junio 28, 2013

Sermón de Fray Mamerto Esquiú en celebración de la Capital de la Nación (1880)

SERMÓN PRONUNCIADO EN LA IGLESIA METROPOLITANA DE BUENOS AIRES EN CELEBRACION DE LA CAPITAL DE LA NACION
Fray Mamerto Esquiú
[8 de Diciembre de 1880]

Et Dicetis: Domino Deo nostro 
justitia; nobis autem confusio 
faciei nostræ
Baruch, I, 15

Con la sencillez y naturalidad del amor de un niño a su madre, saludé en otro tiempo al pueblo argentino, dirigiéndole las palabras de los sacerdotes de la antigua Ley a los Espartanos: Lætamur de gloria vestra. En aquel día, ya lejano, contemplábamos por primera vez el cumplimiento de los votos y de la obra iniciada por nuestros padres en Tucumán, hacían ya cuarenta años, y que habían sido para nuestra patria como la peregrinación de los Israelitas antes de entrar a la tierra prometida.
Horror y vasta soledad mas espantosas que los arenales de la Arabia, fueron para nosotros esos años de continuas guerras y de largas e impudentes tiranías, en que ni la propiedad ni la vida eran defendidas por ninguna ley, olvidada como quedó la divina, y por toda ley humana el capricho de voluntades sujetas a las mas viles pasiones. Pero al cabo de tanta y tan larga abyección en que se nos iba repitiendo, y acaso lo creíamos «No es tiempo aun de salir de ella», el pueblo argentino se vio como por encanto ocupado tranquilamente en darse una ley política fundamental que nos gobernase en adelante, poniendo así un término al tristísimo pasado y abriendo una nueva era de gloria y de esperanzas. En aquel día, señores, me tocó el alto honor de dar a la madre patria la amorosísima congratulación: Lætamur de gloria vestra.
Veinticinco años han pasado desde aquel día. Yo no haré el juicio de ellos; juzgad vosotros mismos si ese cuarto de siglo ha correspondido a nuestros dolores y esperanzas; yo solo debo confesares que su experiencia ha puesto en mi alma estas palabras de Job: Dies mei transierunt, cogitationes meæ dissipalæ sunt, torquentes cor deum. Han pasado mis días, mis esperanzas se han disipado dejando atormentado mi corazón, y ese dolor y amargura antes de dos lustros, helaron para siempre mi antigua palabra de congratulación. Si después de eso he hablado de política, solo ha sido, o para exhalar gemidos, o para suplir los defectos de mi ignorancia y de mi entusiasmo juvenil.
Pero hoy, señores, me veis llamado a este sagrado lugar y ante este solemnísimo concurso, a hacer como una introducción religiosa a las públicas acciones de gracias que se dan al Dios de nuestros padres por el grande hecho de la digna y definitiva Capital de la República Argentina confederada. Habré de decir por segunda vez: Lætamur de gloria vestra? Después de tantas guerras, ya parciales, ya generales, que han manchado la sagrada tierra de la ley; después de ver su código servir como de tienda de campana a pasiones iracundas; después que se están viendo subir y subir siempre las aguas mortíferas de enormes crímenes; después de tanta apostasía de la fe cristiana, y de las causas hoy día subsistentes de mayor y casi universal apostasía de esa misma fe, que dio genio y valor a nuestros padres; después de todo eso, ¿podría yo decir una vez mas Lætamur de gloria vestra? ¡Ah! ¡lejos de mí tan horrible profanación! Antes que insultar a Dios y a los hombres con esa mentira, preferiría, como los desterrados de Sión, que se paralizara mi mano derecha y que mi lengua se pegara a mi paladar Pero si no he de congratularos y glorificar vuestras obras ¿qué he de hablar? ¿en qué terreno me coloco ?
Permitidme, señores, que con la franqueza propia y obligatoria del sacerdote cristiano, os diga que, sin profanación de este sagrado lugar, no podría decirse ninguna cosa que solo se inspire en el respeto humano o en los hechos e intereses de la política. Todo eso podrá acaso bastar para un manifiesto o artículo de periódico más o menos razonable; pero en un discurso, por humilde que sea, hecho en nombre y con el acento de la verdad cristiana, el uso de esa sola inspiración me derribaría de esta cátedra, y me colocaría en el rango, que yo jamás envidiaré, de partidario político. Yo debo, señores, y nadie puede extrañar que cumpla mi deber de colocarme en el alto y sagrado terreno de la verdad religiosa, y que desde ahí contemple el hecho de la Capital definitiva de la República. Esa posición, además de obligatoria, tiene la ventaja de un punto de vista más libre, mas general, y, por consiguiente, mas acertado. Para conocer bien las líneas que proyecta la tierra sobre el mar, ¿no buscamos acaso un elevado punto de vista? y para medir la altura de un monte, ¿no es preciso distanciarse de él? Así igualmente, para apreciar como es debido la solución de una gran cuestión nacional por el hecho político que hoy festeja la República, era necesario colocarnos en la altura de la verdad religiosa, y aproximarse a Dios separándonos un poco de los hombres. Este esfuerzo, señores, ha puesto en mis labios las palabras del Profeta: Et dicetis: Domino Deo nostro justitia; nobis autem confusio faciei nostræ.
De cualquier otro modo que yo tratase el presente asunto, no saldría de la región mezquina y glacial de partidos políticos, que entre nosotros no han dado ni pueden dar otro fruto que el de sangrientas guerras y la disminución creciente de la libertad del pueblo. Como sacerdote y como ciudadano, yo amo la paz y el orden en la justicia, y, aunque con debilísimas fuerzas, siempre las he procurado; tened pues a bien que en este momento tan solemne como delicado, yo solo haya pedido inspiración a Aquel que es verdad y paz y toda justicia.
Señores, yo debo todo honor y respeto a un concurso el mas augusto que he presenciado en mi vida, y del que parten los deslumbrantes rayos de las primeras autoridades eclesiástica y civil de la República Argentina; del cuerpo diplomático representante de las naciones civilizadas del globo, y de tantas frentes iluminadas por el genio y la cultura de las ciencias, y la gloria de altos hechos políticos y militares, o de ilustres desgracias. Pero entre tantas grandezas, se me permitirá que haga homenaje especial al Excmo. señor Delegado de la Santa Sede. El cuerpo diplomático suele rodearlo en todas partes de honor especial, y ninguna otra grandeza católica puede envidiárselo al que es representante del maravilloso jefe de la Iglesia. Vuestra presencia, Excmo. señor, da aliento a mi debilidad, y me hace esperar que no serán sin froto mis deseos de promover la paz pública, hablando bajo los auspicios del que tuvo una parte muy importante en el término de la última guerra. Recibid, señor, el homenaje de mi mas profundo respeto, y tomad bajo vuestra protección las palabras que en nombre de Dios dirijo a este nobilísimo concurso.
Hablando en un día consagrado por la Iglesia al misterio de la Inmaculada Concepción de María, yo habría sido muy feliz, y creo que mas útil a los sagrados intereses de la patria, si hoy me aplicase a la consideración de ese misterio, cuya fe, esperamos los católicos, nos dará la victoria sobre el mundo; pero ya que no tengo esta felicidad, permitidme al menos que en vuestro nombre y en el mío me postre de rodillas un momento, e invoque y salude a la gran Madre de Dios con las palabras del Ángel.

I

Quizá causa extrañeza a algunos el ver que trato un asunto de política desde el punto de vista del dogma católico de la Divina Providencia; pero creo que estaremos convenidos, desde el momento en que se aplique un poco de reflexión al hecho de la sociedad civil y política.
El estado social del hombre es condición indispensable de la vida intelectual del individuo; sin la palabra trasmitida por otros hombres al individuo, jamás llegada éste a poseer un solo pensamiento, mucho menos la ciencia y lo demás que justamente hacen la gloria del hombre. De aquí se sigue, que, admitiendo la intervención de un Dios creador y conservador del hombre individuo, es ilógico e inconsecuente no admitirla en la sociedad humana, como lo seria el negar al todo, aquello mismo que se reconoce en sus partes, y que no son tales sino con dependencia del todo. Agregando a esta luz de la simple razón natural la de nuestros libros santos, se ve por ella que no solo el Criador del hombre y del mundo ha instituido así en abstracto la vida social del hombre, sino que la ha concretado a la sociedad doméstica y a la civil de las diversas naciones que cubren la tierra.
La confusión de lenguas en la familia humana tuvo por objeto la institución de diversas sociedades civiles; y los vastísimos mares que separan unos continentes de otros, y los desiertos e insalvables cordilleras que cruzan esos continentes, eran en los designios de Dios, como la salvaguardia de esas nacionalidades y el valladar que debía contener la ambición de los prepotentes.
En los libros santos se ve a Dios tan ocupado de la organización civil del pueblo Israelita, como lo estuvo en la formación del hombre y su significación en el principio de los tiempos históricos.
Y no solo se ha ocupado el Segar de la organización civil del pueblo de Israel, que se ligaba tan de cerca con la grande obra de la Redención humana, sino que su adorable Providencia tenia en vista las otras naciones que yacían en el paganismo. Prueba de ello, entre otras mil que nos da la Sagrada Escritura, es lo que se lee en la profecía de Daniel, que con tanta claridad como anticipación describe el reinado de los Persas sucediendo al de los Asirios, el de los Griegos al de los Persas, y el de los Romanos al de los Griegos; a todo lo cual sucede el reino de Dios en la tierra, la dispersión del pueblo judío, y la perpetua división de las diversas nacionalidades, que nunca como en los días antiguos vendrán a ser presa de ningún conquistador, aunque tuviera el genio de Alejandro y la fuerza y perseverancia de los Romanos.
De todo esto se sigue, que ni histórica ni filosóficamente se puede hablar bien de la sociedad civil, partiendo del principio en que se suprime el dogma de la Divina Providencia. Nuestros padres, señores, no trataban así los intereses de la patria. De una fiesta cívica que se celebraba en Catamarca el 25 de Mayo de 1817, decía el primer magistrado de Tucumán, la ciudad del gran Congreso «No es esta una fiesta de Griegos o Romanos; es sí un obsequio cristiano y religioso que tributan los pueblos de la Unión al Dios de la Santidad, en reconocimiento de la visible protección con que ha favorecido los designios de nuestra patria» [1]. Creo que puede asegurarse, que, como en el orden religioso, la renuncia de la fe es una traición y apostasía; así en el orden político es traidor a la patria quien no tiene en cuenta la verdad de la Divina Providencia.
Se empequeñece igualmente, y aun desaparece todo patriotismo, y con ella verdadera ciencia política, cuando se considera a la sociedad civil por el solo lado que se presenta a nuestra corta vista, prescindiendo del resto de su vida, de su pasado y del porvenir que la espera. Todos hablamos del progreso social, y apenas hay quien no habrá repetido que los pueblos, como los individuos, tienen su niñez, su adolescencia, su edad viril y aun la decrépita; pero nada de esto podría ser cierto contrayendo la sociedad a un momento dado, a hechos particulares sin relaciones con el pasado y el porvenir. Del mismo modo, pues, que para conocer bien a un individuo no bastaría en modo alguno la observación de un solo hecho de su vida, ni de su sola niñez o adolescencia, sino que es preciso tener en vista su conducta en general, así también para conocer y hablar exactamente de un pueblo, es necesario, señores, considerarlo, no en los hechos particulares, sino en el conjunto de ellos, en su marcha general. Sin esta observación general de un pueblo, nunca podrá saberse de dónde viene y a dónde va; qué leyes presiden su desarrollo y cuáles son sus necesidades vitales. Cualquiera, pues, que considera a un pueblo en una circunstancia particular y prescinde de sus antecedentes y consiguientes, como si él fuera un mero acto de nuestra libre voluntad, se engaña asimismo, y no tiene en cuenta la realidad del pueblo, sino un aspecto de él, un ser abstracto.
Permitidme ahora, señores, que de todo esto saque yo una consecuencia que me importa mucho. De la ley providencial, que se cierne sobre las sociedades civiles-como el espíritu de Dios sobre las aguas de la primera creación cósmica, y de la necesidad que hay de una mirada generalizadora de los hechos de un pueblo para conocer las leyes propias de su vida, se infiere que para hablaros del modo mas conveniente, he debido considerar el hecho de la capital definitiva de la República, desde la alta región de la Divina Providencia, y separarme cuanto me es posible de intereses locales y partidos, y mutuas recriminaciones, mejor conocidas por vosotros, señores míos, que por un hombre oscuro como yo y extraño a sus propios hermanos, El Apóstol y Maestro de las gentes se gloriaba de no saber otra ciencia ni predicar otra cosa que a Jesucristo, y a Jesucristo crucificado; ¿por qué avergonzarme yo de hablar a una nación católica en nombre del Dios del cielo, inmortal rey de los siglos? Os digo además que mirado el hecho de la declaración de Buenos Aires por capital definitiva de la República Argentina confederada a la luz de esa Providencia y de la ley social del pueblo argentino, yo he debido obedecer a esta intimación del Señor por medio de su profeta: Et dicetis: Domino Deo nostro justitia: nobis autem confusio faciei nostræ: Y diréis: Al Señor Dios nuestro sea la gloria; a nosotros no toca sino la confusión de nuestro rostro.

II

Más que la cortedad de nuestras vistas en el campo de la humanidad, las inefables degradaciones que ha sufrido en el camino de su vida, han dado justamente origen a la palabra moderna de edades prehistóricas. Y en efecto, el suelo americano nos ofrece con demasiada claridad el hecho actual de una edad prehistórica. Poned los ojos en las tribus errantes de nuestros salvajes; he ahí pueblos sin historia; y por consiguiente, tenéis a la vista una edad prehistórica. Yo pienso que los pueblos aztecas e incas fueron sorprendidos por los europeos en los momentos del crepúsculo de esa noche en que tampoco brillaría para ellos el sol de la historia. No hacemos, pues, agravio a nuestros hermanos los salvajes ni a los antiguos pueblos del nuevo mundo, si, quitándoles la parte de herencia que les tocara en la historia, se la tomamos toda, y decimos: la historia de América solo tiene poco más de tres siglos.
En todo ese tiempo, decía en un discurso patrio el célebre autor del «Ensayo histórico de las Provincias Unidas del Río de la Plata», el hecho mas grande que nos es dado contemplar es el de nuestra independencia de la antigua metrópoli. Yo acepto esta apreciación, mirada la cosa bajo el solo aspecto político, que ciertamente no es toda la sociedad, ni aun el verdadero principio y esencia de ella, pues todos conocemos una sociedad que no tuvo ser político público por casi 300 años, y sin embargo, era, y hoy todavía se le llama y es la sociedad católica, es decir, universal. Pero dejando a un lado esto y aceptada la afirmación del ilustre Dean F unes, digo yo a mi vez, que en ese hecho capital de la causa de América, resalta espléndida la gran verdad que tengo delante de mis ojos: Domino Deo postro justitia; nobis autem confusio faciei nostræ.
Sí, Dios mismo habia preparado entre nosotros los dos grandes elementos de una poderosa nacionalidad: paz interior y la vida del municipio, con el alma de la completa verdad religiosa; después de una preparación de dos siglos, tiempo no largo para la vida de un pueblo, la independencia se presentó como por sí misma, merced a la atonía y desastres de nuestra madre la España. En esa economía providencial, fácil es ver la ley tan fuerte como oculta de que en el imperio del reino de Dios en la tierra no pueden existir esas grandes unidades políticas que hicieron la cabeza y pecho, vientre y piernas de la estatua de Nabucodonosor. Si me citáis la Rusia e Inglaterra, la respuesta se da con solo señalar sus grados de relación con el reino de Dios y la clase de pueblos que van conquistando.
Las diversas nacionalidades de la América española, fueron, pues, la obra de la ley de la historia y de la Divina Providencia Domino Deo nostro jnstitia! Cual una virgen en el acto de desposarse, tal se presenta la América en el acto de su emancipación: modesta, pura, noble, vigorosísima, con un corazón hecho para grandes cosas y para llenar todo un nuevo mundo de las naciones más felices del globo. Dad gloria a Dios, señores míos, Mas ¡ay! que, como el Señor preguntaba a Caín por su hermano, diciéndole: ¿ Ubi est Abel frater tuus? así nos pregunta a nosotros por la hermosísima América; ¿Ubi est, dónde está, que habéis hecho de vuestra hermana, de vuestra madre, ayer no más tau bella y vigorosa? ¿Ubi est frater tuus? ¡Ah! bien puede cubrir nuestras frentes un sombrío y feroz silencio; pero la tierra, la tierra misma está clamando, que se atosigó a la virgen en los mismos días de sus desposorios con el veneno de las doctrinas que en 1792 debieron haber hecho escarmentar a la Francia y a todo el mundo cristiano; se la afrentó echándola por tierra y cubriéndola de la sangre de hermanos, de toda suerte de crímenes, primero contra Dios y después contra los hombres! Clamor! Clamor! la palabra CLAMOR que un ilustre hijo de Buenos Aires escribía en la Cruz Alta, se alza como un solo grito desde esta ciudad hasta México! De ahí vinieron guerras y tiranos que no quiero recordarlos. A Dios, pues, la gloria, y a nosotros solo la confusión de nuestro rostro en el grande hecho de la independencia americana!
Hoy nos hallamos en posesión de otro hecho político tan grave e importante a nuestra nacionalidad, como son para las tierras las cordilleras que les sirven de barreras contra el mar y las enriquecen con copiosas venas de agua dulce: hablo, señores, del sistema político federal que con 60 años de laboriosísima vida, ha venido a sentarse en nuestra política, como lo están los Andes en la frontera del grande Océano, y que, aunque a través de grandes miserias, da ejercicio de la vida pública de nación a la última de las 14 provincias unidas. No creo que haya un solo argentino que no incline la cabeza ante ese hecho colosal, y que no lo acepte como una condición de la vida y paz de la República: Domino Deo nostro justitia! Mas por parte nuestra, ¿qué mérito tenemos en el sistema político federal? Por un lado la rebelión, y por el otro la supresión de los antiguos cabildos, verdaderos focos de libertad; por una parte la guerra a los principios e instituciones religiosas y, por la otra, tremendas reacciones: de todas partes, guerra y desolación, hipocresía y crímenes sin cuento: esta es nuestra parte en la grande obra del sistema federal: nobis ergo confusio faciei nostræ.
De estos dos hechos, manifiesto resultado de la ley de la historia, se desprende como por su propio peso un tercero, y que no es otro que el grande y nobilísimo hecho de la ciudad de Buenos Aires, capital de la República Argentina confederada.
Sí, a tí, oh grande e ínclita ciudad! tocaba este honor y este cargo. Tu nombradía y tu gloria, eclipsan ante los ojos del mundo el resto de la República; pero tus hermanos se muestran ufanos de tu brillo, como las estrellas del sol que las eclipsa durante el día. Tu heroica reconquista, tu poder, tus riquezas, tu posición misma que te permite dar la mano a todas las naciones del mundo, todo te está señalando el puesto de capital de la República. Veinticinco años ha que la Confederación Argentina te lo está pidiendo ya desde el trono de sus congresos, ya con los gemidos de las víctimas de tantas guerras y desastres que ella sufre por esta causa! ¡Oh noble e ilustre Buenos Aires! no es digno de tu pecho rehusar este cargo y este honor, cualquiera que sea el sacrificio que ellos te impongan.
Pierdes en ello la sola denominación de capital de tu provincia, pero adquieres la de toda la República en que está incluida tu rica y floreciente campaña. ¿Y qué? ese pequeño sacrificio ¿no es acaso debido en expiación de las horribles hecatombes que en nombre y a cargo del sistema federal, hacían tus ejércitos el año 40 por toda la República?
Yo no entro, señores, a justificar, ni aun conozco bien las operaciones legales que han preparado este inmenso acontecimiento que hoy festeja la República. Yo digo solamente: la nacionalidad argentina es un resultado de la ley de la historia; lo es igualmente su forma republicana federal: estos dos hechos providenciales exigen como condición de vida y de paz, la capitalización definitiva de Buenos Aires; aceptadla, pues, con sumisión, no tanto a los hombres, cuanto a Dios mismo, a vuestros supremos intereses y a los de toda la República. Sin esta sumisión, queda el país en estado de guerra! ¿Y qué? ¿No basta ya tanta sangre, y tantos y tantos millares de víctimas? ¿No nos harán ser cuerdos los peligros exteriores que nos amenazan? Si hay miserias, toleradlas en este hecho, como en la implantación del sistema federal, como en el mismo acto de nuestra independencia, habrá mucho de qué confundirnos; pero hay también en todos, tres poderosísimas razones para dar gloria a Dios: Et dicetis: Domino Deo nostro justitia; nobis autem confusio faciei nostræ.
Se acepta por todos el grande hecho de la Independencia nacional, a pesar de su tristísima historia de 60 años; ¿cómo pues, podrá rechazarse el hecho de la capital definitiva de la República, que asegura la vida y completa nuestro ser político, solo porque en él veáis esas miserias que nunca faltan en las obras humanas? Téngase en cuenta, además, que Buenos Aires constituida Capital definitiva de la República, no solo ciega un manantial de perpetuas guerras, sino que es como la señal y principio de una verdadera fusión de partidos por toda la República, con lo cual cesará esa rivalidad que convierte el seno de la patria en un campo de batalla y a los hermanos en implacables enemigos. Bien sé que en Inglaterra y Estados Unidos hay partidos políticos, y que por la agitación de estos no se altera la vida y la paz de esas naciones; pero se debe notar que Inglaterra vive de sus nobles y de sus ingentes acumulaciones de oro, como los Estados Unidos de sus grandes intereses industriales, mientras que en la República Argentina la política es casi el único fundamento de su nacionalidad, y por consiguiente, la agitación de los partidos políticos se convierte en guerra, y la guerra civil es la muerte. La fusión de partidos, esto es, que no se haga diferencia de colores políticos, sino que solo se tenga en vista la idoneidad y el mérito para conferir los empleos, como igualmente el que no haya odiosas exclusiones en los beneficios comunes del Estado; esa fusión nobilísima se obrará por toda la República desde el momento en que con ánimo generoso aceptéis que Buenos Aires sea la Capital de la República, la ciudad común de todos los hijos de una misma patria.
En ello está cifrado el bien, nuestra paz y felicidad y la gloria do Dios, que vive y reina por toda la eternidad. 
AMEN.

Notas:
Fuente: «Discurso Patrio del Ilustrísimo Señor Obispo de Córdoba Doctor Fray Mamerto Esquiú pronunciado el 9 de diciembre de 1880 en la Salta Iglesia Metropolitana de Buenos Aires en celebración de la Capital de la Nación.» Buenos Aires. Imprenta de M. Biedma -1880.
Ortografía modernizada.
[1] Véase el discurso hecho en ella por el P. Pedro Cenit Pacheco.

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