julio 10, 2012

Discurso de Fidel Castro en la clausura del Congreso de los Trabajadores de la Construcción, en el Teatro Blanquita (1960)

DISCURSO EN EL ACTO CLAUSURA DEL CONGRESO DE LOS TRABAJADORES DE LA CONSTRUCCION, EN EL TEATRO BLANQUITA
 Fidel Castro
[29 de Mayo de 1960]

― Versión taquigráfica de las oficinas del Primer Ministro ―

Compañeros de la construcción:
Cuando se iba a celebrar en ocasión anterior este congreso, nos había llegado a preocupar la campaña que elementos interesados en desacreditar la Revolución estaban haciendo, en el sentido de que se estaba violando el espíritu democrático de los trabajadores. Aun cuando era posible contrarrestar aquella campaña, se corría el riesgo de que una parte de la ciudadanía quedase confundida por aquellos infundios, es decir, de que no había sido un congreso limpio, cuando uno de los principales objetivos de la Revolución y una de las primeras conquistas de la Revolución, era el restablecimiento de la democracia sindical, la erradicación total de aquellos procedimientos del pasado; cuando era una realidad que la Revolución estaba haciendo todo su esfuerzo por garantizar ese derecho a los trabajadores, tenía que ser muy doloroso para nosotros que pudiese alzarse alguna que otra voz impugnando el espíritu democrático que debe reinar siempre en el seno de las organizaciones obreras.
Y esa meta, que es uno de los galardones más preciados de la Revolución, no podíamos permitir que nadie la pusiera en duda. Se estaba acudiendo a aquella vieja táctica de acusar a la Revolución de aquellos mismos males que la Revolución había erradicado. Por eso, cuando ya estaba a punto de culminar aquel primer congreso, al dirigirse a nosotros un grupo de delegados obreros para expresar que ellos estaban dispuestos a poner todo lo que estaba de su parte para evitar cualquier género de confusión o de conflicto, le pedí a aquel grupo de delegados, que para que no pudiese quedar en la mente de nadie la menor duda, para que nadie se valiera del menor pretexto para impugnar el espíritu democrático de las organizaciones obreras; le pedí, al objeto de poderles tapar de una vez para siempre la boca a los detractores del movimiento obrero, le pedí que repitieran otra vez el congreso, que se echaran sobre sus hombros la tarea de movilizar otra vez todas las asambleas de base, que se echaran otra vez sobre sus hombros muchas horas de trabajo, al objeto de que nadie pudiera impugnarlo, de manera que no quedase el menor pretexto a los enemigos de la Revolución, de manera que nadie pudiese poner jamás en duda que en el movimiento obrero gobiernan las mayorías en el seno de los trabajadores. Y ellos se echaron sobre sus hombros esa tarea.
Era pedirle algo duro a un grupo de trabajadores, era pedirles a los que venían realizando un arduo trabajo que de nuevo volviesen a repetir aquel trabajo. Y sin embargo, ellos aceptaron aquel consejo y se fueron gustosamente de nuevo a trabajar a la base. Y, así, de nuevo, se efectuaron las asambleas y se eligieron a los delegados.  Participaron todos los que habían sido nombrados por los trabajadores, y se efectuó este congreso sin que nadie —¡absolutamente nadie!— haya podido hacer la menor impugnación.
La Revolución prefirió recargar el trabajo de los dirigentes obreros, a que pudiese quedar la menor duda en el ánimo de la ciudadanía.  Y así, al clausurarse este congreso, nadie podrá hacer la menor impugnación, nadie podrá pararse a decir que no ha sido un congreso democrático.  Nuestra preocupación porque el prestigio de la clase obrera y el prestigio de las organizaciones obreras se mantengan a toda costa, fue lo que nos llevó a repetir este congreso para poder decir ahora nosotros, frente a los detractores de la Revolución, que hoy ha concluido uno de los congresos obreros más emocionantes de cuantos hemos tenido hasta ahora.
Hoy podemos proclamar que los trabajadores de la construcción han elegido a su federación, que esos dirigentes cuentan con el respaldo de los trabajadores. Y algo más: que terminada la elección, los delegados que habían pugnado en el seno del congreso se estrecharon las manos y se unieron ejemplarmente, como corresponde hacerlo a los trabajadores. Y entendemos que esa es una gran victoria, entendemos que esa es la verdadera victoria de los trabajadores, no la victoria de unos delegados sobre otros delegados, sino una victoria de la clase obrera, una victoria de los obreros de la construcción. ¿Por qué lo más importante es ese apretón de manos que se dieron los delegados que habían contendido en el congreso? Sencillamente, porque los trabajadores pertenecen a una clase: pertenecen a la clase sufrida, pertenecen a la clase que ha llevado sobre sí el peso de la producción y, sin embargo, no fue la que cosechó los frutos; los trabajadores pertenecen a una clase, cuya fuerza está en la unión.
Los enemigos de la Revolución deben ir a buscar sus aliados allá entre aquellos sectores que hayan sido afectados por las leyes revolucionarias; los enemigos de la Revolución deben buscar sus aliados entre los egoístas, entre los explotadores, entre los esbirros, entre los mercenarios que se ponen al servicio del extranjero; los enemigos de la Revolución no tienen que venir a buscar aliados en la clase obrera; los enemigos de la Revolución, los que quieren implantar de nuevo la explotación, los que quieren implantar de nuevo el latifundio, los que quieren implantar de nuevo el sometimiento de los intereses del país a intereses extranjeros; los que quieren implantar de nuevo el sometimiento de los intereses de la nación y del pueblo a sus intereses particulares, los que quieren volver al pasado, no tendrán nunca que venir a buscar nada en el seno de la clase que ha recibido, está recibiendo y recibirá los mayores beneficios de la Revolución; como no tienen que buscar nada entre los campesinos que han recibido su tierra .  Y por eso, cuando haya un trabajador confundido, nuestro deber es orientarlo, cuando haya un trabajador que no comprenda los problemas de la Revolución, nuestro deber es explicárselo; cuando haya un trabajador que no tenga conciencia revolucionaria, nuestro deber es hacerle conciencia revolucionaria.  Difícil sería hacerle conciencia revolucionaria a un gran terrateniente; difícil sería hacerle conciencia revolucionaria a un usurero, a un garrotero, a un explotador cualquiera del pueblo, pero no podrá ser jamás difícil hacerle conciencia revolucionaria a un obrero, a un campesino, a un hombre humilde del pueblo que no ha explotado jamás a nadie, sino que, por el contrario, ha sido siempre el explotado.
Los trabajadores todos son los aliados naturales de la Revolución; de las filas de los trabajadores tiene la Revolución que extraer a los mejores combatientes. Y nadie debe olvidarse la influencia que durante tantos años estuvieron ejerciendo esos intereses sobre nuestros trabajadores, la influencia que a través de la prensa, a través del cine, a través de la propaganda, a través de todos los medios posibles de divulgación estuvieron haciendo sobre los trabajadores. Porque, sencillamente, esa era una de las armas principales que usaban para mantenerlos confundidos, para mantenerlos divididos, para debilitar la fuerza de la clase, la tremenda fuerza de la clase, esa fuerza que de manera tan patente quedó evidenciada el 1ro de Mayo; esa técnica de que hablábamos ese día de dividir a la gran masa del pueblo, de dividirla por todos los medios posibles, para poder así mantener sobre ella el imperio de sus intereses. Y no hay que olvidar que la clase obrera ha sido, durante largos años, víctima de esa influencia, víctima de una serie de prejuicios, y una serie de conceptos falsos que le estuvieron inculcando por todos los medios, a fin de mantenerla dividida, debilitada, y sin conciencia revolucionaria.
Y quizás en uno de los órdenes en que la Revolución ha avanzado más es en la tarea de crear conciencia revolucionaria en el pueblo y, sobre todo, crear conciencia revolucionaria entre los trabajadores.
Con muchos medios contaban esos intereses para dividir al obrero. Y así, por ejemplo, llegábamos a un central azucarero y nos encontrábamos con que había un grupo de empleados a quienes se les pagaba sueldos altos, muy altos, les hacían su barrio, sus casas, sus clubes, y, en fin, podían contar con todas las comodidades materiales, mientras en un rincón de aquel mismo central azucarero, había otros sitios, otras residencias, las cuarterías, los barracones y los bohíos más humildes, donde vivía la parte mayoritaria de los obreros.  Y así, en cualquier lugar, al lado de aquellas zonas residenciales, con áreas verdes, escuelas y campos deportivos, de un grupo de empleados o de obreros, estaban los barrios misérrimos de los trabajadores.
Es decir, a unos se les pagaba bien, se les pagaba altos sueldos, mientras la inmensa mayoría estaba viviendo en las peores condiciones. Y eso, naturalmente, producía una división, producía una separación entre un grupo de obreros o empleados que estaban bajo la influencia de los dirigentes de aquella compañía, ese sector que en la hora de la Revolución es un sector que puede vacilar, porque fueron los más beneficiados, mientras los otros eran los más sacrificados.  Mediante ese procedimiento debilitaban la fuerza del pueblo, y trataban de contar con un grupo que velara por sus intereses, que se pusiera al lado de ellos en cualquier caso de pugna con los trabajadores.
Y así, hemos visto casos de compañías extranjeras que eran las que más practicaban esta táctica, las que seguían una política, en determinados servicios, de salarios muy altos, seguían una política de privilegios para determinados sectores y que en realidad no lo estaban pagando las compañías, lo estaba pagando el pueblo, ya que al consumir aquel producto, bien sea un servicio determinado, o un artículo determinado, todo lo que aumentaba el costo de producción de aquel servicio o de aquel artículo, lo estaban pagando los consumidores, lo estaban pagando ustedes, lo estaban pagando los sectores que tenían ingresos más bajos.
Y así, a costa del pueblo, había empresas que trataban, mediante ciertos privilegios, de dividir una vez más a los trabajadores.  Y por eso, en la experiencia que nos ha dado la Revolución, hemos podido observar una gran realidad, y es que el espíritu revolucionario es mayor mientras más humildes han sido los sectores de que se trata. Eso no quiere decir que no se pueda ser revolucionario cuando se tiene un ingreso alto. Y hay, efectivamente, revolucionarios en todos los sectores, hay revolucionarios en los niveles de altos ingresos, e incluso se encuentran revolucionarios en niveles más altos, y hasta por excepción se encuentra algún caso de revolucionario en sectores de ingresos altísimos, pero el espíritu revolucionario crece o disminuye según se vaya a los sectores más humildes o se vaya a los sectores nacionales de más altos ingresos. ¿Por qué? Porque los ingresos no los determinaba el gobierno, los ingresos no se determinaban de acuerdo con un principio; los ingresos de cada sector y lo que cada sector tenía que pagar, es decir, lo que el pueblo tenía que pagar por cada servicio, no lo determinaba el gobierno, lo determinaban intereses particulares.
Y en aquella lucha entre los intereses de los trabajadores y los intereses de los patronos, no hacía ningún sacrificio un patrón cuando aceptaba una demanda de la producción de un servicio o un artículo determinado, y al otro día el pueblo estaba pagando ese servicio o ese artículo a un precio mayor. No había ni siquiera la menor idea de un sistema racional de ingresos y de costos, pero siempre que se producía en un sector de altos ingresos una mejora en determinados artículos y servicios, se producía inmediatamente un aumento en el costo.
Eso, en casi todos los productos, o por lo menos es una regla sin excepción en la mayor parte de los productos, sobre todo aquellos que son de consumo del pueblo. Porque si se trata de un producto que sea un artículo de lujo que no está al alcance del pueblo, al pueblo no lo afecta un aumento en el costo de la producción de ese servicio o de ese artículo, pero cuando se trata de un artículo de consumo del pueblo, lo primero que tenemos que considerar es que hay muchos sectores ganando todavía 80 pesos, 90 pesos, 100 pesos, 120 pesos, que son los que van al mercado, o van a las tiendas, o reciben esos servicios, que cada vez que se aumenta su costo es sobre ellos que cae el peso de la carga .  Y a los trabajadores hay que enseñarlos a pensar como clase, hay que enseñarlos a pensar como trabajador y no como sector; a los trabajadores hay que enseñarlos a pensar no solo en los obreros de su sector, sino en los obreros de otros sectores; hay que enseñarlos a pensar ahora, también, no solo en los obreros que están trabajando, sino en los obreros que están sin trabajo. Porque la batalla por sectores nunca sería una batalla revolucionaria, la batalla por sectores sería una batalla más bien egoísta, sería más bien una batalla economista; la batalla, para que sea una batalla revolucionaria en el orden económico, hay que librarla por la clase y hay que librarla por todos los que todavía no han ingresado en la producción, los que en este momento, debido a la falta de desarrollo económico de nuestro país, no tienen trabajo. ¡Esa sí es una batalla revolucionaria!
A los trabajadores hay que explicarles los problemas fundamentales de la economía; a los trabajadores nadie les explicaba antes los problemas de la economía, porque explicarle al obrero los problemas de la economía era descubrir las grandes ganancias, era descubrir la explotación.  Y por eso al trabajador no se le explicaban estos problemas. Y cuando leían en los periódicos tradicionales alguna alusión a los problemas económicos, eran explicaciones en un lenguaje que no las entendía nadie, y encaminadas solo a justificar el estado de explotación existente.
La Revolución tiene que explicarles a los trabajadores los problemas económicos para que ningún trabajador ignore las realidades económicas de la nación, las realidades económicas de la producción, los medios correctos para elevar el estándar de vida del pueblo. A cada trabajador hay que arrancarlo de la ignorancia, ya que la Revolución no tiene nada que ocultarle a ningún trabajador, sino por el contrario, la tarea de la Revolución es enseñar al pueblo, enseñar a los trabajadores, que han entrado en una nueva etapa, que han entrado en una nueva vida, en una economía que hoy no está sometida a las decisiones anárquicas de intereses particulares, sino de una economía cuya trayectoria la dirige el Gobierno Revolucionario, y el Gobierno Revolucionario está consciente de todas las medidas que debe tomar, está consciente de todos los pasos que toma y que debe tomar.
Hay veces que se producen todavía algunas impaciencias, algunas incomprensiones, pero es bueno que nosotros reiteremos que los hombres del Gobierno Revolucionario no descansan, que constantemente están estudiando estos problemas, que constantemente están esforzándose por hallar nuevas y mejores soluciones, ya que es absolutamente imposible resolver en breve espacio de tiempo los problemas, que son muy complejos, de la economía de un país.
Por eso el interés de que los obreros conozcan, el interés de que los obreros se eduquen en todos estos problemas, porque con eso cada obrero que antes no podía entender en medio de la maraña de intereses, que antes no podía comprender los problemas económicos porque se los ocultaban, ahora, en su casa, en su trabajo, en cualquier sitio, él sepa lo que está pasando, él conozca la entraña de los problemas, él comprenda las soluciones que se dan, y sea capaz de comprender las mejores medidas que deben tomarse para que la marcha ascendente en la economía del país pueda adquirir el ritmo que conduzca cuanto antes a un beneficio mayor para todo el pueblo.
Y eso es una realidad que debemos todos comprender, para comprender lo que decía anteriormente de que no debe olvidarse que la clase obrera estuvo durante muchos años sometida a esa influencia, a esa confusión, a esa ignorancia, a esa propaganda interesada, que no tenía más propósito que mantener el imperio de los intereses y los privilegios. Y que, por tanto, cada obrero debe estar consciente de que otro obrero es uno como él, que si no entiende los problemas, hay que explicárselos; que si no tiene conciencia revolucionaria, hay que hacérsela; que si no está de lleno con la Revolución, ¡hay que conquistarlo para la Revolución! Porque si la Revolución no lo conquista, la contrarrevolución tratará de conquistarlo. Y que se vayan solo aquellos que sean absolutamente incapaces de comprenderla, que por egoísmo, por ausencia total de sensibilidad o de inteligencia, o por estar demasiado corrompidos, sean incapaces de comprender la Revolución; que se vayan solo las excepciones, esas excepciones inevitables, pero que con la Revolución esté siempre la inmensa mayoría, ya que si un latifundista se vuelve contrarrevolucionario eso, en realidad, no extrañaría a nadie, pero lo que sí es verdaderamente doloroso es el caso de un obrero, el de un explotado de siempre, un ignorado de siempre, un hombre a quien en todos los órdenes se le haya hecho daño, que se le haya mantenido relegado, ignorado y hasta despreciado a veces, se vaya a poner al lado de los intereses extranjeros, o de los mercenarios, o de los egoístas, o de los explotadores, ¡cuyas fortunas las han hecho a costa del sudor y hasta de la sangre de los trabajadores!  
Por eso un obrero es siempre un obrero, un obrero es siempre un hermano. Y el obrero que por cualquier causa esté confundido, puede llegar a ser un buen revolucionario si comprende la Revolución, puede ser un buen combatiente de la Revolución, y puede hasta llegar a ser un héroe de la Revolución.
La Revolución tiene que luchar no solo porque todos los obreros y los campesinos estén en sus filas, sino que tiene que luchar incluso en otros niveles sociales; tiene que luchar, incluso, en aquellos sectores de la clase media de pocos ingresos; tiene que tratar de atraer a sus filas a la mayor parte de aquellos sectores que están más próximos a la clase obrera y a los campesinos; tiene que ganarse a los trabajadores intelectuales; tiene que ganarse al mayor número de profesionales posible, y tiene que ganarse para la Revolución al mayor número posible de aquellas familias de otros sectores que sean capaces de comprender que la Revolución tiene razón, que lo que la Revolución está haciendo es justo, que lo que la Revolución está haciendo es correcto, para que la contrarrevolución se lleve solo a aquellos que son irremediables, para que la contrarrevolución se lleve a aquellos que son irreconciliables con la Revolución, para que cuando tengamos que luchar, para que si en algún momento somos agredidos, del lado de nuestros enemigos haya el menor número de cubanos posible, para que, si la patria es agredida, ¡al lado de la Revolución combata y esté dispuesta a morir la mayor parte del pueblo cubano!  
Cuando llegue la hora de combatir, necesitamos al mayor número de brazos, necesitamos el mayor número de luchadores, necesitamos muchos servicios, necesitamos que los enemigos sean los menos posibles, y los compañeros sean los más posibles; necesitamos impedir que la contrarrevolución gane prosélitos, y los revolucionarios no podemos ser nunca proselitistas de la contrarrevolución.  Por eso nosotros siempre somos duros con los errores. A veces hemos dicho que de haber distribuido bien el número de adversarios que la Revolución tenía de todas maneras que ganarse, si hubiéramos hecho un reparto bien hecho de personas perjudicadas, habríamos podido haber hecho mucho más de lo que hemos hecho y tendríamos menos enemigos. Desde luego que las cuestiones de Estado no se pueden realizar como se puede realizar una operación matemática. Pero con eso queremos decir que hay un número de adversarios inevitables, que hay un número de afectados inevitables. Por cada medida justa que la Revolución toma, y ese número cualquiera lo conoce perfectamente bien, casi se podía hacer un cálculo estadístico de los adversarios o enemigos que una revolución como la nuestra necesariamente tiene que ganarse.  Y ustedes son testigos de la historia de este proceso, desde el primer día hasta hoy; el número de los que estaban con la Revolución el primer día y el número de los del primer día que ya no están hoy con la Revolución. ¿Y quiénes son?  
Fueron, sencillamente, personas afectadas en sus privilegios y en sus intereses. Y la Revolución no debe vacilar nunca cuando se trata de afectar un privilegio o cuando se trata de afectar un interés antisocial, nunca debe vacilar, y la Revolución en eso nunca vacilará.  Pero, en definitiva, los usufructuarios de esos intereses no son tantos. A veces puede ocurrir, incluso, que un sector humilde resulte afectado por una ley revolucionaria. Se daban, por ejemplo, casos de campesinos que tenían pequeñas parcelas de tierra, pero que, además, tenían otro con un pedacito dentro de su parcela.  Viene la ley agraria y lo afecta. He ahí el caso de un pequeño posesionario afectado por una ley revolucionaria. A veces se da el caso de que lo afecta porque se toma una medida en pro del interés nacional, como es, por ejemplo, una medida de suprimir las importaciones de lujo, una medida de control de cambio para ahorrar recursos con qué industrializar el país e invertir correctamente los recursos de la nación y puede afectar a un sector obrero; un sector, por ejemplo, que trabaje o haya estado trabajando en esas importaciones y que tenga dificultades mientras el gobierno le resuelve la situación. Se puede dar el caso de algunos daños transitorios también en el sector que carga la mercancía; puede darse el caso de que los obreros portuarios sean afectados en determinado tipo de artículos que no vamos a importar, sino que vamos a producir aquí. Pero eso es, sencillamente transitorio, porque en la misma medida en que se aumente el volumen de nuestro comercio internacional, esos sectores también serán beneficiados.
El gobierno no echará al olvido los problemas de ningún sector. Y constantemente nuestros funcionarios están haciendo algún esfuerzo por resolver el problema de algún sector obrero afectado por las inevitables medidas de la Revolución, bien sean los obreros gastronómicos, por ejemplo, los cuales al desaparecer aquella corriente turística, que era sobre todo de un turismo que venía a Cuba a los centros de juego y que la Revolución necesariamente tenía que ponerle un límite; o, sin ir más lejos, el caso de esos centros, hoteles, cuyo costo se mantenía principalmente debido a un número de funcionarios que iban a jugar allí, funcionarios del gobierno que iban allí a jugarse miles de pesos todas las noches, con lo cual, unido a determinados turistas inclinados al juego, hacían posible el mantenimiento de ese centro de trabajo; o esos mismos centros afectados por la campaña que hacen nuestros enemigos en el exterior, por las campañas que se hacen para evitar que vengan turistas. Y nos encontramos esos hoteles, que eran hoteles para millonarios, para turistas de muy altos ingresos, que pagaban 20 o 30 pesos y que ya no vienen, y que, por lo tanto, nos crea un problema en un sector, un problema que es inevitable, porque para haberlo podido evitar era preciso que no se hubiera tomado ninguna medida revolucionaria, era preciso que el país siguiera entregado a intereses extranjeros, era preciso que no se afectasen en lo absoluto los grandes latifundios de las compañías extranjeras, era preciso que no se tomara una sola medida contra esas empresas de servicios públicos. Y en fin, era preciso continuar doblegados a esos intereses para evitar esas campañas que lesionan la corriente turística. Y así, he ahí un sector en parte, una parte del sector, aquellos que trabajaban en esos hoteles o en aquellos centros de diversión, afectados por una medida revolucionaria.
En esos casos, tengan seguridad, y nunca se impaciente ningún obrero, porque el gobierno no echará al olvido los problemas de ningún sector.
A veces puede ocurrir que haya alguna lentitud, a veces puede ocurrir alguna demora, pero eso no quiere decir olvido; eso quiere decir que la Revolución ha tenido, en estos primeros tiempos, un gran trabajo, que los hombres de la Revolución han tenido que hacer un gran esfuerzo, y que no siempre encuentran inmediatamente la solución a los problemas. Pero lo que sí puede afirmar el Gobierno Revolucionario es que todos aquellos sectores obreros que por alguna razón han sufrido un perjuicio indirectamente por las medidas revolucionarias estarán siempre en el primer lugar de nuestras preocupaciones.  Y eso ocurre en las revoluciones. Por un lado puede ocurrir en sectores que aumenten considerablemente, sectores textiles, por ejemplo, por las textilerías que se abren o las fábricas que han tenido que producir 24 horas, y se ha producido, en efecto, un aumento considerable del volumen de empleo. Sin embargo, se da el caso de que algunos —aunque sean pocos esos sectores— sean afectados por la Revolución.
Les decíamos que hay cosas que son inevitables y que pueden ser dolorosas, pero, como inevitables en toda revolución, no son las que deben preocuparnos. Sí deben preocuparnos aquellas cosas que son evitables. Puedo poner un ejemplo: un funcionario que maltrata a alguien, que sea brusco, que sea despótico con algún hombre del pueblo, es decir, aquellos errores y aquellos daños que se hacen sin necesidad y sin razón. A veces uno se encuentra con que un funcionario ha hecho la gran chapucería; a veces uno se encuentra con que un funcionario de buenas a primeras triplicó el costo de algo, de buenas a primeras comenzó a situar empleados que eran innecesarios, y entonces tiene que venir el gobierno a rectificar, y tiene que poner las cosas en su lugar, y se encuentra de repente con un grupo de 50, 60 o 100 personas, a las que ha tenido que perjudicar. Y las ha tenido que perjudicar sin necesidad, porque ese funcionario no debía haber cometido ese error. Eso es lo que nosotros llamamos casos de personas afectadas sin necesidad, personas que pueden sentirse ofendidas o heridas por la Revolución, ya que todo el mundo no tiene el mismo grado de conciencia revolucionaria o no ha tenido oportunidad de adquirirla; casos de personas que pueden estar resentidas con la Revolución, sin culpa de la Revolución.
He hablado de estos ejemplos para ilustrar sencillamente el punto de vista de que debemos tratar de ganar para la Revolución a todos los obreros; debemos tratar de ganar para la Revolución el mayor número de revolucionarios, el mayor número de combatientes. Los inevitables, ¡qué se va a hacer! La Revolución nunca dejará de tomar una medida justa por temor a afectar intereses; la Revolución siempre tomará las medidas que sean necesarias.  Pero la Revolución, en la misma medida, debe preocuparse por ganar amigos, sobre todo por ganar a aquellos que han recibido beneficios de la Revolución por todos conceptos, a los que la Revolución en nada ha perjudicado.  Ese debe ser un esfuerzo de todos.
Hemos conocido quienes han actuado después del triunfo de la Revolución con el criterio de los hijos de los millonarios, que tienen máquina, tienen de todo, tienen todo el dinero que han necesitado y, en un momento dado, esa fortuna que no les costó absolutamente nada, ni siquiera inventar cómo explotar a nadie para ganársela, se dedican a dilapidarla. Así había funcionarios aquí que después del triunfo de la Revolución, con un caudal tan extraordinario de respaldo de pueblo, un caudal tan extraordinario de opinión pública, vieron ese respaldo, vieron esa opinión —que quizás ningún esfuerzo les costó contar con ella—, y entonces se dedican a dilapidarlos: aquí hieren a uno, allá hieren a otro, allí siquitrillan a otro sin necesidad de siquitrillarlo, y allá ofenden a otro. ¿Resultado? Un señor que no hizo nada por contar con ese respaldo de opinión, que fue una opinión ganada a base de esfuerzo, de lucha, de actuar correctamente; un señor que le dejó a la Revolución un saldo de 40 enemigos, o de 50 o de 60 él solo, sin necesidad.  Y eso es bueno que lo tengamos presente; no ustedes. En este caso estamos hablando para todo el pueblo; los revolucionarios todos debemos preocuparnos por ganar y no por dilapidar respaldo de pueblo y de opinión; debemos esforzarnos por hacer conciencia, cada vez más conciencia revolucionaria, a fin de que la Revolución cuente cada vez con más fuerza.
Y eso, sobre todo, en el seno de los trabajadores. Porque no hay razón, salvo que sea un caso incorregible, para que un obrero no se ponga del lado de la Revolución. De ahí nuestra felicitación más sincera a los contendientes del congreso, nuestra felicitación más sincera por ese apretón de manos, para que todos, absolutamente, se unan junto a la nueva dirección, junto al sector de la construcción, para trabajar por la Revolución, para que todos se asimilen al proceso revolucionario, para que todos marchen juntos. En definitiva, hoy los cargos no significan sino sacrificio; hoy es más difícil, hoy es mucho menos cómodo ser líder obrero que antes, porque antes el dirigente obrero siempre tenía una batalla que librar; era correcto que los dirigentes obreros estuviesen siempre tratando de lograr una parte de los beneficios que iban a parar a manos particulares, para cumplir no fines sociales, sino fines de intereses determinados. Hoy, en nuestro país, todo el capital tiene que cumplir una función social, hasta el capital que meten en el banco los señores dueños de alguna industria, porque ese capital ni se puede gastar en lo que quieran ni se lo pueden llevar del país , ni siquiera lo pueden prestar a su antojo.
Antes se llevaban el dinero del país, y el obrero, con toda razón, luchaba por arrebatarles una parte del dinero que se llevaban. Antes lo invertían en lo que querían. Hoy sale del país el dinero que se permite salir para cubrir las necesidades nacionales. Si se quiere ampliar una fábrica, el gobierno lo autoriza o no lo autoriza; si se quiere poner una fábrica que no es tan imprescindible como otra fábrica, el gobierno no autoriza, sencillamente, gastos superfluos o innecesarios; y, además, el capital que hay en la nación es capital que el Gobierno Revolucionario cuenta con él para la industrialización del país. Y lo moviliza a través de sus organismos de crédito; lo utiliza y lo moviliza a través de sus planes de inversión, a través de sus planes de obra. Por eso, cuanto peso se ahorra, es un peso que se invierte en algo; cuanto peso se ahorra de la producción nacional, es un peso que se invierte en algo. Y del total, el total de esos pesos, es el total de dinero con que cuenta la nación. Y lo que se puede prestar está determinado, y lo que se puede prestar tiene sus límites para cada sector agrícola o cada sector industrial. Es decir que el Gobierno Revolucionario controla la economía del país, el Gobierno Revolucionario es el que decide en qué se deben invertir los recursos del país.
Y el Gobierno Revolucionario no tiene más que una preocupación: elevar el estándar de vida del pueblo, dar empleo a todo el que no tenga empleo, en primer lugar. Y eso nadie discutiría que es lo más justo como primera consigna.  Si alguien está ganando 250 o 300 pesos, ¿es justo que su preocupación sea ganar 350, mientras hay otros que no ganan un centavo? Lo justo es que vayamos a resolver el problema a ese obrero o a ese hijo de obrero, porque precisamente los que están sin trabajar, ¿quiénes son? ¿Los hijos de los latifundistas? No. ¿Los hijos de los ricos?  No. ¿Los hijos de los industriales? No.  Los que están sin trabajo son los hijos de los trabajadores, los hijos de las familias humildes.  Y por eso la primera preocupación de todo trabajador debe ser la de ese obrero o ese joven hijo de familia obrera que está sin trabajo.  Y esa es la primera preocupación de la Revolución.
Y después, cuando todos esos brazos estén trabajando —que la producción será, lógicamente, mayor, porque cada vez que se pone un hombre nuevo a producir se está incrementando la producción total del país—, en la misma medida en que se aumente la producción total del país, podremos contar con recursos para invertir más o para repartir más. Y nuestra política no es solo la de ahorrar para invertir más. No. Hemos seguido una política de ahorrar más, pero sin olvidar toda posibilidad de mejorar el estándar de vida del pueblo. No quiere decirse que el mejoramiento se estanque. No. El mejoramiento no se estanca; tendrá etapas, como estas primeras etapas, en que será más lento, porque no es correcto repartir lo que hay que invertir para resolver el problema de los que no tienen trabajo, pero siempre le iremos dando una parte proporcional al pueblo.
Y así, cuando se invierte, por ejemplo, en hospitales, se está mejorando la situación del pueblo; cuando se invierte en escuelas, como esa gigantesca escuela que estamos haciendo en Ciudad Libertad, estamos mejorando el estándar de vida del pueblo. ¿Por qué? Porque allí van a ir a estudiar 8 000 o 10 000 hijos de familias humildes. ¿Y dónde van a estudiar? Pues en un centro escolar que será uno de los mejores centros de América, donde tendrán sus maestros de acuerdo con el número de alumnos, y donde el maestro puede enseñar en las mejores condiciones; tendrán los mejores libros, tendrán todo el material necesario, tendrán los campos deportivos. Y tendrán una educación que si se fuera a pagar, si un obrero fuera a pagarla, un obrero que, por ejemplo, tenga allí tres hijos en esos centros —que son centros de internado y que son las ciudades escolares urbanas, no las rurales; en las rurales sí viven allí, porque también van a cultivar la tierra y van a producir sus alimentos, en las urbanas van a ir allí a recibir las clases—; si ese obrero que, por ejemplo, vive en la zona de Marianao y manda tres hijos a estudiar allí fuera a pagarlo, le costaría ese servicio 20 o 30 pesos por cada hijo, si lo fuera a pagar en un colegio particular. ¿Qué quiere decir esto? Que un obrero que puede mandar tres hijos a uno de estos centros, está incrementando el estándar de vida de su familia en 60 pesos o en 90 pesos.  No es un dinero que pase por sus manos, pero es un servicio que van a recibir sus hijos, es un servicio que cuando se analiza su valor, es como si se hubiera recibido ese dinero y se pagara ese servicio.
Si lo que cuesta adaptar esa ciudad escolar en vez de invertirlo en esa obra lo hubiésemos repartido, por ejemplo, aumentando 50 centavos más el jornal, y no hubiésemos hecho esa obra, ello querría decir que allí no estarían trabajando ahora 1 200 obreros, que no se habría hecho la obra, que se le habrían repartido 50 centavos más, pero ni habría habido empleo para 1 200, ni 10 000 familias —familias humildes de trabajadores— iban a recibir el servicio que van a recibir con esa inversión en ciudad escolar .
Y lo mismo ocurre con todas las demás ciudades escolares, las ciudades escolares urbanas, los antiguos cuarteles, donde van a estudiar en las mejores condiciones —en las mejores condiciones a que pueda aspirarse— 50 000 hijos de familias humildes.
Es decir que decenas de miles de familias, aun cuando fuera igual su ingreso, ya están recibiendo un beneficio que equivale a un aumento del estándar de vida; es decir que cada inversión en escuelas, en hospitales, en playas, en todos esos centros donde el pueblo hoy recibe beneficios que antes no recibía...  Porque, ¿qué obrero podía antes ir a bañarse a la playa del Mégano? ¿Qué obrero podía un sábado o un domingo por la tarde, y por 20 centavos que vale la taquilla, disponer de esos beneficios que antes eran beneficios de millonarios?
Es decir que un obrero va hoy a una playa... Antes para ir a la playa había que ser rico, para entrar allí, si lo dejaban entrar.  Si a ese mismo obrero que hoy va con sus hijos a la playa un domingo por la tarde, se le hubiese ocurrido ir a la playa con sus hijos hace tres años, o hace 10 años, se habría encontrado con una posta, con un guardajurado que le habría dicho: “Usted no puede pasar, porque aquí nada más pueden pasar las 80 familias que viven ahí, que han hecho sus casas, muy bonitas, mirando al mar; las 80 familias que, además de esta casa, tienen otra casa más grande todavía allá, en tal lugar de La Habana; y como esto es playa de veraneo para esas familias, ni usted ni sus hijos pueden venir aquí; sí pueden venir los hijos de aquellas familias afortunadas, esos pueden venir y pasear; ¡sus hijos que se vayan a bañar al Malecón!” Y teníamos el caso insólito de que, ancho como es el mar, inmenso como es el mar, el mar era de unos cuantos; y a pesar de todos los millones de millas cuadradas, el mar era solo de unos cuantos.
Eso hasta parecía una cosa natural. Quien contemplaba eso sentía esa sensación de infelicidad que se siente frente a la pobreza, frente a aquellos bienes que unos tienen al alcance de sus manos y otros no tienen; esa vaga sensación de tristeza, de sufrimiento que viene de atrás, y que perdura por decenios, puede perdurar por mucho tiempo, porque en cierto sentido han acostumbrado al pueblo a su impotencia. Y teníamos ese caso insólito de que algunos no querían que otro se le bañara cerca.  Y a pesar de que hemos hecho 28 playas públicas, y que se llenan, todavía no hemos oído a nadie decir que no pudo bañarse porque chocaba con el otro (RISAS Y APLAUSOS). Es decir que el mar alcanzaba, la arena alcanzaba, el sol alcanzaba, el aire alcanzaba, alcanzaba para todos, y sin embargo era solo de unos cuantos.
Y a través de todas esas obras que han dado empleo, y que además han mejorado el estándar de vida de todos, en estas primeras etapas, a través de esas obras, y de otras obras —he puesto este ejemplo, sencillamente, para que se comprenda bien—, el gobierno, que pudo haber aumentado los salarios de los que estaban trabajando, no hizo eso, sino que invirtió el dinero en todas esas obras, aumentando el empleo, dándole oportunidad a ese obrero que trabajó allí, al mismo tiempo que aumentaba el estándar de vida del resto del pueblo.
Porque hay muchos servicios que antes no tenía el pueblo. No solo tenía salarios escasos, sino que carecía de servicios como el de escuelas, hospitales, centros de diversión y centros de preparación.
En fin, que la política correcta, cualquiera lo entiende, es que en esta etapa nosotros con lo que contamos, tenemos no que repartirlo, sino que invertirlo. Y ya llegará un momento en que todos estén trabajando y tengamos mucho más recursos que hoy, y que no solamente podamos mejorar el estándar de vida a través de todos esos servicios, sino también a través de los ingresos que por concepto de salarios reciban las familias. Llegará esa oportunidad. Y para que llegue pronto, no tenemos sino que hacer las cosas bien, no tenemos sino que apurarnos en el trabajo, mejorar el trabajo.
Y todas las perspectivas son de que lograremos eso pronto, de que tenemos asegurado un gran porvenir en nuestro país, porque se han juntado las condiciones de un gran pueblo y de una gran naturaleza. Es decir que tenemos por delante todo lo que queramos hacer, tenemos por delante todo lo que queramos conquistar, y no depende nada más que de nuestro esfuerzo y de saber defender esta obra.  Dos premisas: trabajar y saber defender lo que estamos haciendo.
Luego, esto es una cosa clara, y lo estamos haciendo con nuestros recursos. Hemos dicho que vamos a ahorrar para invertir. Claro, otros pensaban, en otros tiempos, que era más cómodo traer a los extranjeros con su plata, para que se hicieran dueños de nuestros recursos. No.  Nosotros ahorramos lo nuestro y somos dueños de lo nuestro, para no dejarles como herencia a las generaciones venideras las batallas que nosotros estamos librando hoy, la lucha que estamos librando hoy, para dejarles a las generaciones venideras una patria distinta. ¡Y nos sentimos orgullosos de librar esta batalla —no queremos posponerla para otros—, nos sentimos orgullosos de que sea esta generación la que esté librando esta lucha! ¡Y a esa honrosa tarea no renunciamos, a ese honor no renunciamos!  Y conscientes de que el honor de esta lucha implica sacrificios, debemos estar dispuestos a los sacrificios que sean necesarios.
En definitiva es claro, clarísimo, que marchamos hacia un porvenir mejor. Y por eso nos sentimos satisfechos de lo que estamos haciendo, y nos sentimos esperanzados en lo que vamos a lograr.  Y por esa razón es que decía que hoy ser líder obrero es más duro que ayer, porque antes un líder tenía una tarea sencilla:  la tarea de arrebatar algo para que no se lo llevaran para afuera, algo que iba a servir intereses, y hoy esa no es la tarea. Y la palabra más bonita era aquella que se pronunciaba desde una tribuna demandando algo: una reducción en el trabajo, un aumento de los ingresos. Y esa era la palabra más fácil y más sencilla, y era, por tanto, más fácil ser líder. Ahora el líder no es el que viene a pedir, no es el que viene a agitar una demanda; ahora tiene el líder el papel duro de pararse en una tribuna a decir: “Demanda no; ¡aumento de la producción, aumento de esfuerzos!”; ahora tiene la ingrata tarea de pedir esfuerzo, la ingrata tarea de orientar la actitud correcta, porque corre el riesgo de que no lo entiendan, corre el riesgo de que surja un demagogo pronunciando la palabra más simpática, y tiene él que defender la postura correcta, y ya no puede ser líder porque agite conquistas económicas con olvido de los grandes deberes con la patria y con la Revolución. Y tiene que ser líder porque exprese la palabra correcta y pronuncie la consigna revolucionaria, porque sepa orientar, porque sepa escoger esa posición, que no es la más simpática, pero sí la más correcta. Aunque en la misma medida en que se despierte la conciencia revolucionaria de los trabajadores, en la misma medida en que la mente de los obreros se abra a la luz de los conocimientos de las realidades económicas, será más grata la tarea de los líderes y será más agradable el papel de los líderes.  Ahora no, todavía no, porque todavía no comprenden todos estos problemas, todavía no están al alcance de todos. Y un líder ahora, que sea líder honesto, que sea líder revolucionario verdadero, tiene que afrontar la incomprensión de los que no entiendan todavía las cosas de la Revolución.
Por eso cuando se discuta un cargo, que se discuta por su espíritu de sacrificio, que se discuta ese honor como un verdadero honor de representar un papel honesto, aunque sea duro. Y así, llegará el momento en que cada vez haya menos pugnas, llegará el momento en que cada vez haya menos lucha en el seno de una organización, porque se irán destacando los que tengan más vocación para la dirección y se irá haciendo cada vez más sólido el respaldo de la masa obrera, no al demagogo, no al inconsciente que señala el camino fácil, aunque sea el camino de la perdición, sino al verdadero revolucionario, al que da la consigna honesta y pronuncia la palabra que a la larga sea la que mejores frutos prometa para la clase obrera y para la patria. Y así, el deber ahora es estrechar filas dentro del sector, luchar todos porque el camino es claro, porque la tarea que tenemos por delante es clara. Y ese esfuerzo nos debe unir a todos.  Abrirle los brazos a todo el que quiera estrechar filas dentro de la Revolución, es decir, a todo el que sea un trabajador honesto, a todo el que sea un obrero capaz de comprender toda la grandeza de este proceso.
Habrá en muchos lugares del mundo —sobre todo de este continente—, millones de obreros, miles de dirigentes que estarán añorando este escenario que hoy tiene la clase obrera cubana; estarán deseando, darían su vida por la oportunidad que hoy tienen los obreros y los revolucionarios cubanos. Y esa oportunidad no puede perderse; quien hoy tenga una oportunidad de luchar, debe tener conciencia de que es un obrero a quien la Revolución le ha dado la oportunidad de jugar un rol que millones de obreros en toda la América estarían deseando poder jugar.  Esa oportunidad única que en medio de este continente se le brinda a un dirigente o se le brinda a un obrero, debemos saber apreciarla en todo su valor y estrechar filas, que es lo único honesto, redoblar el esfuerzo en la siembra de conciencias, que es lo más necesario. Y así, aunque algunos hayan desertado de las filas de la Revolución, aunque hayamos tenido los casos de los que se han marchado de nuestro país para unirse al extranjero, aunque por un lado se hayan apartado de la Revolución aquellos afectados inevitablemente, aquellos intereses y privilegios afectados inevitablemente por la Revolución, nadie podría discutir que ahora hay más revolucionarios que hace un año, porque hay más conciencia que hace un año.  Hay más hombres que están hoy en disposición de hacer lo que hace un año no hubieran estado dispuestos a hacer, porque hace un año era una euforia del triunfo, la alegría de quitarse de encima todo aquello; hoy es la compenetración con una obra, la vinculación con una obra que se está haciendo; hoy es la comprensión de las grandes verdades de un proceso como este, lo que hace que haya muchos más hombres y mujeres dispuestos a luchar por la Revolución, es decir, muchos más verdaderos revolucionarios de los que había hace un año.  Eso, porque hay más conciencia y cada día habrá más revolucionarios. Y cuando sean revolucionarios todos los que puedan ser revolucionarios, entonces que cada revolucionario trate de ser mejor de lo que es.
Ustedes pertenecen a un sector de los más esforzados, de los que tienen el trabajo más duro, de los que no pueden saber dónde van a trabajar el próximo año, a qué distancia de la familia, en qué tipo de obra, porque ustedes pertenecen a ese sector que tiene que estar trabajando en todas partes y que tiene que trabajar bajo el sol, y que tiene que trabajar bajo el sol en un país tropical.  Nuestra simpatía por los trabajadores de la construcción está inspirada sobre todo en esa realidad del tipo de obrero que tiene que realizar faenas duras, del tipo de obrero que tiene que trabajar rudamente, y del tipo de obrero que tanto ha creado.  Porque todo lo que se divisa sobre nuestra tierra, cuanta carretera o camino, cuanto puente o calle, o acueducto, o alcantarillado, cuanto edificio de cemento, o de ladrillo, o de hormigón, o de madera, se divisa sobre nuestra tierra; cuanto pueblo hay en nuestro país, cuanta casa hay en nuestro país, cuanta edificación hay en nuestro país, la ha construido un sector: el sector de las construcciones. Un albañil, o un carpintero, o un electricista, o un plomero, o un peón de obras.
Es decir que los brazos de los obreros de la construcción han hecho todas esas maravillas que impresionan al visitante; han hecho todas esas carreteras, han hecho todos esos edificios, han hecho todos esos repartos de ricos, han hecho todas esas residencias de millonarios. Todo cuanto se vislumbra en una ciudad lo han hecho ustedes con sus brazos. Y para tener una idea de lo que han trabajado, baste decir que el total de los bienes inmuebles de la capital de la república asciende a 2 000 millones de pesos; y sin embargo, ¡los que han edificado esta gigantesca ciudad, los que han edificado esas construcciones monumentales, los que han hecho todas las casas, todos los repartos, no tienen casas! ¡Qué paradoja, qué paradoja! ¡Los que han construido todas las casas, no tienen casas; los que han construido casas para las familias no tienen casas para sus familiares; los que han trabajado para que los hijos de otros tengan casas, no tienen casas para sus hijos; los que saben hacer casas, no tienen casas!  Esas son las grandes paradojas del mundo en que vivimos: “¡En casa del herrero, cuchillo de palo!” Los que hicieron las avenidas y los jardines, los que pusieron ladrillo por ladrillo, o piedra por piedra de cada construcción, los que hicieron mansiones, edificios y casas, toda la vida trabajando, ellos sin casas. ¿Cómo es posible o concebible que los obreros de la construcción tengan que vivir en una cuartería, o en un cuartico, con todos sus hijos, si ellos son los que han construido el techo para los demás? ¿Y por qué no tenían casas? ¿Por qué no podían comprarse una casa, o por qué ni siquiera tenían con qué construir una casa?  Otros obtenían dinero prestado y se hacían su casa y la pagaban, pero a un obrero de la construcción nadie le prestaba nada; a un obrero de la construcción le pagaban lo que le pagaban y tenía que vivir en un rincón.
Por eso, desde hace un tiempo veníamos con la idea de darle un poco más de lógica a la situación esta de que estamos hablando. Es decir que desde hace tiempo nos preguntábamos esto y nos planteábamos esto: ¿Cómo es posible —nos preguntábamos cuando visitábamos, por ejemplo, las construcciones que se están haciendo al otro lado de la bahía—, cómo es posible que con la capacidad y la fuerza de trabajo de tantos obreros, estos obreros no tengan casa? Y desde aquella ocasión veníamos con esa idea, hasta que en días recientes, vísperas del congreso, hablábamos con un grupo de trabajadores de Ciudad Libertad, y les estábamos planteando este problema, que fue recogido en el seno del congreso, y ya convencidos de que se podía hacer un esfuerzo y que se debía hacer un esfuerzo, nos propusimos aunar algunas voluntades y hasta incluso buscar el lugar donde debe hacerse la primera ciudad de los obreros de la construcción.
Y ninguna oportunidad mejor que esta, ninguna oportunidad mejor que esta en que se cierra el congreso, en que tenemos ya el sector en condiciones de iniciar una tarea como esta, ninguna oportunidad mejor para plantearlo. Y vamos a empezar por los obreros de la capital, en consideración a que es más cara la vivienda y a que es el punto donde hay más escasez, es decir que vamos a empezar el ensayo por aquí. Y en la misma medida en que vayamos observando cómo, qué resultados se logran, podremos ir extendiéndolo a aquellos sitios donde haya mayores necesidades.
En el futuro tendremos que resolver el problema de saber quiénes son los obreros de la construcción. Una de las causas de la situación económica de estos obreros es que ha sido el sector que se ha tomado para resolver los problemas de desempleo. Eso, cuando no había un plan económico, cuando no había un plan agrícola y un plan de industrialización, pero ya vamos teniendo necesidad de saber cuántos son y quiénes son los obreros de la construcción , el número de albañiles, el número de carpinteros, en fin, de todos los obreros calificados e incluso los no calificados. De manera que en el futuro, si en algún momento se va a aumentar el empleo de acuerdo con cualquier plan, estén en prioridad todos los que estén considerados en las listas de obreros de la construcción, por provincias, de manera que nosotros sepamos qué capacidad de empleo tenemos en los distintos organismos del Estado, y qué gastos debemos hacer y en qué obras, para resolver el problema de los obreros de la construcción. Mientras que si todo el mundo es obrero de la construcción y nadie sabe, en realidad, quiénes son y cuántos son, nunca se podrá hacer un programa en cuanto a inversiones para dar empleo.
En ciertos tipos de obras, como ciudades escolares rurales, viviendas campesinas, donde los obreros de la construcción van los sábados y los domingos a ayudar en muchos sitios, pues nosotros podemos poner rebeldes, podemos poner jóvenes de las brigadas a hacer esos trabajos, que no desplazan a nadie. Es decir que no son obras del ministerio, del INAV, sino que son obras en las que se extraen los fondos de los propios intereses económicos de los cooperativistas; o en obras como esas de las ciudades escolares rurales, que no contando con todos los fondos requeridos, tenemos que poner a los soldados a hacerlas. Pero están las obras del Estado, es decir, del ministerio, las obras del INAV, las obras relacionadas con la industria, con las cuales podemos hacer un verdadero programa y para lo cual, y para mayor bienestar y seguridad de los obreros de la construcción, es necesario que vayamos definiendo quiénes son y cuántos son.
De esta manera podemos ir haciendo también un programa en los distintos sitios de la isla, para que los obreros de la construcción se hagan sus casas. ¿Puede un obrero de la construcción, al precio actual de una casa, adquirir una casa? Bueno, todos no podrán. Aun cuando todos pudieran, al ritmo que se construye, de acuerdo con los recursos que tenemos en el INAV, pues es un número muy reducido el que podría obtener las viviendas y tendría que pagar 35 o 30 pesos, pero, que, desde luego, tendría que pagar toda la casa. En cambio, si ustedes son los que saben construir, si ustedes son los que construyen todo, ustedes tienen algo por lo cual no tendrían que pagar. Los que adquieren una casa del INAV tienen que pagar el material, tienen que pagar el trabajo de los que saben hacer las casas. Dos cosas se necesitan para hacer una casa: material y brazos; es decir, una cantidad de dinero, y el resto lo tienen ustedes; en una casa de 5 000 o 6 000 pesos, pues una parte considerable es mano de obra. Luego, para que un obrero de la construcción tenga casa, hay que prestarle mucho menos de lo que se les presta a algunas familias que estén dedicadas a otro sector de la producción. Al obrero de la construcción se le resuelve con mucho menos, no hay que prestarle todo el valor de la casa, ni tiene que pagar todo el valor de la casa; al obrero de la construcción hay que prestarle el material, para que los obreros de la construcción construyan sus casas.
Pero no puede tratarse de una casa aislada. Un obrero solo él haciéndolo todo, pues puede ser que no pudiera hacerla, porque tiene distintas tareas la casa.  Hay que hacerlo con organización.  Y lo primero que hay que hacer es abrir en la federación un libro de registro donde vayan a inscribirse todos los obreros de la construcción que quieran acogerse a este proyecto, para que en la federación seleccionen entre los que se presenten, los más necesitados, porque si alguien tiene resuelto el problema mejor que otro que tenga más hijos y esté viviendo en peores condiciones, debe dársele preferencia, entre los dos que quieran trabajar, al que esté más necesitado.
Y podemos empezar con la primera ciudad de las construcciones, o de los constructores.
Sobre esta base, el Ministerio de Obras Públicas facilita la dirección técnica y los proyectos; además, puede facilitar otra cosa, podemos ir obteniendo otra cosa: que facilite los equipos. El INAV facilita o concede los créditos sobre el material de la construcción, en vez de conceder el crédito sobre la casa completa, como se hace con todas las que ustedes están construyendo; en el caso de ustedes les concede el crédito sobre el material.  Y la tierra... bueno, como la tierra no es precisamente lo más costoso, y el precio de la tierra subía mucho con la especulación, o por las obras que se hacían, y esas las van a hacer ustedes, el trabajo lo van a hacer ustedes, la urbanización la van a hacer ustedes, y la tierra en sí aumenta su valor con el trabajo, e incluso si una tierra en la ciudad vale más es porque ustedes construyeron las otras casas, que están al lado.  Luego, por tratarse de una verdad, y de que ustedes son los que han aumentado el valor de esas tierras, el gobierno les puede dar la tierra.
Y para empezar a trabajar, ya tenemos una parcela que tiene varias caballerías de extensión (RISAS Y APLAUSOS), con tan buena suerte que está situada en un lugar privilegiado y era de un señor “recuperado”: son los terrenos situados frente al Hospital Nacional, entre la Nueva Habana y la avenida de Santa Catalina, es decir, en una zona equidistante. Preguntándoles a los obreros que trabajaban en Ciudad Libertad, algunos vivían por El Cotorro, otros vivían por Guanabacoa... Es decir que ese obrero, cuando la obra es próxima, no tiene que viajar mucho; cuando es en Marianao tiene que viajar de un extremo a otro. Y esa zona va a quedar en esta situación: tiene, en primer lugar, la ventaja del hospital infantil al lado; al lado del hospital infantil, tienen el Hospital Nacional; hacia la ciudad, tienen la Ciudad Deportiva próxima; y del otro lado de la avenida de Rancho Boyeros tiene otra obra, donde otros cubanos van a hacer también su esfuerzo: la ciudad universitaria. Es decir que contarán con un terreno situado —y no hay otro en toda la ciudad mejor situado que aquel— para construir allí el barrio más bonito de la capital.
El Ministerio de Obras Públicas va a trazar los proyectos; tiene que quedar mejor que Miramar y que todos esos barrios; es decir que hay que trazarle las avenidas, las áreas verdes, el centro escolar tiene que estar situado convenientemente, y todas las cosas que necesiten.  No estaría de más que se organizara un buen tren de lavado, que perteneciera a la ciudad, para que ni siquiera tuvieran que estar colgando las ropas de un balcón a otro. Y en fin, ustedes bien organizados allí, con sus familias, con sus hijos, tendrían de todo, incluyendo su mercado; tendrían allí todas esas instalaciones, una sociedad de recreos... En fin, todas las cosas que se necesiten para vivir y disfrutar de todas las comodidades que se pueden lograr con el trabajo honrado y creador.
Eso significará un aumento de la riqueza del país, porque al aportar ustedes los brazos, ese pueblo tendrá un valor mucho mayor de lo que se gaste en él. ¿Qué día trabajarían los obreros de la construcción en su pueblo? Pues trabajarían los sábados y los domingos; si hay un número grande y tienen que dividir, pueden poner un turno después de las 5:00 de la tarde el viernes; y van turnándose para los días de finales de semana, y se pueden trabajar 30 horas todas las semanas. Y con el entusiasmo con que ustedes van a trabajar, con la mano de obra de que van a disponer, el pueblo puede avanzar rápidamente; y si logran incluir en el plan un buen número de carpinteros, de muebles y de instalaciones en la casa, que ellos también tengan su casita, pero que hagan los muebles, y que el INAV de crédito también para la madera.
De esa manera, cuando esté terminado el pueblo, ustedes tendrán que pagar solamente el material, en un plazo como el que se concede para las casas del INAV, solo que les saldrá mucho menos a ustedes de lo que haya que pagar por cualquier casa cuyo costo ha sido de 6 000 o 7 000 pesos.  Y vamos a ver si rompemos un récord en costo de construcción por metro, a ver cómo nos cuesta el metro en la ciudad de la construcción. Lo que sí es seguro que ustedes tienen conocimientos y técnica suficiente para que el barrio de ustedes sea el más bonito de La Habana, y no ocurra aquello... (ALGUIEN ENTREGA UNA NOTA AL DOCTOR CASTRO). Aquí hay un mensaje que dice: “Fidel, el instituto preuniversitario se ofrece para ayudar a la construcción de la ciudad de los obreros de la construcción”.
(LEE NOTA: “Fidel, se le brinda un tintorero para el reparto de la construcción, Tomás Pérez Martínez.”)
Al lado van a tener de vecinos a los estudiantes, que van a trabajar en la construcción de la ciudad universitaria; pero los estudiantes no entienden mucho de construcción, y ustedes les van a tener que dar una manito allí cuando ellos estén construyendo la ciudad universitaria. A cambio de ello, los estudiantes seguramente que los van a ayudar a ustedes, y los estudiantes de ingeniería y de arquitectura seguramente que los van a ayudar a ustedes y de que ustedes, a su vez, los podrán ayudar.  Tendremos un año, o año y medio, o dos años de trabajo, pero eso será premiado con creces, porque después quedarán los frutos.
¡Imagínense que se hubiera hecho esto hace veinte años! Pues todos los muchachos de ustedes estarían jugando por aquellos parques, estarían yendo a la escuela cerquita de la casa, y estarían ustedes viviendo en magníficas condiciones. Pero eso no se hizo, y había que empezar alguna vez a hacerlo; y ahora empezamos.  En par de años ya veremos los frutos. Estoy seguro de que todo el pueblo los va a querer ayudar, porque ustedes han ayudado a todo el pueblo; ustedes les han hecho la casa a todos los demás, y todo el pueblo está de acuerdo en que ustedes deben tener su casa, para eso son obreros de la construcción.
(LEE NOTA: “Fidel, los concreteros se ofrecen a trabajar de noche, en turnos especiales, echando concreto”, APLAUSOS).
Pero no solo son necesarias las cosas enunciadas, como es la definición y las listas de los obreros de la construcción, el plan del pueblo, sino que conversando con el compañero Sardá, secretario general de la federación , me exponía la idea de hacer una escuela para capacitación, porque le explicaba el caso de un obrero de la construcción que habiendo nosotros ideado el plan de los albergues para estudiantes de familias humildes que vamos a becar, teníamos necesidad de continuar un edificio en la calle Línea que estaba por la mitad del camino —llevaba más de un año parado, era un edificio recuperado— y decidimos terminarlo para albergar estudiantes becados, y se nos ocurrió ir a otro edificio, porque cuando estábamos conversando con los obreros apareció un obrero que era jefe de estructura, capataz de estructura, o director de estructura, como le llaman ellos...
(LEE NOTAS: “Los graniteros hacemos los pisos de granito...” “Los obreros de la construcción también ayudaremos a los universitarios para construir la universidad ‘José Antonio Echevarría’” “Los constructores civiles de artes y oficios se ofrecen para trabajar, ‘Patria o Muerte’”.  “Fidel, yo, un compañero desocupado, me ofrezco para trabajar noche y día. Vivo en la calle”. “Escuela técnica de Rancho Boyeros, se ofrecen también.” “El Sindicato de Instrumentistas de Cuba, consciente de lo que significa para nuestro sector el que nos construyamos nuestra gran ciudad de la construcción, pone de manifiesto lo siguiente: Que tan pronto como sea señalado el lugar donde se levantará nuestra ciudad, comenzaremos a hacer los estudios y proyectos para la urbanización de la misma, y que pondremos tantos compañeros como hagan falta para lograr lo más rápido posible este gran anhelo de nuestra clase trabajadora”.
Y entonces, estábamos explicando que teníamos que terminar un edificio, y se nos ocurrió llamar a ese obrero; le preguntamos si él se creía capaz de organizar a los demás capataces. El era capataz de estructura, y necesitaba los otros dos; de cabilla, uno... ¿Cuáles son los otros dos?  Carpintería y cabilleros...  Sí, eran los tres. Yo le pregunté si él no podía controlar a los otros y dirigir el trabajo. Ya estaban los planos; es decir que existían los planos de la obra.  Le pregunté si él se creía capaz de hacerlo, e inmediatamente él dijo que sí; lo encargamos de reunir el personal y de hacer el trabajo. No sé si ustedes habrán observado la rapidez con que ese edificio, de H y Línea, tiene ya como siete pisos más, y de esto apenas hace dos meses.  Ese obrero  ha demostrado una gran responsabilidad, una extraordinaria capacidad, comprende a sus compañeros, no ha surgido allí el menor problema, y ha sido un éxito completo responsabilizarlo con ese trabajo. Y él me explicaba, Sardá me explicaba la conveniencia de organizar una escuela para capacitar obreros de la construcción, para preparar el personal capacitado.  Y como entendemos que es una gran idea donde se pueden formar técnicos de los que dirigen las obras, no solo a aprender a trabajar, sino a tratar a los obreros, el trato humano, los problemas de los costos y de los rendimientos, vamos a facilitarle a la federación los recursos para establecer las escuelas que sean necesarias, para el personal capacitado de la construcción.
Aquí hay distintos ofrecimientos, uno de ellos: “Los electricistas seremos los primeros preparando los tendidos para trabajar de noche”. “Los carpinteros en blanco se ofrecen para hacer puertas y ventanas”. “Los estudiantes se ofrecen para ayudar a trazar los planos de la unidad de construcción”. “Los obreros del Instituto Cubano del Petróleo se ofrecen para dar gas a la ciudad de la planta de Puentes Grandes.”
Así que, por lo que ven, contamos ya con casi todo lo necesario.
“Albañiles de Güira de Melena ayudarán a estos compañeros de La Habana, ya que es la primera de la nación”.  “Mozaístas se ofrecen a hacer los pisos los sábados y domingos, gratis”.  “Sindicato de plomeros se une a esta gran obra.”
Ahora, lo que tenemos que hacer es empezar.  Se me había olvidado que tenemos que hablar con el comisionado de La Habana para que él de los materiales del centro escolar, del gran centro escolar que hay que hacer allí, donde vayan a estudiar los hijos de ustedes.
Entendemos que, como todas las obras de la Revolución, esta obra se llevaría adelante exitosamente.  Y ganaremos todos, ganará todo el pueblo. Cuando los obreros de la construcción tengan asegurado su trabajo, su techo, esté más clasificado el personal que trabaja en la construcción, más garantizado el empleo, estoy seguro de que los rendimientos en todas las obras serán mayores.
Esto es de los obreros fabricantes de bloques de ladrillo y cemento: “Fabricarán estos a menos costo”.
Tenemos que luchar por el aumento del rendimiento. ¿Por qué? Porque también tenemos que hacerles las casas a los demás obreros; y si las casas se las hacemos caras, se las tenemos que cobrar caras. Si se puede lograr el rendimiento mayor, pues debemos lograrlo, porque el INAV va a preocuparse, de acuerdo con las instrucciones del gobierno, con preferencia, de los obreros de más bajos ingresos. Es decir, si nosotros no podemos hacer más que 10 000 o 15 000 casas al año, y esas casas se dan con extraordinarias facilidades, incluso, hay que pagar los intereses de los bonos, hay que pagar los intereses de los certificados de ahorro, que quiere decir que en 5 000 pesos hay que pagar el doble, que ganan el 7,5% de intereses de los certificados de ahorro; una casa que cuesta 6 000, que la van a pagar en 20 años, el Estado paga los intereses de ese préstamo que se hace a través de los certificados de ahorro, y si el INAV no les cobra intereses a los que ganan menos de 150 pesos, y cobra el 1% a los que ganan de 150 a 200, es decir que se aporta un gran beneficio y no se cobran intereses. Lo justo es que las casas se concedan con preferencia a las familias de menos ingresos. Y por eso esas casas que ustedes están construyendo van a pertenecer a familias humildes, que van a tener que pagar lo que cuesta la casa; y por eso hay que abandonar aquella vieja preocupación de que “si termino pronto se me acaba el trabajo”.  Cuando logremos coordinar con la federación, los organismos del Estado, terminando un trabajo se empieza otro, y lo que se ahorre en una obra se invierte en otra, que es lo que le conviene al país. Y en las casas y en las obras que ustedes estén haciendo, recuerden que las paga el pueblo, recuerden que son los recursos del pueblo; que ustedes saben la lucha que llevamos adelante por hacer obras de administración, es decir, el Gobierno Revolucionario propugna la obra por administración, frente al criterio de los que quieren las obras por contrata.  ¿Y saben ustedes cuál es el argumento de los que propugnan los contratistas, los que abogan por las obras por contrata? ¿Saben cuál es el argumento? Que cuesta menos. Y entonces, nosotros nos hacemos esta pregunta: ¿Cuesta menos por qué? ¿Por qué tiene que costar menos, si debe ser todo lo contrario, si la que debe costar menos es la obra por administración y los márgenes que un contratista reciba sean márgenes que se ahorre la nación para invertir en nuevas obras?    Y cuando se le pregunta a un contratista, opinan ellos que como se trata de su interés, ellos exigen más y ahorran más. Si eso fuera así es porque habría algún fallo que hay que arreglar.  ¿Por qué el contratista tiene que preocuparse más en ahorrar que el funcionario del Gobierno Revolucionario? El funcionario del Gobierno Revolucionario debe preocuparse más que el contratista por ahorrar, porque si no, no es revolucionario. ¿O es que acaso los hombres solo son capaces de cumplir con el deber en función del oro que se echan de más en el bolsillo? ¡Si eso fuera así, los peores ministros serían los de este gobierno, porque son los ministros que menos sueldo han ganado nunca, y ministros que no se echan ningún oro en el bolsillo! Si solo la ganancia fuera el estímulo de la conducta humana, habrían sido mejores ministros los que robaban o los que ganaban grandes sueldos; si fuese cierto eso de que solo el interés egoísta pueda ser el móvil de la conducta humana, no habría existido hoy revolución, porque los hombres que cayeron en los campos de batalla no cobraban sueldo, los hombres que dieron su vida por esta Revolución, no lo hacían por el móvil de obtener una ganancia; y los hombres que han llevado adelante la Revolución con toda honestidad, no se habrían enfrentado nunca a los grandes señores del oro, como se han enfrentado los hombres de la Revolución, y habría podido más el oro que el ideal, ¡pero la propia Revolución demuestra que el ideal puede mucho más que el oro!  
Si el oro pudiera mucho más que el ideal, los grandes intereses extranjeros nos habrían barrido del mapa; si el oro pudiera más que el ideal, la patria estaría perdida, porque oro es lo que se les sobra a nuestros enemigos para comprar conciencia. Y sin embargo, ¡todo el oro de nuestros enemigos no alcanza para comprar la conciencia de un revolucionario!  
Luego, un funcionario revolucionario tiene que velar más por el costo de la obra que cualquier particular, porque a ese funcionario revolucionario lo debe mover un ideal, y lo mueve un ideal si es verdaderamente revolucionario, mientras que al otro lo mueve el interés. Y en cuanto al obrero, ¿por qué ha de rendir más un obrero para nutrir las ganancias de un particular? ¿Por qué ha de rendir más cuando se le está vigilando? ¿Es que acaso un obrero es un esclavo? Los que tal piensan tienen del obrero el concepto de que el obrero es un esclavo, que cuando se le agita trabaja más, que cuando tiene alguien que le exige trabaja más, como un esclavo, y que en cambio sea incapaz de trabajar más cuando, aunque no lo vigile nadie, está trabajando por su bienestar, está trabajando para ahorrar más y tener más trabajo, y para rendir más en beneficio de los demás trabajadores que van a disfrutar de los beneficios de su trabajo.
Por eso nosotros esperamos que, en la misma medida en que mejore la organización de los organismos del Estado y mejore la organización de los trabajadores, podamos lograr rendimientos mayores, podamos lograr técnicas mejores, porque cada peso que se ahorre en una obra del gobierno, es peso que se va a invertir en otra obra; cada peso que se ahorre será más trabajo para los propios obreros de la construcción, y más riquezas para el pueblo.
Luego, hay que luchar por aumentar el rendimiento dentro de las posibilidades, y así podremos ir logrando distintas mejoras. A veces, cuando hemos sabido que en alguna obra se le soltó un poco la mano al jefe de aquella obra, y empezó a poner un aguatero por cada seis que están trabajando, o por cada 10, nosotros hemos preguntado: ¿Un aguatero por cada diez? ¿Y no sería mejor poner un refresquero por cada cuarenta, y que hasta le llevara limonada fría al obrero que está trabajando en vez de gastar...?  Porque cuando se hacen los cálculos de lo que hay que gastar de azúcar y de limón, para hacer refrescos o para hacer café, es menos de lo que hay que gastar pagando un aguatero cada siete o cada ocho. Y el obrero recibiría un beneficio y se sentiría estimulado a un mejor rendimiento. Luego, habrá muchas cosas que vayamos mejorando.
Hay grandes dificultades. Ustedes saben antes cómo se construía, nadie se preocupaba por los costos, todo el mundo trataba de robar, y hasta se estableció una indiferencia completa por las obras del gobierno. Y así se acostumbró todo el mundo a ver cómo se robaban el dinero; no le podía dar frío ni calor el problema de los costos. Ahora sí tiene que preocuparnos a todos el problema de los costos, y hay que luchar contra esa mentalidad vieja, ¡hay que luchar contra esa mentalidad que no acaba de comprender que un obrero es un obrero y que un obrero merece toda la consideración y el respeto! ¡Hay que luchar contra esa mentalidad de los que miran al obrero como si fuera un enemigo, de los que miran al obrero y no lo tratan con todo el calor humano y fraternal con que hay que tratar a cada trabajador! Porque cuando un jefe de una obra, que es también un obrero de la nación, que es un trabajador intelectual, se siente solidarizado con los obreros, quiere a los obreros y en todos los actos les expresa ese cariño, los obreros corresponden a ese afecto y corresponden a ese trato, porque tanto uno como otro, están cumpliendo con su obligación, tanto uno como otro están produciendo.  Y no estamos ya en esos tiempos en que se construía en favor de intereses particulares; se construye en favor de los intereses del pueblo.  Y todos, desde el ministro o desde la directora del instituto hasta el obrero que trabaja de peón, ¡todos están trabajando, todos son trabajadores que en una forma o en otra están contribuyendo en la producción! Luego, ¡todos son iguales, nadie tiene que sentirse superior a nadie, nadie tiene que despreciar a nadie!  Y esa conciencia es la que queremos hacer.
Buen funcionario no es, desde luego, el que no exige a los demás que cumplan su deber; un buen funcionario exige. El problema no está en exigir o no exigir; el problema está en el trato, el problema está en el respeto, el problema está en el cariño que debe existir entre todos, entre los técnicos y los que están realizando otro tipo de tarea. No es un problema de exigir, exigir debemos exigir todos, y en primer lugar, nosotros mismos debemos exigirnos a nosotros mismos; el problema es un problema de relación, de relación entre los que hacen un tipo de trabajo y otro tipo de trabajo.
Por eso nos emocionó tanto este acto en la tarde de hoy, en que la directora de un organismo importante del Estado y que está realizando grandes trabajos, llamara aquí a dos obreros y hablara en los términos en que se expresó; porque nada puede revelar mejor lo que es esta Revolución, ya que solo nosotros hemos sido los privilegiados que hemos tenido la oportunidad de ver ese gesto con un trabajador, y ese gesto de los trabajadores que quiere decir, sobre todo, que un trabajador merece respeto como el que más, que un trabajador merece todas las consideraciones, y que en un gobierno revolucionario los ministros y los trabajadores, los más altos funcionarios y los trabajadores se sienten situados en ese plano de confraternidad y comprensión humana que hará que las injusticias desaparezcan, porque ante ejemplos como ese, ante enseñanzas como esa, ¡iremos aprendiendo los cubanos a abolir ese espíritu aristocrático y despótico con que en los tiempos pasados unos cubanos les amargaban la vida a los demás!    Porque todos somos acreedores al mismo respeto, todos somos acreedores a la misma consideración y al mismo cariño, todos necesitamos del afecto de los demás, todos necesitamos de la comprensión de los demás. Y si algún día logramos, como lo lograremos, hacer prevalecer ese espíritu, habremos alcanzado el anhelo de vivir en un mundo donde, realmente, se cumplan las viejas aspiraciones de la humanidad, la aspiración, que tantas veces se ha pregonado, de que los hombres todos tienen los mismos derechos, de que los hombres todos tienen los mismos deberes, de que los hombres nos sintamos libres. No solo libres de la opresión en que hemos vivido, sino libres de otras tantas pequeñeces que tiranizan a los hombres, de otros tantos prejuicios que tiranizan a los hombres, ya que la lucha por la liberación del hombre no es la lucha contra una sola tiranía, es la lucha contra muchas tiranías.
¡Tiranía es el prejuicio racial, tiranía son todos los prejuicios, tiranía son todos los orgullos, tiranía son todos los sentimientos de superioridad social sobre los demás! ¡Tiranía es la mentira, tiranía es la incultura y el oscurantismo! ¡Tiranía no era una sola! ¡Tiranía, tanto como la tiranía sangrienta de Batista, era el hambre! ¡Tiranía es el desempleo, contra el cual tenemos que luchar!  ¡Tiranía es la del dolor que en tantos órdenes ha tenido que estar padeciendo el hombre y contra el cual estamos luchando! La primera, para empezar, la tiranía política; y, después, la batalla contra todas las tiranías, para que se pueda hacer realidad ese sueño de un pueblo libre y de un pueblo democrático. Como dije el Primero de Mayo: democracia no era aquella en que vivíamos esclavizados de tanta tiranía; democracia es esta, en que estamos librando al hombre de todas las tiranías.
Para terminar, una exhortación a los obreros de la construcción: que se organicen bien en milicias y que traten de adquirir la mayor organización y la mayor disciplina.  Porque hoy, cuando veía las palas, igual que en otras ocasiones hemos visto los machetes, pensábamos que la pala no solo es símbolo de trabajo, la pala también es un arma, porque las palas y los picos son armas indispensables en la lucha por la defensa del país, ya que con las palas y los picos se abren las trincheras, ¡y no puede haber guerra sin trincheras, no puede haber defensa sin trincheras!  (APLAUSOS PROLONGADOS Y EXCLAMACIONES DE: “¡Fidel, Fidel!”)
Por eso entendemos que la pala es lo que más simboliza, porque simboliza al mismo tiempo el trabajo creador y significa las trincheras que estamos dispuestos a abrir para defender la Revolución.
Por tanto, las milicias de la construcción tienen militarmente un gran valor. Por eso es necesario que se entrenen bien, ya que una unidad de la milicia de los obreros de la construcción será siempre una unidad de extraordinaria eficiencia militar, porque estará en condiciones de preparar con mayor facilidad todos los medios que se necesitan para defender una posición; y por eso exhorto a la federación para que, consciente de esto, se tome el mayor interés, porque los obreros de la construcción saben de todo, saben lo mismo barrenar que cavar una trinchera, que construir un parapeto, que hacer una fosa antitanque, que minar un camino. Y, en fin, los obreros de la construcción son el tipo de obreros que tienen más preparación natural para la defensa de nuestro país. Por ello es necesario que se tomen el mayor interés en el entrenamiento; y nosotros, por nuestra parte, nos tomaremos también el mayor interés en entrenarla, como a todas las demás milicias, ya que todos los planes que estamos llevando adelante serían algo así como una quimera si no estamos preparados para defenderlos. De ahí que pico, pala, machete y fusil, sean instrumentos indispensables de esta Revolución.
Y es realmente para todos nosotros un gran estímulo en el trabajo saber que todo lo que se hace, a pesar de los enemigos poderosos que tiene, a pesar de que somos un pueblo pequeño, a pesar de que somos un pueblo de recursos reducidos, sin embargo, todos los cubanos se sienten seguros de que son capaces de defender lo que están haciendo.
Y eso es lo más importante, en este minuto histórico de Cuba, en esa gran tarea que tenemos por delante. Y que nuestro pueblo no se preocupó de si era pequeño o no, se preocupó de si tenía razón o no; no se preocupó si los enemigos de la Revolución eran poderosos o no, se preguntó si tenía la razón o no.  Y este pueblo pequeño, que es hoy la admiración de los pueblos hermanos de nuestro continente y la admiración de los pueblos del mundo, se planteó la gran tarea. ¿Y por qué se la planteó? Se la planteó, sencillamente, porque sabía que era capaz de llevarla adelante, que tenía entereza suficiente para llevarla adelante, que tenía virtudes suficientes para llevarla adelante, que tenía valor suficiente para saber proclamar:
¡Patria o Muerte!
FIDEL CASTRO RUZ

Fuente: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos

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