julio 09, 2012

Discurso de Fidel Castro en la concentración campesina (1959)

DISCURSO EN LA CONCENTRACION CAMPESINA
Fidel Castro
[26 de Julio de 1959]

― Versión taquigráfica de las oficinas del Primer Ministro ―

Distinguidos líderes revolucionarios de la América Latina que hacen el honor de visitarnos;
Campesinos heroicos de Cuba;
Compatriotas todos:
Es difícil que en un día como hoy, tan lleno de recuerdos para todos nosotros, no nos sintamos embargados por la más profunda de las emociones.  Es difícil que en una tarde como hoy, en un día de victoria para la patria, de honores para nuestra nación y en que además se han expresado tan extraordinarias muestras de solidaridad con el que les habla, no me sienta como se sentía nuestro compañero de lucha en la Sierra Maestra, el primer campesino que se sumó a las filas del Ejército Rebelde y hoy comandante, Crescencio Pérez , porque al fin y al cabo estamos hechos de la misma fibra, y es imposible que por grandes que hayan sido las muestras de afecto anteriormente recibidas puedan pasar sobre nuestro ánimo sin hacer y marcar una huella profunda.
Al hablarles en estos instantes, la primera pregunta, la primera idea que me venía a la mente era preguntarme por qué tiene que pesar sobre un ciudadano igual que ustedes un peso tan grande de gratitud con su pueblo por las muestras excesivamente generosas que le han dado de cariño y adhesión; por qué, si en definitiva no hemos hecho más que tratar de cumplir con el deber, si en definitiva esta no es obra de un hombre sino la obra de un pueblo, no es el mérito de un hombre sino el mérito de un pueblo, no es la gloria de un hombre sino la gloria de un pueblo y, sobre todo, la gloria de los hombres que han caído por hacer posible estos instantes de felicidad que Cuba vive.
Me preguntaba también por qué esa muestra de júbilo extraordinario al anunciarse que sencillamente acataba la voluntad del pueblo cuando me demandaba reintegrarme de nuevo al cargo de Primer Ministro.
Y la única explicación lógica, que no puede estar en la obra modesta que hasta aquí hemos realizado, la única explicación lógica de ese júbilo, es que el pueblo sabe perfectamente bien que a mí los cargos no me interesan ; es que el pueblo sabe perfectamente bien que no estoy dispuesto a sacrificar un ápice de las conveniencias de la nación, que no estoy dispuesto a sacrificar un ápice de mi sentido del deber y del desinterés que me ha inspirado siempre en esta lucha, ni por el cargo de Primer Ministro ni por todos los cargos de Primer Ministro del mundo juntos .  Porque el pueblo sabe que el cargo para nosotros es simplemente un lugar de sacrificio, un puesto de trabajo, es por lo que se explica únicamente ese júbilo, porque así reaccionan los pueblos: ¡Jamás están con los ambiciosos, jamás están con los interesados!, y jamás estarían pidiendo el regreso a un cargo a quien lo estuviera ambicionando, porque si de algo estaba cansada nuestra patria era de ambiciosos, era de gente interesada, de hombres que no eran capaces de sacrificarse por los intereses de la nación.
Esa es para mí la única explicación lógica, porque no puede tener otra cuando no hago sino cumplir con un deseo del pueblo, cuando no hago sino olvidarme de todas las campañas que fuera de Cuba puedan hacer contra nosotros, para prestar oídos simplemente a aquellos con los que podremos contar hoy y siempre , para hacerles caso a aquellos que de veras nos conocen, para hacerles caso a aquellos que de veras nos comprenden, y para hacerles caso a aquellos que junto a nosotros están dispuestos a morir defendiendo esta obra sagrada de nuestra Revolución ; y porque nuestro propio pueblo es la mejor prueba, porque nuestro propio pueblo habla por sí mismo y trasmite este mensaje a todos los pueblos hermanos del continente americano :  Los pueblos no apoyan jamás a un gobierno sin razón, los pueblos no respaldan jamás a sus líderes sin razón.
Y a los que en el extranjero nos calumnian, a los que en el extranjero nos detractan, a los que hablando de democracia nos calumnian, ningún argumento mejor que el millón y tantos de cubanos que se han reunido aquí en la tarde de hoy.
A los que en nombre o invocando hipócritamente la palabra democracia nos calumnian, podemos decirles: ¡Democracia es esto!  Democracia es el cumplimiento de la voluntad de los pueblos.  Democracia es, como dijera Lincoln, el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.
Gobierno que no sea del pueblo, no es democracia.  Gobierno que no sea por el pueblo, no es democracia.  Gobierno que no sea para el pueblo, no es democracia.
¿Y qué ha sido el Gobierno de la Revolución Cubana desde el Primero de enero de 1959 sino el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo?   Gobierno del pueblo no para un grupo privilegiado del pueblo; gobierno del pueblo no para una oligarquía que somete a la explotación al pueblo; gobierno del pueblo no para una casta de militares o de politiqueros, como habíamos tenido siempre en Cuba.  Gobierno del pueblo para todo el pueblo:  ¡Eso si es democracia!  
Gobierno no para los latifundistas, como había sido hasta hoy, ni para los grandes intereses, como había sido hasta hoy, sino gobierno del pueblo, por el pueblo y para los campesinos, en primer lugar.  Para los campesinos en primer lugar, porque lo que nadie puede negar es que los campesinos constituían la parte más olvidada y sufrida de nuestro pueblo.  Gobierno del pueblo, por el pueblo y para los humildes en primer lugar, porque los humildes constituyen la parte mayoritaria de nuestro pueblo y la parte más sufrida y más olvidada de nuestro pueblo.
Y para los que no entiendan o no quieran entender, ese es el secreto de la fuerza tremenda de la Revolución Cubana, que no está en haber derrocado a la tiranía sangrienta que nos oprimía, porque pudo haberse derrocado a la tiranía y mantenerse en el país las condiciones que hicieron posible esa tiranía; pudo haberse derrocado a la tiranía y ocurrir un simple cambio de hombres en el gobierno; pudo haber sido derrocada la tiranía y perpetuarse en la vida pública de nuestro país los mismos vicios que estábamos padeciendo desde el inicio de la república; pudo haberse derrocado a la tiranía para seguir en la politiquería.  Mas no fue así.  Se derrocó a la tiranía para hacer una revolución; se derrocó a la tiranía no solo para librar al pueblo del crimen y el asesinato y la tortura y la opresión, sino también para librar al pueblo de la miseria, tan criminal y tan cruel como la tiranía derrocada.
Ese es el secreto de nuestra Revolución, de la fuerza de nuestra Revolución, que volvió sus ojos hacia la parte más necesitada y sufrida de nuestro pueblo, que volvió los ojos hacia los humildes para ayudarlos. Y ese es el único crimen que hemos cometido; dejar de ser vendidos gobernantes a los grandes intereses nacionales o extranjeros, para ser gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.
Ese es, a los ojos de nuestros detractores y a los ojos de nuestros enemigos, el crimen que hemos cometido: volver los ojos hacia los olvidados de siempre, volver los ojos hacia quienes necesitaban de nosotros, volver los ojos a los que realmente aquí necesitaban de una revolución que los librase de tantos males y de tantos sufrimientos .
¿Y cómo lo hemos hecho?  La Revolución no conquistó el poder mediante un golpe de Estado —porque, además, los golpes de Estado casi nunca, o nunca, llegan a ser revoluciones—; no conquistamos el poder por medio del fraude o de la politiquería; no le hemos privado desde el poder absolutamente a nadie su derecho a opinar libremente, su derecho a escribir libremente y su derecho a expresarse libremente.  No es que hemos hablado nosotros prohibiéndoles a los demás que hablen; no es que hemos expuesto nuestras razones prohibiéndoles a los demás que las expongan; no es que estemos conquistando a la ciudadanía prohibiéndoles a los demás la oportunidad de conquistarla con razones, si es que las tienen; ni conquistamos el poder mediante la traición, mediante motines militares, o mediante el fraude, o mediante la politiquería, o mediante el engaño; ni desde el poder le hemos privado a nadie de uno solo de sus derechos.
Conquistamos el poder luchando junto al pueblo, combatiendo una de las más feroces tiranías que ha sufrido este continente, y pagando día a día un precio muy elevado de sangre, dejando el camino regado de muertos heroicos, hemos llegado al triunfo revolucionario mediante el sacrificio, mediante la lucha.  Hemos pagado un precio muy alto por ese triunfo.
Hemos llegado al poder no contra el pueblo, sino con el pueblo.  Hemos llegado al poder no para sacrificar al pueblo, sino para redimir al pueblo.  Y desde el poder no ponemos nuestros ojos en la fuerza.  Desde el poder no nos consideramos seguros porque tengamos soldados bien armados, o porque tengamos tanques, o porque tengamos cañones, o porque tengamos aviones; ¡nos sentimos seguros y nos sentimos sólidos sencillamente porque tenemos al pueblo!  
Con el pueblo derrocamos a la tiranía, con el pueblo estamos gobernando y para el pueblo estamos gobernando, por eso el pueblo está y estará junto a nosotros.
Los que quieran saber lo que es una verdadera democracia, que vengan a Cuba; los que quieran saber lo que es un pueblo gobernando, que vengan a Cuba; los que quieran conocer de un país donde el pueblo lo es todo, donde la palabra pueblo tiene su significado real, no teórico, que vengan a Cuba; los que invocando hipócritamente la palabra democracia nos calumnian, que vengan a Cuba para que sepan lo que es una democracia.  Y una democracia tan pura y tan limpia, que la democracia engendrada en nuestra Revolución nos recuerda la primera democracia del mundo: la democracia griega, donde el pueblo, en la plaza pública, discutía y decidía sobre su destino.  Con una diferencia, que en Grecia solo discutían los amos de los esclavos, y en Cuba hay una democracia donde el pueblo discute directamente sus problemas y donde todo el mundo puede opinar, porque es una democracia, aspira a ser una democracia sin esclavos, sin amos , una democracia sin ilotas, una democracia donde los hombres tengan por igual plenos derechos.  Y los ilotas de nuestra patria son los campesinos.  Si en Grecia era un grupo de hombres que no tenía acceso a los medios de vida y hombres privados de sus derechos, eso eran nuestros campesinos: hombres sin medios de vida y hombres virtualmente privados de sus derechos.
Al campesino no solo se le negaba la tierra, al campesino se le negaba hasta la educación, ¡al campesino se le negaba hasta la oportunidad de aprender a leer y a escribir!  Al campesino no se le privaba solo del derecho a la tierra, ¡se le privaba hasta del derecho a la vida!  Porque es bueno que se sepa que muchas veces a los campesinos se les mueren los hijos porque no tienen medicinas ni médicos para ellos.  Y al campesino se le muere la esposa porque no tiene muchas veces ni medicina ni médico para ella.  Y al campesino no solo se le han muerto los hijos por falta de medicinas, sino que casos hay —y no pocos— en que se le han muerto los hijos por hambre.
Al redimir al campesinado, la Revolución está dando su primer paso para constituir una verdadera democracia, una democracia sin esclavos, una democracia sin ilotas, y que es hoy el caso extraño de una democracia no representativa, sino más pura todavía; una democracia que tiene vida a través de la participación directa del pueblo en sus problemas públicos, porque solo tienen vigencia en nuestra patria la voluntad y los intereses del pueblo.  Si no estuviera el pueblo con nuestra Revolución, si el pueblo hubiese dispuesto otra cosa, no seríamos nosotros de nuevo Primer Ministro del Gobierno Revolucionario.
En manos del pueblo quedó la decisión.  El pueblo pudo haber dicho que no regresara, como pudo decir y dijo que regresara.  No se ha cumplido pues la voluntad de un hombre o de un grupo de hombres; ¡se ha cumplido la voluntad de un pueblo!  
Por lo demás, que nuestros enemigos digan y escriban lo que quieran, que los intereses enemigos de nuestra Revolución digan y escriban lo que quieran; en definitiva, lo primero que nos importa es lo que piense nuestro pueblo, y lo que piense nuestro pueblo será lo que piensen los pueblos hermanos de América, cuando por encima de todas las campañas pagadas se abra paso la verdad.
En definitiva, puedo repetir otra vez con absoluta certeza a los detractores de nuestra Revolución: “¡Condenadme, no importa, la historia me absolverá!”  
Así regresamos de nuevo al trabajo que veníamos desempeñando desde hace algunos meses; regresamos de nuevo a nuestra tarea de llevar adelante las leyes revolucionarias; regresamos a nuestra lucha sin descanso por hacer realidad las aspiraciones de nuestro pueblo.  Pero regresamos más convencidos todavía del porvenir extraordinario de nuestra patria; regresamos más convencidos todavía de que nuestra Revolución es invencible; regresamos más convencidos todavía de que nuestro pueblo merece toda la fe que hemos puesto en él, de que nuestro pueblo merece los sacrificios, y muchos más, que hemos estado haciendo por él. Regresamos con la convicción más profunda todavía de que los pueblos son agradecidos y que agradecen mucho más allá de los beneficios que reciben.  Regresamos para seguir adelante, no un camino fácil; un camino difícil, pero un camino que podremos recorrer sin la menor duda y sin la menor vacilación, porque para recorrer esos caminos difíciles lo que se necesita es lo que tenemos, es decir, ¡un pueblo capaz de marchar adelante por encima de todos los obstáculos!  , y un pueblo que, educado en esta gesta revolucionaria nadie lo podrá confundir fácilmente, nadie lo podrá engañar fácilmente, y nadie podrá impedir, ni fácilmente, ni difícilmente, ni de ninguna manera que cumpla su destino histórico.
Esa era la confianza que teníamos en el pueblo cubano, que tuvimos siempre, que tuvimos cuando llegamos a las costas de Cuba con 82 hombres, que tuvimos cuando aquellos 82 hombres quedaron reducidos a un puñado de 10 o 12 hombres, que tuvimos en los momentos más difíciles, como después de aquel revés que significó para nosotros el primer combate revolucionario; la fe que tuvimos cuando estábamos en las prisiones o cuando estábamos en el exilio.  Esa fe que nos permitía tener la seguridad de que si decíamos —como dijimos en aquella ocasión— que si continuaban las campañas contra la justicia revolucionaria íbamos a reunir un millón de cubanos frente al Palacio Presidencial, ¡y un millón de cubanos se reunieron frente al Palacio Presidencial! Esa fe que nos hizo decir que si continuaban las campañas contra la reforma agraria diciendo que los campesinos no la querían, íbamos a reunir medio millón de campesinos con sus machetes en la capital de la república.
Y algo más, algo más de medio millón de campesinos se han reunido con sus machetes.  Y dijimos medio millón de campesinos; no dijimos que medio millón también de campesinas, no dijimos que trajeran también a sus esposas, porque no era posible exponerlas a las incomodidades y a los rigores de viaje en camiones y en medios de locomoción que no eran suficientes para traer a esa gran masa de campesinos que vinieron a La Habana y donde tuvieron que venir en las peores condiciones.  Y como no era posible someter a las esposas de los campesinos a ese sacrificio, no dijimos que viniera también medio millón de campesinas; pero si hubiéramos dicho que viniera medio millón de campesinas, que vinieran los campesinos con sus mujeres , en vez de medio millón de campesinos, habría venido un millón de campesinos y campesinas, y La Habana, las familias de la capital de la república, que tan generosamente se han portado, les habrían abierto también las puertas y habrían encontrado modo de alojar también al medio millón de campesinas.
¿Por qué teníamos la seguridad de que los campesinos vendrían y traerían sus machetes?  Sencillamente porque tenemos fe en nuestro pueblo, sencillamente porque cada uno de nosotros sabe la semilla que vamos sembrando y que esa semilla fructifica en un pueblo tan formidable como el nuestro.  Por eso no podía dudar ni un segundo de que el medio millón de campesinos vendría, y no se me oculta que muchos cientos de miles de campesinos se quedaron con los deseos de venir porque no tenían medios de transporte.
Pero los que vinieron, como muestra de lo que es nuestro campesinado, son más que suficientes.  Y si aquí hay medio millón con machetes que significan medio millón de soldados de la Revolución, allá en el interior de la república, allá en los pueblos y campos del interior de la república, hay un millón y medio más de hombres que son también un millón y medio más de soldados de la Revolución.
Mas si en la capital de la república hay en estos instantes medio millón de campesinos, también hay otro medio millón de obreros, de jóvenes y de hombres de todas las condiciones sociales, dispuestos a defender también nuestra Revolución, porque los obreros están dispuestos también a comprar su machete, los estudiantes están dispuestos también a comprar su machete, los profesionales están dispuestos también a comprar su machete. Y prácticamente, salvo unos cuantos, unos cuantos parásitos, unos cuantos resentidos con las leyes justísimas de nuestra Revolución; salvo unos cuantos que no tienen más patria ni más sentimiento ni más ideal que sus bastardos intereses, no hay cubano ni hay cubana que no esté dispuesto a coger su machete para defender la Revolución y la patria.  Por eso nuestra Revolución es fuerte, por eso nuestra Revolución es invencible.  Por eso: ¡Porque hay un pueblo dispuesto a morir para defenderla!
Cuando digo que el pueblo está dispuesto a morir para defenderla, lo digo con la misma seguridad con que dije que medio millón de campesinos vendrían a La Habana; lo digo porque lo creo firmemente y porque es una verdad que nadie duda.  Por eso nuestra Revolución es invencible. Y cuando hablo de la fuerza y del poder de nuestra Revolución, no es para que nadie le tema, porque nadie tiene razones, como no sean bastardas y egoístas razones, para temer a nuestra Revolución.
Cuando digo que somos fuertes, no es porque nos consideremos fuertes para agredir a nadie, no es porque nos sintamos fuertes para quitarles nada a otros pueblos, porque —como hemos dicho— ­solo aspiramos a vivir de nuestras riquezas y no de las riquezas de otros pueblos, solo aspiramos a vivir del esfuerzo y del sudor de nuestro pueblo y no del esfuerzo y del sudor de otros pueblos.
Cuando digo que nuestra Revolución es fuerte, no es para que otros pueblos puedan albergar temor alguno de nuestra Revolución, porque nuestra Revolución lucha por su pueblo y no contra ningún otro pueblo del mundo; nuestra Revolución lucha por el pueblo que la está realizando y ningún pueblo del mundo tiene nada que temer de nuestra Revolución.
Esos que les mienten a los pueblos, esos que descarada y cínicamente quieren engañar a otros pueblos despertándoles temores sobre nuestra Revolución, esos intereses creados y egoístas, esos que quieren engañar a otros pueblos, esos solo están velando por sus intereses bastardos y egoístas, porque ningún pueblo tiene nada que temer de nuestra Revolución.
Cuando digo que nuestra Revolución es fuerte, cuando digo que nuestra Revolución es fuerte no expresamos una fortaleza agresiva contra nadie.  Para agredir a otros pueblos no seríamos fuertes, porque nuestra fuerza está en la justicia de nuestra causa, y no es justo agredir en ningún orden —ni en orden político, ni en orden económico— a otros pueblos.
Cuando digo que nuestra Revolución es fuerte, quiero decir que nuestra Revolución es fuerte para defenderse, y ahí sí que digo que no hay fuerza en el mundo capaz de vencer a nuestra Revolución.
Cuando digo que nuestra Revolución es fuerte, significo que sabemos lo que queremos, que sabemos lo que estamos haciendo, y que nos sabemos en nuestro justísimo derecho de hacerlo, porque todos los pueblos tienen el derecho fundamental de luchar por el progreso, de luchar por un destino mejor, que signifique el máximo grado de felicidad posible.  Ese derecho, que es el más legítimo derecho de todos los pueblos, es también un derecho nuestro.  Y sabemos que lo que estamos haciendo no persigue perjudicar a ningún otro pueblo del mundo, sino persigue realizar el legítimo derecho del pueblo de Cuba a ser feliz.
Cuando actuamos así, sabemos que lo hacemos en uso de otro derecho sagrado a los pueblos, que es el derecho a la soberanía.  Sabemos que estamos ejerciendo ese derecho a nuestra soberanía, que nadie tiene derecho a interferir la soberanía de ningún pueblo, que nadie tiene derecho a fiscalizar los actos que un pueblo con mayoría abrumadora como este está realizando.
Que nosotros no tenemos que rendirle cuenta a nadie de nuestros actos, porque somos un pueblo libre, porque somos un pueblo soberano, porque tenemos derecho a luchar por nuestra felicidad, y porque ese derecho es un derecho soberano y sagrado de los pueblos, porque Cuba es una república independiente y soberana. Que por eso decenas de miles de cubanos han muerto desde mediados del siglo pasado, que por eso ha tenido que luchar muy duramente nuestra patria.
Por eso, porque nuestra patria es soberana e independiente, porque no somos ni protectorado ni colonia ni alcaldía de ningún otro país, es por lo que digo que estamos ejerciendo el legítimo derecho de un pueblo a su felicidad y a su libertad. Y lo estamos haciendo de la única manera legítima, porque no es una minoría que se imponga a una mayoría por la fuerza:  lo estamos haciendo con una absoluta mayoría del pueblo. Y si no es legítimo aspirar a la felicidad ejerciendo el derecho a la soberanía que tienen todos los pueblos y haciéndolo con el respaldo mayoritario de la nación, porque los que mandan son la mayoría de la nación, entonces ¿qué cosa sería legítima en un pueblo?
Los cubanos estamos ejerciendo esos derechos tan legítimos que solo los insensatos se atreven a desconocer; solo aquellos a quienes el egoísmo o la ignorancia ciegue, se atreven a desconocer; solo aquellos que puedan hablar en nombre de principios egoístas, colonialistas, explotadores, enemigos de la libre determinación de los pueblos, enemigos de los gobiernos mayoritarios y democráticos de las naciones, se atreverían a desconocer.  Porque solo egoístas, ignorantes o insensatos se pueden considerar esos políticos extranjeros, que haciéndole un flaco servicio al pueblo al que pertenecen —porque nosotros no somos enemigos de ningún pueblo y porque nosotros lo que queremos son las mejores relaciones de amistad con todos los pueblos—; solo políticos ciegos, solo escritores mercenarios, solo hombres que se mueven aspirando a defender bastardos intereses, son capaces de desconocer esta realidad de que somos un pueblo soberano que aspira a la felicidad por voluntad palpable e innegable del 95% de sus hijos .
Los que tal actúan, no solo actúan como enemigos del pueblo cubano, sino que actúan como enemigos de sus propios pueblos.  Lo que hacen con eso es despertar antipatías en el pueblo cubano; lo que hacen con eso es despertar un resentimiento más que explicable y justificado en el pueblo cubano, porque no de otra forma pueden reaccionar los pueblos cuando se les ofende y cuando se les hiere, porque amigos a la fuerza no seremos de nadie.  No podemos ser amigos de los que nos ofenden; no podemos ser amigos de los que nos insultan y nos calumnian; no podemos ser amigos de los que nos atacan; no podemos ser amigos de los que nos explotan; no podemos ser amigos de los que nos desconocen, de los que nos faltan el respeto, de los que lesionan nuestros sentimientos.  Amigos a la fuerza no seremos de nadie, porque tenemos la suficiente dignidad y el suficiente honor para no ser amigos de los que nos atacan, nos hieren, nos ofenden y quieren interponerse en el futuro y en el progreso de nuestro pueblo.
Los cubanos aspiramos a las mejores relaciones con los demás pueblos.  Los cubanos no somos enemigos de ningún pueblo.  Los cubanos no miramos con odio a los ciudadanos de ningún pueblo por los agravios que recibamos de los malos políticos y de los defensores de intereses bastardos, que tanto daño puedan hacer a ese pueblo como a nosotros.
Los cubanos proclamamos que no somos enemigos de ningún pueblo, que no somos enemigos de los ciudadanos de ningún país, siempre que respeten las leyes de nuestro país, siempre que respeten los sentimientos de nuestro país, siempre que quieran ser amigos de nosotros, porque al que nos abra las manos, le abrimos las manos; al que nos abra los brazos, le abrimos los brazos.  De la misma manera que sabemos enfrentarnos con toda la dignidad necesaria a los que en vez de extendernos la mano nos quieren clavar el puñal, a los que en vez de extendernos la mano nos quieren retrotraer al pasado odioso y a la vida sin esperanza ni fe en que estaba sumido nuestro pueblo.
Esos son los sentimientos de nuestro pueblo y no puede ser ningún otro.  Si un pueblo en el mundo puede ser amigo de los demás pueblos, es este, porque, como dije, no queremos vivir de la riqueza de otros pueblos, sino de la riqueza de nuestra tierra; no queremos vivir del esfuerzo de otros pueblos, sino del esfuerzo y del sudor de nuestro pueblo.  Y los pueblos que aspiramos a vivir y a disfrutar nuestras propias riquezas, a recibir los frutos de nuestro esfuerzo y de nuestro sudor, no podemos tener razón alguna para tener conflictos con otros pueblos.
Un pueblo que se propone un fin tan justo como el que se propone el pueblo cubano, puede proclamar su aspiración a ser amigo de todos los pueblos, porque daño no le queremos ni le podemos hacer a nadie, daño nunca le haremos a nadie.  Daño nos han hecho a nosotros, daño hemos tenido que sufrir nosotros; pero nosotros, los cubanos, a nadie le hemos hecho daño ni a nadie le haremos daño.  Por eso lo que nuestra Revolución se propone y lo que nuestro pueblo quiere es no ser víctima de ningún interés internacional egoísta e injustificado.  Por eso, lejos de querer hacerle daño a nadie, lo que queremos los cubanos, con todo el derecho del mundo, es que no nos hagan daño a nosotros, que no nos sigan haciendo daño, que se ponga fin a todo lo que ha significado daño para nosotros, y que ningún interés se interponga en esa legítima aspiración de nuestro pueblo, porque es una aspiración tan justa, que todos los hombres honrados del mundo, todos los hombres que tengan conciencia en cualquier lugar del mundo, lo reconocerían sin vacilación alguna.
Estoy seguro de que si —como están hoy visitantes ilustres de otros países— los ciudadanos de cualquier otro país del mundo, a los que han tratado de inculcarles todo género de prejuicios y de mentiras contra nuestra Revolución, pudieran en estos instantes estar viendo lo que es esta Revolución, pudieran haber presenciado esta semana en la capital de la república, que rompe todos los récords de generosidad humana, de confraternización humana, que rompe todos los récords de identificación y de integración...  Porque casi me atrevo a decir que ningún pueblo del mundo ha podido contemplar este espectáculo tan maravilloso, tan grandioso, tan humano como ha sido la visita a nuestra capital de los campesinos, las atenciones que ha tenido esta ciudad con esos campesinos.
Los que hayan vivido estos días de alegría incomparable, los que hayan presenciado esa noche de ayer, los que hayan presenciado este desfile de hoy, los que hayan visto marchar a esos soldados con el aplauso de la ciudadanía, a esos soldados que llevan un arma, marchando ante un pueblo —que esa arma es para defenderlo y no para oprimirlo, es para ayudarlo y no para esclavizarlo—, ese espectáculo y estos hechos, esta alegría desbordante e inusitada, esta concentración que, si se tiene en cuenta el número total de habitantes que tiene nuestro país, es sin duda uno de los actos más grandes, quizás una de las concentraciones más grandes que se haya producido en el mundo, y que se produce sencillamente por la conjunción feliz de una serie de circunstancias tales como el anhelo de un pueblo, que viene de muy atrás, de alcanzar una meta soñada y que tanto sacrificio le ha costado; la circunstancia de renacer la fe y la esperanza de este pueblo; la circunstancia de ver convertidos en realidades los primeros pilares de esas aspiraciones que tanto ha deseado; la circunstancia de haber sido este un pueblo muy sufrido que ha tenido que luchar mucho, lo que ha forjado en él una gran madurez y una gran conciencia política; la circunstancia de ser este un pueblo inteligente y un pueblo de natural bondadoso y entusiasta, de natural enérgico y valiente.  Esas felices circunstancias se han unido para producir este acontecimiento que se está produciendo en nuestra patria y de lo cual no hablan nuestras palabras, sino que hablan los hechos, hablan los cientos de miles de ciudadanos que se reúnen, habla toda una ciudad actuando con un solo pensamiento, con un solo sentimiento, con un solo propósito.
Pocas veces en el mundo se puede haber visto una congregación humana más unida, más fervorosa, más combativa que esta congregación humana que es hoy nuestro pueblo.  Si otros pueblos del mundo pudiesen ver eso, como réplica a las campañas, como réplica a las calumnias, como réplica a los agravios que se infieren a la Revolución, que significa el sentimiento absolutamente mayoritario de nuestra patria, tengo la seguridad de que ni un solo ciudadano de otros pueblos dejaría de sentir simpatías hacia nosotros y dejaría de solidarizarse con nosotros, de la misma manera que nosotros espontáneamente nos solidarizamos con cualquier esfuerzo justo que por los mismos fines que nosotros pueda hacer cualquier otro pueblo del mundo .
Pero nosotros, desgraciadamente, no podemos disponer para divulgar nuestras verdades de los medios de divulgación que informan al mundo, nosotros no podemos contar siquiera con la imparcialidad de esos órganos de divulgación.  Nosotros somos víctimas de todos los escritos interesados y amañados y de todas las informaciones de igual índole que se hagan contra nuestra Revolución.  Nosotros no somos los dueños de esas agencias que se encargan de divulgar todas las calumnias imaginables contra Cuba. Nosotros no podemos contar siquiera con la imparcialidad de esos órganos que en el extranjero nos atacan, esos mismos órganos que han atacado toda causa justa, esos mismos órganos que han atacado en esos propios países a los gobernantes más honrados y más capaces que han tenido.  Nosotros no podemos siquiera contar con la imparcialidad de esos órganos y tenemos que ser víctimas de todas esas calumnias.
Tenemos amigos, tenemos escritores que hablan también a nuestro favor.  Pero el escritor espontáneo ejerce un trabajo que no es sistemático, y en cambio los órganos interesados, los que responden a intereses mercenarios, esos órganos realizan un trabajo sistemático e incansable contra nuestra Revolución.  A pesar de que sea justa, a pesar de que la mejor prueba de esa justicia es la actitud de nuestro propio pueblo —porque los pueblos jamás están con algo que no sea noble, los pueblos jamás están con algo que no sea justo—, a pesar de ser justísima nuestra Revolución, tenemos que ser víctima de todas las campañas que se hagan contra ella.
Esas campañas se realizan en todo el mundo, esas campañas se realizan entre nuestros pueblos hermanos de América Latina, porque desgraciadamente los pueblos de América Latina han sido hasta hoy, en parte, pueblos de opiniones controladas, pueblos de opiniones prefabricadas, porque esos pueblos no han estado recibiendo otra información que informaciones interesadas, que informaciones amañadas, que traen como consecuencia opiniones controladas; porque cuando un pueblo no tiene oportunidad de percatarse de una verdad, de recibir una información justa y correcta, y no recibe y no lee y no ve ni oye decir otras cosas que informaciones falsas, esas circunstancias hacen que los pueblos sean pueblos de opiniones controladas.
No concibo cómo se pueda hablar de democracia practicando el sistema de opiniones controladas, porque una de las cosas que decía aquí, al empezar mis palabras, es que nosotros le hablamos al pueblo, pero a hablarle al pueblo tiene derecho todo el mundo. Al pueblo pueden hacer llegar sus razones, si las tienen, hasta los enemigos de la reforma agraria, hasta los enemigos de las leyes revolucionarias, porque han tenido a su disposición los medios y la plena libertad de hacerla.
Luego nosotros somos enemigos de las opiniones controladas.  No concibo cómo se puede hablar de democracia aspirando a controlar, incluso, las opiniones de otros pueblos, aspirando a que los pueblos piensen de acuerdo con intereses determinados, intereses que generalmente son enemigos de esos mismos pueblos, porque los han estado manteniendo en la miseria y en la pobreza mediante la más brutal explotación .
Así, aunque la Revolución nuestra sea justa —tan justa que si pudieran los ciudadanos de cualquier parte del mundo contemplar lo que es nuestra Revolución estarían con ella—, sin embargo, repito, no está en nuestras manos contar siquiera con la imparcialidad de esos órganos de divulgación.
Pero como todos los poderes, por grandes que sean, de intereses determinados, tienen su límite, el límite de esas posibilidades está aquí en nuestras propias fronteras, y está en ese instinto de los pueblos, está en los amigos que nuestra Revolución tiene en los pueblos hermanos de América Latina, en los líderes revolucionarios, en sus hombres de pensamiento, en sus hombres de sentimiento, en sus hombres de ideales, que desean para cada uno de sus respectivos pueblos —pueblos que son hermanos de nosotros—, que desean los mismos fines que nosotros estamos deseando para el nuestro.
Ese es el límite que tienen la calumnia y la mentira:  la inteligencia y el instinto de los pueblos hermanos, los hombres de prestigio, los revolucionarios como nosotros en los pueblos hermanos de América Latina, que trasmiten a sus pueblos esa verdad, que comprenden la tragedia que está padeciendo hoy nuestra Revolución con las campañas internacionales, que es lo que les ocurre a todos los pueblos que quieren hacer una revolución; que es lo mismo que le ocurrió a México con su revolución; que fue lo mismo que le ocurrió al ilustre general Lázaro Cárdenas con sus leyes revolucionarias tomadas en México , y que, como él mismo dijo, fueron causa de toda una serie de campañas interesadas contra los miembros de su gobierno.
Ese es el límite y el límite de la realidad que aquí dentro de nuestras fronteras nuestro pueblo está contemplando.  Porque, ¿de qué manera pueden hacer mella en la solidez interna de nuestra Revolución si las agresiones de que hemos sido víctimas, las ofensas de que hemos sido víctimas, los ataques de que hemos sido víctimas y las traiciones que se han promovido contra nuestra Revolución lo que han logrado es hacerla más fuerte? ¿Acaso no es hoy nuestra Revolución más fuerte que hace un mes? ¿Acaso después de las ofensas que se han inferido a nuestra patria, nuestra Revolución no es más fuerte? ¿Qué han conseguido? Hacer más fuerte nuestra Revolución.
Luego no podrán debilitar el formidable respaldo de opinión pública con que cuenta el Gobierno Revolucionario.  No podrán debilitarlo, y todas las acciones que lleven adelante contra nosotros servirán para hacer más fuerte a nuestra Revolución.
¿Por qué?  Porque este es un pueblo que no se acobarda, porque este es un gobierno que no se acobarda.  Sucedería con pueblos y con gobiernos que se acobardasen, de gobiernos más pendientes de lo que piensan afuera que de lo que piensan adentro.  Nosotros somos un gobierno pendiente esencialmente de lo que piensen adentro.  Nos puede preocupar lo que piensen afuera, pero no nos importan en absoluto las campañas que contra nuestra Revolución hagan los intereses que están contra ella, porque, en definitiva, no estamos aquí pendientes de lo que se diga o se piense en el Senado de ningún otro país, porque en definitiva nuestro Senado es ese (SEÑALA A LA MULTITUD).  Ese, el pueblo, es nuestro Senado.
De lo que piense ese Senado, de eso sí nos preocupamos nosotros, de lo que piensen nuestros compatriotas, porque nosotros les tenemos que rendir cuentas, antes que nada, a nuestros compatriotas, y lo que piensen nuestros compatriotas es por encima de todo lo que nos interesa.  Somos un gobierno que atendemos a la opinión de nuestro pueblo, y salvo porque nos interesa el prestigio de la Revolución, salvo porque deseamos que se tenga un criterio justo de nuestra Revolución, por lo demás, ¡por lo demás!, no nos importa en absoluto lo que piensen ciertos sectores políticos o ciertos órganos públicos de otros países.  No nos importa en absoluto porque estamos pendientes de lo que piensen aquí, no de lo que puedan pensar en ninguna otra parte.
De ahí que los ataques que se hagan contra nuestra Revolución, calumniosamente e interesadamente, hagan más fuerte a nuestra Revolución, porque ni el pueblo se acobarda ni el gobierno se acobarda.  Y el pueblo no se acobardará jamás y el gobierno no se acobardará jamás, ya que al fin estamos comprendiendo a nuestro Apóstol, al fin estamos practicando aquellas ideas del Apóstol de nuestra independencia, al fin hemos aprendido a vivir de pie y al fin hemos comprendido que más vale morir de pie que vivir de rodillas.
Esa sabia y filosófica enseñanza de nuestro Apóstol la hemos aprendido.  No queremos ser pueblo sumiso, no queremos ser pueblo impotente, no queremos ser un pueblo arrodillado, porque adivinamos, comprendemos que esta felicidad que estamos viviendo al contemplar que nuestro país marcha hacia la más plena y absoluta soberanía, que marcha hacia la elaboración de su destino con sus propias manos; esta alegría que emana de la felicidad de sentirnos libres, de sentirnos soberanos, de sentirnos libres de proteccionismos o injerencias extrañas y de sentirnos libres de tiranías internas, de sentirnos libres de miedo, de sentirnos libres de opresión, de sentirnos libres de humillaciones; esta satisfacción que hoy tiene cada cubano de verse un ser humano, un ser humano con derechos, un ser humano objeto de todas las consideraciones que como tal ser humano merece; el hecho de sentirse pueblo y no rebaño, el hecho de sentirse hombre y no bestia, el hecho de sentirse poseedor de derechos, poseedor de valores que son sagrados; el hecho, en fin, de sentirse persona —porque no éramos personas bajo la tiranía:  bajo la tiranía éramos peor tratados que las bestias, bajo la tiranía sufríamos torturas que las bestias no sufren, sufríamos dolores que las bestias no sufren, sufríamos crímenes y atrocidades que las bestias no sufren—, y esa alegría de dejar de ser tratados como bestias para sentirnos hombres, para sentirnos que tenemos derecho a nuestra libertad, sentirnos que tenemos derecho a nuestras vidas, sentirnos que tenemos derecho a las vidas y a la seguridad de nuestros seres queridos, esa alegría no se la podrán volver a arrebatar jamás a nuestro pueblo.
Cuánto se equivocan los que piensen que Cuba se puede resignar tranquilamente a volver al pasado.  Cuánto se equivocan los que creen que aquí pueden venir otra vez los criminales de guerra, que pueden venir otra vez los asesinos, aquellos jefes de ejército, jefes de policía, jefes de cuerpos de investigación y jefes de cuerpos de represión que eran el terror de toda la ciudadanía, que nos hacían vivir en aquella tristeza, en aquella amargura, en aquella humillación permanente.  Qué equivocados están los que creen que la seguridad y la libertad de hoy, el honor de hoy, la soberanía de hoy, la gloria de hoy, el prestigio de hoy, el pueblo de Cuba se resignaría mansamente a que se lo arrebataran para volver a imponerles aquel pasado odioso.
Qué equivocados están los que crean que aquí pueden regresar a buscar sus prebendas, que aquí pueden regresar a buscar sus negocios, a buscar sus edificios, a buscar sus fincas y a buscar sus cuentas de bancos los criminales que tan cobardemente se fugaron el primero de enero para ahora estar sirviéndoles de instrumento a enemigos de nuestra patria, para ahora estar en contubernio con los peores enemigos de Cuba, en un presunto propósito de volver a nuestra patria, porque esos negocios no los volverán a tener jamás.  Ni aquí se volverá a implantar el juego odioso y explotador de nuestro pueblo, ni aquí se podrá volver a implantar la tortura, ni aquí se podrá volver a implantar la malversación, la prebenda, ni aquí podrán volver a recobrar sus edificios, ni aquí podrán volver a recobrar sus fincas, porque esas 8 000 caballerías de tierras, esas caballerías de tierras pasarán a manos de nuestros campesinos; ni aquí podrán volver a recuperar sus cuentas bancarias, porque esos 20 millones de pesos, ¡esos veinte millones de pesos!  van a parar directamente a manos de los campesinos en equipos, en créditos, en semillas, en viviendas y, en fin, en todos los propósitos que la reforma agraria persigue.
¡Porque la reforma agraria va!  ¡Y la reforma agraria va!  Y no solo va, sino que ahora va mejor todavía, porque ahora tenemos en el bolsillo 20 millones de pesos más, 20 millones que hemos recuperado de las cuentas bancarias de los malversadores, 20 millones que se les quedaron en la fuga, 20 millones que extrajeron como sanguijuelas de la economía de nuestro pueblo, de los recursos de nuestro pueblo.  Y la reforma agraria sale hoy de esta tribuna con 20 millones de pesos más para los campesinos.
Luego, veo muy difícil que puedan venir a recobrar esas 38 000 cabezas de ganado, que puedan venir a recobrar esos 20 millones de pesos, que puedan venir a recobrar esas 8 000 caballerías de tierra y los bienes enunciados aquí, que no son más que una parte, porque, además, ya ha percibido el Instituto de Reforma Agraria los 17 millones y medio que es, hasta hoy, la suma que significa el haber anulado los billetes de 1 000 y los billetes de 500.
A toda esa relación hay que añadir una relación de edificios de apartamentos, una relación de solares y otra serie de bienes, que hacen ascender a más de 100 millones de pesos el valor de los bienes que a través del Ministerio de Recuperación ha vuelto a recobrar la república y que —como ustedes ven— pasa directamente al Instituto Nacional de la Reforma Agraria (APLAUSOS).
Veo muy difícil que puedan venir a recobrar esas tierras, porque en esas tierras y en los grandes latifundios vamos a sembrar campesinos, ¡vamos a sembrar campesinos que van a echar raíces allí y para arrancarlos tendrían que arrancarlos con la tierra!  Porque para quitarles otra vez la tierra a los campesinos, tendrían que matar a este medio millón de campesinos y al millón y medio que quedaron en el interior de la república.
Así que qué equivocados están.  ¡Qué equivocados están los que crean que van a venir otra vez a recobrar sus finquitas, sus cuentecitas y sus negocitos!  ¡Qué equivocados están!  Porque no me explico ni cuándo ni cómo; no me lo explico, porque yo no puedo explicarme que pueda nadie, con ninguna justificación ni con ninguna razón ni con ninguna fuerza, vencer este formidable espíritu moral de nuestro pueblo. Porque no es ni siquiera una cuestión de número, ni una cuestión de fuerza; es, sobre todo, una cuestión moral, la justicia de lo que estamos haciendo, la nobleza de lo que estamos haciendo y que ha despertado este espíritu moral en nuestro pueblo, que es como un gigante indoblegable.  ¡Qué equivocados están!
Si se hacen esas ilusiones, hay que llegar a la conclusión de que están irremisiblemente perdidos, porque ningún espectáculo hemos visto nunca, ni creo que nunca se haya visto un espectáculo semejante al de esos machetes que se empuñan, al de esos machetes que se afilan y al de esos machetes que se rozan unos con otros.
Ese medio millón de machetes que se agitan y que hablan con la voz característica de su temple y de su filo, manejados por las manos vigorosas de nuestros campesinos, ese medio millón de machetes levantados es el espectáculo más impresionante que hemos visto en nuestra vida, es el espectáculo más imponente que se haya visto posiblemente en ningún lugar del mundo, ¡ese medio millón de machetes que convierten desde hoy el machete en el símbolo de nuestra Revolución!  
Si los criminales de guerra, si los mercenarios que se entrenan en el extranjero para volver a traer la tiranía y el crimen y el robo y el terror y la opresión y la humillación y la desesperanza a nuestro pueblo, pudiesen contemplar medio minuto esos machetes, si los pudiesen oír cuando se frotan unos contra otros como afilándose más, si los pudieran escuchar, si los pudieran ver (ALZAN MACHETES), pero, sobre todo, si pudieran ver esos brazos decididos que los manejan, si pudieran ver esos rostros de nuestros campesinos, de esos campesinos que no se andan con chiquitas, de esos campesinos que no se andan con cuentos, de esos campesinos que son todo rectitud, todo nobleza, todo valor, todo sencillez, tanto en su vida como en su sentimiento ; si pudieran ver a esos campesinos, que son los campesinos a los que ayer criminal y brutalmente agredían descargando esos machetes sobre sus espaldas; si pudieran ver a esos campesinos, que saben lo que son aquellos abusos felizmente desaparecidos para siempre, aquellos campesinos que antes tuvieron que soportar el plan de machete sobre sus espaldas de hombres nobles y trabajadores ; sobre todo, si pensaran por un minuto que esos mismos campesinos que ahí están haciendo rechinar esos machetes son los mismos campesinos a los que estuvieron humillando, golpeando y dándoles plan de machete durante muchos años desde el principio de nuestra república; y, sobre todo, si pensaran por un minuto que de las filas de esos mismos campesinos salieron principalmente los combatientes del Ejército Rebelde; que el temple de esos hombres es el temple de los hombres que en las montañas y en los llanos destrozaron las mejores unidades de la tiranía con armas muy inferiores a las que tenían ellos; si pensaran que nuestro ejército es fundamentalmente un ejército campesino y que tiene por reserva a esos hombres que esgrimen los machetes; si pensaran por un minuto que esos hombres que salieron de las filas campesinas, esos hombres ya han aprendido a manejar las armas más modernas, como lo demostraron en la tarde de hoy; si pensaran por un minuto que además de los machetes tenemos los cañones, los tanques, los aviones y los fusiles ametralladoras y los veteranos que supieron ganar una guerra con armas inferiores; si pensaran en esas cuestiones por un minuto, es muy posible que desistieran de sus planes.
Mas ningún interés tenemos en convencerlos de lo contrario.  Hablamos para el pueblo, no hablamos para ellos; hablamos para que el pueblo vea hasta qué grado de estupidez llegan nuestros enemigos, que son capaces de imaginar que les quede la más remota posibilidad de volver; porque aquí no podrán venir ni solos ni acompañados, ni los criminales de guerra que huyeron de aquí, ni en compañía de los criminales de guerra de otros países; ni los mercenarios que se fueron de aquí solos ni todos los mercenarios del mundo juntos.
Hablo para el pueblo.  Para ellos, si se quieren equivocar una vez más, pues que se equivoquen.  ¡Allá ellos!  Nosotros no tenemos interés en derramar una gota de sangre, ni siquiera de la sangre de los insensatos que intenten establecer de nuevo el pasado en nuestra tierra.
Nosotros, sobre todo, no queremos que una sola madre cubana pierda un hijo, no queremos que una sola madre cubana se tenga que volver a vestir de luto porque su hijo caiga defendiendo su patria.  Nosotros quisiéramos para nuestro pueblo y para nuestras madres la paz más feliz, la seguridad más completa de que sus hijos no correrán peligro, de que sus hijos no tendrán que caer nuevamente luchando contra esos criminales, que ya bastante sangre le ha costado a la patria.
Pero parece como si no conformes con los crímenes que hicieron en los tiempos pasados; parece como si no conformes con las 20 000 vidas que costó a nuestra patria la tiranía; parece como si no conformes con los campesinos que asesinaron; parece como si no conformes con aquellas matanzas, que en una ocasión ascendió en el Oro de Guisa a 53 padres de familias campesinas; parece como si no conformes con aquellas matanzas de Peladero, de Bueycito, donde ultimaron a 400 campesinos indefensos; parece como si no conformes con aquellas matanzas de campesinos inocentes —porque la culpa que tenían era la culpa de simpatizar con la Revolución, la culpa que tenían era el deseo de un mundo mejor al mundo infernal en que vivían, el deseo de un mundo con pan y educación para sus hijos, el deseo de un mundo donde el fruto de su trabajo sobre la tierra pródiga de la patria fuese para ellos—; parece como si no conformes con aquellas matanzas para perpetrar aquí la opresión, para perpetrar aquí el robo y el pillaje, para perpetrar aquí el privilegio y la explotación; parece como si no conformes todavía con aquellas espantosas represalias que tomaron contra nuestros campesinos; parece como si no conformes con todo el dolor y el luto que sembraron quisieran que nuevas madres cubanas tengan que pasar por el mismo dolor, que debiera de ser una cosa del pasado.
Los que tan cobardemente huyeron que hasta dejaron sus botijas  —las que no se habían podido llevar con anterioridad las dejaron abandonadas—, los que tan horriblemente maltrataron a nuestro pueblo, debieron haberse olvidado para siempre siquiera que existe Cuba y no ocurrírseles teorías peregrinas, azuzando odios en el extranjero contra nosotros, azuzando intereses contra nosotros, azuzando gobiernos contra nosotros, azuzando al extranjero para ver si le vienen a sacar las castañas del fuego.  Porque la única esperanza que ellos conciben no es la de que ellos puedan volver a recobrar aquí sus fincas y sus negocios y sus privilegios; la esperanza que conciben es la esperanza de que venga el extranjero poderoso a recobrarles sus fincas y sus negocios bastardos y sus privilegios.  Esa es la esperanza que conciben.
Parece —insensatos, insensatos, ¡insensatos!— que no comprenden que hoy Cuba no es solo Cuba.  ¡Hoy Cuba es el sentimiento de toda la América Latina!  Insensatos, que no comprenden que Cuba no puede ser agredida, porque agredir a Cuba es agredir a toda la América Latina.  Estúpidos, que no comprenden que nuestro pueblo está tan decidido a defender su Revolución, que con la ayuda de ningún poder del mundo, podrían jamás volver a implantar sus botas en nuestra tierra, porque sabremos defenderla hasta el último hombre, y se cumpliría aquel pensamiento de nuestro Titán de Bronce cuando dijo que quien intentase apoderarse de Cuba recogería el polvo de su suelo anegado en sangre.  ¡Torpes! Torpes cuando piensan que asesinando pueden cambiar los destinos de Cuba.  Y es lógico que quienes no conocieron otro procedimiento que asesinar, crean que asesinando pueden recobrar lo que perdieron asesinando.
Lejos están también de acertar si creen que asesinando líderes van a asesinar la Revolución.  Y no tengo ningún interés en demostrarlo, porque, sencillamente, aquí todos y cada uno de nosotros hace mucho rato que no vive más que para esto, hace mucho rato no se acuerda de otra cosa que de esto, y hace mucho rato que nuestras vidas nos tienen indiferentes en absoluto.  No tengo ningún interés en demostrárselo porque, en definitiva, ni me importa lo que piensen ni me importa lo que planeen; solo me interesa decirle al pueblo —porque al pueblo es al que le tengo que hablar—, solo me interesa decirle al pueblo que son también torpes cuando creen que asesinando líderes de la Revolución van a destruir la Revolución, ¡porque le sobran a nuestra patria reservas en hombres y le sobran a nuestra patria reservas en líderes!
Lo que digo aquí lo digo porque lo creo, lo digo porque lo siento, y es que ningún hombre es indispensable. Otras veces nos hemos creído que los hombres eran absolutamente indispensables, otras veces nos hemos dejado llevar por el desaliento en la circunstancia en que algún líder ha caído.  Y si bien es cierto que la caída de los jefes trajo contratiempos, trajo retrasos y trajo preocupaciones, sin embargo, digo aquí que en las actuales circunstancias y en el momento que está viviendo nuestro pueblo, con la madurez que ha alcanzado nuestro pueblo y con la solidez que ha alcanzado nuestro pueblo, creo y siento —y por eso lo digo— que aquí ningún hombre es indispensable.  Y lo prueban los hechos.
Lo prueban, por ejemplo, los desertores. Un desertor en la fuerza aérea ha significado sencillamente que hoy la fuerza aérea esté cincuenta veces mejor de lo que estaba cuando el traidor era jefe de ella.  Lo demuestra la crisis reciente con la Presidencia de la República —y no quiero sencillamente expresar ya ni una frase más contra los que más vale que se sumerjan en el olvido.  El que estaba en ese cargo, por las razones de todos conocidas, tuvo necesidad, por imposibilidad de continuar gobernando el país sin el respaldo de la opinión pública, de abandonar dicho cargo.  La Revolución ha salido ganando, porque un revolucionario de fibra y de sentimiento, un hombre joven, absolutamente identificado con los que fueron sus compañeros del Consejo de Ministros; un hombre —como dijo él— sin prejuicios y sin complejos; un hombre que sabrá dignificar la Presidencia de la República porque la Presidencia de la República tiene una función importantísima, y entre ellas ser leal a la Revolución ; un hombre de magníficas condiciones, con el cual estamos absolutamente identificados y con el cual jamás podrán surgir diferencias entre los miembros del Consejo de Ministros y él porque hay una identificación absoluta, ha venido a sustituir a aquel que creó injustificadamente esas diferencias y provocó la crisis.
Luego, el caso de aquellos que han sido sustituidos por otros mejores —aplicado a las circunstancias de que por razones de aquella índole hayan tenido que abandonar el poder—, sería también aplicable en el caso de ausencia por cualquier otra circunstancia.
Ningún hombre es ni será indispensable.  Lo único indispensable aquí —lo digo porque lo siento— es el pueblo.  Si la Revolución no tuviera el pueblo, estaría perdida.  ¡El pueblo es lo que importa, y el pueblo lo tiene la Revolución! Además, es consolador pensar, es consolador pensar que a un hombre lo pueden matar, pero a un pueblo no lo pueden matar, igual que un hombre puede ser traidor, pero un pueblo no puede ser traidor.
Este análisis nos lleva a la conclusión de que lo único indispensable es el pueblo.  Y la Revolución está asegurada, porque al pueblo no lo pueden matar.  Y siento la tranquilidad de saber y de comprender estas verdades, porque así todos nosotros vemos que la obra que estamos realizando está asegurada.
De este modo, quiero decirle al pueblo que la Revolución no fracasará.  No fracasará por ninguna contingencia, porque somos lo suficientemente fuertes para defenderla y porque tenemos al pueblo, que es el factor indispensable de la Revolución; porque tenemos a los guajiros con sus machetes, que hablan un lenguaje patriótico, que tienen el temple del acero, la voz del acero, y son movidos por brazos que tienen el temple del patriota y del rebelde; porque tenemos a los obreros, porque tenemos a los profesionales, porque tenemos a los estudiantes, porque tenemos a todo el pueblo, salvo unos cuantos egoístas, salvo unos cuantos insensibles, solo unos cuantos que no tienen noción de lo que es la generosidad humana, ni el amor a sus semejantes, ni el amor a la patria .
¿Que el trabajo que tenemos por delante no es un trabajo fácil? Lo sabemos. Pero, ¿qué importa?  Este es un pueblo que ha nacido y se ha forjado para conquistar obstáculos grandes y difíciles, este es un pueblo que no debe temerle a nada.  Y acaso en estos instantes, cuando a la república la dejaron apenas sin reservas monetarias, cuando a la república la dejaron con unas deudas fabulosas, cuando la política azucarera seguida por la tiranía ha traído como consecuencia que en estos instantes el precio del azúcar sea el más bajo que haya tenido en 12 años, a pesar de todo eso, ¿no tiene una fe extraordinaria nuestro pueblo?  A pesar de todo eso, ¿no tiene que ser muy grande la confianza del pueblo en la Revolución cuando ha exteriorizado tanta simpatía?  Porque, ¿qué esfuerzo no estará dispuesto a hacer nuestro pueblo contra todas las circunstancias que tenga que afrontar? Porque si se tomasen medidas económicas contra nosotros, ¿eso le preocupa al pueblo? ¿Tiene miedo el pueblo de que se tomen medidas contra la nación?  ¡No!
El pueblo en ninguna circunstancia pasará hambre, porque cuando tengamos sembrada hasta la última pulgada de tierra, cuando tengamos en plenitud de funcionamiento nuestras fábricas, el pueblo no pasará hambre porque habrá malanga y plátano y yuca y arroz y todos los alimentos que sean necesarios para el pueblo.
Si no recibiéramos reservas, o si disminuyeran porque se tomaran medidas económicas con las que ciertos políticos extranjeros quieren amenazarnos, no importa.  Lo que importa es que la tierra produzca, ¡y nuestra tierra produce de sobra!  Lo que importa es que las plantas broten de nuestra fértil tierra trabajada con las manos generosas de nuestros campesinos, y que los campesinos produzcan no solamente para ellos, sino que sean capaces de producir los necesarios frutos para sostener a toda nuestra población; que los obreros de nuestras ciudades sean capaces de producir artículos industriales como ropa, zapatos y otros objetos esenciales a la vida, como para vestir y calzar a todos nuestros campesinos.  ¡No importa!  Que nuestra tierra y el valor de nuestros compatriotas y el espíritu de sacrificio de nuestros compatriotas es suficiente como para afrontar cualquier crisis.
La Revolución seguirá adelante su obra, seguirá adelante su obra constructiva, seguirá adelante su reforma agraria, seguirá adelante sus planes de construcción de viviendas, seguirá adelante sus planes para el pueblo, sus planes de turismo; seguirá adelante su construcción de escuelas, su construcción de hospitales, sus programas basados en la reforma agraria y en el desarrollo industrial del país; seguirá adelante en su programa de justicia social; seguirá adelante en su aspiración de elevar el estándar de vida de nuestro pueblo, y seguirá adelante con la convicción de que nuestro pueblo tiene madurez y tiene virtudes suficientes para proponerse esas metas, porque es un pueblo que conoce el pasado y no quiere volver al pasado; es un pueblo que vive el presente y vislumbra lleno de esperanza el porvenir y se ha propuesto conquistar ese porvenir.
Seguiremos adelante, pues, ustedes y nosotros, dispuestos a afrontar serenamente todos los obstáculos y todos los inconvenientes que se nos pongan delante.  Seguiremos adelante labrando el porvenir material y la liberación espiritual y moral de nuestra patria. Seguiremos adelante forjando este pueblo virtuoso.  Seguiremos adelante llevando la felicidad a los campos y a las ciudades.  Seguiremos adelante la obra al ritmo que nos permitan nuestras energías y nuestros recursos.  Seguiremos adelante sin vacilaciones y sin sombra de dudas, porque tenemos una fe que se ha visto confirmada en numerosas ocasiones, tenemos una fe y una seguridad absoluta en nuestro pueblo.
Por tanto, solo cabe decir: ¡Adelante!  ¡Adelante, compatriotas del campo!  ¡Adelante, obreros!  ¡Adelante, estudiantes! ¡Adelante, profesionales! ¡Adelante, cubanos dignos!  ¡Adelante, cubanos conscientes!  ¡Arriba!  ¡Adelante, combatientes del ejército revolucionario!  ¡Adelante, al pueblo!
Hoy nos reunimos aquí, hoy nos reunimos en la capital.  La consigna este 26 de Julio fue medio millón de campesinos a la capital.  La consigna para el 26 de Julio del año próximo será medio millón de ciudadanos a la Sierra Maestra, ¡medio millón de ciudadanos a compartir con los campesinos! Y allá el hombre de la ciudad llevará al campesino también su simpatía, allá irá a compartir con el campesino su vida, allá irá a ver un campo que está ya bajo el signo del progreso. Y allá los campesinos tendrán también sus hamacas, y allá los campesinos tendrán también sus barracones y sus bohíos, y sus latas y sus ollas dispuestas para cocinar y para recibir allí al medio millón de ciudadanos que los van a visitar, y sembrará más para tener el año que viene con qué acoger a los que los van a visitar.
Y como el campesino todavía tiene que recibir, porque el campesino todavía no puede dar sino sus magníficos y nobles sentimientos, lo ayudaremos para que reciba a sus huéspedes, recogeremos para ayudar a sufragar los gastos, y les llevaremos también ropa y les llevaremos juguetes a sus hijos y les llevaremos ropas también para sus esposas, porque el año que viene les tocará a las esposas de los campesinos.
Y así, el año que viene no será una concentración:  el año que viene será una dispersión por todas las montañas para que el hombre de la ciudad conozca el ambiente, conozca la vida y conozca el escenario donde surgió esta Revolución y conozca el porqué de estas magníficas condiciones de carácter y estas magníficas condiciones de sentimiento y de inteligencia de nuestros campesinos.  Y comprenderá el porqué de su espíritu de sacrificio, el porqué del vigor de sus brazos y por qué rechinan sus machetes; porque esos machetes rechinan clamando justicia, porque —como dijo Maceo— la Revolución estará en marcha mientras quede una injusticia por reparar.
Esos machetes no rechinan en balde. Esos machetes rechinan hoy por el campesino, pero rechinan también por el obrero.  Esos machetes rechinan también por el obrero y rechinan también por todo el pueblo.  Esos machetes rechinan por la patria.  Esos machetes rechinan por todos los cubanos, porque esos machetes están para defender el sagrado interés de todos.
Y lo mismo que el campesino vino hoy a comprender muchas cosas, lo mismo que el campesino vino hoy a aprender muchas cosas, a visitar las fábricas, a ver la capital...
Tal vez incluso marchen con una idea, con una idea de la capital que no sea exacta, porque en la capital también la vida es dura, en la capital también hay penas, en la capital y en las ciudades de toda Cuba hay también grandes preocupaciones por el estándar de vida bajo todavía en muchos sectores obreros, por la carestía de la vida.
Hemos podido ir poco a poco. Ya hemos podido rebajar los alquileres, hemos podido ir construyendo escuelas, hemos podido ir creando centros de recreo para todos los cubanos, hemos abierto todas las playas, porque hemos cortado todas las cercas de las playas para el hombre de la ciudad como hemos cortado las cercas de los latifundios para los hombres del campo.
Si aquí todo ha sido sonrisa, si aquí todo ha sido sonrisa en estos días, ha sido en honor del campesino; si aquí todo ha sido alegría en estos días, ha sido en honor del campesino.  Pero aquí como allá, también hay dolor; aquí como allá, también hay muchas necesidades que satisfacer; aquí como allá, se derramó también mucha sangre; aquí como allá, también hay injusticias —o había injusticias, porque muchas han sido abolidas y las que queden lo serán también—, aquí también hay penas.  Mas si todo ha sido un cuadro de felicidad, brazos abiertos, cláxones que suenan, voces risueñas y afectuosas, música alegre, todo ha sido en honor de los campesinos; esas puestas, camas preparadas, ha sido en honor de los campesinos.
Así, ustedes han conocido de La Habana la parte alegre; como mañana, como el año que viene, los hombres de la ciudad, de todas las ciudades, irán a conocer de ustedes las alegrías y también las penas; irán también una vez más a tratar de ayudarlos, porque la Revolución hacia donde primero tiene que dirigir su esfuerzo es hacia aquellos sectores del país que más lo necesitan.  Ese es un principio de justicia elemental.
Iremos siempre hacia los que más nos necesiten, y cuando hayamos ayudado a los que más lo necesiten, volveremos a ayudar entonces a los que más nos necesiten, y siempre iremos ayudando, por encima de todo, a los que más nos necesiten, porque esa es una ley fundamental de la equidad humana.
Como los campesinos, como nuestros hermanos campesinos son hoy los que más nos necesitan, a ellos tenemos que ayudarlos en esta primera etapa, y ayudarlos de la misma manera en que ellos a su vez, en la medida en que se liberen económicamente, en la medida en que progresen, ayudarán al progreso de toda la nación.  Porque la primera gran verdad que nuestro pueblo comprendió —y ahí el porqué del porcentaje tan alto de ciudadanos que respaldan a la reforma agraria—, la primera verdad fue que la reforma agraria no solo era la liberación del campesino, sino también la liberación de todo el pueblo.
Así, hoy nos toca ayudarlos a ellos. Y el pueblo los seguirá ayudando. Y nosotros continuaremos dirigiendo hacia ellos, como hacia los pescadores, como hacia los carboneros, como hacia todos aquellos sectores que viven en las peores condiciones, hacia allá iremos dirigiendo nuestro esfuerzo; hacia la educación de los hombres, de los hijos de las familias campesinas.  Porque el analfabetismo tenía un índice muy elevado en nuestros campos, porque no había escuelas ni maestros suficientes; la mortandad infantil tenía un índice elevado en nuestros campos porque no había asistencia médica ni condiciones de salud.  Pero no estará lejano el día en que hasta el hijo del campesino que vive en los más remotos rincones de Cuba sea también un estudiante.  Porque estudiantes —como decía ayer en la reunión de los delegados de la Federación de Estudiantes de Segunda Enseñanza—, estudiantes deben ser todos los hombres jóvenes, estudiantes deben ser todos los niños y todos los jóvenes; porque no hay razón para que estudiantes solo sean una parte del pueblo, cuando estudiante debe ser todo niño en edad escolar, todo joven en edad de enseñanza secundaria, todo joven en condiciones de adquirir una carrera.
Llevaremos no solo la tierra, no solo la satisfacción, los remedios a los males materiales; llevaremos también los remedios a los males espirituales.  Y por ahí hemos empezado.
El campesino de hoy es el héroe de la patria.  El campesino de hoy ya no es el hombre de ayer, a quien los intereses creados y los poderosos se interesaron en mantener tanto en el olvido, en la ignorancia y en el ridículo, porque querían que aquel hombre jamás se liberara.
El campesino hoy es el héroe de Cuba, es el héroe del campo y es el héroe de las ciudades.  El hombre aquel de ayer es hoy el héroe, el soldado de la Revolución que esgrime su arma, que es su arma de trabajo, y el símbolo de su arma revolucionaria y el símbolo del arma con que está dispuesto a defender las conquistas de la Revolución.
Así avanza la Revolución.  Algo ha avanzado en estos seis meses y continuará avanzando cada vez más firmemente; quizás no con toda la premura que deseamos, porque las posibilidades de desarrollo de nuestro país están limitadas por las circunstancias económicas y los recursos que tenemos ahora, y los cubanos no podemos contar más que con nuestro propio esfuerzo; los cubanos no podemos contar más que con el fruto de nuestro trabajo, y solos en el orden económico tenemos que labrarnos nuestro porvenir.
Así pues, compatriotas, al terminar este acto de hoy, al conmemorarse este sexto aniversario, el sexto año de aquel esfuerzo realizado por nuestra juventud para librar a la patria de la tiranía; este sexto año, que fue precedido por un 26 de Julio en la cárcel, dos 26 de Julio en el exilio, dos 26 de Julio en campaña en las montañas; en este 26 de Julio de la libertad, cuando al fin se comienzan a ver los frutos no del sacrificio de nosotros, sino del sacrificio de todos los hombres que lucharon desde mediados del siglo pasado por estos triunfos que ellos ayudaron a fundar —porque nosotros no somos sino los afortunados testigos de una obra que es la obra de varias generaciones de cubanos—, al conmemorarse este sexto aniversario del 26 de Julio, y al pensar en las glorias de nuestra patria, en las glorias nacionales y en las glorias internacionales alcanzadas con honor, en el prestigio de nuestra patria, en la simpatía que tienen los hombres de pensamiento de nuestro continente...  Porque la simpatía de los buenos de América corre pareja al odio de los malos de América, porque, dime quiénes son tus enemigos y te diré quién eres.
Nuestros enemigos son Somoza, Trujillo, el senador Eastland, que es racista, que es colonialista; nuestros enemigos son los grandes intereses, los grandes monopolios, los grandes intereses creados de la oligarquía internacional.  Y nuestros amigos son Lázaro Cárdenas, el senador Allende, la hija de aquel ilustre y extraordinario líder, la hija y la esposa de Jorge Eliecer Gaitán, que fue un apóstol de Colombia y cuyo recuerdo es todavía la fuerza que impulsa el ansia de progreso de aquel país.  Y así, todos y cada uno de los visitantes ilustres, que nos visitaron esta vez en número crecido y que nos visitarán en el futuro en número cada vez mayor, porque saben que necesitamos de su aliento, porque saben que necesitamos de su presencia, porque saben que necesitamos de su testimonio.  Porque la palabra de un Lázaro Cárdenas, como la palabra de Allende, como la palabra de la hija de Gaitán, como la palabra de Paz Estenssoro, como la palabra de Arévalo, como la palabra de todos los líderes prestigiosos de esos países, valen más que los cables calumniosos de los enemigos de nuestra Revolución .  Y nos visitarán porque saben que nuestra Revolución necesita de su aliento, porque saben que ayudar a la Revolución Cubana, ayudar a la liberación de Cuba, es ayudar a la liberación de todos los pueblos hermanos de América Latina.
Al pensar en este momento de excepcional emoción, surgida del despertar de la libertad, del despertar de la fe y la esperanza, al ver cómo se comporta nuestro pueblo, lo que siento es deseos de exclamar que nunca como en estos instantes nos hemos sentido tan orgullosos de ser cubanos; nunca nos hemos sentido tan orgullosos de nuestro pueblo, y nunca nos hemos sentido tan orgullosos de nuestra bandera, de nuestra bandera de la estrella solitaria, que cuando la veíamos hoy desplegarse al viento, bañada por los rayos del sol al atardecer, sentíamos ese júbilo infinito, ese júbilo que fue el sueño de tantos hombres que lucharon sin verlo cumplido:  el júbilo de sentir en esta generación toda la emoción y todos los sueños de varias generaciones.
Y al verla ondear, y al verla tan limpia, y al verla tan hermosa, y al verla tan honrada, la palabra patria, el símbolo de la patria y todo lo que se concreta alrededor de ese sentimiento que hace a los hombres morir cuando llegue la hora de morir para defenderla; al verla hoy, al ver el sitial tan alto en que hemos situado nuestra bandera, me sentí tan feliz que vi en ese minuto premiados todos los sacrificios que hemos hecho y todos los sacrificios que tengamos que hacer en lo adelante.
FIDEL CASTRO RUZ

Fuente: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos

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