julio 11, 2012

Discurso de Fidel Castro en la graduación de los responsables de Milicia, en la Provincia de Matanzas (1960)

DISCURSO EN EL ACTO DE GRADUACION DE LOS RESPONSABLES DE MILICIA, EN LA PROVINCIA DE MATANZAS
 Fidel Castro
[24 de Noviembre de 1960]

― Versión taquigráfica de las oficinas del Primer Ministro ― 

Compañeros graduados de la Escuela de Responsables de Milicia;
Señoras y señores:
¿Se oye? (EXCLAMACIONES DE: “¡Si!”) Este acto sencillo tiene para la Revolución un gran valor.  En primer lugar, es la primera vez en nuestra patria, y también podemos decir es la primera vez en América, que un grupo numeroso de obreros cubanos recibe su certificado de graduación de responsables de milicia, que quiere decir de oficiales de la milicia.
Y no es un certificado que se otorga fácilmente.  Comenzó el curso hace aproximadamente cinco meses, y comenzó en la Sierra Maestra, comenzó en el pico Turquino. Esta Revolución comenzó en la Sierra Maestra, y así también las maestras voluntarias, las brigadas juveniles, los responsables de milicia, y a todos cuantos queramos pasar por la prueba del rigor y del esfuerzo, comienzan por la Sierra Maestra.
Los soldados de las columnas especiales de combate del Ejército Rebelde, deben escalar diez veces el pico Turquino. Y los hombres que quieran ingresar de nuevo, es decir, como nuevos ingresos en el Ejército Rebelde, deben escalar veinte veces el pico Turquino. Y hay jóvenes que llevan ya más de ocho meses —ya que además de los 20 picos deben estar un año en la Sierra Maestra, y sin cobrar —, que tienen ya 15 escalaciones.
Antes no era así, antes se buscaba un padrino; llegaban los hombres con cartas de recomendación para ser soldados y, naturalmente, no surgían de entre los mejores.  Si nosotros hiciésemos lo mismo, no tendríamos buenos combatientes, buenos soldados de la patria; si nosotros invitásemos a todos los que quieran, ocurriría lo mismo.
Para escoger a los mejores es necesario la selección del esfuerzo. Nosotros también invitamos a todos los que quieran, a todos los que quieran subir veinte veces el Pico Turquino para ser soldados. Y lo mismo hemos hecho con los maestros voluntarios, y lo mismo hemos hecho con las brigadas juveniles, y lo mismo hemos hecho con los oficiales de la milicia.
Hacia el Pico se dirigieron más de 800; un número considerable no pudo pasar la prueba, pero muchos la pasaron. Sin embargo, los hubo que pudieron pasar la prueba del Pico Turquino, y no pudieron pasar la prueba de la Escuela de Responsables de Milicia, donde los compañeros han estado más de tres meses, y en ocasiones hasta mes y medio, sin ver a sus familiares. Muchos de estos compañeros tienen esposas y tienen hijos y, sin embargo, se impusieron ese sacrificio, y ese sacrificio, muchas veces, es más duro de pasar que cualquier otro sacrificio de orden físico.
Y así fueron seleccionándose, cada cual con su propio esfuerzo. Fueron autodepurándose, y al final quedaron, de más de ochocientos y tantos responsables, 536, que son los que hoy se gradúan de oficiales de la milicia.
Han pasado la prueba y han aprendido; no solo fue una selección, sino que fue también un aprendizaje. Y lo que han aprendido ya se observa en los batallones y en las unidades de milicia que hemos organizado. La presencia de los alumnos de la escuela, cuando todavía no eran más que alumnos, contribuyó extraordinariamente a la organización de las tantas y tantas compañías de milicia, que en los días en que parecía y era efectivamente más inminente, o al menos, más inmediato el peligro, se organizaron para defender al país de la agresión.
Y los compañeros responsables de esa organización expresaron, en numerosas ocasiones, su aprecio y su elogio al trabajo de los alumnos de la escuela que estaban ayudando a organizar las compañías, porque dondequiera que llegaban ellos se comenzaba a observar inmediatamente la disciplina, el orden y la organización.
Por eso, aun antes de finalizar el curso fue necesario utilizar los servicios de esos compañeros. Y unos pasaron a las baterías de cañones antitanques, otros pasaron a las baterías antiaéreas, otros pasaron a las baterías de morteros de distintos calibres.
Se ve que están aquí los compañeros de la Batería de Morteros 82.  Sí, ya sé que ayer hicieron prácticas y dieron en el blanco.
Y así, aun antes de finalizar el curso, ya se iban especializando en determinadas armas, y continuarán especializándose.
Significa mucho para el avance de la organización de las fuerzas para defender a la patria, la presencia de 536 graduados en esta escuela. Nosotros sabemos muy bien lo que eso significa, porque nos hemos visto enfrentados a la tarea de organizar a los combatientes a lo largo de toda la isla, sin contar con cuadros militares para esa organización. No es lo mismo movilizar 1 000 hombres, que movilizar 10 000 hombres, y no es lo mismo movilizar 10 000 hombres que movilizar equis cientos de miles de hombres. Y no se organiza fácilmente un pelotón de combate; incluso una escuadra de combate requiere mando y requiere preparación; lo requiere más todavía un pelotón, más todavía una compañía, más todavía un batallón, más todavía un frente de combate.
Una compañía, simplemente para enseñarla a combatir, requiere tiempo y requiere aprendizaje; no es lo mismo una compañía de hombres sin entrenamiento y sin dirección, lo cual no sería más que un conglomerado de hombres sin fuerza, a una compañía de hombres organizados, en la cual la fuerza de los hombres, es decir, de los individuos, se multiplica. Una compañía bien organizada de combatientes, con moral, con razón, y razón y moral quieren decir valor, una compañía de hombres valientes, bien mandada, bien organizada y bien entrenada, puede combatir contra 20 compañías que no tengan igual organización que ella.
Pero si esas fuerzas que se le opongan, además de disciplina y de organización, de mando y de entrenamiento, carecieran de moral y de razón, una compañía de combatientes con moral y con razón, y además con disciplina, con mando y con entrenamiento, se puede enfrentar, ¿saben a cuántas compañías que no estuvieran en las mismas condiciones de moral, de razón y de disciplina, y aun si tuvieran alguna disciplina y no tuvieran moral ni razón, saben a cuántas puede enfrentarse una compañía de combatientes, disciplinada, con valor y con razón? A todas las que quieran.
Y no es esta una simple afirmación.  Los hechos lo han demostrado en la historia de nuestro país más de una vez. Las fuerzas españolas superaban, muchas veces, el número de las fuerzas cubanas, y estaban, además, mejor alimentadas, mejor instruidas, mejor armadas. Y luego, en la lucha reciente, todas las fuerzas enviadas contra un núcleo pequeño de combatientes, fueron inútiles, y cuando comenzaron a librarse las grandes batallas de la Revolución, en el orden militar, el número mayor de hombres que nosotros logramos reunir frente a cerca de 8 000 soldados, fueron 300 hombres armados. ¡Ah!, si esos hombres, además, hubiesen estado bien armados, hubiesen tenido la oportunidad de aprender el manejo de las armas, hubiesen tenido la oportunidad sus jefes de adquirir la preparación que ustedes han adquirido, entonces, quizás habrían bastado con 150 hombres en vez de 300.
Es decir que una sola compañía puede enfrentarse a un número ilimitado de enemigos, si esa compañía está bien organizada, bien armada, bien mandada, y tiene, sobre todo, razón y moral para luchar.
Hemos tenido que enfrentarnos a la tarea de organizar al pueblo, de entrenar al pueblo y de armar al pueblo. Sin embargo, al mismo tiempo hemos tenido que ir preparando a los instructores y a los jefes; hemos ido saliendo adelante exitosamente, pero solo si se medita bien sobre lo que ese esfuerzo significa, se podría comprender la tarea realizada.
Y si los enemigos de la patria atacaran hoy a nuestro país, no encontrarían la misma resistencia que habrían encontrado hace tres meses, o hace un mes, o hace quince días, porque si atacaran hoy, se encontrarían frente a ellos equis número de batallones perfectamente armados, equis número de baterías de morteros de distintos calibres, equis número de baterías antiaéreas  equis número de cañones  y equis número de etcétera, etcétera, etcétera. Pero sobre todo, se encontrarían con algo mucho más difícil de vencer, con algo mucho más difícil de enfrentar: ¡Con quienes manejan esos equis números de las distintas armas; se encontrarían que esas armas no están en manos de un grupo de privilegiados, se encontrarían que esas armas no están en manos de hombres blandos, se encontrarían con que esas armas no están en manos de hombres que se han acostumbrado a vivir en la abundancia y en el lujo, no están en manos de hombres que nunca hayan pasado trabajo! Esas armas están en manos de hombres que han sabido lo que es pasar trabajo toda su vida, en manos de hombres que saben lo que es el sacrificio, en manos de hombres que saben lo que es la vida dura, en manos de hombres que no fueron los privilegiados de ayer, sino, ¡los oprimidos de ayer y los privilegiados de hoy! Es decir, del trabajador, del campesino, del hombre humilde del pueblo, que ayer cuantas veces veía un fusil lo veía contra él, lo veía frente a él, frente a sus aspiraciones, frente a sus derechos, frente a su dignidad. Esos fusiles estaban apuntando hacia él, manteniéndolos a todos ustedes,  manteniendo a todo el pueblo, manteniendo a cientos de miles de hombres, manteniendo a millones de cubanos, en la opresión, en la humillación, en la explotación.
Tener un arma era algo prohibido para el pueblo. ¿Por qué un obrero, o un campesino, o un estudiante, o un profesional, iba a tener un arma? ¿Para qué un artista, un poeta, un escultor, un escritor, iba a tener un arma? Las armas estaban en manos de unos pocos, y las armas eran prohibidas, es decir, no se prohibían las armas para evitar actos ilegales, no se prohibían las armas para evitar robos a mano armada, no se prohibían las armas para evitar crímenes.
Nunca hubo menos crímenes en nuestra patria, y nunca hubo más armas en manos de nuestro pueblo; nunca hubo menos robo en la historia de nuestra patria, y nunca hubo, sin embargo, más hombres armados en nuestra patria.
Las armas se prohibían, sencillamente, para que el pueblo no tuviera acceso a ellas, y los grupos privilegiados mantener sobre el pueblo la dominación, mantener la ilegalidad, mantener el imperio de la fuerza de una minoría sobre la inmensa mayoría del país, mantener al pueblo en la esclavitud y en la humillación. Por eso, las armas estaban prohibidas para el pueblo, y las prohibían con todo el celo de quienes sabían que el día que el pueblo tuviera armas, era que ese día habría desaparecido para siempre la opresión y la explotación en el país, porque entonces no era posible que una minoría desarmada impusiera sus privilegios sobre una mayoría armada.
Y el concepto que tenían de la nación no es el concepto cabal de la nación. Para ellos, la nación era una minoría: para ellos, la patria era una minoría; para ellos, la libertad era de una minoría.  Ellos tenían la libertad de explotar, de humillar, de perseguir y de maltratar a la mayoría.  Para ellos, el resto del pueblo no existía, el resto de la nación no existía.  La nación no era el todo, la nación no era el conglomerado de todos los cubanos; la tierra y la riqueza de la nación no era la tierra y la riqueza para el bien de todos.
El disfrute de los bienes que la nación crea, que los brazos trabajadores de la patria crean, no era para el disfrute de todos, ni mucho menos para el disfrute de los que la producían.  Las riquezas y el fruto del trabajo de la nación eran, principalmente, para aquellos que nunca habían sudado la camisa, que no eran capaces de producir un solo bien material para la patria.
Por eso, las armas estaban prohibidas. Y cuando armaban a alguien, no armaban a un obrero honrado, no armaban a un obrero revolucionario, ¡armaban a un gángster o a un pandillero para imponer el terror entre los trabajadores y entre el pueblo! No les entregaban las armas y el mando a los que eran capaces de escalar veinte veces el pico más alto de Cuba; no les entregaban el mando, ni las armas, a los obreros que pasasen por las duras pruebas que han pasado ustedes; no les entregaban las armas a los que escalaban, les entregaban las armas a los que “trepaban”, a los que se arrastraban ; les entregaban las armas y el mando no a los mejores, sino a los peores, a los más miserables; no a los más virtuosos, sino a los más corrompidos; no a los más revolucionarios, sino a los más renegados; no a los más patriotas, sino a los más vendidos al extranjero o vendidos al poderoso privilegiado.
Y lo que la Revolución ha hecho de entregarles las armas y el mando a los mejores, a los más virtuosos, a los más limpios, a los más revolucionarios, a los más abnegados, a los más patriotas, lo dice todo de nuestra Revolución más que ninguna otra palabra. Lo que la Revolución ha hecho es la garantía, definitiva y para siempre, de que la justicia ha de imperar definitivamente en nuestro país, y que nuestro pueblo marchará hacia adelante victoriosamente.
¿Quién lo duda? ¿Quién duda de que nuestro país vencerá todos los obstáculos? ¿Quién duda de que incluso los estamos venciendo sobre la marcha?  ¿Y quién duda de que sobre la marcha, quién duda...  y quién duda de que sobre la marcha, marchando victoriosamente y venciendo los obstáculos, el pueblo y la Revolución son cada día más fuertes?¿Quién duda de que la Revolución es hoy mucho más poderosa de lo que era hace un año? ¿Y quién duda de que los pasos son más seguros?
Nosotros recordamos hoy que un día, cuando llegamos a la capital de la república, destruidas las fuerzas que sostenían a la tiranía, dijimos que nos sentíamos igual que cuando habíamos desembarcado en las playas de Belic; que todo para nosotros estaba por delante; que todo para nosotros estaba por aprender; que, al fin y al cabo, habíamos ido aprendiendo sobre la marcha.  Y hoy también, próximo a cumplirse el segundo aniversario de aquel desembarco en la patria liberada, y el cuarto aniversario, porque aunque nos parezca que haya transcurrido mucho tiempo, aun cuando nos parezca, al ver las cosas y las realidades que hoy la Revolución ha creado, aun cuando nos parezca, al ver la obra de la Revolución, que ha transcurrido mucho tiempo, todavía no se ha cumplido el cuarto aniversario de aquel día en que un grupo de hombres, muchos de los cuales dieron su vida en el camino, desembarcaron en aquellas playas.
Hoy podemos decir que nos acompaña la experiencia de dos años de trabajo, después de la guerra; nos acompaña lo que hemos podido aprender en estos 24 meses.  Y en ningún tiempo los hombres y los pueblos aprenden como se aprende en una Revolución, y, sobre todo, en una Revolución como esta, que ha tenido que hacerse frente a tan poderosos enemigos; una Revolución como esta, que ha tenido que avanzar frente a los obstáculos puestos en nuestro camino por quienes en este continente tienen encadenados a los pueblos, por quienes en este continente mantienen en la peor explotación y en la más criminal miseria a millones y millones de hombres.
Y todo el poder de ese imperio, puesto contra nosotros, país pequeño, puesto contra la Revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes, se ha estrellado. Y el pueblo, en la lucha ha aprendido; y nosotros, en la lucha hemos aprendido; y por eso no nos sentimos hoy como el primer día, cuando desembarcamos, sino nos sentimos hoy como nos sentíamos dos años después de haber desembarcado en las montañas de la Sierra Maestra.
Ha aprendido nuestro pueblo, y hemos ido aprendiendo también nosotros. Y con esa experiencia, con más fe todavía, seguiremos hacia adelante. No dormidos sobre los laureles, porque a pesar de lo que hemos avanzado, simplemente estamos empezando.
Y ustedes también, compañeros, los que hoy reciben el honroso diploma que han recibido en esta escuela, que era la última, o el último cuartel de regimiento en convertirse en escuela, y por no dejar de convertirse en escuela, ¡se convirtió en escuela de oficiales de milicia! Ese honroso diploma significa que están empezando; las veces que escalaron el Turquino y los meses que estuvieron en esta escuela, significan que están empezando: lo que han aprendido, significa que están empezando, y que por delante les quedan muchas marchas. Antes iban como alumnos, antes iban en las filas, y ahora marcharán al frente; pero les quedan por delante muchas marchas. Les queda por delante mucho por aprender; salen de una escuela, y entran en otra; salen de una unidad, y entran en otra; salen de un trabajo, y entran en otro.
Ustedes son, hoy, oficiales de milicia. El grado que tienen es el más bajo: el grado de ustedes es el de subtenientes de la milicia. Por encima de ustedes, no hay nadie en la milicia con más grados. Es pequeño, pero son los primeros; y en la milicia no habrá fácilmente capitanes; en la milicia no habrá fácilmente comandantes; en la milicia hay que empezar por las escuelas para ser oficiales.  Pero en esta escuela no se gana más que ese grado; los demás grados son todavía más difíciles de ganar, ¡los demás grados hay que ganárselos con méritos extraordinarios, en el estudio, o en el trabajo, o en el combate! 
Y aunque manden una batería, o una compañía, o un batallón,  seguirán siendo segundos tenientes de la milicia. Por ahí hubo algunos que ya se llamaban hasta “comandantes de la milicia”; ¡miliciano comandante, no hay ninguno!; ¡miliciano capitán, no hay ninguno!; ¡miliciano primer teniente, no hay ninguno! Milicianos puede haber manejando baterías de morteros, chiquitos y grandes, baterías de cañones, o batallones, pero los mandan con el grado de segundo teniente; porque los grados aquí tendrán que ser el resultado, única y exclusivamente, del mérito verdadero, y para que así sea hemos empezado desde los primeros.
Y así será en toda la isla. Pero recuerden que ustedes han sido los primeros; ustedes han sido la vanguardia; en ustedes se sembró la primera semilla; con ustedes se plantaron los primeros árboles.  Y ustedes, cada uno de ustedes, lleva sobre sí esa responsabilidad; cada uno de ustedes lleva sobre sí el prestigio de todos. Porque cuando uno de ustedes falle, cuando uno de ustedes actúe mal, no dirán que fue “fulano”, sino dirán que fue un oficial de la milicia; y cuando la conducta de cualquiera de ustedes no fuese una conducta digna, no caerá el descrédito sobre ninguno de ustedes en particular, caerá sobre todos, y caerá sobre los primeros.
Lleven en su mente ese sentido de la responsabilidad y del deber; tengan presente el prestigio que van ganando y, sobre todo, tengan presente la fe y la confianza que la nación pone en ustedes, la seguridad que la nación siente en ustedes, y el honor que para la clase obrera significan ustedes, ¡y el honor que para ustedes mismos, obreros, hombres humildes del pueblo, que hoy ascienden en el cariño, en la confianza y en la fe de la patria, significan ustedes!
FIDEL CASTRO RUZ

Fuente: http://www.cuba.cu/gobierno/discurso

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