enero 19, 2014

Carta de D. Manuel José García a Pueyrredón, cuando desempeñaba una misión diplomática en el Brasil.

EPOCA SEGUNDA
La Anarquía
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Carta de D. Manuel José García a Pueyrredón, cuando desempeñaba una misión diplomática en el Brasil.

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Río Janeiro, Agosto 29 de 1816.
Sr. M. Juan Martín Pueyrredón. ― Reservada.

Muy señor mío:
La escuela Fernet me ha sacado del cuidado, en que me tenían las turbaciones del mes de Junio. Yo felicito a Vd. porque ha tenido la gloria de calmarlas, haciendo renacer las esperanzas de un orden estable, que tanto necesitamos. Aunque los pliegos que remito en esta ocasión darán alguna idea del que considero verdadero estado de las cosas, me atrevo a explicarme más particularmente con Vd. ya que puedo hacerlo sin imprudencia.
El Ministerio actual del Brasil parece decidido a consolidar el Trono del Portugal en esta parte del mundo, asegurándose así una independencia que sería imposible en un rincón de la España.
Conforme a este designio y para desengañar a la Inglaterra, se declararon abiertos estos Puertos a todas las naciones del mundo, inmediatamente que se hizo la paz general. En seguida se negó S. M. F. a regresar a. Europa, mandando volver con desaire el Navío Dunchan preparado con tanto ruido en Inglaterra y enviado aquí para trasportar la familia Real. Siguiose a esto la declaración de 17 de Diciembre (del Reino Unido del Brasil). Esta Corte ha manifestado Su resolución de no renovar las alianzas antiguas con España aprovechando de la nulidad que causó en todas ellas el tratado de Fontainebleau entre Carlos IV y Napoleón. Se han estrechado las relaciones con los Estados Unidos y las demás Potencias que no se asustan de la emancipación del Nuevo Mundo. Se aflojan al mismo tiempo las relaciones con Inglaterra, cuyo sistema es diametralmente opuesto. Últimamente el decreto concediendo la libertad de cultos, que acaba de firmarse por el Rey, aunque no se ha publicado todavía, descubre casi enteramente las miras verdaderas de este ministerio. Este importante decreto, unido a la libertad mercantil, preparan la libertad civil, y son incompatibles con la retrogradación de estos países a la antigua dependencia y minoridad política.
Y estos hechos bastan a mí ver para rastrear el verdadero sistema del soberano del Brasil. Quizá pasará por una conjetura; pero las conjeturas fundadas como esta, son casi siempre el cimiento de los cálculos y de las resoluciones diplomáticas. Porque las intenciones de los Gabinetes sólo pueden sospecharse las más de las veces. La ejecución de este plan no carece de dificultades: entre otros la rivalidad de los portugueses europeos con los americanos, atizada por los ingleses, los que se esforzarán por obligar directa o indirectamente al Rey a restituirse a Lisboa.
Puede entre tanto anudarse el Ministerio, y alterarse sus opiniones. Algunos reveses y dificultades inesperadas, pueden limitar las empresas, ú obligar a relaciones nuevas con algún poder de Europa. De aquí podemos sacar dos consecuencias importantes: la: Si el Portugal se considera como una potencia americana, sus intereses generales deben ser conformes a los del Continente de América, o, cuando menos, a su independencia de Europa, pues cada porción que se emancipe en ella será un aumento al Poder de los Estados ultramarinos. 9:: Si Portugal no procede de acuerdo con España, ni con Inglaterra, ni con potencia alguna europea, sus proyectos no pueden extenderse sino contando con la cooperación y ayuda de las mismas potencias americanas, lo cual no puede esperarse razonablemente sino sobre una comunidad tal de intereses, que ahogue toda preocupación y rivalidad. Pues a nadie se oculta que el poder natural y la situación accidental de la Nación Portuguesa, la imposibilitan de sostener por vía de conquista pueblos diseminados sobre tan vastos países y agitados del deseo de independencia. Es verdad que la existencia de Artigas es considerada como un peligro inminente a la quietud de este Reino, y aun a la Independencia general. También es cierto que los principios democráticos no pueden ser adecuados a los de un principio monárquico; pero, suponiéndose aquí estos principios inconsistentes con la educación y costumbres de los españoles americanos, no asustan por ahora, y aun se espera que vengan finalmente a adoptarse aquellas formas que sean más análogas, y que se juzguen más propias para asegurar un estado permanente. Motivos de tanta naturaleza y complicación son los que han detenido mis pasos, limitándome a pedir las explicaciones que ahora envío, y a observar la tendencia de estos negocios. La deliberación acerca de ellos exige ciertamente toda la atención del Congreso. Yo creo, sin embargo, hacer algo útil recordando a Vd. que se tenga presente el verdadero estado de la cuestión. Si el país se halla en estado de resistir ventajosamente a todos, la resolución quizá sería más fácil y menos peligrosa. Pero si la falta de fuerzas han de suplirse con la sagacidad y la prudencia, toda la circunspección será poca. Si entre Portugal y esas Provincias existen analogías importantes de situación, e intereses primarios, será una imprudencia despreciarlas, exponiendo a aquél a buscar nuevos amigos, y a formarse nuevos intereses. Siempre será ventajosa para nosotros la seguridad de dirigir nuestras fuerzas sin temor de ser distraídos por el enemigo natural que, vencido, nos deja en una respetabilidad bastante para acomodarnos ventajosamente con nuestros vecinos. Si rompemos al momento, dividimos las fuerzas, nos debilitamos en todos los puntos, y hacernos más difícil la victoria, y más completa y desesperada nuestra ruina en caso de ser vencidos. Las proposiciones del Encargado español que envié originales y todas las circunstancias de aquellas conferencias que motivó la sospecha y la desconfianza de aquel Ministro, de las miras verdaderas de este Gabinete, son otra prueba de lo que debemos pensar. No me extiendo ahora sobre ello porque lo creo excusado. Réstame añadir algo sobre la relación que aparece en el Censor de 1° de Agosto, inserta en una proclama de la Comisión Gubernativa. Siento decir que las ideas que ilustraron a la Comisión me parecen algo embrolladas. Con fecha de 22 de Abril se me previno de Inglaterra, que entre la correspondencia del General Beresford había ido una memoria firmada por Peña, Dr. Vidal, y un tal Palacios, promoviendo los intereses de la Sra. Carlota. a la que manifestaba inclinarse aquel General, con la idea sin duda de tener la dirección de una empresa, que podía lisonjearle por sus pasados descalabros en el Río de la Plata. El tal proyecto me pareció descabelladísimo de suyo. Sin embargo, procuré descubrir si tenía algunas raíces en el Ministerio, y a poco me aseguré de que aquel paso era puramente personal de los tales tutores y curadores. En el paquete de Mayo tuvo el Gobierno este el mismo aviso que yo, y por las diligencias del Ministro de Policía, tuve nuevos motivos para creer que tales ideas eran enteramente contrarias a las del Ministerio, y Vd. mismo lo podrá sospechar recordando las antiguas disensiones domésticas de esta familia. Además de que no se qué colorido pueden prestar a empresa alguna los derechos de esta señora que acabaron con la vuelta del Rey, su hermano. Creo también que la Exma. Comisión podía haber reflexionado algo más sobre este asunto antes de autorizarlo de un modo tan público. Si Portugal es aliado de España, como asegura la Comisión, ¿a qué solicitar la licencia de Inglaterra, ni alegar el ridículo petitorio de los emigrados?
¿No era más llano convenirse con España, en cuyo caso no tendría Inglaterra más remedio que callar, como aliada que es de aquélla? Si los portugueses quieren favorecer a los emigrados, o usurpar a España la Banda Oriental, entonces ¿cómo se compone esto con ser aliados, amigos, y favorecedores suyos en su presente contienda? También es ridículo apostrofar a la Inglaterra aliada y especialmente comprometida con España después del tratado especial de 1814, no puede prestar protección alguna, sino sobre la base de sumisión de la Metrópoli. En fin, yo no comprendo ese empeño de hacer saber a todo el mundo que tenemos un enemigo más. Prepárese si se quiere la guerra, y hágase, pero cállese cuanto se pueda aquello que solo sirve a nuestro daño. He indicado a Vd. ligeramente mis opiniones.
Quizá me habré alucinado, pero estos errores espero que no tendrán consecuencia ni se convertirán en crímenes, como sucederá entre gentes malignas, y fanáticas. Sobre todo, en circunstancias como estas es mucha satisfacción explicarse con personas que saben la importancia del secreto, y que poseen la virtud de guardarlo.
Tengo el honor de ser su muy atento y seguro servidor.
 Q. B. S. M. —
MANUEL JOSÉ GARCÍA.

P. D. — Las últimas cartas de España hablan con mucha seguridad de una expedición de 10.000 hombres al mando de Labisbal. Sin embargo de las apariencias, tomo tiempo para creerlo; Rivadavia había llegado a Madrid con recomendaciones de Luis XVIII. Ha llegado una orden del Rey para acuartelar los españoles militares emigrados que se suponen ser 3.000; esta cosa es tan ridícula, que la ocultan los mismos interesados, porque no se rían de ellos. —Es  copia.- LOPEZ.

Fuente: Neptalí Carranza, Oratoria Argentina, T° I, pág. 138 y sigtes., Sesé y Larrañaga, Editores – 1905. Ortografía modernizada

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