julio 09, 2012

Discurso de Fidel Castro en la Universidad de la Habana (1959)

DISCURSO EN EL ACTO DE LA UNIVERSIDAD DE LA HABANA
Fidel Castro
[11 de Mayo de 1959]

― Versión taquigráfica de las oficinas del Primer Ministro ―

Compañeros universitarios:
Voy a ser breve, puesto que yo estoy a la sombra y ustedes están al sol.
Debo confesar que esta mañana de hoy ha estado repleta de emociones para nosotros. Es cierto que visitando otras universidades tuve, como cubano, la satisfacción de ver el entusiasmo con que nos recibían, en todas las universidades por igual, los estudiantes de todo el continente, y eso, al visitante, le impresiona extraordinariamente.
Tal vez piense uno que esas emociones son superiores a las que experimenta en su propia patria; mas quien así pensase estaría equivocado, porque a mí, que me parecía natural venir a la universidad, detenerme allí en las cadenas de la entrada del “Calixto García”, ascender por esa calle que conduce precisamente aquí a la Escuela de Derecho —donde nosotros no fuimos muchas veces a la clase , pero fuimos asiduos concurrentes durante cinco años—, al llegar aquí, al reunirme con los estudiantes, al refrescar en mi memoria todos aquellos días de estudiante, al recordar que incluso soy todavía estudiante , y que tengo que examinarme, y que tengo que estudiar, que a lo mejor me voy a tener que levantar a las 4:00 de la mañana un día, o dos, o tres, para repasar las asignaturas; pero sobre todo al volver a vivir aquellos días felices del estudiante —porque, aunque nosotros no lo sepamos, no hay realmente días tan felices como los del estudiante—, al llegar aquí hoy, no pude menos que recordar, incluso, la primera vez que hablé en una asamblea universitaria donde, por cierto, no pude ni terminar.  Era novato —estaba pelado al rape— y, por supuesto, tuve que pagar la novatada.  Bueno, allí no me dejaron hablar ni cinco minutos: era una asamblea, y yo creía que iba a resolver los problemas, y realmente no me dejaron ni terminar.
Me acordaba de toda aquella vida en la universidad, de todos aquellos acontecimientos universitarios, y no podía, realmente, tal vez por esos reflejos que quedan en la mente de los hombres, sentirme exactamente igual y encontrar que, incluso, hablarles a los estudiantes, pesando sobre la mente todos aquellos recuerdos, me resultase tarea más difícil que hablarles a los estudiantes de otras universidades, donde llegaba con la idea de lo que es Cuba en su conjunto, de lo que nuestra Revolución significa.  Y eran para mí más sencillos los sentimientos, que el sentimiento complejo que se experimenta al llegar aquí en estas condiciones, a una asamblea de estudiantes como la que se ha reunido.
Me sitúo en la mente de cada uno de ustedes, y no puedo menos que recordar aquella vida que era para mí —como lo es hoy para  ustedes—, una vida llena de ilusiones, de nobles propósitos y de nobles aspiraciones; no puedo menos que recordar lo que hacía el estudiante desde por la mañana hasta por la noche, con sus cosas buenas y sus cosas regulares , con el tiempo que le dedicaba a los libros y el tiempo que le dedicaba a charlar con los compañeros, y con las compañeras también, lo mismo en estos bancos de la Plaza Cadenas que a la sombra de esos mismos árboles, que no han cambiado absolutamente nada.  Y recordar también que quizás las ideas que hoy estamos tratando de realizar en la patria fueron ideas muchas veces expuestas en estos bancos, no en actos grandes, porque en aquella época nosotros pasábamos un gran trabajo para que nos publicaran cualquier cosa, y un gran trabajo para poder reunir una multitud, y un gran trabajo para poder disponer de los medios con que hacer llegar nuestro pensamiento a zonas más amplias del pueblo; pero sí recuerdo que muchos de estos discursos que hemos tenido que pronunciar después, ya los habíamos pronunciado muchas veces debajo de estos árboles de la universidad.
Eran más o menos las mismas cosas, solo que nosotros, como estudiantes, no teníamos la suerte que tienen ustedes hoy.  Nosotros vivíamos en aquella atmósfera mediocre que caracterizaba los años anteriores a la tiranía en nuestra república, nosotros vivíamos aquellos años de frustración en que el que hablaba de ideales, el que proponía fórmulas mejores para el progreso y la felicidad de nuestra patria, podía pasar perfectamente como un iluso o un soñador, en medio de un ambiente donde aquellos ideales jamás habrían de convertirse en realidades.  Vivíamos en la amargura de nuestra impotencia, vivíamos en la amargura de aquella atmósfera sofocante, donde los privilegios y los intereses creados predominaban por doquier en nuestra vida pública, y que el ideal no era sino una chispa en círculos reducidos de nuestro país, entre ellos la universidad, donde incluso, muchas veces era ahogado por la tendencia acomodaticia, era ahogado por el ambiente, a pesar de esa pureza innata, a pesar de ese desinterés innato, pero que solo se caracterizaba, solo se escenificaba en breves momentos, en determinadas etapas, para volver a languidecer en nuestra universidad, porque no podía sustraerse del medio en el cual se desarrollaba y poco podía influir sobre el ambiente nacional en aquellas circunstancias como pudo hacerlo después.  Porque fue precisamente en la universidad donde surgieron los hombres que han dirigido esta Revolución, y fue esta universidad donde, si bien académicamente no aprendimos todo lo que podíamos haber aprendido, sin embargo, fue para nosotros una gran escuela en el orden de la psicología humana, de la experiencia social, de la preparación para la lucha que más tarde habríamos de llevar adelante.
Tan así es, que muchas veces me he dicho a mí mismo: ¿Qué habría sido de esta obra, en la cual nos corresponde una parte importante de responsabilidad, sin la experiencia que hubimos de adquirir en la universidad? Muchas veces me he preguntado cuántos errores habríamos de cometer hoy sin la experiencia, sin el conocimiento de los problemas humanos que adquirimos en esta universidad. Y tengo la seguridad de que sin este ensayo habría sido muy posible nuestro fracaso, porque, al fin y al cabo, somos todos hombres jóvenes, que nunca habíamos estado en el gobierno, que nunca habíamos tenido estas tremendas responsabilidades. Y si bien es verdad que los hombres se crecen en determinadas circunstancias difíciles, aún así, nadie sabe si habríamos podido llegar, con todos los obstáculos que tenemos delante, si habríamos podido proseguir con éxito esta obra, sin aquel formidable aprendizaje que fue para nosotros la universidad. Nos enseñó de la vida, que vale tanto como saber de letras o saber de ciencias, porque hay hombres muy cultos, pero que viven en una torre de marfil; hay hombres muy cultos, que todo lo ignoran de la realidad humana.
Y es más: entiendo que la universidad nos humanizó, entiendo que aquí invertimos gran parte de esa energía primitiva, de esas pasiones un tanto primitivas también con que venimos al mundo. Y muy frecuentemente acostumbro a pasar revista de todos aquellos años universitarios en que, obsecado con las ideas propias, me parecía que todo el que no pensaba igual que yo era un enemigo de la patria, era el hombre más perverso de la tierra, el más canalla y el más inmoral, para después encontrármelo en años venideros y descubrir que era un joven igual que yo, solo que tenía una idea distinta que yo; que era un joven con las mismas preocupaciones que yo, solo que aspiraba en la misma asignatura que yo aspiraba en la clase, y que aspiraba más o menos al mismo cargo dentro de la asociación a que aspiraba yo, y que tenía un grupo que lo apoyaba a él.  Y como uno se creía el mejor de todos, le parecía que los que no estaban con uno eran los peores de todos.
Eso hace que a veces en nuestras relaciones estudiantiles se produzcan verdaderas tempestades en vasos de agua, y que al correr de los años sintamos, experimentemos esa sensación de que la pasión nos cegaba y de que pocas veces le dábamos paso al raciocinio.  Porque debo decir que nosotros los estudiantes —y todavía en la partecita que me toca de estudiante—, somos de una manera o de una estructura mental tan especial que nuestra pureza, la convicción de nuestra pureza, nos hace a veces ser un poco estrechos de mente, nos hace sacrificar esa amplitud que necesitamos los hombres, si de veras deseamos comprendernos, porque no hay siquiera dos absolutamente iguales, no hay siquiera dos que pensemos o creamos absolutamente igual.
Es preciso buscar aquel común denominador que une a los hombres en vez de dividirlos, buscar aquella comprensión que hace a los hombres amarse en vez de odiarse, muchas veces por prejuicios, muchas veces por errores; porque pienso en aquella etapa universitaria que nosotros vivimos, porque pienso en el ideal de la nueva vida universitaria, porque deseo que entre los estudiantes pueda existir siempre la mayor unión, que solo se produce cuando marchan en pos de grandes aspiraciones; porque fue así lo que ocurrió a través de estos siete años de lucha:  que los estudiantes se unieron en pos del gran ideal de liberar a la patria, como nunca antes se habían unido, unión que debe mantenerse para que nunca las cosas pequeñas, las aspiraciones pequeñas, dividan y segmenten y siembren las pasiones entre los estudiantes, ¡porque tiene esta generación estudiantil una tarea muy grande por delante!
La Revolución que estamos haciendo no llegará al máximo de sus realizaciones, si parejamente no se produce en nuestras universidades el equipo de hombres que salve la tremenda laguna que se creó por ausencia de hombres técnicamente capacitados; porque hasta hoy muchos de los que produjo se perdieron en la mediocridad del ambiente, muchos de los que produjo nuestra universidad se perdieron en la corrupción y en la politiquería que caracterizó nuestra vida pública, y notamos hoy esa carencia de hombres que tanta falta nos hacen para llevar la obra de la patria nueva hacia adelante.
Es por eso que tan especial interés tenemos puesto en nuestras universidades.  Es por eso que ya se ha dispuesto de los primeros créditos para construir dos ciudades universitarias: la de Oriente y la de Las Villas, y es por eso que estamos esperando solo que se terminen los proyectos para hacer una gran ciudad universitaria en La Habana.
¡Tres ciudades universitarias serán el mejor símbolo de nuestra Revolución!  Cuba podrá mostrar al mundo tres ciudades universitarias, las que aspiramos sean algo más que flamantes edificios o modernos laboratorios, centros donde verdaderamente el espíritu académico, el espíritu de investigación y los métodos pedagógicos estén realmente a la altura de la patria que estamos forjando.
Esta Revolución comenzó a desarrollarse primero que nada en el espíritu de los propios estudiantes, que no solo fueron factor decisivo y abanderados en esta heroica lucha, sino que han demostrado y están demostrando una preocupación académica que no tiene precedentes en nuestra historia, una preocupación académica que no fue precisamente la preocupación de aquel estudiantado que regresó a la universidad después de la caída del tirano Machado. Aquella generación se frustró, porque se frustró la Revolución. No volvió a la universidad llena de esperanzas como vuelve esta, no volvió a la universidad unida como una sola pieza con lo que hoy es la Revolución en el poder.
En aquella ocasión, ¿cómo volvieron los estudiantes a la universidad?  Pues volvieron vencidos, volvieron derrotados, les faltó el aliciente que hoy le sobra a esta juventud, porque, al cabo de cuatro meses, lejos de haber sido desalojada del poder nuestra Revolución es más fuerte, nuestra Revolución es más sólida, nuestra Revolución avanza más rápido y gana nuevas batallas dentro y fuera de la patria .
(Desperfectos en el altoparlante.)
Quizás no tenga aquella misma voz que tenía cuando éramos estudiantes, en que no disponíamos a veces ni para alquilar el micrófono y el altoparlante, pero voy a hacer el esfuerzo para terminar estas ideas que deseaba exponerles.
Les explicaba el porqué, a nuestro entender, de ese espíritu que está caracterizando a los estudiantes, esa preocupación por el estudio que no mostró precisamente aquella generación revolucionaria, la diferencia entre esta generación triunfante y aquel estudiantado que vio truncos sus mejores anhelos.  Y eso se manifiesta en el espíritu de esta generación, porque sabemos que, en vez de estar pensando en sacar títulos comoquiera, la preocupación del estudiantado hoy es estudiar precisamente, prepararse.
A nuestro entender ese espíritu de superación, ese deseo de estudiar y preocuparse debe conservarlo el estudiante como su mejor tesoro.  Que jamás se alce una voz ni una asamblea estudiantil para pedir rebaja de materias, para pedir ventajas de orden académico que indiquen el deseo de obtener un título con el menor esfuerzo personal posible; que jamás se produzca una huelga de nuestra universidad por cuestiones de nota; que jamás se presente un aspirante haciendo campaña a título de facilitar la aprobación de la asignatura; que a nuestro entender hasta las preguntas importantes debieran desaparecer del estilo estudiantil; que el delegado ayude a sus compañeros para fines de superación, que lo ayude en todas aquellas cuestiones que impliquen una colaboración social determinada, a aquellos que tienen dificultades para asistir a clase, informes que lo beneficien, orientaciones correctas, pero nunca aquellas que tiendan a ganarse la simpatía de nadie a base de sacrificar la cultura y la superación de sus compañeros.  Que cuando los estudiantes se movilicen lo hagan siempre por causas justas, que cuando los estudiantes se movilicen lo hagan siempre animados por algo: por un propósito científico, por un propósito deportivo, por un propósito cultural o por un propósito revolucionario, mas nunca por aquellas cuestiones que antaño sirvieron para desacreditar a nuestros centros estudiantiles.
Huelgas, no, por cualquier motivo, porque esta es una etapa creadora de un país retrasado que no puede perder un minuto; de una juventud retrasada en sus estudios por sus obligaciones patrias, que no puede perder un minuto; de una juventud que la patria espera por ella, porque hoy —al revés que ayer— el estudiante tiene formidables perspectivas de porvenir en una nación que al desarrollarse tendrá ocupación decorosa para todos sus profesionales .
Y tan así es que aun desde ahora hemos tenido que acudir a nuestras facultades para buscar jóvenes y prepararlos para determinadas funciones de administración pública. Y tan así es que hemos tenido que acudir a todos los profesores de la escuela de agronomía, y a los alumnos, incluso, de la escuela de agronomía, y también de la facultad de veterinaria, profesores y alumnos, porque no nos alcanzan los técnicos para la reforma agraria que estamos llevando adelante; ni nos alcanzarán los pedagogos para nuestros planes educacionales, ni nos alcanzarán los doctores en filosofía, y con toda seguridad no nos alcanzarán tampoco los farmacéuticos, y mucho menos los químicos, los físico-matemáticos, los médicos: cuidadores de la salud del pueblo, los ingenieros no alcanzarán, ni alcanzarán los arquitectos. Todos saben que estamos diciendo la verdad.
Me preguntan por los abogados...  Nos faltan diplomáticos, nos faltan compañeros competentes para cubrir los cargos del servicio exterior de la república.  Y con seguridad que si regulamos bien la profesión, si tratamos de producir los que necesita el país —y somos menos abogados, y menos abogados—, alcanzamos trabajo todos.
Desde luego, es nuestro deber decir aquí, sin demagogia de ninguna índole, que es necesario que la corriente de profesionales se dirija hacia aquellas profesiones que más necesita el país, que no incurramos en los excesos de graduados en determinadas facultades de letras, cuando podemos necesitarlos en facultades más técnicas.  ¿Se trata de que nosotros, los que hemos estudiado para abogados, hayamos tenido vocación para abogados nada más?  A lo mejor la teníamos para otras profesiones y, sin embargo, estábamos estudiando derecho.
Desde luego que nos hemos vuelto un poco enemigos del derecho tradicional. Realmente, de mucho nos ha servido el estudio del derecho, sin duda de ninguna clase, y de mucho le sirve a un hombre público el estudio del derecho, y de mucho le sirve a un hombre público la mentalidad jurídica, puesto que la Revolución hay que irla encauzando a través de leyes que los revolucionarios debemos ser los primeros en cumplir.
La misma guerra demostró cómo muchos estudiantes tenían cualidades de militares, por ejemplo, cualidades técnicas; quizás muchos de nosotros tengamos cualidades para haber estudiado ingeniería o ciencias naturales, o ciencias físico-químicas, que, desde luego, lo que ocurre es que tienen fama de facultades duras, que tal vez eso influya en el hecho de que sea mayor el número de los que queremos estudiar derecho en la universidad.
Entendemos que nuestra juventud debe procurar adquirir aquellos conocimientos que sean más útiles en cada momento a la nación.  Sobre todo, si se tiene en cuenta que estamos entrando en una etapa enteramente nueva, no podemos seguir dejándonos llevar por costumbres enteramente viejas. Así, la reforma universitaria, como la depuración universitaria, son cuestiones esenciales.  No ha sido esa nuestra tarea, porque nosotros como gobierno no hemos intervenido ni pensamos intervenir, ni es necesario que intervengamos en estas cuestiones internas de la universidad. Hemos estado siempre en disposición de aprobar las leyes que faciliten o que conviertan en realidad jurídica el nuevo ordenamiento universitario, pero ha sido tarea propia de la universidad.  Y nosotros simplemente exponemos nuestro criterio y nuestra aspiración de que se produzca una verdadera depuración y una verdadera reforma universitaria. Y entendemos que hay fuerzas morales y espíritu revolucionario suficientes para que esas medidas se lleven adelante con toda justicia y con todo acierto.
Nosotros, por nuestra parte, solo podemos expresar aquí nuestra disposición de facilitarle a la universidad todo lo que necesite.
Nosotros conocemos y tenemos muy frescas todavía las ideas de nuestros días de estudiantes, de nuestros trabajos de estudiantes, de nuestros sacrificios de estudiantes.  Todavía recordamos la casa de huéspedes; todavía recordamos los sacrificios del estudiante pobre para pagar su matrícula; todavía recordamos los esfuerzos del estudiante para encontrar libros donde preparar sus exámenes; todavía recordamos aquellas conferencias borrosas , con las que los estudiantes se vuelven miopes tratando de leer una letra borrosa, adivinando —como dice aquí una compañera— más que leyendo, y todo el esfuerzo que se necesita cuando no se tienen facilidades para estudiar; recordamos todas las penalidades del estudiante: los que vienen del interior y tienen que hospedarse por un precio costoso en algún hospedaje incómodo, los que tienen que viajar desde lugares distantes.  Es por eso que, entre otras razones, aparte del simbolismo histórico que entraña esta universidad, somos partidarios de que no se traslade hacia la periferia , sino que se construya enclavada en esta zona y sus alrededores, para no desplazar nuestro centro docente de la histórica Colina , ni de su posición céntrica, ni de esas calles regadas tantas veces con la sangre generosa de nuestros mártires universitarios , y que fueron escenario de heroicas batallas de nuestros jóvenes, que marcharon con la frente en alto y sin armas a enfrentarse a los esbirros criminales, sin vacilaciones ni temor.
La universidad no puede ser trasladada de aquí, como no puede ser trasladado su recuerdo, como no puede ser trasladada su influencia en la vida nacional. ¿Por qué trasladar la universidad, si hoy el terreno no puede valer más de cuatro pesos el metro? ¿Por qué trasladarla de donde vamos a hacer el gran Hospital Nacional, de donde están los hospitales que el Gobierno Revolucionario ha puesto en manos de la universidad? Trasladar, si acaso, algunas facultades, como la de agronomía, hacia lugares donde cuenten con terrenos abundantes para desarrollar un estudio práctico y que al mismo tiempo sirva a los fines de la nación, brindando el aporte de las escuelas de agronomía y veterinaria al desarrollo agrícola de la nación.  Pero la universidad en sí sus facultades esenciales y fundamentales que permanezcan aquí, que busquemos todo el terreno necesario para los nuevos edificios, para las casas de los estudiantes, donde todos los que vienen del interior puedan albergarse, a precios de costo, con alimentos buenos, luces adecuadas, habitaciones cómodas, comedores holgados y salones de estudio; donde los estudiantes tengan sus bibliotecas, sus centros sociales en las inmediaciones de la universidad, para que puedan llevar una verdadera vida de estudiantes, sin ese calvario que hemos padecido los que unas veces veníamos sin el reloj y otras sin la hebilla, o sin el traje, que habíamos tenido que empeñar para ir al cine ; impresión de libros adecuados que faciliten los estudios; ampliación de la matrícula gratis hasta los límites necesarios y justos, de manera que toda familia pobre pueda estudiar gratuitamente en nuestra universidad; organización de los sistemas de enseñanza, de manera que faciliten la asistencia y el estudio a nuestra juventud, es decir, todo lo que se relacione con los horarios, con las clases diurnas y las clases nocturnas.  En fin, mejores sueldos para los empleados universitarios y mejores sueldos para los profesores universitarios, de manera que puedan dedicar mejor su inteligencia, y sin preocupaciones de ninguna índole, a la preparación de nuestros estudiantes.
Y en la misma medida mejorar nuestra disciplina, nuestra disciplina en los estudiantes y nuestra disciplina en los profesores también ; que los estudiantes asistan y estudien y que los profesores asistan y estudien , porque todo tenemos que hacerlo nuevo en nuestra universidad.
¿Y quiénes proponemos esto?  Pues lo proponemos nosotros, que somos miembros del Gobierno.  ¿Qué quiere decir?  Pues que nosotros somos los que tendremos que buscar los fondos para todas estas medidas, para la ciudad universitaria, para las viviendas estudiantiles, para los laboratorios, para el material de educación, para la ampliación de la matrícula, para los mejores sueldos.
Y si nosotros, que estamos manejando los fondos públicos, somos los que planteamos estas cosas, ello quiere decir que la Universidad de La Habana, lo mismo que las demás universidades, tendrán todos los fondos necesarios, porque ahora nadie se llevará el dinero del Tesoro Público, nadie se robará un solo centavo.  Y con lo que recaudemos, con los millones que antes se llevaban al extranjero los que saquearon a nuestra nación, con ese dinero haremos todas estas obras nuevas, que no serán por cierto las únicas, que formarán no más que una parte pequeña de la inmensa obra que el Gobierno Revolucionario se propone realizar en toda la nación, pero donde deben marchar parejamente hacia adelante todas sus instituciones fundamentales, principalmente nuestras universidades.  Nuestras universidades deben marchar parejamente con la Revolución nacional, con nuestras leyes revolucionarias, con nuestras medidas de justicia social, con nuestra reforma agraria, con nuestro desarrollo industrial.
Es verdadera fortuna poder plantear estas cosas a los cuatro meses del triunfo revolucionario, ver cómo se abre ya nuestra universidad; saber que de nuevo hay vida, que de nuevo se cultiva el vivero de las inteligencias de nuestro pueblo, que de nuevo en el mundo sabrán que nuestra universidad se abrió y ya no tendrán que preguntarnos cuándo se abrirá de nuevo la universidad. Saber que nuestras familias, las decenas de miles de familias de nuestros estudiantes, experimentarán desde hoy el regocijo de que sus hijos han vuelto a las aulas, de que ningún peligro se cierne sobre ellos, de que podrán salir de las aulas sin chocar con nadie , sin derramar su sangre generosa; que nuestra juventud estudiantil marchará alegre por nuestras calles, sin peligro de muerte, de tortura, de humillación, de cárcel o de exilio; y que la universidad nueva se abre en la patria nueva para una nueva era de felicidad, para una nueva era de esperanza, y que eso lo podemos decir al cabo de cuatro meses, cuando ya las otras dos universidades se han abierto.
La apertura de nuestra primera universidad, la apertura de esta universidad, cuyo prestigio se conoce en el mundo entero por las extraordinarias virtudes de sus estudiantes, por el extraordinario civismo de sus estudiantes, porque José Antonio Echeverría, Fructuoso Rodríguez, y toda esa pléyade de heroicos compañeros que cayeron, no son solo mártires de los estudiantes de Cuba, ¡son mártires y ejemplo de los estudiantes de América!; no solo se les venera en nuestros centros de estudio, ¡se les venera en todos los centros estudiantiles del continente!, y saber que la universidad se abre es un acontecimiento y es un triunfo más de la Revolución.
Notamos hoy, como nunca, la ausencia de esos compañeros, porque ellos debieran estar aquí, debieran haber hablado hoy.  Mas no están, porque tuvieron que pagar con su vida esta hora, tuvieron que pagar con su vida esta alegría, este triunfo.  Justo es que se les recuerde con infinito cariño, porque ellos más que nadie hicieron posible estos triunfos; justo es que se les recuerde, no solo hoy sino eternamente.  No solo con el fervor de hoy sino con fervor que no se entibie jamás.  Justo es que los recordemos a ellos y a todos los mártires que cayeron antes que ellos.
Ustedes son los estudiantes más afortunados que ha tenido nuestra patria.  Los comparo con nosotros en la época de estudiantes, los comparo con aquellas generaciones que los precedieron.  Ejemplos tenían muchos, muchos mártires que simbolizaban el heroísmo de los estudiantes cubanos, que llenaron el Salón de los Mártires Universitarios, pero en medio de la amarga sensación de que los sacrificios habían sido inútiles, de que hasta hoy solo —como dijo Mella—, habían servido de bandera.  ¡Fueron ellos la inspiración de nuestros estudiantes!
¿Quién no recuerda los 30 de noviembre, los 30 de octubre y los 27 de noviembre? ¿Quién no recuerda la conmemoración de cada mártir? ¿Quién no recuerda las ansias que bullía en el corazón de cada uno de nosotros, el deseo de emularlos? ¿Quién podría ignorar el influjo tremendo que ellos ejercieron sobre nuestra generación heroica y revolucionaria? ¿Quién podría ignorar que fueron nuestras banderas? ¿Quién puede negar la fortuna de haber contado con aquellos ejemplos?  Y si así fue, ¡cuánto más grande no es la fortuna de una generación que no solo cuenta con aquellos mártires, sino con el recuerdo fresco de otros muchos mártires, que fueron nuestros amigos, nuestros compañeros de aula o nuestros compañeros de la Plaza Cadenas! 
Ellos, a los que todavía vemos, ellos, a los que todavía sentimos de cerca, son el caudal inmenso que aumenta la influencia moral de los hombres que se han sacrificado por grandes ideales en las generaciones presentes.
Dichosa esta juventud estudiantil, porque tiene más ejemplos que ninguna.  ¡Y los tiene no en medio de la decepción o del fracaso, sino en medio de la hermosa esperanza que se abre para la patria!
FIDEL CASTRO RUZ

Fuente: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos

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