 pueden ser muchachos o muchachas, pero para la escuela que vamos a crear en la capital 1 200 muchachas— que tengan aprobado, por lo menos, el segundo año ya de secundaria básica, para estudiar en esa escuela, para recibir cursos especiales por la tarde, para enseñar por la noche; después seguirán estudiando; después podrán estudiar, incluso, en la universidad.
Necesitamos 2 200 muchachos más, unos 2 300, para estudiar idiomas. Vamos a preparar maestros de ruso . Nosotros estudiamos inglés. Muy bien que se estudie inglés, es correcto estudiar inglés, es necesario estudiar inglés, por la gran cantidad de libros, de conocimientos, de adelantos, que se pueden estudiar en ese idioma, por las ventajas y los beneficios que eso ocasiona, por las relaciones con los técnicos de habla inglesa; y, además, porque en el futuro también habrá cambios sociales en los países de habla inglesa y algún día tendremos que hablar en inglés con los revolucionarios norteamericanos.
Pero, además, es indiscutible que la Unión Soviética marcha a la cabeza de la ciencia y de la técnica en el mundo; que los técnicos y los profesores soviéticos se multiplican. Muchos otros países avanzan también, y tendremos que aprender otros idiomas: tendremos que aprender chino, idioma que, desde luego, para nosotros es más difícil.
Pero en los centros de enseñanza secundaria y preuniversitaria, en el futuro debemos estudiar inglés y debemos estudiar ruso. Ahora bien, necesitamos profesores de ruso, ¿cómo los vamos a formar? Pues necesitamos otros 2 300 jóvenes, de ambos sexos, que quieran estudiar ese idioma. El curso por lo menos durará dos años. Nosotros hemos solicitado de la Unión Soviética que nos envíen 100 profesores. Entonces, esos 100 profesores formarán 2 000. Nosotros tenemos que empezar con un poco más de 2 000, pero enseñarán y prepararán 2 000 profesores de ruso. Tienen que ser jóvenes, preferentemente brigadistas, que hayan aprobado por lo menos también hasta el segundo año, hayan aprobado por lo menos el segundo año y quieran estudiar. Entonces ellos estarán en una escuela donde estarán estudiando el idioma y estarán estudiando el año correspondiente; y después se irán a enseñar en los preuniversitarios.
Estos planes naturalmente que pueden ser sometidos a revisiones. El proyecto actualmente es este.
Entonces, después los repartiremos en los preuniversitarios, donde darán clases, pero al mismo tiempo estudiarán ellos en esos preuniversitarios, porque será requisito indispensable que por lo menos logren aprobar el preuniversitario. Es decir, ellos serán profesores de preuniversitario, pero tienen que tener por lo menos aprobada la secundaria básica y el preuniversitario en el futuro, aunque empiecen ahora siendo alumnos de segundo año. Porque, desde luego, hay que escogerlos entre los jóvenes, y pensamos que escogiéndolos entre tercer año ya de la secundaria básica, primero y segundo, estudiantes de preuniversitario y estudiantes de secundaria básica que tengan por lo menos aprobado dos años. De esos jóvenes necesitamos 2 300. Vamos a ir ya divulgando estas cosas, para que los voluntarios para estudiar, fíjense bien, 2 000 de maestros primarios; necesitan tener nivel de 6to grado o de 7mo grado, jóvenes de ambos sexos; 1 200 jóvenes, muchachas, para estudiar maestras primarias, y trabajar en las escuelas nocturnas, quienes deberán tener aprobado por lo menos el segundo año; más 2 300 jóvenes de ambos sexos para estudiar en la escuela de idiomas. En total 5 500 jóvenes, es decir, 5 500 brigadistas con preferencia. Si no alcanzan los brigadistas, entonces buscaremos incluso entre aquellos que no sean brigadistas. Pero, por lo pronto, para ir a la escuela de maestros primarios tienen que haber sido brigadistas, condición inexcusable. Y para las otras, tendrán preferencia 5 500 jóvenes —nosotros esperamos que esos 5 500 aparezcan entre los 100 000 que actualmente están alfabetizando. Dicen que va a haber problema, es decir, que van a venir más. ¡Mejor!
Cuando se pidieron voluntarios para estudiar para maestros de secundaria básica, se presentaron creo que 5 000 o 6 000; hay 2 000 estudiando. Es decir que siempre han respondido cuando se han hecho estas solicitudes.
Aquí falta una parte importante por señalar, que yo sé que es un dolor de cabeza para alguna gente, para mucha gente, y con razón, y es, ¿cuándo empieza el curso? El curso va a empezar no en septiembre, el curso va a empezar en enero.
Nosotros sabemos que para muchas familias esto es un dolor de cabeza, pero los compañeros que están trabajando en la campaña de alfabetización, consideran que es desde todo punto imposible simultanear el inicio del curso con la alfabetización. En primer lugar, porque hay muchos jóvenes, hasta de 6to grado, enseñando, y están incorporados muchos maestros. Ellos entienden que seria desarticular muchos de los centros y de los grupos de alfabetización, porque hay muchos maestros que están con los brigadistas, y que son maestros de enseñanza primaria.
Vamos a continuar la campaña de alfabetización aunque se retrase el curso un poco, y ganar en el próximo curso el tiempo que hayamos perdido en este. Es un sacrificio para muchas familias, porque los muchachos —algunos de ellos— dan bastante dolores de cabeza en la casa. El Ministerio de Educación ha estado pensando en fórmulas para ver qué hace con los muchachos: si organiza algunos centros de trabajo, o diversión, de paseo, de estudio, granjitas infantiles, a ver qué hace por aliviar la situación de las familias con los muchachos. Desde luego, los muchachos, muchos de ellos, van a estar de acuerdo con que las vacaciones se prolonguen un poquito más; en el tiempo de nosotros, no tuvimos esa suerte, nunca tuvimos unas vacaciones tan largas. Pero, bueno, estábamos hablando de que en este tiempo nosotros vamos a perder unos días, pero los vamos a recuperar con creces.
Hay además otra cosa: que el mundo está viviendo en estos momentos una crisis seria. Pocas veces la paz se ha visto tan amenazada por los agresores imperialistas y los guerreristas imperialistas, como en estos momentos. Y de todas maneras, para nuestro país es una seguridad tener esos 100 000 jóvenes en las montañas y en los campos; es, en cierto sentido, una medida de seguridad. Si el mundo se viera envuelto en la Apocalipsis de una guerra atómica, significarían 100 000 jóvenes que están convenientemente distribuidos por todo el país; decenas de miles de maestros también por los campos, decenas de miles de obreros. Y eso en las circunstancias de crisis, de peligro en que está viviendo el mundo — sin alarmar, porque, ¿para qué nos vamos a alarmar con esos problemas?—, significa una medida de seguridad para nuestro país. Y esos problemas son problemas de tipo mundial, cuyas derivaciones, cuyo desenlace, se conocerá, tendrá lugar en los últimos meses del presente año.
Pero no se podría terminar la campaña, y nosotros tenemos que asegurar que la campaña de alfabetización concluya, y que después vengan los cursos de seguimiento. Ya tendremos tiempo de estudiar las medidas futuras, pero, sobre todo, es muy importante que los que se han alfabetizado continúen estudiando. Es posible que en los años futuros siempre movilicemos a algún contingente de brigadistas también, que vuelvan a los lugares donde han estado, que ya será mucho más fácil, porque cada uno conoce su lugar, y debemos mantener la organización de cada una de las brigadas obreras y juveniles, aunque el año que viene ya el curso tendrá que durar más tiempo, pero por lo menos siempre quedarán dos meses en los cuales será posible movilizar, para mantener ese contacto, aparte de todos los medios que se van a emplear para establecer los cursos de seguimiento.
Todo esto que la Revolución ha hecho en materia de educación, ¿significa que nos podemos dar por satisfechos? No. En realidad, se puede decir que estamos empezando. Se han establecido las primeras bases; pero nosotros tenemos mucho que hacer todavía en este campo, y con la marcha de la Revolución seguir revolucionando la enseñanza, seguir ideando nuevos métodos, nuevos procedimientos, de manera que cada fábrica en el porvenir se convierta en una escuela, y cada escuela se convierta en una fábrica, y cada escuelita rural se convierta en un centro de producción. Están todos los planes de las granjas infantiles en los campos, todo el desarrollo de la escuela en el campo y en la ciudad, la formación también de grupos artísticos entre los jóvenes, entre los adultos, para lo cual se están preparando miles de instructores de arte.
Y, en el futuro, tenemos que ir sobre la marcha desarrollando todas las posibilidades de educación en todos los órdenes. Y más próximamente, todavía nos quedan por resolver muchos problemas. Todavía hay niños por las calles, descarriados, que no saben a dónde ir, ni hay sitios donde enviar a esos niños. Están los niños que antes iban a la Beneficencia, y según esas necesidades, se está contemplando un plan, primero, para crear las casas-cuna, a cargo del Ministerio de Salud Pública, para que recoja todos esos niños que antes iban a parar a los tornos de la Beneficencia; y que ahora, a través del Ministerio de Educación, los centros prescolares, los hogares de tránsito, y las granjas infantiles y juveniles para todos esos niños... Un niño transitoriamente descarriado por problemas familiares, puede ir a un hogar de tránsito, y puede después volver a su casa. Si ese niño no tiene a dónde volver, entonces iría, si tiene menos de seis años y más de tres, iría a un centro prescolar del Ministerio de Educación; si tiene más de seis años —siete, ocho, nueve, digamos—, iría a una granja infantil, y después iría a una granja juvenil, donde adquiriría los conocimientos al nivel de la secundaria básica en cuestiones de agricultura.
Es decir que nos falta por completar el sistema mediante el cual todo niño, sin padre, sin familia, tenga garantizada la enseñanza.
Actualmente se han creado otras escuelas, como una escuela que comenzará ya a funcionar esta semana, con capacidad para 500 niños, para los hijos de las familias repatriadas que no tienen casas. Porque hay muchos cubanos, así como hay algunos..., los que son sobornados por el imperialismo y se marchan, así como hay algunos de esos, hay muchos cubanos que tuvieron que marcharse de su país en otros tiempos, porque no tenían trabajo, y que están regresando. A una parte se les ha concedido casas, sobre todo a los que tienen familia más numerosa; otros, no tienen todavía casas.
Y en esa escuela ahora, pues irán los niños de aquellas familias que no tienen casas. Puede ser que, incluso, si hay capacidad se acepte también a los de aquellas familias que han logrado la casa. Pero fundamentalmente tendrán preferencia los hijos de los repatriados que no tienen todavía casas donde residir, y están residiendo en casa de familiares de ellos.
Esa escuela con capacidad de 500 niños, ya comenzará a funcionar esta semana; la elevaremos pronto hasta una capacidad de 1 000 niños. Esa escuela está en Santa María del Mar. Allí tendrán también un programa de siembra de frutales, de lechería, y tendrán algunas tareas que hacer allí. En el futuro, cuando ya no exista ese problema de los repatriados, entonces podrá ser una de las granjas infantiles y juveniles del Ministerio de Educación. Todavía nos quedan muchas cosas por hacer, y nos queda un mundo por delante en el terreno de la educación. Simplemente puede decirse que estamos creando las bases, que estamos empezando la revolución en la educación.
Lo que se ha hecho no es nada con lo que se podrá hacer en el futuro. Y es alentador para todos nosotros saber que la educación ha avanzado tanto, y que la educación tiene tantas perspectivas y tiene tanta importancia. Es que, sin educación, realmente no puede haber Revolución. Y la Revolución alcanzará tanto más avance y tanto más éxito, cuanto más trabaje en el campo de la educación, cuantos más técnicos competentes, hombres, administradores competentes, maestros, técnicos, cuadros revolucionarios, tenga. Y en eso está lo fundamental.
A nosotros nos... bueno, nos llevan algunos técnicos los imperialistas, ¡qué se va a hacer! Se llevan esos técnicos que fueron formados por ellos. Se formaron viendo las películas yanquis, las revistas yanquis, la moda yanqui; cine, televisión yanquis; periódico yanqui, y el radio yanqui, y reaccionario. Estuvieron toda la vida dirigiendo esas cosas, embutiéndose de todas esas cosas. Eran ricos, eran privilegiados, tenían toda una serie de cosas; y sencillamente, esos, esos tienen el cerebro ya completamente averiado, y condicionado por el imperialismo.
Bueno, ¿cómo lo vamos resolver? Haciendo técnicos. Pero, además, trayendo técnicos latinoamericanos (APLAUSOS); porque conforme hay técnicos contrarrevolucionarios aquí, hay muchos técnicos revolucionarios en América Latina, en todos los países, que están sintiendo no poder vivir allí, y no poder ser actores también de una revolución como esta. Y muchos técnicos se ofrecen. Nosotros les recomendamos a los compañeros que traigan técnicos de América Latina. Desde luego, para maestros nosotros estamos recibiendo colaboración de los países socialistas, que nos han brindado muchos técnicos para las universidades, las escuelas tecnológicas, para las fábricas. Pero tenemos una gran cantera también, que es América Latina, para traer médicos latinoamericanos, ingenieros latinoamericanos, arquitectos latinoamericanos, profesores latinoamericanos. Vean qué profesor tan brillante y tan simpático desfiló por aquí.
Y así, hay muchos latinoamericanos revolucionarios, dispuestos a venirnos a ayudar a nosotros. Que el imperialismo se lleve a los mercenarios, que el imperialismo se lleve a los vendidos, que el imperialismo se lleve a los traidores, que el imperialismo se lleve al médico ese que, antes de querer salvar una vida aquí, se quiere ir a fregar platos allá . Que el imperialismo se lleve el médico ese, desalmado, porque, ¿qué pensar de un médico que se va? Sencillamente que es el hombre más desalmado que puede haber nacido, es triste; porque no se iba cuando aquí asesinaban, torturaban, robaban, saqueaban y hacían horrores. ¡Ah!, se van ahora, cuando todos esos males se acabaron en el país. Porque un médico, aunque fuera enemigo de nosotros, su deber, como tal médico, no es ser amigo o enemigo de nosotros, su deber como tal médico no es pensar igual o contra nosotros, ¿desde cuándo era político? Si antes cuando aquí estaba el robo a la orden del día y el crimen, y el saqueo, y el vicio, y la explotación, y el negocio turbio y el lacayismo y la chivatería a la orden del día, a ese médico no le importaba nada de eso, vivía encantado, qué le importaba la bolita, qué le importaba la droga, qué le importaba el contrabando, qué le importaba el crimen, qué le importaba el robo, el saqueo, la mentira, la politiquería, nada de eso le importaba, vivía indiferente. ¡Ah!, ¿y ahora le importa que haya revolución justa? ¿Le importa que se acaben los latifundios, que se acabe aquí la influencia imperialista, que se acabe aquí el dominio imperialista, que se acabe aquí el coloniaje? ¿Ahora es político? No, su misión es curar enfermos, su misión es salvar vidas, piense o no piense igual que nosotros.
Qué pensar del miserable que abandona a sus enfermos, cuando por primera vez hay médicos aquí, y cuando por primera vez hay medicinas para el pueblo sin recomendación, sin un papelito del sargento de barrio ni del jefe de puesto, ni del representante o el senador, porque, ¿a quién le piden un papel de un representante ahora para ir a un hospital y para operarIo? ¿Y a quién le piden un papel de un político aquí para ir a hacerle una radiografía, y menos ahora después que todo el mundo sabe leer y escribir, o va a saber? ¡Ay del que se ponga a estar atendiendo a la gente por recomendación, que a Machadito le iban a llover como dos mil cartas inmediatamente!
Y eso pasó, el que en esas circunstancias abandone hoy a su enfermo, ese, ese es un miserable, a ese no le debemos dar chance nunca más de volver a este país; a esa gente hay que quitarle la ciudadanía, hay que quitarle la ciudadanía porque esa gente algún día va a mendigar aquí, a las puertas de este país que la dejen regresar. Cuando esa gente se indigeste de yankismo y cuando esa gente esté cansada de desprecios y de malos tratos, y cuando esa gente esté cansada de la idiosincrasia de los amos imperialistas, llegará el día en que vengan a tocar aquí todos esos técnicos, a las puertas de este país, ingenieros, arquitectos, médicos, profesores, vendrán a tocar a las puertas de este país, pidiendo que los dejen entrar, y ese es el momento en que nosotros tenemos que ser duros , y yo creo sinceramente, nosotros sugerimos, y somos partidarios, de que seamos duros con esa gente.
Es decir que a esa gente le digamos: “No, ustedes dejaron de ser cubanos hace mucho rato, porque cuando nuestro país estaba luchando contra el extranjero explotador, contra el extranjero agresor, contra el extranjero poderoso, ustedes se fueron a lamerle las botas al amo extranjero poderoso.”“Cuando nuestro pueblo heroicamente se debatía en el frente económico, en el frente político, en el frente militar, y se luchaba contra la incultura, y ponía todas sus reservas de energía moral y material y humana, librando esa histórica batalla, ustedes estaban lamiendo las botas de los imperialistas, y ustedes se fueron con los imperialistas, y ustedes fueron traidores a la patria.” No, cubano no es el que nació aquí, cubano es el que ama este país, cubano es el que lucha por este país, cubano es el que defiende este país.
Quizás nosotros algún día dejemos regresar a los niños, es decir, algún día dejemos regresar a esos niños que hoy se los llevan, porque duele ver cómo una familia reaccionaria de estas les impone a los hijos el camino sin patria, les impone a los hijos el camino de la humillación en el extranjero, les impone a los hijos el triste destino de ser un híbrido social, sin patria aquí y sin patria allá. Y duele pensar que a esos niños inocentes que no tienen culpa, esos niños inocentes que no pueden decidir sobre su destino, les impongan el destino de crecer en tierra extranjera, y les imponen el destino de que el día de mañana miren hacia su país y pregunten qué es su país, que fue su país, y qué hizo su país. Y como su país habrá escrito una página honrosa, y como esa página será cada vez más y más reconocida por todos los pueblos, y como esa página y esa verdad y esa justicia que encierra la Revolución se impondrá cada vez más, qué triste destino el de ese joven que un día mire ese país con gloria, mire a ese país, y piense que sus padres lo arrastraron a la condición de ser un paria, que sus padres lo arrastraron a la condición de ser un hombre sin patria, que sus padres lo arrastraron por ese camino del deshonor, y cuando pregunten por qué, tengan que responderse que porque sus padres eran explotadores, que porque sus padres eran privilegiados, que porque sus padres amasaban fortunas con el trabajo y la sangre del pueblo trabajador de su patria, abandonó su patria y lo arrastró a él a ese camino sin honra, sin gloria, y sin patria. Eso es lo que duele, por eso nosotros el día de mañana quizás seamos benévolos con los que no tienen culpa, pero debemos ser duros, implacablemente duros, en el rechazo de todos aquellos que hoy abandonan a su patria, negándole su servicio, de los que hoy se pasan al enemigo. Porque nosotros sabemos que estas cosas cambiarán. Nosotros sabemos que algún día tendrán que llorar su ceguera, que algún día tendrán que llorar su traición, y que algún día querrán venir aquí. Y es verdad que están llorando, porque nosotros sabemos que los hay ya que lloran. Nosotros sabemos que los hay ya que lloran la estupidez de haberse marchado y que añoran a esta tierra, y nosotros sabemos que la añorarán cada día más, pero regresar el día de mañana, ¡no!
¿Qué van a hacer?, ¿vivir en la casa que le corresponderá a un obrero? ¡No! (EL PUBLICO COREA: “¡No!”) ¿Disfrutar de las riquezas que han creado y crearán nuestros trabajadores? ¡No! (EL PUBLICO COREA: “¡No!”) Ellos no tendrán ese derecho, y ese será el castigo duro, el castigo implacable que recibirán por su traición.
Y no debemos mendigar, no debemos mendigar el regreso de ninguno de esos traidores (EL PUBLICO COREA: “¡No!”), de ninguno de esos técnicos; entendemos que sería una política equivocada. ¡Hagamos técnicos! ¡Invitemos técnicos revolucionarios! ¡Invitemos a hermanos, invitemos a hermanos de la América Latina a trabajar aquí junto a nosotros! Mas no imploremos a los desertores el regreso, no imploremos a los tibios, que las revoluciones no se hacen con desertores; las revoluciones no se hacen con tibios; la historia no se escribe con cobardes ni con traidores ; la historia se escribe y se hace con hombres de pueblo, con hombres y mujeres de corazón entero (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES DE: “¡Fidel, Fidel!”); la historia se escribe con valientes, la historia se escribe con héroes, la historia se escribe con revolucionarios, y la historia la escriben los humildes, la historia la escriben los que trabajan con sus brazos, la historia la escriben los que trabajan honradamente con su inteligencia, la historia la escriben los limpios, la historia la escriben los honrados, la historia la escriben los leales, y las batallas contra la agresión imperialista en el orden económico, en el orden político, la batalla contra la incultura, la batalla contra el retraso, la escriben hombres y mujeres como ustedes.
La historia de la educación, la epopéyica batalla contra el analfabetismo, que trazará pautas en este continente y llenará de prestigio a nuestra patria, es la historia que están escribiendo los hombres y mujeres humildes de nuestra patria; y son los hombres y las mujeres humildes los que llevarán sobre sus hombros ese honor, y los que llevarán sobre su sien esta gloria.
Y así, profesor uruguayo, así nuestro pueblo está escribiendo esa epopeya; ese entusiasmo que usted ve, esa incorporación masiva a una tarea, ese amor a la tarea, esa fiebre de crear, esa fiebre de trabajar, tiene una sola explicación: ¡Es un pueblo en revolución, un pueblo dispuesto a crear su destino! (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES DE: “¡Revolución, Revolución!”)
¡Eso es lo que vence todos los obstáculos!, ¡eso es lo que alfabetiza en solo un año a todos los analfabetos!, ¡eso es lo que educa a más de un millón de cubanos!, ¡eso es lo que vence al imperialismo!, ¡eso es lo que permite que nosotros podamos librar y ganar tantas batallas al mismo tiempo! ¡Eso es lo que explica que un pueblo tenga inagotables fuerzas morales, inagotables energías, inagotables recursos humanos, para hacer lo que está haciendo!, ¡y solo una revolución es capaz de producir este milagro!, ¡y eso es lo que nosotros siempre les estaremos diciendo a los pueblos hermanos de América! ¡Este es el fruto de la Revolución, y solo el árbol de la Revolución puede dar tales frutos!
¡Patria o Muerte!
¡Venceremos!
FIDEL CASTRO RUZ

Fuente: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos

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