julio 09, 2012

Discurso de Fidel Castro en la explanada Municipal de Montevideo, Uruguay (1959)

DISCURSO EN LA EXPLANADA MUNICIPAL DE MONTEVIDEO, URUGUAY
Fidel Castro
[5 de Mayo de 1959]

― Versión taquigráfica de las oficinas del Primer Ministro ―

Hermanos del Uruguay:
He llegado un poco tarde.  Sé que hace rato que están ustedes aquí reunidos; mas no era el motivo de nuestra tardanza el descanso, hace rato que no descansamos, ni allá ni acá.
¿Dónde estábamos?  Estábamos junto a los campesinos en la zona inundada. Y quizás pocos hechos nos hayan impresionado más que aquellos grupos de campesinos uruguayos, en los cuales, por más que alguien hubiese tratado de encontrar una diferencia entre aquellos campesinos y los de nuestra tierra, no habrían podido encontrarla jamás. Era realmente admirable, impresionante, digno de analizarse, aquel carácter, aquella nobleza, aquella pureza de esos campesinos, de modo tal que podía haber dudado de si me encontraba en algún lugar de este Uruguay, que durante mucho tiempo fue para nosotros y para los demás pueblos de América algo así como un lugar lejano, como una silueta en el mapa de América, o eran campesinos de aquella Cuba que tal vez durante mucho tiempo fue también para ustedes algo así como un lugar lejano, como una silueta en el mapa de América.
¿Cómo explicarse esa separación en la mente de los latinoamericanos?  ¿Cómo explicarse esa distancia que si existe solo es en lo físico y hoy los medios de comunicación han anulado por completo?  Si realmente no hay distancia entre la mente de ustedes y la mente nuestra; no hay distancia entre el corazón de aquellos hombres y el corazón de nuestros hombres; no hay distancia entre la emoción de aquellos hombres y la emoción de los cubanos (DEL PUBLICO LE DICEN:  “¡Viva Cuba Libre!”); no hay distancia en la pasión por la libertad; no hay distancia en la devoción por la dignidad del hombre; no hay distancia en la aspiración a una vida más justa, más feliz y más libre .
Si somos una sola cosa, si hasta en el físico somos tan parecidos que nadie osaría distinguirnos si no le presentamos un pasaporte; si somos tan iguales que a mí hoy, por ejemplo, me parecería absurdo que alguien viniera a decirme que le estoy hablando a un conglomerado distinto al conglomerado de mi patria, que le estoy hablando a una multitud que no es una multitud cubana.  Me parecería absurdo que alguien me dijese que estas decenas de millares de cabezas apretadas hayan nacido bajo una bandera distinta, hayan nacido bajo un cielo distinto y que de algún modo ustedes sean distintos a nosotros los cubanos.
Es que hemos implantado barreras artificiales, es que hemos implantando fronteras artificiales y hemos creado diferencias donde no existen, hemos creado distancias donde no existen, hemos creado ficciones en medio de verdades que son evidentes, y hemos cerrado los ojos ante ellas y hemos vivido en medio del absurdo, sin que voces aisladas o voces unánimes de todos nuestros pueblos empezasen a comprender la verdad de nuestra debilidad, la verdad de nuestra impotencia, la verdad de nuestra infelicidad.
Es que siendo uno en todo hemos vivido alejados, hemos vivido separados, hemos vivido divididos, hemos vivido al margen de lo que pudo habernos hecho grandes, de lo que pudo habernos protegido de la impotencia; hemos vivido al margen de lo que fueron los sueños de nuestros libertadores, a los cuales hemos levantado estatuas, a los cuales hemos dedicado millones de ramos de flores, millones tal vez de discursos, pero a los cuales no hemos seguido en la esencia más pura de su pensamiento.
Parécenos que si se presentaran hoy ante nosotros, desde Bolívar hasta Martí, desde San Martín hasta Artigas, y con ellos todos los próceres de las libertades de América Latina, nos reprocharían al ver cómo nos encontramos todavía y se preguntarían si esta es la América que ellos soñaron, grande y unida, y no el racimo de pueblos divididos y débiles que somos hoy.
Este acto sería la razón más elocuente, este mitin gigantesco sería la más poderosa razón del reproche, porque, ¿qué explicación puede tener este acto?  No puede ser la curiosidad, porque la curiosidad no mueve tantas decenas de miles de personas; no puede ser el mérito, porque nadie puede tener tanto mérito en el mundo como para reunir tantas decenas de miles de personas; no puede ser la gratitud, porque nosotros no hemos hecho nada por ustedes.  No estamos en Cuba, donde por nuestro pueblo hicimos algo; donde al menos barrimos la tiranía oprobiosa que lo agobió durante siete años; donde al menos les hemos confiscado los bienes a todos los ladrones y a todos los malversadores; donde al menos nuestro pueblo ha sabido castigar ejemplarmente a sus verdugos; donde al menos hemos librado a las madres de la tremenda incertidumbre de ver partir a sus hijos sin saber en qué minuto iban a desaparecer para siempre, sin el consuelo de conocer siquiera dónde encontrarían sus restos; donde al menos hemos librado a la palabra de todas las mordazas; donde al menos hemos librado a las ideas de todas las trabas; donde al menos hemos librado al pueblo de todos los miedos y temores; donde al menos, si no hemos podido hacer mucho más, porque ha sido muy breve el tiempo y ha habido que reconstruir de nuevo la república, ha habido que defender a la Revolución de la calumnia internacional  y ha habido que salir más de una vez del propio suelo para congregar a otros pueblos en otros lugares de América para impedir que la calumnia infame o la mentira entibien el cariño que nos ayudó y nos alentó en las horas difíciles de la lucha, si no hemos hecho más, al menos ya hemos llevado a nuestro pueblo las ventajas y los frutos de muchas leyes revolucionarias que han rebajado el costo de la vida, que están librando al pueblo de la especulación.
Hemos despertado el sentimiento patrio en un país donde, a fuerza de decepciones, casi se había perdido ese orgullo que sienten los hombres por el suelo en que han nacido; hemos asentado sobre la tierra a más de 150 000 familias campesinas que vivían en precario y bajo el temor constante de perder sus parcelas; hemos suprimido la dictadura, no solo en lo político, sino también en lo sindical; hemos restablecido el derecho de los obreros a elegir a sus propios dirigentes; hemos abierto los centros de enseñanza y las universidades, o estamos reformándolas para elevarlas al nivel que la nueva república exige de la juventud. Y si no hemos hecho más en tan breve tiempo, al menos hemos sembrado esperanza, al menos hemos llenado a nuestro pueblo de esperanza y al menos hemos actuado de modo que esa esperanza de hoy sea hermosa realidad en el futuro .
Todo eso, aunque es poco, hemos hecho por nuestro pueblo. Mas es lógico que cuando convoquemos a los cubanos se reúnan; sin embargo, ¿puede explicarse que, sin que medien ninguna de esas causas, en número tan extraordinario y entusiasta se reúnan tantas decenas de miles de cabezas uruguayas, que son las más compactas que nunca he visto entre tantos mítines; la más apretada que he visto, entre tantas concentraciones como he visto?  
¿Qué explicación tiene si no puede ser ni la curiosidad, ni el mérito, ni la gratitud lo que reúne a los pueblos de nuestro continente al paso de un joven que sencillamente no ha hecho otra cosa que cumplir con el deber que tenía con su patria, como otros muchos miles de jóvenes han cumplido?  ¿Qué es lo que reúne a los pueblos, si no es una aspiración, si no es una conciencia latinoamericana, si no es un deseo que late en el corazón de todos nosotros?
¿Qué quiere decir que a mí no se me mire aquí como a un extranjero, palabra indigna para calificarnos los hermanos de América Latina, sino que hay una conciencia que despierta en todo el continente? ¿Los que estudian los procesos históricos y los fenómenos sociales de los pueblos pudieran dejar acaso de considerar todo el valor que tienen estos síntomas del despertar de la conciencia de América Latina?  (EXCLAMACIONES DE: “¡Jamás!”) ¿Qué quiere decir esto, sino que la América va madurando para la gran tarea que debe realizar en el mundo, para cumplir también su rol en el mundo, para llevar adelante los sueños y las aspiraciones a que tienen derecho todos los pueblos?
Parecían como olvidadas las ideas de la unión de los pueblos de América Latina; incluso, no es que pensemos que ese sea un objetivo fácil; incluso, no fue el propósito de este viaje hacer una campaña en favor de esa unión.  La campaña se hace sola, la conciencia se está haciendo sola.  Esa conciencia no la ha formado nadie, y mucho menos yo; es una conciencia con la que me encuentro, es una conciencia que se va despertando por sí misma y que simplemente no hacemos sino observar.
Tal vez hoy lo que nosotros deseamos más, el propósito fundamental, es contar con la simpatía de los pueblos hermanos de América para llevar adelante las ideas de la Revolución Cubana.  Nos preocupamos porque la Revolución Cubana se lleve adelante, ¿por egoísmo?  No, no puede ser por egoísmo cuando pensamos que el triunfo de la Revolución Cubana interesa no solo a Cuba, sino a toda la América, e interesa más que nunca en estos instantes en que la conciencia de la unión de América Latina se despierta.  Sufriría un golpe tremendo la esperanza en la América Latina si la Revolución Cubana fracasa.
No debemos vivir de sueños, no debemos vivir de ilusiones.  Si  la Revolución Cubana después de su formidable victoria militar; si la Revolución Cubana después del milagro de que los jóvenes y los campesinos de nuestra patria, sin armas y sin recursos, destruyeron una fuerza perfectamente armada que ascendía a 50 000 hombres aproximadamente; si la Revolución Cubana después de las esperanzas que ha despertado en todo el continente y después de todas las ventajas que tenemos en la mano —desde un Ejército Rebelde enteramente revolucionario hasta un pueblo que en un 90% está enteramente con la Revolución, circunstancias que nunca se dieron de una revolución que contó en la hora de su victoria militar con un ejército propio y aguerrido, y con un pueblo entero donde todos los sectores sociales se habían unido en pos de una gran aspiración nacional—, si en esas circunstancias, la Revolución Cubana, por errores de los cubanos, por falta de visión de sus líderes, por falta de sentido de la responsabilidad, lejos de conducirla al triunfo la llevan al fracaso, seremos responsables ante los ojos de América de haber dado muerte a una de sus más hermosas esperanzas.
Sabemos muy bien cuáles son los obstáculos a vencer, sabemos muy bien las ingentes dificultades que tenemos delante, puesto que somos un pueblo pequeño, somos una islita pequeña en medio de un mar borrascoso, puesto que somos un pueblo que ha tenido que sufrir todas las consecuencias de los errores de los anteriores gobernantes y que hemos recibido un país deshecho en lo económico y en lo social.
Sabemos muy bien lo que se precisa y se requiere para que esa Revolución no fracase, porque algo debo decir aquí: producto de mi experiencia de novel gobernante, de joven hombre público, que trata cada segundo de ir asimilando las lecciones de la realidad y de la experiencia, puedo decir que destruir una revolución, hundir a un pueblo, llevarlo al fracaso, es cosa fácil; que lo difícil, lo verdaderamente difícil, es conducirlo al triunfo.
En medio de ideas y de opiniones que se debaten, en medio de concepciones distintas en lo histórico, en lo filosófico, en lo social; en medio de una gran multiplicidad de criterios, cuando cada hombre cree tener su fórmula, cuando cada hombre cree tener resuelta la compleja ecuación, lo difícil es encontrar el camino verdadero, el camino cierto, para conducir ese país y ese pueblo, que confía en sus líderes, hacia el triunfo.
A esas madres que levantan sus hijos en brazos, a esas multitudes que creen en nosotros, a esos hombres, a esos niños, jóvenes y ancianos que, como todo un ejército unido, confían en nuestra capacidad para llevarlos al triunfo, fácil seria defraudarlos en sus esperanzas, hundirlos en el abismo; lo difícil es la lealtad absoluta, que los hombres de sensibilidad, de honor y de cariño por su pueblo sean capaces de encontrar las fórmulas precisas para no defraudarlos o conducirlos a la derrota.  Esa es nuestra responsabilidad hoy ante el pueblo de Cuba, que quiere decir una responsabilidad ante la América entera. Ese es nuestro difícil trabajo, la tremenda tarea de un pueblo pequeño, tratando de abrirse paso por encima de todos los determinismos, tratando de marchar adelante por encima de todos los obstáculos...  (INTERRUPCION) que será de lo que tengamos que rendir cuenta a la posteridad; que los hechos, que los hombres, sean juzgados mejor.
La América nuestra tiene un destino propio, la América nuestra tiene un rol propio, la América nuestra, con sus características geográficas, con sus características espirituales, con sus características materiales, con la idiosincrasia de nuestros pueblos, con el carácter de nuestros pueblos, solo puede seguir un camino enteramente propio.
Difícil será la tarea de encontrar el camino propio en medio de las opiniones más disímiles, en medio de las ideas más contrapuestas. Pero hay algo que puede dignificar ese camino por encima de todas las disparidades de criterio, y es que los latinoamericanos busquemos aquellas cosas que son comunes a todos, busquemos aquellas aspiraciones que son comunes a todos, busquemos aquellos intereses que son comunes a todos y, en pos de esa aspiración, unamos a todos los sectores de cada nación y a todas las naciones de América Latina para lograr nuestro objetivo.
Divididos entre sí nada conseguiremos jamás.  No conseguiremos al menos la cimera meta que debemos alcanzar.  Con fórmulas que nos dividan, llegaremos, si acaso, a desgarrarnos más, pero nunca llegaremos a ser más fuertes; con fórmulas que nos dividan, llegaremos, si acaso, a retroceder más, a convertirnos en centros de pugnas que puedan estar por encima de los intereses de nuestra América. Podremos con fórmulas que nos dividan cosechar muchos sinsabores y muchas derrotas, pero jamás lograremos los ideales que debemos proporcionar a nuestros pueblos, si es que quieren conquistar los grandes objetivos de nuestra América.
¿Que el camino sea difícil implica el desaliento? No, jamás podremos ser hombres invadidos por el desaliento, porque caminos difíciles hemos emprendido más de una vez, caminos difíciles hemos afrontado más de una vez, y los hechos demuestran que cuando hay confianza en las ideas, se llega lejos y se gana terreno; que sea difícil no es motivo de desaliento, sino simplemente tener conciencia de que ello es difícil, pero no imposible.  De ahí que cada uno de nuestros actos tengamos que medirlos con tanta responsabilidad.
Dijimos en días recientes en el Parque Central de Nueva York, donde se reunieron, como aquí, decenas de miles de latinos: Cuando se tienen determinadas responsabilidades, ni siquiera se es dueño de la propia vida, porque valor para morir tiene cualquiera; lo difícil es el valor de hacer las cosas por encima de todas las presiones, por encima de todas las pasiones. Valor para sobreponer el deber a la inclinación personal, valor para sobreponer el deber al propio temperamento, cuando se tienen responsabilidades, es lo difícil.  Lo decía cuando me refería al caso de las naciones que estaban todavía bajo el yugo de los clásicos dictadores; lo decía y lo explicaba allí, donde había miles de dominicanos, dominicanos que cuentan con toda nuestra solidaridad y simpatía; dominicanos cuyos deseos eran que pusiésemos en sus manos todos los recursos, que los ayudásemos a conquistar su libertad. Y les recordaba cómo en mis años de estudiante, cuando se reunió aquella expedición para ir a Santo Domingo, yo había sido el primero en sumarme a ellos, y estuve durante tres meses en un cayo de arena.
Entonces, echaba de menos a aquellos días.  Sentía no ser otra vez el estudiante en vez del gobernante, sentía no ser el hombre anónimo —decía— para poder empuñar de nuevo un arma con que ayudar a libertar a un pueblo hermano.  Y lo sentía porque mis deberes de gobernante me lo impedían, y deber de gobernante no era para nosotros el placer del gobernante, el negocio del gobernante, la vanidad del gobernante, la gloria fatua del gobernante.  Deber de gobernante para nosotros era sacrificio, amargura muchas veces, contradicción entre el deseo y la obligación, lealtad a los que creen en nosotros, lealtad al pueblo propio, lealtad a los pueblos hermanos que observan el proceso de Cuba. Deber para nosotros era realmente deber y sacrificio; luego, muy duro tenía que ser para nosotros que los deberes nos impidiesen hacer lo que nuestro corazón desearía hacer; porque cuando es el egoísmo quien dicta la conducta, cuando es la ambición la que dicta la conducta de los hombres, entonces no hay moral para hablar.  Cuando es el deber desinteresado quien dicta la conducta, hay moral para hablar.
Y así les hablé a aquellos dominicanos, les hablé con moral suficiente para defender ante ellos el principio de no intervención. Lo saco aquí a relucir, porque alguien que me precedió leyó algunas ideas al respecto, y alguien habló de que el principio de no intervención no debía servir para ayudar a las dictaduras que aún quedaban.  Me pareció correcto aclarar esas ideas, porque sobre ideas confusas no podremos levantar ninguna obra sólida; sobre ideas confusas no marcharemos más que al fracaso.
El principio de no intervención ayuda, efectivamente, a las dictaduras; pero la violación del principio de no intervención pudiera, tal vez, ayudar verdaderamente a las dictaduras.
¿Por qué defendemos el principio de no intervención? ¿Por qué lo defendemos aun contra nuestros sentimientos, aun contra nuestros más caros deseos?  Porque mil veces preferimos la vida dura de la campaña en lucha abierta, mil veces preferimos la satisfacción de combatir a los soldados de un tirano, que la tarea fatigosa y amarga de un primer ministro, que la tarea fatigosa y amarga de un gobernante.
¿Por qué lo defendemos?  Por sentido de responsabilidad.  Fácil  sería para nosotros mandar contingentes de cubanos, mandar a nuestros veteranos de la Sierra Maestra, llevar a los hombres que conocen la experiencia de la guerra, que tienen confianza en sí mismos, que son capaces de derrotar a cualquier unidad por bien armada que esté .  Fácil sería, pero grave error también sería.  Grave error, primero, porque las revoluciones no se pueden importar.
Grave error sería porque los problemas de los pueblos no se estarían decidiendo por el esfuerzo de los pueblos, no se estarían decidiendo en la pugna de las ideas buenas contra las ideas malas, no se estarían decidiendo con el propio esfuerzo de los pueblos, sino que se estarían decidiendo en los campos de batalla y una orden mal dada o bien dada sería lo que decidiría la suerte de los pueblos.  Grave error porque con invasiones no se hacen revoluciones.
Revolución es siembra de ideas, revolución es esfuerzo propio, revolución es formación de conciencia, revolución es el triunfo que se logra no con el esfuerzo de otros, sino con el esfuerzo propio.
Nunca le pedimos a ningún pueblo, durante los dos años de lucha, que nos enviase contingentes de hombres a combatir, porque ello hubiera podido implicar que no había en Cuba cubanos suficientes para combatir la dictadura. Cuando llevábamos muchos meses en desigual lucha, cuando era evidente que resistíamos y que podíamos resistir, pedimos armas; mas como no llegaban, tuvimos que arrebatarles las armas a los propios soldados enemigos.
Ni armas ni hombres de afuera (DEL PUBLICO LE DICEN: “Pero a Batista les llegaban”).  Y no importó, nosotros les quitábamos las armas.  Una vez más se demuestra que un grupo de hombres cercados, sin abastecimientos, sin armas, sin aviones, sin tanques, sin cañones, puede derrotar a un régimen, al que sus soldados seguían, por el que sus soldados peleaban; porque no fue un paseo la lucha en Cuba, fue un constante batallar, desde el primero hasta el último día, ya que aquellos soldados habían sido imbuidos de un sentido absurdo de lealtad a aquel régimen, que les hizo creer que nosotros éramos elementos fuera de la ley, poco menos que delincuentes, y que los queríamos desplazar.
Con esas mentiras llevaron a los institutos armados al suicidio, con esas mentiras los llevaron a la lealtad hasta la última hora, y entonces si se cumplió la verdad de que, derrotados en el campo de batalla, tenían que resignarse a ser disueltos como institutos en el seno de la nación.
Se demostró que sin hombres ni armas se podía llevar aquella empresa. Se creía que las revoluciones no se podían hacer si los pueblos no se hallaban poco menos que muertos de hambre y, aunque había miseria, nuestro pueblo no estaba atravesando por una de sus peores crisis; luego, no era el hambre solo lo que podía conducir a los pueblos a la victoria o a la revolución. Se decía que las revoluciones podían hacerse con el ejército o sin el ejército, pero nunca contra el ejército, y unas cuantas mentira convencionales rodaron por tierra, porque quedó demostrado que si se podía hacer una revolución no inspirada en el hambre, y que si se podía hacer una revolución sin el ejército y contra el ejército.
Por aquel ejemplo que dieron los cubanos, puede considerarse que ninguna otra ayuda sea más valiosa que el propio ejemplo. La enseñanza que dimos los cubanos a otros pueblos oprimidos, puede considerarse como algo que no puede ser superado en valor a cuantas ayudas podamos brindarle a un pueblo hermano. ¿Qué los alentará más que nuestro propio ejemplo?  Porque cuando iniciamos aquella dura tarea, creíamos en lo que estábamos haciendo cuando muchos no creían; teníamos confianza en el triunfo cuando muy pocos la tenían.  Mas hoy cualquiera sabe que el triunfo es posible, cualquiera sabe que con 12 hombres armados de fusiles se puede destruir una tiranía defendida por un ejército moderno.  Pero podemos decir más: no hacen falta 12 hombres, con 10 basta; no hacen falta 10, con 6 basta; no hacen falta 6, con 3 basta.  Y todavía puedo decir más: con uno basta.
¿Qué quiere decir esto? ¿Que no tengamos deseos de ir a luchar por nuestros hermanos oprimidos?  No.  Pero una cosa es el deseo y otra el deber, una cosa son los personales caprichos y otra la verdad social e ideal.  Porque estamos todos absolutamente de acuerdo en que revolución es aquella que los propios pueblos hacen y no la que otro pueblo hace para él.  Y dondequiera que las libertades están suprimidas, dondequiera que hay dictadura, puedo asegurarles que sobran los hombres para combatir, puedo asegurarles que sobran las virtudes para luchar, y tal vez lo que les falte sea la convicción de que allí mismo tienen todo lo que necesitan para liberar a sus pueblos de la tiranía.
Eso es lo que necesitan saber, que bastan tres hombres, y hay muchos más de 3, muchos más de 10, muchos más de 12, muchos más de 20 que pueden hacerlo; pero eso sí, 20 hombres, no 20 ilusos; 20 hombres, no 20 aventureros; 20 convencidos, no 20 vanidosos aspirantes de poder y de gloria ; 20 idealistas, 20 desinteresados que, cuando pasen hambre, no les importe el hambre; que, cuando traten de aniquilarlos millares de soldados, no les importe que los aniquilen; que, aunque pasen frío, aunque se enfermen, aunque tengan que soportar todas las calamidades, no piensen en volver al calor de la familia, no piensen en volver a las comodidades de la casa, no piensen en salvar la vida aun a riesgo de renunciar al ideal.
Veinte hombres convencidos, luchando en una nación oprimida, son invencibles.  Eso antes no lo sabíamos, mas lo creíamos; y, porque creímos, lo hicimos.  ¿Por qué no ha de hacerse ahora, cuando no es cuestión de hipótesis, sino una tesis comprobada por la realidad?  
Cuba es una isla rodeada de agua por todas partes, no tiene fronteras; a no ser que fuese a nado, de allí no se puede ir nadie.  La Sierra Maestra son unas cuantas montañas que, por supuesto, no son tan altas ni mucho menos, rodeadas de mar, rodeadas de llano, donde, en definitiva, los combatientes estaban rodeados por tierra, por mar y por aire.  Luego, no podían ser más difíciles las condiciones.  Si estas son verdades irrebatibles, ¿no es bueno que aclaremos nuestras ideas sobre la forma en que debemos ayudar a los hermanos oprimidos?  ¿Es que debemos enviar tropas?  Porque para enviar 80 o 100, enviamos 10 000; para enviar fusiles, mandamos tanques.  ¿Se concibe que Cuba se convierta en país invasor de los demás países, para importar revoluciones?  No.  Eso estaría en contra de nuestros principios revolucionarios.  Se podría presentar a la Revolución Cubana como un peligro, un fenómeno rarísimo y antes de terminar de liberar a tres países, pudiera ser que los criminales de guerra, los Batista y todos esos señores estuviesen de nuevo en Cuba, ayudados por algo así como una policía internacional .
Se sabe que nosotros peleamos, y se sabe que nosotros sabemos morir defendiendo nuestra tierra, y que con nosotros mueren cientos de miles de cubanos, pero, ¿eso es lo revolucionario?  ¿Eso es lo responsable?  ¿Eso es lo inteligente?  No, porque valor para morir tiene cualquiera.  Lo que cualquiera no debe tener valor para hacer morir inútilmente a todo su pueblo. Eso no significaría valor, sino una falta absoluta de escrúpulos y una falta absoluta de sensibilidad; porque los pueblos creen en uno y esa creencia no debe ser para que uno lleve a los pueblos al matadero o al fracaso.  Somos dueños de hacer con nuestras vidas lo que pretendamos, lo que creamos, se trata de nuestras vidas individuales; pero no somos dueños de sacrificar insensiblemente, engañosamente, la vida hasta de las madres que nos enseñan a sus hijos llenas de esperanza.
Cuando los pueblos tienen que morir porque no hay otro camino, entonces los pueblos mueren; cuando los pueblos tienen que morir porque no hay otra alternativa, entonces los pueblos mueren y deben morir.  Pero lo que carece de sentido es que se lleve a los pueblos al fracaso cuando no es, ni mucho menos, el único camino.  Y eso es lo que nosotros responsablemente nos planteamos.
¿Cómo ayudar, pues, a los pueblos oprimidos?  ¿Creemos o no creemos en la fuerza de la opinión?  ¿Creemos o no creemos en la fuerza de los pueblos?  ¿Creemos o no creemos en la fuerza tremenda de la opinión pública?  Yo creo al menos plenamente; y fue precisamente por el extraordinario respaldo de opinión pública que la Revolución Cubana pudo obtener la victoria...  (INTERRUPCION).
La opinión pública, la opinión de las multitudes, la fuerza de las multitudes, la fuerza de las masas, es una fuerza incontrastable.  ¡Movilicemos la opinión de todo el continente contra los dictadores y estaremos ayudando a destruirlos!  ¡Evidenciemos nuestra solidaridad a todos los pueblos oprimidos y estaremos ayudando a libertarlos!  ¡Sembremos confianza y estaremos ayudando a libertarlos!  Señalémosles el camino correcto y estaremos ayudando también a libertarlos!  ¡Brindémosles nuestro calor en el exilio a los exiliados! ¡Compartamos nuestro pan en el exilio con los exiliados! ¡Compartamos nuestra casa en el exilio con los exiliados!  ¡Compartamos nuestras libertades públicas en el exilio con los exiliados!    Hagamos por ellos todo lo que podamos hacer, menos violar un principio que por deber debemos mantener, que por interés debemos mantener, porque si somos débiles y violamos principios que nos protegen, ¿quién o qué principio nos puede defender?  Si violamos un principio que fue la aspiración de América frente a la agresión, si justificamos nuestra intervención en otros países, ¿qué argumento podemos esgrimir si países más poderosos, por razones de índole política, pretenden tener el mismo derecho de liquidarnos a nosotros?  
¿Sería esa obra de hombres responsables?  ¿Sería esa obra de revolucionarios inteligentes?  ¿Valdría la pena, acaso, cambiar ventajas parciales por pérdidas totales? ¿Valdría la pena obtener victorias parciales a costa de preparar el terreno para la propia destrucción?  Cuando los hombres hacen lo que no deben, cuando los líderes yerran en su camino, no son líderes verdaderos; cuando los líderes sacrifican principios claves a ventajas pasajeras o parciales, no son líderes verdaderos; cuando los revolucionarios viven de utopías o de ilusiones y no de realidades, serán soñadores, podrán ser idealistas en el sentido puro de la palabra, pero jamás serán verdaderos revolucionarios.
¡Revolucionarios son los que forjan una obra, revolucionarios son los que llevan adelante a sus pueblos, revolucionarios son los que saben vencer los obstáculos para marchar adelante!  
Nosotros, que tenemos condiciones difíciles como posiblemente no las tuvo en el mundo ninguna otra revolución, que tenemos obstáculos grandes como difícilmente los tuvo ninguna otra revolución, solo siguiendo el camino correcto, solo actuando responsablemente podremos salvar a nuestra Revolución, que quiere decir salvar la esperanza.
No podemos sacrificar la esperanza que Cuba es hoy para los pueblos de América.  Cuba —y lo digo sin sentido de orgullo, porque para nosotros eso no significa sino responsabilidades— es hoy como una lucecita que se enciende para América, como una lucecita que puede señalar un camino; Cuba, país pequeño, que surge sin ambiciones de dominio alguno, que surge con su Revolución sin ambiciones personales de ninguna índole; Cuba, que es hoy, en su Revolución, todo desinterés, todo generosidad, Cuba es como una luz de la que nadie puede sospechar, a la que nadie puede mirar con recelo, porque jamás podrá verse en Cuba sino que toda entera se da a los demás pueblos hermanos, que toda entera se solidariza con los demás pueblos hermanos.
Ha querido el destino que en esta hora sea una de las más pequeñas naciones la que esté realizando esa ingente tarea, porque por ser pequeños todos nos admirarán y nadie pensará nunca que la menor ambición pueda mover el sentimiento de los cubanos (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES DE: “¡Viva Cuba!”).
Los pueblos pequeños podemos hacer mucho, y el mejor ejemplo son ustedes.  Uruguay, el pueblo más pequeño de América del Sur, es el pueblo más prestigioso de América del Sur.  Uruguay, el pueblo más pequeño, es el pueblo ejemplar de América del Sur.
Uruguay es, entre los pueblos de América, un pueblo que ha logrado algo.  Uruguay es, entre los pueblos de América, el que ha demostrado ante el mundo la falsedad de que los latinoamericanos no sabemos gobernarnos.  Uruguay ha demostrado ante el mundo la falsedad de que los latinoamericanos no sabemos tener instituciones permanentes.  Uruguay ha demostrado ante el mundo que América puede tener un pensamiento y ceñirse a él, y que los latinoamericanos somos capaces de realizar una gran obra política o social, porque si bien ningún pueblo se conforma con lo que ha logrado y siempre aspira a lograr más, Uruguay es, entre los pueblos de América del Sur, el que más ha logrado.  Y ha logrado no solo en sus instituciones sociales, ha logrado lo que en lo político parecía imposible.  En un continente asolado de caudillos, en un continente asolado por el cesarismo y por los hombres providenciales, por los caudillos y por los ambiciosos, Uruguay ha demostrado que el gobierno colegiado es posible.  Uruguay no solo ha demostrado que el gobierno colegiado es posible, sino que es posible dentro de la convivencia civilizada, que es posible dentro del orden, que es posible dentro de la libertad y que es posible dentro del respeto de cada ciudadano por los demás ciudadanos.
Frente a los que esgrimen su asqueante teoría de la necesidad de los hombres fuertes, de los gobiernos fuertes; frente a los que esgrimen sus criminales postulados de que los pueblos son incapaces de gobernarse y necesitan la mano de hierro de un caudillo o de un dictador.  Uruguay ha demostrado más estabilidad política que ningún otro pueblo de América, y ha demostrado más orden y más progreso, y lo ha demostrado sin caudillos, lo ha demostrado sin dictadores, lo ha demostrado sin regímenes de fuerza, lo ha demostrado dentro de la más absoluta libertad, como prueba de que las libertades no estorban, como prueba de que las libertades no siembran la anarquía, como prueba de que las libertades no entorpecen el progreso.
Soy de los que creen sinceramente en las libertades, soy de los que creen que cada cual debe tener el derecho a opinar lo que piensa, y si no piensa como yo, le discuto sus razones, argumento contra sus ideas, pero no le quito el derecho a opinar de acuerdo con su conciencia.  Y así, los que tienen razones persuadirán, los que tienen argumentos convencerán, los que sean capaces de conquistar a los demás para su causa triunfarán; ¡pero jamás el sistema de privar a nadie de sus derechos, de enclaustrar la inteligencia, de amordazar el pensamiento por ninguna razón del mundo!  
Uruguay ha demostrado eso.  Quien eso ha demostrado, tiene derecho a esperar las mayores aspiraciones, las mayores conquistas; porque ha logrado cosas difíciles, ha de lograr cosas más difíciles todavía.
Estoy seguro de que el ideal de Uruguay es como el ideal de Cuba: el sistema social que signifique para el hombre el ideal de satisfacer sus necesidades materiales plenamente, sin sacrificio de sus derechos humanos; el ideal de las libertades, sin sacrificar la satisfacción de sus anhelos materiales (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES DE: “¡Muy bien!”).
Nuestro ideal, el ideal de la Revolución Cubana, se sintetiza en una frase: ¡libertad con pan!    Hacia esa suprema aspiración nos encaminamos los cubanos, por nuestras propias vías y con nuestros propios métodos, porque cada pueblo debe adaptar su ideología a las realidades sociales, a la idiosincrasia, a la mentalidad y al carácter de su pueblo.
No pueden existir, a nuestro entender, posiciones previas absolutas;  no pueden existir posiciones invariables;  no puede existir en lo social un pensamiento dogmático;  tiene que ser un pensamiento ajustado a sus realidades, una táctica y una estrategia ajustada a sus realidades sociales, a la naturaleza de su pueblo y a la naturaleza de su suelo.
Así concibe la Revolución Cubana su ideología como propia, y con ella piensa y se propone realizar, y realizará, el ideal de satisfacer para el hombre todas sus necesidades materiales sin sacrificar uno solo de sus anhelos políticos, uno solo de sus derechos humanos.  Y puesto que esa es nuestra posición, calificamos a nuestra Revolución de democracia humanista, de democracia no teórica sino real; de democracia no hueca, sino llena de sentido humano, porque mira para el hombre, no se olvida hipócritamente del hombre, no habla de teorías para sacrificar al hombre; trata de salvar al hombre como lo más importante del objetivo social, y trata de salvarlo no solo en su fisiología, brindándole los medios para vivir plenamente, sino liberando su mente de prejuicios, liberando sus ideas de peligros, liberando su opinión de trabas, liberando su vida de mordazas o de injustas restricciones.  Aspira a servir al hombre nuestra Revolución integralmente y no sobre bases utópicas, sino sobre bases reales;  y no con métodos ajenos, sino con métodos propios.
Tal es nuestro ideal de una sociedad donde todos tengan derecho a sus ideas políticas, sean cuales fueren; donde todos tengan derecho a sus ideas religiosas, sean cuales fueren; donde todos tengan derecho a la libertad, sean mayoría o sean minoría.  Ni el imperio de la minoría sobre la mayoría, ni el terror de una mayoría sobre una minoría.  Democracia en el sentido real, no dictadura ni oligarquía; democracia en el sentido real sobre una base de justicia social.  ¡Tracémonos nuestra meta y luchemos por ella!  Repito, busquemos fórmulas que nos unan y no que nos dividan, porque divididos no venceremos los grandes obstáculos.
No echemos a otros la culpa, echémonosla nosotros mismos; no nos quejemos de nuestras propias debilidades porque somos débiles al no haber sabido unirnos, somos débiles porque no hemos sabido ser honrados, somos débiles porque hemos sido egoístas, somos débiles porque hemos sido débiles, personal o mentalmente, en nuestras convicciones, somos débiles porque nuestras conciencias han sido débiles.
Ya se sabe que otros han aspirado a obtener para sí todas las ventajas y nosotros hemos sido débiles, hemos sido desunidos, hemos sido confundidos, hemos sido engañados, y aún nos dejamos engañar, y aún creemos cualquier noticia.
Solo al extraordinario instinto de los pueblos, solo gracias a la tremenda intuición de los pueblos, no nos ven aquí a los cubanos como a unos sanguinarios, como a unos crueles, como a unos desalmados (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES DE: “¡Castro, Castro!”), tal y como nos han querido presentar los que no hablaron de los dolores de nuestra patria, los que durante siete años guardaron un silencio cómplice cuando caía nuestro pueblo, los que día a día callaron crimen por crimen de los que en Cuba se cometían, horror por horror de los que en Cuba se perpetraban, para caer sobre nuestra Revolución, que ha sido la más generosa y la más humana de cuantas revoluciones se han llevado a cabo, porque no perpetró una sola venganza, porque no arrastró un solo hombre por la calle, porque no hubo un solo robo —caso único tal vez en el mundo—, puesto que no queríamos que nos desprestigiaran; y porque hemos aplicado la justicia, ya que fue la impunidad de tres dictaduras anteriores lo que permitió que llegasen a tal grado de barbarie nuestros opresores, porque hemos querido preservar a las generaciones futuras de horrores iguales o parecidos, porque por primera vez en la historia un pueblo ha castigado a sus verdugos, porque por primera vez en su historia un pueblo ha confiscado hasta al último malversador, porque por primera vez en la historia de América un pueblo ha estado decidido a cumplir con su deber frente a todas las campañas de calumnia, porque por primera vez un pueblo está aplicando el castigo que merecen los que sin piedad lo ultrajaron y lo esquilmaron, le ha costado a ese pueblo —nuestro pueblo—, le ha costado a ese hermano del Uruguay, le ha costado a esa república que aspira a ser, como ustedes, modelo de América, le ha costado a nuestro pueblo más trabajo justificar el castigo a sus verdugos, que el trabajo que les ha costado a los verdugos ensangrentar durante siglos a los pueblos (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES DE:  “¡Castro, Castro!”).
A punto hemos estado de que, al visitar a nuestros pueblos hermanos, nos hayan tenido por hombres llenos de odio, por hombres llenos de crueldad, sencillamente porque castigamos al odio, sencillamente porque castigamos la crueldad, sencillamente porque, amando al hombre, queremos castigar a los verdugos del hombre; porque, considerando al hombre, a la vida del hombre y a los derechos del hombre como lo más sagrado en un pueblo, queremos castigar a los que sacrificaron la vida y los derechos de sus indefensos e inocentes conciudadanos.
(DEL PUBLICO LE DICEN: “¡Falta Batista todavía!”)
Cubanos sobran que gustosos irían a buscarlo hasta el fin del mundo; mas si no lo hacen, mas si entre los miles que desean hacerlo a nadie se le ha permitido, ello es porque nosotros no confundimos la justicia con el crimen; aplicamos la justicia en nuestro propio país y no exportamos la muerte más allá de la jurisdicción de nuestra Revolución.
A punto hemos estado de que nos confundan y hay quienes prestan más atención a las noticias que les llegan de afuera, escritas por manos ajenas a nuestros sentimientos, que la experiencia de lo que hemos vivido en nuestros pueblos sufridos de América. Y a veces estamos dados a dejarnos engañar como tantas veces, a dejarnos confundir como tantas veces, a dejarnos arrastrar por falsos sentimentalismos, que no hicieron gala de presencia cuando de verdad pudieron salvar vidas inocentes, cuando de verdad pudieron salvar vidas de hombres indefensos, cuando de verdad pudieron salvar mujeres del ultraje, jóvenes de la muerte prematura, hombres de la destrucción, a un pueblo entero de todos los dolores que trae la tiranía, de todas las amarguras, humillaciones y sufrimientos que la violación de los derechos de un pueblo entraña.
Cuando pudieron esos sentimentalismos de que hoy hacen gala ayudar a nuestro pueblo sufrido, no se escuchó una voz, no supo siquiera el mundo lo que estaba ocurriendo, no supieron los pueblos lo que en Cuba pasaba. Y si hoy lo saben es porque nosotros no asesinamos a nadie, sino que castigamos a los culpables; y si hoy se sabe es porque la Revolución Cubana está muy convencida de la limpieza y la justicia de sus actos y no los oculta, como los ocultan los vulgares criminales, porque tenemos nuestra frente alta y limpia y no tenemos que ocultar al mundo las noticias, y porque no hay censura para nadie, ni aun para nuestros peores enemigos en el suelo de la patria.  Por eso día a día se sabe lo que en Cuba pasa; pero se sabe alterado muchas veces.   Se mira a distancia y se olvidan...
(DEL PUBLICO LE DICEN: “¡Abajo...!”)
Yo no diría “abajo nadie”, diría: “¡Arriba nosotros!” Avancemos sin disminuir a los demás; avancemos creciendo nosotros.  Unamos a los pueblos tras faenas constructivas, unamos a los pueblos en el esfuerzo creador, invirtamos cada átomo de nuestra energía no en quitar una piedra de los viejos edificios carcomidos, sino en poner una piedra más en los nuevos edificios que estamos erigiendo.
Aquí soy de los que quieren construir; soy de los que quieren crear; soy de los que no irán a buscar pretextos en las ambiciones de los demás, en los maltratos que nos han hecho y nos hemos dejado hacer, sino de los que dicen qué debemos hacer para dejar de ser maltratados, qué debemos hacer para dejar de ser débiles, qué debemos hacer para dejar de ser impotentes, qué debemos hacer para ser libres económicamente, sin lo cual no hay libertad política posible.  Y eso solo con esfuerzo y perseverancia lo lograremos, solo sembrando verdades, solo uniendo sentimientos, solo reuniendo a los pueblos; cada cual en la medida de sus fuerzas modestas; nosotros ahora no por méritos, sino por circunstancias simplemente, poniendo también nuestro esfuerzo en ese fin, no con un egoísmo nacional, sino con un amor por todos los que son iguales que nosotros, por todos a los que en América podemos llamar hermanos, por todos los que tienen nuestra propia sangre, por todos los que sienten igual que nosotros, y sin egoísmos personales, porque todas las glorias del mundo, como dijera nuestro Apóstol Martí, caben en un grano de maíz  .
Todas las glorias del mundo son efímeras y son pasajeras.  Solo los ambiciosos, o los que tienen la mente viciada por la vanidad, por la soberbia absurda, sacrifican ideas grandes a ambiciones pequeñas, sacrifican sueños elevados, grandes anhelos, a egoísmos pequeños. Ni Cuba ni sus líderes sacrificarán jamás grandes ideas ni grandes sueños a ambiciones bastardas, a egoísmos pequeños.
Servidores de estas ideas somos, servidores humildes, servidores honrados, servidores limpios, uniendo y no dividiendo, sembrando más que destruyendo, construyendo con la ayuda de todos, porque aquí hay una verdad irrebatible:  solo unidos podemos lograr las grandes ansias de América; solo unidos los pueblos dentro de cada nación y solo unidas las naciones entre si, creando esa conciencia, podremos llevar adelante los propósitos y las aspiraciones de América, por sus propias fuerzas, por su propio esfuerzo, Nuestra América, la que decía Martí, la América que sustenta los mismos sentimientos, que habla el mismo idioma. Me refiero a los pueblos que estamos divididos.  Los pueblos del norte se unieron y fueron por eso una nación poderosa y grande; los pueblos del sur nos dividimos y por eso fuimos naciones débiles y pequeñas.
Luego, la conclusión es que nos unamos para ser una nación grande y fuerte, para que no hagan falta pasaportes, para que no existan barreras, para que lo que ustedes produzcan, los cubanos lo podamos comprar; para que lo que los cubanos produzcan, ustedes lo puedan comprar; para que en las industrias que aquí se establezcan un cubano pueda venir a trabajar y no tenga que abandonar a los de su raza para irse a trabajar a otros pueblos extraños a su raza; para que nuestros productos tengan amplio mercado; para que la América de los próximos 40 años, que tendrá 400 millones de habitantes, sea un continente sembrado de fábricas, sea un continente sembrado de riquezas para los pueblos, y sea lo que debemos aspirar a tener, si es que no queremos que nuestros hijos, nuestros sucesores, tengan que sufrir lo que nosotros hemos sufrido (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES DE:  “¡Muy bien!”).
Antes que darles a nuestros hijos 10 amigos, debemos aspirar a darles 100, a darles 1 000, a darles un millón, a darles 5 millones; y antes de aspirar a darles a nuestros hijos solamente 5 millones de hermanos, aspiremos a darles 400 millones de verdaderos hermanos, esfuerzo que implica para nosotros tarea dura.  Tal vez no lo veamos nosotros, pero sí estamos obligados a ir sembrando la semilla, a ir sembrando conciencia, puesto que el terreno está abonado.
Unámonos, primero, en pro de aspiraciones económicas; en pro de la gran ambición hacia la aspiración del desarrollo económico de América Latina, con economía propia; en pro del mercado común; después de las barreras aduanales, podremos ir suprimiendo las barreras legales que nos exigen visas y requisitos para movernos de un lugar a otro, y así algún día, aunque tal vez nosotros no lo veamos, las barreras artificiales que nos separan habrán desaparecido.  Y al igual que hoy nuestros corazones pueden abrazarse por encima de esas barreras que absurdamente se interponen entre ustedes y nosotros, porque ustedes son llamados uruguayos y nosotros somos llamados cubanos y tenemos un pasaporte distinto, y leyes distintas, y gobiernos distintos, y existencia política distinta, al igual que hoy nos abrazamos por encima de esas barreras, en un futuro más o menos lejano, si nosotros no lo vemos, nuestros hijos puedan abrazarse con los corazones y sin barreras (EXCLAMACIONES Y APLAUSOS PROLONGADOS).
FIDEL CASTRO RUZ

Fuente: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada