junio 30, 2013

Debate Carnes Argentinas y Monopolio Extranjero: Intervención de Lisandro de la Torre con motivo del asesinado del Senador Bordabehere (1935) -12/12-

COMISION INVESTIGADORA DEL COMERCIO DE CARNES
DISCURSOS EN EL SENADO DE LA NACION CON MOTIVO DE LA INVESTIGACION DEL COMERCIO DE CARNES
Lisandro de la Torre
Sesiones del 18, 19, 21, 22 y 27 de junio, 20, 22 y 23 de julio y 10 de septiembre de 1935
[10 de Septiembre de 1935]

[12/12]

INVESTIGACION SOBRE EL ASESINATO DEL DOCTOR BORDABEHERE

Sr. de la Torre. — Pido la palabra.
Habría deseado no hablar en esta sesión o bien hacerlo en apoyo de un despacho que reflejara la protesta nacional suscitada por un crimen sin precedentes.
No pretendo que los señores senadores de la mayoría participen en la misma proporción que yo, del dolor y de la indignación que me ha causado el asesinato cobarde del senador electo por Santa Fe, doctor Bordabehere, amigo y camarada querido, a cuyo lado afronté las mayores dificultades del partido en que siempre militáramos juntos, pudiendo admirar de ese modo, su energía sin desfallecimientos, su valor temerario y su consagración permanente al interés público.
Me complazco en declarar que fue un consuelo para mí leer las nobles palabras del decreto que subscribió el señor presidente del Senado, condenando el crimen 37 estableciendo en qué forma atentados de esta naturaleza repugnan a. la tradición de cultura cívica que debemos conservar.
Desgraciadamente, el despacho no responde a la gravedad de los hechos ni a la expectativa pública, ni a la necesidad que el mismo Senado tenía de reparar el agravio recibido.
Tengo que hablar, entonces, en razón de los deberes inherentes al cargo que desempeño, acentuados en este caso, por el hecho de tratarse del asesinato de un senador electo por mi provincia, y tengo que hablar también en nombre de deberes y de sentimientos de orden personal, de que no puedo prescindir, con tanta mayor razón, cuanto que la causa inicial del crimen tiene relación directa conmigo.
 No considero suficiente que el Senado diga: “No hay responsabilidades de orden parlamentario”. ¿Qué quiere decir eso? En el acta de la primera sesión de la Comisión Investigadora, que ha sido citada en este debate, se dice: “Que las responsabilidades parlamentarias son aquellas de incumbencia exclusiva del Senado, con prescindencia de las que han sido entregadas para conocimiento e intervención de la justicia del crimen”.
En presencia de esa definición, y tratándose de un asesinato, se comprende que el caso se transfiere en su totalidad a la justicia del crimen, y el Senado se lava las manos. Esta ha sido la interpretación dada por la opinión pública, y la coincidencia de opiniones en el despacho pierde todo su valor por la falta de contenido.
Ahora bien; la Comisión Investigadora, no obstante la definición que acabo de leer, no se atuvo rigurosamente a ella y entró a considerar algunos aspectos relacionados con el crimen mismo, y, sobre todo, con las condiciones en que el asesino pudo penetrar al recinto, y de ahí han surgido las divergencias.
El señor senador por Corrientes se atiene a las breves palabras citadas: “No hay responsabilidades de orden parlamentario”. El señor senador por San Luis, trata de demostrar que en razón del insuficiente control y vigilancia, era posible a una persona- extraña, sin títulos para estar en el recinto, introducirse veinte sesiones consecutivas y colocarse a pocos metros de la Presidencia, sin que eso tuviera nada de excepcional. Y el señor senador por la Capital, destruyendo los débiles fundamentos del señor senador por San Luis, llega a esta conclusión: “Dado el régimen vigente de control y vigilancia, la presencia frecuente del criminal en las dependencias y recinto del Senado durante el debate de la investigación del comercio de carnes, no podría atribuirse sino a órdenes de extraños al cuerpo, acatadas por el personal, lo que, en relación con el crimen, importaría delito del resorte de la justicia federal”.
Yo estaba seguro, sin necesidad de escuchar la clara y documentada exposición del señor senador por la Capital, que la apreciación del señor senador por San Luis, que llega hasta admitir, como digo, que una persona extraña ha podido entrar veinte días consecutivos al recinto y colocarse al lado de la Presidencia, sin que haya necesitado para eso facilidades especiales, no podría apoyarse en las constancias de la investigación realizada por la comisión especial, de que había formado parte.
Si se hubiera tratado de un caso, si se hubiera tratado de que una vez o dos veces, el asesino hubiera podido entrar al recinto burlando la vigilancia de los ordenanzas, lo admitiría; es lo más que se puede conceder. Pero éste es un caso distinto: Valdez Cora venía diariamente a acechar al senador electo por Santa Fe y ningún día encontró dificultades para entrar, y eso no ha podido suceder si no contaba con facilidades especiales para entrar al recinto.
El señor senador por la Capital, de entre la abundante documentación que trajo a la Cámara, citó el caso concluyente de dos testigos: los señores Reiter y Pérez Leston, que habían llegado hasta la antesala que precede, a la sala de conversación de los senadores, con el propósito de conseguir que un empleado del Senado, el señor Juan Frías, hiciera entrar, el cual, llamado por ellos, les manifestó que le era imposible complacerlos, porque ese día regían prohibiciones muy severas. Pero había otra persona esperando en la sala y un ordenanza entró y llamó en voz alta: “Señor Valdez”. La persona que esperaba se levantó y el ordenanza le abrió la puerta de comunicación a la sala de conversación de los senadores y la hizo pasar. De manera que mientras unos no podían entrar, en razón de la reglamentación especialmente severa que regía en ese momento, el matón, que una hora después sería el asesino del doctor Bordabehere, era invitado especialmente por un ordenanza de la Cámara a entrar al recinto.
El despacho que subscribe el señor senador por San Luis, o mejor dicho, el artículo 1° que propone, no está, pues, en la realidad, y la situación de falta de vigilancia que describe, recargando las tintas, no es aplicable al acceso al recinto. Pudo haber facilidades para entrar a las dependencias interiores de la Cámara, pudo pasarse de la Cámara de Diputados a los corredores y salas, pero eso no regía con la entrada al recinto, que el día 23 de julio fue severamente guardada. No es posible olvidar la circunstancia de que el 23 de julio rigieron instrucciones especiales, y eso les consta a los señores senadores. Respecto de mí, puedo decir que tengo pruebas directas y que puedo dar nombres de personas que vinieron conmigo a sesiones anteriores y no tuvieron dificultad alguna para entrar al recinto, como por ejemplo, el doctor Virgilio Tedín Uriburu, que es ahora el abogado patrocinante de la señora madre del doctor Bordabehere; ese día no fue admitido. Al señor José Luis Acosta, que llegaba con frecuencia conmigo, y no le observaban la entrada al recinto, tampoco le permitieron entrar ese día; y al representante del Frigorífico Gualeguaychú, que tenía un título para asistir al debate de las carnes como representante de un frigorífico, y que había entrado en días anteriores a solicitud del senador doctor Laurencena, ese día se le rechazó.
Y mientras eso sucedía, una ordenanza iba especialmente a la antesala e introducía al recinto a Valdez Cora.
Luego están las declaraciones del señor senador por la Capital doctor Bravo y del señor Prosecretario del Senado, doctor Villanueva Fontana, que oyeron al empleado Madero cuando manifestó que a él se le había pedido que hiciera entrar al recinto a Valdez Cora.
Llegamos, entonces, a una primera conclusión indestructible, y no temo equivocarme al decir que es indestructible para la opinión consciente y serena de la Re-pública, con impresionante unanimidad: Valdez Cora no ha sido un concurrente habitual del Senado, que ha asesinado a un senador en un arrebato de pasión. Es absurdo suponer un arrebato de pasión si no hay un motivo para el arrebato, y no puede argumentarse con el absurdo.
No medió motivo alguno para que Valdez Cora sintiera un arrebato de pasión; no conocía al doctor Bordabehere, ni de vista, hasta el día en que comenzó el debate del comercio de carnes. Vino especialmente al Senado a vigilarlo.
Durante el debate, ninguna incidencia se produjo en que fuera actor el doctor Bordabehere, puesto que su diploma no había sido aprobado y no tomaba parte en la discusión y no podía pronunciar ninguna palabra que hiriera lo sentimientos que Valdez Cora ha manifestado tener hacia los ministros. Hubiera sido más explicable que me dirigiera los tres tiros a mí.
Valdez Cora asesinó al doctor Bordabehere fríamente, porque lo venía acechando para eso, día a día, siempre a su espalda.
Tampoco le interesaba el debate de las carnes, y si se le hubiera ofrecido un asiento cómodo en las galerías, en lugar del sitio incómodo donde estaba de pie durante cuatro horas diarias, no lo habría aceptado. El debate no le interesaba; le interesaba el recinto, a un metro de la espalda del doctor Bordabehere. Esa acechanza se prolongó más de un mes, durante el cual dio pruebas una insensibilidad de autómata que cumple una consigna. La rapidez con que procedió es la más clara prueba de la premeditación. Apenas se movió el doctor Bordabehere, le hizo fuego por la espalda. Poco importaba que el doctor Bordabehere no tuviera armas; poco importaba que, como lo ha declarado el secretario privado del ministro de Agricultura, no agrediera al ministro de Agricultura. Apenas se movió, le hizo fuego por la espalda. Estaba previsto.
¿Puede limitarse el Senado a decir que no hay responsabilidades de orden parlamentario, en presencia de circunstancias de esa magnitud?
Los hechos graves que afectan el decoro del cuerpo, crean obligaciones y responsabilidades de orden parlamentario, la primera de las cuales es la de no disimular la realidad por consideraciones de ninguna clase.
El Senado juzga por sí en razón del agravio que se le infiere, y lo debe hacer con prescindencia de las decisiones de la justicia, que vendrán después. Y el asesinato del senador electo, doctor Bordabehere ha sido un caso de esa clase.
El señor miembro informante dijo que había sido comprometido el decoro del Senado. ¡Entonces, hay responsabilidades parlamentarias!
¡Una persona de malos antecedentes introducida al Senado veinte veces, acecha durante un mes los pasos de un senador electo y lo asesina, y no habría responsabilidades parlamentarias!
¡Parte del personal del Senado oculta la verdad que conoce, y no habría responsabilidades parlamentarias!
En razón de dicha ocultación, no se puede determinar quién puso en el recinto al asesino del doctor Bordabehere. Pero, ¿acaso borra la ofensa que ha recibido el Senado, la infidelidad de sus empleados? Por el contrario, la agrava y lo obliga, más aún, a decir la verdad en términos claros.
No basta declarar, como lo propone el señor senador por San Luis, que el Senado condena el crimen, como si se tratara de un crimen cualquiera. El Senado, lógicamente, condena todos los crímenes, cometidos dentro y fuera de su recinto; pero cuando el crimen se comete en su recinto, no puede dejar en las sombras las circunstancias que lo caracterizan, porque su cultura y autoridad están comprometidas.
El defecto principal de este despacho reside en la falta de reacción ante el agravio. Ni siquiera lo denuncia el Senado en toda su magnitud. ¿Qué otra cosa podría hacer? —se dirá. Persuadido el Senado de lo que es convicción pública, de que el criminal que manchó su recinto con la sangre de un senador, era nada más que un agente, el sólo hecho de declararlo, sería una sanción ejemplar y salvaría la autoridad del cuerpo.,
Insisto, pues, en las conclusiones que resultan de los hechos más salientes, que han servido para formar una opinión unánime acerca del asesinato del doctor Bordabehere, por un matón que no lo conocía. Valdez Cora no procedió por impulso propio y su entrada al recinto le fue facilitada. Al decir esto, extraigo conclusiones lógicas de hechos que de otro modo resultarían absurdos. Eso es algo muy distinto de sugerir arbitrariamente sospechas malignas. Sería una posición cómoda, cuando se quisiera encubrir un delito o una complicidad, la actitud aparentemente elevada y magnánima, de no aceptar sospechas. Con ese criterio sería un calumniador el que busca el esclarecimiento de un crimen, y un modelo de serenidad el que lo encubre.
En particular, en este caso, hay que atenerse a los hechos y a su lógica, y dejar de lado las declamaciones. Acuerdo a los indicios vehementes el valor que tienen y los tomo en cuenta junto con la opinión entera del país, que está hecha unánimemente a este respecto.
Hechos y no suspicacias comprometen la posición del ministro de Agricultura. Negó ante la Comisión Especial y ante el juez, conocer al asesino del doctor Bordabehere y prueban lo contrario testimonios fehacientes.
El juzgado conoce ya las declaraciones prestadas por los señores Jorge Reiter y Julio Pérez Leston, traídas al debate por el señor senador por la Capital. Estaban en la antesala que precede al salón de conversaciones de los señores senadores, cuando pasó el ministro de Agricultura y saludó a Valdez Cora. Un momento después entró un ordenanza y preguntando por el señor Valdez, en alta voz, lo hizo pasar.
Estas declaraciones han dado lugar a algunas críticas imprecisas del señor senador por San Luis, tendientes a invalidarlas, sin haberlo conseguido. Son dos declaraciones perfectas de testigos inobjetables, que no ofrecen ninguna contradicción.
Deseo referirme yo también a su contenido detalladamente, aunque el señor senador por la Capital lo hizo con gran eficacia. El testigo Jorge Reiter dice: “Después pasó el doctor Bravo, el doctor Palacios, el doctor de la Torre, el doctor Bordabehere, el doctor Cantoni, creo que el doctor Serrey y el señor ministro de Agricultura. Estos señores, al entrar, saludaban en general, mientras que el ministro de Agricultura saludó a ese señor, en una forma como se saluda a una persona conocida”.
Y el testigo Julio Pérez Leston, respondiendo al interrogatorio y para ampliar su declaración, dice:
 “Sr. Arancibia Rodríguez.— ¿Usted dijo que cuando estaba sentado allí, había visto parar al señor ministro de Agricultura?
 “Sr. Pérez Leston. — Que había rasado y saludó a Valdez Cora.
“Sr. Arancibia Rodríguez.— ¿A qué hora fue eso, más o menos?
“Sr. Pérez Leston.— Sería alrededor de las tres y media. “Sr. Bravo.— ¿Usted conoce al ministro de Agricultura. “Sr. Pérez Leston.— Solamente de vista.
“Sr. Arancibia Rodríguez.— ¿A Valdez Cora, no lo conocía ni de vista?
“Sr. Pérez Leston.— Nunca lo había visto.
“Sr. Arancibia Rodríguez.— ¿Por qué no dijo eso en su anterior declaración?.
“Sr. Pérez Leston.— Ese detalle se me había olvidado. Me olvidé también decir que había visto al senador Serrey pasar entre los que salían del ascensor.
“Sr. Vidal.— ¿Ha visto a algún otro, saludar, al entrar allí, a alguno de los que estaban en la sala de espera?
“Sr. Pérez Leston.— El doctor de la Torre saludó también, pero en general; no se dirigió en particular a ninguno.
“Sr. Bravo.— ¿Cómo podría usted afirmar que el ministro de Agricultura saludó a Valdez Cora, y que no fue un saludo en general, también?
Sr. Pérez Leston.— Porque más o menos le dirigió a él personalmente su saludo; sin decir ninguna palabra, solamente lo saludó así ... con la cabeza,
“Sr. Arancibia Rodríguez.— ¿Usted estaba sentado al “Sr. Pérez Leston.— No, estaba sentado el otro señor que estaba conmigo; yo estaba de pie en el extremo del sofá.
“Sr. Arancibia Rodríguez.— ¿En el mismo grupo? “Sr. Pérez Leston.— Sí, estábamos juntos los tres.
Aranciba Rodríguez.— ¿Y por qué cree, entonces que el ministro de Agricultura saludó a Valdez Cora y no saludó en general, como el doctor de la Torre?
“Sr. Pérez Leston.— Porque saludó cuando se acercó más al sofá y lo miró en forma más particular, no he visto que haya saludado a las otras personas, mientras que el doctor de la Torre parece que saludó un poco más atrás, a las personas que estaban en la sala.
“Sr. Vidal.— Muy bien. Puede retirarse”.
A estas dos declaraciones, se agrega el testimonio de vecinos del barrio donde está domiciliado el ministro de Agricultura, calle Parera casi esquina avenida Quintana. Antes de consumarse el crimen habían notado la presencia frecuente en la esquina antedicha de una persona extraña, que ha resultado ser Valdez Cora y que esa persona frecuentaba la casa del ministro de Agricultura.
Contestando a una pregunta mía, uno de ellos, persona respetable, me escribe y me refiere distintas ocasiones en que vio a Valdez Cora en la vereda. Por último, dos o tres días antes del crimen había gran movimiento en la casa del ministro y entraban y salían secretarios y familiares. “En una de esas salidas —dice la carta, textualmente— la comitiva se pone en marcha, sale un auto con un señor y el auto regresa solo. Luego, muchos jóvenes suben a un automóvil y noto que ese hombre que ya había visto tantas veces se pone al habla con uno de los jóvenes del grupo, como si quisiera entrar en el automóvil con ellos o como si pidiera algo y los jóvenes parece que lo trataban con maneras algo despectivas. El criminal se retiró y esperó en el costado derecho de la puerta del señor Duhau, (casa de departamentos) y cuando salió el señor Duhau, se adelantó como para abrir la portezuela del automóvil, pero a ello se adelantó el chauffeur. Valdez Cora, sin sacarse el sombrero le dio la mano al ministro y éste, luego de muy breves palabras, le indicó con la mano, con un ademán o movimiento que interpreté como “siga” o “vaya pronto”. El criminal no esperó ni el arranque del automóvil. Apuradamente tomó para la esquina desapareciendo por la avenida Quintana como en dirección a Callao”.
Esta declaración circunstanciada y concluyente no es la única. Cometido el crimen y reconocido Valdez Cora por la fotografía, no faltaron vecinos que interrogaran al agente de policía de facción, acerca de su identidad, y el agente no vaciló en admitir que la fotografía correspondía exactamente a la persona que venía a la casa del ministro de Agricultura. El agente, que se llama Fontana, parece ser una excelente persona, con muchos años de servicios; se puede temer por razones fáciles de adivinar que su testimonio sea invalidado, pero hay testigos que hablaron con él y repetirán lo que dijo. No quiero hacer yo mismo el comentario de lo que significa que el ministro de Agricultura haya negado que conoce al asesino del doctor Bordabehere y que mantenía relaciones con él; dejo que lo hagan el Senado, la opinión y la justicia.
Y no quiero hacer mérito de otras informaciones que se me han transmitido, del pueblo de Colón, que afirman el haber visto a Valdez Cora bajar del automóvil de la estancia del ministro de Agricultura, o bien de otras personas del mismo pueblo que aseguran haberlo visto en el andén de la estación con el ministro de Agricultura.
Pasemos a un segundo falso testimonio grave del ministro de Agricultura. Es la declaración que prestó respecto de su caída en el recinto. Inventó un golpe no recibido favoreciendo así la situación del asesino. Si fuera cierto, como se pretende, que entre el ministro de Agricultura y Valdez Cora no existía relación alguna, y si se considera que el propio ministro de Agricultura ha recibido de Valdez Cora un balazo en la mano, resulta inexplicable, tanto en él como en su sobrino Duggan, la súbita e irresistible simpatía que les despierta Valdez Cora y los actos que realizan para favorecerlo.
La falsa declaración del ministro de Agricultura consiste en atribuir su caída a un golpe que solamente habría podido recibir dado por el doctor Bordabehere. La verdad es que cayó al suelo en el primer momento de la incidencia, por haber perdido pie al retroceder desde el escalón situado delante de la banca del senador Matienzo, al cual subió, sin que yo lo viera, con el objeto de ata-
Los señores senadores tienen a la vista el escalón, de unos 30 centímetros de altura, escalón que tuvo que subir para alcanzarme, y no habrán olvidado seguramente, que retrocedió precipitadamente de espaldas; en el retroceso encontró el vacío, perdió pie y fue a dar contra su propio sillón. Nadie lo golpeó, nadie lo derribó. ¿Por qué razón declaró, entonces, que fue derribado por un golpe? ¿Golpe de quién? Los golpes, sobre todo si son de puño, exigen que alguien los de.
Las declaraciones de los testigos son concluyentes a este respecto y ponen en evidencia la inexactitud de las del ministro de Agricultura. En primer término, su propio sobrino, dice: “Dicho empellón provocó la caída del senador de la Torre; casi simultáneamente el declarante vio al doctor Bordabehere junto al ministro de Agricultura, quien cayó instantáneamente como desplomado”. Esta declaración podría dar lugar a que se creyera que el ministro de Agricultura fue derribado por el doctor Bordabehere. Pero Duggan, que se encontraba a dos metros de distancia, declara a continuación: “Que no vio que el doctor Bordabehere llevara armas ni agrediera al ministro de Agricultura.” Vio desplomarse al ministro de Agricultura y no vio que el doctor Bordabehere lo hubiese agredido: luego se desplomó por otra causa.
Otra declaración concluyente es la del señor prosecretario del Senado, Villanueva Fontana, excelente testigo por el sitio de observación en que estaba colocado y por sus cualidades personales. Contestando una pregunta del senador presidente de la comisión, dice: “Que le pareció que el doctor Bordabehere no alcanzó a llegar al ministro, que cayó antes”.
Otra declaración clara y detallada es la del testigo C. Fernández Blanco, colocado en la galería. Describe la caída del ministro de Agricultura en el primer momento, cuando retrocedía.
Y otra declaración también importante es la del señor Carlos A. Victorica, de la secretaría privada del ministro de Agricultura, que sólo vio que el doctor Bordabehere llegó hasta muy cerca del ministro. Este testigo se expresa así: “El ministro estaba como atontado, casi no me reconoció, pues el golpe recibido debe haber sido muy fuerte”.
Bien; observen los señores senadores la altura del escalón que tienen a la vista, desde el cual el ministro de Agricultura cayó de espaldas o de costado y se explicarán sin dificultad que el golpe debió ser realmente fuerte.
Yo me encontraba en otra posición: al ser agredido, sin saber de dónde venía el ataque, dí un paso atrás y choqué entonces con este otro escalón (lo señala), que se encontraba detrás de mí y delante de mi banca. A consecuencia del choque perdí también pie y caí de espaldas; pero como el escalón sube, caí suavemente y no sufrí lesión alguna.
¿Pudo el ministro de Agricultura ignorar la forma y el momento en que cayó? Su declaración inexacta resulta maliciosa y favorable a Valdez Cora.
Otro hecho no menos extraño que los anteriores, se hizo público apenas iniciado el proceso: fue la presencia del secretario privado del ministro de Agricultura en la oficina de taquígrafos, con el fin de sugerir que se declarara que el doctor Bordebehere esgrimía un arma.
La sorpresa causada por la divulgación de ese hecho fue extraordinaria y la interpretación fue unánime, en el sentido de la connivencia que revelaba.
No se concibe en una persona honesta, un movimiento de simpatía súbita hacia un asesino alevoso. Un hombre joven como Duggan, de una familia acaudalada, de una profesión tranquila, educado dentro de principios morales y religiosos estrictos, no puede sentir súbitamente simpatía por un hombre, a quien dice no conocer, que acaba de dar muerte por la espalda a un senador de la Nación y de herir de un balazo en la mano a su propio tío.
El camino para llegar al conocimiento de los pormenores del crimen quedaba abierto para la justicia desde el instante en que el secretario privado del ministro de Agricultura daba ese paso; pero era necesario que se le exigiera una explicación de su inexplicable actitud y que se indagasen los propósitos que perseguía, y eso no lo intentó la comisión especial, en razón de su plan de trabajo, que consistía en dejar esas averiguaciones para la justicia y la justicia nada ha indagado.
No se necesita argumentar mucho para establecer la importancia que tendría el conocimiento de los propósitos que persiguió Duggan, al proponerse inducir a los testigos más inmediatos del hecho criminal —los taquígrafos de la Cámara— a declarar que la víctima esgrimía un arma. Se proponía, fuera de duda, desnaturalizar el crimen, borrar determinados rastros, substituirlos por otros. Todas esas son formas características del encubrimiento.
Nunca el encubrimiento de un delito y, sobre todo, si se trata de un delito de sangre, es inmotivado. Unas veces se lo encubre por interés en el resultado, otras veces porque se comparte la responsabilidad con el ejecutor material. De ahí el valor que tiene siempre en los procesos, la aparición de algún acto de encubrimiento. Duggan es un encubridor; quiere borrar el rastro de la alevosía; y de ese modo crear en favor del asesino circunstancias atenuantes.
Si la justicia hubiera procedido dentro del concepto que expreso —doblemente necesario en este caso monstruoso— Duggan habría pasado a ser, a los efectos de la indagación, tan importante como el mismo procesado y nada habría sido más urgente que establecer el interés que perseguía al lanzarse así, de inmediato, en protección del criminal que acababa de herir al ministro de Agricultura después de asesinar por la espalda a un senador de la Nación.
Olvidemos por un instante que estamos frente a un crimen político y razonemos como si se tratara de un crimen común: A, da muerte a B. C. induce a cuatro testigos a que declaren que el victimario procedió en defensa propia. Los cuatro testigos denuncian a C. Bien, afirmo sin temor de equivocarme, que en mil casos comunes, las mil veces C habría sido procesado, sea por encubrimiento, sea por falso testimonio, si a semejanza de Duggan hubiera negado lo que afirmaban haberle oído cuatro testigos; y por encima de todo eso, la justicia habría agotado los procedimientos conducentes a esclarecer el motivo de su actitud y el género de complicidad que ocultaba. En el asesinato del doctor Bordabehere sucede todo lo contrario; Duggan queda en libertad y no es molestado para nada. Le ha bastado negar lo que dijo a cuatro testigos para que nadie lo incomode. El falso testimonio no es tomado en cuenta por el fiscal doctor Poccard.
Pongamos ahora el caso de un crimen político, pero supongamos que el muerto por la espalda fuera un ministro o uno de los señores senadores por la mayoría, y que tuviera algún asidero la sospecha de que el sicario hubiera sido introducido al recinto por personas de la oposición y que él secretario privado de un senador o de un político opositor hubiera inducido a cuatro testigos a prestarse a un falso testimonio, en forma inequívoca, como dice el propio fiscal, instando a los taquígrafos a poner un revólver en las manos del muerto.
¿Asistiríamos al triunfo de la impunidad que estamos contemplando? ¿Veríamos la inercia cine estamos viendo, o el encubridor estaría en la cárcel?
Se me representa el espectáculo a que asistiríamos, si esto último no hubiese sucedido; el Congreso, el Poder Ejecutivo, su prensa adicta se habrían conmovido ante la impunidad del cómplice y exigirían un castigo ejemplar.
Con Duggan nada de eso se produce y la justicia se limita a averiguar si el acto ejecutado por él constituye o no un delito previsto, y mediante la distinción entre “proponer” a un testigo que se preste a un falso testimonio o simplemente “sugerírselo” se elimina el delito. Con eliminar el delito no estaba todo concluido; quedaba subsistente la necesidad de aclarar el interés que tenía Duggan en salvar a Valdez Cora, y quedaba también por aclarar qué motivo tuvo para invocar ante los taquígrafos, el nombre del ministro de Agricultura en momentos en que instaba al taquígrafo del Valle “a tener magnanimidad”. Nada se indagó.
Hasta este momento ha desdeñado la investigación todo lo que constituye un indicio vehemente de complicidad en la declaración de Duggan, y estando probado que instó a varios taquígrafos a que prestaran un falso testimonio, no se ha realizado una sola diligencia tendiente a aclarar las relaciones anteriores de Duggan y Valdez Cora, ni las relaciones que pueden mediar entre el falso testimonio que Duggan no obtuvo de los taquígrafos y los diversos falsos testimonios que constan de autos tendientes a hacer creer que el doctor Bordabehere dio un golpe de puño al ministro de Agricultura, que ese golpe le fracturó dos costillas y que esgrimía un revólver e hizo fuego.
El falso testimonio que requiere Duggan de los taquígrafos muestra su interés en mejorar la posición del criminal. Ahora bien, ¿en qué forma aparece ese interés? La primera declaración del taquígrafo don Roberto M. del Valle es muy importante a este respecto: “Duggan me dijo que el señor ministro de Agricultura era una excelente persona, que había que ser magnánimo y convendría que el doctor Bordabehere apareciera esgrimiendo un arma en el momento del hecho”.
De estas palabras se deduce, que Duggan abogó, principalmente, por el ministro de Agricultura y que él se propone atenuar las consecuencias del hecho mediante el empleo de testigos falsos.
La actitud de Duggan podrá resultar monstruosa, pero es clara; ya no hay necesidad de perderse en conjeturas a fin de averiguar qué extraño impulso movió su simpatía en favor de un criminal cobarde y lo indujo a correr en su ayuda, sin pérdida de momento, sin conocerlo siquiera, según dice. La manifestación de Duggan al taquígrafo del Valle, aclara todo: él sirve el interés del ministro de Agricultura y pide magnanimidad para él. 
La declaración que he leído y que ni el juez ni el fiscal han tomado en cuenta no deja lugar a dudas. El taquígrafo del Valle declara que cuando oyó las palabras de Duggan lo miró fijamente y le hizo al taquígrafo Mallada un gesto de desagrado.
En la ratificación ante el juez federal, introduce una ligera variante: “Quiere dejar constancia en este momento, dice, que no oyó que el señor Duggan dijese que “el ministro de Agricultura es una excelente persona”, que las palabras, más o menos, fueron “que se trataba de una excelente persona”, y que el declarante en ese momento interpretó que se refería Duggan al ministro”.
La interpretación del taquígrafo del Valle debió fundarse en algo. Ese algo era importante. El juzgado no se lo preguntó; es parco en las indagaciones en este proceso. De manera que, en lo substancial, subsiste la declaración de del Valle, y en lo que respecta a Duggan, no podía haber dicho por Valdez Cora, que era una excelente persona, puesto que había declarado no conocerlo.
Todo esto tan claro, tan convincente, tan grave, no ha motivado los procedimientos normales que eran de esperarse; por lo menos en las actuaciones de cine se ha dado testimonio a la comisión y que sé me han mostrado.
Otra circunstancia de gran valor, no considerada todavía en el proceso, deriva del número considerable de declaraciones cuya inexactitud es evidente, y que favorecen la tentativa de demostración de que el doctor Bordabehere atacó al ministro de Agricultura, le dio un golpe de puño, le rompió dos costillas y le disparó un tiro a quemarropa.
De confirmarse la existencia del golpe inventado por el ministro de Agricultura, el asesino alevoso se habría convertido en el defensor abnegado de un tercero en peligro de muerte.
De esas declaraciones se ocupó el señor senador por San Luis como si fueran exactas.
Es curioso que emanen casi siempre de funcionarios oficiales y que no coincida con ellas la declaración de un solo testigo imparcial.
En un caso es el comisario de la Cámara de Diputados, señor Bunge, citado por el señor senador por San Luis, quien, al abrazar —según dice— al señor Bordabehere, en méritos de la amistad que a él lo unía, advirtió que llevaba un revólver en una cartuchera; hecho cuya inexactitud está plenamente demostrada.
Otra vez es el doctor M. Laphitzondo, consejero de la Dirección General de Réditos, que habría visto al doctor Bordabehere esgrimir un arma que no llevaba, y correr hacia el ministro de Agricultura, estando averiguado que el doctor Bordabehere no pudo correr en ninguna dirección, puesto que recibió los tres balazos en la espalda apenas se movió y cayó a suelo antes de llegar a la altura donde estaba el ministro de Agricultura. Esta declaración, cuya inexactitud es de lo más impresionante, está a su vez contradicha por la del propio Duggan, que reconoce no haber visto arma al doctor Bordabehere y que éste no agredió al ministro de Agricultura.
Otra vez son los médicos forenses, que se arriesgan en suposiciones que favorecen al criminal. ¡Suerte de criminal! El oficialismo quiere salvarlo, impresionado, sin duda, por la hidalguía y valentía de su acción.
Los médicos forenses, doctores José del Piano y Enrique López Bancalari, sugieren espontáneamente en su informe la explicación de que la fractura de dos costillas —que ellos encuentran— puede deberse a un golpe de puño y que la distancia máxima a que ha podido dispararse el tiro que hirió la mano, es de 15 centímetros. La verdad, entre tanto, es que el golpe de puño no ha existido y que la pericia balística irreprochablemente practicada por dos oficiales del ejército, capitán Rolf y teniente 1° Speroni, desautoriza la afirmación de los médicos referente a los 15 centímetros de distancia máxima posible. Los médicos forenses colocan piadosamente el disparo dentro del radio en que sólo podría haberlo hecho el doctor Bordabehere. La pericia balística afirma lo contrario.
Los médicos forenses incurrieron además en dos contradicciones, sin intentar siquiera explicarlas. El doctor Bordabehere se encontraba del lado izquierdo del ministro de Agricultura y las contusiones que éste exhibiera a los médicos forenses eran del costado derecho. La sugestión de los médicos, es, pues, absurda. Y la segunda contradicción consiste en ponerse en el caso de que el doctor Bordabehere tuviese un revólver en la mano derecha y con esa mano, al mismo tiempo, disparara un tiro a 15 centímetros y diera un golpe que habría roto dos costillas al ministro de Agricultura. Una de dos: o el tiro o el golpe de puño.
Pero nada es tan expresivo como síntoma de las condiciones excepcionales de falta de interés en el esclarecimiento de los hechos en que se ha desarrollado esta investigación, que lo ocurrido con el empleado don Guillermo Madero, quien tenía a su cargo la vigilancia del recinto a los efectos de la admisión de personas. Depende de Madero, saber quién hizo entrar a Valdez Cora al recinto, puesto que manifestó en presencia de testigos in-objetables que a él se le formuló ese pedido. La negativa posterior a declarar, asume los caracteres del encubrimiento y de falso testimonio. Su procesamiento por -este último delito fue pedido por el fiscal y denegado por el juez.
El señor senador por San Luis no vaciló en manifestarse conforme con la actitud del juez.
La mayoría de la comisión tampoco encuentra responsabilidades parlamentarias en la impunidad inmediata de esa clase de actos realizados por el personal del Senado. ¿No es todo esto extraordinario? ¿No convendrán los señores senadores en que nunca se han visto procedimientos semejantes en asuntos de tanta magnitud? ¿No tiene los caracteres típicos del encubrimiento la actitud de un funcionario, que niega al Senado y a la justicia el dato esencial para el esclarecimiento del asesinato de un senador consumado en pleno recinto? Lo tiene, evidentemente.
Se explica entonces el motivo por el cual la opinión ha comprendido que Valdez Cora es el ejecutor material, nada más. Por Valdez Cora, por un asesino cobarde que mata por la espalda a un senador de la Nación, a quien no conoce hasta el momento en que vino a acecharlo al recinto, no se realizarían esos actos, ni se conmovería el gobierno.
El encubrimiento de la manera cómo pudo entrar en el recinto veinte veces seguidas Valdez Cora y colocarse a un metro de distancia de la espalda del doctor Bordabehere, tiende a hacer recaer exclusivamente sobre él, el planeamiento del crimen y su ejecución.
No pensaba ocuparme de la sesión del 2.3 de julio; quería evitar que se dijese que remuevo asuntos delicados y hasta pensaba acogerme a la interpretación dada por el señor senador por Corrientes, que no comparto en este caso, acerca de la oportunidad en que pueden formularse observaciones emergentes de un debate.
Pero las referencias que se han hecho, me ponen en un caso especial, sobre todo después de haberse resuelto editar un libro que se repartirá profusamente, para edificación de las generaciones futuras sobre este punto. En ese caso no es posible consentir en que referencias fragmentarias pueden sugerir un concepto equivocado de los hechos. Me veo, pues, en el caso de dar algunas explicaciones serenamente, lo que me servirá también para presentar excusas espontáneas al Senado por lo que puede haber habido de excesivo en algunas expresiones o actitudes mías.
Los testigos que han declarado ante la Comisión Especial y ante el juez empiezan sus relatos de la misma manera; empiezan refiriendo el episodio en que el señor senador por Santa Fe se levanta de su banca, se aproxima a la del ministro de Hacienda y le dirige frases agraviantes.
A primera vista, aparece, entonces, una extralimitación incomprensible de mi parte y una falta de respeto al Senado. Esa ligera referencia basta para justificar la necesidad de la explicación que quiero dar.
Jamás en tres años y medio que hace desde que ocupo esta banca, he asumido en este recinto actitudes provocativas y no recuerdo que ningún senador me haya formulado jamás reclamaciones por ningún exceso de lenguaje.
En la sesión del 18 de Junio empecé a informar el despacho en minoría de la Comisión Investigadora del Comercio de Carnes y hablé tres horas y media. Ofrezco esa parte inicial de mi exposición al análisis severo de los señores senadores para que digan si empleé algún término que no fuera rigurosamente parlamentario.
Y se comprende: estaba persuadido de la fuerza de las demostraciones que iba a hacer al Senado, y me bastaba que los hechos hablaran por sí mismos. Puedo decir que entré al debate del comercio de carnes con la preocupación de cuidar la forma, por lo mismo que los hechos hablarían enérgicamente. Mantuve esa preocupación hasta el final y si alguien cree que exagero —aunque más no sea que eso— le invito a que me señale en ese primer día del debate —y también los demás, pero por motivos especiales me quiero referir al primer día— una sala palabra objetable.
Pues bien; ese primer día, antes de que yo hubiera pronunciado ninguna palabra objetable, el ministro de Hacienda produjo un incidente grave en el recinto. La barra me había aplaudido y el señor diputado Parodi, que estaba de pie, próximo a la banca del ministro de Hacienda, aplaudía también. Por eso sólo, el ministro de Hacienda, en voz lo suficientemente alta para que lo oyeran todas las personas que se encontraban en ese sector, le dijo: “No se complique; usted es diputado; deje que aplaudan esos mulatos”.
Estas palabras constan en algunas de las declaraciones que ha recibido la comisión; el señor diputado Parodi podría dar testimonio de ellas, y yo creo que no hay ningún señor senador que no las conozca. Eso sucedió el primer día, sin que yo hubiera dado motivo a ninguna observación por el lenguaje empleado.
Pero eso no fue todo. Aparte de esa exclamación dirigida al diputado Parodi, el ministro de Hacienda se ocupaba de mí en voz baja, calificando mis expresiones en términos hirientes, que, si bien yo no alcanzaba 3 oír, me eran referidos después de la sesión por las personas situadas en el palco bandeja, y estoy seguro de que los taquígrafos las oían, aunque no las tomaban, por discreción. Fue un espectáculo extraordinario ver durante 15 sesiones, o si se quiere, durante las 8 en que yo hablé, al ministro de Hacienda de la Nación, representante virtual del presidente de la República en el recinto, profiriendo injurias y expresiones de menosprecio contra un senador, que usaba del derecho legítimo de formular cargos al Poder Ejecutivo.
Esto me causaba, naturalmente, indignación, pero no motivó el menor cambio en mi actitud, o acaso, alguno muy ligero.
Y así llegué hasta iniciar la contrarréplica. Ofrezco los Diarios de Sesiones de los dos primeros días en que contrarrepliqué, para que se me diga dónde puede encontrarse un vocablo que no sea rigurosamente parlamentario, y solamente en el tercer día pronuncié la única palabra antiparlamentaria que dije en el debate: la palabra “mentira”, palabra que retiré sin vacilar, aun cuando dijera que mantenía el concepto.
Me ocupaba de una imputación del ministro de Agricultura, de haber sustraído y haber ocultado una planilla de la investigación a fin de poder tergiversar sus datos. El ministro de Agricultura se había expresado en estos términos: “Y aquí pueden, sin mucho trabajo, señores senadores, llegar a explicarse la razón por la cual esta planilla no aparecía en ninguna parte en la abundante documentación del señor senador. Si el señor senador por Santa Fe la ha olvidado, malo. No tiene derecho a un olvido semejante quien pretende hacer de esa planilla la cabeza de un formidable proceso contra el ministro de Agricultura y sus leales funcionarios. Si el señor senador no la ha olvidado, si el señor senador la ha ocultado a sabiendas, peor,_ porque no hay derecho a abusar de este abominable procedimiento para desprestigiar la obra de un gobierno honesto”.
Y en otra parte “Si el señor senador ha advertido esas discrepancias y las ha ocultado a fin de poder atribuir a esta planilla un significado de que carecía totalmente, para arrojar el lodo de incalificables sospechas al ministro de Agricultura, quedaría, también demostrada una vez más la inconcebible propensión del señor senador a usar toda clase de recursos y procedimientos, sin escrúpulo alguno, a fin de documentar sobre bases aparentemente sólidas, sus caprichosas manifestaciones”. Estas fueron las palabras del ministro de Agricultura.
Habla en ellos del lodo de incalificables sospechas arrojadas sobre él, valiéndose de la ocultación de una planilla; y agrega que hice ocultaciones a sabiendas, usando un procedimiento abominable y que he procedido sin escrúpulo alguno.
Es bien breve lo que yo había dicho en el Senado a propósito de esa planilla, y lo voy a leer. Se verá que no aparece una sola palabra que autorice los ataques del ministro de Agricultura. “Aquí no se trata —dije— de márgenes teóricos; aquí se trata de abrir los libros de los frigoríficos y encontrar la verdad. Es eso lo que ha hecho la Comisión Investigadora en minoría y por eso sus conclusiones caen sobre el monopolio frigorífico con el estrago de un bloque de granito que cayera sobre una cucaracha. Se pretende que la proporción de carnes compradas a bajo precio, para conserva y consumo, y exportadas como chilled, es reducida, y que no altera los precios término medio de chilled que declaran los frigoríficos y que publicó mecánicamente el Ministerio de Agricultura y la Junta Nacional de Carnes.
“La proporción es enorme, señor presidente, y puedo probarlo, con los papeles secuestrados en el “Norman Star”. Aquí está un cuadro que se titula “Comparación de las compras de ganado chilled por los frigoríficos”. En esta planilla se ve la proporción del chilled comprado y del chilled embarcado. Estuvo en el siguiente orden: en el año 1933, Anglo compró como chilled el 67 por ciento de lo embarcado como chilled; Swift, La Plata y Rosario compró el 82 % de lo embarcado; Armour el 76 %, Wilson el 66 %; Smithfield compró chillen el 58 % de lo embarcado; La Negra el 95 %. Término medio general el 75 %. ¿Se quiere algo más concluyente? No dice este cuadro encontrado en el Norman Star, cómo- obtuvo el Anglo los datos correspondientes a los otros frigoríficos; pero no se puede suponer que haya confeccionado un cuadro con datos inexactos, en cuyo caso no le serviría para nada. Y luego, están consignados los datos propios, los datos del Anglo: el 77 % de lo embarcado como chilled sólo ha sido comprado para chilled.
“Hecha esta demostración, no tengo inconveniente en dar a los frigoríficos y al ministro de Agricultura que los ampara, la ventaja de pasar al estudio de los costos de industrialización, aceptando precios término medio que los frigoríficos dicen haber pagado, y que no han pagado. Los beneficios que realizan son tan amplios, que me lo permiten”.
En estas palabras mías, señores senadores, ¿dónde está el lodo de las incalificables sospechas? ¿Dónde la falta absoluta de escrúpulos, la ocultación a sabiendas, el procedimiento abominable y todo lo demás?
Yo pregunto entonces, si es humano, si es posible escuchar en silencio semejantes imputaciones y semejantes calificativos, sobre todo siendo inexactos.
Este caso de la planilla del Frigorífico Anglo, encontrada en el “Norman Star”, tiene la peculiaridad de tratarse del único documento que se encontró acompañado de copias; creo que había dos copias. El original se archivó en una carpeta para el uso de los contadores; una copia en papel de seda me la llevé yo a mi casa, para mi uso, lo mismo que el señor presidente de la comisión llevaba con perfecto derecho otros documentos que que-r la estudiar.
Después de esto, ocurrido en el mes de noviembre, quedó en paz la planilla hasta después de presentado el despacho siete meses después. El secretario de la comisión me dijo un día: “se necesita la copia de la planilla que usted tiene para enviarla al Ministerio de Agricultura”. El mismo día se la entregué. ¿Dónde están entonces las ocultaciones, las substracciones y la falta de escrúpulos? Es por eso, en vista de la deliberación con que había sido urdido todo el cuento, que yo empleé la palabra “mentira”, considerándola adecuada.
Pero bastó que el señor senador por Santiago del tero, que presidía esa tarde el Senado, aceptando las reclamaciones que hizo el ministro de Agricultura, me observara la inconveniencia de la palabra, para que yo la retirara inmediatamente, por respeto al Senado, dije.
Pues bien, no se habían acallado los aplausos en la barra y en las mismas bancas, que motivó la franqueza de mi actitud, cuando el ministro de Hacienda que no era parte en la incidencia, que no había sido aludido ni directa, ni indirectamente, la renovó, lanzándome la palabra que su colega consideraba ofensiva. Tuve el derecho de interpretarlo como un acto deliberado, porque precisamente, ya estaba establecido que la palabra era ofensiva. Yo la había retirado, el la recogía. El ministro de Hacienda, dijo: “mentira, es la de de la Torre”.
Esa provocación motivó mi reacción; se había colmado la medida; y se me ocurrió decir tales cosas al ministro de Hacienda, que comprendiera su error.
¿Que el Senado asistió a una sesión ingrata, que se creó un ambiente que es de desear que no se vuelva a repetir? ¿Cómo voy a negarlo? Lo reconozco y lo he lamentado y he presentado espontáneamente excusas; pero yo no he sido el provocador. Es la primera vez que hemos visto aquí ministros del Poder Ejecutivo contestando las razones con injurias.

Sr. Martínez. — Y con razones también, señor senador. 

Sr. de la Torre. — No las he visto.

Sr. Martínez. — El Senado las apreciará en su oportunidad.

Sr. de la Torre. — ¿Acaso no me había apercibido de que el debate estaba degenerando y de que se le llevaba deliberadamente al terreno de la violencia? Lo expresé 31 así en la sesión del 27 de junio, páginas 386 y 387 del Diario de Sesiones:
“Voy a terminar —dije—, y espero ahora las réplicas. Preveo que no corresponderán a la naturaleza del informe que he producido. Habrá sido severo para el Poder Ejecutivo y para dos de sus ministros, pero ha sido objetivo y preciso, y se ha mantenido rigurosamente dentro de la cuestión.
“Temo ver repetirse la táctica habitual en los que no se resignan a confesar su derrota; la de salirse del tema, abandonando los puntos principales y magnificando los accesorios: preveo, en el ministro de Hacienda, sobre todo, las incursiones desorbitadas por todos los campos del mundo, menos por los que han sido explorados por la investigación y espero también la tentativa de desnaturalizar mi actitud, presentando los hechos claros y graves que he expuesto con sencillez, bajo el aspecto de agrias explosiones de una pasión incontenida.
“No he usado palabras que fueran más lejos que el significado real de los hechos, ni he empleado calificativos que excedieran a los exigidos por la naturaleza de las infracciones.
“Estoy aquí para examinar las refutaciones que se intenten y deseo hacerlo tranquilamente; pero si a falta de explicaciones encuentro que dos ministros, definitivamente juzgados y definitivamente condenados por la opinión nacional, consideran que un debate de esta naturaleza y de esta trascendencia puede desviarse hacia el terreno de los “gauchos malos”, me cuadraré también en ese terreno, dispuesto a seguirlos a donde quieran ir. No será la primera de esas pruebas que haya afrontado. Si el espectáculo en ese supuesto resultara desagradable e inferior, sépase quiénes lo provocan y qué clase de Poder Ejecutivo tiene la Nación”.
Mis anuncios, desgraciadamente, se cumplieron.
El discurso del señor senador por San Luis no obliga a una réplica, a tal punto exhibe un visible carácter partidista, pero no estará demás aclarar algunas alusiones.
Menciona, por ejemplo, “la Barra heterogénea y tumultuosa”, que se formó desde que comencé a hablar. Si con eso se ha querido sugerir que yo trajera barra para que me aplaudiera, debo manifestar que sucedió todo lo contrario y ello es demasiado notorio. Fueron las oficinas de la Casa de Gobierno las que volcaron en el recinto a sus empleados y esos empleados me molestaban sin cesar, y aplaudían furiosamente a los ministros.
Fuera de ocho o diez legisladores y amigos de la provincia de Santa Fe, venidos por el interés del debate, la barra que concurrió estaba formada por personas independientes y sus aplausos querían decir que compartían espontáneamente mis opiniones. Vi aplaudir en el recinto a adversarios políticos, del mismo modo que he recibido fuera del recinto amplios y numerosos testimonios de personas independientes y adversarias, conformes con las conclusiones a que llegué en el debate de la investigación del comercio de carnes.
Quiso sacar partido el señor senador por San Luis, de que un joven de la provincia de Tucumán, que yo no veía desde hacía mucho tiempo, hijo de un viejo amigo mío, me solicitara, una tarde, que lo hiciera entrar al Senado y de que ese joven y un amigo que lo acompañaba tuvieran algunas palabras sin importancia con el secretario del ministro de Agricultura, al intervenir éste en la conversación de ellos, sin conocerlos y a la que contestaron en forma burlona. Intervino el comisario en el pequeño incidente, creo que a pedido de Duggan, y resultó que los jóvenes a que me refiero no tenían armas. Ese hecho aislado y sin importancia, no prueba nada de lo que se ha querido sugerir.
Se ha referido, el señor senador por San Luis, a la declaración del comisario de la Cámara de Diputados, según la cual el doctor Bordabehere habría mantenido una conversación telefónica desde su oficina, me parece, con el despacho del gobernador de Santa Fe, y referido en ella el incidente con el ministro de Hacienda en términos jactanciosos.
El doctor Molinas, gobernador de Santa Fe, me pide que rectifique en absoluto semejante versión, pues en ningún momento le habló por teléfono el doctor Bordabehere sobre ese tema.
Tampoco me detendré a señalar, después de la concluyente exposición del señor senador por la Capital la forma en que el señor senador por San Luis ha expuesto las declaraciones que favorecen al criminal, y en qué forma ha omitido decir que son declaraciones rectificadas por pruebas mucho más concluyentes, como sucede con los informes de los médicos forenses, con la declaración del comisario de la Cámara de Diputados, con la declaración del consejero de Réditos y algunas otras.
Pero también ha dado lectura, el señor senador por San Luis, a algunas declaraciones que aluden a supuestos actos de violencia atribuidos al doctor Bordabehere, que no se concretan ni prueban en forma alguna, y que, seguramente emanan de enemigos, por la violencia de su forma, dentro de su falsedad.
No me ha sorprendido que se insinúen en este debate alusiones más o menos imprecisas, tendientes a demostrar que el señor senador electo por Santa Fe, era un hombre cuya violencia de carácter, unida a su gran fortaleza física, hacía hasta cierto punto explicable la precaución de traer un guardaespaldas.
Todo eso es una novela. El doctor Bordabehere, por la franqueza de sus actitudes y por la eficacia irresistible de su acción política, tenía adversarios que lo combatían, y los que no podían devolver de igual modo sus golpes recios y leales, se valían del arma de la calumnia. A nadie se le combatió con más saña; a nadie se le difamó con más acritud; a nadie se le persiguió con más tenacidad, y, a pesar de todo, su personalidad, impuesta al respeto y al amor del pueblo, crecía sin cesar. Había sido electo senador por la unanimidad de sus correligionarios, con las felicitaciones de sus propios adversarios en la asamblea legislativa.
Siempre el primero en los sitios de peligro, se le había querido presentar como un provocador, sin encontrar nunca un hecho en que afirmar una situación de esa clase. Una vez, en la ciudad de Rosario, en una manifestación callejera, sonaron tiros y cayó un hombre muerto. La policía de Rosario, enemiga enconada del doctor Bordabehere, pretendió inculparlo; le fue absolutamente imposible: el doctor Bordabehere, esa noche, como en el día en que fue asesinado, no llevaba armas, y cuando las llevaba, lo que puede suponerse que debió ocurrir en quien afrontaba con frecuencia situaciones peligrosas, era para su defensa. Y esta no es una expresión verbal, porque el doctor Bordabehere, fuera del terreno, jamás disparó un tiro contra nadie.
¿Por qué razón, entonces, sentirse intranquilo si el doctor Bordabehere ocupaba su banca en el recinto del Senado? ¿Por qué ese empeño en tenerlo en la barra a un metro de distancia del revólver de Valdez Cora?
¿Qué actitud había asumido el doctor Bordabehere, en los 40 días que llevaba el debate del comercio de carnes, que hiciera sospechar actitudes agresivas? Esperaba pacientemente la terminación del debate, para que su diploma fuera tratado, y eso que él estaba persuadido de que la comisión no objetaba ya su diploma, y de que la demora se debía a solicitaciones de extraños, que deseaban que no se incorporara al Senado antes de terminar el debate del comercio de carnes.
Entre las declaraciones tomadas por la comisión y citadas en este recinto hay algunas que se refieren al incidente del ministro de Hacienda, a que me referí hace un rato.
Bien; quiero pasar muy por encima de este punto. Creo, con la referencia que he hecho, que los señores senadores comprenderán, que cualquiera habría reaccionado lo mismo que el doctor Bordabehere. Junto con él se encontraba otro hombre político de Santa Fe, el presidente del Senado, doctor Carasa, persona moderada y correcta y también reaccionó.
En otras declaraciones se ha recordado una incidencia en la Cámara de Diputados. Desde una banca le gritaron al doctor Bordabehere: “matón”, explotando y glosando los ataques de sus adversarios. El que lanzaba la ofensa era un hombre fuerte y varonil que no podía ser desdeñado. El doctor Bordabehere lo escuchó en silencio, guardando el más riguroso respeto al recinto en que se encontraba, y recién en antesalas repelió la agresión.
Así fue toda su vida: acción, energía, lealtad y sacrificio, y así lo hemos visto el día en que cayó asesinado por al espalda, cuando venía en mi ayuda con los brazos abiertos.
En la forma en que se produjo el asesinato del doctor Bordabehere, el esclarecimiento de los hechos pudo ser quizás cuestión de horas. Hoy en el expediente nadie sabe nada, nadie ha oído nada, nadie ha ordenado nada. Los testigos rehúyen las declaraciones temiendo persecuciones y venganzas provenientes del gobierno. Es sin duda curioso, que se haya formado el ambiente de que el gobierno no quiere que se sepa más de lo que se sabe.
Y muchos, al ver encarrilarse el proceso dentro de esas condiciones precarias, llegan a la conclusión de que todo está concluido. Yo no soy tan pesimista; cuando se ha formado conciencia pública sobre un crimen, las explicaciones convencionales duran poco y llega el día en que se sabe la verdad.
Para terminar, diré que sería absurdo pensar en que el debate sobre la investigación del comercio de carnes pudiera continuar con mi intervención, mientras subsistan en mi espíritu las dudas que mantengo acerca de que se trajo a este recinto un guardaespaldas, extraído de los bajos fondos para gravitar sobre su resultado. Los indicios que existen son tan vehementes que no me es posible prescindir de ellos. Si lo hiciera, faltaría al respeto y al afecto que debo a la memoria del doctor Bordabehere y autorizaría a cualquiera a poner en duda la sinceridad de mi indignación.
El Senado hará lo que considere conveniente; yo ajustaré mi conducta a mi conciencia. A los que me conocen, les he ofrecido ya la prueba más fehaciente de la sinceridad de mis opiniones al no haber querido dar —haciendo una excepción a mis hábitos— el carácter de incidente caballeresco a las consecuencias del ataque de que fui objeto en el recinto.
El primero en lamentar que mi contrarréplica, que, por otra parte, estaba muy avanzada, quede inconclusa, soy yo, pero tengo la tranquilidad de haber producido tales pruebas y haber hecho tales demostraciones, que no necesito más para afirmar en la conciencia pública la razón de todo lo que he sostenido en este debate.
El empeño llevado hasta la ofuscación, de negar la verdad y de encontrar explicaciones capciosas a los errores más graves, fue comprometiendo poco a poco la posición del gobierno y concluyó por convertir en un desastre gubernativo irreparable una investigación que no se propuso objetivos tan amplios.
Nada sería el daño que ha sufrido el prestigio del gobierno, si en adelante pudiera evitarse que continúe el otro daño, que hiere de muerte a la fuente de riqueza más importante de la Nación, enfeudada conscientemente al interés del capitalismo extranjero.
Nada más.

Fuente: Lisandro de la Torre, Escritos y Discursos – Las Carnes Argentinas y el Monopolio Extranjero, T° IV, Págs. 609/639, 1947, Colegio Libre de Estudios Superiores – Buenos Aires.

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