julio 12, 2012

Discurso de Fidel Castro a los profesionales técnicos de la construcción (1961)

DISCURSO A LOS PROFESIONALES Y TECNICOS DE LA CONSTRUCCION, EFECTUADO EN LA CTC

Fidel Castro
[12 de Abril de 1961]

― Departamento de versiones taquigráficas del Gobierno revolucionario ―


Compañeros ingenieros, arquitectos y técnicos de la construcción:
Ya venía haciendo mucha falta una reunión de este tipo, quizás por el exceso de trabajo, porque nosotros desde los primeros momentos del triunfo de la Revolución no teníamos mucha experiencia de cómo manejar algunos de los problemas del país, en parte también por no haber comprendido la necesidad de tener algún contacto más directo con los hombres que desempeñan funciones importantes en la tarea de hacer marchar hacia adelante nuestro país, no se había efectuado antes esta reunión.
Yo me voy a despojar en este momento — y deseo también que por parte de ustedes ocurra lo mismo— de todo tipo de reservas y de todo tipo de recelos... Les voy a hablar, sencillamente como se le habla a un grupo de cubanos, lo que nos interesa de ustedes y también lo que a ustedes pueda interesar; de lo que le interesa al país, a ustedes y a nosotros, los problemas que se han suscitado con relación a los sectores profesionales y técnicos. Debemos analizar a qué se deben.
¿Tiene la Revolución alguna animadversión con los técnicos? No. ¿Tiene la Revolución algún motivo especial para ello? No. ¿Pueden haber existido recelos? Sí. ¿Es acaso una desgracia ser técnico, ser ingeniero, ser arquitecto, en medio de una Revolución? No, no es una desgracia, desde nuestro punto de vista resulta todo lo contrario. Es posible que algunos profesionales no hayan analizado a fondo las cuestiones.
Si esa cuestión se analiza con sinceridad y con honradez se llega a la conclusión de que ser profesional, ser técnico, ser ingeniero, ser arquitecto, en un país en medio de una Revolución no es una desgracia, sino que debe ser una suerte.
Tiene su explicación el hecho de que algunos no lo hayan comprendido y es necesario, por eso, que todos tratemos de comprenderlo. Hay profesionales que no han cumplido con su deber; hay profesionales que han preferido abandonar el país antes que trabajar para su país; hay profesionales que sin motivo de ninguna índole y cuando menos se esperaba, abandonaron su patria y se fueron a trabajar a tierras extrañas, se fueron a prestar sus servicios a compañías extranjeras.
Se sabe que los enemigos de la Revolución tienen interés en privarnos de los técnicos, se sabe que han hecho campañas intensas con ese propósito. Es decir, privar a un país en desarrollo, en período de construcción y de crecimiento, de elementos que tanto necesita, como son los técnicos, como parte de todo un plan, que no se limita solamente a eso y que consiste, sencillamente, en el propósito de estrangularnos económicamente, suprimiendo de manera total las fuentes de ingresos tradicionales de nuestro país y los mercados tradicionales, que eran tradicionales no por culpa de nuestro pueblo.
Nosotros dependíamos inicialmente de un solo mercado por culpa de factores que nada tienen que ver con el pueblo, fundamentalmente por causas que tienen sus raíces históricas en la etapa final de la lucha de independencia: la intervención americana, el sometimiento a que nos vimos obligados a vivir durante casi toda la mitad de este siglo, que con la complicidad de políticos — y no hace falta decir lo corrompido y lo inmorales y lo poco patriotas que eran—, fueron los que configuraron la economía de nuestro país; ellos fueron los que desarrollaron aquí una política de monocultivo azucarero; fueron los culpables del enorme número de desempleados que había en la nación; fueron los culpables de que nuestro país no hubiese desarrollado una industria y que tuviese que depender prácticamente de un solo mercado en lo esencial, con toda su secuela de desempleo durante una gran parte del año, y de dependencia total a la voluntad de un país extranjero, y que incluso los ingresos del país por ese capítulo no se invirtieran tampoco en desarrollar la economía de la nación, sino que fundamentalmente se despilfarraron, y la parte que no iba a parar a las cajas de los bancos extranjeros, se malversaba en lujos y en una serie de privilegios, de los cuales disfrutaba una parte insignificante, una parte muy pequeña de la nación.
Lo que quiero decir es que el pueblo de Cuba no tenía la culpa de todo ese proceso, el pueblo de Cuba era sencillamente una víctima de ese proceso. Y la Revolución en su intento de cambiar ese estado de cosas se granjeó la enemistad, precisamente de los intereses culpables de esa situación, y esos intereses que no quisieron resignarse a esos cambios han agotado todos los recursos en sus manos para tratar de estrangular la Revolución económicamente y no solo estrangularla económicamente, si es posible arrebatándonos nuestros médicos, nuestros ingenieros, nuestros arquitectos y los técnicos que tanto necesita el país en este momento; tratar de sobornarlos, tratar de intimidarlos, tratar de confundirlos, en fin, tratar de sacarlos del país.
Hombres que estudiaron en nuestro país, hombres que se graduaron en nuestra universidad, que por lo tanto tenían un deber con su país, porque el hombre que no siente que tiene un deber con la tierra en que nació, el hombre que no siente que tiene un deber sagrado para con su país, el hombre que no siente que en esta vida tiene deberes para con los demás, deberes para con sus propios compatriotas, deberes para con su propia patria, no será nunca un hombre honrado, quien no lo comprenda... .
Aunque solo fuese por ese sentido del deber y aunque solo fuese por ese sentido de la dignidad, era de esperar que nuestros técnicos resistieran fuertemente a esa campaña y esa presión. No se puede juzgar igualmente a un técnico que ha cursado estudios universitarios, que a un hombre cualquiera del pueblo que no haya tenido esa oportunidad; no se puede juzgar de la misma forma a un ingeniero graduado de la universidad, que a un hombre cualquiera del pueblo ignorante, que lo reclutaron y lo hicieron soldado y lo hicieron defender la tiranía, y lo hicieron cómplice de una serie de crímenes y de robos.
En realidad se puede juzgar y se debe juzgar con más severidad a ese técnico que ha pasado por la universidad, porque es un hombre con más cultura, es un hombre capacitado para comprender mucho mejor que aquel otro, que analfabeto o semianalfabeto, que sin otra alternativa, no tuvo la suerte de pasar por los centros de enseñanza, ni pasar por la universidad; cuando un hombre cualquiera, en uso de su desesperación o de su ignorancia, comete una falta contra el país o se marcha del país, o trata de ganarse la vida mercenariamente, es más explicable que cuando observa igual conducta un hombre que en cambio no se puede quejar de la vida, no se puede quejar de que la vida le haya negado la oportunidad de adquirir una cultura amplia, de adquirir conocimientos que le permiten ganarse la vida de manera decorosa y llegar a tener un nivel de ingresos que ya envidiarían muchos infelices, que nunca tuvieron semejante oportunidad.
Un profesional universitario, si analiza su vida, si analiza las oportunidades que ha tenido en la sociedad, comprende que son mucho mayores que las que han tenido otros. Tuvieron la oportunidad de estudiar y aun el más pobre de todos posiblemente pudo estudiar, porque tenía una escuelita cerca de su casa, miles de cubanos no tuvieron esa escuelita cerca de su casa; o porque vivieron en un pueblo donde había centros de enseñanza secundaria, miles de cubanos vivieron en sitios donde no había esos centros y no tenían oportunidad de estudiar en ellas; han dispuesto de mayores o de menos esfuerzos económicos y pudieron estudiar en la universidad.
No había universidades, más que una en La Habana. Las cuatro quintas partes de nuestra población no tenían oportunidad de ir a estudiar en la universidad. Luego, una serie de causas le dieron la oportunidad que otros muchos no tuvieron.
Yo no puedo juzgar a todos los demás por el caso propio, porque en mi caso comprendo perfectamente bien que pude estudiar y pude pasar por la escuela secundaria, y aun por la universitaria, sencillamente por una razón: porque mi familia tenía recursos, porque mi familia me podía costear estos estudios; pero no recuerdo un solo caso, entre cientos de muchachos de mi propia edad que vivían por aquellas regiones, que haya podido ser estudiante de enseñanza secundaria, y ni soñar siquiera en llegar a ser estudiante universitario, por lo que, sacando mi experiencia personal, puedo decir que única y exclusivamente a esa razón se debió el haber podido ir a la universidad.
No pienso que todos los casos sean iguales, pero sí pienso, tengo derecho a pensar, que cientos y cientos de jóvenes de mi propia edad que también habrían podido estudiar, no tuvieron oportunidad de estudiar y, en cambio, yo la tuve por la única razón de que mi familia tenía recursos económicos.
Y es un hecho cierto que, en mayor o menor grado, son una serie de circunstancias las que nos dieron a nosotros la oportunidad de estudiar, y no se puede negar que las cuatro quintas partes de la población careció de esa oportunidad.
Luego, en eso es en lo primero que debemos pensar: si nosotros tenemos alguna razón para quejarnos de la vida, si nosotros no podemos considerarnos, en cierto sentido, beneficiados por una oportunidad, de la que una gran parte de los cubanos no pudieron disfrutar. Ahora bien, cada cual después en la vida trató de hacer lo que creyera conveniente hacer. A mí la vida me llevó por el camino de la Revolución, y me siento realmente muy satisfecho de que ese haya sido mi camino. Yo me siento incomparablemente más afortunado en ser hoy revolucionario, cueste lo que cueste ser revolucionario, que encontrarme entre los cientos de señores, que por poseer grandes latifundios de tierra, y no poder comprender la Revolución, o no poder resignarse a ella, se han marchado al extranjero.
Hay muchos técnicos que hicieron también lo mismo. Son ellos los que no han actuado bien, los culpables de haber creado una atmósfera de desconfianza; son ellos, los que no han actuado bien, los que no cumplieron con su deber, los que se marcharon del país con sus conocimientos, en el momento en que el país los necesitaba, los culpables de que puedan conceptuar mal al sector de los técnicos.
No pienso que pueda haber en ese recelo que hubo, o ha existido, y que estoy explicando, culpa por parte de la Revolución. En realidad, la Revolución no ha tratado mal a los técnicos. Y lo que hay que preguntarse es qué razón moral pueda tener un técnico para marcharse del país en medio de la Revolución. Lo primero que hay que preguntarse es si era correcto que cuando en este país reinaba la mayor corrupción que pueda imaginarse; cuando el dinero del pueblo se lo robaban a manos llenas; cuando cualquier ministro, cualquier jefe de despacho, cualquier subsecretario, cualquier politiquero, se hacía millonario de la noche a la mañana, pudieran haber técnicos que permaneciesen indiferentes ante esa situación, que no les importase trabajar en ese ministerio, que no les hiriese la sensibilidad moral pensar que le estaban robando descaradamente el dinero al pueblo, el dinero de hacer escuelas, de hacer caminos y de hacer hospitales, y que no se marchaban entonces del país. Y en cambio, cuando pueden asegurar que en su país hay un gobierno que es incapaz de robarse un solo centavo, cuyos ministros son incapaces de robarle un solo centavo al pueblo; cuando en nuestro país se ha puesto fin, de una vez y para siempre, a aquel vicio de la corrupción y de la prebenda, que haya entonces ingenieros que encuentren indigno trabajar en esta época revolucionaria, y en cambio no hayan encontrado indigno trabajar en aquella época, sin precedente, de corrupción y de inmoralidad .
Ustedes saben, además, perfectamente bien que el mérito de un técnico no se tenía en cuenta para nada; que eran los políticos los que distribuían los cargos públicos; que eran los políticos los que distribuían los empleos, y en muchas ocasiones eran los propios políticos quienes distribuían hasta los puestos de jornaleros en los departamentos del Estado. El mérito y la capacidad de un ingeniero o de un arquitecto, nadie lo tenía en cuenta.
La Revolución ha puesto fin también a ese procedimiento. La Revolución ha llamado a trabajar a todos los técnicos sin privilegios para ninguno. Es lógico que en determinados cargos del Estado los funcionarios que tienen la mayor responsabilidad se vean en la necesidad de escoger entre los técnicos, a aquellos que conozcan mejor, a aquellos que les brinden mayor confianza, sobre todo cuando se ha tenido la amarga experiencia de hombres que, desempeñando trabajos importantes, sin que nadie los molestara, de la noche a la mañana abandonaron sus puestos y se marcharon del territorio nacional, sin que nadie, por otra parte, se lo impidiera.
Pero que la Revolución ha puesto fin a aquel sistema repugnante e inmoral de los privilegios y de la politiquería, a aquel sistema repugnante del reparto de las posiciones públicas y de los cargos para favorecer intereses de caciques políticos, ese es otro hecho que cualquier hombre honrado toma en consideración, de que ya lo que él necesita no es ser adulón de un funcionario o de un ministro; que lo que él necesita no es ser miembro de la camarilla política de un político determinado; que lo que él necesita es ser un hombre competente y trabajador para que sus méritos se le tomen en cuenta, para que su trabajo esté asegurado, para que su persona sea digna de todo respeto y consideración.
Yo comprendería bien que en aquella época trabajar en el gobierno o en el Estado pudiera ser duro y amargo para muchos profesionales. Lo difícil es comprender que haya profesionales que en aquella época se hubiesen adaptado perfectamente a aquel sistema, y en cambio no se adapten al sistema de la Revolución. Esto, visto desde el punto de vista de los técnicos, de los intereses de los profesionales. Pero es que el profesional también está en el deber de mirar, aparte de sus intereses, los intereses del país, los intereses del pueblo.
¿Tienen que ser enemigos los profesionales y los obreros? No. ¿Dónde puede estar la pugna de intereses entre los obreros y los profesionales? ¿Es que acaso no pueden marchar, y deben marchar, perfectamente de acuerdo los intereses de los técnicos y de los obreros? ¿Hay algún punto de rivalidad o de conflicto entre los intereses de los profesionales y los obreros? No. ¡Es que hay tanto interés por parte del profesional como por parte del obrero, en trabajar juntos, en hacer el máximo esfuerzo! Entre los obreros y los profesionales, entre los intereses de ambos sectores, no puede ni deber haber ningún conflicto.
Pero, además, si el técnico es un hombre humano, si el técnico es un hombre honrado, si el técnico no es un egoísta, y sea capaz de dolerse de ver a una familia pobre sin el pan que necesita cada día; que sea capaz de sentir herida su sensibilidad humana ante el cuadro de esas familias que viven hacinadas, que no tienen un trabajo seguro; si ese técnico que sabe lo que cuesta la vida, que sabe lo que se necesita para sostener y vestir una familia, que sabe lo que él gasta todos los meses en cada una de sus necesidades, y por lo tanto puede comprender los sacrificios y los esfuerzos enormes que tiene que hacer un obrero para satisfacer las mismas necesidades, con incomparablemente menos recursos, para llevarle un pedazo de pan o un vaso de leche a su hijo, que es tan hijo suyo, como hijo del ingeniero el hijo del ingeniero, que es tan niño, necesitado de alimentos, deseoso de juguetes, deseoso de pasear, como lo es el hijo del ingeniero. O los esfuerzos que debe hacer para comprarle un vestido a su esposa, que es mujer, tan necesitada como lo es la compañera del ingeniero, y que tiene también necesidades que satisfacer, y deseos que satisfacer y que, sin embargo, muy pocas veces en la vida los verá satisfechos porque con lo que él gana no podrá permitirse ninguna holgura en la satisfacción de esos deseos y necesidades.
Si un ingeniero es capaz de comprender lo que es ese obrero sin trabajo, lo duro y lo inhumano que es esa familia sin el sustento diario, y si ese ingeniero recuerda qué difícil era obtener un trabajo de jornalero en el Estado, y recuerda cómo lo asediaban centenares y miles de aspirantes a jornaleros en cualquier obra; si recuerda eso, si recuerda las escenas de miles de hombres que estaban sin trabajo, y tiene sensibilidad humana para comprender eso, no se concibe que en medio de aquel régimen social inhumano, que no se preocupaba de que ese obrero tuviese oportunidad de llevar un pedazo de pan a su casa o una vara de tela a su esposa, y tuviese que prostituirse muchas veces y entregar su cédula para que le diesen un trabajo, y comprometerse a votar por cualquier politiquero ladrón; y comprende que hoy no es así, y comprende que hoy aquellas decenas y decenas de miles de hombres están trabajando, no se puede calificar sino de egoísta y carente de sentimientos humanos a aquel técnico que en el pasado vivía rodeado de todas las comodidades, en medio de la podredumbre, insensible al dolor de los demás, y hoy se marche de su país.
Y hoy, en cambio, se marche de su país por negarle su capacidad y su respaldo a una Revolución que ha hecho posible el que se pueda llevar un pedazo de pan a decenas y decenas de miles de obreros que antes le acosaban pidiendo trabajo.
Baste señalar que solamente en la capital, el máximo de obreros de la construcción llegó escasamente a 8 000 en las épocas de mayor florecimiento de ese sector, y que en la actualidad en la capital de la república hay 26 000 obreros de la construcción trabajando; y que en toda la isla nunca sobrepasó la cifra de 40 000 el número de hombres que trabajaban en la construcción, y que actualmente en toda la nación hay 95 000 obreros trabajando en este sector, y que, incluso, ya puede la Revolución plantearse el objetivo de cerrar la lista de ese sindicato, para garantizarles a esos obreros un trabajo permanente.
Aquella inseguridad en el obrero era una de las causas del bajo rendimiento: la idea de que se quedaba sin trabajo, una vez finalizada la obra. Naturalmente, que esa no era la única causa. Nosotros consideramos que organizando equipos de construcción con trabajo asegurado, lograremos elevar grandemente el rendimiento, que por cierto ha sido tradicionalmente bastante bajo.
Otra de las causas era la falta de interés en el obrero en las obras públicas, bajo la idea de que de nada valía que él se esforzara, puesto que su esfuerzo iba a servir para enriquecer a los que manejaban aquellos fondos. Se daba el caso paradójico de que un obrero trabajaba más en una obra por contratación que en una obra por administración. Muchas veces el obrero tenía interés en cumplir lo mejor posible su tarea, al objeto de que aquel contratista le garantizase trabajo permanente, garantía que no tenía en las obras públicas.
Y es lógico que un obrero trabaje con más entusiasmo cuando sabe que la tarea que rinda, la productividad de su trabajo, va a beneficiar al pueblo, y lo va a beneficiar, en primer lugar, a él mismo, porque esos fondos o ese ahorro que se logre en cualquier obra va a servir para mantener su empleo permanente, y va a servir para realizar obras de beneficio para todo el pueblo, sea un hospital, una escuela, o un camino; hospitales, y escuelas, y caminos, o viviendas, que él mismo va a utilizar.
No tiene ninguna lógica que un obrero rinda más en una obra por contratación, porque el obrero no es un esclavo que responda al látigo de ningún amo. El obrero es un ser humano, capaz de comprender perfectamente cuál es su interés, y capaz de adquirir una conciencia de los intereses colectivos de su país.
Yo recuerdo — y siento que la voz no me quiera acompañar mucho hoy— las discusiones en los primeros tiempos con algunos funcionarios que se oponían a la obra por administración, y los argumentos que expresaban. Y esas diferencias fueron derivando hacia la deserción y hacia la traición por parte de los que no eran capaces de comprender que una revolución puede perfectamente elevar la conciencia de los trabajadores, elevar su nivel de cultura, y lograr que un obrero de la construcción llegue a rendir mucho más trabajando para el pueblo que trabajando con algún empresario particular.
Naturalmente que los que fueron empresarios particulares difícilmente podrán comprender esto, porque ellos se habituaron a ese sistema, se habituaron a ese procedimiento, y es lógico que no puedan tener las experiencias que hemos tenido nosotros como revolucionarios, ni hayan podido adquirir la fe en el pueblo que nosotros hemos adquirido por la experiencia que nos ha dado la propia Revolución.
Nosotros estamos seguros de que cuando le garanticemos a cada obrero un trabajo permanente, y lo libremos de esa preocupación de quedarse sin empleo cuando se termina una obra, trabajando junto a ellos, elevando su conciencia revolucionaria y dándoles, todos nosotros, el ejemplo, lograremos aumentar el rendimiento de los trabajadores de la construcción extraordinariamente, por encima de lo que han rendido hasta hoy.
Se tenía también la idea, y, en efecto, también en los primeros tiempos de la Revolución se abrieron una serie de trabajos con el objeto de dar empleo. Actualmente, lejos de un exceso de desempleados, en muchos sitios del país ha sido necesario paralizar las obras, porque hacía falta personal para trabajos más urgentes. Ya no estamos en ese caso. Debemos tratar de que el rendimiento en la construcción sea el máximo, puesto que ya no se abre una obra para dar empleo: se abre una obra porque constituye una positiva necesidad para el país.
Y tenemos mucho que construir en instalaciones de fábricas, en viviendas, en centros educacionales, en hospitales, en frigoríficos, en instalaciones agrícolas. Es decir que hay un extenso capítulo de necesidades, y no las he enumerado todas, pero que pueden garantizar un empleo continuo a casi 100 000 obreros de la construcción. Esto significa que estamos en condiciones de elevar el rendimiento y de construir mucho más con el mismo gasto con el cual hemos estado construyendo menos.
Es necesario, además, que ustedes comprendan la función social tan útil que realiza una escuela, que realiza un hospital, que realiza una carretera, un frigorífico, una vivienda; la extraordinaria necesidad que tenemos de vivienda, demostrado en el hecho de que 150 000 personas suscribieron las planillas solicitando casas. Esa necesidad está a la vista de todos nosotros. Esas necesidades existían también antes, pero antes no se hacían escuelas, y se hacían más cuarteles que escuelas; antes no se hacían hospitales, antes no se hacían viviendas para las familias humildes; se construían edificios costosos donde cualquier familia debía pagar la tercera parte, cuando menos, de sus ingresos.
Hoy la Revolución se propone disponer de una cifra considerable de recursos para construir viviendas, donde cualquier familia pague por ellas solamente el 10% de sus ingresos. Y ustedes saben bien que en el campo no se hacía nunca una vivienda; ustedes recordarán aquella famosa comisión de viviendas campesinas, que se dedicó a construir casitas a la orilla de la carretera. Y cualquiera que viaje por la Carretera Central se encontrará esas casitas con “gorritos”, absolutamente iguales, a la entrada de distintos pueblos; espectáculo ridículo y vergonzoso, espectáculo indignante y repugnante, que debe ser una lección diaria para cada uno de nosotros y un permanente recuerdo de lo que era el pasado en nuestro país.
Esas casas construidas allí, donde no tienen ni patio siquiera, a la orilla de la carretera con el solo propósito de politiquear, con el solo propósito de engañar, con el solo propósito de que cuando pasasen por allí los amos pudiesen ver aquellas casas que eran una burla y un engaño al pueblo; todas exactamente iguales, todas de pésima calidad y que, además, costaban el doble o el triple de lo que valían.
Hoy la Revolución está llevando a cabo un programa de construcción de decenas de miles de casas, de pueblos enteros, no a las orillas de las carreteras, sino distantes muchas veces de la carretera, allí donde está enclavada la cooperativa o la granja del pueblo, y donde los campesinos van a llevar una vida que no tendrá nada que envidiarle a la capital y que tendrán, incluso, muchas condiciones de viviendas superiores a las que tenemos en la capital; porque la capital y las ciudades de nuestro país, quiénes mejor que ustedes saben la carencia total de normas de higiene, de salud y de estética con que fue construida; quiénes de ustedes, ingenieros o arquitectos, ignoran que si se analiza bien nuestra capital resulta una ciudad monstruosa y horrible, que no tiene apenas un solo parque donde puedan ir a descansar su vista el millón y pico de habitantes que tiene nuestra urbe metropolitana.
Es una ciudad sin áreas verdes, es una ciudad sin árboles, y que si había un parque bonito, un parque bello, era un parque en la Quinta Avenida; que si había jardinería y áreas verdes no era en la gran urbe, no era donde vive el 90% de la población.
El lujo de poder contar con un parque en las proximidades, una hermosa avenida sembrada de flores, patios y áreas verdes, ese lujo era privilegio de una minoría muy pequeña de nuestra población.
En la ciudad lo que importaba era amontonar edificios tras edificios, casas tras casas. Con la tierra existía una especulación repugnante. Se adquirían aquellas tierras que iban aumentando de precio cada vez más, en virtud de las carreteras, y de las calles y de las instalaciones que en ella se hacía, de donde venía a resultar una cosa tan absurda, que para construir una casa había que pagar 30 o 40 pesos el metro; cuando en realidad las instalaciones podían costar, todo lo más, tres o cuatro pesos por metro, y cuando en ocasiones aquellas tierras aumentaban de precio, no como consecuencia de un gasto del dueño de aquellas tierras, sino como consecuencia de un gasto del Estado; de donde resultaba que para construir una casa, ustedes mismos para construir una casa, tenían que pagar el metro a 30 o 40 pesos.
¿Y qué era eso sino un robo? ¿Socialmente cómo puede conceptuarse esa especulación sino de robo? ¿Y qué es beneficiarse con el aumento del precio en un terreno sobre el cual no se ha gastado nada ni se ha trabajado nada, sino que ha gastado el Estado, y lo han gastado otros? ¿Y qué era eso sino una traba y un freno al desarrollo de la vivienda? ¿Y qué era eso sino provocar el amontonamiento de casas, convertir las ciudades en sitios horribles, donde no hay ni espacio para los transeúntes, ni un árbol, ni un parque? Y todo lo que teníamos en el medio de La Habana era el Parque Central de La Habana, que para más desgracia era de cemento. Y ahora le han quitado el cemento y le han sembrado allí césped.
Yo no voy a preguntar aquí si alguien es católico, o es protestante o es comunista. No, yo no voy a preguntar eso. Lo que yo voy a preguntar es que si eso de que estábamos hablando era moral o era inmoral; era útil o era nocivo a la sociedad. Y si nosotros no tenemos derechos como revolucionarios y como hombres, y además del derecho el deber, de luchar por abolir aquel estado de cosas: por crear normas de vida distinta en nuestro país para que se acabe esa especulación vergonzosa y repugnante, en virtud de la cual unos cuantos señores que habían tenido la prisa de adquirir los terrenos adyacentes a la capital podían sentarse a descansar tranquilamente en la seguridad de que se iban a volver multimillonarios; multimillonarios sin hacer el menor esfuerzo, y acumular una fortuna que les iban a pagar los obreros, que les iban a pagar los inquilinos y que les iban a pagar ustedes mismos, los técnicos y los profesionales.
Porque cuando iban a adquirir terrenos en La Habana del Este o en cualquiera de esos repartos para construir una casa, les cobraban 30 o 40 pesos, cuando en aquel terreno no se había gastado ni siquiera tres pesos por metro, y ustedes iban a acumular esa fortuna y un señor sentado en su casa iba a percibir para seguir comprando solares; es decir, robar para seguir robando. Y aquel era el régimen en que vivíamos, un régimen de robo para seguir robando.
Cualquiera viaja hoy por esos repartos que eran propiedad de unos cuantos y ve que tenemos toda esa tierra disponible, y todos los terrenos de La Habana para construir. Nos podrán decir que es muy sagrado el derecho de un señor a ser propietario de una manzana en él medio de La Habana, y nosotros les podemos decir que es mucho más sagrado el derecho del pueblo a utilizar esa manzana, a utilizar esa manzana para construir edificios que puedan albergar 50 o 100 familias. Y es más sagrado el derecho de que en los nuevos repartos hayan amplias avenidas, áreas verdes y parques; y que la ciudad del futuro no sea esta ciudad horripilante de hoy. Y cualquiera de ustedes, que han estudiado de construcciones y que tienen una idea de la estética, estarán de acuerdo con nosotros en que esta ciudad es sencillamente una ciudad horrible, y que en esta ciudad horrible tienen que vivir cientos de miles de familias, tienen que vivir cientos de miles de niños, y tienen que vivir las familias en la intranquilidad de no tener un solo parque donde llevar a los muchachos, y que los muchachos tengan que estar jugando por las calles, donde quién sabe cuántos miles han muerto arrollados por los automóviles o por los ómnibus.
Todo aquel estado de cosas no podía ser eterno. ¿Por qué iba a ser eterno aquel estado de cosas? ¿Qué ha sido eterno en la vida de la sociedad humana? ¿Fue eterna la esclavitud? ¿Fue eterno el feudalismo? ¿Fue eterno el colonialismo? ¡No! Nada ha sido eterno en la evolución humana, y tampoco aquel estado de cosas iba a ser eterno. Por ley de la historia debía cambiar, y ahora yo me pregunto: ¿Se va a sublevar alguien contra la historia? ¿Se va a oponer alguien a la historia? ¿Se va a oponer alguna persona sensata al cambio de la historia?
Ese estado de cosas debía cambiar. Los cambios son duros, ¡claro que son duros! Una revolución es como un parto, y los partos también son duros, y las criaturas al nacer por lo general no se ven tan rozagantes y tan hermosas como cuando tienen ya seis meses. También la Revolución, al nacer, no será hoy tan rozagante ni tan hermosa como lo será dentro de seis, o dentro de diez, o dentro de quince años.
¿Ha hecho algo inmoral la Revolución?, ¿o ha hecho precisamente todo lo contrario? ¿Y era correcto que los técnicos permanecieran en sus puestos cuando no se hacían escuelas, sino cuarteles; cuando no se hacían casas, o cuando se construían aquellas casitas ridículas, a la orilla de la carretera; cuando había solamente 40 000 obreros trabajando y 40 000 sin trabajo, esperando turnarse? ¿Era correcto que cuando aquel robo descarado se cometía diariamente no se asilara nadie aquí? Y que ahora, cuando los cuarteles se convierten en escuelas — y esto no es ninguna frase bonita, es sencillamente una realidad que ustedes pueden contemplar por sus propios ojos, yendo allí, a Ciudad Libertad, o yendo a cualquiera de los cuarteles grandes del interior, y hasta incluso a los cuarteles pequeños; yendo a los pueblos, donde se acaban de construir 150 centros escolares; recorriendo el país, donde se han construido innumerables centros turísticos, que están al alcance del pueblo y de ustedes los técnicos, porque deben recordar que muchos técnicos no podían ir siquiera a Varadero, porque para ir a Varadero una semana con su familia, cualquier técnico necesitaba gastarse 400 pesos, y todos los técnicos no disponían de esos 400 pesos, y hoy son centros a donde pueden ir ustedes y puede ir el pueblo.
Ante esas realidades, ¿cuáles son las discrepancias morales de los que se marchan del país? Las únicas discrepancias morales entre los que se marchan y nosotros es la discrepancia que hay entre una moral recta y honrada y la ausencia total de principios morales.
En realidad, ¡qué triste es pensar en el destino de un hombre que pudo vivir respetado y reconocido entre los suyos, en su patria, siendo útil a ese país al que no tuvo nunca oportunidad de servir, y se marcha al extranjero a trabajar con compañías que explotan a nuestros pueblos hermanos, o a trabajar allí, en cualquier cosa, o a recibir una limosna de los enemigos de nuestro país! Porque el que no comprenda con claridad absoluta el problema de Cuba; el que se ponga a creer en cuentos de caminos; el que no se dé cuenta entre la diferencia diametral y profunda del pasado y de hoy, de la vida de un país absolutamente sometido, a un país absolutamente libre, a un país absolutamente soberano ; el que sea todavía capaz de intoxicarse con las mentiras que escriben las agencias y los periódicos americanos; el que sea capaz de creer en esos cuentos, es porque en realidad es un ignorante completo de la historia y de las realidades sociales.
Porque la diferencia que hay entre un país que es dueño absoluto de sus minas, de sus tierras, de sus fábricas, de su trabajo y de sus recursos, y el país que no era dueño de nada, porque pertenecía fundamentalmente a intereses extranjeros, que determinaban nuestra vida económica y nuestra vida política; el que no comprenda eso, y el que no comprenda que los sacrificios que nosotros nos veamos obligados a pasar no son consecuencia de la Revolución sino consecuencia de la agresión contra nuestro país, no son consecuencia de los cambios revolucionarios, sino consecuencia de las venganzas de los monopolios extranjeros contra nuestro país, y cómo a pesar de esa agresión el país realiza el milagro de darles empleo prácticamente a casi todos los desempleados, y cómo hoy llevan un pedazo de pan a su casa cientos de miles de hombres que no tenían trabajo; el que no comprenda que las privaciones, o el que falten televisores, o el que falten automóviles, es sencillamente consecuencia de la brutal agresión económica a nuestro país, del criminal bloqueo a nuestro comercio; el que no comprenda eso, es porque es un completo ignorante. Y el que lo comprenda y rehuya esta situación, y se va con el enemigo agresor, no es un ignorante ¡es un miserable y es un cobarde!
Son muchas pamplinas las que se escriben en los periódicos norteamericanos, pero baste observar cómo esa prensa le hace el panegírico a un Muñoz Marín, a un Ydígoras, a un Somoza, a un Prado del Perú; es decir, cómo le hacen el panegírico, y les cuelgan medallas; y les rinden honores a todos aquellos gobernantes que tienen la economía y el destino de sus pueblos entregados a los monopolios. No le rendirían tributo jamás a un Augusto César Sandino, a un Emiliano Zapata: les rinden de honores y los colman de elogios a los lacayos, a los que sirven a sus intereses. Los hombres que se rebelan contra esa hegemonía, contra ese imperio, contra ese sometimiento, ¡ah!, los colman de oprobios, los colman de insultos, y se dedican a hacer lo que están haciendo: recoger cuanto criminal y cuanto esbirro ensangrentó esta tierra, recoger cuanto filibustero y cuanto ladrón saqueó este país, recoger a cuanto pillo nació en esta tierra, y organizar con ellos ejércitos mercenarios, organizaciones de saboteadores, inundar el país de armas y de explosivos para destruir, para matar; y obligar a la Revolución a usar la mano dura, poner a la Revolución en la disyuntiva de tener que aceptar que todos los mercenarios del Servicio Central de Inteligencia yanqui, y que los mercenarios que responden a intereses extranjeros destruyan aquí vidas y riquezas, o tener que aplicar la mano fuerte de la Revolución y ser implacables con ellos, en cuyo caso ellos tienen material entonces para seguir echando leña en el fuego de las campañas contra nuestro país. Es decir que, o toleramos que destruyan y asesinen, o los fusilamos. No podemos tolerarlos, tenemos que castigarlos, tenemos que destruirlos, y entonces naturalmente eso sirve para seguir las campañas contra nosotros.
Cosa similar ocurre con el clero. La Revolución no ha hecho al clero víctima de ninguna agresión, no ha sacrificado ni uno solo de sus intereses; incluso el cementerio — que en Italia, sede del Papado, los cementerios fueron nacionalizados hace más de un siglo; que en México, donde existe una fuerte influencia católica, los cementerios fueron nacionalizados por Juárez, tengo entendido— aquí, esta Revolución ni había nacionalizado los centros de enseñanza, ni había nacionalizado los cementerios, ni se había metido con un solo cura, aun cuando docenas de curas estaban conspirando y participando en trajines terroristas. Y esto no es ninguna mentira, y nosotros no acostumbramos a decir mentiras; aunque nosotros sabíamos de esas actividades, ni siquiera eran arrestados. No hay más que un cura arrestado, porque fue capturado hasta en el momento en que, junto con otro, balaceaban a un miliciano, tratando de escapar del cerco (EXCLAMACIONES DE: “¡Paredón, paredón!”).
La Revolución no se ha metido con el clero. Sin embargo, contra la Revolución ha estado la campaña persistente y sistemática de conspiración, de propaganda, es decir, combatiendo a la Revolución por todos los medios, con propósitos de tipo internacional, de manera que no quede un solo cardenal ni un solo arzobispo en América Latina que no haga una pastoral contra la Revolución. Y esta es la jugada de Estados Unidos, es decir, del gobierno imperialista de Estados Unidos: la de contar con todas esas fuerzas para debilitar el prestigio de la Revolución afuera.
Y ustedes han visto que ese cardenal, Spellman, que nunca en su vida se le ocurrió pedir una limosna para salvar una vida de un niño aquí, ahora recoge millones de pesos para sostener allí, para darle limosna, esas limosnas anticristianas, a toda una serie de señores que eran dueños de industrias, latifundistas, criminales de guerra, que se han ido a refugiar allá. ¡Qué bondadoso y qué noble es el cardenal Spellman!
Yo creo que las cosas están bien claras. Esa es la política contra la Revolución, y de provocación a la Revolución, a través del terrorismo, del sabotaje, para traernos aquí ¿qué?, ¿su democracia representativa? ¿Y quién es capaz, en estos tiempos, de tragarse semejante mentira? ¿Quién es tan ignorante de la historia y de la realidad, para reaccionar como reaccionaría un niño de ocho años, al que le acabaran de exhibir una película de Hollywood?
Esa es la democracia de siglo y medio de América Latina, con su saldo, cada vez mayor, de hambre, de miseria, de engaño, de explotación, en que los gobiernos se pasan, como una pelota, entre las castas militares y las camarillas de políticos; donde el pueblo ni vota, empezando por nuestro país, donde había un millón y medio de analfabetos, cifra superior a todas las que aparecían en las estadísticas, y donde al hombre le exigían el carné por ir a trabajar en Obras Públicas; al otro, el mayoral le exigía el voto para darle empleo en un corte de caña; y donde los millonarios tenían aseguradas sus actas aquí, sus puestos en el Parlamento; y donde los ricos, los grandes latifundistas, tenían asegurados sus cargos en ese Parlamento; donde parlamento, prensa, radio, televisión, películas, cine, universidades, todo estaba al servicio de esa clase, que era la dueña de la tierra, la dueña de esos solares con que especulaba, la dueña de los edificios de apartamentos, la dueña de los recursos del país, pero para estrangular al pueblo mientras vendían al pueblo el purgante de su famosa democracia representativa, que no es más que una falsedad y no es más que una mentira, porque sencillamente el hombre del pueblo, el hombre humilde del pueblo, el obrero, el campesino, la masa mayoritaria del pueblo, no contaba para nada.
Ustedes iban antes a una colonia de caña de la United Fruit Company, se encontraban que había un mayoral, se encontraban que aquel mayoral era un hombre de ordeno y mando allí; se encontraban a las familias viviendo en las guardarrayas; se encontraban que no podían siquiera sembrar allí; si tenían un caballo, y salía para la caña, le llevaban preso al caballo, y se lo llevaban; no se lo devolvían. O le ponían una multa. Y, además, si hacía resistencia venía la pareja de la Guardia Rural, que estaba allí al lado del central, a las órdenes de la administración de esa compañía.
¿Ese hombre contaba para algo en los destinos de su país, en el progreso, en el desarrollo, en el trabajo de su país? No.
Ahora ustedes van a una cooperativa y se encuentran a todos aquellos mismos que vivían en la guardarraya, reunidos; que tienen equipos, que tienen una lechería, que discuten todos sus problemas, que tienen un consejo de dirección elegido por ellos, y discuten lo que van a sembrar, las condiciones de vivienda, los planes de cultivo; discuten con los organismos nacionales qué pueden sembrar, qué créditos necesitan para trabajar; tienen una tienda allí que es de ellos, y compran la mercancía que estiman pertinente. Y, además de eso, en vez de sargento de la Guardia Rural tienen un responsable de orden público elegido por ellos.
Es decir que al agente de autoridad lo eligen ellos y lo pueden quitar ellos. ¡Qué diferencia! ¿Quién le va a venir a decir a un guajiro de esos, que lo ideal, lo democrático, lo humano, lo justo, es que vuelva el mayoral, vuelva la Guardia Rural, vuelva la compañía, vuelva él para el callejón y la guardarraya, que se acabe el responsable de vivienda, el responsable de abastecimiento, el responsable de maquinaria, el responsable de producción, el responsable de cultura; que se acabe allí la escuela; que se acabe el maestro; que se acabe todo eso; que vuelva aquel mayoral bilioso y de malas pulgas a darle órdenes; que vuelva el sargento corrompido con su plan de machete; que le quiten las vacas, que le quiten todos sus planes; que le siembren caña, y caña, y caña; que se acabe el trabajo todo el año; que se trabaje nada más que tres meses y se vuelva a convertir en un perro?
¡Y le van a decir que esa es la felicidad, y que esa es la democracia humana! La democracia verdadera es la que, por primera vez, los hombres tienen en un país donde ya intervienen hasta en los destinos más importantes, en los planes decisivos, que se reúnen aquí sus representantes con los representantes de las granjas del pueblo, de los sindicatos, de las cooperativas; que participan, que discuten, que tienen voz y que tienen voto, marchando el país hacia instituciones nuevas, mil veces más democráticas que aquella falsa e hipócrita democracia de unos señores, que no han sido capaces ni de acabar con la discriminación racial ni con el asesinato de los indios en su propio país.
Claro está que ya no hay aquella libertad que había antes, mediante la cual un señor era dueño de un periódico. Aquí se hablaba de libertad de expresión. ¿Saben cuántos tenían libertad en Cuba? Seis personas: los seis dueños de los seis periódicos y revistas más importantes, porque el director quitaba y ponía redactores, y el director revisaba, el director censuraba, y en ningún periódico aparecía nada que no quisiera el director. Había seis, o siete u ocho periódicos, esos eran los seis, o siete u ocho señores que tenían derecho aquí a escribir libremente.
Otros eran dueños de las estaciones de radio o de televisión, y allí no se decía nada que no quisieran ellos: la opinión editorial, la redacción. Diez tipos tenían libertad aquí. ¿Cuál era la libertad? Que venía la Compañía de Electricidad, un monopolio, y entonces le pagaba un anuncio. ¿Ustedes han visto que un monopolio necesite anunciarse? Vamos a olvidarnos ahora de las decenas de miles de pesos que les daban todos los años: diez mil pesos todos los meses a casi todos aquellos periódicos. Además de eso, los puestos y las prebendas. Pero hay una cosa muy curiosa: no les alcanzaba eso.
Venía el monopolio eléctrico... Un letrero grande: qué bueno era, qué servicio tan extraordinario prestaba. Era un monopolio anunciándose. Resulta que el que quería encender un bombillo, de todas maneras tenía que consumir la electricidad de aquel monopolio; el que quería hacer una instalación eléctrica, tenía de todas maneras que buscar la electricidad de aquel monopolio. El monopolio no necesitaba anunciarse; estábamos obligados a consumir sus productos. Sin embargo, gastaba un millón, dos millones, que iban a parar a todos los periódicos, para que todos los periódicos dijeran al pueblo: qué bueno es el monopolio. No le decían: te cobran tanto, te roban tanto, te saquean tanto, te realizan tal política, sino: qué bueno es aquel monopolio.
Y lo mismo hacían con la Compañía de Teléfonos, y lo mismo hacían con todos los monopolios. Es decir que aquella era la libertad que había en este país: de ocho señores, el derecho a venderse como cochinos al mejor postor, y a venderse a los intereses enemigos de nuestro país. El pueblo tenía el “derecho” a absorber aquel veneno diariamente, aquella mentira diariamente. Y cada editorial, cada escrito, era sencillamente para defender aquellos intereses. ¿Defender las ideas de quiénes? De los que tenían el dinero. ¿Tienen, los que tienen dinero, derecho a tener ideas? Sí, no se lo niega nadie; a lo que no tienen derecho es a tener el monopolio de las ideas. Ahora, si los que tienen dinero son una minoría, y tienen derecho a tener idea, el pueblo, que es la inmensa mayoría, tiene mucho más derecho que ellos a tener idea y a tener periódico.
Hoy el guajiro de cualquier apartado rincón de la montaña, puede escribir; cualquier asociación campesina puede enviar un escrito; se reúnen las asociaciones campesinas, las cooperativas, los sindicatos, se reúne el pueblo, y hoy tiene el pueblo donde escribir. ¿Quién hace el periódico? Los mismos obreros. ¿Con qué divisa se paga el papel? Con las mismas divisas de la república, con el mismo plomo. Es decir que aquellos obreros tenían que estar trabajando al servicio de los intereses de aquellos señores que tenían el dinero; pues hoy esos obreros están trabajando al servicio de los hombres humildes del pueblo, que no tienen el dinero, pero que quieren una vida mejor, quieren tener trabajo, quieren tener casa, quieren tener tierra, quieren tener escuelas, quieren tener maestros. Y claro, ahora ellos tienen sus maestros, ¿por qué? Porque llegó la Revolución al poder. Y tienen la campaña de alfabetización, y tienen las cooperativas, y tienen los créditos, y tienen todos los planes que la Revolución está haciendo para ellos.
¿Por qué? Porque hoy no se gobierna para una minoría privilegiada: porque hoy la cultura, la universidad, los centros de enseñanza, los libros, los periódicos, la radio, la televisión, no están para embutir a la gente, para envenenar a los niños, despertarles instintos, y al mismo tiempo desviar las inclinaciones de los niños con toda esa podredumbre y toda esa porquería que nos mandan de Hollywood.
¿Hay aquí algún arquitecto, algún ingeniero, que no esté de acuerdo en que todo lo que ha venido de Hollywood es gangsterismo, sexo, negocio turbio y veneno? Todos ustedes han ido al cine y van al cine a cada rato, y se dan cuenta de que lo que viene es veneno puro, y que eso no le puede hacer ningún bien al niño. Aquí los periódicos, más que periódicos eran incluso garitos, porque todo el mundo tenía una rifa establecida allí; que los productos y los anuncios comerciales eran otro garito y centro de juego, y todo el mundo rifaba dinero. Daba asco pararse delante de un televisor y ver todo aquello. Y que todo era una publicidad pornográfica, y era una publicidad de tipo comercial, corrompida, viciosa. Y que está bien: a cualquiera le gusta ver un show, pero que no me digan que los niños, que son los que están sentados todo el día delante del televisor, iban a salir muy instruidos de allí. Y esos eran los hijos de ustedes, igual que los hijos del obrero; más los hijos de ustedes, porque ustedes tienen más televisores que los obreros.
Entonces, ese estado de cosas, inmoral, corrompido, sin esperanzas es el que está cambiándose en el país. Vamos a suponer que haya gente que ya tenga fosilizado el cerebro, cuyo cerebro sea incapaz de cambiar y de comprender algunas cosas, y cree ciegamente que el sistema aquel de los monopolios era mejor, y no el sistema de las cooperativas, de las granjas, de la reforma urbana, de suprimir la especulación, de convertir los cuarteles en escuelas. Bueno, pero que analicen uno por uno todos los hechos, y si la maraña filosófica no la entienden, que entiendan la maraña real, las cosas que se ven claras.
No hay por qué confundirse, no hay por qué engañarse con ese esplendor yanqui; ese esplendor sufrió una crisis en los años treinta, que de no ser por las medidas extremas que adopta Roosevelt, se habría derrumbado completa toda la economía yanqui. Y a pesar de eso, son tan ciegos que a Roosevelt le tienen odio y fue el que les salvó su capitalismo en Estados Unidos.
Y resulta que es el único país al que no le destruyen sus fábricas en la guerra. Toda Europa quedó destruida, toda la industria alemana, soviética, francesa, de casi toda Europa, destruida. Ellos desarrollan su producción, la elevan extraordinariamente, compulsados por la guerra, y entonces acabaron con la libre empresa, porque dijeron: “No, usted no fabrica barcos, usted no fabrica automóviles, usted no fabrica televisores.” ¿Por qué? “Porque al Estado no le da la gana, porque el Estado no le puede permitir que usted, monopolio, haga automóviles cuando hacen falta tanques; no le puede permitir a usted, monopolio, que haga yates, cuando hacen falta barcos de guerra, o cuando hacen falta yipis, cuando hacen falta camiones, cuando hacen falta armas.”
Suprimen la libre empresa, le ordenan a todo el mundo lo que tienen que producir. Entonces producen cantidades fabulosas de aviones, de tanques, de cañones, ¿cuándo?: cuando les apretó la necesidad. Desarrollan gigantescamente la industria; se acaba la guerra: toda la industria del mundo destruida, menos la de ellos, no habían perdido un solo tornillo en toda la guerra. Quedaron en una situación de ventaja extraordinaria, en industria, en técnica. Comparen con el caso de la Unión Soviética, que le destruyeron todas las fábricas, decenas de miles de aldeas, le acabaron con el ganado, acabaron con la industria soviética los nazis, y además mataron 20 millones de ciudadanos de ese país, entre los cuales había muchos técnicos, muchos hombres competentes.
Esa fue la situación en que quedaron. ¿Qué ha hecho con esa industria? ¿Ha ayudado al mundo con aquella industria tan extraordinaria que se desarrolló en la guerra y que quedó intacta, ayudó a producir maquinaria y a desarrollar la economía en el resto del mundo? No, eso estaba en contradicción con sus intereses de país monopolista, que tiene que mantener países colonizados y explotados.
Sin embargo, no han pasado apenas 15 años y ya ustedes ven las circunstancias: que en el día de hoy, precisamente aquel país, donde le habían destruido todas sus fábricas, le habían matado 20 millones de habitantes, acaba de lanzar el primer hombre al espacio.
Toda esa industria de acero que desarrollaron en la guerra está a la tercera parte de su producción. ¿Ustedes no creen que es muy triste que en el mundo estén necesitando cabillas cientos de millones de personas, para hacer casas, para hacer escuelas, para hacer acueductos, y, sin embargo, estén a la tercera parte de su capacidad de producción esas fábricas? ¿No es un absurdo? Y así está una gran parte de la industria norteamericana; creo que la única que está a plena producción es la industria de chiclets en Estados Unidos.
Así que no hay que ilusionarse con las supuestas maravillas. Claro, han acumulado las riquezas que han surgido; todo país desarrollado industrialmente tiene un estándar de vida más alto, aunque desperdicie esa capacidad de producción. Además, lo ha hecho en gran parte a costa de la explotación de otros pueblos.
Entonces, utilizan toda esa presión, toda esa agresión económica y toda esa maniobra, para evitar que nosotros avancemos. Ellos tienen cientos de miles de técnicos, porque han tenido muchas más universidades que nosotros. ¡Ah!, ¿y nos quieren llevar los nuestros, para que nosotros entonces no podamos hacer ni hospitales, ni escuelas, ni fábricas, ni caminos, ni carreteras, ni desarrollar la economía ni la vida de nuestro país? ¿Se los quieren llevar, sobornarlos, pagarles lo que sea, porque tienen dinero? No, si ellos pudieran contar con que se vendiera todo el mundo, tenían dinero para comprar a todo el mundo aquí. Pero hay una cosa: que hay gente que no se vende por ningún oro.
Y esa es la desgracia de ellos: que con todo el oro que tienen en la misma loma esa, que ya no les queda mucho ¿saben?, que va disminuyendo bastante, pues no les alcanza. Así que el oro es impotente, porque llega a hombres que no los soborna, ni con la idea de aquel lujo ni de aquella vida frívola yanqui. Porque al fin y al cabo, aquella es una vida bastante frívola, terriblemente frívola y aburrida; y de bastante juego, de bastante borracho, de bastante gangsterismo y de bastantes cosas.
Además, ¿una playa? ¡Ah! ¿Ustedes creen que allí el pueblo puede ir a bañarse a la playa? Miren, las únicas playas buenas que tienen por ahí, por la Florida, nada más van los millonarios. Y aquí el más humilde obrero puede ir a bañarse a Varadero; ya desde este año puede ir a bañarse a Varadero; 40 pesos vale una habitación en cualquiera de esos centros turísticos.
Así que ellos no pueden engañar ni ilusionar a la gente; sobre todo, no pueden evitar que se conozcan ciertas realidades, y es el desprecio con que miran a los latinos. Y quien ha pasado por Estados Unidos se da cuenta. ¿Producto de qué?: de la mala educación, producto de que siempre les han enseñado a despreciar al negro, a despreciar al indio, a despreciar a los latinos, y entonces tienen ustedes que aquella política, propaganda de tipo nazista, pues hace que mucha de esa gente desprecien a los latinos por el mero hecho de que sean latinos.
Y esa es la realidad. Luego, miran con doble desprecio al que compran, porque a nosotros, nos harán terribles campañas contra nosotros, horrores, pero tendrán que admitir dos cosas: que ni les tenemos miedo ni nos vendemos. Esas son dos cosas... Esas son dos cosas que allá, en su fuero interno, los generales del Pentágono y los millonarios, los banqueros americanos, tienen que reconocer: que con nosotros no hay remedio, porque con la fuerza no nos intimidan y con el dinero no nos pueden comprar.
Y entonces, la única política que les queda es una política de respeto y de paz con nuestro país, y están ellos empeñados con todos esos mercenarios que, total, les van a obligar a hacer veinte mil papelazos, porque todos van a terminar haciendo papelazo tras papelazo. Con eso no tienen ni por donde empezar aquí; si los quieren meter en grupitos, que los metan en grupitos: bueno, nos entretendremos ahí buscando a los grupitos y liquidando a los grupitos. Ya se les acabarán los grupitos, algún día se les acabarán...
Los 5 000 o 6 000 tipos que tienen no les pueden durar mucho tiempo, porque aquí somos millones, sin contar los muchachos que están creciendo.
Así que les liquidaremos sus contrarrevolucionarios, sus terroristas, les ganaremos esa lucha. Internacionalmente la situación se les hace cada día más difícil para una agresión directa; están cada día técnicamente en desventaja en el orden internacional, de tipo militar. Así que, ¿qué es lo que han cambiado los que se han ido de este país?: Cambiaron la vaca por la chiva. Eso es lo que han cambiado.
¿Qué problema tenían aquí? En plan de querer trabajar, y trabajar honestamente, y hacer lo que debemos hacer todos, ya tendremos más tiempo para descansar en el futuro; hacer el mayor esfuerzo, trabajar con amor por lo que estamos haciendo, con interés, con responsabilidad. Y tenían todas las consideraciones aquí en su país; una remuneración alta y decorosa por su trabajo, porque nosotros entendemos que hay que remunerar bien a los hombres según el esfuerzo que están rindiendo y según la capacidad con que puedan servir a su país; la consideración y respeto por parte del pueblo, por parte del gobierno; la satisfacción de que están haciendo algo útil.
Se han ido para otro sitio. ¿Y quién dice que no va a haber revolución en esos sitios? Aquí parecía que iba a ser más difícil que en ningún país de América; nosotros éramos el país más “yancófilo ” que había en este continente; éramos el país más influido por la propaganda yanqui; el país donde estaba más destruido el espíritu nacionalista; donde menos se esperaba una revolución, y aquí la tienen. Y la revolución no la trajo nadie aquí, ni mucho menos; la revolución la hemos hecho aquí nosotros, estos mismos que ustedes ven aquí, nosotros mismos, por nuestra propia cuenta.
Así que es un hecho tan histórico, que no se le ocurrirá negar a nadie aquí. La Revolución es porque se derrotó el ejército de la tiranía, y al destruir las fuerzas militares de la tiranía se pudo establecer un régimen revolucionario en el poder. Y entonces no han podido destruirla, como la destruyeron en otros países, porque siempre quedaba el ejército intacto; esas revoluciones que hacían los ejércitos, que cuando la cosa se ponía dura quitaban al que estaba ahí, y aliviaban un poco la cosa, y después ponían otro; y así les iban tomando el pelo a los pueblos.
Y aquí parecía más difícil, y hubo revolución aquí. Si todavía hay más hambre y más injusticia en muchos pueblos de América Latina, más espíritu revolucionario del que había antes — no del que hay ahora, por supuesto—, y menos espíritu nacionalista del que había antes aquí, hay más allá que el que había antes aquí. Entonces, es de esperar que haya revolución también, años más, años menos, en esos pueblos. Y en los propios Estados Unidos llegará un día en que haya revolución, llegará un día en que se aburran, incluso, de aquella gente allí; llegará un día en que se cansen los mismos monopolios del lloriqueo y de la impotencia de toda esa gente, y entonces los manden a freír tusa, diciéndoles:“Ustedes no sirven para nada, señores; lo que nos han estado haciendo aquí es hacer papelazos ridículos a nosotros, perder el tiempo, desprestigiarnos.” Porque, ¿qué ocurre? Ocurre un desprestigio, un desprestigiamiento paulatino del poco prestigio que les quedaba en la América Latina.
Y los hechos son bien evidentes. Ahora mismo, en sus planes hay una proposición afroasiática en favor de una mediación, bajo los auspicios de la ONU, es decir, una discusión entre Cuba y Estados Unidos. Claro que ellos no quieren, porque a ellos no les conviene discutir; ellos están en sus planes de agresión y de contrarrevolución, y se han gastado mucho dinero, se han hecho muchas ilusiones, y como todavía no se han acabado de desilusionar, pues no les conviene ese tipo de discusión.
Pues, sin embargo, México y Brasil, dos de los países de más prestigio, de los países más grandes de América Latina, conjuntamente con un país pequeño, pero que es un país muy patriótico, un pueblo muy patriótico, cuyo gobierno ha tenido una postura digna, que es el Presidente de Ecuador , esos tres países han declarado que están dispuestos a apoyar esa moción afroasiática, yeso es como para romperse el cerebro los norteamericanos; con todas sus campañas, con toda su política de agresión, se encuentran con una fuerte solidaridad a favor de nuestro país, o en defensa de nuestro país, en defensa del derecho de Cuba.
Es decir que cada día su prestigio queda más por el suelo en América Latina y llevan ese camino de seguir desprestigiándose y debilitándose en este continente. Así que en la lucha de ellos contra nosotros, en su actitud de agresión económica, de intervención aquí, de sabotaje, de promover revoluciones, todo eso, es una cosa criminal lo que están haciendo, y, además, descarada. Porque pocas veces se han tenido que quitar la careta como se la han tenido que quitar ahora, al estar aquí promoviendo de una manera descarada el sabotaje y el terrorismo, y trayendo armas, dándoles todos los recursos a los elementos contrarrevolucionarios.
Esa es una política destinada al fracaso; ellos están destinados también al fracaso.
¿Ustedes concebirían que en la época de la independencia de América, la gente...? Claro, fue una lucha también, y hubo gente que adoptó el partido de España, como aquí también... ¿Qué se piensa ahora de los que en aquella época, que fue cuando empezó la guerra de independencia de América, se fueron al lado de España? Pues que la historia los sepultó en el olvido, las polillas se encargaron de comérselos, de roérselos. Así que esa gente que han abandonado en este momento histórico a su país y se han pasado al lado del enemigo sin justificación, calculando de manera equivocada, están llamados a que la historia los sepulte, a que las polillas se los coman de viejo allá. Eso han hecho, renunciar a su país.
¿Van a venir a decir que lo de antes era mejor que lo de ahora? ¡Ah!, ¿no se fueron antes y se van ahora? ¿Dónde está la moral de esos señores?, ¿dónde está la razón de esos señores?, ¿dónde está la justificación? Y le niegan su esfuerzo al país cuando el país de verdad está desarrollando una obra extraordinaria, y todo el que viene... Y valdría la pena que cualquiera de estos que se haya ido fuera a un recorrido con los que vienen de otros países de América Latina para que escucharan sus frases de admiración por parte de personajes de todas las tendencias políticas. Porque hay una cosa en que están de acuerdo, están de acuerdo en el antimperialismo, y están de acuerdo en todo lo que está haciendo la Revolución Cubana. Y vienen aquí y se van maravillados y asombrados de que en dos años se hayan podido hacer las cosas que ha hecho la Revolución. Sería bueno que hubieran podido escuchar esas frases, porque, en realidad, han hecho el peor negocio de su vida, y han cambiado una posición honrada, una posición donde podían tener todas las consideraciones por parte del pueblo, reconocimiento por parte del pueblo, por marcharse del país.
¿Por miedo? Bueno, la muerte de todas maneras llega, lo mismo aquí que allá, que en cualquier parte, más joven o más viejo. Eso de irse por miedo no tiene sentido de ninguna clase; porque es como el que trata de huirle a la muerte, de todas maneras se tiene que morir algún día.
Bueno, no nos vamos a morir, sobre todo porque estamos en plan de que el que venga a matarnos tiene que morir también aquí; los que vengan a invadirnos tienen que traer dos jabas: una para dar y otra para recoger. Y armas no nos faltan, ni nos van a faltar. Las necesitamos, ojala no hubiéramos tenido enemigos y hubiéramos podido dedicarnos nada más que a la agricultura, a la construcción, a las fábricas, a la industria y a la alfabetización, pero desgraciadamente, ante las amenazas del enemigo hemos tenido que armarnos, armarnos bien, porque tampoco nos vamos a armar a medias. Si nos vamos a armar, vamos a armarnos bien.
Esas son las cosas. Aquí no habría hecho falta ni un cuchillo si no fuera por el imperialismo, porque no podrían sin la ayuda del imperialismo tener aquí ninguna fuerza, ni ningún recurso, ni ninguna facilidad. Y, entonces, sí, claro, necesita el pueblo armarse y necesita invertir energías en eso.
La situación es esa. Yo les he querido razonar sobre estos problemas, porque entiendo sinceramente que no tienen razón los que se han ido, que han actuado muy mal, y que es muy triste porque les hacen un gran daño a los ingenieros y a los arquitectos esos señores que hoy se van.
Hoy están hablando aquí, mañana agarraron el avión... Están en un cargo importante y al otro día lo dejan, siembran una desconfianza con respecto, incluso, a los técnicos honrados que están decididos a quedarse.
Es necesario que el sector técnico se identifique ciento por ciento con la Revolución, que el sector técnico cifre su suerte con la Revolución, no esté esperando en dos suertes, porque aquí no hay más que una que es esta; fuera de esta, ¿qué puede haber? Que no quedara ningún habitante aquí; y entonces para qué van a querer técnicos aquí. ¿Van a venir entonces cuando no quede un solo habitante en el país?
Porque de veras que no quedaría ni un solo habitante aquí, porque aquí hasta los niños estarían armados para defendernos, ¡hasta los niños! ¿Y entonces para qué van a pensar en volver aquí? Todas las casas destruidas, todo destruido, todas las fábricas destruidas, ¿para qué van a volver aquí? Aquí no hay más que una sola suerte que es esta, y es la suerte que sinceramente creo que cualquier técnico debe correr, la de su país. Lo otro son ilusiones, es andar con la cántara de leche al hombro, imaginándose una fortuna cuando se cae la cántara y se rompe.
Aquí es donde tienen el porvenir, aquí es donde tienen el trabajo remunerado, considerado y, además, útil, porque no van a estar trabajando para ningún míster, para ninguna compañía, para ningún americano de esos con la boca torcida, dando órdenes en un idioma que no es el idioma de ustedes.
Vamos a suponer que se puedan encontrar algún funcionario que tenga un poco de mal carácter, algún compañero y que les cae pesado. Bueno, imagínense, los cubanos no somos tan pesados. Por lo general aquí los pesados son minorías; aquí si uno se encuentra un pesado... bueno, pero fuera se va a encontrar por cada pesado aquí diez pesados fuera. Además, un pesado que les va a hablar en inglés, no les va a hablar en español.
Ahora, una cosa con la que ustedes no se van a encontrar aquí es con un ladrón, con ningún tipo que tenga un negocio sucio, con ningún esbirro, con ningún torturador, con ningún latifundista de esos... Y allá se va a encontrar con todo eso. En cada esquina de donde estén se van a encontrar un esbirro; lo mismo se encuentran con Ventura, que con Masferrer, que se encuentran con un presidente de una compañía de monopolio americana de esas, que se encuentran con un millonario que ha saqueado la república, que se encuentran con un gángster que era dueño aquí de los cabarets y de los garitos, que se encuentran toda esa clase de gente. Lo que difícilmente se encuentran un honrado allí; eso sí es verdad... Bueno, sí, mire, pudiera haber algún técnico honrado allí que sin darse cuenta fue a caer en aquella manada de gente sinvergüenza.
Aquí no se encontrarán un hombre haciendo negocio sucio, un hombre robando, un hombre enriqueciéndose; no se encontrarán sino gente honrada. Claro, puede caer alguno pesado; bueno, eso es inevitable, ya eso no depende de la Revolución. Antes yo les aseguro a ustedes que había más gente pesada, más políticos pesados.
Yo me acuerdo que antes uno iba por la calle y por las carreteras y veía los pasquines de fulanito, de“Yeyo”, del otro, del otro... senador, representante, alcalde, concejal... toda aquella gente. Unos se ponían muy bonitos para ver si las mujeres les daban el voto; otros se ponían con mucha guayabera y mucha cosa; otros por demagogia se desabrochaban la camisa para ver si le daban los votos la gente del pueblo. Aquella gente era mucho más pesada en todos los órdenes de lo que pueda ser cualquiera ahora.
Y algunas cosas en que no se esté de acuerdo con la Revolución, ya yo dije que la criatura a los dos años no puede ser tan bonita como a los seis años, desde luego. Pero, en realidad, ¿esa gente con quién se va a juntar allí...? Además, con una mano de charlatanes que no hacen más que hablar y hablar. Claro, les ponen estaciones de radio, les ponen todo. Nosotros no teníamos ni una miserable estacioncita de radio cuando estábamos en el exilio para hablar, y no era cuestión de palabras, era cuestión de hechos, y lo demás era cuento de camino.
Allá se consuelan hablando y hablando, con un melodramatismo que a veces ustedes oyen a un descarado de estos hablando y dicen: ¡Hay que tener la cara dura! Y entonces después del melodramatismo inmediatamente un anuncio en inglés. Se ve toda aquella cosa híbrida allí; entonces oyen una música en inglés... Toda una cosa híbrida, repugnante, y producto extraño por completo. Eso es lo que representan realmente.
Aquí, en cambio, todo lo nacional, la cultura, el arte nacional, todo lo del país está desarrollándose, avanzando; adquiere perfiles cada vez más desarrollados nuestra tradición, nuestra cultura, nuestro sentimiento nacional... Es decir que los cubanos se están desarrollando a un impulso y a un ritmo extraordinario con el ritmo de la Revolución.
Ellos para contrarrestar eso no podrán aquí presentar ningún cuadro. Ya les digo que no van a poder venir con el mayoral, ni van a poder venir con nada para engatusar a ver si confunden... Dicen: Bueno, bueno, respetar las leyes revolucionarias, pero quitando a esa gente; es decir, quitar a los que hicieron las leyes revolucionarias, y venir los que estaban en contra de las leyes revolucionarias, y que por estar contra esas leyes se vendieron a los americanos. Los americanos son capaces de crear aquí un comunismo, pero sin los revolucionarios que hemos hecho la Revolución; comunismo yanqui. Los americanos aceptarían un comunismo yanqui aquí ahora con tal de que a nosotros nos enterraran 20 varas bajo tierra.
Pero no pueden pensar que hemos derrotado aquí al imperialismo, que le hemos destruido el frente imperialista y que hemos abierto una brecha revolucionaria. Entonces, cualquier cosa... pero no pueden perdonarnos. Ellos estarían dispuestos a renunciar a todos sus monopolios; desde luego, de una manera torpe, porque ellos son los que han agriado las relaciones con nosotros, ellos son los que han creado la tensión. La Revolución no tenía interés en llegar a ese agriamiento, ni tenía interés en llegar a esa tensión, pero es que a cada ley revolucionaria venía primero la campaña de insultos, la campaña de amenazas y después los hechos y, naturalmente, la Revolución tenía que responder, y a cada medida una ley más, a cada medida una ley más, hasta que no quedó un interés yanqui aquí; queda el edificio de la embajada que está ahí en virtud de una cortesía de tipo internacional, pero que está muy bueno para escuela .
Hay que compadecer a esa gente que se fue a mezclar en aquel ambiente. Pero, sobre todo, no hay que compadecerlos ahora que todavía tienen algunas ilusiones; hay que compadecerlos dentro de cinco años en que posiblemente empiecen a añorar su tierra y verán los técnicos que se quedaron los trabajos que están haciendo porque aquí hay muchos compañeros, y ustedes lo saben bien, que están ocupando trabajos importantísimos en la industria, sencillamente porque han tenido una buena conducta, no porque fueran amigos míos ni del compañero Osmany ni de nadie, y están ahí, y nosotros no les preguntamos de quiénes eran amigos, ni mucho menos, cómo pensaban, cómo actuaban, cuál era su identificación con la Revolución, porque eso sí nos interesa. Nos interesa que sean revolucionarios los técnicos, pero no vamos a exigirles que sean revolucionarios; nos interesa que sean honrados, que trabajen honradamente, que sean firmes.
¿Que hay un técnico que no quiere pensar como nosotros? Eso no tiene nada que ver con los cálculos que él tiene que hacer, con la obra que tiene que dirigir, con el trato que les tiene que dar allí a los obreros. Es decir que ciertas normas no tienen que ver nada con lo que él quiera pensar; su posición filosófica no interesa. Lo que interesa es que sea leal a su patria, lo que interesa es que sea leal a su pueblo. Y yo no creo que a nadie le quede ninguna duda, porque es una Revolución que está ayudando al pueblo, que está haciéndolo todo por el pueblo, y que por eso se haya enemistado con una minoría, minoría poderosa en recursos, minoría que influye, incluso, en una parte de otras capas de la población, porque influían.
Nadie debe olvidar que cuando la sublevación de los esclavos, en Haití, hubo muchas familias que vinieron con parte de sus esclavos para acá, y se pusieron a construir los cafetales por allá por la Gran Piedra con esclavos que trajeron. Una parte de los esclavos siguió con ellos, en el momento en que los esclavos se sublevaron. Así que ellos tienen alguna influencia en los otros sectores, pero es minoritaria.
Ahora, la fuerza de la Revolución es susceptible de crecer, y está creciendo; la Revolución tiene más organización, tiene más experiencia, y está llevando sus recursos a todos los rincones del país; ha hecho una sólida unión de los obreros, de los campesinos, de los obreros industriales, de los obreros de las granjas del pueblo, de los cooperativistas y de los campesinos que tienen su finquita chiquita, y que son más de 100 000. Los ha organizado en asociaciones, les ha dado créditos, les ha llevado maestros, y tiene todo un plan, lo cual promueve una estrecha unión de todos esos sectores, que son mayoritarios, y que van a ir identificándose cada vez más con la Revolución.
Ya tiene miles de maestros, pero ahora van a ir decenas de miles de alfabetizadores a enseñarlos allí a leer y a escribir; hay un espíritu que crece, que se ve en el pueblo. No son los sectores estos vacilantes, hay por debajo de los sectores que vacilan un pueblo muy firme, y ustedes lo verán el Primero de Mayo, ustedes verán qué movilización tan gigantesca, y ustedes los profesionales deben sumarse a esa movilización del Primero de Mayo.
No hay ninguna contradicción entre los intereses de ustedes y los intereses de los trabajadores; ustedes son también trabajadores intelectuales, es decir que ustedes pueden marchar perfectamente junto con la clase obrera, y los profesionales marcharán cada vez más junto con la clase obrera; y vienen nuevas oleadas, nuevos contingentes de estudiantes universitarios, cuando la oportunidad se le abre por igual a todo el mundo y se les dan becas a los hijos de familias pobres, nuevos y nuevos contingentes de técnicos se irán sumando a la masa de los actuales técnicos.
Nosotros no podemos pedirles que ustedes vayan a ser tan revolucionarios como van a ser las nuevas generaciones, pero tampoco nosotros mismos, los que hemos estado dirigiendo la Revolución, somos mejores de lo que van a ser los futuros dirigentes del país, porque también son hombres que van a llevar una preparación más sistemática, más metódica, van a contar con recursos de preparación, con cuadros que la Revolución no ha tenido hoy.
Desde luego que la generación futura sabrá hacerlo todo mejor que nosotros, incluyéndonos todos, y los muchachos que surgen de las ciudades escolares, y de los cuales en días recientes hube de leer unos trabajos, demuestran una inteligencia virgen, que se desarrolla de una manera prodigiosa. Llegarán a escribir, a hablar y hacerlo todo mejor que nosotros, esa es una ley de la historia de la Revolución.
Pero nosotros vamos a tener un mérito también, que es hacer la Revolución en la hora difícil, cuando hay gente que vacila, gente que no entiende, gente que se aturde y se confunde, se le enmaraña la cabeza y deserta de la Revolución. Hay que quitarse todas esas marañas, hay que ver claro y entender esto, entender esto como es: una Revolución social y profunda, en que la gran masa del pueblo, la masa mayoritaria, marcha adelante con nosotros por caminos genuinamente revolucionarios; y ahí, en esa Revolución, debe incorporarse todo el pueblo.
Yo admito que un latifundista no se quiera incorporar. ¿Por qué? Porque él vivía de eso, y no se resigna ya si no es con aquel estándar de vida. ¿Pero un técnico? Porque, aun cuando un técnico haya tenido una finca o un edificio de apartamentos, le queda su técnica, señores, le queda su capacidad; le queda para recibir ingresos, posiblemente superiores a los que necesite, posiblemente tenga ingresos hasta para guardar, porque la Revolución no es avara en pagarles a los técnicos, prefiere mil veces hacer los gastos que sean necesarios, antes de que se desperdicie el dinero por la incompetencia, o porque no se trabaje, y queremos que lo que invierte, tanto en técnicos como en obreros, rinda. Hasta el técnico que haya tenido otros bienes y haya sido afectado por la Revolución, le queda eso.
Y no hay que ser egoísta. ¿Para qué tanto dinero? ¿Ustedes no han oído la historia de los millonarios que acumulan mucha fortuna y después se mueren, y después hasta los hijos se dividen por la herencia, y se pelean unos con los otros? Aquí lo que le interesa a cada cual no es hacer y acumular fortunas, sino obtener los ingresos que necesite para satisfacer todos sus gustos, sus necesidades, y tienen oportunidad de disfrutar de muchas cosas que antes nada más las tenían los ricos; pueden ir a las playas, pueden alquilar yates al INIT, que antes no tenían esa oportunidad: pueden llevar, incluso, un estándar de vida alto con los ingresos que tienen y disfrutar de muchas cosas que no podían disfrutar antes sino unos pocos. Y pueden marchar perfectamente con la clase obrera, porque no hay contradicción de intereses entre un tipo de trabajador manual y un tipo de trabajador intelectual.
A eso es a lo que nosotros exhortamos a todos los profesionales, y que el día 1ro estén ahí, junto con los estudiantes, junto con los campesinos, junto con los obreros; porque es una cosa digna y honrosa ser técnico en medio de una Revolución, es una cosa digna y honrosa identificarse con esa clase revolucionaria que marcha, luchando abnegadamente, con los que nunca tuvieron nada y hoy marchan ante la esperanza de tener algo, que hoy marchan ante la esperanza de un destino mejor, y que hoy marchan tras una realidad de justicia que nunca podían tener en el pasado. Unirse, unir su suerte a la Revolución, unir su suerte a los obreros.
Ya ustedes ven los mismos problemas con los retiros y las jubilaciones. Las cajas de retiro, unas estaban mejor que otras, pero a la larga no podían mantenerse, a la larga iban a tener que depender de los recursos de la nación.
Así que esto es lo que nosotros hemos querido decirles, que no tenemos animadversión contra los técnicos, que no tenemos prejuicios. Les he dicho estas cosas, como se las puedo decir en cualquier momento, con toda honradez, analizando realidades.
¿Qué es lo que queremos nosotros, honradamente? Lo que queremos saber es con qué técnicos contamos, quiénes son los que se van a quedar con la Revolución, y que se hagan de una vez ese propósito. Los que no se sientan con esa energía, no tienen necesidad de hacerles ese daño a sus compañeros ni ese daño a la Revolución, porque el técnico no está obligado aquí: el técnico que de verdad no se sienta con energía y que quiera acercarse a otra suerte, ese camino que nos lo diga con toda honradez. Nosotros, incluso, les viabilizamos la salida, y no tienen que exilarse, ni tienen que irse escondidos...
¿Qué es lo que queremos nosotros? Que no les hagan ese daño al país ni se lo hagan a sus propios compañeros; porque, a la larga, les hacen un daño a los compañeros, les hacen un daño a los que se quedan, siembran una desconfianza, destruyen la autoridad. Porque es tremendo que en un centro de trabajo digan: “El jefe de la obra se fue”; que en un distrito digan:“El ingeniero se fue”; y siembran una desconfianza, y destruyen la autoridad y destruyen la moral del técnico allí; y yo creo que un favor les podemos pedir a los que no estén de acuerdo con nosotros, y es que no nos hagan ese daño gratuito, que estemos contando con un hombre, y no lo tengamos. Que, con toda honradez, nos digan:“Bueno, no queremos estar de acuerdo con la Revolución; preferimos aquel pasado, preferimos aquella sociedad, con todos sus vicios y toda su corrupción, la preferimos a la Revolución; no nacimos para revolucionarios.” Bien, eso es honrado: yo creo que nosotros no tendríamos que quejarnos de esa actitud, ni tendrían que quejarse los compañeros.
Y entonces nosotros diríamos:“Bueno, vamos a tomar las medidas: ¿cuántos técnicos nos quedan? Nos quedan tantos ingenieros, nos quedan tantos arquitectos.” Lo sentimos, pero tenemos que decirles:“Bueno, tienen que hacer el esfuerzo de los demás; hay que rendir, hay que trabajar con entusiasmo, tenemos que aplicar métodos revolucionarios de trabajo, no detenernos porque muchas veces falta material, falta algo.”
Vamos a hacer un esfuerzo ahora, por ejemplo, para toda la madera resolverla; estamos haciendo un gran esfuerzo para resolver lo de la madera con maderas nacionales, incluso, y se ha destinado un número de equipos, de camiones, de buldócer, de todo, junto con enormes planes de desarrollo forestal. Porque esa es otra cosa: ¿Por qué no hay madera aquí? Porque saquearon los montes y no sembraron una mata. Este país sería rico solamente por la madera que se pudo haber sembrado, y solamente por la madera que estamos sembrando, será rica dentro de 20 años Cuba, y valdrá más la madera que estamos sembrando que la caña.
Nos han hecho un daño en todos los órdenes; despoblaron el país... Yo quiero que ustedes sepan que aquí funcionaron los centrales en cierto tiempo con leña de cedro y de caoba, y leña de cedro y de caoba sirvió para hacer carbón, para sembrar caña destruyeron esa riqueza inmensa; polines de ferrocarril de ébano, nosotros hemos encontrado algunos polines de ébano, en la Ciénaga de Zapata.
Y ese es otro de los crímenes enormes que hicieron, cómo devastaron la naturaleza cubana. Y el problema ahora es, claro, que no hay madera, y la vamos a buscar; y, al mismo tiempo, por cada palo que se tumbe se van a sembrar 100 palos aquí. Así que vamos a ir resolviendo todo ese problema de materiales, planificar, para que no se detengan las obras por falta de planificación. Pero que el ingeniero ponga su empeño, que no esté ahí esperando para ver qué pasa.
Ustedes tienen que crear esa moral del técnico, esa no es una cosa que nosotros se la podamos imponer a ustedes, porque eso tiene que surgir de ustedes mismos, tiene que surgir ese movimiento de superación, de reafirmación revolucionaria, de elevación del nivel de conciencia del técnico, de ustedes mismos. Y, miren: no se dejen arrastrar por influencias nocivas.
Les digo, yo no tengo interés aquí en ensañarme contra nadie, porque ni pertenezco a esa clase de hombres que se ensañen contra nadie; a los vencidos, vencidos, y a los fracasados, fracasados, y a los equivocados, equivocados. Yo les digo que estaban equivocados, que había aquí ciertos señores que hicieron un poco de politiquería con los ingenieros, para tratar después de influir y tratar de llevárselos por el mal camino. Y el ingeniero lo que tiene es que decir:“Yo no soy rebaño que siga a borrego descarriado”, eso es lo que debe decir el ingeniero; porque nadie tiene derecho a traer sus cosas personales, ni sus ambiciones personales y venir aquí a destruir, obstruccionar la obra de la Revolución; y los que allá se juntaron con todo género de criminales, y se juntaron con todo género de ladrones, y se juntaron con todo género de vendepatrias, ¡allá ellos!, que la historia se encargue de condenarlos, y que sufran ellos las consecuencias en el futuro, cuando comprendan sus errores.
Ustedes, los ingenieros, los arquitectos, los técnicos, tienen que organizar ese movimiento moralizador y revolucionario dentro de sus propias filas, porque nadie más que ustedes sufren cuando un ingeniero deserta; reunir a todos los ingenieros y decir: “¿Quiénes son los que se quieren quedar?, ¿quiénes son, señores, los que se quieren ir? ” Eso es mucho más leal que lo otro, mucho más leal para con ustedes, que son sus compañeros, y mucho más leal con su país, a ese país al que quieren destruir los enemigos.
Así que nosotros esperamos que ese movimiento se produzca en el seno de los técnicos; que esa presión revolucionaria, partida del seno de ustedes, se produzca entre ustedes, y que lo mismo que les hemos pedido a los obreros se lo podamos pedir a ustedes; y que logremos desarrollar una gran fuerza creadora, una gran fuerza de trabajo, una gran fuerza productiva. ¿No será mucho mejor para todos, para ustedes y para nosotros, que esas reservas desaparezcan; que esa desconfianza, originada por la actitud de un puñado de hombres que no supieron cumplir con el deber, desaparezca; que nos identifiquemos; que marchemos todos en pos de esto, que no es mío, ni del otro, ni es de nadie? Porque nosotros pasaremos todos, y sin embargo, lo que estamos haciendo va a quedar, tengan la seguridad que la semilla que estamos sembrando va a crecer.
Ya va siendo un poco tarde, y este era, fundamentalmente, el motivo de esta reunión. Como tenemos motivos de queja, tenemos también motivos de reconocimiento para los técnicos; algunos han actuado mal y otros han actuado muy bien. Pero era necesario que razonáramos un poco sobre esto, porque es que nosotros podemos razonar sobre todos estos problemas, y discutir con los compañeros todas las dudas que tengan; nosotros podemos reunirnos en asamblea con todos los técnicos de la república, y hablar de las cuestiones de la Revolución, hablar aquí democráticamente, en medio de la Revolución, como nunca se habló, con los técnicos, porque los técnicos tenían que soportar callados todo lo que pasaba aquí, soportar callados el robo, la inmoralidad, el privilegio, las preferencias, los favoritismos, todo, y sin poder discutir nada. Ustedes hoy tienen una oportunidad de desarrollar sus funciones, su capacidad, como no la tuvieron nunca, porque hay obras en dondequiera; hay trabajos importantísimos que hacer, y no hay nada más triste que saber algo y no poder aplicarlo, tener un conocimiento de algo y no poder ser útil.
Y la Revolución les ha brindado a ustedes la extraordinaria oportunidad de ser útiles. Y ser útil en la vida quiere decir todo. Aplicar los conocimientos que ustedes han adquirido, sin trabas de ninguna clase; el medio adecuado en que ustedes puedan realizar todos sus sueños de constructores y de creadores. Imagínense un artista al que no lo dejaran pintar, que no lo dejaran esculpir, que no lo dejaran moldear: se sentiría desgraciado. Y así tendría que sentirse un ingeniero, un arquitecto, al que no lo dejaran construir, al que no tuviera oportunidad de trabajar. Y la Revolución les da precisamente esa oportunidad a ustedes: la oportunidad de ser ingenieros, la oportunidad de ser arquitectos, la oportunidad de ser creadores.
Y creo honradamente, sin creer que la obra de la Revolución es una obra perfecta, porque no hay obra perfecta; sin creer que la Revolución no tenga defectos; ni creer tampoco que nosotros no los tengamos: ¡Cuántas equivocaciones habremos cometido, las que sabemos y las que no sepamos! Pero, la suma de todo lo hecho es extraordinariamente positiva; los errores cometidos son errores de buena fe, los errores que se hayan cometido. Y el trabajo es este que estamos haciendo, que es un trabajo positivo, que es una obra histórica, que ha situado a nuestro país en una posición de prestigio en todo el mundo. ¡Y cuántos ingenieros de América Latina y otros países quisieran estar aquí trabajando, mientras hay algunos de aquí que renuncian a lo que tienen, y renuncian al honor, y al prestigio y al orgullo de trabajar junto con la Revolución!
Estas son las conclusiones. Yo he querido hablar sin lastimar, sin herir, y sobre todo que comprendan nuestro ánimo, nuestro aprecio por los técnicos, nuestra necesidad por los técnicos. Claro que no hay nada mejor... cuando el hombre es técnico y es revolucionario resulta el jefe perfecto de un trabajo, de una obra; cuando es contrarrevolucionario es preferible tener a alguien que no tenga tanta capacidad técnica como él, pero que sea honrado.
Los invitamos el Primero de Mayo a marchar junto con los trabajadores; los invitamos a marchar junto a la Revolución; los invitamos a correr la suerte de la Revolución. A los honrados, a los patriotas, a los que sean capaces de comprenderla, los invitamos a seguir con nosotros. Y a los demás, con dolor, porque quisiéramos que todos fueran revolucionarios, quisiéramos que todos comprendieran esta obra, pero los que no la comprendan, entonces el favor que les pedimos es que no nos hagan el daño de quedarse junto a la Revolución si no la sienten y si no la creen.
Con ustedes, compañeros, podemos marchar perfectamente de acuerdo. Los técnicos y la Revolución pueden marchar perfectamente de acuerdo. A ustedes les podemos hablar así; no les podríamos hablar así a los dueños de los centrales azucareros, porque no hay manera de ponernos de acuerdo, ni a los dueños de las grandes extensiones de tierra, no. Pero a ustedes los técnicos, que son trabajadores intelectuales, y que estudiaron precisamente para desempeñar esa función, para construir casas, para construir puentes, para construir carreteras, para hacer fábricas, sí les podemos hablar así, y con esa fe y con esa convicción les hemos venido a hablar esta noche, esperando que ustedes sepan interpretar, y respondan cabalmente a esta exhortación nuestra.
Así que eso es todo lo que les teníamos que decir.
¡Patria o Muerte!
¡Venceremos!
FIDEL CASTRO RUZ

Fuente: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos

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